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domingo, 21 de septiembre de 2025

Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

 


Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

Amós 8, 4-7; Salmo 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

Cada uno en la vida tiene sus valores, aquellas cosas que considera más importantes, más fundamentales en su vida y podríamos decir que sin ellas pareciera que su vida careciera de sentido, y otras que con ser importantes le damos menos importancia, menor valoración, como también otras cosas que para nosotros no tienen valor, las consideramos negativas y de las que nos apartamos o no dejamos introducir en nuestros planes de vida. Son los criterios por los que nos regimos, son los principios que fundamentan nuestra existencia, son de alguna manera los que nos van a definir lo que somos y como somos.

Con esto de alguna manera estamos hablando de hacernos una escala de valores para priorizar lo que realmente es lo más valioso para nosotros. Y esto de la escala de valores es algo serio e importante porque como decíamos nos está definiendo, nos estará diciendo también qué clase de persona somos. Es el fundamento de nuestra moralidad, de la ética por la que regimos nuestra vida.

Hemos de reconocer que no siempre lo tenemos claro, que no siempre somos consecuentes con lo que decimos, porque proclamar principios muchas veces nos puede resultar fácil, pero eso llevarlo a la práctica de nuestra vida no siempre lo hacemos; de ahí la incongruencia en que tantas veces vivimos. Claro que para llegar a ello hemos de ir formando nuestra conciencia para llegar a tener las cosas claras, pero también para tener la madurez y valentía para actuar en consecuencia.

Es importante la educación que recibimos que nos enseña a alcanzar esa madurez, conseguir esos fundamentos de nuestra vida. Algunas veces parecemos infantiles que no sabemos lo que queremos, nos falta personalidad, firmeza y madurez, y andamos tonteando de acá para allá sin saber a qué quedarnos. ¿Estaremos dando principios estables, poniendo de verdad esos cimientos, en la educación que le damos a las jóvenes generaciones que vienen detrás de nosotros?

En este momento de nuestra reflexión quizás tendríamos que preguntarnos si tenemos clara esa escala de valores en el día a día de nuestra vida, si acaso hemos alcanzado esa madurez, y con sinceridad plantearnos cuales son las cosas que consideramos fundamentales para nuestra vida, a las que le damos la mayor importancia. Cuidado con que el materialismo nos invada y nos envuelva.

Es lo que hoy nos está planteando Jesús en la parábola que se nos propone en el evangelio. Aquel hombre que quizás había querido darle sentido a su vida desde las riquezas, aprovechándose en todo lo que podía en la administración de los bienes de su amo, se descubrió a sí mismo con las manos vacías. Cuando le pidieron cuenta de su administración, sabiendo incluso que había obrado mal y que iba a ser despedido, se encontraba que no sabía a dónde acudir ni qué hacer. Como decía él ni siquiera sabía trabajar en el campo, en esa dignidad que se creía tener le daba vergüenza pedir limosna, sabía que su vida había perdido sentido. Pero encontró un camino.

Un camino en el que por una parte rehacía lo que torpe e injustamente había hecho cuando abusaba de los deudores de su amo cargándoles con más intereses que lo que realmente debían y por otra se ganaba la consideración de las personas que le rodeaban; el respeto a la dignidad de las personas, el respeto a un trabajo digno, el reconocimiento de su vaciedad y de sus errores le ayudó con su astucia a encontrar una salida. 

Cuando ponemos nuestros intereses materiales por encima del valor y dignidad de las personas andamos perdidos, como lo estaba aquel hombre. Pero reaccionó a tiempo, se ganó la consideración incluso de su amo que le alababa su astucia y su manera de encontrar salida a su vida, se ganaba unos amigos en aquellos a los que en cierto modo condonaba sus deudas haciéndolas más justas.

¿Qué andamos buscando en la vida? ¿Dónde están nuestros principios y valores? ¿Qué es lo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros? Desde el principio de nuestra reflexión nos lo hemos venido planteando; el ejemplo de esta parábola tiene que ser para nosotros un aliciente más para encontrar ese verdadero valor, ese verdadero sentido de la vida. No es lo material lo que nos hace grandes, es el respeto y valoración de la persona lo que nos hará encontrarnos con nosotros mismos, es el camino por el que tenemos que ir encontrando la verdadera madurez de nuestra vida.


viernes, 8 de noviembre de 2024

Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

 


Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

La vida y el mundo se nos están convirtiendo en una loca carrera en la que al final terminamos arrastrándonos los unos a los otros y cayendo en el mismo abismo. Todos hemos contemplado en alguna competición como en un determinado momento en que todos corren por el triunfo y apelotonados el tropiezo de uno hace caer a los demás formándose un revolcón indescriptible, donde muchos van a salir mal heridos.

¿Cómo mantener el equilibrio para no caer en ese tropiezo colectivo? Será necesario saber mantener las distancias, saber cada uno su lugar y lo que tiene que hacer, estar en el mejor momento de atención para no dejarnos arrastrar y caer todos en lo mismo. Algunas veces nos puede parecer poco menos que imposible salir de situaciones así, pero algunos lo logran y pueden alcanzar un justo triunfo. Habrá que saber enderezar bien nuestros pasos para no dejarnos envolver.

No es solo de una carrera deportiva de la que estamos hablando sino del camino que tiene que ser nuestra vida. Muchas veces parece que buscamos el camino que nos parece más fácil, pero que no siempre es el más correcto. Muchas veces podemos incluso tropezar y cometer errores en nuestro camino, con el daño que nos hacemos a nosotros mismos, pero con el daño que podemos hacer también a los demás. ¿Tendremos un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer?

En el evangelio hoy Jesús nos pone una parábola que muchas veces nos ha costado entender. Habla de un administrador injusto al que se le está pidiendo cuentas de su administración. No ha sido buena la administración que ha hecho. Los administradores muchas veces aumentaban injustamente los intereses o hacían malversación con las cuentas que tenían que llevar, buscando sus ganancias; el dinero negro que muchas veces decimos. Ahora se encuentra en una situación difícil porque se va ver desposeído de todo lo que mal había ganado y se iba a quedar en la calle. Con astucia hace sus arreglos con aquellos que le debían dinero a su amo, quizás podemos pensar quitando aquellos intereses abusivos. Los que se veían beneficiados, podrían tener compasión de él.

Es lo que se alaba al final de la parábola, no que hubiera actuado injustamente con sus robos, sino la astucia para encontrar una salida, que podía parecer pérdida, pero que en el fondo le haría sentirse liberado de lo mal que había hecho. ¿Tendremos la astucia para encontrar salidas a las situaciones en las que nos hemos metido en la vida?

Siempre hay tiempo para enderezar el camino, siempre hay tiempo para encontrar ese momento de lucidez de reconocer los errores que hemos cometido, siempre hay tiempo para una buena palabra que pida una disculpa, reconozca su error y sea capaz de pedir perdón. No siempre lo tenemos todo perdido.

Ya sé que en este mundo nuestro no siempre nos vamos a encontrar con esas personas comprensivas y compasivas que nos ofrezcan caminos de misericordia y de perdón. Siempre hay almas buenas y ya sería un gozo el encontrarlas. Pero sabemos quien es de verdad compasivo y misericordioso con nuestros fallos y pecados. Contamos siempre con la misericordia del Señor, pero el Señor también pondrá a nuestro lado personas que nos comprendan, que nos animen, que nos tiendan la mano aunque no lo merezcamos, seamos capaces de ver en esas personas una señal del amor que Dios nos tiene.

Y seamos nosotros capaces también de ofrecer esa misma comprensión a los demás. ¿Quiénes somos para juzgar cuando nosotros estamos tan llenos de miserias y de pecado? En esa loca carrera de la vida Dios siempre pondrá señales a nuestro paso para que siempre podamos reencontrar el camino recto.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 


Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

Los intereses que tengamos en la vida es lo que habitualmente nos mueve, nos impulsa a muchas cosas y nos ayuda en verdad a descubrir cuál es el sentido que le damos a las cosas, el sentido que le damos a la vida. Intereses que se nos pueden convertir en una obsesión que nos ciega y donde parece que la vida no tiene otro sentido sino esos intereses que nos mueven. En ese terreno se mueven nuestras pasiones como en ese terreno es donde aparecerá la espiritualidad con que vivimos o el materialismo que nos ciega.

Es necesario tener claro a dónde vamos, por qué nos movemos, en qué cosas ponemos en verdad nuestra felicidad, aunque algunas veces podamos engañarnos. Y ya sabemos que cuando queremos conseguir aquello que nos interesa, ya aparecerá nuestro ingenio para buscar caminos y salidas, dando los rodeos que sean necesarios para finalmente alcanzarlo; es la astucia con que actuamos tantas veces en la vida.

Sigue en el fondo la pregunta, ¿y qué es lo que realmente nos mueve en la vida? y nos estamos haciendo esta reflexión entre unas personas que nos consideramos cristianos, que nos consideramos creyentes, que nos podemos considerar incluso muy religiosos. ¿Se notará en este actuar de nuestra vida, en esos intereses por los que nos movemos, la postura de un creyente, la postura de un cristiano? ¿Es lo que en verdad está dando sentido y valor a la vida, a lo que hacemos? ¿Ponemos tanto empeño en darle ese cariz y ese sentido a la vida, iluminada por la fe, como el que ponemos en nuestros negocios, en nuestras tareas y responsabilidades de cada día?

En este mundo complejo en el que vivimos, en el que no nos es tan fácil manifestarnos como creyentes y defender nuestros valores cristianos, algunas veces parece que nos falta arrojo y valentía, vivimos como acobardados y con miedo, queremos ser prudentes, decimos, para no provocar, pero quizá estamos callándonos en cosas que son fundamentales, que nos dan un sentido, y con lo que tendríamos que contribuir al bien de la sociedad en la que vivimos. Pero no aparecen esos testigos, no terminamos de dar la cara los cristianos, seguimos andando como a ocultas y casi preferimos meternos en las catacumbas, que salir a la luz pública con nuestros principios y valores.

Hoy nos habla el evangelio de la astucia con que tenemos que andar en la vida. Nos propone Jesús una parábola que muchas veces nos cuesta entender; nos habla de aquel administrador que había actuado injustamente y al que se le iba a pedir cuentas; se está viendo en la calle sin tener donde caerse muerto, como se suele decir, porque sabe que va a ser condenado por su injusto actuar, donde quizás había arrimado el ascua a su sardina para poder obtener ganancias injustas. En sus manos está el bajar los intereses que le había impuesto a aquellos deudores de su amo – intereses que en la forma de administración de entonces eran sus ganancias – porque así se ganaba la voluntad de aquellos deudores que luego podrían echarle una mano cuando se viera despedido.

Actuó con astucia, siendo capaz de perder en aquellos intereses con tal de obtener un buen fin en quien le acogiera en los momentos difíciles. Y termina la parábola alabando el amo a aquel administrador, no porque había administrado mal, sino por la astucia con que ahora había actuado. Y termina diciéndonos Jesús como conclusión de la parábola: ‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz’.

Es lo que hemos venido planteándonos de cuales son en verdad los intereses de nuestra vida y por los que estaríamos dispuestos a hacer lo que sea. ¿No tenemos que ser en verdad luz en medio del mundo con el testimonio de nuestras obras de luz? No andemos ocultándolas, busquemos la manera también utilizando los medios que hoy podemos tener en nuestras manos para dar ese testimonio, para manifestar valientemente ante el mundo esas obras de luz que realizamos.

Algunas veces parece que nos falta marketing para que la Iglesia en verdad haga saber, no como un alarde sino como un testimonio luminoso, esas obras que en su seno se realizan. ¿Sabe realmente la sociedad lo que a través de Cáritas se realiza? ¿Se conoce claramente el sacrificio hasta heroico que muchos religiosos y religiosas realizan en tantos hogares en que se acoge a los que nos los más despreciados de nuestro mundo, ancianos, discapacitados de todo tipo, los más pobres y los más abandonados de nuestra sociedad? ¿Se tiene conciencia en la sociedad que nos rodea de la labor de tantos voluntarios que en tantas obras de la Iglesia dedican su tiempo y su vida para acompañar, para ayudar, para levantar a tantos caídos en los que nadie se fija? Y así podríamos pensar en muchísimas cosas más.

No queremos medallas ni reconocimientos, pero si es necesario dar ese testimonio que el mundo necesita para que nos demos cuenta que podemos hacer un mundo mejor.

viernes, 5 de noviembre de 2021

La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios, todo en la vida tendría que centrarse en él buscando guardar nuestro tesoro en el cielo

 


La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios, todo en la vida tendría que centrarse en él buscando guardar nuestro tesoro en el cielo

Romanos 15,14-21; Sal 97;  Lucas 16,1-8

Guardarse las espaldas, decimos cuando ante una situación comprometida tenemos, como quien dice, un as en la manga, una respaldo aparentemente oculto quizá, pero que sabemos que está ahí y que nos va a servir cuando quizás nos pidan cuentas por lo que hemos hecho. Hay gente que es muy especial en esto de guardarse las espaldas, por su astucia, por la habilidad con que manejan las cosas, las situaciones, incluso, hemos de reconocerlo, hasta a las personas. Y siempre sabrán salir adelante, de alguna manera se sienten protegidos.

¿Quién nos guarda las espaldas a nosotros? ¿Seremos capaces de arriesgar en situaciones conflictivas, expresar claramente lo que hacemos o lo que pensamos? Según sean quizás las cosas que nos intereses, sabremos quizás callarnos a tiempo, hacer un favor en un momento determinado para saber que contamos con alguien. Pero ¿significará eso sinceridad en la vida? ¿Significará que sabremos afrontar las cosas de frente – valga la redundancia – para asumir bien las responsabilidades de lo que hacemos, de nuestra manera de actuar o de los pensamientos que tengamos?

Es una cuestión difícil que se nos plantea, porque nunca queremos salir perjudicados; muchas veces queremos nadar entre dos aguas, y no nos manifestamos claramente por lo que realmente pensamos, sino que como se dice ahora hacemos lo políticamente correcto, que habría que pensar si es lo éticamente correcto. Nos hace falta definirnos, aclararnos, expresar con valentía que lo que pensamos, lo que decimos que son nuestros principios. Esto da para mucho pensar, para mucho reflexionar sobre nuestra manera de actuar.

Todo esto me estoy planteando reflexionando en voz algo, como quien dice, a raíz de lo que hoy se nos cuenta en el evangelio. Una parábola que siempre nos resultar difícil comentar. Un administrador que no ha realizado bien su trabajo y al que le piden cuentas; sabe que la cosa está mal y se va ver en la calle, y quiere guardarse las espaldas, haciendo favores a aquellos que le deben a su amor y sobre todo a causa de sus malas cuentas, de su mala administración. Al final parece que cuando le echen por mal administrador va a tener donde refugiarse. Y la parábola que nos desconcierta termina con una sentencia que es clave. El amo felicitó al administrador no porque lo hubiera hecho mal, que eso parece que se da por sentado, sino por la astucia con que actuó. Y así termina diciéndonos Jesús que los hijos de las tinieblas con más astutos que los hijos de la luz.

¿Por donde tiene que ir nuestra astucia? ¿Por actuar con trampa para guardarnos las espaldas? La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios que Jesús nos anuncia, tendríamos que buscar todos nuestros recursos humanos, toda esa inteligencia que decimos que tenemos para buscar y alcanzar lo que verdaderamente es importante. Pero bien sabemos cómo nos cegamos y quizá queremos guardarnos las espaldas en lo humano para seguir ahora con nuestras mezquindades, para seguir con la superficialidad con que vivimos, para dejarnos arrastrar por los cantos de sirenas que nos quieren encantar con felicidades fáciles, y no buscamos lo que verdaderamente nos daría la autentica felicidad, la que nos conduciría de verdad a la vida eterna y felicidad total.

Nos dirá Jesús en otra ocasión que busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura. Ojalá supiéramos escucharlo. Nos dirá que no guardemos tesoros en vasijas de barro que se pueden romper, que no guardemos riquezas ni tesoros donde un día nos pueden fallar, donde nos los pueden robar, sino que guardemos nuestro tesoro en el cielo. Muchos pasajes del evangelio tendríamos que saber escuchar.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Trabajemos ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille la rectitud con que nos tomamos todos los aspectos de la vida

 


Trabajemos ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille la rectitud con que nos tomamos todos los aspectos de la vida

 Filipenses 4, 10-19; Sal 111;  Lucas 16, 9-15

La parábola que ayer nos ofrecía Jesús en el evangelio quizás dejó desconcertados a muchos, desconcierto que se produce cuando no llegamos a entender su sentido y no es que Jesús quiera ofrecernos como modelo la manera de actuar de aquel administrador que no solo había administrado mal los bienes que se le habían confiado sino que ahora para remediar sus problemas personales a los que tendrá que enfrentarse actuará también de una forma fraudulenta e injusta. Lo que nos quería decir Jesús era que nos fijáramos en la astucia de aquel hombre, astucia que nos falta muchas veces a nosotros en nuestro actuar y en nuestro compromiso.

En nuestras manos están cosas de más valor y cosas que nos pueden parecer de importancia secundaria. Quisiéramos quizá que todo aquello que tuviéramos que hacer fuera de una gran trascendencia, pero tenemos que ocuparnos de las menudencias de la vida; en no todas las cosas encontramos un sentido espiritual y un valor superior, sino que también en el ritmo de la vida tenemos que meternos en los negocios de este mundo, por así decirlo. ¿Y qué nos está queriendo decir Jesús con lo que hoy continúa diciéndonos en el evangelio? Que sea cual sea la ocupación a la que nos dediquemos, sean cuales sean las cosas que nos traemos entre manos muchas veces demasiado en un orden material o incluso económico, siempre tenemos que actuar con toda rectitud, con toda fidelidad, y la misma seriedad tendríamos que darle a todo lo que hacemos o a todo lo que se nos ha confiado.

Nos dice tajantemente, ‘el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?’

A mí me gustaría dedicarme a otra cosa, pensamos en ocasiones; no nos satisface el que muchas veces estemos tan absorbidos por las cosas materiales, por los negocios de la vida, por los dineros o la administración de esos bienes que poseemos o que se nos han confiado en nuestra tareas. Pero son tareas que hay que realizar, cosas en las que hemos de manifestarnos con toda honradez y con toda rectitud, materias que tenemos que trabajar, tener en nuestras manos pero que pueden ser golosas a nuestros apetitos que muchas veces se nos desbordan, pero podemos dejar que el corazón se apegue a esas cosas pero al mismo tiempo tenemos que saber obrar con toda rectitud.

Son cosas golosas, como decíamos, a las que se nos puede apegar nuestro corazón y se nos despierte la avaricia o el afán desmedido simplemente de ganancias materiales o de riquezas se nos puede despertar y al final siempre queremos tener más y terminamos buscándolo sin discernir si lo estamos haciendo con la rectitud que deberíamos hacerlo.

Ya nos habla Jesús en otros momentos del evangelio del desprendimiento con hemos de saber tener esas cosas materiales para que acumulemos tesoros no aquí en la tierra sino en el cielo desde ese saber compartir y desde generosidad que tiene que brillar en nuestro corazón, pero también nos habla en otro momento de la seriedad con hemos de tomarnos el administrar aquellos talentos que se nos han confiado para sacarle las provechosas ganancias que con responsabilidad hemos de saber negociar. A quien no fue capaz de hacerlo, Jesús se lo recrimina, como escuchamos en esas otras parábolas que Jesús nos propone.

Podíamos decir que es un hilo muy fino con el que hemos de hilar para saber sacarle a la vida toda la belleza que tiene y hacer que entonces resplandezcan los verdaderos valores. No siempre es fácil; es tan delicado ese hilo que con el hilamos que se puede romper y romper significan los apegos que se nos pueden meter en nuestro corazón y dejar entonces de actuar con la debida rectitud.

Ojalá sepamos trabajar ese tejido precioso de la vida en la que resplandezcan las cosas más bellas, pero siempre brille en nosotros la rectitud y seriedad con que nos tomamos la vida.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

 


Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

‘Cada uno arrima el ascua a su sardina’. Es un dicho que habremos escuchado más de una vez. Desde la experiencia de un asado de sardinas en común donde cada uno quiere que la sardina que se va a comer esté en su punto y si puede la arrima a la brasa que mejor pueda cocinarla, estamos diciendo como en la vida cada uno vela por sus intereses. Y de qué manera, tendríamos que decir; de ahí surgen todas las astucias, todos los planes para obtener las mejores ganancias, los mayores beneficios, muchas veces sin importarnos lo que le pase a los demás o incluso el daño que les podamos hacer, porque lo que nos importa es nuestro interés. Es la astucia en nuestros negocios y ganancias, en los trabajos que realizamos, pero que, tenemos que reconocerlo, tenemos también el peligro de actuar de forma injusta se acoge a las leyes del mercado o se salta toda ley o todo principio ético.

Es la conclusión que Jesús nos está sacando de la parábola que nos propone, como hemos escuchado hoy, del administrador que se vale de sus mañas, pero que cuando se vea despojado del trabajo por su mala administración, tenga quien le acoja porque antes había tenido sus arreglos con él. Pero ¿nos está diciendo Jesús que tenemos que actuar de esa manera? Es quizás lo que muchas veces nos ha escandalizado de la parábola porque en una reflexión superficial nos quedamos en la injusticia de aquel  hombre que nos pareciera que se nos está poniendo por modelo.

Pero, no es esa la intención de Jesús cuando nos propone la parábola, sino decirnos que si los hijos de este mundo andan así con sus astucias, nosotros para el bien que tenemos que realizar ¿pondremos tanto empeño? No vamos a responder con maldad o con injusticia al mal que nosotros podamos recibir, pero sí tenemos que despertar porque no nos podemos quedar adormilados en la tarea que tenemos que realizar para hacer que nuestro mundo sea mejor.

En el mundo tan plural como vivimos, con tan diversas opiniones, maneras de pensar, ideologías con las que se mueve la gente de nuestro entorno, pareciera algunas veces que nosotros no nos sentimos tan seguros de nuestra fe, de nuestros principios, de los valores que aprendemos del evangelio, y vamos por la vida como timoratos, temiendo expresar nuestra opinión, nuestro sentido de la vida, en una palabra nuestra fe. No podemos acobardarnos, no podemos encerrarnos en nuestros círculos porque ahí no vamos a encontrar oposición y todo lo podemos vivir con mucha tranquilidad y mucha paz.

¿Dónde se queda entonces aquel mandato de Jesús de ir por el mundo anunciando la buena nueva del evangelio y del Reino de Dios? Pareciera que nos sentimos inseguros y acobardados, no terminamos de creernos las palabras de Jesús que nos prometió que no tuviéramos miedo de presentarnos ante los tribunales o ante cualquiera porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios y fortaleza en nuestro corazón.

Y el mundo necesita escuchar una palabra de vida y de salvación. Por mucho que cacareen a nuestro alrededor con sus ideas y tantas veces traten de cerrarnos la boca y de callarnos, sin embargo nos encontramos como se encuentran vacíos, les falta alto que les eleve el espíritu, que les haga trascender del día a día de las cosas o del materialismo en que se vive que no les da la auténtica felicidad. Y nosotros tenemos una palabra que decir, nosotros tenemos un mensaje que ofrecer, nosotros tenemos una vida que queremos vivir y con la que hemos de contagiar a nuestro mundo para que encuentre la verdadera salvación. Nos falta astucia, nos falta valentía, nos falta arrojo para lanzarnos con ímpetu en ese anuncio que tenemos que proclamar.

Utilicemos todos los medios que están a nuestro alcance para hacerlo; no dejemos que otros se nos coman esos medios de los que hoy podemos disponer en nuestra sociedad, y todas esas redes sociales, todos esos medios modernos hoy de comunicación hemos de saber utilizarlos para que sean también altavoces de la Palabra de Dios, valiéndonos también de todas las mejores técnicas y técnicos que estén a nuestro alcance para hacerlo de la mejor forma posible. se nos están yendo de las manos o dejamos que sean solo otros los que los utilicen porque muchas veces nosotros por nuestros miedos y cobardías llegamos tarde. Hay tantas posibilidades hoy de ser portavoces del evangelio para que llegue a todos. Que llegue esta reflexión a tus manos por estos medios - la semilla de cada día - es un intento por mi parte quizá muy atrevido pero que considero necesario.

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu. Encendámonos en el fuego de su amor.


viernes, 8 de noviembre de 2019

No dejemos que se oscurezca el mensaje del evangelio sino mostrémoslo al mundo con alegría, con elegancia, con valentía, porque tenemos la fuerza del Espíritu


No dejemos que se oscurezca el mensaje del evangelio sino mostrémoslo al mundo con alegría, con elegancia, con valentía, porque tenemos la fuerza del Espíritu

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8
Camarón que se duerme se lo lleva la corriente, es un dicho popular que nos quiere decir que tenemos que andar despiertos en la vida. Así vemos cómo muchos se aplican y con fervor este dicho y así van por la vida poco menos que parece que se quieren comer el mundo apabullando todo lo que encuentren por delante.
Despiertos tenemos que estar, es cierto, pero una cosa que no podemos olvidar son los métodos que empleemos para ello. Todos quieren acaparar para si, todos quieren tener muchas cuotas de poder sea como sea, todos quieren convertirse en reyes y señores para dominar y vemos tantas veces para manipular a los demás. Lo vemos continuamente en la vida social, en las relaciones de unos y otros, en la vida política; cuánta corrupción se nos va metiendo en la vida, en la sociedad; no nos damos cuenta que al final terminamos destruyéndonos solo por tener quizás unos minutos de gloria.
Lo malo es que todos tenemos la tentación de caer en esas redes, de hacer de la misma manera, porque como piensan algunos si los otros sí ¿por qué yo no? Y nos deslumbramos fácilmente y comenzamos a actuar de la misma manera. Es una tentación frecuente y muy presente en la vida. Y hasta en nuestros ámbitos eclesiales nos podemos encontrar con situaciones así de manipulación, de dominio desmedido, de imposición de mis formas de ver las cosas, de sobresalir con mis orgullos y mis vanidades. Y al final caemos en un desprestigio total, y la fe y el evangelio se oscurecerán con estas tinieblas con las que nos envolvemos y lo que tendría que ser un buen testimonio se convierte en un contratestimonio.
Hoy el evangelio nos presenta una parábola desconcertante. En una primera lectura nos cuesta entenderla porque nos hacemos una interpretación superficial sin llegar a caer en la cuenta de lo que realmente Jesús nos quiere decir. Parece como si se alabara la corrupción de aquel hombre que se busca el ganarse el afecto de los que le rodean y no le importa de qué manera. El amo del que habla la parábola habla de la sagacidad de aquel hombre, pero la parábola nos quiere decir que seamos capaces de ser sagaces, despiertos, pero para el anuncio del evangelio, para el buen testimonio de los valores cristianos, de la vida cristiana.
Ojalá pusiéramos nosotros tanto empeño en el anuncio del evangelio como los sagaces de este mundo lo hacen para sus planes. Tenemos que estar despiertos porque en ese deseo de hacer que nuestro mundo sea mejor según los parámetros del evangelio no podemos dejar que otros hagan, sino que nosotros tenemos que poner todo nuestro esfuerzo y voluntad.
Sabemos que no es fácil porque quizá a muchos haya otras cosas que le atraigan más, pero es cuando nosotros hemos de hacer valer ese mensaje del evangelio porque en el testimonio de lo que nosotros vivamos podamos enseñar a los demás la plenitud de vida, de dicha, de realización de nuestra persona que nosotros podemos alcanzar viviendo esos valores del Evangelio.
Pero parece en ocasiones que vamos como acobardados o avergonzados y no damos la cara, no mostramos nuestra alegría, no nos mostramos valientes y con fuerza para hacer ese anuncio del evangelio. Nos dejamos comer el terreno, nos dejamos comer por esas fuerzas de nuestro mundo y algunas veces andamos incluso con componendas que pueden desvirtuar el mensaje del evangelio. No podemos dejar que se oscurezca, tenemos que mostrarlo a plena luz, con energía, con valentía, con elegancia, con alegría honda en el corazón.

domingo, 22 de septiembre de 2019

La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo


La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8;  Lucas 16, 1-13
¿Qué hacemos de nuestros bienes y riquezas? Nos sentimos dueños; ‘es mío’ es la reacción ante lo que tenemos; casi desde que nacemos comenzamos a querer dominar sobre nuestras cosas como si fueran de nuestra única posesión; es la reacción ya del niño que cuando coge una cosa ya es suya, ‘es mío’ reacciona si queremos que nos la dé y la acapara para si. Aunque tendríamos que pensar si lo hace porque es lo que ve en los otros y ha perdido la inocencia de sentir que todo es de todos. Y en la medida en que somos mayores eso se acentúa, porque hasta nos volvemos avaros y en consecuencia egoístas. Para mí y para mi disfrute.
¿No habría que romper esa espiral de alguna manera? Por eso nos tenemos que preguntar que hacemos de nuestros bienes, de lo que consideramos que son nuestras riquezas. La buena nueva del evangelio que Jesús nos ofrece creo que quiere que abramos nuestros ojos para ver las cosas de manera distinta. Ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia no tiene nada que ver con esa avaricia y egoísmo con que vivimos la vida. Son otros los valores. Otro tendría que ser el sentido que le damos a la vida y que le damos entonces también a esas cosas materiales de las que disponemos.
La parábola que nos ofrece hoy el evangelio se nos ha hecho siempre de difícil lectura. No terminamos de comprender que no es el hecho en si de lo que se nos narra sino la imagen que se nos quiere ofrecer. Como se habla de un administrador, de unos bienes no bien administrados, de un dueño que pide cuentas nos quedamos en esa materialidad de lo que se nos cuenta y no vamos más allá. Por eso seguimos pensando que con injustas esas artes y mañas de las que se vale el administrador para no quedarse en la calle, y por eso aun más se nos hace incomprensible muchas veces la parábola cuando aquel amo felicita al administrador injusto por su astucia. No es la astucia en si misma para delinquir lo que se alaba sino el nuevo sentido que se le va a dar a aquellos bienes y riquezas.
Cuando escuchemos la parábola pongámonos nosotros en el lugar, si habla de un administrador, ¿por qué no pensar que somos nosotros ese administrador de esos bienes, o de cuanto Dios ha puesto en nuestras manos? Con otras parábolas entendemos que esos talentos, esos valores, esa riqueza de vida que está en nuestras manos son para que los negociemos, para que hagamos fructificar la vida. De lo contrario seriamos, es cierto, unos irresponsables. Pero ¿qué uso le damos a cuanto tenemos, a eso que hacemos fructificar con nuestro trabajo, solo para una satisfacción personal, para un beneficio propio o con eso que tenemos hemos de pensar en los demás?
El evangelio siempre tenemos que verlo en su conjunto y unos textos nos ayudan a comprender otros. Recordemos, por ejemplo, lo que Jesús le decía a aquel joven rico que viene preguntando qué hacer para heredar la vida eterna. El mensaje final es ‘vende cuanto tienes, compártelo con los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No podríamos ver aquí la astucia de aquel administrador que usando de aquellos bienes que tiene que administrar está guardando un tesoro en el cielo? Es cierto que las palabras de la parábola pueden darnos la impresión de una intención egoísta e interesada, para tener luego quien le acoja cuando se quede sin nada, que dice la parábola.
Por eso sentenciará Jesús  ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. En consonancia perfecta con lo que nos dice Jesús en otros momentos del evangelio. Es el sentido y valor que le hemos de dar a lo que tenemos que nunca nos puede encerrar de forma egoísta en nosotros mismos.
Por eso nos hablará por una parte de esa fidelidad nuestra hasta en lo más pequeño, lo que nos puede parecer insignificante, o como son cosas materiales pensamos que tiene poco o menos valor. Esos bienes que poseemos se pueden convertir, es cierto, en una cosa injusta por decirlo de alguna manera, pero depende de cómo los utilicemos, depende del mal uso que nosotros hagamos de ello, o del egoísmo o del desprendimiento con que vivamos la vida y la posesión de las cosas.
Pero ahí también tenemos que ser fieles, porque además no es nuestra riqueza, sino la riqueza también de nuestro mundo y con lo que hagamos de esos bienes podemos hacer que nuestro mundo sea más injusto – por tantas diferencias y desigualdades – o pueda ser mejor porque pueda ser una fuente de vida y de riqueza para los demás. Si no hago fructificar de buena manera lo que tengo no generaré esa riqueza que pueda beneficiar a los demás con su propio trabajo.
¿Qué hacemos de nuestros bienes y nuestras riquezas? Nos preguntábamos al principio. Espero que con esta reflexión seamos capaces de abrir no solo nuestra mente, sino también nuestro corazón para que no tengamos unos bolsillos cerrados. Entendemos.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Que tengamos la astucia de la fe para alcanzar la vida eterna

Rom. 15, 14-21; Sal. 97; Lc. 16, 1-8
Jesús nos pone el ejemplo de algo malo para que aprendamos a sacar conclusiones para la bueno. Es en cierto modo desconcertante. Nos habla de un administrador injusto - además emplea esa expresión - que actúa de una forma injusta en la administración de los bienes de su amo pretendiendo salvar las espaldas, como suele decirse, manipulando los recibos de la administración para tener luego de que agarrarse, porque sabe que las cuentas que ha de presentar no le van a ser favorables. Y dice la parábola que aquel señor felicitó al injusto administrador por su astucia; no, por supuesto, porque le defraudara en la administración de su hacienda.
Y es ahí donde tenemos que aprender la lección. ‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. ¿Es que los hijos de la luz tenemos que actuar por astucia de manera injusta? De ninguna manera. Pero la cuestión está en si sabemos darle el valor que tiene a lo que tiene verdadera importancia. ¿Sabremos buscar el Reino de Dios y su justicia por encima de todo, como nos enseña en otro lugar del Evangelio?
Ciertamente nos dejamos engullir por nuestro mundo y nos volvemos materialistas, insensibles a lo espiritual, perdemos el sentido de la trascendencia que tendríamos que darle a nuestra vida, y al final miramos solo por nuestro propio interés en lo terreno o en nuestras ganancias materiales. Nos afanamos por el disfrute de esta vida terrena perdiendo de vista lo que es la vida futura. Tan apegados estamos a esta vida en nuestro mundo que, aunque a veces lo pasamos mal, sin embargo no tenemos ansias verdaderas de vida eterna y cuando pensamos en la muerte nos llenamos de angustias y de temores por todo lo que vamos a dejar aquí sin pensar en lo que Dios tiene preparado en plenitud en la vida eterna. 
Como decíamos antes, vivimos tan apegados a lo material que los valores del espíritu las dejamos para un segundo lugar y no dándole ninguna importancia. Ahí están, por ejemplo, nuestras prácticas religiosas para las que nunca tenemos tiempo, porque siempre tenemos muchas cosas que hacer y de ahí esa frase con la que queremos justificarnos que primero está la obligación que la devoción. ¿Es que los asuntos del espíritu, de nuestro cultivo espiritual, de nuestro trato con Dios, de nuestra oración y de la vivencia de los sacramentos para el cristiano son cosas exclusivamente de devoción? Eso está significando cómo vamos poniendo a Dios en un segundo plano en nuestra vida, del que nos valemos o al que trataremos de utilizar solamente cuando me vea apurado porque ya no tenga de qué o de quien echar mano.
Qué lástima que esa sea la relación que mantengamos con Dios tan pobre y tan interesada, olvidando al Dios que nos creó porque nos amó desde toda la eternidad, que nos buscó y nos llamó cuando nos apartamos de Él con nuestro pecado y en su infinito amor y misericordia nos ha enviado a su Hijo para ser nuestro Salvador y Redentor. Ese Dios que nos ama porque es nuestro Padre; ese Dios que ha querido hacernos sus hijos y así nos ama aunque nosotros no lo merezcamos; ese Dios que siempre está a nuestro lado, aunque nosotros nos olvidemos de El, regalándonos siempre con la gracia de su amor.
Un día habremos de presentarnos ante Dios para el juicio de nuestra vida. ‘Entrégame el balance de tu gestión’, también se nos va a decir, porque tenemos que reconocer somos administradores de esa vida que Dios nos ha dado y con nuestra vida, si en verdad creemos en El, lo que tendríamos que saber buscar siempre es la gloria del Señor. No podemos vivir ausentes de Dios, poniendo a Dios al margen de nuestra vida. Ese es nuestro gran error tantas veces que nos decimos cristianos y creyentes y vivimos como si  no lo fuéramos, porque no tenemos presente a Dios en lo que hacemos y en lo que vivimos.
Es una incongruencia de nuestra vida después que conocemos cuánto es el amor que Dios nos tiene y de cuántas gracias nos va regalando en cada momento de nuestra vida. Sin olvidar, por supuesto, nuestras humanas responsabilidades, hemos de aprender a darle verdadera trascendencia a nuestra vida, a lo que hacemos, a lo que vivimos en cada momento. Y seguro que desde esa trascendencia, desde esa fe y desde esa esperanza que anima nuestra vida aquello que hacemos y vivimos lo haremos con un nuevo sentido y valor, dándole importancia a lo que verdaderamente tiene importancia en nuestra vida. 
Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que vivamos cada momento de nuestra vida desde el sentido de la fe. Que tengamos la astucia de encontrar ese sentido de nuestra fe a lo que hacemos y vivimos para que así podamos alcanzar la vida eterna. ¿Seremos capaces de sacrificarnos de verdad por alcanzar lo que vale y nos puede dar la vida eterna?

domingo, 19 de septiembre de 2010

Los pobres sean nuestros valedores para abrirnos las puertas de las moradas eternas


Amós, 8, 4-7;
Sal. 112;
1Tim. 2, 1-8;
Lc. 16, 1-13

Quizá podríamos comenzar preguntándonos si ponemos en las cosas de Dios el mismo interés, la misma intensidad que ponemos en los negocios humanos. Cuando en la vida nos vemos apretados por problemas o dificultades buscamos una salida, una solución sea como sea. Pero la pregunta está en si buscamos lo que de verdad vale en la vida, lo que nos da auténtica ganancia, lo que tiene trascendencia eterna, si buscamos de verdad a Dios, su Reino y su justicia.
Jesús nos propone una parábola que podría dejarnos desconcertados si no sabemos leer cuál es su verdadero mensaje. Un administrador injusto al que le pide el amo que le rinda cuentas y como sabe que las cosas no marchan bien se vale en su astucia de mil corruptelas para tener un refugio cuando caiga en desgracia. No alaba Jesús las corruptelas de este hombre, alaba su astucia y nos plantea si nosotros en verdad ponemos todo el empeño en encontrar la salvación. ‘El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido’. Y comenta Jesús a continuación que es donde tenemos que encontrar el mensaje. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
Vivimos inmersos en este mundo, con sus luchas y con sus trabajos, con las responsabilidades de cada día y los afanes por la ganancia de nuestro sustento y por conseguir una vida digna. No nos saca Jesús de este mundo y de esta realidad. Es más nos pide absoluta responsabilidad en esa tarea de la que no podemos desentendernos. Fidelidad en el trabajo y en las responsabilidades hasta en las cosas más pequeñas.
Tenemos una responsabilidad con la familia, con nosotros mismos y también con la sociedad en la que vivimos de la que no podemos ser ajenos, ni desentendernos. Y en todos esos campos tenemos que saber actuar porque sentimos esa responsabilidad también de cómo marcha la vida de nuestra sociedad y hemos de poner nuestro trabajo, nuestras ideas, nuestra participación en el desarrollo y de la mejor manera posible de esa sociedad.
Los problemas que vivimos ahora, por ejemplo, con la crisis en todos los ámbitos de nuestra sociedad, económica, política, social, no nos son ajenos. Y ahí tenemos que demostrar nuestra sensibilidad, nuestra responsabilidad, la fidelidad también a esa sociedad en la que vivimos. Yo como cristiano tengo mi visión y mi manera de hacer que aportar. Yo desde mi fe me siento responsable de la marcha de esa sociedad y no puedo dejar que otros la construyan sólo desde sus ideas o su manera de ver las cosas. Yo como cristiano tengo también una visión de la persona y de cómo se ha de construir nuestra sociedad. Tendríamos que responsablemente estudiar más y mejor el magisterio de la Iglesia en estos aspectos.
Jesús nos habla de fidelidad hasta en las cosas pequeñas. ‘El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’
Además, tendríamos que decir, que en el cumplimiento de esas tareas y responsabilidades, en nuestros negocios o en nuestros trabajos sean los que sean, lo importante no es sólo el conseguir unas ganancias terrenas o, diríamos, económicas. Hay algo más que hace la vida de la persona mejor; algo más del dinero para conseguir una felicidad en nuestras relaciones. Porque la relación entre las personas es algo más que una relación comercial, hay algo más hondo en la persona que nos hace crecer de verdad y ser más felices. No es sólo lo material, el tener, lo externo lo que nos hace más personas. Son necesarios a tener en cuenta unos valores que nos ayuden a una mejor convivencia, a una mejor relación entre unos y otros, a hacernos más felices todos.
Por supuesto, lejos de nosotros todo lo que sea un actuar injusto. Lejos de nosotros todo lo que signifique avaricia y todas esas ambiciones desmedidas por el tener, por la riqueza, por sólo el disfrute de las cosas de este mundo, que nos pueden conducir por caminos de maldad y de injusticia. Ya veíamos como el Señor con la voz del profeta condenaba en su tiempo la maldad, la avaricia y la injusticia: ‘…vosotros los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables… compráis por dinero al pobre… por la gloria del Señor no olvidaré jamás vuestras malas acciones…’ que les decía el profeta y que tenemos que seguir escuchando nosotros hoy porque también es la tentación que vivimos en nuestro mundo tan materializado.
Además como cristianos, como creyentes en Jesús le damos también una trascendencia a la vida, no pensamos sólo en el momento presente. Por eso nos decía Jesús ‘ganaos amigos con el dinero injusto… para que os reciban en las moradas eternas’. ¿Qué nos querrá decir Jesús? Esa fidelidad que aquí vivimos, esa responsabilidad con la que actuamos en la vida, eso bueno que vamos haciendo para mejorar nuestras relaciones y nuestra convivencia y mejorar también la vida de nuestra sociedad tiene una trascendencia para nosotros. Es la manera también de ir construyendo ese Reino de Dios al que nos sentimos llamados y que en Dios, en el cielo, en la vida eterna podremos vivir en plenitud.
Pero esta frase de Jesús me provoca otro pensamiento. ‘Ganaos amigos con el dinero injusto…’ nos decía. Cuando no pensamos sólo en nosotros mismos, cuando somos capaces de compartir, cuando sabemos ser misericordiosos con el que sufre a nuestro lado, cuando ayudamos a un pobre en su necesidad compartiendo lo que somos y tenemos, estamos ganándonos esos amigos que ‘nos reciban en las moradas eternas’. Los pobres a los que hayamos ayudado serán los que nos abran las puertas de las moradas eternas. Serán nuestros valedores ante Dios cuando nos presentemos a El, porque Jesús mismo nos dirá entonces que lo que le hayamos hecho a ese hermano a El se lo estábamos haciendo.
Seamos en verdad esos hijos de la luz que llenando de luz nuestro mundo con nuestra fidelidad y responsabilidad podamos alcanzar al que es la verdadera Luz, Cristo Jesús, porque realmente con eso bueno que vamos haciendo lo que estamos haciendo son destellos de esa luz de Cristo para iluminar nuestro mundo. Que seamos en verdad astutos, que sepamos ganarnos esas ganancias eternas, que busquemos en verdad lo que es importante, que seamos capaces de poner todo nuestro empeño y esfuerzo, como lo hacemos en los negocios de este mundo, también en las cosas de Dios, en lo que atañe a nuestra fe y a nuestra vida cristiana.