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domingo, 30 de agosto de 2026

Seguir a Jesús significa emprender el camino del amor que nos hace entregar la vida cargando con nuestra cruz para poder ganarla en plenitud

 


Seguir a Jesús significa emprender el camino del amor que nos hace entregar la vida cargando con nuestra cruz para poder ganarla en plenitud

Jeremías 20, 7-9; Salmo 62; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27

No se me ocurre mejor ejemplo, aunque tras las consideraciones que nos vamos a hacer seguramente brotarán en nuestra mente hechos similares a lo que ahora nos vamos a referir; digo que no se me ocurre mejor ejemplo que pensar en el amor de una madre; ¿qué es lo que está dispuesta a hacer una madre por el hijo a quien ama? Lo reducimos siempre a una palabra, todo, porque podríamos decir que una madre lleva el amor en su corazón como valor y sentido de su vida y mientras no anule ese amor porque se deje vencer por el egoísmo será capaz de dar todo, hasta su vida si fuera necesario, por el hijo a quien ama; todos pensamos así como surgido espontáneamente esas noches de insomnio de una madre junto al lecho de su hijo enfermo, a lo que por supuesto podemos y tenemos que unir muchas más cosas que es capaz de hacer en nombre de su amor. Algunas veces a eso lo llamamos sacrificio, porque en cierto modo es una ofrenda que está haciendo de su vida en nombre del amor, pero la madre no ha elegido el camino del sacrificio sino el del amor, y como el amor es darse y entregarse será capaz de aceptar el sacrificarlo todo precisamente en nombre de ese amor. Y aquí muchas más cosas podríamos seguir diciendo.

He dicho de entrada que lo he escogido como ejemplo y es para que comprendamos el sentido y el valor de las palabras de Jesús hoy en el evangelio, o más aún, de su propia vida. El camino de Jesús no es otro que el del amor, es el camino que está recorriendo Él y nos manifiesta en el evangelio. Es El la gran manifestación del amor de Dios y es lo que nos quiere enseñar, pero porque es lo que está viviendo El. Es la propuesta que nos está haciendo para nuestra vida, es la propuesta del evangelio, porque lo que Él quiere es que vivamos en ese amor; es el sentido del Reino de Dios que nos está proponiendo, es el camino que El va haciendo delante de nosotros.

Pero no es fácil, no lo fue para Él, como igualmente no lo será para nosotros. Ya vemos en el evangelio el rechazo que por parte de ciertos sectores va teniendo El y su mensaje que no terminan de entender. En el fondo a nosotros nos sucede lo mismo, porque no siempre entendemos, muchas veces nos cuesta hacer el mismo camino de Jesús. El quiere ser, va a ser el gran signo de ese amor ante el mundo, aunque se sienta rechazado. Y es lo que ahora Jesús les está anunciando.

En pasajes anteriores, como escuchamos el mismo pasado domingo, se hace una proclamación de quién es Jesús., y le reconocen como el Ungido de Dios, el Mesías de Dios. Y como vemos que les costaría entender a los propios discípulos tan cercanos a Jesús., también les va a costar entender y aceptar a aquellos dirigentes de Israel. Es por lo que ahora anuncia Jesús que su subida a Jerusalén va a significar dolor y sufrimiento y aunque va a ser rechazado y llevado a la cruz, El tiene que seguir haciendo su subida a Jerusalén. ¿Es que Jesús buscar ese sacrificio y muerte en la cruz? Jesús. ha escogido el camino del amor, aunque luego ese amor venga acompañado por ese sufrimiento e incluso la muerte, porque es la prueba más grande, como nos dirá en otra ocasión, de lo que es el amor verdadero.

Pedro no lo entiende y quiere quitárselo de la cabeza, aunque me imagino al resto también pensándose mucho estas palabras de Jesús que no acaban de digerir. Y Jesús les dice que es una tentación muy fuerte, que pensando así no están pensando a la manera de Dios, porque no han llegado a entender lo que es el amor. Pero les dice algo más, si quieren ser sus discípulos, si quieren seguir sus pasos, no han de temer el camino de la cruz. Que cada uno tome su cruz, les dice, y que me siga.

Nos dice tomar nuestra cruz, a la manera como Él también carga con su cruz; la cruz de Jesús. pasa ahora por ese rechazo que va a encontrar, que incluso está encontrando en sus propios discípulos, y se va a encontrar con la violencia de este mundo que solo sabe resolver las cosas eliminando al que nos parece contrario o enemigo. Pero El aun en el momento de la cruz seguirá haciendo su ofrenda de amor, como aquel perdón que pide al Padre para aquellos que le están crucificando, o que le están negando el agua que alivie sus labios resecos por su pasión; en ese momento de la cruz seguirá haciendo su ofrenda de amor porque es así como se pone en las manos del Padre. No se está guardando la vida para sí porque no se puede encerrar el amor, porque el que entregue su vida así la ganará. Es dejarnos seducir por el amor, como nos decía el profeta, de manera que ya no podamos sofocar ese fuego que arde en nosotros.

Pero decíamos que nos dice que tenemos que tomar nuestra cruz, sí, la nuestra, la que cada uno personalmente tenemos que asumir si emprendemos ese camino del amor. No simplemente por sacrificio, sino porque hacemos entrega de nuestra vida por amor. Y la cruz la tendremos en nosotros mismos porque nos vemos tentados a abandonar, a no seguir adelante porque cuesta olvidarnos de nosotros mismos para darnos por los demás; la tendremos en nosotros mismos en tantas influencias que recibimos de todas partes para vivir la vida de otra manera; la tenemos en nosotros mismos porque nos cuesta bajar la cabeza por amor para perdonar; la tenemos en nosotros mismos en tantos fantasmas que asaltan nuestra mente proponiéndonos otras formas de ganar la vida o de disfrutar de la vida dejándonos arrastrar por nuestras ambiciones o nuestras pasiones; la tenemos cerca de nosotros en quienes quizás nos hacen la burla por nuestro sentido de vivir y nos dicen que eso de ser cristiano no es para tanto, que nos contentemos con cumplir con algunas cositas… cada uno tenemos que ver donde nos cuesta amar para darnos cuenta de donde está nuestra cruz.

¿Seremos capaces de seguir haciendo ese camino del amor que hemos querido emprender con Jesús.? Ya hemos escuchado lo que nos dice que ‘quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará’. Eso significa no amoldarnos a los criterios de este mundo, sino renovar nuestra mente para discernir lo que es la voluntad de Dios.


jueves, 23 de mayo de 2024

Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

 


Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

Jeremías 31, 31-34; Salmo 109; Marcos 14, 12a. 22-25

Cuando comemos algo quizás, como a primera vista, estamos pensando en el sabor y en el gusto de aquello que comemos, podemos sentirnos atraídos por su forma, su colorido o su sabor, como decimos algunas veces no comemos lo que no nos entra por los ojos, pero tendríamos que decir que todo eso es accidental, que lo importante es lo que asimilamos de aquel alimento, lo que nos da de vida al alimentarnos porque en fin de cuentas es lo que viene a significar el alimentarse, los nutrientes que recibimos que se convierten en energía y vida en nosotros, más allá de lo que desde su apariencia podemos contemplar. Quizás en ocasiones haya cosas que comemos, que ingerimos, aunque no nos sea siempre agradable al paladar, como nos puede suceder con una medicina que tomamos aunque no nos agrade porque sabemos que nos va a dar salud.

Hay en el evangelio se nos habla de comer un pan, que nos dice Jesús que es su cuerpo entregado por nosotros, y se nos invita a beber del vino de una copa que se nos señala que es la sangre derramada por nosotros. Y se nos habla de Alianza como se nos habla también de Reino de Dios, de la misma manera que se nos sitúa en el día de la pascua, en el día en que era sacrificado el cordero pascual.

Todo esto nos quiere decir mucho, porque cuando se nos habla de comer ese pan y de beber de ese cáliz se nos está diciendo qué es lo que realmente vamos a asimilar en esa comida; ya no será simplemente un pan o una copa de vino, se nos está hablando de la entrega de Jesús que es la ofrenda que de si mismo hace al Padre y se nos habla de su sacrificio, que es pascua y que es redención.

¿Quién puede ser capaz de realizar tal ofrenda en la que así mismo es la victima ofrecida en sacrificio? Eso solo lo puede realizar Jesús. Es el Pontífice, es el Sacerdote de la nueva alianza, porque en su entrega y en su sangre derramada se va a establecer una nueva Pascua. Contemplando estamos, pues, a Jesús como Sacerdote y al mismo tiempo como víctima porque es El quien se entrega, quien se sacrifica, quien en sí mismo realiza ese Sacrificio de la Nueva Alianza.

No es como la antiguas en que se ofrecía algo ajeno a uno mismo, aunque con nosotros también tuviera relación, una ofrenda de algo que personal que se hacía, una animal que se consideraba propio y que de alguna manera quería representarnos, pero ahora es distinto, no es algo ajeno o que lejanamente tenga relación con quien hace la ofrenda o realiza el sacrificio, porque es El mismo quien se entrega, quien se convierte en ofrenda pero quien al mismo tiempo hace la ofrenda. Es un nuevo sentido del sacerdocio, un nuevo Sacerdocio, no como el de los antiguos que podía pertenecer a un familia o heredarse de uno a otros; este es un sacrificio eterno, como el de Melquisedec, aquel sumo sacerdote del que ya no se cuentan los años ni la ascendencia familiar, sino que también va a realizar una ofrenda eterna.

Así es el Sacerdocio de Cristo, al que en verdad podemos llamar Sumo y Eterno Sacerdote, que es la fiesta que hoy estamos celebrando, en este jueves posterior a Pentecostés. Una jornada verdaderamente sacerdotal, no solo contemplando a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, sino que nos obliga a pensar y contemplar a cuantos participan de ese sacerdocio de Cristo, no solo ya porque en el Bautismo hemos sido consagrados para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes, sino que hoy queremos contemplar a quienes el Señor ha llamado con una vocación especial para ser con Cristo esos sacerdotes que también hagan y realicen con su vida el mismo sacrificio de Cristo viviendo una entrega semejante a la de Cristo para el servicio y el bien de todo el pueblo de Dios.

Este jueves es una jornada especialmente sacerdotal, para considerar y valorar a quienes como presbíteros de la comunidad ejercen con su vida un sacerdocio como el de Cristo, convirtiéndose así con sus vidas y ministros y servidores de reconciliación y de amor, en ministros y servidores del pueblo de Dios. Por ellos hemos de orar para que puedan ejercer con fidelidad su ministerio asemejándose en todo a Cristo. Oremos, pues, por los sacerdotes y pastores del pueblo de Dios.

jueves, 1 de junio de 2023

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva

 


Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva 

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42 

Hay momentos en la vida que nos pueden resultar duros y difíciles cuando tratamos de mantenernos en fidelidad en lo que hacemos, lo que consideramos que es nuestra misión, pero en nuestro entorno quizás encontramos vacío, incomprensión, soledad porque incluso aquellos que pensábamos que se mantendrían a nuestro lado parece que están más pendientes de otras cosas. Sentimos un silencio que pudiera llenarnos de amargura, sentimos el abandono de la soledad, miramos a nuestro alrededor y no encontramos esa mano amiga que buscamos, esa presencia que tanto necesitamos, queremos suplicar desde lo más hondo de nosotros cómo vernos libres de esos momentos, pero al mismo tiempo sentimos que aquella es nuestra misión que no podemos abandonar.  

He querido hacer una descripción de situaciones por las que quizás alguna vez hemos pasado en la vida, pero que de alguna forma es copia de lo que hoy nos habla el evangelio. Es la soledad de Getsemaní. Allí se había retirado Jesús en aquellos momentos, porque el silencio en la noche de aquel huerto bien valía para una reflexión y para una oración. Era un lugar habitual en que Jesús se refugiaba en sus subidas a Jerusalén. Normal que los peregrinos que venían a la ciudad santa, sobre todo con ocasión de la pascua, no siempre pudieran encontrar acogida y alojamiento entre las personas que conocían en la ciudad santa y buscaran lugares propicios para pasar la noche aunque fuera a la sombra de unos olivos. 

Era sabido que Jesús allí se refugiaba para orar, no en vano en esas mismas laderas del monte de los olivos la tradición nos recuerda el lugar donde Jesús enseñó el padrenuestro a sus discípulos. Aquella noche que había tenido un significado muy especial desde la celebración de la cena pascual, con todos los signos, los gestos, los anuncios de traición y negación, las palabras de despedida de Jesús con la promesa del envío de su Espíritu. Ahora Jesús se había adentrado en el huerto, mientras unos buscaban entre los olivos donde encontrar un lugar mas azocado y a tres de ellos se los había llevado consigo con la exhortación a velar y orar porque el espíritu puede estar decidido pero la carne es débil. 

Pero los discípulos se caían de sueño y Jesús se queda solo en su encuentro consigo mismo, con la Pascua inminente que llega a su vida y con sus deseos de la presencia del Padre del cielo que le reconforte. Eran los preparativos para la ofrenda que había de realizarse. No lo entregaban sino que era El quien se entregaba. Había llegado la Hora como ya había predicho al comienzo de la cena Pascual y llegaba la hora de la ofrenda. Ante sí tiene ese camino de ascensión, pero en este caso hasta el Calvario y hasta la Cruz. Obediente al Padre solo quería hacer su voluntad y por amor había emprendido aquel camino. Lo que había descrito el profeta sobre el Siervo de Yahvé se quedaba corto con lo que en aquellos momentos iba a suceder. Y allí está en el silencio y en la soledad de aquella noche, porque incluso los que más habían porfiado que daban su vida por El se habían dormido.  

Y es el grito, que ahora sí se oye fuerte, del cordero que es llevado al matadero. Si es posible que pase de mí este cáliz. Gotas incluso de sangre fluyen con el sudor de su piel en el sufrimiento que se avecina y que ahora la embarga. Pero El es el Sacerdote que tiene que hacer la ofrenda al mismo tiempo que la Victima que se inmola en aquel sacrificio que se va a presentar al Padre. Será el Cuerpo inmolado y la Sangre derramada para enseñarnos del amor, para traernos el perdón, pero inundarnos de la luz y de la paz nueva de la Pascua. Pero es el momento duro del sacrificio y de la ofrenda y el Sacerdote está dispuesto a hacer su subida al altar de la cruz. Si es posible, había dicho, que pase de mí este cáliz, pero continúa adelante con la ofrenda, no se haga mi voluntad sino la tuya,  

Aquí estoy, OH Padre, para hacer tu voluntad, había sido su expresión en la entrada en el mundo. Su alimento era hacer la voluntad de su Padre, había repetido en alguna ocasión. El es el enviado del Padre que viene para hacer su voluntad y así nos lo enseña a rezar nosotros también, y ahora en las manos del Padre va a poner su espíritu, aunque haya sentido la soledad y el abandono. Es el Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva. 

Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No nos queda sino contemplar y agradecer. 

 

lunes, 17 de mayo de 2021

Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

 


Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Hay momentos en la vida en que parece que todo se nos viene abajo. Como una bomba que cae y deja todo destruido a su alrededor. La vida quizás nos iba marchando con normalidad, siempre tenemos nuestra luchas, pero también está la ilusión y el entusiasmo que vamos poniendo en lo vamos haciendo, los proyectos que nos planteamos, las metas a las que queremos llegar; constatamos que somos débiles y a pesar de toda la ilusión que ponemos siempre nos encontramos trabas en nosotros mismos.

Pero de repente nos sucede algo inesperado y es como si el mundo se nos viniera abajo; se van por tierra todos aquellos proyectos, aquellas metas que nos habíamos trazado; incluso quizá en nuestro fracaso sentimos un frío en nuestro derredor en las personas en las que confiábamos pero que ahora nos han dejado solos. Nos cuesta levantar cabeza, tenemos que poner mucha voluntad para seguir en la lucha y tratar de rehacer la vida, mucho le pedimos al Señor también que nos ayude pero parece que también por esa parte se hiciera un silencio que se convierte en mi doloroso.

Son experiencias de vida que podemos haber tenido, o que palpamos en gente de nuestro entorno, algún amigo con confianza quizá nos habrá hablado de sus fracasos y de sus momentos de hundimiento. ¿Nos estará hablando de esto hoy Jesús en el evangelio?

La escena sigue correspondiendo a la última cena de Jesús antes de su pasión. En la medida en que había ido transcurriendo parecía que algunos nubarrones que se cernían sobre ellos comenzaban a desaparecer. Ahora parece que los discípulos se muestran más confiados, porque realmente lo habían venido pasando mal porque no entendían muchos de los gestos de Jesús ni los anuncios que les hacía. Ahora parece que sí, que comienzan a creer, pero Jesús viene a preguntarles algo así como si están seguros.

Como una bomba Jesús les dice que ya ha llegado el momento en que ellos se van a dispersar y a dejarlo solo. Es lo que sucederá en breves momentos en Getsemaní cuando aquellos esbirros que venían con Judas al frente prenden a Jesús. Todos se dispersaron y huyeron. Dolorosa es la traición de Judas, pero será en cierto modo peor la huída de todos llenos de miedo, y la negación incluso de Pedro en el patio del pontífice.

Así será el grito angustioso de la oración de Jesús en el huerto, pero también las palabras con las que desde la cruz recitará el salmo: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’ Pero como les está diciendo ahora Jesús estaba solo pero no estaba solo. Estaba solo porque sus discípulos más queridos y más cercanos se habían dispersado y huido llenos de miedo, pero no estaba solo porque no le faltaba la presencia del Padre, a pesar de las palabras del salmo.

La confianza de Jesús en el Padre estaba por encima de todo. Por eso terminará a la hora de su muerte ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ como un eco de aquellas sus primeras palabras a la entrada en el mundo ‘¡Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad!’ Y es que por encima de todo estaba el amor, la entrega de Jesús.  Por eso hoy terminará diciéndonos ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Yo diría ahora, conforme a lo que hemos reflexionado en otros momentos, que a través de esta plantilla de los anuncios y las palabras de Jesús tratemos de mirar nuestra vida. Hablábamos al principio de esas experiencias de fracaso que muchas veces sufrimos en la vida. Muchas situaciones duras, difíciles, problemáticas a las que tenemos que enfrentarnos y en las que pasamos también por ese calvario, por esas soledades, por esa sensación de impotencia. Escuchemos las palabras de Jesús que nos hablan de las luchas que vamos tener en la vida, pero nos dice ‘tened valor: yo he vencido al mundo’. La victoria de Jesús parte de lo que es por encima de todo su ofrenda de amor y de cómo se pone en las manos del Padre.

¿No será ese el camino que al final tendremos que recorrer en nuestra vida? ¿No tendremos que saber hacer esa ofrenda de amor en esos momentos oscuros, que son de todo tipo, para que de verdad encontremos el camino de la victoria como la de Cristo? Podremos sentirnos solos de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que la presencia del Señor no nos deja solos y abandonados. Será turbio y doloroso el camino, lleno de amarguras y de sinsabores, con soledades amargas y con muchas lágrimas en los ojos y en el corazón, pero como Jesús sepamos ponernos en las manos del Padre y no nos sentiremos abandonados.

El final, seguramente, terminaremos dando gracias.

viernes, 2 de abril de 2021

Una meditación y una lección a la sombra de la cruz de Jesús que nos hace mantenernos firmes en nuestra fe y en la esperanza de un mundo mejor

 


Una meditación y una lección a la sombra de la cruz de Jesús que nos hace mantenernos firmes en nuestra fe y en la esperanza de un mundo mejor

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Nos ponemos hoy a la sombra de la cruz de Jesús con todas sus consecuencias y mantengamos firmes la confesión de fe; pero ponernos a la sombra de la cruz nos hace contemplar el espectáculo, si es que podemos decirlo con esa palabra, más cruento y doloroso, pero mantengamos firmes la confesión de fe; no es solo lo que podemos contemplar aquí a la sombra de esta cruz del calvario, sino que nuestra mirada como a través del reflejo de un cristal en transparencia va a contemplar también mucho sufrimiento y mucho dolor, muchas angustias y muchas soledades, muchos llantos desesperados y muchas lágrimas derramadas en silencio o entre gritos desgarrados, igual que muchos odios y muchos resentimientos, muchas violencias y crueldades en corazones que parece que ya no saben lo que es la piedad, pero aún así con tanto dolor mantengamos firmes la confesión de nuestra fe.

¿Cómo podemos decir aún que mantengamos la confesión de nuestra fe? Es que aquella primera mirada cuando nos pusimos a la sombra de la cruz del Calvario nos da un sentido y un valor, despierta una esperanza y nos dice que aun con tanto dolor y confusión es posible el amor, que será el amor el vencedor porque la victoria la tenemos en ese Cruz del Calvario de donde pende el que es nuestro salvador. Esa muerte no es un sin sentido aunque humanamente lo pareciera, sino que en esa muerte encontramos el sentido y el valor, porque en esa muerte encontramos el amor.

Frente a tantos derrotistas como nos podemos encontrar en nuestro mundo que parece que ya han perdido el sentido de todo, nosotros podemos confesar con nuestra fe que la victoria final es la del amor, porque para eso contemplamos a Jesús en la cruz y su muerte no es una derrota sino el camino de una victoria porque al que hoy contemplamos muerto en un cruz lo contemplaremos salir victorioso del sepulcro en su resurrección. Tenemos el convencimiento y la certeza de que desde la cruz del Calvario nace un mundo mejor donde será destruida la muerte y donde florecerá para siempre la justicia y el amor.

Estamos contemplando a quien en su entrada en el mundo exclamó ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Y eso fue su camino y su vida. Su alimento era hacer lo que era la voluntad del Padre y así lo contemplamos en los caminos del Evangelio. Se sentía el enviado del Padre y hacia el Padre quería que dirigiéramos nuestros pasos como El hacía. No fue fácil y en la noche del jueves santo le escuchamos su grito desgarrador pidiendo que pasase aquel cáliz que había de beber, pero por encima de su dolor y angustia como ser humano estaba siempre su deseo de que se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.

‘Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’, nos dice la carta a los Hebreos. En los momentos duros nos cuesta más la confianza y la obediencia, el fiarnos pensando que en esa oscuridad un día podrá brillar la luz. Es entonces cuando se hace más valiosa la obediencia porque está llena de confianza y de esperanza. Es cuando aprendemos el valor de la obediencia, es cuando más se resalta y brilla nuestra fe, es cuando se hace más grandiosa la ofrenda de nuestro yo y de nuestra voluntad. Podríamos pensar que por ser hijos tenemos la libertad de hacer solamente nuestra voluntad, pero en ese momento oscuro, en ese momento de dolor y sufrimiento aprendemos lo maravilloso que es la obediencia entrando en el mundo de la fidelidad. ‘Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’.

Aunque en la cruz aun le escuchemos quejarse de su soledad y abandono, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ terminará poniendo todo en las manos del Padre, haciendo la ofrenda de amor su vida poniendo en las manos del Padre su Espíritu. ‘Todo está cumplido… - se ha hecho según tu voluntad – a tus manos encomiendo mi Espíritu’. Su vida queda enmarcada entre aquellas palabras iniciales a su venida al mundo y este momento final en que aun sigue llamando Padre a Dios en quien se confía. ‘Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna’.

Hoy día de Viernes Santo nos queremos poner a la sombra de la cruz de Jesús. Ahí encontramos nuestra luz y nuestra fortaleza. No nos ponemos a la sombra de la cruz como para resguardarnos y quedarnos encerrados en nosotros mismos o donde pensamos que no nos van a alcanzar los peligros. A la sombra de la cruz se nos abren nuevos horizontes para ver nuestro mundo en toda su cruel y dura realidad, pero a la sombra de la cruz del Calvario se abren nuevos caminos para mi vida porque hay una buena nueva que anunciar a todo ese mundo que sufre, la Buena Nueva de la cruz salvadora de Jesús con quien nos llega la victoria de un mundo nuevo.


Tenemos que empezar a recorrer ese camino también como Jesús sintiendo que nuestro alimento es hacer la voluntad del Padre. Comencemos a sembrar semillas de ese mundo nuevo que queremos generar. Allí donde estemos amor y generosidad, seamos capaces de entendernos primero que nada con aquellos que más cercanos están de nosotros teniendo siempre palabras de diálogo y de paz. Vayamos sembrando esas semillas de cercanía, de comprensión, de capacidad de perdón, de ilusión por hacer cosas nuevas con aquellos que están cercanos a nosotros, de aprender a confiar en el otro por encima de todo aun cuando sigamos viendo muchas sombras que seguro que pronto desaparecerán.

Esos pequeños gestos seguro que se irán extendiendo poco a poco como una mancha de aceite e iremos impregnando a todo nuestro entorno para que sea distinto, para que sea mejor. Piensa que con eso tan insignificante que estás haciendo estás contribuyendo a esa victoria que Cristo nos anuncia de que es posible un mundo nuevo. Creemos en la fuerza del Espíritu de Jesús que estará actuando en nuestro corazón y nos daremos cuenta de que nuestro mundo comienza a ser un poquito mejor.

Es la meditación que me he hecho a la sombra de la cruz y que os ofrezco como pequeña semilla que genere nueva vida en vuestros corazones.

martes, 15 de septiembre de 2020

El amor de madre la hace estar en el dolor junto a Jesús al pie de la cruz, desde entonces será la Madre del Amor que estará siempre al lado de sus hijos, al lado de la Iglesia

 


El amor de madre la hace estar en el dolor junto a Jesús al pie de la cruz, desde entonces será la Madre del Amor que estará siempre al lado de sus hijos, al lado de la Iglesia

Hebreos 5, 7-9; Sal 30; Juan 19, 25-27

Una madre sabe siempre donde está un hijo que sufre. No es necesario que nadie se lo cuente, su corazón tiene una sintonía especial para escuchar los latidos del amor y del sufrimiento. Será la primera que se pondrá al lado del corazón dolorido del hijo, aunque el hijo no le cuente, ella sabe descifrar como nadie el ritmo de esos latidos y presurosa se pondrá en camino para ese encuentro de amor.

En contadas ocasiones el evangelio hará notar la presencia de María junto a Jesús a la hora del anuncio del Reino. Habrá una ocasión en que el evangelista nos dice que María y los hermanos andaban buscando a Jesús y casi no podían llegar a El a causa del gentío.  Y María vuelve a desaparecer en ese tiempo de la predicación. Y ahora de nuevo la encontramos que se cruza con Jesús en la calle de la amargura y estará como nadie desde ese momento en pie y al pie de la cruz.

Las imágenes piadosas que los artistas nos han plasmado de la presencia de María junto a Jesús en esos momentos muchas veces nos la presentan retorciéndose de dolor y demasiado la llamamos Madre de las Angustias y de los Dolores. Pero la expresión latina que san Jerónimo empleó para traducir del griego fue ‘stabat’. Estaba, que quiere decir que estaba firme, allí de pie, junto a la cruz, sí, es cierto, con el dolor de una madre en el corazón, pero sobre todo con la fortaleza del amor que nos hace estar prontos para la ayuda o para el consuelo, pero con la fortaleza del amor que nos hace estar firmes y seguros de nuestro lugar y nuestra función. Así quiero yo contemplar a María al pie de la cruz de Jesús, tal como hoy la liturgia quiere que la celebremos.

Allí estaba María con la ofrenda de su amor, con la ofrenda del amor como solo una madre sabe hacerlo. Era el momento supremo del sacrificio de Jesús donde se estaba manifestando el amor más maravilloso y el amor más grande. Nadie ama tanto como aquel que da su vida por el amado. Es lo que hacía Jesús, porque todo era una ofrenda de amor. Era a lo que la madre se estaba uniendo. Por eso a partir de ese momento ya no es solo la madre de Jesús sino que va a ser la madre de todos los redimidos. Así la confiaba Jesús al discípulo amado, así la confiaba a su Iglesia. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre’. Y Juan la recibió en su casa, y la Iglesia la ha tenido y sentido siempre como madre.

La que un día nos dijo que hiciéramos como El nos dijera, ejemplo estaba dando porque estaba haciendo como Jesús. Y María se une a la pascua de Cristo, a la pasión y la muerte de Jesús; por eso quizá exagerando los términos porque uno solo es el Redentor, Cristo Jesús, a ella la llamamos corredentora, porque así también ella en el momento de la muerte de Jesús hizo también su ofrenda de amor. Si la llamamos así en lo que pueda parecer un exceso de amor por nuestra parte quiere significar cómo sentimos nosotros que María realizó su función.

Ella había dicho Sí, y era un Sí total de su vida. Ahora llegaba a un momento cumbre de amor y de alguna manera está abriéndonos caminos, está yendo delante de nosotros para hacernos comprender como tenemos que envolver toda nuestra vida de amor. Está queriendo hacernos comprender que solo desde el amor el dolor tiene sentido, que solo desde el amor podremos hacer el camino que nos hace vivir también la pascua como la de Jesús, que solo desde el amor podemos transformar el mundo para hacerlo mejor, que solo desde el amor sabremos acercarnos también al lado de los que sufren no solo para el consuelo de unas palabras bonitas sino para ayudar a transformar esas vidas y desde ese sufrimiento vivido también desde el amor restaurar sus vidas, sanar esos corazones desgarrados, encontrar el sentido de una vida mejor.

Contemplamos a María hoy al pie de la Cruz, la llamamos en nuestra devoción Madre y Virgen de los Dolores, queremos sentirla con su amor de Madre a nuestro lado  y queremos invocarla como Madre del Amor. Sintamos que como Madre camina con nosotros y nos está enseñando los auténticos pasos del amor.

jueves, 26 de diciembre de 2019

No separamos el nacimiento de Jesús de la Pascua uniendo la alegría de la navidad con lo que tiene que ser nuestra entrega de amor hasta el martirio como Esteban


No separamos el nacimiento de Jesús de la Pascua uniendo la alegría de la navidad con lo que tiene que ser nuestra entrega de amor hasta el martirio como Esteban

Hechos 6, 8-10; 7, 54-60; Sal 30; Mateo 10, 17-22
Las pajas del pesebre que hizo de cuna de Jesús están manchadas de sangre. Por mucho que queramos adornar de una imagen bucólica el lugar donde fue recostado Jesús nada más nacer, no podemos restarle la pobreza y la dureza llena de sinsabores de unas frías pajas en un pesebre casi abandonado en los helados campos de Belén. ¿Será un anuncio de pascua?
No sé si habréis dormido en un duro y frío colchón de paja. No me avergüenzo de confesarlo que en mi niñez era habitual en la pobreza de nuestras casas los colchones se llenaran de paja, de los arropes que se quitaban a las piñas de maíz (fajina del millo decimos en nuestra tierra canaria) y a lo sumo de clines que si en principio podrían parecer esponjosos pronto se llenaban de nudos y durezas y su polvillo levantaba picores nada cómodos en nuestros cuerpos. Yo lo viví y agradezco a mi familia una pequeña almohada en este caso rellena de lana de oveja que aún conservo que era lo único suave que encontraba en mi dormir infantil.
Válganos este como paréntesis que nos hemos hecho para ayudarnos en la reflexión que pretendemos hacernos. Ya decíamos que las pajas del pesebre que hizo de cuna de Jesús recién nacido están manchadas de sangre. Hoy en el primer día de Navidad celebramos un martirio, el protomártir Esteban. Podría parecernos que no cabe en la alegría de la fiesta que estamos celebrando el que aparezca la muerte, en que aparezca el martirio. Pero ¿qué es el martirio sino la más sublime ofrenda de amor cuando entregamos la vida? ¿Qué es lo que estamos celebrando en estos días sino el amor de Dios que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación que realizará la más sublime prueba de amor cuando en la pascua se entrega por nosotros?
Ya lo tenemos dicho todo, podríamos casi concluir. Esa sangre que hemos querido ver junto a la cuna de Jesús aquí la tenemos reflejada en el martirio de Esteban pero que nos está recordando mucho más. No tendría sentido profundo la alegría de la fiesta que estamos celebrando si no va acompañada de esa ofrenda de amor de nuestra vida. Y aunque el amor nos lleva por caminos de plenitud, el amor duele muchas veces porque nos cuesta darnos, nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos; es ese frío que se nos mete en el corazón, son esas durezas que tantas veces nos aparecen y que nos hieren el alma, es el sacrificio que tantas veces tenemos que hacer de nuestro yo, nuestros apegos, nuestras comodidades o nuestras rutinas.
Es la ofrenda de amor de nuestra vida que día a día tenemos que ir renovando en nosotros para que podamos darle sentido de plenitud a todo lo que hacemos. Nos lo está recordando el martirio de Esteban. Había sido elegido para el servicio, formaba parte de aquel grupo de los siete diáconos escogidos para que en la comunidad prestaran el servicio a las viudas y a los huérfanos, a los pobres, pero pronto su entrega se transformó en ardor por el evangelio y aquel hombre lleno de fe y de Espíritu Santo ahora con la fuerza de ese mismo Espíritu anunciaba con ardor el mensaje de Jesús. Estorbaba su presencia y lo quitaron de en medio, pero su martirio sigue gritándonos para que nosotros también seamos esos mensajeros del evangelio con nuestro espíritu de servicio y con nuestra palabra, con el testimonio de toda nuestra vida.
No olvidemos que nuestra vida tiene que ser pascua, empezando porque en nosotros mismos hemos de realizar ese paso de la muerte a la vida en la transformación de nuestro corazón, pero no olvidando el mensaje que tenemos que anunciar aunque en nuestra vida haya sacrificio porque siempre tiene que estar presente el amor.

jueves, 13 de junio de 2019

Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes


Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26
El evangelio nos ofrece hoy de nuevo la oración sacerdotal de Jesús, que ya escuchamos y reflexionamos en los últimos días del tiempo pascual. La razón es que hoy la Iglesia nos ofrece celebrar a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
Como un colofón del tiempo pascual que habíamos venido celebrando y, aun cuando ya estamos inmersos de nuevo en el tiempo ordinario, se nos ofrece esta celebración para contemplar una vez el misterio de Cristo en su profundo sentido pascual. Es quien por nosotros se ha ofrecido en sacrificio con su entrega de amor en la cruz. Una muerte con pleno sentido cuando tantas veces nos preguntamos por el sentido de la muerte. Una pasión y muerte que es ofrenda de amor.
Cuando en nuestro amor queremos regalar algo a quien amamos no nos importa lo que nos cueste aquello que vamos a ofrecer. Dar de lo que nos sobra porque ya no lo necesitamos no tiene ningún mérito ni valor. Pero cuando damos algo que arrancamos de nosotros mismos aunque nos cueste dolor estamos manifestando qué grande es el amor que tenemos, que verdadero es ese amor porque amar siempre es donación y es entrega.
No ofreció cualquier cosa por nosotros Jesús. Había venido para hacer en todo semejante a nosotros y a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo, porque quiso hacerse el último y el servidor de todos y así se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y a la muerte más ignominiosa, la muerte de cruz. Y es que ya El nos lo había dicho que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por aquellos a los que ama. Y es lo que hizo Jesús. Es su ofrenda de amor, es su sacrificio ofrecido en el ara de la cruz.
Pero no es alguien ajeno quien hace la ofrenda y el sacrificio, sino que es El mismo quien se ofrece, se sacrifica y quien como sacerdote presenta la ofrenda al Padre. Es el mayor signo del sacrificio y del sacerdocio, porque se ofrece a su mismo, porque entrega su vida, porque así nos regala su amor llenándonos de nueva vida. Así de infinito es el valor de su ofrenda y sacrificio.
Pero El ha querido hacernos partícipes de su sacerdocio porque con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Desde nuestro bautismo con la unción del Espíritu hemos sido también nosotros consagrados para unirnos a El y ser una misma cosa con El. Allá en el Jordán tras el bautismo de Juan al que quiso someterse apareció el Espíritu del Señor sobre El en forma de paloma mientras se escuchaba la voz del cielo que lo proclamaba como el Hijo de Dios. Fue como su unción y su consagración aunque por si mismo ya era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre y por quien todo se ha hecho, como proclamamos en el credo de nuestra fe.
En el nuevo bautismo también se va a manifestar sobre nosotros el misterio trinitario de Dios, para que por la unción del Espíritu, la unción con el crisma, nosotros podamos ser unos también con Cristo y con Cristo hacernos también participes de su sacerdocio. Lo solemos llamar el sacerdocio común de los fieles para diferenciarlo del sacerdocio presbiteral, pero diríamos que es el más importante porque nos consagra y nos hace uno con Cristo para que también nosotros todos podamos hacer la misma ofrenda de Jesús.
La vida del cristiano ha de ser también esa ofrenda de amor de cuanto es, de cuanto hace, de cuanto tiene, de lo que es su vida toda. Todo en la vida del cristiano ha de ser siempre para la gloria de Dios, con toda nuestra vida siempre y en todo momento hemos de glorificar al Señor. Por eso con Cristo somos también sacerdotes. Es lo que hoy tenemos que considerar cuando celebramos esta fiesta de Cristo, sumo y eterno sacerdote.

sábado, 24 de marzo de 2018

Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor


Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor

 Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jr 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11,45-57

‘¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Las autoridades judías, los principales del pueblo, los miembros del Sanedrín, los fariseos andaban nerviosos. Les parecía que el tema se les escapaba de las manos y ya no sabían qué hacer con Jesús porque o se les escabullía cuando trataban de prenderle, o en su dialéctica se veían derrotados por la palabra de Jesús. No es solo el peligro de lo que pueda suceder en referencia a los romanos que dominaban en aquel territorio. Es algo mas y distinto. Malo es verse acorralado como una fiera asustada.
El Sumo Sacerdote les da a entender que no se enteran de nada. Hay que quitar a Jesús de en medio. Es mejor que muera uno por todo el pueblo. Allí están ellos con sus maquinaciones que tratan de llevar adelante. Pero si el Sumo Sacerdote les decía que no entendían nada, ni el mismo Sumo Sacerdote se enteraba de verdad de qué iba aquello. Porque no eran sus decisiones. Ya Jesús lo había anunciado y había subido libremente a Jerusalén por aquella Pascua. Detrás de todo está el designio de Dios.
¡Qué difícil nos resulta muchas veces primero descubrir y luego aceptar el designio de Dios! La voluntad y el designio de Dios están por encima de nuestras decisiones humanas. Y algunas veces parece que nos complica las cosas pero siempre el designio de Dios es un designio de amor y lo que Dios quiere es lo mejor para el hombre. Ahí está la gloria de Dios.
Nos sucede tantas veces en la vida. Vamos tomando decisiones, nos encontramos quizá envueltos en un mar de dudas, muchos interrogantes se nos pueden plantear en la vida, reflexionamos y queremos buscar lo mejor, tomar la mejor decisión, pero ¿contamos con Dios? Pareciera muchas veces en nuestra manera de actuar que no somos creyentes, que no ponemos nuestra confianza en Dios, que no creemos en la inspiración del Espíritu que se nos revela en el corazón. Tenemos que aprender a despertar nuestra fe, abrirnos a la trascendencia de Dios.
Volviendo al texto del evangelio que estamos comentando en las vísperas como estamos de entrar en la Semana que nos conduce a la celebración del misterio pascual. El Sumo Sacerdote ha tomado una decisión, que es cierto llevará a la muerte a Jesús. Pero ya el evangelista nos da una pista para nuestra reflexión. Estaba realizando un acto profético. Todo lo que va a suceder no es sino una consecuencia de aquello que ya se nos había dicho en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único’. Aquí no se está manifestando otra cosa que el amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo, que quiere nuestra salvación, que va a ofrecer su sangre, su vida por nosotros y por todos los hombres para el perdón de nuestros pecados.
Es lo que tenemos que tener muy claro en nuestra mente y en nuestro corazón, siempre en toda nuestra vida, pero de una manera especial en estos días especiales que vamos a vivir y en que vamos a celebrar la muerte de Jesús. Es la ofrenda del amor. Es la señal del amor más grande. Es lo que de verdad debe conmover nuestro espíritu y despertarnos a una vida nueva. Es lo que tiene que conducirnos a la Pascua para con Cristo morir y con Cristo resucitar a nueva vida. Dispongámonos a vivir con intensidad estos días.



viernes, 15 de septiembre de 2017

María, Virgen de los Dolores, nos está enseñando a estar junto a la cruz, la de Cristo, la nuestra y la de los demás


María, Virgen de los Dolores, nos está enseñando a estar junto a la cruz, la de Cristo, la nuestra y la de los demás

1Timoteo 1,1-2. 12-1; Sal. 15; Juan 19,25-27

La madre dolorosa estaba junto a la cruz de Jesús y lloraba… cuya alma triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenia…’ Con versos así canta la liturgia en uno de sus himnos litúrgicos a María, Madre de los Dolores, en esta festividad que hoy celebramos.
Permítanme contemplar a través de este cristal a tantas madres que llenas de dolor en su corazón están también al lado del sufrimiento de sus hijos. O permítanme también recordar qué hijo no ha tenido la experiencia de en algún momento doloroso de su vida haberse sentido reconfortado por la presencia de la madre que junto a nosotros estaba con nuestro dolor y con su dolor.
Experiencia habremos tenido en momentos de enfermedad, como también en otros problemas que hayamos tenido en la vida y que nos han hecho sufrir, momentos de crisis con los nubarrones cerniéndose sobre nuestras vidas, los problemas mismos que nos da la vida donde las cosas no marchan quizá como uno quisiera y se ve uno lleno de sombras y de amarguras, o tantos otros momentos en que hemos sentido el alivio de la mirada de la madre, de la mano que se posaba sobre nuestros hombros quizá en silencio, de esa palabra de aliento que con su mirada nos estaba diciendo adelante, sabiendo que ella estaba pasando también nuestro mismo sufrimiento. Momentos duros de nuestra vida, pero que se llenaban de esperanza con la presencia de nuestra madre que siempre sabía estar a nuestro lado. No necesitamos quizás muchas palabras pero su presencia lo decía todo y eso reconfortaba nuestro corazón.
Junto a la cruz de Jesús estaba. Hoy la contemplamos en ese momento supremo de dolor y de amor. No podemos separar nunca el amor del dolor de la cruz porque perdería todo su sentido. Y allí estaba la Madre, María, con su dolor unido al dolor de su Hijo, pero con su amor llenándose hasta rebosar su corazón del mismo amor de su Hijo. Estaba.
El evangelio no pone ninguna palabra en labios de María en esos momentos supremos. Pero aprendemos su lección. Era tal su sufrimiento y su amor que nos atrevemos a llamarla corredentora sabiendo que el único Redentor, por supuesto, es Cristo. Pero María estaba allí uniendo su dolor al dolor de Cristo, haciendo ella también la ofrenda de su amor.
Es la lección que hoy queremos recoger. Para hacer nuestra ofrenda, para darle sentido a nuestro dolor desde el amor, para aprender a estar también junto al dolor de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado. Como las madres saben hacerlo, pero como tenemos que aprenderlo a hacerlo todos. Cuántos a nuestro lado necesitan esa presencia, esa mano amiga, esa mirada, esa palabra de aliento. Como lo habremos necesitado nosotros tantas veces. Como tenemos que aprender a hacerlo nosotros ahora. Es la lección de María.
María, Virgen de los Dolores como hoy la celebramos nos está enseñando a estar junto a la cruz. Junto a la cruz de Jesús para dejar que se derrame toda gracia salvadora sobre nosotros; junto a la cruz que Jesús nos enseña a tomar para seguir sus pasos en esa negación de nosotros mismos para aprender lo que es el amor verdadero; junto a nuestra cruz, la cruz de nuestras debilidades, nuestras flaquezas y tropiezos, de nuestro caminar titubeante, de esas tentaciones que repetidamente sentimos en nuestro interior, de nuestras pasiones desbordadas que tenemos que aprender a encauzar, de tantas cosas que se pueden convertir en cruz en nuestra vida y nos pueden hacer sufrir; junto a la cruz de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado, para aprender a verlas porque demasiado ciegos vamos por la vida pensando que somos los únicos que sufrimos, para saber tender nuestra mano, para poner nuestro hombro bajo su cruz para ayudarles a llevarla haciéndosela más liviana.
Aprendamos de María a estar junto a la cruz. Ella como madre está a nuestro lado y nos enseña.

martes, 15 de septiembre de 2015

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

1Tm. 3, 1-13; Sal. 100; Jn. 19, 25-27
Nadie como una madre puede compartir y vivir el dolor de un hijo. Es la sensibilidad de la madre, es la sintonía entre madre e hijo, son los lazos de las entrañas que nunca se rompen, y que harán que el hijo permanezca para siempre en las entrañas de la madre.
¿Cómo nos va a extrañar que a continuación de haber celebrado ayer la exaltación de la cruz de Cristo recordemos hoy los dolores de la Madre celebrándola como la Virgen y la Madre dolorosa? Es la festividad y celebración de este quince de septiembre, la Virgen de los Dolores, como comúnmente la llamamos.
Al pie de la cruz estaba. Así nos lo dice el que a partir de aquel momento iba a ser su nuevo hijo. ‘Ahí tienes a tu madre…, ahí tienes a tu hijo’, señala Jesús desde lo alto de la cruz. Allí al pie de la cruz estaba la que tiene estuvo al pie del Hijo como lo está siempre una madre. En Belén encontraremos al Niño siempre en brazos de la Madre; al pie de la cruz tras su muerte volveremos a ver a Jesús en los brazos de la Madre de la Piedad, como queremos invocarla también en ese trance. Al lado de Jesús veremos a María, al lado del Hijo siempre estará la Madre.
Pero es que al pie de la cruz estaba María acogiendo a Jesús pero acogiendo a todos sus nuevos hijos. Al pie de la cruz estaba María sintiendo el dolor de la entrega de su Hijo Jesús, pero coparticipando también ella con su dolor de madre en el significado y sentido de aquel dolor y sufrimiento de Jesús. Se realizaba en aquel momento de dolor que era momento de amor el acto supremo de la redención. Pero allí la madre que asumía como nadie podría hacerlo mejor todo el dolor y sufrimiento del hijo, se estaba haciendo copartícipe de ese sentido de redención, de esa ofrenda de amor del Hijo, haciendo ella también su propia ofrenda de amor. Por eso nos atrevemos a llamarla corredentora, aunque sabemos muy bien que teológicamente nuestro único redentor es Cristo, pero ella hacia suyo ese sacrificio redentor de Cristo participando de su mismo dolor.
Contemplemos hoy a María, celebremos a la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor  de todos sus hijos; María, Madre de los Dolores, en nuestro dolor, acogiendo nuestros sufrimientos y nuestras penas, acompañándonos con su presencia de Madre para enseñarnos a poner amor en nuestro dolor, esperanza en nuestra vida a pesar de las penas y sufrimientos que podamos tener.
Contemplemos y celebremos a María, la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor de cuantos sufren, el dolor y sufrimiento de todos los hombres; miremos ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea pero contemplemos a la Madre que está asumiendo el dolor de sus hijos llevándolos en sus entrañas de madre.  Miremos a María para aprender nosotros también a tener sus mismas entrañas de misericordia y compasión y compartir ese dolor de los hermanos; que nuestra presencia con el ejemplo y estimulo de María alivie tanto dolor, suscite esperanza, nos mueva al amor.
María, madre de los Dolores, a nuestro lado y al lado de todos los que sufren. María, Madre de los Dolores que nos lleva en sus entrañas amorosas de Madre, nos enseñe a tener a tener también entrañas de amor para nuestros hermanos que sufren. Ella lleva como nadie el dolor y el sufrimiento de sus hijos porque está rebosante de amor; que nos enseñe a rebosar de amor en nuestro corazón para que sepamos así con nuestro dolor y sufrimiento hacernos también coparticipes en ofrenda de amor a la cruz redentora de Jesús.


lunes, 14 de septiembre de 2015

La exaltación de la Santa Cruz es la victoria del Amor, es la victoria de la vida y de la salvación

La exaltación de la Santa Cruz es la victoria del Amor, es la victoria de la vida y de la salvación

Números 21, 4b-9; Sal 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17
Hoy es la victoria de la Cruz, la victoria del Amor, la victoria de la Vida. Celebramos el 14 de septiembre la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Una fiesta en que a lo largo y ancho de nuestra geografía se repiten las fiestas del Cristo crucificado. En nuestra tierra canaria tenemos muchas muestras de ello en este mismo día y en los sucesivos domingos.
A alguien ajeno a lo que es nuestra verdadera fe cristiana le podría extrañar esta fiesta al desconocer el verdadero significado de la cruz; lo que nos puede suceder también a muchos que nos llamamos cristianos. No es una exaltación del dolor y del sufrimiento. No quiere Dios el sufrimiento del hombre; nos creó para ser felices, por eso la primera imagen que aparece en la Biblia es poner a su criatura preferida en medio de un jardín, del paraíso terrenal como lo llamamos.
Sin embargo el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida del hombre. ¿Consecuencia de nuestra naturaleza limitada? ¿Consecuencia de nuestro pecado y del mal que dejamos meter en el corazón? Una y otra cosa podemos decir. Aparecen nuestras limitaciones y carencias y aparece el dolor y el sufrimiento que nos puede producir nuestra cuerpo limitado e imperfecto.
Pero aparece también el dolor y el sufrimiento que nos hace daño más adentro de nosotros mismos con nuestras angustias y desesperanzas, o cuando a causa de nuestros orgullos, egoísmos e insolidaridades nos hacemos daño a nosotros mismos y nos hacemos daño los unos a los otros.  Pero también hacemos daño a la naturaleza cuando hacemos mal uso de ella y ello puede provocar reacciones que a la contra nos hagan daño a nosotros mismos.
El Dios que quiso encarnarse, hacerse hombre como nosotros, tomando nuestra naturaleza humana y corporal, asumió todo lo que era nuestro ser y nuestra existencia asumiendo así también ese mismo dolor y sufrimiento que nos afecta a todos los seres humanos. El Dios que se abajó para hacerse como nosotros pero para redimirnos del mal y de la muerte, también quiere  redimirnos de ese dolor y de ese sufrimiento diverso que a todos nos afecta. Toma nuestra naturaleza humana para redimirla, para levantarla, para llevarnos a una verdadera vida en plenitud.
En esta fiesta de la exaltación de la Cruz de Cristo le vemos ahí crucificado asumiendo nuestro dolor y nuestro sufrimiento, pasando por nuestra misma muerte, no porque quiera exaltar ese dolor, sino porque quiere redimirnos de ese dolor, levantarnos de ese sufrimiento, hacernos salir de esa muerte. Y todo eso, ¿por qué? Porque nos amaba. Su pasión en la cruz, su muerte crucificado es una ofrenda de amor.
Nos está señalando Jesús con su muerte en la cruz que el dolor y la muerte no tiene la última palabra. Porque cuando nosotros contemplamos al Crucificado realmente no estamos contemplando a quien se ha quedado en la muerte sino a quien ha vencido esa muerte porque le contemplamos resucitado. Si lo contemplamos en la cruz es para que recordemos para siempre su amor, pero con la certeza de que vive, de que su muerte ha sido una victoria del amor y de la vida. Muriendo venció nuestra muerte, y resucitando nos llenó de vida para siempre.
Hay una luz para nuestras angustias y oscuridades, hay una esperanza de vida para nuestros dolores y sufrimientos, hay un sentido para nuestro padecer y para nuestras cruces. Es la luz del amor, es la esperanza con que la victoria de Cristo sobre la muerte llena nuestra vida, es el sentido nuevo de nuestra existencia cuando tenemos esperanza, cuando ponemos amor en nuestra vida. Es la ofrenda de amor que también nosotros hemos de saber hacer con nuestra vida.
Mirando la cruz de Cristo y su soledad ante la muerte - ‘¡Dios mío, Dios mío!, gritaba, ¿por qué me has abandonado?’ - nosotros sabemos que no estamos solos en nuestro dolor y en nuestra cruz; Cristo con su cruz está junto a nuestra cruz, esa cruz que hemos de tomar con generosidad y valentía para seguirle, para vivirle, para entender de verdad lo que es el amor, para vivir una vida nueva, para hacer así nuevo nuestro mundo.  Nos invita a seguirle tomando nuestra cruz de cada día pero nos dice que El estará siempre con nosotros ayudándonos a llevar esa cruz.
Levantamos nuestra mirada hacia lo alto de la Cruz porque ahí contemplamos la vida, ahí contemplamos el amor. Levantamos la mirada a lo alto de la Cruz porque ahí contemplamos a Cristo el Crucificado pero que ha resucitado, ha vencido la muerte y el pecado. Es la victoria del amor, es la victoria de la vida, es la victoria de la salvación.