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miércoles, 5 de agosto de 2026

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 


Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad

 Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13;Mateo 15, 21-28

‘¡Ayúdame!’ ¿Lo habremos escuchado alguna vez? Como recurso fácil enseguida pensamos en el amigo que se ve en apuros y que no sabe a quien acudir y cuando nos encuentra, quizás con mucha vergüenza en su cara, nos cuenta su situación. Pero sabemos ciertamente que de una forma u otra lo hemos escuchado muchas veces; quizás íbamos ensimismados repasando la lista de las cosas que vamos a comprar y a la puerta del supermercado nos cruzamos con alguien que nos está tendiendo una mano o en un cartelito nos habla de los hijos pero ante quien pasamos de largo sin detenernos a prestar atención; a la puerta de la Iglesia está quizás el inmigrante de siempre pero al que esquivamos para no tropezar porque ya vamos tarde para misa.

Escuchamos, y de eso sabemos mucho en nuestras islas de las pateras que continuamente llegan a nuestras costas y que con una mirada de esperanza porque ya cruzaron el mar nos están mirando pero que pronto puede convertirse en dolor y desilusión por quienes se quedaron en el mar o porque ahora no encuentran lo que tanto esperaban. ¿No nos están diciendo ¡ayúdame! esos miles que llegaron estos días a Ceuta, - y dejemos a un lago connotaciones y críticas políticas - y que muchos poco a poco han tenido que regresar por donde vinieron porque no encontraron ni un trozo de pan que llevarse a la boca?

‘¡Ayúdame!’ ha sido el grito que hemos escuchado en el evangelio en aquella mujer y madre cananea que va detrás de Jesús gritando porque tiene una hija muy enferma – poseída por un espíritu inmundo en la concepción de la enfermedad que entonces se tenía – y que parece no escuchar respuesta. Hasta los discípulos le dicen a Jesús que la atienda para que no les moleste más.

Aparecen una consideraciones que vienen a poner a prueba la fe de aquella mujer que vienen quizás a reflejar las consideraciones o las disculpas que nosotros nos hacemos o ponemos cuando vemos esa mano tendida a nuestro lado. Al final Jesús se admira de la fe de aquella mujer, que está hablando y suplicando desde un corazón dolorido, que está hablando y suplicando desde un corazón de madre que sufre en la situación en que se encuentra su hija, que está hablando desde ese mundo de distancias y discriminaciones en que tantas veces nos vemos envueltos; son, podríamos decir, los zapatos que lleva en sus pies cuando se acerca a Jesús, pero es también la fortaleza que le da la fe para creer y para confiar, para sobreponerse a lo que parece un camino lleno de obstáculos, a poner toda su confianza en quien ella sabe que la va a escuchar y ofrecerle el pan de los hijos.

Creo que aquí hay una hermosa lección para nuestra vida, para que aprendamos a superar esas prevenciones con que tantas veces vamos a caminando por la vida que nos hace desconfiados, que nos endurece el corazón y nos insensibiliza; a nosotros con nuestros zapatos de la comodidad nos resulta fácil el camino, pero tenemos que ponernos en los zapatos de esos que nos están tendiendo una mano, que los tenemos a las puertas de nuestros establecimientos y de los que pasamos de largo, que llegan a nuestras costas tras infames travesías y habiendo dejado atrás sus seres queridos en sus particulares situaciones y su tierra, o que llegan a nosotros de la manera que sea. ¿Seremos capaces de ponernos en sus zapatos de su pobreza y su miseria, de sus sufrimientos y soledades?

Somos nosotros los que hemos de comenzar a recuperar nuestra fe que nos lleve a la confianza en las personas, a despertar una nueva sensibilidad en nuestros corazones, a poner más compromiso de amor con ese mundo que queremos hacer mejor, a darle todo el valor de su dignidad como personas a sea quien sea el que llegue a nuestro lado. Este evangelio de la cananea nos dice mucho.


sábado, 8 de marzo de 2025

La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

 


La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

El que se cree satisfecho de todo no se sentirá en la necesidad de pedir ayuda, quien cree tenerlo todo nunca se sentirá pobre para pedir remedio para una necesidad que cree no tener, quien va con el estómago lleno no sentirá hambre y no pedirá comida, quien se cree sabio – y mira que digo que se cree sabio, no que sea sabio – no dejará que nadie le enseñe y le abra a otras dimensiones. ¿Nos creeremos nosotros satisfechos de todo porque todo tenemos y tan saciados que no aspiremos a mejores alimentos?

Creo que esta es una dimensión en la que nos está haciendo pensar el evangelio hoy. Parte el evangelista del hecho de la llamada de Jesús a Leví, que estaba en su mostrador de impuestos y Jesús le invita a seguirle. La decisión de Jesús y la respuesta de Leví fue un motivo de gozo y de que este hombre hiciera un banquete con Jesús y sus discípulos pero también con sus antiguos amigos y compañeros de profesión.

Leví era publicano, recaudador de impuestos con todo lo que esa profesión llevaba parejo en el mundo económico, y lo mismo eran considerados los compañeros de profesión. Pero por una parte desde ser considerado un colaboracionista con los romanos que detentaban el poder y el peligro de la usura con todas sus variantes que acompañaba a esta profesión, por parte de los judíos de forma despreciativa los llamaban publicanos y pecadores. Los que se consideraban puritanos con ellos no querían tener ninguna relación.

De ahí surge el comentario que hacen los fariseos porque Jesús comía con publicanos y pecadores; son las suspicacias que pretenden sembrar en los discípulos con sus comentarios. Pero ¿necesitan de médico los que están o se consideran sanos? Es lo que Jesús en su respuesta quiere hacerles ver. El no ha venido para santificar a los que ya se consideran justos, Jesús ha venido como salvador para los pecadores. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es lo que necesitamos reconocer. Hambrientos que tenemos hambre y pedimos qué comer. Pecadores que necesitamos de la misericordia y del perdón. Es algo primordial aunque sabemos que nos cuesta reconocer. Siempre decimos que no tenemos pecado, que no tenemos culpa; siempre buscamos una disculpa para nosotros y alguien a quien culpabilizar. Por ahí tenemos que comenzar. De lo contrario, ¿de qué es lo que nos vendría a salvar Jesús si lo proclamamos nuestro Salvador?

No pueden ser palabras que repetimos sin más como aprendidas de memoria. Lo decimos y repetimos una y mil veces pero en el fondo de nuestro corazón no nos sentimos necesitados de su gracia, de su misericordia y de su perdón. Es la rutina en la que vamos cayendo, es el formalismo con que hacemos las cosas, pero es la falta de sinceridad de nuestro corazón, pero porque no nos miramos nuestro corazón, no queremos reconocer nuestras debilidades.

Qué fácil es decir que vivimos en un mundo pecador, o con qué ligereza hablamos de los demás como pecadores que tienen que convertirse, pero no somos capaces de reconocer que somos nosotros los primeros que necesitamos esa conversión. Son pecadores los de fuera, los que no vienen, pensamos tantas veces, y nos parecemos a los fariseos que juzgaban a los demás porque eran pecadores y juzgaban a Jesús y sus discípulos porque comían con los pecadores.

En nuestras celebraciones litúrgicas muchas veces de una forma y de otra estamos diciendo ‘Señor, ten piedad… ten misericordia de nosotros… atiende nuestras súplicas…’ pero, ¿realmente nos estamos sintiendo pecadores necesitados de esa misericordia del Señor? Tenemos que ser más congruentes con las palabras que pronunciamos, ser más auténticos en las palabras que decimos.

Quien ha pasado por malas situaciones en la vida, quizás como consecuencia de sus errores y fallos, cuando ha encontrado comprensión y misericordia en los demás para perdonarnos y para aceptarnos, realmente se tiene que sentir transformado por esa experiencia de misericordia que ha sentido en su vida y todo a partir de entonces va a ser nuevo y distinto.

Vivamos con intensidad esa experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida, porque realmente nos sentimos necesitados de esa misericordia, y seguro que a partir de ese momento nuestra vida va a ser bien distinta, disfrutaremos de una paz nueva en el corazón, pero al mismos tiempo seremos capaces de regalar ternura y comprensión a los que caminan a nuestro lado en sus debilidades, porque débiles un día nos sentimos. Es lo que vivió Leví tras su encuentro con Jesús y por lo que hizo fiesta en aquel banquete en que invitaba a sus amigos.

jueves, 23 de enero de 2025

Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

 


Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

Hebreos 7,25–8,6; Salmo 39; Marcos 3,7-12

Confieso que a mí no me gusta meterme en aglomeraciones de personas donde te sientes estrujado por todas partes, parece que no puedes dar un paso sin tropezarte con alguien que no siempre conoces, donde parece que te asfixias en medio de tanta gente, pero algunas veces no queda más remedio si acaso tenemos que atravesar esa multitud para llegar a nuestro destino y no tenemos otro camino, o bien porque nos sintamos convocados a participar en alguna actividad social o de índole religiosa, sean las actividades de las fiestas populares  desde la expresión de nuestra religiosidad.

Podríamos pensar que nos sentimos anónimos en medio de la multitud, pero en un sentido más positivo que no solo somos número sino que es el apoyo de mi presencia, porque allí estoy con lo que es mi vida, con mis realidades y también carencias o con mis sueños, con mis luchas y con mis esperanzas, que no me puede hacer sentirme de forma anónima.

Hoy nos habla el evangelista de las multitudes que se aglomeraban en torno a Jesús. Incluso pone en labios de Jesús la petición de que tuvieran preparada una barca, no como un camino de huida ante la multitud, sino como un refugio para no sentirse estrujado por tanta gente. Nos detalla el evangelista que no era solo una muchedumbre venida de toda Galilea, sino que también de otras regiones y lugares habían venido hasta Jesús, ‘mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón’.

Venían a escuchar a Jesús, pero venían con lo que eran sus vidas envueltas en la pobreza y los sufrimientos, venían con esas esperanzas que parecían marchitarse pero con la presencia y la palabra de aquel profeta de Galilea renacían esperando la llegada de un Mesías liberador; venían con sus enfermos, con el dolor pero también con el mal que anidaba en sus vidas y del que querían liberarse. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Como escucharemos en otros momentos reconocerán que nadie ha hablado como El, que un gran profeta ha aparecido en medio de su pueblo, algunos le llamarán el Hijo de Dios, aunque para Jesús no es el momento de esas manifestaciones y confesiones de fe. Está comenzando a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios y lo que Jesús quiere es que desde lo más hondo los corazones se vayan transformando. Los fogonazos instantáneos de fervor pronto pueden acabarse y quedarse en nada aquella luz. Pero cuando los espíritus inmundos lo reconocían postrándose ante él, ‘Jesús les prohibía severamente que lo diesen a conocer’.

¿Cómo venimos nosotros hasta Jesús? ¿Nos quedaremos en ser parte de una masa anónima o seremos capaces de ponernos ante Jesús como somos y con lo que somos? Es algo que tenemos que cuidar mucho para que nuestros actos no se queden en algo formal y ritual.

Piensa, por ejemplo, cuando vas a la Iglesia casa semana para la celebración dominical de la Eucaristía ¿allí estas poniendo lo que es realmente tu vida, con sus cosas negativas y con sus cosas positivas, con tus sufrimientos y carencias, con tus sueños y tus esperanzas, con lo que son tus relaciones con los demás o con lo que es tu trabajo y tu vida de familia, con tus necesidades de índole material pero también en lo que tiene que ser la vida de tu espíritu? No podemos hacer como dos partes estancas y totalmente separadas lo que es mi vida de cada día y lo que estoy viviendo cuando voy a una celebración.

Es que Jesús quiere llegar ahí, a lo que es tu vida concreta que vives cada día que no siempre es fácil; quiere ser esa luz de esperanza que te haga caminar y te levante los ánimos; quiere ser ese viático para nuestro camino porque es donde nos apoyamos y de donde recibimos la fuerza que necesitamos. Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

 


Detengámonos a pensar cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y algunas veces evitamos, qué es lo que quieren que hagamos por ellas

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Salmo 1; Lucas 18, 35-43

Al borde del camino, sin saber que hacer o sin tener nada que hacer, ensimismados quizás en nuestras cosas, en nuestras rutinas de cada día, abrumados por los problemas que caen encima como una loza que paraliza y encierra, perdida quizás la ilusión y la esperanza, llenos de miedos para emprender otros caminos, con deseos de hacerlo pero con cobardías que ciegan, sintiéndose quizás ignorados y no tenidos en cuenta marcados por una cierta marginación… son tantos los que podemos encontrar en nuestros caminos, pero que tampoco vemos porque quizás hemos perdido la sensibilidad o porque pensamos que si se hacen notar nos molestan porque pueden despertar inquietudes con las que no queremos cargar.

¿Quiénes son los ciegos? ¿Los que están tirados al borde del camino o los que vamos por el camino pero que miramos para otro lado? Mejor no enterarnos, mejor seguir con nuestras prevenciones y prejuicios, mejor hacernos los desconocidos cuando nos tropezamos con ellos en cualquier esquina o se suben al transporte con nosotros. Su manera de ser, su forma de actuar, sus gestos o sus palabras, las sonrisas que surgen en sus conversaciones entre ellos, sus miradas nos molestan y tratamos de evitarlos, hacernos los sordos o mirar para otro lado.  Y vamos a Misa.

¿Será posible que nos quedemos tan tranquilos sin implicarnos cuando escuchamos un evangelio como el que hoy se nos propone? Jesús iba de camino para Jerusalén; atravesaba Jericó, casi al final de la bajada del valle del Jordán antes de emprender la subida a Jerusalén; mucha gente lo acompañaba, por allí lo rodea el grupo de los discípulos que fieles van siempre con él, pero también mucha gente que hacía del camino de subida a Jerusalén, pues se acercaba la Pascua. Parece que lo importante es hacer el recorrido y de camino ir escuchando las enseñanzas de Jesús que siempre tiene una palabra que enriquece la vida; por el barullo de la gente y que no siempre podían mantenerse en la misma cercanía, en ocasiones se hacía costoso escucharle. No iban pendientes de nada más.

Pero al borde del camino hay un ciego pidiendo limosna. Era casi habitual encontrarlos, además siendo un lugar de paso de muchos peregrinos en su subida a Jerusalén. En la pobreza acrecentada con la ceguera era la ocasión de recoger alguna limosna que aliviara sus necesidades.

Al oír el barullo de gentes en el camino el ciego pregunta y le dicen que pasa Jesús, el Nazareno. No fue necesario  nada más para que su pusiera a gritar pidiendo a Jesús que tuviera compasión de él. Qué molesto, no podían escuchar las palabras de Jesús; quieren hacerlo callar, lo regañaban pero él gritaba más fuerte. Cuando Jesús se entera de lo que sucede lo manda llamar.

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ el ciego soltándolo todo de un salto se había puesto a los pies de Jesús. ¿Qué es lo que puede pedir? ¿Qué es lo que hubiéramos pedido si  nos encontráramos en su misma situación? ¿Se nos habrá ocurrido pensarlo? Nosotros que llevamos la lista (de la compra) elaborada de nuestras peticiones cuando vamos a rezar… ¿Habría que hacer una revisión de esas listas que llevamos en nuestra mente?

Hemos comenzado hoy nuestra reflexión haciéndonos unas consideraciones sobre lo de estar al borde del camino. Traigamos acá ahora aquellos pensamientos, pero seguramente en aquellos en los que íbamos pensando cuando nos hacíamos aquella descripción y pensemos que es lo que realmente quieren.

¿Nos habremos detenido a pensar alguna vez cuando vamos viendo a esas personas con las que nos cruzamos por el camino y que algunas veces evitamos qué es lo que quieren que hagan por ellas? Quizás solo esperen de nosotros una mirada – esa mirada que tantas veces desviamos -, que los tengamos en consideración, que los saludemos igual que saludamos a los conocidos o a los amigos, el no sentirse ignorados, el que los dejemos actuar con libertad y confianza tal como son dejando a un lado nuestras prevenciones, nuestros prejuicios y nuestras desconfianzas. Volvamos a leer los primeros renglones de nuestra reflexión de hoy y pongamos por medio esa pregunta de Jesús ‘¿Qué es lo que quieres que haga por ti?’

Pero no nos quedemos con los brazos cruzados, sino comencemos a hacer lo que desean de nosotros. Unas nuevas actitudes, unas nuevas posturas, unos nuevos gestos tendrán que ir acompañando nuestra vida a partir de que Jesús hoy a nosotros también quiere hacernos ver, quiere romper nuestras cegueras, quiere devolvernos también la visión. Da pasos como aquellos que iban con Jesús y al final ayudaron a ciego a ir también hasta Jesús.

martes, 20 de febrero de 2024

Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

 


Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

Voy a comenzar preguntándonos, preguntándome para qué rezamos, por qué rezamos. Son tantas las necesidades, decimos, son tantas las cosas por las que tendríamos que pedir, y pensamos en nuestra salud, pensamos en la familia y en los amigos, pensamos en los problemas que tenemos, pensamos en el mundo en que vivimos donde vemos tantas cosas que no nos gustan y que quisiéramos que fueran mejor… y así seguimos haciéndonos una lista muy grande de las cosas por las que tenemos que rezar. Todo es pedir. Como si fuéramos al despacho de alguien muy poderoso en cuya mano está la solución de todas las cosas y llevamos nuestra instancia de peticiones.

¿Nos fijamos en que solo estamos pensando en pedir? Quizás nos ponemos un poco más espirituales y pedimos para que seamos buenos, o pedimos por la paz, o pedimos por aquellos que vemos en conflicto a nuestro lado para que las cosas se solucionen… y seguimos pidiendo y pidiendo.

Sí, ya sé que Jesús nos dice en el evangelio que pidamos y recibiremos, que llamemos y que se nos abrirá, que busquemos y que encontraremos, y nos insiste mucho en la constancia y perseverancia en nuestras peticiones, en nuestras oraciones.

Pero quería recoger algo que ahora mismo he recordado; nos decía que llamemos y se nos abrirá. ¿Para qué tocamos en una puerta y llamamos? ¿Porque queremos entrar y queremos estar? He aquí un aspecto muy importante de nuestra oración y que algunas veces olvidamos. Vamos a visitar a nuestra madre o a nuestro padre cuando ya nos hemos independizado y vivimos por nuestras propias casas y en nuestra propias cosas, porque queremos estar con ellos; y muchas veces simplemente es estar allí, en aquella casa que fue nuestra casa, allí donde están nuestros padres y nos sentamos a su lado, y hablamos y contamos como habrá momentos en que solo disfrutamos con el hecho de estar allí, de estar con ellos.

¿No tendría que ser algo así también nuestra oración? Estar, estar con el Señor que nos ama, que sabemos que nos ama, disfrutar de su presencia aunque estemos en silencio. ¿Nos habremos fijado bien en la manera de orar que Jesús nos enseño y que hoy nos trae el evangelio? Algunas veces porque nos la sabemos de memoria y la repetimos ya pensamos que tenemos hecha toda nuestra oración. Pero no lo hemos saboreado. Necesitamos saborear nuestra oración que es encuentro, que es estar en la presencia del Padre Dios que nos ama.

Lo que nos ha enseñado Jesús es como un saludo disfrutando de su amor cuando lo llamamos Padre pero para sentirnos a gusto estando con El, saboreando el encuentro porque estando con El nos sentimos llenos de su Espíritu. Estando con El nos sentimos santificados porque nos sentimos amados, estando con El nos gozamos porque queremos ser fieles y leales gozándonos en lo que El nos dice que tenemos que hacer, su voluntad, su reino que queremos vivir, que queremos realizar en nuestra vida.

Y para eso no hace falta decir muchas palabras, sino saborear mucho en el corazón. Estamos con El y nos gozamos de su presencia, hacemos silencio porque el amor se siente en silencio en el corazón.  ¿No te habrá sucedido alguna vez que llegaste a ese momento de oración y aunque te parecía que tenías tantas cosas que decir o que pedir, sin embargo te quedaste como transpuesto en silencio sin saber qué hacer o qué decir? Eso es oración.  Eso es hermosa oración.

Fijémonos que en la forma en que Jesús nos enseñó a orar, lo que hoy escuchamos en el evangelio, pocas son las cosas que pedimos y que vendrán en un segundo momento después de que hemos saboreado esa presencia del Señor. Es lo que luego surgirá de forma espontánea quizá porque nos sentimos en las manos providentes de Dios Padre. Y contamos, sí, con nuestras necesidades, el pan de cada día, y pedimos perdón y nos damos cuenta de que generosamente también nosotros tenemos que ofrecer perdón, y nos queremos ver liberados con la fuerza y la gracia del Señor de todo mal y de toda tentación. Pero es como una conclusión de todo aquello que antes habíamos disfrutado en la presencia del Señor. Después de estar así con el Señor tenemos la seguridad de que todo eso que necesitamos y mucho más nos va a dar Dios.

Para qué oramos, por qué rezamos, nos preguntábamos. Porque queremos entrar y estar, porque queremos disfrutar de la presencia y del amor de Dios.

sábado, 10 de febrero de 2024

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

 


Vayamos siempre de frente con nuestro amor; cuando lo alimentamos de Dios nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás

1 Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Hay momentos, hay situaciones en que nos vemos impotentes, incapaces, los problemas se nos amontonan, se nos desbordan, las soluciones no son fáciles o no se encuentran y no sabemos qué hacer. ¿Nos cruzamos de brazos? ¿Nos ocultamos para no ver los problemas o no querer enterarnos? ¿Damos la espalda? Ante muchas, es cierto, que muchas veces huimos, no afrontamos el problema, no hablamos, aunque nos encontremos con otros en situaciones parecidas parece que nos cuesta dar el paso y hablar, nos encerramos en nuestra oscuridad que más oscura se nos volverá.

Y no puede ser nunca esa la respuesta. ¿Nos vamos a dejar envolver por ese torbellino sin luchar por nuestra parte buscando alguna salida? ¿Por qué nos sentimos tan incapaces? Creo que siempre tendríamos que ser capaces de buscar un resquicio de luz. Tenemos que despertar los mejores sentimientos que tengamos en el corazón y afrontar de frente las situaciones que algún paso, aunque nos parezca pequeño, siempre podemos dar. Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos, los mejores sentimientos que aun nos queden en el fondo del corazón.

El evangelio de hoy nos habla de que estaban en despoblado y bien lejos de la población más cercana. Se había ido agrupando en torno a Jesús cada vez más gente que salía de todas partes, pareciera que salían de debajo de las piedras, para escucharle, porque sus palabras despertaban cosas buenas en sus corazones. Pero dada la cantidad de gente que se había aglomerado, el lugar donde estaban y que ya caía la tarde parecía que se avecinaba un gran problema. Aquella gente no tenía nada para comer. ¿Dónde encontrar pan para toda aquella gente? Jesús siente lástima y compasión en su corazón y eso mismo comienza a compartirlo con los discípulos más cercanos, que igualmente se ven abrumados por aquella situación. ‘¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?’, es la pregunta que se hacen los discípulos.

‘¿Cuántos panes tenéis?’ termina preguntando Jesús. Y le responden: ‘siete’. Siete panes y la multitud es grande. Pero Jesús les manda que se sienten en el suelo. ¿Esperando qué? Pero allí estaba presente el amor; y el amor se hace bendición, como siempre lo es,  y el amor se crece y se multiplica como se van a multiplicar aquellos panes y unos pocos de peces que también tenían. Y los apóstoles a las indicaciones de Jesús comienzan a repartir a aquellos panes y peces y al final hasta sobrará.

Está, sí, el poder y la gracia del Señor. Jesús podía hacerlo. Y todas aquellas oscuridades se transforman. Era la victoria de la vida porque es la victoria del amor. Podemos hacer las explicaciones e interpretaciones que queramos. Pero aquello fue el milagro del amor. Jesús rebosaba compasión y amor por aquellas gentes. Jesús estaba alimentando sus vidas y sus esperanzas, ¿por qué no había de alimentar también sus cuerpos?

Cuántas cosas podemos hacer cuando nos dejamos conducir por el amor. Sin embargo, lo que hacemos muchas veces es apagar ese amor; como si tuviéramos miedo de amar, de darnos, de entregarnos. Esas pantallas oscuras que muchas veces se ponen delante de nuestros ojos nos hacen olvidar lo mejor que llevando dentro de nosotros y entonces nos llenamos de miedos y de cobardías, y huimos del problema, no nos enfrentamos para encontrar la salida, la solución.

Vayamos siempre de frente con nuestro amor; es nuestro motor, es nuestra fuerza cuando lo alimentamos de Dios y nuestras vidas se llenarán de bendiciones, para nosotros y para los demás. Aunque tengamos pocos panes en nuestras alforjas pongámonos a repartir ese pan, cuanta vida y esperanza podemos despertar a nuestro alrededor.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?



No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22;  Mateo 15, 29-37
Comer, alimentarnos es una de las necesidades básicas de la vida. Necesitamos del alimento porque es la energía que nos hace mantenernos vivos. Y no vamos a abundar aquí y ahora en lo de la alimentación adecuada y equilibrada que tanto se nos repite por todas partes, pero aquel que tiene carencias en su vida en sus necesidades básicas buscará el alimento que sea donde pueda encontrarlo. Poder alimentarnos es una satisfacción importante de la que todos tendríamos que poder disfrutar.
Pero bien sabemos que la comida puede significar mucho más, porque es ocasión de encuentro con los otros y algo que nos motiva y nos lleva a la unión y a la comunión cuando hacemos la comida en común y puede ser signo de alegría y de fiesta; cuando celebramos algo que nos llena de alegría y queremos compartir esa alegría con los demás comemos juntos y la comida se convierte en fiesta. Muchas más cosas podríamos reflexionar siguiendo por ese camino.
Entre los anuncios que se hacen para los tiempos mesiánicos están precisamente los signos del festín, de la comida de fiesta a la que todos están invitados, como nos habla hoy el profeta. ‘En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados’. Se acabarán los lutos y los sufrimientos, todo será alegría y fiesta en una vida nueva. Es el encuentro, es la nueva comunión entre todos, es el signo de ese mundo nuevo que se llamará el Reino de Dios.
Y Jesús realiza esos signos con todo su sentido profético, pero también como señal de que ese mundo nuevo ha llegado. Hoy el evangelio habla de las multitudes hambrientas que siguen a Jesús; hambrientas de su Palabra, acuden a escucharle de todas partes porque en Jesús renace la esperanza en los corazones; hambrientos con sus necesidades y problemas, siempre vemos en esas multitudes corazones atormentados, cuerpos rotos, sufrimiento y dolor desde sus imposibilidades físicas, pero también desde la insatisfacción que hay en sus corazones.
‘Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel’, nos dice el evangelio.
Pero Jesús realiza un nuevo signo también de profundo sentido mesiánico. La multitud está hambrienta porque llevan muchos días con Jesús, están en descampado, no tienen que comer. ‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’.
Allí en despoblado no hay donde buscar panes para tantos, como dicen sus discípulos ante el comentario de Jesús pero aparecerá alguien que tiene cinco panes y dos peces y que los pone a disposición. ‘¿Qué es eso para tantos?’ Cuando hay amor no importa lo pequeño sino la disponibilidad que nace de ese amor. Y el milagro se realiza. Comerán todos y sobrará.
Es la señal del Reino. Es el encuentro y el compartir que al final se convertirá en fiesta. Ojalá supiéramos irlo haciendo por la vida. No hace falta mucho, no hacen falta muchas cosas sino lo que hace falta es mucho amor. ¿Seremos capaces nosotros de ponerlo para que se realicen también entre nosotros las señales del Reino? Un buen pensamiento que nos puede ir acompañando en este camino de Adviento que estamos haciendo. Y la vida será un festín.




sábado, 16 de febrero de 2019

Hay muchos panes de humanidad en nosotros que compartiéndolos con los demás crearíamos una hermosa cadena de amor para hacer mejor nuestro mundo


Hay muchos panes de humanidad en nosotros que compartiéndolos con los demás crearíamos una hermosa cadena de amor para hacer mejor nuestro mundo

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10
Los que tenemos asegurados los garbanzos de cada día – es un decir – nos sentimos seguros de nosotros mismos y tenemos el peligro de perder la sensibilidad para darnos cuenta que no todos lo tienen asegurado y pasarán necesidad. Quizá en momentos de campañas especial, como la de la lucha contra el Hambre en el Mundo, celebrada hace pocos semanas, podemos pensar en quienes están pasando esa necesidad, pero los vemos lejos, son cosas que suceden en otros países y aunque en esos momentos quizás no sentimos compasivos pronto esas imágenes se nos quedarán en el olvido. Y esas necesidades, esos problemas pueden estar, y de hecho están, ahí muy cercanas a nosotros pero no siempre tenemos los ojos abiertos como verlas y disponernos a hacer algo.
Estamos hablando del pan material, de esas necesidades materiales como pueda ser la comida y muchas veces solo pensamos en remedios materiales que solucionen los problemas y nos contentamos con dar unas monedas como una contribución de nuestra parte. Pero quizá en nuestra referencia a necesidades que puedan estar pasando las personas tendríamos que abrir nuestros horizontes y darnos cuenta que pueden ser muchas las carencias humanas que tienen tantos y que no siempre se remedian con unas monedas o con un pan material que podamos compartir.
Creo que podemos ser conscientes de que el entorno de la pobreza va acompañado de muchas necesidades que en lo humano pueden hacer sufrir a las personas; fácilmente aparece la soledad y el aislamiento, la falta de metas e ideales que nos den fuerza por dentro y sean un fuego dentro de nosotros que nos impulse a luchar por una mayor dignidad de las personas con todo lo que entraña vivir una vida digna. Podemos encontrarnos con personas luchadoras pero también con quien se siente derrotado ya de antemano y no tiene fuerzas para luchar y hay metas en su vida que le hagan levantar el espíritu a algo nuevo y mejor.
‘¿Dónde compraremos panes para alimentar a toda esta gente?’, se preguntaban los discípulos cuando Jesús les hizo ver la situación en la que se encontraba aquella multitud que le había seguido, que como diría en otro momento se encontraban desorientados y abandonas como quien no tiene un pastor que les guíe. No podemos despedirlos en esta situación porque desfallecerían por camino, les dice Jesús y creo que eso nos tendría que hacer pensar a nosotros también.
Desfallecen de hambre, pero desfallecen cuando han perdido las esperanzas, cuando ya no quedan fuerzas para luchar, cuando no vemos caminos que se pueden abrir delante de nosotros y nos hagan caminar a algo nuevo y mejor, cuando hay carencia de valores en la persona y nos sentimos embrutecidos solo con el deseo de lo material, cuando nos sentimos aislados y como perdidos en la vida porque no tenemos un norte que nos guíe o algo que de un sentido profundo a la vida. Así podemos ver a tantos desfallecidos en los caminos de la vida y que yo no buscan lo que sea lo mejor, sino solo lo que les dé satisfacciones momentáneas; recordemos a tantos arrastrados en el torbellino del alcohol, la droga, o simplemente disfrutar del sexo sea como sea como una satisfacción de la vida.
‘¿Cuántos panes tenéis?’ Es la pregunta de Jesús entonces y ahora. Ante la amplitud de las necesidades nos puede parecer poco lo que tenemos. Los discípulos le dijeron que solo tenían seis panes pero con aquellos seis panes se obró el milagro. Tenemos que convencernos de que aunque nos parezca que tenemos pocos panes, que somos pocos, que poco es lo que nos parece que nosotros podemos aportar, comencemos como aquellos discípulos a compartir lo que tenemos. Y ya sabemos que ahora no estamos hablando de unos medios económicos o materiales. En nosotros que seguimos a Jesús hay algo, porque de lo contrario no lo estaríamos siguiendo. Pues eso poco que tenemos, esos valores que hay en nuestra vida aunque nos parezcan insignificantes tenemos que comenzar a compartir.
¿No podemos trasmitir la fe y la esperanza con que vivimos? ¿No podemos compartir lo que nosotros somos con nuestro tiempo, nuestros pensamientos, nuestras ganas de hacer algo, nuestra sensibilidad, nuestros valores? Ya veíamos antes cuantas son las carencias con las que nos podemos encontrar y ahí podemos poner una semilla, un granito de trigo, ese poquito de pan que es nuestra vida.
Y la gente comió y quedó satisfecha y hasta sobraron trozos de pan que se recogieron para que no se desperdiciaran. Tenemos que aprender. Y no es solo que no podemos tirar alimentos mientras que hay gente que pasa necesidad en el mundo, sino que eso bueno que podemos insuflar en el espíritu de los demás será semilla que germine y florezca para beneficiar a tantos más en nuestro mundo. Qué cadena de amor más hermosa podríamos estar construyendo.

sábado, 10 de febrero de 2018

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

1Reyes 12,26-32; 13,33-34; Sal 105; Marcos 8,1-10

¿Qué hacemos cuando vemos personas o familias en nuestro entorno que pasan necesidad, que tienen problemas, que están agobiados porque no pueden salir adelante en la solución de sus problemas personales o de su familia? Vamos a decir que sentimos preocupación y si podemos ocasionalmente les echamos una mano, pero también nos sucede que cuando los problemas no se solucionan nos sentimos impotentes y enseguida reclamamos que las instituciones públicas resuelvan esos problemas, les decimos que acudan a las diversas organizaciones sociales que podamos conocer para que les ayuden a resolver esos problemas que a nosotros nos desbordan.
Son reacciones normales que cuando hay algo de sensibilidad podemos tener ante situaciones así, aunque bien sabemos también que podamos sentir la tentación de cerrar los ojos, mirar para otro lado, no querer enterarnos de lo que pasa, y les pasamos el problema a los otros.
Mucha gente insensible en este sentido nos encontramos en demasiadas ocasiones, porque solo piensan en si mismos, o que con aquello que tienen primero tienen que resolver sus problemas, tratar de vivir bien y de alguna manera se desentienden de esas situaciones. Con lo poquito que tenemos, decimos,  no nos da para resolver todos los problemas que podamos encontrar. Cuantas veces en los caminos de la vida damos rodeos para no encontrarnos con aquel que nos tiende la mano desde su necesidad.
Hoy el evangelio nos ayuda en ese sentido. Que aprendamos a abrir los ojos para ver la necesidad, que nos impliquemos, y que seamos capaces de compartir hasta esos pocos panes y peces que tengamos en nuestras alforjas. Una muchedumbre se había reunido en torno a Jesús y habían marchado con El por aquellos caminos de Galilea. Ahora estaban en descampado, llevaban días con Jesús, las pocas provisiones que llevaban se les habrían agotado y Jesús siente lástima de toda aquella gente. Hay que hacer algo; así lo manifiesta a sus discípulos más cercanos.
‘¿Y de dónde se puede sacar pan, hache, en despoblado, para que se queden satisfechos?’, le responden sus discípulos. Es cierto que es una realidad que se puede constatar. Pero Jesús insiste. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ los discípulos le hablan de siete; otro evangelista narrándonos este mismo hecho habla de un muchacho que tiene unos pocos panes y paces que pone a disposición.
Y Jesús quiere que compartan aquello poco que tienen y les manda sentarse por donde puedan. ‘¿Qué es esto para tantos?’ es el pensamiento que surge entonces como sigue surgiendo  hoy cuando vemos los problemas. ¿No llegamos a decir que ya el mundo no puede producir lo suficiente para la creciente población mundial que se multiplica día a día? Sin embargo cuantos sobrantes tiramos todos los días.
Aquello poco va a dar para que coman todos hasta hartarse. Es el milagro del amor. Es el milagro que nosotros también podríamos hacer cada día si en verdad llenáramos de amor nuestro corazón. Hubo alguien que supo compartir lo poco que tenia y todos pudieron comer.
¿Dónde está nuestra sensibilidad y nuestra disponibilidad? ¿Seguiremos encerrándonos en nuestro círculo y en nuestros propios intereses nada más? ¿No tendrían que ser otras nuestras actitudes, la apertura de amor de nuestro corazón? Creo que no hace falta decir mucho más, sino detenernos a pensar, a reflexionar, a despertar la sensibilidad de nuestro corazón. ¿Seguiremos diciendo hoy como entonces ‘qué es esto para tantos’?

viernes, 3 de marzo de 2017

Cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los pobres sin techo – ¿emigrantes y refugiados? – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora

Cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los  pobres sin techo – ¿emigrantes y refugiados? – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora

Is. 58, 1-9; Sal. 50; Mt. 9, 14-15
Una de las practicas cuaresmales que nos ofrece y propone la Iglesia en este camino de renovación que nos prepara a la pascua es la penitencia incluyendo en ella el ayuno y la abstinencia. Aunque realmente están muy minimizados los tiempos de abstinencia que se reducen a los viernes de cuaresma y al ayuno en el miércoles de ceniza y el viernes santo, sin embargo son practicas que la mayoría de cristianos olvidan y que además parece como que han perdido su sentido.
¿Qué significa la abstinencia y el ayuno? ¿Simplemente abstenerse de un determinado tipo de alimentos como pueda ser la carne o reducir la ingesta parcial de alimentos en unos días determinados? Si nos quedáramos en eso pobre seria su sentido, porque sustituir unos alimentos por otros no significa mayor sacrificio, o reducir la cantidad de alimentos ya lo hacemos cuando queremos perder peso corporal. Algo mas y con un sentido mas profundo tendría que ser ese ayuno y abstinencia para que en verdad lo podamos ofrecer como un acto penitencial.
Ya la Palabra que nos ofrece la liturgia en este viernes de la semana de ceniza nos ayuda y da sentido y seria bueno que la leyéramos con atención. Siempre al comienzo de la semilla de cada día os ofrezco las citas bíblicas correspondientes porque es ahí en la Palabra más que en mi pobre reflexión donde encontramos esa Semilla que hemos de sembrar cada día en nuestra vida.
Yo quisiera ir con la liturgia en un texto precioso que se nos ofrece en uno de los prefacios de cuaresma. Damos gracias a Dios ‘porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados imitando así tu generosidad’.
Tres grandes lecciones que aprendemos en esa austeridad penitencial de la cuaresma. Primero es un reconocimiento del don de Dios en nuestra vida; cuanto tenemos y somos viene de la mano de Dios. Ya es un espíritu de humildad que se convierte en cántico de acción de gracias. Como María, que se siente la pequeña, la humilde esclava del Señor pero da gracias a Dios que ha puesto sus ojos en su pequeñez para hacerla grande. No somos merecedores de tanto amor que el Señor nos tiene; hemos de saber reconocerlo y dar gracias.
Un segundo aspecto es aprender a dominar nuestra suficiencia. Tenemos que bajarnos de nuestros pedestales, a los que fácilmente nos subimos. Tenemos es cierto nuestros valores que reconocemos como un don de Dios en nuestra vida, pero eso no nos ha de llegar de orgullo, creernos autosuficientes, hacernos dioses de nuestra vida y querer ser dioses de los demás. Y ese autodominio que hacemos cuando voluntariamente nos privamos de algo que nos gusta y entonces nos cuesta, nos enseña a cómo tenemos que ir por la vida. Son tantas las cosas en las que tenemos que utilizar ese autodominio, para que no nos esclavicen las pasiones, para que las cosas no nos dominen y se conviertan en dioses de nuestra vida. Si aprendemos a tener ese control en esas cosas pequeñas luego sabremos hacerlo también en las cosas grandes; un hermoso entrenamiento.
Y finalmente, el tercer aspecto que nos hace abrirnos a los demás. Interesados seríamos si viéramos esas privaciones como si se tratara de un medio para un ahorro personal que aumentara nuestra bolsa. Y ya tendríamos que decir además que no solo nos tendríamos que sentir obligados a compartir con el necesitado eso que hemos ahorrado en nuestra austeridad, sino que nos está enseñando como aquello que tenemos y que consideramos nuestro, porque es el fruto de nuestro trabajo, no lo podemos considerar solo como un beneficio personal sino que nuestro amor nos impulsa al compartir con quien pasa necesidad.
Bueno sería, por otra parte, que repasáramos de nuevo el texto del profeta que nos está señalando el ayuno que de verdad quiere al Señor cuando somos capaces de abrir nuestro corazón a los demás para tener unas actitudes nuevas de amor y de generosidad con quienes nos rodean. Cuando compartimos, cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los  pobres sin techo – pensemos en tantos emigrantes y refugiados de todo tipo que nos llegan a nuestras puertas – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora… proclamarás en verdad la gloria del Señor.


sábado, 3 de septiembre de 2016

No podemos olvidar que el ser humano con sus valores y su dignidad ha de estar por encima de todo y lo hemos de preservar siempre con la mejor relación con los demás

No podemos olvidar que el ser humano con sus valores y su dignidad ha de estar por encima de todo y lo hemos de preservar siempre con la mejor relación con los demás

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144; Lucas 6, 1-5

Mientras en la vida nos encontramos con gente que no acepta ninguna norma o regla que trate de regir su conducta viviendo en un subjetivismo total y absoluta que se puede convertir en anarquía, por otra parte nos encontramos con otros que todo tienen que tenerlo reglado y reglamentado hasta en los más mínimos detalles de manera que no sabrían hacer nada que se saliera o no estuviera contemplado en esas normas, preceptos o reglamentos.
Creo que llevar al extremo ambas posturas es algo peligroso y que si bien necesitamos unas normas que nos den las pautas de lo que ha de ser nuestra conducta, la formación de una buena conciencia hará que descubramos lo que verdaderamente es bueno y aquello de lo que nos hemos de apartar. Las normas aunque necesarias en el conjunto de una vida social sin embargo no nos han de atar y esclavizar de tal manera que pareciera que el objetivo de nuestra vida sea simplemente el cumplir unas normas. Ya se que esto que estoy comentando daría para más abundantes reflexiones y podría ser tema de un dialogo muy interesante.
Hoy nos encontramos con este tema en el evangelio cuando vienen a echarle en cara a Jesús que sus discípulos están haciendo lo no permitido por la ley porque en sábado al pasar por un sembrado han cogido unas espigas y las van estrujando para obtener unos granos que echarse a la boca. Era sábado, el sábado no se puede trabajar, estaba reglamentado todo hasta casi los pasos que pudiéramos dar para no convertirlo en trabajo y aquel gesto tan humano y tan sencillo se podía considerar como que estaban espigando o segando el trigo con lo que había que considerarlo un trabajo. Vemos aquí como se lleva hasta un extremo casi esclavizador las normas del cumplimiento del descanso del sábado.
‘El Hijo del Hombre es señor del sábado’, termina diciéndoles Jesús para ayudarnos a entender el autentico sentido del descanso sabático, en este caso. ¿Leyes y normas que regulen nuestra convivencia y nuestra relación social? Está bien y son necesarios. Una cosa creo que es importante y hemos de tener bien en cuenta. El ser humano con sus valores y con su dignidad ha de estar por encima de todo. Y lo que nos tiene que preocupar es ayudar a mantener esa dignidad de todo ser humano, de toda persona. Por eso es tan importante nuestra apertura a los demás, la consideración de las personas, el valor de lo que tenemos como propio si no está en función de esa dignidad de todo ser humano.
¿Cómo puedo yo apoderarme de tal manera de esas cosas que poseo que mientras a mi quizá hasta me sobra porque llego a acumular hay otros seres humanos que pasan necesidad? Y así podríamos seguir haciéndonos muchas preguntas por ejemplo sobre a qué dedicamos nuestro tiempo de descanso y si en nuestros planes y objetivos está el ir al encuentro con los demás sobre todo para compartir con aquellos que mayor necesidad tienen de ese encuentro y de esa presencia. Muchas veces no son solo las necesidades materiales las que tenemos que atender, sino la soledad, el abandono, la discriminación que de alguna manera pueden estar sufriendo tantos cerca de nosotros y casi no nos damos cuenta.

domingo, 26 de julio de 2015

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

2Reyes 4,42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre. Y cuando decimos el hambre del hombre nos referimos, sí, a esas necesidades materiales que sostienen nuestra vida, pero queremos ver más allá en toda la inquietud y el deseo más profundo que pueda haber en el corazón de la persona en la búsqueda de la vida en toda su plenitud. No podemos pensar en Jesús como en quien pasa junto a nosotros pero no nos escucha ni atiende esos deseos de nuestro corazón o esas necesidades de todo tipo que podamos tener latentes ahí en nuestro espíritu.
‘Jesús marchó a la otra parte del lago de Galilea o Tiberíades, nos cuenta el evangelista. Y lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Jesús contempla aquella multitud que lo seguía. ‘Levantó los ojos al ver que acudía mucha gente…’
Vamos a fijarnos en esos gestos de Jesús en este episodio del evangelio que estamos reflexionando. ‘Levantó los ojos…’ y contempló aquella multitud que allí se apiñaba. No era una mirada cualquiera. Jesús estaba mirando y fijándose en aquellas personas concretas que ante él estaban con sus deseos de estar con él, con sus ilusiones o sus desesperanzas, con sus problemas y sus necesidades, con el ansia de algo nuevo que había en sus corazones.
Levantó los ojos para mirar y para fijarse. Cómo tenemos que aprender a mirar. Miramos tantas veces porque los ojos están abiertos pero no miramos, no nos fijamos, no nos damos cuenta de quien está delante de nosotros. Nos habrá sucedido tantas veces que vamos por la calle ensimismados en nuestros pensamientos y quizá alguien nos para y nos dice que si no nos fijamos en los que pasan a nuestro lado. Vamos a lo nuestro; no estamos pendientes de nadie y pasamos junto a alguien que quizá esté esperando nuestra mirada; pasamos y no nos damos cuenta de las necesidades o de los sufrimientos de aquellos que están a nuestro lado; seguimos nuestro camino y no compartimos ni una sonrisa ni una palabra amable con aquellos con los que nos cruzamos. Vamos demasiado a lo nuestro en los caminos de la vida.
Jesús miró y se dio cuenta de las necesidades de aquellas personas. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Estaban hambrientos porque quizá llevaban ya varios días lejos de sus hogares y las provisiones se les habrían acabado. Y Jesús está atento. Quiere encontrar soluciones. Ve la realidad de aquella gente que está sin comer, y ve la realidad de lo poco que ellos tienen. Está enseñando a mirar a los discípulos. No es cuestión de ver cuanta gente hay o la necesidad que tiene, sino que se trata de despertar nuestro corazón para buscar soluciones, buscar caminos de salida a los problemas o necesidades.
Esa mirada de Jesús, esa inquietud de Jesús va a suscitar algo en los demás; que se empeñen en encontrar soluciones; que busquen allí donde pueda haber algo, aunque sea poco y pequeño pero aprendiendo también a valorarlo. Cuantas veces porque no tenemos la solución total en la mano a los problemas nos cruzamos de brazos; que se las arreglen, que otros sean los que ayuden a solucionar, pero nosotros nos desentendemos.
Pero comienzan a abrirse los corazones y comienzan a aparecer las actitudes solidarias, aunque nos parezcan pequeñas o que no dan la solución completa. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?’ Pero Jesús les pide que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio.
Sentarse juntos que es una expresión de cercanía y una forma de compartir la vida; sentarse juntos que nos enseña a escuchar y a compartir, a mirar de una forma más cercana y a abrir el corazón, a darnos cuenta lo que valen los cinco panes y dos peces de los demás; sentarse juntos que es una forma de detener nuestras carreras y nuestras prisas para saber ir al paso de los demás; cuantas veces en nuestras carreras no sabemos medir el ritmo de la vida de los que caminan a nuestro lado. Antes quizá venía cada uno por su lado porque querían estar con Jesús, pero ahora comienzan a saber estar también con los demás. No son solo los cinco panes y dos peces lo que van a compartir, sino que puede ser una nueva forma de entender la vida, de caminar juntos por la vida, de darnos cuenta de quien con nosotros está haciendo el mismo camino de la vida. Así seremos amables, humildes, comprensivos con nuestros hermanos, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios.
Jesús bendice y da gracias a Dios tomando los panes en sus manos y dándoselos para que los repartieran. Aprender a repartir y a compartir; aunque sea poco, aunque sea pequeña la cantidad. Repartir con generosidad, sin tacañerías, lo que quisieran, lo que necesitaran. Y comieron todos.
Aprendamos a mirar, a ver la realidad de lo que somos y lo que tenemos o no tenemos, a valorar hasta lo que nos parezca lo más pequeño e insignificante, a mirar al que está a nuestro lado y en el que casi nunca nos fijamos; aprendamos a repartir y a repartir sin tacañerías, con generosidad, y también a recoger para que nada se desperdicie.
Es el milagro que nos manifiesta el poder de Jesús, pero es el gran signo que necesitamos para nuestra vida. Si aprendiéramos a mirar a los ojos de los demás y a sentarnos a su lado, a detenernos de nuestras prisas y a abrir más el corazón para escuchar a los demás, qué distinto sería el camino que fuéramos haciendo por la vida. Son inquietudes que llevábamos en el corazón pero quizá de una forma muy callada o muy velada y que ahora pueden ir apareciendo y enseñándonos a tomar nuevas actitudes y nuevas posturas ante los otros.
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre, decíamos al principio. Pero Jesús quiere contar con nosotros. Nos enseña a mirar, a sentarnos en la hierba junto al otro, a escuchar y compartir, a repartir generosamente y a recoger la lección para aprender a caminar de una manera nueva en la vida.