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viernes, 17 de abril de 2026

Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

 


Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

Hechos 5, 34-42; Salmo 26;  Juan 6, 1-15

Cuántas veces nos pasa, nos creemos tan autosuficientes y únicos que nos parece que somos los únicos que sabemos y que solo nosotros hacemos las cosas bien, nos cuesta contar con los otros, admitir la capacidad que los otros tienen también, a lo sumo les permitimos que colaboren en algunas cosas pero siendo siempre nosotros los que llevemos la voz cantante. ¿Será orgullo? ¿Será vanidad?, seguro que hay mucho de autosuficiencia.

Hoy Jesús nos da una lección. Bueno siempre es mucho lo que nos enseña el evangelio porque siempre es un mensaje de vida. Jesús había marchado a la otra orilla del lago, aunque Jesús quisiera la soledad con sus discípulos más cercanos las multitudes se agolpan porque quieren escucharle, porque quieren estar con El; se han despertado las esperanzas del pueblo y allí donde se puede encender y mantener viva esa luz de la esperanza acuden en masa.

Ha sentido compasión de ellos porque están como ovejas sin pastor y se ha puesto a enseñarles, pero se acerca la tarde, están lejos de los poblados y a aquella gente se les han acabado las provisiones. Habrá que buscar pan para toda esa gente, pero, ¿dónde encontrarlo? Es lo que le plantea Jesús a sus discípulos más cercanos. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?’, le dice Jesús a Felipe que es el que ahora está más cerca de Él. Jesús quiere contar con los discípulos. Como diría otro evangelista narrándonos este mismo hecho ante la solicitud de los discípulos Jesús les dice ‘dadles vosotros de comer’. Alguno replicará buscando soluciones, ‘doscientos denarios de pan no dará para dar un trozo de pan a cada uno’.

Pero Jesús sigue esperando iniciativas hasta que alguien viene diciendo que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero, ¿qué es esto para tantos?’ Y Jesús cuenta con ello, serán cinco panes de cebada, el pan de los pobres, algo mísero e insignificante, pero grande ha sido la disponibilidad de aquel muchacho que no se los guarda para si sino que los pone a disposición.

Muchos gestos hermosos comienzan a aparecer, como podrían aparecer en la vida si nosotros supiéramos más contar con los demás. Nos quejamos tantas veces que nadie hace nada, pero ¿les habremos dado la oportunidad? Quizás vamos pensando en cosas extraordinarias o maravillosas pero las cuentas de Dios son otras, las medidas de Dios tienen otros valores. ¿No tendríamos que aprender?

Jesús no ha comenzado haciendo el milagro, haciendo cosas extraordinarias, Jesús ha comenzado contando con los discípulos, pero contando también con lo pequeño y que nos pueda parecer insignificante para todo lo que se quiere abarcar; ha contando con aquellos panes de los pobres que un pobre muchacho ha tenido sin embargo la generosidad de no sólo compartir sino de ponerlo todo a disposición de lo que se pueda necesitar. Es compartir, sí, pero aquí hay algo más, alguien se ha desprendido de todo lo que tenía aunque para él no quedara nada.

Y el milagro se realizó, comió la multitud que era mucha gente, pero aún sobró que se recogieron doce canastos para que nada se perdiera. ¿Qué puede valer mi pequeña aportación? Pensamos alguna vez. ¿Qué puede valer lo que yo haga que no va a ser sino un pequeño grano perdido en la inmensidad de la playa?  Pero junto con otros granos formará el montón. ¿De qué sirve lo que ese puede hacer si no sabe hacer nada y es lo más perdido que podamos encontrar? Es la acción de una persona, es una pequeña llama de amor que va contribuir a que se encienda esa hoguera especial que transformará nuestro mundo.

¿Aprenderemos a contar con los demás, incluso de aquel o de aquello que nos pueda parecer pequeño o insignificante?


viernes, 2 de mayo de 2025

Seamos capaces de ver las semillas que Dios van sembrando en nuestros corazones, germen del Reino de Dios y no excusa para nuestros intereses

 


Seamos capaces de ver las semillas que Dios van sembrando en nuestros corazones, germen del Reino de Dios y no excusa para nuestros intereses

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26M Jn. 6, 1-15

Se suele decir que cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina; la imagen de los codazos de los que están al lado de la parrilla queriendo que el mejor fuego, el mejor calor le llegue a la porción que cada cual está asando viene a expresar muy bien los codazos que nos damos en la vida para hacer que nuestras ideas prevalezcan, queramos decir que lo nuestro es lo mejor y seamos capaces de llegar a tergiversar lo que dicen o hacen los otros para aprovecharlo a favor nuestro; nos hacemos incluso manipuladores haciendo decir a los otros no lo que realmente piensan sino resaltando lo que puedan coincidir para darnos autoridad a nosotros mismos. Los que con verdadera autoridad moral nos hablan siempre están en peligro de ser mal interpretados, o aprovechar cualquier resquicio para arrimarlos a nuestras ideas.

Hoy vemos en el evangelio que tras aquel episodio que llamamos habitualmente de la multiplicación de los panes, al final la gente entusiasmada quieren hacerlo rey. Había unas ansias y sueños en la gente del pueblo y cierto movimiento generalizado en el deseo de la pronta venida del Mesías para verse liberados de la dominación de los romanos. ¿Ansias de la llegada de un auténtico Mesías? Se confundía lo que estaba anunciado por los profetas y estaba en la base de la fe del pueblo de Israel con esos resabios políticos de liberación de los poderes extranjeros. Son las confusiones que veremos a lo largo del evangelio en mucha gente con lo que piensan o esperan de Jesús. Hasta entre los mismos apóstoles había algunos que procedían de esos grupos llamados los celotes, pero también vemos las ansias de los hermanos Zebedeos por alcanzar los primeros puestos al lado del poder del Mesías.

Hoy la gente quiere hacerlo rey. ¿Han comprendido en verdad el significado de lo que Jesús ha hecho? Leamos con atención el evangelio y vemos que todo parte de ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús. Allí estaba aquella multitud que seguía a Jesús por todas partes porque veía lo que hacía con los enfermos, comienza diciéndonos el evangelista. Jesús les habla, les enseña, les anuncia el Reino de Dios y no sabemos cuántas cosas les hablaría Jesús en aquel momento para moverles los corazones a que en verdad vivieran en el sentido del Reino de Dios que Él nos anunciaba.

Y Jesús se mueve a compasión al ver aquella multitud, que hasta se han olvidado de llevar suficientes provisiones a la hora de ponerse a seguir a Jesús. Y surge la cuestión de cómo alimentarlos; vemos el diálogo con los discípulos más cercanos, con los apóstoles. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’

Pero Jesús sabía por qué se hacía esta pregunta. Estaba moviendo de alguna manera a los que le seguían más de cerca para no cruzarse de brazos, a no quedarse en la pasividad de que no hay nada que hacer. Hay que abrir caminos, hay que buscar soluciones, hay que aprovechar hasta lo más pequeño o que nos parezca insignificante porque puede ser principio de algo grande, como así sucedió entonces. Pero es Jesús que está despertando los corazones, queriendo despertar esperanzas pero también movernos al compromiso y a la acción. Son las semillas del Reino de Dios que quiere ir sembrando en nosotros. Fue su compasión y fue la disponibilidad lo que abrió nuevos caminos y toda la multitud pudo alimentarse.

Pero muchos no van a saber discernir esas semillas que Dios quiere sembrar en nuestros corazones, algunos quizás en su entusiasmo querrán aprovechar la oportunidad para sacar esos resabios de mesianismo que llevaban en sus corazones. Querían hacerle rey. ¿Una insurrección contra el poder establecido, un movimiento político arrancando de un Reino de Dios que Jesús anunciaba y que era otra cosa?

Cuidado que también nosotros nos queramos aprovechar de las semillas que Dios va sembrando en nuestro corazón para utilizarlo para nuestros intereses muy partidistas en ocasiones o muy egoístas e interesados otras veces. ¿Qué es lo que en verdad Dios va sembrando en nuestros corazones? ¿Qué es lo que tiene que ser el centro de nuestra vida? ¿Con qué sentido miramos algunas veces el actuar de la Iglesia?


sábado, 27 de julio de 2024

No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

 





No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

2Reyes 4, 42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15

¡Que alguien haga algo! ¿No suele ser esa la reacción primera cuando sucede algo como un accidente, o cuando contemplamos una situación alarmante en la que pensamos que realmente habría que hacer algo? Que hay guerras y violencias, que los poderosos hagan algo; que hay situaciones extremas de pobreza y de miseria, que vendan todos esos tesoros y con eso podemos darle de comer a toda esa gente; que sentimos que nos llegan los inmigrantes ilegales y ya no sabemos que hacer, que pongan remedio, que los políticos se mojen, que haya barreras que impidan esa invasión que nos está llegando… y podríamos pensar en mil situaciones más. ¿Cuál es el remedio? ¡Que alguien haga algo! Siempre estamos esperando que sean otros los que comiencen a hacer algo. ¿Nos podemos quedar en eso?

Somos muy buenos para tirar los balones fuera, como se suele decir, pero apuntar a ver qué es lo que yo puedo o tengo que hacer, eso es algo que nos cuesta más pensar. ¿Estaremos definiéndonos así sobre el sentido y el valor que le damos a la vida, a nuestra vida y a la implicación que nosotros tenemos o tendríamos que tener? Cuando nosotros pasamos por situaciones así, en ese accidente, esa violencia, en esas miserias, ¿con qué nos contentamos? ¿Simplemente nos resignamos? Algunas veces destacamos por la mucha pasividad que hay en nuestras vidas; qué difícil se nos pone el salir de esa pasividad.

Escuchamos hoy una página muy hermosa del evangelio que está muy llena de mil detalles que nos tendrían que hacer pensar. No la podemos leer de corrido, dando por sentado que ya la conocemos y nos la sabemos. Es evangelio hoy para nosotros, luego es noticia de salvación y de vida hoy para nosotros y como tal tenemos que escucharla, de lo contrario estaríamos destrozando el evangelio, cuando le hacemos perder esa novedad, esa buena noticia que tiene hoy para nosotros.

Jesús se ha puesto en camino con los discípulos, en este caso haciendo una travesía, para ir más allá, para ir al otro lado. Allí se van a encontrar con algo distinto e inesperado; tenemos que salir también, ponernos en camino, saber ir al otro lado… pero entonces nos dice el evangelista que Jesús subió a la montaña. Ir al otro lado y hacer una ascensión a un lugar más alto, nos dará una nueva perspectiva; sabemos bien que una mirada desde la altura nos hace situar las cosas y los lugares con más precisión y de distinta manera. ¿Tendrá ya esto algún significado para nosotros? ¿No estaremos quedándonos siempre en el mismo sitio y con la misma perspectiva y por eso no seremos capaces de ver algo nuevo?

¿Qué se encuentra Jesús? Una multitud hambrienta; siempre decimos la gente tenía ganas de escuchar a Jesús, es cierto, pero es algo más. Allí estaba aquella gente con sus necesidades, con sus problemas, con sus dificultades para la vida y también estarían esperando una respuesta. Pero además aquella multitud tenía hambre, habían caminado mucho para llegar a donde encontrarse con Jesús y las provisiones parece que habían sido pocas.

‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Es la pregunta que, como decíamos antes, nos hacemos también ante las necesidades, los problemas, todo eso que vemos en la vida. ¿Serán otros los que tienen que resolverlo? Y cuando los discípulos se hacen sus cálculos de cuanto necesitaría para alimentar a toda aquella gente, además si hubiera un sitio donde conseguirlo que allí en el desierto no lo tenían, es cuando Jesús les dice que le den ellos de comer. No hay que ir a busca a ningún sitio, sino que ellos tenían que darle de comer. ¿Nos dice algo?

Mientras Felipe se entretiene haciéndose sus cálculos, Andrés viene diciendo que por allí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. ‘¿Pero qué es eso para tantos?’ Como con lo que tenemos no podemos alcanzar, ¿nos lo guardamos? ¿Nos quedamos con los brazos cruzados? ¿No le damos importancia ni valor a lo que son las cosas pequeñas? ¿Vamos a despreciar la oferta de aquel muchacho porque eso no da para todo lo que se necesita?

Ya vemos que el actuar de Jesús no va por esos caminos. Aquellos cinco panes de cebada, los panes de los pobres, sí van a ser aceptados. Por eso Jesús pedirá que la gente se siente en el suelo y ya conocemos todo lo que sucedió a continuación. Comieron todos hasta saciarse y al final hasta sobró. ‘Recoged los pedazos que han sobrado para que nada se pierda’, les dice Jesús.

¿Cuándo vamos a pensar en ser ese muchacho de los panes de los pobres? Es que yo no valgo, es que yo no tengo, es que lo necesito para mí, es que… y cuantas disculpas nos vamos poniendo, porque no nos hemos puesto en camino, porque no hemos ido más allá, porque no hemos subido a la altura, porque seguimos con nuestras rastreras perspectivas. Y seguimos viniendo a la Iglesia, y seguimos de la misma manera; y celebramos la Eucaristía pero se nos queda en un rito que no nos impulsa a algo más; y seguimos diciendo que venimos a comulgar en la Misa, pero no comulgamos con los hermanos; y nos damos la paz ritualmente en la celebración, pero luego no buscamos la manera de llevarnos bien con el vecino o con el pariente con quien no nos hablamos…

Cuánto nos cuesta arrancar, cuánto nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos, cuánto nos cuesta hacer Eucaristía de nuestra vida. Seguiremos en los próximos domingos que vienen a ser continuación de este signo de hoy de la multiplicación de los panes.

viernes, 12 de abril de 2024

Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

 


Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Salmo 26; Juan 6, 1-15

Cuantas veces lo hemos pensado, total, qué puedo hacer yo si soy solo, qué puedo hacer yo que soy poca cosa ante la magnitud de lo que se presenta, de lo que hay que hacer; nos lo decimos, rehuyendo compromisos, cuando hablamos de cómo andan las cosas, de cómo está nuestro mundo, de tanto que habría que hacer para que las cosas mejoren, y todos tenemos ideas porque nuestras tertulias están llenas de proposiciones; pero nos echamos atrás, porque decimos que la tarea nos supera, qué es uno en medio de tantos y cosas por el estilo. Y nos olvidamos que el grano de arena, por pequeño que sea, hace montón, que la gota de agua no es todo el océano, pero el océano no sería tal si no se juntaran todas esas gotas de agua.

Tenemos que pensarlo de cara a nuestros compromisos con la sociedad en la que vivimos; cuando se inicia una acción comunitaria que va a ayudar a mejor la vida de todos, siempre nos quedamos atrás, rehuimos el compromiso, pensamos que son otros los que tienen que realizarlo, y nos quedamos con los brazos cruzados como espectadores. Ya nos dirá Jesús que quien no es fiel en lo pequeño no sabrá ser fiel en lo grande o en lo importante. Seremos poca cosa, pero es nuestro grano de arena que ayudará a hacer montón. 

Hoy el evangelio es claro en este sentido. Una multitud grande seguía a Jesús. Llevaban varios días siguiéndolo por aquellos caminos y aldeas, ahora están lejos y Jesús se da cuenta de cual es la situación. Aquella muchedumbre está hambrienta, y en este caso es también hambre de pan, porque llevan varios días con Jesús y las provisiones se han agotado. ¿Dónde compraremos panes para que coma toda esta gente? Es la pregunta que surge

No hay solución, están en descampado y allí no hay donde buscar pan, además se necesitaría una cantidad grande de dinero para comprar pan para toda esta gente. ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo’. Pero no hay donde comprarlo.

Y aparece uno de los apóstoles con la noticia de que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero ¿qué es esto para tantos?’ Pero el muchacho ha hecho desde su pobreza su aportación. Nada se reserva para él a pesar de su pobreza. El pan de cebada es el que comían los pobres que no tenían posibilidades de comprar trigo para hacer la harina. Aquí está este pequeño, pobre, con sus cinco panes y dos peces, y aunque parezca que eso no es nada para tantos, Jesús les dice que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio – los detalles del evangelio que se fija también en los pequeños detalles – y el resto queda de manos de Jesús. ‘Solo los hombres eran unos cinco mil’, nos detalla también el evangelista. Lo de menos son los números porque lo importante es la acción de Jesús precedida por la generosidad de aquel muchacho.

El gesto es sencillo. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’.  Y comieron todos hasta hartarse; y las sobras se recogieron, ‘llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido’. Y ya sabemos la reacción de la gente que quiere hacerle rey, porque están reconociendo que Jesús es el esperado que tenía que venir, pero no ha llegado su hora y Jesús se retira a la montaña, él solo, mientras a los apóstoles los envía en barca a la otra orilla.

Quedémonos con el gesto. El que parece que es el más pequeño y más pobre es quien es capaz de ofrecerlo todo. Y se pudo realizar la maravilla que luego tantas cosas, como signo, nos ha sugerido. Pero hoy quiero quedarme en el signo del desprendimiento y de la generosidad, en el signo de lo pequeño con lo que podemos realizar cosas grandes. ¿No decía María que el Poderoso había hecho obras grandes en ella que solo era la humilde esclava del Señor?

¿Aprenderemos los caminos de la generosidad y del desprendimiento aun desde lo pequeño e incluso lo que nos pueda parecer que no vale nada? Tu vida, mi vida, es ese pequeño grano de arena, es ese pequeño y pobre pan de cebada, pero con el que construimos el Reino de Dios. Cuánto se ha quedado sin hacer porque nos considerábamos pequeños y no dimos el paso adelante. Unos pobres pescadores de Galilea se pusieron en camino por el mundo y el evangelio ha llegado o está llegando a todos los rincones.

¿Qué gesto de desprendimiento has de realizar para que el Reino de Dios se haga más presente en el hoy de nuestro mundo?

viernes, 16 de abril de 2021

Es la fe que mueve montañas, el amor que va a hacer saltar tantos cerrojos como le ponemos al corazón, la ilusión y la esperanza que se mantiene viva y nos hará mantenernos en pie



Es la fe que mueve montañas, el amor que va a hacer saltar tantos cerrojos como le ponemos al corazón, la ilusión y la esperanza que se mantiene viva y nos hará mantenernos en pie

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

‘Qué palabras más sabias’, habremos comentado o habremos escuchado comentar cuando alguien, de quien menos quizás lo esperábamos, dio un sabio consejo de forma inesperada que sirvió para la solución de un problema, para encontrar un camino en un embrollo de la vida o para aprender a tomar actitudes nuevas ante los demás. Nos sorprendió quizás quien nos dio el consejo, porque no era una persona por así decirlo influyente, sino que era una persona sencilla y humilde pero en quien detectamos una grande sabiduría. Y ya sabemos bien que personas así nos encontramos muchas veces en la vida.

Estoy haciendo referencia a esto en relación a lo escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Habían sido apresados por hablar del nombre de Jesús y a pesar de las muchas prohibiciones no había quien los hiciera callar, pues incluso no les importaban las prohibiciones o tener que sufrir por el nombre de Jesús. Es cuando interviene Gamaliel, un maestro importante entre los judíos de Jerusalén y que es el que les dice que mejor es no hacer nada, ni estar provocando más con prohibiciones y castigos, porque si las cosas son cosas de Dios no hay quien las pare. Sabias palabras y en cierto modo tendríamos que decir también que proféticas que nos valen en muchas decisiones que muchas veces hemos de tomar y parece como que quisiéramos ponernos en contra de lo que son los designios de Dios.

Es el actuar de Dios que se nos manifiesta en palabras sencillas en tantas ocasiones, que ya tendríamos que aprender a prestar atención, en gestos humildes y aparentemente sin mayor trascendencia pero que nos manifiestan la gloria de Dios. Es, por ejemplo, de lo que nos habla hoy el evangelio. Nos podría parecer dar un salto atrás al volver a escuchar este evangelio de la multiplicación de los panes y los peces, pero que tiene un profundo sentido pascual y nos va a servir de inicio de los textos que en medio de semana iremos escuchando en los próximos días en el evangelio.

Pero nos centramos brevemente en este texto del evangelio. Una multitud hambrienta que sigue a Jesús porque quiere escucharle y escuchándole se les pasan los días, hasta quedarse sin provisiones y es aquí donde tendríamos que fijarnos en el diálogo entre Jesús y los apóstoles a partir de la situación en la que se encuentran. Habrá que despedir a la gente para que se vayan a los cortijos cercanos buscando algo de comer, pero Jesús que les dice que les den ellos de comer. ¿Qué pueden hacer si no tienen provisiones y se necesitaría mucho dinero para comprar pan para tanta gente? Pero ¿dónde podrían hacerlo si están en descampado?

Es entonces cuando aparece un muchacho con cinco panes de cebada y dos peces. ¿Qué es esto para tantos? Era un muchacho pobre, que, sin embargo, todo lo que tenía lo pone a los pies de Jesús. Y decimos que era pobre por la calidad del pan que llevaba, panes de cebada que sólo comían los pobres. Es pobre pero tiene disponibilidad; es pobre pero su pobreza, sus carencias incluso, las pone al servicio de los demás, los pone a los pies de Jesús.

Nos está enseñando Jesús el valor de la disponibilidad; los apóstoles nada tienen pero se preocupan y Jesús les compromete a que busquen la forma de dar de comer a toda esa gente; el muchacho en su pobreza que da cuanto tiene, y cuánto nos recuerda a la viuda del evangelio a la puerta del templo; pero está la colaboración de todos, pues los discípulos han de servir como correa de transmisión de lo que Jesús les vaya trasmitiendo, que se sienten en el suelo en la hierba de aquel sitio, que les repartan los panes y los peces en cuanto sea necesario para que queden hartos, en recoger lo que sobre para que nada se desperdicie.

Está, sí, la Palabra de Jesús, pero está la disponibilidad de cuantos rodean a Jesús y su espíritu de servicio, la generosidad de quien ofrece todo lo que tiene que siempre será como punto de apoyo para la palanca de la generosidad de los demás. ¿No sucedería algo así aquella tarde en aquel descampado?

        Cuanto podemos hacer cuando cada uno está dispuesto a poner su pequeño grano de arena; es la fe que mueve montañas, es el amor que va a hacer saltar tantos cerrojos como le ponemos a la vida y al corazón encerrándonos en nosotros mismos, es la ilusión y la esperanza que se mantiene viva y que nos hará mantenernos en pie cuando las dificultades nos apremien, cuando los problemas de la vida nos cerquen o cuando las oscuridades pretendan hundirnos en desesperanzas. Es todo como una cadena que va moviendo en nuestra vida unas cosas y otras y al final nos vamos a sentir nuevos y vamos a darnos cuenta de cuántas cosas somos capaces de realizar. 

viernes, 13 de abril de 2018

Comamos el pan del amor que Jesús nos ofrece, pero comámoslo con la alegría de saberlo compartir también con los demás



Comamos el pan del amor que Jesús nos ofrece, pero comámoslo con la alegría de saberlo compartir también con los demás

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

Con poco se puede hacer mucho pero en muchas ocasiones aunque tengamos mucho haremos bien poco. Ya sabemos que muchas veces comparte más el que tiene poco que el que tiene mucho. Hace falta la buena voluntad, el buen deseo, el desprendimiento y la generosidad que las aprecia más el que poco tiene. Ahí está la tentación de que nos parece que nos vamos a quedar sin nada, cuando precisamente tenemos mucho; el egoísmo nos hace encerrarnos en nosotros mismos y ser acaparadores porque nos parece que no vamos a tener para nuestras satisfacciones personales.
Qué bonita y hermosa es la generosidad del corazón que es capaz de desprenderse de lo poco que se tiene para compartirlo con los demás. Aquello que le decía el profeta Elías a la viuda de Sarepta como escuchamos en el Antiguo Testamento: ‘la orza de harina no se vaciara, la alcuza de aceite no se agotara, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’.
Es mucho lo que nos puede decir el evangelio de este día, pero este ha sido el primer pensamiento que me surge al escuchar las palabras de Jesús. Mucha gente lo seguía, dice el evangelista, porque habían visto sus signos. Ahora estaban allá en el descampado alimentándose de su Palabra. Y es Jesús el que les sugiere a los discípulos que hay que buscar pan para alimentar aquella gente que lleva muchos días con él y ya les escasean sus provisiones. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?... Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo…’ Pero están en descampado, lejos de donde puedan conseguirse provisiones.
Y surge la generosidad de un muchacho que tiene unos pocos panes. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?’ Pero con poco se puede conseguir mucho. Y la generosidad de uno hace que se multiplique aquello que necesitamos.
Es la pequeña semilla de la que ya en otra ocasión nos ha hablado Jesús. Dará fruto al ciento por uno cuando hay una buena tierra, cuando hay unos buenos corazones, se convertirá en arbusto capaz de acoger a cuantos a su sombra se refugien. Muchas veces hemos escuchado el relato y conocemos el milagro de Jesús. Muchas consideraciones nos podemos hacer.
Es cierto que este pasaje del evangelio viene a ser prefacio de los anuncios que luego Jesús hará en Cafarnaún. No es solo el pan que alimenta nuestros cuerpos el que nos quiere dar Jesús. Claro que necesitamos también el alimento de nuestro cuerpo. Pero Jesús nos quiere dar un pan de vida que es El mismo. Pero si queremos comer ese pan de vida es para vivir esa misma vida, para vivir en ese mismo amor, para que se despierte en nosotros esa generosidad de corazón, para que entonces nos sintamos comprometidos por un mundo mejor.
No podemos escuchar a Jesús, no podemos comer a Jesús y dejar que las cosas sigan de la misma manera. Estar con Jesús tiene que despertar en nosotros nuevos deseos, nuevas ansias, nuevos compromisos, nuevas inquietudes. Estar con Jesús significara siempre que tenemos que ponernos en camino, que no nos podemos quedar con los brazos cruzados, que nos podemos adormilar en lo que ya somos o tenemos. Estar con Jesús abre nuestros corazones, amplia nuestros horizontes, nos impulsa a ir de una forma nueva a los demás, nos hace tener una mirada distinta hacia los otros y hacia el mundo en el que vivimos.
Y no podemos decir que somos poquita cosa, que no valemos, o lo que tenemos es bien poco. No podemos enterrar nuestro talento, no podemos quedarnos para nosotros solos eso que tenemos, no nos podemos encerrar en el círculo de nuestro egoísmo. Comamos el pan del amor que Jesús nos ofrece, pero comámoslo con la alegría de saberlo compartir también con los demás.

sábado, 11 de febrero de 2017

Hay un milagro que se llama amor, solidaridad, justicia que podemos realizar con los siete panes de nuestra pobreza para hacer un mundo mejor

Hay un milagro que se llama amor, solidaridad, justicia que podemos realizar con los siete panes de nuestra pobreza para hacer un mundo mejor

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10
‘¿Cuántos panes tenéis?’ les pregunta Jesús a los discípulos. Una pregunta que nos tendría que hacer pensar.
Estaban en despoblado, lejos de poblaciones en los caminos que Jesús hacía de un lado para otro anunciando el Reino; pero las gentes se iban detrás de El porque querían escucharle, porque querían estar con El; ahora llevan varios días y están lejos de sus casas o de algún poblado donde puedan conseguir panes para comer porque las provisiones se han agotado.
Jesús les plantea el problema a los discípulos más cercanos, aquellos que estaban siempre con El y conocían ya más en profundidad el mensaje de Jesús; pero podríamos decir que aun están verdes y ahora van a recibir una lección. Como le responden que están lejos de donde poder conseguir comida, les pregunta ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Solo siete panes para una multitud tan grande; luego nos hablará el evangelista de miles de personas.
No tenemos pan, no hay comida para tantos, la población del mundo crece y crece, escuchamos también comentarios. Los problemas son graves, la crisis económica mundial no se termina de resolver. Nos encontramos también con filas interminables, por decirlo de algún modo, de gente que está pasando necesidad. Ya no es solo pensar en el tercer mundo, en países menos desarrollados, donde los problemas siguen y aumentan. Los tenemos a nuestro lado, en nuestro mundo desarrollado, en este mundo en el que hablamos de una sociedad del bienestar, al menos eso nos han vendido.
Y sabemos, porque muchas veces los conocemos por sus nombres aunque otras veces no queremos enterarnos, no queremos ni mirarles a la cara, que hay mucha gente con problemas incluso de subsistencia, que son echados de sus viviendas por no poder pagar, que duermen en los bancos de los parques o a la sombra de algún puente, que nos encontramos por las esquinas tendiéndonos la mano pidiéndonos una limosna.
¿Se nos estará preguntando también ‘cuántos panes tenéis’? ¿Qué podemos hacer? ¿No podemos hacer nada y nos quedamos con los brazos cruzados?
En el relato del evangelio parece que solo había siete panes, pero que no eran nada para tantos. Pero se multiplicaron y todos comieron hasta hartarse e incluso sobraron panes que se recogieron para que no se perdieran. ¿Podremos realizar nosotros también esa multiplicación de los panes? ¿Estaremos pidiendo milagros?
Hay un milagro que se llama amor, que se llama solidaridad, que se llama justicia. Es el que tenemos que comenzar a poner en juego. Hay muchos que ya lo están poniendo en juego, hemos de reconocer. Con esa pobreza de nuestros siete panes, de eso poquito que nosotros tenemos y que podemos aportar mucho se puede hacer, grandes cosas se pueden hacer.
Algunos lo están haciendo. Hay gente, sí, que se preocupa por los otros que pone voluntariamente su tiempo, su dedicación, unas horas al día o a la semana unidos a otras personas; otros pondrán esos céntimos que pueden sacar de su pobreza para compartirlo en justicia con los demás y el milagro se realiza, y serán muchos los que coman en esos comedores sociales que por ejemplo Cáritas u otras instituciones de la Iglesia o de grupos de cristianos están realizando.
Tú quizá pones esos céntimos o esa pequeña moneda en la colecta, por ejemplo, que se hace para Cáritas en nuestras parroquias; eso se unirá a ese trabajo voluntario que otras muchas personas anónimas ponen de su parte y surgen esos proyectos y esas acciones de Cáritas que ya no son solo dar de comer o pagar unas deudas sino también muchas otras labores de promoción y de desarrollo de la persona que calladamente se están realizando y del que muchas personas se benefician.
Tendríamos que conocer más esas acciones que se están realizando y que están ayudando a tanta gente. Seguro que seríamos capaces de poner con mayor generosidad esos siete panes de cebada de nuestra pobreza y se realizará el milagro del amor, de la solidaridad, de la justicia, como antes decíamos. Es en lo que me hace pensar este milagro de la multiplicación de los panes que hoy escuchamos en el evangelio.

viernes, 17 de abril de 2015

No tenemos doscientos denarios, pero sí los cinco panes de cebada de nuestra pobreza, con ello daremos gloria al Señor

No tenemos doscientos denarios, pero sí los cinco panes de cebada de nuestra pobreza, con ello daremos gloria al Señor

Hechos,  5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15
Mucha gente seguía a Jesús; hasta cuando se iba a lugares apartados al otro lado del lago allí se encontraba con aquellas multitudes que lo seguían, aunque solo fuera porque habían visto sus signos y milagros y cómo curaba a sus enfermos. Pero era algo más lo que buscaban en Jesús aunque muchas veces quizá no lo tuvieran claro; era mucho más lo que Jesús quería ofrecerles; era mucho más el camino que Jesús quería que emprendieran.
Cuando Jesús levantó los ojos y vio toda aquella multitud que acudía hasta El sintió lástima de ellos, como dirá el evangelio en otra cosa ocasión, porque parecían ovejas que andaban sin pastor. Ahora Jesús quiere alimentar a toda aquella multitud; pone a prueba a sus discípulos más cercanos, pues El sabía bien lo que iba a hacer, como dice el evangelista. Doscientos denarios de pan no bastarán para alimentar a toda aquella gente, dirá uno de los discípulos; otro vendrá diciendo que por allí hay un muchacho que comparte lo que tiene, ‘cinco panes de cebada y un par de peces, pero ¿qué es eso para tantos?’
Al final toda aquella multitud quedará saciada. Se multiplicarán los panes, comerán hasta saciarse, sobrarán doce canastas de pan. Jesús nos está ofreciendo mucho. Jesús nos está queriendo poner en un camino nuevo a todos frente a esa multitud hambrienta que nos rodea. Y no son solo las carencias materiales que puedan sufrir tantos en estos momentos de crisis; hay muchas carencias en el corazón de los hombres; hay muchas cosas, sin embargo, que podemos compartir y con lo que podríamos hacer un mundo mejor; hay que tener una mirada distinta, una mirada hacia lo alto, para llenar nuestro espíritu de valores nuevos. Hay una vida nueva y mejor que podemos vivir y que podemos ofrecer. ‘No solo de pan vive el hombre…’ que se nos dirá en otro momento. No nos podemos quedar con los brazos cruzados.
Ya nos gustaría tener los ‘doscientos denarios’ con los que nos parecería que todos o casi todos los problemas se resolverían. Pero no tenemos sino los ‘cinco panes de cebada’ de nuestra pobreza. Dios no  nos pide más. Desde nuestra pequeñez, pero con esos valores que nosotros podemos tener siempre hay mucho que podemos hacer. Será quizá calladamente, en silencio, pasando desapercibidos, pero ahí tiene que estar nuestra disponibilidad, nuestra generosidad para poner lo que somos. Con ello, aunque nos parezca pequeño, podemos dar gloria a Dios. Todo menos cruzarnos de brazos.
Que el Señor, su Espíritu, nos ayude a descubrir el valor de nuestra vida aunque nos consideremos pequeños y nos parezca que pocas cosas podemos hacer. Hagamos eso pequeño de cada día, en silencio, con amor, poniéndonos en las manos del Señor, como aquel muchacho puso sus panes de cebada en las manos de Jesús. El Señor hará maravillas. Serán muchos los que quedarán saciados, como contemplamos hoy en el Evangelio.