Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta sabor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sabor. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

viernes, 8 de agosto de 2025

El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

 


El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

Isaías 52, 7-10; Salmo 95; Mateo 5, 13-19

Los que nos traen buenas noticias son siempre bien recibidos, es más, serán agasajados con mucho entusiasmo y alegría. Hoy tenemos muchos medios de comunicación, de trasmitir noticias que en otros tiempos no teníamos; en mi infancia pasé por esas lagunas difíciles de las consecuencias de la emigración, pues mis hermanos y mi padre se tuvieron que ir a América; recuerdo siempre la alegría y emoción con que mi madre recibía sus cartas, pero más aún cuando alguien regresaba de Venezuela al pueblo acudíamos, como quien espera aguas de Mayo, a visitarle para saber de forma directa las noticias que nos podían traer de nuestra familia; cómo si nos visitaban esas personas para darnos noticia dentro de nuestra pobreza le ofrecíamos lo mejor como reconocimiento de las noticias ‘frescas’ que nos podían traer.

En todos los aspectos de la vida deseamos y necesitamos recibir cosas buenas de los demás, palabras que pongan esperanza y renovada ilusión en nuestras vidas; hay personas que se regodean en traernos noticias de cosas calamitosas, que nos están hablando con un tremendismo que al final lo que hace es poner miedo y temor en el alma, personas que parece que son adictas para hablarnos de cosas que nos quiten el sosiego y la paz, todo lo ven a lo tremendo, todo parece que va a tener un final catastrófico y en lugar de poner luz parece que van llenando el mundo de sombras.

Como decíamos al principio los que nos traen buenas noticias son bien recibidos, estamos deseosos de escuchar palabras de ánimo, que nos llenen de esperanza, que nos abran horizontes, que pongan una nueva luz en nuestra vida y en nuestro mundo. Y esto tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros. Es ‘evangelio’, o sea, buena noticia. Y las buenas noticias ponen gozo en el alma, por una buena noticia somos capaces de caminar lo que sea para ir a su encuentro.

Eso fue la vida de Jesús. Ese ha sido su mandato, esa es la misión que nos ha confiado, llevar una buena noticia a nuestro mundo. Esto tiene que ser siempre el evangelio en nuestra vida. Esa es la esperanza que tiene que suscitar siempre en nuestros corazones. Eso es lo que tiene que ser siempre un impacto para nuestra vida, porque las noticias nos sorprenden, pero si son buenas noticias no solo nos sorprenden sino que nos alegran el alma. Eso es lo que nosotros tenemos que anunciar.

Dicho así parece que resulta todo muy bonito, pero es aquí donde quizás tenemos que preguntarnos muchas cosas sobre el espíritu con que nosotros acogemos esa buena noticia. No podemos decir nunca eso ya me lo sé, eso ya lo he escuchado muchas veces. Para nosotros el evangelio tiene que ser siempre noticia para nosotros, y la noticia no nos cuenta cosas viejas, las noticias queremos que sean siempre nuevas para que realmente sean noticias. Pero ante el evangelio depende de la actitud con que nosotros vayamos a él, con la actitud con que nosotros lo escuchemos.

Es siempre algo nuevo que llega a nuestra vida. Y por muy monótona o de rutina que hayamos hecho nuestra vida, nuestra vida va continuamente cambiando; no vivimos hoy lo mismo que vivimos ayer, cada momento tiene sus circunstancias, cada momento en la vida tiene su novedad, en cada momento podemos descubrir algo nuevo, un nuevo matiz; y el evangelio viene a iluminar nuestra vida hoy, en el aquí y en el ahora, en lo que son ahora mis circunstancias y en lo que hoy estoy realizando. Y ahí tenemos que sentir esa novedad del evangelio, esa luz nueva que nos va ofreciendo el evangelio en todo momento.

Pero eso es lo que tenemos que ser nosotros para los demás. Somos, tenemos que ser portadores del evangelio, evangelizadores, decimos. Y como buena noticia se lo ofrecemos al mundo; de la autenticidad con que nosotros los anunciemos va a depender en cierto modo que como tal lo reciban quienes nos escuchan, como buena noticia para sus vidas. Pero es que tienen que notar que eso ha sido para nosotros y es por eso por lo que se lo trasmitimos. Lo triste sería que nosotros no transmitiéramos buena noticia, porque lo hemos convertido en una rutina en nuestra vida, porque no lo estamos reflejando en nosotros en una vida distinta.

Hoy nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Que no podemos ocultar la luz, como no se puede ocultar una ciudad edificado en lo alto de un monte, ni podemos hacer que nuestra vida no sea sal, porque hayamos perdido el sabor. La sal que no da sabor ya no sirve para nada. ¿Nos estará pasando a nosotros? ¿Qué sabor desde el evangelio le estamos queriendo trasmitir a nuestro mundo? La tenemos que recibir con alegría y con alegría tenemos que transmitirla.

martes, 10 de junio de 2025

No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

 


No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118;  Mateo 5, 13-16

¿Puede la sal dejar de dar sabor? Parece algo imposible, pero si así sucediera se convierte en una arena, por decirlo de alguna manera, inservible. Para que la pisotee la gente, para echarla en nuestras carreteras en las heladas y después ni a la tierra de cultivo podríamos echarla porque llenaría la tierra de una salinidad que la haría improductiva.

De eso nos está hablando Jesús en el evangelio cuando nos dice que quien le sigue, quien ha asumido el evangelio como opción de su vida tiene que ser sal que dé sabor a la vida; es la sabiduría del evangelio del que nos hemos empapado para luego ser sabiduría para los demás. No es una cuestión baladí la que Jesús nos está planteando con estas imágenes que se nos ofrecen en este texto de hoy. Y ya nos tendría que llevar a preguntarnos ¿qué sabor le estamos dando los cristianos a nuestro mundo, a nuestra sociedad?

Hoy el evangelio está lleno de imágenes. Jesús las hablaba a las gentes con imágenes para que captaran el hondo sentido de sus palabras. Porque son cosas que vemos en la vida de cada día; tenemos la sal para nuestras comidas, tenemos la luz para iluminarnos. Por eso hoy está diciendo que no encendemos la luz para ocultarla. Como nos dice, si queremos que ilumine no la podemos esconder debajo de un celemín, sino ponerla en alto. Sabemos que el celemín es como una medida por ejemplo para nuestros cereales, un cajón con un determinado tamaño que nos da una cantidad, el celemín aunque sean medidas que hoy no son usadas habitualmente. Y Jesús nos está diciendo que la luz tenemos que ponerla en alto, en un lugar estratégico para que sus rayos luminosos puedan abarcar el mayor espacio posible y todos nos podamos beneficiar.

La imagen de la luz se nos repite en el evangelio de muchas maneras; desde las que tienen que salir con las lámparas encendidas para iluminar el camino del novio que viene al encuentro con su esposa, como luego colocadas estratégicamente en la sala del banquete para que podemos disfrutar de la comida y de la fiesta. Pero será imagen que se utiliza al principio del evangelio de san Juan para de alguna manera describirnos lo que era la misión de Jesús y lo que tiene que significar nuestra fe. Luz va repartiendo Jesús en todos aquellos a los que saca de su ceguera, que se convierte en imagen de lo que significa encontrarnos con Jesús y su evangelio, porque quien le encuentra no andará en tinieblas. Gritará Jesús en un momento determinado para que vayamos a El y en El encontremos luz.

Pero hoy la imagen de la luz va en el camino de lo que somos nosotros con nuestra fe y lo que tenemos que ser con nuestra vida. Es el testimonio de luz que tenemos que dar. ‘Sois la luz del mundo’, nos dirá y no podemos ocultar esa luz, no podemos ocultar esa fe que ha iluminado nuestra vida. Tenemos que resplandecer quienes estamos llenos de luz. Y nos dice que igual que la luz no se oculta bajo el celemín, nos dice que la ciudad puesta en lo alto de la montaña no se puede ocultar. Y somos nosotros esa ciudad que tenemos que convertirnos en medio del mundo en ese faro que ilumine y que oriente - ¿qué hace el faro en la orilla del mar sino iluminar, orientar, decir lo cerca que estamos de puerto seguro, o prevenirnos de los peligros de las rocas que podamos encontrar en medio del mar? -, es lo que nosotros tenemos que ser.

Terminará diciéndonos Jesús que así ilumine nuestra luz la vida de los hombres para que todos puedan dar gloria a Dios. Todo se convierte en un interrogante, en una pregunta seria que tenemos que hacernos en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Seremos esa luz? ¿Seremos esa sal? ¿Habremos ido perdiendo esa luminosidad y ese sabor de evangelio que tiene que desprenderse de nuestras vidas? A pesar de que somos tantos los que nos decimos cristianos, ¿cómo es que aun no hemos contagiado de ese sabor al mundo que nos rodea? ¿Estaremos los cristianos confundiendo a los demás porque no sabemos estar en el sitio y el momento adecuado para dar testimonio de esa luz?

jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

lunes, 20 de enero de 2025

No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

 


No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

Hebreos 5,1-10; Salmo 109; Marcos 2,18-22

‘Las comparaciones son siempre odiosas’, es un socorrido dicho popular, algo así como una sentencia, de la que echamos manos cuando nos encontramos con gente que siempre está haciendo comparaciones entre unos y otros, pero donde de alguna manera tienen siempre alguna relación con nosotros mismos; si a este le dieron y a mi no, si a aquel lo trataron de una determinada manera mientras a mi no me escucharon, si porque aquel tiene amigos influyentes consigue las cosas, pero de mi nadie se preocupa, y cosas así. Son odiosas solemos decir, porque siempre por medio aparece el amor propio, los orgullos, las desconfianzas que van creando enfrentamientos y barreras que nos distancian o que nos pueden llenar incluso de amarguras. Siempre nos encontramos personas así, siempre podemos caer nosotros por esa misma pendiente resbaladiza.

Jesús ha comenzado a predicar y en torno a El se ha ido formando un grupo de los que quieren seguirle más de cerca; son los llamados discípulos, de entre los que Jesús en un momento determinado escogió a los que serían sus apóstoles, sus enviados. Juan el Bautista también tenía sus seguidores allá en el desierto – algunos de ellos fueron los primeros en seguir a Jesús – y aunque la figura de Juan tras ser encerrado en la cárcel y posteriormente decapitado por Herodes había desaparecido, aquellos que le seguían aun siguen manteniendo el espíritu de Juan y siguen realizando lo que de Juan habían aprendido. Pero también había otros grupos sociales que se habían ido formando en torno a figuras o a influencias como las que los fariseos querían imponer en la sociedad de entonces. Todos tenían sus reglas y costumbres, seguían formalmente con algunas costumbres que se convertían para algunos como unas reglas a seguir.

Y es ahora cuando surge la comparación entre los discípulos de unos y de otros, entre lo que hacían los discípulos de Juan y de los fariseos y lo que Jesús les exigía a sus discípulos. Es lo que ahora en sus tiquismiquis le vienen  a plantear a Jesús, la comparación entre el rigorismo que vivían los discípulos de Juan y los fariseos, por ejemplo, en la cuestión de los ayunos y penitencias, y lo que Jesús planteaba a quienes querían seguirle. El planteamiento de Jesús les resultaba novedoso ante lo que estaban acostumbrados que eran las exigencias de los profetas en algunos momentos. Esto era incomprensible para muchos sobre todo los que vivían aquel antiguo rigorismo.

Pero Jesús siempre nos ha dicho que lo que El nos anuncia es una Buena Noticia y las buenas noticias están llamadas a dar esperanza, a levantar los ánimos, a sembrar una nueva ilusión en los corazones; y Jesús había hablado de liberación y de tiempos nuevos, que por algo proclamaba una amnistía, un año de gracia del Señor, que tenia su base y fundamento en lo que era el año jubilar donde todo había de renovarse, donde se encontraría el perdón de antiguas deudas, donde a partir de ese año de gracia todo habría de tener la novedad de lo nuevo, valga la redundancia que tiene su sentido.

Por eso ante las preguntas que le hacen desde sus comparaciones y desconfianzas Jesús hablará de un hombre nuevo, hablará de odres nuevos para vino nuevo, Jesús hablará de que no hemos de andar con remiendos a paños viejos, sino que ha de ser un vestido nuevo que el que hemos de portar. Pero eso es difícil de entender para los que se quieren mantener en viejas costumbres que de verdad no liberan de nada sino que realmente nos hacen caer en una rutina que siempre será ruinosa. Claramente nos lo está diciendo Jesús. No se trata de simples reformas sino de total renovación. Pero nosotros seguimos simplemente queriendo hacer reformas.

Esto tendría que hacernos pensar para muchas cosas, en nuestra vida personal, en ese crecimiento y renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o sea una vida nueva; es el mensaje que tenemos que sentir hondamente en nuestra Iglesia muchas veces tan dada a conservadurismos y no se deja conducir por la novedad del espíritu, por la verdadera novedad del Evangelio de Jesús.

Cuidado hayamos hecho viejo el evangelio, no le terminemos de encontrar su novedad cada vez que lo escuchamos, y tampoco sepamos ofrecerlo como novedad al mundo de hoy. Para muchos, quizás por nuestra forma de presentarlo, puede parecer algo anquilosado, algo de otro tiempo, y no una buena noticia para el mundo de hoy, para el hoy de la vida del hombre actual. No echemos a perder el sabor autentico del evangelio.

jueves, 1 de agosto de 2024

Que crezca en nosotros la sabiduría de Dios porque nos quede ese buen olor, ese buen sabor de cuanto hemos aprendido del evangelio que da un sentido nuevo a la vida

 


Que crezca en nosotros la sabiduría de Dios porque nos quede ese buen olor, ese buen sabor de cuanto hemos aprendido del evangelio que da un sentido nuevo a la vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

En la red de los mares de la vida nos encontraremos variedad de peces. Como cuando echamos la red al mar para pescar, no solo vamos a encontrar en la red aquellos que más deseamos sino que enzarzados en la red encontraremos toda clase de peces, que unos nos servirán y otros no.

Es lo que nos vamos encontrando en la vida, en sus caminos, en nuestros encuentros, gente que nos parece bien y con quien estaremos más o menos en sintonía, pero también otros que piensan distinto o actúan en posturas bien contrarias a lo que son nuestros valores o nuestros principios. En ese conglomerado tenemos que navegar, tenemos que hacer nuestra vida, tendremos quizás que marcar nuestras diferencias porque queremos que brillen nuestros valores, pero no significa que dejemos de respetar a los que son de otra manera. En ese mundo tenemos que caber todos mientras nos guardemos el debido respeto y valoración, y sabiendo aprovechar también lo  bueno que pueda brillar en los demás.

Es la sabiduría con que tenemos que afrontar la vida, es la sabiduría que nos hace tener también una mirada amplia y llena de respeto, es la sabiduría con que aprovecharemos todo lo bueno que no significa que hagamos unas mezclas en las que al final todo nos parezca igual. No valen sincretismos de que todo vale, pero si tenemos que tener esa sabiduría para aprovechar todo lo bueno. No es fácil, podemos entrar en confusiones, si no tenemos los pies bien asentados en nuestros fundamentos podemos fácilmente deslizarnos de manera que al final no sabemos dónde estamos.

Nos ha venido Jesús hablando con distintas parábolas para irnos describiendo lo que es el Reino de Dios y los valores fundamentales de ese Reino de Dios. Nos ha hablado con distintas parábolas que nos hablan de la semilla, de las distintas respuestas del terreno donde ha sido sembrada, pero también de la maleza que se nos puede meter por medio, que sabemos bien que es una realidad, y que tenemos que saber sortear por una parte, o convivir con esa realidad intentando mantener la pureza de nuestra semilla y nuestras plantas, para que al final podamos obtener un fruto.

Hoy finalizando este capítulo donde el evangelista ha situado el conjunto de esas parábolas nos habla Jesús de la red arrojada al mar y en la que vamos a encontrar esa variedad de peces, aunque algunos tengamos que descartar porque no nos son válidos. Es lo que ahora hemos venido reflexionando y que de alguna manera resume lo que Jesús ha querido decirnos. Unas palabras, como lo son siempre las palabras de Jesús, que nos alientan en nuestro camino, en nuestras luchas, en nuestros esfuerzos por superarnos pero también por ser fieles a pesar de los vientos en contra que podamos encontrar. Nos agarramos fuerte a la luz para que no deje de alumbrarnos en el camino; así nos apoyamos en la Palabra de Jesús. Así vamos aprendiendo esa sabiduría del evangelio.

Por eso finalmente nos hablará del hombre sabio que sabe sacar del viejo arcón lo que es válido de verdad para nuestra vida, dejando a un lado lo que es inservible. Esa sabiduría que va creciendo poco a poco en nuestro interior, que es como ese poso que nos va quedando en el fondo lleno de los mejores sabores y olores después que en él hemos ido arrojando toda clase de sustancias. Habrá cosas que se diluyen y evaporan y parece que se olvidan porque ya no se tienen en cuenta, pero en el fondo ha quedado ese buen sabor, ese olor agradable que enriquece nuestra vida, es esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo con el paso de los años.

La sabiduría no está en los muchos libros que hayamos leído o estudiado, una biblioteca grande que hayamos formado con muchos tomos en lo que podríamos llamar estantes de nuestra vida, sino en ese conocimiento que en el fondo nos queda, podíamos decir que tomado de acá y de allá, y que nos da un sentido nuevo a cuanto hacemos o decimos.

Que crezca en nosotros esa sabiduría de Dios. Y ya sabemos cómo tenemos que hacerlo.


martes, 1 de noviembre de 2022

Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

 


Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Tenemos hoy una celebración en la liturgia que nos invita a mirar hacia lo alto, a poner grandes metas en nuestra vida y a despertar nuestra esperanza en medio de un mundo demasiado ensombrecido, y mira cómo de alguna manera la hemos descafeinado desde convertirla por una parte en una fiesta solo del recuerdo de difuntos, o la hemos dejado envolver por nuevas costumbres que parecería más bien que nos llenarían de terror nuestros espíritus.

Litúrgicamente celebramos la fiesta de todos los Santos y el texto del Apocalipsis que se nos ofrece en la primera lectura de esta fiesta nos habla de una multitud inmensa que nadie podría contar que cantan bendicen la victoria de nuestro Dios, la victoria del Cordero. Ese texto ya sería suficiente para elevar nuestro espíritu y hacernos aspirar a esa gloria del cielo. Si un día le habían preguntado los discípulos a Jesús si serían muchos los que se salven, hoy tenemos la respuesta, en esa multitud innumerable. ‘Los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero, vienen de la gran tribulación y son los que buscan el rostro del Señor’.

Podemos formar parte de esa inmensa muchedumbre. ¿Qué es lo que necesitamos? Hacer una opción seria en la vida. Es cierto que Dios nos ofrece la salvación, pero ante nosotros se abren diversos caminos; caminos espaciosos y amplios, y caminos que a veces nos pueden parecer estrechos y llenos de dificultades. Es la opción por el camino de la vida, es la opción de vivir como los hijos de Dios, es la opción por vivir el Reino de Dios. Y eso tiene sus exigencias.

Pero es una invitación y una llamada de parte de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ El nos llamó, El nos invitó, El nos quiere como hijos. ‘Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. No terminamos de considerar esa grandeza, esa dignidad. Con qué facilidad lo olvidamos. Y sin embargo tiene que ser el motor de nuestra existencia, lo que nos va a hacer buscar la dignidad y la grandeza de toda persona, lo que va a poner un sabor nuevo en nuestra vida, lo que tiene que convertirse en una luz para nuestra humanidad tan llena de sombras.

¿Qué es lo que nos propone Jesús hoy en el Evangelio? Ese camino nuevo que da nuevo sabor a nuestra vida y a nuestro mundo, las bienaventuranzas. No son utopías, no son palabras bonitas que traten de consolarnos en nuestras desesperanzas y en nuestros llantos. Es un camino cierto de vida y nos va a llevar a la mejor felicidad, a la mayor plenitud para nuestra vida.

‘Dichosos los pobres en el espíritu, comienza diciendo Jesús, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había comenzado anunciando la llegada del Reino de Dios y nos invitaba a la conversión, a creer en la Buena Noticia que se nos anunciaba, la llegada del Reino de Dios. Este es el primer paso para ese gozo del Reino de Dios, elegidos esa pobreza de espíritu, ese vaciarnos de tantas cosas que nos saturan de tal manera que no llegamos a saborear la vida en su auténtico sabor.

Cuántos pedestales vamos poniendo tantas veces en la vida para hacernos los engreídos y poner distancias entre unos y otros, qué distancias nos crean nuestros orgullos; de cuántos apegos vamos llenando el corazón de manera que ya no daremos cabida a los que están a nuestro lado; cuántas cosas vamos acumulando, tristezas, resentimientos, envidias, violencias descontroladas, malicias y desconfianzas que nos llenan de tormento y nos quitan la paz; cuánta cerrazón para mirar solo por nosotros mismos y no saber tener un corazón compasivo para el que sufre a nuestro lado; con tantas cosas se nos va enturbiando la vida, la visión como si una catarata cubriera nuestros ojos y ya no seremos capaces de ver y contemplar la luz.

Por eso cuando llegamos a comprender el sentido de esta primera bienaventuranza, lo demás irá fluyendo casi como de forma espontánea. Será cuando llenemos de mansedumbre el corazón y que distinto será nuestro trato y nuestra convivencia con los que están a nuestro lado; será cuando aprenderemos a compartir porque nadie a nuestro lado podrá pasar necesidad; será cuando seremos en verdad comprensivos y misericordiosos con los demás, porque habremos disfrutado de esa misericordia y compasión que Dios ha tenido con nosotros para perdonarnos y hacernos cambiar de vida; nuestra mirada será limpia y podremos contemplar a Dios pero también veremos con mirada distinta a los hermanos que caminan a nuestro lado; gozaremos de auténtica paz en el corazón pero al mismo tiempo seremos siempre constructores e instrumentos de paz; no nos importa ser incomprendidos por lo que hacemos y que incluso podemos encontrar oposición en contra porque tenemos la certeza de que caminamos el camino de la vida y estamos realmente construyendo el Reino de Dios.

¿Puede haber una dicha más grande? ¿Cambiamos la felicidad que sentimos en el corazón por la felicidad falaz que nos ofrece el mundo? Nuestra vida tiene ya un nuevo sabor; queremos contagiar de ese sabor al mundo que nos rodea, porque tenemos esperanza y creemos que es posible realizar y hacer presente el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida.

martes, 7 de junio de 2022

No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

 


No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

1Reyes 17, 7-16; Sal 4; Mateo 5, 13-16

La sal para dar sabor o para evitar la corrupción, y la luz para colocarla en el sitio más oportuno para que ilumine. Como se suele decir, cuando una cosa está muy clara, no es que hayan descubierto el mediterráneo. Pero sí, una cosa tan elemental y tan sencilla parece, sin embargo, que es algo que falta mucho. ¿Habremos encontrado el verdadero sabor? ¿Nos habremos librado de corrupción y de muerte? ¿Todos nos iluminamos con la misma luz?

Jesús hoy nos hace algunas consideraciones, así como de pasada, como se dice, sin mala intención. ¿Y si la sal pierde el sabor? ¿Y si la luz no la hemos colocado en el lugar más adecuado, sino que más bien se nos ha ocurrido ocultarla debajo del cajón? ¿A quien se le ocurre? Podríamos comentar, pero miremos si algo así no nos está pasando.

Porque Jesús nos está diciendo a los que creemos en El y queremos seguirle que es eso lo que nosotros tenemos que ser, sal y luz, sal que dé sabor y preserve de la muerte y luz que ilumine y nos haga encontrar el sentido de verdad. Primero tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos, descubrir si hemos encontrado ese sabor, si en verdad estamos iluminados por su luz.

A veces los cristianos no terminamos de darnos cuenta en qué tenemos que diferenciarnos de los demás; todo nos puede parecer bueno, nos conformamos con lo que otros hacen desde sus propios planteamientos y parece que nosotros no tenemos nada que decir, no hay algo nuevo que tenemos que matizar, nos da igual lo que otros digan y no somos capaces de ver las diferencias.

No hemos encontrado la sal, no hemos encontrado el sabor que desde nuestra fe tiene que tener nuestra vida; y vamos mezclándolo todo, y andamos en unas tremendas confusiones, y no somos capaces de mantener unos principios, o a la hora de una elección decantarnos por lo que hayamos descubierto desde el evangelio que tiene que ser nuestra vida. Hemos ido dejando por otra parte que la corrupción se vaya adueñando de nuestro mundo. Y donde hay corrupción sabemos que fácilmente nos podemos contagiar; una manzana podrida lleva la corrupción a todo el cesto de manzanas. No hemos encontrado esa luz que nos ilumina y con la que nosotros tenemos que iluminar a los demás.

Es triste pero parece que somos cristianos del arrastre, nos vamos arrastrando detrás de cualquier cosa sin hacer notar lo que en verdad son los valores que aprendemos desde Jesús y su evangelio. Parece que no tenemos una palabra que decir; parece que no tenemos una luz con la que iluminar; parece que poco nos importa el camino que nos ha trazado Jesús y que hemos de seguir. ¡Qué poca influencia estamos teniendo los cristianos en el mundo a pesar de que decimos que somos tantos! No hacemos oír nuestra voz.

Qué necesario es que nos impregnemos de verdad cada vez más del evangelio. como la sal que se impregna en el alimento de tal manera que al final no sabemos donde está la sal, pero si sabremos que aquel alimento tiene un nuevo sabor, así necesitamos impregnarnos bien, empaparnos bien del evangelio. Es impregnarnos de Dios, es sumergirnos en su Espíritu, es sentirnos iluminados por su luz de manera que resplandezcamos, que nuestra vida se presente así como se faro de luz que todo lo inunda, que nos hace encontrar la verdad de nuestra vida, que nos permite dejarnos conducir por el Señor.


Es el testimonio que tenemos que dar. Porque aunque muchas veces digamos que en el mundo hay un rechazo a lo que tenga el sabor cristiano, sin embargo hoy está nuestro mundo, están nuestras gentes en un camino de búsqueda, aunque muchas veces no sepan a donde dirigir sus pasos, de alguna manera están buscando una luz, un sentido, algo que les dé valor a sus vidas. 

Es el testimonio que tenemos que dar, si de verdad hemos plasmado en nuestras vidas el sentido del evangelio; nuestros valores resplandecerán, nuestra sal impregnará a ese mundo que nos rodea para que pueda encontrar el verdadero sabor para sus vidas.

martes, 26 de abril de 2022

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

 


Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

De lo que llevamos en el corazón hablan nuestros labios, se suele decir; y no es solo que hablen nuestros labios sino que lo expresamos con el conjunto o la totalidad de nuestra vida. Es la congruencia de un hombre maduro que actúa como piensa, vive según sean sus principios, y no estará nunca lejano su actuar de la vida de lo que piensa y lleva en el corazón. Eso lo podemos llamar madurez, como lo podemos llamar congruencia. Algo importante en la vida, aunque también en ello manifestemos muchas veces nuestra debilidad.

Es lo que nos pide Jesús en el evangelio de diferentes maneras. En el texto que hemos escuchado hoy se nos habla de la sal y de la luz. La sal con que hemos de impregnar nuestro mundo para darle un nuevo sabor. Ya sabemos cómo la sal no solo preserva de la corrupción o de que nuestros alimentos se vuelvan malos, sino que viene a darle el sabor justo a nuestra comida, a nuestro alimento. Resalta el sabor para hacerlo más agradable y apetitoso.

Y Jesús nos dice que somos como la sal en medio de ese mundo que nos rodea. Y es que aquello que por la fe llevamos en el corazón, como decíamos antes lo reflejan nuestros labios, lo refleja nuestra vida, y es de lo que tenemos que contagiar al mundo, con lo que tenemos que darle el sabor de Cristo a nuestro mundo.

¿Qué pasará con nuestra sal? ¿Se habrá vuelto sosa? ¿O acaso será que somos nosotros los que no terminamos de dejarnos impregnar por ese sabor de Cristo? Es una interpelación muy fuerte.


Vivimos en un mundo que siempre hemos dicho que es cristiano, hay toda una cultura manifestada en tantas y tantas obras que son fruto de esa cultura cristiana que incluso de forma maravillosamente extraordinaria se expresa en el arte que hemos heredado de siglos, pero estamos viendo, sin embargo, que nuestra sociedad es cada vez menos cristiana, que a nuestra sociedad le importa cada vez menos la religión, el evangelio, Cristo o los cristianos. Es más, nos encontramos cada vez más en un mundo adverso a todo lo que suene a cristianismo, religión, iglesia, etc.…

¿Qué habrá sucedido? ¿Nos habremos dormido en viejos laureles pero no nos habremos preocupado en verdad de empaparnos de ese sentido cristiano y así Cristo está cada vez más lejos de nuestra sociedad y de nuestro mundo? ¿Habrá perdido sabor nuestra sal? ¿Ya no somos esa sal en medio del mundo que nos rodea? Es una realidad que tenemos que reconocer y que nos tiene que interpelar a los cristianos que tan poco influimos ya en nuestra sociedad. A mí realmente me preocupa aunque reconozco que no sé ni cómo expresarlo bien.


Precisamente estos textos del evangelio que nos han servido de pauta para nuestra reflexión, aunque mira por donde vamos ya, nos los ofrece la liturgia porque estamos hoy celebrando a un santo además español, San Isidoro de Sevilla, que en sí mismo fue toda una enciclopedia en su vida, en su saber y en sus escritos con una influencia muy grande en la España de su época. De él no se apartó nunca su sentido de Cristo y de cristiano y eso lo insufló en todo el saber de la época a través de sus escritos. Fue un santo Obispo de Sevilla, pero fue todo un sabio de su tiempo.

Es lo que necesitamos hoy. Que en verdad los cristianos nos hagamos muy presentes en el mundo de hoy y también en su cultura; en diálogo por supuesto con las corrientes de pensamiento distintas que se van generando con el paso de los tiempos y que también afloran en la cultura actual, pero sin dejar en la sombra nuestro pensamiento desde el sentido cristiano de la vida que tanto  ha contribuido a través de la historia a la construcción de nuestra sociedad y que puede y tiene que seguir contribuyendo hoy.

Eso es también ser sal de la tierra y luz del mundo, como hoy nos pide Jesús en el evangelio. No nos podemos ocultar los cristianos con nuestros miedos al mundo de hoy, encerrándonos en nuestros cenáculos y no siendo capaces de salir a las plazas de la vida y de la cultura de hoy para presentar también nuestro mensaje. En nuestras manos podemos tener poderosos altavoces desde donde pregonemos nuestro mensaje, los púlpitos de la vida moderna, que tenemos también que saber aprovechar.

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que en Cristo podemos encontrar.