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jueves, 17 de junio de 2021

En nuestra oración comencemos por disfrutar de la presencia y del amor del Padre y surgirán los más hermosos efluvios de amor de nuestro corazón

 


En nuestra oración comencemos por disfrutar de la presencia y del amor del Padre y surgirán los más hermosos efluvios de amor de nuestro corazón

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15

¿Necesitan muchas palabras los padres y los hijos para comunicarse? Ya tenemos la experiencia de que cuando le íbamos a contar a nuestra madre o a nuestro padre algo que nos había sucedido o algo que nos preocupara nos vimos sorprendidos con su comentario, ‘yo ya lo sabía’. Nuestra presencia lo indica todo, nuestra presencia manifestará el respeto y el amor que por ellos sentimos. Por eso disfrutamos los hijos cuando estamos con los padres, aunque la conversación no tenga muchas palabras, pero el estar nos llena el corazón de amor como les está manifestando también nuestro amor.

No es que no sean necesarias las palabras, que también tenemos que hablar, que contar, que expresar con palabras lo que sentimos como también lo que disfrutamos con ellos, o nuestra confianza para contar nuestras cuitas, nuestras historias, nuestras preocupaciones. Ya sabemos cómo muchas veces se quejan los padres de que los hijos no los visitan, porque lo que necesitan esa presencia del hijo, como el hijo necesita de la presencia del padre, ha de saber disfrutar de la presencia del padre.

Así, nuestra oración. Ya hoy Jesús cuando nos va a hablar de cómo tiene que ser nuestra oración comenzará diciéndonos que no son necesarias muchas palabras, porque ya nuestro Padre Dios sabe lo que llevamos en el corazón. Pero sin embargo Jesús nos enseñará cómo tenemos que hablarle. Pero partiendo de ese disfrute del amor del Padre que nos quiere. Es como tenemos que empezar saboreando y disfrutando de esa primera palabra que vamos a pronuncia. ‘Abba’, padre, como el niño que balbucea esa palabra aunque no sepa hablar ni decirla claramente pero que se siente seguro en los brazos de su padre y es solo eso lo que le dice. Todo arranca de ahí.

Y todo lo demás que decimos no es sino una expresión del amor que nosotros tenemos, de la confianza que sentimos en nuestro corazón cuando así nos sentimos amados. Es irle diciendo con distintas expresiones que nosotros le amamos y porque le amamos nos sentimos a gusto, disfrutamos de su presencia y disfrutamos haciendo lo que es su voluntad. Porque le amamos y nos sentimos a gusto en su presencia todo lo ponemos en sus manos para reconocer al mismo tiempo cuanto de El recibimos. Nos sentimos con el gozo de la confianza de saber que es un Padre bueno que no nos abandona y así ese amor se convierte en nuestra fuerza para hacer su voluntad, para vivir en ese mismo amor con los demás, para alejar de nuestra vida todo mal.

Creo que todo esto que estamos considerando, rumiando en su presencia tiene que motivarnos más y más para que disfrutemos de esa presencia de Dios en nuestra oración. Si así lo hacemos seguro que saldremos transformados, fortalecidos, llenos de un amor y de una esperanza nuevas. Es importante la predisposición que tengamos cuando vayamos a la oración. No es decir ahora toca rezar y así ya sin más comenzamos a recitar nuestras oraciones. Podremos estar recitando la misma oración que Jesús nos enseñó y nuestro corazón pueda estar lejos de Dios.

Tenemos que cambiar nuestro estilo, nuestra manera de hacer nuestra oración donde pareciera que no pensamos en lo que estamos haciendo. Comencemos siempre apreciando y sintiendo la presencia del Señor, hacemos acto de conciencia de sentirnos en la presencia de Dios. Solemos decir un acto de fe en su presencia y en su amor. Hemos de cuidar siempre nuestro comienzo de la oración para que no se convierta en una rutina, para que en verdad disfrutemos de ese amor de Dios que transforma nuestro corazón.

Ojalá lleguemos de verdad a aprender a hacerlo y lo pongamos por obra. Luego irá surgiendo todo ese efluvio de amor desde nuestro corazón y nos gozaremos en el Señor.

sábado, 15 de agosto de 2020

María con su calor de Madre se hace presente junto a nosotros y se convierte en un aliciente de esperanza en nuestro camino que también nos llevará a la glorificación

 

María con su calor de Madre se hace presente junto a nosotros y se convierte en un aliciente de esperanza en nuestro camino que también nos llevará a la glorificación

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Hoy es un día en que en cualquier rincón de nuestra geografía celebramos una fiesta de María. La Virgen de Agosto escuchamos decir en los medios de comunicación y aún algunos nos ofrecen imágenes de las más insólitas de estas fiestas de María en sus distintas advocaciones según la devoción y la tradición de los diversos pueblos. Y es que cuando consideramos bien el hondo significado de la fiesta que nos ofrece la liturgia en este día es casi espontáneo que surja por acá o por allá el amor de los hijos que tiene los mejores piropos para la madre y se inventa los más diversos nombres para invocarla y para ofrecerle su amor.

Nosotros mismos, en nuestra tierra canaria, la invocamos como la Virgen de Candelaria a quien proclamamos patrona de nuestras islas y recordamos y celebramos las tradiciones de la aparición y del encuentro de su imagen en nuestras costas isleñas por los guanches, antiguos pobladores de estas islas.

Hoy es la gran fiesta de la exaltación y de la glorificación de María en su Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Si María había sido la elegida de Dios para encarnarse en sus entrañas y así hacerla su madre y la había rodeado de toda gracia y bendición, era la llena de gracia que había sabido decir Sí al designio de Dios para dejarse envolver por el Espíritu Santo y de ella naciera el Santo, el Hijo del Altísimo como diría el ángel de la Anunciación, justo era que por su unión tan profunda con el misterio de Cristo que incluso la había preservado de toda mancha de pecado, Inmaculada en su Concepción la llamamos, ahora participara trascurrido el curso de su vida temporal de la gloria eterna de los hijos de Dios. Es lo que viene a expresar este misterio y este dogma de la Asunción de María a los cielos.

Y es que en María nos estamos viendo a nosotros mismos y la gloria que un día nos espera si vivimos en la fe. Ella es un ser humano como nosotros pero a quien ahora vemos glorificada junto a Dios. Ella que hizo ese mismo camino mortal que nosotros hacemos y que recoge en su vida lo que es nuestro camino cuando unida a Cristo estuvo a su lado en el momento de la cruz y de la pasión. De alguna manera ella, con su dolor de madre ante el sufrimiento y la muerte de su Hijo está recogiendo en su vida, en su sufrimiento, en su dolor lo que es nuestro dolor y nuestro sufrimiento, como saben hacerlo siempre las madres que hacen suyo el dolor de los hijos.

En María están nuestros anhelos y nuestras esperanzas, nuestros calvarios y también todas esas frustraciones que sufrimos en la vida, nuestros problemas y nuestras angustias. Ella con el Sí al misterio de Dios que la convertía en la Madre de Dios, estaba también dando un sí a todo ese regalo de Dios que la iba a convertir en la madre de la humanidad, en la madre de la Iglesia. Y como madre recoge y asume, como decíamos, los anhelos, esperanzas, angustias, frustraciones y desencantos de sus hijos. Pero todo eso en María se transforma porque ha llenado su vida de Dios, porque su vida para siempre va a rebosar de fe y de amor; tras ese momento de calvario por el que María tuvo que pasar con Cristo porque así estaba unida al misterio de su Hijo, vendría también para ella la luz de la resurrección y de la gloria.

María participa ya de esa resurrección y de esa gloria, eso viene a significar su Asunción, pero María nos está abriendo el camino para que también nosotros participemos de esa resurrección y de esa gloria. María nos despierta la esperanza para que todo no se vuelva oscuro y turbio en nuestra vida mientras pasamos por esos momentos duros de calvario por los que tenemos que pasar en nuestra vida. Contemplando a María, que ha ido delante de nosotros, ya glorificada en el cielo nos sentimos fuertes en esos momentos duros de esta vida porque en nosotros hay esperanza.

No nos podrán entonces las frustraciones y desencantos que en la vida encontremos, no nos sentiremos hundidos en esos momentos duros del dolor y del sufrimiento, no nos sentiremos angustiados por muchos que sean los problemas que parece que nos quieren ahogar y de los que nos parece tantas veces que no les vemos salida. Tenemos la esperanza de la vida, del triunfo, de la gloria. María se convierte delante de nosotros en ese aliciente para nuestras luchas al tiempo que sentimos su amor de madre que está a nuestro lado. María viene con nosotros en nuestro caminar y nos ayuda a ponernos en camino como ella supo hacerlo como la contemplamos en el evangelio.

Nos podremos sentir pequeños, sentir nuestra pobreza o dolernos en nuestra humillación, pero en María vemos a la pequeña y a la humilde esclava del Señor que fue levantada y elevada y en quien el Señor realizó maravillas. Así sentiremos entonces cómo el brazo poderoso del Señor que es su misericordia se despliega sobre nosotros para hacernos sentir una vida nueva, para hacernos sentir como todo se transforma, para hacernos sentir iluminados por esa luz nueva de vida nueva que nos regala Jesús.

La imagen bendita de María de Candelaria, a quien hoy los canarios celebramos, se convierte en un signo para nosotros de esa luz. En su brazo porta a Jesús, pero en su mano tiene una luz, una candela – de ahí su nombre – para hacernos sentir cómo seremos iluminados en nuestra fe por la luz de Jesús.

Quizás este año nuestra fiesta de la Virgen de Agosto no tiene la alegría externa de otros años por las circunstancias que parece que cada día se nos hacen más duras y más difíciles, pero eso no impide que celebremos, y lo hagamos con una hondura especial, esta fiesta de María. ¿No decíamos que contemplar hoy a María nos llena de esperanza? Pues desde esas negruras que vivimos miremos de manera especial a María en esta fiesta para que renazcan las esperanzas en nuestros corazones y sigamos en el empeño de conseguir una pronta recuperación. María, la madre del cielo, ante su Hijo está intercediendo por sus hijos. No olvidemos nunca su calor de Madre que se hace presente junto a nosotros.

domingo, 28 de julio de 2019

Sólo el que vive en el Espíritu de Jesús sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús viviendo y gozándonos de la ternura de Dios



Sólo el que vive en el Espíritu de Jesús sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús viviendo y gozándonos de la ternura de Dios

Génesis 18, 20-32; Sal 137; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13
Me atrevo a decir que la buena calidad de una amistad la podemos medir por la intensidad de nuestras mutuas relaciones, nuestros encuentros frecuentes, nuestro diálogo y comunicación. No la distancia física la que nos pueda hablar de esa no calidad de nuestra amistad sino la falta de comunicación y sintonía, porque además cuando queremos encontramos muchos medios para esa comunicación. Si se nos debilita esa comunicación podemos caer en la pendiente del enfriamiento de relaciones y de la muerte de esa amistad.
¿Podríamos decir también, entonces, que la oración es la medida de nuestra fe? Quizá habremos escuchado decir a muchos que son muy creyentes pero que ellos no necesitan rezar. Podríamos permitirnos quizá decirnos o preguntarnos si es lo mismo el rezar que el orar. Claro que tenemos que entender muy bien lo que es la oración. Hablábamos antes de intensidad de nuestras mutuas relaciones, de encuentro frecuente para facilitar y alimentar nuestra amistad, hablábamos de diálogo y comunicación. ¿No sería eso nuestra oración a Dios? Claro está que con aquellos que nos decían que no necesitaban rezar para mantener su fe, si sus rezos no son una verdadera comunicación y diálogo con Dios, podríamos decir que lo entendemos.
La oración no es una cosa que se nos pueda imponer, sino que es verdaderamente una necesidad del espíritu. Creemos en Dios – que por supuesto no hablamos de una fe teórica sino viva – y necesitamos ese encuentro vivo con el Dios en quien creemos, de quien nos sentimos amados y a quien nosotros también hemos de amar.
Hoy nos habla el evangelio de que los discípulos que veían a Jesús orar con frecuencia, un día vienen y le piden que les enseñe a orar. La oración era parte esencial de la espiritualidad del judío creyente; oraban en el templo, oraban en la sinagoga cuando se reunían para escuchar la lectura de la ley y los profetas, pero era algo además que estaba muy presente en la vida de cada día de todo buen judío.
Los salmos que nos trasmite la Biblia son la expresión de esa oración litúrgica, pero también de esa oración en cada situación de la vida, en la pobreza o en la enfermedad, en los momentos de gloria del pueblo de Israel o cuando hacían la ofrenda de la primicias que eran siempre para el Señor, en el nacimiento de un hijo o en las distintas circunstancias de la vida.
Ahora le piden a Jesús que les enseñe a orar. Y Jesús lo que les trasmite es lo que es la vivencia de su vida. Por eso la primera palabra es esa palabra tierna con la que el niño se dirige a su padre, confía en él, se pone en sus manos. ¡Abba! ¡Padre! Es una ternura como la del niño que se fía de su padre con la que se pone uno en las manos de Dios. Y es que la manera de orar que nos enseña Jesús no la podemos entender y no la podemos hacer vida en nosotros si no vivimos en el Espíritu de Jesús porque nos hemos dejado impregnar por su vida, por su Palabra, por su Espíritu. ‘Sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús’, nos dicen los maestros de oración y espiritualidad. Y es lo que tenemos que intentar hacer.
Son los discípulos los que le piden a Jesús que les enseñe a orar y la manera de orar que Jesús nos enseña es, pues, para aquellos que en verdad buscan el Reino de Dios, aquellos que en verdad quieren seguir a Jesús viviendo su mismo Espíritu, aquellos que quieren parecerse a Jesús cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre y quieren en todo momento buscar y conocer lo que Dios quiere. Podrán orar con la oración que Jesús nos enseña aquellos que tienen un corazón abierto para escuchar la predicación de Jesús. Cuando Jesús nos enseña cómo y qué es lo que hemos de orar, entonces nos está enseñando implícitamente cómo deberíamos ser y vivir, para poder orar de esta manera.
Orando así mostraremos en verdad, como decíamos al principio, la calidad de nuestra fe, porque así crecerá más y más la calidad de nuestra vida cristiana, nuestra propia espiritualidad. Y quien siente esa ternura de Dios que es su amor no puede menos que con esa misma ternura buscar el encontrarse con Dios. Y qué diálogo más hermoso de amor va a surgir de nuestro corazón. No es necesario que ahora nos detengamos a explicar cada una de las partes de ese modelo de oración que nos propone Jesús, porque así viviendo en el Espíritu de Jesús surgirán, no como rutinas repetitivas, sino como deseos y sentimientos hondos del corazón todo aquello que le queremos decir a Dios, como al mismo tiempo sabremos hacer ese silencio dentro de nosotros para escuchar a Dios.
Luego Jesús en el resto del texto del evangelio de hoy nos hablará de la insistencia y constancia de nuestra oración, hablando del que va a pedir un pan al amigo, o del padre que nunca le dará nada malo a su hijo, y de cómo con confianza siempre hemos de orar, de buscar, de llamar, de pedir porque siempre vamos a ser escuchados y la puerta se abrirá, lo que buscamos lo encontramos, lo que pedimos lo recibiremos y hasta cien veces más.
Que nos gocemos de esa ternura de Dios y con la misma ternura llenos de su espíritu acudamos al Abba, al Padre.


domingo, 31 de mayo de 2015

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20
Cuando terminamos el ciclo de todas las grandes fiestas litúrgicas hoy la Iglesia nos invita a decir, a gritar, a proclamar con todo el ser de nuestra vida, ¡Gloria! Sí, gloria a Dios que nos ha revelado el misterio de su ser, que nos ha manifestado su amor, que nos ha inundado con su gracia, que en su amor nos ha enviado a su Hijo para ser nuestra salvación, que nos regala la fuerza de su Espíritu para que en su Hijo seamos hijos. Sí, ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!
Es lo que hemos venido celebrando desde la Navidad a la que nos preparábamos con el espíritu del Adviento; es lo que hemos celebrado en la Pascua haciendo el camino purificador de la Cuaresma; es lo que se ha ido prolongando a través de todo el tiempo pascual hasta que celebramos el don del Espíritu en el pasado domingo de Pentecostés.
Pero todo eso no ha sido sino revelarnos ese amor de comunión que hay en Dios, en sus tres divinas personas, para que vivamos en El, para que vivamos en esa misma comunión, en ese mismo amor, viviendo la misma vida de Dios.
Hoy en el final del evangelio de san Mateo hemos escuchado el mandato de Jesús de ir por el mundo ‘haciendo discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado’.
¿Qué significan estas palabras de Jesús, este mandato de Jesús? No es simplemente a hacer un rito para el que se nos dan unos signos y se nos señalan unas palabras que hemos de decir. Comienza diciéndonos que hagamos discípulos de todas las gentes; como lo había hecho Jesús con ellos. ¿Qué es el discípulo sino el que vive lo mismo que vive su maestro? El discípulo no es solo el que aprende algunas cosas de su maestro; discípulo es el que sigue el mismo camino, vive la misma vida.
Es lo que está pidiendo Jesús, hacer discípulos para vivir la misma vida de Jesús, que es vivir la misma vida de amor y de comunión que hay en Dios. ¿No nos había dicho Jesús que El y el Padre eran uno y quien le veía a El veía al Padre? ¿No nos había dicho Jesús que si le amábamos y cumplíamos sus mandamientos El habitaría en nosotros y nosotros en El?
Nos dice Jesús que nos hagamos discípulos para sumergirnos en Dios, para vivir en Dios en su misma vida que es vivir en su mismo amor y comunión y Dios viva en nosotros. Es lo que nos está diciendo con sus palabras, ‘bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’.
¿Qué significa eso? Bautizar no es simplemente echar agua por encima; bautizar es sumergirse en el agua - hemos simplificado demasiado el rito del agua y del bautismo haciendo que en cierto modo se diluya su sentido - . Nos bautizamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que es sumergirnos en Dios, empaparnos de Dios llenándonos e inundándonos de Dios, viviendo, repito, su misma vida y su mismo amor; viviendo en nosotros también esa comunión de amor que existe en Dios.
Llenos así e inundados de Dios y de su amor y su vida, nos sentimos amados de Dios como hijos. Aquello que nos decía san Juan ‘mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!’. Lo que hoy nos está diciendo san Pablo, ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios. Habéis recibido… un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)’.
Claro que tenemos que decir ¡Gloria! El misterio de Dios que hoy contemplamos y celebramos no lo vemos como a distancia y lejano a nosotros, sino que tenemos que estarlo sintiendo y experimentando en nuestra propia vida con todas sus consecuencias. Quienes confesamos nuestra fe en Dios, en el misterio admirable y maravilloso de Dios, ya nos tenemos que sentir de otra manera, nuestra vida tiene que ser distinta, tener otros parámetros, otra manera de vivir y de actuar.
Y es que estamos sintiendo un Dios cercano, tan cercano que llena nuestra propia vida. Si Moisés en el Deuteronomio les hacía reflexionar para que consideraran lo que era la grandeza de su fe en un Dios cercano, un Dios que estaba con ellos caminando en su misma historia y eso tendría que hacerles caminar en una fidelidad mayor, cuánto más nosotros cuando descubrimos todo este misterio de amor y de comunión que nos revela Jesús, del que nos podemos llenar en su Espíritu.
¿Por qué nos dice Jesús que su único mandamiento es el amor? Porque no tenemos que hacer otra cosa que vivir en ese mismo amor de Dios, que se hace comunión, que abre nuestro corazón y nuestra vida a los demás, que nos hace caminar juntos de una manera nueva, que nos lleva a que por nuestra comunión de hermanos revelemos al mundo la maravilla de la comunión de amor que es Dios. ‘Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado, os he manifestado’, que nos decía Jesús.
Y tenemos la certeza de estará con nosotros todos los días hasta la consumación del mundo. Así habita Dios en nuestros corazones inundándonos de su amor.