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martes, 4 de noviembre de 2025

Quiénes nos ven entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones noten en nosotros la alegría del encuentro con los demás porque nos sentimos comunidad

 


Quiénes nos ven entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones noten en nosotros la alegría del encuentro con los demás porque nos sentimos comunidad

Romanos 12, 5-16ª; Salmo 130;  Lucas 14, 15-24

Tenemos que vernos un día para comer juntos, nos dijo un amigo en alguna ocasión. Te vienes a casa que yo te invito y comemos juntos, y charlamos y pasamos la tarde juntos. Más de una vez quizás nos ha sucedido, pero no habrá sucedido también en más de una ocasión que ese día no ha llegado; no hemos terminado de poner de acuerdo, de que llegue esa ocasión. Quizás nuestras desganas, quizás porque decimos que tenemos tantas cosas que hacer que ni tenemos tiempo, quizás damos largas porque no me apetece, me parece un rollo, no siento que son tan amigos los que me invitan, quizás ando con suspicacias, y aparecen las disculpas, aparecen los despistes – porque cuando no tenemos ganas tenemos el arte de hacernos unos despistados – y no aprovechamos la ocasión para estar con esa persona, para compartir su mesa, para acercarnos un poco más a los demás.

Parece un rollo, pero es así cómo actuamos tantas veces. Y se convierte en una imagen de los intereses de nuestra vida, de la importancia que le damos nuestra relación con los demás, o podemos entrar en un estadio superior y podemos pensar en las invitaciones que recibimos de Dios a las que no hacemos caso tantas veces. Cuántas disculpas nos vamos dando, porque primero que nada tratamos de convencernos a nosotros mismos con esas disculpas, que son pasividades, que son cobardías, que son otros intereses que tenemos en la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos está proponiendo la parábola de los invitados a la boda, pero que rehusaron responder a la invitación. Quiere hablar Jesús del Reino de Dios y emplea la hermosa imagen de un banquete, como un banquete de bodas son sus fiestas y con sus alegrías, al que todos estamos invitados a participar y en el que todos podemos compartir la misma mesa; al final en aquel banquete no se sentaron los podía parecer que eran los invitados principales, sino que al final por el rechazo de algunos, fueron invitados todos los que encontraron en los caminos y la sala se llenó de comensales.

Es cierto que la parábola en una primera lectura está hablando de la situación de los judíos a los que se estaba anunciando el Reino de Dios, que lo rechazan, pero que al mismo tiempo aparece clara la voluntad de Dios de su universalidad.

También andamos tantas veces con nuestras malas voluntades; no siempre estamos dispuestos a escuchar esa invitación que nos está haciendo Jesús para que vivamos el sentido del Reino de Dios; ¿no queremos mezclarnos con todo el mundo? ¿Empezamos a resistirnos a participar de ese banquete del Reino porque Dios nos está pidiendo un corazón con mayor sentido de universalidad pero nosotros seguimos haciéndonos nuestras distinciones? Nos falta tantas veces ese sentido de fiesta y de comunidad; seguimos siendo cumplidores en muchas cosas pero no terminamos de ir al fondo de lo que es el mensaje de Jesús para vivir ese sentido de banquete y banquete festivo todo lo que sea encuentro entre cristianos.

Seguimos con nuestros individualismos en que cada uno va haciendo por si mismo lo que puede pero nos abrimos poco vivir esa comunión con los demás, para celebrar juntos nuestra fe, para juntos cantar con alegría y entusiasmo las alabanzas del Señor, para comenzar a colaborar los unos con los otros en esa tarea común del testimonio que hemos de dar de nuestra fe y de nuestro amor ante el mundo que nos rodea.

¿Quiénes nos ven, por ejemplo, entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones litúrgicas notarán en nosotros esa alegría del encuentro con los demás que formamos la misma comunidad? Malamente nos damos los buenos días y cada uno entra por su carril buscando su banco de siempre sin importarle ni mucho ni poco los demás que están allí para una misma celebración. No damos la sensación de una comunidad que se ama y se alegra por encontrarse los unos con los otros sino que cada uno parece que vamos a cumplir con nuestro cupo.

¿Es así cómo damos testimonio del banquete del Reino de los cielos y de la alegría de ser invitados a él? ¿Daremos la impresión que vamos de mala gana porque solo vamos a cumplir? ¿No será una manera de no querer comer en ese banquete al que nos han invitado?

miércoles, 4 de diciembre de 2024

No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

 


No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Todo encuentro vivido con intensidad termina en una comida, como también podemos decir que toda comida vivida con sentido es motivo y  alimento de encuentro y de comunión. Nos encontramos quizás de muchos años sin vernos y la alegría de ese encuentro nos llevará a que deseemos tomar algo juntos o hacer una comida para celebrar ese encuentro; pero también nos puede suceder que estemos haciendo un camino juntos pero en el que no faltan dificultades, que vivimos con una tensión fuerte en nuestro espíritu porque quizás parece que las esperanzas flaquean y no vemos la manera de salir adelante, que tenemos de alguna manera que empujarnos unos a otros para seguir haciendo el camino porque nos falta ánimo, un momento que nos detengamos a la vera del camino y compartamos ese pan de la amargura nos hace sentirnos fuertes y con renovadas esperanzas para seguir en nuestros intentos, para mantener los ánimos para la lucha y queremos avanzar hacia delante; ese pan compartido quizás con lágrimas sirvió para aunar nuestro espíritu y sentirnos renovados y con nueva fuerza.

¿Será algo así lo que necesitemos en estos momentos de la vida? Me viene a la mente los que últimamente han estado sufriendo las consecuencias de la DANA y ese pan que habrán compartido tantos en medio de su dolor pero que les mantiene el ánimo para seguir adelante; un pan de solidaridad que entre ellos habrán compartido, pero ese pan de la solidaridad de tantos que allí se han acercado para echar una mano o que desde lejos también se sienten solidarios y aportan lo que pueden. Me imagino ver a cuantos allí se han acercado que también han recibido lo que desde los mismos damnificados han recibido y compartido.

Como podemos pensar en los que están sufriendo tantas guerras como siguen retumbando en tantos lugares de nuestro mundo, en aquellos que todo lo han perdido y en las esperanzas que aun les quedan en sus espíritus para encontrar un día ese momento en que puedan compartir ese pan de la paz.

Mientras nosotros aquí, como tantos a lo largo y ancho de nuestro mundo cristiano queremos seguir haciendo nuestro camino de Adviento con esos deseos también de encuentro, con esos deseos de compartir vida, de llegar a encontrarnos con quien viene a ofrecernos el banquete del Reino nuevo de Dios. Es la imagen que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios. Por una parte ese anuncio del profeta de ese festín preparado para nosotros en el monte santo, donde se van a descorrer para siempre esos velos de dolor y de sufrimiento, donde van a ser enjugadas las lágrimas de todos los ojos, donde brillará una nueva alegría porque nos vamos a gozar con la salvación que nos trae nuestro Dios y que vamos a celebrar en la cercana navidad.

Pero el evangelio nos habla también de una comida. Allá hay una muchedumbre inmensa, una muchedumbre inmensa hambrienta – llevan varios días siguiendo los pasos de Jesús y las provisiones se han acabado y como dicen los discípulos dónde van a sacar comida para tantos en aquel despoblado -, pero una muchedumbre son sus dolores y sufrimientos - Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros y los ponían a sus pies -, una muchedumbre con sus esperanzas que parecían muchas veces frustradas, con sus sueños y con sus inquietudes, con sus deseos de algo nuevo y distinto que no terminaban de ver llegar y a todos Jesús quiere sanarlos, a todos Jesús quiere alimentarlos. El pequeño compartir de un corazón generoso se verá multiplicado por el amor y la misericordia del Señor y todos comerán hasta saciarse.

¿Seremos parte nosotros también de esa muchedumbre? En medio de ellos estamos también; de una forma o de otra nuestros corazones están también recargados de sufrimientos o con ansias de algo nuevo y distinto para nuestras vidas y para nuestro mundo. ¿Nos hemos puesto también en camino para venir al encuentro con el Señor para sentir como todo se renueva en nosotros y todo es posible que se vaya renovando en nuestro mundo? ¿Será esa verdaderamente la esperanza que llevamos en el corazón en este camino de Adviento? En lo que sucede a nuestro alrededor y en nuestro mundo encontraremos también ejemplo y estímulo para la renovación de nuestra vida.

No nos podemos quedar anclados a nuestras mesas que muchas veces lo que hacen es darnos más vacío, tenemos que desear de verdad sentarnos a la Mesa que el Señor ha preparado para nosotros. Busquemos el verdadero sentido de ese sentarnos a la mesa. ¿Será así nuestra navidad para nosotros?

martes, 17 de octubre de 2023

Es Jesús el que nos está invitando a que vayamos a comer con El y con todos los que El sienta en su misma mesa

 


Es Jesús el que nos está invitando a que vayamos a comer con El y con todos los que El sienta en su misma mesa

 Romanos 1,16-25; Sal 18; Lucas 11,37-41

‘Ven a comer a casa’, seguramente nos habrá invitado de forma inesperada alguien alguna vez; quizás quería hablar con nosotros, ofrecernos un signo de amistad y de respeto, fue tras un momento de encuentro inesperado en que se reavivaron viejos recuerdos, muchas y diversas motivaciones para esa invitación, a la que aceptamos gustosos. Ocasión para la reactivación de una vieja amistad, ocasión para un mutuo conocimiento del que nacerá quizás un nuevo aprecio, no queremos ver dobles intenciones ni andar con desconfianzas, aunque siempre hay gente desconfiada queriendo mirar lo que pueda haber detrás de esa invitación.

Bueno, eso fue lo que sucedió en aquel momento, en que después de haber estado Jesús enseñando a la gente aquel fariseo se le acercó para invitarlo a comer a su casa. No solo comía Jesús con publicanos y pecadores, sino que le veremos en distintas ocasiones comiendo en casa de fariseos o de gentes principales de la ciudad.

Jesús conocía muy bien los protocolos que se gastaban los fariseos a la hora de las comidas – aunque algunas veces los veamos a empujones queriendo escoger los mejores puestos alrededor de la mesa a la hora de la comida – sobre todo en referencia a las purificaciones y lavados de manos antes de sentarse a la mesa. Pero vemos que Jesús ahora se los salta, aunque sabía bien que los comensales andaban al acecho. ‘El fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer’, nos comenta el evangelista.

Jesús era consciente de ello, aprovecha la oportunidad para dejarnos su mensaje. ¿Qué es lo verdaderamente importante? ¿Dónde podemos encontrar lo que nos llena de impureza y de pecado? ¿Simplemente en dejar de lavarse las manos antes de comer? Ya será un mensaje que nos repite el evangelio en distintas ocasiones. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad…’ ¿No os importa estar peleándoos por los puestos de honor en la mesa, con lo que eso entraña de violencia y mala convivencia, y andáis preocupados por lavaros las manos? Muy brillante la copa y el plato por fuera, pero dentro la malicia del corazón.

¿De qué en verdad tenemos que preocuparnos? De aquello que va a llenar de maldad la vida, de aquellas actitudes y posturas con las que vamos rompiendo la convivencia con los demás, de lo que nos impide tener paz dentro de nosotros para que podamos tener paz también con los demás, de ese egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y de esos orgullos que nos aíslan y que nos separan, o de esas sospechas y malas intenciones con que discriminamos a los que están a nuestro lado, de esa vanidad que crea una falsa aureola a nuestro alrededor y que nos impide acercarnos con sencillez a los demás o que pone barreras para que los otros puedan acercarse a nosotros. Son las cosas que en verdad hacen impuro nuestro corazón.

De eso es de lo que tenemos que lavarnos, de lo que tenemos que purificarnos. Para podernos sentar a la misma mesa lo que necesitamos esta apertura y esa pureza del corazón para que se logre lo que un banquete tiene que en verdad significar. Sentarnos a la mesa, no es solo comer unos alimentos, sino entrar en comunión con los demás, con los que están sentados al lado nuestro. Qué mal lo pasaríamos sentados en una misma mesa si no queremos conocernos y entrar en comunión los unos con los otros.

Qué triste es que se vea una aislado y solo cuando está sentado a la misma mesa con otras personas. Es lo que muchas veces estamos reflejando en la vida. Y cuidado que cuando nos sentamos a la mesa del Señor, en la Eucaristía, permitamos que haya personas que están solas, personas que no se sienten a gusto en aquel momento porque no han entrado en comunión con aquellos que están celebrando la misma Eucaristía.

¿Nos estará invitando Jesús a que vayamos a comer con El? ¿Cuáles serían las verdaderas actitudes para aceptar esa invitación del Señor?


lunes, 11 de abril de 2022

Sentémonos hoy en Betania a la mesa con Jesús y que lo que allí sucede y contemplamos nos ayude a prepararnos para sentarnos a la cena pascual

 


Sentémonos hoy en Betania a la mesa con Jesús y que lo que allí sucede y contemplamos nos ayude a prepararnos para sentarnos a la cena pascual

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11

Una cena en Betania; no es la cena pascual porque aun faltan seis días para la pascua; pero por lo que allí sucede sin ser cena pascual tiene connotaciones de pascua. Hay un recuerdo y una gratitud. Allí está Lázaro el que había sido resucitado hace pocos días, lo que motivaba que también hubiera mucha gente que había venido a ver a Lázaro.

Pero están Marta y María; Marta como siempre afanada en los preparativos de la cena, parece que ella no podía esta de otra manera; pero de nuevo a los pies de Jesús María. Si un día se había puesto a los pies de Jesús para escucharle, ahora quería mostrar las pruebas de su amor. Había comprado un perfume de nardo muy caro y lo había derramado a los pies de Jesús.

Era parte de la hospitalidad el ofrecer al huésped por parte del dueño de la casa agua y perfume; eran sus purificaciones rituales, pero algo muy normal en un pueblo que tenía su origen en un pueblo de beduinos dedicados al pastoreo en los campos, al regresar era normal el agua y el perfume. Ahora aquel perfume envolvía con su aroma toda la casa.

Contemplando este episodio yo querría ser uno de los participantes en aquel banquete y sentarme también a la mesa con Jesús en aquel hogar tan acogedor de Betania. Seamos uno más de los comensales, no en vano esta comida va a servir como preparación de alguna manera para la inminente cena pascual donde también queremos estar. Vamos a dejarnos llevar por los hechos y los acontecimientos que se van sucediendo. Pensemos cómo vamos a intervenir también.

Está esa mujer desinteresada y generosa con un corazón lleno de amor. Nos recordará siempre otro episodio narrado por otro evangelista, que muchas veces nos lleva a la confusión. Pero en uno y otro caso lo que lo mueve todo es el amor. Un amor hecho arrepentimiento en lo sucedido en la casa de Simón el Fariseo con aquella mujer pecadora, y ahora un amor hecho gratitud porque se habían contemplado los maravillas de Dios. ¿Cuánto perfume estaríamos nosotros dispuestos a derramar en los pies de Jesús? Perfume y lágrimas, porque nos sentimos tan indignos de sentarnos a la mesa con Jesús, que casi más bien tenderíamos a ocultarnos donde pasáramos desapercibidos. Pero ¿no podemos pensar acaso que tendríamos que hacernos notar de alguna manera?

Por allá surgieron los calculistas interesados. Aquel perfume se podía haber vendido por trescientos denarios. Una cantidad considerable que también nos podrá pasar por la mente si era o no era necesario, el gastarlo así. El interés de quien llevaba la bolsa del grupo de los discípulos que acompañaban a Jesús, ya nos dice el evangelista que le gustaban los dineros, de los que era fácil apropiarse. Su aparente interés por los pobres ocultaba otros intereses más nocivos. ¿Pudiéramos sentir nosotros también en nuestro corazón la tentación del raquitismo? Pudiera faltarnos quizá generosidad para dar no unos bienes materiales sino algo más importante, poner a tope nuestra vida en la actitud de servicio.

Pero por los alrededores de la mesa andaban los curiosos a los que solo les movía lo espectacular que había sucedido con la resurrección de Lázaro, pero estaban también aquellos que andaban maquinando contra Jesús; también a Lázaro querían quitar de en medio. Mira lo que queda aun en el corazón que tendríamos que purificar para poder llegar a sentarnos en la mesa de la cena pascual. Con apariencia de algo bueno y bonito, quizá seguimos ocultando miserias en nuestros corazones.

Nos hemos querido sentar a la mesa del banquete pero que no sea solamente desde ese sentirnos llamados por cosas espectaculares, por cosas que brillan como oropeles, pero que no son en verdad el tesoro que ha de llenar nuestro corazón. Cuidado que para muchos la celebración de la pascua se pueda quedar en esos aspectos, mucho brillo, muchas luces, muchas flores, mucha espectacularidad, muchas lágrimas emotivas también, pero que no van realmente buscando el encuentro con el Señor. ¿En qué se nos quedarán muchas de las cosas que hacemos en nuestras celebraciones pascuales?

Como decíamos esta cena de Betania sin ser la cena pascual tenía ciertas connotaciones pascuales, porque como diría Jesús en aquel perfume con que fueron ungidos sus pies había un adelanto de lo que habría de ser su sepultura. Sentémonos hoy en Betania a la mesa con Jesús y que eso nos ayude a prepararnos para la cena pascual.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el corazón


 

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el corazón

 Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

¿Qué es lo que pasa ahí hay tanta gente? Quizás alguien pregunta cuando ve que mucha gente acude a una casa determinada o quizás a un salón que se ha habilitado al efecto. Es que vino un familiar que hacía años que emigró y a su venida los familiares y amigos han querido darle una sorpresa y se han reunido todos para una comida. Aquella comida era algo más que el tomar unos alimentos para satisfacer unas necesidades primarias como es la alimentación de nuestros cuerpos.

Algo más se está alimentando en aquel encuentro, porque es la alegría de los parientes que se reúnen, los amigos que se reencuentran, la sorpresa como señal de alegría y afecto que se quiere dar al familiar o amigo con quien tantos años no hemos podido convivir. Son muchas las cosas que se alimentan con un encuentro así. Es algo que hacemos bastante habitualmente sin que sea necesario algo extraordinario como lo que nos ha servido de base para el inicio de esta reflexión. Algo que tiene un significado hondo en el camino de la vida que vamos haciendo.

Nos puede valer esta imagen y comparación también para hablarnos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia; en muchas ocasiones en el evangelio lo vemos comparándolo con un banquete, o aparecerá la imagen del banquete como culminación de lo que va a ser esa vida nueva que en Cristo vamos a encontrar. Son por una parte las parábolas que nos ofrece Jesús – banquete de bodas o banquete que prepara el padre para el pródigo a la vuelta -, o serán los signos que va realizando como el que hoy nos ofrece el evangelio, pero será el gran signo final de la Eucaristía donde Cristo mismo se nos dará en su Cuerpo y en su Sangre para que le comamos y nos alimentemos de El. Ya lo había anunciado el profeta tal como escuchamos hoy a Isaías en la primera lectura. ‘Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera…’

Hoy nos dice el evangelio que ‘Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él…’ Pero ya a continuación el evangelista nos dice que acudió mucha gente que quería escucharle, pero que le traía también a sus enfermos para que El los curase. Jesús siente compasión y los cura, pero Jesús ve algo más allá en aquella multitud hambrienta de su Palabra y de la salvación que El pueda ofrecerles que le sigue.

Por eso, como una imagen, como un signo de lo nuevo que Jesús quiere ofrecernos siente compasión porque aquella gente está sin comer desde hace días que le siguen. ‘No quiero despedirlos en ayunas para que no desfallezcan por el camino’, les dice Jesús a sus discípulos más cercanos que ya se andan preguntando ‘¿de dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?’

Pero Jesús quiere contar con ellos, con lo que son y con lo que tienen, con su nada y con su pobreza, con sus interrogantes y con sus búsquedas aunque ahora parezca que son solo búsquedas de lo material. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Vaya pregunta, si solo tienen siete panes y algunos peces. Para Jesús es suficiente que pongan a disposición aquello poco que son, aquello poco que tienen. El amor, se suele decir, hace milagros. Y si allí había amor, y no podemos dudar que en Jesús lo había que sentía compasión por aquella gente, el milagro se realizará.

¿Cuál sería el milagro más importante de aquella tarde? Normalmente decimos la multiplicación de los panes y de los peces, porque incluso llegó a sobrar. ¿Pero aquello no era signo de algo más? ¿Qué podía significar aquella comida que ahora si, casi de forma imprevista, tuvo toda aquella multitud aquella tarde en el descampado? Es lo que tiene que hacernos pensar. ¿Qué es lo que significa nuestro encuentro con Jesús y el escuchar la buena nueva de su evangelio? Esa comida y ese banquete que Jesús nos está ofreciendo ¿no será signo de algo más profundo que se tiene que realizar en nosotros, pero también en nosotros en relación con los demás?

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber que hacer porque quizá ni nosotros mismos tenemos claro en nuestro corazón lo que deseamos o lo que podemos hacer. Pero si venimos con esa disponibilidad para el encuentro y para la escucha, si venimos poniendo algo de generosidad en nuestro corazón, si venimos incluso reconocimiento nuestras limitaciones o esas enfermedades que están afectando a nuestro espíritu, en Jesús vamos a encontrar un banquete nuevo, una nueva comida, un nuevo sentido de vida, un nuevo camino que se va a abrir delante de nosotros. Dejemos actuar a Jesús con esos pocos panes de nuestra vida y veremos las maravillas de Dios.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?



No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22;  Mateo 15, 29-37
Comer, alimentarnos es una de las necesidades básicas de la vida. Necesitamos del alimento porque es la energía que nos hace mantenernos vivos. Y no vamos a abundar aquí y ahora en lo de la alimentación adecuada y equilibrada que tanto se nos repite por todas partes, pero aquel que tiene carencias en su vida en sus necesidades básicas buscará el alimento que sea donde pueda encontrarlo. Poder alimentarnos es una satisfacción importante de la que todos tendríamos que poder disfrutar.
Pero bien sabemos que la comida puede significar mucho más, porque es ocasión de encuentro con los otros y algo que nos motiva y nos lleva a la unión y a la comunión cuando hacemos la comida en común y puede ser signo de alegría y de fiesta; cuando celebramos algo que nos llena de alegría y queremos compartir esa alegría con los demás comemos juntos y la comida se convierte en fiesta. Muchas más cosas podríamos reflexionar siguiendo por ese camino.
Entre los anuncios que se hacen para los tiempos mesiánicos están precisamente los signos del festín, de la comida de fiesta a la que todos están invitados, como nos habla hoy el profeta. ‘En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados’. Se acabarán los lutos y los sufrimientos, todo será alegría y fiesta en una vida nueva. Es el encuentro, es la nueva comunión entre todos, es el signo de ese mundo nuevo que se llamará el Reino de Dios.
Y Jesús realiza esos signos con todo su sentido profético, pero también como señal de que ese mundo nuevo ha llegado. Hoy el evangelio habla de las multitudes hambrientas que siguen a Jesús; hambrientas de su Palabra, acuden a escucharle de todas partes porque en Jesús renace la esperanza en los corazones; hambrientos con sus necesidades y problemas, siempre vemos en esas multitudes corazones atormentados, cuerpos rotos, sufrimiento y dolor desde sus imposibilidades físicas, pero también desde la insatisfacción que hay en sus corazones.
‘Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel’, nos dice el evangelio.
Pero Jesús realiza un nuevo signo también de profundo sentido mesiánico. La multitud está hambrienta porque llevan muchos días con Jesús, están en descampado, no tienen que comer. ‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’.
Allí en despoblado no hay donde buscar panes para tantos, como dicen sus discípulos ante el comentario de Jesús pero aparecerá alguien que tiene cinco panes y dos peces y que los pone a disposición. ‘¿Qué es eso para tantos?’ Cuando hay amor no importa lo pequeño sino la disponibilidad que nace de ese amor. Y el milagro se realiza. Comerán todos y sobrará.
Es la señal del Reino. Es el encuentro y el compartir que al final se convertirá en fiesta. Ojalá supiéramos irlo haciendo por la vida. No hace falta mucho, no hacen falta muchas cosas sino lo que hace falta es mucho amor. ¿Seremos capaces nosotros de ponerlo para que se realicen también entre nosotros las señales del Reino? Un buen pensamiento que nos puede ir acompañando en este camino de Adviento que estamos haciendo. Y la vida será un festín.




viernes, 6 de julio de 2018

Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros


Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros

Amós 8,4-6.9-12; Sal. 118; Mateo 9,9-13

¿A quien sentamos a nuestra mesa? Lo normal es que sea alguien con quien sintonizamos, nuestra familia, nuestros amigos, las personas más cercanas a nosotros. Así lo vamos haciendo en la vida desde siempre con toda naturalidad y nadie nos puede decir nada porque escojamos a aquellas personas con las que compartimos mesa. Hacemos fiesta en casa porque celebramos algún acontecimiento personal o familiar, y allí estamos rodeados de nuestra familia, de nuestros amigos; un día nos encontramos con un amigo al que hace tiempo que no veíamos, un antiguo compañero de estudios, alguien que vivió a nuestro lado pero que las circunstancias de la vida quizás haya llevado lejos y entre las muestras de afecto que manifestamos nos decimos que vamos a tomar algo juntos. Invitamos a nuestros amigos y ellos nos invitan a nosotros y así entramos en un círculo del que parece difícil salir.
Pero ¿nos atreveríamos a romper ese círculo? Compartir una mesa es algo más que tomar un necesario alimento que nutra nuestro cuerpo. Sentarnos juntos alrededor de una mesa y compartiendo una comida es también dejar que se nutra nuestro espíritu; compartimos amistad y afectos, compartimos ilusiones y esperanzas, pero compartimos también nuestras preocupaciones, nuestros problemas, nuestras angustias. Es compartir una vida.
Pero ¿no habrá alguien cerca de nosotros que esté hambriento de tener con quien compartir? Vamos por la vida encerrados en nosotros mismos o solamente en los nuestros, esos que por afecto tenemos más cercanos, que se desenfoca nuestra visión para no ser capaz de ver quienes están cerca de nuestro camino y con quien también podríamos compartir. Nuestra insensibilidad parte algunas veces de ese ensimismamiento en que vamos por la vida quizá pensando solo en nuestras cosas, pero también hemos de reconocer que muchas veces hacemos consciente o inconscientemente discriminaciones con los que nos rodean.
Hay quien no nos cae bien y ya para siempre lo apartamos; alguien un día nos molestó por algo, y ya para nosotros como si no existiera; personas que por su aspecto o apariencia, porque son distintos o porque son quizá de otro lugar o color de piel, y con ellos no nos queremos mezclar. Y vamos haciendo prevenciones en nuestro interior con quien queremos andar y a quienes queremos dejar a un lado en la vida. Nos llenamos de prejuicios, aceptamos cualquier cosa que nos digan en contra de los demás y así vamos andando por la vida.
Pero ¿nos hemos parado a hablar alguna vez con esas personas? ¿Sabemos realmente lo que piensan o como son? ¿Qué conocemos de sus aspiraciones o de sus inquietudes? No los conocemos y los juzgamos y quizás tengan más nobleza en su corazón que nosotros. Decíamos antes que tenemos que romper el círculo que nos encierra para saber abrirnos a los demás y poder llegar a compartir con más gente no solo nuestra mesa sino nuestra amistad.
Alguien podría decirme quizá que a qué viene esta reflexión que no parece que tenga que ver con el evangelio que hoy se nos propone. Es cierto que habla de la vocación de Mateo, un publicano. Pero ya hemos visto que por allí había quien se preguntaba cómo era posible que Jesús metiera en el círculo de sus amigos a un publicano y se sentara a la mesa a comer con ellos. Es de lo que venimos hablando. Jesús rompe el círculo, y lleva consigo a un publicano, que tan despreciado era por la gente de su tiempo. Y aquel publicano de entonces es el que nos ha trasmitido el evangelio de Jesús, ‘el evangelio según san Mateo’.
Jesús viene a buscar a todos y a contar con todos. Jesús busca el corazón de las personas para que se dejen transformar por el amor. Es el medico que viene a curar a los enfermos, que viene a curar nuestros corazones. Y Jesús quiere contar también con nosotros, que también somos pecadores, enseñándonos como nosotros debemos saber contar con todos y ser capaces de sentar a nuestra mesa, a la mesa de nuestra vida, a muchos más que nuestros amigos o personas cercanas a nosotros.

domingo, 3 de junio de 2018

La procesión del Corpus tiene que ser el compromiso de querer llevar siempre a Cristo con nuestro amor y con el testimonio de una vida comprometida a ese mundo que nos rodea


La procesión del Corpus tiene que ser el compromiso de querer llevar siempre a Cristo con nuestro amor y con el testimonio de una vida comprometida a ese mundo que nos rodea

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12. 16. 22-26

Ya todos sabemos que una comida básicamente es la forma de tomar el alimento que necesita nuestro cuerpo para vivir, siendo una necesidad básica y fundamental para nuestra existencia, de manera que si no comemos morimos, pero también entendemos que una comida puede tener muchos significados en ese encuentro con las personas, cercanas o lejanas con lo que se convierte en cierto modo en celebración de muchos acontecimientos de nuestra vida.
Nos gozamos en nuestro amor y amistad con los demás y de alguna manera lo celebramos comiendo juntos que viene a ser mucho más que compartir unos alimentos. Disfrutamos de esa comida que se convierte en algo especial para nosotros en ese encuentro con el otro, pero compartimos mucho más que los alimentos por muy ricos que sean; será el momento de hablar, de recordar, de comunicarnos, de revivir muchas cosas, de amasar más profundamente esa amistad. ¿Cuándo nos volvemos a encontrar y comer juntos? Terminaremos expresando.
Celebraciones y conmemoraciones de acontecimientos de nuestra vida que hacen historia de nosotros las festejamos con una comida; será un cumpleaños o un aniversario, será el recuerdo de un acontecimiento que fue importante para nosotros o para nuestra familia, serán incluso momentos de nuestra historia patria, serán los momentos de alegría y de fiesta que tenemos en el transcurso del año en la vida de nuestros pueblos, será la alianza, contrato o compromiso que hacemos o tenemos con otras personas incluso dentro de la marcha de nuestras tareas o realizaciones laborales, así tantos momentos en que tomamos algo juntos, nos tomamos una copa o compartimos una comida.
Y todo esto no es solo en lo que es nuestra vida personal, familiar o social de relación con los otros sino que en lo más profundo de nosotros mismos, en el ámbito de la fe y de nuestras relaciones con Dios tenemos también esos mismos signos que alimentan nuestra fe y el devenir de nuestra vida religiosa y de nuestra vida cristiana. No es momento de entretenernos excesivamente para recordar cuantos textos de la Biblia tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento nos aparece repetidamente esa imagen de la comida y del banquete.
Quiso Jesús dejarnos como el gran signo del Reino el Banquete de la Eucaristía. Lo había anunciado repetidamente Jesús cuando nos proponía las parábolas que nos hablaban de un banquete de bodas para hablarnos del signo del Reino de Dios. Alegría, fiesta, encuentro, conmemoración, compromiso, alianza son características de ese Reino construido en la justicia y en el amor y que bien se expresan en ese banquete de bodas de las parábolas.
Aunque marchemos por las cañadas oscuras de la vida el preparará para nosotros la mesa del banquete, como el pastor que prepara el alimento de su rebaño. Y a quienes hemos sido fieles en el camino nuevo del amor en el sentido del Reino nos invitará a que pasemos al banquete preparado para nosotros desde la creación del mundo.
Pero no va a ser un banquete cualquiera donde manifestemos todos esos signos del Reino nuevo de Dios porque será el mismo Jesús el que se nos de cómo comida y como alimento de vida eterna. Ya nos había anunciado que quien comiese su Carne y bebiese su Sangre nos resucitaría en el último día, porque su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida y el que lo coma vivirá por El.
Hoy nos recuerda el evangelio que en aquel primer día de la pascua, cuando se sacrificaba el cordero pascual, los discípulos le preguntan que donde han de preparar la cena pascual. Les da Jesús unas indicaciones concretas para que encuentren aquel lugar en aquella sala alta que le facilita quien quizá sea un pariente del Señor y allí preparan la cena pascual.
No va a ser una cena de pascua más donde coman aquel cordero sacrificado. Va a ser una cena pascual especial porque comienza una nueva pascua, la Pascua Nueva y Eterna, la Pascua de la Nueva Alianza, la que ha de durar para siempre. Jesús es el Cordero Pascual inmolado, como ya lo había señalado el Bautista como el Cordero que se sacrificaba para el perdón de los pecados. Por eso cuando Jesús toma aquel pan y pasa la copa del vino les dirá que aquello es su Cuerpo y que aquella copa es la Copa de su Sangre, la Sangre derramada para la nueva y eterna Alianza.
Es la Pascua, es la hora de la entrega y del Sacrificio, es la hora en que se va a derramar sobre nosotros aquella Sangre que cae de la Cruz del Calvario por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Es su Cuerpo entregado, es su Sangre derramada, es la hora de la Salvación, es la hora en que quiere que le comamos en este Banquete Nuevo del Reino que ha instaurado para nosotros. Es el Cuerpo entregado y la Sangre derramada que seguiremos comiendo y bebiendo a través de todos los tiempos porque nos dice que eso lo hagamos en conmemoración suya para siempre. Ha instituido Jesús la Eucaristía, el gran signo de su amor y de su presencia, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Y esto es lo que hoy la Iglesia celebra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Sí, es cierto, cada día, cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando este banquete pascual. Pero la piedad de la Iglesia en el transcurso de los siglos quiso hacer esta fiesta especial donde queremos proclamar públicamente también en nuestras calles y en nuestras plazas nuestra fe en Jesús Eucaristía. Nos salimos hoy de nuestros templos, nuestras calles, nuestras plazas, nuestros pueblos que se adornan de fiesta y manera especial porque queremos llevar a Cristo mismo en el Sacramento en nuestras procesiones, pero que tienen que ser signo de mucho más.
No es solo hoy con una procesión cuando tenemos llevar a Cristo a nuestro mundo. Es el compromiso de cada día de la vida del cristiano. Con nuestra fe, con nuestro amor, con nuestra vida comprometida en el amor cada día tenemos que llevar a Cristo a los demás. Si no unimos este compromiso que hemos de vivir cada día con esta procesión que hoy celebramos algo nos está fallando. Por eso quizá muchas veces esta procesión se puede quedar en algo frió y ritualista al que le falta el calor de una fe comprometida.
Con nuestra procesión de hoy y con toda esa manera maravillosa de adornar nuestras calles para el paso de Cristo en la Eucaristía estamos expresando el compromiso que cada día queremos vivir. Adornamos hoy nuestras calles, pero es que cada día tenemos que adornar a nuestros hermanos con nuestro amor, cada día tenemos que seguir repartiendo ese amor comprometido con todos, pero de manera especial con los que sufren en sus necesidades y carencias de cualquier tipo.
Aquello que decíamos que venia a significar un banquete o una comida en todas esas experiencias humanas que vivimos, lo tenemos que reflejar también en lo que ha de significar para nosotros el Banquete de la Eucaristía. Conmemoramos y hacemos memoria de la Pascua y de la entrega de amor de Jesús por nosotros. Pero expresamos nuestra amistad y nuestra cercanía, nuestra comunión de amor y nuestro compromiso que queremos expresar y vivir juntos por hacer un mundo mejor, cantamos la alegría de nuestra fe y de sentirnos amados y salvados por el Señor, y nos alimentamos de la vida, de la gracia, de Cristo mismo que se nos da para ser nuestro alimento, nuestra fuerza y nuestra vida. No es solo un recuerdo sino que es un memorial porque en El hacemos presente el sacrificio de Cristo, el Cordero que quita el pecado del mundo.
Que esta fiesta de hoy nos ayude a darle siempre verdadero y profundo sentido a nuestras Eucaristías.

martes, 7 de noviembre de 2017

El encuentro en torno a una mesa de amigos nos llena de alegría, nos hace revivir momentos vividos o soñar en un camino que se quiere seguir haciendo y es un signo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia

El encuentro en torno a una mesa de amigos nos llena de alegría, nos hace revivir momentos vividos o soñar en un camino que se quiere seguir haciendo y es un signo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia

Romanos 12, 5-16ª; Sal 130; Lucas 14, 15-24

La experiencia que se suele de tener de una participación en una comida suele ser buena. Y no es porque simplemente busquemos ricos manjares, sino por el ambiente de cordialidad, de cercanía, de amistad que se suele vivir en esas ocasiones.
Ya sea una comida familiar donde se reúnen los hijos con los padres, se encuentran de nuevo los hermanos, participan también las nuevas generaciones que van surgiendo en los nietos y en todos los que van formando parte de la familia; ya sea en un encuentro de amigos y compañeros bien sea que habitualmente se vean y relacionen, o sea un motivo que se busca para reunirse de nuevo quienes por las circunstancias de la vida se encuentran mas alejados pero que vuelven a reencontrarse; ya sea entre compañeros de trabajo que en ocasiones especiales se reúnen desde la camarería que se vive en el lugar de trabajo, o ya sea por alguna efemérides especial de cualquiera de los participantes, cumpleaños, algún aniversario especial.
Es la alegría del encuentro, es el recuerdo de momentos vividos, es el sueño de un camino que se quiere seguir haciendo, es el cariño y la amistad compartida que no se apaga; se echan de menos los que faltan, los que no han podido participar, o se recuerda con cierta añoranza quizás a los que no han querido participar. Son momentos que nos llenan de vida, que nos dan fuerzas para seguir adelante, que nos hacen ver los pasos recorridos en la vida; son muchas las sensaciones hermosas que se pueden sentir.
Por eso quizá en el evangelio veremos que con frecuencia Jesús para hablarnos del Reino de Dios nos presenta la imagen de un banquete, en la forma que sea, una boda, el reencuentro del hijo perdido, la alegría por el encuentro con Jesús, las invitaciones de los que aprecian a Jesús y lo acogen en sus casas, la gratitud por las maravillas que ven realizar a Jesús, son algunos de los momentos que vemos reflejados en el evangelio.
Y Jesús nos propondrá parábolas en las que nos indicará como todos estamos invitados a ese banquete, a ser capaces de dar en la vida de esas señales del Reino de Dios que se nos manifiestan en los valores que apreciamos en un banquete. Pero en las parábolas de Jesús, como la que hoy se nos propone con el evangelio de san Lucas también nos refleja la actitud y la respuesta negativa que nosotros manifestamos o damos en ocasiones.
Sabían bien lo que podía significar aquel banquete que el rey ofrecía con motivo de la boda de su hijo, pero vemos como muchos invitados rehúsan de alguna manera a participar en dicha comida. Se van a sus cosas, pretenden pensar que en otras cosas y lugares podrían pasarlo mejor, no quieren aceptar la generosidad de quien les ofrece la oportunidad de vivir momentos buenos y agradables. Se van a sus cosas, ofrecen disculpas carentes de sentido y de valor.
Nos está retratando. Sabemos bien de toda la bondad que significa vivir en los valores que nos ofrece Jesús en el Reino de Dios. Muchas veces, en muchas ocasiones hemos saboreado en la vida todas esas cosas buenas de la amistad, de la cordialidad, de la cercanía de los demás, del camino de felicidad por el que nos lleva Jesús cuando en verdad queremos escucharle y poner en práctica su palabra. Pero preferimos nuestros caminos, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras ambiciones personales que nos absorben el sentido para no hacernos ver lo que verdaderamente es bello y bueno, nuestros egoísmos y endiosamientos para no bajarnos de nuestros pedestales, o porque no queremos compartir con los demás lo bueno que puede haber en nuestra vida.
Pero de una cosa estamos seguros, el Señor sigue llamándonos, sigue buscándonos por todos los caminos y por todas las plazas de la vida donde nos hayamos dispersado, el Señor sigue con las puertas abiertas para que entremos a su banquete, para que formemos parte de ese Reino de Dios. Y nos dice también ‘dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios’.