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domingo, 12 de julio de 2026

La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

 


La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

Isaías 55, 10-11; Salmo 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Aunque estaban en la playa en la orilla del lago y lo más apetecible fuera dedicarse a pescar sin embargo no desaprovecha je sus la oportunidad para sembrar. Ha salido de casa y se ha venido al lago; es fácil imaginar el cuadro de Jesús sentado en medio de la gente, los pescadores primero que estarían haciendo sus labores de reparación de redes o preparativos para la próxima jornada pero pronto será una multitud considerable la que se reúna en torno a El para escucharle; será necesario aprovechar alguna de aquellas barcas para subirse y desde ella hablar de modo que todos pudieran escucharle.

Ha venido a estar con los hijos de los hombres; como ya se había anunciado desde antes de su nacimiento venía para ser el Emmanuel y así le vemos allí donde la gente está, en su vida de cada día, con sus necesidades o con sus deseos y sueños, con sus problemas o con sus soledades, allí donde hay sufrimiento deteniéndose junto al camino o yendo en búsqueda del que sufre en soledad, dejándose conducir por quienes quieren llevarle allí donde está la necesidad o los signos de muerte, o dejándose estrujar por la gente que le rodea y quiere estar cerca de El, permitiendo la astucia de quienes buscarán caminos extraordinario para llegar a sus pies aunque tengan que romper el tejado; para todos quiere tener una palabra y un gesto de vida.

Habla con sencillez para poder llegar al corazón de todos y todos puedan comprender cuando hay un mínimo de apertura en el corazón que para todos sin exclusión es ese Reino de Dios que está anunciando y que llega ya. Les habla en parábolas, imágenes, comparaciones que ayudan a comprender, que reflejan la situación que hay en el corazón pero que nos enseñan a prepararlo para escuchar mejor pero sobre todo para llevarlo a la vida. Nos habla Jesús a partir de cosas de nuestra vida ordinaria, de lo que hacemos o contemplamos alrededor nuestro o en nosotros mismos cada día. Porque de eso es lo que se pretende, que ese mensaje sea semilla sembrada en el corazón que transforme nuestras vidas. No vamos a escuchar bellos relatos o la narración de historias extraordinarias que nos impacten pero nos sigan dejando en nuestra ensoñación.

Hoy nos habla de un sembrador y de una semilla que serán de verdad lo importante por quien hace la siembra por una parte y por la semilla que ha de germinar y fructificar; claro que nos hablará de una tierra donde caiga esa semilla y por ahí suelen venir las aplicaciones que hacemos de la parábola. Con detalle nos da las diversas situaciones en que puede caer esa semilla que tiene que germinar, que viene a ser una hermosa descripción de lo que puede ser nuestra vida o de las actitudes que nosotros tomemos.

La tierra endurecida del camino por tantos pasos que en una dirección u otra continuamente lo están atravesando y que permiten que la semilla se penetre en la tierra quedando al albur de los pájaros que ven la ocasión de encontrar para ellos un alimento; los pedregales de los terrenos no cultivados que no tienen tierra apropiada para poder enraizar la nueva planta; en terreno cultivados al tiempo de la fecundación de la semilla serán los abrojos y los zarzales los que ahoguen con sus ramajes las nuevas plantas que van germinando; pero nos hablará también de la tierra buena y bien trabajada que acogerá esa semilla ayudándola a germinar, crecer y darnos cosecha.

Es la descripción que Jesús nos hace ¿para que entendamos sin entender? ¿para que miremos con los ojos sin ver? ¿para que sigamos teniendo embotado y endurecido el corazón y no lleguemos a dar el paso de conversión? La semilla tiene que germinar, esa es su función y la manera de multiplicar la vida y esa es la acogida que nosotros tenemos que hacer.

¿Qué nos está diciendo Jesús con esta parábola? Que prepararemos una tierra buena, que preparemos el corazón de la mejor manera y que nuestras posturas cerradas y endurecidas a nada nos llevan; que vayamos haciendo buenos surcos en la tierra de nuestro corazón limpiando de todas esas actitudes, posturas, negatividades, superficialidades y rutinas de vida fácil y sin profundidad, malquerencias y desconfianzas que lo malean, orgullos que se convierten en piedras de tropezar y ramajes de vanidades que lo envanecen y nos hacen perder el verdadero sentido de la vida, para que pueda en verdad enraizar esa semilla de la Palabra de Dios en nosotros y pueda finalmente dar fruto.

El Señor conoce nuestra condición, llena de debilidades por una parte y tan torpes tantas veces para mantener una continuidad en nuestra respuesta porque nos dejamos cautivar por muchos cantos de sirena que nos distraen, por eso nos recibirá con el fruto, poco o mucho, que llevemos en nuestras manos, porque valora nuestra perseverancia, sabe de nuestras luchas y de nuestros retrocesos en tantas ocasiones. ¿Será el ciento, el setenta, o el treinta? ‘Venid, benditos de mi Padre…’ nos dirá porque para nosotros tiene el Reino prometido, porque hemos intentado acoger y vivir en ese reino a pesar de nuestras torpezas y debilidades, porque El está viendo el amor que hayamos puesto en nuestro corazón.


viernes, 28 de julio de 2023

Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

 


Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23

¿Qué hacemos con la semilla? Virtualmente la semilla es una explosión inagotable de vida que parece que nunca se acaba; de ella surge la vida en la semilla que germina y que hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas con lo que la vida se va multiplicando como en una espiral sin fin; pero la semilla que utilizamos como alimento, cuántos productos nuevos podrán surgir de esa semilla que se transforma; quien de ella se alimenta, así mismo se llena de vida, que engendrará y producirá más vida también podemos decir que en una cadena igualmente sin fin.

Pero esa cadena o esa espiral la podemos romper, cuando una semilla no produce el fruto para la que estaba pensada, bien porque o no germine o lo haga con tanta precariedad que nunca va a hacer florecer una nueva planta que produzca a su vez nuevos frutos, o si la dejamos morir de manera que en su putrefacción no nos produzca el alimento sano que de ella podríamos esperar.

Es lo que nos viene a describir la parábola cuando no encuentra la tierra apropiada donde germinar y hacer crecer esa nueva plata anuncio y presagio de nuevos frutos. Y aquí siempre nos hacemos hermosas consideraciones de por qué no somos la tierra buena, por qué hemos dejado crecer esos abrojos o no hemos limpiado ese pedregal en que hemos convertido la tierra donde sembrar esa semilla; pensamos, es cierto, en cuantas cosas rodean nuestra vida con sus apegos que nos distraen y nos arrastran muchas veces. Muchas cosas podemos pensar en este sentido.

Pero quiero pensar en algo más, en la semilla que nosotros podemos ser para los que nos rodean. Sí, el testimonio de vida que podemos ofrecer, el amor que podemos regalar, la ternura que llevamos en nuestro corazón y que podemos contagiar a los demás, la alegría con que vivimos la vida que despierta ilusión y ganas de vivir en los demás, el esfuerzo que realizamos cada día en nosotros mismos por superarnos, por crecer, por ser maduros en la vida, los valores que cultivamos y las metas altas que nos proponemos y por las que luchamos, van a ser semilla que vamos plantando en los otros con el deseo de que en ellos produzcan también nueva vida.

Seamos buena semilla en el campo de nuestro mundo, hagamos fructificar la vida, sepamos ir sembrando buenas cosas en los demás, que nuestra palabra ilusione, que nuestros gestos despierten deseos de vida, que nuestra manera de actuar abra nuevos horizontes a los que están a nuestro lado, que la grandeza de nuestro corazón eleve también sus corazones en búsqueda de algo grande y hermoso, que nuestra profunda espiritualidad llene también de ese Espíritu de Dios al mundo que nos rodea.

Nos preguntábamos al principio qué hacemos con la semilla que era una forma de interrogarnos como la acogemos o como somos la tierra propicia para que germine y dé fruto. Pero ahora nos preguntamos cómo somos nosotros como semilla. Decíamos antes que las semillas se multiplicaban cuando las nuevas plantas nacidas de esa semilla producían a su vez nuevas semillas, llamadas a seguir dando vida. Por eso nos preguntamos ahora cómo somos nosotros esa semilla que sigue germinando vida en nuestro mundo. Es el impulso interior, el impulso de vida que sentimos dentro de nosotros para seguir generando vida.


viernes, 27 de enero de 2023

Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

 


Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Muchas veces cuando nos dejamos llevar solo por las apariencias nos equivocamos; buscamos quizás cosas grandes o aparatosas, los que nos parece raquítico y pequeño lo desechamos, una persona que en nuestra manera de ver no tiene buena apariencia la rechazamos sin más, de aquel que nos parece ‘un pobre hombre’, como suele decirse, no esperamos nada; aquel que nos parece más locuaz, más hablador, que se nos presenta como que todo lo sabe es al que primera le prestamos atención. Cómo nos engañamos.

Hoy Jesús nos está diciendo que tenemos que aprender a valorar lo pequeño, lo que no hace ruido, porque es quizás lo que verdaderamente fructificará. Como siempre Jesús nos habla en parábolas, ejemplos muy sencillos, tomados de la vida de cada día, de lo que tenemos entre manos o contemplamos muchas veces sin darnos cuenta. Hoy nos habla Jesús de semillas. ¿Qué es un grano de trigo? Tenemos que reconocer que algo bien insignificante; si no nos fijamos mucho se nos escurre entre los dedos y como caiga en un suelo revuelto con muchas cosas luego ni lo encontramos.

Pues es el grano que se siembra bajo la tierra y sin que nosotros veamos nada va a fructificar y hará brotar una planta que nos dará una hermosa espiga con muchos granos. No lo sentimos, no lo vemos, pero pronto aparecerá ese pequeño brote en el suelo que irá creciendo. O como nos habla también de la mostaza, otra insignificante semilla, que nos va a dar una planta hermosa en cuyo entorno revolotearán hasta los pajarillos.

Y Jesús nos está diciendo que así es el Reino de Dios. Que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá fructificando e irá creciendo. Que pongamos mano por obra en eso tan pequeño e insignificante que podemos hacer en los mil detalles de cada día y que entonces estaremos construyendo algo grande y que merece la pena.

Parece, en ocasiones, que ni creemos en ese reino de Dios, que tenemos el pensamiento en otras cosas, que nos olvidamos de esos mil pequeños detalles de cada día, que cada día cuando tenemos un corazón lleno de amor podemos hacer por el que está a nuestro lado, por hacer que en verdad crezca el Reino de Dios; que aprendamos a valorar lo pequeño y valorar a los pequeños, o a los que nosotros nos parecen pequeños y que nada pueden aportar; que nos olvidemos de buscar esas grandiosidades, que tengamos en cuenta a ese que está a nuestro lado y que parece que nada nos dice o que nada puede hacer, que comencemos a trabajar en silencio, sin hacer mucho ruido porque en el silencio de la tierra la semilla germina y se hace nueva planta que nos terminará dando hermosos frutos.

Deja tu agradable sonrisa a tu paso por la calle, mira con ojos expresivos y con mirada que salga del corazón a esa persona que te da los buenos días cuando pasa junto a ti, pon calor en tu mano y en tu brazo cuando le das el paso a aquel con quien te cruzas quizás en un lugar difícil del camino, alerta tus oídos para escuchar también con tu mirada a aquel que tiende tu mano hacia ti en su necesidad, detente y presta atención a quien parece que tiene algo que contarte y no lo des por sabido de antemano… son tantos los pequeños gestos que podemos tener con aquellos que nos vamos encontrando por el camino de la vida, pequeños gestos que construyen vida, pequeños gestos con los que estamos haciendo presente el reino de Dios. No son apariencias, son la riqueza del amor.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Que no echemos a perder a semilla de nuestra vida porque nos guardemos tanto para nosotros porque no seamos capaces darnos hasta morir por los demás

 


Que no echemos a perder a semilla de nuestra vida porque nos guardemos tanto para nosotros porque no seamos capaces darnos hasta morir por los demás

Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Estudia para que seas un hombre y una mujer de provecho, nos inculcaron desde pequeños; bueno eso era lo que nos decían a nuestras generaciones. Pero ser un hombre o mujer de provecho era que pudieras tener un buen trabajo y ganar dinero, poder situarte en la vida, ‘hacer carrera’, como se decía, para poder ser alguien importante, que tuvieras poder económico, que fueras una persona de nombre y de influencia en la vida. No está mal. Es bueno hacer soñar. Es bueno poner aspiraciones en el corazón. Es bueno que lleguemos a desarrollar lo que somos y lo que valemos, nuestras cualidades y valores, que podamos hacer con lo que somos algo por la sociedad en la que vivimos. Es cierto, no hay que cortarle alas a los sueños. Demasiado vemos en la vida gente dando vueltas y vueltas sin saber a donde va, a qué dedicar su vida, que pueden hacer de provecho por ellos mismos, pero también por esa sociedad en la que vivimos.

Lo que creo que no podemos o no debemos hacer es solamente quedarnos en nuestras propias complacencias y satisfacciones – aquello de guardarnos para nosotros mismos -, llenarnos de orgullo y subirnos a pedestales para aprovecharnos de eso que hemos alcanzado, de eso que podemos hacer, o de esos valores y cualidades que hemos sido capaces de desarrollar. Es una tentación fácil, que se nos suba a la cabeza lo que hemos ido logrando en la vida, y centrarlo todo en nuestro yo, querer incluso que los demás sean adoradores de lo que somos suscitando envidias, creando rivalidades, poniendo recelos y desconfianzas en los corazones.

Mira por donde Jesús de que tenemos que hacer fructificar la semilla de nuestra vida. Ya en otros momentos del evangelio nos hablará de cómo hemos de negociar los talentos que se han puesto en nuestras manos para darles rendimiento, y nos habla también de la buena administración que hemos de hacer de lo que somos o de lo que tenemos. Pero hoy nos está dando unas claves cuando habla de la semilla que para que pueda fructificar ha de ser enterrada en tierra y morir. Es una forma de decir que ha de germinar para que surja una nueva planta, de aquella semilla germinada no quedará nada, o mejor tenemos que decir, quedará una nueva planta, una nueva vida, que va a producir también sus frutos.

Por eso nos habla de morir a nosotros mismos. En otro momento empleará la expresión de negarse a sí mismo. Hoy nos dice ‘el que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’. No podemos centrar la vida solo en nosotros mismos, no podemos pensar en que solo vamos a ganar para nosotros; nos está hablando de desgastarnos, de darnos, de morir como lo hace la semilla para que germine y surja esa nueva planta, nos está hablando del sentido del amor que le hemos de dar a la vida.

Aquello que desarrollamos en nosotros, esa semilla que queremos hacer germinar, esas cualidades y valores que vamos a desarrollar, no es simplemente por buscar un nombre de prestigio, por alcanzar unas metas de poder; no importa las altas cotas que pueda alcanzar sino aquello en lo que yo sea capaz de servir, aquello en lo que yo pueda hacer por ese mundo en el que vivimos, por los demás, por aquellos que me rodean.

Esa es nuestra verdadera riqueza, esa es nuestra verdadera grandeza, ese tiene que ser el auténtico brillo que le dé a mi vida. Ese es el grano de trigo que verdaderamente va a dar fruto, no aquel que guardamos y almacenamos en el granero sin darle ninguna utilidad. Alguna vez nos ha pasado que unas semillas que teníamos allá bien guardadas durante mucho tiempo, las habíamos guardado como si fueran una pepita de oro, pero cuando quisimos sembrarlas para que germinaran y nos dieran nuevas plantas ya estaban inservibles, ya no fueron capaces de germinar para darnos nuevas plantas. Que no echemos a perder así la semilla de nuestra vida.


Todo esto lo estamos reflexionando cuando estamos celebrando hoy a san Lorenzo que no solo se dejó quemar en la parrilla por el nombre de Jesús, sino que por ese nombre de Jesús se había gastado su vida por los pobres que eran la verdadera riqueza de la Iglesia.

domingo, 13 de junio de 2021

No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

 


No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Suelo saludar cada día a mis amigos de las redes sociales tratando de trasmitir optimismo y esperanza para el día que vivimos, pues pienso que es algo que necesitamos mucho frente a la tendencia de verlo todo oscuro, de tener una mirada pesimista, de sentirnos derrotados cada día antes incluso de comenzar la lucha. En el mensaje que trasmitía ayer un poco decía que sepamos encontrar aquello que ponga más luz en la vida en un mundo que se nos enturbia con las sombras. Una persona me comentaba, sin embargo, ‘cada día noto ese mundo más oscuro, pero seguiremos adelante con fe y esperanza’. Aunque sus palabras en principio resuman pesimismo, no deja de intentar al mismo tiempo la esperanza.

Yo a esa persona le respondería que a pesar de esas oscuridades de la maldad que observamos en tantos, tratemos de hacer luz para ver también las buenas semillas que se plantan y germinan y podríamos contemplar así muchas ráfagas de luz, muchas estrellas brillantes, muchas personas buenas en las que brillan los buenos gestos y las buenas actitudes. Creo que es lo que hoy nos quiere enseñar el evangelio y toda la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo.

Nos habla de que ‘el Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra’. Y aquí tendríamos que observar a ese agricultor o a ese sembrador que sabe tener la paciencia para dar tiempo a que esa semilla germine y brote en un nuevo tallo, en una nueva planta que a su tiempo dará su fruto. Creo que tenemos que saber tener esa paciencia y porque durante un tiempo veamos que parece que no brota nada en aquella tierra donde sembramos buena simiente, allá debajo de la tierra se está produciendo algo tan maravilloso como es la germinación; a su tiempo un día brotará la nueva planta.

Calladamente y en silencio quizá en muchos corazones se está produciendo esa transformación. Sabemos que no todos responderán, o que cada uno responderá a su tiempo, pero sepamos observar esos pequeños brotes de cosas buenas que van surgiendo en nuestro mundo, no nos confundamos, no esperamos que sea nuestra planta y a nuestra manera, tratemos de no arrasar antes de tiempo porque nos parezca que lo que está brotando no es exactamente lo que nosotros esperábamos y cómo nosotros lo esperábamos; sepamos valorar esos pequeños brotes porque de ellos podrán surgir muchas cosas hermosas. No son nuestras prisas ni nuestros orgullos los que harán surgir los mejores frutos.

El profeta nos hablaba de una pequeña y tierna ramita tomada del añoso cedro y que plantada allá en lo alto hará que brote una nueva y fuerte planta que también crecerá y se hará frondosa como para acoger a todas las aves del cielo o para permitirnos a nosotros acogernos a su sombra. Es lo pequeño lo que hará brotar a lo grande. Y así también tendríamos que saber ir por la vida, sembrando pequeñas semillas aunque nos parezcan insignificantes, algún día brotarán y podremos obtener fruto. Por eso Jesús en el evangelio nos habla también de la pequeñísima semilla de la mostaza, que nos puede parecer insignificante, pero que de ella brotará una hermosa planta.

Misteriosamente el Reino de Dios está presente en nuestro mundo; son muchas las semillas del reino que podríamos observar quizás hasta donde menos lo esperábamos; son muchas las buenas señales que se van dando en nuestro entorno en tantas corazones generosos y entregados, en tantas personas comprometidas con lo bueno y con la búsqueda de la justicia, en tantos esfuerzos por lograr un mundo en el que reino de la paz, y así en tantas cosas. Muchas veces nos sentimos confusos porque esas señales no aparecen donde nosotros habíamos pensado que se podrían dar, o en personas que nos pudieran parecer muy distantes de nuestra manera de pensar y de actuar. Son buenas semillas, dejémoslas fructificar.

¿Por qué vamos a arrasar esas buenas semillas porque no hayamos sido nosotros los que las hemos sembrado? Tenemos la tentación de que aquello bueno que puedan promover personas que no están en nuestro grupo o en nuestro entorno, ya no sirve, ya tenemos que quitarlo de en medio. Son demasiados los estilos que contemplamos en muchos dirigentes de nuestra sociedad y que nos contagian a nosotros también. Respetemos y valoremos lo bueno que hacen los demás y nunca destruyamos ni arrasemos la hermosa planta que pudiera surgir en cualquier lugar.

Y nosotros no nos cansemos de sembrar; en cada rincón del camino hemos de dejar una hermosa huella de nuestro paso porque vamos exhalando el perfume de nuestro amor y nuestras buenas obras; que a cada paso que demos, en cada encuentro que tengamos con los demás vayamos plantando una buena semilla porque tenemos la esperanza que un día ha de germinar y llegar a dar fruto, con cada palabra que pronunciemos vayamos despertando esperanza con la ilusión de un mundo nuevo, cada momento de nuestra vida sea una señal de que el Reino de Dios ha llegado y lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos para tener un mundo mejor.

viernes, 24 de julio de 2020

Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción


Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción

Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23
Al romperse el ritmo de la lectura continuada en esta semana por distintas celebraciones parece que nos queda a trasmano la explicación de la parábola del sembrador que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando los discípulos llegaron a casa con Jesús le preguntaron por el sentido de las parábolas, por qué les hablaba en parábolas y el significado en este caso concreto de la parábola del sembrador.
Muy propio del lenguaje oriental es ser muy expresivos en sus imágenes para explicarnos cualquier cosa; incluso en el lenguaje ordinario en los saludos de los encuentros, por ejemplo, el interesarse por la familia o los seres queridos solía ir acompañado de grandes párrafos llenos de imágenes para expresar el aprecio que sentían por la familia.
De todas maneras son válidas en todos los lugares y en todos los tiempos las imágenes para expresarnos las cosas y en el mundo de comunicación en que vivimos y de medios audiovisuales de todo tipo bien sabemos como aquello que se nos presenta con unas imágenes determinadas está pensado para trasmitirnos un mensaje, para decirnos de una forma agradable o de una forma sutil muchas cosas que nos puedan interesar o ayudar. No es cuestión solo de imaginación de una riqueza del lenguaje que así quizá de manera sencilla sin embargo se hace profundo en sus contenidos que llegamos a comprender mejor.
Ya esta misma página con la que me comunico con ustedes la misma titulación ya está expresada con una imagen, la semilla que sembramos cada día (http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/), para indicar la intención y el mejor deseo de hacer que estas reflexiones sean semilla que llegue a nuestra vida y nos ayude a tener los mejores frutos de nuestra existencia y en este caso concreto de nuestro seguimiento de Jesús.
La semilla está ahí con todo su potencial, podríamos decir, en sí encierra un misterio de vida pero que tenemos que hacer germinar para que surja la nueva planta que un día nos dé los mejores frutos. Ni podemos dejar guardaba para siempre esa semilla porque podría perder su virtualidad, ni la podemos sembrar de cualquier manera si luego esa nueva planta que surge no le prestamos los necesarios cuidados para que pueda no solo brotar sino crecer y un día nos ofrezca las flores anuncio de los prometidos y ansiados frutos.
Es cierto que el sembrador de la parábola va sembrando a voleo, que es la forma habitual de sembrarla, porque quiere que llegue esa semilla a todos los campos y a todos los terrenos. Y es que la Palabra de Dios no la podemos encerrar ni podemos estar escogiendo a quien se la ofrecemos sino que su riqueza de vida es para todos y a todos se ha de ofrecer. Y aunque en la parábola nos encontramos con la dificultades de esos diversos terrenos donde ha caído la semilla que no siempre va a tener el cuidado necesario para que germine y llegue a fructificar, sin embargo ese hecho nos está también queriendo decir mucho a los cristianos de hoy a la hora de hacer esa siembra.
Quizá muy obsesionados por tener el terreno bueno y bien preparado muchas veces nos hemos quedado demasiado encerrados en los nuestros, en nuestro campo, en el recinto de nuestras iglesias o nuestros templos, esperando quizá que vengan todos deseosos de esa semilla de esa Palabra para escucharla. Que también tenemos que ser conscientes de cuáles sean las actitudes con que vienen a nuestros templos, a nuestros centros parroquiales, a nuestras catequesis, porque bien sabemos la cantidad de condicionamientos sociales que rodean muchas de nuestras acciones pastorales.
Y tenemos que darnos cuenta de que tenemos que salir a todos los campos, a todos los terrenos aunque nos encontremos con la dificultad de la acogida o no que pueda tener ese anuncio que nosotros queremos hacer. Pero Jesús nos envió al mundo, hasta los confines de la tierra, y no puso límites, ni dijo que fuéramos solo allí donde sabíamos que nos iban a escuchar.
El Papa Francisco nos lo ha estado repitiendo, como se suele decir, por activa y por pasiva, cómo tenemos que salir a las periferias, o sea tenemos que salir de nuestros lugares de siempre para llevar ese anuncio de la Buena Nueva a todo el mundo. Por muchas cosas que digamos, por muchos planes pastorales que nos hagamos, seguimos encerrados en hacer lo de siempre y el evangelio tiene que oírse con otra voz, y tiene que llegar a todos, y por todos tiene que hacerse entender.
Gastamos muchas energías hacia dentro y nos falta el impulso para ir de verdad a los de fuera. Repetimos una y otra vez las mismas cosas a los que tenemos siempre dentro de nuestras comunidades, pero no hemos encontrado la forma para saber ir a los que están más lejos y nunca vienen. Un nuevo coraje y un nuevo ardor nos faltan en el corazón. Dejemos que el Espíritu del Señor se meta dentro de nosotros y nos revuelve para hacernos despertar.


martes, 3 de marzo de 2020

Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios


Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15
‘Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…’
Bella imagen la que nos propone el profeta, la lluvia que empapa la tierra, pero la tierra que encierra en sí un caudal de vida pero que necesita del agua que le haga brotar toda la fecundidad que en cierra para que germine y termine dando fruto. ¿Cuál es esa tierra a la que se refiere en profeta? Creo que casi de entrada tenemos que reconocer que es nuestra misma vida, con todas sus posibilidades, con todas las riquezas en ella encerradas.
Es nuestra vida que está ahí como un diamante en bruto; bien sabemos que el diamante no es extraído de la tierra tal como luego lo veremos pulido y engarzado en una joya; en si mismo al ser extraído de la tierra está lleno de impurezas de las que hay que limpiarlo, para luego tallarlo y pulirlo en esa belleza de ángulos y resplandores que luego en él contemplaremos y admiraremos. Así es nuestra vida.
Toda esa riqueza y esa belleza está encerrada dentro de nosotros pero hemos de saberla hacer florecer, resplandecer. Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en la vida tratando de profundizar en lo más hondo de nuestro ser, para resaltar lo bello y lo valioso, para purificarnos de cuantas cosas puedan mermar el brillo de la vida. Es la tarea que vamos realizando en la interiorización, en la reflexión y en la meditación, que vamos realizando también en la oracion.
Dejamos que llegue a nosotros, como decía el profeta, esa lluvia que haga brotar toda esa fecundidad, que haga surgir toda esa vida, que nos haga crecer por dentro como la planta que echa raíces hondas en la tierra, pero que se abre frente al cielo y al universo que la rodea que desde eso que somos podamos hacer el bien, podamos amar, podamos enriquecer con nuestros valores a cuantos nos rodean, lleguemos a enriquecer de verdad ese mundo en el que vivimos. Es desde esa meditación, desde esa oración, porque sabemos bien que no es tarea que realicemos por nosotros mismos. Por eso nos abrimos a Dios, escuchamos su palabra que fecunde nuestro ser y nos llene de verdadera vida.
Es el mensaje que nos ofrece hoy la liturgia y la Palabra de Dios. Lo que nos ha trasmitido el profeta y que ya ha dado pie a esa primera parte de nuestra reflexión y lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. Nos dice Jesús que cuando vayamos a orar no nos entretengamos con muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Y Jesús nos ofrece un modelo de oración. Muy escueto y muy concreto en que lo fundamental viene a ser que lleguemos a disfrutar de la presencia de Dios. Disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida y entonces no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios.
Creo que es algo que nos falla muchas veces a los cristianos que incluso decimos que queremos rezar con la oración de Jesús. Pero no la disfrutamos, nos quedamos reducidos a repetirla y muchas veces hasta de carrerilla. Disfrutar de una comida no es tragársela de forma glotona, sino saber saborear cada uno de esos componentes de nuestra alimentación sabiendo sentir en nuestro paladar cada uno de sus sabores. ¿Haremos así con el modo de oración que Jesús nos propone? 
Estamos muchas veces más preocupados con aquello que le queremos pedir cuando rezamos el padrenuestro que en verdad saborear esa presencia y ese amor de Dios en nuestra vida. Por eso nuestra oración no termina siendo esa lluvia que fecunda la tierra de nuestra vida como nos decía el profeta. Nuestra vida no termina de germinar, no terminan de brotar esas buenas obras, ese amor, ese compromiso por los demás, por nuestro mundo y por nuestra iglesia aunque digamos que rezamos mucho. Pero es eso, rezamos mucho, muchas palabras que repetimos, y poco amor y presencia de Dios que saboreamos.


domingo, 22 de septiembre de 2019

La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo


La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8;  Lucas 16, 1-13
¿Qué hacemos de nuestros bienes y riquezas? Nos sentimos dueños; ‘es mío’ es la reacción ante lo que tenemos; casi desde que nacemos comenzamos a querer dominar sobre nuestras cosas como si fueran de nuestra única posesión; es la reacción ya del niño que cuando coge una cosa ya es suya, ‘es mío’ reacciona si queremos que nos la dé y la acapara para si. Aunque tendríamos que pensar si lo hace porque es lo que ve en los otros y ha perdido la inocencia de sentir que todo es de todos. Y en la medida en que somos mayores eso se acentúa, porque hasta nos volvemos avaros y en consecuencia egoístas. Para mí y para mi disfrute.
¿No habría que romper esa espiral de alguna manera? Por eso nos tenemos que preguntar que hacemos de nuestros bienes, de lo que consideramos que son nuestras riquezas. La buena nueva del evangelio que Jesús nos ofrece creo que quiere que abramos nuestros ojos para ver las cosas de manera distinta. Ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia no tiene nada que ver con esa avaricia y egoísmo con que vivimos la vida. Son otros los valores. Otro tendría que ser el sentido que le damos a la vida y que le damos entonces también a esas cosas materiales de las que disponemos.
La parábola que nos ofrece hoy el evangelio se nos ha hecho siempre de difícil lectura. No terminamos de comprender que no es el hecho en si de lo que se nos narra sino la imagen que se nos quiere ofrecer. Como se habla de un administrador, de unos bienes no bien administrados, de un dueño que pide cuentas nos quedamos en esa materialidad de lo que se nos cuenta y no vamos más allá. Por eso seguimos pensando que con injustas esas artes y mañas de las que se vale el administrador para no quedarse en la calle, y por eso aun más se nos hace incomprensible muchas veces la parábola cuando aquel amo felicita al administrador injusto por su astucia. No es la astucia en si misma para delinquir lo que se alaba sino el nuevo sentido que se le va a dar a aquellos bienes y riquezas.
Cuando escuchemos la parábola pongámonos nosotros en el lugar, si habla de un administrador, ¿por qué no pensar que somos nosotros ese administrador de esos bienes, o de cuanto Dios ha puesto en nuestras manos? Con otras parábolas entendemos que esos talentos, esos valores, esa riqueza de vida que está en nuestras manos son para que los negociemos, para que hagamos fructificar la vida. De lo contrario seriamos, es cierto, unos irresponsables. Pero ¿qué uso le damos a cuanto tenemos, a eso que hacemos fructificar con nuestro trabajo, solo para una satisfacción personal, para un beneficio propio o con eso que tenemos hemos de pensar en los demás?
El evangelio siempre tenemos que verlo en su conjunto y unos textos nos ayudan a comprender otros. Recordemos, por ejemplo, lo que Jesús le decía a aquel joven rico que viene preguntando qué hacer para heredar la vida eterna. El mensaje final es ‘vende cuanto tienes, compártelo con los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No podríamos ver aquí la astucia de aquel administrador que usando de aquellos bienes que tiene que administrar está guardando un tesoro en el cielo? Es cierto que las palabras de la parábola pueden darnos la impresión de una intención egoísta e interesada, para tener luego quien le acoja cuando se quede sin nada, que dice la parábola.
Por eso sentenciará Jesús  ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. En consonancia perfecta con lo que nos dice Jesús en otros momentos del evangelio. Es el sentido y valor que le hemos de dar a lo que tenemos que nunca nos puede encerrar de forma egoísta en nosotros mismos.
Por eso nos hablará por una parte de esa fidelidad nuestra hasta en lo más pequeño, lo que nos puede parecer insignificante, o como son cosas materiales pensamos que tiene poco o menos valor. Esos bienes que poseemos se pueden convertir, es cierto, en una cosa injusta por decirlo de alguna manera, pero depende de cómo los utilicemos, depende del mal uso que nosotros hagamos de ello, o del egoísmo o del desprendimiento con que vivamos la vida y la posesión de las cosas.
Pero ahí también tenemos que ser fieles, porque además no es nuestra riqueza, sino la riqueza también de nuestro mundo y con lo que hagamos de esos bienes podemos hacer que nuestro mundo sea más injusto – por tantas diferencias y desigualdades – o pueda ser mejor porque pueda ser una fuente de vida y de riqueza para los demás. Si no hago fructificar de buena manera lo que tengo no generaré esa riqueza que pueda beneficiar a los demás con su propio trabajo.
¿Qué hacemos de nuestros bienes y nuestras riquezas? Nos preguntábamos al principio. Espero que con esta reflexión seamos capaces de abrir no solo nuestra mente, sino también nuestro corazón para que no tengamos unos bolsillos cerrados. Entendemos.