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jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


lunes, 3 de noviembre de 2025

A lo mejor tendríamos que pensarnos eso de invitar a los que nos pueden corresponder… pero estaríamos tan lejos del Reino de Dios

 


A lo mejor tendríamos que pensarnos eso de invitar a los que nos pueden corresponder… pero estaríamos tan lejos del Reino de Dios

Romanos 11,29-36; Salmo 68; Lucas 14,12-14

Todos de alguna manera estamos sometidos a ciertas connotaciones de la vida social que nos van haciendo hacer cosas que algunas veces pueden hasta en cierto modo perder su sentido. Es el montaje, por así decirlo, de nuestras relaciones sociales en que puede privar en ocasiones la vanidad o la hipocresía. Por supuesto que tenemos que mantener unas relaciones los más armoniosas posibles entre unos y otros, pero donde prime la sinceridad, la autenticidad, la veracidad en eso que llamamos amistad que no se puede quedar en bonitas formas, sino que tienen que nacer de algo más hondo dentro de nosotros mismos.

Te invito porque me invitas, soy amigos de mis amigos que decimos tantas veces, o te ayudo para que un día me eches tú una mano, con ese ni a misa porque no ayuda nunca a nadie; y buscando aquello que nos pueda dar buena sombra o mucho lustre, y entonces invitamos a los que a su vez nos invitan, sentamos a nuestra mesa a los que son los amigos de siempre, nos apartamos de aquellos que nos pueden parecer hoscos y desagradables, o de los que según nosotros no tienen buena fama y claro no nos queremos dejar ver con toda clase de gente, porque aquello de dime con quién andas y te diré quien eres. Pensemos con sinceridad a quienes queremos tener como amigos, quienes son los invitados habituales a nuestra mesa… y muchas cosas más que tendrían que hacernos pensar en este sentido.

Desconcertantes tenían que haber sonado en aquella ocasión las palabras de Jesús, como hoy escuchamos en el evangelio. La ocasión la dio un día que un fariseo lo invitó a su mesa y allí estaba rodeado de todos los principales de la ciudad a quienes aquel hombre acostumbraba a invitar. Había observado Jesús las triquiñuelas o las carreras de algunos por buscar sitios preferentes en la mesa. Todos querían estar en un sitio de honor. Entonces como los protocolos de ahora en el que el anfitrión señala el sitio y la mesa de cada uno, con un listado que tenemos que consultar o con una tarjetita con nuestro nombre en la mesa o en el plato y sitio que nos corresponde. Pero aun así con estos protocolos de hoy ¿no habremos escuchado a algún descontento que pensaba que lo iban a poner en una mesa mejor? No estamos tan lejos de las triquiñuelas de entonces.

Ahora Jesús deja caer como quien no quiere la cosa lo que tendría que ser el auténtico protocolo en la mesa del Reino de Dios.

¿A quien había anunciado el profeta como nos recordaría Jesús en la sinagoga de Nazaret quienes iban a ser los preferidos del Reino? El Espíritu del Señor lo había ungido y enviado a anunciar una buena nueva a los pobres, libertad para los oprimidos y salud y salvación para los lisiados, los ciegos y los leprosos.

Por eso no nos ha de extrañar lo que ahora Jesús nos dice. Y nos viene bien recordarlo textualmente. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

        Ahí están con toda claridad las palabras de Jesús y no es necesario que nos hagamos más comentarios, en que fácilmente vendremos con nuestras sutilezas y distinciones. Así claramente como nos dice Jesús, ‘a los que no pueden pagarte, a los que no pueden corresponder… y será feliz’. Es una hermosa bienaventuranza la que nos está diciendo Jesús. ¿Seremos capaces de aceptar el reto? A lo mejor tenemos que pensárnoslo, porque nosotros habíamos preferido… porque claro la costumbre, lo que siempre se hace, las exigencias sociales… pero entonces estaríamos lejos del Reino de Dios.

jueves, 21 de agosto de 2025

Invitados al banquete del Reino vistamos el traje de fiesta de nuestra fraternidad para que seamos en verdad signos de comunión y fraternidad para todos

 


Invitados al banquete del Reino vistamos el traje de fiesta de nuestra fraternidad para que seamos en verdad signos de comunión y fraternidad para todos

Jueces 11.29-39ª; Salmo 39; Mateo 22,1-14

Las disculpas que no se sostienen. Puede ser que en ocasiones tengamos que disculparnos realmente por algo que hemos hecho mal, por un mal momento que hayamos tenido que nos ha llevado a unas actitudes no siempre correctas, pero son disculpas con humildad y sinceridad. Pero en ocasiones, ya sabemos, porque no queremos participar rechazamos cosas en las que han querido hacernos partícipes, porque no queremos mezclarnos, como solemos decir, con toda clase de gentes, pero que realmente son barreras que nosotros queremos poner por nuestra falta de comunión, porque son cosas que se salen de nuestros planes en que preferimos nuestras comodidades y no queremos tener el fastidio, como decimos, de tener que participar, porque no somos agradecidos con quienes nos ofrecen algo, aparecen las disculpas que no se sostienen, como decíamos al principio, que son realmente un rechazo a lo que se nos ofrece.

Seamos sinceros y reconozcamos cuantas disculpas ponemos en la vida en muchas situaciones porque no queremos implicarnos, porque nos falta esa disponibilidad y generosidad, porque no queremos comprometernos, porque no queremos que nos vean algo que tendríamos que hacer, y aparecen, como decíamos, las disculpas que no se sostienen, o que son reflejos de nuestros orgullos o de la insolidaridad a pesar de que con palabras proclamemos tantas cosas.

Es de lo que nos quiere llamar la atención Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces habremos meditado. Un banquete de bodas que el rey prepara para su hijo, pero al que los invitados no quieren venir, no quieren participar. Y escuchamos sus disculpas que incluso se convierten en actitudes violentas con quienes les trasmiten la invitación del rey.

Es una parábola que nos está hablando del reino de Dios, del reino de los cielos. Ese banquete al que estamos invitados es un signo de esa fiesta del Reino de Dios del que todos hemos de participar, porque todos hemos sido invitados. Es cierto que una connotación primaria de la parábola en el momento en que fue pronunciada por Jesús viene a ser como una denuncia de lo que en aquel momento está sucediendo con el rechazo al Reino de Dios por parte de muchos allí en Jerusalén, donde al final será entregado Jesús a la muerte.

Pero la convocatoria al reino de Dios sigue siendo universal, porque todos estamos invitados. Como se nos dice en el relato de la parábola todo estaba preparado y la mesa de comensales había que llenarla. Salen a los cruces de los caminos y a todos los que encuentran los van llevando a la sala del banquete. ¿Será eso en verdad lo que en nombre de Jesús estamos haciendo los cristianos? ¿Estaremos en verdad comprometidos a ir donde sea necesario para atraer a alguien a participar del Reino de Dios? Nos quejamos muchas veces que nuestras iglesias cada día más se nos están quedando vacías, pero no solo tenemos que pensar en quienes dicen no, en quienes buscan disculpas para quedarse fuera, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que estamos llamados a ser signos que llamen, que convoquen, que atraigan, que inviten a todos a escuchar esa buena nueva de salvación que nos ofrece Jesús.

Pero hay otro detalle que nos ofrece la parábola. En la sala del banquete había alguien que no estaba con traje de fiesta. No vamos a ponernos ahora a elucubrar si aquellos pobres de los caminos podían o no podían tener un traje digno de fiesta para participar en el banquete. ¡Qué guapos nos ponemos cuando nos invitan a un banquete, cuando nos invitan, por ejemplo a una boda! Los cristianos, los que nos decimos que estamos más cerca de la Iglesia, de Jesús y de la religión, ¿nos mostraremos siempre con ese traje de fiesta como un signo para los demás de lo que queremos vivir en nuestro corazón?

Me parece que muchas veces nos falta ese traje, no estamos con el traje de fiesta de la fraternidad, el traje de fiesta de la apertura de nuestro corazón para acoger a todos, el traje de fiesta de la comunión y de la amistad sincera, el traje de fiesta de nuestros compromisos por lograr esa paz y esa comunión entre todos; nos falta el traje de fiesta de nuestro testimonio, ¿cómo podemos estar tan tranquilos participando de nuestras celebraciones si no somos capaces de ser signos para los demás? Tampoco nosotros podemos andarnos con disculpas que no se sostienen.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

 


No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Todo encuentro vivido con intensidad termina en una comida, como también podemos decir que toda comida vivida con sentido es motivo y  alimento de encuentro y de comunión. Nos encontramos quizás de muchos años sin vernos y la alegría de ese encuentro nos llevará a que deseemos tomar algo juntos o hacer una comida para celebrar ese encuentro; pero también nos puede suceder que estemos haciendo un camino juntos pero en el que no faltan dificultades, que vivimos con una tensión fuerte en nuestro espíritu porque quizás parece que las esperanzas flaquean y no vemos la manera de salir adelante, que tenemos de alguna manera que empujarnos unos a otros para seguir haciendo el camino porque nos falta ánimo, un momento que nos detengamos a la vera del camino y compartamos ese pan de la amargura nos hace sentirnos fuertes y con renovadas esperanzas para seguir en nuestros intentos, para mantener los ánimos para la lucha y queremos avanzar hacia delante; ese pan compartido quizás con lágrimas sirvió para aunar nuestro espíritu y sentirnos renovados y con nueva fuerza.

¿Será algo así lo que necesitemos en estos momentos de la vida? Me viene a la mente los que últimamente han estado sufriendo las consecuencias de la DANA y ese pan que habrán compartido tantos en medio de su dolor pero que les mantiene el ánimo para seguir adelante; un pan de solidaridad que entre ellos habrán compartido, pero ese pan de la solidaridad de tantos que allí se han acercado para echar una mano o que desde lejos también se sienten solidarios y aportan lo que pueden. Me imagino ver a cuantos allí se han acercado que también han recibido lo que desde los mismos damnificados han recibido y compartido.

Como podemos pensar en los que están sufriendo tantas guerras como siguen retumbando en tantos lugares de nuestro mundo, en aquellos que todo lo han perdido y en las esperanzas que aun les quedan en sus espíritus para encontrar un día ese momento en que puedan compartir ese pan de la paz.

Mientras nosotros aquí, como tantos a lo largo y ancho de nuestro mundo cristiano queremos seguir haciendo nuestro camino de Adviento con esos deseos también de encuentro, con esos deseos de compartir vida, de llegar a encontrarnos con quien viene a ofrecernos el banquete del Reino nuevo de Dios. Es la imagen que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios. Por una parte ese anuncio del profeta de ese festín preparado para nosotros en el monte santo, donde se van a descorrer para siempre esos velos de dolor y de sufrimiento, donde van a ser enjugadas las lágrimas de todos los ojos, donde brillará una nueva alegría porque nos vamos a gozar con la salvación que nos trae nuestro Dios y que vamos a celebrar en la cercana navidad.

Pero el evangelio nos habla también de una comida. Allá hay una muchedumbre inmensa, una muchedumbre inmensa hambrienta – llevan varios días siguiendo los pasos de Jesús y las provisiones se han acabado y como dicen los discípulos dónde van a sacar comida para tantos en aquel despoblado -, pero una muchedumbre son sus dolores y sufrimientos - Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros y los ponían a sus pies -, una muchedumbre con sus esperanzas que parecían muchas veces frustradas, con sus sueños y con sus inquietudes, con sus deseos de algo nuevo y distinto que no terminaban de ver llegar y a todos Jesús quiere sanarlos, a todos Jesús quiere alimentarlos. El pequeño compartir de un corazón generoso se verá multiplicado por el amor y la misericordia del Señor y todos comerán hasta saciarse.

¿Seremos parte nosotros también de esa muchedumbre? En medio de ellos estamos también; de una forma o de otra nuestros corazones están también recargados de sufrimientos o con ansias de algo nuevo y distinto para nuestras vidas y para nuestro mundo. ¿Nos hemos puesto también en camino para venir al encuentro con el Señor para sentir como todo se renueva en nosotros y todo es posible que se vaya renovando en nuestro mundo? ¿Será esa verdaderamente la esperanza que llevamos en el corazón en este camino de Adviento? En lo que sucede a nuestro alrededor y en nuestro mundo encontraremos también ejemplo y estímulo para la renovación de nuestra vida.

No nos podemos quedar anclados a nuestras mesas que muchas veces lo que hacen es darnos más vacío, tenemos que desear de verdad sentarnos a la Mesa que el Señor ha preparado para nosotros. Busquemos el verdadero sentido de ese sentarnos a la mesa. ¿Será así nuestra navidad para nosotros?

martes, 5 de noviembre de 2024

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

 



Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24;

Había una persona que había tenido noticia que un pariente iba a celebrar la boda de su hija, hasta ahora no lo habían invitado aunque él tenía unos grandes deseos de ir a esa boda, a ese banquete; finalmente le llegó la invitación, se preparó como pudo para no quedar mal ante sus parientes y se dispuso a ir a la boda y correspondiente banquete; una gran fiesta y una comida preparado, como se suele decir, por todo lo alto, pero cuando fueron sirviendo las distintas viandas preparadas para el caso nuestro amigo se llevó un chasco; la comida era muy refinada, pero él no estaba acostumbrado a ese estilo y prácticamente casi no comió nada; al final salió protestando porque según él lo que habían servido no valía para nada y él prácticamente se había quedado con las ganas. Eran otros sus gustos y apetencias, aquello fue como un fracaso para las ilusiones que había tenido.

Es un hecho real lo que cuento, de alguien que yo he conocido que me ha venido a la memoria al escuchar hoy el evangelio. Jesús estaba invitado en casa de unos fariseos, y alguien se expresó públicamente qué bueno sería sentarse a la mesa del Reino de Dios. ¿Una referencia a lo que Jesús anunciaba de la inminencia del Reino de Dios? ¿Hasta donde llevarían en verdad esos deseos que ahora manifestaba?

Jesús les viene a decir que muchas pueden las manifestaciones y deseos que se tengan del Reino de Dios, como un banquete al que estamos invitados, pero que nos puede suceder que cuando llegue ese momento nosotros no estemos por la labor de participar en ese banquete. Y para eso les propone una parábola que todos bien conocemos.

El Rey que prepara el banquete de bodas de su hijo para el que tiene muchos invitados y a la hora del banquete manda llamar a los invitados. ‘El banquete está preparado’. Pero otros eran los intereses de aquellos invitados porque todos comenzaron a dar sus disculpas para no asistir. No quería probar bocado de aquel banquete. Tenían otras apetencias u otros gustos. Serían ahora otros los invitados.

¿Qué nos está queriendo decir Jesús? ¿Cuáles son realmente nuestros intereses concretos en relación a lo que Jesús nos ofrece? Muchas veces hasta nos manifestamos muy religiosos; no faltamos a una fiesta como no faltamos a un entierro, nos hemos preocupado muy mucho de bautizar a nuestros hijos, y que no pase mucho tiempo después del nacimiento y lo hemos celebrado también por todo lo alto, nos preocupamos de que nuestros niños hagan la primera comunión y ya haremos todos los esfuerzos para celebrarlo a lo grande, pero ¿llegaremos a pasar de ahí a algo más en nuestra vida para decir que somos cristianos? Bueno, no hay nadie que lo sea más que yo, nos atrevemos a decir, pero veamos realmente por donde anda nuestra vida.

¿Cuáles son en verdad los valores que nosotros tenemos o los valores con los que tratamos de educar a nuestros hijos? ¿Dónde está o hasta donde llega nuestra participación en la vida de la comunidad cristiana? ¿Solo porque venimos a la fiesta y a la procesión o un día vamos a un santuario de nuestra devoción y por eso nos creemos más cristianos que nadie? ¿Llegaremos a tener entre nosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús, como nos decía el apóstol Pablo?

Como aquellos invitados a la boda que prefirieron otras cosas, que se marcharon a sus cosas, o que no les gustaba lo que allí se les ofrece, como le sucedía al amigo del que hablaba al principio que no le gustaba las viandas del banquete. No terminamos de saborear de verdad lo que es el Reino de Dios del que nos habla Jesús, no terminamos de saborear el evangelio, la Palabra de Dios y nos buscamos otras cosas con las que pretendemos llenar nuestra vida.

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos está invitando, ¿Cuál es nuestra respuesta?

jueves, 22 de agosto de 2024

¿Cuál será el traje de fiesta - de unas actitudes distintas, de unos valores nuevos, de una apertura del corazón… - con el que hemos de vestirnos para ir a ese banquete de bodas?

 


¿Cuál será el traje de fiesta - de unas actitudes distintas, de unos valores nuevos, de una apertura del corazón… - con el que hemos de vestirnos para ir a ese banquete de bodas?

 Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Por qué esa persona rechazó mi invitación? Nos habrá podido suceder en alguna ocasión. Era nuestro cumpleaños, teníamos en casa algún acontecimiento que celebrar, bueno, lo que sea, y con todos nuestros buenos deseos invitamos a amigos, a personas de nuestro entorno social, compañeros de trabajo… a que vinieran a merendar con nosotros, a cenar, a comer algo, pero hubo alguien que ni siquiera respondió para disculparse, y, claro, nos hacemos preguntas. ¿Qué le pasó a esa persona? ¿Por qué no vino? ¿Qué le hemos hecho que no le agradó venir a estar con nosotros? ¿Se sentirá acaso superior a nosotros y no quiere rebajarse? Ella se lo pierde, decimos quizás para disimular nuestro desánimo, pero aun así seguimos haciéndonos muchas preguntas.

Cosas que suceden en nuestro entorno y en nuestro ámbito social que quizás nos haga plantearnos muchas cosas en nuestras relaciones, pero es lo que hoy Jesús nos está planteando en el evangelio que va más allá de lo social o nuestras relaciones con los demás. Está haciéndonos Jesús una comparación con el Reino de Dios pero al mismo tiempo planteándonos cuál es nuestra actitud ante la invitación que nos está haciendo de nuestra acogida al Reino de Dios que nos anuncia.

Una invitación y una llamada a todos que hace desde su aparición pública por los caminos y aldeas de Galilea. Pero, no lo olvidemos, es también una invitación a cambiar nuestro corazón para creer y aceptar esa buena noticia que nos está transmitiendo. Una buena noticia que se anuncia a los pobres pero para todos los que de alguna manera se sienten esclavizados y oprimidos en la vida por algo para quienes se ofrece un nuevo camino de liberación y de perdón. Podemos recordar aquel anuncio de la sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta. Y Jesús les decía eso se cumple hoy y aquí. No todos lo entendieron, sin embargo, muchos incluso lo rechazaron.

Son muchos los que acuden a escucharle, sienten incluso que son agradables y esperanzadoras sus palabras para sus oídos y para su corazón; en ese anuncio de liberación total que Jesús va ofreciendo, serán muchos los que sintiéndose oprimidos por el mal, y para ellos sus enfermedades con como una expresión de ese dominio del mal sobre sus vidas, vienen hasta Jesús para que les cure y libere de sus enfermedades. Pero la vida sigue y muchos pronto olvidarán o harán sus genuinas interpretaciones de las palabras de Jesús, o pronto quedarán atrás aquellos signos que Jesús ha realizado con ellos porque no terminan de entrar en el camino del Reino de Dios que les anuncia.

Todo cuanto iba realizando Jesús era una invitación a vivir en los valores nuevos del Reino de Dios, pero no lo entenderán porque siguen quizás con sus ambiciones, como les pasaba a los mismos apóstoles que aún seguían pensando en los primeros puestos después de todo lo que Jesús les había enseñado, y la respuesta no siempre es plena. Es lo que Jesús nos está diciendo con la parábola.

Pero es lo que nos está diciendo Jesús con la parábola hoy, ahora y aquí a nosotros que hemos escuchado este evangelio y sobre él queremos reflexionar. ¿No nos sucederá que también tenemos otras cosas en qué ocuparnos, como las respuestas de todos aquellos que fueron invitados al banquete de bodas, y también nosotros nos entretenemos con otras cosas y pronto olvidamos lo que Jesús nos dice?

La invitación sigue ahí en pie; de nosotros depende la respuesta, porque el banquete está preparado. No es cuestión de ir de cualquier manera, como aquello de a dónde vas Vicente, a donde va la gente, con que muchas veces nosotros hacemos algunas cosas de nuestra vida cristiana. Es que es la fiesta y hay que ir a la procesión; es que se nos enfermó algún familiar y rezamos y rezamos para que Dios lo ayude; es que tenemos problemas, y hay que acordarse de santa Bárbara cuando truena; es que se nos murió un familiar y tenemos que ir para que les digan algunas misas.

¿Y acaso nos hemos preguntado dónde está el traje de fiesta de unas actitudes distintas, de unos valores nuevos, de una apertura del corazón… con el que hemos de vestirnos para ir a ese banquete de bodas?


sábado, 8 de julio de 2023

El evangelio es noticia nueva porque si no es nueva no es noticia y es noticia buena porque nos ofrece la novedad de una vida nueva, dejémonos de componendas

 


El evangelio es noticia nueva porque si no es nueva no es noticia y es noticia buena porque nos ofrece la novedad de una vida nueva, dejémonos de componendas

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mateo 9, 14-17

Los caminos de la vida y de la historia podríamos decir que son un continuo avanzar, cada cosa tiene su tiempo, cada momento será único e irrepetible, y nos vamos encontrando continuamente las novedades que la misma vida nos ofrece, de alguna manera continuación de lo anterior pero siempre con lo nuevo de lo que ahora sucede que no es una simple repetición de lo pasado. Algunas veces nos cuesta aceptar esa novedad; sobre todo los mayores hay momentos en que nos llenamos de añoranzas de las cosas que en otros momentos vivimos y nos cuesta aceptar lo nuevo que progresivamente se nos va ofreciendo.

De ahí las tendencias en la manera de pensar, en la forma de plantearnos la vida, de continuar con la construcción de este mundo, cosas que nos hacen diferentes los unos a los otros, cosas en las que siempre habríamos de tener la lucidez de ver lo nuevo que podemos hacer o podemos construir. Son las diferentes tendencias que nos encontramos en la vida social, en las costumbres que queremos mantener, en lo valores sobre los que hemos de ir construyendo la vida, la visión incluso de futuro que podamos tener. Nos cuesta muchas veces descubrir lo bueno en lo nuevo que se nos va ofreciendo. No es lo mismo la historia vivida en otros siglos y en otros tiempos, que la vida que ahora nos toca vivir, y es a esta vida a la que tenemos que responder.

La presencia de Jesús que tantas esperanzas iba suscitando en los que soñaban con un nuevo, sin embargo también llenaba de inquietud a los que les costaba entender la novedad de la Buena Noticia que Jesús iba proclamando. Siempre la palabra de los profetas a trabes de toda la historia de Israel produjo esperanzas e inquietudes, entusiasmos y desconfianzas, no todos aceptaban la palabra valiente del profeta que les hablaba en nombre de Dios. Lo mismo está sucediendo con Jesús. Los que se sentían más oprimidos por la vida en las circunstancias concretas que cada uno vivía, llenaban su corazón de esperanza con el mensaje de liberación que Jesús ofrecía; pero incluso, sin embargo, aquellos que aun queriendo mantener una fe y unos sentimientos religiosos, descubrían que eran nuevos los caminos que Jesús ofrecía se sentían inquietos y desconfiados porque les parecía que les estaban cambiando su mundo. Fue el rechazo que veremos a lo largo del evangelio que manifestarán sobre todo los dirigentes del pueblo, muy enfrascados en sus intereses también, contra Jesús.

Pero hoy quienes se acercan a Jesús con cierta desconfianza son los que habían estado muy cerca del Bautista que había venido como precursor del Mesías para preparar los caminos del Señor. La austeridad de Juan, que era un signo en medio de aquel pueblo, había hecho también que a sus propios discípulos les costara aceptar el mensaje de Jesús y el nuevo estilo de vida que Jesús iba ofreciendo. Ellos que habían vivido intensamente la austeridad del bautista, ahora no entienden que los que siguen a Jesús no vivan también en ese mismo sentido tan penitencial. Había que preparar los caminos del Señor, pero no eran las cosas como rutinas lo que había que mantener, sino que era el corazón el que de verdad debía convertirse al Señor. Había sido el mensaje del Bautista que no siempre supieron entender, y era el mensaje de Jesús. Algo nuevo estaba ofreciendo Jesús.

Los discípulos de Juan no entienden que los discípulos de Jesús no ayunen como ellos lo hacían. Pero Jesús les está diciendo que ha llegado la hora de las bodas del Reino de Dios. Y las bodas no se pueden vivir en la tristeza sino en la alegría. ¿Cómo van a ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos celebrando el banquete de bodas del Reino de Dios?

Y es cuando Jesús nos deja esas hermosas sentencias que nos hablan de esa vida nueva que hemos de vivir. Pero para vivir esa vida nueva del Reino de Dios hay que vestirse un traje nuevo. ¿No recordamos, con la parábola, aquel traje de fiesta que se exigía al que estaba invitado a la boda y quien no lo tuviera no podía participar en ella? No valen composiciones y arreglos, los remiendos siempre quedan mal apañados. Es necesario un traje nuevo, un vestido nuevo, como nuevos tienen que ser los odres donde se ponga el vino nuevo no sea que su fuerza los destruya y se pierdan los odres y se pierda ese vino nuevo.

Es la conversión a la que nos invita Jesús, que es una transformación total, que no es revestirse un traje cualquiera hecho de remiendos, sino vestirse el traje nuevo de la fiesta. Qué lástima porque seguimos con muchos remiendos en la vida, queremos arreglar esto por aquí, queremos mantener lo otro por allí, volvemos a sacar las cosas viejas que ya están inservibles aunque en su momento tuvieran su razón de ser, nos quedamos con estas devociones y estas rutinas, pero no damos el paso grande de la transformación del corazón y de la vida.

Vivamos toda la novedad que nos ofrece el evangelio, como su misma palabra indica. Es noticia nueva, porque si no es nueva no es noticia, y es noticia buena porque algo bueno y nuevo nos ofrece. Dejemos de hacer componendas. Abrámonos a esa novedad de vida nueva.

sábado, 29 de octubre de 2022

Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

 


Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

Filipenses 1, 18b-26; Sal 41; Lucas 14, 1. 7-11

Todos queremos un buen sitio; creo que eso lo tenemos claro; vayamos a donde vayamos, asistamos a los actos que asistamos, tenemos nuestros preferencias, nuestros lugares, porque allí vemos mejor, porque es el sitio que siempre he escogido, porque allí puedo tener más ventajas, porque estoy cerca de los que me interesa estar, porque un lugar preferente no nos hace daño… veinte mil razones diferentes si queremos contar, pero tenemos nuestros gustos.

Pero luego en la loca carrera de la vida, vienen los codazos porque por medio están los prestigios, los reconocimientos, los lugares que consideramos que nos toca por nuestros méritos, aquellos sitios donde podemos ejercer cierta influencia, o donde podemos estar más cerca del poder, de la manipulación, del relumbrón, de la vanidad que todo lo envuelve, en una palabra.

Claro que detrás de todo esto está el concepto que tengamos de la vida, los valores a los que le demos más o menos importancia, que es lo que voy buscando en la vida. Y es aquí donde Jesús quiere hacernos pensar. Parte el evangelio de algo tan corriente como el coger buen sitio en la mesa del banquete; buen sitio para ser mejor servido, buen sitio para estar cerca de las personas importantes y que también a mi me consideren importante, carreras diversas por diversos motivos para buscar un buen sitio en la mesa del banquete. Es lo que observa Jesús un día en que es invitado a una comida por un hombre principal, y al que estaban también invitados los que parecían ser los hombres importantes de la ciudad. Y es cuando Jesús nos deja la sentencia.

‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales…’

Parece la cosa más elemental, el consejo más elemental, para no quedar avergonzado en un momento así. Pero lo que nos está diciendo Jesús es algo más que unos protocolos que hay que seguir para no quedar mal ante nadie. Jesús nos está proponiendo un estilo, un sentido para nuestro actuar en la vida. Nunca podrá ser la apariencia; siempre ha de estar presente el espíritu de servicio y la humildad. No es el buscar pérdidas que nos den luego ganancias, es un estilo de vida de humildad, de servicio, de cercanía, de trato amigable en que no importan los lugares, sino el sitio que verdaderamente ocupemos en el corazón de las personas. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.

Ya nos dirá Jesús en otros momentos donde está la verdadera grandeza de la persona; nunca en la vanidad ni la apariencia, siempre en el servicio para ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Recordamos cuando sus discípulos más cercanos andaban a la greña discutiendo por el camino por los primeros puestos y les dice que será grande el que sea capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Recordamos a María la humilde esclava del Señor, pero en quien el Poderoso realiza obras grandes.

martes, 3 de noviembre de 2020

Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

 


Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

Filipenses 2, 5-11; Sal 21; Lucas 14, 15-24

Alguna puede habernos pasado en un sentido o en otro; alguien nos hizo un regalo con mucha ilusión, pero cuando lo recibimos lo hicimos de manera fría, porque quizá no era lo que nosotros esperábamos, nos pareció poco o inútil y por mucho que lo tratamos de disimular se notó el desencanto en nuestra expresión, pero mayor fue el desencanto de quien nos hizo el regalo por la fría acogida con que lo recibimos. O nos habrá podido pasar al revés, fuimos nosotros lo que hicimos el regalo, pero quien lo recibió no lo tuvo en cuenta, casi ni lo miró, se fue a entretener con otras cosas dejando lo que le regalamos allá olvidado en cualquier rincón.

No es que tengamos que ser hipócritas si no nos gusta lo que nos ofrecen, pero si hemos de saber valorar lo que nos hayan ofrecido por más pequeño que nos pueda parecer. No podemos ir de sobrados creyendo que nos lo merecemos todo y siempre nos parecerá poco lo que nos puedan ofrecer o regalar. Ya sea en referencia a lo que recibimos de los demás o a la vida misma que vivimos, quizás siempre estemos descontentos y añorando otras circunstancias, otros momentos u otra cosas que acaso nos pudiera ofrecer la vida. Son otros nuestros sueños, nuestras aspiraciones, o incluso nuestros valores. Sepamos valorar, sepamos acoger, sepamos aceptar, seamos capaces de reconocer el amor que han puesto en lo que nos regalan y hasta el esfuerzo que haya podido significar para las otras personas lo que nos ha regalado.

Según nos ha venido diciendo el evangelio Jesús estaba invitado a comer en casa de unos fariseos. Quizás por lo que Jesús iba diciendo o quizá la abundancia del banquete en que estaban participando, a uno se le ocurre decir que serán dichosos los que coman en el banquete del Reino de Dios. ¿Un entusiasmo ante las palabras de Jesús? ¿Un entusiasmo por aquel banquete que le hace soñar aun en cosas mejores? ¿Quizás imaginaba que el Reino de Dios era como una buena mesa y un buen banquete como del que ahora estaba participando?

Pero Jesús querrá decirle algo importante. No nos pongamos a soñar ni a imaginar, sino sepamos aceptar lo que nos ofrecen, porque en ese saber aceptar y acoger se van a dar precisamente las señales del Reino de Dios. Aquellos invitados al banquete de bodas de la parábola no supieron aceptar aquella invitación que les estaban haciendo y preferían otras cosas, que si sus campos, que si lo que tenían o lo que habían comprado, que si su propia boda, que si sus intereses particulares que tenían que cuidar, pero descuidaron la invitación, no supieron valorar la invitación que les hacían. Quedarían fuera del banquete y el banquete sería para otros que sí supieron aceptarlo. Ya conocemos el desarrollo de la parábola.

¿Y nosotros qué somos capaces de aceptar? ¿Cuál es la acogida que hacemos desde el fondo del corazón a la invitación al amor que nos está haciendo el Señor? ¿Tendremos también otros intereses? ¿También habrá otras cosas que nos entretengan más? ¿Valoramos la riqueza de gracia que quizás desde lo más humilde puedan ofrecernos? ¿Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan?

Me viene a la memoria un hecho, una anécdota como queráis llamarlo, de algo que me sucedió en una ocasión hace años. Había ido a visitar a una anciana enferma, que en aquellos momentos y en aquellos lugares en medio del monte nunca habría recibido quizá la visita de un sacerdote.

Me senté con ella a los pies de su cama en la pobreza de aquel hogar, escuché sus suspiros y sus lágrimas, pasé sencillamente un rato con aquella persona a la que simplemente había dado mi tiempo y mi presencia, pero cuando me iba a marchar desde su pobreza quería ofrecerme algo. Rebuscó hasta encontrar una bolsa donde ponerme unos higos pasados que tenía allí guardados en un cajón quizá para su sustento, y había que ver con qué entusiasmo ella me hacía aquel paquete, pero qué alegría sentía también porque yo se los aceptaba. Hice feliz a aquella persona acogiendo aquello que en su pobreza me ofrecía con tanto cariño y agradecimiento. Algo tan sencillo que puede hacer felices a los demás, y yo me sentí feliz, no tanto por los higos que me ofrecía, sino por el cariño que aquella persona estaba poniendo y que la hacía tan feliz.

viernes, 9 de agosto de 2019

Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora


Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13
Nos sucede en ocasiones. Tenemos que realizar algo en un tiempo determinado, pero nos confiamos y lo vamos dejando para después porque sabemos que podemos hacerlo y nos llega el último momento y vienen los agobios para terminarlo y muchas veces ya no lo realizamos como a nosotros nos hubiera gustado porque se nos fue el tiempo. Hay personas que son especialistas en dejarlo todo para última hora confiándose demasiado y luego viviendo con agobios y prisas. Lo malo es que al final nos tengamos que presentar con las manos vacías o que no lo realicemos con la perfección que se nos pide. Responsabilidad, prontitud, previsión, buena organización de nuestras tareas, seriedad con la que nos tomamos las cosas es algo importante a tener en cuenta y que van a marcar nuestra madurez humana.
Algo que hemos de saber aplicar a las diferentes facetas de la vida, desde las responsabilidades en nuestros trabajos o en la propia familia, como en lo más personal de nosotros mismos que nos ayuda a realizarnos más y mejor como personas y tenemos que decir también en el ámbito de nuestra fe. Es la tarea de la vida con el sentido de trascendencia que hemos de darle a cuanto hacemos, que no solo nos repercute en lo que cada momento vivamos sino que va más allá de nosotros mismos en lo que podemos trascender en los demás por lo bueno que les podamos trasmitir, pero también en el sentido de trascendencia de eternidad que vivimos desde nuestra fe.
Ahí está todo ese camino de superación que hemos de ir realizando siempre en nuestra vida, ese camino de crecimiento en lo humano pero también en lo espiritual para darle cada día una mayor profundidad a nuestro ser. Ahí está ese lucha diaria en la que intentamos ser mejores, corregir nuestros errores, fortalecernos frente a las debilidades que hay en nosotros y también, ¿por qué no?, pedir perdón a Dios por lo que hayamos hecho en contra de su voluntad. Un aspecto que olvidamos, que dejamos de lado o para el último momento tantas veces, pero el final puede ser inesperado y siempre hemos de estar preparados. ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios? ¿Con las manos vacías? ¿Con las manos manchadas por nuestro pecado?
Todas estas cosas – y en muchas más podríamos profundizar – me sugiere y comparto con ustedes en esta semilla de cada día desde la parábola que hoy se nos presenta en el evangelio y que seguramente muchas veces hemos escuchado, rumiado en nuestro interior y también querido llevar a nuestra vida. La parábola de las jóvenes que esperaban la llegada del novio para la boda.
Esperaban con lámparas encendidas en sus manos, según las costumbres de la época en la que no solo se alumbraba así el camino, sino que además aquellas luces habían de servir para iluminar la sala del convite de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para mantener encendidas las lámparas, más cuando el esposo tardo en su llegada, y así algunas se encontraron que sus lámparas se apagaban y ni podían alumbrar el camino ni tampoco iluminar la sala del banquete. Fueron a buscar aceite a última hora y la puerta se cerró sin posibilidad de entrar al banquete de bodas.
Creo que la aplicación de la parábola a la vida es bien sencilla, pero que también nos ayudará a encontrar esa profundidad para nuestra vida. No podemos dejar las cosas al azar ni para última hora. Como decíamos antes en todas las facetas de la vida; como podemos pensar también en todo lo que afecta y atañe a nuestra relación con Dios y a lo que ha de ser nuestra respuesta de vida cristiana. Es el cuidado de nuestra fe y de nuestra vida espiritual; es la profundidad que hemos de saber darle a la vida desde los valores del Evangelio; es el camino de nuestra vida cristiana como respuesta de amor al amor que Dios nos tiene; es el compromiso que desde esa fe vivimos también en el seno de nuestra comunidad cristiana a la que tenemos que enriquecer con nuestra vida, pero que si vamos con las manos vacías poco podemos hacer.
Que no se nos apague nunca esa luz, que no nos falte el aceite para mantenerla encendida, que podamos siempre iluminar a los demás y a nuestro mundo. No lo dejemos al azar ni para la última hora, sino vivámoslo cada día con intensidad.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Puede haber momentos tenebrosos en que nos parece que no vamos a encontrar salida, pero siempre hay una luz, una esperanza, podemos hacer y vivir un mundo nuevo


Puede haber momentos tenebrosos en que nos parece que no vamos a encontrar salida, pero siempre hay una luz, una esperanza, podemos hacer y vivir un mundo nuevo

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19, 1-3.9ª; Sal 99; Lucas 21,20-28

‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’. Palabras de consuelo y esperanza, como todo lo que nos ofrece hoy la Palabra de Dios.
Y es que en la vida parece en ocasiones que vamos como derrotados. Vivimos pero porque simplemente nos dejamos llevar, las cosas van saliendo como una rutina porque quizá agobiados por muchas cosas parece que hemos perdido la ilusión. Hacemos cosas, decimos que vivimos, pero simplemente como ir poniendo piedras unas sobre otras algunas veces sin concierto, sin metas, dejándonos llevar. Pero nos hace falta despertar cada día con ilusión, con una ilusión nueva de cuanto podemos hacer, de lo que podemos mejor, de no querer dejarnos hundir, de no permitir que la rutina nos arrastre.
Es como si ya todo lo hubiéramos dado por perdido. Y cuando vamos en la vida derrotados tenemos como miedo hasta de expresarnos en lo más hondo que sentimos, de manifestarnos como somos, de que en el fondo tendríamos que estar en cada momento con deseos de crecer, pero al mismo tiempo de hacer crecer nuestro mundo, de que haya más humanidad, de que aprendamos a valorar las cosas buenas que nos vamos encontrando aunque nos parezcan insignificantes.
Y un cristiano nunca se puede sentir derrotado, aunque haya cometido muchos errores, aunque muchas veces las cosas no le hayan salido bien, aunque haya muchos problemas en si mismo o en su entorno. El cristiano siempre tiene que ser una persona de esperanza, poner ilusión en lo que hace porque sabe que está siempre poniendo su granito de arena para que el mundo sea mejor. Y es que el cristiano no se siente solo. Sabe de quien se fía, en quien pone toda su confianza.
Jesús hoy en el evangelio, en el texto que se nos ofrece en la liturgia de este día parece que nos hace una descripción un tanto derrotista. Nos habla de guerras, de venganzas, de destrucción de la ciudad santa de Jerusalén y su templo lo que era una gran calamidad para un judío, nos habla de cataclismos estelares con lo que parece el fin del mundo, pero sin embargo al final, tras esa descripción un tanto catastrofista, nos dice: ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’.
Al final una palabra que lo transforma todo, una palabra que nos llena de esperanza, una palabra que nos anuncia victoria y triunfo, como lo hace también hoy el libro del Apocalipsis, ‘se acerca vuestra liberación’. Algo nuevo va a comenzar. Aquello que había anunciado con las palabras del profeta en la sinagoga de Nazaret comienza a tener cumplimiento. Es el día del Señor, es el Año de Gracia, es el momento de la libertad, de una libertad nueva que solo en Cristo precisamente podemos encontrar.
Puede haber momentos malos en la vida, momentos tenebrosos en que nos parece que no vamos a encontrar salida, pero siempre hay una luz, siempre hay una esperanza, podemos hacer y vivir ese mundo nuevo. No podemos perder la esperanza, la ilusión, las ganas del crecimiento, los deseos de luchar, el empeño que hemos de poner en todo lo que hacemos, darle intensidad a la vida. Hay una esperanza en nosotros que nos impulsa. No nos quedaremos aturdidos ni con los brazos cruzados. El Espíritu del Señor está con nosotros. Siempre podemos recordar y escuchar: ‘Dichosos los invitados a las Bodas de Cordero’.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir


Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir

1Corintios 4, 1-5; Sal 36; Lucas 5, 33-39

Vernos separados de la persona que amamos nos resulta doloroso; sentimos la añoranza de su presencia, a la mente nos vienen los recuerdos de los momentos hermosos que junto a esa persona vivimos, ansiamos y deseamos estar con ella y en nuestro corazón sentimos el dolor de su ausencia. En muchas ocasiones esa separación se nos hace tan dura que parece que perdemos el gusto o el sentido de todo y nos parece que se nos acaban las ganas de vivir. Sin embargo siempre permanece la esperanza de un nuevo reencuentro y soñamos con los momentos felices que podremos volver a vivir, por eso el dolor de la separación parece que se mitiga en esa esperanza que nos anima y nos hace estar deseando ese nuevo día.
Son experiencias humanas que vivimos en distintos momentos a lo largo de la vida, un viaje, una necesidad de cambiar de residencia, unas obligaciones laborales, u otras circunstancias que se nos pueden hacer más dolorosas y difíciles de sobrellevar que en ocasiones se nos vuelven traumas para el corazón. Son experiencias humanas de las que tenemos que trascendernos porque nos pueden estar hablando también de experiencias del espíritu, experiencias que como creyentes y cristianos podemos vivir.
Son los momentos de gracia que como cristianos podemos vivir cuando sentimos fuertemente la presencia del Señor en nuestro corazón y en nuestra vida que nos dan un sentido muy especial a nuestro vivir. Es el gozo y la alegría que siempre ha de cantar en el corazón del cristiano porque se sabe gozosamente amado y no pierde de vista de ninguna manera esa presencia del Señor en su vida, aunque puedan aparecer humanamente momentos duros por las pruebas o las dificultades que pasemos, por enfermedades o limitaciones que quizá tengamos que soportar, u otros momentos dolorosos de la vida.
Pero el cristiano no pierde nunca la alegría del Espíritu en su corazón. Se sabe amado y se sabe lleno del Espíritu del Señor. No tienen entonces que atormentarse ni buscar por si mismo momentos o situaciones de sufrimiento porque la alegría del Espíritu canta en su corazón. No es fácil en ocasiones, porque pueden ser muchas las tormentas que nos envuelvan, pero vivimos con seguridad, la seguridad y la confianza en el amor del Señor.
El evangelio hoy nos habla de ayunos y sacrificios que le reprochan los fariseos a los discípulos de Jesús porque no hacen. En el sentido con que lo Vivian los fariseos el ayunar era algo así como un luto, porque incluso externamente en su porte así habían de manifestarse cuando ayunaban. Y Jesús les dice que sus discípulos no necesitan de esas apariencias ni tienen que estar con esos duelos, porque los amigos del novio cuando están en la boda de su amigo lo han de vivir con gozo y alegría. Lejos entonces de los discípulos de Jesús los llantos y los lutos, porque están con Jesús. No olvidemos cuantas veces Jesús compara el Reino de Dios con un banquete de bodas. Y así tienen que estar viviendo, con ese sentido, los discípulos de Jesús el Reino de Dios al que Jesús le está invitando.
Así tenemos que vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir. Vistámonos el traje nuevo de fiesta que ha de vestir siempre el hombre nuevo del Reino de Dios.

jueves, 23 de agosto de 2018

Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro



Qué otra cosa sería la vida si supiéramos acogernos mutuamente y nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro

Ezequiel 36,23-28; Sal 50; Mateo 22,1-14

A todos nos gusta que nos inviten a una fiesta, a una comida o a una boda. Nos sentimos honrados por la deferencia de quien nos ha invitado y tratamos de corresponder asistiendo y participando de esa fiesta o de esa comida a la que nos han invitado y haciéndolo de una manera digna y decorosa; causas graves tendrían que surgirnos para no asistir y por educación enviaríamos una disculpa razonable por el medio que sea a quien ha tenido la deferencia de invitarnos. No haríamos el feo, como se suele decir, de dejar plantado en la mesa a quien ha tenido la amabilidad de invitarnos.
Pero puede suceder también que nos encontramos con personas que por las razones que sean son reacias a participar en celebraciones así; se buscan disculpas, se escudan en lo ocupados que están – qué ocupados estamos cuando no nos interesa algo -, se inventan actividades que se hacen coincidir en el tiempo, pero todo es una búsqueda de razones para no participar, para rehuir el bulto. Aparece así la descortesía, los malos modos, o la forma de expresar que quizá no nos sea agradable esa invitación, la escasa estima y consideración que quizá tenemos hacia esa persona que nos ha invitado o que no nos resulta agradable el sentarnos a la mesa con determinadas personas.
Cosas que nos suceden en la vida, cosas que nos pueden pasar a nosotros; momentos quizá que pueden tensar las relaciones, cuando todo encuentro con los demás nos tendría que servir siempre para crear lazos de amistad; el compartir juntos alrededor de una mesa es una oportunidad para abrir los corazones, para compartir pensamientos y sueños, para alimentar ilusiones, para abrir puertas para nuevas amistades. Esa convivencia sana y feliz de quienes comparten así contribuye a hacer que nuestra vida sea mejor, y contribuye a crearnos un mundo más feliz. Aunque tristemente muchas veces por nuestros caprichos, con nuestras disculpas y nuestras huidas, con los distanciamientos que nos creamos no contribuimos precisamente a ello.
Me hace pensar en todo esto la parábola que hoy se nos propone en el evangelio. Una parábola que quiere hablarnos del Reino de Dios, que quiere decirnos cómo con nuestra convivencia feliz en la imagen de un banquete de bodas al que estamos invitados podemos reflejar la felicidad del Reino de Dios. Y en esos pequeños detalles que nos ofrece la parábola se no da ocasión para reflexionar sobre muchas cosas de nuestra vida.
Lo que nos refleja esa imagen de los invitados que buscaron mil disculpas para no asistir al banquete de bodas nos está hablando claramente de cual es la respuesta negativa que tantas veces damos a la llamada e invitación del Señor. No nos quedamos en la anécdota sino que nos miramos a nosotros con nuestras actitudes negativas, con nuestras reticencias tantas veces a responder a lo que el Señor nos va pidiendo. No queremos participar en ese banquete de bodas, no queremos entrar por ese camino nuevo que nos señala el Señor, nos hacemos sordos a su llamada y rehuimos dar una respuesta. Cuántas disculpas vamos poniendo en la vida.
Cuando nos hacíamos la primera descripción de la invitación al banquete de bodas decíamos que tratamos de corresponder asistiendo de manera decorosa y digna. Es un detalle que nos resalta también la parábola. Al no asistir los invitados aquel rey mando que salieran a los caminos y trajesen a todo el que encontraran al banquete y la sala se llenó de comensales. Un signo de cómo todos estamos invitados y a todos hemos de hacer llegar también esa invitación. Pero había que asistir con traje de fiesta.
En los protocolos de nuestras comidas y banquetes ya se nos insinúa como hemos de ir para compartir en una mesa juntos; nuestra presencia no puede volverse indecoroso o mejor hacer difícil la convivencia con los demás que estamos sentados a la misma mesa.
Por aquí va la clave de lo que nos quiere decir el Señor en la parábola. Algunas actitudes y posturas nuestras algunas veces hacen difícil el encuentro y la convivencia. De ese traje hemos de despojarnos para vestirnos de otras actitudes y valores que nos lleven a un encuentro sincero y verdadero con los demás.  Qué otra cosa sería la vida si nos vistiéramos de esos valores que faciliten siempre el encuentro con el otro.

sábado, 7 de julio de 2018

Tenemos que expresar con el resplandor de nuestra vida la alegría de nuestra fe porque vivir el Reino de Dios es como participar en un banquete de bodas donde no hay tristeza


Tenemos que expresar con el resplandor de nuestra vida la alegría de nuestra fe porque vivir el Reino de Dios es como participar en un banquete de bodas donde no hay tristeza

Amós 9,11-15; Sal 84; Mateo 9,14-17

Tomarse en serio las cosas de la vida, las responsabilidades que asumimos, o el planteamiento de un plan de vida que nos mejore a nosotros y mejore nuestro mundo no significa que tengamos que ir por la vida con el ceño fruncido, con cara que algunas veces parece de amargura como si lleváramos siempre un dolor atravesado en la espalda.
Nos encontramos demasiadas caras serias que marcan distancias en las personas con las que nos cruzamos; faltan sonrisas en la vida que nos haría más agradable el deambular por la existencia porque una cara sonriente nos facilita la cercanía y la comunicación. Nos falta muchas veces una cierta espontaneidad y que se nos manifieste el gozo que sentimos por aquello que hacemos o que vivimos. La forma en que vamos muchas veces nos hace parecer que no sentimos satisfacción en el trabajo que realizamos.
Y esto que me digo en todas las facetas de la vida, de nuestras relaciones y nuestra convivencia nos lo encontramos demasiado también entre los cristianos. No terminamos de vivir la alegría de nuestra fe. Nos fijamos en ocasiones en muchas personas que son muy piadosas, que las vemos continuamente en la iglesia, no se pierden ningún acto religioso o piadoso que se realice en nuestros templos, que van de novena en novena y de promesa en promesa, pero si nos fijamos en sus rostros parecen siempre madres de los afligidos. Puedo parecer exagerado pero con demasiada frecuencia nos encontramos con esas personas que porque quieren ser buenas y religiosamente muy cumplidoras sin embargo parece que siempre están con las lagrimas asomando a sus ojos.
Creo, repito, que tenemos que vivir con más intensidad la alegría de nuestra fe y expresarlo y manifestarlo en nuestros rostros, en nuestros gestos en las posturas que vamos tomando en la vida. Creo que quien pone toda su fe en Jesús y quiere vivir siempre los valores del evangelio ha de saber sobreponerse por encima de dificultades o los problemas que nos van apareciendo en la vida para no perder nunca la paz y la serenidad. Sabemos de quien nos fiamos, sabemos con quien caminamos, sabemos quien esta no solo a nuestro lado sino en nuestro mismo interior. Es el espíritu de la paz y de la alegría que nos llena de esperanza y que en El sentimos la fuerza para enfrentarnos con energía y con confianza a las negruras que nos puedan aparecer en la vida.
No olvidemos que una de las imágenes mas repetidas para expresarnos lo que es el Reino de Dios es un banquete de bodas. Y ahí no puede haber ni llanto ni dolor, sino todo tiene que ser alegría y paz, porque se manifiesta la ternura y el amor, que nos lleva a sentirnos cercanos y gozosos de los hermanos que caminan a nuestro lado. Es un testimonio que tenemos que dar. Esa paz y esa alegría del espíritu que se manifiesta en la claridad y resplandor de nuestros rostros son los mejores signos para atraer a todos a los caminos del evangelio.
En el evangelio hoy vemos que le preguntan a Jesús por que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos o los discípulos de Juan. Y ya vemos la respuesta de Jesús. No pueden ayunar los amigos del novio cuando están participando del banquete de su boda. Decir ayuno entonces entrañaba luto y tristeza. Es lo que ya no quiere Jesús. El está con nosotros.
Son muchas las cosas y los estilos que tienen que cambiar en nuestra vida cuando nos vamos tomando en serio el evangelio. Por eso nos habla hoy en el evangelio que no es cuestión de remiendos, sino de vestidos nuevos para hombres nuevos, de odres nuevos para vino nuevo. Dejémonos renovar por el Espíritu. Que se manifieste claramente la alegría de nuestra fe.