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miércoles, 17 de septiembre de 2014
No solo cantamos al amor con bellas palabras sino que nos impregnamos del amor de Dios para amar con su amor a los hermanos
miércoles, 19 de septiembre de 2012
lunes, 13 de junio de 2011
Siempre es tiempo de gracia que no podemos echar en saco roto
2Cor. 6, 1-10;
Sal. 97;
Mt. 5, 38-42
Retomamos el tiempo ordinario una vez que hemos concluido el tiempo pascual, y volvemos al ritmo de las lecturas de la Palabra de Dios propias de este tiempo. Por una parte en la primera lectura estamos leyendo la segunda carta de san Pablo a los Corintios, y en el evangelio estamos propiamente concluyendo el sermón del Monte que habíamos estado escuchando antes de la Cuaresma.
Nos ha comenzado diciendo hoy san Pablo ‘os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios… en el tiempo de la gracia te escucho, en el día de la salvación te ayudo… es tiempo de gracia… es día de salvación’.
Esta exhortación del apóstol nos viene bien escucharla en todo momento. No podemos desaprovechar la gracia que el Señor nos da. Es una riqueza de vida que el Señor nos concede. Es gracia, es regalo del Señor al que correspondemos siguiendo los caminos del Señor, no apartándonos nunca de Dios y su gracia.
Ahora mismo hemos concluido el tiempo de la Pascua con la celebración ayer de Pentecostés. Grande es la gracia que hemos recibido del Señor; maravilloso el misterio de Dios que hemos celebrado; allá en lo hondo del corazón si de verdad nos hemos metido en la celebración del misterio de Cristo cuántas cosas habremos sentido y experimentado, cuánta es la gracia del Señor que hemos recibido. No lo podemos echar en saco roto. No podemos decir, bueno eso ya paso, ahora a otra cosa. De ninguna manera.
Toda esa gracia recibida del Señor ha tenido que hacernos crecer espiritualmente. Han sido llamadas que hemos recibido del Señor para ser cada día mejores, para ser más santos, a las que seguramente hemos ido intentando responder. Sigamos en ese camino de gracia. Sigamos sintiendo toda esa llamada del Señor.
El apóstol nos dice cuánto ha querido él comportarse como un fiel servidor del Señor en el anuncio de la Palabra y cuánto ha pasado por esa causa. Pero todo eso, ‘luchas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer’ son como dones del Espíritu que le fortalecen para seguir llevando el mensaje de la verdad y la fuerza de Dios.
Nos está resumiento cuánto ha sido lo que ha tenido que sufrir por la causa del evangelio; en los Hechos de los Apóstoles hemos visto muchas de esas cosas y en sus cartas lo recuerda. Pero no olvidemos lo que decíamos de la grandeza de su fe y de su espíritualidad que le hacen así entregarse por el evangelio. Ojalá nosotros supiéramos ver en cuanto nos sucede también una gracia del Señor que nos llama por caminos de fidelidad.
Finalmente una palabra en torno al evangelio que hoy se nos ha proclamado, como decíamos, parte del Sermón del Monte iniciado con las Bienaventuranzas. Jesús nos enseña algo muy hermoso, aunque no siempre nos sea fácil. Como consecuencia del sentido y estilo de amor que hemos de vivir en todo momento, nos está enseñando cómo hemos de responder siempre con amor frente al mal o la violencia que podamos recibir.
Queda abolida la ley del talión porque nunca nuestro actuar puede ser el ojo por ojo y diente por diente, sino el camino del bien, del perdón y del amor. Sea cual sea el mal que podamos recibir de los demás nunca nuestra respuesta puede ser la venganza, el resentimiento o el rencor. Siempre el amor y el perdón. Jesús nos lo enseña y no sólo con sus palabras sino con su propia vida. ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’, dirá cuando está siendo clavado en la cruz. ¿Seremos capaces de dar una respuesta así? No olvidemos que el amor es nuestro distintivo.
viernes, 25 de febrero de 2011
Al amigo fiel tenlo por amigo, es encontrar un tesoro
‘Un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor; un amigo fiel es un talismán, el que teme a Dios lo alcanza…’ Hermoso canto a la amistad nos ofrece el texto del Eclesiástico que hoy hemos proclamado.
Nos habla de cómo conseguir un amigo y lo que es un verdadero amigo. ‘Serán muchos los que te saluden…’ nos dice, pero entrar en la categoría de los amigos, de la amistad verdadera es algo más que un saludo o un conocimiento momentáneo. ‘Hay amigos de un momento… que acompañan en la mesa pero no aparecen en el momento de la desgracia… que cuando te va bien están contigo, cuando te va mal huyen de ti…’ y así nos sigue diciendo y explicando el sabio del Antiguo Testamento. Fijémonos como el autor sagrado va resaltando continuamente lo de un amigo fiel.
Un amigo verdadero, una amistad auténtica tiene que nacer de un corazón sano y desinteresado. La amistad entra en la categoría del amor verdadero. Y tienes que estar llena de fidelidad y de lealtad. Y cuando hay amor verdadero no nos movemos por intereses ni sólo somos amigos para los buenos momentos. Quien no sabe tener un amigo creo que le es bien difícil entender todo lo que nos dirá Jesús del amor como raíz y como base de todas nuestras relaciones humanas; difícilmente entenderá todas las características que Jesús nos dará de lo que tiene que ser el amor del cristiano.
Serán todas aquellas características de las que nos hablará san Pablo en la carta a los Corintios. ‘El amor es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia; no es grosero ni egoísta, no se irrita ni lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Confrontándolo con lo que nos dice aquí el apóstol encontramos quizá muchas carencias en nuestra amistad, tenemos que reconocer.
Precisamente hoy en el evangelio sale el tema del matrimonio y del divorcio con la pregunta que le hacen los fariseos a Jesús. Y Jesús les responde con la radicalidad que tiene que vivirse el amor matrimonial. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito este precepto’, les dice. Y les recuerda lo que es la voluntad de Dios desde la creación. ‘Ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando. Y nos dice cosas que quizá hoy en los tiempos que vivimos nos puedan parecer duras e imposibles del cumplir.
Alguien puede decirme que miremos la experiencia de lo que sucede a nuestro alrededor. Como dicen muchos es que el amor se acabó. Pero quizá tendríamos que analizar muchas veces si ha habido amor verdadero y auténtico en la pareja cuando se han decidido por el matrimonio; si ha habido un amor maduro y bien forjado hundiendo además sus raíces en lo que es el amor de Dios. Porque también hemos de reconocer que se puede hablar de amor, como deciamos antes de la amistad, con mucha superficialidad y sin hondura. Tendríamos que aprender primero lo que es un amor verdadero, una auténtica amistad y alcanzando esa madurez en el amor y la amistad podamos llegar a entender y vivir lo que es un amor matrimonial auténtico, que es mucho más que pasión. Mucho tendríamos que reflexionar en este sentido.
Pero creo que hemos de escuchar y entender bien las palabras de Jesús. Todas esas características de las que nos ha hablado san Pablo en la carta a los Corintios que hemos mencionado tienen que ser algo más que un texto bonito y poético que como suena tan bien pues hasta muchas parejas lo escogen para la celebración del sacramento del matrimonio. Es algo más que un texto bello y poético. Son las características de un amor humano verdadero, no solo el matrimonio, sino también de la amistad y base de todas nuestras relaciones humanas que hemos de saberlas fundamentar en el amor.
Y hemos de entender también que el amor verdadero es un don de Dios. Con Dios hemos de contar. A Dios tenemos que invocar y pedirlo. Que el Señor nos conceda el vivir una amistad auténtica y un amor verdadero.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Apóstoles y evangelizadores corremos la carrera por el premio de la vida eterna
‘¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!’, dice Pablo. ‘No lo hago por propio gusto, porque eso mismo sería mi paga… sino que me han encargado ese oficio de dar a conocer el Evangelio…’
Este texto de la carta de Pablo a los Corintios nos vale en primer lugar a los que tenemos la misión y el ministerio del apostolado y de la predicación del Evangelio. Nos ayuda a valorar y considerar nuestra misión, nuestra manera de ejercerla, revisando y purificando actitudes y maneras de actuar, y a sentirnos cada vez más comprometidos con el evangelio que tenemos que anunciar. Un texto, digo, que nos ayuda a reflexionar, a meditar y dar gracias a Dios por la misión que nos ha confiado.
Pero es bien válido también para todos los cristianos; para que todos comprendamos y valoremos la misión de los pastores de la Iglesia, siendo al mismo tiempo comprensivos y ayudándoles a mantener esa fidelidad, esa generosidad y esa entrega. Muchas veces podemos ser exigentes con nuestros pastores si hacen o no hacen, si tienen estas actitudes o les faltan aquellos valores, si parecen interesados o están llenos de generosidad y entrega, pero quizá no siempre la comunidad sabe estar al lado de sus pastores apoyándolos, rezando por ellos, animándolos, que también necesitan de ese apoyo o de esa oración.
Pero además de esto que estamos considerando podemos fijarnos también en esas imágenes o ejemplos que nos propone el apóstol en este texto. Emplea la imagen del corredor atlético que para realizar su carrera en el estadio previamente se ha impuesto toda clase de privaciones y sacrificios en su entrenamiento, como nos dice el apóstol, por una corona de laurel, o, podemos decir hoy, por una medalla o trofeo de metal, en fin de cuentas perecedero.
Lo que nos plantea el apóstol es si seremos nosotros capaces de correr de semejante manera la carrera de la fe y de la vida cristiana. No lo haríamos nosotros por una corona perecedera, una corona que se marchita, sino que lo haríamos por el Señor. Nuestro premio es El, poseerle a E, vivir esa vida eterna que El nos ofrece que no es otra cosa que vivirle a El en plenitud.
Cuando le damos esa trascendencia eterna a nuestros actos y a nuestra vida, sí seremos capaces de luchar por superarnos cada día en esa ascensión que tiene que significar nuestra vida cristiana. Un ascender – ascesis lo llamamos - en un camino de perfección, de santidad, venciendo tentaciones, superando defectos y debilidades, purificándonos también a través de nuestras privaciones y sacrificios, creciendo más y más en nuestras virtudes. Hermoso camino que nos lleva a la plenitud de la vida en el Señor.
Finalmente una palabra del evangelio donde Jesús sigue haciéndonos unas recomendaciones sobre esa superación que hemos de hacer en nuestra vida de cada día. ‘¿Cómo puedes decirle a tu hermano: hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Somos fáciles en fijarnos en los defectos o fallos de los demás, pero no somos capaces de fijarnos en nosotros mismos. Pues en ese camino de superación hemos de fijarnos mucho en nuestra vida, porque mucho seguramente tenemos que purificar. Además si llevamos nuestros ojos turbios con las vigas de nuestra maldad, con poca claridad, con poco amor podremos ver lo bueno que siempre hay en los demás.
lunes, 30 de agosto de 2010
El anuncio del evangelio de Jesús transforma nuestra vida y nuestro mundo
El anuncio del evangelio muchas veces se puede convertir en un fuerte signo de contradicción en medio del mundo en el que vivimos; mientras para unos puede ser un fuerte grito de esperanza porque descubren en ese anuncio esa salvación tan profundamente deseada, para otros sin embargo puede resultar duro y bien contradictorio a lo que son sus intereses o su manera de vivir.
Ya lo fue Cristo en medio de la gentes de su tiempo, ya lo fue Pablo como de alguna manera hoy nos lo manifiesta en lo escuchado en su carta a los Corintios y lo han sido y lo serán todos los apóstoles y evangelizadores que sean fieles a ese anuncio auténtico del evangelio.
En el evangelio hoy escuchado la visita que Jesús hace a su pueblo y el anuncio que hace en la Sinagoga de Nazaret. Ahí vemos ya esos signos contradictorios porque en un principio fue recibido con muchas señales de aprobación y orgullo porque era el hijo del carpintero y entre ellos se había criado, pero pronto todo se trastocará cuando ven que el anuncio que Jesús les hace no es simplemente complacerles en sus orgullos patrios o en esos deseos de milagros que se multipliquen entre ellos. Querrán incluso despeñarlo por un barranco del pueblo.
Es lo que Pablo manifiesta también en su carta a los Corintios que hemos escuchado. No sería fácil hacer aquel anuncio que Pablo les hace de Jesucristo y de éste crucificado, a una sociedad como la griega dada a la sabiduría y a las filosofías o en concreto aquella sociedad de Corinto muy comercial – era un puerto comercial muy importante en el mundo griego – pero también muy influenciada por muchas corrientes de todo tipo que hacía que en aquella sociedad fueran muy grandes la corrupción y las inmoralidades.
En Atenas Pablo había querido acercarse a un lenguaje propio de los filósofos en el anuncio del evangelio y de Jesús resucitado en el Aerópago, y fue rechazado. Ahora es difícil aquí hablar del evangelio pero dice que no va a ellos con sabidurías ni elocuencias humanas sino que ‘nunca se preció de saber cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado… para que vuestra fe no se apoye en sabidurías humanas sino en el poder de Dios’. Pero tras ese anuncio surgirá en medio de aquel mundo tan adverso una hermosa comunidad de seguidores de Jesús.
¿Cómo acogemos nosotros el anuncio del evangelio de Jesús? tenemos que preguntarnos. ¿Será para nosotros en verdad ese faro de luz que despierta nuestra esperanza en la salvación verdadera que Jesús quiere ofrecernos? ¿Buscamos palabras bonitas que se pueden convertir en engañosas o por otra parte el milagro fácil que nos resuelva misteriosamente nuestros agobios?
Busquemos la verdadera salvación que Jesús nos ofrece. Es el que está lleno del Espíritu del Señor, como había anunciado el profeta y que con su vida y su presencia en medio nuestro viene a arrancarnos de las más profundas esclavitudes que podamos tener en nuestro espíritu y en nuestro corazón. Nos anuncia el año de gracia del Señor, nos anuncia el perdón y la vida. Y es lo que tenemos que buscar en Jesús.
Cuando nos arranca de la esclavitud del pecado es para que ya nunca vivamos alejados del amor. Cuando nos ofrece su perdón quiere en verdad transformarnos por dentro pero para que sintamos también la fuerza de su Espíritu en nosotros para transformar también nuestro mundo. Por eso allí donde está en un creyente en Jesús tiene que notarse que la vida es distinta, que hay más paz, que hay más amor, que nos queremos más, que somos más hermanos, que arrancamos de nuestro corazón orgullos y envidias. En una palabra que hacemos un mundo mejor, un mundo donde todos nos entendamos más, un mundo nuevo y distinto. La fe que tenemos en Jesús a eso nos compromete.
jueves, 26 de agosto de 2010
A la Iglesia de Dios en Corinto…
‘Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Así comienza Pablo su carta, que vamos a leer a lo largo de tres semanas. Una carta extensa y con un mensaje grande y hermoso para animar a aquella comunidad, corregir y orientar que a nosotros nos vale también, pues para nosotros es también Palabra de Dios.
Vamos a fijarnos en algunos aspectos de este saludo inicial de la carta que escribe Pablo, como dice, ‘llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios’. Nos deja por así decirlo su tarjeta de presentación y la autoridad con la que escribe a aquella comunidad que él había iniciado con la predicación del evangelio en su segundo viaje.
Comienza, pues, dirigiéndose ‘a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Es la comunidad de los que creen en Jesús que se sienten iglesia, porque se sienten convocados por el Señor. Ya hemos mencionado en alguna ocasión el significado de la Palabra Iglesia. Pero añade algo más, es la comunidad de ‘los consagrados por Jesucristo, el pueblo santo que El llamó (convocó = iglesia) y a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos’.
Subrayemos, los consagrados, el pueblo santo… que invoca el nombre de Jesús. Todo esto tenemos que mirarlo en nosotros, que somos también esa Iglesia de Dios que peregrina en ese lugar concreto donde vivimos, pero que somos consagrados y somos pueblo santo. Consagrados, ungidos con el Espíritu del Señor, porque toda nuestra vida ha de estar dedicada a la gloria de Dios. Como un lugar consagrado, un lugar, es separado, por así decirlo, para dedicarlo sólo a Dios, así nosotros también. En el Bautismo fuimos ungidos, luego consagrados, para la gloria del Señor.
Por eso somos ese pueblo santo. Es a lo que estamos llamados y es la santidad que tiene que resplandecer en nuestra vida. Nos miramos y nos vemos pecadores y nos decimos cómo es que se nos puede llamar pueblo santo. Pues lo somos desde esa consagración de nuestro Bautismo. Es el pueblo de los santos y esos santos tenemos que serlo nosotros. Cuando Pablo se dirige a las diversas comunidades a las que escribe sus cartas es de esa manera cómo los llama, a los santos de… y menciona el lugar, la iglesia.
Todo esto, pues, tiene muchas consecuencias para nuestra vida. Nos recuerda lo que somos y la exigencia de santidad de santidad que tiene que haber en nuestra vida. Es una invitación a vivir esa vida santa, a superar nuestras debilidades y pecados, a que todo lo que hagamos sea siempre la gloria de Dios, para que en todo momento invoquemos el nombre del Señor.
‘En mi acción de gracias, nos dice Pablo, siempre os tengo presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús… El os mantendrá firmes hasta el final… Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro’. Vivamos en consecuencia.
sábado, 20 de junio de 2009
Presumo de mis debilidades porque así residirá en mi la fuerza de Cristo
Sal.33
Mt. 6, 24-34
Hermoso el mensaje que nos ofrecen los dos textos de la Palabra de Dios hoy proclamada, tanto el Evangelio como de la segunda carta a los Corintios.
Fijándonos de manera especial en este texto de san Pablo podríamos comenzar por preguntarnos quiénes son los que hoy se manifiestan como triunfadores en la vida. Los que presentan como poderosos, ricos de bienes materiales o pueden ofrecer muchos títulos acreditativos o con muchas recomendaciones, muy combativos de manera que no les importe eliminar a sus contrincantes, pareciera que tienen abierto el camino para el triunfo. Sin embargo el texto de la Palabra de Dios hoy nos ofrece otra visión y otros criterios.
San Pablo en esta carta que estamos comentando trata de describirnos cuál es la misión y la tarea de un apóstol presentándose a sí mismo como un apóstol enviado del Señor. Y aunque en un momento determinado pareciera que puede ofrecer los títulos de lo que él ha hecho – tendríamos que fijarnos en el texto de ayer, aunque por ser el día del Corazón de Jesús fue otro el que nos ofreció la liturgia -, y aunque ahora mismo pudiera hablar hasta de sus experiencias místicas, sin embargo quiere presentarse en medio de su debilidad, porque como nos dice lo que quiere manifestar por encima de todo es ‘la fuerza de Cristo’.
Podría presumir de muchas cosas, viene a decirnos, pero concluye: ‘lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades… muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, de las persecuciones y dificultades sufridas por Cristo…’
Y nos hace una confesión, como dice él ‘para que no tenga soberbia’. No sabemos a qué hace referencia en concreto de los aspectos de su vida, una enfermedad, una debilidad y discapacidad corporal, una tentación que sufran continuamente… ‘me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio’. Dice cómo le pide continuamente al Señor verse libre de ello, pero el Señor le contesta: ‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’.
Es el camino que nos ha enseñado Jesús en el evangelio. Camino que pasa por la humildad, por hacerse y sentirse el último. O como el mismo san Pablo nos dirá otra ocasión ‘ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro’. Esos son los títulos para el triunfo, que sólo en Cristo podremos obtener de verdad. Pero es que así además es cómo podremos saborear el amor del Señor. ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, que hemos dicho en el salmo.
Y es que nos sentimos amados y protegidos del Señor. Así conectamos con el evangelio de hoy que nos habla de la confianza absoluta que hemos de tener en la Providencia de Dios. Es el Padre bueno que nos cuida, nos protege, nos ama, nos libra del mal. En El tenemos que poner toda nuestra confianza. Y nos habla de los lirios del campo o de los pájaros del cielo. ‘No trabajan ni hilan…’ y las flores del campo se manifiestan en toda su belleza, ‘que ni Salomón, en todo su fasto, se vistió como uno de ellos,,, vuestro Padre celestial los alimenta… ¿no valéis vosotros más que ellos?... no andéis agobiados pensando qué vais a comer a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir… no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio…’
Recordemos que cuando Jesús nos enseña a orar – escuchamos el texto hace pocos días – y nos enseñó a pedir también por nuestras necesidades materiales, no nos dice que pidamos riquezas en abundancia que nos resuelvan la vida para siempre. Recordemos la parábola de aquel rico que lleno de una cosecha todos sus graneros pensando que ya tendría para toda su vida, pero aquella noche murió. Jesús nos enseña a pedir solo el pan de cada día. ‘El pan nuestro de cada día dánosle hoy’.
Cómo ha de ser nuestra confianza en la providencia del Dios, Padre bueno que nos ama y cuida de nosotros. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura’, terminará diciéndonos Jesús.
viernes, 12 de junio de 2009
Envueltos en el misterio pascual de Cristo
Sal. 115
Mt. 5, 27-32
La vida del Apóstol, y por supuesto la de todo cristiano, está envuelta toda ella por el misterio pascual de Cristo. Está presente en todo cristiano desde su bautismo, pero si cabe más aún, en el apóstol y en el pastor del pueblo de Dios.
El texto de la segunda carta a los Corintios que hoy hemos escuchado hace referencia explícita a la vida del apóstol y de todo pastor. San Pablo lo está expresando desde la propia experiencia de su vida y así lo manifiesta a los cristianos de Corinto. ‘Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro…’, nos dice. Este tesoro de la Palabra de salvación que tenemos que anunciar, este tesoro de la gracia divina que hacemos llegar a todos a través de los sacramentos, este tesoro inmenso de la vida de Dios que está en nosotros pero a la que tenemos que llevar a todos, está envuelto por nuestro ministerio en vasija de barro que somos nosotros. Pero como nos dice el apóstol ‘para que se vea que una fuerza extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’.
Nuestra humana condición tan llena de limitaciones y debilidades, tan sometida a las tentaciones y tantas veces envuelta por el pecado sin embargo es el medio que Dios ha querido para hacer llegar la gracia divina a los demás. No son nuestras cualidades ni nuestras habilidades, no son nuestras técnicas o dinámicas ni nuestras sabidurías humanas, sino que es la gracia de Dios la que nos salva y nos llena de vida.
Nos dice el apóstol que ‘nos aprietan… estamos apurados… o somos acosados… nos derriban… pero no nos aplastan... no nos desesperamos… no nos sentimos abandonados… no nos rematan, aunque nos estén continuamente entregando a la muerte…’ Bien sabemos cómo los pastores, al igual que la Iglesia, estamos siempre en el punto de mira de todos, nos miran con lupa lo que hacemos o lo que dejamos de hacer, por las debilidades de unos atacan a todos, buscan la manera de desprestigiarnos o de desprestigiar a la Iglesia… ¡Cuántas campañas de acoso y cómo se aprovecha cualquier ocasión o cualquier fallo real o imaginario…!
Llevamos en nosotros la marca de la pasión y la cruz de Cristo que nos llena de sufrimiento en muchas ocasiones, pero no nos puede faltar la esperanza, porque sabemos siempre que detrás de la cruz y la muerte está la resurrección. ‘Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros’. Es el misterio pascual de Cristo presente en nuestra vida. Sabemos que ‘quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará…’
Como decíamos este texto hace referencia de manera especial al apóstol y a los pastores de la Iglesia. Pero nos puede valer a todos los cristianos. Para que comprendamos bien lo que es la vida del apóstol, del sacerdote, del pastor del pueblo de Dios con sus limitaciones, pero también con sus sufrimientos y soledades, pero a los que nunca puede faltar la alegría de la esperanza. Esperanza que tienen que animar con su oración y apoyo todos los cristianos.
Pero nos puede valer también a todos y cada uno de los cristianos, envueltos también en el misterio pascual de Cristo, con nuestras limitaciones, nuestros fallos, nuestras luchas, nuestros sufrimientos, nuestros deseos de caminar, de superarnos, de avanzar en el camino de la fe y del amor. Nos sentiremos impotentes en muchas ocasiones cuando queremos renovar nuestra vida y una y otra vez aparecen las tentaciones, las debilidades y hasta el pecado. Pero no nos puede faltar la esperanza. Somos ‘vasijas de barro…’, pero ‘esa fuerza extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’.
No nos faltará nunca la fuerza de la gracia, de la vida divina que está en nosotros, del Espíritu de Dios que anima y alienta nuestra vida.
lunes, 8 de junio de 2009
Qué bueno es el Señor, Padre de la misericordia y Dios del consuelo
Sal. 33
Mt. 5, 1-12
‘Gustad y ved que bueno es el Señor’, hemos repetido en el salmo. ¡Qué bueno es el Señor! No tenemos que cansarnos de repetirlo, saborearlo. ‘Gustad’, nos dice el salmo. Empaparnos de la bondad de Dios. ‘Contempladlo y quedaréis radiantes…’ Como Moisés cuando bajaba de la montaña de estar con Dios que traía su rostro tan resplandeciente, que tenía que cubrírselo con un velo para que no hiciera daño a los ojos de los que lo contemplaban.
Por eso tenemos que bendecir a Dios. ‘Bendigo a Dios en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca…’ Como hemos escuchado hoy a san Pablo en el comienzo de la segunda carta a los Corintios. Hemos comenzado su lectura que nos durará unos días. ‘¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo!’ Podía bendecir Pablo a Dios porque había experimentado ampliamente en él la misericordia del Señor. Dios lo había amado y escogido a pesar de ser un fogoso perseguidor de los cristianos. Dios seguía amándolo y contando con El en la tarea de la evangelización de los pueblos. Podía y tenía que bendecir al Señor.
Dios era su consuelo y su aliento. Luchas, dificultades, sufrimientos… pero en todo momento sentía el aliento de Dios en su vida. Nunca se sentía sólo. Se sentía fortalecido en el Señor. ‘El nos alienta en nuestras luchas… si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo…’
Pero además desde la experiencia del aliento de Dios en su vida, él podía alentar a los demás. ‘El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios… si nos toca luchar, es para vuestro aliento y salvación, si recibimos aliento, es para comunicaros un aliento con el que podáis aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros…’
El apóstol alienta, pero también se siente alentado en lo que contempla y recibe de los demás. El pastor se da y trata de animar, conducir, consolar, fortalecer, alimentar en el espíritu a aquellos que se le han confiado, pero al mismo tiempo el pastor se siente alentado en el camino que contempla realizar a los demás. ‘Nos dais firmes motivos de esperanza… porque también sois compañeros en el buen ánimo’.
Nos alentamos mutuamente con las obras buenas, los esfuerzos y las luchas que realizamos. Creo que tenemos que saber abrir los ojos para ver las señales de luz que hay en los demás. Miramos demasiadas veces las zonas oscuras de la vida y sólo nos parece que hay tinieblas. Pero también hay luz, color, vida en los que nos rodean. Si abrimos los ojos de la fe y de la esperanza podemos contemplar esos rayos de luz que son para nosotros motivo de aliento y de vida.
Hoy hemos comenzado en la lectura del evangelio el sermón de la montaña, que se inicia con la proclamación de las bienaventuranzas. Es un mensaje sublime el que nos ofrece Jesús. Algunas veces nos puede parecer algo utópico e irrealizable. Pero creo que tenemos que saber descubrir en cuántos a nuestro alrededor se está cumpliendo ese mensaje de la bienaventuranzas.
Muchos hay a nuestro lado que son consoladores de los demás, que sufren con los otros o trabajan por la paz, que buscan el bien y luchan por la justicia verdadera, que quizá sufren pacientemente en su carne muchos dolores causados por diferentes causas y saben hacerlo con esperanza, que se han hecho pobres y desprendidos porque quieren compartirlo todo con los demás. En una palabra mucha gente que vive el Espíritu de las Bienaventuranzas. Saberlo descubrir es para nosotros un motivo grande de aliento y de gozo. Las bienaventuranzas de Jesús se cumplen y nosotros podemos también estar entre ellos.
Todo esto para descubrir qué bueno es el Señor, para cantar también nosotros la bendición al Señor por tantos rayos de luz que podemos descubrir en los demás si sabemos abrir los ojos de la vida y de la fe.
‘Gustad y ved qué bueno es el Señor… bendigo al Señor en todo momento…’
