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lunes, 17 de marzo de 2025

Seamos capaces de envolvernos y empaparnos de esas nuevas actitudes para que el amor sea en verdad nuestra identidad con todas sus consecuencias

 


Seamos capaces de envolvernos y empaparnos de esas nuevas actitudes para que el amor sea en verdad nuestra identidad con todas sus consecuencias

Daniel 9, 4b-10; Salmo 78; Lucas 6, 36-38

El marco de vida que nos rodea podemos decir, y valga la redundancia de palabras, enmarca el sentido o el valor de nuestra vida; el mundo en medio del cual hemos crecido va a marcar las diferencias de nuestra vida; y cuando digo el mundo, digo principalmente la familia que nos ha educado, que nos ha trasmitido unos valores, que nos ha enseñado a vivir desde lo que en la propia familia se vive va marcando nuestra manera de ser, va trazando esa senda de valores por la que va a transcurrir nuestra vida, nos da nuestra propia idiosincrasia.

Decimos la familia, pero decimos también el ambiente en el desarrollamos nuestra vida, esa sociedad en la que vivimos, ese lugar de nuestros estudios o nuestra formación que no solo académica, los valores de esa sociedad en la que estamos y así mil influencias más que vamos recibiendo y de alguna manera van modelando nuestra vida. Es importante esto para conocernos, es importante para nuestro verdadero crecimiento y maduración, es importante también que nos conozcamos para ver aquello que podemos retocar o podemos mejorar.

Pero vayamos al grano. Nos llamamos cristianos, como cristianos hemos crecido bajo la influencia de una familia donde fuimos educados en esa fe y estilo de vida, podemos hablar de nuestra pertenencia a la Iglesia y de una sociedad que nos rodea que en parte se dice cristiana, fundamentada en principio en los valores del evangelio; en el camino y desarrollo de nuestra fe estamos envueltos también por una serie de experiencias religiosas, que también forman parte de esa cultura cristiana.

Y cuando hemos querido hacer más explícita nuestra fe nos hemos ido alimentando en muchas cosas que se nos han ofrecido para esa vivencia del evangelio y sus valores. Nos decimos además creyentes en un Dios que es Padre y que es amor que con ojos de fe seremos conscientes cómo de mil maneras nos regala. Algo tendría entonces que manifestarse en nuestra vida, en nuestra manera de ser y de actuar, en un estilo y en un sentido de vida.

Ahora estamos haciendo este camino cuaresmal como preparación a la vivencia y celebración de la Pascua y cada día vamos recibiendo el regalo de la Palabra de Dios, de la Palabra de Jesús que desde el evangelio nos va alimentando. Podríamos decir que hoy nos está señalando ese marco en el que tiene que moverse nuestra vida, nuestras relaciones con los demás, la respuesta que tenemos que ir dando.

Se nos están dando los rasgos más características de nuestra identidad cristiana. Y todo partiendo de algo muy fundamental, creemos en Dios que es Padre misericordioso y compasivo que continuamente nos está regalando su amor. Es la fuente de la que bebemos, es lo que tiene no solo que envolver sino empapar totalmente nuestra vida. Es lo que va marcar las diferencias de nuestra vida en relación al mundo que nos rodea, lo que en verdad tiene que identificarnos. El amor, fraterno, generoso y universal, que se hace comprensión y que se hace perdón.

Así nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Y cuando empapamos nuestra vida de esa misericordia de Dios que se hace misericordia en nosotros, no caben los juicios ni las condenas, no cabe otra cosa que la generosidad y el darnos y gastarnos por los demás, no puede haber mejor sentimiento en nuestro corazón que la compasión con las debilidades de los demás, porque nosotros estamos sintiendo esa compasión de Dios con nosotros, el perdón será el mejor sello que una los corazones por muchas que sean las heridas y las rupturas. Y cuando vamos actuando así, nos sentiremos cada vez más llenos de amor porque se volverá sobre nosotros como un torrente inmenso que todo lo inunda de nueva vida.

Muchas pueden ser las influencias que recibamos de un lado y de otro, pero algo tiene que ser primordial en nuestra vida que nos da verdadera identidad. ¿Seremos capaces de envolvernos y empaparnos de esas nuevas actitudes para que el amor sea en verdad nuestra identidad?

domingo, 9 de febrero de 2025

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

 


Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Salmo 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

¿Por qué si yo sé que de ahí no se saca nada tengo que volver a intentarlo de nuevo? Es el estado de desánimo en que nos vemos envueltos ante los fracasos de la vida; no se puede, ahí es imposible, de ahí no se puede sacar nada. Y en ocasiones nos cruzamos de brazos, nos vamos para otra parte, buscamos otras cosas. Todo se nos vuelve oscuro y lo damos por imposible.

Hoy Jesús nos quiere hacer pensar, porque actitudes así no son positivas para la vida, porque no podemos darnos por vencidos ante las dificultades que se nos presentan, porque la sensación de fracaso es mala compañera para hacer los caminos de la vida, porque no nos podemos acobardar, porque también los caminos de nuestra vida cristiana tienen sus altos y bajos y Jesús nos está enseñando que tenemos que remar hacia delante, mar adentro, aunque nos parezca tormentoso ese mar o nos parezca que no podemos sacar fruto y una y otra vez tenemos que seguir echando las redes.

Vayamos por partes en el evangelio. Junto a la orilla del lago la gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle. Ya no es la sinagoga, ahora es allí donde la gente está, donde hace su trabajo, junto a los pescadores que repasan sus redes después de una noche de trabajo, donde la gente ha venido quizás es búsqueda de ese pescado que necesitan para su comida, allí donde está la vida de la gente. Es importante el detalle.

Para que todos puedan mejor escucharle se sube a una de aquellas barcas que está meciéndose en la orilla; desde allí todos pueden verle y pueden escucharle. Y nos dice el evangelista que se puso a enseñarles. Ahora no es tan importante para nosotros lo que Jesús en aquel momento les dijera, son importantes los gestos y detalles.

Cuando terminó de hablar les pide a los pescadores que remen de nuevo mar adentro para echar de nuevo las redes. La barca es la de Simón Pedro; quizás con desconcierto, porque quizás lo que en ese momento necesitaban más era descansar hace caso sin embargo a Jesús; pero hay una queja, por así decirlo, ellos han estado toda la noche bregando intentando coger algo y no han conseguido nada; son esos días malos en que las cosas no salen, pero Jesús les está pidiendo que de nuevo echen las redes. Y Pedro dice que sí, que porque Jesús lo dice, en su nombre echará de nuevo la red. ¿Quizás podríamos pensar para hacerle ver a Jesús que no hay nada y que de pesca son ellos los que entienden? Podríamos pensarlo, pero parece que en el fondo Pedro no termina de pensar así, porque en su nombre, en nombre de aquel a quien ha visto curar a los enfermos y expulsar a los demonios, va a echar la red. Confianza tiene que haber en el corazón.

La redada de peces es tan grande que llamarán a los compañeros de las otras barcas para que les ayuden a recoger la red, pero Pedro más que sorprendido se siente sobrecogido porque un misterio grande está descubriendo. ‘Apártate de mi, que soy un hombre pecador’, le dice a Jesús. Pero para El Jesús tiene una misión, ‘serás pescador de hombres’.Y serán capaces de dejarlo todo para seguir a Jesús.

Jesús nos está diciendo que vayamos allí donde está la vida, donde están los sufrimientos, donde están las ansias más profundas de los corazones, allí donde caminamos y hacemos la vida de cada día; Jesús no se quedó ni en la sinagoga ni en el templo, fue allí donde los pescadores, donde están los hombres y mujeres del pueblo con sus trabajos y sus negocios, a la plaza pública, al mercado, por así decirlo; entre ellos se mezcla, sus mismos instrumentos de trabajo utiliza, de las cosas que les suceden cada día les habla, porque hablará del sembrador o de la mujer que limpia la casa, de los que hacen los negocios buscando sus ganancias y de los que muchas veces se sienten fracasos porque sus terrenos de llenan de cizañas, y se pondrá junto al paralítico con sus muletas o su camilla, o se detendrá junto al ciego del camino.

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús. Metámonos en esas fragosidades de la vida, en esos mares que a veces se hacen tenebrosos y en los que pueden aparecer tormentas; no pretendamos que siempre sea el camino fácil y vamos a obtener la cosecha al cien por cien, pero tenemos que sembrar la semilla, esparcirla por el mundo que aunque algunos la pisoteen siempre habrá alguien que le deje sembrar en su vida. Es la tarea de los cristianos, es el camino en el que nos pone Jesús, es la pesca que tenemos que realizar porque nos quiere pescadores de hombres aunque no sea fácil, finalmente nos dirá que El siempre está con nosotros.

¿Seguiremos cruzados de brazos? ¿Seguiremos entretenidos en lo que nos parecen mares en calma tras el muro de nuestros templos? ¿Seguiremos entretenidos en remendar nuestras redes cuando hay tantos mares que surcar, tantos lugares a donde ir a esparcir la semilla? ¿Seguiremos con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores y nuestras rutinas de lo que siempre hacemos porque nos parece que no se puede hacer otra cosa, con nuestros entretenimientos piadosos sin llegar a un compromiso de verdad con ese mundo que está ahí a nuestro lado?

No sigamos por el camino trillado que nos lleva de nuestra casa a la iglesia para cumplir y volvemos de nuevo a nuestras cosas sin atrevernos a mirar la realidad que nos circunda, porque quizás a veces nos da miedo o produce intranquilidad. Algo nos está fallando a los cristianos, algo nos está fallando en nuestras comunidades y en nuestra iglesia.

martes, 29 de octubre de 2024

Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

 


Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Cuando soñamos con un proyecto en nuestra imaginación, pero también fruto de nuestros deseos, aspiramos a realizar algo grande e importante; ya nos estamos viendo en medio de la grandiosidad de lo que hemos soñado y cuando pensamos que lo tenemos realizado llenos de orgullo por aquello que hemos logrado y que pudiera ser quizás beneficio para tantos. Pero quizás nos olvidamos de una cosa, de los pasos que hemos de dar para lograrlo, de cómo tienen que ser sus comienzos y nos olvidamos de aquellos primeros granos de arena de aquellos primeros trazos que hicimos y que fue el cimiento de lo conseguido al final. Tenemos que aprender a valorar esas pequeñas cosas que nos podrían parecer insignificantes, pero que nos hicieron soñar cuando humildemente pusimos aquellos sencillos cimientos.

Creo que es pensamiento que nos puede ayudar mucho en la vida, empezando por ser humildes y valorar esas pequeñas cosas que vamos realizando en la vida, o que vemos realizar a los demás. No lo podemos realizar sin esos pequeños granos de arena, que tan insignificantes son que se los puede llevar el viento.

Hoy Jesús se pregunta en su diálogo con la gente con que puede comparar el Reino de Dios que está anunciando y queriendo construir, con qué puede ser semejante. Había salido Jesús por aquellos caminos y aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios; en las gentes se despertaba la esperanza, porque además en la idea que tenían del Mesías ese Reino parecía que tenía que ser algo muy material, porque sería reconstruir la soberanía de Israel frente al dominio que estaban sufriendo de pueblos extranjeros, en este caso de Roma. Quizás la gente que en principio parecía tan entusiasmada con el anuncio de Jesús podía desinflarse, porque no veían cumplir sus esperanzas como ellos soñaban. Lo mismo le podía suceder a aquel grupo de discípulos más cercanos que siempre estaban con Jesús y a los que nos faltaban también sus ambiciones, a pesar de todo lo que Jesús les iba enseñando.

Y ahora nos dice que la semejanza está en ese pequeño arbusto que podría pasar desapercibido incluso entre árboles más grandes a su alrededor, la mostaza en la insignificancia de su semilla, y en la humildad de su planta. Pero Jesús les dice que será algo grande, porque los pájaros del cielo vendrán a anidarse en ella. Entre los sueños de grandeza que se habían ido elaborando en sus cabezas, parece que aquella imagen no terminaba de convencerles.

Pero habla también Jesús de la levadura. Un polvillo que podría deslizarse entre los dedos y hasta perderse llevado por el viento. Pero Jesús les habla de lo importante de la levadura; sin ella no puede fermentar la masa, es así cómo podrán elaborar el pan que los alimente, haciéndolo fermentar y crecer para darnos unas hermosas y jugosas hogazas de pan para el alimento de cada día. Pero qué hace la levadura, tiene que mezclarse bien entre la masa, hasta de alguna manera desaparecer o confundirse con la masa; pero tendrá su efectividad.

Y nos está diciendo Jesús cómo tenemos que ser esa planta, que aunque nos parece pequeña tiene que ser acogedora, o ser como esa levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Algo que nos parece humilde, pequeño, incluso insignificante, pero que no es nada insignificante porque nos va a producir unos grandes efectos.

Y es aquí cuando en nuestra reflexión tenemos que preguntarnos, por ejemplo, en qué medida estamos nosotros siendo esa levadura en medio de nuestro mundo. Es el paso importante que tenemos que dar en lo que es nuestra vida cristiana; no somos cristianos para nosotros mismos, como la levadura no es para sí misma. Tenemos que ser cristianos para los demás, tenemos que ser cristianos en medio de los demás, tenemos que ser cristianos que seamos en verdad levadura en medio del mundo.

¿Lo estaremos siendo? ¿Se nota la presencia de los cristianos en medio de la sociedad influyendo desde nuestros valores, desde nuestros principios, o acaso nos hemos diluido tanto que más bien hemos sido absorbidos por la masa de ese mundo? No quiero ser pesimista ni derrotista, pero algunas veces tendríamos que pensar si en nuestra sociedad somos tantos los cristianos ¿cómo es que no influimos en los valores de esa sociedad que por otra parte vemos como se van perdiendo principios y valores cristianos, cada vez es una sociedad más descristianizada, se ha ido perdiendo el sentido de Dios y de lo religioso?

Tenemos que despertar los cristianos. Y no es que tengamos que hacer ostentosas representaciones del hecho religioso, no es que tengamos que presentar a los ojos del mundo unas liturgias muy solemnes y esplendorosas, no es que tengamos que cargar a nuestras imágenes religiosas de tanta ostentación y rodearlas de tantos oropeles, sino que cada uno de los cristianos tiene que ser un testigo en medio del mundo de esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio, de lo que de verdad es el Reino de Dios.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Pensemos en lo que soñamos de cómo nos gustaría la presencia de la Iglesia en medio del mundo, muchas veces más pensando en prestigios y vanidades humanas, y si está en consonancia con lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

jueves, 18 de enero de 2024

Nosotros también tenemos que preguntarnos por qué vamos tras Jesús, nos llamamos cristianos, realizamos unos actos religiosos, por qué venimos a la Iglesia

 


Nosotros también tenemos que preguntarnos por qué vamos tras Jesús, nos llamamos cristianos, realizamos unos actos religiosos, por qué venimos a la Iglesia

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55; Marcos 3, 7-12

Por algo nos buscamos los unos a los otros, por algo quiero conocer a los demás, por algo quiero ser amigo de alguien, por algo nos gusta encontrarnos y reunirnos con los demás, por algo buscamos siempre una relación y evitamos la soledad. Alguien podría quizás estar pensando mientras voy haciendo esta enumeración que podríamos prolongar mucho más, en intereses que se pudieran volver mezquinos, en búsquedas de ganancias o beneficios en el orden material o incluso económico, pero me atrevo a decir, en un gesto de buena voluntad, vamos a llamarlo así, que no siempre son esos intereses los que nos hacen buscar a los demás.

Es el deseo del encuentro y la comunicación, es sentir que tenemos almas gemelas y podemos entendernos fácilmente, es buscar la convivencia que nos saque de soledades, es lo que, no en el orden material, podemos recibir de los demás, porque de los demás aprendemos, porque en los demás podemos encontrar estímulos para nuestra vida, porque la conversación con los demás me hace la vida agradable, porque encuentro felicidad en lo que comparto con aquellas personas, porque siento una riqueza espiritual dentro de mi cuando estoy con los demás que me hace sentirme grande, me hace sentirme satisfecho de la vida, que ponen alegría e ilusión en mis ojos y en mi caminar.

Sí, sé también que podemos tener unos deseos o unos intereses que nos puedan volver egoístas, porque solo pensamos en lo que podemos recibir de esas personas, y no nos preocupamos tanto de lo que nosotros podamos aportar; sé que podemos ser interesados porque voy a encontrar ayuda en mis necesidades, solución a problemas; pueden haber, es cierto, intereses que no son tan generosos y tan altruistas, porque solo podemos estar pensando en lo que nos vamos a beneficiar de la amistad de esas personas.

Os podéis estar preguntando el por qué me estoy haciendo esta reflexión preguntándome el por qué buscamos a los demás. Creo que es algo importante el analizar las motivaciones que tenemos en la vida para hacer lo que hacemos. Para aclarar ideas, para encontrar un sentido y un valor, para poner deseos de superación en nosotros… muchas cosas podemos pensar.

El evangelio nos habla hoy de que ‘Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón’. Gente que viene de todas partes para estar con Jesús. Y aquí viene la pregunta, ¿por qué acudían tantos, además procedentes de tan distintos y distantes lugares de toda Palestina?

‘Al enterarse de las cosas que hacía’, nos dice el evangelista. Sus milagros, las curaciones de los enfermos… Se le echaban encima y casi lo estrujaban; nos dice que se subió a una barca que estaba en la orilla para que no se apretujaran tanto en torno a El. Venían con sus males, con sus enfermos, con sus dolencias, con sus desesperanzas, con su pobreza, con su necesidad. Pero venían también a escucharle. Sus palabras despertaban esperanzas. Y aunque no siempre supieran ver como un signo de algo más aquellas curaciones que realizaba, algo intuían y por eso querían estar con El. Aunque algunos solo vinieran por el interés de la curación y de la salud corporal, pero Jesús iba sembrando algo más en sus corazones.

Es ahora cuando nosotros también tenemos que preguntarnos por qué vamos tras Jesús, por qué nos llamamos cristianos, qué es lo que buscamos en nuestras actitudes y los actos religiosos que realizamos, por qué venimos a la Iglesia, por qué nos decimos seguidores de Jesús. ¿Habrá algo distinto y profundo en nuestro corazón?

domingo, 21 de agosto de 2022

Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

 


Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13;  Lucas 13, 22-30

Seguro que en más de una ocasión lo hemos oído, ha sido el consejo que incluso en algún momento alguien nos ha dado. Disfruta, pásalo bien, diviértete todo lo que puedas que de aquí no nos llevamos nada sino lo que hemos disfrutado. Puede parecer una frase ligera, que se dice en un momento de euforia o de fiesta, pero puede tener detrás todo un sentido de la vida; como quien dice, no hay nada más que esto que ahora tenemos, disfrutémoslo, que no hay otra cosa.

Por eso, pienso, que lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio no es precisamente lo que entre en la preocupación de la mayoría de la gente de nuestro entorno, o de nosotros mismos. Dice el evangelio que Jesús mientras subía a Jerusalén al pasar por las distintas poblaciones iba enseñando a la gente y es cuando uno se acerca a Jesús para preguntarle. ‘Señor, ¿son pocos los que se salven?’ eran tantas las normas y preceptos que se habían acumulado en torno a la ley de Moisés, que parecía poco menos que imposible cumplirlo todo, luego serían pocos los que se salvaran. Es lo que le plantean a Jesús.

¿Entrará entre nuestros parámetros y esquemas ese tema de la salvación en el ultimo día como le planteaban entonces a Jesús? creo que tenemos que preguntárnoslo con toda sinceridad. Es cierto que quienes vamos a la Iglesia cuando proclamamos en credo de nuestra fe confesamos que creemos en quien por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz; es cierto que terminamos el credo confesando la resurrección de la carne y la vida eterna o la vida del mundo futuro; es cierto que rezamos por nuestros difuntos y los encomendamos en la celebración de la Eucaristía deseando que vivan en la vida eterna, aunque no sé si en vida nos preocupamos de vivir de manera  que pudiéramos alcanzar esa vida eterna.

Pero, cuidado, no sean solo palabras que repetimos pero el sentido de nuestra vida esté lejos de eso, de ese pensar en la vida eterna, de ese pensar en la salvación eterna. Miremos nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestros agobios por el día a día de nuestra vida, por los problemas económicos a los que nos enfrentamos, por nuestra forma de actuar y hasta, tenemos que pensar, por nuestra forma de divertirnos.

¿Le damos verdadera trascendencia a nuestra vida? Y no solo es pensar que lo que hacemos tiene una trascendencia porque tiene una repercusión en los que nos rodean, que sería una trascendencia muy terrena y también necesaria, sino pensando en Dios, en el evangelio, en los planteamientos que Jesús nos hace en el evangelio que tendría que ser nuestra vida.

Aunque nos decimos creyentes y cristianos muchas veces nuestra vida no se diferencia mucho de la de cualquier pagano, de la de cualquiera que no tiene fe. Ya nos lo plantea Jesús en el sermón del monte cuando nos habla de nuestra manera de amar, de saludar a los demás, de amar al enemigo y de perdonar. ¿Vamos a hacer lo mismo que hacen los gentiles?, nos plantea Jesús entonces.

‘No sé quienes sois’, terrible esa respuesta de Jesús; que no seamos reconocidos, aunque hayamos comido y bebido con El. Y no podemos alegar que nosotros sí vamos a Misa, y a las procesiones, y a Semana Santa y le llevamos ramos de flores a la Virgen, porque a pesar de todo eso nos puede decir Jesús, ‘no sé quienes sois’.

En otros momentos del evangelio nos ha hablado de dar la cara por Jesús pero también en ese momento nos dice que quienes ahora no damos la cara por El, tampoco seremos reconocidos por El ante el Padre del cielo. ¿Daremos en verdad la cara por Jesús?

Cuántas veces oímos hablar mal de la Iglesia y nos callamos; cuántas veces escuchamos una blasfemia en la manera de hablar de los que están a nuestro lado, y nos callamos; cuántas veces tenemos ante nosotros una mano tendida de alguien que nos pide ayuda, y pasamos de largo como aquellos de la parábola. ¿Damos la cara por Jesús? ¿Expresamos con valentía lo que son nuestros valores del Evangelio frente a un mundo tan materialista y tan hedonista que nos rodea? ¿No pensaremos nosotros también, como aquello que decíamos al principio, divirtámonos ahora que nada más nos vamos a llevar?

¿Creemos en verdad en la salvación que ha venido a traernos Jesús y queremos vivir en su gracia? ¿Tenemos viva la esperanza de la vida eterna que Jesús nos ha prometido para quienes creemos en El? Tenemos que plantearnos seriamente todas estas cosas, porque a lo mejor no estamos viviendo como cristianos sino como unos paganos más.

sábado, 7 de mayo de 2022

Tenemos que aprender no solo a oír sino a escuchar con toda la apertura del corazón la novedad de la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros

 


Tenemos que aprender no solo a oír sino a escuchar con toda la apertura del corazón la novedad de la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

Nos sucede en muchas ocasiones; estamos oyendo algo pero no nos estamos enterando, no estamos escuchando; entretenidos en nuestras ocupaciones tenemos la radio o la televisión encendida, pero nosotros estamos a lo nuestro; oímos que hablan de noticias, de cosas que suceden, pero no estamos prestando atención; luego quizás recordamos que hablaron de un tema importante, de algo que había sucedido, y por algunos retazos de lo que escuchamos damos nuestra opinión muchas veces bien diversa de lo que allí se había notificado. Luego podremos opinar no sé cuantas cosas, pero que son bien lejanas de lo que ha sido la realidad.

He puesto ese ejemplo como muy elemental, pero mas gravemente nos sucede en nuestras conversaciones con los demás y en nuestras discusiones; ya tenemos una idea preconcebida de lo que pensamos que nos iban a decir y no escuchamos sus argumentos, su explicación y nosotros hacemos nuestras interpretaciones; un diálogo de sordos, porque mutuamente no nos estamos escuchando aunque hagamos nuestras réplicas.

Pero ¿y no nos sucederá algo así cuando escuchamos la Palabra de Dios? Cuando comenzamos a leer un texto de la Biblia o en una celebración se nos hace la proclamación de la Palabra de Dios, tan pronto comenzamos a leer o a escuchar el relato, ya nos lo damos por sabido, tenemos nuestras conclusiones o nuestros prejuicios, pero realmente no estamos prestando atención a lo que en aquel momento se nos está proclamando; así deja de ser tantas veces verdadera buena noticia el evangelio para nosotros. Y hacemos nuestras interpretaciones, damos nuestros juicios, manifestamos que nos gusta o no o que estamos en desacuerdo, pero, ¿habremos escuchado de verdad?

Es lo que hoy escuchamos en el relato del evangelio conclusión de todo lo que hemos venido escuchando durante la semana, aquellas palabras de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún donde nos anuncia el Pan de vida, su Cuerpo que es vida y alimento para nosotros. Se queda aquella gente en algunas palabras, que quizá pudieran ser más llamativas y abandonan a Jesús quejándose de que aquella doctrina es dura y no se puede aceptar. No habían terminado de entender lo que significaba aquello que Jesús les decía de comerle para tener vida para siempre.

‘Desde entonces, nos dice el evangelista, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él’. Discípulos que hasta entonces habían seguido a Jesús, le habían seguido hasta el desierto, pero que ahora, podríamos decir, dejaban de serlo. Nos recuerda, tantos cristianos que así se llamaban y hasta los veíamos entusiasmados en nuestras iglesias y en muchas de las cosas de la religión, pero que de la noche a la mañana no quieren saber nada y se marchan, ya dicen que la Iglesia no les gusta, que la religión no les convence, que eso de ser cristiano ellos lo viven a su manera y que no necesitan de la Iglesia. Da mucho que pensar.

Y Jesús se vuelve a los discípulos más cercanos, a aquellos que había escogido de manera especial y los llamaba apóstoles y les pregunta que si también quieren irse.  Una pregunta inesperada, una pregunta que nos deja en silencio sin saber qué responder, una pregunta que nos cuestiona por dentro en si de verdad creemos o no creemos en Jesús, una pregunta ante la que hay que decantarse, no nos podemos quedar como si no la hubiéramos escuchado. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’

Allí nos sale Pedro como siempre para resolver esas cuestiones inesperadas, como allá en Cesarea de Felipe cuando Jesús pregunta qué es lo que piensan de El. Ahora también será Pedro el que se adelante para hacer una afirmación que podría incluso sobrepasar todo el amor por Jesús que lleva en su corazón. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.


Quedémonos en esas Palabras de Pedro y veamos si nosotros podemos firmar también esa confesión. Pero hagámoslo con sinceridad. Veamos si realmente nosotros solo oímos o también escuchamos la Palabra de Jesús porque vamos a ella sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, con apertura de corazón a la novedad que es esa Buena Noticia del Evangelio.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Pensemos dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que no conoce el evangelio

 


Pensemos dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que no conoce el evangelio

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

Son muchos los que dicen que están, pero a la hora de la verdad pocos vemos que estén dando el callo con su compromiso y con su acción. En momentos de entusiasmo estamos todos, cuando llega lo que podríamos llamar la rutina de la vida, o sea, el día a día de la vida donde tenemos que ir afrontando esas cosas pequeñas que nos pudieran parecer rutina son pocos los que permanecen constantes.

En un momento llamativo de algo extraordinario que sucede y que pudiera causar daño y perjuicios a muchos, surgen prontas las voces de solidaridad, que luego se irán enfriando, vamos olvidando, o incluso nos moleste que nos lo estén recordando continuamente. Vamos a ver hasta dónde llega esa solidaridad tan general que ha surgido con el volcán de Cumbre Vieja y donde ahora parece que todos quieren arrimar el hombro para ayudar; cuando pase algún tiempo ¿qué quedará de toda esa solidaridad? y no queremos ser pesimistas.

Lo vemos en muchos aspectos de nuestra sociedad, en actividades culturales que reclamamos, que comienzan muy bien pero que pronto nos encontraremos con los vacíos; ven en todas las actividades de la vida social, y tenemos que preguntarnos quizás si no nos sucederá algo así a los cristianos. Fervorosos en grandes cosas, grandes peregrinaciones o romerías y pronto nuestros templos vacíos y poca gente que quiera en verdad comprometerse.

He comenzado fijándonos en estos aspectos un tanto variados, pero es algo que llevo en mi mente y en mi corazón que me hace plantearme algunos interrogantes a mí mismo y a mi vida. Cuando camino por las calles o caminos de mi pueblo voy contemplando cuanta es la población que hay en nuestro entorno y decimos que estamos en un pueblo o una ciudad en la que todos prácticamente nos llamamos cristianos, recibimos el bautismo y los sacramentos y quizás todavía a la hora de la defunción de nuestros seres queridos los llevamos a la Iglesia para el funeral, bueno y celebramos las fiestas del Cristo.  ¿En qué se queda la vida cristiana para la mayoría de esa gente? O quizá habría que preguntar ¿qué conocimiento tienen de lo que significa ser cristiano? O más aún, ¿qué conocimiento y vivencia tienen del evangelio de Jesús?

Ahora llega la navidad, vemos un ambiente que llamamos navideño ya en nuestras calles, en los escaparates de las tiendas y comercios, en los adornos y luces que vamos colocando y ya comenzaremos pronto a decirnos unos a otros ‘feliz navidad’. Pero aparte de estas fiestas – incluso ya algunos quieren que digamos simplemente felices fiestas y no feliz navidad -, de esas celebraciones familiares o comidas de amigos o de empresa, ¿qué repercusión tiene en nuestras vidas como creyentes y cristianos todo eso que decimos que celebramos? ¿En verdad estará presente el evangelio de Jesús en todo eso que decimos navidad? Son cosas para pensar.

Hoy el evangelio nos ha hablado de que Jesús recorría los caminos, las aldeas y los pueblos de Galilea anunciando el reino de Dios y eran muchos los que acudían hasta Jesús; el evangelista nos subraya que le traían a todos sus enfermos de diversos males para que Jesús les curara, y que se reunían multitudes para escuchar a Jesús.

Pero es aquí donde Jesús hace como un parón, nos dice el evangelista que Jesús sentía compasión de toda aquella gente ‘porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y es cuando les dice a los discípulos más cercanos que la mies es mucha y que los obreros son pocos, y llama a los discípulos les da autoridad sobre los espíritus inmundos y los envía a predicar por todas partes, pero de manera especial a las ovejas descarriadas de Israel. No los envía a campos nuevos – al mundo entero como hará al final del evangelio – sino a los que están cercanos, a los que son ovejas de Israel, pero quizá viven sin esperanza y sin fe.

¿No será algo así lo que nos está pidiendo Jesús cuando escuchamos este evangelio? Un mundo que nos rodea, que tendría muchos motivos para vivir una fe con intensidad porque en algún momento han escuchado el evangelio o habrán tenido algún tipo de experiencia religiosa, pero que ahora son como aquellas ovejas abandonadas y extraviadas, como ovejas que no tienen pastor. Es ese mundo cercano a nosotros, esas personas que nos rodean y que hasta podemos tener en nuestra propia casa al que tenemos que anunciar de nuevo el evangelio de Jesús.

No se nos quede toda nuestra religiosidad y nuestro ser cristiano en unas peregrinaciones, en unos momentos de esplendor y de fervor, sino que en el día a día vayamos anunciando el evangelio comenzando por esos que están a nuestro lado. Somos tantos cristianos y ¿qué hacemos? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso con el evangelio? ¿No será aquello que decíamos al principio son muchos los que dicen que están, pero a la hora de la verdad, a la hora de la evangelización, no se les ve por ninguna parte?

jueves, 21 de enero de 2021

El anuncio del evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos dándonos la asistencia del Espíritu pero hemos de preguntarnos si sabemos hacer ese anuncio al mundo de hoy

 


El anuncio del evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos dándonos la asistencia del Espíritu pero hemos de preguntarnos si sabemos hacer ese anuncio al mundo de hoy

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12

Las masas son fluctuantes y desgraciadamente también son manipulables. Basta que haya uno que vaya delante vociferando aquello que puedan ser inquietudes reales de la gente, o reivindicaciones sobre injusticias pero empleando las palabras y los recursos oportunos, para que la masa corra de un lado para otro repitiendo las mismas consignas. Hoy corren y gritan por unas cosas, pero mañana puede ser que hayan cambiado sus intereses o alguien muy astuto los haya manipulado para que se vayan por otros caminos que algunas veces pueden parecer contradictorios con posturas tomadas anteriormente.

Es fácil entusiasmar y enardecer a una masa si sabemos tocar los botones oportunos. E incluso sin hablar de manipulaciones – cosas que sabemos que son muy fáciles – una masa se puede sentir enfervorizada por algo que le entusiasma o que responde a esas preguntas que todos llevamos dentro  y no siempre sabemos encontrar la respuesta.

Cuando prácticamente llevamos pocos capítulos del evangelio de Marcos, ya vemos que la noticia de Jesús ha corrido de boca en boca y en su entorno se reúnen ya masas de gentes venidas de todos sitios. Nos habla que yendo por la orilla del lago una muchedumbre venida de toda Galilea se reúne en torno a Jesús, pero inmediatamente el evangelista nos hace una relación de los lugares bien distantes desde donde acude la gente a escuchar a Jesús y a traerle sus enfermos. Nos hablará de Judea y Jerusalén, como nos hablará de lugares más allá del Jordán como venidas también de las regiones limítrofes de Galilea. Más tarde veremos cómo en Jerusalén manipulados por los fariseos, escribas y sacerdotes, pronto la masa que gritó Monte de los Olivos abajo cantando ‘Hosannas’ en honor de Jesús como el que venía en nombre del Señor, preferirán a un ladrón y homicida pidiendo que Jesús sea crucificado.

Las masas fluctuantes que antes mencionábamos. Primero se entusiasman con Jesús, con sus enseñanzas porque nadie ha hablado como El y por sus milagros, pero luego lo abandonarán en el camino del calvario, en el camino de la pascua. Pero ¿no será lo que a través de los tiempos sigue sucediendo en torno a la religión, a la Iglesia o al seguimiento de Jesús?

Los que somos mayores años hemos vivido, como decimos ahora, de cristiandad, donde nos parecía que en nuestros pueblos y ciudades todo el mundo era cristiano. Fácilmente los actos religiosos eran masivos y florecía una religiosidad popular con un cristianismo que parecía que estaba en su época triunfante. Pero también ahora estamos viviendo lo contrario, ya nuestras iglesias no se llenan de fieles como en otros tiempos, ya nos encontramos en el ambiente que no se vive un sentido cristiano de la vida y que incluso en la sociedad se trata de apagar todo lo que tengo un sentido o un sabor religioso y cristiano. Hemos visto estos días como se arrancaba una cruz colocada hace años en una plaza pública.

Si en otra época la gente se arremolinaba en nuestras iglesias para escuchar a un predicador famoso, ahora pareciera que todo el mundo pasa del mensaje cristiano, de la religión y por supuesto no se quiere escuchar nada que sea anuncio del evangelio o vivencia de la religión. Nos quedará algo en nuestras fiestas populares o en las celebraciones – sobre todo procesiones de Semana Santa en algunos lugares – pero tras la crisis que estamos pasando y que por las limitaciones de aforos que se nos imponen la gente va perdiendo la costumbre de ir a la Iglesia, por eso creo que con sinceridad tendríamos que preguntarnos si se volverá a recuperar algo después de todo esto que nos sucede.

No podemos ir en plan derrotistas porque siempre hemos de ser personas de esperanza, aunque sí viendo la realidad, pero también esto tendría que hacer que la misma iglesia y que nosotros los cristianos que nos sintamos más comprometidos nos preguntemos por qué no atrae hoy a la gente el mensaje del evangelio o qué nos estará faltando en el anuncio y en el testimonio que tenemos que dar. Porque el anuncio del Evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos, nos ha dado la asistencia, es cierto, del Espíritu Santo, pero ¿sabremos hacer ese anuncio? ¿Estaremos en verdad dejándonos conducir por la inspiración del Espíritu para encontrar ese modo nuevo de llegar al mundo de hoy con el mensaje del Evangelio? No es cuestión solo de hablar de renovación, sino de hacer esa renovación.

Son cosas que nos hacen pensar.

sábado, 22 de febrero de 2020

La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía




La fiesta de la Cátedra de san Pedro que hoy celebramos nos invita a vivir en comunión con Papa y con toda la Iglesia universal escuchando la Palabra que nos guía

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19
Hoy es una fiesta litúrgica muy especial para toda la Iglesia aunque con especial relevancia en la Iglesia de Roma. Es por eso por lo que hemos vuelto a escuchar el evangelio que recientemente se nos ha ofrecido en la liturgia de cada día del tiempo ordinario. Hoy es la fiesta llamada así de la ‘Cátedra de san Pedro’.
¿Qué significado tiene? La cátedra es la sede desde la que enseña el maestro, el catedrático. Algo así como la silla donde se sienta para impartir con autoridad su enseñanza. Para que un poco nos entendamos recordemos que los profesores titulares, podríamos llamarlos así, de una universidad son los catedráticos, tienen cátedra, tienen la autoridad de la enseñanza porque así se le reconoce siendo así algo más que un titulo, porque es la autoridad de su saber, de su enseñanza.
Hablar de la Cátedra de Pedro es pensar en la autoridad que le dio Jesús sobre toda la Iglesia. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia… Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Así lo hemos escuchado hoy en el evangelio, como podríamos recordar que le dice que se mantenga firme para que confirme en la fe a los hermanos. Y ya sabemos como después de la resurrección allá en la orilla del lago de Galilea le confirma esa misión tras aquella triple declaración de amor, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’
Antes de la reforma del calendario litúrgico tras el concilio Vaticano II había dos fiestas de la Cátedra de Pedro, una celebrada en este día 22 de Febrero que era la llamada Cátedra de Antioquia, y el 18 de enero se celebraba la Cátedra de Roma. Se unificaron en una sola celebración en este día sin mención especial al lugar sino al hecho de la Cátedra.
Así como tenemos en Roma con todo esplendor el signo de esa Cátedra y recordamos como en la Basílica de san Pedro el Ábside de la Basílica está totalmente dedicado a la Cátedra de Pedro, sin embargo en Antioquia de Siria – hoy territorio turco – que tanta importancia tuvo en la iglesia primitiva porque allí fue donde primeramente se llamaron cristianos los seguidores del camino de Jesús no quedan restos ni señales como no hay vestigios del cristianismo primitivo. Recordemos todo lo que se dice de la comunidad de Antioquia en los Hechos de los Apóstoles. En las afueras de la ciudad nos encontramos unas ruinas muy mal conservadas de lo que pudo haber sido un templo que nos recuerdan esa Iglesia primitiva y esa cátedra de Pedro en aquel lugar. He podido tener la suerte de estar en ese lugar.
Pero centrémonos en lo que ha de significar esta fiesta y celebración en nuestra vida cristiana. Una invitación a la comunión, porque nos sentimos una Iglesia de Cristo que en comunión con el Papa y todos los Obispos, sucesores de Pedro y de todos los apóstoles conformamos la Iglesia de Cristo sobre la tierra. Una invitación a dejarnos conducir y a dejarnos guiar, manteniendo íntegra nuestra fe, alimentando ese amor de comunión en la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que con toda fidelidad nos transmite la Iglesia. Sabemos que la Iglesia está asistida por la fuerza del Espíritu del Señor que nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el final de los tiempos.
Esa Iglesia que conformamos todos los que creemos en Cristo como nuestro Salvador, aunque en medio de debilidades y también muchas veces oscuridades queremos mantener íntegra nuestra fe y nuestro amor. Porque confiamos en la asistencia y fuerza del Espíritu nos sentimos seguros en nuestro caminar y nos sentimos fortalecidos para el amor y para la comunión. Es una invitación a que nos sintamos Iglesia, a que amemos a la Iglesia como cosa nuestra que es, a que con orgullo nos manifestemos también como miembros de esa Iglesia y la defendamos también cuando es necesario.
Es ese espíritu de comunión el que nos hace escuchar con toda atención y amor la enseñanza de la Iglesia que nos llega por el ministerio del Papa y de los Obispos. Prestemos atención a su palabra, a su enseñanza.

lunes, 17 de junio de 2019

Ya es hora de abrir bien los oídos para escuchar a Jesús y ponernos en camino de forma comprometida a hacer el mundo mejor desde los valores de Jesús


Ya es hora de abrir bien los oídos para escuchar a Jesús y ponernos en camino de forma comprometida a hacer el mundo mejor desde los valores de Jesús

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
Yo soy amigo de mis amigos, solemos decir con frecuencia, y ayudo al que me ayuda. Es una actitud muy frecuente en la vida y muchas veces hacemos gala de que somos así, como si fuera una gran cosa o estuviéramos haciendo una cosa extraordinaria. Pero si nos ponemos a pensar un poquito creo que podemos darnos cuenta de que es una amistad o una ayuda muy interesada; pareciera que estuviéramos haciendo compraventa de nuestra amistad y de nuestras ayudas. Si tu no me ayudas a mi nunca, ¿por qué tengo que ayudarte yo a ti? Pensamos y decimos y actuamos desde ese baremo.
Ya nos dirá Jesús en otra ocasión en el evangelio qué es lo que hacemos de especial si hacemos simplemente lo que hace todo el mundo. Saludar a los que te saludan nos dice Jesús eso lo hacen hasta los gentiles. Y es que Jesús viene a darnos un sentido nuevo de las cosas donde pongamos verdadera generosidad en nuestro corazón, donde seamos capaces de romper barreras para ir más allá de lo que le parece bien a todo el mundo. Ya nos pondrá El de modelo su propio amor. Y esa es la maravilla.
Y esa es la lástima que constatamos en la vida de cada día, en nuestras mutuas relaciones, en lo que es esa presencia tan diluida de los cristianos en medio del mundo. Si nos dice Jesús en otro momento que tenemos que ser sal de la tierra, significa que otro sabor tenemos que darle; cuando le ponemos sal a la comida buscamos darle otro sabor, que sepan de una manera deliciosa aquellos alimentos que estamos cocinando, que nos lo hagan apetitosos.
Pero nos sucede que hoy los cristianos en medio del mundo no contagiamos de nada nuevo, porque nada nuevo y distinto de un valor superior estamos haciendo, sino que nos contentamos con lo que todo el mundo hace. Muchas veces nos encontramos a gente que no tienen los valores de la fe que nosotros tenemos y que sin embargo son más comprometidos que nosotros, se mojan por así decirlo en aquellas cosas por las que se comprometen en su lucha por la justicia y por hacer desde su manera de pensar un mundo mejor. Mientras nosotros los cristianos andamos como descafeinados, queremos ser café, pero no llevamos ese café bueno y oloroso en la vida que lo haga apetitoso a aquellos a los que les pueda llegar el olor.
Jesús nos pide seriedad en nuestros planteamientos, compromiso en el camino del amor, implicarnos de verdad en hacer que las cosas sean distintas, y que entonces nos andemos desde nuestras concepciones mezquinas y raquíticas del amor porque no hemos terminado de escuchar lo que Jesús nos plantea. Es lo que nos viene a decir hoy en el evangelio.
Cualquiera que se siente agraviado por los demás trata de responder con la misma moneda y a la larga nos estamos poniendo a su mismo nivel. Otro tiene que ser nuestro estilo. Al que viene contra nosotros haciéndonos el mal tenemos que saber hacerle frente no haciendo el mismo mal, sino transformándolo todo y respondiendo desde el amor, respondiendo haciendo el bien.
Hemos de saber escuchar con corazón abierto y generoso las palabras de Jesús. Nos las sabemos incluso de memoria sin embargo no han hecho mella en nuestro corazón porque nosotros seguimos actuando de la misma manera. Ya es hora de que abramos bien los oídos para escuchar a Jesús y nos pongamos en camino de verdad y de una forma comprometida a hacer ese mundo mejor desde esos valores que Jesús nos está enseñando en el evangelio.

lunes, 11 de junio de 2018

Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe al que tenemos que imitar en la pequeñez de nuestra vida pero con lo que hemos de ser signos para los demás


Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe al que tenemos que imitar en la pequeñez de nuestra vida pero con lo que hemos de ser signos para los demás

Hechos de los apóstoles 11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13

En la vida nos encontramos a veces a esas personas de una gran bondad, de una mansedumbre exquisita, dispuestos siempre a escuchar con atención, que no suelen ser personas de muchas palabras, pero que cuando abren a boca para decir algo nos encontramos una gran sabiduría en sus palabras que nos ayudan a reflexionar, a encontrar luz en nuestros conflictos interiores o con los demás y que quizá desaparecen de nuestra vida pero nos han dejado una hermosa huella en nosotros. Cuando encontramos personas así decimos que hemos encontrado un tesoro, y estaríamos dispuestos a lo que fuera para estar cerca de ellos, escucharles, atender a sus consejos y de alguna manera tenerlos como una referencia positiva en la vida.
Es un mirlo blanco, quizá decimos, porque en medio de un mundo de muchas palabras y violencias en todos los sentidos encontrar esa mansedumbre y esa sabiduría expresada quizá en breves sentencias, realmente nos puede sonar algo extraño y que de alguna manera en el fondo desearíamos encontrar y tener a nuestro lado y hasta desearíamos tener esa sabiduría. Algunas veces quizá los tenemos ante los ojos, pero en nuestras carreras y agobios no somos capaces de darnos cuenta, sino quizás cuando ya no los tenemos.
Hoy estamos celebrando la fiesta de alguien, a quien incluso damos el nombre de apóstol, pero al que apenas oímos hablar en todo el relato bíblico. Sin embargo fue una pieza importante en el desarrollo de aquellas primeras comunidades cristianas e incluso en la tarea evangelizadora de la Iglesia. Se trata de Bernabé, convertido en los primeros momentos de la evangelización pero con una radicalidad absoluta. Vendió las posesiones que tenia y puso el dinero a disposición de la Iglesia para atender a las necesidades de los huérfanos y las viudas en aquella primera comunidad de Jerusalén.
Le veremos luego que es enviado por los Apóstoles a Antioquia de Siria cuando llegan noticias a Jerusalén cómo allí crece el numero de los cristianos – es en Antioquia donde primero se comienza a llamar cristianos a los discípulos de Jesús – ‘y vio cómo Dios los había bendecido, y se alegró mucho. Animó a todos a que con corazón firme siguieran fieles al Señor. Porque Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Y así mucha gente se unió al Señor’. 
Será la iniciativa de Bernabé la que le impulsa a ir a Tarso a Buscar a Saulo para incorporarlo a las tareas de la Iglesia. Y es allí en Antioquia donde recibirán la inspiración y consagración del Espíritu para ir como enviados de la Iglesia a predicar el evangelio en nuevos lugares, primero Chipre y luego a través de casi todo el Asia Menor, hoy gran parte de Turquía. Será el inicio del primer viaje misionero de Pablo, pero que va acompañado por Bernabé. Más tarde se separarán, volviendo Bernabé a su tierra de origen y siguiendo Pablo otros derroteros, como ya todos conocemos.
Mientras en los primeros conflictos que van surgiendo en las primeras comunidades, Bernabé con Pablo subirán a Jerusalén donde se celebra lo que llamamos el primer concilio de Jerusalén e igualmente será enviado Bernabé para comunicar a las Iglesias, sobre todo en Antioquia, las decisiones que se habían tomado.
Es una reseña muy breve de quien hoy estamos celebrando, el Apóstol Bernabé. Resaltamos su generosidad y desprendimiento, pero también su presencia aparentemente silenciosa junto a aquellas primeras comunidades cristianas que van surgiendo; su presencia y su mediación, su dejarse conducir por el Espíritu, su saber encontrar a aquellos heraldos del Evangelio que luego harán su anuncio por todas partes, su dejarse conducir por el Espíritu de Señor para aquellas misiones que se le quieren confiar donde es capaz de descubrir siempre lo que es la voluntad del Señor.
Que seamos capaces nosotros de dejarnos inundar por esa sabiduría de Dios para que nuestra vida, aunque parezca silenciosa, por el testimonio de lo que hacemos y vivimos sea también un signo para los demás. No tendremos quizá que realizar grandes misiones en la vida y nuestra vida por la razón que sea puede ser una vida aparentemente callada  y escondida.
No tenemos por qué estar buscando reconocimientos ni brillos especiales por grandes cosas. Algunas veces podríamos estar soñando con esas cosas. Pero sí hay siempre un testimonio que dar, un signo que nosotros podemos ser para los demás, en nuestro silencio o en nuestra palabra prudente que queremos que esté llena de la sabiduría de Dios.
Seamos ese hombre bueno y llenos del Espíritu y de fe, como se definía a Bernabé. Seremos quizá piedras pequeñas que podemos parecer insignificantes, pero somos también piedras necesarias en la construcción del Reino de Dios allí donde estemos y con lo que podamos hacer. Lo que no tenemos que hacer nunca es cruzarnos de brazos.

martes, 9 de enero de 2018

Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón

Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón

1Samuel (1,9-20); Sal: 1Sam 2,1-8; Marcos (1,21-28)
Se suele decir que ‘obras son amores y no buenas razones’. Y es que por sus obras los conoceréis, como el árbol se conoce por su fruto. Así en la vida nuestras obras hablan por nosotros. No significa que no podemos hablar, que no podemos dar un consejo bueno o hablar una cosa buena para enseñar. Tenemos que hacerlo también, pero que nuestra vida y nuestras obras estén compaginadas, vayan a un mismo ritmo, o sea que no vayan nuestras palabras bonitas por una parte mientras lo que se dice hacer, actuar no actuamos nada.
El evangelio de Marcos, que además es el más breve, es parco en palabras en labios de Jesús. Nos trasmite, por supuesto, también sus enseñanzas, su mensaje, pero lo vemos actuando. Así en estos versículos del primer capitulo de su evangelio. Anuncia el Reino de Dios y nos dice que iba predicando por todos sitios; ahora nos habla de que viene a Cafarnaún, allí se va a establecer, y va a la sinagoga a enseñar; pero no nos dice lo que ha enseñado, el evangelista más bien nos muestras un signo de Jesús.
El Reino de Dios que ha comenzado a anunciar significará que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida; reconocer la soberanía de Dios sobre nosotros, viene a significar creer en el Reino de Dios. Significa que no hay otros dioses, otros señores de nuestra vida; tampoco el mal se puede enseñorear de nosotros, no nos puede dominar. Y ahí está el signo que Jesús realiza. En el lenguaje del evangelio se nos habla de que hay un hombre poseído por el espíritu inmundo y Jesús lo expulsa de él. Es el mal que domina al hombre y Jesús viene a decirnos que El vence al mal, al maligno, y no puede dejar que nos domine, que se enseñoree de nuestra vida.
Es un signo que comprende muy bien aquella gente. Un signo que viene a corroborar las palabras de Jesús. Por eso dicen que habla con autoridad.  '¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’. Y la gente habla de Jesús de manera que su fama se va extendiendo por todas partes. Es la señal de que comienza un mundo nuevo, de que un mundo nuevo es posible donde desterremos el mal para siempre.
¿No será esa nuestra lucha? ¿Podemos permitir que el mal siga dominándonos a nosotros y siga haciéndose presente en nuestro mundo? Con Jesús tenemos la victoria asegurada. Pero ¿estaremos contando con Jesús? ¿Estaremos los cristianos, los que decimos que tenemos puesta toda nuestra fe en El, luchando de verdad contra el mal, dejando que el mal no nos domine y arrancándolo de nuestro mundo?
Parece que se nos debilita nuestra fe, se nos muere nuestro amor. Sigue habiendo en nuestro corazón egoísmo y orgullo, rivalidades y envidias, resentimientos y deseos de venganza, violencias y vanidades… no terminamos de liberarnos de todo ese mal. Es de lo que está contagiado nuestro mundo y nosotros nos dejamos contagiar por él. Sigue habiendo sufrimiento en nuestro mundo, y nos insensibilizamos tanto que parece que no queremos darnos cuenta de todos los que sufren a nuestro lado.
Un cristiano eso no lo tendría que permitir. Un cristiano tendría que ser la persona más comprometida del mundo. Un cristiano tendría que ser el primero que estuviera delante de todos en su lucha contra el mal. Pero nos escondemos, miramos a otro lado, dejamos pasar las cosas, vivimos encerrados en nosotros mismos, algunas veces hasta nos escudamos en nuestros rezos y en nuestras devociones, pero no vamos más allá.
Es hora de despertar. Es hora de hacer un anuncio del evangelio con nuestra vida. Es hora de que seamos más congruentes con nuestra fe, entre lo que decimos y lo que hacemos. Que el Señor arranque ese espíritu maligno de la indiferencia, de la desgana, de la insensibilidad que se nos ha metido en el corazón.

lunes, 10 de octubre de 2016

Cristianos valientes y comprometidos que nos involucremos de verdad en la vivencia y en el anuncio del evangelio de Jesús

Cristianos valientes y comprometidos que nos involucremos de verdad en la vivencia y en el anuncio del evangelio de Jesús

Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1; Sal 112; Lucas 11,29-32

Nos llamamos cristianos y decimos que tenemos a gala el serlo. Más de una vez nos habremos escuchado decir a nosotros mismos, es que soy cristiano de toda la vida, eso es lo que me enseñaron mis padres, yo soy muy creyente y a mi la fe no hay quien me la quite.
Todo eso está muy bien y en verdad es algo que se refleja en nuestra vida. Pero quizá tendríamos que preguntarnos realmente nosotros ¿a quien escuchamos?, ¿a quien convertimos en maestro de nuestra vida? ¿Quién nos da la pautas de nuestro caminar, de nuestra manera de hacer las cosas, de nuestro estilo de vida? Porque quizá nos dejamos influir más por las modas que se llevan y ya no se trata solamente de las modas o marcas de ropa que podamos usar; ¿qué es lo que influye de de verdad en nosotros? ¿El que dirán de las gentes, lo que todo el mundo hace? Decimos quizá alguna vez o muchas veces que no podemos ir contra corriente, porque, claro, todo el mundo lo hace, todo el mundo actúa así.
Fijémonos como influye en nosotros el materialismo en que vive la mayoría de la gente, ese sensualismo del ambiente en el que pensamos solamente en pasarlo bien y cuando no podemos parece que el mundo se nos cae encima porque no sabemos vivir de otra manera. Pensemos en el estilo de religiosidad que vivimos muchas veces demasiado superficial contentándonos con hacer cositas, o en aquellos que solo saben vivir una religiosidad milagrera y de promesas. Así podríamos pensar en muchas cosas donde nos damos cuenta que el tinte del evangelio no es precisamente lo que marca nuestro actuar y nuestra vida.
No significa que nos alejemos de este mundo en el que vivimos porque en él estamos, pero es ahí donde, si en verdad somos cristianos, seguidores de Jesús, que hemos tomado el evangelio como pauta de nuestra vida y nos tomamos muy en serio nuestra fe, hemos de expresar lo que son nuestros valores, hemos de llenar nuestra vida de trascendencia, no nos vamos a dejar influir por el ambiente frío, indiferente a lo religioso que nos rodea, y donde vamos a expresarnos en todo nuestro compromiso cristiano.
Eso cuesta, no es fácil, porque es fuerte la atracción que podamos sentir para simplemente vivir como se vive en el ambiente que nos rodea, porque podemos caer en el espejismo de que todo nos parece bueno o no tan malo y no sabemos hacer un discernimiento de lo que realmente es valido y lo que no lo es. Es cierto que de alguna manera es más cómodo vivir una religiosidad superficial donde le ofrecemos de vez en cuando cositas a Dios como para tenerlo contento y nos ayude en nuestras necesidades o problemas.
Pero quien se dice un seguidor de Jesús no se puede quedar en eso. Tenemos que asumir de verdad la Buena Nueva del Reino que Jesús nos anuncia y disponernos a vivirlo con toda intensidad al tiempo que nos hemos de convertir en mensajeros de ese evangelio para el mundo que nos rodea aunque no nos escuche. Es el camino en que nos pone nuestra fe en Jesús. Es el camino al que Jesús nos ha enviado en medio del mundo para anunciar su evangelio de salvación. Hace falta cristianos valientes y comprometidos que nos involucremos de verdad en la vivencia y en el anuncio del evangelio de Jesús.