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viernes, 4 de noviembre de 2022

Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 


Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

Los intereses que tengamos en la vida es lo que habitualmente nos mueve, nos impulsa a muchas cosas y nos ayuda en verdad a descubrir cuál es el sentido que le damos a las cosas, el sentido que le damos a la vida. Intereses que se nos pueden convertir en una obsesión que nos ciega y donde parece que la vida no tiene otro sentido sino esos intereses que nos mueven. En ese terreno se mueven nuestras pasiones como en ese terreno es donde aparecerá la espiritualidad con que vivimos o el materialismo que nos ciega.

Es necesario tener claro a dónde vamos, por qué nos movemos, en qué cosas ponemos en verdad nuestra felicidad, aunque algunas veces podamos engañarnos. Y ya sabemos que cuando queremos conseguir aquello que nos interesa, ya aparecerá nuestro ingenio para buscar caminos y salidas, dando los rodeos que sean necesarios para finalmente alcanzarlo; es la astucia con que actuamos tantas veces en la vida.

Sigue en el fondo la pregunta, ¿y qué es lo que realmente nos mueve en la vida? y nos estamos haciendo esta reflexión entre unas personas que nos consideramos cristianos, que nos consideramos creyentes, que nos podemos considerar incluso muy religiosos. ¿Se notará en este actuar de nuestra vida, en esos intereses por los que nos movemos, la postura de un creyente, la postura de un cristiano? ¿Es lo que en verdad está dando sentido y valor a la vida, a lo que hacemos? ¿Ponemos tanto empeño en darle ese cariz y ese sentido a la vida, iluminada por la fe, como el que ponemos en nuestros negocios, en nuestras tareas y responsabilidades de cada día?

En este mundo complejo en el que vivimos, en el que no nos es tan fácil manifestarnos como creyentes y defender nuestros valores cristianos, algunas veces parece que nos falta arrojo y valentía, vivimos como acobardados y con miedo, queremos ser prudentes, decimos, para no provocar, pero quizá estamos callándonos en cosas que son fundamentales, que nos dan un sentido, y con lo que tendríamos que contribuir al bien de la sociedad en la que vivimos. Pero no aparecen esos testigos, no terminamos de dar la cara los cristianos, seguimos andando como a ocultas y casi preferimos meternos en las catacumbas, que salir a la luz pública con nuestros principios y valores.

Hoy nos habla el evangelio de la astucia con que tenemos que andar en la vida. Nos propone Jesús una parábola que muchas veces nos cuesta entender; nos habla de aquel administrador que había actuado injustamente y al que se le iba a pedir cuentas; se está viendo en la calle sin tener donde caerse muerto, como se suele decir, porque sabe que va a ser condenado por su injusto actuar, donde quizás había arrimado el ascua a su sardina para poder obtener ganancias injustas. En sus manos está el bajar los intereses que le había impuesto a aquellos deudores de su amo – intereses que en la forma de administración de entonces eran sus ganancias – porque así se ganaba la voluntad de aquellos deudores que luego podrían echarle una mano cuando se viera despedido.

Actuó con astucia, siendo capaz de perder en aquellos intereses con tal de obtener un buen fin en quien le acogiera en los momentos difíciles. Y termina la parábola alabando el amo a aquel administrador, no porque había administrado mal, sino por la astucia con que ahora había actuado. Y termina diciéndonos Jesús como conclusión de la parábola: ‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz’.

Es lo que hemos venido planteándonos de cuales son en verdad los intereses de nuestra vida y por los que estaríamos dispuestos a hacer lo que sea. ¿No tenemos que ser en verdad luz en medio del mundo con el testimonio de nuestras obras de luz? No andemos ocultándolas, busquemos la manera también utilizando los medios que hoy podemos tener en nuestras manos para dar ese testimonio, para manifestar valientemente ante el mundo esas obras de luz que realizamos.

Algunas veces parece que nos falta marketing para que la Iglesia en verdad haga saber, no como un alarde sino como un testimonio luminoso, esas obras que en su seno se realizan. ¿Sabe realmente la sociedad lo que a través de Cáritas se realiza? ¿Se conoce claramente el sacrificio hasta heroico que muchos religiosos y religiosas realizan en tantos hogares en que se acoge a los que nos los más despreciados de nuestro mundo, ancianos, discapacitados de todo tipo, los más pobres y los más abandonados de nuestra sociedad? ¿Se tiene conciencia en la sociedad que nos rodea de la labor de tantos voluntarios que en tantas obras de la Iglesia dedican su tiempo y su vida para acompañar, para ayudar, para levantar a tantos caídos en los que nadie se fija? Y así podríamos pensar en muchísimas cosas más.

No queremos medallas ni reconocimientos, pero si es necesario dar ese testimonio que el mundo necesita para que nos demos cuenta que podemos hacer un mundo mejor.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13
Nos habla el evangelio en una primera lectura que hagamos del texto de una mala administración de unos bienes, de responsabilidades que se piden, de ganancias interesadas, y en fin de cuentas podríamos decir también que del recto uso que tendríamos que saber hacer de los bienes materiales que poseamos. Un administrador que llevaba una mala administración y al que se le pide cuentas pero al mismo tiempo de una sagacidad para saber salir de la mala situación en la que se podría encontrar tras haber rendido cuentas de su mala administración. Y esa sagacidad merecería una alabanza.
Con que facilidad se nos puede volver turbia la vida cuando no sabemos hacer un recto uso de las cosas materiales de manera que tenemos la tentación de convertir la posesión de las riquezas en un ídolo de nuestra vida que terminará esclavizándonos. Y cuando la vida la vemos desde la óptica de ganancias materiales y de riquezas qué fácil es que se nos endurezca el corazón y nuestras relaciones con los demás se conviertan en una lucha fratricida o en un intento de ponerlo todo a mi servicio.
Es cierto que tenemos que hacer uso de esos bienes porque en fin de cuentas Dios ha puesto ese mundo material en nuestras manos y ya vemos por otra parte en el mismo evangelio cómo se nos dice que hemos de hacer fructificar esos valores que tenemos; podemos recordar la parábola de los talentos que a quien no supo desarrollar y hacer fructificar el talento que se puso en sus manos se le pedirían responsabilidades. Es la responsabilidad con que vivimos nuestra vida, atendemos nuestro trabajo, cumplimos con nuestras obligaciones y buscamos un desarrollo en plenitud de nuestras cualidades y valores. El trabajo en si mismo es algo digno que contribuye al desarrollo de nuestro ser, de nuestras posibilidades y de nuestra vida.
En nuestras relaciones humanas y para poder obtener aquello que necesitamos no solo para la supervivencia sino para una vida digna obtenemos unos frutos de nuestros trabajos. Esos bienes materiales que conseguimos con nuestro trabajo nos servirán para cuanto necesitamos en la vida, para la atención de nuestras responsabilidades materiales, para ese disfrutar también de las cosas bellas de la vida, pero nunca nuestro corazón se puede encerrar en el egoísmo de manera que desoigamos las necesidades o problemas que puedan tener los demás y con los que en justicia también hemos de compartir.
Claro que entendemos que la posesión de esos bienes o esas riquezas, como queramos llamarlo, no es la única finalidad de nuestra vida; no lo podemos convertir en un absoluto porque caeríamos fácilmente en la codicia y la avaricia que nos encierra en nosotros mismos con todas las consecuencias que ello nos traería como antes mencionábamos algunas. Hay quien en su avaricia solo persigue la posesión de riquezas no sabiendo disfrutar de las cosas más bellas de la vida. Podemos recordar aquella parábola que nos habla del que había conseguido grandes cosechas y había agrandado sus graneros y bodegas y pensaba que ya lo tenía todo resuelto, pero le llegó la hora de la verdad con la muerte cuando menos lo pensaba, y ni siquiera de aquello que había conseguido pudo disfrutar.
Ya nos previene Jesús a lo largo del evangelio cuando nos dice lo difícil que les es a los ricos, a los que acaparan dinero o riquezas para sí, entrar en el Reino de Dios. Recordamos aquel joven que, aunque venía con buena voluntad buscando lo que había de hacer para alcanzar la vida eterna, sin embargo en el apego de su corazón a las riquezas no fue capaz de seguir el camino de Jesús. ‘Atesorad tesoros en el cielo…’ nos decía Jesús entonces.
Un sentido que hemos de darle a todo lo que es nuestra vida. El evangelio es luz que nos ilumina, que eleva nuestro espíritu, que nos hace buscar lo que han de ser los verdaderos valores, que nos ayuda a no quedarnos en lo material aunque lo tengamos en las manos cada día, que nos hace descubrir que toda esa riqueza de la creación que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que nos la acaparemos solo para nosotros sino que todo está también en función de los demás, que nos impulsa a que vivamos cada momento de nuestra vida y cada una de las cosas en las que tengamos responsabilidad con total intensidad y fidelidad.
Como nos decía hoy Jesús en el evangelio ‘el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado’. Que todo lo que hagamos, que todo lo que vivimos, lo que son nuestros trabajos y nuestras luchas, como también los momentos de dicha que podemos disfrutar, todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Busquemos lo que verdaderamente es esencial para poder alcanzar la vida eterna que Jesús promete a los que son fieles

Busquemos lo que verdaderamente es esencial para poder alcanzar la vida eterna que Jesús promete a los que son fieles

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8
‘Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz’. Así concluía Jesús la parábola dejándonos como resumen de su mensaje.
Efectivamente, qué hábiles somos para los negocios de este mundo. Se agudiza nuestro ingenio, buscamos tiempo donde lo haya, nos afanamos, andamos preocupados dándole vueltas a las cosas, pero queremos que todo nos salga bien. Si estamos emprendiendo negocios de los que queremos sacar nuestras ganancias buscamos quien nos asesore, analizamos bien las cosas porque no queremos perder. Si es en otras responsabilidades humanas que tengamos tratamos de aseguramos bien de lo que queremos y nos lo pensamos mucho. Hábiles en los negocios de este mundo, como nos decía Jesús. Y, por supuesto, hemos de reconocer que andemos con responsabilidad y nos aseguremos bien el fruto de nuestros trabajos.
Pero, ¿es en eso solo en lo que nos afanamos? ¿solo lo material es lo que cuenta? ¿nos importan solamente esas ganancias materiales o económicas, o de prestigio o influencia, o del poder que podamos alcanzar? ¿no habría algo más de lo que tendríamos que preocuparnos?
Creo que en el fondo la parábola que nos propone Jesús a eso nos quiere conducir, a que nos hagamos preguntas sobre cuestiones fundamentales de nuestra vida de lo que nos hemos de preocupar o por las que hemos de luchar también. No es solo lo material o lo que podamos palpar con nuestras manos de lo que hemos de preocuparnos. Como personas somos algo más. Como creyentes tendríamos que pensar en el negocio fundamental de nuestra vida que es nuestra salvación. De eso casi no queremos hablar, son cosas que parece que no interesan, aunque nos llamemos cristianos y decimos que tenemos fe.
Es la importancia que le hemos de dar al evangelio. Son las actitudes creyentes que hemos de mantener en nuestra vida. Es el lugar que Dios ocupa en nuestra existencia. Es la trascendencia que hemos de saberle dar a nuestra vida. Es la salvación que Jesús ha venido a ofrecernos y la vida eterna que El nos promete. Es el Reino nuevo de Dios que Jesús nos ha anunciado y que si decimos que seguimos a Jesús porque creemos en El, hemos de estar comprometidos en su construcción.
Cuando aquel hombre de la parábola vio que iba a ser relegado de la administración buscó lo que fuera para no quedarse sin nada en la nueva etapa de su vida que se abría ante él. No es que nosotros tengamos que obrar de forma injusta como quiso hacer aquel hombre para asegurarse su futuro, sino que hemos de saber buscar bien lo que verdaderamente es importante en nuestra vida por lo que tendríamos que ser capaces de dejarlo todo. Jesús nos propone una situación límite en el actuar injusto de aquel hombre incluso para hacernos recapacitar en cómo hemos de saber buscar lo que verdaderamente es importante en nuestra vida.
Aunque tengamos que hacer renuncias a muchas cosas, porque lo que importa es esa salvación eterna. Estos días hemos escuchado a Jesús que nos hablaba de negarse a si mismo, de poner en segundo término cosas incluso que son buenas, o de ser capaz de renunciar a los bienes materiales por alcanzar el tesoro del cielo.
Somos los hijos de la luz y esa luz siempre hemos de buscarla y mantenerla encendida en nuestra vida. Que no se nos apague nunca nuestra fe, que mantengamos viva la esperanza de vida eterna que el Señor nos promete.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Que tengamos la astucia de la fe para alcanzar la vida eterna

Rom. 15, 14-21; Sal. 97; Lc. 16, 1-8
Jesús nos pone el ejemplo de algo malo para que aprendamos a sacar conclusiones para la bueno. Es en cierto modo desconcertante. Nos habla de un administrador injusto - además emplea esa expresión - que actúa de una forma injusta en la administración de los bienes de su amo pretendiendo salvar las espaldas, como suele decirse, manipulando los recibos de la administración para tener luego de que agarrarse, porque sabe que las cuentas que ha de presentar no le van a ser favorables. Y dice la parábola que aquel señor felicitó al injusto administrador por su astucia; no, por supuesto, porque le defraudara en la administración de su hacienda.
Y es ahí donde tenemos que aprender la lección. ‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. ¿Es que los hijos de la luz tenemos que actuar por astucia de manera injusta? De ninguna manera. Pero la cuestión está en si sabemos darle el valor que tiene a lo que tiene verdadera importancia. ¿Sabremos buscar el Reino de Dios y su justicia por encima de todo, como nos enseña en otro lugar del Evangelio?
Ciertamente nos dejamos engullir por nuestro mundo y nos volvemos materialistas, insensibles a lo espiritual, perdemos el sentido de la trascendencia que tendríamos que darle a nuestra vida, y al final miramos solo por nuestro propio interés en lo terreno o en nuestras ganancias materiales. Nos afanamos por el disfrute de esta vida terrena perdiendo de vista lo que es la vida futura. Tan apegados estamos a esta vida en nuestro mundo que, aunque a veces lo pasamos mal, sin embargo no tenemos ansias verdaderas de vida eterna y cuando pensamos en la muerte nos llenamos de angustias y de temores por todo lo que vamos a dejar aquí sin pensar en lo que Dios tiene preparado en plenitud en la vida eterna. 
Como decíamos antes, vivimos tan apegados a lo material que los valores del espíritu las dejamos para un segundo lugar y no dándole ninguna importancia. Ahí están, por ejemplo, nuestras prácticas religiosas para las que nunca tenemos tiempo, porque siempre tenemos muchas cosas que hacer y de ahí esa frase con la que queremos justificarnos que primero está la obligación que la devoción. ¿Es que los asuntos del espíritu, de nuestro cultivo espiritual, de nuestro trato con Dios, de nuestra oración y de la vivencia de los sacramentos para el cristiano son cosas exclusivamente de devoción? Eso está significando cómo vamos poniendo a Dios en un segundo plano en nuestra vida, del que nos valemos o al que trataremos de utilizar solamente cuando me vea apurado porque ya no tenga de qué o de quien echar mano.
Qué lástima que esa sea la relación que mantengamos con Dios tan pobre y tan interesada, olvidando al Dios que nos creó porque nos amó desde toda la eternidad, que nos buscó y nos llamó cuando nos apartamos de Él con nuestro pecado y en su infinito amor y misericordia nos ha enviado a su Hijo para ser nuestro Salvador y Redentor. Ese Dios que nos ama porque es nuestro Padre; ese Dios que ha querido hacernos sus hijos y así nos ama aunque nosotros no lo merezcamos; ese Dios que siempre está a nuestro lado, aunque nosotros nos olvidemos de El, regalándonos siempre con la gracia de su amor.
Un día habremos de presentarnos ante Dios para el juicio de nuestra vida. ‘Entrégame el balance de tu gestión’, también se nos va a decir, porque tenemos que reconocer somos administradores de esa vida que Dios nos ha dado y con nuestra vida, si en verdad creemos en El, lo que tendríamos que saber buscar siempre es la gloria del Señor. No podemos vivir ausentes de Dios, poniendo a Dios al margen de nuestra vida. Ese es nuestro gran error tantas veces que nos decimos cristianos y creyentes y vivimos como si  no lo fuéramos, porque no tenemos presente a Dios en lo que hacemos y en lo que vivimos.
Es una incongruencia de nuestra vida después que conocemos cuánto es el amor que Dios nos tiene y de cuántas gracias nos va regalando en cada momento de nuestra vida. Sin olvidar, por supuesto, nuestras humanas responsabilidades, hemos de aprender a darle verdadera trascendencia a nuestra vida, a lo que hacemos, a lo que vivimos en cada momento. Y seguro que desde esa trascendencia, desde esa fe y desde esa esperanza que anima nuestra vida aquello que hacemos y vivimos lo haremos con un nuevo sentido y valor, dándole importancia a lo que verdaderamente tiene importancia en nuestra vida. 
Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que vivamos cada momento de nuestra vida desde el sentido de la fe. Que tengamos la astucia de encontrar ese sentido de nuestra fe a lo que hacemos y vivimos para que así podamos alcanzar la vida eterna. ¿Seremos capaces de sacrificarnos de verdad por alcanzar lo que vale y nos puede dar la vida eterna?

viernes, 5 de noviembre de 2010

En medio de la ciudad terrena somos ciudadanos del cielo

Filp. 3, 17-4,1;
Sal. 121;
Lc. 16, 1-8

Porque seamos cristianos y Dios nos haya hecho sus hijos no nos arranca de esta vida y de este mundo, porque es aquí donde en el hoy hemos de vivir. Vivimos como ciudadanos de esta ciudad terrena pero sabiendo que somos ciudadanos del cielo, porque somos ciudadanos, por decirlo de alguna manera, del Reino de Dios. Reino de Dios que aquí y ahora en esta ciudad terrena hemos de construir y vivir sabiendo que solo en Dios podemos alcanzarlo en plenitud.
¿De dónde somos? ¿dónde hemos de hacer nuestra vida? Estamos en medio del mundo y las cosas del mundo tenemos que utilizar; son las cosas materiales de las que nos valemos, es todo lo que entra en una relación y trato con los que nos rodean, es la utilización también de unos bienes o medios económicos para nuestro intercambio y como ayuda a nuestro vivir o a nuestro desarrollo y así podríamos pensar en muchas cosas más; pero hemos de tener claro esa ciudadanía, como decíamos antes, del Reino de Dios al que pertenecemos, por lo que no podemos contagiarnos con las cosas y las maldades del mundo. Es más, por esa vivencia del Reino de Dios que impregna nuestra vida hemos de saber utilizarlo con rectitud y siempre para bien.
Podrá parecernos que se nos pone difícil. Es cierto que no es fácil. Es fácil contagiarse de la malicia o de la maldad de lo que nos rodea y aparezcan ambiciones en el corazón que nos manchan y nos pervierten, egoísmos que nos encierren para pensar solo en el bien propio y así muchas cosas. Pero no imposible. Contamos con la fuerza y la gracia de Dios, con la fuerza de su Espíritu que será el que nos guíe, nos preserve del mal y nos haga caminar por caminos de rectitud.
Ya nos ha dicho san Pablo hoy: ‘como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo… sólo aspiran a cosas terrenas…’ Será entonces la maldad, la perdición, sus pasiones desenfrenadas, el afán desmedido del placer… los que llenen sus vidas. Y detrás de todo esto cuánto mal aparecerá.
La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio – no hace muchos domingos que la hemos comentado – es un ejemplo de ese mal del que nos valemos para conseguir lo que sea, reflejado por una parte en la mala administración primero y en los sobornos y chanchullos que luego utilizará aquel administrador injusto para cubrirse las espaldas, como se suele decir. La parábola no es una alabanza, por supuesto, de la maldad de aquel administrador injusto, sino su astucia.
¿Seremos astutos nosotros para conseguir el cielo y la gracia del Señor? Ya sabemos cómo nos afanamos en los negocios del mundo, en los intereses materiales y mundanos, y cómo no ponemos el mismo empeño en las cosas de Dios. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’, sentencia Jesús al final de la parábola.
Nos recuerda firmemente el apóstol: ‘Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un salvador…’ Tenemos una fe y una esperanza. El sentido de nuestro vivir tiene que ser otro bien distinto. Esa ciudadanía del cielo, del Reino de Dios, aquí en nuestro mundo tenemos que vivirla pero con la esperanza de la plenitud que en Dios un día encontraremos. No nos desentendemos de este mundo, sino todo lo contrario nos sentimos fuertemente comprometidos en él pero para llenarlo de esos valores del Reino de Dios.
¿Cómo hemos de vivir, entonces? ¿cómo hemos de ganarnos esa plenitud del cielo que nos aguarda? Sólo en la rectitud y la justicia, en el amor y como constructores de paz, en la generosidad del desprendimiento para compartir, en el cumplimiento fiel del mandamiento del Señor podremos alcanzarla. Nos vamos ahora transformando en el amor y un día nos sentiremos totalmente transformados en Dios para la vida en plenitud. ‘El transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’, que nos sigue diciendo el apóstol.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Astucia, sagacidad, esfuerzo, sacrificio…

Rom. 15, 14-21
Sal. 97
Lc. 16, 1-8


Una parábola que siempre desconcierta. Y nos desconcierta porque nos habla de un administrador injusto, o sea, de alguien que no está actuando correctamente y si mal había administrado antes que su amo le pidiera cuentas, después se vale de su cargo para hacer sus apaños corruptos que le beneficiarían a posteriori.
¿Qué nos quería decir Jesús? ¿por qué nos propone esta parábola tan desconcertante a primera vista? Porque ciertamente la parábola casi termina con una felicitación del amo por la astucia con que actuó. ¿Nos justifica eso las malas mañas? Seguro que no. Por eso hemos de buscar el verdadero sentido de la parábola y no quedarnos en apariencias.
Pero Jesús sí nos hace pensar con su sentencia final. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. El que obra el mal se vale de lo que sea para conseguir sus fines. Pone su empeño, su ingenio, todo lo que sea por conseguirlo.
Y nosotros ¿qué hacemos? ¿en verdad nos esforzamos por mostrarnos siempre como hijos de la luz? Tenemos de nuestra parte la verdad de Dios, a Jesucristo y su evangelio; sabemos cuál es el camino de rectitud, de amor, de justicia por el que tenemos que caminar; se nos ofrece la vida eterna, la gloria del cielo como premio, ¿nos afanamos por conquistarla? ¿Qué camino preferimos o escogemos? ¿El camino del amor, de la justicia, de la verdad, la santidad, o buscamos otras cosas donde simplemente nos dejemos arrastrar por la pasión, envolver por nuestro egoísmo, seducir por la pereza y el engaño?
Lo que nos cuesta esfuerzo lo dejamos de lado para otro momento. Lo que nos exige superación, ya en otro momento comenzaremos. Esa lucha con la tentación y contra el pecado, vamos a ver qué es lo que podemos hacer porque es difícil, decimos.
Algunas veces por evitar el esfuerzo o el sacrificio vivimos una vida ramplona donde no crecemos espiritualmente, sino que más bien tenemos la tendencia de ir hacia atrás, hacia el pecado.
Esa sagacidad y astucia – dos palabras que aparecen en la parábola y en el evangelio – tendrán que significar ese esfuerzo, ese sacrificio, esos deseos de crecimiento y superación. Aunque nos cueste.
El deportista que quiere alcanzar una meta y un triunfo en su competición deportiva, tiene que sudar la camiseta, se suele decir. Será el entrenamiento previo y duro, y será toda la tensión y el esfuerzo en el momento de realizar la prueba. Es lo que necesitamos en nuestra vida cristiana, en el camino de nuestra fe y seguimiento de Jesús. Por eso El nos hablará en otras partes del evangelio de ser capaces de cargar la cruz.