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martes, 3 de diciembre de 2024

Un camino de humildad y sencillez, de despojo de vanidades y autosuficiencias a través de nuestro adviento para llegar al encuentro con el Señor

 


Un camino de humildad y sencillez, de despojo de vanidades y autosuficiencias a través de nuestro adviento para llegar al encuentro con el Señor

Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Lucas 10, 21-24

Yo no necesito de nadie, yo me valgo solo, habremos escuchado o hemos contemplado las actitudes del prepotente que se cree valerse solo por si mismo siempre. Con su autosuficiencia que todo se lo sabe pretenden avasallar a todo el mundo; no inspiran confianza sino miedo y nadie se sentirá a gusto a su lado, porque lo que al final a pesar de todo el poder que pretenden tener se encontrarán vacíos y solos.

Nos topamos con gente así que hace desagradable su presencia, pero también tenemos el peligro y la tentación de algunas veces en aquellas cosas que creemos que sabemos o podemos también podamos tomar esas actitudes negativas en nuestra relación a los demás. Hemos de saber estar atentos y vigilantes, no de lo que los otros puedan hacer, sino de esas actitudes negativas que pudieran rebrotar en nuestro corazón.

En el lunes de nuestra primera semana de adviento y en la postura del centurión que pedía de Jesús la curación de su siervo paralítico llegamos a descubrir que tenemos que bajarnos al camino de la humildad que es por donde podemos encontrarnos con Dios. Parece que la palabra de Dios incide una vez más en el mismo ya desde estos primeros pasos del camino del adviento. Solo desde ese corazón humilde podemos sentir la revelación de Dios en nuestra vida. Parece que no se casan ese orgullo y autosuficiencia con que podamos andar por la vida con la presencia del Señor en nosotros.

Hoy las palabras de Jesús se hacen oración para dar gracias al Padre. Lo escucharemos en más de una ocasión poniendo su confianza en el Padre y poniendo su vida en sus manos. Como dirá en otra ocasión, levantando la voz incluso para que todos los oigan, da gracias al Padre porque lo escucha – El cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre, y como nos dirá para eso ha venido – pero en esa ocasión lo dice para que nosotros lo oigamos, para que nosotros aprendamos.

Hoy nos dirá. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien…’

Aquí está el gran mensaje de este día. Ha escondido los misterios de Dios a los sabios y a los entendidos y los ha revelado a los pequeños. ¿Quiénes serán los primeros que escuchen la buena nueva del nacimiento de Jesús en Belén? Los pequeños, los pastores, los pobres que al raso de la noche están cuidando sus ganados en los campos de Belén. ¿A quienes llamará Jesús dichosos y bienaventurados en el mensaje del sermón del monte? A los pobres, a los humildes, a los hambrientos, a los que tienen humilde corazón.

¿Quiénes serán los que prorrumpirán en alabanzas cuando escuchen sus palabras o contemplen los signos que van realizando con los milagros? La humilde mujer anónima que gritará en medio del gentío, los pobres y los sencillos que le siguen por todas partes poniendo en El toda su confianza, los que han reconocido sus limitaciones y deficiencias y humildes han sabido acudir desde la pobreza de sus vidas a Jesús porque solo en él encontrarán salud para sus vidas, los que se sienten pecadores e incluso despreciados de los demás que le buscarán aunque fuera ocultos entre los ramajes de una higuera y que encontrando la verdadera paz en sus corazones se sentarán a su mesa.

Los que tienen cosas que hacer, los que están envueltos en la autosuficiencia de lo que tienen y creen no necesitar de nadie, los que solo se quedan a la distancia para observar y para juzgar, los que no quieren mezclarse con los que consideran despreciables y pecadores, buscarán mil disculpas para no sentarse a su mesa o si intentan hacerlo es en medio de codazos y empujones, pero no merecerán ser dignos de sentarse en la mesa del Reino que será para los pobres de los caminos.

Es lo que nos va enseñando el evangelio. Es por lo que da gracias Jesús al Padre que se revela a los pequeños; es el camino que nosotros hemos de saber emprender despojándonos de tantas vanidades que nos tientan, de tantos orgullos que hacen agria nuestra vida, de tanta autosuficiencia que nos hace mirar de lado el evangelio.

¿Será ese el camino que vayamos haciendo en nuestro Adviento?

 

jueves, 25 de julio de 2024

Dejémonos evangelizar, sorprender por el evangelio que nos abre un camino de solidaridad y de servicio en el mundo concreto que vivimos si podemos beber el cáliz del Señor

 



Dejémonos evangelizar, sorprender por el evangelio que nos abre un camino de solidaridad y de servicio en el mundo concreto que vivimos si podemos beber el cáliz del Señor

 Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2 Corintios 4, 7-15;  Mateo 20, 20-28

Es la petición confiada y espontánea de una madre llena de amor por sus hijos. ¿Qué no deseará una madre para el futuro de sus hijos? Orgullosa se siente en cada paso que le ve dar en su crecimiento, orgullosa de sus logros y de las metas que va alcanzando, su deseo es verle lleno de poder y de prestigio, capaz lo ve siempre de realizar grandes cosas y siempre andará soñando en las altas cotas que puede alcanzar.

Es, podríamos decir, que ley humana, el deseo de grandeza y de poder, de la forma que sea, aunque se manifieste de diferente manera. Grande quiere ser el niño porque cree que entonces podrá hacer todo lo que quiere o se le antoja; mayor se considera el joven y exige que así se le trate porque ama su independencia, aunque luego haya muchas dependencias de las que no sabrá desligarse; y todos queremos sentirnos poderosos y autosuficientes, tener nuestro prestigio y nuestras cotas de influencia sobre los demás, sentir que no estamos debajo de nadie y así considerarnos poderosos intentando de imponer nuestros criterios, nuestra manera de hacer las cosas. Mal nos sentimos cuando nos vemos mermados y ya no nos podemos imponer, sino que a larga tenemos que depender hasta de quien nos cuide.

Pero volvamos al episodio del evangelio y de la madre que pedía puestos de poder para sus hijos. Habla de un reino que se va a imponer y quiere para ellos los lugares de más poder. Se siente segura en su petición, porque ella cree también tener su manera de influir sobre todo cuando es una madre la que pide para sus hijos.

Jesús escucha en silencio dejando que aparezcan esos deseos y esas ambiciones. Por detrás el resto de los discípulos anda inquieto también, porque ellos también tienen sus aspiraciones y ahora parece que se les adelantan. Jesús solo hace una pregunta. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ La respuesta surge pronto de labios de los hermanos Zebedeos, aunque no sé si serán conscientes de lo que están respondiendo. Es fácil decir ahora ‘podemos’, pero veremos a ver qué es lo que hacen cuando llegue la hora del cáliz. Se quedará dormidos al arrullo de la brisa entre los ramajes de los olivos allá en el huerto; saldrán a la desbandada cuando llegue la hora del prendimiento que vendrá comandado por unos de los discípulos que ha traicionado; cuando comience a derramarse aquel cáliz se encerrarán en el cenáculo, de manera que allí los encontrará el resucitado, porque tienen miedo a los judíos.

Pero Jesús quiere hacerles entender algo de lo que les ha hablado ya en muchas ocasiones y que tanto les cuesta entender a todos. El poder y la grandeza no se manifiesta por el dominio ni la imposición, no se manifiesta en orgullos y vanidades que más bien nos dejarán medio desnudos, no se manifiesta rehuyendo el sacrificio porque no se puede rehuir del amor y del servicio. Ese es el camino nuevo que nos lleva a la mayor grandeza, la generosidad y el servicio, el amor hasta entregarse del todo para olvidarse de uno mismo, el saberse hacer el último y el servidor de todos que es donde se va a manifestar la verdadera grandeza del  hombre.

Por eso les dice Jesús que no será a la manera de los poderes de este mundo. Pero nosotros seguimos sin entenderlo, a la misma iglesia le cuesta seguir ese camino aunque esa sea su predicación y haya muchos que sí den el callo en el servicio; pero aun seguimos buscando tronos y oropeles, adornos rebosantes de riqueza y prestigios a lo humano olvidándonos de lo que nos enseño el mismo Jesús con su ejemplo. Se levantó de la mesa y se ciñó la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos.

Y me llamáis el Maestro y el Señor, les dirá, pues el Maestro y el Señor se ha puesto por los suelos para lavar los pies, pero a nosotros nos cuesta mirar a la cara a quien nos tiende la mano para pedirnos una ayuda; nos hemos puesto tan elevados que nos cuesta bajar nuestra mirada, porque nos cuesta bajarnos de tronos y de pedestales, despojarnos de mantos y vanidades para ceñirnos bien y descubrir que son los pobres la verdadera riqueza de la Iglesia. Porque Jesús no vino a ser servido sino a servir.

Hoy que estamos celebrando la fiesta del Apóstol Santiago, que tanto significado tiene para nuestra tierra española que según la tradición él vino a evangelizar creo que el mejor mensaje que podemos deducir de esta fiesta es que nosotros nos dejemos evangelizar, nos dejemos sorprender por el evangelio y seamos capaces no solo de decir ‘podemos’, sino asumir con alegría y esperanza ese cáliz que nos ofrece Jesús y nos pone en ese camino de amor y de servicio.

¿Será esa la imagen que nosotros como Iglesia reflejemos ante el mundo que necesita de evangelio?

 

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Cuando anunciemos el evangelio del Reino nos nos preocupemos de hacer cosas brillantes sino ayudar a ese encuentro de la persona en tú a tú con Jesús

 


Cuando anunciemos el evangelio del Reino no nos preocupemos de hacer cosas brillantes sino ayudar a ese encuentro de la persona en tú a tú con Jesús

Esdras 9, 5-9; Tb 13, 1b-2. 3-4a. 4bcd. 5. 1; Lucas 9,1-6

Nos suele pasar cuando vamos a viajar y sobre todo cuando somos principiantes; pensamos que vamos a necesitar tantas cosas que llenamos las alforjas de multitud de cosas que luego casi nos van a ser un estorbo, voy a necesitar esto, me va a hacer falta aquello otro y comenzamos a meter y meter cosas en la maleta que solo nos van a cargar pesos innecesarios.

Esto que estamos diciendo nos puede servir de imagen para muchas cosas que tenemos que hacer en la vida. Hacemos múltiples previsiones, nos trazamos no se cuantos planes, parece que tenemos los objetivos muy claros, y pensamos cómo tenemos que hacerlo, los pasos que tenemos que dar. Está bien eso de las planificaciones en la vida, proyectos, objetivos, medios, etc... que tenemos que tener en cuenta. Pero cuidado que con tantas planificaciones nos olvidemos de lo importante del mensaje que tenemos que transmitir, pero nos olvidemos, lo que es peor, de la humanidad con que hemos de ir a los demás y hasta nos olvidemos que con personas con las que tratamos que también tiene su dignidad y merecen todo nuestro respeto.

Me hago esta consideración a partir de lo que nos dice hoy el evangelio, del envío de los discípulos que hace Jesús para que vayan a anunciar el Reino de Dios. ¿Qué es lo que tienen que realizar? ¿Cómo ha de ser ese anuncio del Reino de Dios?

Nos da unas pistas o pautas muy claras del evangelio que hemos escuchado. Van a ir al encuentro de unas personas a las que han de manifestar lo que son las señales del Reino de Dios. Serán los signos del amor los que han de resplandecer en sus vida; por eso les habla de poder y autoridad sobre los espíritus inmundos y que puedan curar a los enfermos. Es el derroche del amor la mejor señal, el mejor signo de lo que en verdad es el Reino de Dios que llega.

No es importante las cosas que puedan llevar podríamos decir que como apoyo a la labor que han de realizar, sino que lo importante ha de ser el encuentro con esas personas. No tienen que pensar en unas alforjas pesadas recargadas de cosas, unas sandalias para el camino, y ni han de preocuparse de llevar bastón ni dinero en la faja, ni túnicas de repuesto. Allí donde les reciben, allí se hospedarán, porque lo importante es ese encuentro con las personas.

Y nosotros que nos preocupamos de tantas cosas con nuestras planificaciones y con los medios de los que nos dotamos. Podemos olvidar lo más importante y entonces no estaremos dando las señales del Reino de Dios en nuestro mundo. Queremos parecernos a los poderosos de este mundo dando también así tantas veces una imagen de poder y nos olvidamos que la Buena Nueva ha de ser anunciada a los pobres.

¿Será por algo así por lo que no se hace creíble en el mundo de hoy el mensaje de la Iglesia, el mensaje del evangelio? De muchas cosas tenemos que despojarnos para vivir esa pobreza evangélica y para hacer con esos medios pobres el anuncio del Evangelio. Demasiado nos hemos ido acomodando para presentarnos con la grandeza de los poderes de este mundo. Solo necesitamos llenarnos del amor, impregnarse del amor de Dios, empaparnos de la vida de Jesús para que en verdad podamos ser sus signos.

Confieso que cuando veo esas manifestaciones religiosas que nos hemos creado me pregunto si esas imágenes de Jesús que presentamos tan recargadas de ricos mantos y de múltiples joyas tienen mucho que ver con el Jesús del Evangelio. Nuestras gentes se nos quedan en esos momentos de fervor de un día de fiesta, pero no se están encontrando con el Jesús del Evangelio, aquel que caminaba por los caminos de Palestina y enviaba a sus discípulos sólo con los signos del amor para que así anunciaran el Reino de Dios.

¿Sentiremos de verdad la preocupación y el deseo de llegar al encuentro con esas personas para mostrarles los verdaderos signos del Reino de Dios? A lo mejor nos preocupamos de hacer cosas muy brillantes y bonitas pero no estamos logrando ese encuentro de tú a tú de las personas con Jesús.

Muchas preguntas se agolpan en mi interior sobre lo que he hecho y lo que estoy haciendo hoy para anunciar la Buena Nueva que Jesús viene a traernos.


jueves, 21 de julio de 2022

No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

 


No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

Jeremías 2, 1-3. 7-8. 12-13; Sal 35; Mateo 13, 10-17

Pero, ¿es que no lo entiendes aun? Algunas veces nos encontramos con personas así, nunca entienden o nunca quieren entender; están ofuscados en una manera de ver las cosas que parece que se les cerraron los ojos y los oídos para no escuchar ni entender nada más que aquello que tienen metido en la cabeza.

¿Prejuicios? ¿Cerrazón de mente? Pudiera ser, pero no hay quien los cambie; y las relaciones entre las personas se hacen dificultosas; y los proyectos que podamos presentar no saldrán nunca adelante; y no podremos mejorar nada, porque no ven sino lo que siempre se ha hecho y no son capaces de abrirse a nuevas perspectivas, a nueva manera de ver las cosas, a ser capaces de recibir algo de los otros; y la vida sigue igual que hace no sé cuántos años o siglos, porque es que yo no puedo cambiar, es que soy así, y seguiremos siempre con lo mismo. Podríamos seguir resaltando muchas cosas en este sentido, por lo que vemos a nuestro lado, o acaso por posturas que también nosotros podamos mantener en nuestro interior, aunque tratemos de disimularlo.

Nos desconcierta en cierta manera la respuesta que Jesús les da a la pregunta de por qué siempre les habla en parábolas. Habían llegado a casa después de aquella mañana o tarde a la orilla del lago donde Jesús había ido desgranando una serie de parábolas para hablarles del Reino de Dios. ¿Habían entendido todos lo que Jesús les había querido anunciar? La pregunta que ahora hacen a Jesús los discípulos más cercanos, aquel pequeño grupo que se reunía siempre en torno a Jesús, a quienes había llamado de manera especial o se habían ofrecido para seguirle siendo sus discípulos, puede denotar también que ellos no terminaban tampoco de entender todo el sentido de aquellas parábolas, de aquellos ejemplos que Jesús les pusiera.

Y Jesús les dice que les habla en parábolas porque hay gente que escucha sin entender, miran sin ver porque quizás no ven ni entienden algo que esté un poco más allá de sus narices. Y es que han embotado su corazón, se han cerrado y no quieren escuchar, no quieren abrirse a algo nuevo que Jesús les está proponiendo. Aun siguen sin entender aquellas palabras que Jesús les dice cuando les habla del Reino de Dios. Muchos seguirán sin entender, podríamos decir, que hasta el final. ¿No preguntaban sus mismos discípulos más cercanos en los momentos previos a la Ascensión si había llegado ya la hora de la restauración de Israel? Seguían con aquella imagen tergiversada y confusa que tenían del misterio del Mesías, seguían soñando en reinos y poderes de este mundo, porque hasta el último momento andaban aún peleándose por los primeros puestos.

A pesar de las parábolas, tenemos que preguntarnos, si nosotros habremos entendido bien lo que es el Reino de Dios. ¿No seguiremos soñando con los poderes fácticos de este mundo y algunas veces habremos querido hacer la Iglesia también un poder mundano? No eran solo los de aquellos tiempos los que no terminaban de entender a Jesús, porque a nosotros nos sigue pasando, porque a nuestra Iglesia en muchos momentos le sigue pasando.

Tenemos nuestras ideas preconcebidas de lo que tiene que ser una religión, de lo que tiene que ser la Iglesia, de lo que han de representar los pastores de la Iglesia cuando los hemos equiparado hasta en los nombres con el estilo y la manera de ser de los poderes de este mundo. Mucho tendremos que cambiar, mucho tendremos que escuchar una y otra vez las parábolas de Jesús, mucho tenemos que rumiar en nuestro corazón todo lo que es el mensaje del Evangelio para que al final terminemos de asimilarlo.

jueves, 12 de mayo de 2022

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio


 

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20

En las costumbres y hasta normas sociales con las que nos vivimos y relacionamos los unos con los otros tenemos una multitud de recursos, llamémosles así, en los que actuamos por la mediación de los demás o como mediación de los demás, que incluso se han traducido en normas legales que le dan como mayor autoridad y validez a esas mediaciones; gentes que actúan por poder, abogados que nos representan y hablan en nombre nuestro o defienden nuestros intereses, portavoces de grupos o de familias en diversas situaciones y así muchas cosas más en este sentido. Quien actúa como mediador o en representación no se puede atribuir papeles o poderes que superen a quien es representado, ni podrán actuar en contra o por encima de los intereses de dichas personas que representan. Así nos damos cuenta, que además hasta legalmente está establecido cual es la verdadera medida de esa representación.

Digo esto como ejemplo y me viene a la memoria al escuchar las palabras hoy de Jesús. ‘El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Primero recordemos el hecho del que parten estas palabras de Jesús. El episodio es el comienzo de la cena pascual. Jesús se ha quitado el manto, se ha ceñido la toalla y se ha puesto a lavar los pies de los sorprendidos discípulos. Y cuando termina recordándoles que le llaman el Maestro y el Señor y en realidad lo es, sin embargo ha sido capaz de arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. Y de ahí el comentario de las palabras de Jesús que hemos recordado.

En el texto que hoy se  nos ofrece en la liturgia de este día Jesús terminará diciéndonos que somos sus enviados. Quien recibe el enviado, recibe al que lo envía, y así Jesús nos dirá como estamos recibiendo a Dios. Es un nuevo y distinto sentido de mediación. No es simplemente que vayamos con unos poderes legales, como al principio comentábamos, aunque Jesús cuando envía a sus discípulos les da sus mismos poderes para anunciar la Buena Nueva, para curar enfermos y para arrojar demonios. Y es que sintiéndonos enviados de Jesús en la misión que se nos confía y que tenemos que realizar, estamos convirtiéndonos en algo más, estamos convirtiéndonos en signos de la presencia de Dios.

Esto es serio y es grandioso. Es cómo tenemos que ver nuestra misión. Es darnos cuenta de lo que nosotros tenemos que realizar en medio del mundo. Somos algo más que unos portavoces porque nuestra vida y nuestra palabra tienen que convertirse en ese signo de la presencia salvadora del Señor. Es grandiosa la misión que se nos está confiando, es de seria responsabilidad la misión que estamos asumiendo; es lo que tiene que brillar en nuestra vida. Es el cuidado también de lo que nuestra palabra tiene que pronunciar y lo que nuestras obras tienen que realizar. No nos podemos alejar del evangelio de Jesús, no nos podemos alejar del mensaje del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, nos dice Jesús. La iglesia tiene que escuchar en sí misma estas palabras de Jesús. El criado no es mayor que su amo, ni el enviado mayor del que lo envía. ¿Lo habremos tenido en cuenta siempre? ¿No nos contagiaremos del espíritu del mundo y algunas veces porque actuamos como iglesia o en nombre de la Iglesia, se nos habrán subido los humos y nos habremos creído poco menos que dioses?

Es un peligro y es una tentación. Es la tentación del poder, de la búsqueda de grandezas humanas, de querer ponernos a la altura de los poderes del mundo, y algunas veces nos hemos confundido y hemos querido quizá ser mayores que nuestro maestro.

¿No habremos querido hacer y deshacer a nuestro antojo en muchas de las cosas que llamamos pastorales y que en la Iglesia o en su nombre realizamos? ¿Habrá sido siempre la Iglesia imagen del servicio a los demás y a ejemplo de Jesús que se arrodilló ante de los discípulos para lavarles los pies? Puede haber sido nuestro gran pecado.

Tenemos que escuchar con corazón humilde, con corazón abierto la palabra de Jesús.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Nos cuesta entender el camino del Reino que ha de pasar siempre por el camino del servicio, de la humildad, del amor, del perdón como Jesús en la cruz

 


Nos cuesta entender el camino del Reino que ha de pasar siempre por el camino del servicio, de la humildad, del amor, del perdón como Jesús en la cruz

Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28

Con lo que yo había hecho por esas personas… es el pensamiento, la queja llena de dolor y que al mismo tiempo se hace oración cuando sentimos la ingratitud de las personas, cuando nos vemos maltratados, criticados, vilipendiados si todas nuestras intenciones eran buenas, lo que queríamos era hacer el bien, incluso a esas personas que ahora nos critican y maltratan tanto bien quisimos hacerle. Pero son las tornas que tantas veces se vuelven en contra en la vida, que nos produce mucho dolor, que hasta sentimos una rabia interior casi con ganas de tirarlo todo por la borda y no volver actuar así, porque hasta nos sentimos como tontos y el hazmerreír de las gentes. Experiencias duras y llenas de amarguras a las que a veces tenemos que enfrentarnos.

Es lo que nos expresa hoy el profeta Jeremías cuando se ve rodeado de aquellas gentes a las que había querido servir desde la Palabra del Señor anunciada y además en los momentos tan difíciles por los que pasaba el pueblo. ‘¿Se paga el bien con el mal?, ¡pues me han cavado una fosa! Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera’.

Este texto del profeta y que refleja situaciones semejantes por las que habremos pasado en alguna ocasión nos sirve además de paralelo al texto del evangelio que hoy se nos propone. Van subiendo a Jerusalén y Jesús les anuncia todo lo que allí va a suceder. Es un anuncio repetido con pocos versículos por medio en aquel camino. Allí va a ser entregado Jesús en manos de los gentiles y le darán muerte. Por medio ha estado también el episodio de la transfiguración en el monte para fortalecer la fe de los discípulos. Pero a los discípulos les cuesta entender.

En otro momento sería Pedro el que trataría de quitarle esas ideas de la cabeza de Jesús. ‘Eso no te puede pasar’, le dirá de manera que Jesús lo aparta de su lado porque le dice que lo está tentando como el diablo. Pero ahora serán otros dos de los discípulos los que vendrán con sus sueños porque no han terminado de entender las palabras de Jesús. En este caso se valen de la madre, que intercede por ellos. ‘Que estos dos hijos míos estén uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu Reino’. La ambición por los primeros puestos que tantas veces ha aflorado.

‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ es el interrogatorio de Jesús, y que bien podrían comprender porque Jesús les ha hablado hace unos instantes de su pasión y de su muerte. Muy lanzados dirán que sí, creo que sin pensarlo demasiado de manera que Jesús les dice que beberán el cáliz, pero los primeros puestos los tiene reservado el Padre del cielo.

Tampoco lo entenderán por lo que Jesús insistirá que entre ellos no puede suceder como entre los poderosos de este mundo, que andarán dándose de codazos por colocarse en los primeros puestos. Jesús les dirá que los primeros puestos son para los que se hacen los últimos – es para quienes los tiene reservado el Padre del cielo como tantas veces Jesús ha repetido en el evangelio -  y que hay que hacerse el último y el servidor de todos. Aunque eso no sea comprendido, aunque eso parezca un bajarse de nivel, aunque eso tenga la resonancia de aquello que le paso a Jeremías que se dio por los demás e incluso intercedió por ellos y ahora por esos mismos se ve vilipendiado y perseguido.

Aquello que decíamos al principio que nos costaba tanto aceptar y nos dolía con rabia por dentro, pero es que en el camino de Jesús estamos para servir y para hacer el bien, aunque no seamos correspondidos, aunque se nos pongan en contra, aunque tengamos que sufrir mucho dentro de nosotros.

Es el camino del amor que será el que nos dará la verdadera felicidad, el que en verdad nos hará grandes, por donde tenemos que caminar para ser los primeros, pero no en excelencias sino en las posturas del servicio, de la humildad, de la entrega generosa, del olvidarnos de nosotros mismos. En silencio, sin grandes alardes, amando siempre sin medida, abriendo el corazón al amor, siendo capaces de interceder también por aquellos que nos injurian, que Jesús en la cruz dijo ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.

 

domingo, 5 de julio de 2020

Aprender de su mansedumbre, de su amor y de su humildad es aprender a ponernos a ras del suelo siendo paño de consuelo, alivio y descanso para los que sufren


Aprender de su mansedumbre, de su amor y de su humildad es aprender a ponernos a ras del suelo siendo paño de consuelo, alivio y descanso para los que sufren

Zacarías 9, 9-10; Sal 144; Romanos 8, 9. 11-13; Mateo 11, 25-30
Lo más contrario a lo que eran los usos de la época y tenemos que decir también los usos que se siguen utilizando en nuestro mundo de hoy cuando queremos expresar triunfos y victorias, cuando se quiere expresar la grandiosidad del poder en todas sus manifestaciones es lo que nos describe el profeta en la primera lectura para hablarnos de la entrada victoriosa del rey en la ciudad. Acostumbrados estamos a ver en películas de época los grandes desfiles que se nos presentan al regreso del rey y su ejército victorioso; pero no son solo las películas, sino que bien sabemos que en nuestra sociedad hay también una serie de protocolos a seguir para expresar lo que es la grandiosidad de quien ostenta el poder.
El profeta con un sentido mesiánico nos habla de esa entrada del rey victorioso que no va sobre un carro de triunfo conducido por briosos corceles sino que humilde entra montado en un humilde borrico que era la cabalgadura a que más pudieran aspirar los pobres y más que nada como instrumento de sus humildes trabajos. Este texto de Zacarías tendrá su eco en el evangelio cuando se nos  habla de la entrada de Jesús en Jerusalén entre aclamaciones de la gente y precisamente montado en un borrico.
Pienso, ¿por qué no?, hasta en la mirada compasiva o más bien burlona de los soldados o del mismo gobernador romano tras sus escudos y relucientes ropajes cuando Jesús entraba entre las aclamaciones de los niños y los pobres en la ciudad santa. Era además todo lo contrario de lo que los mismos judíos soñaban con la llegada del Mesías victorioso que les liberaría de la opresión de los soldados y poderes extranjeros.
Pero es que eso es precisamente lo grandioso del evangelio. Y esa es la revelación de Dios que Jesús quiere hacernos. Es la imagen que Jesús ha ido presentando de sí mismo cuando se acercaba a los pobres y cuantos sufrían y cómo se gozo era estar entre los hijos del hombre, precisamente entre los humildes y los sencillos. Porque es ahí donde se manifiestan las maravillas de Dios; no es el Dios que se nos impone sino que se acerca a nosotros para caminar con nosotros, para vivir nuestra misma vida, para ser en verdad el Emmanuel, el Dios con nosotros. No es en el caballo del poder sino en el humilde borrico del servicio donde se nos va a presentar Dios para que le descubramos y le conozcamos.
Por eso serán los pequeños, los sencillos y humildes de corazón los que podrán conocer los misterios de Dios, porque de los pobres es el Reino de Dios cielos, porque los mansos y humildes de corazón conocerán a Dios, y los que son limpios de corazón podrán ver a Dios, como nos enseña en las Bienaventuranzas.
Hoy da gracias Jesús al Padre porque ha revelado todo este misterio a los pobres y a los sencillos, porque a los que se creen entendidos, a los soberbios de corazón no se les revelará el Señor. ¿Quiénes fueron los primeros que recibieron el anuncio del Ángel de que había nacido Dios sino unos humildes y sencillos pastores que cuidaban al raso sus rebaños en la noche de Belén?
Y es que así se nos manifiesta Dios cuyo rostro humano vemos en Jesús. Es el rostro del amor y de la misericordia de Dios, es el rostro de la cercanía de quien quiere caminar con nosotros, es el rostro del corazón abierto, misericordioso y compasivo siempre dispuesto para acoger pero siempre regalándonos amor. Es el Jesús que se mezcla con los pecadores y come con ellos, que llega junto al paralítico que en su soledad se siente abandonado por todos para levantarlo y ponerlo en camino de vida en dignidad; es el Jesús que se detiene en las calles de Jerusalén para hacer un poco de barro que poner en los ojos del ciego que envía a Siloé; es el Jesús que siente el hambre y como se desfallecen por el camino los que acuden a El para darles en el desierto abundancia de pan que será signo de vida eterna; es el Jesús que se deja tocar por la mujer de las hemorragias o pone su mano sobre el leproso sin temer ni en un caso ni en otro ni el contagio ni el convertirse en impuro con los que los hombres consideran impuros, porque El se pone siempre del lado de los que son discriminados y nadie quiere.
Muchas páginas del evangelio podríamos recorrer para escuchar con todo sentido lo que hoy nos quiere decir. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.
Creo que dos cosas importantes podríamos subrayar en estas palabras. La invitación que nos hace para que vayamos a El no importa cual sea nuestra situación. Cansados, agobiados, con el cuerpo o el alma rota en sufrimientos o en dolores de todo tipo, heridos por los desprecios de quienes quizás nos quieren utilizar, con el llanto de nuestras soledades porque nadie nos tiene en cuenta o porque nos van arrimando en las cunetas de la vida. No importa cómo estemos, no importa cuáles sean nuestros dolores y hasta nuestras angustias, cuál sea nuestra necesidad y pobreza porque El encontraremos nuestro alivio y nuestro descanso.
Pero nos dice también ‘aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’. Aprender de su mansedumbre, aprender de su amor y de su humildad, aprender de la generosidad de su corazón, aprender de El porque ese tiene que ser el camino que nosotros hagamos para ir al encuentro de los demás. Es nuestra tarea, nuestra labor, nuestra misión, lo que en verdad tenemos que reflejar en nuestra vida. Nosotros y la Iglesia, la Iglesia de Jesús que no puede ser de otra manera que a la manera de Jesús.
¿Será esa la imagen que damos? ¿Será esa la imagen de la Iglesia, que tantas veces decimos, madre de misericordia? ¿No iremos demasiadas veces montados en briosos corceles porque no nos queremos bajar de nuestro poder en lugar de ir en el humilde borrico tal como Jesús entró en la ciudad santa? Ir en el humilde borrico significa bajarnos al suelo y caminar a ras de suelo al lado de nuestros hermanos que sufren; ir a ras de suelo repartiendo siempre misericordia y amor, siendo paño de consuelo para los que sufren y siendo remedio y alivio para tantos que van atormentados por los caminos de la vida.

viernes, 10 de enero de 2020

Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?


Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?

1Juan 4, 19–5, 4; Sal 71; Lucas 4, 14-22a
Ya no les prestamos atención a las buenas noticias o será acaso que no hay buenas noticias que lleguen a nosotros. Son tantas las cosas impactantes que recibimos a cada momento a través de los medios de comunicación que quizá tendríamos que detenernos un poco y respirar cuando en medio de tantas calamidades aparece una buena noticia. Nos cansamos de todo y sobre todo, valga la redundancia, que lo que nos llega sea la mayor parte desagradable y no haga sino en abundar en las violencias que cada día nos envuelven, y no precisamente con papel de regalo. Terremotos, incendios, asesinatos, corrupción, mentiras y falsedades… son tantas las cosas que al final no queremos oír nada y si acaso llega una buena noticia queda traspapelada y perdida en ese cajón de desastres.
Es importante todo esto que voy reflexionando porque es constatar unas realidades, pero también como seguidores de Jesús tenemos que hacer que esas cosas cambien, no nos podemos conformar quedándonos con los brazos cruzados. Tenemos que aprender a destacar las cosas buenas aunque sean pequeñas e imperceptibles, porque son semillas poderosas que a la larga pueden darnos buenos frutos.
Hoy contemplamos en el evangelio que Jesús va a su pueblo de Nazaret. Desde el comienzo de su actividad pública se había establecido en Cafarnaún pero ahora vuelve a su pueblo y el sábado se presenta en la sinagoga, como era su costumbre. Le ofrecen hacer la lectura del profeta y hace el comentario. Y con la palabra del profeta en la mano les viene a decir que es el Ungido del Espíritu que trae una buena noticia para los pobres, que habrá libertad para los cautivos y que llega el año de gracia del Señor. Pero lo más importante y radical es decirles que eso ya se está comenzando a cumplir. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.
Una buena noticia que es anuncio de libertad y de perdón, una buena noticia de manera especial para los pobres y para los que se sienten cautivos, cautivos en la cárcel o cautivos en sus limitaciones, ciegos, cojos, inválidos... En aquel momento podríamos decir que aquello era revolucionario, porque era un cambio radical lo que se anunciaba. La buena noticia no era para los poderosos o los que sentían bien, la buena noticia era para los pobres y para los que sufrían. Y no era algo para otro tiempo sino que era algo para ‘hoy’. Hoy se cumple, porque allí está el ungido del Señor, el enviado con el poder del Espíritu. Comenzaba una vida nueva, comenzaba un mundo nuevo.
¿No necesitamos hoy nosotros escuchar también esa buena noticia? Pobres, cautivos, con multitud de limitaciones e imposibilidades en nuestro mundo en crisis y desorientado, en ese mundo de mentiras y de falsedad que vivimos, en ese mundo inquieto pero al que le falta la paz, que ha perdido su norte, en ese mundo en que los que se creen poderosos solo actúan desde sus intereses y les falta una visión amplia para ver lo mejor que necesita nuestra sociedad y trabajar por ello, en esa lucha de poder que vemos que cada día aflora con un matiz nuevo pero no para mejorar sino para hundirnos más en nuestras crisis que no hacen vislumbrar la posibilidad de un mundo mejor. Miremos lo que hacen los dirigentes de nuestra sociedad, veamos por el camino que nos llevan o nos quieren llevar como corderitos porque quien no piense como ellos ya no las tiene todas consigo.
Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades. Nosotros los creyentes en Jesús tenemos esa buena noticia en nuestras manos, porque tenemos el evangelio de Jesús, pero ¿qué estamos haciendo con esa buena noticia? ¿En qué se nota que nos sentimos comprometidos con ese evangelio? ¿Qué es lo nuevo que le ofrecemos a nuestra sociedad desde esos valores en los que creemos? Podría seguir diciendo o preguntándome muchas cosas, pero es hora de que cada uno nos pongamos a pensar seriamente pero seriamente a comprometernos.