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domingo, 24 de marzo de 2024

Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

 


Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

Marcos, 11, 1-10; Isaías 50, 4-7; Sal. 21;  Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1-15, 47

El pórtico de esta semana de Pasión viene enmarcado por los hosannas y los ramos de olivo de la entrada de Jesús en Jerusalén y por otra parte la contemplación en la misma celebración de la muerte de Jesús en la Cruz en el relato del evangelista Marcos. No podemos olvidar que es como el sprint final para llegar a la celebración de la Pascua.

Ya es Pascua lo que estamos contemplando y celebrando, porque todo es el paso de Dios que ha de ser también nuestro paso, nuestra Pascua. Si así no lo contemplamos y así no lo vivimos todo podía quedarse en un espectáculo bien dramático que aun nos llenaría de más dolor, angustia y amargura. No en vano estas palabras son de las más repetidas en estos días y que incluso llegan a dar nombre a distintos momentos o a distintas imágenes que vamos a contemplar. Pero nosotros no nos podemos quedar en el dolor, la angustia y la amargura porque nos llena una esperanza y para nosotros estará ya siempre presente la luz final que vamos a contemplar en la resurrección que es la culminación de esta Pascua, de este paso de Dios. Es el sentido hondo que tenemos que darle a estos momentos y a estas celebraciones.

Es cierto que ante nuestros ojos van a ir proyectándose todos esos momentos de la Pasión, que como un adelanto ya en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor – que así es su nombre – en la lectura del evangelio de san Marcos, pero no nos quedamos en una proyección visual, aunque también nos ayude para la meditación, sino que ha de ser algo que hemos de ir proyectando en lo hondo del corazón para poder hacerlo vida en nosotros. Es importante abrir los ojos y los oídos viendo y escuchando todo lo que se nos proyecta y se nos proclama, pero es muy importante que sepamos abrir el corazón para que haya en verdad ese paso de Dios en nosotros, en nuestra vida.

Siempre la Iglesia nos ha invitado a un recogimiento especial en estos días, aunque no lo hemos sabido muchas veces interpretar bien, porque los hemos convertido en días de demasiada tristeza, sino que ese recogimiento significa crear el ambiente adecuado para que esa Palabra cale en nosotros, la podamos rumiar debidamente en nuestro interior, y podemos llegar a saborear toda esa maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta. Cuando el rumiante pasa una y otra vez aquello que ha comido para mejor digerirlo, es para sacar el mejor jugo, vamos a decirlo así, de aquello de lo que se ha alimentado.

No son días de sentirnos agobiados por la tristeza, sino momentos en que tenemos que saborear a fondo toda esa vida que se nos regala, y es un hermoso regalo de amor el que nos hace Dios cuando nos entrega a su Hijo como vamos a contemplar.. Es lo que queremos vivir en estos días. Es lo que verdaderamente nos conducirá a la Pascua. No vamos a vivir con angustias y amarguras estos momentos, aunque mucho sea el dolor que sintamos al vernos tan pecadores, sino que vamos a hacerlo llenos de esperanza, porque sabemos que ese paso de Dios es para la vida y la salvación.

No voy a detenerme al ofreceros esta reflexión en volver a la descripción de estos momentos de la Pasión de Jesús. Sobran las muchas palabras y necesitamos momentos de silencio y reflexión, como hemos venido diciendo. Aclamemos, sí, con mucho entusiasmo y alegría esta entrada de Jesús en Jerusalén,  que hoy de manera especial conmemoramos, porque en nuestra fe sabemos bien quien es el que como Rey y Señor va montado en un humilde borriquito para su entrada en la ciudad Santa. Sí, ¡bendito el que viene en el nombre del Señor!

En verdad hoy estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey, porque así lo vamos a ver coronado en lo alto de la cruz en estos días. Lo contemplamos humilde, como lo había anunciado el profeta; lo contemplamos el último y el servidor de todos, como El nos había enseñado que teníamos que ser nosotros también. Es el que como el Señor lo veremos con la toalla ceñida a su cintura y la jofaina de agua en sus manos para lavar los pies de los discípulos. Es el que nos ha dicho que nuestra grandeza está en amar hasta las últimas consecuencias, porque el mayor amor es el de quien es capaz de dar la vida por los demás. Será un gentil, el centurión romano, el que al final de todo lo que parecía una terrible tragedia vendrá a proclamarlo como verdadero hijo de Dios.

Es lo que nos da hondo sentido a este momento de la entrada de Jesús en Jerusalén entre las aclamaciones de los niños porque con El queremos entrar también para llegar a la Pascua. Ya sé que nos cuesta, como le costaba entender a Pedro cuando Jesús lo anunciaba en la subida a Jerusalén. A última hora podemos seguir teniendo la tentación de la duda o el miedo que nos hace echarnos atrás, como le sucedió a los discípulos, o que se durmieron en el huerto, o cuando llegaron los momentos difíciles abandonaron y huyeron para esconderse en el Cenáculo, o llegar a la negación como le sucedió al envalentonado Pedro que sin embargo sucumbió ante una pregunta.

Pero podemos levantarnos, despertar, quitar nuestros miedos y cobardías, sentirnos con la fortaleza de la esperanza, porque tenemos la certeza de la luz pascual que iluminará nuestra vida. Crucemos este pórtico y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz. Haremos así en verdad la Pascua del Señor en nuestra vida.

domingo, 10 de abril de 2022

Ya estamos en Jerusalén, dispongámonos a contemplar ardientemente cuanto sucede para que lleguemos a celebrar la Pascua de Jesús y nuestra pascua

 


Ya estamos en Jerusalén, dispongámonos a contemplar ardientemente cuanto sucede para que lleguemos a celebrar la Pascua de Jesús y nuestra pascua

 Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 – 23, 56

Hoy entramos en Jerusalén. Es la subida a Jerusalén tantas veces anunciada por Jesús para la fiesta de la Pascua. Es la culminación del camino que hemos venido realizando de manera especial durante esta Cuaresma. Eso nos propusimos cuando el miércoles de ceniza iniciábamos el camino cuaresmal.

Hoy hemos entrado en la ciudad santa entre las aclamaciones de los que peregrinaban a la ciudad santa para la Pascua que ahora se convirtieron en cánticos de alabanza al que venía en nombre del Señor. Con la alegría de aquellos peregrinos que se asomaban al monte de los olivos y contemplaban desde allí el esplendor y la belleza de Jerusalén, nosotros también aclamamos los hosannas dirigidos a Jesús porque sabemos que sube a la Pascua y nosotros queremos ir con El, queremos vivir también su pascua. Toda esta semana estaremos en la ciudad santa hasta que lleguemos a culminar la celebración de la Pascua.

‘Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros’, nos dice Jesús al comienzo de la cena pascual, nos está diciendo al inicio de esta semana de Pasión que culmina también en la Pascua. Es la intensidad que queremos poner en estos días y en estas celebraciones. Por eso  hoy, en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor hemos escuchado ya el relato de la pasión, este año según el evangelista Lucas. Pero no es tiempo solo de escuchar, es tiempo de contemplar.

Nos vamos a situar en ese camino de Jesús y con Jesús queremos recorrerlo, porque sintiendo el paso de Jesús en su pasión podremos contemplar de nueva manera y podremos llegar a contemplar algo nuevo que Jesús nos va a ofrecer; nos vamos a situar en ese camino de pasión porque con Jesús queremos llegar a la vida, a la resurrección; vamos a traer a ese camino todo lo que es el dolor y el sufrimiento de la humanidad porque Cristo quiere recogerlo todo en el cáliz de su ofrenda, porque su pasión es redentora, porque su pasión es nacimiento de nueva vida, es regeneración y redención de esa humanidad desgarrada bajo el peso del yugo del pecado y de la muerte para que haya pascua, para que haya un paso de la muerte a la vida, para que nos llenemos de su salvación.

Contemplemos esos pasos de Jesús desde el Cenáculo hasta el Gólgota; caminemos con El y contemplemos su oracion y su agonía en Getsemaní antes incluso de comenzar físicamente la pasión pero que se va a manifestar en ese sudor de sangre, en esos goterones de sangre que ya se van derramando para llenar ese cáliz de la nueva alianza; sigamos sus pasos ante los distintos tribunales, el Sanedrín o el Pretorio, además de la burla de su presencia ante Herodes; contemplemos a quien presenta Pilatos desde lo alto del Pretorio como aquel en quien no encuentra culpa alguna, pero que lo entregará para que sea conducido bajo el peso de la cruz hasta lo alto del Gólgota.

Acusaciones contradictorias, burlas de la soldadesca o de la corte de Herodes, escarnio de quien es proclamado inocente pero sin embargo condenado al suplicio de la muerte en cruz, lo contemplamos entonces pero lo seguimos contemplando en nuestro mundo tan lleno de falsedad y de mentiras, este mundo que hace chance de todo desde la frivolidad y la superficialidad de la vida, este mundo tan lleno de violencia cuando nos pueden tocar los nudos de nuestro orgullo o los cimientos de vanidad y ambición sobre los que edificamos tantas veces la vida. Es la pasión de Jesús, pero es la pasión que de tantas maneras seguimos construyendo en la vida, sobre la que construimos tantas veces nuestra sociedad.

Seguimos contemplando con toda intensidad el camino de Jesús que conduce a la Pascua que nosotros queremos vivir también ardientemente. Pero entre la crueldad que contemplamos en lo alto del calvario se irán desgranando unas palabras que nos hacen vislumbrar la luz final de la pascua y que van poniendo esperanza en el corazón. A Jesús no le arrancaron la vida, sino que El libremente la entregó por amor. Un amor que se hace perdón y se hace vida, un amor que abre las puertas del paraíso y un amor que nos hace poner toda nuestra confianza en el Señor.

‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’, poniendo casi como una disculpa para nuestra debilidad y nuestro pecado porque cuando hay amor en el corazón tendemos siempre a la disculpa y a la compasión, porque siempre Dios está confiando y esperando la vuelta del hijo que con su pecado se ha marchado y para el que tendrá siempre los brazos abiertos para ofrecer el perdón. El padre o la madre que ama siempre espera y siempre disculpa porque solo sabe mirar con ojos de amor.

‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’, es la gran promesa que nos llena de esperanza. Eran unos malhechores y por eso estaban sufriendo el mismo castigo que el que era inocente y sin embargo hay una palabra de luz, una palabra anuncio de vida, una palabra que nos llena a todos de esperanza. Dios siempre nos abre las puertas cuando volvemos a El, como un padre lleno de amor no cierra nunca las puertas al hijo que vuelve a casa.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. Fueron sus palabras finales, es la consumación de la ofrenda, es el sentido profundo de cuanto ha sucedido. Si tanto había amado Dios al mundo que le había entregado a su Hijo único, es el momento en que el Hijo se pone en las manos del Padre. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, fueron sus palabras a la entrada en el mundo y ahora se ha consumado la ofrenda de amor. El amor que ha dado sentido a todo el sufrimiento, pero el amor que nos ha redimido de todo sufrimiento; es el amor que sublima nuestra vida, es el amor que nos da fuerza para seguir caminando a pesar de tanta debilidad como mostramos en la vida, es el amor que nos hace encontrar el perdón que recibimos pero el perdón que también generosamente nosotros estamos dispuestos a ofrecer, es el amor que sana todas las heridas y nos abre todas las puertas.

Por eso en medio de tanto dolor y sufrimiento hemos podido ir viendo diferentes gestos de amor; son las mujeres que lloran al paso del cortejo que conduce el patíbulo; es la ayuda que se le ofrece en aquel cireneo que cargará también con la cruz de Jesús - ¿habrá cireneos en el mundo para cargar la cruz de los demás? -; es el gesto valiente de aquel hombre bueno, aunque miembro del Sanedrín ahora ofrece una sepultura para el cuerpo muerto de Jesús, para que no quedara roto y desgajado colgando del madero aquel sábado de pascua que era tan importante; son las mujeres que están pendientes, aunque a lo lejos porque no las dejan acercarse, pero que prepararán los aromas para pasado el sábado venir a embalsamar debidamente el cuerpo muerto de Jesús.

¿Serán caminos que se nos abren para ofrecer esos mismos gestos de amor en este mundo nuestro tan roto y tan dolorido? Sigamos contemplando y dejemos que el corazón vaya dando respuestas de amor. Así podremos llegar a vivir la pascua en plenitud. Ya estamos en Jerusalén, celebremos en verdad la pascua de Jesús.

domingo, 28 de marzo de 2021

No tengamos miedo de subir con Jesús a Jerusalén para su pascua, dejémonos convencer por su amor

 


No tengamos miedo de subir con Jesús a Jerusalén para su pascua, dejémonos convencer por su amor

Isaías 50, 4-7; Sal. 21; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1–15, 47

‘Mirad que estamos subiendo a Jerusalén…’ les había anunciado repetidas veces Jesús a los discípulos. No lo entendían. ¿Era simplemente la subida a Jerusalén para la Pascua como se solía hacer todos los años? Pero Jesús dejaba a entrever algo más, mejor, hablaba claramente de lo que había de suceder en aquella pascua. Hablaba de entrega y de muerte, como hablaba de traición y entrega en manos de los gentiles, hablaba de pasión y sufrimiento y hablaba de cruz. Pero eso no le podía suceder. Eran tantos los que le querían, le seguían, le aclamaban, por eso Pedro se pone terco para quitarle la idea de la cabeza a Jesús.

Se acercaba la Hora. En otros momentos decía que no había llegado su hora, pero parecía que ahora estaba aquí. En medio de las multitudes que bajaban o subían según se mira desde Galilea por el valle del Jordán y se acercaban a la ciudad santa desde el camino de Betania y Jericó Jesús va a entrar en Jerusalén. Las noticias de las últimas cosas que habían sucedido como la resurrección de Lázaro – casi por las puertas de la casa de Lázaro había de pasar el camino que llevara a Jerusalén – ahora la gente entusiasmada comienzan a aclamarle.


La alegría de los peregrinos cuando desde el monte de los Olivos podían vislumbrar ya la ciudad santa que se ofrecía imponente tras el valle del Cedrón con el templo en primer lugar, ahora se transforma en cánticos de alabanza en honor de Jesús. ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!’ Comienzan las aclamaciones y no hay quien los haga callar. Jesús se deja hacer; incluso pide a los discípulos que tomen prestado un borrico en el que nadie ha montado todavía para cruzar en monte de los Olivos hasta la entrada en la ciudad montado en él; la gente extiende sus mantos a su paso a la manera de alfombras y con ramos de olivo le aclaman. ‘Si callan estos gritarán las piedras’ responde a los que le piden que haga callar la multitud.

Los discípulos más cercanos de Jesús andaban por allí regocijados viendo lo que parecía ya el triunfo definitivo de Jesús. No quieren recordar lo anunciado por Jesús tantas veces en su subida a Jerusalén ‘el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los gentiles que lo crucificarán’. No quieren recordar ni hacen nada por entender las palabras de Jesús. No saben lo que por detrás se está tramando porque ya los dirigentes judíos han decidido que antes de la fiesta de la Pascua hay que quitar de en medio a Jesús. ‘Conviene que uno solo muera por todo el pueblo’, había dicho el Sumo Sacerdote en el Sanedrín. No lo sabían o no lo habían querido entender porque entre ellos uno ya se había puesto de intermediario por unas monedas para entregar en su momento a Jesús.

Estamos recordando – porque forma parte de la celebración de este domingo – lo acaecido a la luz de aquel día luminoso en la entrada de Jesús en Jerusalén, pero nosotros bien sabemos el sentido y significado de aquella entrada. Estamos al tanto también de quien lo va a entregar. Nosotros sí conocemos todo lo que va a suceder en los próximos días porque tenemos el relato de los evangelios. Y conocemos también de las dudas y de las huidas de aquellos discípulos que ahora parecen tan complacidos con la entrada de Jesús de esa manera triunfal en Jerusalén. Por eso cuando nosotros estamos celebración del domingo de ramos, decimos también, en la pasión del Señor. Y es el relato que en el evangelio escuchamos, este año la pasión según san Marcos.

Es lo que tenemos muy presente en este domingo de pasión que hoy estamos celebrando y que nos sirve de pórtico a esta semana que llamamos santa y que culminará con el triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Es la semana que nos lleva a la pascua. Es para lo que subimos con Jesús a Jerusalén. Es lo que vamos a contemplar y a vivir en estos próximos días.

Ante nuestros ojos está la pasión. Unos ojos y un corazón que no pueden ser insensibles, que no se pueden cegar. Vamos a mirar cara a cara a la pasión, sin velos que desfiguren las imágenes y sin huidas para no querernos enterar. No nos quedamos tampoco en las imágenes que los artistas han querido presentarnos, aunque sí en muchos casos con mucha dureza pero que nosotros muchas veces hemos revestido de ricos ropajes que hacen demasiado contraste con lo que en realidad fue la pasión de Jesús, su camino hasta el calvario o su estar colgado del árbol de la cruz. ¿Os dais cuenta de que con la disculpa de un crudo realismo sin embargo endulzamos demasiado las imágenes de la pasión y al final no nos terminan de llegar al alma?

Comencemos por mirar el crudo sufrimiento de muchos en nuestro entorno; de los subsaharianos que nos llegan en cayucos, de los que atraviesan continentes esperando cruzar una frontera que se cierra para ellos, de los enfermos que sufren en soledad los dolores de sus enfermedades sin una mano a la que agarrarse cuando es la vida la que se les escapa; de los que a la vera del camino de la vida están esperando un trozo de pan que llevar a sus estómagos vacíos; de los que rebuscan en medio de las basuras lo que otros han desechado para tener algo de sustento… y así podríamos seguir contemplando la pasión de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo que están haciendo patente la pasión de Jesús, que por ellos también se entregó.

Necesitamos, sin embargo, ver también a los que como aquel hombre de Cirene quieren también hoy ayudar a llevar la cruz. Aquel hombre de Cirene ¿lo hizo voluntario o porque fue obligado por los soldados que lo cogieron al paso de la comitiva? No sé cual sería la resistencia de aquel hombre del que nos habla el evangelio, pero me pongo en su carne y me pregunto si yo lo hubiera hecho tan voluntariamente.

Pero en este cuadro de dolor quiero pensar también en positivo y quiero ver a tantos cireneos voluntarios que en tan diversos campos ayudan a los que sufren, acogen a los que llegan en cayucos o les ofrecen su mano en la agonía de la enfermedad como tantos sanitarios lo han hecho con las víctimas de la pandemia que sufrimos. Y así podíamos pensar en tantos y tantos más.

Y es que cuando contemplamos la pasión de Jesús y queremos celebrar su Pascua tenemos que darnos cuenta de los caminos que se abren ante nosotros, de los nuevos horizontes que tenemos que poner en nuestra vida teniendo una nueva mirada que sea a la manera de la mirada de Jesús para que entonces su pascua sea también nuestra pascua. Porque no contemplamos la pasión simplemente para ver desfilar como espectadores a unos personajes que intervinieron en la pasión de Jesús, sino para buscar nuestro lugar.

Ahí, en la pasión de Jesús, tenemos que estar también nosotros, también tengo que estar yo y tengo que descubrir mi lugar; quizá en lo negativo de mi vida con lo que he contribuido al sufrimiento, pero también en lo nuevo y positivo que tengo que sentirme movido a realizar.

No tengamos miedo de subir con Jesús a Jerusalén para su pascua. Abramos los ojos y oídos de nuestro corazón para escuchar a Jesús, para sentir su invitación a que subamos con El, dejémonos convencer por su amor.

domingo, 5 de abril de 2020

Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres



Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres

 Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66
La celebración de este domingo comienza con aires de triunfo y cantos de victoria pero siempre con el telón de fondo de la pasión y de la muerte. Todo tiene aires de pascua aunque a este domingo lo llamemos de pasión y la pascua la reservemos para el domingo de la resurrección. Pero tiene aires de pascua, porque es el paso del Señor.
Decimos que tiene aires de triunfo pero sin embargo los signos que acompañan son bien humildes y sencillos, porque simplemente es el pueblo sencillo, son los niños los que aclaman los hosannas en honor de Jesús y toda la expresión de una entrada triunfal es sin embargo en un humilde borrico con los mantos de la propia gente no ya como colgadura sino como alfombra. Sin embargo, decimos y con toda razón, entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
El triunfo no estaba solo en aquel momento que seria simplemente algo ocasional motivado por las noticias que llegaban de lo sucedido en Betania días atrás y por eso las gentes sencillas que caminaban a Jerusalén para la pascua, unen sus cantos de alegría por la llegada a la ciudad santa que todo peregrino experimentaba con las noticias que les llegaban de Jesús y su aclamaciones - ¿no serian principalmente galileos que tras la bajada del Jordán ahora a través del monte de los olivos llegaban a Jerusalén? – eran para Jesús al que consideraban muy suyo, el profeta de Galilea.
Pero el triunfo verdadero iba a estar en todo lo que en los próximos días sucedería en Jerusalén con el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz. Son las sorpresas de Dios aunque parezcan incongruentes a los ojos de los hombres. Era lo que Jesús mismo había enseñado a sus discípulos y ahora se hacia realidad profunda en El mismo. ¿Quién sería grande e importante? El que se hiciera el último y el servidor de todos, había enseñado Jesús.
Aquí estaba ‘el que siendo de condición divina… se despojó de su rango… y tomó la condición de esclavo…’ que nos hará reflexionar san Pablo con aquel himno de las primeras comunidades cristianas. ‘Y se humilló a si mismo, pasando por uno de tantos, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz’, que continuará diciéndonos el apóstol. Ahí está el verdadero camino del triunfo, ahí tienen que sonar los cantos de victoria. Lo estamos contemplando, lo hemos celebrando en este domingo. Y como concluye el himno que nos transmite san Pablo ‘por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’.
Con esa óptica escuchamos hoy la lectura de la pasión. Es la óptica del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Es la óptica del amor de quien se humilló y se entregó obediente hasta la muerte. Es la óptica que va a dar sentido al sufrimiento porque es ofrenda de amor. Será la óptica a través de la cual nosotros tenemos que mirar nuestro mundo y sus sufrimientos, las circunstancias concretas que vivimos y también ¿por qué no? las angustias de tantos a nuestro lado, y nosotros mismos también, llenas de incertidumbres y hasta desconfianzas. Es la óptica con la que tenemos que vivir también esta semana santa tan especial que quizá a muchos desconcierte y hasta la pueda hacer llenar de dudas su corazón.
Seguimos hablando de triunfo y de victoria aunque esas amarguras que llevamos en el alma parezca que nos impiden cantar. Pero aunque no tengamos solemnes celebraciones ni pomposas o devotas procesiones nosotros sí queremos estar celebrando el misterio de Cristo con el mismo entusiasmo y con la misma fe desde el fondo de nuestro corazón. Nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor.
Para los que seguían a Jesús todo aquello que sucedía en Jerusalén con Jesús y que de alguna manera les atañía a ellos también, pudiera ser que les aparecieran muchos temores y muchas angustias, en cierto modo hasta podían desconfiar si había merecido la pena aquello de seguir a Jesús, de ser su discípulo. Podían haber tupidos velos de duda y de temor que en cierto modo les obligaron a encerrarse en el cenáculo. Pero allí aún seguían esperando. Aunque no habían entendido muy bien lo que Jesús les había anunciado una y otra vez, El les había hablado de resurrección, de que al tercer día el Hijo del Hombre resucitaría. Y allí los encontraría Jesús en la tarde de la resurrección.
A pesar de todos los pesares de los momentos que vivimos nosotros queremos tener puesta toda nuestra fe, toda nuestra confianza en el Señor, en la Palabra de Jesús. Y estando incluso como estamos, teniendo también que estar encerrados en el cenáculo de nuestras casas, nosotros seguimos confiando, nosotros seguimos teniendo en nuestro corazón esos cantos de triunfo con los que iniciamos la semana santa con la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén.
No nos pueden faltar esos ‘hosannas’ en nuestro corazón para que podamos llegar al ‘aleluya’ de la resurrección. Será el domingo de pascua, pero pensemos que pascua estamos ya viviendo porque a través de todo esto el Señor sigue pasando por en medio de nuestra vida, el Señor sigue caminando junto a nosotros. Signos son de esa presencia de Dios en medio nuestro son tantos que se están dejando la vida en estos días para atendernos en multitud de servicios, o están cuidando de los que están pasando por este azote del virus o se ven incluso abocados a la muerte. En ellos, en unos y en otros, llega también Dios junto a nosotros para que podamos tener vida de la mejor y en plenitud.

domingo, 14 de abril de 2019

Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva


Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva

Lucas, 19, 28-40
‘Los niños hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, extendían sus mantos por el camino y aclamaban: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor’. Así se canta en una de las antífonas de esta fiesta recogiendo el sentir de lo que nos cuentan los evangelistas de la entrada de Jesús en Jerusalén.
En la bajada del Monte de los Olivos enfrente de la ciudad santa por el camino que venia del Jordán y por el que confluían los peregrinos que venían de Galilea se arremolinaban las gentes que conociendo los hechos inmediatos de lo realizado por Jesús – la resurrección de Lázaro de Betania – ahora le aclaman con cánticos de profundo sentido mesiánico. Algunos incómodos querrán acallar a la multitud e incluso se lo piden al Maestro. ‘Os digo que si estos callan, gritarán las piedras’, responde Jesús.
Suenan aires de triunfo, se canta la gloria del Señor, se aclama a Jesús como el que viene en nombre del Señor. Si un día Jesús no había permitido que allá en el descampado cuando la multiplicación de los panes le aclamasen como Rey, ahora lo permite porque sabe Jesús que es el inicio de la Pascua, de la verdadera Pascua. Son los sentimientos que también nosotros dejamos traslucir en este domingo de Ramos en la pasión del Señor. No podemos perder el sentido de este domingo con el que iniciamos la Semana que culmina con la Pascua.
Jesús había anunciado repetidamente que subía a Jerusalén donde iban a acontecer muchas cosas, que los discípulos les costaba comprender. Ahora mientras subía desde Galilea el evangelista nos dice que Jesús iba caminando delante, como si llevara prisa por lo que había de suceder. Había anunciado que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, que habría de sufrir pasión y muerte pero que al tercer día habría de resucitar. Quizá los discípulos más cercanos que recordaban bien las palabras de Jesús ahora no terminaban de comprender lo que estaba sucediendo, y pareciera que les dieran la razón de que lo anunciado por Jesús no tenia por qué suceder. El triunfo y la gloria que ahora se proclama es el preanuncio de lo que había de ser la verdadera victoria. Todo se iría desarrollando a su tiempo porque llegaba el tiempo de la verdadera pascua, la pascua nueva y eterna de la nueva Alianza.
Este es el pórtico de esta semana que llamamos santa por los grandes misterios que en ella celebramos. Cuarenta días de subida hemos ido realizando a través de toda la Cuaresma para prepararnos para la celebración del Misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Desde el principio hemos escuchado también ese anuncio de la subida a Jerusalén, camino que hemos querido ir haciendo con Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra cada día. Llega ahora el momento de la celebración, de la contemplación, de hacer vida en nosotros esa Pascua de Jesús que también nos transforme y nos haga renacer a una nueva vida con la renovación de nuestro compromiso bautismal en la noche de la Pascua.
Son días de contemplación pero cuando hay verdadera contemplación hay transformación interior porque iremos rumiando una y otra vez en nuestro interior todo este misterio pascual. Iremos poniéndonos en cada situación y en cada momento – como hoy con aquellos niños hebreos que alfombraban el camino de Jesús – para hacernos presentes y de ninguna manera de forma pasiva en cada uno de esos momentos.
Necesitamos una predisposición en nosotros para no quedarnos en superficialidades o meros sentimientos compasivos. Muchas cosas podrían distraernos aun en medio de las celebraciones y los actos que vivamos en estos días a pesar de la buena voluntad. Tenemos que llenarnos de los sentimientos de Cristo Jesús, tenemos que dejarnos asombrar por la maravilla del misterio que contemplamos, tenemos que saber hacer silencio interior, tenemos que centrarnos de verdad en lo que es fundamental.
Es una contemplación que no hacemos como meros espectadores, porque nos pueden encandilar las manifestaciones artísticas que a la manera de catequesis a través de los tiempos han ido adornando y llenando de contenido nuestras celebraciones. Es una contemplación que hacemos del misterio de Dios y tenemos que dejarnos envolver por ese misterio que al mismo tiempo se acerca a nosotros y se mete en nuestra vida. Por eso tiene que ir surgiendo la verdadera oración que es también escucha, que se hace alabanza, que compromete nuestra vida, que despierta nuestra fe.
Vayamos día a día empapándonos de ese misterio, que es empaparnos de amor, que es dejarnos transformar desde lo más hondo de nosotros, que es comenzar a vivir con toda intensidad esa vida que se nos ofrece. Siempre tenemos que ir descubriendo la grandeza y la maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega, en su pasión, en su muerte en la Cruz. Así podremos resucitar a una vida nueva y cantar con la alegría más profunda el aleluya de la resurrección.