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lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?

domingo, 19 de mayo de 2024

Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

 


Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

Hechos  2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Es Pentecostés. Es mucho más que aquella fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, como una celebración de la ley que el Señor dio a través de Moisés a su pueblo allá en el Sinaí; mucho más como aquella fiesta casi al principio del verano y que se convertía en ofrenda de las primicias de aquellos frutos que se comenzaban a recoger. Es mucho más porque para nosotros es la fiesta del Espíritu, aquella donación de sí mismo que Jesús había prometido para estar siempre con nosotros porque contaríamos para siempre con la fuerza venida de lo alto.

Los Hechos de los Apóstoles nos relatan lo acontecido aquel día. Aún seguían los Apóstoles encerrados en el Cenáculo, a pesar de las experiencias que ya habían tenido de la presencia de Cristo resucitado. En la Ascensión Jesús les había pedido que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Ahora en medio de aquellas señales que les estremecían como de un ruido ensordecedor, de aquellas llamaradas que aparecían sobre ellos como si sintieran un incendio divino en sus espíritus ellos se sienten transformados e impulsados a salir al encuentro de cuantos les rodeaban.

Algo extraordinario sucede, porque habiendo gente venida de distintos lugares como era normal en aquella fiesta judía de Pentecostés todos les entienden cada uno en su propio idioma. La torre de la confusión de Babel se derrumbaba para comenzar un lenguaje nuevo que todos iban a entender. Son los signos y señales de la presencia del Espíritu.

Se acabaron los miedos y la confusión, comienza el mundo nuevo de la unidad y del entendimiento; queda ya atrás lo de encerrarse en si mismos y sus inseguridades para hacer el anuncio de la Buena Nueva que iba a transformar el mundo; con la presencia del Espíritu de Cristo resucitado la paz renace en los corazones, porque se olvidan las culpabilidades porque el perdón es el que nos va a conducir a la verdadera paz y no solo nosotros nos vamos a sentir renovados desde lo más hondo de nosotros mismos a pesar de las sombras de nuestros errores y pecados, sino que además tenemos que convertirnos en esos mensajeros y testigos de la paz y el perdón que será el que de verdad renueve nuestro mundo.

No podemos olvidar esas señales de la presencia del Espíritu que nosotros tenemos que seguir mostrando a nuestro mundo. No es solo el recuerdo de las señales vividas en otro momento sino que ha de ser en verdad algo vivo que en nosotros ahora se tiene que manifestar también para bien de nuestro mundo.

Hoy, ahora, aquí tiene que seguir siendo Pentecostés. La celebraciones cristianos no son solo un recuerdo sino un memorial, porque es haciendo memoria de esas maravillas de Dios hacer presente ahora en nuestra vida y en nuestro mundo esas mismas maravillas de Dios. Hoy, aquí y ahora tenemos que ser testigos de Pentecostés, porque nuestros miedos y cobardías se acaben de una vez para siempre, porque tenemos que comenzar a mostrar que es posible esa unidad y esa comunión porque en verdad comenzamos a sentirnos verdaderamente hermanos, porque sentimos en nuestros corazones el gozo y la alegría del perdón recibido que nos llena de paz y nos hace hombres nuevos sino porque vamos siendo esos ministros de reconciliación y de perdón para los demás.

Nos lo dijo Jesús en el día de Pascua, que nos daba su Espíritu para el perdón de los pecados, de manera que por todas partes teníamos que ir haciendo presentes esas señales del perdón. Sin verdadero y profundo perdón no podremos alcanzar una autentica paz. Esa paz que tanto necesita hoy nuestro mundo; esa paz que nos regenere y nos haga encontrarnos de verdad los unos con los otros dejando atrás viejos resentimientos y sanando de verdad las heridas que aun llevemos en el corazón. Las heridas que no se curan siempre nos irán marcando con cicatrices molestas; tenemos la medicina verdadera en la fuerza del Espíritu del Señor.

Una tarea muchas veces costosa y difícil, tenemos que reconocer, pero una tarea que sabemos que es posible. Vivamos con intensidad la experiencia de ser perdonados y aprenderemos a tener la experiencia gozosa de ofrecer el perdón. La fuerza del Espíritu que hoy en Pentecostés a eso nos está conduciendo.

Es Pentecostés y tenemos que ponernos en camino; es Pentecostés y de una vez por todas tenemos que abrir las puertas; es Pentecostés y tenemos que ir al encuentro de ese mundo que nos rodea con sus divergencias y con sus diferencias, con esos lenguajes que se nos vuelven ininteligibles y esas soledades que nos aíslan a pesar de tanto que decimos que nos comunicamos para crear un lenguaje nuevo de comunión y unos lazos de comunicación que nos acerquen los corazones. Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo.

viernes, 16 de febrero de 2024

Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

 


Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que siempre nos echan en cara lo mismo; es como si fuera una vía de escape fácil para aquellos que quizás no están tan tranquilos en su conciencia, pero que a manera se justificación de lo que ellos no hacen y en el fondo están sintiendo que algo distinta tiene que ser su vida, el echarnos en cara o el juzgarnos si lo que hacemos está bien hecho o no, o si lo que hacemos es como una pantalla para ocultar nuestras cosas de nuestra vida desordenada.

Sentimos, en cierto, la tentación de responder echándoles en cara lo que ellos no hacen, pero mejor es que nos lo tomemos en serio y como un buen punto de arranque para muchas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida. ¿Qué sentido tienen nuestros ayunos y por qué los hacemos? La religiosidad que vivimos en nuestra vida ¿es auténtica porque hay una profunda relación con Dios o son solo costumbres o rutinas porque siempre se ha hecho así y alguna cosa habrá que hacer? Mientras ayunamos o hacemos actos de penitencia o dedicamos nuestro tiempo a muchas expresiones de una religiosidad popular ¿por dónde anda nuestra vida? ¿Por dónde andan nuestras relaciones con los demás?

Son preguntas que con sinceridad tenemos que hacernos en nuestro interior para analizar dónde está la autenticidad de nuestra vida. ¿Nos quedamos solo en apariencias, en asistir a unos actos o realizar una serie de prácticas religiosas pero simplemente como una costumbre que se puede convertir en rutina? No estamos queriendo juzgar ni condenar a nadie, sino que os invito a que busquemos esa autenticidad, esa verdad de nuestra vida. No digo que esté mal o no las críticas que nos pueden hacer, pero pueden ser punto de partida para una reflexión que nos hagamos, para una renovación que ciertamente tenemos que hacer de nuestra vida.

A esto nos invita este camino de cuaresma que acabamos de comenzar. Es cierto que de una forma o de otra se nos van a ofrecer toda una serie de prácticas religiosas, vamos a rescatar muchas cosas de esa religiosidad popular que reconozcamos que ha sido así es lo que ha alimentado la fe del pueblo sencillo a lo largo de los años y de los siglos, pero bien sabemos que todo no se puede quedar ahí.

Sí, religiosidad es la forma con la que expresamos lo que es nuestra relación con Dios; es el sentido incluso de la palabra religión. Será algo que tenemos que cultivar con todo espero y queriendo darle la mejor y mayor profundidad. Pero bien sabemos que nuestra relación con Dios estará mejor anudada en la medida en que sabes anudar bien nuestra relación con los demás. No podemos, de ninguna manera, separar la una de la otra.

Por eso hoy el profeta, en nombre de Dios, nos ha dicho y con toda energía cuál es el verdadero ayuno que el Señor quiere. Está claro y no hay que darle ni muchas explicaciones ni muchas interpretaciones.

‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Romper y desatar cadenas y correas, cuantas ataduras nos buscamos, pero con cuantas ataduras queremos dominar sobre los demás; hacer desaparecer lo que haya en nuestra vida que pueda ser un peso para los demás, desterremos exigencias, intransigencias y malos humores con los que tantas veces cargamos contra los otros y les hacemos pasar malos momentos; rompamos las cerraduras con las que queremos guardar solo para nosotros mismos y dejemos que se desparrame de forma generosa lo que somos y lo que tenemos para que todos puedan llegar a vivir con dignidad.

No es fácil. Son muchos los apegos que llevamos en la vida, los orgullos que nos siguen encerrando en nosotros mismos, la insolidaridad que muchas veces hierve dentro de nosotros mismos y cuya espuma nos impide descubrir lo que hay y lo que sufren los que están nuestro lado, no nos enteramos ni nos queremos enterar. Cambiar esas posturas y actitudes produce más desgarro dentro de nosotros que los tirones que nos pueda dar un estómago hambriento solo por un día.

¿Cuál será el ayuno que me está pidiendo el Señor en esta cuaresma que acabamos de comenzar?


domingo, 16 de abril de 2023

Sigamos viviendo con toda intensidad esta Pascua, no cerremos las puertas para que nos podamos convertir también para los demás en signos del paso de Dios

 


Sigamos viviendo con toda intensidad esta Pascua, no cerremos las puertas para que nos podamos convertir también para los demás en signos del paso de Dios

Hechos de los apóstoles 2, 42-47; Sal 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

‘Estando las puertas cerradas…’ nos dice por dos veces el evangelista en este corto trozo del evangelio. ¿Querrá expresar una realidad de nuestra vida? ¿Seguiremos estando con las puertas cerradas?

Materialmente, por decirlo de alguna manera, es una realidad de la vida de hoy con tantas inseguridades con las que vivimos. Algunas veces no queremos recordar otros tiempos porque los consideramos peores – ahora que dicen que vamos logrando un estado del bienestar – pero algo que recuerdo de mis tiempos de niño era que habitualmente al menos entre vecinos nadie tenía las puertas cerradas; solamente teníamos que empujar la puerta para entrar dando una voz diciendo que éramos nosotros los que entrábamos.

¿Podemos o no podemos tener las puertas abiertas hoy? Cada uno vera sus miedos o sus inseguridades, pero es que también tenemos el peligro de ir cerrando otras puertas y vías de comunicación con los que tenemos más cerca de nosotros. Fácilmente hoy nos comunicamos de inmediato con alguien que está al otro lado del mundo, pero cuidado no seamos capaces de darle los buenos días al de la puerta de al lado. Hay cerrazones o hay comunicaciones de muy diversa índole que tenemos o no tenemos en cuenta en el día a día.

Pero me da que pensar mucho más este episodio del evangelio de hoy y estas puertas cerradas de los discípulos que se habían encerrado en el cenáculo. ¿Era solamente el miedo a que con ellos pudieran hacer lo mismo que habían hecho con su maestro o era una indecisión, una falta de confianza en lo que Jesús les había dicho y anunciado? ¿No estaba en cierto modo la falta de fe, la falta de confianza en las palabras de Jesús? Creyendo en Jesús hubieran comprendido mejor el sentido de aquella pascua que tan dolorosa les había sido.

Le estaban poniendo puertas a la fe, podríamos decir; como nos sucede a nosotros cuando esa fe nos compromete, nos hace tomar opciones, nos obliga a plantearnos cambios en nuestra vida, nos habla de un vaciarnos de nosotros mismos, de lo que nosotros llamamos nuestras seguridades. Reconozcamos que nos entran nuestros miedos y quisiéramos poner puertas. Como Tomás también queremos palpar por nosotros mismos porque nos parece que eso es lo único que nos da seguridad.

Cuando nos dejamos envolver por la fe seremos capaces de lanzarnos a algo nuevo con la confianza de que estamos en las manos de Dios; ya no tememos desprendernos de todo para compartir, ya miraremos cara a cara al que está a nuestro lado para también tener confianza aunque no lo conozcamos, para sentirlo como un hermano sea quien sea dejando ya a un lado para siempre prejuicios y desconfianzas. Es un camino abierto el que hemos de recorrer para también dejarnos sorprender por ese actuar de Dios que nos lleva a nosotros a un nuevo actuar.

Despertemos de una vez por todas nuestra fe. Dejémonos sorprender porque el Señor está ahí en nosotros, con nosotros, en medio nuestro cuando antes no éramos capaces de verlo ni tampoco queríamos aceptar el testimonio de los demás. Aquellos discípulos encerrados en el cenáculo aquella tarde ya habían recibido noticias de que el sepulcro estaba vacío, que los ángeles les anunciaban que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo, las mujeres habían venido con la noticia de sus encuentros con Jesús e incluso los discípulos que se habían ido a Emaús había regresado contando cómo  había hecho con ellos el camino y lo habían reconocido al partir el pan. Pero ellos no habían creído, seguían con las puertas cerradas. Lo que le seguía pasando a Tomás que no había querido estar con ellos y por su cuenta se había echado a la calle. ¿Reflejará de algún modo alguna de nuestras actitudes y posturas, de nuestras dudas o de nuestras peticiones de pruebas?

Ahora se llenan de inmensa alegría, nos dice el evangelista. Se han llenado del Espíritu de Jesús resucitado – es el regalo de la pascua – para sentir ya comenzaba una vida nueva de amor, de perdón y de paz. Una alegría que pronto querrán compartir con el discípulo que por haber perdido la comunión con los hermanos había perdido la oportunidad de su encuentro con Jesús y seguía con sus dudas y sus peticiones de pruebas. Bien podían decir ellos ‘hemos visto al Señor’.

Cuando de nuevo se manifieste el Señor resucitado ya también Tomás, que ahora sí estará con ellos, podrá hacer su hermosa confesión de fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’. ¿No tendrá que ser ese también el itinerario de fe de nuestra vida? Descorramos esos velos que nos ciegan y nos hacen permanecer en tinieblas, que se abran las puertas, que desaparezcan las barreras que nacen de nuestro propio egoísmo o de la autosuficiencia de creemos que podemos caminar solos por nuestra cuenta, que busquemos en verdad estar unidos y en nueva comunión sintiéndonos más hermanos para que podamos sentir en nosotros esa presencia del Señor que derrama su misericordia sobre nosotros y nos llena de una nueva paz.

Sigamos viviendo con toda intensidad esta Pascua para que nos podamos convertir también para los demás en signos del paso de Dios por nuestra vida para que el mundo crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y, creyendo, tenga vida en su nombre.

domingo, 5 de junio de 2022

Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

 


Recibimos hoy el don del Espíritu que abre las puertas que nos encierran, nos hace sentir una nueva libertad y nos pone en camino de nuevos horizontes

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Hay una circunstancia repetida de alguna manera en los dos relatos que nos ofrece hoy san Lucas tanto del evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, previa a la presencia del Espíritu y la nueva presencia de Jesús resucitado. Expresamente se dice en el evangelio que estaban en el cenáculo con las puertas cerradas, y encerrados allí estaban en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviarles su Espíritu.

Puertas cerradas por fuera cuando nos quitan la libertad y nos dejan prisioneros en su interior, puertas cerradas por dentro cuando el miedo nos impide ejercer nuestra libertad. Seguimos viendo muchas puertas cerradas, y no solo es que caminemos por nuestras calles y raro es que nos encontremos una puerta abierta sino que puede ser expresión también de muchas cosas que nos encierran, de muchas distancias que ponemos, de muchas barreras que nos creamos y nos impiden la comunicación o la comunión. Puertas que muchas veces siguen cerradas en nosotros con nuestros miedos o con nuestras cobardías, con nuestros apegos o con nuestras esclavitudes.

Jesús había anunciado en la sinagoga de Nazaret que venía lleno del Espíritu del Señor para dar libertad a los oprimidos, y como un signo vemos en el evangelio con los milagros cómo Jesús nos va liberando de nuestros malos, que no solo son las carencias físicas que la enfermedad nos puede imponer, sino ese mal que desde dentro nos oprime y nos esclaviza.

Llega Jesús resucitado junto a los suyos y no necesitará que nadie les abra las puertas pero con el regalo del Espíritu da poder a los suyos para que vayan llevando esa nueva liberación a todos los que están esclavizados con el pecado, el poder del Espíritu para el perdón de los pecados. Se derrama el Espíritu a los congregados y encerrados en el cenáculo y las puertas se abrirán porque el Espíritu de la salvación ha de expandirse y ha de hacerse llegar a todos los hombres. Llenos del Espíritu saldrán a la calle ante todos aquellos que en su entorno se habían congregado al sentir los signos del cielo para anunciarles la Buena Nueva de la salvación.

Una salvación que significativamente será para todos los pueblos, porque yo no habrá trabas de lenguajes que impidan la comunicación, porque todos escucharán ese mensaje que les están trasmitiendo los apóstoles, cada uno en su propia lengua. No es solo un milagro de glosolalia, sino que es el signo claro de ese anuncio de salvación ha de ser para todos y todos podrán escucharlo, todos han de escucharlo. No hay ya puertas de lenguaje ni cierren la comunicación porque hasta los confines de la tierra han de ir a anunciar el mensaje de Jesús.

Celebramos hoy Pentecostés, la Pascua del Espíritu, el cumplimiento de la promesa de Jesús; el Espíritu que nos congrega en una misma comunión desde nuestra fe en Jesús y el Espíritu que nos va a hacer sentir de una manera nueva esa presencia de Jesús; el Espíritu de la Verdad que Jesús nos había prometido que nos lo revelaría todo, pero es el Espíritu que nos abre las puertas a nuevos horizontes y nos pone en camino porque con su fuerza hemos de ir haciendo el anuncio de la salvación a todos los hombres.

Es el Espíritu que ha construido la Iglesia cuando a todos nos ha congregado en unidad pero es el Espíritu que sigue conduciendo los caminos de la Iglesia y los caminos de todos los que creemos en Jesús para ser testigos en medio del mundo; es el Espíritu de sabiduría y de fortaleza para saber mantener encendida esa lámpara de nuestra fe en nuestros corazones y en medio del mundo; el Espíritu que un día condujo los pasos de María para que llegara hasta las montañas de Judea porque con su presencia todo se llenaba de Dios y es el mismo Espíritu que sigue conduciendo nuestros pasos para llenar también de la presencia de Dios nuestro mundo disipando toda sombra de tiniebla; es el Espíritu que nos libera de todas las ataduras como había anunciado Jesús en la sinagoga de Nazaret, pero que nos envía por el mundo con ese poder de liberación, con ese poder del perdón porque es el camino de la reconciliación para lograr un mundo nuevo.

Necesitamos la fuerza del Espíritu para convertirnos de verdad en testigos, testigos de la verdadera liberación, testigos que no queremos puertas cerradas sino que vamos a proclamar que con esa libertad podemos ir, vamos a ir con las puertas abiertas al encuentro de nuestros hermanos y de nuestro mundo. Es la acogida de nuestros corazones, pero son esos nuevos pasos que damos al encuentro de nuestro mundo con todas sus sombras y sufrimientos a los que queremos llevar una nueva luz.

Testigos de esa Iglesia de puertas abiertas porque llevamos un nuevo amor en nuestro corazón y vamos a ir mostrando con ese nuevo amor podemos alcanzar la verdadera liberación que nos ofrece Jesús; no podemos ser nunca una iglesia de puertas cerradas, no podemos encerrarnos los cristianos con ningún miedo que nos acobarde – desterremos para siempre todo miedo y toda cobardía -, tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu que es la fuerza de la verdadera libertad.