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lunes, 12 de febrero de 2024

La humildad y la buena disposición interior nos abre el camino a la fe y podremos llenarnos de la sabiduría del evangelio de nuestra salvación

 


La humildad y la buena disposición interior nos abre el camino a la fe y podremos llenarnos de la sabiduría del evangelio de nuestra salvación

Santiago 1,1-11; Salmo 118; Marcos 8,11-13

Las actitudes y posturas negativas en lugar de abrir puertas las cierran. Es bueno en todo ir siempre con una actitud positiva por delante; que tenemos un problema con alguien, trata de contener tus sentimientos o tu orgullo herido y acércate a esa persona con una actitud positiva; si vas de greñas, vamos a decirlo así, aún la buena actitud que pudiera tener la otra persona se la destrozamos, porque somos nosotros los que no sabemos ver la bueno que nos pueda ofrecer. Cuesta, porque nos cegamos y no somos capaces de ver sino aquello que está brotando violentamente desde dentro de nosotros, y por mucho que queramos no tendremos la serenidad suficiente para llegar a un entendimiento, incluso hasta poder hablar con calma.

Hoy en el evangelio vemos que una vez más los fariseos y todos aquellos que estaban en oposición a Jesús vienen de nuevo a pedirle signos, a pedirle pruebas para poder creer en El. Ya venía de antemano con una actitud condenatoria y serían incapaces de ver las señales que estaba mostrando Jesús con su vida, con sus palabras, y con los milagros que realizaba, los signos que estaba realizando continuamente que siempre remitían a lo que habían anunciado los profetas. Pero aquellos que además se las daban de doctores y enterados de la ley y los profetas eran incapaces de ver. Jesús los deja por imposibles, podríamos decir, porque se marcha a otros lugares a predicar.

Son las actitudes y posturas que nosotros también podemos tomar tantas veces ante Dios. No nos escucha, decimos tantas veces, pero ¿cómo es esa oración con la que le estamos pidiendo a Dios? ¿Estaremos rogando o estaremos exigiendo? ¿Somos acaso nosotros los que tenemos que decirle a Dios cómo tiene que hacer las cosas? ¿Nos consideramos con más sabiduría que Dios? Necesitamos una cura de humildad, necesitamos aprender a acudir al Señor, aprender a orar de verdad.

Jesús nos lo va señalando a lo largo del evangelio. Hemos de saber tenerlo presente. ¿Recordamos al fariseo y al publicano que subieron al templo a orar? ¿Quién fue el que bajó del templo justificado? El que humilde supo ponerse en la presencia de Dios, reconociendo su nada y su pecado, y queriendo acogerse a la misericordia de Dios. ‘Ten compasión de este pecador’, repetía allá en el último rincón, mientras el fariseo orgullo parecía que quería llevarle las cuentas a Dios de todas las cosas que hacía; pero su corazón estaba bien lejos de Dios, su corazón estaba lleno de orgullo y de vanidad.

Nos falta fe y nos sobra orgullo; nos falta humildad y tenemos demasiada autosuficiencia. Recordamos a la mujer que humilde y calladamente se atrevió a tocar por detrás el borde del mando del Señor. ‘Tu fe te ha curado’, le decía Jesús. Recordamos a aquella mujer que aparentemente se siente rechazada, pero ella reconoce que no es digna, ella sabe que es gentil, no es del pueblo de Israel, pero con confianza acude al Señor, como el cachorro que está bajo la mesa esperando que caiga alguna migaja de la mesa de su amo; y aquella mujer sí se vio escuchada y atendida en su petición. Cuando a Jairo le dicen que no moleste más al maestro porque la niña ya ha muerto, Jesús le pide que siga confiando, que siga teniendo fe, porque la niña no está muerta sino dormida, y la tomará de la mano y se la entregará sana a sus padres.

Necesitamos recorrer muchas veces las páginas del evangelio. Repasar una y otra vez los distintos episodios, escuchar una y otra vez las parábolas y las palabras de Jesús. Recordamos que cuando el rico epulón pedía que Lázaro se apareciera a sus hermanos para convencerlos de que tenían que cambiar de vida para no llegar a aquel infierno que él estaba padeciendo, desde el cielo le dicen que ellos tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen, porque si no tienen esa buena disposición de querer escuchar la Palabra de Dios ni aunque un muerto resucite van a creer. 

Tenemos con nosotros, a nuestra mano, la Palabra de Dios que cada día podemos y tenemos que escuchar. Ahí encontraremos la luz, ahí aprenderemos a tener ese corazón humilde, ahí aprenderemos a tener esas necesarias buenas actitudes del corazón para conocer a Dios, para reconocer a Jesús, para encontrar la salvación.

martes, 27 de abril de 2021

Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

 


Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Sal 86;  Juan 10, 22-30

Cuando hacemos preguntas se supone que estamos interesados en encontrar respuesta a lo que no sabemos; se supone sinceridad auténtica en quien hace la pregunta con curiosidad e interés por aprender, por conocer aquello que no conocemos. Pero seguramente habremos visto preguntas hechas con mucha astucia porque queremos obtener la respuesta que a nosotros nos interesa. No es interés por la verdad sino son deseos que tergiversan preguntas y respuestas para hacer decir a quien nos responde lo que nos interesa; preguntas capciones, preguntas interesadas y dirigidas, donde quizá lo que buscamos es un apoyo a lo que son nuestras ideas, pero no son deseos de verdad.

A través del evangelio nos encontramos muchas situaciones así en quienes hacen preguntas a Jesús, a fuer de presentarse con tentaciones de vanidades con alabanzas y adulación como cuando le dicen para reconocer de boquilla afuera que Jesús es sincero y veraz. Son las preguntas por los intereses de la vida eterna cuando no están dispuestos a hacer lo que les pide Jesús, son las preguntas por el mandamiento principal de la ley pero intentando ver si Jesús responde con lo que dice la Escritura, o son preguntas como la que hoy escuchamos donde le preguntan algo así como por la propia identidad de Jesús.

‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’, le dicen hoy. Pero ellos tenían una idea de Mesías muy particular y era eso realmente lo que buscaban en Jesús. Entre ellos estaba el concepto del Mesías que se presentaría algo así como un guerrillero libertador que les iba a liberar del yugo de los romanos que eran los que ahora los dominaban. Muchos movimientos en ese sentido circulaban sobre todo por Galilea con esos deseos de liberación y que querían aprovecharse de cualquier movimiento del pueblo para alzarse en armas. Pero no era la idea de Mesías de Jesús.

Jesús les habla de un reino nuevo, el Reino de Dios que precisamente no va por esos caminos de violencia; han de saber reconocer las obras que Jesús hace y que nos manifiestan ese señorío de Dios en nuestras vidas; les habla de un camino nuevo donde han de escucharle como al Pastor que en verdad guía sus vidas y han de seguirle; pero han de conocer y escuchar su voz, o lo que es lo mismo, creer en El para seguirle y alcanzar la vida eterna.

‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano…’

A pesar de los entusiasmos que en muchas ocasiones manifestaban sin embargo su fe en El no era totalmente sincera y en muchos momentos muy débil o incluso interesada. No es solo tras el entusiasmo del milagro, porque quizá nos sentimos beneficiarios de algunas cosas de nuestro interés, cuando se ha de manifestar y expresar esa fe. Es el querer escucharle en el día a día y también en los momentos oscuros, es el plantar en el corazón y en la vida esas palabras de Jesús para que se transformen en nosotros en actitudes nuevas, en nuestras posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir.

Muchas veces somos cristianos de fervorín, de los momentos brillantes, de las emociones vibrantes y fuertes que nos pueden provocar un fervor ocasional que pronto se enfría, de una piedad y religiosidad poco comprometida con la vida y que solo satisfacemos con ofrendas puntuales de cosas, pero donde no terminamos de ofrecer nuestro corazón, de tradiciones para cumplir en determinados momentos pero que se traducen poco en una religiosidad profunda, en una espiritualidad honda que motive cada momento de la vida.

Seguir a Jesús, creer en El exige mucho más, ha de implicar toda nuestra vida, ha de darle verdadera profundidad a nuestra existencia fundamentándola en los valores del evangelio. Se nos plantea la sinceridad y autenticidad de nuestra respuesta.

 

domingo, 31 de enero de 2021

Cuidemos nuestras actitudes y posturas ante la Palabra que se nos anuncia para que en verdad sea Evangelio, buena nueva de Salvación para nosotros hoy

 


Cuidemos nuestras actitudes y posturas ante la Palabra que se nos anuncia para que en verdad sea Evangelio, buena nueva de Salvación para nosotros hoy

Deuteronomio 18, 15–20; Sal 94; 1Corintios 7, 32-35; Marcos 1, 21-28

También hoy echamos de menos a quienes hablen con autoridad. Queremos encontrar una lógica y una sabiduría en quienes están llamados a tener alguna autoridad sobre el pueblo, para que se nos digan palabras llenas de vida, que nos den respuestas, que no sean solo una expresión de un poder que no sabemos como utilizar y al final se convertirán en manipulación y lo utilizaremos siempre en provecho propio o que no nos digan simplemente palabras gustosas y agradables al oído que nos encanten por un instante, pero de las que terminamos por sentirnos saciados y hartos porque no producen una esperanza verdadera en quienes las escuchan. Son los populismos de los eslóganes gritados muy fuerte porque así piensan que van a convencer mejor pero que nos llevan a un vacío y desencanto que nos hace no querer creer en nadie.

Así se sentían las gentes en los tiempos de Jesús, como de alguna manera en muchas cosas nos sentimos nosotros hoy, porque quienes tenían que enseñar y dirigir al pueblo solo pronunciaban palabras gastadas, repetidas ritualmente pero sin despertar ninguna esperanza en los corazones, o solo se contentaban con mantener un estado de las cosas y de la vida por miedo quizás a que lo nuevo les hiciese perder sus prestigios e influencias. Por eso la reacción de la gente cuando lo escucha y contempla en la sinagoga de Cafarnaún aquel sábado es reconocer que aquel nuevo profeta que había aparecido sí hablaba con autoridad no como los escribas y maestros de la ley que repetían lecciones aprendidas.

De ahí también la reacción que iremos viendo aparecer en aquellos que se consideraban los únicos maestros tratando de desprestigiar a Jesús a quien no quieren reconocerle ninguna autoridad. Por ello, por la autoridad con que hacía tales cosas, le preguntarán en alguna ocasión, ya que Jesús no había aprendido en ninguna de aquellas escuelas de maestros insignes, ya que Jesús realmente era la Palabra viva de Dios, y era la Palabra que era la luz de los hombres, que daba vida a quienes la escuchaban. Así se sentía aquella gente sencilla cuando escuchaba a Jesús y de ahí sus alabanzas, porque se sentían llenos de una vida nueva y de una esperanza nueva.


Además podían contemplar que no eran solo palabras sino hechos, manifestado en aquel enfermo que estaba allí en medio de la sinagoga y a quien Jesús libera de su mal. El enfermo, y sobre todo en determinadas enfermedades, era alguien que se sentía castigado y apartado de Dios, lleno del espíritu del maligno y por eso los llamaban endemoniados. Jesús viene a hacer desaparecer ese concepto – que sin embargo tantos siglos aún nos ha costado a los cristianos hacerlo desaparecer de nuestro pensamiento – porque el enfermo no era un maldito de Dios, sino que la preferencia del amor de Dios se derramaba precisamente sobre los pobres y sobre los enfermos; ellos también eran amados de Dios.

Somos nosotros los que nos envolvemos en el mal que nos destruye desde lo más hondo cuando rechazamos esa mano tendida de Jesús que viene a decirnos que Dios nos ama a pesar de todas las limitaciones y deficiencias que pueda haber en nuestra vida. Lo vemos expresado en las palabras de aquel hombre de la sinagoga que de alguna manera parece rechazar la acción de Jesús – ‘¿vienes a destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios’, que le dice – pero Jesús curándole, liberándole de todo ese mal profundo que había en su vida viene así a manifestar las señales de que llegaba el Reino de Dios. Así se manifestaba la autoridad de las palabras y de la vida de Jesús.

Es lo que nosotros tenemos que experimentar al escuchar la Palabra de Dios, quitando tantos prejuicios que nos traemos previamente formulados cuando venimos a escucharla; no venimos con corazón limpio, no venimos con un corazón sincero, no venimos con corazón abierto a lo que el Señor hoy, aquí y ahora quiera trasmitirnos. Cuantas veces cuando escuchamos la  proclamación del evangelio ya de antemano nos decimos que lo conocemos y ya casi no lo escuchamos porque tenemos nuestra idea prefijada dentro de nosotros.

‘No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras’ rezamos en el salmo. Es la apertura del corazón con que necesitamos acercarnos a la Palabra de Dios. Si pudiéramos hacerlo, es casi como un borrón y cuenta nueva, porque es lo nuevo que ahora vamos a escuchar, es lo nuevo que ahora el Señor en ese texto del evangelio quiere decirnos.

Porque no venimos con esa actitud o esa postura nos cansa el evangelio, nos parece repetitivo el evangelio, nos aburrimos escuchando el evangelio. Si antes decíamos que aquellos escribas no hablaban con autoridad porque hablaban como con lecciones aprendidas de memoria, lo mismo tenemos que decir de nuestras actitudes y posturas ante la Palabra que se nos anuncia que así entonces dejaría de ser evangelio, buena nueva de salvación para nosotros.

¿Qué nos habrá querido manifestar hoy el Señor en su Palabra? Hagamos silencio en nuestro corazón y escuchemos la voz del Señor que nos habla.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás


Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42
Conocida es la anécdota de la señora que comentaba a su marido cada mañana que su vecina era una persona descuidada y nada limpia; le decía que mirara por la ventana desde la que se veía el patio de la vecina con su ropa tendida a secar y le decía que se fijara en lo mal lavada que tendía su ropa hasta que un día el marido abrió la ventana y le señaló que la ropa no estaba sucia, sino que eran los cristales de su ventana los que había que limpiar porque era mirando a través de ellos como se veía manchado todo lo que estaba en el exterior. Eran los cristales a través de los que miraba los que tenían falta de limpieza.
Mucho de esto nos pasa en la vida; cuando miramos a los demás con qué facilidad lo vemos llenos de defectos, de cosas que no nos gustan y con qué facilidad criticamos la vida y lo que hacen los demás. ¿Pero no serán nuestros ojos, o más bien nuestro corazón los que no están límpidos para mirar a los demás? Vemos a través de nuestros ojos, vemos a través de lo que hay en nuestro corazón y con qué frecuencia la malicia de la que hemos llenado nuestro corazón es lo que nos hace ver malicia en la vida de los demás.
Nuestros propios sentimientos, las actitudes o las posturas que tengamos dentro de nosotros hacia los demás marcan la mirada que tenemos hacia los otros. De la misma manera que nos dejamos influenciar por lo que nos dicen los otros, cualquier cosa que nos digan y que siembre duda en nosotros en relación a los demás, hará que nuestra postura sea diferente, que ya estemos con recelos hacia lo que los otros hacen, y esas dudas que siembran en nosotros con comentarios y murmuraciones interesadas corroen muchas veces una amistad hasta hacerla desaparecer.
Ojalá fuéramos capaces de ir siempre con buen corazón hacia los demás, arrancando de nosotros sentimientos de desconfianza, olvidando y borrando viejas cicatrices para que nuestra mirada sea limpia y seamos así capaces de ver todo lo bueno que hay en los otros. Sabemos que no somos perfectos y todos tenemos nuestras debilidades y flaquezas, pero ¿por qué fijarnos en eso y no ser positivos para ver lo bueno que hay en los demás? Digo muchas veces que seamos capaces de ir siempre con una sonrisa en nuestro semblante, porque eso puede significar lo positivo con que andamos en la vida y no solo  nos hacemos agradables a los demás, sino que también seremos capaces de ver todo lo positivo que hay en los otros.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que cómo un ciego puede guiar a otro ciego. Y ciegos vamos caminando por la vida cuando la pupila de los ojos de nuestra vida los tenemos enturbiados por la malicia que hay en nosotros. Seamos capaces de arrancar esa malicia de nuestro corazón, pongámonos ese colirio del amor que todo lo limpia para que nuestra vida y nuestra postura al lado de los demás sean siempre positiva.
Nos habla Jesús de que quitemos esas vigas que llevamos en nuestros ojos, antes de querer limpiar las pequeñas pajuelas que pueda haber en los ojos de los demás. Así no seremos ciegos guía ciegos, sino que con luz y claridad, la luz y la claridad del amor, de la ternura, de la comprensión, de la humildad podremos caminar junto a los otros y ayudarnos mutuamente.

jueves, 16 de mayo de 2019

Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia


Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia

Hechos 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
‘Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Corresponden estas palabras de Jesús a la última cena, en el momento posterior al del lavatorio de los pies. Ellos están desconcertados, sorprendidos por el gesto mawestrde Jesús. Ya alguna había querido rechazarlo. ‘Tú a mi no me lavarás jamás los pies’, había dicho Pedro, aunque finalmente se había sometido a lo que Jesús quería hacer.
El es el Maestro y el Señor, como le llaman pero Jesús ahora les dice que ‘el criado no más que su amo y el enviado más que el que lo envía’. Pero es que Jesús quiere algo más. Algo que ha venido enseñándoles continuamente aunque en su cerrazón no habían querido o sabido comprender. Les hablaba de hacerse niños, de acoger un niño, de hacerse el último y el servidor de todos, que no podían ser como los poderosos de este mundo que se subían sobre pedestales y lo que buscaban era la pleitesía y el servilismo. Ahora les dice que ‘puesto que sabéis esto, dichosos si lo ponéis en práctica’.
Nos viene bien recordar estas palabras de Jesús que nos valen para muchas cosas en la vida. Nos explican o nos enseñan algo, y antes de terminar la explicación ya estamos diciendo ‘sí, yo lo sé’; sabemos muchas cosas que quizá tenemos metidas en la cabeza, pero no las hemos llevado al corazón, no las hemos llevado a la vida. ‘Sí, eso yo lo sé’, decimos tantas veces, pero luego en la hora de la verdad hacemos lo contrario. Nos dejamos llevar por rutinas o costumbres, nos dejamos influir por lo que todo el mundo hace, no queremos destacarnos haciendo lo contrario aunque sepamos que no lo debemos hacer y así en tantas cosas.
Igual que los discípulos tantas veces iban discutiendo por los primeros puestos, con añoranzas de grandezas, con ínfulas de superioridad, así vamos por la vida arrasando, manipulando, imponiéndonos. Nos falta el espíritu de servicio; nos falta el que aprendamos a colaborar con los demás; nos falta la humildad de hacer las cosas y de no aparecer; nos falta el abajarnos para caminar al lado mirando a la misma altura de los ojos de los demás.
Dichosos, nos dice Jesús, si hacemos lo que El hace, si aprendemos lo que El nos enseña, si somos sencillos no importándonos ser los últimos, si tenemos la humildad de reconocer que el otro también hace las cosas bien y muchas veces mejor que nosotros, si somos capaces de tender la mano a todo el que pasa a nuestro lado sin mirar antes el color de su piel o la apariencia que nos pueda mostrar, si somos capaces de detenernos en el camino para hablar e interesarnos por aquel con quien nadie habla o de quien nadie se interesa, si somos capaces de mirarle a los ojos al que está enfrente de nosotros dejando que él también nos mire y penetre hasta el fondo de nuestra alma.
Son actitudes y posturas que tendrían que brillar mucho más en nosotros los cristianos. Es la actitud y la postura que tendría que brillar más en nuestra iglesia. Es el testimonio que también tendrían que dar los pastores que van delante de nosotros para ayudarnos y guiarnos, pero que se saben mezclar con el rebaño no importando que se manchen sus ropajes demasiados suntuosos en muchas ocasiones. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe



Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe

 Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36
 ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. Así Escuchamos en el evangelio de este ultimo día del año litúrgico, aunque mañana el evangelio nos volverá a repetir el mismo mensaje.
¿Qué significa estar despierto? Físicamente podemos estar despiertos del sueño con los ojos bien abiertos, pero sin embargo no estar atentos, no estar vigilantes, porque nuestra mente o está dormida o está entretenida en otras cosas que no nos permiten prestar atención a lo verdaderamente importante. Cuántas veces estamos en una conversación entre amigos, pero de repente nos damos cuenta que nosotros mismos o uno de los que están en la conversación parece que no se entera, está allí pero no está, no nos sigue, está distraído, no se entera de lo que estamos hablando.
Cuántas veces vamos así por la vida. Y no es solo que estemos distraídos cuando estamos con los demás porque nuestra mente está en otra parte, porque quizá andamos con nuestras preocupaciones y problemas que nos agobian y no sabemos como salir adelante, sino que son también las actitudes que podemos tener en que cerramos los ojos, y no los de la cara, para no ver ni enterarnos de lo que sucede a nuestro alrededor. Podemos muchas veces aislarnos, meternos en nuestro mundo, encerrarnos en nosotros mismos y no dejar que llegue ninguna luz a nuestro interior.
Quizá no nos gusta ni nos agrada la situación de nuestro mundo, la solución que se da habitualmente a los problemas pero eso no ha de llevarnos a ponernos en distancia como si eso no nos afectara ni nos tocara a nosotros. El aislamiento lo podemos tener también buscando otros sucedáneos, cosas artificiales que nos creamos o cosas de las que nos valemos para olvidar porque no queremos complicarnos la vida.
Muchos quieren vivir la vida a su aire, y se dejan llevar por todas aquellas complacencias que les pueden dar una felicidad artificial y que entonces creyéndose felices en lo que viven en su superficialidad les lleve a no pensar en esas otras cosas importantes de la vida que quizá muchos están sufriendo a su alrededor. Se han creado un mundo artificial en el que solo buscan su propio placer, que no es precisamente felicidad. Pensemos de cuantas cosas nos valemos – alcohol, droga, sexo, sensualidades de todo tipo… que solo satisfacen los sentidos – para buscar ese aislamiento, ese andar así como dormidos para los problemas verdaderos de la vida.
Hoy Jesús nos invita a despertar, porque aunque arduos sean los problemas y oscuro nos parezca el mundo en que vivimos del que nos queremos escaquear, el Señor viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida y en medio de ese mundo concreto porque El quiere ser esa verdadera Luz, esa verdadera salvación para nosotros y para nuestro mundo. Nos invita a despertar para que no nos dejemos aturdir por cuanto pueda suceder a nuestro alrededor y estemos atentos a su presencia. ‘Viene el Hijo del Hombre’, nos dice, llega el Señor a nuestra vida y es quien verdaderamente nos renovará y renovará nuestro mundo. Hemos de estar atentos a las señales de su llegada a nosotros.
‘No se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día’, nos dice. Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe. Es una atención y vigilancia para escucharle, para escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón su palabra; atentos, vigilantes para descubrir y sentir su gracia por eso los ojos de nuestro espíritu han de estar abiertos para Dios; eso significa también un espíritu de oración para entrar en esa sintonía de Dios. Muchas mas cosas podríamos pensar en como hemos de expresar esa vigilancia, ese estar despiertos.
Dejemos que el Señor nos hable al corazón y a cada uno nos vaya señalando lo que nos pide. Con sinceridad pongámonos ante Dios.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Que el camino del Adviento que hacemos, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, abra en nosotros caminos nuevos, abra nuestro corazón a actitudes y posturas nuevas

Que el camino del Adviento que hacemos, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, abra en nosotros caminos nuevos, abra nuestro corazón a actitudes y posturas nuevas

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Seguramente lo hemos comentado más de una vez. La gente que nunca está de acuerdo con nada; tú dices blanco y ellos inmediatamente dicen negro; tú quieres tener una mirada positiva y que se constructiva, ellos estarán destruyendo porque todo lo ven negro, todo lo quieren cambiar, todo tiene que ser de otra manera. Es buena la diversidad de opiniones, cada uno podemos pensar y expresar nuestra opinión, eso es enriquecedor, pero cuando se hace de una forma positiva, cuando queremos aportar algo más, o algo nuevo que enriquezca y mejore lo que ya tenemos. Pero hay quienes porque las cosas no son como ellos desean, lo que quieren es destruir, y corroen con su conversación creando desconfianzas, suspicacias, miedos.
Tendríamos que aprender a ser positivos en la vida creadores de puentes no de barrancos, vallas o distanciamientos. Nos cuesta acercarnos, pero si encima ponemos dificultades solo por el hecho de llevar la contraria nada lograremos. Nos puede pasar a todos. Pero cuando uno ve a los que dirigen los destinos de la sociedad, de la que tendrían que sentirse verdaderos servidores, que no son capaces de llegar a un acuerdo, de ver algo positivo en lo que el otro hace, sino porque es oponente ya todo lo ven negativo, negro, inservible y cuando tienen la oportunidad lo que hacen es destruir, se siente uno desalentado porque así realmente no podemos avanzar para mejorar, porque ya no son solo las cosas que se hacen o se destruyen sino los sentimientos de revancha que hay en los corazones, que crean resentimientos y rencores, que provocan odios y violencias a la larga.
Me hago esta reflexión mirando lo que sucede en nuestra sociedad con deseos de que las cosas mejores y lo hago desde lo que hoy nos ofrece el evangelio. Es que en esa situación de nuestro mundo tenemos que ser luz y anuncio de buena nueva.  Es la actitud que tenían con o contra Jesús muchos de su tiempo. No aceptaban a Juan el Bautista porque era duro y exigente, invitaba a la penitencia y a la conversión, pero ahora no aceptan a Jesús porque come con todos, a todos se acerca y está al lado de los pecadores y de los que sufren. ‘Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios’, les dice Jesús.
En relación a lo que es nuestra vida cristiana algunas veces también nos creamos confusiones porque no nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de Sabiduría. Ya sea muchas veces en nuestro interior, o en actitudes y posturas que vemos en el ámbito eclesial también nos encontramos con quienes crean esas confusiones. Gentes que viven de añoranzas de otros tiempos sin darse cuenta que vamos avanzando guiados por el Espíritu que nos va abriendo a cosas nuevas y siempre el Evangelio nos ofrece esa Buena Nueva que nos conduce a actitudes nuevas, a posturas nuevas, a compromisos más intensos. Soñamos quizá con una iglesia de cristiandad donde parecía que todos era muy cristianos y muy creyentes, pero tenemos que resaltar eso de que parecía porque quizá en el fondo no lo era tanto.
Hoy nos enfrentamos a un mundo distinto donde nos encontraremos muchas posturas, muchas maneras de ver las cosas distintas y distantes. Nuestra vivencia cristiana, nuestro anuncio del evangelio tendrá que tomar quizá otras características y el Espíritu pondrá junto a nosotros a quienes nos abran caminos, nos abran los ojos y el corazón para ver y comprender que hay cosas fundamentales que no podemos descuidar.
El Espíritu del Señor nos ayuda a descubrir cosas importantes que quizás habíamos descuidado y que es necesario rescatar para nuestra vida. Nuestra iglesia, por ejemplo, tiene que ser en verdad la Iglesia que evangeliza a los pobres porque en verdad nos encarnemos en ese mundo donde tenemos que dar un testimonio muy claro, muy convincente que nos exigirá actitudes y posturas nuevas. Es que no tenemos que hacer otra cosa que copiar en nosotros aquella cercanía de Jesús – que vemos que no gustaba a ciertos sectores de su tiempo como nos sigue sucediendo ahora - a los pobres, a los desheredados de la vida, a los marginados y despreciados, a todos los que sufren, como le vemos hacer continuamente en el evangelio.
Que este camino del Adviento, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, nos abra en nosotros esos caminos, abra nuestro corazón a esas actitudes y posturas nuevas.