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lunes, 10 de julio de 2023

El evangelio nos habla de la fe que nos sana y que nos salva, que nos pone en camino de vida, que no nos deja resignarnos sino que nos da fortaleza para la lucha

 


El evangelio nos habla de la fe que nos sana y que nos salva, que nos pone en camino de vida, que no nos deja resignarnos sino que nos da fortaleza para la lucha

Génesis 28, 10-22ª; Sal 90; Mateo 9,18-26

No todos reaccionamos ni nos enfrentamos a los problemas de la misma manera; todos en nuestro interior los sufrimos, algunos toman decisiones rápidas acudiendo inmediatamente a donde podamos solucionarlos no importándole incluso que se sepa la mala situación por la que estamos pasando, otros con timidez buscamos una solución pero no nos atrevemos con claridad enfrentarnos al problema aunque nos duela quizás por vergüenza a que sea conocido o buscamos maneras que nos puedan parecer confusas y diluidas también para encontrar una solución.

Quizás no tenemos confianza en nosotros mismos, entramos como en una rutina en que nos acostumbramos a todo, desconfiamos de cuanto hay a nuestro alrededor, porque quizás muchas veces nos hemos visto muy solos, no sabemos a quien acudir o no nos atrevemos a acudir allí donde podemos encontrar soluciones y ayudas para nuestra situación.

Nos encontramos a mucha gente que se resigna y aguanta, y quiere hasta convertir en virtud su resignación, pero esa pasividad le llevará aun a mayor sufrimiento. Necesitamos aprender a confiar, necesitamos tener decisiones firmes, nos hace falta una fortaleza de ánimo que algunas veces hemos perdido. Tenemos también que saber mirar hacia lo alto, porque en Dios aprendamos a poner nuestra confianza, con la certeza de que El nunca fallará.

La página del evangelio de hoy nos habla de dos diferentes maneras de afrontar una situación dura para sus vidas, pero hay algo que tienen en común, la fe. Primero contemplamos a este jefe de la Sinagoga, Jairo se le llama en otro evangelio, que acude a Jesús porque su hija acaba de morir. Tiene la confianza toda puesta en Jesús; si pone su mano sobre ella está seguro que no perderá a su hija. Y se ponen en camino. La tardanza en llegar por causa de otros encuentros tenidos por medio, le hará dudar, y al llegar a la casa todo es un ambiente de muerte con las plañideras incluso con sus gritos de dolor. Será necesario que Jesús insista en la fe de aquel hombre, porque la niña no está muerta, como le dice Jesús, sino que duerme, aunque estas palabras encuentren el desprecio de los que no tienen fe. Pero Jesús tomará a la niña de su mano y la levantará de su sueño de muerte.

Pero decíamos que en medio han sucedido otros encuentros. Una mujer que padece de unas hemorragias crónicas también piensa que Jesús podrá sanarla, cuando ya ha gastado toda su fortuna y sus esperanzas en quienes no podían darle solución a su problema. Para una mujer en aquella época era vergonzoso encontrarse en aquella situación porque sería considerada impura y por eso no acudirá públicamente a Jesús. Pero ella tiene una confianza, si al menos toca el manto de Jesús sabrá que podrá curarse, y eso hace.

Aunque todo ha sucedido en el secreto y la discreción de aquella mujer que no quiere hacerse notar, Jesús, sin embargo, querrá destacar la fe valiente, aunque parezca llena de cobardía por la forma de hacer, de aquella mujer. ‘Jesús se volvió y al verla le dijo: Ánimo, mujer, tu te fe ha curado. Y la mujer quedó sana’. Al final de estos episodios, el evangelista nos dirá que la gente sorprendida alababa a Dios y la noticia se divulgó por toda la comarca.

¿Era simplemente la noticia de un taumaturgo que hacía cosas extraordinarias y curaba a las personas? Es algo distinto lo que quiere trasmitirnos hoy, la fe que nos sana y que nos salva, la fe que nos pone en camino de nueva vida y abre nuevos horizontes a nuestra existencia, la fe que nos hace valientes para luchar contra las sombras para llenar el mundo de vida, la fe que no es resignación sino nueva fortaleza para la lucha por la vida, la fe que nos hace encontrarnos con Jesús para sentir cómo se derrama el amor de Dios sobre nosotros, la fe que llena de confianza nuestra vida porque nos descubre que somos amados y si Dios nos ama importante es nuestra vida, importante somos ante los ojos de Dios, la fe que tendrá que divulgarse, de la que hemos de dar testimonio, que nos hemos de tener miedo de manifestarla públicamente porque lo que estamos haciendo es divulgar el amor que Dios nos tiene.

martes, 11 de agosto de 2020

Tenemos que aprender a abajarnos en la vida para ponernos realmente a la altura del otro y poder mirarle directamente a los ojos desde la sinceridad del corazón

 
Tenemos que aprender a abajarnos en la vida para ponernos realmente a la altura del otro y poder mirarle directamente a los ojos desde la sinceridad del corazón

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Sal 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Vivimos en una cultura de competitividad. Una palabra que refleja un estilo de vida lleno de luchas, que no nos importan que sean desleales, porque lo importante es ganar, quedar por encima del otro, arrebatar como sea ese primer puesto o ese poder porque queremos hacer relucir nuestro ego, nuestro orgullo. No es competencia en el sentido de hacer valer aquello en lo que somos competentes, en lo que tenemos unos valores o unas cualidades o unas capacidades que con el aprendizaje hemos desarrollado. Es el competir en un sentido de lucha que nos lleva a enfrentamientos, que nos hace ser dominantes, en que nos creemos poderosos buscando muchas veces solo nuestro beneficio personal. Todo vale entonces para lograr ese poder, todo vale en esa lucha y en la deslealtad a la que llegamos no importa la traición con tal de yo quedar vencedor.

Siempre estamos pensando en quién es más grande o más importante, quién puede más o en no dejar de ninguna manera que nadie esté por encima. Y eso nos ciega para ver los valores de los demás, para descubrir lo bueno que hay en el otro, para buscar un camino de colaboración para entre todos, cada uno según sus capacidades, sus competencias, cooperar para lo que sea lo mejor para todos. Hasta en lo que tendría que ser un juego en la vida que nos proporcionara diversión y entretenimiento ponemos por medio esa competitividad de lucha, de enfrentamiento y de pasión convirtiéndonos en rivales los unos de otros que casi en enemigos;  pensemos en lo que hemos hecho incluso de nuestros deportes.

Es una tentación que ha estado siempre en el hombre, en la humanidad. A todos nos pueden tentar esos brillos del poder, esa vanidad de la vida, esos orgullos que nos endiosan y cuando nos subimos a esos pedestales cómo nos cuesta bajarnos para caminar el camino llano donde todos nos sintamos hermanos. Vemos hoy en el evangelio que también los discípulos de Jesús sentían esa tentación. Desde el orgullo patrio en que vivían y en el que se sentían humillados bajo el poder de pueblos y poderes extranjeros, con la esperanza de un Mesías que les daría la gloria y la libertad, el estar cerca de aquel en el que pensaban que podía ser el Mesías, les hacía soñar también en esos brillos de poder. ¿Quién sería el más importante? Ya conocemos el momento en que dos de los discípulos, porque se sentían de la familia de Jesús, aspiraban a estar uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús a estos sueños y aspiraciones que les aparecen hoy les ofrece la imagen de un niño y les dice que tienen que ser como niños. El niño que no ha entrado en ese juego de la competitividad de los mayores, el niño que es humilde y sencillo y en su ternura es amigo de todos, el niño que juega con los otros niños solamente por divertirse y pasarlo bien, el niño de esa sonrisa abierta y de esos ojos brillantes en los que aún no han aparecido las sombras de la ambición y de los orgullos que tan pronto aprenderán de los mayores, el niño que siempre es dado y servicial, que solo busca cariño y que siempre nos ofrecerá la ternura de su corazón en ese beso inocente que con tanta facilidad nos regala.

Así nos dice Jesús que tenemos que ser. Así tiene que ser la humildad y la ternura que se han de destilar siempre de nuestro corazón; así con esa generosidad de poner lo que somos y lo que llevamos de bueno en el corazón para que todos seamos felices, para que haya esa sonrisa franca y esa risa llena de alegría y alejada de amarguras; así con esa generosidad que le hace espontáneamente solidario y que sabe llorar con el que llora, pero que también está pronto para reír y cantar con el que expresa alegría en la vida.

‘En verdad os digo, nos dice, que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

¿Aprenderemos de verdad que el Reino de Dios lo vamos a vivir desde cosas pequeñas? ¿Aprenderemos que no necesitamos hacer grandes cosas para vivir el Reino de Dios sino que esas cosas pequeñas de cada día las podemos hacer extraordinarias cuando llenamos la vida de humildad, sencillez, ternura, lealtad, amor y amistad verdadera? ¿Aprenderemos de una vez por todas a estar siempre a la altura del otro aunque pare ello tengamos que abajarnos, agacharnos para poder mirarle directamente a los ojos?

 

domingo, 21 de junio de 2020

La luz y verdad del evangelio amplía los horizontes de nuestra existencia, dándonos trascendencia, disipando dudas y temores, sintiendo la fortaleza del Espíritu




La luz y verdad del evangelio amplía los horizontes de nuestra existencia, dándonos trascendencia, disipando dudas y temores, sintiendo la fortaleza del Espíritu

Jeremías 20, 10-13; Sal 68; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33
Cuando éramos pequeños nuestros mayores querían que quitáramos el miedo y nos decían que los hombres no tienen miedo, que los hombres son valientes. Sé que lo hacían con la buena voluntad de que aprendiéramos a superar situaciones difíciles, el paso por lugares oscuros de la vida y al mismo tiempo superar o enfrentarnos a las dificultades que encontráramos, pero no sé si acaso ellos a pesar de sus palabras también ocultaban sus miedos y sus temores.
Es algo humano cuando tenemos que enfrentarnos a lo desconocido, cuando sabemos que vamos a encontrar dificultades que nos va costar superar, cuando incluso pensamos en el futuro de la vida lo que nos puede deparar, las circunstancias que vamos a encontrar o reconocer la debilidad que hay en nosotros mismos. Claro que tenemos que prepararnos para ello, saber encontrar una fortaleza interior que nos dé seguridad, tenemos unos recursos y no se trata solo de cosas materiales sino psicológicos y espirituales que no nos hagan perder la paz.
Ahora mismo en nuestra sociedad nos encontramos con muchas incertidumbres; hemos estado viviendo momentos difíciles que de alguna manera nos han cogido desprevenidos y con nuestros miedos en nuestro interior hemos tratado de ir sorteando dificultades. El temor a un contagio, la enfermedad, las dificultades de atención ante tanta improvisación por lo desconocido nos ha venido acompañando, pero seguramente las preocupaciones van cambiando y ya no es solo el temor a un contagio, sino la situación en que queda nuestra sociedad. Son preocupaciones que tenemos que afrontar, necesitamos algo en que apoyarnos, algo que nos de esperanza y fortaleza para seguir en este camino en que nos hemos visto envueltos. Y algo tiene que ver también nuestra fe, algo tenemos que saber encontrar en nuestra fe.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio si sabemos escucharlas allá en lo más hondo del corazón pueden ser luz en medio de nuestras oscuridades. Es cierto que estas palabras de Jesús en su intención primaria, por decirlo de alguna manera, era prevenir a los discípulos en las dificultades en que se iban a encontrar en la tarea del anuncio del evangelio y de su vivencia en medio del mundo. Iban los seguidores de Jesús a encontrar oposición, y más que oposición encontrarían también persecuciones que afectarían también a sus vidas. Y Jesús por tres veces en este texto que hoy hemos escuchado les dice que no tengan miedo.
El cristiano sabe que no se encuentra solo, que en la tarea que Jesús le ha encomendado del anuncio y testimonio del Evangelio cuenta siempre con la presencia del Espíritu del Señor que es su fortaleza. El discípulo de Jesús sabe que no es más que su maestro, y si a Jesús lo llevaron hasta la cruz el discípulo puede encontrarse también en ese camino. Hoy con la experiencia de la historia que también se vive en el momento presente de muchas formas sabemos las persecuciones con que nos vamos a encontrar. Y el cristiano sabe que lo de menos es que pueda perder la vida de su cuerpo, que lo importante es la fidelidad interior que ha de mantener en todo momento. Su seguridad y su fortaleza están en el Señor.
Es el testimonio claro que tiene que dar con toda su vida, con la fidelidad al mensaje que no puede callar, ocultar o disimular. La verdad del evangelio tiene que salir siempre a la luz. Y esa verdad del evangelio la tenemos que llevar reflejada en nuestra vida. Esa verdad del evangelio que amplía los horizontes de nuestra existencia, que llena de trascendencia nuestros actos y nuestra vida toda, que nos hace mirar a nuestro mundo con una mirada nueva para sentirnos también responsables de él, que nos da unos valores por los que luchar y que dan sentido a cuanto hacemos, unas nuevas actitudes ante los demás a los que miraremos con una mirada distinta porque son unos hermanos que caminan a nuestro lado.
Es la luz nueva que nos proyecta el evangelio, aunque enfrente encontremos otras luces que encandilan, que nos llaman la atención, que tratan de distraernos de nuestro camino, que van a tratar de oscurecer cuanto nosotros podamos hacer. Pero nos sentimos seguros en lo que hacemos, en el camino que queremos recorrer, en nuestra tarea y compromiso por hacer un mundo mejor. Y aunque mucha sea la tarea o muchas sean las dificultades no tenemos miedo; es lo que el Señor quiere inculcar hoy en nuestro corazón.
Todo esto que estamos reflexionando está haciendo referencia a todo lo que es nuestra vida y nuestra vida desde el sentido de Cristo cualesquiera que sea la situación que vivamos. Por eso ahora en estos momentos tiene que brillar fuerte esa luz del evangelio en la situación en la que encontramos. En nosotros no puede faltar la esperanza, porque sabemos de quien nos confiamos. Pero no es un optimismo ensoñador que nos haga perder contacto con la realidad. Es una esperanza viva porque tenemos que tener muy claro como tenemos que actuar.
Tenemos que ser los primeros en el compromiso, los que vayamos sembrando ilusión nueva y mucha esperanza en los que caminan a nuestro lado para hacer que nos sintamos fuertes; tiene que ser fuerte nuestro espíritu de solidaridad porque sabemos que apoyándonos juntos y sabiendo caminar de la mano los unos con los otros es como saldremos adelante y podremos alcanzar nuestras metas; tenemos mucho que luchar y luchar sin cansarnos, sin tirar la toalla, sin estar con ensoñaciones de lo que pudiéramos hacer sido sin estas circunstancias; tenemos que saber sacar todos los recursos de un espíritu que se siente fuerte; no podemos permitir que el derrotismo se nos meta por dentro porque sería el mejor camino para hundirnos.
Hoy nos habla Jesús de cómo el Padre bueno del cielo cuida de los pajarillos del cielo, como dice, que se venden por unos cuartos, cuánto más no cuidará de nosotros que somos sus hijos. Es la confianza de los que nos sentimos amados y queremos poner amor porque es el camino que nos salva, que nos lleva a la luz.

sábado, 4 de noviembre de 2017

No hagamos de la vida una lucha con la que pretendemos quedar por delante o por encima de los demás sino un camino que hacemos juntos y nos hace mutuamente más felices


No hagamos de la vida una lucha con la que pretendemos quedar por delante o por encima de los demás sino un camino que hacemos juntos y nos hace mutuamente más felices

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11

Qué bonito que en la vida fuéramos con la sencillez de los amigos y la humildad de los que se sienten hermanos y saben quererse de verdad. Sería un trato fraterno donde nos sentimos iguales aunque cada uno con sus valores y cualidades y la sencillez y la cercanía fuera nuestra manera de ser y de estar. Sabríamos caminar juntos en la vida sin hacer distinciones ni estaríamos apeteciendo el ponernos por delante y por encima porque pensamos que así destacamos más.
No brillan más los que pretenden imponerse y sobresalir sino quienes saben poner autenticidad en su vida y saben estar siempre a la misma altura de los demás. Quienes falsamente se quieren poner por delante para sobresalir pronto se va a descubrir la falsedad de su vida y hay el peligro de que queden aislados en sus torres de apariencia que lo que hacen es separarles de los demás.
Jesús a quien había invitado a comer un personaje principal entre los judíos se encuentra con los empujones y los codazos de los que quieren resplandecer en los primeros puestos. Esas ambiciones por destacar por encima de los demás podríamos decir que es tan viejo como el mundo y seguiremos encontrándonos esas mismas posturas y ambiciones. Seguimos hoy dándonos empujones y codazos; seguimos encontrando quiere quitar de en medio a quien le pueda hacer sombra; seguimos viendo a los demás como a unos contrincantes contra los que tenemos que luchar.
Y Jesús quiere hacernos pensar para que nos demos cuenta qué es lo verdaderamente importante para la persona. Nos encandilamos, es cierto, con los reconocimientos humanos y dice le gente que a quien no le halaga un dulce. Pero esas apetencias que podamos sentir dentro de nosotros tenemos que saber transformarlas para saber encontrar lo que hace verdaderamente importante a la persona.
Hemos convertido demasiado la vida en una lucha en que nos enfrentamos unos otros, yo diría innecesariamente. Tenemos que aprender a hacer los caminos juntos para poder saber llegar a la meta, encontrar ese camino que nos ayude a todos. Es cierto que no todos somos iguales porque no todos tenemos las mismas cualidades y valores, pero tenemos que saber poner juntos nuestros granos de arena que unidos a los de los demos harán ese mundo mejor, ese mundo más hermoso. Así no estaremos quitándonos ya sea el lugar o la riqueza que pueda tener el otro, sino que nos enriqueceremos mutuamente porque todos nos sentiremos beneficiados de lo bueno que son, tienen o hacen los demás.
Por eso Jesús nos enseña un camino de sencillez y de humildad, que es un camino de servicio y de darnos por los demás, que será lo que verdaderamente nos hace grandes. La importancia de nuestra vida se medirá por la humildad de nuestro servicio realizado con mucho amor con que hacemos más feliz al que está a nuestro lado.

domingo, 22 de octubre de 2017

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

La lucha por la vida muchas veces se nos convierte en una lucha de poderes; nos gusta el poder, ansiamos el poder, queremos tener poder; es la autosuficiencia que nos nace dentro, pero es el deseo de estar por encima, de poder más, de imponer lo mío o mis ideas, es la búsqueda y satisfacción solo de mis intereses, es la manipulación que pueda realizar de la vida, de las personas, de las cosas.
Si en verdad la responsabilidad de la vida, o las responsabilidades que tenemos que ejercer desde el ser miembros de una sociedad o una comunidad las viéramos como un servicio no tendríamos esa lucha de intereses egoístas por la que en nuestro orgullo queremos ser más y hasta nos podemos convertir en manipuladores. Y el peligro está en como en nuestras luchas hacemos una mezcolanza de cosas utilizando lo que sea para conseguir nuestros fines.
Y en nuestras luchas envolvemos a los otros y hasta podemos complicarles la vida. Queremos atraerlos a nuestro ámbito y queremos ser los que predominemos. Puede ser el poder a grandes niveles en cargos de gran responsabilidad, pero puede ser en ese ámbito más pequeño o más cercano en el que nos movemos, en la familia quizás, en el trabajo, con las personas que convivimos, con nuestros vecinos y con nuestros amigos.
Es cierto que no todos actúan así y muchos han comprendido bien lo que es el sentido de su responsabilidad y al sentirse miembros de un ente social quieren en verdad prestar los mejores servicios. Pero lo dicho anteriormente va como una llamada de atención ante los peligros en los que todos podemos caer y arrastrar a los demás.
Algo así podemos apreciar hoy en el evangelio en el entorno de Jesús en el que quieren envolverle a él también en sus intereses o acaso como no pueden buscan la forma de desprestigiar para quitarlo de en medio. Es una táctica que observamos también en el entorno de nuestra sociedad y nos tendría que hacer pensar.
No les convencía a ciertos sectores de la sociedad judía lo que Jesús les hablaba del Reino de Dios y la manera en que se los presentaba. En ese estilo nuevo de Jesús ellos no podían entrar para hacer sus manipulaciones. La imagen del Mesías con que Jesús se presentaba no era lo que ellos esperaban y estaban deseando. Les desconciertan las palabras y el mensaje de Jesús. Ya les había sucedido también a los discípulos más cercanos que discutían entre ellos por los primeros puestos o se valían también de sus artimañas humanas para lograr en sus sueños esas cotas de poder. ¿Seguirán siendo así entre los discípulos de Jesús hoy? Una pregunta que nos haría revisar muchas cosas también quizás en el seno de la Iglesia.
Pero vayamos a lo que nos cuenta el evangelio. Repetidamente vienen con preguntas capciosas tratando de coger a Jesús en algo que lo pudiera desprestigiar. Sumos sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos y saduceos, los partidarios de Herodes o los Zelotas, cada uno por su lado quizás luchaba por su cuota de poder. Pero Jesús venía desmontándoles muchas cosas. No pueden con él con la interpretación de los mandamientos principales de la ley lo que irrita a maestros de la ley y fariseos, no podrán cogerle aprovechándose de las palabras estrictas de la ley para hacer que Jesús también condene cuando tanto hablaba de misericordia y de perdón (ahí está el caso de la mujer adultera que no pueden apedrear), no terminan de aceptar lo que Jesús les habla de la pureza interior que es la verdadera y que no podemos andar como sepulcros blanqueados apoyándonos solo en apariencias…
Ahora se valdrán de los partidarios de Herodes que se niegan a pagar los tributos que les imponen los romanos. Y es la cuestión que le plantean. ¿Es licito pagar el impuesto al César o no? Claro que entran con palabras capciosas alabando la sinceridad de Jesús y cómo no se casa con nadie ni se deja manipular; nuestras estrategias… con la moneda de curso legal que todos llevan en sus bolsas Jesús les desmonta la pregunta. ¿Es la imagen del Cesar? Pues como son dineros del César de él tenéis que depender. Pero lo que es de Dios hay que dárselo a Dios.
Mucho quiere decirles Jesús con esta respuesta que no es una simple salida diplomática, digamos así. ¿Qué es lo que quiere Dios de nosotros? ¿Qué nos pide? Si nos fijamos en sus mandamientos nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. En la sublimidad del evangelio de Jesús todo lo resumiremos en una palabra, el amor. Pero fijémonos bien que ese amor es respeto por el hombre, es valoración de la persona, es sinceridad de vida, es búsqueda del bien para todo hombre, es esa pureza interior que nos hace tratar siempre sin maldad ni malicia a los que están a nuestro lado, es esa rectitud de vida que busca siempre lo bueno, es esa cercanía a la persona, a toda persona que nunca lo manipulará sino que siempre le ofrecerá lo mejor de si mismo. No otra cosa nos piden los mandamientos del Señor.
Cuando vamos haciendo todo esto estamos buscando la gloria de Dios que es el bien del hombre. Para eso nos ha creado, nos ha dado la vida y ha puesto el mundo en nuestras manos. Y ese mundo no es nuestro, es una criatura de Dios pero que está al servicio de todo hombre, de todos los hombres. No podemos acaparar, no nos lo podemos coger para nosotros solos, no podemos adueñarnos de la vida de nada ni de nadie. En nuestro corazón siempre tienen que sonar los sones de la solidaridad y de la justicia. Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Todo en nosotros ha de ser siempre servicio, porque es ahí donde de verdad nos engrandecemos. Esa es la mayor gloria del hombre.
Qué lejos quedan entonces aquellas ansias de poder y de grandezas humanas, que lejos de nosotros la manipulación y el acapararlo todo para nosotros solos, que lejos quedan aquellos pedestales en los que en nuestro orgullo queríamos subirnos. Es el estilo nuevo del Reino de Dios. El es nuestro único Señor y su gloria será siempre el que busquemos el bien del hombre, de la persona, haciendo entre todos un mundo mejor.


viernes, 17 de febrero de 2017

Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará

Frente a un mundo de ganancias, de competencias y de luchas ofrecemos una nueva escala de valores en la que pondré todo lo que soy para hacer que todos seamos mas felices

Génesis 11,1-9; Sal 32; Marcos 8,34-39
A nadie le gusta perder; todos queremos ganar. Son deseos que todos llevamos en el  corazón y nos sentimos emulados constantemente a crecer, a superarnos, y en el fondo queremos y deseamos estar en lo mas alto, tener mas, ser los mejores, no sentirnos relegados a un segundo término.
Además vivimos en un mundo de mucha competencia, pero en el sentido que le damos a la palabra de lucha, muchas veces de ir contra los demás; porque competencia puede significar que yo sea competente, que yo sea capaz, que yo desarrolle mis capacidades, mis posibilidades, pero enseguida lo volcamos en competencia como lucha y luchar luchamos demasiadas veces con los otros y somos capaces de emplear todas nuestras artimañas y estratagemas para conseguir ganar o estar en lo mas alto. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si con este plan y sentido hacemos que nuestro mundo sea mejor y todos seamos más felices.
Pero mira por donde hoy el evangelio nos desconcierta porque nos dice que tenemos que perder la vida para ganarla. ¿Cómo entenderlo? ¿Es una simple estrategia? ¿O será acaso un descubrir una nueva escala de valores?
Estas palabras de Jesús van en consonancia con lo que ayer escuchábamos en el evangelio. Ante la pregunta de Jesús Pedro había hecho una hermosa confesión de fe, pero Jesús les quiere hacer descubrir el verdadero sentido de su vida. Es el Mesías de Dios, es el Hijo de Dios, pero El ha venido a descubrirnos el verdadero sentido del amor. Un amor que le llevará a la entrega, a la muerte incluso, porque no le aceptarán, porque le perseguirán, porque lo entregarán en manos de los gentiles, porque al final dará su vida por nosotros. Es  la prueba del amor; es la manifestación mas sublime del amor; es la grandeza y la maravilla de un Dios que nos ama y de que manera.
Pues es lo que hoy nos esta diciendo Jesús, donde hemos de encontrar el sentido de nuestra vida, cual es la verdadera escala de valores por la que hemos de regir nuestra vida. Y el que ama se entrega hasta el final; el que ama de verdad no teme perder su vida, siente por encima de todo la felicidad de amar. El que ama de verdad encontrara la plenitud de su vida precisamente entregando su amor, entregando su vida. No la pierde, la gana. No es una pura estrategia, es una nueva escala de valores, un nuevo sentido a la vida.
No son renuncias porque si, sino buscar lo mejor, y buscar lo mejor no es solo buscarlo para mi, sino buscarlo para el otro; eso me obligara quizás a olvidarme de mi mismo, pero esto ganando en plenitud, en la satisfacción del amor, en el gozo de sentir que el otro es mas feliz.
Entonces mi verdadera competencia no es luchar por defenestrar al otro, como podríamos decir y como vemos tantas veces en la vida, sino ser yo competente de la mejor manera para hacer que mis valores, mis cualidades hagan bien. Nos sentimos obligados a contribuir con lo que somos, con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo en el que vivimos, en hacer que los otros sean más felices; puede parecer que yo pierdo porque no me busco a mi mismo el primero, pero realmente estoy alcanzando la mayor plenitud para mi vida.
Cuánto más felices seriamos todos si llegáramos a entender esta escala de valores que nos propone Jesús en el evangelio. Qué distinta seria nuestra humanidad, realmente seriamos humanidad verdadera.