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lunes, 7 de septiembre de 2026

Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

 


Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

1Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Cuando estamos reunidos por el motivo que sea y alguien toma la iniciativa de llamar a alguien para que se ponga en el centro mientras los demás hacemos corro alrededor seguramente nos estaremos preguntando por qué se tomó esa iniciativa, que significado tendrá, o nos mostraremos quizás de alguna manera reacciones porque aquel que fue llamado al centro no le vemos la importancia, el prestigio o los valores por los cuales tengamos que prestarle nuestra atención.

Así sucedió aquel sábado en la sinagoga, en la cual están ya reunidos, además del encargado de la sinagoga, los principales dirigentes del pueblo, fariseos y escribas, la gente humilde y sencilla cargando con sus angustias y desesperanzas, que son los que ahora se prestan a seguir los acostumbrados rituales de la escucha de los libros de la ley o los profetas, el cántico de los consabidos cánticos y salmos de alabanza a Dios, y el comentario del encargado de turno. Pero sucedió algo insólito porque Jesús rompe el ritmo de sus rituales y llamando al hombre discapacitado con una mano atrofiada lo puso en medio de todos.

¿Qué o quién parecía que tenía que ser como el eje principal de lo que el sábado se realizaba en la sinagoga? Pareciera que todo tenía que centrarse en el culto a Dios con la proclamación de la Palabra, el canto o rezo de los salmos y los comentarios que se ofrecieran que en Dios habían de centrarse. Pero como hemos dicho Jesús rompe el ritmo del ritual y a un hombre enfermo e impedido coloca en el centro.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Porque eso es un signo o señal de algo distinto, porque nunca se había visto así en una sinagoga. Un hombre que parecía un castigado de Dios según el concepto que ellos tenían de la enfermedad pareciera que está sustituyendo a Dios. Pero ¿es que nos podríamos quedar tan insensibles y tan tranquilos en nuestros rezos y en nuestros cánticos para salir luego justificados porque hemos cumplido fielmente nuestros ritos mientras aquel hombre seguía con el sufrimiento de sus limitaciones y dependencias?

Creo que es la gran pregunta que Jesús quiere que nos hagamos. ‘¿Qué es lo que está permitido hacer un sábado?’, comienza preguntando Jesús. Ya sabemos las limitaciones que se imponían en nombre del descanso sabático para dedicar ese día totalmente al culto a Dios. Por eso Jesús sigue haciéndose la pregunta, ‘¿qué está permitido, hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

Y pasamos de largo acaso preocupados por llegar temprano al templo, mientras… ¿Vemos a quien está a la puerta? ¿Tenemos un gesto de cercanía, con una mirada y una sonrisa, con una palabra amable o con unos buenos deseos que expresamos con nuestros saludos a quienes van por el mismo camino que nosotros también en su carrera por llegar temprano al templo? ¿sabremos detenernos para interesarnos por la persona, por sus problemas o preocupaciones, o para compartir sus posibles alegrías?

Es lo que estamos haciendo en nuestro camino por la vida, sea el día del Señor cuando venimos al culto, o cuando en medio de semana estamos tan absortos en nuestras carreras o nuestras preocupaciones que seguimos insensibles ante tantos problemas que nos rodean. Lo hemos dicho muchas veces que hemos ido perdiendo humanidad porque ya no somos tan cercanos los unos de los otros, porque cada uno va a lo suyo y se desinteresa de los problemas que puedan tener los demás, porque seguimos con el pensamiento en nuestra mente, aunque luego digamos palabras muy bonitas, que cada uno se las arregle como pueda, mientras quizás ganamos en lo que decimos otras riquezas porque hacen más ruido en nuestros bolsillos.

¿No tendríamos que poner más a la persona en el centro de todo porque es a través de ella como llegamos a Dios? Recordemos lo que nos ha venido diciendo Jesús de que cuanto hagamos al otro a Él se lo hacemos, o cómo cuando dos o más nos reunimos en su nombre podemos tener la seguridad de que Él está en medio de nosotros. Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios.


domingo, 1 de septiembre de 2024

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

 


Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27;  Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

En nuestra carrera humana por la vida todos tenemos la tentación de que aquello que ideamos con la mayor pureza y desde la más buena voluntad luego con el paso del tiempo lo vamos malogrando porque comenzamos a hacerle añadidos, correcciones por acá o por allá, y aquello que era simple y claro luego lo fuimos haciendo engorroso y pesado. Sin mala voluntad en principio porque queríamos aclararlo tanto fuimos dándole tantas explicaciones y comentarios, que al final terminamos haciéndole caso más a las explicaciones o comentarios que pretendían simplemente ser ayuda, que a lo que era lo verdaderamente fundamental que habíamos ideado. Así van naciendo protocolos y reglamentos que los convertimos en norma fundamental.

Nos pasa con lo que es la vida normal de la sociedad que la hemos llenado de tantos reglamentos y leyes que olvidamos lo que en verdad nos constituye como sociedad; nos pasa con todo aquello que se nos ha ofrecido para mejorar la vida de nuestra sociedad, donde al final le damos más importancia a los reglamentos que nos imponemos que a las propias personas que constituimos esa sociedad. ¿Y no nos pasará igualmente en el culto con que queremos expresar nuestro amor y nuestra adoración a Dios como centro y eje de nuestra vida que le hemos llenado de tantos aditamentos que olvidamos el culto y amor que tiene que surgir de nuestro corazón?

En eso nos quiere ayudar a pensar hoy el evangelio. La ocasión parte de aquella queja de los rigurosos fariseos y escribas que vienen a decirle a Jesús que sus discípulos no están cumpliendo con la tradición recibida de los mayores y entonces el culto que le dan a Dios está lleno de impurezas. Y todo porque no se lavan las manos antes de comer el pan.

Una norma higiénica, una ley sanitaria podríamos decir, en la que Moisés en el peregrinar por el desierto había insistido para evitar contagios y enfermedades que se podrían trasmitir por la falta de higiene – pensemos en lo difícil que sería mantener esa higiene en un camino por un desierto – la han convertido en ley de Dios que parece que está por encima de todo lo que son los verdaderos mandamientos del Señor.

Me vienen a la mente las interpretaciones tan literales y rigoristas que algunos se siguen haciendo de palabras de la Biblia que nacieron en su momento para preservar a aquel pueblo que camina por un desierto con tan pocos medios humanos para mantener la salud y la sanidad de sus vidas, o que pretendían ayudarles a que no confundieran el sentido del verdadero culto que habían de dar a su Dios dejándose cautivar por los dioses y los cultos de aquellos pueblos con que se iban a encontrar e incluso convivir al llegar a la tierra prometida.

Estoy haciendo referencia al cuidado de la sangre, por ejemplo, que era una señal de la vida y que no habían de comer por esas razones higiénicas mencionadas, y a la prohibición de hacerse dioses en figuras elaboradas con sus manos a la manera como los tenían los pueblos que los rodeaban. Hoy muchos siguen dándonos la tabarra con esas cosas, como si  nosotros adoramos una imagen, que solo es eso una imagen que nos está expresando como un signo de lo que es la misericordia y el amor de Dios.

Y Jesús les dice que el culto que ellos dan a Dios sí que está vacío, porque no lo hacen desde el corazón. La maldad de la vida no nos entra por un contagio que podamos tener por la forma de usar nuestra manos, limpias o no, nos viene a decir. Lo que en verdad hemos de tener limpio es el corazón arrancando de él toda malicia y toda impureza. Como nos dice Jesús es de dentro del corazón del hombre desde donde salen las maldades, la malquerencia y el odio, el orgullo y la envidia, los malos deseos y las malas intenciones, las ambiciones que nos hacen avariciosos o el egoísmo que nos encierra en la insolidaridad.

Busquemos, pues, esa rectitud del corazón; no dejemos que se endurezca con todas esas maldades sino que nos dejemos purificar por ese amor de Dios que nos sana y que nos salva. Vayamos siempre buscando lo que es lo fundamental para no quedarnos nunca en lo que es accidental o accesorio. Pongamos a Dios verdaderamente en el centro de nuestra vida y alcanzaremos la más sublime sabiduría porque en nosotros estará actuando el Espíritu de Dios.

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación; que el evangelio sea la sabiduría de nuestra vida. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’, nos decía el libro del Deuteronomio que se harían eco los que conocieran al pueblo de Dios fiel al mandamiento del Señor. ¿Quién tiene como nosotros tenemos un Dios que nos ame tanto y nos haya trasmitido esa sabiduría del amor que nos llena de la verdadera paz?

Cuidado llenemos de malicia nuestro corazón y olvidemos esa sabiduría de Dios y no salga ya a borbotones ese río del amor y de la gracia de Dios que fecunde nuestro mundo.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

 


No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Puede parecer una anécdota lo que nos cuenta hoy el evangelio sin embargo es un hecho bien significativo. Nos habla de las costumbres que se habían creado alrededor del templo de Jerusalén.

Allí cada día se ofrecían sacrificios a Dios, en los cuales además de las ofrendas de las primicias que todo buen judío estaba obligado a realizar – podríamos decir que era como una contribución necesaria para el mantenimiento del culto – muchos eran los animales que eran sacrificados, como un rito ya preestablecido, como signo de la acción de gracias a Dios reconociendo que todo don nos viene de él, o también de purificación de los pecados.

Era en cierto modo normal que en torno al templo se había creado un mercado donde podían adquirirse aquellos animales que habían de ser sacrificados, pero también donde se ofertaba el necesario cambio monetario porque en los cepillos del templo solo se podían utilizar las monedas oficiales del mismo templo.

Nos podemos sentir como escandalizados que así se desvirtuara el verdadero culto que en el templo debía ofrecerse al Señor y de alguna manera toda esa barahúnda mercantil silenciaba, o al menos hacía difícil el que se pudiera escuchar, la Palabra del Señor que allí había de ser proclamada. Era en aquellos pórticos del templo donde los maestros de la ley enseñaban al pueblo y era el lugar propicio para ese encuentro con la Palabra del Señor. ¿No nos habla el evangelio de que Jesús en su primera subida a la Pascua en Jerusalén, tras su pérdida fue encontrado precisamente en el templo escuchando y discutiendo con los doctores de la le? Algo realmente premonitorio.

Desde el hoy de nuestra vida, como decíamos, nos podemos sentir escandalizados por ese desvirtuar el verdadero sentido del templo, pero ¿qué sucede en torno a nuestros templos y santuarios? ¿Qué es lo que nos encontramos? Cuando no es desde el mismo templo, desde la misma organización de la Iglesia, que ofrecemos la oportunidad de llevarnos ‘un recuerdo’ del santuario, será todo un montaje comercial el que se crea en nuestros pueblos o ciudades en torno a nuestros templos y santuarios de especial devoción. ¿Cuál tendría que ser el auténtico ‘recuerdo’ que nos tendríamos que llevar tras nuestra visita al templo del Señor?


Hemos escuchado en el evangelio. ‘Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’.

‘No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’. Causaría gran conmoción este gesto de Jesús. Todo un gesto profético. Algo nuevo tiene que comenzar. Algo que tiene que tener verdadero sentido de vida. Algo nuevo nos está ofreciendo Jesús. Cuando le recriminan con qué autoridad está haciendo aquello pronuncia también unas proféticas palabras, que sin embargo un día van a ser utilizadas en su contra en el juicio ante el Sanedrín. ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Estaba hablándonos de algo distinto, como nos comentará el evangelista, se refería al templo de su cuerpo.

Jesús verdadero templo de Dios en medio de nosotros los hombres. ¿No decimos que es el Emmanuel, Dios con nosotros? en Jesús podemos ofrecer el mejor culto a Dios, por El, con El y en El todo honor y toda gloria como proclamamos en el momento solemne de la ofrenda de la Eucaristía. Anunciaba su muerte y su resurrección, pero nos anunciaba también algo nuevo, en lo que podíamos convertirnos nosotros si en verdad vivimos unidos a El. Vamos a ser nosotros ese templo de Dios. Así nos lo recordaba san Pablo. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ Con Cristo en nuestro bautismo hemos sido convertidos en sacerdotes, profetas y reyes. Así podremos ofrecer el verdadero culto a Dios. Grandeza y santidad de nuestra vida.

Nos estamos haciendo estas consideraciones cuando estamos celebrando la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que como todos sabemos es la Catedral del Roma, la sede del Obispo de Roma. En un sentido de comunión eclesial celebramos esta fiesta, que por otra parte desde la Palabra de Dios proclamada tan hermoso mensaje nos ha dejado para nuestra vida.

Cuidamos que no solo nuestros templos sean verdadero santuario de Dios y auténtica casa de oración despojándolos de tantas cosas que hemos montado en su entorno, sino que también nuestras vidas, por la santidad que vivimos, sean ese santuario de Dios y signo de la presencia de Dios para los que nos rodean. Es el testimonio que tenemos que dar.

viernes, 30 de octubre de 2020

Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 


Quizás seamos los que llevemos la miseria en el corazón porque no somos capaces de tener misericordia con el hermano, mientras decimos que amamos tanto al Señor

 Filipenses 1, 1-11; Sal 110; Lucas 14, 1-6

El creyente dice por encima de todo está Dios. Es cierto, es nuestra fe. Y Dios es solamente uno, y a Dios tenemos que amarle sobre todas las cosas, como decimos en nuestra formulación breve del catecismo. En consecuencia, decimos, nada ni nadie puede superar ese amor que le tenemos a Dios, nada ni nadie podemos poner por encima de Dios. Decimos que cuando ponemos algo sobre Dios estamos cometiendo idolatría, porque adoramos a quien no es Dios. Hasta aquí, podemos decir, todo correcto.

¿Y qué lugar ocupa el hombre? ¿Qué lugar ocupamos nosotros? ¿Podemos sustituir a Dios o convertirnos nosotros en Dios? Algunas veces quizás nos idolatramos a nosotros mismos, cuando queremos poner nuestra voluntad por encima de lo que es la voluntad de Dios. Pero precisamente es aquí donde el mensaje nuevo de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús nos proclama nos va poniendo, por así decirlo, unos matices distintos. Y es que para Jesús, y nos enseña que para Dios, el importante es el hombre, es la persona.

En primer lugar quizá tendríamos que recordar aquella primera página de la Biblia donde se nos habla de la creación y de la creación del hombre y ya allí se nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cuando Dios crea al hombre no quiere hacer de él una criatura cualquiera, ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ y a imagen de Dios nos creó. Aquí empezamos a ver la maravilla.

Pero luego Jesús nos irá recalcando en el evangelio continuamente el valor de la persona humana, el valor del hombre y no me importa emplear este lenguaje de toda la vida, porque nos estamos refiriendo por igual al hombre y a la mujer, al varón y a la hembra. Hoy es una muestra de ello, pero no hace mucho hemos recordado aquel pasaje del evangelio en que le preguntan cuál es el mandamiento principal y nos habla del amor a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el ser, pero nos dice a continuación y el segundo es semejante a este, amarás a tu prójimo como a tí mismo. Un amor semejante al que le tenemos a Dios hemos de tenerle a nuestro prójimo, sea quien sea. Maravillas de Dios, tenemos que volver a decir.

Y es lo que Jesús nos quiere resaltar hoy como en tantos otros pasajes del evangelio, que por así decirlo se convierten siempre en la defensa del hombre, en la defensa del ser humano. Hoy será con ocasión de aquel hombre con su mano paralizada que está allí en medio de ellos cuando le invitan a comer en casa de un fariseo. Pero es sábado y el sábado no se puede curar; en la visión estricta de los fariseos el sábado estaba dedicado totalmente a Dios y no se podía trabajar, entonces, como Jesús les hace ver, ¿tenemos que dejar a una persona en su sufrimiento porque ese día no podemos curar por estar dedicado totalmente al culto del Señor?

El culto que el Señor quiere, y ya lo decían también los profetas, es abrir las prisiones injustas, vestir al que ves desnudo, enternecerte en tu propia carne ante el sufrimiento del hermano para ayudarle, para curarle. Es lo que hace Jesús con gran escándalo de los fariseos que sin embargo no saben qué decir. El hombre está por encima de todas nuestras leyes y nuestras normas, y poner al hombre por encima de todo lo hacemos porque en verdad Dios está por encima de todo y lo que Dios siempre quiere es la felicidad y el bien del hombre.

Ya decíamos que Jesús en todo su evangelio nos va dando siempre esta valoración de la persona, que es lo que agrada a Dios; podríamos recordar muchos pasajes pero podemos traer a colación la parábola del buen samaritano. ‘Acaso por llegar temprano al templo’, como cantamos también en un canto de celebración, aquel sacerdote y aquel levita pasaron de largo ante el hombre caído a la orilla del camino. Pero, ¿quién se portó como verdadero prójimo del caído? Aquel que se bajó de su cabalgadura para montar al  herido y llevarlo donde fuera en verdad socorrido.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Será esa la valoración que hacemos de toda persona? ¿Será así cómo levantamos al caído? ¿No nos haremos nuestras distinciones y acaso nos apartamos a un lado por miedo a ‘contagiarnos’ cuando nos encontramos al paso a determinadas personas quizá con sus vicios y con sus miserias? ¿Quién será entonces el que lleva la miseria en el corazón porque no es capaz de tener misericordia con el hermano, mientras dice que ama tanto al Señor?

Reconozcamos que nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra mentalidad, en nuestras costumbres y rutinas.

domingo, 11 de noviembre de 2018

¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?


¿Hasta qué punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios?

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28;  Marcos 12, 38-44

Estaba Jesús enfrente de la entrada del templo y el evangelista nos señala cómo Jesús iba observando toda aquella gente que iba entrando al templo.
Judíos devotos que cada día subían al templo para la oración en la hora de los sacrificios, lo ofrenda del pan de la mañana o los sacrificios vespertinos, gente que acudía para escuchar a los maestros de la ley que desparramados por aquellos pórticos hacían comentarios a la Ley y los Profetas, los que acudían con los animales para los sacrificios quizá entraran por otra puerta, cercana a la piscina de las ovejas pero por allí entrarían los cambistas con sus dineros para el cambio a la moneda del templo, peregrinos venidos de cualquier lugar de la tierra de Judá e Israel o llegados desde los lugares lejanos de la diáspora, gente sencilla, pequeños y grandes, niños y mayores, sacerdotes y levitas, saduceos y fariseos.
Y allí en el cepillo de las ofrendas iban dejando sus limosnas; unos callados y humildemente, otros quizá entre aspavientos que llamaran la atención de los circundantes para que vieran lo generoso de sus ofrendas. Jesús observa; solo él puede ver el corazón de los hombres y las rectas intenciones o el amor que había en aquellos corazones. El culto a Dios que allí se celebraba y el esplendor de aquel templo se sostenía, por así decirlo, desde aquellas ofrendas que allí se hacían. Y muchos querían que fuera esplendoroso.
Alguna vez también habremos estado enfrente de las puertas de nuestros templos, quizá porque esperábamos a alguien o que fuera el tiempo de las celebraciones, o quizá en la visita a algún santuario especial como tantos repartidos por tantos lugares. Y distraídamente quizá nos habremos fijado también en los que entraban o salían de nuestros templos o santuarios, observando la diversidad de personas que traspasan esos umbrales hacia lo sagrado desde distintas motivaciones, unos en su fervor, otros quizá desde la curiosidad de conocer algún lugar especialmente artístico, otros simplemente porque acompañaban a algún familiar o amigo en alguna circunstancia especial; no queremos entrar en juicios o cavilaciones pero diversos pueden ser los motivos o las actitudes. Algo o alguien quizá en un momento determinado pueden habernos llamado la atención, mientras otros pasan desapercibidos delante de nosotros.
Pero Jesús si conoce el corazón de los hombres y se ha fijado en la que parece más pequeña y más humilde que también ha depositado callada y silenciosamente su ofrenda en el cepillo. Y aunque de aquella mujer ni siquiera conocemos su nombre, solo que era una pobre viuda – y decir viuda era sinónimo de pobreza y necesidad porque ya no tenia quien sostuviera su vida -, y ni ella se enteraría de los comentarios de Jesús porque sigilosamente se ha introducido en el templo Jesús sí quiere hacerle un comentario a los discípulos. ‘Os aseguro, les dice, que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie’.
Anteriormente a ella habrían pasado ricos con sus generosas o portentosas ofrendas, habrían desfilado como lo seguirían haciendo los orgullosos fariseos con sus campanilleos y aspavientos para que todos vieran su aparente generosidad, pero Jesús nos viene a decir que aquella mujer ha echado más que nadie. ‘Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Ya antes Jesús había prevenido a los discípulos. ‘¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa’. No ha de ser ese nuestro estilo ni el sentido que le demos a lo que hacemos. No es esa la manera como habremos de ir por la vida poco menos que comiéndonos el mundo y atropellando cuanto y cuantos encontremos.
El culto que le demos a Dios no se ha de sustentar ni en cosas portentosas ni en vanidades. No son cosas lo que nos pide Dios que le ofrendemos sino nuestra propia vida, el corazón. Es la imagen que vemos reflejada en aquella pobre mujer; nada tiene e incluso se desprende de lo poco que tiene. ‘Ha echado lo que tenia para vivir’, que nos dice Jesús resaltado la ofrenda de aquella mujer. Ha puesto allí su vida.
Ella sabe que su vida no depende de cosas sino depende en lo más profundo de Dios y con esa confianza hemos de saber caminar por la vida. Porque nos confiamos en un Dios que nos ama, un Dios que es nuestro padre y no abandona a sus hijos. De su mano hemos de hacer el camino con la confianza puesta totalmente en El. Es la fe, es el fiarnos de Dios, es el confiar en El por encima de todas las cosas. Y a ese amor de Dios respondemos nosotros con nuestro amor. Ese es el verdadero culto que Dios nos pide.
Y quien ama se confía. Quien ama de verdad en el amor encuentra toda su fortaleza. Y aunque no lo terminemos de creer Dios cada día va haciendo el milagro de su amor sobre nosotros y se nos va manifestando de mil maneras. Claro que no siempre tenemos los ojos abiertos para descubrirlo, cerramos demasiadas veces en la vida los ojos de la fe.
Seguimos pensando en las cosas como la solución de nuestra vida y terminamos por tener más confianza en las cosas que poseemos que en Dios, a pesar que decimos que creemos en El y le amamos. ¿Hasta que punto y en qué medida somos capaces de desprendernos de todo para poner absolutamente nuestra confianza en Dios? ¿Hasta donde llega el nivel de nuestra fe?


domingo, 4 de marzo de 2018

Un signo con mucho significado el que Jesús realiza con la expulsión de los vendedores del templo para señalarnos cual es el verdadero culto que hemos de dar a Dios


Un signo con mucho significado el que Jesús realiza con la expulsión de los vendedores del templo para señalarnos cual es el verdadero culto que hemos de dar a Dios

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Hay ocasiones en la vida en que no nos sentimos bien ante cosas que vemos que suceden y por las que sentimos una querencia especial. Sentimos quizá una rebeldía interior porque lo consideramos injusto o que aquella manera de hacer las cosas no es demasiado ético; es algo que rumiamos en nuestro interior y que podría hacer saltar la chispa de nuestra ira y violencia en cualquier momento.
Parece como si estuviéramos esperando el momento oportuno o encontrar la ocasión en que de una manera valiente podamos denunciar aquello que consideramos irregular y poco ético. Pueden ser muchos los momentos en que nos encontremos así, muchas las situaciones que contemplamos en nuestra sociedad corrupta y hasta el fondo alabamos la valentía de quien se atreve a rebelarse hasta con cierta violencia contra ese mal que contemplamos. Nos gustaría que en verdad las cosas cambiasen.
¿Se sentiría así Jesús ante lo que contemplaba en el templo de Jerusalén? Ya de entrada tenemos que decir que la reacción de Jesús fue realmente un gesto profético. El templo de Jerusalén a lo menos que se podía parecer era realmente a un templo. En torno a los sacrificios que diariamente se ofrecían, las ofrendas que hacían los fieles al templo, aquello parecía más que un mercado.
En su entorno habían proliferado puestos de ventas de animales para luego ser sacrificados en el templo; como la moneda que podía ser utilizada en el templo para las ofrendas no podía ser sino la propia de los judíos porque la corriente impuesta por la dominación romana era considerada como algo impuro, allí se levantaban las mesas de los cambistas con su negocios adyacentes. Aquello seguramente crearía una baraúnda en torno al templo que poco podría ayudar a que fuera en verdad una casa de oración y encuentro con el Altísimo. Cómo nos recuerda el mercado que en torno a nuestros santuarios se ha ido levantando a través de todos los tiempos y en nuestros días.
Jesús aquello lo había contemplado desde su niñez cuando con sus padres subía a la fiesta de la Pascua, como el mismo evangelio nos relata. Era lo que ahora contemplaba en sus visitas al templo y donde también quería enseñar como lo hacían los maestros y doctores de la ley a lo largo de sus soportales. La reacción de Jesús derribando mesas de cambistas y expulsando a todos aquellos vendedores nos puede parecer esa reacción de ira que, como reflexionábamos anteriormente, nosotros también podemos sentir inconformes con aquel estado de cosas. Pero la reacción de Jesús es algo más, es un gesto profético con el que también nos quiere enseñar, no solo a los judíos de su tiempo, sino a través de los siglos a nosotros también.
Era el gran signo, la gran señal de lo que El quería enseñarnos de cuál es el verdadero culto que hemos de dar a Dios a quien hemos de adorar en espíritu y en verdad y eso lo podemos y tenemos que hacer también en cualquier lugar, como le señalaría a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Nos puede ser fácil la ofrenda de cosas externas a nosotros mimos, aunque nos cueste el sacrificio de privarnos de unas posesiones materiales, pero lo difícil es que nosotros pongamos corazón, pongamos nuestra vida en esa ofrenda al Señor.
Llegar a decir como María ‘aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mi según tu palabra’ o como fue el grito del mismo Jesús en su entrada en el mundo ‘Oh Dios, aquí estoy para hacer tu voluntad’, es algo que no es tan fácil decir si lo queremos hacer con toda nuestra vida. Fue el grito de Jesús en su entrada en el mundo como nos dice la carta a los Hebreos, pero fue el grito ultimo de Jesús en la cruz porque en las manos de Dios entregaba su espíritu, entrega su vida en la más profunda entrega de amor.
Esa ofrenda de nuestro yo que tenemos que saber hacer cuando por seguir a Jesús y ser su discípulo somos capaces de negarnos a nosotros mismos cargando con la cruz de cada día en nuestra vida. Es la ofrenda de obediencia a Dios aunque la vida se nos presente tormentosa y llena de sufrimientos, como supo hacer Jesús en Getsemaní que aunque pedía al Padre que pasara de El aquel cáliz, estaba dispuesto a que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre, ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’ que entre sudores y lagrimas proclamaba Jesús.
Reconozcamos cómo cuántas veces rezamos el padrenuestro, participamos en una celebración sagrada, queremos expresar nuestras religiosidad a través de muchos gestos o de muchos actos piadosos, pero luego seguimos con la misma frialdad en nuestro corazo en el trato y en la relación con los demás, cuando no seguimos manteniendo nuestros rencores y resentimientos, la violencias en nuestros gestos y palabras con todo el que esté a nuestro alrededor, o nos mantenemos en nuestras actitudes y posturas altivas y orgullosas con desprecio hacia los demás, seguimos actuando injustamente contra los demás o no somos capaces de vivir con toda intensidad nuestras responsabilidades personales, familiares o sociales. ¿Será ese el culto que Dios quiere?
Es un signo con mucho significado el que Jesús realiza con la expulsión de los vendedores del templo. ¿Cuáles son esos ‘vendedores’ que seguimos guardando en nuestro corazón mientras decimos que queremos darle culto al Señor, mientras venimos a nuestras celebraciones litúrgicas? Muchas más cosas podríamos reflexionar desde este gesto de Jesús. ¿Tendría que hacer algo así también en nuestra Iglesia hoy?



domingo, 8 de marzo de 2015

Nuestro culto verdadero a Dios ha de pasar por vivir con Jesús la Pascua en todas sus consecuencias

Nuestro culto verdadero a Dios ha de pasar por vivir con Jesús la Pascua en todas sus consecuencias

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25
El templo de Jerusalén era el lugar de culto por excelencia para el pueblo judío. Aunque cada sábado se reunían en las sinagogas, repartidas por todo el territorio, para la escucha de la Ley y los Profetas y la oración de los salmos, el templo de Jerusalén era único y allí era donde se ofrecían los sacrificios y holocaustos al Señor.
Tenían la obligación de subir al templo en la Pascua y allí en Jerusalén la celebraban cada año, pero cada día en el templo se ofrecían los holocaustos y sacrificios, eran presentados los panes de la proposición y era ofrecido el incienso en la mañana y en la tarde en el lugar santo por el sacerdote de turno - recordemos a Zacarías ofreciendo el incienso cuando se le aparece el ángel del Señor - mientras el pueblo oraba fuera en las distintas explanadas de dicho templo.
Todo se había convertido en muy ritual y los sacrificios de animales se ofrecían continuamente; por eso en el mismo templo se había habilitado casi un mercado donde adquirir los distintos animales para los sacrificios y donde se hacían las ofrendas económicas que habían de ser en la moneda propia del templo; de ahí las mesas de los cambistas, los encargados del cambio de moneda.
Como decíamos, todo se había convertido en muy ritual en donde las ofrendas importantes eran aquellos animales sacrificados, pero no siempre la verdadera religiosidad campaba hondamente en el corazón de las gentes. Por eso escucharemos en otro momento que Jesús les echa en cara que el culto que le dan es un culto vacío, que está lejos del corazón del hombre.
Ahora contemplamos a Jesús realizar un gesto verdaderamente profético para que lleguen a captar cual es el verdadero culto que han de dar a Dios que tiene que partir siempre del corazón y de un corazón lleno de fe y de amor. Expulsa a los vendedores con sus animales del templo mientras derrama por el suelo la mesa de los cambistas. Algo bien significativo quiere hacer el Señor. Era lo habitual en los profetas que no solo hablaban con palabras sino también con sus gestos y signos, como muchas veces habremos escuchado en la lectura de los profetas del Antiguo Testamento, como gesto profético era la vida y el bautismo que Juan hacía allá en el desierto junto al Jordán.
No siempre lo entienden y ahora casi lo ven como una revuelta o una rebelión. Preguntarán razones y Jesús no les da más razón que su vida misma, la Pascua que El ha de vivir. Es por donde tenemos que entender este gesto y llevarlo a nuestra vida en esta preparación, en este camino hacia la Pascua que nosotros queremos hacer. ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. No entenderán sus palabras, de las que los discípulos se acordarán después de haberle visto resucitar de entre los muertos. Los judíos se aprovecharán de estas palabras para acusar a Jesús a la hora de querer condenarlo a muerte. Ahí está la unión con la pascua que hemos de descubrir y es de la manera cómo tenemos que aplicarlo a nuestra vida.
¿Qué lo ofrecemos al Señor? ¿cuál es el culto que nosotros le damos? ¿es un culto en espíritu y verdad como Jesús le dirá a la Samaritana, como escucharemos en este mismo evangelio de Juan? Precisamente ese texto de la samaritana es un evangelio que se lee en el ciclo A en este mismo domingo y que hoy también hubiéramos podido escuchar.
Tiene que ser nuestro corazón el que en verdad le ofrezcamos al Señor. Querer vivir la Pascua, como ahora estamos queriendo prepararnos, es querer vivir unidos a la misma ofrenda de Jesús. Es por eso la vida de Jesús es lo que tenemos que vivir, el que había venido a hacer la voluntad del Padre.
Decirle Sí a Dios, con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida, en todo momento y circunstancia - hoy recordamos el mandamiento del Señor en la primera lectura; unirnos a la Pascua de Jesús sabiendo lo que tiene que haber de pasión y muerte para poder llegar a la vida de la resurrección, porque nosotros en quien creemos y a quien proclamamos es a Cristo crucificado pero a Cristo que vive resucitado y nos hace resucitar a nosotros. En la cruz de Cristo está nuestra sabiduría y nuestra salvación, como hemos escuchado en la segunda lectura. Es por donde tenemos que pasar, es lo que tenemos que vivir, aunque nos cueste.
¿Cuál es la pascua en concreto que este año, en este momento de la vida hemos de vivir y celebrar? Busquemos lo que es la voluntad de Dios, lo que el Señor quiere de nosotros y lo que nos pide, y seamos capaces de hacerle esa ofrenda de nuestra vida. Con nosotros está su Espíritu para poderlo hacer. Sin El nada somos ni nada podríamos hacer.

martes, 10 de febrero de 2015

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8,4-5.6-7.8-9; Marcos 7,1-13
‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Son duras las palabras de Jesús, recordando lo dicho por el profeta Isaías; a continuación les señala cosas muy concretas de lo que se habían convertido en normas y leyes en el pueblo de Israel.
Pero no nos contentemos con comentar lo que sucedía en tiempos de Jesús y que Jesús denuncia, sino que eso tenemos que escucharlo hoy, en nuestra vida. ¿Cuál es el culto verdadero que nosotros le ofrecemos al Señor? Podríamos decir que con la sagrada liturgia que celebramos estamos ofreciendo el sacrificio más agradable al Señor, porque cada vez que celebramos una acción litúrgica estamos ofreciendo el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven, Señor Jesús’ decimos, es cierto, cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la pascua del Señor, de su muerte y resurrección.
Pero ¿dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Qué profundidad le damos a cada una de nuestras celebraciones sagradas? Lo que decimos con nuestros labios o realizamos con nuestros gestos y ritos ¿lo estamos en verdad viviendo en lo más hondo de nosotros mismos? ¿Podría sucedernos en algún momento que se está cumpliendo en nosotros lo denunciado por Jesús que le honramos con los labios pero el corazón lo tenemos lejos de El?
Y no es solo que en algún momento nuestra atención se distraiga por cualquier motivo mientras estamos en la celebración, porque no siempre nos concentramos debidamente y surgen las distracciones. Sería lo menos importante, esas distracciones pasajeras, contra las que, es cierto, también tenemos que luchar.
Lo peligroso y que sería una tremenda tentación es que nos contentemos con realizar bien nuestros ritos, pero nuestra vida vaya por otros derroteros. Si estamos celebrando los misterios de nuestra salvación, es porque esa salvación estamos queriendo vivirla. Si celebramos el misterio de Cristo, es porque en verdad estamos queriendo hacer que Cristo sea el centro de nuestra vida. Si decimos que estamos escuchando la Palabra de Dios, es porque queremos plantar de verdad esa Palabra de Dios en nuestra vida y estamos esforzándonos con la gracia del Señor a dar fruto.
Nos expresamos a través de signos y de ritos pero que tienen que tener hondo significado en nuestra vida; por una parte que comprendamos bien el significado de nuestros ritos conociéndolos bien; por supuesto, tenemos que ser fieles porque con ellos estamos queriendo expresar y vivir algo grande y misterioso como es la salvación que Dios nos ofrece en su amor. Pero no nos quedemos en ritualismo, sino que pongamos corazón, pongamos vida en aquello que hacemos.
Porque el culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestra vida. Pero no somos nosotros los que por nosotros mismos hacemos ese culto agradable a Dios, sino en la medida en que lo vivimos unidos a Cristo, porque es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde y cómo podemos dar la mejor gloria a Dios, nuestro Padre del cielo. Que esas palabras de la doxología, al final de la plegaria eucarística, las vivamos siempre en su más hondo sentido, dejándonos conducir por el Espíritu Santo que clama desde lo más hondo de nosotros y llena nuestro corazón.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Una nueva ofrenda, un nuevo sacrificio, un nuevo culto ofrecido a Dios en Cristo nuestra Víctima pascual

Apoc. 10, 8-11; Sal. 118; Lc. 19, 45-48
‘Entró Jesús en el templo…’ Siguiendo el evangelio de Lucas de forma continuada como lo hemos venido haciendo hemos hablado de su subida a Jerusalén con todo el significado teológico también que tiene esta subida de Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua, para celebrar su Pascua. Ayer le veíamos contemplar la ciudad santa desde el Monte de los Olivos, que era el camino habitual de entrada a Jerusalén para los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán y contemplábamos sus lágrimas por la ciudad santa donde iba a culminar todo su misterio redentor.
Llega a la ciudad y hace su entrada en el templo y, como nos dice el evangelista, ‘se puso a echar a los vendedores’. Un signo de purificación que Jesús quiere realizar; un signo profético para darnos un nuevo sentido para el templo y para el culto al Señor y el encuentro con El. San Lucas es el menos explicito al describirnos lo que Jesús realiza; san Mateo y san Marcos nos dan más detalles, situando también en el mismo contexto de su entrada en Jerusalén este hecho; el evangelista Juan nos sitúa este episodio casi al principio del Evangelio.
Allí en el templo se ofrecían los sacrificios y los holocaustos, además de ser el lugar de la oración de los judíos; por sus explanadas, además de encontrarnos los maestros de la ley que con sus discípulos explicaban y comentaban las Escrituras - recordemos que allí fue encontrado Jesús niño entre los doctores de la ley tras su pérdida en su subida con sus padres al templo -, se situaban los animales que iban a ser sacrificados, como un servicio a los fieles para que pudieran adquirirlos a la hora de ofrecer los sacrificios; por otra parte estaban los cepillos del templo para las ofrendas y limosnas, pero como había que hacerlo en el dinero propio del templo, por allá andaban también los encargados de realizar el cambio de moneda, ya que muchos judíos venían de fuera de Palestina con las monedas que se utilizaran en sus países. Todo esto convertía el templo casi en una plaza de un mercado más que en un lugar de oración y culto al Señor.
‘Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’, exclama Jesús expulsando a los vendedores, derribando las mesas de los cambistas, queriendo realizar el signo de la purificación. Algo nuevo iba a comenzar a partir de aquella pascua. Ya no serían necesarios aquellos sacrificios de animales y aquellos holocaustos y ofrendas con los que la humanidad quería agradar a Dios. Ahora se iba a ofrecer el gran Sacrificio, el Sacrificio nuevo de la nueva Alianza en la Sangre derramada, que ya no era la sangre de los animales sacrificados sino la Sangre preciosa de Cristo. Como nos dirán más tarde Pedro y Pablo en sus cartas no hemos sido comprados ni con oro ni con plata, no hemos sido redimidos por la sangre de los antiguos sacrificios, sino que hemos sido redimidos por la Sangre preciosa de Cristo.
Un nuevo culto había de comenzar. Una nueva ofrenda se iba a realizar. ‘Por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta su ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística. ‘Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad…’ que decimos también.
La Victima pascual es Cristo mismo que por nosotros se ofrece y se inmola. Y ya no hay otro sacrificio que el sacrificio de Cristo, que actualizamos y hacemos presente cada vez que celebramos la Eucaristía. Es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde ya para siempre vamos a tributar todo honor y toda gloria a Dios para siempre.
Es el signo que Jesús está hoy realizando en el pasaje del evangelio que estamos meditando. Nos está enseñando cual ha de ser el verdadero sacrificio que hemos de ofrecer al Señor, que ya no serán cosas, ni serán animales que sacrifiquemos sino que será siempre el sacrificio de Cristo al que nosotros nos unimos poniendo en él toda nuestra vida. Que ahí veamos también el signo de la purificación interior que hemos de hacer en nuestra vida para que en Cristo para siempre sea agradable al Señor nuestra ofrenda,  nuestra oración. Que ese sea el culto espiritual  que nosotros ofrezcamos con nuestra vida a Dios.
‘Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti’, como decimos en la primera plegaria Eucarística.