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martes, 3 de febrero de 2026

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

 


Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Salmo 85;  Marcos 5, 21-43

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe. Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Un hombre lleno de angustia, ¿cómo no lo va a estar si se le muere su niña?, que no sabe a donde acudir pero cuando oye la llegada de Jesús allá corre para pedir auxilio. Y Jesús que quiere ir al encuentro de la persona en su más cruda realidad se pone en camino a casa de Jairo; cuando vamos de camino con alguien van saliendo las inquietudes o las dudas que llevamos en nuestro interior, los interrogantes que se nos plantean, las inseguridades en que nos sentimos. Seguramente no fue un camino en silencio, aunque el evangelio nos lo relate en escuetas palabras. En algún momento surgirá el pensamiento quizás del fracaso porque ya está todo perdido. Son las pocas palabras que le escuchamos a Jesús pero con ellas diría muchas cosas. ‘¿No te he dicho que basta con que tengas fe?’

En el intervalo del camino siguen sucediendo cosas. Una muchedumbre rodea aquella pequeña comitiva y lo apretuja. Perdida en aquella muchedumbre una mujer que también ha perdido sus esperanzas con la enfermedad que le aflige. Jesús parece ser que será el único que sostenga su esperanza, aunque ve difícil llegar a Jesús porque además por su enfermedad es una persona impura y no podría mezclarse con la gente. Pero la fe, como dirá Jesús en otro momento, mueve montañas y ella logra abrirse paso hasta Jesús para tocar al menos la orla de su manto. Y sucede lo inesperado, siente la mujer que se ha curado porque cesan sus hemorragias, pero siente también Jesús que alguien le ha tocado.

‘¿Quién me ha tocado?’, se vuelve Jesús. Allá el intrépido discípulo le dirá que cómo hace esa pregunta si la gente lo apretuja por todas partes. Es distinto lo que ha sucedido, la multitud apretuja y tocamos sin sentir, pero la fe toca en lo más hondo y sentiremos como nos transformamos. Aquella gente por curiosidad quizás, porque Jesús se dirige a la casa de Jairo que tiene una hija enferma, por la novedad que se pueden encontrar si realmente Jesús la cura, se dan de empujones y empellones también al cuerpo de Jesús. Y todo se quedará ahí, pero lo que sucedido con aquella mujer es distinto. Finalmente dará el paso adelante para sentirse plenamente confortada con las palabras de Jesús. ‘Tu fe te ha salvado, sigue viviendo con fe y tendrás vida…’ así terminan los caminos que con fe hacemos hasta Jesús.

Como finalmente sucedió con Jairo y su hija. Todavía el trecho de camino que queda por hacer va a ser difícil. ‘No molestes al maestro que no hay nada que hacer’, le dicen los que vienen con noticias de la casa. Al llegar el alboroto de las plañideras aunque Jesús les repite una y otra vez que no está muerta sino dormida. Son palabras que cuesta creer. Finalmente llegan en medio de dolor de todos a la cámara donde está la niña que ha fallecido. ‘A ti te lo digo, niña, levántate’ y la niña se levantó con vida. Un camino dificultoso, pero un camino de fe que se convierte en gracia; allí está el regalo de Dios.

¿Es nuestro camino?, tenemos que preguntarnos. Ahí están también nuestras dudas y nuestras ansiedades, seguimos preguntándonos ¿a quién tenemos que acudir?, oímos hablar de que llega Jesús pero quizás nos quedamos con la curiosidad pero no terminamos de descubrir algo más; ¿nos apretujaremos en torno a El para seguirle? Pero tiene que ser algo más que vernos envueltos en una masa, muchas veces quizás participamos en esos momentos multitudinarios de nuestra piedad popular, pero, ¿hasta donde llegamos?; ¿seremos capaces de abrirnos paso para llegar hasta Jesús y tocarle con la fe de aquella mujer aquejada de su enfermedad? Necesitamos tocar a Jesús o sentirnos tocados por El como aquellos leprosos que curaba, aquellos ciegos a los que ponía un poco de barro en sus ojos, aquellos sordomudos a los que tocaba sus labios o sus oídos, como a tantos a los que tendía una mano para levantarlos de sus camillas de postración.

Es algo más que un contacto físico, es el contacto de la fe para que circule la gracia, para que llegue a nosotros su vida, es el quizás quedarnos en silencio sentados en su presencia porque las palabras que tienen que resonar son las que Jesús nos dirige a nuestro corazón. No temamos quedarnos en silencio haciendo sentir sobre nosotros el peso de nuestras dudas o de nuestras debilidades. El todo lo transformará. Es la fe que nos sana, que nos salva, que pone vida en nosotros.

domingo, 5 de octubre de 2025

Siervos tuyos somos, aunque nos sintamos pequeños e insignificantes, pero hemos hecho lo que teníamos que hacer… Auméntanos la fe

 


Siervos tuyos somos, aunque nos sintamos pequeños e insignificantes, pero hemos hecho lo que teníamos que hacer… Auméntanos la fe

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Salmo 94; 2 Timoteo 1, 6-8. 13-14; Lucas 17, 5-10

¿A dónde vamos a parar?, nos preguntamos muchas veces. ¿Los problemas de la vida? ¿La situación en tantos ámbitos distintos por donde vemos que discurre la vida? Pensamos quizás en la indiferencia de tantos que los vuelve insolidarios, pensamos en las diferentes inquietudes sociales que vemos que se van manifestando, la violencia que marca nuestras relaciones tanto entre los más cercanos como en el ámbito más amplio de la sociedad, ya sean las guerras que no paran en nuestro mundo, ya sea la acritud que se va manifestando en las relaciones de los unos y los otros tanto de individuos cercanos como vemos también en el ámbito de lo social o de la vida política, tantas cosas que cuando nos ponemos a pensar en ellas termina doliéndonos la cabeza, pero más aun, el corazón. Y no digamos la pendiente por la que se va deslizando todo lo referente a lo religioso, humano y cristiano que parece que no levantamos cabeza.

¿A dónde vamos a parar?, nos preguntábamos al principio, pero quizás en los que aun nos queda la sensibilidad de la fe nos queda el pedir, ‘Señor, auméntanos la fe’. porque nos llenamos de dudas, porque se enfría nuestro espíritu, porque suceden tantas cosas que nos interrogan por dentro sobre el sentido de lo que estamos haciendo, porque contemplamos ese enfriamiento espiritual que también a nosotros nos envuelve, y que hace que tantos vayan abandonando el espíritu religioso más elemental, aunque luego andemos buscando soluciones en no sé cuantas cosas que nos aparecen de acá o de allá, esoterismos, espiritualidades orientales, y no se cuantas cosas más a las que ahora se les da más importancia que a una verdadera religiosidad desde el sentido cristiano que ha sido el alimento de nuestra vida.

‘Señor, auméntanos la fe’, tenemos que decir. Como decía también aquel hombre que rogaba por la curación de su hijo y Jesús lo invitaba a la fe y a la confianza, ‘Señor, yo creo pero aumenta mi fe’. Y Jesús seguirá insistiéndonos como lo hacía con Jairo cuando le traían las malas noticias de la muerte ya de su niña, ‘basta con que tengas fe’. Con humildad también nosotros acudimos como aquel centurión del evangelio, ‘no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para salvarse’.

Hoy nos habla Jesús de la fe aunque fuera solamente del tamaño de un granito de mostaza, pero que es capaz de realizar grandes maravillas. Jesús para hablarnos utiliza imágenes un tanto espectaculares, propias también de una época como la vivida en los tiempos en que se nos trasmitieron los evangelios. No es cuestión de que vayamos haciendo el trasplante de árboles de un lado para otros, desde la montaña al mar o lo que sea. Son imágenes que nos hablan de una transformación interior que tiene que ser muy significativa en nuestra vida.

Es el hacer eso que tenemos que hacer, eso que es nuestra vida diaria pero con un espíritu de fe, poniendo nuestra confianza total en Dios. Nuestra fe no son unas doctrinas que tenemos que aprender, aunque en la base tiene que estar todo un sentido de Dios. Es la confianza con la que nos sentimos cuando confiamos en aquel que amamos y de quien nos sentimos amados.

Podremos vernos envueltos en las peores tormentas, pero sabemos de quien nos fiamos, en quien ponemos toda nuestra confianza. La fe no es darnos las soluciones fáciles establecidas ya como en un protocolo que nos dice lo que tenemos que hacer y lo que no, sino un confiarnos en el amor. Y eso nos hará caminar en paz, porque nos sentimos seguros a pesar de todos los vaivenes que en la vida nos iremos encontrando. Y la barca de nuestra vida camina segura a puerto, no nos faltará ese faro que nos oriente para encontrar camino a pesar de la tormenta, no nos faltará esa estabilidad que nos haga navegar con celeridad para sortear esas dificultades que vamos a encontrar. Como nos decía el profeta Baruc, ‘el justo por su fe vivirá’.

Seguimos haciendo nuestro camino con confianza, con fe. Conscientes de la misión que tenemos que desarrollar, del anuncio de vida que tenemos que hacer, del sentido de amor con que tenemos que envolver toda  nuestra vida, de las responsabilidades que tenemos que asumir. Misioneros de evangelio tenemos que ser en medio de nuestro mundo, porque nuestro mundo sigue necesitando esa buena nueva de salvación que lo transforme y que nos haga a nosotros unos hombres nuevos. ‘Siervos tuyos somos, aunque nos sintamos pequeños e insignificantes, pero hemos hecho lo que teníamos que hacer’, como nos dice el evangelio.

martes, 4 de febrero de 2025

Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

 


Descubramos a Jesús en quien nos sale al encuentro y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra, vuelve su mirada hacia el borde del camino y nos llama

Hebreos 12, 1 – 4; Salmo 21; Marcos 5, 21-43

Supongamos que tenemos que hacer una petición de algo que consideramos muy importante para nuestra vida; ya procuraremos preparar con todo cuidado la solicitud, las palabras que vamos a decir en nuestra petición o la instancia a presentar si ese es el camino; buscaremos quizás los más expertos que nos puedan aconsejar, nos valemos de las influencias que podamos conseguir de personas que desde su situación privilegiada pongan su mano, intercedan por nosotros si ese es el caso, o cuidaremos mucho la forma de presentarnos ante quien nos pueda atender en dicha solicitud. No iremos con las manos vacías y de cualquier modo.

¿Será esa la manera de proceder cuando acudimos a Dios desde nuestras necesidades o problemas? Creo que en este aspecto tenemos muchas cosas que revisar; con atención tenemos que leer, escuchar, empaparnos del evangelio que hoy se nos ofrece. ¿Qué necesitaríamos en verdad?

El evangelio es claro. Escuchémoslo desde el corazón y con mucha atención porque nos dice cosas importantes. Repasemos las situaciones que se nos describen. Un hombre, que en cierta manera era importante, era el jefe de la sinagoga, tiene una niña que está muy enferma y acude directamente a Jesús. Y Jesús se ofrece para ir directamente a su casa para darle vida a su niña. Por otra parte una pobre mujer, anónima entre la multitud de manera que pasa desapercibido incluso en la situación de la enfermedad que padece que en cierto modo oculta, pero que no sabe a quien acudir y se va directamente a Jesús, sin preparar palabras ni peticiones, pero con una certeza que le da su corazón desde la fe que la mueve; solo con tocarle el manto piensa ella que es suficiente.

Vendrán criados con malas nuevas para el jefe de la sinagoga, porque piensan que ya nada hay que hacer, pero Jesús le dice a aquel hombre que solo le ha pedido fe, ‘basta que tengas fe’. Aquella mujer, que nada dice, pero que se atreve a tocar a Jesús pero que ahora le está costando dar la cara cuando Jesús pregunta que quien le ha tocado, incluso con la aglomeración de gente a su alrededor, cuando se atreve a dar el paso adelante, tímida pero agradecida, Jesús le dirá que su fe le ha curado.

La única instancia necesaria ha sido la de la fe. Ni discursos con muchas palabras ni influencias de nadie que puedan aparecer como poderosos, sino la humildad del que se siente pobre y necesitado y con esa fe y con esa humildad acude a Jesús. No hacen falta antesalas porque todo va a suceder a pie de calle, no será necesario acudir ni al templo ni a la sinagoga, Jesús que se baja de la barca y allí lo aborda aquel hombre, Jesús que camina por la calle entre el remolino de gente que lo apretuja por todas partes. Pero la fe mueve montañas, como nos dirá Jesús en otra ocasión.

Y nosotros que nos cansamos de hacer largos rezos, nosotros que acudimos a la intercesión de todos los santos, nosotros que rodeamos de esplendor nuestro culto, nosotros que vamos con nuestras ofrendas por delante o al menos con nuestras promesas de no sé cuantas cosas haremos después, cuantas de alguna manera instancias que preparamos;  y Jesús nos dice que basta que tengamos fe, Jesús que se deja abordar por los necesitados o sale a su encuentro dejando que lo apretuje la gente o tiren de su manto, Jesús que se pone en camino allí donde falta la vida porque quiere hacer que la recuperemos, Jesús que no le importa que se rían de El porque está diciendo cosas que la mayoría influenciada por costumbres o rutinas no sabe comprender.

¿Aprenderemos a encontrarnos con Jesús? ¿Sabremos descubrirle en quien sale a nuestro encuentro en la vida y nos ofrece su oído para escucharnos, nos regala su palabra que nos anima, vuelve su mirada hacia quienes estamos al borde del camino, nos llama para que vayamos hasta El?

¡Qué hermoso es el evangelio! ¡Qué buena noticia nos trae Jesús! Dejémonos sorprender, comencemos a ver las cosas con los ojos de Jesús, despertemos de verdad nuestra fe y que sea la que mueva esas montañas de rutinas que paralizan nuestra vida.

 

lunes, 8 de julio de 2024

Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

 


Necesitamos sentir y descubrir lo que es la vida que hemos de vivir en plenitud y nos hace verdaderamente felices

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Como tengamos salud, lo tenemos todo. Eso nos decimos muchas veces. Y no queremos la enfermedad ni el sufrimiento. Aunque muchas son las ambiciones que tenemos en la vida, - porque ¿quién no quiere sacarse la lotería con lo que podríamos tapar tantos huequitos, como decimos tantas veces? ¿Quién no quiere que las cosas le salgan bien, prosperen sus negocios, o vea el fruto de su trabajo? ¿Quién en el fondo no quiere tener éxito en la vida, ganar en prestigio, poder alcanzar grandes puestos que son como logros o triunfos en la vida? – sin embargo nos decimos que teniendo salud, lo tenemos todo. Nos aparece en un momento determinado la enfermedad y nos sentimos como descolocados, no sabemos cómo reaccionar, perdemos la calma y la serenidad, nos sentimos aburridos en la vida. Pero ¿solo esa salud corporal es verdaderamente lo importante?

Seguramente podemos llegar a darnos cuenta que detrás o por encima de esa salud corporal hay otra cosa que sí puede llenar la vida. No estamos enfermos, pero estamos tristes porque quizás nos duelen los desaires que nos puedan hacer los demás. No tenemos ninguna enfermedad a la vista ni en nosotros ni en los que amamos, pero quizás no tenemos auténtica paz en casa, en las relaciones entre los más cercanos y sentimos en nuestro interior que realmente nos falta algo que nos pueda hacer más felices. Y así podemos seguir haciéndonos más comparaciones pero es necesario sentir y descubrir lo que verdaderamente es la vida que hemos de vivir en plenitud.

Hoy el evangelio nos ofrece un episodio que realmente se desdobla en dos a lo largo de su desarrollo. En principio viene un padre angustiado; ¿por qué su angustia? Su hija está en las últimas o acaba de morir – según el relato de uno u otro de los evangelistas – y pide la presencia de Jesús en su hogar; quiere que vaya le imponga las manos a su hija para que haya vida.

De camino una mujer se atraviesa, vamos a decirlo así, en el camino; viene con su enfermedad, sus hemorragias que no se curan, a pesar de haberse gastado todo lo que tenía en médicos y medicinas; pero aquella mujer tiene una confianza plena en Jesús, por eso se atreve a tocar el manto de Jesús intentando que ni siquiera El lo note. En aquella mujer hay muchos miedos y temores; su enfermedad la hacía impura y no podía presentarse en medio de la gente; después al sentirse curada sigue aún temiendo el verse descubierta, por eso intenta pasar desapercibida entre la gente hasta que no le queda más remedio que reconocer lo que ha hecho y presentarse ahora ante Jesus.

¿Es solo la enfermedad o la muerte en sentido físico lo que está afectando a estas personas? Hay angustias y otros sufrimientos del espíritu, hay miedos y desconfianzas que le hacen ocultarse; hay una paz que falta en el corazón; hay un no terminar de reconocer lo que se es también con sus debilidades, hay una turbación del espíritu que parece difícil de curar. Todavía Jairo siente desconfianza cuando aun yendo ya Jesús de camino le vienen a anunciar que ya no hay nada que hacer.

Pero cuando aquella mujer reconoce toda su situación y es capaz de manifestarse con libertad también delante de los demás, no sólo ha recobrado su salud sino que ha recobrado su dignidad, su confianza en sí misma, su propia valoración. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús; pero solo le ha curado de sus hemorragias sino que la ha curado dentro de sí misma, pero ahora sí que se sentirá otra mujer en toda su grandeza.

Te he dicho que te basta la fe, le dice Jesus a aquel hombre que parece que lo ve todo perdido. Todo cambia a la llegada de Jesús a aquella casa; no se necesitan aquellas plañideras, no hay porque seguir con crespones de duelo, pero ha renacido la vida, hay que volver al ritmo y a la armonía de aquel hogar donde los padres se vuelven a sentar con los hijos para comer juntos, con todo lo que eso puede significar. ‘Dadle de comer a la niña’, les dice Jesus cuando la levanta de su postración. Jesús viene a levantarnos de nuestra postración, esa postración de nuestras angustias y desánimos, de nuestras desesperanzas y de verlo todo negro, de nuestras pasividades y desalientos, de seguir arrastrándonos por la vida cuando podemos caminar con dignidad por nosotros mismos.

Es algo más que la salud física, del cuerpo, o la liberación de una enfermedad; hay otras cosas que pueden hundirnos y de lo que Jesús quiere levantarnos, es esa paz que quiere poner en nuestros corazones, ese buen ánimo para enfrentar la vida aún cuando aparezcan momentos duros y difíciles.

¿Comprenderemos lo que es verdaderamente importante y nos hace plenamente felices?


martes, 30 de enero de 2024

Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

 


Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

Nos sucede muchas veces, nos encontramos pasando por un mal momento del que queremos salir, pero parece que todo son dificultades, murallas que parecen interponerse para encontrar la solución. Y muchas veces parte de nosotros mismos, de nuestra indecisión o de nuestros miedos, como también en el camino podemos encontrarnos obstáculos, desde quienes parece que se gozan en hacernos creer que es grande la dificultad, o también de prejuicios o respetos sociales, por llamarlos de alguna manera que nos hacen temer que aquello no tiene solución o ya no hay remedio.

Pero si tenemos claro a dónde podemos acudir, no nos dejamos llevar por esos posibles prejuicios sociales, y no hacemos caso a tantos agoreros que nos ponen las cosas cada vez más negras, podremos tomar la valiente decisión de encontrar la solución o el camino para esa recuperación que necesitamos.

Muchas de estas cosas que hemos ido mencionando de lo que nos sucede en la vida podemos ver reflejadas en el pasaje del evangelio que hoy se nos presenta. En primer lugar está Jairo, era un hombre importante e influyente, que podía pertenecer de alguna manera a la clase dirigente de aquella sociedad, puesto que era el Jefe de la Sinagoga. Su situación social le podía estar cerca de aquellos escribas y fariseos que tanta oposición comenzaban a hacer a Jesús. Pero Jairo se encuentra con su hija enferma y, como dice él, está en las últimas. ¿A quién acudir? ¿Se atreverá con la prestancia de su figura a acudir como uno más hasta Jesús para que sane a su hija? Saltándose todos los prejuicios que le podían imponer de alguna manera los principales opositores a Jesús, se atreve a ir al encuentro con Jesús, cuando está llegando ahora en barca después de atravesar el lago, para pedirle que vaya a curar a su hija.


Parece que todo son prisas dada la urgencia de la situación de aquella niña. Pero Jesús ha tenido que detenerse en camino. Una mujer con hemorragias en la que se había gastado una fortuna buscando remedio para su enfermedad se ha atrevido a ir por detrás de Jesús a tocar el manto, con la confianza de que solo es necesario eso para curarse. No podría estar aquella mujer en medio de la aglomeración de personas que rodean a Jesús porque ella por su enfermedad es una mujer impura. Pero ha saltado todas esas conveniencias sociales y se ha acercado a Jesús.

Jesús ha sentido que alguien le ha tocado y se detiene en su camino, para impaciencia de Jairo. ‘¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaban: Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: ¿Quién me ha tocado?’ La mujer temblorosa no ha tenido más remedio que dar un paso adelante ‘y se echó a sus pies’. ‘Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad’, le dice Jesús.

Jairo le apremia y llegan malas noticias. No hay que molestar al maestro, la niña ha muerto. Otra barrera que se impone. Parece que la oscuridad de la muerte quiere hacer presencia. Tantos nubarrones negros que podrán descorrerse si mantenemos la fe. Es lo que le dice Jesús a Jairo. ‘No temas; basta que tengas fe’. Y continúan el camino, encontrándose la casa llena ya de las plañideras que lloran la muerte de la niña. ‘¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida’. Pero comenta el evangelista que se reían de El.  ¡Cuántos se ríen de nuestra fe! ¡Cuántas veces nos acobardamos temiendo esas burlas que podamos recibir por nuestra fe!


Y ya sabemos el final del relato. La tomó de la mano y la levantó y se la entregó a los padres. A pesar de que el camino se había llenado de sombras al final apareció la luz. También seguramente lo habremos experimentado cuando hemos mantenido con valentía nuestra fe. ¡Qué satisfacción más honda sentimos en el alma! No nos falta la luz porque nunca faltará la presencia de Dios que camina a nuestro lado y que se nos manifiesta de tantas maneras. Como lo hizo Jesús con Jairo, y como también le dio oportunidad a aquella mujer. Yo lo he sentido en mi vida.

Basta que mantengamos nuestra fe.


martes, 31 de enero de 2023

Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

 


Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21-43

Cosas así suelen suceder; cuando más prisa parece que tenemos, más tropiezos encontramos en el camino. Estamos deseosos por algo, hemos hecho de nuestra parte las gestiones necesarias para conseguirlo, pero vienen los retrasos, vienen los ‘peros’y las dificultades, cosas que van surgiendo y que ralentizan la solución o la concesión de aquello que habíamos solicitado, o que estábamos deseando conseguir y que en principio tan fácil parecía.

Nos encontramos en el evangelio hoy a un hombre que vive envuelto en sus preocupaciones, su niña está enferma y parece estar en las últimas. Quizás ha oído hablar de Jesús que realiza milagros, que cura a los enfermos, lo busca quizás y no lo encuentra, porque Jesús está al otro lado del lago – recordemos el evangelio de ayer -; a su llegada está esperándolo como muchas gente también que lo espera porque quiere escucharle. Es lo que se disponía hacer Jesús, hablar, enseñar a la gente que allí está reunida.

Pero por medio se mete este hombre, que además es alguien principal porque es un jefe de la sinagoga; ¿se valdría quizás de su estado para acercarse a Jesús? para acercarse a Jesús no hace falta tener influencias, porque Jesús acoge a todos. Habla de su niña, de su situación, y Jesús se ofrece para ir a la casa de Jairo. Ojalá lleguen pronto.

Pero la gente entorpece el paso de Jesús. ahora una mujer en medio de aquella multitud que apretuja a Jesús se atreve a acercarse también porque ella también tiene un problema, una necesidad, está enferma con hemorragias que ningún medico ha podido curar. Pero no quiere interrumpir el camino de Jesús y tiene la confianza que con solo tocarle el manto puede curarse. Y así sucede.

Pero esto hace detenerse a Jesús, para que aun crezca más la impaciencia del jefe de la sinagoga. ‘¿Quién me ha tocado?’ pregunta Jesús y allá están los discípulos más cercanos para recordarle que toda la gente lo apretuja a su alrededor y muchos habrán sido los que lo han tocado. Pero Jesús se ha detenido. Jesús sabe hacer eso que a nosotros nos cuesta cuando tenemos prisa. Allí hay alguien que ha estado sufriendo y que ahora ha recobrado la vida, la salud y Jesús quiere destacar algo. La mujer al final se acerca reconociendo lo que ha pasado. Ha sido ella quien lo ha tocado pero con esa fe grande que había en su corazón. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús, ‘vete en paz y queda curada de tu enfermedad’.

Era necesario resaltar la fe de aquella mujer, porque hay muchos más que están necesitando reafirmar también su fe. Han llegado a decirle a Jairo que no moleste más al maestro porque la niña ya ha fallecido. Y Jesús sigue con tema de la fe que sigue necesitando aquel hombre traspasado por el dolor de la noticia que le han traído. ‘No temas; basta que tengas fe’, le dice Jesús.  Y prosiguen el camino.

Ya hemos escuchado el final del relato, cómo Jesús toma de la mano a la niña y la levanta, porque como les ha dicho ‘no está muerta, solo está dormida’. Y la niña vuelve a la vida y les dice que le den de comer. Seguramente en todo aquel proceso de la enfermedad poco habría comido y tendría hambre. 

Pero con la fe había llegado la vida a aquella casa. Como lo necesitamos nosotros; como necesitemos mantener la confianza y la esperanza; como tenemos que esperar la hora de Dios; como hemos nosotros también de mantener la fe. Dios llega a su hora a nuestra vida. Siempre hay una hora de la salvación.   

martes, 1 de febrero de 2022

Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

 


Dejémonos llevar por Jesús, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo entrar, ahí está esperándonos y tendiéndonos la mano

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

El refrán dice que nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Y bien que es cierto porque sólo cuando nos vemos con el agua hasta el cuello es cuando pedimos socorro. Normalmente nos queremos valer por nosotros mismos; es cierto que si yo puedo hacer una cosa, es junto que me afane por tenerla o conseguirla. Pero eso nos vuelve muchas veces autosuficientes en muchos sentidos y aspectos en nuestra relación con los demás, donde como decimos no queremos deber nada a nadie, pero nos afecta también al sentido religioso que podamos tener en la vida. En Dios buscamos nuestros refugios, y parece muchas veces que solo contamos con El cuando nos vemos en la más extrema necesidad, o en el mayor peligro. Es el supermercado donde vamos cuando necesitamos algo, o la farmacia a la que sólo acudimos cuando necesitamos una medicina.

Mal se estaban viendo los dos personajes de los que nos habla el evangelio. Parece como muy sencilla a simple vista que aquel jefe de la sinagoga acudiera a Jesús porque tenía enferma a su hija. El tenía su prestigio, en cierto modo era de la clase dominante y de los que de alguna manera ejercían algún poder. Pero ahora se ve en la necesidad de acudir a Jesús. Su hija está en las últimas. Ya no hay solución por otros caminos, y ha oído hablar de los milagros que hace Jesús, pues ahora viene a pedirle que vaya a poner su mano sobre ella para que se cure. En el fondo, no juzguemos del todo, porque era también un hombre de fe, aunque ahora no sabía ni a quien acudir.

Mal se estaba viendo también aquella mujer que había gastado toda su fortuna buscando la salud y sus hemorragias no cesaban. Fue un atrevimiento grande meterse en medio de la gente sabiendo que tenía que sentirse una mujer impura, a causa de sus hemorragias y no tendría que meterse en medio de la gente. Pero entre toda la gente que se apretujaba junto a Jesús está aquella mujer que no se atreve ni a hablar ni a pedir ayuda pero que tiene la fe de que solo tocando el manto de Jesús puede curar. Y es lo que hace. Y es lo que siente, que ‘las fuentes de sus hemorragias cesaron de inmediato y su cuerpo estaba curado’.

Esto hace que aquella comitiva, vamos a llamarla así, de los que se dirigían a la casa de Jairo encabezados por Jesús, se detenga. ‘¿Quién me ha tocado?’ por allá está el espabilado de Pedro diciendo ‘¿cómo se te ocurre preguntar eso, si ves toda la gente que se apretuja junto a ti?’ Pero Jesús no hace caso de las indicaciones de Pedro y está esperando la salida valiente de quien se ha atrevido a tocar su manto. La mujer temerosa se acerca y lo explica todo. ‘No te preocupes, viene a decirle Jesús, tu fe te ha curado… vete en paz porque tu fe ha curado’.

Mientras, llegan los sirvientes de Jairo para decirle que ya no hay nada que hacer, porque la niña ha muerto. Pronto estarán allí las plañideras para iniciar el duelo. No merece la pena molestar más al maestro. Parece que todo se pone en contra. Y ahora ha sido a causa de aquella mujer por lo que se ha detenido Jesús y no ha podido llegar a tiempo. Parece que todo se derrumba. Pero allí está la Palabra de Jesús. ‘No temas; basta que tengas fe’.

Cómo necesitaríamos tantas veces nosotros escuchar esa palabra de Jesús. Dudamos, nos derrumbamos, nos parece que nadie nos escucha, todo parece muchas veces que se nos pone en contra, los problemas se agravan y no encontramos soluciones, el camino para encontrar la luz se nos hace largo, se tambalea nuestra fe. En nuestros agobios y desesperanzas todo nos parece una montaña que se nos viene encima, las oscuridades parecen mayores. Pero mantengámonos anclados en esa fe que tenemos, aunque nos parezca débil y muchas veces imperfecta. ‘No temas, basta que tengas fe’, nos está diciendo Jesús.

Y El nos toma de la mano, y nos dice que las cosas no son tan grandes como nosotros las imaginamos, ‘la niña no está muerta, sino que está dormida’, y nos invita a confiar, y nos invita a entrar con El al santuario interior donde nos vamos a encontrar con El de verdad, donde vamos a recobrar la luz y la vida.

Dejémonos llevar por El, no temamos entrar con El a ese santuario interior al que muchas veces nos da miedo meternos, nos vamos a encontrar con nosotros mismos, vamos a ver quizá nuestra debilidad y nuestras oscuridades, pero ahí vamos a encontrar la luz, porque ahí está El esperándonos y tendiéndonos la mano. Toquemos la orla de su manto, agarrémonos fuerte a esa mano que se nos tiende, sintamos fuertemente su presencia. Esa fe también nos va a curar.

¿Nos invitará también a que le comamos para que tengamos vida y vida para siempre?

domingo, 27 de junio de 2021

Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

 


Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Corintios 8, 7. 9. 13-15; Marcos 5, 21-43

‘Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva’. Es la súplica de Jairo, el jefe de la sinagoga que acude a Jesús. Su niña está en las últimas. En el desarrollo de la escena, con las tardanzas en llegar a la casa de Jairo, le avisarán de qué para qué molestar más al maestro, porque la niña ha muerto. A su llegada ya estaban las plañideras cumpliendo su oficio en el duelo.

Una súplica llena de esperanza pero que las circunstancias harán que parezca que hasta la esperanza se pierde, porque no hay nada que hacer. ¿Nos recordará esto algo de lo que pasa entre nosotros? Será con motivo de una enfermedad grave, donde hacemos todo lo que está a nuestro alcance o nos valemos de los medios que la ciencia incluso nos pueda ofrecer, pero que llega un momento en que parece que todas las esperanzas se derrumban. La gravedad de la enfermedad, la muerte quizás que acecha.

Serán quizás los problemas en los que nos vemos envueltos en la vida. ¿Quién no tiene problemas? ¿Quién no ha pasado momentos de zozobra porque surgió un problema que iba a arruinar nuestra vida y del que no sabíamos cómo librarnos? Situaciones de angustia, de desesperanza, momentos en que lo vemos todo oscuro porque nos parece que todo está contra nosotros. Cosas que nos angustian y nos llenan de miedo, nos desorientan y no sabemos a donde acudir, cosas que nos duelen por dentro y que hacen brotar muchas veces una rebeldía interior.

Será por lo que tantos han pasado en este último año de la pandemia con las personas que se contagiaban y enfermaban, que luchaban entre la vida y la muerte ayudados por todo lo que los servicios sanitarios podían ofrecer, mientras los familiares tenían que quedarse a la distancia sin nada que hacer refugiándose solamente en la oración porque nada más se les permitía siempre con la esperanza del milagro, de poder ver un día a su familiar salir de aquella situación para volver al reencuentro con los suyos, la vuelta a su casa. 

Y en nuestro interior se entremezclan multitud de sentimientos y de interrogantes. ¿Qué nos vale la vida? ¿Qué sentido tiene todo este sufrimiento? ¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes de la vida? Quizás nos vemos abocados a despojarnos de todo, desde nuestras ideas preconcebidas o hasta de aquellas cosas que antes considerábamos tan importantes y de las que vemos ahora su poco valor. ¿Nos obliga todo esto a hacer como un reciclaje en la vida? ¿Habrá que plantearse el valor de muchas cosas en las que habíamos puesto nuestra esperanza? ¿Y la fe de qué nos sirve, qué respuesta nos ayuda a encontrar, qué es en lo que verdaderamente creemos?

Aquel hombre Jairo aunque parece sentirse muy seguro cuando presenta su súplica a Jesús para que vaya a imponer su mano sobre su niña para que se cure y viva, seguramente en su interior también le rondaban dudas e interrogantes. Todos nos los planteamos cuando nos vemos apretados por el dolor. En el camino cuando le avisan de que su niña ya ha muerto, todo se derrumbaba en su corazón. Pero allí estaba Jesús con su presencia, con su palabra. ‘Te he dicho que basta que tengas fe’. Y las palabras que con tanta seguridad escuchaba a Jesús volvieron quizá a hacer reavivar el rescoldo de su fe y siguió caminando al lado de Jesús sin saber qué es lo que realmente se iba a encontrar o la salida que todo aquello iba a tener. Pero El siguió confiando en Jesús.

Es lo que necesitamos. Que a pesar de todos los tumultos que tengamos en nuestra mente o en nuestro corazón todavía nuestros oídos puedan prestar atención a la palabra de Jesús. ‘Te he dicho que basta con que tengas fe’. No se nos puede derrumbar nuestra fe si somos capaces de darnos cuenta de quien camina a nuestro lado. Eso no lo podemos olvidar. Oscuros pueden ser los caminos, fuertes pueden ser las tormentas que tengamos que atravesar en la vida, duros pueden ser los interrogantes que nos planteemos por dentro, pero sepamos ver quién camina a nuestro lado y nuestro camino no será tan oscuro, la tormenta no será tan fiera, y aunque no sepamos cómo vamos a salir, al final veremos que hay luz y que hay vida.

Esa muerte, ese camino oscuro, esa tormenta al final no será nada más que un sueño cuando nos encontremos con la vida de nuevo. ‘La niña no está muerta, sino que está dormida’, les decía Jesús pidiendo que callaran aquellas plañideras, pero se reían de El. Nos puede pasar que cuando nos vean en esa tormenta que estamos atravesando con la confianza puesta en Jesús, alguien quizá pueda reírse de nosotros. Pero no nos importa porque sabemos de quien nos fiamos.

Sabemos que su mano nos va a levantar de nuestra postración, de nuestra caída, de la muerte en la que podamos encontrarnos por esas circunstancias o esos momentos malos que estemos pasando. ‘Talita kumí’, nos dirá también Jesús a nosotros y nos tenderá la mano y nos levantará de nuestra camilla de muerte y nos dirá que tenemos que seguir en la vida con las mismas luchas pero también con la misma ilusión pero con la certeza de que no estamos solos, porque Cristo camina a nuestro lado.

¿Habremos experimentado algo de eso en la vida? Mira con ojos de fe cuanto te ha sucedido y podrás hacer una nueva lectura de tu vida – una lectura creyente o desde la fe - y también quizás de lo que han sido tus sufrimientos o tus angustias. Con ojos de fe te darás cuenta de quien venía caminando a tu lado y quizás no te dabas cuenta. Pero Jesús nunca nos deja de la mano.

lunes, 6 de julio de 2020

Encerrados en nuestra autosuficiencia difícilmente se encenderá la luz de la fe en el corazón sin embargo crece y se fortifica creyendo con toda humildad y confianza


Encerrados en nuestra autosuficiencia difícilmente se encenderá la luz de la fe en el corazón sin embargo crece y se fortifica creyendo con toda humildad y confianza

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Sal 144; Mateo 9, 18-26
Nos pueden parecer caminos distintos. Y es que el camino es algo más que el lugar geográfico que recorremos, sino que es el camino que nosotros con nuestras circunstancias distintas en cada uno hacemos. Uno y otro camino, recorrido por una persona o recorrido por otra sin embargo nos pueden llevar a la misma meta. Cada uno con sus circunstancias, con sus propios problemas o dificultades va haciendo el camino, va haciendo su recorrido, va llegando a su meta.
Así es el camino de la fe. Nos conduce a Dios, pero cada uno de nosotros somos distintos y por eso nos pueden parecer también los caminos distintos, pero a pesar de las circunstancias particulares o personales de cada uno ha de tener también unos presupuestos semejantes, podríamos decir, para llegar a esa proclamación o a esa vivencia de la fe. El camino de la fe siempre tiene que estar fundamentado en la humildad porque pobres y pequeños nos sentimos todos ante el misterio de Dios y ante la inmensidad de su amor. Un camino de humildad pero un camino de apertura de corazón y de generosidad para confiar, para fiarnos, para dejarnos hacer y conducir, porque además la fe es un don, un don que recibimos de Dios y que nos pide una respuesta.
Cuando al principio decía que los caminos nos pueden parecer distintos estaba queriendo hacer referencia a lo que hoy nos presenta el evangelio. Dos personas que se acercan a Jesús, si queremos decir en el mismo camino que fue el recorrido desde la entrada de la ciudad hasta la casa de Jairo, pero que fueron caminos diferentes por los que se acercaron a Jesús. Uno era un personaje importante, el jefe de la sinagoga, Jairo, como nos dice uno de los evangelistas que nos relata este hecho que acude abiertamente a Jesús porque su hija se está muriendo y quiere que Jesús vaya a imponerle su mano para que se cure.
Y Jesús se pone en camino. Alrededor mucha gente, quizás atraídos por una parte por la fama de Jesús pero también por el hecho de aquel personaje importante que ha venido a rogarle a Jesús y Jesús ahora se dirige a su casa. Pero en medio de toda aquella gente hay otra persona que también está haciendo un camino; pasa desapercibida, no quiere incluso que nadie se entere de su situación y enfermedad no solo por la vergüenza de sus hemorragias, sino porque eso además la convertía en una mujer impura – todo lo que fuera un flujo de sangre así era considerado causa de impureza -. Y aquella mujer calladamente pero con una fe y una humildad grande por detrás le toca el manto a Jesús porque tiene la confianza de que solo eso basta para ser curada.
Vemos las diferencias de los caminos. Uno entre el bullicio de la gente y la importancia de ser un personaje en la comunidad, jefe de la sinagoga, y la otra en la humildad del silencio pasando totalmente desapercibida. Pero para Jesús no pasó desapercibido; si antes había escuchado a Jairo y había accedido a ir con él hasta su casa, ahora siente que aquella mujer le ha tocado, que allí ha habido una mano llena de fe que se ha acercado hasta Jesús. Pero la fe de ambos hará posible el milagro. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús a la mujer. ‘Basta que tengas fe’, le dice Jesús a Jairo cuando llegan las malas noticias de que la niña ha muerto. Y si la mano de la mujer fue la que se acercó a Jesús, ahora es la mano de Jesús la que toma de su mano a la niña para levantarla. ‘A ti te lo digo, levántate’.
En ambos caso resplandece la humildad y la confianza que alimenta la fe. Creyendo humildemente la fe de aquellas dos personas crece y se hace grande como para que Dios obre maravillas en ellos. Como nos enseñaba Benedicto XVI ‘la fe solo crece y se fortalece, creyendo’. Cuando nos cerramos a la fe en nuestras autosuficiencias difícilmente se va a encender esa luz en nuestro corazón.

martes, 4 de febrero de 2020

Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar



Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43
A veces nos sentimos muy seguros de conseguir aquellos deseos o aquellas metas que nos proponemos y estamos como optimistas y hasta pregustando ya las mieles de lo conseguido; nos hacemos nuestro plan bien detallada, bien lo llevemos en la mente porque son quizás muchas las horas que le hemos dedicado a pensarlo y repensarlo, o bien porque plasmemos nuestros objetivo en un proyecto como si fuera una memoria de aquello que queremos conseguir.
Pero tras esos momentos de euforia nos puede sobrevenir de repente el pesimismo, nos llenamos de negatividad y ya no lo vemos tan fácil; nos aparecen en nuestra imaginación o en aquellas cosas que vemos que se van como encadenando dificultades, problemas que nos hacen ver ya nuestros proyectos, antes tan luminosos, ahora llenos de sombras que parecen que nos tiran abajo todas nuestras ilusiones.
Son los proyectos que el padre de familias se hace para su vida futura, pero sobre todo sus hijos soñando en su interior muchas cosas hermosas que espera conseguir; será el profesional en su trabajo, será el que trabaja en la vida social con sus proyectos de mejora de la sociedad con sus correspondientes planificaciones. Serán tantas cosas que soñamos y llevamos en nuestra mente de cara a nuestro futuro. Momentos ilusionantes, donde todo son luces, pero momentos que se nos intercalan de oscuridad con sus problemas y con las dificultades que encontramos en nosotros mismos, porque quizá nos sentimos incapaces de llevar esos proyectos adelante, o porque nos sentimos tan débiles y limitados que ya nos puede parecer imposible.
¿Qué hacer? ¿Resignarnos y esperar pasivamente a ver lo que podemos conseguir? ¿Llenarnos de miedos y temores que nos impiden dar un paso? ¿O buscar algo que nos dé ilusión, que nos haga sentir una fuerza interior que nos empuje, algo que nos haga creer en nosotros mismos para encontrar razones para luchar por esos objetivos?
¿Qué luz podemos encontrar en el evangelio de este día? Dos testimonios de dos personas que se sentían seguras en lo que deseaban y que, podríamos decir así, no les temblaron las piernas para llegar a conseguir lo que pedían o lo que deseaban, porque una de ellas ni siquiera llegó a expresarlo con palabras.
Nos habla de Jairo, jefe de la sinagoga, que tenía a su hija muy enferma, prácticamente en las últimas, y que con fe se acerca a Jesús para pedirle que haga algo por él. Y Jesús se pone en camino a casa de Jairo.
Pero en el camino se intercalan otras cosas; por una parte una mujer que se considera impura a si misma por causa de sus hemorragias y que había gastado toda su fortuna y no lo había conseguido. Pero ahora tiene a mano a Jesús; está segura que con solo tocarle la orla de su manto curaría. Y en medio del revuelo de la gente que siguen a Jesús ella se acerca por detrás y toca el manto de Jesús. Siente en su interior que está curada y ahora no sabe donde meterse, porque Jesús pregunta quién le ha tocado. Aunque ya está curada temblorosa se acerca a Jesús para reconocerlo. ‘Tu fe te ha curado’, le dirá Jesús. Aquella mujer no dudó aunque se interpusieran murallas de gente entre ella y Jesús.
Pero al tiempo vienen a decirle a Jairo que no moleste al maestro porque no hay nada que hacer, su niña ha muerto. Ya en la casa andan con los preparativos del funeral. Se le habían caído por tierra todas sus ilusiones y esperanzas; habría querido que el Maestro llegara a tiempo, pero el tiempo se había acabado. Seguro que la congoja también caería como una loza sobre Jairo. ¿No te he dicho que te basta que tengas fe?, interpela ahora Jesús a Jairo.
Y mantuvieron viva su fe, tanto la mujer como Jairo; la mujer se curó, la niña volvió a la vida. Necesitamos nosotros esa fe viva; necesitamos llenarnos de certezas y de confianza; necesitamos sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto; necesitamos esa confianza y esa perseverancia en tantos momentos de la vida; necesitamos ese optimismo que nos da la fe, esa esperanza que nos hace confiar y esperar. Saquemos muchas conclusiones de este pasaje del evangelio que bien lo necesitamos en el día a día de nuestra vida.

martes, 30 de enero de 2018

El camino se nos hace largo con sus oscuridades en la vida pero en la fe encontraremos siempre la luz al final que nos hace caminar con esperanza

El camino se nos hace largo con sus oscuridades en la vida pero en la fe encontraremos siempre la luz al final que nos hace caminar con esperanza

2Samuel 18,9-10.14b.24-25a.30–19,3; Sal 21; Marcos 5,21-43

La fe es un camino que no siempre es fácil, muchas veces se nos vuelve doloroso, parece que se  nos alarga sin fin hasta que podemos alcanzar la luz, pero hemos de saberlo recorrer con confianza, con perseverancia, siempre con deseos de búsqueda, abiertos a una vida nueva que se nos puede ofrecer.
En la vida tenemos momentos dolorosos, llenos de dificultades, donde todo parece que se nos vuelve oscuro. Serán las enfermedades, o serán los problemas de cada día en nuestra convivencia con los demás o en esas cosas que no nos salen como a nosotros nos gustaría, será ese camino de superación que se nos hace costoso porque muchos son los apegos de los que sabemos que tenemos que desprendernos o serán los vientos en contra que podamos encontrar cuando hay oposición a nuestras ideas o planteamientos o la imposibilidad que sentimos en nuestra propia debilidad para alcanzar las metas que deseamos, o pudieran ser los cantos de sirena que escuchamos desde muchos lados invitándonos a abandonar nuestra lucha para seguir caminos que nos dicen que son más fáciles y placenteros.
Ahí se va a descubrir la madurez de nuestra vida con nuestras luchas, con nuestra constancia, con la búsqueda sincera de la luz, con la apertura de nuestro corazón, con la trascendencia que le queremos dar a nuestra vida. El creyente ha de sentirse seguro en ese camino aunque nos pudiera parecer tenebroso en ocasiones, sabe de quien se FIA. El verdadero creyente sabe de la presencia de Dios que siempre está a nuestro lado aunque nos parezca que no lo veamos; el verdadero creyente se fía, se fía de la Palabra de Dios que viene a ser su fortaleza; el verdadero creyente sabe donde puede poner toda su confianza, porque Dios no le fallará.  Basta que nos mantengamos en nuestra fe.
Un hombre acude a Jesús porque ya es su última esperanza; tiene a su niña enferma que está en las últimas y acude a Jesús. Jesús se ofrece a ir a su casa. Parece que el camino se hace largo, gente que le sale al paso a Jesús, la mujer de las hemorragias que provoca también con su fe el milagro de su curación, los que viene a avisar que ya no hay nada que hacer porque su hija a muerto, la desolación que encuentra en su casa, todo se le vuelve oscuro. Pero Jesús le dice ‘No temas; basta que tengas fe’.
Es lo que necesitamos escuchar tantas veces nosotros en los caminos de nuestra vida, en nuestras luchas, en nuestros cansancios y desalientos, cuando nos falta la esperanza. Ahí está la Palabra de Jesús que nos invita a confiar. Encontraremos la luz; encontraremos la vida; saldremos adelante y venceremos porque tenemos asegurada la victoria con Jesús. ‘Yo he vencido al mundo’, nos dirá en otra ocasión. Y con Jesús nosotros podremos.
Nos acercaremos con confianza, como aquella mujer, que sabia que con solo tocarle el manto seria suficiente. Y lo fue. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’, le dice Jesús. Nos lo dice a nosotros también. Sigamos en el camino, vayamos con Jesús, caminemos tras sus huellas, anunciemos a los demás las maravillas que el Señor hace en nosotros.
La gente se quedó viendo visiones, nos dice el evangelista cuando Jesús hizo volver a la vida a la niña. Lo vieron, lo experimentaron, lo palparon. Alababan a Dios que realiza tales maravillas. Nosotros somos testigos que hemos de dar testimonio de lo que vivimos, de nuestra fe, esa fe que nos alienta y nos hace caminar y encontrar la luz. Los que están a nuestro lado quizá no lo vean, solo vean oscuridad y muerte, pero nosotros que hemos encontrado la luz tenemos que enseñarles el camino de la luz. El mundo necesita nuestro testimonio; el mundo necesita testigos y nosotros tenemos que dar ese testimonio.

martes, 31 de enero de 2017

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21 – 43
‘Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: - Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba…’
Habían regresado de nuevo a Cafarnaún después de la corta visita a la tierra de los gerasenos. Ahora la gente se arremolina una vez más en torno a Jesús. Y allí se acerca el jefe de la sinagoga. ¿Vendrá para invitar a Jesús a hablar en la sinagoga? Ya lo solía hacer habitualmente y era normal que cualquiera pudiera participar en la oración del sábado y hacer comentario sobre la Ley y los Profetas. Son otras las cosas que trae Jairo en su corazón por su hija está en las últimas. Ha sido testigo muchas veces de cómo Jesús en la misma sinagoga o en cualquier otro lugar donde se acercasen a él los enfermos mostraba siempre su amor y su misericordia.
‘Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que cure y viva’, es la petición que le hace a Jesús. Y allá va Jesús con él hasta su casa aunque por camino sucedan muchas cosas. Solo le está pidiendo Jesús a Jairo su fe; aunque sean duros los momentos, aunque vengan algunos diciendo que ya no hay nada que hacer, aunque se encuentra al llegar a la casa los lloros de las plañideras de turno, solo es necesaria la fe. ‘Basta que tengas fe’, le dirá Jesús.
Pero otro episodio de una grande fe se va a suceder en el camino. Una mujer con hemorragias incurables desde hace muchos años, en lo que había gastado todo lo que tenía buscando curarse se acercará también a Jesús. Aquí no mediarán palabras sino que será una fe silenciosa y que quiere pasar desapercibida. Pensaba ella que con solo tocarle la orla del manto podría curarse. Y así fue.
Pero aquella fe no puede quedarse en el anonimato. Jesús que sabe bien lo que ha ocurrido quiere hacer pública y patente aquella fe. ‘¿Quién me ha tocado?’ ¿Cómo hace tal pregunta si la gente lo apretuja por todas partes y muchos serían los empujones, las manos que se tienden para tocar a Jesús, la gente con la que se tropieza mientras va caminando? Es lo que le quieren hacer ver sus discípulos más cercanos. Pero Jesús sigue buscando con la mirada a la mujer que lo ha tocado, para quien ha llegado por su fe la salud y la salvación. ‘Hija, tu fe ha curado. Vete en paz y con salud’, le dirá finalmente Jesús cuando aquella mujer humildemente se atreva a acercase públicamente a Jesús.
Fe, vida, salud, salvación son los ejes de los distintos episodios que hoy se entrelazan en el evangelio. La fe de Jairo que pide por su hija y que ha de mantener firme frente a toda duda cuando las cosas pueden parecer que se vuelven más oscuras. Fe la de aquella mujer que calladamente acude a Jesús con la certeza de que en Jesús encontrará salud. Vida en la salud y en la vuelta a la vida de la niña que estaba en las últimas. Vida y salvación que va mucho más allá de una salud corporal que es lo que nos ofrece Jesús cuando en verdad creemos en El.
Una fe firme, con confianza, sin dudas, en el silencio y también en la proclamación publica de esa fe que anima nuestra vida. Fe de la que hemos de dar testimonio, aunque no nos entiendan, aunque se rían de nosotros como se reían de Jesús cuando decía que la niña no estaba muerta sino dormida. Fe que nos hace vivir una vida distinta de total confianza en el Señor. Fe que tenemos que contagiar a los demás para que todos puedan descubrir esa alegría que allá en lo más hondo de nosotros sentimos cuando vivimos nuestra fe. Fe que nos tiene que llevar también a la alabanza, a la acción de gracias al Señor por tantas maravillas que realiza en nosotros, por esa luz que ilumina nuestras vidas, por esa fuerza que sentimos en nuestro interior que nos salva y nos llena de vida nueva.

lunes, 4 de julio de 2016

En silencio caminamos sabiendo que vamos siguiendo los pasos de Jesús poniendo nuestro corazón y nuestra vida en sus manos con toda confianza

En silencio caminamos sabiendo que vamos siguiendo los pasos de Jesús poniendo nuestro corazón y nuestra vida en sus manos con toda confianza

 Oseas 2,16.17b-18.21-22; Sal 144;  Mateo 9,18-26

‘¡Ánimo, hija! ¡Ten confianza…! Tu fe te ha curado’. Son las palabras de Jesús a aquella mujer que con sus hemorragias y sus flujos de sangre se había atrevido a meterse entre la gente y acercarse a Jesús hasta tocarle el manto con la confianza de que podía ser curada. Lo que aquella mujer padecía producía una impureza legal que incluso trasmitía a quien la tocase o a quien ella se atreviera a tocar. Normalmente ese le impediría estar en medio de la gente por ese peligro de hacer incurrir en impureza a quien con ella tropezase. Pero sin temor a ninguna de esas consecuencias se acerca a Jesús. Cuando se siente curada y Jesús se vuelve hacia ella, todavía podía quedar en ella un cierto temor  ante lo que Jesús le dijera. Pero ya vemos las palabras de ánimo y de confianza que le dice Jesús.
‘¡Ánimo! ¡Ten confianza…!’  También quizá necesitamos escuchar nosotros en tantos momentos. Ahí están nuestras dudas y temores; ahí están tantas cosas que muchas veces nos pueden conducir a la desconfianza; ahí está lo que podemos temer que nos puedan decir los demás ante nuestras posturas o nuestra manera de ser; ahí están esas sombras que aparecen en nuestra vida quizá desde nuestras debilidades, nuestros tropiezos y fallos; ahí está nuestra fe débil que nos hace sentir tormento en nuestro corazón porque no sabemos si vamos a encontrar esa misericordia que nos aliviase por dentro.
Pero Jesús nos dice: ‘¡Ánimo! ¡Ten confianza…!’ y nos llama hijos, y nos manifiesta que el amor de Dios nunca falla, y se muestra la misericordia que cura nuestras dudas, nuestros temores, nuestras debilidades, que llena de luz nuestra vida porque nos hace sentirnos amados y comprendidos y perdonados y llenos de una nueva vida.
Aquella mujer se había acercado en silencio hasta Jesús y en silencio sigue ahora dando gracias en su corazón. Desde el corazón había hablado pidiendo y poniendo su confianza en Dios y desde su corazón en silencio, porque en el evangelio no escuchamos ninguna de sus palabras, da gracias a Dios por la nueva vida que siente dentro de si.
En silencio camina Jairo tras Jesús tras haberle hecho la petición de vida para su hija que acaba de morir y en silencio contempla ahora todo lo que sucede en intermedio con aquella mujer; en silencio le veremos llegar de nuevo a la casa con Jesús en medio de los alborotos de los que lloran la muerte de su hija, pero ha ido aprendiendo a confiar en Jesús que camina a su lado. ‘Basta que tengas fe’, le dice Jesús, y él ha puesto toda su fe en Jesús. Aunque la gente no entiende las palabras de Jesús ‘La niña no está muerta, está dormida’ el sigue confiando en silencio en que Jesús pondrá su mano sobre ella y vivirá.
En silencio caminamos nosotros sabiendo que vamos siguiendo los pasos de Jesús. Algunas veces habrá cosas que no entendemos, la gente nos dirá que estamos equivocados, el mundo querrá atraernos con sus concupiscencias, el materialismo ronda nuestra vida queriéndonos arrastrar tras sus redes, nos aparecen momentos oscuros en que parece que la soledad cae sobre nosotros como una loza que nos oprime o nos hunde, pero queremos tener confianza, queremos poner toda nuestra fe en Jesús, queremos seguir sus mismos pasos que sabemos que nos llevan a la vida. Que no se nos debilite la fe.