Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta idolatría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta idolatría. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de diciembre de 2020

Con el espíritu y poder de Elías contemplamos a Juan y queremos caminar caminos de fidelidad

 


Con el espíritu y poder de Elías contemplamos a Juan y queremos caminar caminos de fidelidad

 Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo 17, 10-13

Recordamos que cuando Jesús se transfiguró en el Tabor aparecieron en gloria junto a Jesús transfigurado Moisés y Elías. Signo e imagen de la ley y los profetas, fundamento de la fe judía viene a ser como una confirmación que Jesús era el anunciado por los profetas a quien todo el pueblo de Israel esperaba como Mesías Salvador.

El texto del evangelio que hoy se nos propone cronológicamente es continuación de este episodio de la Transfiguración a la bajada del Monte Tabor. Quizás desde la impresión de lo allí vivido surge el tema del profeta Elías que en el pensamiento de los maestros de la ley judíos, por algo que había dicho un profeta, se esperaba su pronta venida. Recordamos que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego en la presencia de Eliseo. Pero Jesús viene a decirles que si saben hacer una lectura creyente de la historia y de la vida Elías ya ha venido. Los discípulos comprenden que Jesús está haciendo referencia a la figura de Juan Bautista. Precisamente el ángel que anunció a Zacarías el nacimiento de Juan había dicho que vendría con el poder y el espíritu de Elías para preparar un pueblo bien dispuesto para la llegada del Mesías.

Es el mismo ardor de Elías el que contemplamos en el Bautista en sus anuncios allá junto al Jordán en el desierto. Elías el gran defensor de la verdadera fe de los israelitas frente a los baales que presentaban como dioses copiándose de los pueblos paganos cercanos a Israel. Por esa fidelidad mucho tuvo que sufrir el profeta hasta que siente también en una teofanía muy especial allá en el Horeb la presencia y la fuerza de Dios que estaba con él. Con un fuego grande en su corazón – hay hermosas imágenes de ese fuego en la Biblia en referencia a Elías – se enfrenta a los adoradores de los falsos dioses y a quienes quieren imponer esa idolatría en Israel. Fue un gran profeta, un hombre de Dios, que supo hacer presente a Dios en medio del pueblo.

Cuando ahora nosotros estamos haciendo este camino de Adviento y van apareciendo ante nosotros figuras como la de Elías y los demás profetas y finalmente Juan el Bautista, hemos de saber escuchar esa voz de los profetas, esa llamada a la fidelidad de nuestra fe, que al mismo tiempo tenemos que purificar de tantas rémoras como se le han ido adhiriendo.

Mezclamos demasiado nuestra vida que decimos de creyentes y cristianos con muchos apegos en el corazón que convertimos en dioses de nuestras vidas. Y digo que los convertimos en dioses de nuestras vidas porque parece que sin esas cosas nuestra vida no tuviera valor ni sentido. Será el dios del dinero o del poder, el dios de nuestras comodidades y rutinas que nos vuelven superficiales, excesivamente sensuales y materialistas tantas veces. Pareciera que el dios de nuestra vida es el pasarlo bien y disfrutar de todo sin medida, el placer por el placer, el egocentrismo de nuestra vida que nos hace egoístas e insolidarios, y así tantas cosas.

Son esos baales que vamos metiendo en nuestra vida; son esas rémoras de las que tenemos que liberarnos para poder navegar con entera libertad; sabemos que las rémoras son todas esas materias que se van como pegando en la quilla del barco y que le impiden una navegación fluida porque le sirven como de freno. Es la invitación que escuchamos de los profetas, es la invitación fuerte que nos hace el Bautista, es el camino de superación y crecimiento que hemos de ir haciendo.

 

viernes, 30 de octubre de 2020

Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 


Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 Filipenses 1, 1-11; Sal 110; Lucas 14, 1-6

El creyente dice por encima de todo está Dios. Es cierto, es nuestra fe. Y Dios es solamente uno, y a Dios tenemos que amarle sobre todas las cosas, como decimos en nuestra formulación breve del catecismo. En consecuencia, decimos, nada ni nadie puede superar ese amor que le tenemos a Dios, nada ni nadie podemos poner por encima de Dios. Decimos que cuando ponemos algo sobre Dios estamos cometiendo idolatría, porque adoramos a quien no es Dios. Hasta aquí, podemos decir, todo correcto.

¿Y qué lugar ocupa el hombre? ¿Qué lugar ocupamos nosotros? ¿Podemos sustituir a Dios o convertirnos nosotros en Dios? Algunas veces quizás nos idolatramos a nosotros mismos, cuando queremos poner nuestra voluntad por encima de lo que es la voluntad de Dios. Pero precisamente es aquí donde el mensaje nuevo de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús nos proclama nos va poniendo, por así decirlo, unos matices distintos. Y es que para Jesús, y nos enseña que para Dios, el importante es el hombre, es la persona.

En primer lugar quizá tendríamos que recordar aquella primera página de la Biblia donde se nos habla de la creación y de la creación del hombre y ya allí se nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cuando Dios crea al hombre no quiere hacer de él una criatura cualquiera, ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ y a imagen de Dios nos creó. Aquí empezamos a ver la maravilla.

Pero luego Jesús nos irá recalcando en el evangelio continuamente el valor de la persona humana, el valor del hombre y no me importa emplear este lenguaje de toda la vida, porque nos estamos refiriendo por igual al hombre y a la mujer, al varón y a la hembra. Hoy es una muestra de ello, pero no hace mucho hemos recordado aquel pasaje del evangelio en que le preguntan cuál es el mandamiento principal y nos habla del amor a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el ser, pero nos dice a continuación y el segundo es semejante a este, amarás a tu prójimo como a tí mismo. Un amor semejante al que le tenemos a Dios hemos de tenerle a nuestro prójimo, sea quien sea. Maravillas de Dios, tenemos que volver a decir.

Y es lo que Jesús nos quiere resaltar hoy como en tantos otros pasajes del evangelio, que por así decirlo se convierten siempre en la defensa del hombre, en la defensa del ser humano. Hoy será con ocasión de aquel hombre con su mano paralizada que está allí en medio de ellos cuando le invitan a comer en casa de un fariseo. Pero es sábado y el sábado no se puede curar; en la visión estricta de los fariseos el sábado estaba dedicado totalmente a Dios y no se podía trabajar, entonces, como Jesús les hace ver, ¿tenemos que dejar a una persona en su sufrimiento porque ese día no podemos curar por estar dedicado totalmente al culto del Señor?

El culto que el Señor quiere, y ya lo decían también los profetas, es abrir las prisiones injustas, vestir al que ves desnudo, enternecerte en tu propia carne ante el sufrimiento del hermano para ayudarle, para curarle. Es lo que hace Jesús con gran escándalo de los fariseos que sin embargo no saben qué decir. El hombre está por encima de todas nuestras leyes y nuestras normas, y poner al hombre por encima de todo lo hacemos porque en verdad Dios está por encima de todo y lo que Dios siempre quiere es la felicidad y el bien del hombre.

Ya decíamos que Jesús en todo su evangelio nos va dando siempre esta valoración de la persona, que es lo que agrada a Dios; podríamos recordar muchos pasajes pero podemos traer a colación la parábola del buen samaritano. ‘Acaso por llegar temprano al templo’, como cantamos también en un canto de celebración, aquel sacerdote y aquel levita pasaron de largo ante el hombre caído a la orilla del camino. Pero, ¿quién se portó como verdadero prójimo del caído? Aquel que se bajó de su cabalgadura para montar al  herido y llevarlo donde fuera en verdad socorrido.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Será esa la valoración que hacemos de toda persona? ¿Será así cómo levantamos al caído? ¿No nos haremos nuestras distinciones y acaso nos apartamos a un lado por miedo a ‘contagiarnos’ cuando nos encontramos al paso a determinadas personas quizá con sus vicios y con sus miserias? ¿Quién será entonces el que lleva la miseria en el corazón porque no es capaz de tener misericordia con el hermano, mientras dice que ama tanto al Señor?

Reconozcamos que nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra mentalidad, en nuestras costumbres y rutinas.

lunes, 19 de octubre de 2015

Busquemos aquellos tesoros de plenitud cuyo brillo y resplandor sean los del amor

Busquemos aquellos tesoros de plenitud cuyo brillo y resplandor sean los del amor

 Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 12,13-21

Hay idolatrías que se nos meten muy sutilmente en el alma, casi sin darnos cuenta. Ya sabemos que idolatría es adorar algo o alguien que no es Dios como si fuera Dios. Y muchas pueden ser las cosas que convirtamos en dioses de nuestra vida. Son esas cosas que le damos tanta importancia que las ponemos en primer lugar de nuestra vida y como objeto y fin de todo lo que hacemos. Nos sentiríamos que nada somos si no tenemos o poseemos esas cosas.
Y la codicia se nos puede convertir en un dios de nuestra vida que además influye de tal manera en nosotros que nos convertimos en sus esclavos. Querer tener por encima de todo, como si en eso estuviera toda nuestra felicidad, nuestra única felicidad. Nos convertimos fácilmente en adoradores del dinero, esclavos del deseo de la posesión de riquezas. Y lo digo así, porque algunas veces aunque no tengamos ese dinero o esas riquezas en el deseo ya las estamos adorando.
Ya sé que por ahí ronda esa fácil sentencia de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a tenerla. No es el dinero el que te da o te ayuda a ser feliz. La felicidad está en ti mismo en la manera que vivas tu vida, en el sentido que le des a tu existencia o en la utilización de tus posibilidades en la vida sabiendo aceptar y sabiendo aceptar también a los demás. Es tu relación contigo mismo y con lo que te rodea, es tu relación con los demás, es la realización de tu ser como persona lo que te va a dar una mayor satisfacción.
Ante la insistencia de alguien entre el publico que le pide a Jesús que medie con su hermano para resolver unos problemas de herencias - en toda la historia cuanta fuente de conflicto entre hermanos y familiares han causado las herencias - cuando Jesús nos dice que tengamos cuidado con esa codicia que se nos mete en el alma y tanto daño nos hace.
El hombre codicioso nunca estará satisfecho con lo que tiene o lo que logra; su ambición es tener por tener, por ver acumulado y ni siquiera saber aprovechar lo que consigue para tener una vida mejor. El hombre codicioso solo piensa en si mismo y será motivo de conflicto en su relación con los demás aparte de vivir una vida solitaria que le encierra en si mismo y en la acumulación de sus bienes.
Jesús les propone la parábola del hombre rico que tuvo una gran cosecha y ya pensaba que nada le faltaba porque tenia de todo en abundancia. Pero la vida se le acabó en un suspiro y nada pudo disfrutar de todo lo que tenía. ¿De qué le sirvió todo lo que tenía? ¿Pudo añadir un minuto más a su vida? Y termina sentenciando Jesús: ‘Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’.
¿Qué es lo que realmente hemos de buscar? ¿Dónde pondremos nuestro corazón? ¿Solo vamos a pensar en nosotros mismos y en nuestras satisfacciones personales? ¿Qué sentido hemos de darle a nuestra vida y a lo que poseemos?
Ya nos dirá Jesús en otro lugar que acumulemos tesoros en el cielo donde en verdad un día los podremos disfrutar en la plenitud de Dios. Ya sabemos cuáles son esos tesoros cuyo brillo importante es el amor.

jueves, 3 de abril de 2014

Acuérdate, Señor, de nosotros por amor a tu pueblo



Acuérdate, Señor, de nosotros, por amor a tu pueblo

Ex. 32, 7-14; Sal. 105; Jn. 5, 31-47
Bueno es fijarnos en el texto de la primera lectura. Se había realizado la Alianza de Dios con su pueblo al pie del Sinaí, la Antigua Alianza, pero pronto el pueblo cae en el pecado de infidelidad e idolatría. Era la continua tentación del pueblo de Israel. Mientras Moisés está en lo alto del Sinaí el pueblo pronto olvida la fidelidad que le había prometido a Dios, comprometiéndose a ser su pueblo y que Yahvé, el Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto sea para siempre su Dios.
‘Baja del monte, le dice Dios a Moisés, que el pueblo que has sacado de Egipto se ha pervertido, desviándose del camino que yo le había señalado’. Se hicieron un toro de metal al que ahora adoran como a su dios. ‘Cambiaron la gloria del Señor por la imagen de un toro que come hierba’, como nos relataba el salmista. ‘Se olvidaron de  Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al Mar Rojo’ que Dios les había hecho cruzar a pie enjuto.
Es un pueblo de dura cerviz que merece el castigo, pero ahí vemos la intercesión suplicante de Moisés por su pueblo. ‘¿Por qué Señor se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tu sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta?... Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob…’
Es la historia del pueblo de Israel tan llena de infidelidades, como es imagen también de nuestra propia historia. No siempre somos fieles al Señor; olvidamos pronto también ese amor de Dios y pronto apegamos el corazón a tantos falsos ídolos que convertimos en dioses falsos de nuestra vida; es la tentación que nos acecha y que nos hace olvidar tantas veces a Dios echando en saco roto tantas gracias con las que el Señor nos ha regalado.
‘Acuérdate, Señor, de nosotros, por amor a tu pueblo’, también tenemos que decirle como hemos repetido en el salmo pidiendo perdón una y otra vez al Señor. Es la súplica que hacemos invocando la misericordia del Señor para que perdone nuestros pecados, pero, a imagen de Moisés, ha de ser también la súplica que siempre hemos de tener muy presente en nuestros labios y en nuestro corazón pidiendo por todos los pecadores.
Pero digamos también una palabra del Evangelio que hemos escuchado. En los días que nos restan hasta que lleguemos a la Semana Santa y a la celebración de la pasión del Señor vamos a escuchar una continuidad de textos, sobre todo del evangelio de san Juan, donde contemplamos aquella oposición de los dirigentes judíos a Jesús que le llevarían precisamente a la pasión. Ya en días pasados escuchábamos cómo los judíos acosaban a Jesús y buscaban la forma de prenderle y llevarle a la muerte.
Pero al mismo tiempo iremos escuchando las palabras de Jesús, como es el caso de lo que hemos escuchado hoy, en que les da las razones por las que tendrían que creer en El. Les habla hoy del testimonio de Juan el Bautista; allá en el desierto primero había preparado al pueblo para su venida, y luego lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora como Cordero, verdadero Cordero Pascual, que ha de inmolarse Jesús camina hacia su pasión, hacia su entrega para nuestra salvación.
Pero Jesús no solo les habla del testimonio de Juan, sino de las obras de Dios que El realiza. Ya Nicodemo, cuando fue a ver a Jesús de noche, había dicho que si Dios no hubiera estado con El no podía realizar las obras que Jesús realizaba. Ahora Jesús les dice: ‘Esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí’.
Y les habla de lo que había anunciado Moisés, que estaba contenido en las Escrituras y que se cumplía en Jesús. ‘Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él’, les dice. ‘Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna, pues ellas están dando testimonio de mí ¡y no queréis venir a mi para tener vida!’
Creemos en Jesús; queremos reafirmar nuestra fe en El; nos dejamos enseñar y conducir por las Escrituras Santas que nos hablan de Jesús, que nos anuncian la salvación y la vida eterna; queremos acudir a Jesús para tener vida, para llenarnos de vida eterna. Que no flaquee nuestra fe; que nos sintamos firmes frente a todas las tentaciones que podamos sufrir y que nos puedan llevar por caminos de infidelidad y de pecado. Que sigamos haciendo con paso firme y confiado este camino de Cuaresma que nos conduce hasta la Pascua,  que nos conduce hasta la vida eterna.

domingo, 4 de agosto de 2013

Una hondura espiritual y trascendente que es más que una pompa de jabón

Eclesiastés, 1, 2; 2, 21-23; Sal. 89; Col. 3, 1-5.9-11; Lc. 12, 13-21
No terminamos nunca de aprender la lección. Con lo que nos va sucediendo en la vida o contemplamos lo que va sucediendo en nuestra sociedad tendríamos que aprender a escarmentar en cabeza ajena, como se suele decir, pero no terminamos de aprender. No sé, pero parece que fuéramos niños que corriéramos tras unas pompas de jabón sin darnos cuenta de que se van a desvanecer en el aire.
Hace unos días al pasar por una plaza había alguien que estaba haciendo eso, pompas de jabón; confieso que nunca las había visto tan grandes y con figuras tan caprichosas; y como suele suceder allá había unos niños que corrían tras ellas tratando de atraparlas en su juego sin caer en la cuenta de que pronto al tocarlas se quedaban en nada; pero lo curioso era que los mayores que pasábamos por el lugar también nos quedábamos como atontados mirando y casi como queriendo correr también a atraparlas.
Pompas de jabón, vanidades… Así comenzaba el texto del sabio del Antiguo Testamento. ‘Vanidad de vanidades y nada más que vanidad…’ Curioso que la palabra hebrea empleada en el esto sagrado ‘hebel’ su primer significado es soplo, utilizado en sentido metafórico para designar algo efímero, transitorio, una realidad inconsistente y fugaz que no se puede aferrar. Me vino la imagen de la pompa de jabón.
¿Queremos apoyar nuestra vida en una pompa de jabón? ¿en algo efímero, transitorio y fugaz? Nos aparecen varias sentencias en el texto de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y por otra parte san Pablo al invitarnos a mirar hacia arriba, a no quedarnos solamente a ras de la tierra con las cosas materiales, nos advierte que entre otras cosas también ‘la codicia y la avaricia son una idolatría’. Nos recuerda aquello que en otra ocasión nos dice Jesús en el evangelio que no podemos servir a dos señores, a Dios y a las riquezas.
El texto del evangelio de hoy arranca del hecho de que alguien viene a pedirle a Jesús que haga de árbitro o de juez con su hermano que le está reclamando la herencia. No quiere Jesús entrar en esos pleitos familiares, pero si nos deja un hermoso mensaje para que no apeguemos nuestro corazón a lo material. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y ya hemos escuchado la parábola que nos propone.
Somos bien conscientes de que tenemos que valernos en la vida de los bienes materiales; es la forma de nuestro intercambio, de la remuneración material de lo que hacemos o trabajamos, son los medios materiales que necesitamos para nuestro sustento y para la obtención de aquello que necesitamos  y justo es que lo tengamos y por ese medio logremos una vida digna y que también podamos disfrutar de todo eso bueno que tengamos a nuestro alcance. Sentimos arder nuestro corazón en compasión y hasta en angustia cuando contemplamos a tantos que hoy lo pasan mal por la carencia de esos medios que les lleva a profundas y dolorosas necesidades. Y no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante esos problemas que hacen sufrir a tantos.
Pero lo que estamos escuchando hoy en el Evangelio y toda la Palabra de Dios es un iluminarnos para que le demos un hondo sentido a la vida y al uso también de esos bienes. Se nos habla de la codicia, de la avaricia, de esa ambición desmedida por la posesión de cosas o de bienes, de esa acumulación de cosas materiales pensando que es así donde y cómo vamos a alcanzar la felicidad verdadera. Nos viene bien hacernos estas reflexiones, también ¿por qué no? en medio de este tiempo de vacaciones y de disfrute, porque bien sabemos que vivimos en un mundo demasiado materialista, demasiado sensual que se pueden convertir en tristes idolatrías de nuestra vida.
Cuidado con las pompas de jabón, como veíamos en las imágenes del principio de nuestra reflexión. Tenemos el peligro de descuidar esos valores que van a dar más trascendencia y profundidad a nuestra vida quedándonos solo en lo material. Hay tantas cosas que pueden contribuir a nuestra felicidad y a la de cuantos nos rodean y no es precisamente solo desde la posesión de esos bienes materiales.
Cuidemos y cultivemos de verdad todo aquello que nos ayude a una mejor convivencia y armonía con los que están a nuestro lado. Y ahí podríamos fijarnos en tantos detalles y señales de respeto, de sinceridad, de sencillez y humildad, de encuentro y entendimiento que habríamos de tener con los que están a nuestro lado, desterrando de nuestro corazón vanidades, orgullos, posturas egoístas e insolidarias, desconfianzas... Son cosas sencillas que podemos hacer sin que nos cueste nada más que nuestra buena voluntad poniendo lo mejor de nosotros mismos y nos hacen verdaderamente felices a todos.
Y como nos decía san Pablo ‘buscad los bienes de allá arriba… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra… despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo…’ Elevemos nuestra mirada, elevemos nuestro espíritu; no nos podemos quedar en lo terreno, somos un ser espiritual; démosle trascendencia a nuestra vida, porque no nos quedamos en el aquí y ahora de nuestra vida terrena y presente. Démosle verdadero hondura espiritual a todo lo que hacemos y vivimos.
Cultivemos los valores de la fe. Sintamos cómo desde Jesús nuestra vida se transforma. En Cristo vamos descubriendo en verdadero valor de lo que hacemos y de lo que vivimos. El que elevemos nuestro espíritu, el que sepamos dar trascendencia a lo que hacemos, no significa que nos desentendamos de nuestro mundo y de lo que aquí tenemos que vivir, o de las cosas que aquí tenemos que usar. Vamos a encontrar su verdadero valor. Y si nos dejamos en verdad transformar por Cristo necesariamente estaremos contribuyendo a transformar nuestro mundo a imagen del Reino de Dios.
Y en la fidelidad y responsabilidad con que usemos de esos bienes materiales nos daremos cuenta también de su trascendencia para los demás, porque con ello estaremos contribuyendo a hacer nuestro mundo mejor. Recordemos que nos enseña en sus parábolas a saber valorar y hacer fructificar hasta el más pequeño de los talentos. No nos desentendemos, pues, de este mundo, sino todo lo contrario, todo eso que está en nuestras manos nos daremos cuenta que está para el bien de todos y estaremos contribuyendo a la felicidad de todos mejorando nuestro mundo.

No nos apoyamos en una pompa de jabón, en una vanidad. Qué profundidad aprendemos a darle a nuestra vida desde el sentido del evangelio. Que en todo aquello que hacemos o de lo que disfrutamos no busquemos nuestra gloria sino que de la trascendencia que le damos a todos busquemos siempre la gloria del Señor.

sábado, 15 de diciembre de 2012


Surgió Elías un profeta como un fuego para purificar a su pueblo

Eclesiástico, 48, 1-4.9-11; Sal. 79; Mt. 17, 10-13
‘Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido…’ El libro del Eclesiástico hace un elogio de la figura de Elías. A lo largo del año litúrgico en muchas ocasiones hemos reflexionado sobre la figura del profeta, de gran importancia en la historia del pueblo de Israel, en la historia de la salvación.
El profeta fue el defensor acérrimo de la religión de Yahvé, el Dios único y verdadero, frente a los falsos dioses, los baales que algunos pretendían introducir en Israel. Con energía y palabra ardiente combatió la idolatría - no hace muchos días en nuestra reflexión hemos hecho mención a ello - y contra la impiedad de la sociedad de su tiempo. En medio de aquel ambiente resplandeció su figura como fuego.
Siempre encontramos un cierto paralelismo o una referencia entre la primera lectura y el Evangelio. Hoy nos habla del Profeta Elías, desde la pregunta que le hacen a Jesús sobre la vuelta de Elías, el que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego y del que, apoyándose literalmente en las palabras de algunos profetas, tenían la creencia que había de volver antes de la llegada del Mesías. 
A la pregunta que le hacen los discípulos a Jesús éste les manifiesta cómo en cierto modo Elías ha venido ya. ‘Los discípulos entendieron que Jesús se refería a Juan el Bautista’, nos dice el evangelista. Como le había anunciado el ángel a Zacarías su hijo se iba a manifestar ‘con el espíritu y el poder de Elías para preparar un pueblo bien dispuesto’. Es la voz del Bautista que así se manifiesta en el desierto preparando los caminos del Señor; es el profeta y más que profeta que diría Jesús de él que invitaba a la conversión y a la penitencia para mantenerse fieles al Señor y a su Alianza y así preparasen de verdad sus corazones para la venida del Mesías anunciado y esperado.
Aquel pueblo en parte no supo escuchar la voz del Bautista y como dice Jesús ‘no lo reconocieron’. Pero Jesús anunciará también que ‘así también el Hijo del hombre va a padecer en manos de ellos’ en un anuncio claro a su pasión. Queremos, sin embargo, nosotros escuchar la voz del profeta, la voz del Bautista. No queremos que haya rechazo por nuestra parte, aunque tengamos la tentación de hacernos oídos sordos a su llamada.
En este sentido estamos haciendo nosotros este camino de adviento que es preparar los caminos del Señor. Queremos caminar nosotros caminos de fidelidad y de amor, no permitiendo que nada se apodere de nuestro corazón porque Dios tiene que ser nuestro único Señor. Tentados estamos muchas veces a poner ídolos en nuestro corazón cuando tanta importancia le damos a las cosas materiales, a las sensualidades y a las cosas terrenas que nos esclavizan el corazón. Que sintamos la fuerza del Señor que nos haga superar toda tentación y todo peligro. Que esas peticiones que hacemos en el padrenuestro las hagamos con fuerza, con fe, con la certeza de la gracia del Señor que va a fortalecer nuestra vida. ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’.
‘Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve’, hemos pedido y repetido muchas veces en el salmo. Que venga el Señor a nuestra vida que está rota por el pecado que dejamos introducir en ella tanta veces. Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros porque sabemos que su mirada es una mirada de amor, una mirada de gracia, una mirada de salvación. Que nos encuentre el Señor preparados y con un corazón bien dispuesto.
Que el fuego del Espíritu purifique nuestros corazones. Se nos ha presentado hoy el profeta Elías, un profeta como un fuego, y ese ardor del profeta nos está hablando de ese Espíritu ardiente del Señor que nos renueva y que nos purifica. Preparemos el camino del Señor.

miércoles, 12 de diciembre de 2012


El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe

Is. 40, 25-31; Sal. 102; Mt. 11, 28-30
Cuando los profetas trasmiten el mensaje de la Palabra de Dios al pueblo de Israel, éste se ve sometido a fuertes tentaciones a la idolatría, porque viven en medio de pueblos paganos que se habían creado multitud de ídolos, dioses a su medida que no podían ofrecer ningun tipo de salvación. Es por eso que los profetas luchan fuerte contra la idolatría de los pueblos vecinos y a la se ve tentado Israel en caer. Podríamos recordar, porque sobre ello hemos meditado en más de una ocasión, la lucha del profeta Elías contra los profetas de los baales, lo que le acarrearía momentos difíciles y de persecusiones.
Ahora el profeta Isaías que  hoy hemos escuchado les recuerda al Dios todopoderoso creador de todas las cosas que se manifiesta con fuerza y poder pero al mismo tiempo cercano de su pueblo. Cuando ellos podían pensar que Dios no les hacía caso ni les tenía en cuenta, el profeta les recuerda esa cercanía de Dios siempre atento a sus necesidades y que por amor a su pueblo se hace presente en medio de ellos.
‘¿Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel: mi suerta está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa?’ ¿No nos recuerda esto lo que quizá muchas veces nosotros hayamos pensado o dicho cuando acudimos a El en nuestra oración y decimos que Dios no nos escucha y no atiende a nuestras peticiones?
‘El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe, les dice el profeta. No se cansa, no se fatiga, es insondable en su inteligencia. El da fuerza al cansado, acrecienta el valor de inválido… los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas…’ ¡Qué bellas palabras que llenan al pueblo, nos llenan a nosotros, de esperanza! ¡Cómo tenemos que aprender a fiarnos del Señor, a poner en El toda nuestra confianza! No podemos olvidar nunca las maravillas que el Señor hace continuamente en nuestra vida, El que ‘es compasivo y misericordioso’.
No nos falta la ayuda y la gracia del Señor. El sí nos escucha y nos llena continuamente con su gracia. Aún en aquellos momentos oscuros por los que podamos pasar, porque quizá se debilite nuestra fe o nos llenemos de dudas y temores, porque quizá por el mal que hemos dejado meter en nuestro corazón nos sintamos más débiles y más tentados, sabemos que el Señor está ahí, es nuestra fuerza, nuestra vida, nuestra luz. A El en medio de las oscuridades con más fuerza tenemos que acudir porque hemos de sentir la certeza en nuestro interior de que el Señor no nos deja, no nos abandona está junto a nosotros.
En los momentos que nos sintamos cansados, porque nos cuesta luchar, porque quizá no avanzamos todo lo que quisiéramos o porque nuestro corazón se haya llenado de desilusión con más fuerza hemos de escuchar la voz del Señor que nos llama y nos invita a ir hasta El, como hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Venid a mí, todos los que estáis cansado y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
‘Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan’, que decía el profeta Isaias; pero que no son sólo los jóvenes, que todos tropezamos y a todos nos aparecen cansancios. Pero hemos de escuchar esa palabra de aliento del Señor porque estando con El ‘se renuevan las fuerzas, les nacen alas como de águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse’. Unas bellas imágenes que nos están hablando de esa fortaleza del Señor que nunca nos faltará.
Como nos decía Jesús ‘mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Es llevadero y ligero porque lo tenemos a El como dulce Cireneo que nos ayuda a llevar la cruz de cada día; es llevadero y ligero porque cuando amamos los mandamientos del Señor nos damos cuenta que lo que nos pueda pedir el Señor será siempre para nuestra mayor felicidad con lo que asi le daremos gloria al Señor.

viernes, 13 de julio de 2012

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia para seguir los caminos del Señor

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia para seguir los caminos del Señor
Oseas, 14, 2-10; Sal. 50; Mt. 10, 16-23

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor, los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos’. Ojalá alcanzáramos esa sabiduría divina y aprendiéramos a caminar caminos de justicia y santidad.

Es la invitación del profeta, la llamada y el ofrecimiento que nos hace hoy el Señor. Mucho hemos tropezado en nuestro camino y no somos justos ni santos. Pero si nos convertimos al Señor, si le damos la vuelta a la vida para volvernos a Dios aprenderemos lo que es esa sabiduría divina. Lo hemos venido reflexionando estos días y es la invitación que hoy escuchamos de parte del Señor. Recordamos cómo la Palabra del Señor nos invitaba a buscarla como el más preciado tesoro, verdadera riqueza de nuestro corazón.

Hemos de comenzar por reconocer nuestros tropiezos y ver que sólo en el Señor es donde verdaderamente hemos de apoyarnos. ‘No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar dios a la obra de nuestras manos’. Así hablaba el profeta invitándoles a poner su confianza en el Señor y no confiar solamente en el poder de las alianzas que hicieran con otros pueblos - Asiria como salvación para su situación -, o de sus ejércitos - ‘no montaremos a caballo’ - o de aquello que por sí mismos pudieran hacer. Era un pueblo avocado a la idolatría y tenía la tentación de crearse sus propios dioses- ‘llamar dios a la obra de sus manos’ -.

Es el orgullo que se introduce tantas veces en nuestra vida, nuestra autosuficiencia pensando que sabemos hacerlo todo por nosotros mismos, o nuestra soberbia para creernos mejores que los demás y nadie puede estar por encima de nosotros. actitudes dañinas que se nos meten tantas veces en el corazón, que nos inducen al desprecio en nuestro orgullo de los que están a nuestro lado, o nuestro olvido de Dios apartándonos de sus caminos. Cuántas veces en nuestro orgullo nos creemos tan sabios que pretendemos incluso enmendar los mandamientos del Señor.

Por eso, como decíamos comenzamos por reconocer nuestros errores y tropiezos, pero también por reconocer lo que es la bondad del Señor. ‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos’, nos dice el Señor. Así es el amor del Señor, así nos ama y no porque nosotros lo merezcamos, sino por su benevolencia.

Bellas imágenes las que nos sigue ofreciendo el profeta para expresarnos cómo cuando estamos con el Señor todo lo bueno vuelve a florecer en nuestra vida. Como un bello jardín, como un huerto bien cuidado y lleno de árboles de ricos frutos, como una rica hacienda que nos llena de riqueza con el producto de nuestro trabajo. Así nuestra vida cuando estamos con el Señor. Nos recuerda la imagen que se repite a lo largo del camino del desierto y que llenaba al pueblo de esperanza, pues el Señor les había prometido una tierra de rica fertilidad, una tierra que manaba leche y miel.

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda?’ era la pregunta que con el profeta nos hacíamos desde el principio de esta reflexión. Que alcancemos, sí, esa sabiduría y esa prudencia para seguir los caminos del Señor. A pesar de todo lo que nos ofrece el Señor y de la experiencia del amor de Dios que todos tenemos y que tantas veces hemos reflexionado y meditado, sin embargo seguimos apegados a nuestro pecado. Que se mueva nuestro corazón, que seamos capaces de volvernos al Señor; que sintamos la fuerza de la gracia que siempre está actuando en nosotros y no la echemos en saco roto.

‘En mi interior me inculcas sabiduría…’ decíamos en el salmo. ‘Crea en mi, Señor, un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme… devuélveme la alegría de la salvación… que mi boca, mi corazón, mi vida proclame siempre tu alabanza’.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Fidelidad, honradez, rectitud en el uso de los bienes materiales


Rom. 16, 3-9. 16. 22-27;

Sal. 144;

Lc. 16, 9-15

La utilización de las cosas materiales de las que tenemos que valernos en el día a día de nuestra vida nunca tendrá que apartarnos de las cosas que son verdaderamente importante, veníamos a concluir ayer al escuchar la parábola del administrador injusto. Más bien, la rectitud y honradez con que nos administremos en todo ello ha de servirnos como un camino también de nuestra santificación y de la gloria que le demos a Dios.

Nos habla Jesús hoy de la fidelidad en las cosas pequeñas y de la honradez y rectitud con que hemos de utilizar también esos bienes materiales que están en nuestras manos. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’

Esas cosas pequeñas o esos bienes materiales que poseemos son los medios que tenemos en la vida para nuestra relación e intercambio, un fruto también de nuestro trabajo y esfuerzo para que podamos obtener aquello que necesitamos para una vida digna y también para que podamos ejercitar nuestra generosidad en el compartir con los demás ayudando a quien carezca de lo necesario para subsistir.

Por eso, como nos dice hoy Jesús, las riquezas, los bienes materiales que poseamos como fruto de nuestro trabajo nunca pueden convertirse en un dios de nuestra vida. Lejos de nosotros la avaricia que todo lo quiere acaparar para si y que nos encerraría de forma egoísta en nosotros mismos y nos podría llevar al enfrentamiento o la guerra contra los demás. Lejos de nosotros toda codicia que nos ciega y esclaviza. Lejos de nosotros el idolatrar las riquezas convirtiéndolas en dioses y señores de nuestra vida. Bien sabemos qué tentador es el brillo dorado de las riquezas que nos llena también de vanidad en su posesión.

Y hemos de reconocer que algunas veces no son las grandes riquezas ni posesiones las que nos encierran en nosotros mismos, sino cualquier minucia a la que apegamos nuestro corazón y nos parece que sin esas cosas no vamos a ser felices de verdad. Cómo nos peleamos a veces por cualquier tontería.

Son claras las palabras de Jesús. ‘Ningún siervo puede servir a dos amos; porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Recordamos lo que ya ayer reflexionábamos de cómo nuestra fe en Dios tiene que ser el verdadero y único centro de nuestra vida, verdadero motor de nuestra existencia.

Dios tiene que ser el único Señor de nuestra vida. Y entonces tenemos que sentirnos verdaderamente libre frente a todas las cosas; nada nos debe atar ni esclavizar; de ninguna manera podemos permitir que lo que poseemos nos haga avaros, codiciosos y egoístas. Cuando de verdad Dios es el centro de nuestro corazón nacerá en nosotros un amor generoso que nos lleva a ser desprendidos, a compartir generosamente, a mirar con ojos distintos al que está a nuestro lado para ser capaces de bajarnos de la cabalgadura de nuestro orgullo para generosamente atender en la necesidad al hermano.

Pidamos al Señor que nos dé generosidad en el corazón, capacidad de desprendimiento para no ser nunca acaparadores de cosas, y fidelidad para saber utilizar todos esos medios materiales o riquezas que poseamos que nos lleven a dar gloria a Dios con todo lo que hagamos.

miércoles, 7 de julio de 2010

Los profetas, celosos de la fidelidad al Dios de la Alianza

Oseas, 10, 1-3.7-8.12;
Sal. 104;
Mt. 10, 1-7

‘Buscad continuamente el rostro de Dios’, dijimos en el salmo. Buscar el rostro de Dios es querer conocerle, querer sentirnos en su presencia, querer descubrir su amor y sentirnos amados e inundados de Dios. Descubrir ese rostro de Dios y mantener al pueblo creyente en fidelidad total al Señor de la Alianza era la tarea ardiente de los profetas.
Estos día hemos venido escuchando al profeta Oseas. Un profeta celoso de la fidelidad al Dios de la Alianza frente a las tentaciones que el pueblo sufre continuamente de abandono para irse tras los ídolos de aquellos pueblos en medio de los cuales habitaba. Es la denuncia que le hemos venido escuchando. ‘Con su plata y su oro se hacían ídolos para hundirse. Un escultor los hizo y no es Dios’, escuchábamos ayer la denuncia del profeta. Como luego replicaba el salmo ‘nuestro Dios está en el cielo… sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas; tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven…’ y así seguía describiéndolos el salmo para invitarnos a confiar en el Señor que es nuestro auxilio y nuestro escudo.
En ese mismo sentido lo hemos escuchado hoy recordando cuanto han recibido del Señor, pero sin embargo su corazón se ha desviado del camino recto dejándose arrastrar por la idolatría. ‘Israel era una viña frondosa y daba fruto: cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares’. Lo que nos recuerda a otros profetas que hablan de Israel como la viña del Señor pero que no supo dar buenos frutos, sino frutos amargos de infidelidad y de pecado. Nos recuerda también la parábola de Jesús en el evangelio que nos hablará de los viñadores que no dieron los frutos y rendimientos que se esperaba de ellos cuando se les había arrendado la viña.
Aunque nos pueda parecer lejano el mensaje de los profetas que hablaban a las situaciones concretas que vivía el pueblo de Dios en su tiempo, sin embargo siguen siendo para nosotros palabra de Dios, que viene a iluminar nuestras situaciones y que nos invitan también a buscar sinceramente el rostro del Señor como decíamos en el salmo y recordábamos al principio de esta reflexión.
No serán dioses a la manera de los ídolos antiguos los que puedan atraernos a nosotros, pero sí hemos de reconocer que estamos tentados de muchas maneras de manera que nuestra fe se debilite o no mantengamos debidamente esa fidelidad al Señor que tiene que traducirse en santidad en nuestra vida. Es Palabra del Señor que hemos de escuchar en lo hondo del corazón y a la que hemos de dar respuesta. Es importante esa escucha que hagamos de los profetas que también nos pueden ayudar mucho en el camino de nuestra fe.
Y finalmente una palabra del evangelio. Si ayer escuchábamos cómo Jesús nos invitaba a rogar al Dueño de la mies para que envíe trabajadores a su mies, hoy hemos escuchado la elección que Jesús hace de los doce Apóstoles. De entre todos los discípulos que siguen a Jesús escoge Jesús a doce a quienes va a confiar una misión especial, partícipes de su misma misión. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritu inmundos y curar toda enfermedad y dolencia… y los envió: id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’.
Van a constituir lo que llamamos el Colegio Apostólico. Aquellos a los que Jesús confía una misión especial en medio de su Iglesia. Serán columnas y fundamentos de la Iglesia, como hemos venido reflexionando estos últimos días que hemos celebrado fiestas de Apóstoles.
‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Así reconoce la Iglesia en su liturgia la función y la misión de los Apóstoles a quienes vemos cómo hoy Jesús elige de manera especial y les da su propia autoridad. Ya sabemos como sucesores de los Apóstoles a quien Cristo ha confiado esa autoridad están los Obispos, y junto a ellos todos los pastores que colaboran con ellos en la acción pastoral y santificadora de la Iglesia.
Respuesta, por nuestra parte, de fe, de comunión con nuestros pastores y de oración, como ya ayer siguiendo las indicaciones de Jesús hacíamos pidiendo trabajadores al Dueño de la mies.

martes, 13 de octubre de 2009

Evangelio de Dios, revelación de la justicia salvadora de Dios

Rm. 1, 16-25
Sal.18
Lc. 11, 37-45


‘Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios’ . Así comienza la carta de san Pablo a los Romanos que hubiéramos leído ayer – al celebrar el día del Pilar tuvimos otras lecturas -, y que continuaremos escuchando durante dos semanas. Hoy nos dice: ‘Yo no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree… en él se revela la justicia salvadora de Dios, para los que creen…’
Pablo habla en esta carta a los cristianos de la comunidad de Roma, muchos de ellos provenientes del mundo pagano donde reinaba la idolatría. Quiere anunciar el Evangelio de Jesús, Buena Nueva de Salvación, ‘fuerza salvadora de Dios’, revelación de ‘la justicia salvadora de Dios’. En el Evangelio tenemos la plena revelación de un Dios al que también podemos acceder desde la contemplación de todo lo creado por Dios. ‘Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras’, les dice. ‘El cielo proclama la gloria de Dios’, decíamos en el salmo. Toda la creación nos está hablando de Dios, nos está revelando el Dios Creador. Es el primer libro abierto delante de nuestros ojos para conocer a Dios.
Sin embargo por ese razonar, pudiendo hacerlo, no llegaron al conocimiento de Dios sino que su vida se lleno de idolatría y de tinieblas. ‘Cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles… cambiaron al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador… no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía’.
Pablo quiere anunciarles el Evangelio de Jesús donde está verdaderamente la salvación. Porque la tentación sigue acechando cuando viven en medio de un mundo pagano. Es fácil dejarse influir y bien lo sabemos nosotros por los que nos sucede en nuestro tiempo. Nos está dando la motivación de su carta desde el principio y les anunciará su próximo viaje a Roma.
Es el mensaje que también nosotros hemos de recibir. Decimos que vivimos en un mundo y en una sociedad cristiana, pero bien nos damos cuenta cómo tantos a nuestro alrededor abandonan la fe en la que fueron bautizados. Pero vivimos en una sociedad múltiple donde ya no todos se dejan guiar por los principios cristianos e incluso aun conservando una cierta fe, muchas veces se alejan en su concepción de la fe y de Dios mucho del Dios del Evangelio. Recibimos influencias de todo tipo y bien conocemos gente que se deja seducir por espiritualidades (así las llaman) venidas de lugares lejanos bastante ajenas al espíritu del Evangelio.
‘Conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía’, decía san Pablo en su carta. Conociendo a Dios, porque en la fe cristiana hemos sido educados, muchos la dejan de lado, abandonan su pertenencia a la Iglesia, y hacen muchas veces una mezcolanza de ideas y conceptos digamos religiosos en cierto modo incomprensibles.
¡Qué importante que nos mantengamos firmes en nuestra fe! Claro para ello es necesario que nos dejemos formar para ahondar en el conocimiento de esa fe. Quizá nos dejamos enseñar por cualquiera que venga de acá o de allá, pero no acudimos a la llamada que nos hace nuestra Iglesia para que adquiramos una verdadera formación cristiana. Pensamos muchas veces que por nos prepararon para hacer la primera comunión ya está todo hecho. Cuando en nuestras parroquias se nos llama a una catequesis para jóvenes o para adultos, pensamos que eso no es para nosotros, porque a mí que me van a enseñar, y nunca tenemos tiempo para ello. Así nuestra fe es débil y poco comprometida, y como veletas somos zarandeados por los vientos de las novedades que vengan de acá o de allá y pronto abandonamos nuestra fe cristiana y quizá al final podemos abandonarlo todo.
Preocupémonos de formarnos en nuestra fe.

lunes, 27 de julio de 2009

El becerro de oro, tentación de idolatría e infidelidad

El becerro de oro, tentación de idolatría e infidelidad
Ex. 32, 15-24.30-34
Sal.105
Mt. 13, 31-35

Duro y difícil se les hacía a los israelitas el camino de la tierra prometida, porque duro y difícil es el camino del desierto; atravesar tierras inhóspitas sin agua ni suministros, en medio de calor del desierto, aunque fueran con la esperanza de la tierra prometida, podía resultar en momentos desalentador.
Pero la dificultad muchas veces podía surgir desde su mismo interior, de las tentaciones que podían sufrir que les hacía mirar atrás, a la tierra que habían dejado, aunque fuera de esclavitud; tentaciones de soledad al sentirse como abandonados en medio de aquella inmensidad.
Habían hecho ya la Alianza con el Señor, prometiendo que El sería su Dios y ellos serían su pueblo. Moisés había vuelto a la montaña donde recibiría la ley del Señor y el tiempo se prolongaba. Ahora cuando Moisés baja del Sinaí con las tablas de la ley se encuentra con un pueblo que ha vuelto a la idolatría.
‘Sabes que este pueblo es un pueblo perverso, le dice Aarón a Moisés ante su ira. Me dijeron: haznos un dios que vaya delante de nosotros , pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos lo que le ha pasado…’ Fundieron todos sus objetos de oro y se hicieron un becerro de oro al que adorar.
No nos extrañe esta tentación a la idolatría. Los israelitas eran un pueblo que creía en un único Dios en medio de otros pueblos que tenían numerosos dioses además con representaciones en figuras humanas o de animales, como era el mismo pueblo de Egipto de donde habían salido. Es la tentación de la idolatría y de la infidelidad en la que han caído.
‘En Horeb se hicieron un becerro… se olvidaron de Dios, su Salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en el mar Rojo’. Pronto olvidaron todas las maravillas que había obrado el Dios de sus padres para sacarlos de Egipto, hacerlos atravesar a pie enjuto el mar Rojo y ahora les conduciría por el desierto a la tierra de promisión. Olvidaron a Dios y olvidaron su Alianza, cayendo en la infidelidad.
Es tentación que nosotros sufrimos también. Cuántas veces hemos sustituido al único Dios que nos salva por esos ídolos de las cosas materiales a las que apegamos nuestro corazón. Cuántas veces después de haber prometido fidelidad al Señor una y otra vez protestando por nuestro amor, caemos en la infidelidad de olvidarnos de Dios, vivir como si Dios no existiera, dejándonos arrastrar por el pecado.
‘Habéis cometido un pecado gravísimo haciéndoos dioses de oro’, les echa en cara Moisés. Pero Moisés es aquel a quien Dios ha confiado la misión de llevar ese pueblo a la tierra prometida. Siente como algo suyo todo lo que le puede pasar a su pueblo. Es el mediador que se va a acercar a Dios para pedir perdón por su pueblo. ‘Ahora subiré al Señor a expiar vuestro pecado’. Y le vemos porfiando con Dios para que perdone el pecado de su pueblo y si no que se olvide de él para conducirlo por el desierto.
Esa imagen intercesora de Moisés es un anticipo del que va a ser nuestro Único Mediador, Cristo Jesús, que intercede por nosotros, que se ofrece por nosotros, que derrama su sangre para obtenernos el perdón de Dios. ‘Este el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’. Y nos trae Jesús de nuevo al camino de la fe, al camino de la Alianza, al camino de la misericordia de Dios. Sentimos sobre nosotros la suave brisa reconfortadota de la misericordia de Dios siempre dispuesto a perdonarnos.