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domingo, 9 de febrero de 2025

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

 


Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Salmo 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

¿Por qué si yo sé que de ahí no se saca nada tengo que volver a intentarlo de nuevo? Es el estado de desánimo en que nos vemos envueltos ante los fracasos de la vida; no se puede, ahí es imposible, de ahí no se puede sacar nada. Y en ocasiones nos cruzamos de brazos, nos vamos para otra parte, buscamos otras cosas. Todo se nos vuelve oscuro y lo damos por imposible.

Hoy Jesús nos quiere hacer pensar, porque actitudes así no son positivas para la vida, porque no podemos darnos por vencidos ante las dificultades que se nos presentan, porque la sensación de fracaso es mala compañera para hacer los caminos de la vida, porque no nos podemos acobardar, porque también los caminos de nuestra vida cristiana tienen sus altos y bajos y Jesús nos está enseñando que tenemos que remar hacia delante, mar adentro, aunque nos parezca tormentoso ese mar o nos parezca que no podemos sacar fruto y una y otra vez tenemos que seguir echando las redes.

Vayamos por partes en el evangelio. Junto a la orilla del lago la gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle. Ya no es la sinagoga, ahora es allí donde la gente está, donde hace su trabajo, junto a los pescadores que repasan sus redes después de una noche de trabajo, donde la gente ha venido quizás es búsqueda de ese pescado que necesitan para su comida, allí donde está la vida de la gente. Es importante el detalle.

Para que todos puedan mejor escucharle se sube a una de aquellas barcas que está meciéndose en la orilla; desde allí todos pueden verle y pueden escucharle. Y nos dice el evangelista que se puso a enseñarles. Ahora no es tan importante para nosotros lo que Jesús en aquel momento les dijera, son importantes los gestos y detalles.

Cuando terminó de hablar les pide a los pescadores que remen de nuevo mar adentro para echar de nuevo las redes. La barca es la de Simón Pedro; quizás con desconcierto, porque quizás lo que en ese momento necesitaban más era descansar hace caso sin embargo a Jesús; pero hay una queja, por así decirlo, ellos han estado toda la noche bregando intentando coger algo y no han conseguido nada; son esos días malos en que las cosas no salen, pero Jesús les está pidiendo que de nuevo echen las redes. Y Pedro dice que sí, que porque Jesús lo dice, en su nombre echará de nuevo la red. ¿Quizás podríamos pensar para hacerle ver a Jesús que no hay nada y que de pesca son ellos los que entienden? Podríamos pensarlo, pero parece que en el fondo Pedro no termina de pensar así, porque en su nombre, en nombre de aquel a quien ha visto curar a los enfermos y expulsar a los demonios, va a echar la red. Confianza tiene que haber en el corazón.

La redada de peces es tan grande que llamarán a los compañeros de las otras barcas para que les ayuden a recoger la red, pero Pedro más que sorprendido se siente sobrecogido porque un misterio grande está descubriendo. ‘Apártate de mi, que soy un hombre pecador’, le dice a Jesús. Pero para El Jesús tiene una misión, ‘serás pescador de hombres’.Y serán capaces de dejarlo todo para seguir a Jesús.

Jesús nos está diciendo que vayamos allí donde está la vida, donde están los sufrimientos, donde están las ansias más profundas de los corazones, allí donde caminamos y hacemos la vida de cada día; Jesús no se quedó ni en la sinagoga ni en el templo, fue allí donde los pescadores, donde están los hombres y mujeres del pueblo con sus trabajos y sus negocios, a la plaza pública, al mercado, por así decirlo; entre ellos se mezcla, sus mismos instrumentos de trabajo utiliza, de las cosas que les suceden cada día les habla, porque hablará del sembrador o de la mujer que limpia la casa, de los que hacen los negocios buscando sus ganancias y de los que muchas veces se sienten fracasos porque sus terrenos de llenan de cizañas, y se pondrá junto al paralítico con sus muletas o su camilla, o se detendrá junto al ciego del camino.

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús. Metámonos en esas fragosidades de la vida, en esos mares que a veces se hacen tenebrosos y en los que pueden aparecer tormentas; no pretendamos que siempre sea el camino fácil y vamos a obtener la cosecha al cien por cien, pero tenemos que sembrar la semilla, esparcirla por el mundo que aunque algunos la pisoteen siempre habrá alguien que le deje sembrar en su vida. Es la tarea de los cristianos, es el camino en el que nos pone Jesús, es la pesca que tenemos que realizar porque nos quiere pescadores de hombres aunque no sea fácil, finalmente nos dirá que El siempre está con nosotros.

¿Seguiremos cruzados de brazos? ¿Seguiremos entretenidos en lo que nos parecen mares en calma tras el muro de nuestros templos? ¿Seguiremos entretenidos en remendar nuestras redes cuando hay tantos mares que surcar, tantos lugares a donde ir a esparcir la semilla? ¿Seguiremos con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores y nuestras rutinas de lo que siempre hacemos porque nos parece que no se puede hacer otra cosa, con nuestros entretenimientos piadosos sin llegar a un compromiso de verdad con ese mundo que está ahí a nuestro lado?

No sigamos por el camino trillado que nos lleva de nuestra casa a la iglesia para cumplir y volvemos de nuevo a nuestras cosas sin atrevernos a mirar la realidad que nos circunda, porque quizás a veces nos da miedo o produce intranquilidad. Algo nos está fallando a los cristianos, algo nos está fallando en nuestras comunidades y en nuestra iglesia.

jueves, 5 de septiembre de 2024

Dejémonos sorprender como Pedro en la pesca milagrosa porque algo quiere confiarnos el Señor como tarea nueva para nuestra vida

 

Dejémonos sorprender como Pedro en la pesca milagrosa porque algo quiere confiarnos el Señor como tarea nueva para nuestra vida

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23;  Lucas 5, 1-11

Hay ocasiones en que nos sentimos sorprendidos hasta de nosotros mismos viendo lo que somos capaces de hacer; habíamos pensado quizás que no valíamos, que no éramos capaces de cosas así, quizás incluso habíamos intentado algo y por más que habíamos luchado no habíamos podido sacar nada en limpio, pero mantuvimos nuestro tesón, seguimos intentándolo poniendo confianza en nosotros mismos y pudimos lograrlo. En muchas cosas podemos pensar.

Hace unos días un amigo mío me lo reconocía; él pensaba que no era capaz, pero hubo algo en su interior que lo motivó y comenzó a intentarlo; me decía que no se sentía capaz de escribir ni dos renglones seguidos queriendo expresar un pensamiento; pero se había sentido motivo por algo que veía hacer a otras personas, y lo intentó, y yo que conozco lo que escribe, os puedo decir que hace cosas preciosas. Se sintió motivado y lo consiguió, no sin esfuerzo, pero sí con voluntad. Así son muchas cosas en la vida.

Pedro le había dicho a Jesús que allí no merecía echar las redes porque no eran días propicios quizá para ello, se había pasado la noche entera bregando y no había conseguido nada. Jesús había estado enseñando a la gente; precisamente se había subido a la barca de Pedro, para alejándola un poco de la orilla poder hacer que todos los que estaban en la playa le escuchasen, y así lo había hecho; ellos mientras tanto habían estado haciendo los necesarios arreglos de las redes que había utilizado inútilmente.

Pero cuando Jesús terminó de enseñar a la gente, le pide que reme mar adentro en el lago y eche de nuevo las redes. ¿Qué había estado hablado Jesús en aquella predicación? El evangelista en este caso no nos dice nada en concreto, pero las palabras de Jesús siempre eran motivadoras de algo nuevo, de algo distinto para la vida; eran palabras que sembraban esperanza, eran palabras que querían construir un mundo nuevo que El llamaba el Reino de Dios; eran palabras que ponían luz en los corazones, y por eso vemos que son tantos los que entusiasmados le siguen.

¿Qué habría escuchado Pedro en su corazón? A pesar de decir que allí era imposible porque se habían pasado toda la noche sin coger nada, ahora pone su confianza en la Palabra de Jesús y echa las redes. ‘Por tu palabra las echaré’. Y grande fue la redada de peces de tal manera que tuvieron que llamar a otras barcas para que les echaran una mano para recoger las redes.

Pero Pedro se había sentido tocado por dentro. No sabemos lo que pasa en el corazón del hombre, pero ahora Pedro se siente indigno y pecador, le viene a decir a Jesús que no se siente digno de estar en su presencia y le pide que se aparte de él. Su humildad le hacia que no pudiera estar al lado de Jesús porque se consideraba indigno. Nos recuerda otros momentos del evangelio, también hay alguien que no se siente digno de que Jesús vaya a su casa, pero confía en la Palabra de Jesús y le dice que solo una palabra bastará para que su criado sea curado.

Pedro no se siente digno de estar con Jesús, pero Jesús le va a pedir que esté siempre con El. Aquel signo que había sucedido en aquella mañana en medio de lago de Galilea iba a ser señal de algo más que había que realizar. No se trataba ya solo de recoger unos peces que pudieran necesitar para comer y para ganarse la vida, quizás había que renunciar a esas ganancias o a esas redadas en lo material, porque Jesús les ofrecía una nueva profesión, serían pescadores pero no de aquellos mares, serían pescadores de hombres. Y parece que entendieron el mensaje de Jesús porque dejándolo todo aquellos se fueron con Jesús para buscar otra pesca mejor. Habían confiado en Jesús y seguían confiando en Jesús.

Hablamos al principio de motivaciones o de tener confianza en nosotros mismos, contemplamos a Pedro que supo poner su confianza en el Señor, pero ¿eso que nos estará diciendo? Por supuesto que en la vida tenemos que tener más confianza en nosotros mismos y muchas maravillas podríamos hacer, pero desde nuestra fe en Jesús tenemos que dar un paso adelante, un paso más. Nos sentimos algunas veces siervos inútiles que no sabemos qué hacer, nos encerramos quizás en nuestros lagos o en nuestros mares y no somos capaces de ir más allá; caemos también espiritualmente en la rutina y en la modorra de la vida y no sabemos avanzar, ¿no tendríamos que dejar que Jesús nos removiera el corazón, nos removiera la vida para despertarnos y abrirnos a otros horizontes, a otras perspectivas, a otras tareas donde podríamos ser capaces de hacer también muy bien?

Dejemos que Jesús nos toque el corazón. Escuchemos esa Palabra que El quiere decirnos, y a la que muchas veces no le prestamos demasiada atención porque estamos demasiado metidos en nuestras cosas. Seguro que el Señor también quiere sorprendernos con algo y confiarnos algo más. Dejemos actuar a Dios en nuestra vida.

martes, 2 de julio de 2024

Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

 


Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Salmo 5; Mateo 8, 23-27

En nuestras actividades humanas sabemos manejarnos, lo que son nuestros trabajos habituales los dominamos, sabemos lo que tenemos qué hacer y cómo tenemos que hacer; aunque las cosas se nos vuelvan dificultosas a veces intentamos salir adelante, resolverlas, buscamos medios cuando no los tenemos o pedimos ayuda a quien pueda orientarnos para encontrar una solución.

No nos damos por vencidos, o no nos hemos de dar por vencidos. Porque no siempre es así, hay veces en que flaqueamos, en que parece que se acumulan tantos problemas que se nos vuelve más revuelto el panorama y se nos hace difícil encontrar la salida, que quizás tenemos en nuestras manos, echando mano de nuestras experiencias, encontrando fuerza dentro de nosotros mismos para no rendirnos y seguir adelante. Es complejo el camino de la vida.

Parece que nos estuviéramos refiriendo solo a lo que son nuestras tareas habituales, pero nos damos cuenta que podemos hacer una lectura más honda de nosotros mismos; ya no es nuestro trabajo, sino los problemas de la vida, la convivencia con los más cercanos o la relación que hemos de mantener los unos con los otros en nuestra vida social, en nuestro trabajo, incluso hasta en nuestros momentos de ocio. Y hay ocasiones que ahí se nos pone el cielo oscuro, gris, muchas veces incluso negro. Y nos obcecamos tanto que no sabemos mirar dentro de nosotros mismos la capacidad que tenemos para salir adelante.

Así podríamos seguir pensando en muchos aspectos de nuestra vida. El sentido eclesial con que hemos de vivir nuestra fe, por ejemplo; esa lucha interior que hemos de mantener para conservar nuestra fe a pesar de todas las cosas adversas que nos pudieran aparecer, a pesar de las dudas, a pesar de nuestras debilidades e incluso caídas. Y también nos llenamos de dudas y desconfianzas, parece en ocasiones que hasta nos olvidamos de Dios, aunque seamos nosotros los que digamos que es Dios quien se olvida de nosotros. Tanta es nuestra obcecación.

Hoy el evangelio habla de una travesía en barca por aquel lago que bien conocían los que iban en la barca; algunos eran pescadores y estaban acostumbrados a atravesar aquel lago con buenos o con malos tiempos. Pero hoy parece distinto, como si la tormenta fuera más fuerte; parece siempre que la última tormenta fue la peor. Y allí están llenos de miedo, temerosos de que la barca naufrague. Al final acudirán a Jesus que a pesar de la tormenta parece dormido en la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

¿No habían visto ellos en tantas ocasiones lo que jesus era capaz de hacer? ¿Por qué ahora esos miedos? Como tantas veces nos sucede, cuando nos entran los miedos se pierde la confianza. Y ellos lo que piensan, como pensamos nosotros tantas veces, es que a Jesus no le preocupa que la barca se pueda hundir. ¿Estaban perdiendo la confianza con jesus? ¿Qué es lo que se les estaba debilitando por dentro?

Cuando tergiversamos las cosas, cuando nos movemos por otros intereses que no siempre queremos manifestar, cuando nos aparece el orgullo o el amor propio cerrándose sobre nuestros cuellos, perdemos el norte y el sentido, dejamos de valorar lo que tendríamos que valorar, comenzamos a sentirnos heridos en nuestro amor propio y en nuestro orgullo pero se desvanece nuestra autosuficiencia, parece que ya nos sentimos sin apoyos, comenzamos a hundirnos.

De este episodio del evangelio tenemos que aprender muchas cosas para nuestra vida. Empezar por valorar lo que tiene más valor, aprender en quien de verdad hemos de apoyarnos, buscar la manera de crecer por dentro para sentirnos fuertes no por nosotros mismos o por nuestros saberes, sino porque sabemos que Dios está siempre con nosotros, aunque no lo notemos a veces.

Es la búsqueda de una verdadera espiritualidad que nos haga fuerte frente a todas las adversidades de la vida. Es poner el verdadero cimiento sobre piedra que evita que la casa se caiga cuando vengan los temporales, esa piedra que encontramos en la Palabra de Dios, esa fortaleza que nos da una verdadera oración, esa gracia divina que recibimos en los sacramentos que nos hacen encontrarnos no solo con nosotros mismos, porque son muchas las cosas que tenemos que mirar y revisar, sino porque vamos a encontrarnos con Dios, verdadero alimento, luz y fuerza de gracia para nuestra vida.

¿Dejaremos que se nos hunda la barca? ¿Nos daremos de quien de verdad lleva el timón?


domingo, 23 de junio de 2024

Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

 


Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

¿No podíamos decir también que en la vida andamos como en una travesía?  El sentido de la vida humana no es quedarse como anquilosado siempre en lo mismo sino que es búsqueda, es querer mirar más allá para ir también al encuentro de eso nuevo e incluso desconocido. 

Es la historia de la humanidad desde todos los tiempos; siempre en camino, siempre en búsqueda de algo más. Fueron los descubrimientos de nuevas tierras, las migraciones de un lado para otro, ha sido el camino del progreso y de la ciencia, de la filosofía y del conocimiento, porque siempre andamos en búsqueda; igual queremos hacer nuevos amigos, conocer nuevas personas, entrar en contacto con otras culturas  otras maneras de ver y de entender la vida y el mismo mundo.

No siempre fácil; muchas veces también con tropiezos y errores, era como probar algo nuevo, conocer algo nuevo sin saber lo que nos íbamos a encontrar. El mismo encuentro con otras personas algunas veces puede convertirse en tormenta, porque nos cuesta aceptarnos, descubrir la diferencia, pero encontrar también lo que nos acerca; y la tormenta puede venir de fuera, de los otros, de los imprevistos que encontremos, pero puede surgir también de lo más hondo de nosotros mismos, porque nos aparecen los resabios del egoísmo, porque nos hacemos insolidarios, porque brota el amor propio y el orgullo.

Una travesía que nos va tocando las fibras más íntimas de nuestro ser, una travesía que nos abre a nuevas transcendencias, nos ha descubrir nuevos horizontes, nos lleva a que podamos sentirnos iluminados por nuevas luces y a veces no sabemos por donde caminar, cual es la luz que mejor nos iluminará o el calor que nos pueda dar mejor vida. Y en medio de esas tormentas de la vida nos pueden surgir incertidumbres e interrogantes, que nos hagan tambalearnos en muchas cosas que nos parecían antes fundamentales. Y nos llenamos de miedos, y nos parece que nos sentimos solos, y nos parece que no hacemos pie y nos hundimos.

Hoy nos habla el evangelio de una travesía. ‘Vamos a la otra orilla’, les dice Jesús a los discípulos. Había que atravesar el lago tantas veces en calma y en principio parece que nada peligroso, pero en ocasiones los vientos bajados del Hermón en la hondura del lago en medio de aquellos valles producían inesperadas tormentas. La barca estaba en peligro; los discípulos aunque avezados pescadores se sienten indefensos frente a la tormenta y se llenan de miedo. Y Jesús está allí en medio de todo durmiendo sobre un cabezal en un rincón de la barca.

‘¿No te importa que nos hundamos?’, es la queja con que despiertan a Jesús. Podemos hundirnos cuando no nos sentimos seguros. Y en esa travesía de la vida hay muchos momentos en que no nos sentimos seguros. ¿Nos habrá faltado algo? ¿En la barca de nuestra vida llevamos lo suficiente para sentirnos seguros frente a toda esa avalancha de cosas que muchas veces se nos viene encima? Tenemos que llevar en la bodega de nuestra barca, de nuestra vida, lo necesario para tener esa seguridad.

Quizás a lo largo de la vida no nos hemos pertrechado lo suficiente en la búsqueda de unos valores permanentes, en un fortalecimiento de nuestro espíritu para hacer frente a todos los peligros que tenemos que arrostrar. ¿Nos habremos formado como personas y madurado lo suficiente a lo lago de nuestra vida? 

Muchos años hemos dejado pasar baldíos, en muchas ocasiones nos dejamos arrastrar por la superficialidad, habremos desperdiciado mucho tiempo de nuestra vida donde teníamos que habernos formado debidamente, pero lo dejábamos para más tarde, para otra ocasión, no hemos cuidado una profunda espiritualidad que nos haga sentirnos fuertes en nuestra fe.

Y claro, ahora le decimos a Jesús ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Pero Jesús nos dirá, ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’. Jesús estaba allí, aunque les pareciera que dormía insensible a lo que estaba pasando. Jesús está aquí aunque muchas veces no hemos sabido contar con El lo suficiente. Jesús quiere avivar nuestra fe, quiere hacer que nos sintamos fuertes interiormente para esa travesía que tenemos que hacer. 

Esa travesía, como decíamos, que es la vida misma; esa travesía que es búsqueda, esa travesía que nos hace levantar nuestra mirada para buscar otros horizontes, esa travesía que tendría que hacernos crecer para sentirnos seguros, esa travesía, sí también, en la que nosotros tenemos que ir a ofrecer algo nuevo y distinto al mudo que nos rodea.

En esa travesía tenemos una misión; no nos podemos quedar enrollados en nuestros miedo, sino que con valentía tenemos que ir a ese mundo que nos rodea, porque hay una luz que tenemos que llevar, hay algo que tenemos que hacer para hacer un mundo nuevo, hay una esperanza que tenemos que sembrar, hay algo nuevo que tenemos que hacer descubrir a cuantos nos rodean. Es la buena noticia del evangelio que tenemos que anunciar. 

¿Estaremos dispuestos a embarcarnos con Jesús para ir a la otra orilla?

domingo, 6 de febrero de 2022

Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

 


Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

Tenemos nuestros proyectos en la vida, creemos tener unas habilidades o una preparación, una experiencia de la vida y conforme a eso vamos actuando, vamos desarrollando nuestra vida, nos trazamos nuestro futuro; muchas veces vivimos absorbidos por esa forma de vivir, por esos planteamientos que nos hemos hecho y que creemos que no nos va tan mal, que no pensamos en la posibilidad de un cambio, de que pudieran haber otros planes, otros planteamientos que nos hicieran cambiar. No es tanto que nuestra vida se convierta en una rutina, pero seguimos metidos en lo mismo, porque además creemos que ese es nuestro camino.

¿Cambiar? ¿Hacer las cosas de otra manera? ¿Emprender algo nuevo que nos pudiera resultar desconocido? No todos están dispuestos, aunque sabemos que hay valientes en la vida que están dispuestos a arriesgar. Pero nos lo tenemos que pensar.

Aquella mañana en la orilla del lago había ido transcurriendo con la normalidad de todos los días. Es cierto que habían regresado las barcas sin pesca, pero eso es algo a lo que en cierto modo están acostumbrados los pescadores. Pero las tareas que había que hacer con las barcas y las redes seguían su curso. Pero algo va a cambiar todo esto.

Aparece el nuevo profeta de Nazaret o de Galilea por la orilla del lago y pronto las gentes que estaban en sus tareas normales, o que habían venido a buscar pescado a las barcas se arremolinan en torno a Jesús. Ya lo iban conociendo, le habían escuchado en otras ocasiones, en la sinagoga o allí donde tenían la oportunidad de hablar con El o de escucharle; la noticia de sus signos milagrosos había corrido de boca en boca y ya la gente le traía a sus enfermos para que los curase. Hoy quieren escucharle, El quiere hablarles.

Una de las barcas – la de Pedro – sirve de tarima improvisada para ponerse en un lugar en cierto modo más alto para que todos le puedan ver y le puedan escuchar. Y allí Jesús estuvo enseñándoles mucho tiempo. Una Palabra de vida, una Palabra de esperanza, una Palabra que enardecía sus corazones, una Palabra que les hacia soñar en algo nuevo, un Reino nuevo de Dios que Jesús les estaba anunciando.

Los pescadores también se habían puesto al lado de Jesús para escucharle, y justo por eso Pedro estaba allí en su barca al lado de Jesús. Y cuando terminó Jesús de hablar le pidió que remara de nuevo mar adentro, que se adentrara de nuevo en el lago y que echarla red para pescar.

¿Qué les está pidiendo Jesús? Todos sabían que se habían pasado la noche bregando y no habían cogido nada. Pedro lo sabía, él era un pescador avezado y cuando no hay pesca, no hay nada que hacer. Pero la Palabra que habían escuchado a Jesús les había hecho cambiar algo por dentro. Se habían suscitado nuevas esperanzas para sus vidas, y ¿por qué no creerle ahora que les pide algo que parece inusitado? Seguramente muchas dudas pasarían por el corazón de Pedro antes de responder o de hacer lo que Jesús le está pidiendo.

‘Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’, fueron sus primeras palabras; ‘pero, porque tú lo dices, en tu nombre echaré la red’. Aquello parecía fuera de toda lógica. Pedro era el que sabían bien cómo estaba el lago, Pedro era el conocedor de las artes de pesca, sin embargo cuando todo parece imposible, Pedro cambia su postura, y se va lago adentro para echar las redes como le está pidiendo Jesús. Era un riesgo, pero vamos a confiar.

Ya hemos escuchado el resto del episodio, las redes que parecen reventar, que los que están en la barca no son suficientes y llaman a los de las otras barcas, por allá andan también Santiago y Juan, los Zebedeos, echando una mano para recoger aquella redada de peces tan grande, todos están que no salen de su asombro. Pedro es el más sorprendido y se siente pequeño, se siente pecador porque allí está viendo la obra de Dios, se siente el último y es lo que le pide a Jesús. ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’. Pero allí está la respuesta y la invitación de Jesús. ‘Desde ahora serás pescador de hombres’. Las cosas comienzan a cambiar en la vida.

Hoy momentos en que Dios nos sorprende. Hay momentos en que comenzamos a ver las cosas de manera distinta. Hay momentos en que nos salimos de nosotros mismos para descubrir que hay algo nuevo, que algo nuevo se puede emprender, que hay una nueva tarea delante y en la que tenemos que comprometernos. Hay momentos de luz donde vemos ese actuar de Dios, esa llamada de Dios, porque las cosas se nos cambian, porque nos sentimos transformados por su Palabra, porque nos toca el corazón.

Podemos descubrir otros planteamientos y otros caminos. Pero tenemos que saber dejarnos sorprender y humildes también dejarnos guiar aunque lo que se nos ofrezca nos parezca totalmente distinto. Aquella palabra que hablaba de pescador de hombres tenía que ser en cierto modo enigmática para aquellos pescadores acostumbrados a tener en sus manos unas redes para coger peces. Pero ahora se fiaron del todo y se fueron con Jesús.

Este evangelio nos puede estar pidiendo y planteando muchas cosas. Porque no solo nos quedamos en reflexionar lo que pasó aquella mañana en el lago de Tiberíades, sino que en el lago o mar de nuestra vida pueden estar ahora sucediendo muchas cosas si somos capaces de poner el corazón en sintonía. En este mar de la vida que vivimos quizás estamos necesitando otras visiones, otros planteamientos, otros valores para poder hacer la buena pesca que necesitamos hacer para que se haga mejor nuestro mundo. Una tarea quizás está queriendo poner el Señor en nuestras manos, pero tenemos que, como decíamos, dejarnos sorprender, escuchar esa Palabra que nos transforma y que nos da vida, esa palabra que nos está llamando a emprender caminos nuevos y tareas nuevas.

Metámonos en esa barca con Jesús y dejemos que El nos conduzca. Son muchas las cosas que podemos hacer ‘en el nombre de Jesús’.

lunes, 3 de agosto de 2020

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Jeremías 28, 1-17; Sal 118; Mateo 14, 22-36

La experiencia que habían vivido allá en el descampado será algo para nunca olvidar. Aquella multitud que había comido aquel pan multiplicado y compartido milagrosamente desde la inmensa compasión que desbordaba del corazón de Cristo. No solo habían sido muchos los que se había curado con la presencia de Jesús y su amor misericordioso sino que hambrientos de pan pero también de paz y de esperanza en Cristo se habían saciado plenamente. Y aquello lo habían vivido en primera persona aquel grupo de los discípulos a los que Jesús les había dicho que les dieran de comer, aunque solo tuvieran cinco panes y dos peces.

Pero algunas veces tras las experiencias fuertes nos quedamos como aturdidos, sin terminar de comprender y asimilar todo lo que se ha vivido y vienen los momentos posteriores que en cierto modo pueden ser de turbulencia interior, con interrogantes, con dudas,  con cosas que se vuelven oscuras y no se terminan de ver con claridad, que pueden en cierto modo hasta desestabilizarnos para parecer que nos hundimos ante tanta inmensidad.

Lo que nos narra hoy el evangelio sucedido en el lago después del milagro de la multiplicación de los panes puede ser signo de cuanto en nuestro interior nos sucede y camino que nos lleve a buscar donde encontrar la verdadera seguridad. De entrada quizás los mismos discípulos no terminaran de entender el apremio de Jesús para que subieran en la barca y atravesaran el lago. Pero la travesía comenzó a hacérseles costosa; las aguas del lago andaban revueltas, el viento lo tenían en contra y por más que lucharan contra los elementos no lograban avanzar. Como esos espejismos que aparecen en las travesías de los desiertos o en la misma oscuridad de la noche del lago o del mar, creen ver fantasmas porque contemplan a Jesús que camina sobre las aguas. Comienzan las dudas y los temores, el miedo va a apoderándose de su espíritu y ya no saben si ponerse a gritar o querer ellos caminar también sobre el agua.

‘Soy yo, no temáis’, les dice Jesús que les está saliendo al encuentro en medio de aquellas turbulencias que eran más en sus espíritus que lo que pudiera estar sucediendo en el lago. Pero la duda persiste y Pedro pide pruebas porque él también quiere caminar sobre el agua.  Como en las turbulencias de la vida nos gustaría caminar sobre el agua, sobre todos esos problemas como si a nosotros no nos afectaran; es el milagro que siempre pedimos, las cosas extraordinarias que nos gustaría que sucedieran para vernos libres de esas pesadillas que nos acosan. ¿No lo estaremos pidiendo también ahora en la situación concreta en que vivimos donde no sabemos como vamos a salir de estas crisis y de estas pandemias? Pero será otra la manera cómo el Señor se nos manifestará en nuestra vida, y tenemos que descubrirlo.

Jesús le tiende la mano a Pedro que se hundía, ellos le hacen sitio en la barca y ya Jesús está con ellos y parece que todo de nuevo ahora sí vuelve a la calma. ¿Tendremos que hacerle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida? ¿Tendremos que aprender ir nosotros hasta Jesús para estar de nuevo con El en su barca y nuestra vida se llene de nueva luz? ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’ recrimina Jesús a Pedro, a los discípulos y a nosotros también.

Demasiado queremos remar en la vida a nuestro aire, a nuestra manera, solo con nuestras fuerzas y nos olvidamos que el verdadero navegante es el Señor y es El quien nos enseña y quien nos da fuerza. Se nos pasa desapercibido un detalla de este evangelio y es que cuando Jesús apremió a los discípulos a que se subieran a la barca para atravesar el lago, Jesús se fue a la montaña El solo a orar. ¿Cuándo aprenderemos a irnos a la montaña con El? Estos próximos días de nuevo se nos va a recordar esa subida a la montaña para orar.