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lunes, 14 de septiembre de 2026

Para nosotros la cruz así con Cristo crucificado es gloriosa, estandarte de la victoria del amor, antídoto de salvación que Dios nos ofrece con su amor

 


Para nosotros la cruz así con Cristo crucificado es gloriosa, estandarte de la victoria del amor, antídoto de salvación que Dios nos ofrece con su amor

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

Si recibiéramos, por ejemplo, una mordedura maligna y con efectos mortales a causa del veneno que transmite dicha mordedura buscaríamos inmediatamente un antídoto que contrarreste el efecto de tal veneno evitándose así la muerte o las consecuencias de tal mordedura; lo podemos llamar vacuna o el nombre que la ciencia haya querido darle, pero normalmente se producen dichos antídotos a partir del mismo veneno que se quiere contrarrestar; es lo que son las vacunas contra la gripe u otras enfermedades víricas con la que se pretende crear esos anticuerpos que contrarresten el efecto de tal virus o veneno.

Al ver la imagen de las serpientes venenosas de las que nos habla la primera lectura y como elevando aquella serpiente de bronce en medio del campamento quienes mordidos con aquella mordedura venenosa elevasen la mirada hacia aquel signo se curarían pensé en estos antídotos que se utilizan para contrarrestar los efectos venenosos. Jesús en el evangelio hace uso de esa misma imagen y nos dice que cuando Él sea levantado en lo alto, hablándonos de su muerte en la cruz encontraríamos la salvación.

¿Es la cruz la que nos dará la salvación? Es Jesús que ha sido crucificado en la cruz quien es nuestro verdadero y único salvador. Aquella que significaba tormento, sufrimiento y muerte por el amor de Jesús, que es manifestación del amor que Dios nos tiene se convierte para nosotros en camino de salvación. No es en la cruz por sí misma sino en quien por amor fue crucificado y elevado en alto donde encontraremos la salvación. El camino del amor por el cual se hizo presente en el mundo es un camino de entrega y entrega hasta el final, es la senda que recorrió Jesús y nos enseñó que ese tenía que ser también nuestro camino, pero a Él le costó la vida por parte de quienes no entendían ni querían entender ese camino de amor que nos estaba señalando Jesús, por eso para nosotros su muerte, y con ella contemplamos el suplicio que le llevó a la muerte, se convierte en signo de vida porque es el signo más grandioso del amor.

Tanto amó Dios al mundo, le estaba diciendo Jesús a Nicodemo, que nos entregó a su Hijo y Jesús nos dirá que la prueba más grande del amor es la de dar la vida por aquellos a quienes se ama. Pero para Jesús no fueron solo palabras, para Jesús fue la realidad de su vida. ¿Puede haber algo más hermoso que la ternura de Dios que se manifiesta en un pesebre que hace de cuna para Dios que se hace hombre? Y de Jesús se nos dirá que pasó por el mundo haciendo bien y así lo contemplamos en su cercanía con los pobres y con los humildes, pero con la misericordia que acoge a los pecadores y despreciados de la sociedad de entonces, en el derroche de misericordia con que cura a los enfermos y todos los que se ven impedidos de cualquier forma, así lo contemplaremos en su camino hasta el calvario bajo el peso de la cruz o pendiente de ella en lo alto cuando es crucificado.

Pero en todo eso no hay sino una sola cosa, amor. Por ese amor lo que parecía un signo de sufrimiento y de muerte se convirtió por el amor, podríamos decir así, en antídoto para la vida y salvación. No será ya por ese amor que allí se manifiesta para nosotros los cristianos la cruz en un signo de horror sino de gloria, porque allí estábamos viendo a Cristo glorificado; con orgullo queremos llevar la cruz porque así queremos darnos por amor; como signo de esa presencia del amor de Dios la tendremos presente en nuestros caminos y en nuestras casas, porque queremos que sea el signo del amor que nosotros queremos vivir.

Pero sí hay una cosa que hemos de cuidar y tener bien en cuenta y es la incongruencia que podría darse en nuestra vida si llevamos la cruz pero no vivimos en el amor y con amor. Cuidado que llevemos una bonita cruz colgada de nuestro cuello y luego seamos insolidarios y encerrados en nosotros mismos; cuidado que hagamos hermosas fiestas en honor de la cruz y sigamos manteniendo nuestras divisiones entre nosotros; cuidado que nos llamemos cristianos y hasta hacemos con frecuencia la señal de la cruz pero sigamos odiando en nuestro corazón, manteniendo rencores y resentimientos, dejándonos envolver por celos y por envidias para hacernos daños los unos a los otros y seamos incapaces de perdonar.

Es cierto que son tentaciones que como mordeduras venenosas muchas veces nos acechan en la vida, pero levantemos los ojos a lo alto, miremos a la cruz y a quien en ella está clavado, escuchemos la palabra de Jesús que perdona y disculpa incluso a los que lo están crucificando y que finalmente pone su espíritu en las manos del Padre, porque sabe que allí está un signo de amor, como la señal de que la victoria sobre el mal es el amor. Para nosotros la cruz así con Cristo es gloriosa, es estandarte de la victoria del amor en nuestra lucha contra el mal, es el antídoto de salvación que Dios nos ofrece.


martes, 24 de marzo de 2026

Levantamos nuestra mirada a lo alto de la cruz para reconocer a Jesús, para reconocer y agradecer también el don de ser hijos de Dios que nos regala su salvación

 


Levantamos nuestra mirada a lo alto de la cruz para reconocer a Jesús, para reconocer y agradecer también el don de ser hijos de Dios que nos regala su salvación

Números 21, 4-9; Salmo 101; Juan 8, 21-30

Una pregunta que alguna vez en  la vida o quizás con más frecuencia nos hacemos es preguntarnos por nuestra identidad, ‘¿Quiénes somos?’, porque de alguna manera es preguntarnos por el sentido y por el valor de nuestra vida, pero de nuestra vida concreta, con sus propias circunstancias, con su propia historia, y acompañada ¿por qué?, por nuestros sueños que es en cierto modo lo que queremos que sea nuestra vida.

La pregunta puede parecer fácil, pero quizás no siempre sabemos responderla, porque nos podemos quedar en superficialidades, o nos costará tanto la respuesta que lo veamos todo oscuro y entonces sería como un andar en un sin sentido, o nos queremos engrandecer tanto que al final nos damos cuenta que tenemos los pies de barro y no podemos abarcar más de lo que realmente somos.  ¿Qué respuesta nos podemos dar?

Detrás de esa pregunta fundamental anda el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. A los judíos a fin de cuentas les costaba entender quien era Jesús. Los propios discípulos hay muchos momentos en que dudan, no lo tienen tan claro, a pesar de aquel momento allá en Cesarea de Filipo cuando Jesús les pregunta por una parte lo que la gente dice de Él, pero luego más directamente lo que ellos piensan de Jesús. Se quedaron en tanto paralizados sin saber qué responder y como siempre sería Pedro el que tomaba la voz cantante para responder. Dará una respuesta que merece el elogio de Jesús, pero que también le dirá que si ha sido capaz de dar aquella respuesta no ha sido por sí mismo sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en el corazón.

En la confusión que se crea en la mente de los judíos entre decir que era un profeta o que era el Mesías, que era un simple galileo que en ninguna escuela rabínica había estudiado y todo cuanto decían en contra de Jesús los fariseos y principales dirigentes, la gente no sabe a qué quedarse. Es más, las palabras de Jesús algunas veces les crean confusión para las ideas que ellos tenían de lo que había de ser el Mesías. Ahora habla de una marcha en que le buscarán y no lo encontrarán pero habla también de una exaltación donde llegarían a conocer y reconocer quién es en verdad Jesús.

Y les habla Jesús que había de ser elevado a lo alto y allí lo reconocerían. Y hace comparación con aquello sucedido en el desierto cuando se rebelan contra Dios y contra Moisés pero una invasión de serpientes  pone en peligro sus vidas. Una serpiente de bronce había de ser levantada en algo para que aquellos que se arrepentían encuentren de nuevo la salud liberándose del veneno de aquellas serpientes.

Ahora dice Jesús que lo mismo que Moisés puso en alto aquella serpiente de bronce como un signo, así el Hijo del Hombre había también de ser levantado en algo y quienes ponen su fe en Él encontrarán la salvación. Precisamente porque estaban llenos de dudas y no terminaban de creer en la palabra de Jesús se sentían así de confusos. ‘Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados’. Les costaba creer que les hablaba del Padre y que ahí estaba precisamente el sentido del Reino de Dios que Jesús les estaba anunciando.

Era necesario creer en Jesús, poner toda nuestra fe en Jesús, y al ser elevado a lo alto de la cruz llegaremos a comprender de verdad lo que es el amor, lo que significa la salvación que Jesús nos viene a traer. De quienes menos pensaban que podían hacer una hermosa confesión de fe, es de quien escuchamos ese reconocimiento de Jesús. Será el ladrón que está a su lado en el mismo suplicio el que le pedirá que se acuerde de él cuando llegue a su Reino; y será un centurión romano, en consecuencia un gentil, el que confesará la inocencia de Jesús o lo que es lo mismo la grandeza de Dios que allí aquella tarde del viernes se podía estar contemplando. Ya Jesús había dicho que los últimos serían los primeros.

Si comenzábamos nuestra reflexión pensando en quienes somos, que era algo más que una pregunta retórica, hemos terminado reconociendo en verdad quien es Jesús y el sentido de la salvación que nos ofrece; venimos a concluir también nuestra grandeza por la fe que tenemos en Jesús porque en Él hemos recibido el don de ser hijos de Dios, como nos decía ya Juan al principio de su evangelio.


martes, 8 de abril de 2025

Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado

 


Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado

Números 21, 4-9; Salmo 101; Juan 8, 21-30

Y tú, ¿quién te crees que eres?, quizás hemos reaccionado alguna vez ante alguien de quien pensábamos que se arrogaba unas atribuciones que no le correspondían. Nos cuesta aceptar a los demás, y nos cuesta aceptarlos cuando se manifiestan con autoridad o queriendo manifestarnos que saben lo que hacen. Son las desconfianzas podríamos decir normales que algunas veces surgen, en ocasiones porque estamos escarmentados de engaños y de vanidades, o porque queremos estar seguros de en quien confiamos.

¿Les costaba aceptar a Jesús como Mesías a sus contemporáneos? ¿Realmente entenderían lo que Jesús quería decirles dadas las prevenciones y los prejuicios que tenían sobre lo que tenía que significar el Mesías? La gente sencilla le seguía porque sentían que renacían sus esperanzas; los que se creían más entendidos y que quizás se habían rodeando de ciertos privilegios pasaban por una criba las palabras y los gestos de Jesús no queriendo entender ni aceptar lo que Jesús les decía que en cierta manera trastocaba muchas costumbres y rutinas sobre las que habían edificado su vida. Por eso le preguntaban ‘¿y quién eres tú?’ algo así como aquello que nos decíamos al principio ¿y quien te crees que eres tú?

Como nos cuenta entender a nosotros cuando nos sacan de nuestras rutinas de siempre, cuando se nos hacen planteamientos nuevos, cuando vemos con toda su crudeza la radicalidad del evangelio que nos exige cambios profundos en nuestra vida que nos den más autenticidad a lo que hacemos y vivimos, a nuestra manera de vivir nuestro sentido religioso. No queremos cambios, son revolucionarios para nosotros y siempre le tenemos miedo a las revoluciones porque parece que vienen cargadas de violencia. Pero lo que Jesús nos trae no es violencia que destruye, es fuego que nos transforma, es agua nueva que nos revitaliza cuando tan muertos estamos, cuando nos ilumina haciéndonos encontrar la verdadera luz porque muchas veces solo nos dejamos iluminar por luces ilusorias que se convierten en opacas. La violencia tenemos que hacérnosla a nosotros mismos para salir de esa vida anquilosada en que vivimos.

Les era difícil en ocasiones entender las palabras de Jesús. Ahora les habla de que se irá a donde ellos no pueden ir, de que lo buscarán y no lo encontrarán, palabras para las que hay que tener una sensibilidad especial para entenderlas, una sensibilidad nacida de la confianza y de la fe en El que les faltaba. Finalmente les dirá que cuando sea elevado en alto entonces comprenderán quien es.

Una referencia en cierto modo a lo que hemos escuchado en la primera lectura de aquel episodio acaecido en el desierto; en la reticencia con que muchas veces caminaban en aquellas largas jornadas de desierto se ven atacado por unas serpientes venenosas; acuden a Moisés, acuden a Yahvé, y Moisés levanta en algo aquella serpiente de bronce en medio del campamento como un signo o como señal; sienten sobre ellos la misericordia del Señor, no mueren como consecuencia de la mordedura de aquellas serpientes; todo ello va a ser un signo profético al que ahora hace referencia Jesús; será El quien va a ser levantado en algo, referencia a su muerte en Cruz, y entonces en verdad podrán comprender el sentido de su vida, podrán comenzar a creer en quien da su vida por nosotros aunque seamos pecadores.

‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.

Por eso nosotros levantamos nuestros ojos hacia lo alto del madero, porque sabemos bien quien es el que allí está crucificado. Ahí comprendemos todo el misterio de Dios que se manifiesta en Jesús, ahí comprendemos toda la autoridad de Jesús que dio su vida por nosotros, ahí comprendemos quien es Jesús que es nuestro Salvador. A los judíos les costaba entender estas palabras de Jesús pero el evangelista nos dice sin embargo que a partir de ese momento muchos creyeron en El. Una sintonía especial para creer en Jesús; como la tuvo aquel centurión romano que tras la muerte de Jesús en la Cruz proclama que quien ha muerto allí es el Justo, que viene a decir que es nuestro Salvador.

Tratemos de conocer más a Jesús, entremos en su sintonía, para dejarnos transformar por esa fe que en El ponemos.

martes, 5 de abril de 2022

Está ya cercana la Pascua, busquemos de verdad al que va a ser levantado en lo alto donde encontramos la Salvación

 


Está ya cercana la Pascua, busquemos de verdad al que va a ser levantado en lo alto donde encontramos la Salvación

Números 21, 4-9; Sal 101; Juan 8, 21-30

Hay ocasiones en que parece que no terminamos de ponernos de acuerdo entre lo que buscamos y aquello que realmente se nos puede ofrecer; equivocamos el camino, equivocamos la búsqueda, entramos en confusiones desde nuestros particulares intereses, o desde la influencias que recibimos de nuestro entorno, entre lo que son nuestras expectativas desde nuestros particulares intereses o manera de ver las cosas y lo que realmente nos vamos a encontrar.

Así andaban los judíos con Jesús; tenían su particular visión de lo que había de ser el Mesías que tanto ansiaban y esperaban, y lo que realmente estaba anunciado por la Escritura. Lo vemos incluso entre los discípulos más cercanos a Jesús que andan con sus intereses, que se pelean en sus discusiones por quien había de ser el más importante en ese reino nuevo instaurado por el Mesías, que en sus ambiciones se valen de sus propios familiares a ver si pueden conseguir un lugar importante en ese Reino que veían como tan inminente desde las propias palabras de Jesús, que aun andaban cuantificando cuanto habían puesto de su parte y cuál iba a ser la recompensa en ese Reino nuevo. No terminaban de entender lo que era el Reino de Dios anunciado por Jesús, y desde sus expectativas y la imagen que se habían creado en sus cabezas, así andaban ahora con sus ambiciones.

Si así les pasaba a los discípulos más cercanos que escuchaban directamente las enseñanzas de Jesús y sus especiales explicaciones para ellos, qué no iba a suceder en la gran masa de los judíos que además se veía manipulada por sus dirigentes. De ahí, esas discusiones que escuchamos de Jesús con los judíos ahora que ha subido a Jerusalén para la ya cercana pascua.

Jesús les dice claramente que andan en una confusión, que no acaban de entender, ellos se preguntan y le preguntan ‘entonces ¿Quién eres tú?’ Y Jesús ahora, sin que casi se lo pidan aunque ya habría otros momentos en que con insistencia pedían una señal para creer en El, les ofrece una señal, aunque no terminan de entender. ‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.

Una referencia a lo sucedido en el camino del desierto cuando fueron mordidos por las serpientes y muchos morían. Entonces también las mentes habían estado muy cerradas para no ser capaces de ver la mano de Dios que les iba conduciendo por el desierto. Como una prueba aquella invasión de serpientes en medio del campamento les hizo recapacitar para volverse de nuevo a Dios. Y Moisés les ofrece la señal de la serpiente de bronce levantada en medio del campamento, Les recordaba su pecado pero les había mirar lo que era la misericordia de Dios que les liberaba de tantos males mientras los conducía hacia la tierra prometida aunque la travesía del desierto fuera demasiado dura.

Ahora Jesús les habla del que va a ser levantado en lo alto, como aquella serpiente de bronce un día se levantara en medio del campamento; entonces le reconocerían, entonces podrían comenzar a pensar en Jesús de otra manera. Aunque no todos lo vieran y reconocieran, pero así fue levantado en alto el Hijo del Hombre, que sería la gran señal, la más hermosa prueba de lo que era el amor de Dios por nosotros que no paró hasta entregarnos a su propio Hijo.

Nosotros en estos días que se acercan vamos a levantar muchas veces nuestros ojos al Crucificado; muchas imágenes de Cristo en la cruz van a pasar delante de nuestros ojos y vamos a contemplar. Pero ¿qué es lo que vamos a contemplar? No es una pregunta baladí la que me estoy haciendo. Contemplaremos imágenes que nos moverán a nuestro fervor; contemplaremos imágenes ante las que nos quedaremos impresionados por su realismo o por su belleza; contemplaremos imágenes y nos podemos quedar en bellos crucificados, imágenes artísticas que nos hacen quedarnos en su arte o quizá en sus adornos… ¿Qué es lo que vamos a contemplar? ¿A quien vamos a contemplar?

Necesitamos una seria reflexión en este camino cuaresmal de preparación. Tenemos que aunar de verdad lo que buscamos y queremos contemplar con lo que Dios nos ofrece en el Jesús del evangelio.

martes, 14 de septiembre de 2021

Miramos a lo alto de la cruz porque solo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo y arrancará de nosotros ese veneno del mal para llenarnos de su vida nueva

 


Miramos a lo alto de la cruz porque solo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo y arrancará de nosotros ese veneno del mal para llenarnos de su vida nueva

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

Nunca estamos satisfechos, de todo nos quejamos; siempre tenemos una queja o una crítica que hacer; aunque quizás nuestras cosas hayan cambiado para mejor, todavía queremos más. Andamos muchas veces como rebeldes por la vida. Hay también algo dentro de nosotros que no nos satisface y queremos algo mejor.

Por una parte puede estar nuestro espíritu de superación, nuestro espíritu inquieto que desea lo mejor y no nos contentamos con lo conseguido sino que queremos algo mejor, pero está también nuestro espíritu rebelde, que no lo hace por superación, sino porque siempre queremos ir a la contra y no estamos de acuerdo con aquellos que llevan la responsabilidad; es cierto que hay que exigir lo mejor, pero también hay que constatar los pasos que damos y que nos sirvan de estimulo para que seamos nosotros también los que pongamos de nuestra parte; nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho y muchos interesados casi nos camelan con algunas cosas para tenernos contentos, pero vete a saber lo que hay por detrás.

Algunas veces nos tocan momentos duros, difíciles, donde las cosas no marchan como nosotros quisiéramos o aparecen nuevas situaciones que nos lo revuelven todo. Como nos está sucediendo ahora con la situación que vivimos, y que muchas veces no sabemos a quien acudir, quien nos puede dar soluciones, quien nos ayudará de verdad a salir de donde estamos. Como nos puede suceder en tantas situaciones de sufrimiento por un motivo o por otro por donde tenemos que pasar tantas veces en la vida. No nos gusta sufrir y es algo que llevamos muy mal, muchas veces hasta podemos caer en la desesperación.

Quizá también se nos meten por medio muchas serpientes que enredan, que nos envenenan, que crean en nosotros situaciones difíciles; o quizá la serpiente la llevamos dentro de nosotros con nuestra malicia, con nuestras desconfianzas, con nuestros deseos de vivir bien sea como sea, con las apetencias que se nos meten en el corazón, con las vanidades con que podemos ir envolviendo nuestras vidas, con nuestros orgullos o con nuestras violencias. El mal se nos mete en el corazón, y con ese mal queremos muchas veces envenenar también a los demás. Con nuestra malicia manifestada de mil maneras podemos ser serpiente que envenene a los que nos rodean.

Me ha dado pie a toda esta reflexión lo que hoy se nos ofrece en lectura del libro de los Números. El pueblo caminaba por el desierto, lo que ya de por sí era algo bien duro, pero en búsqueda de la libertad; el Señor los había liberado de Egipto y los había hecho pasar el mar Rojo, ahora tenían que atravesar todo el desierto del Sinaí para llegar a la tierra que Dios les había prometido. El camino era duro y venían momentos de cansancio y desaliento, con deseos incluso de volverse a Egipto o haberse quedado en Egipto. Y de ese camino duro que les llevaba a la libertad como pueblo ahora se quejan y se rebelan contra Dios.


Como una imagen se nos habla de una invasión de serpientes en el campamento que les muerden y les envenenan llevándoles a muchos a la muerte. Algo que pudo suceder, pero que es imagen del estado de ánimo interior por el que iban pasando. Y aunque rebeldes contra Dios al final acuden a Yahvé que les libere de aquellas serpientes; como una señal había de levantarse en medio del campamento como en un estandarte la imagen de una serpiente. Era un reconocimiento de su mal ánimo pero una señal de liberación interior.

Toda esta reflexión nos la estamos haciendo en la fiesta litúrgica de la exaltación de la santa Cruz en este 14 de septiembre. Y en el texto que se nos ofrece en el evangelio, final de las palabras entre Jesús y Nicodemo, Jesús nos propone precisamente esa imagen de la serpiente levantada en lo alto. Pero ahora no será la serpiente, sino que Jesús nos dirá que será el mismo el que sea levantado en lo alto, a la manera de aquella serpiente que levantó Moisés en el desierto, porque es en El en quien encontramos la salvación.

Decíamos antes que lo que nos sucede nos hace andar desorientados, sentimos que el mal se nos ha metido en el corazón y está envenenando nuestro mundo, no nos sentimos satisfechos con el camino que hacemos y en el fondo todos queremos algún tipo de liberación. Pero no es una liberación cualquiera la que nos ofrece Jesús. No se trata de que nos aparezca un líder en nuestro mundo y nos dé caminos de soluciones a los problemas que tengamos; no son esas soluciones parciales las que necesitamos, sino algo más hondo que se produzca de verdad en el interior del hombre, en el corazón de la persona.

Como nos dirá Jesús en otra ocasión, es de dentro, del corazón de donde salen los malos deseos y toda clase de mal; pues es ese corazón el que tenemos que cambiar. Y nosotros miramos a Jesús, el que está levantado en alto, al que contemplamos en una cruz para señalarnos y decirnos como desde un amor como el que tuvo El por nosotros es como encontraremos esos caminos de liberación, esa transformación del corazón.

Miramos a lo alto de la cruz, como decimos en la tarde del Viernes Santo, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Es lo que hoy queremos celebrar, porque sólo Jesús es nuestro salvador, sólo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo, sólo Jesús es el que arrancará de nosotros ese veneno del pecado, del mal, del sufrimiento, del odio y del desamor para llenarnos de su gracia, para llenarnos de su vida nueva.

Serán duros los caminos que vamos haciendo en la vida, o mejor con nuestro veneno hemos hecho duro ese camino porque nos hemos llenado de mal, pero sabemos donde encontramos la salvación. Miramos a la cruz y miramos a Jesús. Nos sentiremos renovados por su amor que es gracia y salvación para nosotros. Nos sentiremos transformados por su amor y comenzaremos a amar con un amor semejante porque así es como llevaremos esa liberación verdadera a nuestro mundo.

martes, 23 de marzo de 2021

Vamos a mirar muy bien cuando sea levantado en lo alto para descubrir todo el misterio de Jesús, encontrar respuesta a la pregunta que hacemos y conocer a Jesús por su amor y por su entrega


 

Vamos a mirar muy bien cuando sea levantado en lo alto para descubrir todo el misterio de Jesús, encontrar respuesta a la pregunta que hacemos y conocer a Jesús por su amor y por su entrega

Números 21, 4-9; Sal 101; Juan 8, 21-30

Si queremos conocer en verdad a una persona no nos fijamos solo en las apariencias ni incluso en las cosas que pueda decirnos de sí misma; claro que conocer a una persona es creer en ella y hemos de saber dar un margen de confianza viendo y escuchando lo que dice pero es algo más hondo que unas palabras lo que nos puede llevar a ese conocimiento de la persona. Por eso lo normal es fijarnos en su vida, cómo vive, cómo actúa en las diferentes circunstancias y como siempre estamos queriendo poner a prueba o lo que es lo mismo pedir pruebas nos fijamos en los momentos duros que viva esa persona porque será cuando mejor la conozcamos.

Damos por supuesto que nos acercamos a la persona con todo respeto porque es meterse en el ser de alguien que cada uno manifiesta a quien quiere o con quien más confianza tiene, pero tenemos que apuntar también la sinceridad con que nosotros nos acercamos, sinceridad que es poner a juego la autenticidad nuestra como personas.

Hoy en el evangelio vemos que directamente le preguntan a Jesús ‘y ¿quién eres tú?’ una pregunta que de una forma o de otra está en el fondo del mensaje de todo el evangelio. En ocasiones formulada así de forma directa pero que en el fondo está siempre presente en la mente de los judíos de su época, como puede sigue estando presente en los hombres de todos los tiempos. Aquellas reacciones, por ejemplo, de las gentes de su pueblo Nazaret cada vez que Jesús se acerca por allá, en que mencionaban a sus padres, a José el carpintero, o a sus parientes más cercanos que probablemente sigan viviendo por allá es un poco querer recordar o resaltar lo que es la identidad de Jesús.

Ahora preguntan porque en cierto modo se sienten desconcertados. Desconcertados entre lo que la mayoría piensa de Jesús que no ha habido nadie que haya hablado igual ni tenido el poder espiritual con que Jesús se manifiesta, mientras los principales del pueblo, los dirigentes judíos y entre ellos los fariseos, y los escribas, y los sacerdotes y los distintos grupos están en oposición manifiesta en contra de Jesús que incluso se rumorea que están intentando apresarle para quitarlo de en medio.

Pero están las palabras de Jesús que no terminan de entender porque están queriendo comprender que Jesús se manifiesta en verdad como hijo de Dios, enviado por el Padre con una misión muy concreta. Si fuera el Mesías prometido como algunos ya incluso se atreven a insinuar, nunca habían escuchado que el Mesías se presentara como el Hijo del Padre; pero por otra parte están los signos que realiza, porque nunca nadie ha visto cosa igual y son signos que manifiesta el poder de Dios que se hace presente en las obras que Jesús hace. ‘¿Quién eres tú?’ le preguntan, ¿Quién es este hombre? a su vez se preguntan a sí mismos, porque barruntan que tiene que ser un profeta bien poderoso.

¿Será acaso la pregunta que también nosotros llevamos en el corazón y que de alguna manera no nos atrevemos a decir en voz alta? Porque aunque nos decimos cristianos – discípulos y seguidores de Jesús – no siempre vemos las cosas claras y en nuestro interior también pueden aparecer dudas y preguntas que algunas veces no sabemos ni como expresar. ¿Será la pregunta que nosotros le hagamos también directamente a Jesús? Ese puede ser un camino verdadero de oración, para dejarnos enseñar, para dejarnos conducir, para ir con total sinceridad, con apertura del corazón, con humildad.

Y Jesús nos dice hoy que cuando sea levantado en lo alto entonces sabrán bien quién es El. Ya sabemos que el centurión romano que dirigía el operativo de la crucifixión de Jesús al final terminará reconociendo ‘este hombre era inocente’.

Pero ya reflexionábamos antes diciéndonos que en los momentos duros es cuando mejor conocemos a las personas porque sabremos de las verdaderas motivaciones de su vida, veremos el por qué de su vida que le puede llevar a momentos tan trascendentales, la manera madura de actuar y de reaccionar ante esos momentos difíciles. Por eso vamos a mirar muy bien cuando sea levantado en lo alto para descubrir todo el misterio de Jesús, para encontrar la respuesta a esa pregunta que hacemos, para conocer a Jesús por su amor y por su entrega, para conocer bien el motivo de su cruz y de entregar su vida.

Miremos a lo alto como miraban los judíos en el desierto a lo alto de aquel estandarte de la serpiente de bronce para descubrir lo que era el amor y la misericordia del Señor que les perdonaba una y otra vez a pesar de sus infidelidades, y ahora nosotros mirando a lo alto de la cruz descubriremos toda la hondura de lo que es la misericordia del Señor. Y es que ahí en lo alto de la cruz estaremos descubriendo el verdadero rostro de Dios, que siempre es de amor y de misericordia. ¿Moverá eso algo nuestra vida?

domingo, 14 de marzo de 2021

Dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación

 


Dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

La historia de las personas y de los pueblos suele estar marcada por experiencias vividas con gran intensidad y que de alguna manera le dan como un sello de identidad, ya sea la persona, ya sea la comunidad. Todos hemos tenido momentos importantes en la vida que nos han marcado, que no podemos olvidar, que nos señalan de alguna manera un antes y un después; y como lo decimos de los individuos lo decimos de la sociedad, lo decimos de nuestros pueblos. Acontecimientos de la historia que han marcado del devenir de nuestros pueblos que no son los mismos antes o depuse de tales acontecimientos.

Durante siglos España estuvo marcada por el acontecimiento del viaje de Colon y el descubrimiento de un nuevo mundo América, de manera ha sido momento de división o de encuentro de diversas etapas de la historia, pasar de la edad media a la edad del renacimiento o edad moderna fue algo que marcó no solo la historia de España sino del mismo mundo.

Igualmente acontecimientos más recientes en el devenir de nuestra historia por su gravedad, por todas las circunstancias que concurrieron a su alrededor han marcado la historia de España en el último siglo. Individualmente todos recordaremos también hitos importantes de nuestra historia personal que han dejado huella en nuestra vida.

En la historia de la salvación, siguiendo la historia del pueblo de Dios, el pueblo de Israel también hubo momentos que determinaron su historia y su vida. Un primer momento fue la liberación de Egipto con el paso del mar Rojo; por eso cada año celebraban la Pascua, el paso del Señor, el paso de liberación y salvación. Pero otro fue el momento en el destierro y cautividad de Babilonia; ese sería el momento de la fidelidad de Dios para con su pueblo; a pesar de las infidelidades del pueblo que les había llevado a desastre y a la pérdida, en cierto modo, de su identidad como pueblo, Dios se mantuvo fiel a la Alianza que había hecho con su pueblo y así obtendrían un día de nuevo la liberación. De ello nos ha hablado la primera lectura de hoy.

Pero son dos momentos, vividos espiritualmente en la Pascua de Jesús, la liberación y la fidelidad de Dios, los que siguen estando presentes en nuestra historia de salvación. Son los que mantienen viva nuestra fe, como respuesta a esa fidelidad de Dios. Es lo que nos hace celebrar nosotros cada año la Pascua de Jesús como signo de esa liberación que nosotros hemos de vivir también, pero como camino de fidelidad en nosotros a imagen de la fidelidad de Dios para con su pueblo.

San Pablo nos ha hablado hoy maravillosamente de ello en la lectura de la carta a los Efesios. Nos habla de la misericordia de Dios que permanece inalterable a pesar de nuestras infidelidades y pecados; una misericordia que nos llena de esperanza porque no nos sentiremos castigados para siempre sino que en la entrega de Jesús sabemos que tenemos el perdón y la gracia, el regalo de la vida de Dios que nos ofrece. 'Por gracia estáis salvados, mediante la fe’, nos dice. ‘Y esto no viene de nosotros, sino que es un don de Dios’. No podemos cansarnos de dar gracias, una y otra vez nos ponemos en camino del encuentro con la misericordia.

Y el evangelio que hoy escuchamos es el culmen de todo ese maravilloso mensaje. Nos encontramos ante una de las páginas más bellas y más profundas de todo el evangelio. Casi no es necesario hacer mucho comentario. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’.

Son las palabras de Jesús a Nicodemo, aquel hombre principal entre los judíos que fue de noche a ver a Jesús. En la oscuridad de la noche encontró la luz. Qué hermoso el juego de imágenes que Juan nos ofrece en el evangelio. Son las palabras que a nosotros nos iluminan también y nos llenan de esperanza. No nos sentiremos condenados para siempre porque Jesús no viene a condenar sino a salvar. Cómo se regocija nuestro espíritu, cómo nos sentimos impulsados a vivir en la fidelidad, cómo queremos renovar la alianza una y otra vez en nosotros.

Tenemos que rumiar estas palabras una y otra vez en nuestro corazón en este camino que estamos haciendo de preparación para la celebración de la Pascua. Cómo sentimos el gozo de la fidelidad de Dios que mantiene su alianza a pesar de que tantas veces nosotros la hemos roto con nuestro pecado. Cómo tenemos que intensificar los pasos que vamos dando en este camino cuaresmal para que se realice en nosotros esa renovación pascual.

Recordemos esos hitos de nuestra historia personal en que en diversos momentos de la vida hemos vivido con especial intensidad en nuestra vida la misericordia del Señor. Todos hemos tenido alguna vez noches oscuras, momentos oscuros de nuestra vida, momentos en que nos hemos sentido rotos por dentro pero que un día apareció de nuevo la luz en nuestra vida para recomenzar a vivir de forma distinta. Esas experiencias de Dios que hemos tenido no las podemos olvidar de ninguna manera porque han marcado nuestra vida y porque siguen siendo motores que nos ayuda a vivir en la fidelidad y en el amor.

lunes, 14 de septiembre de 2020

En el duro camino de la vida, en el camino de la fe que en ocasiones se nos llena de oscuridades la Cruz es la enseña del amor y es la bandera de nuestra esperanza

 


En el duro camino de la vida, en el camino de la fe que en ocasiones se nos llena de oscuridades la Cruz es la enseña del amor y es la bandera de nuestra esperanza

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

Los caminos de la vida en ocasiones se nos hacen duros y costosos, se nos llenan de dificultades, de sombras; todo lo que signifique ascensión – y así ha de ser siempre el camino de la vida – entraña esfuerzo, sacrificio, porque cada paso que demos ha de tener mayor altura dejando atrás muchas cosas. En ocasiones nos cansamos, aunque tengamos clara cual es nuestra meta; quizá no la alcanzamos a ver, pero sabemos que ahí está y que tenemos que esforzarnos por alcanzarla.

Al decir estas palabras me veo a mi mismo subiendo a una montaña con el ansia de llegar a la cima aunque nos cueste, y digo me veo subiendo a una montaña como tantas veces ascendí a lo más alto de nuestro Teide, quizá sintiendo el vértigo de la altitud pero queriendo poner todo mi esfuerzo por alcanzar la cima. Allí en lo alto estaba la meta. Siempre hay una esperanza en nuestra vida.

Es una imagen con la que he querido iniciar esta reflexión que por una parte me hace mirar la referencia de la primera lectura que nos habla del pueblo hebreo en la larga y costosa travesía por el desierto. Muchos cansancios, muchas carencias y dificultades, muchas luchas que tuvieron que mantener incluso con los pueblos por los que hacían la travesía, la dureza y sequedad del desierto en que escaseaba el agua o se veían atacados por plagas como en el caso a que hoy se hace referencia de las serpientes venenosas; muchos momentos de dudas, de deseos de volver atrás o de no haber emprendido aquella aventura por la libertad, muchas protestas incluso contra Dios. ¿No nos pasa a nosotros igual muchas veces en nuestras luchas? ¿Habremos perdido alguna vez la esperanza?

Moisés levantó como un estandarte en medio del campamento aquella señal de la serpiente para que mirando hacia lo alto su mirada fuera más allá para poner toda su confianza en el Señor. Aquel estandarte como a los soldados en la batalla les dio valor para seguir adelante y se sentían sanados y salvados. Pero todo eso se convierte en un signo para nosotros. Jesús hace referencia a ello en el evangelio que escuchamos. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’. Así renace en la cruz para nosotros la esperanza.

‘Así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre’, nos dice. Hoy estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y hacia ella nosotros elevamos nuestros ojos. Pero miramos a la cruz para ver quien en ella está crucificado. Porque es Jesús quien es nuestro Salvador y hacia El elevamos nuestros ojos. La cruz se convierte para nosotros en ese estandarte, como lo de la serpiente en el desierto o como la bandera que llevan los soldados en la batalla que levanta su ánimo para la lucha y se sienten fuertes.

Es lo que nosotros necesitamos en ese camino de ascensión, como decíamos al principio para que no desistamos en nuestro empeño, en nuestro esfuerzo. Frente a los momentos de desánimo que podamos sentir en la lucha de la vida de cada día, frente a esos momentos de decaimiento en que nos parece que nos sentimos sin fuerzas para seguir avanzando, frente a esos momentos en que parece que todo está en contra nuestra y las dificultades se multiplican, frente a esos momentos de oscuridad en que nos llenamos de dudas o en que nos cuesta ver con claridad hacia donde vamos, tenemos ante nosotros la enseña, el signo, la bandera de la cruz que nos está gritando la Buena Nueva de la Salvación que nos viene por Jesús. Es el signo del amor y es la bandera de la esperanza.

No miramos la cruz como signo tenebroso y de muerte. A muchos no les gusta que le hablen de la cruz, olvidándose quizá de la cruz que llevan en su carne día a día, porque además siempre en nuestra vida estará presente el sufrimiento. A muchos les parece cruel y sanguinario el signo de la cruz, pero se olvidan del amor que en ella puso Jesús para ser nuestra salvación. No hay amor más grande. La cruz para nosotros significa el amor más grande. Y El se dio con el amor más grande, porque entregó su vida, porque se dio totalmente por nosotros pasando por la cruz y por la muerte pero a quien contemplamos para siempre resucitado y glorioso.

martes, 21 de abril de 2020

Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo y así queremos nacer de nuevo poniendo amor en nuestra vida


Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo y así queremos nacer de nuevo poniendo amor en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 7b-15
‘Tenéis que nacer de nuevo’, nos insiste hoy Jesús en el evangelio. No es tarea fácil. Como hemos comentado muchas veces el seguimiento de Jesús no es cuestión de arreglitos sino de radicalidad, de vida nueva.
Ya sabemos que cuando andamos con componendas porque queremos quedar bien con todos, al final no quedamos bien con ninguno. Así como en la vida tenemos que mostrarnos con sinceridad, con veracidad, con autenticidad, manifestando como somos, lo que son nuestros planteamientos y nuestros ideales, no buscando agradar a este o al otro para que todos queden contentos. El que no se manifiesta auténticamente como es pretende engañar, está llenando de mentira su vida, quien no es totalmente congruente en lo que realiza al final será rechazado porque se descubrirá su engaño, su falsedad y eso es algo que es rechazable.
El cristiano que sigue a Jesús es que en El ha descubierto la verdad de su vida. El evangelio de Jesús se convierte en su meta y en su ideal, aunque se sabe débil y pecador, pero estará siempre en un estado de crecimiento, de superación, de maduración espiritual en su vida. Claro que no es una cosa que logremos de la noche a la mañana, sino que es un proceso que vamos realizando día a día. Igual que toda persona madura es una persona reflexiva, una persona que se examina a sí mismo, que se traza metas por las que lucha, así tenemos que ser maduros en nuestro seguimiento de Jesús.
Reconocemos que no es fácil, que nos cuesta, que exige un esfuerzo, una ascesis día a día, pero su meta es vivir la vida de Cristo. Ya llegaría a decir san Pablo que no vivía él, sino que era Cristo quien vivía en él. Así se sentía identificado, así se había transformado, así había nacido de nuevo, como nos dice hoy el evangelio. Es arrancar todo lo que hay de muerte en nosotros para llenarlo de la vida de Cristo. Lo que nos exige darle hondura a la vida, hacernos reflexivos como decíamos antes, porque tenemos que ir confrontando cada día nuestra vida con el sentido del evangelio. Nos hace escuchar allá en lo  hondo del corazón, nos hace abrirnos a la Palabra de Dios.
Y todo porque nos sentimos cautivados por Cristo. Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo. Y así queremos poner amor en nuestro corazón, en nuestra vida, en lo que hacemos, en esa nueva manera de relacionarnos con los demás, en esa exigencia que tenemos dentro de nosotros mismos para no dejarnos nunca arrastrar por la desgana, para no dejar enfriar ese amor contagiándonos de la insolidaridad de tantos, en esos pasos que día a día damos para purificarnos por dentro para no caer en la fatuidad del materialismo de nuestro mundo, en esa forma intensa de vivir la vida.
Lejos de nosotros toda superficialidad, lejos de nosotros los paños calientes como se suele decir. Y lo podremos realizar porque Jesús nos ha dado su Espíritu, que es nuestra fuerza y nuestra luz, que es la fuente de nuestro amor y el motor de nuestro vivir. El testimonio lo tenemos claro en lo que querían vivir aquellas primeras comunidades cristianas como nos hablan hoy los Hechos de los Apóstoles.
Nosotros queremos mirar al que ha sido elevado a lo alto porque desde lo alto nos enseña lo que es la verdadera entrega y el amor más auténtico. Hoy termina diciéndonos el evangelio que ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’.
Lo acabamos de contemplar en la celebración del misterio pascual de Cristo. En nuestra mente y en nuestro corazón está muy presente al que fue clavado en lo alto del madero y hacia El miramos porque sabemos que de ahí nos viene la salvación. Pero a ese crucificado lo contemplamos resucitado, porque es el Señor vencedor del pecado y de la muerte que a nosotros nos llena de vida, a nosotros nos quiere hacer vivir su misma vida. Y para eso, como comenzamos diciendo, tenemos que saber nacer de nuevo.

martes, 31 de marzo de 2020

Lo que nos está sucediendo hoy puede ser el gran signo de nuestra cuaresma que nos haga salir de tantas oscilaciones como tenemos en la vida y nos lleve de verdad a la pascua


Lo que nos está sucediendo hoy puede ser el gran signo de nuestra cuaresma que nos haga salir de tantas oscilaciones como tenemos en la vida y nos lleve de verdad a la pascua

Números 21, 4-9; Sal 101; Juan 8, 21-30
Ya quisiéramos que el camino de nuestra vida lo pudiéramos describir como una línea recta que a lo sumo tiene una progresiva ascensión como significativo de ese crecimiento que ha de tener toda vida humana, un camino llano sin dificultades sin oscilaciones que puedan indicar dificultades u obstáculos que haya sido de fácil recorrido. Pero bien sabemos que la realidad no es así, que hay muchas oscilaciones indicativas de altos y bajos que nos aparecen en la vida, con momentos de facilidad y euforia, pero con momentos de decaimiento, pero también de numerosos tropezones.
Miremos lo que hemos recorrido en la vida y veremos que esa ha sido nuestra realidad en todos los sentidos. Ya necesitaríamos en esos momentos difíciles algo que nos haga mirar hacia arriba y nos eleve para encontrar las mejores metas y encontremos también la fuerza para alcanzarlas.
El texto que nos ofrece hoy la liturgia, por ejemplo en la lectura del antiguo testamento, eso mismo trata de describirnos. Se habían visto liberados de la esclavitud de Egipto y su camino era un camino de libertad y hacia la libertad de constituirse como pueblo, pero el camino no era fácil; ante ellos se habrían duras jornadas de desierto, como un día se habían encontrado un mar por medio que tenían que atravesar, o había sido dificultoso el camino a través de las montañas del Sinaí.
Y aparecía entonces la tentación de añorar los tiempos pasados que aunque los vivieron en esclavitud les parecían mejores que lo que ahora vivían porque al menos tenían cebollas y puerros para alimentarse. Por eso escuchamos una y otra vez sus lamentos y contemplamos su rebelión no solo contra Moisés que los dirigía, sino contra el Señor que los había liberado de Egipto. El Señor les corrige y les castiga como a un pueblo rebelde, como hace un padre con sus hijos, para que aprendan a obedecer sus mandatos; hoy se nos habla de la invasión de las serpientes que ponían en peligro sus vidas y el recorrido que iban haciendo. Acuden de nuevo a Moisés para que interceda por ellos y por eso se levanta esa serpiente de bronce en medio del campamento como una señal y que será un signo profético para el pueblo de Dios.
Es el signo que nos quiere mostrar Jesús en el evangelio. Jesús fue siempre signo de contradicción, como proféticamente lo había anunciado el anciano Simeón allá en el templo. Por eso su figura es discutida, lo fue entonces como lo sigue siendo hoy. Estaban los que le reconocían como profeta y acaso también el Mesías, mientras que los dirigentes del pueblo realizaban una dura oposición a la figura de Jesús. Les cuesta creer, no quieren creer. Discuten si puede o no puede ser profeta por ser de Galilea, de donde como dicen ellos no ha salido ningún profeta, como ignoran realmente su lugar de nacimiento, porque no todos le reconocen tampoco como del linaje de David. ‘¿Quién eres tú?’ le preguntan, y les falta una verdadera perspectiva para poder llegar a descubrir el misterio de Jesús. Cuando les falta la fe, les falta la perspectiva principal para poder reconocerle tal cual es.
Y Jesús les da una señal, como la serpiente que fue elevado en lo alto de un madero en medio del desierto y fue signo de salvación para ellos, ahora les habla de que el Hijo del Hombre va a ser elevado en lo alto. No menciona el madero de la cruz, de la que ya les había hablado a los discípulos más cercanos, por eso ahora tampoco llegan a entender lo que quiere decirles Jesús con aquellas palabras. ‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.
Dice el evangelista que cuando les dijo esto algunos creyeron en él. Nosotros creemos en El, creemos en Jesús, le reconocemos de verdad como nuestra única salvación. Queremos seguirle aunque nuestra vida también esté tan llena de altibajos, de oscilaciones, de momentos de entusiasmo y fervor pero momentos también de decaimiento. La vida se nos hace dura y tantas cosas que suceden en nuestro entorno no terminamos de entenderlas. Nos vemos envueltos también en las oscilaciones de nuestras dudas y de nuestros miedos, como en este momento podemos estar viviendo.
Pero ponemos nuestra fe en Jesús, que es nuestro único salvador. Y esas cosas que nos suceden – como fueron las serpientes allá en el desierto – pueden ser una señal, pueden ser un signo para nosotros que nos haga despertar, que nos haga ver como tenemos que hacer un mundo nuevo, como tenemos que saber sacar a flote también lo mejor de nosotros mismos y comiencen a florecer las flores de la solidaridad, del amor, de la búsqueda de los buenos y mejores valores, la forma de hacer un mundo nuevo y mejor. ¿No podrá ser todo lo que nos sucede el gran signo de nuestra cuaresma que nos haga salir de tantas oscilaciones como tenemos en la vida, que nos lleve de verdad a la pascua?

martes, 9 de abril de 2019

Nos será difícil leer la vida y escuchar lo que Dios quiere decirnos a través del sufrimiento, no desaprovechemos la ocasión de aprender mirando a la cruz de Jesús


Nos será difícil leer la vida y escuchar lo que Dios quiere decirnos a través del sufrimiento, no desaprovechemos la ocasión de aprender mirando a la cruz de Jesús

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30
Hay ocasiones en que nos aparecen oportunidades en la vida y las dejamos pasar; desde un buen trabajo que alguien nos ofreció pero que quizá no lo vimos claro, porque no nos atrevíamos a embarcarnos en aquella nueva situación, porque quizá desconfiamos de nosotros mismos, o porque no nos aparecía con las debidas garantías que nosotros buscamos o queríamos tener y dejamos pasar la ocasión. Luego, cuando nos lo pensamos mejor, vimos que habíamos perdido una oportunidad, oportunidad que ya luego no se nos presentó, y por más que buscábamos o deseábamos ya habíamos llegado tarde.
He puesto ese ejemplo, como podríamos quizá pensar en más cosas en la vida en que dejamos pasar la ocasión de tener un futuro mejor, de poder soñar con cosas grandes, de llegar a desempeñar una función o prestar un servicio y por nuestros prejuicios, nuestros miedos y hasta quizá cobardías no llegamos a nada verdaderamente importante. Nos hace falta tener una buena visión, para el futuro, para las oportunidades que se nos presentan en la vida.
¿Estaría pasando algo así con Jesús y las reacciones que iban teniendo los judíos? Aunque muchos habían vivido momentos de verdadero entusiasmo cuando escuchaban a Jesús o cuando veían sus obras, quizá pronto se enfriaron, les entraron las dudas o se dejaban arrastrar por las desconfianzas que otros pretendían inocular en los corazones de lo que querían seguir a Jesús, de manera que muchos se volvían atrás, en ocasiones les parecía duro lo que Jesús les planteaba y lo que significaba tener que arrancar su corazón de tantos apegos o cambiar tantas ideas preconcebidas.
Había otros que hacían fuerte oposición a Jesús y hasta buscaban la forma de quitarle de en medio. Y Jesús les está diciendo que algún día se arrepentirán y querrán volver a escuchar a Jesús, o contemplar sus obras, pero ya podía ser tarde. ¿Nos sucederá algo a si a nosotros? No estamos quizá entre los que nos opongamos a Jesús de una forma radical, pero sí de los que dejamos que las dudas encuentren un caldo de cultivo en nuestro corazón, en tantas ocasiones nos parece difícil superarnos, en aquellas cosas que sabemos que tendríamos que superarnos, o también tenemos tantos apegos en el corazón que nos parece que se nos desgarra la vida por dentro.
La llamada y la invitación del Señor es permanente, pero quizás dar el paso que tendríamos que dar para hacer un mejor seguimiento de Jesús y vivir nuestro compromiso cristiano lo dejamos para mas adelante, pensamos que ya tendremos tiempo. Tendríamos que pensar en el tiempo de Dios, el tiempo de Dios que es o tiene que ser el hoy de nuestra vida, no lo podemos dejar para mañana. Y tendríamos que ponernos en camino, tomarnos en serio nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy Jesús nos dice: ‘Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros’. Les fue difícil entender a los judíos estas palabras de Jesús y hasta comenzaron a hacerse suposiciones un tanto disparatadas. Puede ser que pierdan una oportunidad. Y Jesús les dice que esa indecisión va a ser causa de muerte para ellos, aunque no entienden y siguen preguntándose quien es Jesús.
Y es entonces que les dice que cuando el Hijo del Hombre sea levantado en lo alto, es cuando lo van a reconocer. Es una imagen de resonancia bíblica en aquel episodio del camino del desierto cuando mordidos por las serpientes por haber desconfiado de Dios, al sentir arrepentimiento de su infidelidad Moisés levantará aquella serpiente de bronce en medio del campamento que va a ser una señal para ellos. Así es la señal del Hijo del Hombre levantado en lo alto con clara referencia a lo que va a ser la muerte de Jesús. La cruz será la señal.
La cruz de Jesús es el signo de nuestra salvación porque es la muestra de hasta donde llega el amor de Dios. Nos puede parecer algo cruento y duro, a nadie le gusta ni contemplar ni padecer en si el sufrimiento. Pero fue la gran prueba del amor. La cruz que se hace presente también tantas veces en nuestra vida tiene que ser también para nosotros la señal. Nos será difícil leer la vida y escuchar lo que Dios quiere decirnos a través del sufrimiento, de nuestro propio sufrimiento y dolor, pero es algo que tenemos que aprender mirando a la cruz de Jesús. Será así cómo podremos conocer el sentido de Jesús y también el verdadero sentido de nuestra propia vida. No desaprovechemos la oportunidad.
Es lo que tenemos que hacer en la semana de pasión que se acerca para que comprendamos el sentido de la pascua, el sentido verdadero de esa pascua que tenemos que vivir en nosotros, uniéndonos a la Pascua de Jesús. Solo así llegaremos a la vida, solo así podremos gozar de la resurrección, la de Jesús que vamos a celebrar y la que tendrá que haber también en nuestra propia vida.

domingo, 11 de marzo de 2018

Mirando a lo alto de la cruz de Jesús afinemos bien la cuerda de nuestro amor para que esté siempre en la sintonía del amor misericordioso de Dios


Mirando a lo alto de la cruz de Jesús afinemos bien la cuerda de nuestro amor para que esté siempre en la sintonía del amor misericordioso de Dios

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

Da la impresión de que no estuviéramos suficientemente convencidos; nuestra vida seria otra, otra forma de actuar, otro sentido de vivir, otros sentimientos en nuestro corazón, otro compromiso en la vida.
Nos lo sabemos pero como algo que aprendimos de memoria pero que no terminamos de asimilar para la vida. ¿Nos faltará una verdadera experiencia de amor? Creer en Dios y creer en su amor no solo cuestión de ideas y de razonamientos, necesitamos vivencias, necesitamos la experiencia en nuestra vida de lo que es ese amor de Dios que nos llena con su presencia y esa experiencia de la presencia de Dios en nosotros que nos inunda con su amor. No es solo necesario que nos digan que Dios nos ama, sino que desde la experiencia de nuestra vida con sus luces y con sus sombras hayamos sentimos ese amor y esa presencia.
Ese amor y esa presencia que se hace viva en nosotros por Jesucristo. Es la prueba del amor de Dios; es la manifestación del amor que Dios nos tiene. Es lo que hoy nos repite de una forma y otra la Palabra que escuchamos en este cuarto domingo de Cuaresma. Necesitamos mirar a lo alto y necesitamos mirar hacia la cruz. Hasta aquel pagano que era el centurión encargado de cumplir la sentencia de Pilatos mirando hacia quien estaba en la cruz terminó por reconocer la grandeza del amor de Jesús.
Hoy nos ha dicho el evangelio que ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’. Moisés había levantado en el desierto un estandarte con una serpiente de bronce para que mirándola reconociesen su pecado pero al mismo tiempo sintieran el amor de Dios que les perdonaba una y otra vez en tantas veces que se habían rebelado contra El en el desierto. Era un signo que les recordaba su pecado, pero les hacia comprender lo que era el amor de Dios por su pueblo. Así eran curados los mordidos por serpiente; así experimentaban en su vida ese amor de Dios que les curaba, en adelante habían de ser fieles al Dios de la Alianza para siempre.
Pues así nos lo recuerda el evangelio. Jesús sería levantado en lo alto también, para que en El descubramos el amor de Dios que en su misericordia tiene piedad de nuestra miseria y nuestro pecado. En la contemplación de Jesús hemos de experimentar nosotros ese amor que nos hace creer y creer para siempre, creer para tener vida eterna. Es el juicio de amor de Dios que nos salva, porque ‘Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El’. Si así nos sentimos salvados ¿terminaremos de una vez por todos de creernos todo lo que es el amor que Dios nos tiene?
Por eso nos dirá tajantemente el evangelio: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna’. Así es el amor de Dios. Así es el amor que se da, que se olvida de si, que busca siempre el bien, que ofrece salvación.
¿Merecemos ese amor? Es un regalo de Dios. Es lo que luego reflexionaría san Pablo en la carta a los Efesios. ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él’.
Fijémonos como nos dice que ‘estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir en Cristo’. Ya nos dirá también san Juan en sus cartas que el amor de Dios es primero. No que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero y así nos creó, y así nos envió a su Hijo que daría la vida por nosotros. Miramos a lo alto de la cruz, como recordábamos. Es gracia, es don gratuito, es regalo de Dios, de su amor generoso para con nosotros. Es Dios, que es rico en misericordia.
Por eso, como decíamos, es necesario mirarnos a nosotros mismos que nos sentimos pecadores, para comprender la grandeza del amor de Dios. ‘Por el gran amor con que nos amó’. Sintámoslo hondamente en nosotros y aprendamos a amar así. Por eso decía que si estamos convencidos porque lo experimentamos en nosotros nuestra manera de actuar será distinta, nuestra manera de amar tendrá otros matices.
No nos vale decir a los cristianos que amamos a los que nos aman, que somos amigos de nuestros amigos. Eso lo hace cualquiera. Nuestro amor tiene que tener otra amplitud, otra universalidad. No esperamos a que nos amen para nosotros amar. Es que entonces no nos diferenciaríamos de los demás. Y nuestro amor tiene que ser distinto.
Por eso seremos capaces de regalar el perdón, eso que nos cuesta tanto, y hasta de rezar por nuestros enemigos y por los que nos hayan dañado o hecho mal. Esa cuerda de nuestro amor tiene que estar bien afinada en la sintonía de Dios. Y porque no lo cuidamos suena tan mal en tantas ocasiones la sinfonía de nuestra vida cristiana. No olvidemos que Jesús en la cruz nos está dando el tono para que afinemos bien la cuerda de nuestro amor.