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lunes, 22 de mayo de 2023

Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

 


Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

Hechos 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Nos sucede muchas veces y en las más variadas situaciones; no quiero con lo que voy a decir echar un jarro de agua fría sobre nuestros entusiasmos, pero detrás de la euforia de un entusiasmo puede venir pronto el enfriamiento de aquel primer entusiasmo y termine todo, como se suele decir, como el rosario de la aurora, nos perdemos, nos dispersamos, abandonamos porque nos sentimos hundidos, cansados, defraudados. Muchas amistades que comenzaron con mucho entusiasmo, prometiéndonos amistades eternas, pronto pueden comenzar los distanciamientos, la incomprensión,  la perdida de aquel primer fervor. Muchas cosas que iniciamos con muchas ganas pensando que ya tenemos la solución para todo y tenemos el mundo ganado, pronto vemos que la realidad no es tal, que las dificultades parece que crecen cada día, y podemos tener el peligro de abandonar pronto.

No es solo ese fervor inicial el que va a ayudarnos a mantenernos firmes y fieles, se necesita algo más, una convicción más profunda, una reflexión más hondo sobre la realidad, un estudio más detallado de lo que vamos a hacer con sus pro y sus contra, siendo conscientes de las dificultades que vamos a encontrar, como de la riqueza que vamos a encontrar y por la que merece la pena toda clase de sacrificios. La perseverancia es un valor necesario a tener en cuenta, como el tener muy claro a lo que nos vamos a enfrentar. Necesitamos, de alguna manera, prepararnos.

Esas cosas nos pasan también en el ámbito de la fe, de nuestra vida y prácticas religiosas, como de todo lo que es y significa nuestra vida cristiana. Es para lo que Jesús está preparando a los discípulos en aquel, llamémoslo así, discurso de la ultima cena. Son los acontecimientos que ya de inmediato se van a suceder a partir de la traición de Judas y del prendimiento en el huerto, pero la Palabra de Jesús sigue siendo viva y sigue resonando en nuestro corazón a lo largo de la historia y de todos los tiempos.

Y de ello Jesús les está hablando ahora claramente. Van a dispersarse, a huir y a dejarlo solo. Será lo que suceda en el huerto aquella noche. Van a aparecer los miedos y las cobardías cuando antes habían prometido tantas fidelidades y defensas, y unos se refugiaron en el cenáculo con las puertas bien cerradas, y quien se siente más valiente y se atreve a llegar al patio del sumo pontífice para ver en qué va a acabar aquello, terminará negándole ante las preguntas de unos criados porque lo delata su acento y alguien ha llegado a verlo en el huerto cuando incluso a pretendido defender a Jesús con una espada.

‘Pues mirad, les dice Jesús, está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. A Pedro que tanto porfía por estar al lado de Jesús, le dirá que antes que el gallo cante dos veces, le habrá negado tres.

Pero las palabras de Jesús no son para el desaliento, no son una regañina o un echar en cara. Jesús quiere algo distinto. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Son palabras de aliento, son palabras para inspirar confianza, son palabras que ayudan a mantener la paz en el corazón.

Vendrán las flaquezas y las debilidades, pero no habrán de perder la paz. Serán fuertes las luchas, pero no nos tiene que faltar valor porque con Cristo la victoria está asegurada. Su muerte no será una derrota ni un fracaso, será un camino de vida porque será siempre un camino de amor. Y a Jesús le podremos contemplar vivo y resucitado. Es la victoria de Cristo que nos asegura también nuestra victoria.

El eco de las palabras de Jesús sigue llegando hoy a nuestros corazones, que también muchas veces se pueden ver turbados en medio de nuestras luchas. Tenemos abierto ante nosotros un camino de esperanza. No perdamos el entusiasmo, perseveremos, porque el que persevere hasta el final vencerá, alcanzará también la victoria.

domingo, 29 de mayo de 2022

Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

 


Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

Cuando nos proponemos hacer un camino o una peregrinación con una meta que quizás nos parezca lejana, por una parte el sentir que no vamos solos haciendo ese camino porque hay otros que lo hacen a nuestro lado, o el poder saber que otros han llegado y que quizás no ha sido tan difícil y costoso como nos puede estar pareciendo a nosotros en determinados momentos, nos alienta, nos hace superarnos a nosotros mismos y transcendernos de aquello que ahora vamos haciendo para pensar en esa meta y nos hace sentir como una fuerza especial dentro de nosotros para no desistir y seguir en el empeño.

Podríamos decir que todo eso y mucho más es para nosotros esta fiesta de la Ascensión del Señor que hoy estamos celebrando. Una fiesta que llena de esperanza nuestro corazón, que nos hace ponernos en camino, no desistir en nuestra marcha porque un día podemos contemplar esa gloria con la que el Señor Jesús está siendo glorificado por su resurrección y Ascensión al cielo.

‘Resucitó de entre los muertos, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, confesamos en el Credo de nuestra fe. Es la unidad, podríamos decirlo así, del misterio de Cristo que ha sido glorificado. ‘A ese Jesús a quien vosotros crucificasteis Dios lo resucitó de entre los muertos y lo constituyó Señor y Mesías’, le escucharemos decir a Pedro en la mañana de Pentecostés ante la multitud que entonces veremos congregado a las puertas del Cenáculo en las calles de Jerusalén.

Litúrgicamente celebramos en días separados la Resurrección y la Ascensión del Señor al cielo siguiendo la pauta de esos cuarenta días de los que nos habla san Lucas en que Jesús se les manifestaba glorioso y les hablaba del Reino de Dios, pero es la unidad de la Pascua lo que estamos celebrando, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, cuando contemplamos al que había sido crucificado por nuestra salvación exaltado y glorificado en el cielo y sentado a la derecha de Dios Padre.

Esos cuarenta días que median entre la resurrección y la ascensión más que un espacio en el tiempo, fue el espacio en el que los discípulos asumieron ese triunfo de Cristo – recordamos cuantas dudas había en sus corazones incluso el mismo día de la resurrección - para poder sentirse fuertes con la presencia del Espíritu que Jesús les había prometido – como celebraremos el próximo domingo en Pentecostés – para salir al mundo a hacer el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Mientras les hablaba una vez más del Reino de Dios, como nos dice el texto de los Hechos.

¿No será también para nosotros el tiempo de la maduración de nuestra fe? Le damos nuestro sí con nuestra confesión de fe, es cierto, porque nos decimos creyentes y cristianos, pero cuánto nos cuesta arrancar para llegar a dar ese testimonio pleno de nuestra fe. También en nuestros corazones tenemos que ir realizando esa maduración de nuestra fe, dejarnos encontrar por el Señor que viene a nosotros para alimentar nuestra fe, para hacerla crecer y madurar, para que lleguemos en verdad a dar esos frutos que se nos piden con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestra vida.

Dios va poniendo a nuestro lado, al paso de nuestra vida, muchas cosas, muchas personas, muchos medios desde muchos ámbitos, desde nuestras comunidades que nos ayudarán a ese crecimiento y maduración de nuestra fe. Sepamos ver en ello esto de lo que nos está hablando el texto de los Hechos, que Jesús resucitado fue manifestándoseles para hablarles del Reino de Dios. Dejemos que el Espíritu del Señor vaya haciendo mella en nuestros corazones; El nos conduce, nos ilumina, nos fortalece interiormente, nos hace conocer en profundidad todo ese misterio de Jesús para que luego seamos testigos hasta los confines del mundo.

Hoy contemplamos a Cristo glorificado en su Ascensión y sentado a la derecha del Padre; pero hoy está poniendo Jesús el testigo en nuestras manos, porque somos nosotros los que tenemos que salir ahora al mundo. Contemplamos la gloria del cielo, pero no nos podemos quedar ahí extasiados sino que tenemos que volver a Jerusalén, tenemos que volver a nuestro camino, tenemos que volver a ese camino que Jesús pone ante nosotros para que vayamos a hacer ese anuncio de la Buena Nueva de Jesús al mundo.

Podríamos tener la tentación de Pedro en el Tabor de querer hacer tres tiendas para quedarse en aquellos momentos gloriosos y luminosos para siempre, pero Jesús los hizo bajar de la montaña como ahora aquellos Ángeles de Dios les dirán a los discípulos que no se queden ahí extasiados sino que tienen que volver al Jerusalén de la vida. La contemplación de la gloriosa Ascensión del Señor nos llena de esperanza y alienta nuestra vida para seguir en el camino. Sabemos a donde un día llegaremos si seguimos el camino con fidelidad, el camino de la fidelidad a la misión que se nos encomienda.

Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor, como de manera especial celebraremos el próximo domingo; por eso a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, de los cansancios y desánimos que tantas veces nos pueden aparecer seguimos haciendo el camino con la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Grande es el campo que se abre ante nosotros, porque hemos de ir hasta los confines del mundo, pero sabemos que El estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Recibiremos la fuerza que viene de lo Alto.

lunes, 16 de agosto de 2021

Aspiremos a lo mejor aunque nos cueste mucho superarnos, desterremos tantos miedos que se nos meten en la vida y no nos quedemos en el entusiasmo de un momento

 


Aspiremos a lo mejor aunque nos cueste mucho superarnos, desterremos tantos miedos que se nos meten en la vida y no nos quedemos en el entusiasmo de un  momento

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22

El entusiasmo a veces nos traiciona. Cuantas veces habremos visto a alguien tan ilusionado con los proyectos que tiene, con sus sueños, que parece que se va a tragar el mundo. Está dispuesto a hacer maravillas, en sus sueños ve las soluciones fáciles para los problemas que se le puedan presentar, se siente fuerte y entusiasmado y trata de arrastrarnos a nosotros también con su entusiasmo. Quizás podemos ser más pesimistas, vamos de cansados por la vida, tenemos el peso de sueños que no logramos, de fracasos que hemos tenido y nos hieren en lo más hondo, y nos ponemos quizás a la expectativa de lo que pudiera suceder, de ver cómo le van a salir las cosas a nuestro amigo con sus sueños.

¿Tendríamos que alentarlo? ¿Tendríamos que hacerle ver la realidad? ¿Tendríamos que creer en él y que es posible la realización de todo lo que lleva en su cabeza? Algunas veces no sabemos bien qué hacer. También nos creemos buenos y más o menos hemos querido ir haciendo las cosas con cierta madurez y sensatez, pero cuando nos pidieron un paso más adelante cogimos miedo, no fuimos capaces de lanzarnos, nos quedamos cortos en la diana a la que tendríamos que haber aspirado conseguir.

Hoy se acerca alguien a Jesús que viene con entusiasmo atraído quizás por las palabras y los signos que Jesús va realizando. ‘¿Qué tengo que hacer de bueno para heredar la vida eterna?’ es la pregunta que le plantea a Jesús. Hay buena voluntad, hay buenos deseos. Quiere alcanzar aquello que Jesús les está proponiendo cuando les anuncia el Reino de Dios. Tiene además un corazón bueno. Cuando Jesús le dice que cumpla con los mandamientos, ahí está lo que es la voluntad de Dios, aquel joven dirá que eso lo ha cumplido desde siempre. Un joven que ha sido bien educado en su fe y en su religiosidad, un joven con una rectitud admirable en su vida pues el cumplimiento de los mandamientos ha sido el pan nuestro de cada día.

Es ahora cuando Jesús le lanza a metas más altas. Ha de pasar por el desprendimiento de todo, un vaciarse totalmente de si mismo desde su yo hasta todas aquellas cosas que posee que pueden ser apegos en el corazón. ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo - y luego ven y sígueme’. Y es aquí donde se desinfló.

Aquello que posee no es que sean cosas malas; son los bienes obtenidos fruto de su trabajo, es lo que haya podido recibir de sus padres, son las cosas que posee para su uso y disfrute en su vida normal de cada día. No es malo. Pero a un corazón grande como Jesús vislumbra en aquel joven se le puede pedir dar un salta adelante. Hay inquietud en su corazón, tiene deseos también de seguir a Jesús, ha vivido una vida de fidelidad en el cumplimiento de los mandamientos del Señor, pero aquel joven está llamado a algo más, a algo grande. Ese tesoro no se puede quedar apegado a su corazón sino que tiene que ser un tesoro que ha de saber guardar en el cielo. Para eso ha de desprenderse de todo para compartir todo.

¿Podremos dar ese paso adelante que se nos pide? Cuantas veces nos llenamos de dudas y de miedos en nuestro interior cuando vemos la posibilidad de hacer algo mejor y distinto. Siendo incluso buenos y haciendo las cosas bien podemos tener la tentación de acomodarnos, de caer en la rutina, de no intentar buscar algo nuevo y distinto, de mejorar incluso aquello que ya tenemos.

Nos sucede en muchos aspectos de la vida en que preferimos la comodidad de lo que ya estábamos acostumbrados a hacer, que intentar algo nuevo y que puede ser mejor. Nos sucede desgraciadamente en el camino de nuestra vida cristiana en que ya no aspiramos a la perfección sino a hacer las cosas como siempre las hemos hecho.

Y quizá hay unos tesoros escondidos en nuestro interior que no somos capaces de sacar a flote y ponerlos a producir. No enterremos los talentos. Aspiremos a lo mejor, a la perfección aunque nos cueste mucho superarnos en tantas cosas. Desterremos de nosotros tantos miedos que se nos meten en la vida. No nos quedemos en el entusiasmo de un  momento que se puede apagar sino que tengamos verdaderas ansias de crecimiento.

sábado, 15 de mayo de 2021

Saber encontrar sosiego y paz interior en la oración para disfrutar de la presencia del Señor, dejarnos inundar por la presencia del Espíritu y gozarnos en el Señor

 


Saber encontrar sosiego y paz interior en la oración para disfrutar de la presencia del Señor, dejarnos inundar por la presencia del Espíritu y gozarnos en el Señor

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Qué a gusto y qué bien nos sentimos en la vida cuando hemos encontrado esa persona, ese amigo que es como un descanso para nuestro espíritu. Esa persona merecedora de toda nuestra confianza, con quien podemos contar en todo momento, que nos escucha, nos ayuda, nos da un consejo, incluso nos recrimina cuando ve algo en nosotros que podemos mejorar. Pidamos lo que le pidamos, siempre nos escucha y trata de atendernos en lo que necesitemos; sean cuales sean los problemas que tengamos a él se lo podemos confiar, porque contamos con su discreción y respeto, pero también sabemos que de él vamos a recibir la palabra oportuna que nos va a hacer ver con mayor claridad. No sentimos oprobio porque nos conozca en las más duras pobrezas de nuestra vida, sino que para nosotros es como una felicidad y un descanso tenerlo a nuestro lado.

Es un tesoro que no desearíamos perder. Humanamente necesitamos ese apoyo, ese cayado que nos sirve de apoyo en nuestro caminar en la vida y que bien sabemos que no se va a doblar ni quebrar; su lealtad es infinita. Ojalá lo encontremos y nunca lo perdamos.

Me estoy haciendo esta consideración de estas facetas de nuestra humanidad, pero al mismo tiempo estoy escuchando lo que hoy nos quiere decir Jesús en la Palabra de Dios que escuchamos. ¿No nos estará diciendo Jesús que todo eso y mucho más lo podemos encontrar en El?

Nos habla Jesús de la confianza con que nosotros hemos de acercarnos a Dios incluso desde nuestras necesidades, porque nos dice que todo lo que le pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá. El que siempre nos escucha, el que nos conoce hasta lo más íntimo y profundo de nuestro ser, ante quien siempre hemos de mostrarnos con la sinceridad y la realidad de nuestra vida, en quien siempre vamos a encontrar ese descanso y ese apoyo para nuestro caminar.

Muchas veces miramos la oración solo como algo que le vamos a pedir a Dios, pero nuestra oración tiene que ser mucho más. Podíamos decir que es descansar en Dios. ¿No nos dice Jesús en otra ocasión que quienes estamos agobiados y angustiados vamos a El porque El nos aliviará y en El encontraremos nuestro descanso?

Hablábamos antes de ese amigo en quien confiamos, pero decíamos no solo porque a él le pidamos en nuestras necesidades, sino porque en él encontramos ese apoyo, esa escucha, ese saber detenerse a nuestro lado simplemente para estar a nuestro lado y sintamos esa presencia que nos alienta, y cuya palabra siempre será un rayo de luz para mi vida. Eso es lo que buscamos en nuestra oración con Dios.

Sentirnos a gusto en su presencia, a pesar de nuestras debilidades y pobrezas, a pesar de los tropiezos y errores que cometemos en la vida, a pesar de que nos encontremos como desorientados, en la presencia del Señor nos sentimos a gusto. Nuestra oración tiene que ser ese disfrutar de Dios que así se hace presente en nuestra vida, así está presente siempre en nuestra vida.

Tenemos que reconocer que no siempre disfrutamos en nuestra oración; nos la hemos tomado como una rutina que tenemos que hacer y no ponemos vida en lo que hacemos y en consecuencia tampoco encontraremos vida. Tenemos que cambiar nuestra forma de hacer la oración. Saber encontrar ese sosiego, esa paz interior; no ir a la oración como quien va a cumplir con una cosa o un rito que tiene que hacer sino ir a disfrutar de la presencia del Señor, dejarnos inundar por la presencia del Espíritu, gozarnos interiormente en el Señor.

Nos decía Jesús: ‘Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’. Entendamos bien estas palabras de Jesús. Pedir en su nombre es sentirnos unidos a El cuando oramos a Dios. Si en la presencia del Padre nos sentimos unidos a Jesús, claro que nuestra alegría será completa, se llenará de plenitud, nos sentiremos las personas más felices que se puedan encontrar.

lunes, 5 de octubre de 2020

Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

 


Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

Deuteronomio 8, 7-18; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Saber reconocer lo bueno de lo que disfrutamos de la vida es un paso importante en el camino de la felicidad; pero digo un paso, importante quizá, pero no el único. Porque es importante también saber cómo hemos logrado lo que tenemos y saber descubrir en el fondo que es un don. Un regalo que tenemos que saber agradecer también.

Me puedes decir, es mi esfuerzo, son mis luchas, ahí están quizá mis sacrificios, ahí está mi trabajo, es cierto. Y ya es importante que sepamos valorar el trabajo realizado, el camino hecho, la capacidad de ese sacrificio y ese esfuerzo, el tener en cuenta que tú has creído en tí mismo y por eso has luchado para conseguirlo. Pero hay algo, misterioso quizá, que nos trasciende, que va más allá de esos esfuerzos personales, porque tenemos que darnos cuenta que ese camino no lo hemos hecho solos; a nuestro lado hay muchos que han sido un estímulo para nosotros, que nos han alentado, que quizá cuando nos sentíamos sin fuerzas han puesto su mano sobre nuestro hombro para darnos ánimos. Entonces a ellos también tenemos que agradecérselo.

Pero tampoco me quedo ahí, aunque ya son pasos muy importantes que estamos dando con ese reconocimiento. No han sido solo nuestras fuerzas humanas, ni los alientos humanos que hayamos recibido de los que caminan a nuestro lado. Yo miro hacia lo alto, a quien hace de verdad trascender mi vida para darle un valor todavía más grande, yo miro a Dios que está a mi lado, digo que miro a lo alto pero es una forma de decir porque nada está más cercano a nosotros que Dios mismo que camina a nuestro lado por es Emmanuel, Dios con nosotros, pero más aun que se entraña en nuestro ser, en nuestro corazón. El sí que es mi fuerza, mi verdadero aliento, el hondo sentido de mi vida, lo que me da el verdadero valor. Soy creyente y siento a Dios en lo más hondo de mi corazón.

Por eso nunca por mucho que pueda disfrutar de todo eso bueno de lo que dispongo, mi corazón se puede llenar de soberbia para creerse el único y como dueño y señor de todo. Mi Señor de verdad es Dios que es el que da hondo sentido y valor a mi vida. Sin El nada sería, sin El nada hubiera conseguido, sin El no hubiera realizado y estaría realizando el camino. El es en verdad la fuente de mis alegrías, la fuente de mi vida.

Hoy en la Iglesia celebramos un día especial, que lamentablemente pasa muy desapercibido. Es el día que se llama de Témporas de Acción de Gracias y de Petición. Sí, es un día para la acción de gracias, para el reconocimiento de todo eso bueno que hay en nosotros, en la vida, como hemos venido reflexionando. Un día para reconocer la obra del Señor en nosotros y entonces desde lo más hondo de nosotros darle gracias. Es el momento que de una forma personal veamos cada uno por lo que tiene que darle gracias al Señor, reconocer todo eso bueno que hay en nosotros, todo ese don de gracia que hemos recibido; cada uno tenemos nuestra historia, cada uno tenemos nuestros motivos para dar gracias y tendríamos que detenernos en ello.

Pero también una forma de reconocerlo y dar gracias es no quedarnos encerrados en nosotros mismos y comenzar a mirar en derredor nuestro. Primero, como antes decíamos, recordando a cuantos han contribuido a que hoy haya llegado hasta aquí, porque han estado a mi lado, porque me han animado, porque me han echado el brazo sobre el hombro tantas veces para que siguiera caminando. Y dar gracias a ellos y por ellos al Señor que los puso a mi lado.

Pero nuestra mirada no se puede tampoco quedar ahí. A nuestro lado hay tantos que lo están pasando peor en sus necesidades, en sus problemas, en sus sufrimientos, en sus angustias, en sus enfermedades, en sus soledades… y no los podemos dejar solos.  Tenemos que ser con nuestros gestos de amor y cercanía signos de la presencia del Señor en su vida, para que no se cansen en sus luchas, para que sean capaces de levantarse para seguir adelante, para que encuentren también un sentido y un valor a lo que están viviendo aunque sea algo duro. Nosotros podemos ser luz para ellos, una luz que les refleje la luz del amor de Dios.

Démosle un sentido hondo a la vida y a este día concreto que hoy estamos viviendo.

 

jueves, 1 de agosto de 2019

Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno


Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
‘¿Habéis entendido todo esto?’ preguntaba  Jesús después de exponer sus parábolas. Si entendemos tenemos que ser como ese hombre sabio, como continúa diciéndonos, que sabe darle sentido a cada cosa en su momento.
No es fácil. No es fácil porque nos confundimos muchas veces, porque interpretamos mal, porque no sabemos darle importancia y trascendencia a cada cosa que hacemos. Todo tiene su valor, en todo podemos encontrar algo bueno, cuanto nos sucede tendría que hacernos pensar. Pero pararse a pensar con lo deprisa que va la vida nos cuesta, seguimos en el ritmo vertiginoso y perdemos los detalles, y en los detalles hemos de descubrir cuanto bueno podemos hacer y podemos vivir.
Las parábolas que nos propone Jesús para hablarnos del Reino de Dios y para en consecuencia hacernos pensar en el sentido que le damos a la vida, son un estímulo, quieren alentarnos y alertarnos. Alentarnos para que sigamos el camino con ilusión, que no le temamos a la lucha, que mantengamos claras nuestras metas, que descubramos el sentido de Dios en la vida y en lo que hacemos. ¿No nos quiere hablar del Reino de Dios?
Pero, como decíamos, quieren alertarnos también, ponernos en alerta ante los peligros, ante las tentaciones, ante las desviaciones que podamos hacer en los cruces de la vida no escogiendo el correcto, ante las cosas que nos pueden confundir, ante lo que el mundo nos puede presentar como bueno y nos distraiga de nuestra meta, ante las materialidades de la vida, ante la posible pérdida del rumbo y del sentido espiritual y trascendente que tenemos que darle a lo que hacemos y vivimos.
Hoy nos habla de la red echada al mar y en la que recogen toda clase de peces. Al final será la criba, pero todos están en la red. Así nosotros en la vida y en el mundo. Pero no nos contentemos en pensar que unos son los buenos y otros son los malos y que nosotros somos siempre los buenos.
Es que en nosotros puede haber de una cosa y de otra, porque no somos tan perfectos, porque somos débiles, porque cometemos errores y nos desviamos en algunas cosas del rumbo certero, porque aunque queremos ser buenos y fieles hay cosas en las que bajamos la tensión y nos vamos permitiendo cosas que luego pueden ser una pendiente peligrosa de la que no podamos salir.
En nuestro corazón hay bondad y buenos deseos, es cierto, pero muchas veces se nos mete también el orgullo y el amor propio, nos sentimos tentados por la indiferencia y la insolidaridad, se nos ponen turbios los ojos con nuestros recelos y hasta con las envidias que pueden aparecer en nuestro corazón. Y es en lo que tenemos que estar alerta, como decíamos antes.
Por eso, como ya nos decía también en la parábola del trigo y la cizaña Dios espera, espera nuestro cambio, espera que emprendamos ese camino de conversión de nuestra vida. Mientras vamos caminando si nos damos cuenta de nuestras debilidades tenemos que saber encontrar la fortaleza para no sucumbir, pero también para levantarnos si hemos tropezado. No podemos decir es que soy así y no hay quien me cambie; sí, podemos cambiar, podemos mejorar nuestra vida, podemos transformarnos en esos peces buenos, en ese buen fruto, en esa buena semilla que algún día florezca para alegrarnos la vida, pero que también dé buenos frutos.
Nos sentimos alentados por la Palabra de Dios y nos llenamos de esperanza. Como el hombre sabio sepamos discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno y con todo lo que hacemos demos gloria al Señor.

martes, 18 de septiembre de 2018

Sepamos detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón


Sepamos detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón

1Corintios 12,12-14.27-31ª; Sal 99;  Lucas 7,11-17

Cuántas veces parece que estamos esperando que llegue alguien a nuestro lado para sentirnos distintos, para que se nos levante el ánimo y nos sintamos como renovados. Hay ocasiones en que parece que vamos como muertos por la vida, se nos acaban las ganas, todo nos parece oscuro, perdemos la ilusión pero llegará alguien a nuestro lado que con una palabra nos despierta, algo así como que nos remueve para que despertemos de ese letargo en que nos hemos metido y del que parece que no queremos salir.
Siempre hay quien tiene esa palabra acertada, que nos anima con su presencia, que nos hace mirar las cosas con otros ojos y los densos nubarrones de las preocupaciones y las desesperanzas desaparecen llenando de luz nuestra vida. Parece como si volviéramos a renacer, es en cierto modo un resucitar.
Eso que quizá hemos experimentado nosotros cuando hemos tenido la suerte de tener ese buen amigo que sabe en el momento oportuno poner su mano sobre nuestro hombro, creo que tenemos que darnos cuenta que hemos de saber hacerlo con los demás.
Algunas veces vamos tan ensimismados en nosotros mismos, pensando quizás solo en nuestros problemas que no somos sensibles para ver el llanto de tantos a nuestro alrededor en sus soledades, en su abandono porque se abandonan a si mismos o porque se sienten abandonados de los demás. ¿No tendríamos que ser sensibles a esas lagrimas que calladamente surcan los rostros de tantos alrededor nuestro?
Hay muchos que están necesitando esa mano nuestra sobre el hombro, esa mirada que llegue al alma, esa sonrisa que suaviza la tensión de nuestros rostros, esa palabra que se puede convertir en luz, en despertador de nuestras conciencias. Hoy que tanto utilizamos las redes sociales para estar conectados sepamos aprovecharlas para lo bueno y siempre hay mensaje ilusionante que podemos trasmitir. Serán mensajes que hacemos llegar directamente a nuestros amigos pensando en ellos, pensado en su vida, o pueden ser mensajes que dejemos ahí en la red y que alguien puede en un momento determinado leer y puede ayudarle a salir de las sombras en que quizá se vea envuelto.
Me ha surgido toda esta reflexión a partir de lo que escuchamos en el evangelio de hoy. Llegó Jesús a Naim y en ese momento sacaban a enterrar a un muchacho hijo único de una madre que era viuda. El silencio roto por los llantos y lamentos de aquella madre desconsolada y que ahora tan abandonada se veía era lo que se palpaba en aquella comitiva de muerte. Jesús se detiene y hace detener el cortejo, se acerca junto al féretro mientras seguramente la mirada se posaba sobre el corazón atormentado de aquella madre. Pero allí no podían seguir reinando las sombras. Es la mano tendida hacia el cuerpo difunto de aquel muchacho y la palabra de Jesús que lo levanta. ‘Muchacho, a ti te lo digo, levántate’. Y el joven se levantó y se lo entregó a su madre.
Detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida. Detenernos y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón para descubrir la pena y el dolor; detenernos para tener la palabra de vida, el gesto que nos acerca, la presencia que acompaña de una forma distinta. Pasamos tan rápido por los caminos de la vida y aun aceleramos el paso cuando sospechamos que puede haber un sufrimiento. No es lo que nos enseña Jesús. No tiene que ser ese nuestro estilo y nuestra manera de actuar. Dejemos de tener tantas prisas en la vida, que ni nos enteramos de quien está junto a nosotros.

jueves, 22 de marzo de 2018

Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.


Escuchemos y pongamos toda nuestra fe en esa Palabra de Jesús porque escucharle es ponernos en camino para vivir una vida nueva que dura para siempre

Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59

Una palabra es algo más que un sonido gutural que brota de nuestra garganta. Una palabra dice, trasmite algo, comunica lo que de otra manera no seriamos capaces de expresar. Una palabra expresa una idea, un pensamiento, un sentimiento quizá también, algo que llevamos en nuestro interior y que queremos comunicar, compartir, hacer participe a nuestro interlocutor.
Hay palabras y palabras. Cuántas veces cuando escuchamos una palabra sentimos un aliento de vida en nuestro interior que nos levanta; cómo una palabra también puede hundirnos y llevarnos a sentimientos oscuros y tristes. Depende de lo que queremos comunicar, de los sentimientos que haya en quien nos trasmite la palabra o en nosotros que la recibimos.
No todos recibimos la misma palabra de la misma manera. Una palabra puede ser un rayo luminoso que nos abra a nuevos horizontes y nos puede trasmitir un aliento de vida. Cuántos se han puesto a caminar nuevos caminos en su vida tras una palabra que un día recibieron. Pero también podemos sentirnos heridos por una palabra que nos viene desde la arrogancia, la prepotencia y el orgullo, o desde la violencia.
Adquieren tantos matices las palabras que escuchamos y que podemos decir. Muchas cosas nos podríamos decir sobre cómo escucharlas y muchas cosas tendríamos también que tener en cuenta a la hora de pronunciar una palabra. Ojalá lo que trasmitamos siempre sean palabras de vida, de aliento, de esperanza, de consuelo. Hay demasiadas palabras tristes en la vida, muchas palabras de amargura y de muerte.
Hoy Jesús nos dice que quien escuche su Palabra no sabrá lo que es morir para siempre. Significa eso que su Palabra siempre es Palabra de vida, y no para vivir de una forma cualquiera, porque El ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, como se nos dirá en otro momento del evangelio. No entendieron o no quisieron entender los judíos lo que Jesús les decía. No creían en El. Es necesario creer en la Palabra, por algo ya desde el principio El nos dice que creamos en la Buena Noticia. La Palabra de Jesús es una Buena Noticia, una Buena Noticia para la vida.
Pero ya el evangelista al principio de su evangelio nos habla de la Palabra que estaba en dios desde toda la eternidad, la Palabra por la que fue hecho todo, la Palabra que era Luz y que era Vida. Pero también nos dice que hubo quien prefería las tinieblas a la luz; que la Luz quería brillar en medio de las tinieblas para iluminar a todo hombre, pero no la quisieron recibir. Pero también nos dice que a quienes la recibieron, quienes creyeron en la Palabra se llenaron de vida de tal manera que comenzaron a ser hijos de Dios.
Queremos recibir nosotros esa Palabra que es Luz y que es Vida. Queremos creer en esa Palabra dejándonos transformar por Ella para tener vida para siempre. Nos dice que quien cree en su Palabra no sabrá lo que es morir para siempre.
Jesús es esa Sabiduría de Dios, es la Palabra vida de Dios que se hizo hombre, que plantó su tienda entre nosotros, esa luz que nos ilumina, esa vida que nos resucita. Escuchemos y pongamos toda nuestra fe en esa Palabra de Jesús. No es un sonido cualquiera sino que es a Dios mismo que nos habla a quien vamos a escuchar. Sabemos que escucharle a El es ponernos en camino para vivir una vida nueva; escucharle a El es convertirnos también en trasmisores de esa Palabra para nuestros hermanos los hombres; escucharle a El es comulgar con El, comerle para tener vida para siempre y ser resucitados en el último día.



viernes, 15 de septiembre de 2017

María, Virgen de los Dolores, nos está enseñando a estar junto a la cruz, la de Cristo, la nuestra y la de los demás


María, Virgen de los Dolores, nos está enseñando a estar junto a la cruz, la de Cristo, la nuestra y la de los demás

1Timoteo 1,1-2. 12-1; Sal. 15; Juan 19,25-27

La madre dolorosa estaba junto a la cruz de Jesús y lloraba… cuya alma triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenia…’ Con versos así canta la liturgia en uno de sus himnos litúrgicos a María, Madre de los Dolores, en esta festividad que hoy celebramos.
Permítanme contemplar a través de este cristal a tantas madres que llenas de dolor en su corazón están también al lado del sufrimiento de sus hijos. O permítanme también recordar qué hijo no ha tenido la experiencia de en algún momento doloroso de su vida haberse sentido reconfortado por la presencia de la madre que junto a nosotros estaba con nuestro dolor y con su dolor.
Experiencia habremos tenido en momentos de enfermedad, como también en otros problemas que hayamos tenido en la vida y que nos han hecho sufrir, momentos de crisis con los nubarrones cerniéndose sobre nuestras vidas, los problemas mismos que nos da la vida donde las cosas no marchan quizá como uno quisiera y se ve uno lleno de sombras y de amarguras, o tantos otros momentos en que hemos sentido el alivio de la mirada de la madre, de la mano que se posaba sobre nuestros hombros quizá en silencio, de esa palabra de aliento que con su mirada nos estaba diciendo adelante, sabiendo que ella estaba pasando también nuestro mismo sufrimiento. Momentos duros de nuestra vida, pero que se llenaban de esperanza con la presencia de nuestra madre que siempre sabía estar a nuestro lado. No necesitamos quizás muchas palabras pero su presencia lo decía todo y eso reconfortaba nuestro corazón.
Junto a la cruz de Jesús estaba. Hoy la contemplamos en ese momento supremo de dolor y de amor. No podemos separar nunca el amor del dolor de la cruz porque perdería todo su sentido. Y allí estaba la Madre, María, con su dolor unido al dolor de su Hijo, pero con su amor llenándose hasta rebosar su corazón del mismo amor de su Hijo. Estaba.
El evangelio no pone ninguna palabra en labios de María en esos momentos supremos. Pero aprendemos su lección. Era tal su sufrimiento y su amor que nos atrevemos a llamarla corredentora sabiendo que el único Redentor, por supuesto, es Cristo. Pero María estaba allí uniendo su dolor al dolor de Cristo, haciendo ella también la ofrenda de su amor.
Es la lección que hoy queremos recoger. Para hacer nuestra ofrenda, para darle sentido a nuestro dolor desde el amor, para aprender a estar también junto al dolor de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado. Como las madres saben hacerlo, pero como tenemos que aprenderlo a hacerlo todos. Cuántos a nuestro lado necesitan esa presencia, esa mano amiga, esa mirada, esa palabra de aliento. Como lo habremos necesitado nosotros tantas veces. Como tenemos que aprender a hacerlo nosotros ahora. Es la lección de María.
María, Virgen de los Dolores como hoy la celebramos nos está enseñando a estar junto a la cruz. Junto a la cruz de Jesús para dejar que se derrame toda gracia salvadora sobre nosotros; junto a la cruz que Jesús nos enseña a tomar para seguir sus pasos en esa negación de nosotros mismos para aprender lo que es el amor verdadero; junto a nuestra cruz, la cruz de nuestras debilidades, nuestras flaquezas y tropiezos, de nuestro caminar titubeante, de esas tentaciones que repetidamente sentimos en nuestro interior, de nuestras pasiones desbordadas que tenemos que aprender a encauzar, de tantas cosas que se pueden convertir en cruz en nuestra vida y nos pueden hacer sufrir; junto a la cruz de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado, para aprender a verlas porque demasiado ciegos vamos por la vida pensando que somos los únicos que sufrimos, para saber tender nuestra mano, para poner nuestro hombro bajo su cruz para ayudarles a llevarla haciéndosela más liviana.
Aprendamos de María a estar junto a la cruz. Ella como madre está a nuestro lado y nos enseña.

miércoles, 16 de agosto de 2017

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18, 15-20
¿Cuál es nuestra reacción o nuestra manera de actuar cuando vemos algo que no nos gusta en alguien de los que están cercan de nosotros? Pudiera ser que en nuestra discreción nos callemos o  nos lo guardemos para nosotros, claro que siempre nos puede quedar la sospecha y la desconfianza hacia esa persona porque no nos gusta su manera de actuar. Pero hemos de reconocer que una salida fácil en la que caemos con demasiada frecuencia es el que pronto lo comentamos con el vecino, con el pariente o con aquel con quien nos decimos que tenemos mucha confianza.
Qué fáciles son las comidillas, los comentarios o los cuentitos que nos traemos los unos a los otros. No nos damos cuenta del daño que hacemos, aunque pretendamos disimularlo en decir que nosotros no levantamos ningún testimonio porque lo que contamos es bien cierto porque lo vimos con nuestros ojos.
Sembramos la desconfianza, contribuimos a quitar la buena fama o consideración que podamos tener de los demás, sin darnos cuenta quizá de que también nosotros somos débiles y tropezamos en tantas piedras en el camino de nuestra vida; bien que tratamos de disimular nuestros errores o debilidades, nos molesta que comenten de nosotros lo que hayamos hecho, y hasta tantas veces quitamos la palabra a quien sospechamos que haya podido hablar mal de nosotros.
Simplemente desde un lado humano de la vida, sintiendo que hacemos el mismo camino y todos podemos tropezar en las mismas piedras tantas veces, nuestra manera de actuar tendría que ser bien distinta. Claro que además tendríamos que considerar, pero a la inversa, aquella reacción de Caín cuando Dios le pregunta por su hermano Abel. ‘¿Es que yo soy el guardián de mi hermano?’ Digo que tendríamos que considerarlo a la inversa porque ya en el sentido que lo decía Caín lo vamos reflejando desgraciadamente tantas veces en la vida.
No nos podemos desentender de los demás, y más cuando nos tenemos que considerar hermanos. Bien que hemos de sentirnos si no guardianes sí hermanos de nuestros hermanos y lo que tendríamos es que tener preocupación por ellos queriendo que siempre caminen también por un camino recto. ¿Qué es lo que nos enseña Jesús en el evangelio?
Hoy nos habla Jesús de la corrección fraterna. Como  hermanos hemos de sabernos corregir con humildad. Nunca podemos considerar menor al hermano porque haya podido cometer errores en la vida, sino que con todo el amor del mundo, porque nos sentimos hermanos, y con toda la humildad de saber reconocer los tropiezos que nosotros también podemos tener, hemos de acercarnos al hermano para ayudarnos mutuamente.
El camino que hacemos no es una competición para ver quien llega primero o quien es mejor en la vida. Es un camino en que sabemos darnos la mano, un camino que hacemos juntos y nos estimulamos mutuamente para superar debilidades y cansancios, un camino en que sabemos alentarnos porque creemos en el hermano aunque lo podamos ver en algún momento hundido, pero sabemos estar a su lado, de la misma manera que vamos a sentir tantas veces que él también está a nuestro lado. Si supiéramos caminar así en la vida que distintas serian nuestras relaciones y nuestra convivencia, nunca nadie tendría que sentirse hundido ni verse menospreciado. Eso que quisieras para ti, trata de ofrecerlo siempre con amor a tu hermano.

lunes, 8 de junio de 2015

El nuevo camino de la felicidad que nos traza Jesús en el evangelio, las bienaventuranzas

El nuevo camino de la felicidad que nos traza Jesús en el evangelio, las bienaventuranzas

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12
Es algo connatural al ser humano la búsqueda de la felicidad. Todos queremos ser felices, buscamos la felicidad, utilizamos todos los medios que estén a nuestro alcance con el fin de conseguirla; algunas veces nos sentimos tentados a pensar que desde los medios materiales que tengamos es cómo de la forma más rápida podamos conseguirla. Desde ahí tantas sentencias desde un sentir popular que utilizamos muchas veces engañándonos a nosotros mismos.
Queremos ser felices y queremos vivir en paz con todo el mundo, de la manera que sea; queremos ser felices y trabajamos y trabajamos por tener más cosas pensando que en eso está la felicidad; queremos ser felices y queremos alejar de nosotros todo tipo de sufrimiento y cuando nos aparece en la vida nos llenamos de amargura; queremos ser felices y muchas veces pensamos solo en nosotros mismos queriendo olvidarnos de los demás, pero queriendo poner aparte a aquellos que pudieran ocasionarnos problemas o dificultades; queremos ser felices y no asumimos nuestras limitaciones de todo tipo porque realmente no somos perfectos y siempre hay en nosotros muchos tipos de debilidades.
Hoy escuchamos a Jesús en el evangelio que llama dichosos, bienaventurados, felices, pero ¿a quienes? ¿a los que basan su felicidad en lo que hemos venido mencionando hasta aquí?
Las palabras de Jesús nos desbordan y nos descolocan, como se suele decir. Porque habla de pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que son perseguidos, de los que se olvidan de si mismos, y a esos les dice que son bienaventurados, felices, dichosos. Jesús quiere hacernos descubrir un sentido nuevo.  Y nos dice que en nuestra pobreza o en nuestros llantos podemos ser felices; nos dice que en esa inquietud que pueda haber en nuestro corazón por deseo de cosas mejores para todos aunque eso nos haga luchar y pasarlo mal en ocasiones, ahí seremos en verdad felices. Jesús nos dice que cuando nos olvidamos de nosotros mismos y de lo que son nuestros sufrimientos para romper ese círculo que nos encierra en nosotros mismos es cuando nos ponemos de verdad en un camino de felicidad.
Tenemos que rumiar con mucha calma y con mucha paz las palabras de Jesús  para encontrar su sentido. Quizá eso nos haga nadar a contracorriente de lo que son los caminos de muchos a nuestro alrededor y no nos van a entender, pero nosotros si comprenderemos lo que en verdad puede dar plenitud a nuestra vida. Es amando, olvidándonos de nosotros mismos para buscar el bien y la justicia para los demás, es arrancando de nosotros toda malicia para tener siempre un corazón bueno es como caminamos hacia la felicidad verdadera.
Y dirán mal de nosotros, tratarán de dañarnos o hacernos sufrir, de insultarnos o desprestigiarnos, de querer quitarnos incluso de en medio, pero nosotros queremos ser fieles a un camino, el camino del Reino de Dios que Jesús ha venido a instaurar primero que nada en nuestros corazones y que será del que contagiaremos luego a nuestro mundo. En el Señor encontramos aliento y consuelo, como nos decía san Pablo, con el que nosotros vamos a consolar y alentar a los demás. Estamos llenos de esperanza en el Señor y es la esperanza con la que queremos contagiar a nuestro mundo.
Y ¿no nos sentiremos felices de verdad si vemos una nueva ilusión y esperanza en el mundo que nos rodea y que está tan lleno de sufrimientos? La felicidad en Jesús encuentra un nuevo y más profundo sentido.

martes, 31 de enero de 2012


Gestos humanos que son signos de salvación nacidos de una fe profunda

2Samuel, 18, 9-10.14.24-25.30; 19, 3; Sal. 85; Mc. 5, 21-43
Contemplamos por una parte unos gestos muy humanos que se convierten en signos verdaderos y cauces auténticos de salvación y por otra la importancia de la fe en el encuentro vivo y personal con Jesús para hacernos llegar su salvación.
Unos gestos humanos llenos de cercanía y de confianza: la mujer que se acerca a tocar el manto de Jesús, aunque fuera sólo por detrás, la cercanía de Jesús que se pone a caminar junto a Jairo en su dolor y sufrimiento para llegar hasta su casa y la mano tendida de Jesús hacia la niña para levantarla de las sombras de la muerte y entregarla llena de vida a sus padres; junto a ello aparecen detalles como los de Jesús preocupándose de que le den de comer a la niña, el evitar todo alboroto innecesario en aquellas expresiones de duelo, o las palabras de aliento en todo momento, incluso cuando comunican la noticia de la muerte.
Todo, porque Jesús quiere llenarnos de su vida y para eso se acerca a nosotros con toda su humanidad. Caminos de humanidad que nosotros tenemos que aprender a recorrer para saber estar siempre al lado del que sufre y en una actitud generosa de servicio. En la vida necesitamos sentirnos acompañados, tener alguien que camine a nuestro lado cualquiera que sea la situación que vivamos, pero sobre todo en momentos difíciles para sentir ese aliento y calor humano que nos da fuerzas en nuestro duro caminar.
Son muchas las soledades que se pueden sentir y desde las propias experiencias que nosotros tenemos en nuestra propia vida, tendríamos que aprender a saber estar al lado del hermano y acompañarlo en ese duro camino que es la vida para muchos. No serán necesarias quizá muchas palabras sino la palabra de aliento en el momento oportuno. Creo que a todos nos puede enseñar mucho en este sentido el evangelio.
Vemos cómo el gesto de la mujer de las hemorragias se transforma en cauce de salud y salvación para su vida; y de la misma manera el camino de Jesús junto a Jairo concluirá también en resurrección y en vida no solo para la niña que es levantada de la cama, sino para la fe que se despierta fuertemente en aquella familia de Jairo y de todos los presentes que se llenan de admiración ante lo que sucede. ‘Se quedaron viendo visiones’, comenta el evangelista.
Y ese es el otro aspecto que hemos de destacar en este doble episodio que nos narra el evangelio: la fe. ‘Tu fe te ha curado, vete en paz y con salud’, le dirá Jesús a aquella mujer que en su amargura y desesperación por lo que sufre sin embargo llena de una confianza grande se atreve a acercarse a Jesús y tocarle aunque solo fuera el manto por detrás para sentirse curada.
Pero será fe lo que Jesús le pide a Jairo. Con esa fe había acudido a Jesús porque sabía que su presencia bastaría para curar a su niña. ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva’. Ya es eso una manifestación de fe. Pero sucederían cosas que podrían poner a prueba su fe. Cuando vienen a decirle que para qué molestar más al Maestro porque la niña ya ha muerto, esa fe es la que pedirá Jesús a Jairo. ‘No temas, basta que tengas fe’. Una fe que siempre tiene que llevarnos a un encuentro vivo con el Señor.
Acudimos muchas veces a Dios con fe, pero luego nos llenamos de dudas. ¿Me concederá o no me concederá el Señor lo que le pido? El Señor no nos escucha, pensamos a veces. O quizá la misma humildad que tenemos pudiera hacer que no confiemos, porque nos sentimos tan pecadores, que pensamos que el Seño no nos escucha. ‘Basta que tengas fe’, nos dice a nosotros también el Señor. Por eso siempre tenemos que saber acudir al Señor, con la confianza de la que nos hablará Jesús tantas veces en el Evangelio. Dios nos ama, es nuestro Padre, y ¿qué padre si su hijo le pide pan, le va a dar una piedra? Cuánto no nos dará nuestro Padre del cielo.

lunes, 25 de octubre de 2010

Sed imitadores de Dios, sois un pueblo santo

Ef. 4, 32-5, 1-8;
Sal. 1;
Lc. 13, 10-17

La Palabra del Señor que cada día se nos proclama y escuchamos con fe además de ser luz que nos va iluminando en el camino de nuestra vida cristiana es un estímulo grande, un aliciente para nuestro caminar. Sentimos esa ayuda que necesitamos cuando nos va iluminando en esas situaciones concretas que vivimos. Nunca la Palabra está lejos de nuestra vida. Es una Palabra llena de vida que el Señor quiere dirigirnos cada día y así con fe hemos de escucharla y aceptarla.
Hay veces en que nos sentimos cansados quizá en nuestra lucha, o nos encontramos sin fuerzas, porque parece como que el mal nos arrastra, sentimos fuerte la tentación en nuestra vida que nos aparece por todas partes y casi nos parece imposible que nos podamos superar y hacer lo bueno. Sobre todo cuando nos sentimos heridos por algo o por alguien que quizá nos haya ofendido la comprensión y el perdón se nos hacen difíciles.
Hoy como que el Señor quiere darnos muchas razones para que seamos capaces de ser buenos y comprensivos con los demás y seamos capaces también de ofrecer un generoso perdón. ‘Sed buenos, nos dice, comprensivos, perdonándoos unos a otros…’ ¿Y qué razón o motivo nos da para que seamos capaces de perdonar? Sencillamente el perdón que Dios nos ofrece. ‘Como Dios os perdonó en Cristo’, nos dice.
Por eso nos invita y nos propone el apóstol: ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos… por algo sois un pueblo santo… porque antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como gente hecha a la luz’.
Somos un pueblo santo, un pueblo de luz. En nosotros no caben las tinieblas. Y tinieblas sería el odio y el rencor; tinieblas sería el desamor y el egoísmo; como tinieblas son esas inmoralidades de las que tenemos la tentación de llenar nuestra vida , ‘la indecencia y el afán de dinero’, las chabacanerías y malicias con las que actuamos tantas veces, continúa concretándonos el apóstol.
Somos un pueblo santo, y santos tenemos que ser como santo es el Señor. Recordamos que esa era la propuesta que ya Jesús nos hace en el evangelio, pero que ya escuchábamos incluso en el antiguo testamento. Pero Jesús nos dice también que seamos compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo. Por eso nos dirá hoy Pablo ‘sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
¿Queremos mayor motivación y ejemplo? Lo tenemos en Cristo. Y como tantas veces decimos cuando nos sentimos amados de la manera que Cristo nos ama, cómo es que nosotros no amamos también. No nos falta la gracia y la ayuda del Señor. Decíamos que nos sentimos débiles muchas veces y sin fuerzas para superarnos y para hacer las cosas buenas. Pero es que nuestra fuerza está en el Señor.
Venimos aquí cada día y escuchamos su Palabra y, como decíamos, es nuestra luz y nuestro estímulo. Pero el Señor es también nuestra fuerza. No lo hacemos sólo con nuestras fuerzas o nuestra buena voluntad. ¿Para qué venimos a celebrar la Eucaristía?¿Para qué venimos a comer el Cuerpo del Señor, a comulgar? Jesús nos dirá que el que le come tiene vida para siempre. Es la vida, es la gracia del Señor que recibimos. Por eso, seamos buenos, comprensivos, perdonémonos porque Cristo nos amó y nos perdonó. Seamos buenos, comprensivos y perdonémonos siempre, porque somos un pueblo santo, porque somos hijos de la luz y las obras de la luz son las que tenemos que realizar.

domingo, 8 de agosto de 2010

Una palabra de aliento que nos habla de responsabilidad, disponibilidad, trascendencia


Sab. 18, 6-9;
Sal. 32;
Heb. 11, 1-2.8-19;
Lc. 12, 32-48

‘No temas, pequeño rebaño…’ comienza diciéndonos Jesús hoy. ‘No temas…’ podíamos decir que es una invitación pascual a la esperanza y a la alegría a pesar de tantas incertidumbres y angustias que nos pudieran afectar. Los que creemos en Jesús estamos siempre invitados a la esperanza y con un optimismo nacido de la fe nos enfrentamos a la vida. En varios momentos del evangelio escuchamos esa invitación.
Pero quizá los temores y las angustias del mundo que nos rodea nos afectan y pudieran llevarnos también a nosotros a un desencanto y desesperanza. Sin embargo hemos de escuchar aquel hermoso texto del concilio Vaticano II en el que nos decía que ‘los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo’. Pero nosotros tenemos motivos de esperanza desde nuestra fe en Jesús. Por eso nunca nos podrá el temor ni la desesperanza.
La carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura nos ofrece un hermoso testimonio haciéndonos una hermosa lectura del testimonio de los antiguos Patriarcas. ‘Por su fe, son recordados los antiguos… con fe murieron sin haber recibido lo prometido…’ pero no les faltó la esperanza. Es lo que nosotros hemos de aprender.
Como decíamos son muchos los nubarrones que oscurecen la vida en los tiempos que vivimos. Decimos que son momentos de crisis en tantos aspectos de la vida, aunque de entrada nos encandile la crisis económica con toda la secuela de pobreza y de miseria que están viviendo tantos hermanos nuestros.
Pero creo que es algo más amplio y más hondo lo que sucede. Se ha perdido para muchos la esperanza y cuesta para muchos ver la salida o algún rayo de luz al final del túnel. Pero es que ha habido muchos valores que se han perdido en nuestra sociedad cuando nos acostumbramos a una vida fácil y sin sacrificio, donde la austeridad era una palabra maldita que no se quería oír, donde nadie sabía negarse nada en todos los sentidos y sólo sabíamos dejarnos llevar, donde los valores espirituales quedaban oscurecidos u ocultos desde el materialismo o sensualismo en que se vivía.
Y esto nos afecta a todos y a todos puede hacernos daño. Todos podemos caer en esas redes de desesperanza, de materialismo, de ansias de confort y pasarlo bien, dejando a un lado valores importantes para la persona. Y muchas veces vemos en los cristianos señales de esa desesperanza y desilusión, de ese cansancio y de falta de ideales. Nos parece ver negras también las cosas en el seno de la iglesia por tantos problemas en que nos vemos envueltos, por una pérdida de la religiosidad en nuestra sociedad, por la ausencia de la gente de nuestras celebraciones o por la falta de vocaciones, por citar algunas cosas.
La palabra de Jesús en el evangelio ha tenido y sigue teniendo una validez total para el camino del hombre, para el camino de nuestra vida. Palabra de aliento, de ánimo y de esperanza. Palabras que nunca nos pueden llevar a la pasividad, sino todo lo contrario. Palabras que hemos de escuchar con un corazón abierto.
‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas…’ nos dice Jesús. Como el criado que espera la llegada del amo, como el dueño de casa que tiene que cuidarla y estar vigilante para que no le entre el ladrón, como el administrador que tiene que cumplir su tarea y su responsabilidad. Nos está hablando Jesús de responsabilidad y de fidelidad, de disponibilidad y generosidad, de trascendencia. Son cosas que no podemos olvidar, que hemos de tener muy presentes. Con mucha esperanza y con mucha confianza puesta totalmente en el Señor. ‘Nosotros aguardamos al Señor… es nuestro auxilio y escudo… que tu misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de ti’ rezábamos en el salmo.
Con esa fe y esa esperanza no cabe, pues, los temores. Seremos un pequeño rebaño, como nos llama hoy Jesús, y un rebaño pequeño y débil porque también nosotros los cristianos sentimos la debilidad en nuestra vida que muchas veces incluso llevado al pecado, pero tenemos la certeza del amor del Señor que no nos deja, no nos falla nunca. Estará siempre a nuestro lado con la fuerza de su Espíritu que nos sana, nos fortalece, nos llena de la salvación del Señor. ‘Vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’, nos decía Jesús.
Por eso llenamos de trascendencia nuestra vida. Y el tesoro que queremos ganar no son ganancias terrenas sino que queremos que sea ‘un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla’. Es ese tesoro en el que queremos poner nuestro corazón.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida. Queremos mantener íntegra y firme nuestra fe y nuestra esperanza. Es el cimiento verdadero de nuestra vida. No nos puede faltar. Igual que Abrahán, como hemos escuchado en la segunda lectura, que por fe obedeció y se puso en camino. Por eso nos ponemos en las manos del Señor con una disponibilidad total dispuestos incluso al sacrificio, como Abrahán estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa. Nos ponemos en camino, nos sentimos peregrinos, nos dejamos conducir por nuestra fe en el Señor, buscando la verdadera patria pero sin olvidar esta tierra que pisamos, en la que vivimos, con la que nos sentimos comprometidos a hacerla mejor.
Con esa fe nos enfrentamos a esa tarea y responsabilidad que tenemos también ahora en la construcción de nuestro mundo, agobiado por tantas crisis, pero que sabemos que podemos irlo transformando según esos valores del Reino de Dios en el que creemos y por el que luchamos. No nos importa el sacrificio, la entrega de nosotros mismos y el poner lo nuestro a disposición del bien de los demás con generosidad total. Lo que nos decía Jesús en el evangelio para alcanzar el verdadero tesoro. Unos valores que tenemos que recordar y rescatar para nuestro mundo.
Un mundo que tenemos que llenar de esperanza pero esperanza de la verdadera, de la trascendente, que le de auténtica profundidad a lo que hacemos y vivimos. Tenemos los pies en esta tierra pero miramos hacia arriba, más allá de lo que ahora somos y vivimos porque tenemos una esperanza que veremos cumplida en el Señor.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres

Dan. 3, 14-20.91-92.95
Sal. Dan. 3, 52-56
Jn. 8, 31-42


‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Algunos van comenzando a creer en Jesús. Ayer al finalizar el texto que proclamamos, versículos inmediatamente anteriores a los hoy proclamados, se nos decía: ‘Cuando les exponía esto, muchos creyeron en El’.
Podemos decir que las palabras que hoy escuchamos en labios de Jesús son palabras de ánimo y de esperanza para aquellos que comienzan a creer en El. Merece la pena creer en Jesús, a pesar de las dificultades, contratiempos, oposición por parte de algunos, incluso persecuciones. Jesús nos dice ‘seréis mis discípulos… conoceréis la verdad…’ Con Jesús, siguiéndole, siendo su discípulos, confiando plenamente en El, alcanzaremos la plenitud total de su libertad… ‘la verdad os hará libres’.
Algunos siguen sin entender, incluso le recuerdan a Jesús que ellos son libres porque son hijos de Abrahán. ‘Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie’. Pero la libertad de la que está hablando Jesús no va ni por raza, ni por pertenencia a un determinado pueblo, ni por otras razones externas. No es por esos caminos por donde alcanzamos la libertad verdadera.
Es algo más hondo, dentro de nosotros mismos. No son sólo ataduras externas o imposiciones que otros hagan sobre nosotros las que nos quitan la libertad. Hay otra esclavitud mayor que es la del pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, viene a afirmar Jesús tajantemente.
Y Cristo es el que nos ha liberado de verdad. Nos ha hecho libres porque nos ha arrancado de la esclavitud del pecado. El ha venido a perdonarnos, a rescatarnos, a darnos la verdadera libertad. Y esa es la libertad que hemos de cuidar, la más hermosa.
Nos estamos acercando a estos días en que vamos a celebrar de manera especial nuestra total liberación, nuestra total libertad, cuando celebremos la Pascua de Jesús, su pasión, muerte y resurrección. Cristo nos ha rescatado, nos ha comprado a precio de sangre, su sangre preciosa y redentora derramada en la Cruz. Como nos dice san Pedro ‘no hemos sido comprados ni a oro ni a plata, sino con la sangre preciosa de Cristo’.
Con su entrega, con su pasión y muerte, con su sangre derramada nos ha traído el perdón de los pecados. Se realizó así la nueva Alianza en la sangre de Cristo. En la antigua alianza fueron los animales los que eran ofrecidos y la sangre de aquellos sacrificios selló la Alianza del Sinaí. Ahora es la sangre de Cristo la que viene a sellar la nueva y eterna alianza que nos devuelve la libertad para siempre. ‘Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’.
Ahora en verdad somos libres para siempre. Que no nos volvamos a dejar esclavizar porque volvamos a la antigua vida de pecado. Vivamos con toda intensidad estos días que nos conducen a la Pascua. Sigamos en ese camino de preparación que vamos recorriendo a través de toda la cuaresma y aprovechemos en verdad la gracia que el Señor nos ofrece. Mantengámonos en la Palabra salvadora de Jesús para ser en verdad sus discípulos.

lunes, 8 de junio de 2009

Qué bueno es el Señor, Padre de la misericordia y Dios del consuelo

2Cor. 1, 1-7
Sal. 33
Mt. 5, 1-12


‘Gustad y ved que bueno es el Señor’, hemos repetido en el salmo. ¡Qué bueno es el Señor! No tenemos que cansarnos de repetirlo, saborearlo. ‘Gustad’, nos dice el salmo. Empaparnos de la bondad de Dios. ‘Contempladlo y quedaréis radiantes…’ Como Moisés cuando bajaba de la montaña de estar con Dios que traía su rostro tan resplandeciente, que tenía que cubrírselo con un velo para que no hiciera daño a los ojos de los que lo contemplaban.
Por eso tenemos que bendecir a Dios. ‘Bendigo a Dios en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca…’ Como hemos escuchado hoy a san Pablo en el comienzo de la segunda carta a los Corintios. Hemos comenzado su lectura que nos durará unos días. ‘¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo!’ Podía bendecir Pablo a Dios porque había experimentado ampliamente en él la misericordia del Señor. Dios lo había amado y escogido a pesar de ser un fogoso perseguidor de los cristianos. Dios seguía amándolo y contando con El en la tarea de la evangelización de los pueblos. Podía y tenía que bendecir al Señor.
Dios era su consuelo y su aliento. Luchas, dificultades, sufrimientos… pero en todo momento sentía el aliento de Dios en su vida. Nunca se sentía sólo. Se sentía fortalecido en el Señor. ‘El nos alienta en nuestras luchas… si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo…’
Pero además desde la experiencia del aliento de Dios en su vida, él podía alentar a los demás. ‘El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios… si nos toca luchar, es para vuestro aliento y salvación, si recibimos aliento, es para comunicaros un aliento con el que podáis aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros…’
El apóstol alienta, pero también se siente alentado en lo que contempla y recibe de los demás. El pastor se da y trata de animar, conducir, consolar, fortalecer, alimentar en el espíritu a aquellos que se le han confiado, pero al mismo tiempo el pastor se siente alentado en el camino que contempla realizar a los demás. ‘Nos dais firmes motivos de esperanza… porque también sois compañeros en el buen ánimo’.
Nos alentamos mutuamente con las obras buenas, los esfuerzos y las luchas que realizamos. Creo que tenemos que saber abrir los ojos para ver las señales de luz que hay en los demás. Miramos demasiadas veces las zonas oscuras de la vida y sólo nos parece que hay tinieblas. Pero también hay luz, color, vida en los que nos rodean. Si abrimos los ojos de la fe y de la esperanza podemos contemplar esos rayos de luz que son para nosotros motivo de aliento y de vida.
Hoy hemos comenzado en la lectura del evangelio el sermón de la montaña, que se inicia con la proclamación de las bienaventuranzas. Es un mensaje sublime el que nos ofrece Jesús. Algunas veces nos puede parecer algo utópico e irrealizable. Pero creo que tenemos que saber descubrir en cuántos a nuestro alrededor se está cumpliendo ese mensaje de la bienaventuranzas.
Muchos hay a nuestro lado que son consoladores de los demás, que sufren con los otros o trabajan por la paz, que buscan el bien y luchan por la justicia verdadera, que quizá sufren pacientemente en su carne muchos dolores causados por diferentes causas y saben hacerlo con esperanza, que se han hecho pobres y desprendidos porque quieren compartirlo todo con los demás. En una palabra mucha gente que vive el Espíritu de las Bienaventuranzas. Saberlo descubrir es para nosotros un motivo grande de aliento y de gozo. Las bienaventuranzas de Jesús se cumplen y nosotros podemos también estar entre ellos.
Todo esto para descubrir qué bueno es el Señor, para cantar también nosotros la bendición al Señor por tantos rayos de luz que podemos descubrir en los demás si sabemos abrir los ojos de la vida y de la fe.
‘Gustad y ved qué bueno es el Señor… bendigo al Señor en todo momento…’