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lunes, 12 de septiembre de 2022

En nombre de la religión no sigamos haciendo distinciones, poniendo barreras, sino siempre tendiendo puentes, resaltando la fe de los otros aún con distinto credo

 


En nombre de la religión no sigamos haciendo distinciones, poniendo barreras, sino  siempre tendiendo puentes, resaltando la fe de los otros aún con distinto credo

1Corintios 11,17-26.33; Sal 39; Lucas 7,1-10

La sociedad en la que vivimos es muy compleja y ya no es raro encontrarnos entre nuestros vecinos personas que han venido desde los más variopintos lugares; hoy nos movemos con mayor facilidad de un lugar a otro y ya sea por turismo, ya sea en búsqueda de mejores futuros de vida nos encontramos con extranjeros a nuestra puerta; claro que muchas veces son muy distintas las reacciones que nosotros podamos tener a esa situación y reconozcamos que no siempre nos mueven las mejores intenciones o los peores prejuicios.

Según de donde provengan los aceptamos o no, mantenemos nuestras reservas o los acogemos con calor; por medio se entremezclan desconfianzas, prejuicios, reservas y nos fijamos quizás poco en la persona que tenemos delante o con la que nos encontramos. Creo que sería algo que tendría que hacernos pensar; ¿qué es lo que valoramos en la persona que tenemos delante? ¿En qué medida estaríamos dispuestos a compartir algo de nuestra vida con esa persona?

En el pueblo de Israel, marco del evangelio de Jesús, sabemos también que había diversas reacciones hacia los que no eran judíos o eran extranjeros. Desde la consideración de considerarse ellos pueblo elegido, les llevaba en ocasiones a despreciar a todo aquel que no fuera judío; ya sabemos incluso los calificativos que utilizaban para referirse a los no judíos, a los gentiles, los llamaban o consideraban como perros, recordemos algún pasaje evangélico como el de la cananea; había la reserva para entrar en sus casas en determinados momentos porque hasta incluso se podía considerar una impureza; recordamos que no entraron en el pretorio, que era la casa de un gentil, los que acusaban a Jesús porque estaban en vísperas de celebrar la pascua, y eso los haría impuros para poder celebrarla; el hecho de estar sometidos a una dominación extranjera aumentaba el rechazo y la indisposición contra los gentiles.

Sin embargo hoy en medio del evangelio aparece un centurión romano, no era judío, eran un gentil; sin embargo parece que era bien considerado por los ancianos del lugar que están dispuestos a interceder por él, porque era un hombre bueno y generoso que les había ayudado en la reconstrucción de la sinagoga. Aquel hombre tiene un problema, su criado más apreciado está enfermo y no sabe a quien acudir; oye hablar de Jesús y no se atreve, se vale de la mediación de los ancianos del pueblo; cuando se entera que Jesús está dispuesto incluso a llegar a su casa, se adelante para decir a Jesús, para reconocer que no se siente digno de que Jesús entre en su casa, pero tiene confianza en su palabra, tiene fe en lo que Jesús puede hacer por su criado.

Es el momento hermoso en que Jesús valora la fe y la humildad de aquel hombre, para proclamar incluso que en todo Israel no ha encontrado en nadie tanta fe. Y accede a lo que le piden, y el criado quedará sano, como todos comprobarán.

Es el mensaje que hoy recogemos. ¿Aprenderemos a valorar a los demás, sean quienes sean? ¿En que vamos a fijarnos cuando nos encontramos con las personas que nos pueden parecer diferentes? Cuántas categorías nos hacemos en nuestras distinciones y en nuestras diferenciaciones. Qué distinta sería la vida si fuéramos siempre con mirada limpia, si aceptáramos a la persona por lo que en si misma es como persona; qué bueno sería que ya en nombre de la religión o de la raza no siguiéramos haciendo distinciones, no siguiéramos poniendo barreras, sino que siempre fuésemos tendiendo puentes, acercándonos unos a otros, valorándonos en lo que somos, respetándonos en nuestra fe, resaltando la fe que tienen los demás aunque no tengamos el mismo credo.

domingo, 21 de agosto de 2022

Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

 


Seriamente tenemos que plantearnos si realmente estamos viviendo como cristianos que tenemos esperanza de vida eterna o acaso como unos paganos más

Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13;  Lucas 13, 22-30

Seguro que en más de una ocasión lo hemos oído, ha sido el consejo que incluso en algún momento alguien nos ha dado. Disfruta, pásalo bien, diviértete todo lo que puedas que de aquí no nos llevamos nada sino lo que hemos disfrutado. Puede parecer una frase ligera, que se dice en un momento de euforia o de fiesta, pero puede tener detrás todo un sentido de la vida; como quien dice, no hay nada más que esto que ahora tenemos, disfrutémoslo, que no hay otra cosa.

Por eso, pienso, que lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio no es precisamente lo que entre en la preocupación de la mayoría de la gente de nuestro entorno, o de nosotros mismos. Dice el evangelio que Jesús mientras subía a Jerusalén al pasar por las distintas poblaciones iba enseñando a la gente y es cuando uno se acerca a Jesús para preguntarle. ‘Señor, ¿son pocos los que se salven?’ eran tantas las normas y preceptos que se habían acumulado en torno a la ley de Moisés, que parecía poco menos que imposible cumplirlo todo, luego serían pocos los que se salvaran. Es lo que le plantean a Jesús.

¿Entrará entre nuestros parámetros y esquemas ese tema de la salvación en el ultimo día como le planteaban entonces a Jesús? creo que tenemos que preguntárnoslo con toda sinceridad. Es cierto que quienes vamos a la Iglesia cuando proclamamos en credo de nuestra fe confesamos que creemos en quien por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz; es cierto que terminamos el credo confesando la resurrección de la carne y la vida eterna o la vida del mundo futuro; es cierto que rezamos por nuestros difuntos y los encomendamos en la celebración de la Eucaristía deseando que vivan en la vida eterna, aunque no sé si en vida nos preocupamos de vivir de manera  que pudiéramos alcanzar esa vida eterna.

Pero, cuidado, no sean solo palabras que repetimos pero el sentido de nuestra vida esté lejos de eso, de ese pensar en la vida eterna, de ese pensar en la salvación eterna. Miremos nuestra vida, nuestra manera de actuar, nuestros agobios por el día a día de nuestra vida, por los problemas económicos a los que nos enfrentamos, por nuestra forma de actuar y hasta, tenemos que pensar, por nuestra forma de divertirnos.

¿Le damos verdadera trascendencia a nuestra vida? Y no solo es pensar que lo que hacemos tiene una trascendencia porque tiene una repercusión en los que nos rodean, que sería una trascendencia muy terrena y también necesaria, sino pensando en Dios, en el evangelio, en los planteamientos que Jesús nos hace en el evangelio que tendría que ser nuestra vida.

Aunque nos decimos creyentes y cristianos muchas veces nuestra vida no se diferencia mucho de la de cualquier pagano, de la de cualquiera que no tiene fe. Ya nos lo plantea Jesús en el sermón del monte cuando nos habla de nuestra manera de amar, de saludar a los demás, de amar al enemigo y de perdonar. ¿Vamos a hacer lo mismo que hacen los gentiles?, nos plantea Jesús entonces.

‘No sé quienes sois’, terrible esa respuesta de Jesús; que no seamos reconocidos, aunque hayamos comido y bebido con El. Y no podemos alegar que nosotros sí vamos a Misa, y a las procesiones, y a Semana Santa y le llevamos ramos de flores a la Virgen, porque a pesar de todo eso nos puede decir Jesús, ‘no sé quienes sois’.

En otros momentos del evangelio nos ha hablado de dar la cara por Jesús pero también en ese momento nos dice que quienes ahora no damos la cara por El, tampoco seremos reconocidos por El ante el Padre del cielo. ¿Daremos en verdad la cara por Jesús?

Cuántas veces oímos hablar mal de la Iglesia y nos callamos; cuántas veces escuchamos una blasfemia en la manera de hablar de los que están a nuestro lado, y nos callamos; cuántas veces tenemos ante nosotros una mano tendida de alguien que nos pide ayuda, y pasamos de largo como aquellos de la parábola. ¿Damos la cara por Jesús? ¿Expresamos con valentía lo que son nuestros valores del Evangelio frente a un mundo tan materialista y tan hedonista que nos rodea? ¿No pensaremos nosotros también, como aquello que decíamos al principio, divirtámonos ahora que nada más nos vamos a llevar?

¿Creemos en verdad en la salvación que ha venido a traernos Jesús y queremos vivir en su gracia? ¿Tenemos viva la esperanza de la vida eterna que Jesús nos ha prometido para quienes creemos en El? Tenemos que plantearnos seriamente todas estas cosas, porque a lo mejor no estamos viviendo como cristianos sino como unos paganos más.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La fe y la esperanza darán un sentido y un valor a cuanto hacemos sintiendo en nosotros la fortaleza del Espíritu y en esa esperanza sentimos la más profunda paz en el corazón

La fe y la esperanza darán un sentido y un valor a cuanto hacemos sintiendo en nosotros la fortaleza del Espíritu y en esa esperanza sentimos la más profunda paz en el corazón

2Mac. 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tes. 2, 15 - 3, 5; Lucas 20, 27-38
No sé si estaremos en el mundo de hoy muy lejos de algunas cosas en las que no creían los saduceos. Nos decimos en un mundo cristiano pero quizá pueda haber muchas cosas del evangelio que no las tenemos muy claras, de las que dudamos o que muchas veces las obviamos quizá desde una pereza espiritual e intelectual para no meternos en asuntos o en temas que nos parecen controvertidos.
Sobre el tema de la muerte o del más allá algunas veces no queremos ni hablar; desde ciertos temores o desconfianzas, desde conceptos que venimos arrastrando quizá siglos y siglos, desde un tenebrismo misterioso que lo envuelve todo, pero quizá mantenemos nuestros ritos funerarios, al menos formalmente, visitamos los cementerios quizá muchas veces angustiados en recuerdos y hasta en cierto modo en culpabilidades que no sacamos a la luz, pero realmente detrás de todo eso ¿hay verdaderamente una esperanza de vida eterna y de resurrección?
Hemos de reconocer que hacemos unas mezclas de ritos cristianos, porque decimos que hay que rezar a los muertos o por los muerto, nos imaginamos quizás unos lugares como etéreos donde están como flotando los espíritus, pero poco quizá pensamos en la vida eterna y la resurrección. Y aunque recitamos el credo cuando vamos a misa o en nuestras oraciones particulares quienes las mantienen, pero esos artículos finales de la confesión de la nuestra fe nos pasan desapercibidos en su sentido, porque mientras nuestros labios hablan de resurrección y de vida eterna, en lo más hondo de nosotros mismos es en lo menos que pensamos.
¿Nos hacemos quizá una religión de muerte y nos creamos un dios de la muerte? Aunque no lleguemos a expresarlo con palabras así, en nuestra manera de vivir, en la esperanza o poca esperanza que ponemos en lo que vamos realizando en la vida, algo de eso puede haber dentro de nosotros. Realizamos quizás unos ritos cristianos pero los valores que han de sustentar nuestra vida y que surgen de la fe que tenemos no aparecen demasiado claros en el sentido que le damos a lo que hacemos.
Veamos por un lado la apatía con que vamos viviendo la vida, el poco sentido de trascendencia que le damos a lo que hacemos y también, ¿por qué no? preguntémonos como nos preparamos para ese momento final de la vida que es la muerte, o como ayudamos a nuestros seres queridos en ese trance, que más bien siempre preferimos ocultar para que no se angustien, decimos. ¿No le decimos al Sacerdote que “confiese” – en el sentido de administrar los sacramentos -  a nuestros seres queridos que están a punto de fallecer cuando ya no se den cuenta? ¿Hay verdadera fe en Dios? ¿Hay autentica esperanza de un encuentro con el Señor en quien vamos a vivir para siempre? ¿Deseamos en verdad sentir el perdón de Dios que nos salva para poder vivir esa vida en Dios?
Muchas experiencias vienen a mi mente, duras y dolorosas, de quienes rechazaban o trataban de disimular u ocultar la presencia del Sacerdote junto a sus familiares gravemente enfermos, pero también otros duras pero que te dejaban una paz grande en el alma cuando el enfermo rodeado de sus familiares de una forma más o menos consciente según las circunstancias recibía la gracia del Sacramento dándose el caso de expirar con una paz tremenda durante o al final de la celebración que estábamos realizando; con dolor y emoción, como no podía ser menos, pero con mucha paz se sentían también los familiares en ese momento porque era algo que estaban viviendo con una profunda fe y esperanza cristiana poniendo en las manos de Dios a su ser querido.
Hoy hemos escuchado en el evangelio la casuista en cierto modo absurda e inhumana que plantean los saduceos a Jesús para negar la resurrección. Jesús, por así decirlo, no entra al trapo con lo que le plantean sino quiere dejar claro que Dios no es un Dios de muertos sino de vida. Es la esperanza que se manifiesta en la primera lectura – a pesar de que es un texto del Antiguo Testamento – en aquellos jóvenes macabeos que son martirizados por su fe y fidelidad al Dios de la Alianza pero haciendo una admirable confesión de fe y esperanza en el Dios en quien saben que tendrán vida para siempre. ‘Cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna’, confiesan valientemente.
Pero todo esto tiene que traducirse en el día a día de nuestra vida. Es lo que nos hará mantenernos íntegros y fieles frente a un mundo que nos promete una felicidad pronta y fácil pero también bien efímera. No es que no deseemos ser felices mientras hacemos el camino de la vida, pero cuando el temor de Dios está en nuestros corazones porque le amamos y porque queremos mantenernos en fidelidad no nos dejamos seducir por tantos cantos de sirena que nos prometen y prometen o que nos ofrecen caminos corruptos para alcanzar esos sueños de felicidad.
La rectitud de nuestro corazón, el amor la verdadera justicia, el mantener la paz en nuestro interior porque nos dejamos seducir por esos señuelos, nos van a dar una mayor felicidad, una felicidad en plenitud que podremos gozar en Dios. Es vivir con esperanza.
Por eso digo que esa fe y esa esperanza nos darán un sentido y un valor a cuanto hacemos, sabiendo además que tenemos la fortaleza del Espíritu para mantener esa fe y esa fidelidad. Cuando hay verdadera esperanza cuánta paz sentimos en el corazón.

miércoles, 7 de junio de 2017

Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en plenitud y tenemos que esperanza que un día en Dios podemos alcanzar esa plenitud

Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en plenitud y tenemos que esperanza que un día en Dios podemos alcanzar esa plenitud

Tobías 3,1-11.24-25; Sal 24; Marcos 12,18-27
‘No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados’. Es la sentencia final que Jesús nos deja hoy en aquel planteamiento que le hacían los saduceos, que no creían en la resurrección, acerca de la vida futura. ¿No nos querrá decir algo semejante hoy Jesús a nosotros que tanto decimos que creemos en El, pero en quienes no brilla esa esperanza llena de trascendencia que tendría que manar de nuestra fe en Jesús, muerto y resucitado?
Es un Dios de vivos, nos dice Jesús, pero tenemos que analizar si acaso nosotros no nos hemos hecho excesivamente una religión de muertos. Sí, nos puede parecer fuerte esta afirmación. Pero analicemos en lo que hemos convertido la mayoría el centro de toda nuestra religiosidad. Analicemos un poco serenamente cual es la motivación para la mayoría de los que nos decimos creyentes y cristianos de nuestra relación con Dios.
Una gran mayoría de nuestros actos religiosos los relacionamos con los difuntos. Vamos a misa y parece como que lo principal que hacemos es rezar por los difuntos; nuestras oraciones habituales es rezar por nuestros muertos, o como algunas personas dicen la mayoría de las veces, rezar a sus muertos. Nuestra asistencia a la Iglesia que consideramos tan fundamental se nos centra en la mayoría de las ocasiones en la asistencia a las exequias o los entierros. Una religión, parece, basada en los muertos, en los difuntos. Que en la mayoría de las ocasiones no está llena de esperanza y trascendencia, sino en la angustia y la tristeza de la separación de aquellos seres que amamos. ¿No es en cierto modo entonces una religión de muertos?
Nos preocupamos mucho de la celebración de unos ritos funerarios excesivamente cargados de dramatismo, de tristeza, de desesperanza, pero no ponemos mucho empeño en ayudar a nuestros seres queridos para ese transito hacia la otra vida desde la esperanza de la vida con Dios y prepararnos purificándonos de todo pecado desde la misericordia del Señor para poder vivir en plenitud esa vida en una eternidad feliz junto a Dios.
Nos falta esperanza de eternidad en el caminar de nuestra vida; nos falta esa trascendencia que hemos de darle a lo que hacemos o a lo que vivimos desde esa fe que tenemos en Dios que lo que quiere para nosotros es la vida y que alcancemos un día esa vida en plenitud. Así se nos queda pobre nuestra religiosidad, nuestra espiritualidad, nuestra vida cristiana.
Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en plenitud. La llamamos vida eterna, porque será un vivir en Dios para siempre, pero que ha de ser algo que ha de impregnar ahora nuestro camino, lo que hacemos y lo que vivimos dándole un sentido profundo, un sentido de plenitud a lo que ahora vivimos. Ahora imperfectamente porque no somos perfectos y estamos sujetos a muchas limitaciones y también a muchas debilidades, pero tenemos que esperanza que un día en Dios podemos alcanzar esa plenitud.
No olvidemos artículos de nuestra fe que confesamos en el Credo. Creemos en la resurrección y en la vida eterna. Creemos en Jesús que murió y resucito por nosotros para que tengamos esa vida en plenitud, esa vida eterna. Como nos decía en el evangelio el quiere prepararnos sitio para que estemos donde está El. ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’ confesamos en el Credo. Ahí quiere que estemos con El. El quiere darnos vida para siempre junto a si en el cielo. Preparémonos para poder vivir esa eternidad feliz y dichosa junto a Dios. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Apocalipsis 11,4-12; Sal 143; Lucas 20,27-40

No siempre somos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Es más, hay algunos artículos de nuestra fe y que tendrían que animar fuertemente nuestra esperanza que de alguna manera los dejamos de lado, y poco los tenemos en cuenta en el día a día de nuestra vida. San Pedro en sus cartas nos invita a ese dar razón de nuestra fe, que no solo es tratar de explicárnosla razonablemente porque hay cosas que entran en el ámbito del misterio de Dios y con nuestros razonamientos humanos muchas veces se nos hacen en cierto modo incomprensibles, pero en los que hemos de hacer lo que llamamos el obsequio de nuestra fe, asumiendo y asintiendo a aquello que el Señor nos ha revelado.
Vivimos tan seguros y tan contentos quizá con la vida presente, o tan absorbidos por la materialidad de lo que ahora vivimos, que podemos olvidar en cierto modo esa trascendencia de nuestra existencia que ha de hacer pensar en la vida futura y en la resurrección. Si acaso pensamos quizá ligeramente en ello cuando nos vemos involucrados por la muerte de un ser querido, pero más allá de ahí poco pensamos en ello.
Son artículos de nuestra fe que cuando recitamos el Credo son palabras que también decimos, pero que nos pasan en cierto modo desapercibidas quizá por la rutina con que lo recitamos. ‘Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro… la resurrección de la carne y la vida eterna’, decimos según sea una u otra fórmula con la que recitemos el Credo.
Tendríamos que detenernos más en las palabras que pronunciamos para que no sean solo dichas con los labios, sino también nacidas desde lo más hondo de nosotros mismos, y no solo como un asentimiento de nuestra fe, sino como expresión también de lo que vivimos, de lo que es la trascendencia que le damos a nuestros actos, que le damos a nuestra vida.
El cómo ha de ser esa resurrección, cómo será esa vida eterna, quizá de alguna manera nos interrogue y nos llene de dudas y de preguntas, como hacían los saduceos en el evangelio que hoy hemos visto. Ahí están las respuestas de Jesús, en que nos invita a no hacer comparaciones de lo que es nuestra vida de ahora con lo que será esa vida futura. Pensemos en esa vida futura, en esa vida eterna como un participar de la plenitud de la vida de Dios. Es una plenitud de vida, de luz, de amor, de la gloria de Dios. Es un vivir en una plenitud todo lo más hermoso, de lo más noble, de lo más bello que ahora en este mundo hayamos podido vivir, pero que siempre ha estado limitado por la imperfección del momento presente, pero que en Dios podremos vivir para siempre.
Esos momentos buenos, esas cosas buenas de las que podemos disfrutar ahora en el momento presente no querríamos que se acabaran nunca, pero sabemos de la limitación del tiempo presente, pero en Dios no hay limitación, ni imperfección, ni tiempo porque todo es plenitud de eternidad. Así disfrutaremos de la presencia y de la visión de Dios.
Es difícil hablar de todas estas cosas, pero creemos en la palabra de Jesús, en la promesa de Jesús para quienes han puesto su fe en El. Y nos habla de resurrección y de vida, de no morir para siempre, de un vivir para siempre en Dios, porque seremos habitados en plenitud por Dios y nosotros habitaremos en El. Que con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús demos verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza.

viernes, 14 de agosto de 2015

Recordemos la historia de la salvación, del amor de Dios de una forma concreta en nuestra vida que conforma el credo de nuestra fe

Recordemos la historia de la salvación, del amor de Dios de una forma concreta en nuestra vida que conforma el credo de nuestra fe

 Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Os voy a proponer algo. Redactar una profesión de fe, tuya personal, en la que se refleje la historia de Dios en tu vida, la experiencia de Dios que hayas vivido en los hechos concretos de tu vida.
Alguien me va a decir que ya el Credo está redactado, que no tenemos más credo que la fe de la Iglesia que todos profesamos. Es cierto. No hay más credo, porque ahí está contenida la historia de la salvación. Pero esa historia de la salvación se hace historia en mi vida. Desde esa fe que tengo y que confieso en el Credo con toda la Iglesia yo voy viviendo día a día mi ser cristiano, pero en ese día a día de nuestra vida ese Dios en quien creo se ha ido haciendo presente con su amor. La historia de mi vida está toda transida por esa historia de amor de Dios en mí que se ha hecho muy concreta.
Cuantas cosas podemos recordar en esa historia de nuestra fe; cuantos momentos en que quizá hemos pasado por momentos dolorosos de verdadera pascua en nosotros, pero que han sido pascua precisamente por esa presencia de Dios, por ese paso de Dios por mi vida en esos momentos concretos; cuantos momentos dichosos llenos de alegría o cuantos momentos en esa vida ordinaria que parece que no se distingue un día de otro, pero sí hemos sabido ver esa presencia de Dios en esas cosas sencillas que cada día nos suceden y que van entretejiendo la historia de mi vida.
Bueno nos es recordar toda esa pascua de Dios en mi vida, toda esa presencia de Dios que me ha llenado de su gracia, que me ha hecho mantenerme firme en los momentos difíciles, que me ha fortalecido cuando ha aparecido la tentación para vencer con su gracia, o que en los momentos oscuros de tinieblas, de pecado El me ha llamado, me ha tendido la mano y me ha sacado a flote como a Pedro cuando se hundía en las aguas de Tiberíades.
No olvidamos esos momentos trascendentales de la salvación en la pascua de nuestro Señor Jesucristo; no olvidamos al Dios creador de quien viene mi vida y que ha puesto este mundo hermoso en mis manos; no olvidamos la fuerza del Espíritu que se manifestó en Pentecostés a los Apóstoles y sigue guiando el camino de la Iglesia. Pero todo eso lo traducimos, lo hacemos presente y actual en el hoy de mi vida, en la historia de mi vida, dando gracias a Dios por todo ello.
Es lo que le vemos hacer a Josué cuando van a entrar en la tierra prometida; les hace una historia, que es la historia de la salvación de aquel pueblo y en esa historia han de ver la presencia de Dios que les ha escogido, les ha llamado y les ha acompañado en el peregrinar de la vida reflejado en aquel peregrinar por el desierto hasta llegar ahora a la tierra prometida. Y es en ese Dios en el que van a proclamar su fe; es ese Dios en el que quieren creer y al que quieren seguir manteniéndose fieles en la historia que ahora van a comenzar a vivir en aquella tierra que Dios les da.
Reavivemos, sí, la historia de nuestra fe, la historia de la salvación y del amor de Dios hecho muy concreto en nuestra vida. Y también queremos mantenernos fieles en esa fe; también queremos hacer participes a los demás de esa experiencia de Dios que a nosotros nos ha llenado de vida. Demos gracias a Dios porque es bueno y de tantas maneras nos ha manifestado su amor.

domingo, 19 de mayo de 2013


Llenos del Espíritu somos testigos de esperanza y vida para la Iglesia y para el mundo

Hechos, 2, 1-11; Sal. 103; 1Cor. 12, 3-7.12-13; Jn. 20, 19-23
‘Estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban’. Son los signos con los que se manifiesta el Espíritu. Vendrán luego las llamaradas, como lenguas de fuego, que se posaban encima de cada uno, el comenzar a hablar de manera que todos los entendían fuera la que fuera la lengua que hablaran o el lugar de donde procedían, el ardor de los apóstoles que antes estaban encerrados y que ahora salen a la calle y comienzan valientemente a hablar de Jesús.
El aire o el viento no se ve ni se puede palpar, pero sí se puede sentir, nos puede mover y arrastrarnos o hacernos estremecer; no sabemos donde está ni de donde viene pero sí podemos sentir sus efectos. Es el primer signo que sienten y experimentan de la presencia del Espíritu; tampoco lo vemos, pero si lo podemos sentir; nos cuesta entender de donde nos puede venir pero sí podremos experimentar sus efectos en nuestra vida; no es algo físico o palpable porque no es corporal ni material, pero sí puede transformar nuestra vida. Es Dios mismo que envuelve nuestra vida y moverá nuestro corazón hasta transformarlo. Estamos hablando del Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad.
Fue una experiencia grande la que vivieron los apóstoles que estaban esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús y sus vidas se vieron transformadas. Sus vidas a partir de aquel momento parecía que estaban inflamadas por un fuego divino y se convirtieron en señales atronadoras para todos los hombres. Hoy vemos como la gente se arremolina en la calle en torno a los apóstoles; no habían visto nada, pero sí habían sentido todos las señales; ahora las señales están palpables en la manera de hablar de los apóstoles de modo que ya no había miedos que los encerrasen ni nada los podía paralizar y un lenguaje nuevo comenzaba a utilizarse de manera que todos los podían entender.
Estamos celebrando Pentecostés; estamos celebrando el gran milagro de la presencia del Espíritu ya no solo que vino sobre los apóstoles sino que fundaba la Iglesia que se sentía inundada de ese Espíritu de Jesús para anunciar su nombre a todos los hombres. Estamos celebrando Pentecostés, pero no solo el que sucedió cincuenta días después de la Pascua en que Cristo se entregó, sino el Pentecostés de todos los días y de todos los tiempos en que el Espíritu Santo se sigue manifestando en su Iglesia, sigue llenando el corazón de los fieles e inflamándolos del amor divino. Estamos celebrando Pentecostés hoy porque hoy se sigue manifestando el Espíritu y llenando también nuestros corazones. El Espíritu del Señor se sigue manifestando en nuestra vida. Hay un perenne Pentecostés del Espíritu sobre la vida de la Iglesia. Hemos de descubrirlo y sentirlo con fe.
Estaban reunidos nos dice el relator de los Hechos de los Apóstoles y nos dice también el evangelista. Algo muy significativo y que ha de movernos al compromiso. Estaban reunidos y se manifestó el Espíritu; se manifestó el Espíritu y comenzó a sentirse una comunión nueva porque nacía la Iglesia y llenos del Espíritu del amor ahora comenzaba un estilo nuevo de vida para los creyentes en Jesús que se convertirían en testigos de ese amor de Dios que se había manifestado en Jesús y que tendría que comenzar a manifestarse también a través de la vida los creyentes. En la unidad y para la unidad se manifiesta el Espíritu, se derrama el Espíritu Santo sobre la Iglesia, sobre todos los cristianos.
Es el Espíritu que se manifiesta para el bien común, como nos dice san Pablo. Somos diferentes, cada uno con sus carismas, con sus valores, con lo que es su vida, pero todos llamados a la comunión y a poner en común todo eso que es nuestra vida con la fuerza y la gracia del Espíritu. Lo expresamos también en la celebración cuando en la plegaria eucarística ‘pedimos humildemente que el Espíritu Santo nos congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo… llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’.
Es el Espíritu que nos santifica y  nos transforma, nos llena de gracia y nos hace partícipes de la vida de Dios, haciéndonos hijos  de Dios. ‘Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida’, que confesamos en el Credo de nuestra fe. Como el agua viva que Jesús ofreció a la samaritana junto al pozo de Jacob; como el vino nuevo que regaló a los novios de Caná; como el aceite que llenaba de vida y salud como usó el buen samaritano con el caído junto al camino; como el ungüento de misericordia y de alegría con que fue ungido Jesús como el Mesías de Dios y como somos ungidos nosotros para ser otros Cristos en medio del mundo. El Espíritu, Señor y dador de vida.
Es el mismo Espíritu que ungió a Jesús para anunciar la Buena Nueva a los pobre, para dar libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor y al que contemplamos a lo largo del evangelio liberando a todos los oprimidos por el diablo, dando vida y salud a cuantos acudían a El y alcanzándonos gracia y misericordia con su sangre redentora. Pero es el Espíritu que nos unge a nosotros con la misma misión de Jesús para que sigamos anunciando ese Evangelio de gracia y de salvación a todos los hombres, y para que vayámonos repartiendo por el mundo haciendo presente por nuestra obras el amor y la misericordia del Señor a cuantos sufren y vayamos realizando ese mundo nuevo que es el Reino de Dios.
No caben ya en nosotros los temores ni las cobardías; no podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos sino que desde nuestra comunión de amor que vivimos intensamente por la fuerza del Espíritu en medio de la Iglesia salgamos al encuentro de nuestros hermanos para ser esos testigos del evangelio, para ser testigos del nombre de Jesús en quien alcanzamos la salvación, salvación que hemos de llevar a todos los hombres y de todos los tiempos. Ya nosotros podemos hablar el lenguaje nuevo del amor y de la paz, de la justicia y de la salvación que es para todos y todos pueden entender. Con nosotros está ya para siempre la fuerza del Espíritu que como don especial, como un Pentecostés especial para nuestra vida, recibimos en el Sacramento de la Confirmación.
La fuerza del Espíritu ha removido también nuestros corazones y nuestras vidas y ahora con nuestro testimonio tenemos que convertirnos en señales para todos los hombres de esa gracia y de ese perdón de Dios - recibimos el Espíritu para el perdón de los pecados, como escuchamos en el evangelio -; tenemos que convertirnos en testigos que anuncien y construyan ese mundo nuevo donde predomine ya para siempre el amor y la comunión, donde reine la paz, donde florezcan con nueva y grande vitalidad todos esos valores nacidos del evangelio que harán un mundo nuevo.
Significativo y comprometedor, decíamos antes, es el Pentecostés que estamos celebrando. Aquellos mismos signos que se dieron entonces tienen que seguirse dando en nosotros, tienen que seguirse manifestando en la Iglesia. Comprometedor porque no podemos celebrar Pentecostés de cualquier manera sino que viviéndolo intensamente nos sentiremos llenos del Espíritu, transformados por el Espíritu y necesariamente hemos de convertirnos en testigos de Jesús en medio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Somos profetas y testigos que ya no podemos callar; serán nuestras palabras, serán nuestras obras de amor y de justicia, será el compromiso serio que vivamos en medio de nuestra iglesia y de nuestro mundo por hacerlo mejor, por llenarlo de vitalidad, con lo que nos vamos a manifestar como testigos, con lo que tenemos que aparecer como profetas de Cristo en medio de nuestro mundo.
Es Pentecostés y no puede ser algo que vivamos de una forma anodina y mediocre sino que tiene que ser algo transformador y renovador de nuestra vida y de nuestro mundo. Es Pentecostés y hemos de sentir dentro de nosotros toda la fuerza del Espíritu que nos pone en pie ante nuestros hermanos para anunciar el nombre de Jesús. Es Pentecostés y llenos del Espíritu llenaremos de esperanza y vida nueva a nuestra Iglesia y a nuestro mundo.
Lo estamos sintiendo; se nos está manifestando de forma nueva en medio de la Iglesia. Un signo de esa presencia del Espíritu en medio de la Iglesia hoy es el Papa Francisco que nos ha regalado para bien de la misma Iglesia y para ser luz en medio de nuestro mundo.
Demos gracias a Dios por el gran regalo del Espíritu.

miércoles, 8 de mayo de 2013


Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria

Hechos, 17, 15.22-18,1; Sal. 148; Jn. 16, 12-15
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos cantado y repetido con el salmo alabando y bendiciendo al Señor que se manifiesta en sus obras. ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime… llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’.
Primer artículo de nuestra fe, reconocer al Señor, ‘Dios creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible’. Y en toda la creación se manifiesta la gloria del Señor. Por eso, el hombre contemplando la maravilla de la creación ha de dirigir su pensamiento al Creador, al Señor Todopoderoso que con su sabiduría infinita realizó toda esa maravilla de la creación en toda su inmensidad que aún no terminamos de descubrir. Toda esa inmensidad del espacio, pero toda esa maravilla de todas las cosas creadas que nos ayudan a ir descubriendo y conociendo más y más al autor de la creación.
Es el Dios de quien quiere hablarles Pablo a los habitantes de Atenas cuando recorriendo el inmenso foro se encuentra con aquel altar al dios desconocido. Aprovecha el apóstol para realizar la catequesis para hacer el anuncio que culminará con el anuncio de Jesús, muerto y resucitado, que tanto les costará a aceptar a los atenienses.
‘Me encontré con un altar con esta inscripción, les dice: al Dios desconocido. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: El Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor de cielo y tierra y que no habita en templos construidos por hombres ni lo sirven manos humanas’. Es el Dios cuyo templo propio es toda la creación por Él realizada, pero que asienta su trono, por así decirlo, en su criatura preferida, en el corazón del hombre, en el corazón del ser humano.
‘Quería que lo buscasen a El, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban: aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ A través de las obras creadas podemos llegar a reconocer al Creador, podemos llegar a conocer a Dios; pero Dios se nos revela más íntimamente porque quiere habitar en nuestro corazón. Con su inmensidad lo llena todo, ‘en El vivimos, nos movemos y existimos’, pero con la revelación de Jesús llegamos a descubrir de qué manera maravillosa Dios se acerca al hombre, se revela al hombre para que pueda conocerle, le inunda con su amor, y quiere habitar en El como hemos reflexionado en estos días.
Que no se nos cieguen los ojos; aunque sea a tientas, porque descubramos sus señales en toda la creación - cuantas maravillas y bellezas podemos contemplar para llegar a admirar lo que es la maravilla y la belleza infinita de Dios - y así vayamos caminando hacia Dios. Que escuchemos la Palabra viva de Dios, Revelación de Dios que es Jesucristo para que podamos conocer cada vez más hondamente a Dios, pues ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’; y Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, un misterio inmenso de amor del cual Jesús es el rostro más maravilloso en su amor y en su misericordia infinita.
Pero más aún, Jesús nos promete que nos enviará su Espíritu, el Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo. Así venimos escuchándolo y reflexionándolo una y otra vez estos días, cuando se acerca la fiesta de Pentecostés, la Fiesta del Espíritu Santo. El es ‘el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena’, como le hemos escuchado decir a Jesús hoy en el Evangelio.
No vamos ya a tientas a conocer a Dios, porque contemplando a Jesús contemplamos la gloria de Dios. ‘Hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad… a Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer’. Demos gloria a Dios que así se nos revela.

lunes, 8 de abril de 2013


Creo en un solo Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero

Is. 7, 10-14; Sal. 39; Hebreos, 10, 5-10; Lc. 1, 26-38
‘Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos… Dios verdadero de Dios verdadero… de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre…’
Así confesamos en el Credo que luego proclamaremos en su integridad. He querido comenzar esta breve reflexión entresacando estas palabras del Credo sobre todo en referencia a lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios en las entrañas de María, misterio por el cual el Hijo de Dios se hizo hombre verdadero. No lo pudimos celebrar en la fecha habitual de la celebración de este misterio de nuestra fe al coincidir en las ferias mayores de la Semana Santa por lo que ha sido trasladada litúrgicamente a este lunes siguiente a la octava de la Pascua de la Resurrección del Señor.
Hemos escuchado en el libro de Isaías anuncio profético de por el que una doncella dará a luz un  hijo al que se le pone por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros. Anuncio con pleno sentido mesiánico como lo ha visto siempre la Iglesia y que nos ofrece la liturgia en este día en que en el Evangelio veremos la Anunciación del Ángel a María que iba a ser la Madre de Dios.
‘Has encontrado gracia ante Dios y concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús… se llamará el Hijo del Altísimo… y su reino no tendrá fin… el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Así hemos escuchado al ángel anunciar a María.
María encontró gracia ante de Dios y la gracia de Dios se derramó sobre toda la humanidad con la presencia del Emmanuel, del Dios con nosotros. ‘Por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, Virgen, y se hizo hombre’, como confesamos en el Credo. ‘Así, Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel y colmó de manera insospechada la esperanza de los otros pueblos’, como cantaremos en el prefacio.
Es el misterio de Dios que hoy celebramos. Es el misterio del amor de Dios que no abandona al hombre sino que lo busca para salvarlo y porque tanto amaba Dios al hombre envía a su único Hijo para que nadie perezca, para que todos alcancemos la salvación de Dios. Hijo de Dios, ‘de la misma naturaleza del Padre’. Desde toda la eternidad, ‘nacido del Padre antes de todos los siglos’ como decimos en el Credo, ‘Dios verdadero de Dios verdadero’ se hace hombre, verdadero hombre, tomando nuestra naturaleza humana para elevarnos y hacernos ‘semejantes a El en su naturaleza divina’ como expresábamos en la oración litúrgica de esta fiesta.
Es grande el misterio que hoy celebramos que supera todas nuestras expectativas y esperanzas, todo lo que nuestra mente humana podría imaginar. Así es el amor de Dios. Así se derrama su gracia sobre nosotros. Así es la grandeza del hombre que ha sido elevado a una nueva dignidad porque al participar de la vida divina de Jesús nos hacemos también hijos de Dios.
Estamos hoy recordando aspectos fundamentales de nuestra fe que, aunque conocidos y confesados continuamente cuando recitamos el Credo, muchas veces tenemos que rumiarlos y reflexionarlos para hacerlo vida de nuestra vida. Como tantas veces hemos dicho y la celebración del Año de la fe en el que estamos metidos nos impulsa hemos de ahondar cada vez más en ese misterio de nuestra fe para conocerle mejor y para poder confesarlo con toda firmeza. Por eso nos conviene ir recordando y reflexionando sobre los diferentes artículos de fe nuestro credo.
Una fe que nos lleve a vivir una vida en consecuencia buscando siempre lo que es la voluntad de Dios. Ejemplo tenemos en María en el texto de la Anunciación que hemos escuchado y tantas veces reflexionado. Que como María sepamos abrirnos al misterio de Dios y sepamos en todo hacer su voluntad por encima de nuestras humanas voluntades. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, decía María y Dios se encarnó en su seno. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’, como hemos escuchado en el Apocalipsis y así nos veamos justificados y santificados por la acción del Espíritu Santo en nosotros.
‘Confirma en nosotros la verdadera fe, pediremos en la oración después de la comunión, para que cuantos confesamos al Hijo de la Virgen, como Dios y hombre verdadero, podamos llegar a las alegrías del Reino por el poder de su Resurrección’. Es nuestra fe, es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de confesar.

martes, 5 de junio de 2012

Confiados en la promesa del Señor esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva…
2Pd. 3m 12-15.17-18; Sal. 89; Mc. 12, 13-17
El cristiano es el que ha puesto toda su fe y esperanza en el Señor y desde esa fe y esa esperanza siente la trascendencia de su vida y espera el cielo nuevo y la tierra nueva en la que habite la justicia, como nos dice hoy la carta de san Pedro. ‘Nosotros confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia’.
Esa esperanza se hace oración en el cristiano para pedir la venida del Señor. ‘Maranatha’ gritamos nosotros con el Apocalisis; ‘Ven, Señor Jesús’ pedimos repetidamente en la liturgia mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo. Así lo confesamos en el Credo también: ‘subió a los cielos, donde está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso, y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’, expresando así la esperanza de la segunda venida del Señor en gloria al final de los tiempos. 
Pero esta esperanza no nos exime del tiempo presente. Todo lo contrario, nos sentimos más obligados con el momento presente de nuestra vida y nuestra historia. Ese mundo, esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos hemos de trabajarla y desarrollarla buscando siempre el bien del hombre y la gloria del Señor. 
Los talentos, nos enseña el evangelio, no se pueden enterrar. La viña de nuestra vida ha de dar fruto, el fruto que espera el Señor de nosotros como amo de la viña, como Dueño de nuestra vida y Señor de la historia.
Hoy nos dice el apóstol Pedro en su segunda carta que estamos leyendo y comentando: ‘Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con El, inmaculados e irreprochables’. En paz con Dios que significa estar también en paz con uno mismo y con los que nos rodean. En paz con Dios y consigo mismo porque sabemos obrar con rectitud y justicia. 
Por eso nos dice ‘inmaculados e irreprochables’, sin ninguna mancha de error, de injusticia, de maldad; irreprochables, o sea, que nada se nos pueda reprochar porque lo hagamos con maldad, porque sepamos actuar con responsabilidad porque obremos con rectitud, como decíamos, buscando lo bueno y lo justo, buscando siempre el bien. 
Una tarea que  no hacemos sólo por nosotros mismos y con nuestras fuerzas sino que contamos con la ayuda y la gracia del Señor. Qué necesaria es la oración en la vida del cristiano, porque queremos siempre contar con el Señor. Es el Señor el que nos da la gracia que nos libra del mal; que nos da la gracia que nos fortalece frente a la tentación; que nos da la gracia que ilumina nuestra vida para ver lo que tenemos que hacer; que nos da la gracia que nos da fuerza para esa lucha por el bien y la justicia.  
Por eso en la liturgia le pedimos cuando expresamos esa esperanza que anima nuestra vida, la espera de la venida del Señor, que nos ‘libre de todos los males y nos conceda la paz’; que ‘ayudados por su misericordia vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación’. Me gusta recordar las oraciones que decimos en la liturgia para que profundicemos en ellas y las hagamos siempre con todo sentido. El repetirlas una y otra vez con las mismas palabras nos puede hacer caer en la rutina de manera que las digamos, sí, pero que no lleguemos a sentirlas hondamente en nosotros. 
Que llegue al Señor a nuestra vida y nos encuentre vigilantes; que no estemos nunca ociosos, que seamos conscientes de la tarea que tenemos que realizar, que vayamos creciendo más y más en nuestra fe y en nuestro conocimiento de Dios. Como nos dice el apóstol ‘creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y por siempre’. Todo siempre para la gloria del Señor.


domingo, 21 de noviembre de 2010

A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos


2Sam. 5, 1-3;

Sal. 121;

Col. 1, 12-20;

Lc. 23, 35-43


Si a alguien ajeno a nuestra fe y sin tener conocimiento de nuestro sentir cristiano le dijeramos que hoy estamos celebrando a Jesucristo, Rey del Universo, y escuchara el evangelio que hemos proclamado, quizá se preguntaría cómo es que tenemos a un Rey que está colgado de un madero y entre dos malhechores condenado como un malhechor. Quizá se preguntaría si tendríamos otro evangelio mejor que nos definiera ese reinado de Cristo. ¿Qué pensamos nosotros y qué respuesta le daríamos?
Claro que para nosotros sí tiene significado este texto del evangelio y con él mejor que con ningún otro proclamamos la realeza de Cristo. Ahí lo contemplamos en su entrega suprema, en el más grande y hermoso sacrificio que podía ofrecer por nuestra redención y con el que proclama en verdad que es el único Rey y Señor de nuestra vida.
Jesús a lo largo del evangelio nos habla del Reino de Dios. Es su principal anuncio y proclamación. En el comienzo de su predicación nos anuncia la llegada del Reino y nos invitaba a convertirnos a él. Nos explica con sus parábolas las características de ese Reino y a los discípulos en concreto les señala cuales han de ser las actitudes fundamentales para vivir en el estilo de su Reino.
La gente confundida unas veces preguntan si ya ha llegado el momento de instaurarse esa soberanía de Israel o en otras ocasiones entusiasmados con las cosas que Jesús hace querrán hacerlo Rey. Cuando lo acusan ante Pilato y éste pregunta si es Rey, le dirá que su Reino no es como lo de este mundo, porque El ha venido a proclamar la verdad. El rehusa esos deseos de hacerlo rey a la manera de los reyes de este mundo porque la verdadera grandeza en su reino no va por esos caminos, como nos lo había enseñado; sólo aceptará ser aclamado a la entrada en Jerusalén, pero montado sobre una borrica, porque va a ser el anticipo de su verdadero momento de gloria que será su entrega en su muerte en la cruz.
Conociendo el evangelio, habiendo escuchado lo que Jesús nos ha ido enseñando, podremos entender muy bien que al celebrar a Jesucristo como Rey del universo, tal como es el título de esta fiesta, escuchemos el evangelio que nos lo presenta colgado del madero de la cruz. Ahí está como el último, entre los malhechores, en la muerte más ignominiosa, pero con las muestras del amor más profundo y más verdadero; el amor de quien se entrega hasta el final, hasta dar la vida que es la suprema prueba del amor.
Y contemplándolo así nosotros, hoy, con ese hermosísimo himno de la carta a los Colosenses, que ya era un himno a Cristo en aquellas primeras comunidades cristianas ‘damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’. Con Cristo somos herederos de la más rica de las herencias, que es la gracia, que es la vida de Dios que nos regala, que es la participación en su reino.
Y ‘damos gracias… porque El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’. ¿Queremos más títulos y más razones para proclamarlo en verdad como Rey y Señor de nuestra vida? El nos ha redimido, nos ha rescatado, nos ha dado la salvación, nos ha hecho hijos y herederos, nos hace partícipes de su Reino.
Volviendo al texto del evangelio allí estamos viendo que, aunque quieren tentarlo y hasta burlarse de El por estar clavado en el suplicio de la cruz, sin embargo van desgranando, como si de una letanía o una lista se tratara, que es el Mesías, el Elegido de Dios – como lo había anunciado el profeta y como será proclamado también desde el cielo en el Jordán o en el Tabor -, el Hijo de Dios y el verdadero Rey de Israel. Será ese también el título que aparece en la tablilla de la sentencia, ‘Jesús Nazareno, Rey de los Judíos’. Pero será el malhechor arrepentido quien hará una verdadera confesión de fe en Jesús y en la trascendencia que espera alcanzar para su vida. ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino’. A lo que Jesús responderá con ese hermosísimo ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’. El hoy de Dios y de su Salvación que tan puntualmente llegue a nuestra vida cuando nos abrimos a Dios aunque sea desde la más honda miseria de nuestro pecado.
Sí, proclamamos a Jesús como Rey y Señor, como el primero y el principio, como el primogénito de entre los muertos, porque además le contemplamos no sólo en su muerte en la Cruz sino resucitado y glorioso. Tiene todos los derechos a que lo llamemos el Señor, el Rey de nuestra vida, porque así nos ha arrancado de las tinieblas y de la muerte, porque así quiere que vivamos para siempre en su vida. El es nuestra reconciliación y nuestra paz. ‘Por El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su Cruz’, como nos dice san Pablo.
Pero esta proclamación que hoy nosotros hacemos en nuestra celebración no se puede quedar en palabras entusiastas, aunque por supuesto tenemos que cantar y victorear al Señor de nuestra vida. Esta proclamación para nosotros tiene que ser un compromiso, porque si queremos que El sea nuestra Rey, queremos vivir en su Reino, queremos entonces darle a nuestra vida el estilo y el sentido del Reino de Dios. Y no es otra cosa que hacer lo que El nos dice, o vivir como fue su vida.
Proclamar a Jesucristo Rey es vivir un amor generoso siempre entregado y hasta el final; es hacerse el último y el servidor de todos; es ser siempre instrumentos de reconciliación porque buscamos y ofrecemos el perdón y la amistad siempre renacida y nueva; es ser constructores de paz y de unión allí donde estemos, arrancando todo atisbo de violencia o cualquier semilla de discordia; es buscar esos caminos de plenitud, de autenticidad, de verdad, de justicia y de amor; es saber poner siempre en el centro de nuestra vida a Dios verdadero sentido de nuestro vivir y de nuestro caminar.
Cristo Jesús será ya para siempre para nosotros el mejor lugar de encuentro con Dios porque es el Emmanuel (Dios con nosotros); el verdadero templo de Dios porque en El y por El será como mejor demos culto al Padre todopoderoso; el que nos hará sentir a Dios como único Señor del hombre y de la historia. ‘El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque porque medio de El fueron creadas todas las cosas’, como nos ha dicho san Pablo y como confesamos en el Credo.
Como dice el Apocalipsis y nos ofrecía la antífona de entrada de esta Eucaristía, ‘digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos’.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Fidelidad en la esperanza de la vida eterna

2Mac. 7, 1.20-31
Sal. 16
Lc. 19. 11-28


Dos pensamientos a subrayar en los dos textos de la Palabra de Dios proclamada hoy.
Por una parte del libro de los Macabeos nos presenta un mensaje de esperanza y de confianza total en el Señor que les ayuda a mantener su fidelidad a la Alianza y al Señor frente a las persecuciones que sufren. En el fondo podemos decir que hay un anuncio de vida eterna y de resurrección.
La madre de aquellos siete jóvenes macabeos en una admirable fortaleza va animando a cada uno de sus hijos a soportar el tormento que padecen por su fidelidad a la Alianza. ‘El Creador, en su misericordia, os devolverá el aliento y la vida si ahora os sacrificáis por su ley’, les dice. Y al más pequeño lo anima diciéndole también: ‘Mira el cielo y mira la tierra, fíjate en todo lo que contienen y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y lo mismo da el ser al hombre. No temas a ese verdugo; ponte a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos’. Esperanza, pues, de vida eterna y de resurrección.
Por su parte en el evangelio Jesús propone una parábola cuando ‘estaban cerca de Jerusalén’. Y la razón podíamos decir para esta parábola es porque ‘pensaban que el Reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro’. La cercanía de Jerusalén y lo que Jesús les había venido anunciando de que algo grande iba a suceder, les hacía pensar esto. Pero, podríamos decir, que quiere mantener esa esperanza, pero también hacerles comprender la responsabilidad con que hemos de tomarnos la vida en todo momento. Pensamos en la plenitud del Reino que vamos a vivir junto a Dios en el cielo, pero eso mismo nos obliga a desempeñar nuestra tarea con fidelidad mientras seguimos caminando por este mundo en esta vida terrena.
‘Un hombre noble se marchaba de viaje… pero antes llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro diciéndoles: negociad mientras vuelvo…’ A su venida les pide cuentas en la exigencia de que habían de haber negociado aquella onza que se les había entregado. Unos entregan más y otros menos, pero reciben la alabanza de su señor. Vemos también lo que le sucede al que guardó la onza y no la negoció, no la trabajó.
En estos días del final del año litúrgico se nos está hablando continuamente, como fue el domingo pasado, de la segunda venida del Señor al final de los tiempos. Como confesamos en el Credo ‘está sentado a la derecha del Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Viene el Señor y ante El hemos de presentarnos. Que en el juicio de Dios el Señor nos encuentre con las manos llenas, porque hayamos sabido administrar bien la onza de oro que nos ha entregado, la vida que nos ha confiado con todos sus talentos.
Nos acogemos a la misericordia infinita de Dios, y porque hayamos querido ser fieles, a pesar de nuestras limitaciones y pecados alcancemos el premio de la vida eterna. Mantengamos nuestra fe, nuestra fidelidad. Mantengamos nuestra esperanza en la vida eterna y en la resurrección futura que por la misericordia de Dios sea para vida de dicha sin fin junto a Dios.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Verán venir al Hijo del hombre con gran poder y majestad


Dan.12, 1-3;

Sal. 15;

Heb. 10, 11-14.18;

Mc. 13, 24-32


Hay aspectos de nuestra fe, que son contenidos muy específicos del Credo que profesamos, que algunas veces parece que tenemos apartados a un lado, como un coche que no utilizamos y que nos parece que no necesitamos. Todo el contenido de nuestra fe es importante porque esa fe que profesamos envuelve totalmente nuestra vida, algo más, nos tiene que impregnar desde lo más hondo y es lo que da un sentido pleno a nuestra existencia.
Hoy hemos escuchado decir a Jesús en el Evangelio. ‘Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a los elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo’. Nos habla de su vuelta, su retorno, su segunda venida al final de los tiempos. Un aspecto en el que no solemos pensar, que forma parte de nuestra fe y que ha de alentar fuertemente nuestra esperanza cristiana.
Complementando, si lo queremos decir así, esto que Jesús nos ha dicho hoy le escucharemos también declarar ante el Sanedrín cuando el pontífice la pregunta si El es el Hijo de Dios. ‘Tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Padre y viniendo entre las nubes del cielo’. A la afirmación de que es el Hijo de Dios une el anuncio de su venida al final de los tiempos.
Igualmente este texto nos recordará la alegoría del juicio final ‘cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria y todos los ángeles con El, se sentará sobre un trono de gloria’. Y también, ¿qué es lo que decimos en el Credo? ‘Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin’.
Todo esto lo expresamos en distintos momentos de la liturgia. Por una parte en la plegaria eucarística, al hacer memorial de su muerte, resurrección y ascensión al cielo decimos ‘mientras esperamos su venida gloriosa te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo… sacrificio agradable a ti y salvación para el mundo entero’.
Por otra parte pediremos vernos libres de todo mal, llenos de paz, ‘libres del pecado, protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’; así decimos en el embolismo del padrenuestro.
Me ha parecido importante subrayar en nuestra reflexión estos textos de la Escritura y de la liturgia porque tenemos que ver que lo que creemos y lo que celebramos están muy unidos entre si y con la vida que vivimos; y también para resaltar esa virtud de la esperanza en la venida del Señor y en la vigilancia para estar preparados para su encuentro que ‘no sabemos el día ni la hora’.
Jesús, cuando nos habla de todo esto, nos ha propuesto la pequeña parábola de la higuera y sus brotes en la primavera anunciadores de la plenitud de un verano cargado de frutos. ‘Cuando las ramos se ponen tiernas y brotan las yemas, deducimos que el verano está cerca’, nos dice. Por eso, nos añade Jesús: ‘Sabed que el Señor está cerca, a la puerta’. Estemos atentos entonces para ver las señales de la venida del Señor, como las yemas que brotan en la higuera.
Esto entraña vigilancia, estar atentos. En la antífona del aleluya antes del evangelio se nos dijo con palabras de Jesús. ‘Estad siempre despiertos y pidiendo fuerza para mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre’. Despiertos y en pie, nos ha dicho.
Hay quienes al pensar estas cosas se ponen nerviosos y llenos de temor. No es lo que el Señor pretende. El quiere que nunca perdamos la paz. Es un encuentro con El. Tendría que ser de gozo y de alegría, como cuando vamos a encontrarnos con quien amamos y sabemos que nos ama. Como cristianos, a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, tendríamos que vivir siempre llenos de Dios. ¿Por qué temer, entonces, ese encuentro pleno y definitivo con El?
Simplemente Jesús nos pide vigilancia. Vigilar es saber dar a cada momento la importancia que tiene. Cada situación que vamos viviendo en cada momento de la vida es como una llamada del Señor para vivirla según el Espíritu y el Evangelio. Hay que estar atentos, pues, a las personas que nos rodean, a las circunstancias que vivimos para saber decidir en todo momento cómo vas a vivir esa relación con el otro, esa situación en la que nos encontramos según nos enseña el Evangelio. Es así como nos estamos manifestando como cristianos. El Espíritu del Señor nos irá iluminando allá en lo hondo del corazón y si nos dejamos conducir por El siempre haremos la bueno, lo mejor, lo que más agrada a Dios.
Llegará el Señor y nos encontrará como el administrador fiel atento a su responsabilidad, como los siervos eficientes que en cada momento saben lo que tienen que hacer. El juicio de Dios sobre nuestra vida será entonces benevolente y se cumplirá en nosotros aquello que hemos escuchado hoy al profeta Daniel. ‘Muchos de los que duermen en el polvo despertarán para una vida eterna’. Seremos, entonces, como ‘los sabios que brillarán como el fulgor del firmamento… como las estrellas por toda la eternidad’.
Como decíamos al principio, estos aspectos de nuestra fe, estos artículos de nuestro Credo es bueno recordarlos y tenerlos muy presentes, muy en cuenta porque todo ello motivaría más nuestra vida para vivir en esperanza, para vivir un vida más santa.

miércoles, 21 de octubre de 2009

A la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre

Rom. 6, 12-18
Sal. 123
Lc. 12, 39-48


‘Estad en vela, preparados porque a la hora que menos pensáis, viene el Hijo del Hombre’. El que no espera nada ni a nadie, no tiene nada que preparar. El que tiene esperanza se prepara debidamente para aquello que espera, que es su esperanza. ¿Tendremos nosotros esperanza? ¿Qué esperamos? ¿Esperamos algo o a alguien?
En el tiempo litúrgico que se prolonga ahora hasta el Adviento, e incluso, iniciado el mismo Adviento será algo que se nos irá repitiendo. ¿Qué esperamos? La segunda venida del Señor, como El nos lo anunció en el evangelio y como es parte fundamental de nuestra fe. Vendrá el Señor al final de los tiempos. ¿Cuándo será ese final? ‘¿Cuándo sucederá todo eso?’ le preguntaban los discípulos cuando Jesús les habla de esos momentos finales. Pero Jesús no nos dio respuesta. Sólo nos invita a estar vigilantes.
Viene el Señor cuando nos llegue la hora de nuestra muerte, porque también así hemos de verla. Una llamada del Señor, una venida del Señor a nosotros para llevarnos con El. Y viene el Señor a cada momento, en cada instante de nuestra vida hemos de saber descubrir esas venidas, esas llamadas que el Señor nos va haciendo.
Como decíamos es parte de nuestra fe. Así lo confesamos en el Credo. Creemos en la vida eterna, creemos en la resurrección de los muertos, creemos y esperamos esa venida del Señor Jesús, que murió, resucitó y ‘está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso; y de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’.
Jesús nos lo había anunciado. ‘Veréis venir al Hijo del Hombre con gran majestad y gloria entre las nubes del cielo’. Pero son otros los momentos en que nos habla de esa venida, como lo ha hecho hoy mismo para decirnos que estemos preparados. ‘A la hora que menos esperéis viene el Hijo del Hombre’.
Y en la liturgia lo proclamamos y celebramos en distintos momentos, por ejemplo, de la celebración de la Eucaristía. ‘¡Ven, Señor Jesús!’, aclamamos como una profesión de fe también tras la consagración. Pero será también en el embolismo del Padrenuestro, esa oración que lo prolonga, donde decimos ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’, y queremos que nos libre de todo mal y tentación, que nos libre de toda perturbación.
Sin embargo, aunque esto lo vamos repitiendo cada día, muchas veces parece que viviéramos sin esperanza del mundo futuro, como si todo se redujera al momento presente y fuera la único importante. Y entonces no nos preparamos, ni estamos vigilantes para evitar aquello que nos pueda distraer o apartar de ese encuentro con el Señor en su segunda venida; estamos con las lámparas apagadas como las vírgenes necias de la parábola, porque dejamos agotar nuestro aceite; no tenemos conciencia de la trascendencia que tiene los actos de nuestra vida.
A esto nos está invitando el evangelio de hoy. A mantener viva nuestra esperanza, a vivir con esperanza, a tomarnos en serio y con gran responsabilidad nuestra vida. Una vida que decimos es nuestra pero de la que sólo somos administradores de todos esos dones que Dios nos entregó empezando por la vida misma, con todos sus valores, sus cualidades, con tanto con lo que el Señor nos ha enriquecido.
Y este no caer en la cuenta que somos administradores de la vida que Dios nos dio tiene muchas consecuencias, porque a veces nos creemos dueños absolutos que podemos hacer con ella lo que queramos, ya sea nuestra vida o la de los demás, ya sea un anciano o un enfermo terminal o en una criatura en gestación en el seno de su madre, al que pretendemos eliminar desde nuestra sinrazón.
Estemos, pues, vigilantes y preparados, que viene el Señor y al que hemos de recibir con las lámparas encendidas de nuestra fe y nuestro amor. Muchas consecuencias podríamos sacar.