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viernes, 16 de diciembre de 2022

En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 


En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 Isaías 56,1-3a.6-8; Sal 66; Juan 5,33-36

Los destellos de luz nos anuncian la llegada de algo o de alguien, los resplandores son antesala de la luz que llega; pienso en el resplandor del horizonte en el amanecer que nos anuncian la pronta salida del sol por el horizonte para iluminar un nuevo día; por aquello de los destellos me recordaba cuando circulábamos por caminos más tortuosos y llenos de curvas nuestro vehículo antes de llegar a la curva hacía unos destellos de luz para que quien viniera detrás de la curva sin visibilidad estuviera atento a la llegada de nuestro vehículo, o por sus destellos nosotros conociéramos su venida.

¿Será algo así lo que vamos viviendo en este adviento? Hemos ido escuchando a los profetas que con sus profecías nos estaban haciendo destellos para que nos preparáramos para la llegada del que había de venir; hemos escuchado con insistencia la voz que clama en el desierto, la voz del bautista preparando ya en la inmediatez los caminos del Señor.


Y es que hoy hemos escuchado en el evangelio a Jesús hablar de Juan el bautista, a quien, como les recuerda, habían enviado una embajada para saber cuál era su misión y si acaso era el Mesías; recuerda Jesús el testimonio que dio con su anuncio Juan el Bautista de Jesús. Ahora Jesús nos dice que Juan brilló por un instante con su luz que era luz anunciadora de una nueva luz permanente. ‘Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz’.

Todo nos conduce a la luz verdadera que viene a nuestro mundo, aunque muchas veces las tinieblas quisieran apagar esa luz. ‘La luz brilla en medio de la tiniebla’, nos dice Juan al inicio de su evangelio, ‘pero la tiniebla no la recibió. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Nosotros ahora, queriendo vivir este adviento, queremos recibirle, queremos dejarnos iluminar por su luz. Busquemos la verdadera luz. Estos días nuestras calles se llenan de luces, nuestras casas se quieren adornar igualmente con muchas luces. Es navidad. Y la alegría de estas fiestas el mundo quiere manifestarla con esos derroches de luz. No está mal, pues en fin de cuentas es tomar una imagen muy nuestra, muy de nuestra navidad cristiana, aunque el mundo hoy la utilice o con otros intereses – por medio anda mucho lo comercial – o sin darle todo el sentido que tendría que tener.

No la rechacemos sin más; aprovechemos esos rayos de luz para anunciar la luz verdadera. Es el tinte que todo cristiano debe poner en todo momento. Recordar, y tenemos que hacerlo principalmente con el testimonio de nuestra vida, de nuestras obras, quien es la luz verdadera que tenemos que buscar para que no nos quedemos en lo fatuo y lo efímero. Tenemos que hacer que de verdad todas esas luces conduzcan hasta Jesús, la luz verdadera.

Es nuestra tarea para que le demos un verdadero sentido a nuestra navidad, para que la navidad sea en verdad evangelio para el mundo. De nuevo tenemos que anunciar la verdadera navidad, de nuevo tenemos que seguir anunciando a Jesús y el evangelio de Jesús. Tenemos que hacer más presente a Jesús en nuestro mundo, volver a bautizar la navidad.

Hoy nos ha dicho Jesús: ‘las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que yo hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado’. Es lo que ahora nos toca hacer a nosotros, es el evangelio que tenemos que anunciar. Unos resplandores, unos destellos que tienen que haber en nuestra vida que anuncien a quien va a venir.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 


Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

Los intereses que tengamos en la vida es lo que habitualmente nos mueve, nos impulsa a muchas cosas y nos ayuda en verdad a descubrir cuál es el sentido que le damos a las cosas, el sentido que le damos a la vida. Intereses que se nos pueden convertir en una obsesión que nos ciega y donde parece que la vida no tiene otro sentido sino esos intereses que nos mueven. En ese terreno se mueven nuestras pasiones como en ese terreno es donde aparecerá la espiritualidad con que vivimos o el materialismo que nos ciega.

Es necesario tener claro a dónde vamos, por qué nos movemos, en qué cosas ponemos en verdad nuestra felicidad, aunque algunas veces podamos engañarnos. Y ya sabemos que cuando queremos conseguir aquello que nos interesa, ya aparecerá nuestro ingenio para buscar caminos y salidas, dando los rodeos que sean necesarios para finalmente alcanzarlo; es la astucia con que actuamos tantas veces en la vida.

Sigue en el fondo la pregunta, ¿y qué es lo que realmente nos mueve en la vida? y nos estamos haciendo esta reflexión entre unas personas que nos consideramos cristianos, que nos consideramos creyentes, que nos podemos considerar incluso muy religiosos. ¿Se notará en este actuar de nuestra vida, en esos intereses por los que nos movemos, la postura de un creyente, la postura de un cristiano? ¿Es lo que en verdad está dando sentido y valor a la vida, a lo que hacemos? ¿Ponemos tanto empeño en darle ese cariz y ese sentido a la vida, iluminada por la fe, como el que ponemos en nuestros negocios, en nuestras tareas y responsabilidades de cada día?

En este mundo complejo en el que vivimos, en el que no nos es tan fácil manifestarnos como creyentes y defender nuestros valores cristianos, algunas veces parece que nos falta arrojo y valentía, vivimos como acobardados y con miedo, queremos ser prudentes, decimos, para no provocar, pero quizá estamos callándonos en cosas que son fundamentales, que nos dan un sentido, y con lo que tendríamos que contribuir al bien de la sociedad en la que vivimos. Pero no aparecen esos testigos, no terminamos de dar la cara los cristianos, seguimos andando como a ocultas y casi preferimos meternos en las catacumbas, que salir a la luz pública con nuestros principios y valores.

Hoy nos habla el evangelio de la astucia con que tenemos que andar en la vida. Nos propone Jesús una parábola que muchas veces nos cuesta entender; nos habla de aquel administrador que había actuado injustamente y al que se le iba a pedir cuentas; se está viendo en la calle sin tener donde caerse muerto, como se suele decir, porque sabe que va a ser condenado por su injusto actuar, donde quizás había arrimado el ascua a su sardina para poder obtener ganancias injustas. En sus manos está el bajar los intereses que le había impuesto a aquellos deudores de su amo – intereses que en la forma de administración de entonces eran sus ganancias – porque así se ganaba la voluntad de aquellos deudores que luego podrían echarle una mano cuando se viera despedido.

Actuó con astucia, siendo capaz de perder en aquellos intereses con tal de obtener un buen fin en quien le acogiera en los momentos difíciles. Y termina la parábola alabando el amo a aquel administrador, no porque había administrado mal, sino por la astucia con que ahora había actuado. Y termina diciéndonos Jesús como conclusión de la parábola: ‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz’.

Es lo que hemos venido planteándonos de cuales son en verdad los intereses de nuestra vida y por los que estaríamos dispuestos a hacer lo que sea. ¿No tenemos que ser en verdad luz en medio del mundo con el testimonio de nuestras obras de luz? No andemos ocultándolas, busquemos la manera también utilizando los medios que hoy podemos tener en nuestras manos para dar ese testimonio, para manifestar valientemente ante el mundo esas obras de luz que realizamos.

Algunas veces parece que nos falta marketing para que la Iglesia en verdad haga saber, no como un alarde sino como un testimonio luminoso, esas obras que en su seno se realizan. ¿Sabe realmente la sociedad lo que a través de Cáritas se realiza? ¿Se conoce claramente el sacrificio hasta heroico que muchos religiosos y religiosas realizan en tantos hogares en que se acoge a los que nos los más despreciados de nuestro mundo, ancianos, discapacitados de todo tipo, los más pobres y los más abandonados de nuestra sociedad? ¿Se tiene conciencia en la sociedad que nos rodea de la labor de tantos voluntarios que en tantas obras de la Iglesia dedican su tiempo y su vida para acompañar, para ayudar, para levantar a tantos caídos en los que nadie se fija? Y así podríamos pensar en muchísimas cosas más.

No queremos medallas ni reconocimientos, pero si es necesario dar ese testimonio que el mundo necesita para que nos demos cuenta que podemos hacer un mundo mejor.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Si amamos de verdad porque nos hemos dejado inundar por la luz del amor de Dios, nuestras obras serán obras de luz



Si amamos de verdad porque nos hemos dejado inundar por la luz del amor de Dios, nuestras obras serán obras de luz

Hechos 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
¿Nos importa que los que están alrededor nuestro vean las cosas que hacemos o preferimos hacerlas a ocultas? Por supuesto no tenemos que ir por la vida alardeando de lo que hacemos dejándonos llevar por la vanidad. Ni hacemos las cosas para que los demás las vean; sería arrogancia, vanidad, orgullo pretender dar lecciones a los otros. Pero cuando hacemos cosas buenas, dentro de un espíritu de sencillez y de humildad, no nos importa que los demás vean lo que hacemos.
Lo que ocultamos más bien son aquellas cosas que consideramos vergonzosas, no queremos que los demás se enteren de nuestra malicia o nuestra maldad, de nuestros vicios o de las corruptelas que haya en nosotros – aunque haya también quien quiera alardear de esas cosas – más bien intentamos que permanezcan ocultas. Nos cuesta, por otra parte, reconocer lo malo que hacemos, nuestra maldad o nuestro pecado. 
Sin vanidades ni autocomplacencias lo que tendría que resplandecer en nuestra vida son las obras de la luz, como nos dice el evangelio, porque – y entramos en el ámbito de nuestra fe – con ellas hemos de dar gloria al Señor. Ojalá todo lo que hagamos fuera siempre para la mayor gloria de Dios.
De esto nos habla Jesús hoy en el evangelio, como colofón al diálogo que había mantenido con Nicodemo.  ‘El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’.
Aprendamos a dejarnos iluminar por la luz de Dios para que resplandezcan nuestras buenas obras. Es que con esa luz de Dios, con esa mirada de Dios en nosotros nos sentiremos impulsados siempre al bien. Cuando nuestra mirada se turbia porque nuestro corazón está también turbio lo que va a resplandecer en nosotros es la malicia de nuestro actuar. De lo que hay en el corazón habla la boca, la maldad de nuestro corazón se va a reflejar en aquello que hagamos.
Como ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio la maldad y la impureza no entra de fuera, por la boca, sino que brota de nuestro corazón lleno de tinieblas y de oscuridades. Son los malos deseos que brotan del corazón. Pero si nuestro corazón está iluminado con la luz de Dios desaparecerán esas tinieblas, lograremos controlar esos malos deseos o esas maldades que brotan en nosotros como tentación.
Es muy importante la primera sentencia que escuchamos en el evangelio de Dios. Cuando consideramos cuanto es el amor que Dios nos tiene nos sentiremos impulsados de la misma manera al amor. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna’. Amemos con ese amor de Dios y en nuestro corazón no habrán sombras sino que todo será vida y será luz y así será glorificado nuestro Padre del cielo. 
No iremos entonces por la vida ocultándonos, porque si amamos de verdad porque nos hemos dejado inundar por la luz del amor de Dios, nuestras obras serán obras de luz que no tenemos por qué ocultar.

martes, 12 de junio de 2018

No nos podemos quedar la riqueza y sabiduría de nuestra fe como si fuera un dominio personal sino que tenemos que ser sal, ser luz para el mundo que tanto lo necesita


No nos podemos quedar la riqueza y sabiduría de nuestra fe como si fuera un dominio personal sino que tenemos que ser sal, ser luz para el mundo que tanto lo necesita

1Reyes 17,7-16; Sal. 4; Mateo 5,13-16

Quien se encuentra un tesoro no lo puede ocultar y hará partícipes a los demás de su alegría; quien vive una alegría no puede dejar de manifestarla y contagiar a los demás; quien ha descubierto algo que ha cambiado su vida porque donde todo eran negruras ahora todo se vuelve luz y encuentra un sentido o un valor para su vivir, lo va a reflejar en lo que hace y en lo que dice y estará haciendo todo lo posible porque los demás también lo encuentren. La luz es para difundirla, no para ocultarla; la verdad que da sentido a la vida no lo puede uno callar y contagiará a los demás.
Esto que estamos reflexionando es algo que hacemos casi de forma espontánea en la vida. Pero la cuestión o la pregunta está si es lo que hacemos con nuestra fe. Claro que tendríamos que sentir nuestra fe como la alegría más grande de nuestra vida, nuestro mejor tesoro.
Es ahí, en nuestra fe en Jesús, donde encontramos el mejor tesoro, la mayor sabiduría. Pero hemos de tener una fe viva, una fe metida en las entrañas más profundas de nuestro ser de manera que así en ella encontremos todo el sentido de nuestra existencia. No es una fe en la que nos quedemos en una mera tradición, sino que tenemos que partir de ese encuentro vivo y personal con Jesús, con Dios en nuestra vida.
Y eso, aunque nos llamemos cristianos y hasta seamos de alguna manera personas religiosas, algunas veces nos falta. Rezamos, pero no terminamos de encontrarnos de manera viva con Dios; rezamos porque desde nuestras necesidades queremos buscar una ayuda y una fortaleza en la divinidad para superar esas situaciones, para sentir fuerza en nuestras luchas, para que se remedien nuestras necesidades, pero ese encuentro en un tú a tú con Dios para sentirle vivo en nuestro corazón quizá muchas veces nos falta. Y esto es algo que tenemos que cuidar para que el mensaje de Jesús se convierta en nuestra verdadera sabiduría.
Hoy hemos escuchado que nos dice Jesús que tenemos que ser sal y que tenemos que ser luz. Esa sal y esa luz que nosotros hemos recibido no nos la podemos quedar. Tenemos el sabor de Cristo y ese sabor tenemos que contagiarlo en el mundo; tenemos la luz de Jesús y su evangelio y con ella necesitamos iluminar a los demás, iluminar nuestro mundo. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’, nos dice Jesús.
Vuestras buenas obras… las obras de nuestro amor, la alegría de nuestra fe, nuestro compromiso por los demás, nuestro trabajo por los otros y por hacer un mundo mejor, la sonrisa con la que vamos contagiando de alegría, de ilusión y de esperanza a cuantos nos rodean.
Muchas sombras de inquietud envuelven nuestro mundo, muchos rostros llenos de amargura y sin ilusión nos encontramos a nuestro paso, mucha desilusión cuando se han perdido los ánimos y las esperanzas hacen que muchos caminen sin rumbo por la vida, muchos sufrimientos que agarrotan el alma y te hacen perder la paz interior.
Ahí tenemos que poner luz, ahí tenemos que despertar ilusión, ahí tenemos que llevar la paz de nuestro espíritu que se siente confortado en Jesús. Tenemos que ser sal, tenemos que ser luz. No nos podemos quedar esa riqueza de nuestra fe como si fuera un dominio personal.

viernes, 20 de marzo de 2015

Un camino cuaresmal de revisión para llegar a la luz, para vivir en la luz, para ser luz para los demás

Un camino cuaresmal de revisión para llegar a la luz, para vivir en la luz, para ser luz para los demás

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
La lectura del libro de la Sabiduría resuena como un eco de las imprecaciones que contra Jesús hacían los judíos al pie de la cruz. ‘Declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor…’ nos dice el texto del Antiguo Testamento mientras junto a la cruz le decían ‘si eres el Hijo de Dios baja de la cruz y creeremos en ti…’
La vida del hombre justo y que hace el bien se convierte en un signo para los que le rodean, por eso el que se deja arrastrar por el mal siempre estará a la contra y como la vida del hombre bueno se convierte en una denuncia de sus malas acciones tratará de desprestigiarlo o de eliminarlo. Fue lo que le pasó a Jesús y nos anunció que el discípulo no es menos que su maestro diciéndonos que también sus discípulos encontraríamos oposición y persecuciones.
Pero es bueno que nos hagamos una reflexión sobre nuestra vida a partir de lo que aquí estamos escuchando para analizar, revisar si en verdad nuestra vida, nuestras obras son buenas y reflejan luz en medio del mundo que nos rodea tan lleno de oscuridades y maldades. ‘Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida’ nos decía el texto sagrado. Es lo que nos tiene que hacer reflexionar.
Por supuesto reconocemos que somos débiles y pecadores y no somos lo santos que tendríamos que ser. Ahí tiene que estar por supuesto nuestra voluntad y nuestros deseos de superación, de crecimiento; tenemos que ser capaces de revisar nuestra vida y corregir todo aquello que no sea bueno que haya en nosotros. Nuestro empeño ha de ser caminar siempre por caminos de rectitud para que en verdad podamos dar testimonio de aquello en lo que creemos, de lo que es nuestra fe que tiene que reflejarse en nuestra vida.
Ya tendríamos todos que ser lo suficientemente humanos y comprensivos para no entrar en juicio contra los demás y no podemos condenar a nadie. Esa comprensión ojalá la encontremos también siempre en los demás, aunque sabemos que muchas veces no la vamos a encontrar. Eso nos exige un esfuerzo mayor por nuestra parte para superarnos, para corregirnos, para crecer humana y espiritualmente para que podamos ser una buena luz que alumbre a los demás. Aunque luego encontremos incomprensión, pero que al menos nuestro testimonio sea verdadero y auténtico.
Que el Señor nos ayude, nos ilumine. Este camino cuaresmal que estamos haciendo es una buena oportunidad para esa revisión de nuestra vida, para que lleguemos a la luz, para que vivamos en la luz, para que seamos luz para los demás.

martes, 10 de junio de 2014

Dar el sabor de Cristo e iluminar con su luz para hacer honor a nuestro nombre de cristianos

Dar el sabor de Cristo e iluminar con su luz para hacer honor a nuestro nombre de cristianos

1Reyes, 17, 7-16; Sal. 4; Mt. 5, 13-16
Si la sal se vuelve sosa y ya no sirve para dar sabor o conservar las cosas, ¿para qué la queremos? Si encendemos una luz y la metemos encerrada en un cajón ocultando la luz, ¿para qué la queremos? Preguntas elementales que nos hacemos y que tienen fácil respuesta y para lo que no hace falta darnos muchas ni complicadas explicaciones. Claro que si ponemos un puñado de sal en un alimento, por ejemplo, inmediatamente quedará impregnado del sabor de la sal, como si encendemos una luz en una habitación o en un lugar que estuviera oscuro, inmediatamente quedaría todo iluminado pudiendo apreciar con toda claridad cuanto hay en dicho lugar.
Pues nos viene a decir Jesús que si nosotros nos llamamos cristianos, pero no vivimos desde un sentido cristiano de la vida ni nos vamos a manifestar como tales, porque en nada nos vamos a diferenciar de los que no lo son, ¿de qué nos vale llevar ese apelativo o ese nombre de cristiano?
Nos viene a decir Jesús que nosotros hemos de ser como la sal verdadera que allí donde estemos demos el sabor y el sentido de cristiano; que nosotros hemos de ser como la luz, porque con nuestra vida tenemos que iluminar. Y no es por nosotros mismos, porque no se es cristiano por si mismo, sino porque en verdad nos hemos empapado del sentido de Cristo, nos hemos dejado iluminar por la luz de Cristo y con ellos demos ese sabor y ese sentido a nuestra vida y con ellos empapemos o iluminemos a los demás. ‘Vosotros sois la sal de la tierra’, nos dice; ‘vosotros sois la luz del mundo’, nos insiste Jesús. Y con esa sal hemos de dar sabor, con esa luz tenemos que iluminar.
Al retomar el tiempo ordinario hemos continuado con la lectura continuada del Evangelio y también de la primera lectura. En el evangelio de Mateo que ahora estamos escuchando ayer se comenzaba con las Bienaventuranzas el llamado sermón del monte. Ahora durante unos días seguiremos escuchando por partes ese compendio de la enseñanza de Jesús donde se nos irán como desgranando diversos aspectos del mensaje de Jesús.
Si el comienzo de la predicación de Jesús al inicio del Evangelio habíamos escuchado la invitación a la conversión y a creer en la Buena Nueva de Jesús, ahora se nos va señalando paso a paso lo que es esa novedad del sentido de Jesús que nos quiere trasmitir. Si nos convertíamos a Jesús dándole la vuelta a nuestra vida para darle un sí total a su mensaje es porque en Jesús encontrábamos ese sentido y ese valor para nuestro vivir y para nuestro actuar.
Entonces toda nuestra vida ha de estar impregnada de ese sentido de Cristo. El es nuestra luz, el sentido profundo de nuestro existir. Creer en El y seguirle significará un cambio total de nuestra vida para plasmar en nosotros todo ese mensaje de salvación. Pero eso nos exigirá también que tengamos verdaderos deseos de conocerle para poder llenarnos de su vida. Por eso nuestro corazón tiene que estar abierto a esa Palabra de Dios y además dejarnos conducir por su Espíritu que es quien nos ayudará, como hemos venido reflexionándolo en la preparación de Pentecostés, a recordarlo y entenderlo todo, nos conducirá hasta la verdad plena.
Y todo eso que iremos viviendo en la medida en que vayamos conociendo a Cristo y llenándonos de Cristo nos convertirá en esa sal y en esa luz para cuantos están a nuestro lado. Desde ese conocimiento de Cristo, desde ese dejarnos inundar por su Espíritu ya nuestra vida será distinta; tenemos el sabor de Cristo en nosotros; nos vamos a manifestar de una forma distinta, porque ya no simplemente haremos como todos, lo que todos hacen, sino que ya nuestra referencia será siempre Cristo y su evangelio.
Por eso terminaba Jesús diciéndonos hoy ‘alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del cielo’. ¿Cuáles han de ser esas buenas obras? Lo que hemos escuchado con el profeta Elías en la primera lectura también nos puede dar pauta. Será la generosidad y la disponibilidad total de aquella pobre mujer que solo tiene un puñado de harina y unas lágrimas de aceite con las que va a hacer un panecillo para ella y su hijo antes de morir de hambre, pero que ante la palabra del profeta se desprenderá de todo para compartirlo con El. El Señor no se deja ganar en generosidad. Un buen ejemplo y testimonio que nos tendría que hacer pensar mucho en las reservas que  nos hacemos tantas veces pensando siempre primero en nosotros. Ahí estaba brillando una luz que invitaba a dar gloria al Padre del cielo.