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sábado, 31 de diciembre de 2022

Despertemos a la luz, despertemos a la vida, quienes la han recibido, han recibido el poder ser hijos de Dios, iluminados vayamos a llevar la luz a los demás

 

Despertemos a la luz, despertemos a la vida, quienes la han recibido, han recibido el poder ser hijos de Dios, iluminados vayamos a llevar la luz a los demás

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Aquella mujer se había encerrado en un cuarto oscuro y tenía también cerradas todas las puertas y ventanas por donde pudiera entrar un rayo de luz; cuando la encontraron así lo primero que quisieron hacer era abrir las ventanas, encender las luces pero aquella mujer no se los permitió de ninguna manera. ¿Qué le sucedía? ¿Le hacía daño la luz a sus ojos? Algunas enfermedades pueden producir ese efecto, ese daño y esas personas no soportan la luz. ¿O es que se había acostumbrado a aquel mundo de tinieblas y eso le bastaba a ella y no necesitaba otra cosa? Resultaba incomprensible para quienes con buena voluntad querían ofrecerle los resplandores de la luz. Nos parece que un mundo de sombras es incomprensible, imposible de vivir.

Hablando en lenguaje figurado ¿no nos encontraremos también en la vida quienes rechazan la luz? El que no quiere saber, no quiere adquirir conocimientos, el que prefiere no enterarse, el que no busca la verdad, el que solo se busca a sí mismo y solo quiere ser luz para sí, el que quiere vivir aislado en la vida y no soporta que nadie le pueda decir algo, darle una orientación, el que prefiere la maldad de su corazón con sus desconfianzas, sus sospechas, sus juicios condenatorios, el que rechaza la fe. Nos puede suceder que estemos prefiriendo las tinieblas.

No nos puede resultar extraño esto, no nos puede resultar extraña la actitud de aquella mujer que prefería seguir viviendo con las ventanas cerradas para no dejar entrar la luz. Es que nos está sucediendo más de la cuenta. Es lo que nos encontramos en nuestro mundo; es lo que vemos en tantos a nuestro alrededor que no quieren admitir la posibilidad de algo distinto, de algo superior, de algo mejor, porque dicen que se bastan a si mismos, y tampoco quieren necesitar de Dios.

Pudiera suceder también que los que tenemos luz no sabemos ofrecerla a los demás, que nuestras luces no brillen lo suficiente, que no impacten como algo nuevo y distinto que llame la atención. Uno camina por la vida y nos encontramos con tanta gente indiferente, descreída, que ha abandonado toda posibilidad de unos sentimientos mismamente religiosos. Hay más gente en sombras a nuestro alrededor de lo que imaginamos, porque realmente muchas veces los cristianos tampoco pensamos en eso, tampoco tenemos la inquietud de ofrecer nuestra luz a los demás.

Pienso en la sociedad en la que vivo, donde todos nos decíamos cristianos, se hablaba de la España católica con tantos aires quizás de triunfalismo en otros tiempos y vemos por donde van los derroteros de nuestra sociedad en nuestros tiempos. Todavía decimos que hay unos sentimientos religiosos porque hacemos unas fiestas o celebramos con un brío muy grande la semana santa, o todos dicen que estamos ahora mismo en navidad. Pero lo hemos convertido en costumbres y tradiciones para unos momentos determinados, para realizar unos actos que se convierten simplemente en actos sociales, pero el sentido del evangelio, el sentido de Cristo no ha calado en la mayoría de esas personas.

Las tinieblas nos están invadiendo. Realizando actos que tradicionalmente los hemos llamado religiosos sin embargo se sigue caminando a ciegas, y la fe no impregna de sentido las vidas de esas personas. Se realizan en un momento determinado esas tradiciones pero luego se vive como si no se tuviera fe. Terminamos porque incluso la gente va a la Iglesia para unos determinados ritos y ya no sabe ni como ponerse ni qué hacer. Y decimos que vivimos en una sociedad que es cristiana. Habría que poner un interrogante.

Hoy hemos escuchado la primera página del evangelio de san Juan. Se nos habla de la Palabra, de la vida, de la luz. Se nos habla de la Palabra que planta su tienda entre nosotros para hablarnos del misterio de la encarnación de Dios, que hemos venido celebrando, que aún estamos celebrando. Pero se nos habla de las tinieblas que no se quisieron dejar iluminar por la luz. Nos está hablando de nuestra realidad, esa que tenemos a nuestro lado o acaso en nosotros mismos. Despertemos a la luz, despertemos a la vida. Quienes la han recibido, como un don de Dios, han recibido el poder ser hijos de Dios.

Que iluminados con esa luz vayamos a llevarla a los demás. Que demos buen testimonio. Que seamos auténticos testigos de la luz para que vuelva a iluminar nuestro mundo. Lo necesita. Nos necesita. Necesita esa Luz que solo en Cristo podemos encontrar.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar, no dejemos que nos manipulen esa luz

 


Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar, no dejemos que nos manipulen esa luz

Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

¿Para qué quiero una lámpara por muy valiosa y artística que sea si cuando todo está a oscuras no la puedo encender o no me dejan encenderla? Por muy maravillosa que sea no me vale que solo sea un adorno, la quiero para que ilumine, y para eso además he de colocarla en el lugar más oportuno para que la luz se expanda con toda intensidad.

Eso tendríamos que ser nosotros, los cristianos; ya Jesús nos dirá en otro lugar que nosotros hemos de ser la luz del mundo, hoy nos vuelve a insistir en lo mismo, la lámpara tiene que iluminar y así nosotros tenemos que iluminar, no podemos ocultar la luz, porque no tendría sentido. ¿Será acaso que nos hemos pensado que somos solo un adorno?

Así las tinieblas querrán ahogar esa luz. Ya nos dice el principio del evangelio de Juan que la luz brilla en medio de la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió, la rechazó. Y sutilmente eso quieren hacer algunos de la fe, de la Iglesia, de la religión, del cristianismo. Como un residuo que quedara de otras épocas, y se la quieren presentar como si fuera una pieza de arqueología; bueno algunas veces parece que le dan más importancia a las piezas de arqueología que a los valores y a los principios cristianos.

Son unas tradiciones, como si nada tuviera que ver con el momento presente y si recordamos algo es como del tiempo pasado. Fijémonos en qué han querido mucho transformar nuestras fiestas religiosas en una tradiciones que celebramos como un folklorismo, nos han convertido nuestras expresiones de fe en puro folklore y romería. Nos quedamos tantas veces en puros ritualismos y convertimos nuestras celebraciones en un protocolo que cumplir, porque eso está bien y queda bonito. Y lo malo es que nosotros los cristianos nos dejamos, lo permitimos, y no terminamos de sacar a flote toda la profundidad que tendrían que tener nuestras expresiones religiosas cultuales.

Es la luz que se quiere ocultar; es la luz que rodeamos de tantos adornos que al final son un impedimento para que llegue nítida esa luz a todos; como pasa con tantas lámparas que con tantos adornos ya no nos sirven para alumbrar.

No ocultemos nuestra luz, no ocultemos nuestra fe, no temamos a los vientos que podamos encontrar en contra; estemos atentos para no dejarnos manipular; seamos valientes y dejemos de una vez todas esas cobardías que tantas veces nos encierran; demos valientemente razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Que el mundo nos necesita, aunque nos digan lo contrario porque se encuentran envueltos en muchas tinieblas, en muchas oscuridades.

Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar; pero nuestras cobardías, nuestros arreglos para que no se lo tomen a mal, nuestros disimulos para que no nos digan que vamos haciendo proselitismo; al final ni proselitismo ni nada porque en nuestras cobardías nos encerramos y ocultamos la luz. ¿Dónde está aquella luz que pusieron en nuestras manos en el momento de nuestro Bautismo? ¿Qué hemos hecho de esa luz? ¿La habremos dejado apagar?

Y quiero terminar con unos hermosos párrafos de nuestro Papa Francisco. ‘¡Pero que hermosa es esta misión de dar luz al mundo! Pero es una misión que nosotros tenemos. Es hermosa… También es hermoso conservar la luz que hemos recibido de Jesús. Custodiarla, conservarla. El cristiano tendría que ser una persona luminosa, que lleva luz, siempre da luz, una luz que no es suya, sino que es un regalo de Dios, un regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz adelante. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido. Es un cristiano solo de nombre, que no lleva la luz. Una vida sin sentido. Pero yo quisiera preguntaros ahora: ¿Cómo queréis vivir vosotros? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? Pero no se escucha bien aquí. ¡Lámpara encendida!, ¿eh? Y es precisamente Dios el que nos da esta luz y nosotros se la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Esta es la vocación cristiana’ (Papa Francisco. Ángelus del 9 de febrero de 2014).

martes, 8 de febrero de 2022

La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

 


La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Es frase muy socorrida, que habremos escuchado muchas veces y que se nos presenta como argumento de inmovilidad y en cierto modo de conservadurismo es aquello de que ‘esto siempre se ha hecho así’. Entra en el ámbito de las costumbres de los pueblos y en el mantenimiento de tradiciones como en muchos aspectos de la vida social, en nuestras fiestas, en lo que hacemos cada año sin variar ni un ápice, y no digamos nada en cuanto toca el tema de la religión. ‘Esto se ha hecho siempre así’ y no hay más vueltas que dar.

Cuando llega alguien convencido de que la vida es renovación y si no hay renovación nos quedamos anquilosados y las cosas van perdiendo la vitalidad y por eso intenta mejorar cosas, revisar lo que se está haciendo, o plantearnos nuevas cosas que se podrían hacer, nos encontramos con el muro infranqueable de los que nos dicen ‘esto se ha hecho siempre así’.

¿Alguien se pregunta por qué se comenzaron a hacer esas cosas que ahora nos parecen inamovibles? Eso resulta incómodo; no queremos reconocer que hay cosas que nos pueden valer para un tiempo determinado, pero que esas cosas con el paso de los años hay que renovarlas para que adquieran pleno sentido y significado. Quizá fue el fruto de quien en aquel momento tuvo una buena visión para iniciar algo que en aquel momento podía ser muy dinamizador para la comunidad. Pero fácilmente las cosas caen en la rutina y en el sinsentido porque ahora serán otras cosas a las que tendríamos que dar más importancia. Es una tentación en la que todos podemos caer porque fácilmente huimos de exigencias nuevas que nos lleguen a lo hondo de lo que hacemos.

Hablamos en general de muchos aspectos de la vida social donde las posturas inamovibles no siempre son fructuosas; hay que tener visión de la realidad del momento y de lo que nos puede valer también para el futuro; no todo es desechable de lo pasado, pero lo pasado también hay que renovarlo. Decimos en todos los aspectos de la vida social y también en los planteamientos de las prácticas religiosas que realizamos.

A muchos les ha costado el aceptar la renovación del concilio Vaticano II en muchos aspectos de la vida de la Iglesia y sobre todo de su liturgia; añoranzas de pasado, muchas veces añoranzas de oropeles, vistosidades que hoy no tienen sentido, y compromiso con la vida de aquello que celebramos, son cosas que para muchos pueden ser un choque. Lo vemos en la vida de cada día, lo vemos en muchas de las actividades de nuestras parroquias, lo vemos en planteamientos anquilosados, donde parece que el número y la apariencia son lo fundamental, lo vemos en muchas vanidades que se pretenden mantener.

De esto nos está hablando el evangelio que hoy se nos propone. A los judíos, sobre todo aquellos grupos que querían mantener una cierto lugar privilegiado de poder y de influencia en la sociedad les choca los nuevos planteamientos que Jesús hace del Reino de Dios. Quieren mantenerse en sus tradiciones sin querer dar un sentido vivo a aquellos actos religiosos que realizan; parece que lo importante es cumplir, aparentar una religiosidad que en el fondo se manifiesta vacía, y vienen los choques con los planteamientos de renovación que hace Jesús.

El evangelio de hoy nos habla del problema de las purificaciones, en cierto modo ritualistas y legales, que tienen que realizar porque en todo podían ver contaminación e impureza. Les extraña que los discípulos de Jesús comen sin lavarse bien las manos antes, como realizan concienzudamente los fariseos y sus discípulos. Es lo que le vienen a reclamar a Jesús. Pero Jesús habla de otra pureza interior, de una autenticidad de vida, de una sinceridad del corazón que ellos no quieren entender.

¿No será eso lo que también nos está pidiendo Jesús hoy? ¿Por qué nos queremos quedar en tradiciones inamovibles o en boatos externos mientras quizás nuestro corazón está vacío y frío? ¿Cuál es la autenticidad que nos está pidiendo Jesús en este momento concreto que vivimos? ¿Qué levadura nos estará faltando cuando no somos capaces de dinamizar nuestro mundo con los valores del evangelio?

martes, 27 de abril de 2021

Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

 


Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Sal 86;  Juan 10, 22-30

Cuando hacemos preguntas se supone que estamos interesados en encontrar respuesta a lo que no sabemos; se supone sinceridad auténtica en quien hace la pregunta con curiosidad e interés por aprender, por conocer aquello que no conocemos. Pero seguramente habremos visto preguntas hechas con mucha astucia porque queremos obtener la respuesta que a nosotros nos interesa. No es interés por la verdad sino son deseos que tergiversan preguntas y respuestas para hacer decir a quien nos responde lo que nos interesa; preguntas capciones, preguntas interesadas y dirigidas, donde quizá lo que buscamos es un apoyo a lo que son nuestras ideas, pero no son deseos de verdad.

A través del evangelio nos encontramos muchas situaciones así en quienes hacen preguntas a Jesús, a fuer de presentarse con tentaciones de vanidades con alabanzas y adulación como cuando le dicen para reconocer de boquilla afuera que Jesús es sincero y veraz. Son las preguntas por los intereses de la vida eterna cuando no están dispuestos a hacer lo que les pide Jesús, son las preguntas por el mandamiento principal de la ley pero intentando ver si Jesús responde con lo que dice la Escritura, o son preguntas como la que hoy escuchamos donde le preguntan algo así como por la propia identidad de Jesús.

‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’, le dicen hoy. Pero ellos tenían una idea de Mesías muy particular y era eso realmente lo que buscaban en Jesús. Entre ellos estaba el concepto del Mesías que se presentaría algo así como un guerrillero libertador que les iba a liberar del yugo de los romanos que eran los que ahora los dominaban. Muchos movimientos en ese sentido circulaban sobre todo por Galilea con esos deseos de liberación y que querían aprovecharse de cualquier movimiento del pueblo para alzarse en armas. Pero no era la idea de Mesías de Jesús.

Jesús les habla de un reino nuevo, el Reino de Dios que precisamente no va por esos caminos de violencia; han de saber reconocer las obras que Jesús hace y que nos manifiestan ese señorío de Dios en nuestras vidas; les habla de un camino nuevo donde han de escucharle como al Pastor que en verdad guía sus vidas y han de seguirle; pero han de conocer y escuchar su voz, o lo que es lo mismo, creer en El para seguirle y alcanzar la vida eterna.

‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano…’

A pesar de los entusiasmos que en muchas ocasiones manifestaban sin embargo su fe en El no era totalmente sincera y en muchos momentos muy débil o incluso interesada. No es solo tras el entusiasmo del milagro, porque quizá nos sentimos beneficiarios de algunas cosas de nuestro interés, cuando se ha de manifestar y expresar esa fe. Es el querer escucharle en el día a día y también en los momentos oscuros, es el plantar en el corazón y en la vida esas palabras de Jesús para que se transformen en nosotros en actitudes nuevas, en nuestras posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir.

Muchas veces somos cristianos de fervorín, de los momentos brillantes, de las emociones vibrantes y fuertes que nos pueden provocar un fervor ocasional que pronto se enfría, de una piedad y religiosidad poco comprometida con la vida y que solo satisfacemos con ofrendas puntuales de cosas, pero donde no terminamos de ofrecer nuestro corazón, de tradiciones para cumplir en determinados momentos pero que se traducen poco en una religiosidad profunda, en una espiritualidad honda que motive cada momento de la vida.

Seguir a Jesús, creer en El exige mucho más, ha de implicar toda nuestra vida, ha de darle verdadera profundidad a nuestra existencia fundamentándola en los valores del evangelio. Se nos plantea la sinceridad y autenticidad de nuestra respuesta.

 

jueves, 21 de enero de 2021

El anuncio del evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos dándonos la asistencia del Espíritu pero hemos de preguntarnos si sabemos hacer ese anuncio al mundo de hoy

 


El anuncio del evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos dándonos la asistencia del Espíritu pero hemos de preguntarnos si sabemos hacer ese anuncio al mundo de hoy

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12

Las masas son fluctuantes y desgraciadamente también son manipulables. Basta que haya uno que vaya delante vociferando aquello que puedan ser inquietudes reales de la gente, o reivindicaciones sobre injusticias pero empleando las palabras y los recursos oportunos, para que la masa corra de un lado para otro repitiendo las mismas consignas. Hoy corren y gritan por unas cosas, pero mañana puede ser que hayan cambiado sus intereses o alguien muy astuto los haya manipulado para que se vayan por otros caminos que algunas veces pueden parecer contradictorios con posturas tomadas anteriormente.

Es fácil entusiasmar y enardecer a una masa si sabemos tocar los botones oportunos. E incluso sin hablar de manipulaciones – cosas que sabemos que son muy fáciles – una masa se puede sentir enfervorizada por algo que le entusiasma o que responde a esas preguntas que todos llevamos dentro  y no siempre sabemos encontrar la respuesta.

Cuando prácticamente llevamos pocos capítulos del evangelio de Marcos, ya vemos que la noticia de Jesús ha corrido de boca en boca y en su entorno se reúnen ya masas de gentes venidas de todos sitios. Nos habla que yendo por la orilla del lago una muchedumbre venida de toda Galilea se reúne en torno a Jesús, pero inmediatamente el evangelista nos hace una relación de los lugares bien distantes desde donde acude la gente a escuchar a Jesús y a traerle sus enfermos. Nos hablará de Judea y Jerusalén, como nos hablará de lugares más allá del Jordán como venidas también de las regiones limítrofes de Galilea. Más tarde veremos cómo en Jerusalén manipulados por los fariseos, escribas y sacerdotes, pronto la masa que gritó Monte de los Olivos abajo cantando ‘Hosannas’ en honor de Jesús como el que venía en nombre del Señor, preferirán a un ladrón y homicida pidiendo que Jesús sea crucificado.

Las masas fluctuantes que antes mencionábamos. Primero se entusiasman con Jesús, con sus enseñanzas porque nadie ha hablado como El y por sus milagros, pero luego lo abandonarán en el camino del calvario, en el camino de la pascua. Pero ¿no será lo que a través de los tiempos sigue sucediendo en torno a la religión, a la Iglesia o al seguimiento de Jesús?

Los que somos mayores años hemos vivido, como decimos ahora, de cristiandad, donde nos parecía que en nuestros pueblos y ciudades todo el mundo era cristiano. Fácilmente los actos religiosos eran masivos y florecía una religiosidad popular con un cristianismo que parecía que estaba en su época triunfante. Pero también ahora estamos viviendo lo contrario, ya nuestras iglesias no se llenan de fieles como en otros tiempos, ya nos encontramos en el ambiente que no se vive un sentido cristiano de la vida y que incluso en la sociedad se trata de apagar todo lo que tengo un sentido o un sabor religioso y cristiano. Hemos visto estos días como se arrancaba una cruz colocada hace años en una plaza pública.

Si en otra época la gente se arremolinaba en nuestras iglesias para escuchar a un predicador famoso, ahora pareciera que todo el mundo pasa del mensaje cristiano, de la religión y por supuesto no se quiere escuchar nada que sea anuncio del evangelio o vivencia de la religión. Nos quedará algo en nuestras fiestas populares o en las celebraciones – sobre todo procesiones de Semana Santa en algunos lugares – pero tras la crisis que estamos pasando y que por las limitaciones de aforos que se nos imponen la gente va perdiendo la costumbre de ir a la Iglesia, por eso creo que con sinceridad tendríamos que preguntarnos si se volverá a recuperar algo después de todo esto que nos sucede.

No podemos ir en plan derrotistas porque siempre hemos de ser personas de esperanza, aunque sí viendo la realidad, pero también esto tendría que hacer que la misma iglesia y que nosotros los cristianos que nos sintamos más comprometidos nos preguntemos por qué no atrae hoy a la gente el mensaje del evangelio o qué nos estará faltando en el anuncio y en el testimonio que tenemos que dar. Porque el anuncio del Evangelio Jesús lo ha puesto en nuestras manos, nos ha dado la asistencia, es cierto, del Espíritu Santo, pero ¿sabremos hacer ese anuncio? ¿Estaremos en verdad dejándonos conducir por la inspiración del Espíritu para encontrar ese modo nuevo de llegar al mundo de hoy con el mensaje del Evangelio? No es cuestión solo de hablar de renovación, sino de hacer esa renovación.

Son cosas que nos hacen pensar.

miércoles, 14 de octubre de 2020

La vida del seguimiento de Jesús no son unas recetas o unas normas de mínimos que cumplir sino un camino de amor siempre creativo con la libertad del Espíritu

 


La vida del seguimiento de Jesús no son unas recetas o unas normas de mínimos que cumplir sino un camino de amor siempre creativo con la libertad del Espíritu

Gálatas 5, 18-25; Sal 1; Lucas 11, 42-46

‘Me tienes que dar la receta’, habremos escuchado o dicho más de una vez cuando la anfitriona de la casa nos ha ofrecido una comida exquisita que ella misma ha elaborado. Que nos digan como se hace, que nos digan sus ingredientes, que nos digan los pasos que tenemos que dar y nos dirán que si lo hacemos con toda fidelidad nos saldrá a nosotros igualmente bien.

Pero no andamos por caminos culinarios sino con ello quiero expresar un poco o un mucho de lo que hacemos en la vida. ¿Qué tenemos que hacer? y queremos, sí, los detalles de lo que hemos de hacer, o mejor dicho esas cosas mínimas o indispensables para quedarnos contentos. Son actitudes y posturas que fácilmente tenemos en la vida, en que queremos lograr cosas, pero tampoco queremos complicarnos la vida demasiado y es algo así como los mínimos ‘papeles’ que necesitamos para conseguir que nos arreglen determinadas cosas o con las que queremos salir airosos en la vida sin muchas complicaciones.

Pero eso afecta a lo que puedan ser nuestros principios o postulados éticos, y como andamos en los negocios sobre el filo de una navaja para no saltarnos la ley, pero para evitar lo que nos pueda exigir demasiado. Y esto afecta a lo que es nuestra vida cristiana. Cuántas veces en nuestras prácticas religiosas estamos a ver con cuántas avemarías o padrenuestros resolvemos toda nuestra religiosidad.

Y de ahí van surgiendo tradiciones, y normas, y preceptos y reglamentos con los que llenamos la vida, pero que al mismo tiempo la vamos encorsetando y no dejamos que la fuerza del Espíritu actúe en nosotros y caminemos con el espíritu de libertad de los hijos de Dios que se guían por los caminos del amor. Y esto nos sucede hoy y ha sucedido siempre; y esto ha provocada muchas veces la frialdad con que vivimos nuestra vida cristiana y el poco compromiso al que queremos llegar; así aparecen las superficialidades y las apariencias cuando queremos dar la impresión de algo, pero en el fondo quizá no tenemos nada.

Hoy Jesús se lo echa en cara a los fariseos de los que dice que andan muy preocupados por pagar ‘el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras, les dice, pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’. Les echa en cara que solo busquen apariencias y honores externos buscando puestos de honor y recibir los saludos de todos en las plazas. Pero al final, ¿qué queda? Como un sepulcro sin lápida que nadie sabe quien está allí enterrado serán olvidados de todos y hasta pisoteados.

Jesús quiere prevenir a los que quieran seguirle. Bien sabemos que muchos cuando se decidían a seguirle también andaban buscando de alguna manera esa ley de mínimos. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ era una pregunta que se repetía, era una actitud que podía estar en lo profundo de los que querían seguirle, por eso Jesús les habla de las exigencias de su seguimiento y que seguirle a El no es ir en búsqueda de esos honores y esos aplausos.

Jesús quiere prevenirnos hoy también a nosotros porque algunas veces podríamos pensar que porque somos cristianos y seguimos a Jesús a nosotros siempre tienen que salirnos las cosas fáciles, nosotros no vamos a tener problemas y dificultades. No es eso lo que nos garantiza Jesús aunque nos dirá que alcanzaremos la vida eterna. Pero nos habla de las exigencias que tiene que haber en nuestra vida en que tenemos que saber también tomar el camino de la cruz, pero nos habla de un sentido nuevo de vivir donde ni buscaremos puestos de honor ni grandezas humanas. Entre nosotros no cabe el estilo del mundo lleno de vanidades y de pedestales; nuestro estilo ha de ser siempre el del servicio y el del amor. Por eso nos dirá que tenemos que aprender a hacernos los últimos y los servidores de todos.

La vida cristiana no son unas recetas donde todo está bien especificado ni unas normas de mínimos que nos contentamos con cumplir. Es un camino de amor, es un camino abierto, es un camino lleno de creatividad como siempre lo es el amor y donde siempre surgirá la iniciativa nueva de cómo mejor servir al prójimo.

martes, 17 de octubre de 2017

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

Romanos (1,16-25); Sal 18; Lucas (11,37-41)

Es más importante el ser que el parecer. Así podemos afirmarlo rotundamente. Pero no lo hagamos solo con palabras o como unos principios. Porque hemos de reconocer que muchas veces en la vida nos preocupamos más de lo que querer parecer que de lo que realmente somos. Es lo que sospechamos que los demás puedan pensar de nosotros lo que nos preocupa, esa buena imagen que queremos conservar y así nos quedamos fácilmente en superficialidades, en cosas de menor importancia y realmente no nos preocupamos tanto de crecer por dentro, de crecer como personas en nuestros valores, en nuestro actuar, en el trato que le damos a los demás nacida verdaderamente desde el corazón.
Es una tentación que nos puede llevar a la hipocresía, a una doble cara, y mentimos ya no solo con palabras sino con la vida que queremos manifestar y que no es lo que realmente somos. Es una tentación de todos los tiempos y en la que nos podemos ver envueltos todos.
Era la actitud hipócrita de aquellos fariseos que estaban pendientes de esas ritualidades que se habían impuesto en la vida y en lo que querían juzgar a Jesús. Ahora que un hombre principal había invitado a Jesús a comer, allí están todos pendientes de si Jesús se lava o no las manos antes de comer. No eran solo las razones higiénicas que podríamos ver como normales en cualquier persona, sino era ese juicio hipócrita porque unas manos manchadas podían ser unas manos impuras y con ello significaba que era todo impuro en esa persona.
En la vida nos vamos llenando de ritualidades que en lugar de ayudarnos nos hacen por el contrario una vida sin profundidad. Nos contentamos con cumplir ritualmente con una cosa, un mandado o un rito, pero nuestro corazón está bien lejos. Pensamos en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en el trato con los demás, pero tenemos que pensar en nuestro interior, en todo aquello que tenemos que aprender a hacer desde el corazón, desde lo más profundo de nosotros. Hacer crecer nuestro espíritu, darle hondura a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Eso  nos lleva también a cuidar mucho los actos religiosos que realizamos en nuestra vida. No los tenemos que hacer por puro ritualismo, por la formalidad de que hacemos unas cosas, rezamos unos rezos, hacemos unos actos piadosos y ya con eso esta todo hecho si no le hemos dado profundidad.
Cuantas veces estamos rezando y nos contentamos con repetir palabras porque nuestra mente está bien lejos. Cuando recemos que oremos de verdad, porque en verdad vivamos ese encuentro intimo y profundo con el Señor. Que lo que oramos salga de nuestro corazón y sintamos al mismo tiempo como el Señor nos transforma. Que así le demos profundidad a nuestra oración y a nuestra vida. Que no sean solo unas palabras que decimos con los labios o unos ritos que realizamos formalmente en nuestras celebraciones sino que en ello pongamos todo nuestro espíritu. Es necesario crecer en nuestro espíritu para que lo que hacemos no se quede en apariencia sino que exprese lo  más profundo de nuestro ser.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Todos celebramos hoy la Cruz sin olvidar que la cruz es el camino del triunfo de una nueva humanidad que Cristo vino a redimir y recrear con su muerte en la cruz

Todos celebramos hoy la Cruz sin olvidar que la cruz es el camino del triunfo de una nueva humanidad que Cristo vino a redimir y recrear con su muerte en la cruz

En cualquier recodo del camino hoy nos encontraremos con una cruz bellamente adornada con flores. Los caminos, los patios de nuestras casas, el borde de una carretera, un abismo sobre un barranco, lo alto de las montañas, los riscos que miran al mar, cualquier sitio es un lugar propicio para encontrar una cruz.
Muchos pueden ser los motivos en la historia de cada pueblo del por que de esa cruz en ese lugar; una muerte accidental, un recuerdo de algo sucedido en aquel lugar y que tuvo trascendencia en aquel momento aunque ahora nadie lo recuerde, la devoción y religiosidad de una buena persona, un lugar de parada y descanso en el largo trayecto hasta los cementerios portando el peso de un difunto, el recuerdo del nacimiento de una población en el lugar y la fundación de una ciudad – de ahí el nombre de algunas de nuestras ciudades o poblaciones -, muchas pueden ser las razones que podrían motivar investigaciones para personas interesadas. Pero siempre esta presente una cruz cargada de hondo significado y que es un signo bien importante en la vida de los cristianos.
En este día 3 de mayo todos celebran la cruz aunque litúrgicamente la Exaltación de la Santa Cruz sea el 14 de setiembre que se ha convertido mas en la fiesta de Cristo Crucificado; este día tuvo su origen en lo que la historia o la tradición nos cuenta del momento en que fueron encontrados en Jerusalén restos de la cruz de Cristo. Por eso en su origen esta fiesta se llamaba de la Invención (encuentro) de la Santa Cruz.
Hoy los vecinos de cada lugar porfían o como adornar mejor su cruz de manera que algunos de nuestros pueblos se ha convertido en tradición el peregrinaje por las distintas cruz del lugar debidamente adornadas, mientras otros trabajan por hacer que las fiestas de la cruz de su pueblo o ciudad sea mejor – y nos quedamos en esa palabra – que la de los pueblos vecinos.
Creo, sin embargo, que la fiesta de la cruz tiene que ser para un cristiano algo más que una bonita tradición que hemos de conservar o el recuerdo de acontecimientos de la vida social de un pueblo que cada año rememoremos. No puede quedarse tampoco en un amuleto que veneremos o utilicemos llenando de magia quizás nuestras fiestas y nuestras costumbres. Para alguien extraño a nuestras tradiciones o a nuestras vivencias religiosas podría resultar incomprensible que hagamos tanta fiesta en torno a lo que en su origen ha sido un instrumento de tormento.
Ya lo decía san Pablo que la cruz podía aparecer ante los ojos de los ajenos a nuestra fe como una necedad o una locura, y nos decía que, sin embargo, para los creyentes es nuestra sabiduría. Si un cristiano venera la Santa Cruz, recordemos con cuanta veneración la contemplamos en el viernes santo, es porque para nosotros se nos ha convertido en el signo del mayor amor, el amor del Hijo de Dios que por nosotros se entrego hasta una muerte de Cruz.
Ahí tendríamos que centrarnos, en el hondo significado de la cruz. Es el signo del amor, de la victoria sobre la muerte y el pecado; es el triunfo de la vida; es el signo que nos tiene que llevar a la entrega y al compromiso. Miramos la cruz y en el sufrimiento de Cristo que en ella contemplamos vemos como en transparencia todo el sufrimiento de toda la humanidad.
Pero ante ese sufrimiento no nos podemos quedar insensibles como si nada pasase; ante ese sufrimiento sentimos en nuestro interior la urgencia del amor; en esa contemplación nos sentimos impulsados a luchar por una vida mejor, por un mundo nuevo, por la justicia y por la libertad, por la paz y por el amor, para que todos seamos mas felices, para que todos nos sintamos mas hermanos, para que todos nos sintamos miembros de una misma humanidad, pero eso, llenos de humanidad.
No es una fiesta cualquiera la que tenemos que celebrar. No son unas simples tradiciones o unas costumbres que no queremos olvidar. Es algo mucho más hondo lo que tenemos que sentir y lo que tenemos que celebrar. Tiene que ser el camino del triunfo de una nueva humanidad, la que Jesús vino a redimir y a recrear, ese Reino nuevo de Dios que en Cristo se comienza a realizar. Y esa es la tarea de los cristianos.

viernes, 24 de junio de 2016

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘Vino un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran en El. No era él la luz sino testigo de la luz’. La voz que grita en el desierto, como habían anunciado los profetas, para preparar los caminos del Señor. No era el Mesías; decía él que tampoco era el profeta, aunque como diría Jesús era profeta y más que profeta, el mayor nacido de mujer; era el que venía con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
Hoy celebramos su nacimiento. Y de la misma manera que entonces la noticia corrió por toda la montaña de Judea y todos se alegraron en su nacimiento, nosotros hacemos fiesta, una  fiesta muy arraigada en la entraña del pueblo cristiano con multitud de tradiciones y costumbres ancestrales.
No nos queremos quedar nosotros en simples costumbres y tradiciones quizá muchas veces con un cierto paganismo y alejadas del verdadero sentido cristiano, sino que queremos valorar en todo su sentido lo que significó el nacimiento de Juan y escuchar el anuncio y testimonio que él quiere seguir haciéndonos hoy y la invitación que nos está haciendo a un nuevo compromiso.
Era como nos decía el evangelio de Juan el que venia a dar testimonio de la luz, era un testigo, para todos creyéramos en Jesús. Es su misión, anuncio y testimonio. ¿No necesitará el mundo de hoy esos testigos que hagan anuncio y que den testimonio? El mundo necesita luz, necesita unos testigos de la luz verdadera. Nosotros los cristianos nos decimos iluminados por esa luz. No nos la podemos guardar para nosotros solos. Tenemos que dar testimonio de esa luz, para que todos puedan encontrarla, para que todos puedan verse iluminados por esa luz, para que lleguen a creer de verdad en Jesús.
Para eso vino Juan y hoy nosotros tenemos que ser ese Juan que dé testimonio de la luz frente a nuestro mundo. El Papa nos está llamando continuamente a que salgamos al encuentro de los hombres de hoy con nuestra luz. Nuestras comunidades cristianas nos están invitando continuamente a que realicemos esa misión en medio de nuestro mundo. Tenemos que ser misioneros del evangelio, evangelizadores en nuestro mundo de hoy que aun llamándose cristiano y manteniendo incluso muchas tradiciones no está lo suficientemente evangelizado, porque no está suficientemente impregnado del evangelio de Jesús.
Lo mencionábamos antes en referencias a las tradiciones que se reviven en estos días de la fiesta de san Juan muchas de ellas de origen pagano. Muchas veces inconscientemente nosotros los cristianos nos dejamos llevar por esas llamadas de la sociedad a resucitar esas viejas tradiciones olvidándonos de su origen pagano porque quizás nosotros mismos no estamos suficientemente iluminados por el evangelio para saber distinguir todas esas cosas. Y ya sabemos como hay gente interesada en borrar la estela del cristianismo en nuestra sociedad y se vale de esa vuelta a costumbres antiguas de origen pagano que quieren hacer resucitar. Es en lo que hemos de tener mucho cuidado los cristianos en que no se nos paganicen nuestras fiestas cristianas.
Es la tarea que tenemos que realizar. Es el testigo que hoy en esta fiesta de tanta alegría por el nacimiento de Juan tenemos que recoger para ir a hacer ese anuncio.  Dejarnos impregnar nosotros del evangelio para llevar la verdadera luz de Jesús a nuestro mundo.

jueves, 23 de junio de 2016

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

2Reyes 24,8-17; Sal 78; Mateo 7,21-29

Yo soy una persona muy religiosa, hemos escuchado decir más de una vez, porque yo cumplo todas mis promesas, le llevo flores a la Virgen cada vez que voy a verla, tengo mi casa llena de santitos y le enciendo mis lucecitas y yo creo mucho. No ponemos en duda la religiosidad de estas personas. Cosas así escuchamos muchas veces en la buena voluntad y en una expresión religiosa muy elemental, pero tendríamos que preguntarnos ¿y somos también así solo con esto buenos cristianos?
No basta decir yo soy muy creyente, para que con ello afirmemos también que somos buenos cristianos. Creyentes son los musulmanes, y muchas veces mucho más fieles que nosotros a sus prácticas religiosas, pero no por eso podemos decir que son cristianos.
Ser cristiano entraña algo más que esa religiosidad natural y elemental. No digo que no tengamos que rezar a Dios y que podamos hacerle nuestras ofrendas de amor en las cosas que hacemos o le ofrecemos. Pero ya Jesús nos está diciendo a quienes queremos seguirle – y por ahí tenemos que comenzar a ver que lo de ser cristiano entraña un seguimiento de Jesús – que no nos basta decir ‘Señor, Señor’, sino que tenemos que comenzar por escuchar la Palabra del Padre y comenzar a ponerla en práctica. ‘No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo…’ Vemos que Jesús nos habla del Reino y nos habla de hacer la voluntad del Padre, lo que entraña querer escucharla. Y ya vemos lo que a continuación nos dice sobre aquellos que vendrán diciendo es que yo hacia tantas cosas, es que yo estaba en esto o en lo otro, y hasta hemos hecho cosas extraordinarias.
Nos pone Jesús a continuación la parábola o alegoría de la casa edificada o sobre roca o sobre arena. Nos hacen falta unos buenos cimientos para edificar el edificio de nuestra vida de fe y de nuestra vida cristiana. No nos podemos quedar en la superficie, no nos podemos quedar en cosas superficiales, sino que hemos de saberle dar profundidad a nuestra vida. Y para eso tenemos que escuchar con toda hondura la Palabra de Jesús; pero no solo se trata de oírla sino que hay que escucharla hondamente, sembrarla en tierra buena, como nos dirá en otra parábola, darle cimiento firme a nuestra vida poniendo en práctica esa Palabra que hemos escuchado de Jesús.
En aquellas personas que nos decían, como comentábamos al principio, que eran muy creyentes, ¿Dónde está la escucha de la Palabra de Dios? ¿Dónde está el tiempo que dedican a la lectura de la Biblia o a participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra de Dios y se nos comenta para alimentar nuestra vida creyente y cristiana?
Cómo es posible que una persona que se dice cristiana nos diga que no necesita leer la Biblia, escuchar la Palabra de Dios, que no es necesario participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra y en las que alimentamos nuestra fe?
¿En qué obras de amor, en qué compromiso concreto a favor de los demás vamos realizando nuestra vida como consecuencia de nuestra condición de creyentes?
¿Seremos edificio cimentado sobre roca para poder enfrentarnos a todos los embates que pudieran poner en peligro nuestra fe y nuestra vida cristiana?



domingo, 30 de agosto de 2009

Coherencia y autenticidad en el corazón y la vida


Deut. 4, 1-2.6-8;

Sal. 14;

Sant. 1, 17-18.21-22.27;

Mc. 7, 1-8.14-15.21-23


‘¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?’, pregunta un grupo de fariseos y letrados venidos de Jerusalén. La respuesta Jesús se la dio con palabras del profeta Isaías: ‘este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Y apostilla Jesús: ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
El Evangelista ha explicado bien lo de las costumbres convertidas en preceptos por los fariseos de lavarse las manos cuando vienen de la plaza ‘restregando bien, siguiendo la tradición de sus mayores’. Podrían haber tocado alguna cosa impura – recordemos cómo consideraban impuros a los enfermos y sobre todo a los leprosos – y eso les trasmitiría una impureza legal de la que habrían de purificarse.
¿Qué era lo importante? ¿lo externo y la apariencia o lo que tiene que brotar del corazón? ¿Hacer las cosas porque siempre se han hecho así, aunque sea una rutina repetitiva y que hasta haya perdido sentido, o descubrir hondamente lo que es la voluntad del Señor y a través de su Palabra - la Palabra de Dios, no la palabra de los hombres – llenarme de nueva vida?
Jesús está pidiendo coherencia de vida y autenticidad. ¡Cuánto daño hace la incongruencia! Cuando no hay coherencia y autenticidad estamos llenando la vida de mentira. Las mentiras peores no son cuando con nuestras palabras decimos una cosa por otra, sino cuando llenamos la vida de falsedad. (Algunas veces nos confesamos de que hemos dicho una mentirita piadosa y no examinamos la falsedad que pueda haber en nuestra vida). Queremos aparentar una cosa pero realmente en nuestro ser más profundo somos realmente otra cosa muy distinta. Y cuando nuestro estilo de vida lo llenamos con apariencias, lo tremendo es el vacío que a la larga hay dentro de nosotros mismos.
De ahí que nuestra vida cristiana no la podamos reducir meramente al cumplimiento de unas normas o preceptos si nuestro corazón, las actitudes interiores que tengamos están bien lejos de esa fe que decimos tener simplemente porque cumplamos unos reglamentos.
Muchas veces la gente te pregunta o se pregunta qué cosas tengo que hacer pretendiendo les des unas normas o unos reglamentos. Yo te diría, pregúntate qué es lo que tienes que vivir, o más bien, a quién tienes que vivir. Ser cristiano es una vida, pero que ya no es sólo vivir tu vida, sino que es vivir a Cristo en ti. Aquello que decía san Pablo ‘ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí… para mi vivir es Cristo’.
Ya no serán, pues, unas normas o preceptos; es simplemente dejarte conducir por Cristo, dejarte llenar de su Espíritu y todo podíamos decir que sale como espontáneo de ese vivir en el Espíritu. Surgirá el amor, la generosidad, la bondad, la solidaridad, la justicia, la verdad y autenticidad de mi vida.
En el salmo nos preguntábamos ‘Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?... el que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales…’ el que no hace daño a nadie sino que siempre busca el bien, el que no se comporta con el prójimo con tacañanería o por interés. Es que ya no sólo estamos hospedándonos en la tienda del Señor, sino más bien es Dios quien ha puesto su tienda en nosotros, habita en nosotros.
Comenzábamos la reflexión recordando la pregunta con la que los fariseos querían cuestionar a Jesús del si lavarse o no las manos antes de comer y por qué los discípulos no lo hacían como mandaba la tradición. Jesús viene a decirles que la maldad no entra en el corazón del hombre porque tengamos o no las manos manchadas. Sabido es cómo en la reglamentación de los judíos en este sentido – y los fariseos eran unos expertos – tenían catalogada toda una serie de cosas que eran en sí mismas impuras y que no podían ni tocar porque era caer en una impureza legal de la que tenían que purificarse con abluciones rituales.
Jesús les dice que la impureza o la maldad no nos viene de fuera, sino que la podemos tener en el corazón y que serán esos malos deseos los que nos harán vomitar maldad desde dentro de nosotros. ‘De dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Limpiemos de maldad el corazón. Eso es lo importante. Más aún, tenemos a quien ha venido para limpiarnos el corazón, para que lo que brote entonces de nosotros sea siempre bueno. Podríamos decir que no sólo nos enseña esa autenticidad, esa bondad, esa justicia en la que tenemos que caminar quienes nos llamamos sus discípulos, sino que El se hace vida nuestra y es nuestra salvación para perdonarnos esa maldad que tantas veces dejamos meter dentro de nosotros, sino también viene a nosotros para transformarnos con su gracia, para llenarnos de su Espíritu que nos hace hombres nuevos.
‘Aceptad dócilmente la Palabra de Dios que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y nos os limitéis a escucharla’, nos decía el Apóstol Santiago en su carta. Esa palabra de Dios que es nuestra inteligencia y nuestra sabiduría, como se nos decía en el libro del Deuteronomio. Que seamos, pues, ese pueblo sabio y ese pueblo santo que así acoja la Palabra de Dios, y que así sienta también la presencia de Dios en medio de nosotros. ‘Así viviréis…’ nos decía el autor sagrado en la primera lectura. Así el culto que le demos al Señor no será un culto vacío, porque habremos llenado nuestra vida de amor que es lo que agrada al Señor.

jueves, 23 de julio de 2009

Abuelos y abuelas, maestros de sabiduría y valentía


Celebración del día de los Abuelos
reflexión-homilía pronunciada
en un Hogar de Ancianos
de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Se adelantó a este día la celebración
por razones organizativas del Centro


Celebramos el día 26 de Julio a san Joaquín y santa Ana, los padres de María, la Virgen, la Madre de Jesús. Nada nos dice la Biblia sobre ellos; simplemente nos dejamos llevar por una tradición que arranca del siglo II que los señala como los padres de la Virgen. Cercana a donde estaba situado el templo de Jerusalén hoy hay una antigua Iglesia que nos habla de santa Ana y se nos señala allí como el lugar del nacimiento de María, luego sería el lugar de la casa de Joaquín y Ana.
No nos vamos a entretener en tradiciones o leyendas sobre los padres de María, sino simplemente considerar qué dicha ser los padres de la que iba a ser la Madre de Dios. Pero sí se me ocurre una cosa y es pensar que si en María vemos una fe tan grande, una humildad tan profunda o un amor tan exquisito y generoso, por fijarnos sólo en algunas virtudes. ¿por qué no podemos pensar en los padres que le dieron tal educación, supieron trasmitirle tal fe y corona tan preciosa de virtudes?
Claro que eso tendría que hacernos reflexionar en cómo hoy se está trasmitiendo de generación en generación esa fe y esos valores cristianos. Desgraciadamente sabemos que en nuestro tiempo esa cadena de transmisión de la fe y de los valores y virtudes cristianas se está rompiendo. Por distintas influencias y razones ya en nuestros hogares se han ido perdiendo esas vivencias religiosas y el materialismo de nuestra vida moderna ha ido sustituyendo esos valores espirituales y cristianos.
No nos podemos quedar en lamentaciones y lloros sino que tenemos que saber buscar remedio a esas situaciones y quien tiene viva y encendida esa lámpara de la fe no la podría dejar apagar sino que más aún tiene que buscar la forma de contagiar de esa luz a los demás.
Ahí está esa labor insustituible de los abuelos cristianos en el ámbito de la familia para, con todo respeto, sí, pero con firmeza y valentía dar el testimonio contagioso de esa fe y de esos valores cristianos a las generaciones que nos siguen.
El Papa os llama a vosotros abuelos y abuelas, queridos ancianos y ancianas, ‘fuente de enriquecimiento para las familias, para la Iglesia y para toda la sociedad’.
¡Cuánta sabiduría de la buena encerráis en vuestras vidas! ‘Maestros de sabiduría y valentía, os dice el Papa Benedicto XVI, que trasmiten a las generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual’.
‘Pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas’. ¡Cuánto podríamos comentar de estos aspectos!
Abuelos y abuelas, ancianos y ancianas, considerad bien todo esto que os llama el Papa porque además eso os está diciendo cuánto vale vuestra vida. No os sintáis arrinconados por la vida. Ocupáis un lugar importante en la sociedad, aunque algunos lo quieran ocultar, y mucho podéis ofreceros de la rica experiencia de la vida. Muchas cosas nos podéis transmitir.
No perdáis la ilusión, la esperanza y las ganas de vivir. Lo peor que podéis hacer es encogeros y arrinconaros en un rincón pensando que solamente ahora os toca esperar que os llegue la hora de la muerte. Eso de ninguna manera. Tenéis vida y, aunque ahora no tengáis la fuerza física de vuestro cuerpo como en otro tiempo, sí podéis tener una fuerza espiritual muy grande y que es más importante que la fuerza física. Poned ilusión, vida, esperanza, vigor interior, amor en todo lo que hacéis.
Sabed ser agradecidos, primero que todo a Dios, que podéis vivir acogidos en centros como este recibiendo el cariño de cuantos os rodean. Nosotros, los que estamos a vuestro alrededor, queremos agradecer también ese cariño que os dais y queremos aprender de vosotros muchas cosas.
Pensad también que estar aquí es una gracia especial del Señor para que reavivéis vuestra fe y vuestra práctica religiosa, algunas veces quizá olvidada o dejada a un lado. Porque no olvidéis también que con vuestra fe y vuestras oraciones estáis haciendo un bien muy grande a la Iglesia. La Iglesia os ofrece esa acogida y cariño que las Hermanitas os dispensan así como de todo el personal de este centro. Pero vosotros estáis dando también un tesoro grande a la Iglesia y mucho más aún quizá podéis ofrecer.
Abuelos y abuelas os queremos, estad seguro de ellos, y os digo también, os necesitamos, necesitamos de vuestro cariño, de vuestra experiencia y de vuestra sabiduría de la vida.