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viernes, 30 de septiembre de 2011

Que se mueva nuestro corazón para reconocer las maravillas de amor del Señor por nosotros


Baruc 1, 15-22;

Sal. 78;

Lc. 10, 13-16

‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Lamentos de Jesús por aquellas ciudades donde había predicado la Palabra de Dios, anunciado el Reino con obras y palabras y no habían dado respuesta. Lamenta Jesús también la situación de Cafarnaún que se levantaba llena de orgullo considerándose una ciudad próspera por su situación allá junto al lago, donde tantas obras había realizado Jesús y no se habían convertido. ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo…’

Hace referencia Jesús a otras ciudades consideradas paganas y malditas, como eran Tiro y Sidón por una parte, y las ciudades destruidas por el fuego por su maldad en la antigüedad de Sodoma y Gomorra que si allí se hubiera hecho tanto como ahora en estas ciudades hacía Jesús se hubieran vestido de sayal y no hubieran merecido castigo.

Como dirá Jesús en otra ocasión ‘lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y todos los profetas sentados en la mesa del Reino de Dios mientras vosotros seréis arrojados fuera. Pues vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur a sentarse en la mesa del Reino de Dios’.

Lo vamos a escuchar también el domingo en la parábola de los viñadores homicidas. ‘Arrendará la viña a otros labradores que entreguen los frutos a su tiempo… Os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que corresponden…’

Algo que tiene que hacernos pensar a nosotros que tanta gracia recibimos del Señor. Sí, es una gracia del Señor no solo la fe que hemos recibido y todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos ido recibiendo del Señor, sino lo que ahora mismo estamos recibiendo. Podríamos pensar en cuántas veces hemos recibido el perdón del Señor, cuántas veces hemos tenido la oportunidad de acercarnos a la Eucaristía, cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios. ¿Cuáles son nuestros frutos?

Ahora mismo cada día, cada mañana, tenemos la oportunidad de reunirnos para celebrar la Eucaristía y escuchar la Palabra del Señor, ¿estará creciendo más y más en santidad nuestra vida? ¿Somos cada día mejores?

No echemos en saco roto la gracia del Señor que se nos manifiesta de mil maneras en tantos mimos de Dios para con nuestra vida. Ese amor de Dios que se manifiesta en tantos cuidados que recibimos, en tantas personas que nos quieren y están cercanas a nosotros a nuestro lado. Manifestaciones del amor de Dios tenemos que reconocer. Manifestaciones del amor de Dios que tendrían que mover nuestro corazón a dar una mejor respuesta de amor cada día.

En la primera lectura hemos escuchado un texto del profeta Baruc. Probable secretario de Jeremías y recopilador de las profecías del mismo, fue profeta en los primeros tiempos del exilio en Babilonia y supo hacer una lectura creyente de la situación difícil por la que estaba pasando el pueblo desterrados y cautivos lejos de su tierra, de sus casas, de su templo, de lo que había sido su vida hasta entonces y no habían sabido valorar ni cuidar lo suficiente.

Ahora se sienten pecadores y humildes se postran ante el Señor pidiendo perdón, queriendo convertir sus corazones al Dios de la Alianza cuyos mandatos habían tan fácilmente olvidado y desobedecido. ‘No obedecimos al Señor que nos hablaba por medio de sus enviados los profetas… haciendo lo que el Señor reprueba’.

Fue una ocasión para escuchar ahora la llamada del Señor y convertirse a El. ¿No tendríamos que hacer lo mismo nosotros también cuando tantas son las llamadas del Señor y la gracia que derrama cada día sobre nosotros?

viernes, 2 de octubre de 2009

Confesamos que el Señor nuestro Dios es justo y misericordioso

Baruc. 1, 15-22
Sal. 78
Lc. 10, 13-16


‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’. Es una invitación a la conversión. El Señor nos llama una y otra vez.
Hay quien mira sus desgracias personales como un castigo por su pecado, por lo que ha hecho mal. A todos nos suceden cosas desagradables, pasamos por situaciones difíciles, nos llega la desgracia en forma de enfermedad, un accidente, algo malo que nos puede sobrevenir. Muchas veces escuchamos ese lamento, ¿qué hecho yo para merecer esto? Esto es un castigo por mis pecados. Claro que si nos quedamos en esa consideración de castigo sin ninguna otra esperanza, nos sentiremos tan abrumados que podemos llegar a la desesperación.
Creo que hemos de tener una mirada más honda y más amplia también. No nos podemos quedar simplemente en el castigo. Es cierto que esas cosas malas por las que tenemos que pasar las podemos mirar como una purificación interior, pues Dios permite que nos sucedan esas cosas para que también recapacitemos y nos demos cuenta de lo que hemos hecho en nuestra vida; pero también podemos verlas como un punto de arranque para el arrepentimiento y la conversión.
Miramos, es cierto, nuestra vida y nos damos cuenta de la respuesta negativa a tantas cosas buenas que hemos recibido del Señor. Creo que en eso tenemos que fijarnos también. Cuántos beneficios recibimos del Señor. Cómo el Señor ha derrochado su gracia en nuestra vida y eso hemos de saberlo reconocer. Pero además tendría que movernos a que nuestra respuesta fuera distinta. Ha de ser una llamada de atención, una llamada del Señor a una vida mejor.
Es lo que contemplamos hoy en el profeta Baruc, a quien hemos escuchado en la primera lectura. Se reconoce pecador y reconoce que son un pueblo pecador. ‘Sentimos la vergüenza de nuestra culpa en este día: judíos, vecinos de Jerusalén, nuestros reyes y gobernantes, nuestros sacerdotes y profetas y nuestros antepasados; porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, desobedecimos al Señor nuestro Dios no siguiendo los mandatos que el Señor nos había propuesto…’
Pero aunque se siente abrumado por su pecado sin embargo se siente impulsado al arrepentimiento y a la conversión. Se vuelve al Señor ‘Dios compasivo y misericordia, lento a la ira y rico en clemencia’, como tantas veces ha rezado con los salmos. En la oración hay una confesión de fe, - ‘confesamos que el Señor nuestro Dios es justo’ -, y pensar en la justicia de Dios es pensar en la misericordia. Por eso se siente movido al arrepentimiento, a la vuelta al Señor.
Cuántos beneficios recibimos del Señor. Tenemos que pensarlo. No podemos endurecernos en nuestro pecado, ni nos podemos sentir tan abrumados que eso nos lleve a la desesperación. La contemplación del amor de Dios nos moverá al arrepentimiento pero también a la conversión a una vida nueva y distinta, a una vida santa.
En el evangelio de hoy Jesús recrimina a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Cuánto ha hecho el Señor con su presencia en medio de ellos, cuántos milagros ha realizado allí el Señor. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’. Que el Señor no nos recrimine a nosotros porque no escuchamos su voz, porque no somos capaces de reconocer cuanto ha hecho en nosotros.
Todo es una invitación a la esperanza, a la vida, a la conversión, a vivir una nueva vida. No por miedo al castigo, sino en la consideración del amor del Señor.