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jueves, 8 de enero de 2026

Dejémonos envolver y empapar por el amor para llegar a conocer que Dios es amor y en ese amor vivamos generosamente para los demás

 


Dejémonos envolver y empapar por el amor  para llegar a conocer que Dios es amor y en ese amor vivamos generosamente para los demás

1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44

Hay cosas que no seremos capaces de llegar a descubrir y contemplar, situaciones que no podremos comprender o hechos que nos sentiríamos incapaces de realizar si no estamos no solo envueltos sino empapados de amor. Será el que pondrá el necesario filtro en nuestros ojos para apreciar la delicadeza y al mismo tiempo la grandeza de lo que contemplamos, el que nos hará comprender el por qué de tantas cosas que consideraríamos inexplicables porque si no fuera ese filtro del amor serían para nosotros imposibles, y el que hará también que podamos realizar un desprendimiento de nosotros mismos que si no fuera por el amor en el que estamos empapados nunca jamás realizaríamos.

Buscamos en la vida motivaciones para vivir y para actuar de una manera más o menos digna, nos sentimos condicionados por tantas cosas que nos harían perder la sintonía de las cosas grandes, pesa en nosotros como algo que nos arrastra en direcciones opuestas y no nos deja avanzar ese amor propio que se vuelve egoísta y resentido que nos hace resbalar por esas pendientes de nuestros sueños ambiciones de grandezas y dominios y nos cuesta levantar vuelo y aunque a veces deseemos hacer las cosas de manera distinta sin embargo nos sentimos arrastrados por esa rutina que se nos ha metido tantas veces por dentro y que nos hace pensar en nuestras satisfacciones y ganancias personales o en otras tantas vanidades de la vida.

Cuando nos ponemos a pesar en las cosas en ocasiones quisiéramos ser  nosotros los primeros, los que tomemos las iniciativas para ir por delante y aunque sean buenas nuestras intenciones tenemos que andar con cuidado porque pudiera ser el halago de nuestro yo, la vanidad con la que queremos presentarnos como queriendo ganar méritos con lo cual enturbiamos esa obra buena que en ocasiones quisiéramos hacer.

Es necesario afinar bien esas cuerdas del amor para que suenen como lo que realmente tienen que ser, cuerdas de amor para hacer sonar la mejor sinfonía de la vida cuando todos se vean en verdad engrandecidos por la presencia del Señor con nosotros. Bien afinadas las cuerdas de nuestro amor seríamos capaces de hacer maravillas, pero no para nuestra gloria, sino para la gloria del Señor.

Hoy la Palabra de Dios que se nos ha ofrecido y proclamado resuma por todas partes amor. Es la maravilla de la que nos habla san Juan en su carta, diciéndonos que todo viene de Dios, porque es realmente quien toma la iniciativa y es que Dios es amor. Y es ahí  donde tenemos que beber, es ahí de ese amor de Dios el que tenemos que empaparnos. Ya nos dice que no es que nosotros hayamos amado y luego merezcamos, casi como un premio, ese amor de Dios. El amor de Dios es primero porque nos amó cuando incluso no lo conocíamos y ahora por ese amor podemos llegar a conocer a Dios. El amor que pone esa delicadeza y sublimidad en nuestra vida para como poder llegar a sentir y ver a Dios.

Pero es lo que contemplamos en Jesús en esas primeras páginas del evangelio en que le vemos salir caminar por todas partes anunciando con signos y palabras la llegada del Reino de Dios. Multitudes, nos dice el evangelista, se agolpaban en torno a Jesús olvidándose incluso de comer. Es esa muchedumbre con sed de Dios a los que Jesús instruye, alimenta con la Palabra de Dios, pero ahora también hambrienta, para significar la realidad de nuestra sociedad.

Es lo que ahora contemplamos en Jesús. Enseñando y anunciando la llegada del Reino de Dios, pero mostrando los signos de esa llegada, de ese mundo nuevo que se va a construir. Cuando los discípulos preocupados por esa multitud que está lejos de sus casas, y que se han ido despreocupados de provisiones para el camino, acuden a Jesús, éste les dice que le den ellos de comer. Planificar a la perfección las cosas y decir lo que tendríamos que hacer o incluso como tendríamos que realizarlo en cierto modo es fácil, pero llevarlo a cabo no es tan fácil, como les sucede a los discípulos cercanos a Jesús que se quedan desconcertados con lo que Jesús les está diciendo. Aun no han terminado de entrar en la onda del amor que Jesús quiere expandir.

Y Jesús realiza el signo, da muestras de lo que es capaz su corazón compasivo y lleno de amor; como todo se va a mover en una nueva dirección a partir de aquel momento y aquella multitud quedará saciada, aunque quizás luego les cueste recordar el gran signo de Dios que se ha realizado en su presencia. Entremos, pues, en esa sintonía del amor, pongamos ese nuevo colirio en nuestros ojos, dejémonos conducir por el Espíritu divino que insuflará en nosotros lo que es el amor de Dios para que nosotros seamos capaces de vivir en ese amor.

viernes, 3 de mayo de 2024

Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

 


Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

1Corintios 15, 1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14

‘Es que no te enteras’, nos decía alguien cuando tras habernos hablado de algo repetidas veces, nosotros seguíamos sin enterarnos. Nos lo habían contado, nos habían hablado y explicado de esa situación o de esa persona que querían que conociéramos, parecía que entendíamos, que había quizás hasta entusiasmo por aquello que nos decían, pero volvíamos con nuestras preguntas, no como para avanzar en el conocimiento, sino como si fuera la primera vez que nos hablaban de ello. No nos terminábamos de enterar. Lo que sí podemos ahora entender que quien nos explicaba las cosas se sintiera cansado de tantas preguntas nuestras en las que brillaba nuestra ignorancia.

¿Era algo así lo que sucedía en aquella ocasión con Jesús y sus discípulos? Ahora viene Felipe a preguntar o pedir a Jesús que le muestre al Padre del que tanto les está hablando. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces?’, le replica Jesús.

Felipe había sido de los primeros seguidores de Jesús. El evangelio de san Juan nos lo sitúa en aquellos primeros momentos en que se va formando el grupo de los que siguen a Jesús. Habían sido Andrés y Juan los que se habían ido tras Jesús tras señalarlo el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ le habían preguntado a Jesús y se habían ido con El. A la mañana siguiente ya Andrés entusiasmado corre a comunicárselo a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Más tarde será Felipe el que generosamente responde a la llamada de Jesús y tal es su entusiasmo que va a comunicarlo a su amigo Natanael, con quien incluso porfía, porque han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, y lo había convencido. Qué hermosa intercomunicación entre unos y otros para trasmitir lo que están viviendo.

Aparecerá Felipe en los doce a los que Jesús ha constituido Apóstoles que le acompañarán por todas partes y a quienes Jesús de manera especial va instruyendo. Lo veremos que lo hace en casa cuando regresan de sus caminos y actividades, lo hace aparte en sus desplazamientos de un lado para otro, se los llevará a lugares apartados para estar a solas con ellos, o aprovechará en ocasiones en que están casi fuera ya de los territorios de Galilea para con ellos tener mayores confidencias. En su subida a Jerusalén para la definitiva Pascua a ellos les va diciendo por el camino todo lo que había de suceder. Será a ellos de manera especial cuando les pide que les enseñe a orar a quien mostrará cual ha de ser el modelo de oración que además tiene una particularidad, hemos de comenzar siempre llamando a Dios Padre. Jesús en sus obras se manifestaba siempre como el enviado del Padre y el rostro más cercano de Dios Padre que nos ama y se muestra misericordioso con nosotros. Eran sus enseñanzas, eran sus parábolas, eran los signos que Jesús iba realizando.

Es ahora en la cena pascual, momentos de despedida y de últimas recomendaciones, momentos de desahogos y de mostrar toda la ternura que Jesús lleva en el corazón y que ahora en estos momentos previos a la pasión se desbordan cuando les está hablando con toda intensidad de la presencia del Padre en todo cuanto está sucediendo que será siempre buscando la gloria de Dios en el establecimiento de su reino. Pero, quizás envueltos en toda aquella incertidumbre de lo que había de suceder parece que sus mentes están embotadas y aun no terminan de entender.

‘Tanto tiempo con nosotros, ¿y aún no me conocéis?’, nos puede estar diciendo Jesús también a nosotros hoy. Decimos que creemos en El desde siempre, desde niños fuimos educados en esta fe y nos enseñaron a acercarnos a Jesús y recibir sus sacramentos, hemos escuchado domingo tras domingo la Palabra de Dios cuando hemos venido a la celebración dominical y cuantas veces más hemos venido a la celebración de la Eucaristía; cuantas reflexiones se nos han ofrecido a través de la predicación, de encuentros, de retiros, de momentos de formación, y aun parece que seguimos embotados porque no terminamos de despertar del todo.

Podemos escuchar esa queja de Jesús allá en lo hondo de nuestro espíritu. Despertemos, abramos los ojos, revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, contemplemos de verdad a Jesús en su pascua, en su pasión y en su muerte, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor, ojalá podemos contemplarlo eternamente en el cielo.

 

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

martes, 18 de mayo de 2021

Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

 


Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

Hechos de los apóstoles 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

Conocer es tener vida. El que no conoce, el ignorante tiene los ojos de la mente cerrados, le falta vida. En su ignorancia desconoce todo, está como cegado, para llegar a conocer hasta las posibilidades de su vivir. Por eso es tan importante la tarea de la educación de las personas; y la educación no es simplemente llevar la mente de alguien en una determinada dirección, sino abrir su mente, su razón para que descubra otras cosas, para que amplíe sus horizontes, para que se sacuda de la modorra de su ignorancia y encuentre un sentido para su vivir. Enseñar y educar no es imponer unos conocimientos sino ofrecer ese abanico de posibilidades que tiene en la vida y pueda encontrar ese sentido que le dé plenitud. Cuando llega a conocer llega a vivir y a encontrar lo que le dé esa plenitud a su existir.

Es lo que vino a hacer Jesús con nosotros. La presencia y las palabras de Jesús abrían horizontes; las palabras de Jesús hacen encontrarse al hombre, a la persona consigo mismo; por eso las palabras de Jesús y su presencia despertaban esperanza. Escuchando a Jesús veían que había otras posibilidades en la vida; las palabras y la vida de Jesús les hacían transcenderse a sí mismos para elevar su espíritu de lo que era la rutina de todos los días a algo más grande y espiritual, les abrían su corazón a Dios.

Empleando otros lenguajes y otros conceptos más teológicos hablamos de revelación y que Jesús es la revelación de Dios. El mismo nos lo dice: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’. Por eso decimos de Jesús con el lenguaje del evangelio de Juan que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios que plantó su tienda entre nosotros y a quienes le recibieron, a quienes le aceptaron les dio el poder ser hijos de Dios, que no es obra de la carne o de la sangre sino que es la acción del espíritu en nosotros.

Quienes llegan a tener este conocimiento de Dios que nos revela Jesús se van a sentir transformados desde lo más hondo. Igual que decíamos que aquel que es instruido se le corren esos velos de la ignorancia que le tenían cegado y comienza un nuevo vivir, así se nos dirá en el evangelio que todo será como un nacer de nuevo. Recordamos el diálogo entre Jesús y Nicodemo al que se le habla de un nuevo nacimiento, aunque en principio en su ceguera no lo comprende, un nuevo nacimiento que será por el agua y el espíritu.

Ahora Jesús cuando llega al momento culminante de su vida, su glorificación, y va a hacer su ofrenda de amor al Padre en su entrega pascual podíamos decir que está haciendo con un resumen de lo que ha sido su vida. El es el enviado del Padre y ha venido con una misión que en estos momentos da por cumplida. Por eso hace esta oración sacerdotal – así la llamamos – al final de la cena como esa ofrenda de su amor. El ofertorio de su sacrificio, podríamos llamarlo.

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste’.

‘Todo está cumplido’ dirá en la cruz, momentos antes de su muerte. Ha llevado a cabo la obra que le encomendó el Padre, dar la vida eterna. ¿Y qué es esa vida eterna? ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios nos da la vida eterna. ¿No decíamos al principio que conocer es tener vida?  Conocer a Dios nos llena de vida eterna. Y es que cuando conocemos y reconocemos al único Dios verdadero estamos entrando en el Reino de Dios, el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida.

Y cuando esto lo hacemos de verdad con todas sus consecuencias, qué distinta se hace nuestra vida, que distinta es en primer lugar nuestra relación con Dios, pero también qué distinta es nuestra relación con los demás; cuando lo hacemos de verdad es como tener una nueva mirada a la vida, una nueva mirada a los demás, una nueva mirada a Dios. Es otra vida. Es un nacer de nuevo, como antes decíamos.

martes, 26 de enero de 2021

Como María, la madre de Jesús, y sus hermanos queremos ver a Jesús para estar con El y empaparnos de su presencia

 


Como María, la madre de Jesús, y sus hermanos queremos ver a Jesús para estar con El y empaparnos de su presencia

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 3, 31-35

El episodio que nos narra hoy el evangelio tiene los rasgos de algo muy normal y al mismo tiempo refleja una gran humanidad. Es normal que una madre se interese por donde está su hijo, como le va en las tareas que ha emprendido, quiera tener noticias de El o vaya a buscarlo o a verle cuando se entera que está cerca. Jesús había marchado de Nazaret y se había establecido en Cafarnaún; desde allí iba de un lugar para otro haciendo el anuncio del Reino y no hay datos por el relato del evangelio que nos hable de su madre y de su familia como siguiéndole allá por donde vaya haciendo el anuncio del Reino. Esporádicamente aparece casi al comienzo en las bodas de Caná – ambos estaban invitados a la boda -, ahora en esta búsqueda de Jesús, y solamente más tarde la veremos en Jerusalén a la hora de la Pascua. Por eso digo entra en lo más normal y con los rasgos de humanidad que sabe vivir una familia.

Sin embargo aparentemente pareciera que hay un choque y casi como que Jesús no quisiera en esos momentos hablar de su madre y su familia ni incluso atenderlos. Y digo aparentemente, porque si nos ponemos a profundizar en las palabras de Jesús estaremos viendo la profundidad del testimonio que nos quiere ofrecer de su madre.

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús dirigiéndose a los que le traían el recado pero también a todos los presentes. Y nos dice el evangelista que señalando con su mano a todos los presentes viene a hacer esta afirmación. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

No niega Jesús lo que significan su madre y sus hermanos. Cuando en otra ocasión una mujer anónima en medio de las gentes grite a pleno pulmón en alabanzas para la madre que lo parió, Jesús afirmará entonces que dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón, la cumplen en su vida. Dichosa era María, sí, porque era la madre de Jesús, porque era la Madre de Dios, pero más dichosa aun porque así acogía ella la Palabra de Dios en su vida.

¿No fue María la que plantó la Palabra de Dios en su corazón, porque de Dios se sentía la humilde esclava del Señor y quería que se realizase en ella, se cumpliese la Palabra del Señor? Ahora podemos afirmar lo mismo con las palabras de Jesús, María es la que hace lo que es la voluntad de Dios. Entonces, de alguna manera, nos la está poniendo como ejemplo, como modelo para nosotros para que así plantemos en nuestra vida la Palabra de Señor y así seremos la familia de Dios.

Es la reflexión que surge para nosotros en nuestro interior ante esta Palabra de Dios que hoy se nos proclama. ¿Somos nosotros en verdad la familia de Jesús porque así aceptamos y acogemos en nuestra vida la Palabra de Dios? Como María y los hermanos y las hermanas de Jesús, queremos ir también nosotros a estar con Jesús.

Estar con Jesús, qué cosa más importante; qué cosa más necesaria para nuestra vida. Estamos a su lado y nos gozamos de su presencia, estamos muy cerca de El y nos bebemos sus palabras, no queremos dejar perder ninguna de sus palabras, queremos escucharle atentamente, masticar y saborear cuanto nos dice, sentir la alegría de su mirada llena de ternura pero que llega a lo más hondo de nosotros mismos desnudándonos por dentro, disfrutar conociéndole más y más pero al mismo tiempo sintiendo como se corren muchos velos de nuestro corazón y nos conocemos más sintiéndonos cada vez más impulsados a parecernos a El, a vivir como El, a llenarnos de su vida y de su amor.

Es muy importante para nosotros ese saber estar con Jesús, porque solamente cuando estemos con El desde lo más profundo, podremos ponernos en camino para esa misión que nos confía, para que vayamos a hablar de El a los demás, para que trasmitamos con toda sinceridad y valentía el evangelio, la buena nueva de la salvación que nos trae Jesús. Nos sentimos nosotros salvados porque nos sentimos inundados de su amor, pero sentimos que no nos podemos quedar quietos porque eso tenemos que transmitirlo a los demás.

miércoles, 13 de enero de 2021

Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

 


Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

Hebreos 2,14-18; Sal 104; Marcos 1,29-39

Hablar de los demás es fácil; aunque intentamos en la vida respeto y discreción sabemos bien cómo en nuestras conversaciones algo que nos es fácil que nos surja es el hablar de los otros; esas comidillas donde comentamos de todo, pero donde caemos también tan fácilmente en la murmuración, la crítica y la condena, el sembrar sospechas y desconfianzas.

Así somos los humanos y es la piedra en la que fácilmente tropezamos. Nos es más fácil comentar lo que hizo o lo que no hizo, lo que me desagrada o lo que pueda llevar a una condena, que sentir una verdadera preocupación por la otra persona y con todo el respeto del mundo, por ejemplo, estar atento a sus necesidades o a sus problemas para prestar alguna ayuda.

Si algo se nos permitiera como correcto sería el buscar el apoyo de los otros para ayudar a salir de unos problemas o necesidades, o el saber acudir a quien de verdad pueda prestar una ayuda a la persona para que pueda salir adelante. Ese interés en el buen sentido por los otros es algo que quizá no siempre entra en nuestros planes porque quizá tememos hasta donde nos puede llevar el compromiso.

Respetamos a la persona y el camino que haya querido escoger para su vida, pero con todo el respeto del mundo muchas veces esa persona necesita una mano que le ayude a levantarse, a encontrar nuevo camino, a llegar a una luz que dé sentido y orientación a sus problemas.

Hoy he querido fijarme este aspecto positivo que debiéramos tener en nuestra preocupación por los demás y lo hago al hilo del evangelio que se nos propone. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de Simón Pedro y Andrés. A continuación el evangelista nos relata cómo cura a la suegra de Pedro que está en cama con fiebre, y a una multitud que se agolpa a su puerta en la que traen a muchos enfermos con todo tipo de dolencias. A la mañana siguiente, cuando Jesús se ha retirado en la madrugada a la soledad y silencio del amanecer para la oración, vienen diciéndole que hay mucha gente que le busca y que le espera.

Nos fijamos siempre en la solicitud de Jesús por los demás y en especial por los enfermos, como un signo que va realizando de ese Reino de Dios que está anunciando y que ahora quiere llevar su anuncio a otras aldeas y lugares. Nos fijamos en ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús siempre atento al sufrimiento de los demás, a nuestro sufrimiento del que nos quiere sanar.

Pero hay un aspecto en el que quiero fijarme y que viene a ser ya en aquellos que comienzan a seguirle como un signo de que ellos están acogiendo también ese reino de Dios y están ya mostrando señales en su vida. Fijémonos en la mediación que hay en todos estos casos de los que hoy nos habla en el evangelio de personas que muestran interés por los que sufren y cómo se convierten en cierto modo en intercesores ante Jesús. Cuando llegan a casa de Simón Pedro y Andrés ‘le dicen’ que la suegra de Pedro está enferma; aquellos enfermos que se agolpan a la puerta de la casa ‘han sido traídos’, y el final será Pedro quien ‘va a decirle que hay mucha gente que le busca’.

Gente que habla de los demás y se preocupa de los demás, pero que van a decírselo a Jesús. Preocupación por los otros para ayudarles a salir de sus problemas e intercesión a quien en verdad puede sanarlos y darles nueva vida. Y es aquí donde me pregunto por esa preocupación que yo pueda sentir por los demás. Es cierto que rogamos al Señor por los nuestros, por nuestros familiares y los que están cercanos a nuestra vida; pienso que siempre estarán presentes en nuestra oración. Pero ¿nuestra preocupación y nuestra oración se sale de ese círculo de los más cercanos haciendo una oración más universal para presentarle al Señor nuestra súplica por los problemas del mundo?

Creo que aquí tendríamos que hacernos muchas consideraciones en este sentido, de cual es nuestra oración. Serán cuantos sufren en nuestro mundo de una forma o de otra, serán quienes se ven atenazados por tantas cosas que les esclavizan y les dominan, serán los problemas concretos de esa sociedad en la que vivimos y los derroteros que se van tomando, será la preocupación por los que tienen responsabilidades en nuestra sociedad por los que tendríamos que rezar aunque quizá no piensen como nosotros ni actúen según nuestros principios pero para quienes tendríamos que pedir también esa luz de lo alto que les lleve a actuar en justicia y por el bien de todos, será nuestra oración por la Iglesia y las situaciones difíciles que vive la Iglesia en el mundo de hoy y los problemas que tienen muchos cristianos para testimoniar su fe.

La suegra de Simón está enferma, nuestra sociedad está también enferma; le llevaban a Jesús los enfermos y nosotros llevamos a Jesús esos sufrimientos de nuestros hermanos; todo el mundo buscaba a Jesús y quería estar con El, ahora habrá muchos que no lo buscan o que quieran quizás desterrar el nombre de Jesús, pero por ellos también tenemos que pedir para que un día sean capaces de reconocer la luz.

martes, 24 de septiembre de 2019

Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor



Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21
‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Así vinieron a decirle a Jesús. Era mucha la gente que se agolpaba a su alrededor porque todos querían estar cerca de El y todos querían escucharle. No está claro en el evangelio que María siguiera todos los pasos de Jesús en su deambular por los caminos y aldeas de Galilea. Un día Jesús había dejado su pueblo y su casa para establecerse en Cafarnaún. Imagen quizá de lo que El pedía a sus discípulos a los que quisieran seguirle. Más tarde sabremos que está también en Jerusalén cuando ha subido a la Pascua, a su Pascua. Vendría ahora desde la cercana Nazaret, o ya se habría establecido más cerca de Jesús, también en Cafarnaún. Solo el evangelista nos dice que María estaban fuera y querían ver a Jesús.
¿María quiere ver a Jesús y también escucharle? Ella era la que un día había dicho sí para plantar la Palabra de Dios en su corazón. ¿María quería ahora también escuchar a Jesús? ¿Por qué no? Nos atrevemos a considerar que no era como una visita protocolaria de la madre que quiere saber cómo van las cosas de su hijo; claro que las visitas de una madre nunca son protocolarias sino que siempre tienen el sentido hondo del amor del corazón de una madre.
Aunque hoy es al revés muchas veces hacemos las visitas de los hijos protocolarias cuando van a visitar a la madre o al padre que quizá sigue solo en casa o ya no está en la casa sino que habremos buscado un sitio donde hagan por ellos lo que nosotros decimos que en los agobios de la vida no tenemos tiempo de hacer. Y salen así esas visita, sí tenemos que decir, protocolarias de unos minutos de vez en cuando para quedar bien.
Los pasajes del evangelio cuando los escuchamos con verdadera apertura del corazón nos van sugiriendo muchas cosas en nuestro interior, ya que en fin de cuentas es la Palabra de Señor que nos habla y nos habla a nuestra vida concreta. Aunque parezca que nos distraemos de lo que pueda ser lo principal del mensaje, sin embargo siempre hemos de estar atentos a cuantos nos va sugiriendo el Señor allá en lo  hondo del corazón. Es la Palabra que tenemos que escuchar, que plantar hondamente en nosotros para que dé frutos con esa disponibilidad del corazón siempre para lo que nos pida el Señor.
Vayamos de nuevo el relato del texto. No habían podido llegar hasta Jesús y se lo anuncian a Jesús. Y Jesús mirando en su entorno, viendo todos aquellos que allí están también con deseos de escuchar la Palabra del Señor nos señala algo nuevo. ¿Quiénes son su madre y sus hermanos? Allí están, los que quieren escuchar la Palabra, los que quieren llevarla en el corazón, los que no la abandonan sino que harán todo lo necesario para que dé fruto. ‘Estos son mi madre y mis hermanos’.
No es un rechazo a María y a sus hermanos, a su familia que allí está queriendo verle, queriendo escucharle también, estar con El. Es señalar que como María se convirtió en su madre por esa apertura a Dios, por ese querer escuchar a Dios – allá en el silencio de su casita de Nazaret así la contemplamos cuando llega el ángel a ella de parte de Dios – si nosotros entraremos a formar parte de esa nueva familia si tenemos también esa disposición para escuchar a Dios.
Nace una nueva familia. ‘No es por la carne ni por la sangre’, como diría el evangelio de Juan, sino cuando dejamos que el Espíritu de Dios llegue a nosotros para hacernos hijos de Dios. Y dejar que el Espíritu llegue a nosotros es abrir nuestro corazón para escucharle, para dejarnos conducir por El,  inspirarnos, decimos, o lo que es lo mismo dejarnos inundar por el Espíritu, nos hacemos uno con El y así comenzamos a ser hijos de Dios.
Y es que cuando plantamos así la Palabra de Dios en nuestro corazón nuestra vida tiene que ser distinta. Hay en nosotros la verdadera unidad del amor, la verdadera comunión.

martes, 15 de mayo de 2018

Conocer a Dios para alcanzar la vida eterna es saborear a Dios para conocerle y dar sabor de El con nuestra vida porque así le llevamos también en nuestro corazón


Conocer a Dios para alcanzar la vida eterna es saborear a Dios para conocerle y dar sabor de El con nuestra vida porque así le llevamos también en nuestro corazón

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

El texto del evangelio que la liturgia nos propone a lo lago de esta semana sigue formando parte de las palabras de Jesús con sus discípulos – el sermón de la ultima cena se le ha llamado en ocasiones – en la noche en que iba a comenzar su pasión. Ahora escucharemos en lo que suele llamarse la oración sacerdotal de Jesús.
Es una oración que Jesús hace al Padre como una acción de gracias, un proclamar la gloria del Señor, pero al mismo tiempo es una oración que Jesús hace por sus discípulos, por quienes han puesto toda su fe en El. ‘Han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado...’ dice Jesús. ‘Por ellos ruego’. Es la oración que Jesús hace por nosotros, por los que creemos en El.
Estamos en el corazón de Cristo. Nos ama y nosotros queremos amarle. Cuando amamos ponemos a aquel a quien amamos en el corazón. Así estamos, pues, en el corazón de Cristo, nos lleva en su corazón. Creemos en El, queremos reconocer en verdad que El es el enviado del Padre. Somos la corona de gloria de Jesús. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. La gloria del Señor se manifiesta en que Jesús nos ha revelado el misterio de Dios y nosotros creemos en El. Por eso Jesús nos ama.
Continuamente a lo largo del evangelio Jesús quiere que tengamos vida y vida para siempre. Nos invita a seguirle para que tengamos vida. Nos alimenta con su cuerpo y con su sangre haciéndose eucaristía para que tengamos vida eterna y El nos resucitará en el último día. Nos señala que si creemos en El y cumplimos sus mandamientos seremos amados del Padre de manera que vendrá morar en nosotros. Nos dice que nos quiere tener junto a El y quiere llevarnos junto al Padre. Y ahora nos dice que la vida eterna consiste en que le conozcamos. ‘Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
Conocer no es solo un acto intelectual de la mente. Conocer es vivir. No son solo unas ideas que tenemos sobre de Dios, sino que es llenarnos de la vida de Dios. Habrá gente que puede saber muchas cosas de Dios, muchas cosas de Jesús o del evangelio y sin embargo no creen. Adquieren conocimiento de Dios como quien estudia o aprende cosas igual que aprendemos cosas de otras materias. No es aprender cosas, es aprender a Dios, es conocer a Dios que es vivirle y es entonces como florecerá nuestra fe. No es saber muchas cosas de Dios sino saborear la vida de Dios. Por algo aquello de saber y de sabiduría tienen tanta concomitancia, tanta relación con el saborear.
Que vayamos creciendo en esa sabiduría de Dios, en ese saborear a Dios, en ese vivir a Dios. Nuestra vida será entonces distinta. Daremos entonces sabor de Dios con nuestras obras y con todo lo que vivimos. Pongamos también nosotros a Dios en nuestro corazón. Así sea nuestra respuesta de amor.


sábado, 28 de abril de 2018

Igual que Jesús dice que quien le ve a El ve al Padre, la vida del creyente también tendría que ser un reflejo que le hable de Dios a los demás



Igual que Jesús dice que quien le ve a El ve al Padre, la vida del creyente también tendría que ser un reflejo que le hable de Dios a los demás

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’, le pide uno de los discípulos a Jesús. Le vale una réplica y casi reprimenda por parte de Jesús. Tanto tiempo que ha estado con ellos, tantas cosas que han compartido, tantos momentos de caminar juntos, tantos momentos de explicarles a ellos las cosas con mayor detalle, tantos momentos en que se ha dejado ir conociendo su corazón, y aun no lo conocen. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, terminará diciéndoles Jesús.
también nosotros queremos conocer a Dios, nos preguntamos cómo es Dios, nos preguntamos donde está sobre todo quizá cuando vemos tantas cosas que no comprendemos en el mundo en que vivimos, nos hacemos preguntas sobre Dios y le damos vueltas y vueltas a nuestra cabeza, pero quizá no somos capaces de abrir los ojos que de verdad pueden conocerle. Y es que lo esencial es invisible a los ojos. Sin embargo hay señales, hay signos, hay sensaciones y sentimientos, hay cosas que podemos palpar de manera distinta y podemos llegar a ver, a encontrar respuestas, pero  nos cegamos.
Nos cegamos porque queremos que las cosas sean a nuestra manera, según nuestros propios parámetros y el misterio de Dios nos desborda. Nos sentimos quizás tan pequeños que sin embargo la grandeza de Dios que se nos manifiesta en lo pequeño no alcanzamos a verla, a descubrirla.
Tendríamos que aprender a mirar más a Jesús. Tendríamos también que aprender a mirar con los ojos de Jesús. El nos está ensañando continuamente, nos está queriendo hacer descubrir esas maravillas de Dios en lo mas sencillo y en lo pequeño, que nos pudiera parecer que está muy lejano de lo que nosotros imaginamos de Dios. Y es que Dios se ha hecho hombre, para que en lo humano de Jesús sepamos descubrir su divinidad. Por eso nos dirá Jesús que viéndolo a El, conociéndole a El conoceremos y veremos al Padre.
Es el rostro de Dios que se manifiesta cercano, al lado de los pobres, atendiendo a los enfermos, escuchando a todos, buscando a los lejanos, yendo tras la oveja perdida hasta encontrarla y hacerla volver a su redil. En esos gestos de Jesús, en todo eso que El nos enseña tenemos que saber escuchar a Dios, saber encontrarnos con Dios, descubrir la cercanía y el amor de Dios.
Mucho más podríamos seguir profundizando en este pensamiento. Pero me está haciendo pensar también en la respuesta que nosotros podemos y tenemos que dar a los que a nuestro lado  nos preguntan por Dios. De una forma o de otra el mundo aunque muchas veces quiera declararse ateo y no creyente continuamente se hace preguntas sobre Dios, nos hacen preguntas sobre Dios de una forma o de otra. Porque no entienden el misterio de Dios, porque los males que hay en la vida los confunden cuando no saben dar respuestas, cuando se encierran quizá en su rebeldía y buscan a quien echar la culpa y les es fácil echársela a Dios.
Y es aquí donde hay algo que tendría que inquietarnos. ¿Podríamos dar nosotros la misma respuesta de Jesús? ‘Quien me ve a mí, ve al Padre’. Es serio esto. Porque nosotros los creyentes con nuestra manera de vivir, con nuestras actitudes y con nuestros comportamientos, con nuestro amor y con nuestro compromiso por los demás, con nuestra vida llena de rectitud pero también muy llena de alegría, tendríamos que ser un reflejo que les hable de Dios a los demás. ¿Seremos capaces de serlo para los otros? ¿Nuestra vida les habla de Dios a los demás? Quede ahí la pregunta y mira cual es la respuesta que puedes dar con tu vida. No es un juicio es un interrogante para pensar.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

¿Pedir señales y milagros? Reconozcamos que todos lo hacemos. Queremos que las cosas se nos den hechas y nosotros no tengamos que poner mucho esfuerzo. Algunos lo pueden llamar casualidades, suerte, pero en el fondo estamos deseando el milagrito fácil. Que se nos resuelvan los problemas así por si mismos, que nos toque la lotería o que aunque tengamos que pasar por marejadas y peligros que no nos pase nada. Así andamos muchas veces en las cosas cotidianas de la vida.
Pero para convencernos de algo, queremos razones; es lógico andamos en un mundo racional que tiene sus lógicas, donde tenemos que andar con razonamientos, donde buscamos pruebas poco menos que científicas para todo.
Pero ¿y cuando tenemos que creer en las personas? ¿Cuándo tenemos que aceptar una palabra que nos dicen? ¿Cuándo tratan de darnos un planteamiento, unos principios y valores que pueden afectar a nuestra vida? Queremos que nos lo prueben. Sin embargo hay razones que aunque las tengamos delante de los ojos algunas veces no somos capaces de verlas o no queremos verlas. Y surgen desconfianzas, y decimos que no comulgamos con ruedas de molino, que si ellos creen que somos tontos que vamos a aceptar las cosas así por que sí, porque nos lo digan. Parece que esa sea la tónica de nuestro actuar o de nuestros planteamientos y puede que nos ceguemos.
Cuando entramos en el ámbito de la fe parece que las cosas se nos complican todavía más. O somos unos crédulos, así al menos nos lo echan en cara, y tenemos la fe del carbonero como suele decirse que todo lo aceptamos, nos creemos cualquier cosa extraordinaria que nos digan que sucedió aquí o allá – cómo vamos corriendo tras las cosas asombrosas y los milagritos - o nos volvemos unos incrédulos o unos incordios que siempre le estamos dando vueltas y vueltas al asunto, pidiendo razones y no terminamos de hacer que esa fe afecte y envuelva totalmente nuestra vida. Es complejo todo esto.
Es necesario, sí, una búsqueda intensa y sincera, pero es necesario un dejarnos sorprender por el misterio de Dios que llega a nuestra vida y se nos puede manifestar de muchas maneras; es necesaria una apertura del corazón y confiar. Y aprenderemos a confiar cuando seamos capaces de dejarnos sorprender por el amor, sensibilizar nuestro corazón al amor. Cuando nos falte esa capacidad de amor estamos como encallecidos, y cuando ponemos una costra sobre nuestro espíritu poca cosa podrá penetrar en él.
Es cierto que la vida muchas veces nos endurece por las mismas dificultades que en la vida vamos encontrando, luchas por todas partes, cosas que nos hieren y nos hacen daño, y esas cicatrices nos pueden jugar, es cierto malas pasadas. Hay un bálsamo que tenemos que seguir usando siempre, que es el bálsamo del amor, para que se suavice nuestro corazón, para que aprendamos a valorar la ternura que podamos encontrar, y todo eso  nos irá ayudando a que nos abramos a Dios, y dejemos que el misterio de Dios penetre en nuestra vida.
En el evangelio de hoy vemos la reticencias que tantos tenían ante Jesús y se habían cerrado tanto en si mismos que no eran capaces de ver las obras de amor que Jesús realizaba. Por eso seguían pidiendo signos y más signos y nunca se dejaban convencer por el amor. Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús. Ya escuchamos en otro momento como Jesús da gracias al Padre que se revela a los humildes y sencillos de corazón. Caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida.