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viernes, 26 de diciembre de 2025

El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

 


El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

En medio del ambiente de alegría y de fiesta que vivimos en la Navidad, que además se prolonga con toda solemnidad durante toda la semana hasta la octava, para algunos pudiera resultar chocante, por decirlo de alguna manera, por cruentos estos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman y la celebración de este día primero de la navidad. Se nos habla de sangre, de martirio, y se recogen los anuncios de Jesús de que no iba a ser fácil la vida de sus seguidores.

Sin embargo todo tiene su sentido. No todo es vivir la euforia de un momento de entusiasmo con aires de victoria; tenemos que saber afrontar la realidad de la vida. El mensaje del evangelio no es neutral, aunque tantas veces en nuestra sociedad se nos diga que la Iglesia no tiene que meterse en opiniones sobre los problemas de nuestra sociedad; se nos quiere poner en muchas ocasiones una mordaza, sobre todo por parte de quienes se ven reflejados en la luz de la Palabra que proclama la Iglesia. Ejemplos de ello tenemos muy recientes y los ha habido a lo largo de toda la historia.

La verdad del evangelio no se puede ocultar, el anuncio de algo nuevo para la vida de los hombres con todo lo que tenga que significar de conversión es algo que tiene que estar muy claro en lo que tiene que hacer la Iglesia, en lo que tenemos que proclamar los cristianos. Los paños calientes no llevan a una curación duradera y como se nos dirá en la Escritura santa ‘la verdad nos hace libres’, nos hace encontrar la verdadera libertad.

Por eso no nos han de extrañar las palabras de Jesús y que les escuchemos en medio de toda la alegría y esperanza que suscita la navidad, porque tenemos que estar preparados y fortalecidos para el camino que hemos de realizar. La alegría y la esperanza tienen que estar presente siempre en nuestra vida y en el testimonio que demos como cristianos. Pero sabemos que las piedras pueden llover sobre nosotros.

Por eso hoy la Iglesia nos presenta la figura del primero de los mártires, Esteban, uno de aquellos siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva para servir a los pobres. Su testimonio de servicio va acompañado por el testimonio y valentía de sus palabras que sus adversarios no pueden resistir. Es lo que se nos presenta en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Esteban tiene visión profética y es un verdadero testigo que no puede callar lo que ve y lo que vive. Y da testimonio con su sangre. No vamos a entrar en más detalles porque ya están suficientemente explicados en el texto sagrado.

Nos queda lo que ese testimonio nos está ofreciendo para nuestra vida. Demasiadas veces somos como camaleones que nos queremos ocultar vistiéndonos los mismos ropajes del materialismo y de la sensualidad de la vida que nos rodea. Somos cobardes para testimoniar con palabras claras la verdad que nosotros vivimos y que tenemos que convertirla en buena noticia para el mundo que nos rodea. Muchos son los temores que envuelven nuestra vida, porque no queremos nadar a contracorriente de lo que, como se dice hoy, tiene que ser políticamente correctos. Demasiadas acomodaciones hacemos no mostrando con claridad nuestro carácter, nuestra identidad y nos hacemos como uno de tantos. ¿Es así como pensamos que tenemos que dar testimonio de nuestra fe y de ese mundo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos ha proclamado con plan para nuestra vida?

Jesús nos dice en el evangelio al tiempo que nos anuncia esas persecuciones que podamos sufrir que no hemos de temer, con nosotros está su Espíritu que nos dará fortaleza, que nos llenará de sabiduría divina para responder también con nuestras palabras. Escuchemos y hagamos vida en nosotros las palabras de Jesús.

El Niño que contemplamos en Belén lleno de todos los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser también punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido. Puede ser significativo para comprender mejor el sentido de esta fiesta.

jueves, 26 de diciembre de 2024

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

 


El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

No está tan lejano ni es tan ajeno el amor del dolor, como los momentos de mayor dicha y felicidad siempre tendrán cercanos los momentos de la tristeza o de la inquietud. No hay ninguna boda sin lágrima, como no hay duelo en el que en algún momento aparezca la sonrisa. La vida no está hecha de estancos separados y que no tengan que ver o tengan alguna relación los unos con los otros.

Hoy en la liturgia lo estamos constatando porque en estos momentos de fiesta y alegría que estamos viviendo con la Natividad del Señor, pronto aparecen los tintes rojos del martirio que lleva parejas con si el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte. ¿Querrá significarnos que no está tan lejos Belén del Calvario?

Celebramos hoy la fiesta de un mártir, el primer mártir cristiano que de manera consciente dará la vida por el nombre de Jesús, aunque en estos días volveremos a ver nuestra liturgia teñida de rojo en la fiesta de los protomártires, los santos inocentes. Hoy celebramos a san Esteban, uno de aquellos primeros siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva, aun sin salir de Jerusalén para ejercer el ministerio del servicio en la comunidad mientras los apóstoles se dedicaban enteramente a la predicación.

San Esteban precisamente que destaca no solo por esa diaconía, ese servicio a la comunidad en la atención a las viudas y a los huérfanos, a los pobres, sino también por la elocuencia de su predicación, pues en la cultivada sinagoga de los libertos a la que pertenecían muchos de aquellos que provenían de la cultura griega y romana nadie era capaz de hacer frente a sus palabras, a su argumentación en la predicación y anuncio que hacía del evangelio de Jesús.

Algo que concitó el odio, podríamos decir así, de aquellos judíos que se quedan sin tener argumentos contra la predicación que Esteban hacía. Algo que le conducirá al martirio, realmente es el protomártir, el primer mártir que haciendo el anuncio del evangelio de Jesús muere por su nombre, dando cumplimiento a lo que Jesús había anunciado de que serían llevados a las cárceles, los tribunales y la muerte, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio.

Destaca, pues, el ardor de la predicación del diácono Esteban dejándose conducir por el Espíritu del Señor. ‘Cuando os entreguen, había dicho Jesús, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Algo que estaremos viendo de forma palpable en Esteban.

‘Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará’, seguirá diciendo Jesús. Un odio que le llevaría al martirio y a la muerte, testigo con su propia vida de la Palabra de Jesús. ‘El que persevere hasta el final se salvará’, es lo que escuchamos en el relato del libro de los Hechos, pues la muerte de Esteban que parece calcada en lo que fue la muerte de Jesús, repitiéndose gestos y palabras, terminará con que Estaba en el momento de su muerte contempla el cielo abierto y la gloria de Dios de la que él iba pronto a participar.

Las pajas del pesebre de Belén no siempre son mullidas y cómodas, tendrán asperezas y nudos como toda vida tiene por eso se pueden convertir para nosotros en anuncio y signo de lo que puede ser nuestra vida. No siempre serán caminos fáciles los que tenemos que hacer dando nuestro testimonio cristiano; muchas asperezas podemos encontrarnos en los caminos de la vida, porque no siempre nuestro mensaje y nuestro testimonio va a ser bien entendido.

La cruz no nos faltará en la vida, pero esto nunca puede ser causa de desánimo ni de angustia para nosotros, porque detrás siempre está la gloria del Señor; por la gloria del Señor lo hacemos y la gloria del Señor nos envolverá; en el nombre del Señor seguiremos echando la red y cuando menos lo esperemos o donde menos pensemos vamos a encontrarnos la buena redada, pero hemos de tener la paciencia del Señor y también la esperanza, la confianza en la fuerza del Espíritu del Señor y la certeza de que El caminará siempre en nuestro propio camino.

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, pero con la certeza de que finalmente encontraremos la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección.

 

martes, 26 de diciembre de 2023

Desde el nacimiento de Jesús estamos queriendo emprender un camino de amor que nos llevará a una entrega sin límites y a un nuevo sentido de vida

 


Desde el nacimiento de Jesús estamos queriendo emprender un camino de amor que nos llevará a una entrega sin límites y a un nuevo sentido de vida

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Hay cosas que nos pueden caer en un momento determinado como un jarro de agua fría en un ambiente que está hirviente. Nos cuesta comprender quien nos puede echar ese jarro de agua fría.

¿Será esto lo que podemos sentir en este ambiente festivo de la navidad que estamos celebrando – estando aun en el primer día de la semana de la octava de la Natividad – que hoy se nos presente la figura de un mártir como primera celebración? Pudiera parecer que desentonara el rojo de la sangre de los mártires en medio del blanco radiante de la alegría de la Navidad. Pero así nos lo presenta la liturgia, no solo en este día, sino que en próximos días volverá a aparecer el rojo de la sangre derramada con el martirio. Parece que viniera a romper el jolgorio, vamos a llamarlo así, que nos hemos creado en torno a las fiestas navideñas. ¿Nos podrían llamar aguafiestas?

¿Qué es lo que estamos celebrando precisamente en la Navidad? ‘Le pondrá por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’, algo así venía a ser el mensaje del ángel tanto a María como a José. Jesús viene como nuestro salvador, y ahí tenemos el motivo más hondo, es cierto, de nuestra alegría y nuestra fiesta. Nos vendrá a mostrar un camino de amor que será el que en verdad va a transformar nuestras vidas.

Y amor significa entrega hasta lo infinito, hasta el sacrificio; amor es un camino nuevo que nos enseñará a morir a nosotros mismos para arrancar de lo más hondo de nosotros cualquier raíz de egoísmo, de odio o de maldad. Y arrancar una raíz produce un desgarro allí donde está enterrada aquella raíz; es lo que se va a producir en el corazón cuando frente a la tentación del egoísmo y del orgullo nos veamos obligados a realizar una transformación profunda de lo más hondo de nosotros mismos. Y por ese amor que va a envolver totalmente nuestras vidas estaremos dispuestos a lo más.

Y ese testimonio que vamos a dar con nuestra transformación va a producir chirríos en el mundo que nos rodea. Lo que podría parecer ser aspiración a grandezas y a orgullos, lo que es una vida de superficialidad y de vanidad, lo que son esos sueños de poder y dominación, lo que es esa fiesta ilimitada que queremos hacer de la vida donde solo pensamos en disfrutar de todo y en hacernos el centro de todo, se va a topar con ese nuevo plan de vida que nosotros presentamos con nuestro testimonio.

Será un testimonio que nos costará ofrecer y por el que estamos dispuestos hasta derramar sangre. Y viene la oposición, y vendrán las formas como querrán desprestigiarnos para que nadie nos escuche, vendrá el eliminar esa nueva luz que está queriendo iluminar de manera nueva nuestro mundo, vendrá el querer ocultar esa luz.

Cuando ahora mismo nosotros queremos ofrecer al mundo una nueva forma de vivir la navidad porque no nos satisface en lo que el mundo ha convertido la navidad, vamos a encontrar muchos a nuestro lado que no nos entiendan, que quieran justificar lo que la mayoría hace, de la misma manera que en cierto modo ha ido desapareciendo el nombre y el testimonio de Jesús en la misma fiesta de la Navidad; pensemos en cuántas cosas nos hemos creado para ir eliminando todo elemento religioso y que no se haga referencia a Jesús.

No nos extrañe, pues, que en este primer día de la navidad la Iglesia nos proponga la figura de quien fue el protomártir, el primero en dar testimonio con su sangre del nombre de Jesús. El relato de los Hechos de los Apóstoles nos presenta incluso su martirio casi como una repetición calcada en gestos y palabras con lo que fue la muerte de Jesús en la cruz. Es el testimonio que se nos ofrece de lo que ha de ser el convertirnos en verdaderos testigos del nombre de Jesús. Ya El nos lo había anunciado, como escuchamos en el evangelio, ‘pero el que persevere hasta el final se salvará’, concluirá diciéndonos Jesús.

No es aguarnos la fiesta, como expresábamos al principio. Es poner ante nuestros ojos el valor del amor que nosotros hemos de testimoniar, incluso si es necesario con nuestra vida. Somos unos testigos, y también hemos de serlo con la autenticidad con que queremos celebrar la navidad, aunque haya muchos que no lo entiendan.


lunes, 26 de diciembre de 2022

El camino de Belén no está tan lejos del camino del Calvario, porque ambos son caminos de pascua porque son caminos de fidelidad y amor

 


El camino de Belén no está tan lejos del camino del Calvario, porque ambos son caminos de pascua porque son caminos de fidelidad y amor

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Quizás a alguien podría parecer en cierto modo incongruente que cuando ayer todo resplandecía de luz, todo era alegría y fiesta en la celebración del nacimiento del Señor hoy nos aparezca la liturgia con vestiduras rojas, como manchadas de sangre, pues nos están hablando de muerte y de martirio en esta fiesta que hoy celebramos de san Esteban el primer mártir del cristianismo.

¿Qué nos querrá decir la liturgia de la Iglesia con esta celebración? Decir claramente que nos está recordando que el camino de Belén no está lejos del camino del calvario, que ya en el mismo camino de Belén estamos viendo un camino de sacrificio y privaciones, cuando la familia de Nazaret tiene que abandonar su hogar para cumplir con el capricho del poderoso de hacer un censo y se traslada hasta Belén; pero allí no terminan esos momentos duros, porque no habrá sitio para ellos en la posada y tendrán que guarecerse en un establo donde ha de nacer Jesús, pobre entre los pobres; serán unos pobres pastores los que acudan hasta aquel niño envuelto en pobres pañales y recostado entre las pajas de un pesebre para hacer el primer reconocimiento pascual de quien es aquel recién nacido.

Es el camino que escogió Dios para hacerse presente entre nosotros los hombres y no podía ser ajeno al sufrimiento de los humanos cuando Dios se encarnó para hacerse como nosotros y emprender un camino de amor que condujera hasta la vida. Es también nuestro camino, no exento de sufrimiento y de dolor, pero un camino donde aprenderemos de aquel niño nacido en Belén que el amor más grande es el del que da la vida por aquellos a los que ama.

Es un camino de Pascua. ¿No decimos también estos cuando nos felicitamos también ‘felices pascuas’? Es el camino de la felicidad verdadera porque es el único camino que nos conducirá a la plenitud, es el camino de la fidelidad y del amor. Fiel le vemos a Dios mismo que al hacerse hombre no renuncia a todos los condicionamientos que tiene el ser humano que también está lleno de mucho sufrimiento y de mucho dolor. Pero es por la pascua, porque tendremos que aprender a realizar ese paso de la muerte a la vida cuando por el amor le demos sentido a cuanto hacemos, a cuanto vivimos e incluso también a cuanto sufrimos.

Tenemos nosotros también que asumir la frialdad de esas pajas del pesebre que solo encontrarán calor en el vaho de los animales que en su entorno también se refugian. En la vida encontramos espinas incómodas que muchas veces nos hieren y hacen también brotar la sangre entre nuestros dedos pero vamos buscando la flor, vamos buscando la rosa, queremos oler su perfume, queremos maravillarnos de su belleza. Es la vida que tendrá espinas, pero que también tiene el agradable aroma de los perfumes del amor; es la vida que tiene su belleza y nos eleva para que aprendamos a degustar lo que verdaderamente da belleza a nuestra vida.

Hoy contemplamos el rojo de la sangre que tiñen unos vestidos o que empapan la tierra junto al caído bajo aquellas piedras. Pero es rojo de vida y de fecundidad, es semilla que se planta y se entierra para que germine y aunque nos parezca que desaparece sin embargo hace brotar otra planta, hace brotar otra vida. ¿Seremos nosotros por nuestra fe ser capaces de ser engendradores de nueva vida porque somos capaces de mantener la fidelidad hasta el final aunque sea duro?

Esteban murió perdonando e incluso disculpando, como lo hizo Cristo en la cruz, y poniendo también su vida en las manos de Dios, en las manos del Padre. ¿Seríamos capaces de llegar nosotros también hasta ese extremo? El niño que contemplamos en estos días nacido en Belén llegó a ese extremo, fue el grano de trigo enterrado para darnos vida. Por eso no podemos olvidar que el camino de Belén no está lejos del camino de la Pascua. No es tan incongruente celebrar la fiesta del protomártir al día siguiente del nacimiento de Jesús en Belén.

viernes, 26 de marzo de 2021

Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

 


Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Cuando éramos chiquillos en nuestros juegos nos tirábamos piedras; en la violencia de nuestros enfados, como arma fácil al alcance de la mano para defendernos era un medio que terminábamos haciendo; en nuestra edad no era habitual que los mayores se tiraran piedras unos a otros salvo cuando la maldad se metía demasiado en el corazón en nuestras rencillas vecinales, no tanto quizá por herir y hacer daño sino más bien como un acoso o una amenaza.

Pero por lo que vemos en el evangelio era más normal en aquellos tiempos antiguos el utilizar las piedras como arma para hacer daño a los otros; además en las normas de convivencia del pueblo judío se utilizaba el apedreamiento como forma de castigo ante cosas que se consideraban especialmente graves como era la blasfemia o el adulterio. En el evangelio recordamos que trajeron a una mujer sorprendida en adulterio ante Jesús, en este caso para poner a prueba a Jesús, diciendo que la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. No era el camino de la violencia hasta la muerte el que pudiera llevar al pecador a la reconciliación con Dios por su pecado. Otro caso era la blasfemia como es la referencia que hoy se hace, pero que en el Hechos de los Apóstoles aplican a Esteban porque lo consideran un blasfemo.

Como deducimos del evangelio de hoy en versículos anteriores pretendieron apedrear a Jesús y es la pregunta que Jesús les hace ¿por cuál obra buena le van a apedrear? Y aquí está la presentación que Jesús está haciendo de sí mismo. Lo ha repetido muchas veces que El no hace otra cosa que las obras del Padre del que es el enviado. Esas obras que tendrían que corroborar que Jesús es el enviado de Dios, pero no soportan que El le llame Padre, que se presente como el Hijo del Padre, como el Hijo de Dios.

En su obcecación no fueron capaces de descubrir las obras de Dios en Jesús. Ya vemos que en otra ocasión llegan a atribuirle el poder de expulsar demonios al actuar en el nombre y con el poder del príncipe de los demonios, lo cual en sí mismo es más sacrílego aún. Ya les dice Jesús que si piensan así que se den cuenta que todo reino dividido por sí mismo se viene abajo y como va Satanás a luchar contra sus intereses siendo el factor de la expulsión de los demonios.

Creo que este pasaje del evangelio, que escuchamos precisamente en esta última semana de cuaresma cuando nos predisponemos ya a celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual de la pasión, muerte y de la resurrección de Jesús, nos tiene que llevar a que crezcamos en el conocimiento de Jesús, que alejemos de nuestra mente y de nuestro corazón todo atisbo de duda y mal entendimiento, que nos predispongamos de verdad a las celebraciones de la pasión y muerte del Señor que vamos a vivir en estos días. Que nos centremos de verdad en la Palabra del Señor que cada día vamos escuchando y así vaya creciendo nuestra fe y nuestro amor.

Así tenemos que caldear nuestro corazón, predisponer nuestro espíritu para que aún con la especial austeridad con que una vez más este año lo vamos a celebrar dadas las circunstancias que estamos viviendo, sin embargo le demos intensidad de vida a lo que celebramos. No es una imagen más o menos bellamente adornada lo que tiene que movernos a vivir el misterio pascual de Cristo; es algo mucho más hondo lo que tenemos que vivir.

Contemplemos leyendo con la sencillez y a la vez el dramatismo que se nos ofrece en el texto sagrado todo el misterio pascual de Cristo y siendo capaz de ir poniendo como en transparencia todo lo que es ese dolor, ese sufrimiento, esas angustias que viven los hombres de nuestro tiempo. En esa transparencia de Cristo serán muchos los cristos que podemos contemplar en los hermanos que sufren y pensemos cómo podemos y tenemos que ser cireneos para esos hermanos para ayudarles a la llevar la cruz igual que lo hubiéramos hecho quizás si hubiésemos estado en la calle de la amargura en la mañana de aquel primer viernes santo de la historia.

Siendo capaces de llevar también sobre nuestros hombros la cruz del sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado será como podremos vivir con toda intensidad el misterio pascual de Cristo que nos disponemos a celebrar.

sábado, 26 de diciembre de 2020

El camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser siempre un camino de amor por eso unimos hoy la alegría de la navidad a lo que es la entrega del martirio

 


El camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser siempre un camino de amor por eso unimos hoy la alegría de la navidad a lo que es la entrega del martirio

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Parece de alguna manera desconcertante que cuando estamos viviendo la alegría de la fiesta de la Navidad nos aparezca la sombra de la muerte, del martirio, de la sangre derramada. Y es que en este día siguiente a la navidad y mientras estamos en la celebración de la octava del nacimiento de Jesús hoy la Iglesia nos propone la celebración de la fiesta de san Esteban. Lo llamamos el Protomártir, porque fue el primer mártir por el nombre de Jesús y en la lectura de los Hechos de los Apóstoles tenemos el relato de su martirio.

Fue uno de los siete diáconos escogidos por los apóstoles para el servicio de la comunidad cuando se vieron desbordados en la predicación de la Buena Nueva de Jesús, pero también en la atención de los más necesitados de la comunidad. Así surgieron aquellos siete diáconos, hombres de fe, a los que se encargaba la tarea de la administración y de la atención a los huérfanos y a las viudas en expresión de los Hechos de los Apóstoles. Esteban era uno de ellos. Pero su testimonio iba más allá pues también hacía el anuncio del nombre de Jesús con gran ardor y espíritu misionero enfrentándose en la sinagoga a todos los que querían acallar el nombre de Jesús.

Los dos pilares de su vida, por decirlo de alguna manera, era el testimonio ardiente del nombre de Jesús a través del servicio a los pobres, la diaconía, y la predicación. Era un hombre de fe y lleno del Espíritu Santo y en él vemos cumplidas aquellas palabras de Jesús que anunciaban la fuerza del espíritu que pondría palabras en sus labios frente a todos los que les hicieran frente, como se nos ofrece en la primera lectura de este día, aunque todo ello le costara el martirio como allí se nos describe.

 Es por eso por lo que la liturgia de la Iglesia nos ofrece su celebración en este primer día de la Navidad. El pesebre de Belén, signo de la pobreza y del sacrificio viene a tener su culminación en la Cruz del Calvario. Parece un signo de contradicción, pero así lo señalaría el anciano Simeón cuando Jesús sea presentado en el templo. Y es que el camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser un camino de amor; quien ama, se da, se entrega llegando incluso a la entrega suprema de la vida. Y el camino del creyente sigue los pasos de Jesús y los pasos de Jesús son pasos de pascua.

El mayor signo de la vida y del amor es la entrega hasta el sacrificio supremo si fuera necesario. Pero nosotros andamos tantas veces poniendo límites a la entrega porque en el egoísmo que nos tienta nos amamos tanto a nosotros mismos que no somos capaces de darnos sin límites. Solo el que entrega la vida, gana la vida, aunque cuando lo miramos solo con nuestros ojos mundanos no lo acabemos de entender. Es lo que nos repetirá Jesús tantas veces en el evangelio aunque nos cueste asimilarlo. El que se guarda la vida solo para sí la va a perder y la va a perder sin sentido ni valor. Pero el que se da y no teme perderla por amor es que la ganará en plenitud.

Esto es algo que tendríamos que recordar con frecuencia y entonces le podremos dar valor y sentido a los contratiempos con que nos encontramos en la vida. Asumimos con entera libertad ese camino lleno de sacrificios en tantas ocasiones, y hasta seremos capaces entonces de ofrecernos en inmolación en el nombre del amor por los demás. No es que busquemos el sufrimiento por el sufrimiento pero sí aceptamos que el amor algunas veces nos hace sufrir cuando tenemos que arrancarnos de nosotros mismos para pensar en los demás o para darnos por los demás.

Son desgarros que se van produciendo en el corazón pero para los que encontramos un sentido y un valor, que es el amor que nos llevará siempre a la mayor plenitud. Y aunque quizá no siempre en esta vida vamos a encontrar satisfacción o compensación por esa entrega porque quizás hasta no nos la agradecerán, sabemos donde tenemos la recompensa, donde de verdad hemos ganado un tesoro, donde encontraremos la plenitud de la felicidad.

Hoy san Esteban en ese momento supremo del sacrificio y del martirio ve los cielos abiertos, porque sabe que allí está la meta de la plenitud total. Por eso podrá decir como Jesús en el Cruz: ‘En tus manos, Padre, pongo mi espíritu’.

 

jueves, 26 de diciembre de 2019

No separamos el nacimiento de Jesús de la Pascua uniendo la alegría de la navidad con lo que tiene que ser nuestra entrega de amor hasta el martirio como Esteban


No separamos el nacimiento de Jesús de la Pascua uniendo la alegría de la navidad con lo que tiene que ser nuestra entrega de amor hasta el martirio como Esteban

Hechos 6, 8-10; 7, 54-60; Sal 30; Mateo 10, 17-22
Las pajas del pesebre que hizo de cuna de Jesús están manchadas de sangre. Por mucho que queramos adornar de una imagen bucólica el lugar donde fue recostado Jesús nada más nacer, no podemos restarle la pobreza y la dureza llena de sinsabores de unas frías pajas en un pesebre casi abandonado en los helados campos de Belén. ¿Será un anuncio de pascua?
No sé si habréis dormido en un duro y frío colchón de paja. No me avergüenzo de confesarlo que en mi niñez era habitual en la pobreza de nuestras casas los colchones se llenaran de paja, de los arropes que se quitaban a las piñas de maíz (fajina del millo decimos en nuestra tierra canaria) y a lo sumo de clines que si en principio podrían parecer esponjosos pronto se llenaban de nudos y durezas y su polvillo levantaba picores nada cómodos en nuestros cuerpos. Yo lo viví y agradezco a mi familia una pequeña almohada en este caso rellena de lana de oveja que aún conservo que era lo único suave que encontraba en mi dormir infantil.
Válganos este como paréntesis que nos hemos hecho para ayudarnos en la reflexión que pretendemos hacernos. Ya decíamos que las pajas del pesebre que hizo de cuna de Jesús recién nacido están manchadas de sangre. Hoy en el primer día de Navidad celebramos un martirio, el protomártir Esteban. Podría parecernos que no cabe en la alegría de la fiesta que estamos celebrando el que aparezca la muerte, en que aparezca el martirio. Pero ¿qué es el martirio sino la más sublime ofrenda de amor cuando entregamos la vida? ¿Qué es lo que estamos celebrando en estos días sino el amor de Dios que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación que realizará la más sublime prueba de amor cuando en la pascua se entrega por nosotros?
Ya lo tenemos dicho todo, podríamos casi concluir. Esa sangre que hemos querido ver junto a la cuna de Jesús aquí la tenemos reflejada en el martirio de Esteban pero que nos está recordando mucho más. No tendría sentido profundo la alegría de la fiesta que estamos celebrando si no va acompañada de esa ofrenda de amor de nuestra vida. Y aunque el amor nos lleva por caminos de plenitud, el amor duele muchas veces porque nos cuesta darnos, nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos; es ese frío que se nos mete en el corazón, son esas durezas que tantas veces nos aparecen y que nos hieren el alma, es el sacrificio que tantas veces tenemos que hacer de nuestro yo, nuestros apegos, nuestras comodidades o nuestras rutinas.
Es la ofrenda de amor de nuestra vida que día a día tenemos que ir renovando en nosotros para que podamos darle sentido de plenitud a todo lo que hacemos. Nos lo está recordando el martirio de Esteban. Había sido elegido para el servicio, formaba parte de aquel grupo de los siete diáconos escogidos para que en la comunidad prestaran el servicio a las viudas y a los huérfanos, a los pobres, pero pronto su entrega se transformó en ardor por el evangelio y aquel hombre lleno de fe y de Espíritu Santo ahora con la fuerza de ese mismo Espíritu anunciaba con ardor el mensaje de Jesús. Estorbaba su presencia y lo quitaron de en medio, pero su martirio sigue gritándonos para que nosotros también seamos esos mensajeros del evangelio con nuestro espíritu de servicio y con nuestra palabra, con el testimonio de toda nuestra vida.
No olvidemos que nuestra vida tiene que ser pascua, empezando porque en nosotros mismos hemos de realizar ese paso de la muerte a la vida en la transformación de nuestro corazón, pero no olvidando el mensaje que tenemos que anunciar aunque en nuestra vida haya sacrificio porque siempre tiene que estar presente el amor.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

En medio de la alegría de la Navidad aparece la sangre del martirio del protomártir Esteban para señalarnos donde está la verdadera salvación que celebramos


En medio de la alegría de la Navidad aparece la sangre del martirio del protomártir Esteban para señalarnos donde está la verdadera salvación que celebramos

Hechos 6,8-10; 7,54-60; Sal 30; Mateo 10,17-22

Nos desconcierta en cierto modo el que este primer día a partir de la navidad venga manchado de sangre con la muerte del protomártir Esteban. Me atrevo a pensar que esta celebración marcada con la sangre del martirio tiene algo de profético para la vida de los cristianos.
En medio de la alegría de la Navidad, que no tiene que mermarse de ningún modo, aparece la sangre del martirio, que para nosotros es un signo de triunfo y de gloria aunque el mundo no entienda el sentido de la muerte, como una señal de hasta donde ha de llegar esa fe que ponemos en el recién nacido, que es hombre verdadero, el hijo de María, pero que es también nuestro Dios y Salvador. Y es que hasta en medio de la muerte y del martirio nosotros seguiremos cantando la alegría del Aleluya, porque estaremos cantando el triunfo de la vida sobre la muerte, que es nuestra Pascua.
Hoy estamos celebrando la fiesta del protomártir san Esteban. Fue uno de los siete diáconos escogidos por los apóstoles cuando el crecimiento del número de los que aceptaban la fe para seguir el camino de Jesús desbordaba la actividad de los apóstoles. Escogieron siete varones piadosos y llenos del Espíritu del Señor para que se encargasen de la administración de los asuntos de la comunidad y las viudas y los huérfanos no pasasen necesidad sino que justamente se repartiese lo que compartían en aquellos que pasaban más necesidad, para dedicarse los apóstoles más a la predicación y a la oración.
Pronto Esteban destacaba no solo por el servicio y la atención de los pobres de la comunidad, sino porque con su palabra ardiente enseñaba y discutía con todos para proclamar su fe en Jesús como el único Salvador. Pronto los judíos quieren quitarlo de en medio, lo apresan y lo condenan a morir apedreado. El autor sagrado nos hace una descripción del martirio de Estaba en un paralelismo total con la muerte de Jesús. Repite sus mismos gestos, del perdón a quienes lo martirizan, la contemplación de la gloria celestial, y el poner su vida en las manos del Padre. Fue el primer testigo hasta derramar su sangre, por eso lo llamamos el protomártir.
Hoy la Iglesia nos lo presenta en este día inmediato a la celebración de la navidad del Señor, señalándonos así el camino del testimonio que hemos de dar quienes confesamos con alegría nuestra fe en Jesús. Un testimonio total, hasta entregar su vida. Un testimonio de la alegría de la fe, del gozo de seguir y servir a Jesús. Un testimonio de lo que es el servicio, la diaconía, tan característica que tiene que ser de la vida del cristiano.
Quienes ayer cantábamos la alegría de la Navidad y queremos seguirlo haciendo con intensidad esta semana no podemos olvidar hasta donde tiene que llegar nuestro canto, la alegría de nuestra fe, la valentía de nuestro testimonio. Porque tenemos que ser testigos de un verdadero sentido de la navidad, cuando el mundo nos la ha manipulado presentándonos tantas cosas como navidad que no son navidad.
Ayer alguien me contaba de algo visto en televisión, donde en un diálogo que pretendía ser gracioso alguien decía que si mataban a papá Noel mataban el espíritu de la navidad. ¿Es que papá Noel es el espíritu de la navidad? ¿Hasta donde hemos llegado, qué pretendemos enseñar a las generaciones jóvenes? ¿Recordarán la navidad por los regalos que le trajo papá Noel, o porque es el nacimiento de Jesús? Hasta hemos hecho desaparecer al Niño Jesús de la Navidad para ponernos un trineo, unos renos que tiran de él, y un viejo gordo vestido de rojo encima como si eso fuera navidad.
¿No necesitamos los que creemos en Jesús dar un testimonio claro y valiente de lo que verdaderamente celebramos? Presentemos a Jesús, que no solo es un niño aunque ahora celebremos su nacimiento, sino que es el Hijo de Dios que se hizo hombre para ser nuestro Salvador. Y para salvarnos murió por nosotros en la cruz. Nos lo está enseñando esta fiesta de san Esteban que hoy celebramos.

martes, 26 de diciembre de 2017

El testimonio del martirio de Esteban nos recuerda que hemos de ser testigos de la alegría de la Navidad con una vida transformada por el amor

El testimonio del martirio de Esteban nos recuerda que hemos de ser testigos de la alegría de la Navidad con una vida transformada por el amor

Hechos de los apóstoles 6,8-10; 7,54-60; Sal 30; Mateo 10,17-22

Seguimos con la miel en la boca de las alegrías de la Navidad. La celebración y la fiesta no se acaban así como así. Es el ambiente festivo que se vive en nuestros ambientes, en nuestras casas y en nuestras calles que por ser navidad se prolonga durante toda la octava y se prolongará hasta la Epifanía del Señor, pero es la fiesta que viven nuestras gentes también en el año que termina y en el comienzo de un nuevo año como una etapa más de sus vidas. No somos ajenos a todo ello y por un motivo y por otro seguimos nosotros también con sentido de fiesta viviendo nuestros días, fiesta que sigue llevándonos al encuentro con familiares y amigos y a compartir toda esa nuestra alegría.
Pero hoy nuestro calendario litúrgico se viste sin embargo de rojo. Y es que en este día primero después de la celebración del nacimiento del Señor nos encontramos con el martirio de san Esteban, el protomártir. A alguien pudiera parecerle fuera de lugar esta celebración porque parece que el martirio y la muerte pudieran ensombrecer la alegría de la pascua de navidad. Pero esa manera de pensar está bien lejos de nuestro sentido cristiano de la vida. El martirio no es un fracaso sino un triunfo y una victoria, porque sigue siendo su muerte como la muerte de Jesús en la cruz, una señal de victoria, un triunfo de la vida y del amor sobre la muerte y el odio.
El mártir es un testigo como la misma palabra lo significa y se convierte en el testigo más cualificado cuando se es capaz de dar la vida por aquello de lo que testifica. Aun, podríamos decir y es una forma de hablar, estaba caliente la sangre derramada de Cristo sobre las piedras del calvario, cuando una lluvia de piedras cae sobre Esteban que de igual manera que Jesús pone su vida en las manos del Padre, perdonando también a aquellos que le han llevado a la muerte.
Esto nos recuerda algo muy importante para nosotros los cristianos que con tanta alegría estábamos celebrando en estos días el nacimiento de Jesús. Somos unos testigos. Nuestra alegría, si es honda y verdadera, tiene que testimoniar esa fe que tenemos en Jesús y con ella tenemos que contagiar a nuestro mundo. Pero el testigo no se cubre con mantos de apariencia y figuración, sino que ha de ser su vida la que ha de dar el hondo testimonio. Por eso en Cristo hemos de buscar la alegría verdadera aquella que ninguna sombra pueda enturbiar porque nace de esa profunda que tenemos en Jesús como nuestro Salvador.
Tenemos que sentir de verdad que llega la salvación de Jesús a nuestras vidas. Esa fe en Jesús tiene que transformarnos para arrancar de nosotros para siempre las sombras del pecado, del mal, del egoísmo y la insolidaridad, de la vanidad y del orgullo. Ya hemos dicho en algún momento que si en Navidad no nos sentimos transformados en algo, porque en verdad queramos mejorar algo  nuestra vida no de forma momentánea sino de manera permanente, es que no habíamos estamos celebrando con todo sentido la Navidad.
Por eso hoy, con el testimonio del martirio de Esteban delante de nuestros ojos, no olvidemos que tenemos que ser testigos. Algo nuevo tiene que brillar en nuestra vida a partir de esta navidad. ¿Cuál va a ser nuestro nuevo testimonio?

lunes, 26 de diciembre de 2016

Como Esteban siempre hemos de ser diáconos, servidores de los pobres y de la comunidad, como testimonio de la buena nueva de salvación en Jesús que hemos de anunciar

Como Esteban siempre hemos de ser diáconos, servidores de los pobres y de la comunidad, como testimonio de la buena nueva de salvación en Jesús que hemos de anunciar

Hechos 6,8-10; 7,54-60; Sal 30; Mateo 10,17-22
Sabia es la liturgia de la Iglesia cuando en este día siguiente a Navidad, y siguiendo aun con los mismos aires de alegría por el nacimiento del Señor que con toda solemnidad se prolongan en toda esta semana de la octava, se nos presenta hoy a nuestros ojos y para la celebración la figura de san Esteban, el protomártir.
Bien sabemos que protomártir significa el primer mártir, el primer testigo, el primero que derramó su sangre y dio su vida por el nombre de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen el relato de su muerte. Había sido uno de los siete diáconos escogidos por los apóstoles para el servicio de la comunidad, de manera especial para la atención de las viudas y de los pobres. Los Apóstoles debían ocuparse de la predicación, de la proclamación de la Buena Nueva de la Salvación, pero alguien había de atender en la caridad a los más necesitados. Así surgió el ministerio del diaconado en aquella primitiva comunidad de Jerusalén.
Pero Esteban era alguien que llevaba fuego ardiente en su corazón. No podía callar lo que vivía. Ya no era solo el testimonio de la caridad en medio de aquella comunidad donde todo lo compartían porque tenían una sola alma y un solo corazón, sino que con su palabra ardiente anunciaba el evangelio de Jesús. Discutía en la sinagoga con los judíos anunciándoles el evangelio y a todos dejaba callado con su sabiduría y su elocuencia.
Era el Espíritu divino prometido por Jesús que estaba con El y hablaba por su boca y por su  vida. Como Jesús había anunciado pronto esto le granjearía muchos enemigos que no pudiendo acallarle en su sabiduría lo hicieron callar  con su muerte. Acusado de blasfemia fue condenado a ser apedreado. Es lo que nos relata el texto de los Hechos de los Apóstoles que se nos ofrece en la liturgia.
Hoy, en este día siguiente a la navidad del Señor celebramos su memoria y su fiesta. Es para nosotros un testimonio fuerte que nos interroga por dentro. También nosotros hemos de ser testigos de lo que vivimos. Testigos hemos de ser ahora y en este mundo que nos toca vivir, en estas circunstancias.
Y en medio de este mundo que celebra la navidad, para todos estos días son días de fiesta aunque muchas veces no tengan en cuenta lo que realmente celebramos, todos se desean los mejores parabienes, tienen los mejores deseos de felicidad, nosotros tenemos que hacer nuestro anuncio, nosotros hemos de manifestarnos como verdaderos testigos de Jesús haciendo presente en nuestro mundo a ese Dios que se hace hombre, que se ha encarnado para ser Dios con nosotros, pero que no todos saben reconocer.
Ha de ser un anuncio claro, un testimonio transparente, una palabra valiente, unos gestos verdaderamente comprometedores los que hemos de tener para hacer ese anuncio. No nos hemos de cansar en proclamar que a quien celebramos estos días es a Jesús, el hijo de María, pero que es el Hijo de Dios que ha nacido para traernos su salvación. No podemos callar ni ocultar este mensaje.
Será nuestra palabra valiente, como la de Esteban, que no nos faltará la asistencia y la fuerza del Espíritu que nos dará las palabras más convenientes, las palabras más certeras y sabias; dejémonos conducir por el Espíritu, no lo acallemos en nuestro interior. Pero ha de ser el testimonio del amor, del servicio, de ese diaconado que ha de haber en la vida de todo cristiano. Todos somos diáconos aunque no hayamos recibido ese ministerio, porque todos hemos de tener revestida y empapada nuestra vida del amor, un amor que tiene que hacer verdadero servicio a los demás. Es el testimonio de Esteban que le llevo a dar su vida por el nombre de Jesús.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La alegría que vivimos en la Navidad se ve plenificada en la medida de nuestra fidelidad en el amor hasta el final como en Esteban el protomártir

La alegría que vivimos en la Navidad se ve plenificada en la medida de nuestra fidelidad en el amor hasta el final como en Esteban el protomártir

Hechos de los apóstoles 6,8-10; 7,54-60; Sal 30; Mateo 10,17-22

Seguimos viviendo la navidad, su alegría, su paz; el gozo de sentirnos amados por el Señor de manera que nos da a su Hijo que se ha hecho carne. Le hemos contemplado en Belén, junto a María, su madre, con José a su lado como fiel custodio de aquella familia en medio de su pobreza, con los ángeles que cantan en el cielo la gloria de Dios y con los pastores que tras el anuncio del ángel se acercan trayéndole las ofrendas de su pobreza pero sobre todo de su amor.
Cuando estamos viviendo toda esta alegría la liturgia nos ofrece hoy la imagen de un cruento martirio. Es el protomártir el diácono Esteban y por eso ha merecido ser celebrado al día siguiente del nacimiento del Señor. Pero de alguna manera pareciera que se viene a mermar la alegría de la fiesta la celebración de un martirio. Esteban momentos antes de sufrir el martirio ya contemplaba la gloria de Dios en el cielo de la que pronto él iba a participar. Aun en el dolor de la muerte se nos anuncia la alegría de la vida.
Nos viene bien recordar algo en estos momentos. Belén no está tan lejos del Calvario. Belén significó desprendimiento y pobreza total hasta no tener donde nacer Dios hecho hombre de manera que fuera recostado entre las pajas de un pesebre. La Cruz del calvario significa el desprendimiento total porque es la entrega de la vida por amor. Porque tanto amó Dios al mundo nos entregó a su Hijo único al que vemos nacer en Belén. Allí estaba el signo del amor; era su razón de ser. En el calvario, en la muerte, contemplamos la entrega total, definitiva del amor; no hay señal de amor más grande. Además el que nació en Belén es el que va a entregarse en la cruz. Son las señales del amor de Dios.
En Esteban, de quien hoy estamos celebrando su martirio, estamos contemplando la fidelidad en el amor hasta la entrega total. Un camino que aprendemos en Belén y un testimonio que estamos contemplando en el martirio de Esteban.
La alegría que vivimos en estos días de navidad se ve plenificada en el amor que pongamos cada día en nuestra vida. Por eso nuestra alegría no es solo cosa de unos días porque ahora todos hemos de estar contentos. Nuestra alegría, la alegría que nace de lo más hondo del corazón, la iremos hacer creciendo día a día en la medida que vivamos en el amor, en que vivamos para los demás, en la medida en que vayamos repartiendo amor con nuestra presencia, nuestros gestos, nuestras sonrisas, nuestra entrega por los demás. 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Un testimonio de amor hasta el final de quien está lleno del Espíritu, el protomártir san Esteban

Un testimonio de amor hasta el final de quien está lleno del Espíritu, el protomártir san Esteban


Ayer celebrábamos con gozo el nacimiento del Señor. El Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la vida y la salvación. Todo es alegría, pero no una alegría cualquiera, no la alegría superficial y efímera que nos puede dar el mundo. Es la alegría de la presencia del Señor, del Señor que se nos revela, del Señor que está con nosotros para que esa alegría sea completa.
Pero la liturgia hoy se viste de rojo para celebrar un mártir; no es un mártir cualquiera, es el protomártir, el  primero en derramar su sangre por el testimonio de Cristo, san Esteban, del que se  nos habla en los Hechos de los Apóstoles.
Fue uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de los pobres en la primitiva comunidad de Jerusalén; estaba lleno del Espíritu y no solo anunciaba a Jesús con el testimonio de las obras del amor, sino también con su ardiente palabra. Pronto encontraría la oposición y el rechazo que le llevaría al martirio. El texto de la liturgia nos relata y recuerda su martirio.
Ya el evangelio nos recuerda que habrá persecuciones, tribunales, cárceles, pero Jesús nos dice que no temamos porque su Espíritu estará con nosotros. Lo vemos en Esteban. Ojalá supiéramos tener fe en la presencia del Espíritu de Dios en nosotros y nos dejáramos conducir por El. Cómo nos sentiríamos fortalecidos en el corazón.
Dos palabras que le escuchamos a Esteban en ese momento supremo del martirio nos convendría recordar. «Señor Jesús, recibe mi espíritu», dice en primer lugar poniéndose en las manos de Dios. Pero dirá también en relación a aquellos que le persiguen y ahora le martirizan: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Había aprendido bien el padrenuestro; había aprendido bien lo que Jesús había enseñado allá en el sermón del monte. No solo perdonar sino también orar por los que nos persiguen.
Estamos en navidad pero este mensaje no está lejos de la alegría de la Navidad. Nos hace descubrir al Señor en nuestra vida, en nuestras luchas, en nuestras dificultades y problemas, en el coraje que hemos de tener para el anuncio del nombre de Jesús, y también en nuestros sufrimientos.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Como Esteban con la fuerza del Espíritu testigos del nombre de Jesús

Hechos, 6, 8-10; 7, 54-59; Sal. 30; Mt. 10, 17-22
¡Qué cerca está el calvario de Belén! ¡Qué cerca está la pascua del nacimiento de Jesús! Hoy lo contemplamos en el primer día después de la Navidad del Señor y cuando aún seguimos saboreando todo el misterio de la Navidad.
Hoy la liturgia nos invita a mirar y a celebrar a san Esteban, el protomártir, el primero en derramar de forma consciente su sangre por Jesús. El primer testigo de Cristo derramando su sangre, dando su vida. Hemos escuchado el relato de su martirio en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Siguió el camino de Jesús y fue fiel hasta el final; siguió el camino de Jesús y quiso ser su testigo asumiendo todas sus consecuencias.
Hombre, ‘lleno de gracia y poder’ nos dice hoy el texto sagrado, realizaba grandes signos y prodigios en medio del pueblo. Era uno de aquellos siete varones, llenos del Espíritu de sabiduría que habían sido escogidos en medio de la comunidad para ser los servidores de la misma de manera especial en la atención a los huérfanos y a las viudas. El servicio de la caridad era su testimonio. Pero esa misma caridad, ese mismo amor le llevaba a anunciar con su vida y con su palabra el nombre de Jesús. A todos con arrojo y valentía anunciaba el evangelio de Jesús en quien está la salvación.
El se sabía poseído por el Espíritu de Dios y anunciaba el nombre de Jesús con tal claridad que nadie podía hacerle frente a sus palabras. Cuando no nos dejamos convencer por las palabras y razones, como trataba de explicar Esteban, terminarían con la violencia que le llevaría al martirio, a ser apedreado. Pero en Esteban se están cumpliendo las palabras de Jesús que anunciaban la presencia y la fuerza del Espíritu.
‘Daréis testimonio ante ellos y los gentiles. Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Lo vemos cumplido en Esteban. ‘No lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Oyendo sus palabras se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia’.
Esteban estaba lleno del Espíritu Santo. Contemplaba el misterio de Dios. Tenía puesta toda su confianza en el Señor. Y en Esteban iremos viendo cómo se repiten los mismos gestos y hasta palabras de Jesús en la cruz. Perdonará a los que le apedrean - ‘Señor, no les tengas en cuenta este  pecado’ -; contemplará la gloria de Dios en quien ha puesto toda su confianza; se pondrá en las manos de Jesús, como Cristo lo había hecho en las manos del Padre en la cruz - ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’, será su invocación -.
Ayer cuando contemplábamos y meditábamos el misterio de la Navidad ya veíamos cómo habíamos de llenarnos de la misma alegría de los pastores de Belén para ir a la búsqueda de aquello que les había anunciado el ángel, pero que también con esa misma alegría y gozo en el alma habíamos de volver anunciando y contando a todos aquellos que habíamos visto y vivido. También reflexionábamos que igual que los ángeles fueron los primeros anunciadores de la Buena Nueva del nacimiento de Jesús, así nosotros a la vuelta de Belén habíamos de ser también anunciadores, evangelizadores del nombre de Jesús en medio de nuestro mundo.
Pero decíamos también que las tinieblas se resistían a la luz, porque vino a los suyos y los suyos no le recibieron. A ese mundo tan lleno de tinieblas hemos de llevar ese anuncio de que Jesús es nuestra única salvación, nuestro único Salvador. ¿Nos van a escuchar? ¿Van a aceptar nuestra palabra y nuestro anuncio? Sabemos de la resistencia de las tinieblas a la luz, pero sabemos también que vamos con la fuerza del Espíritu porque Jesús nos lo ha anunciado. Ahí en ese mundo tenemos que ser testigos, aunque nos cueste, como le costó a Esteban incluso la vida. Pero somos testigos que no podemos callar lo que hemos visto y oído, como escucharemos en unos días.

Que el Espíritu nos dé fortaleza y valentía para proclamar nuestro testimonio.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Tras el nacimiento de Jesús celebramos con júbilo el triunfo del martirio de san Esteban

Hechos, 6, 8-10; 7, 54-59; Sal. 30; Mt. 10, 17-22
En la oración final de la Eucaristía de esta fiesta daremos gracias al Señor por la abundancia de su misericordia ‘pues nos salvas por el nacimiento de tu Hijo y nos llenas de júbilo por el triunfo de tu mártir san Esteban’.
Creo que con esta oración, entre otras de la liturgia de este día, se expresa el sentido de esta fiesta del martirio de san Esteban precisamente al día siguiente de la celebración del Nacimiento de Jesús. Podría parecer que estando dentro de la octava de la Natividad del Señor todo tendría que girar en torno a esta fiesta grande que celebramos sin embargo la liturgia nos presente en este primer día la celebración de san Esteban, el protomártir.
Por ahí podría venir la clave de esta celebración; por eso pediremos llenarnos de júbilo en el triunfo del martirio de san Esteban. Sí, es un triunfo, es la manifestación de una victoria. Fue el primero en derramar su sangre por Jesús. Como anunciaría Jesús a lo largo del evangelio y hoy una vez más lo hemos escuchado ‘os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas, os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio de mi ante ellos y ante los gentiles’.
Es lo que vemos ahí casi en los comienzos de la Iglesia en Esteban. ‘Todos os odiarán por mi nombre, pero el que persevere hasta el final, salvará’. Es la manifestación de un triunfo y una victoria, como la de Cristo. Nos conviene recordarlo ahora que estamos celebrando su nacimiento, porque así miramos el camino y la meta. Hoy contemplamos al primer testigo, el protomártir.
Había sido elegido por los apóstoles para formar parte del grupo de los siete diáconos, cuando ante el crecimiento de la Iglesia y también de los problemas y necesidades se decide elegir a estos siete para el servicio de la comunidad en especial para la atención de los huérfanos y las viudas. Pero pronto no será sólo ése el servicio que van a prestar a la comunidad, porque veremos a Esteban, ‘lleno de gracia y de poder’, discutir con los judíos en las sinagogas de manera que no había quien pudiera hacerle frente a sus razonamientos anunciando a Jesús en quien se cumplían las Escrituras. Es el servicio de la Palabra, el servicio misionero del anuncio, como veremos en algún otro diácono como Felipe.
Era un hombre lleno del Espíritu Santo, que se dejaba conducir por el fuego y el ardor del Espíritu. Pero su testimonio no se quedó en el servicio de la caridad a los necesitados sino que fue más allá en el anuncio de la Palabra y en el testimonio que daría con su sangre por el nombre de Jesús.
Ya escuchamos el relato de su muerte en el martirio, que se nos cuenta casi como en paralelo como la muerte de Jesús. Le persiguen, le llevan ante los tribunales, ante el Sanedrín, pero no teme, tal como Jesús nos había enseñado. ‘No tengáis miedo: el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Y El ve al Espíritu Santo junto a él, siente la presencia de Jesús, contempla ensimismado la gloria del cielo que el Señor le tiene reservada. Por eso ante los que le acusan y le apedrean repetirá al estilo de Jesús ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’. En el momento de su muerte se pondrá en las manos de Jesús, como Cristo en la Cruz se había puesto en las manos del Padre. ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’.  Será el primer testigo, el primer mártir.
Muchas lecciones para nuestra vida. Seguir las huellas de Jesús ha de ser nuestra tarea. Dejarnos inundar por el Espíritu para llenarnos de su amor; sentirnos fortalecidos por el Espíritu en el testimonio que ante el mundo hemos de dar; poner siempre nuestra vida, nuestros actos en la manos del Señor, porque en nadie podemos sentirnos más seguros.
Es necesario dar un testimonio valiente de nuestra fe, aunque los que nos rodean no lo entiendan; mantener la integridad de nuestra fe y ser constantes a la hora de vivirla y de testimoniarla; sentirnos fortalecidos por la fuerza del Espíritu cuando nos vengan las contrariedades o los tiempos adversos que no nos faltarán con la certeza de que podemos vencer las fuerzas del maligno. Si mantenemos integra y firme nuestra fe seremos también vencedores, seremos los testigos necesarios para que el mundo crea y se acerque a Jesús. 

lunes, 26 de diciembre de 2011



Hechos, 6, 8-10; 7, 54-57;
 Sal. 30;
 Mt. 10, 17-22
A primera vista podría parecer un contrasentido cuando estamos viviendo las alegrías de las fiestas de la Navidad del Señor el que dentro de toda la solemnidad de la Octava en el primer día que sigue a la Navidad celebremos la fiesta de un martirio. Pero todo tiene su sentido y, podríamos decir, que esta celebración del martirio de san Esteban no merma la alegría de la solemnidad de la octava de la Navidad. Nos puede ayudar a descubrir muchas cosas en torno a las exigencias de nuestro seguimiento de Jesús.
Merece ocupar este primer lugar en las celebraciones navideñas porque es el protomártir, el primer mártir que derramó su sangre en el martirio por el nombre de Jesús. Uno de los siete diáconos escogidos en aquella primera comunidad de Jerusalén, hombres escogidos de buena reputación, llenos de Espíritu santo y sabiduría para el servicio de la comunidad sobre todo en la atención a los huérfanos y a las viudas; pronto impulsado por ese mismo Espíritu le veremos enfrentarse a todos en el anuncio del Evangelio con gran espíritu de sabiduría, de manera que no podían resistirle lo que le llevaría a ser conducido ante el Sanedrín y como hemos escuchado hasta el martirio. Es el testimonio del amor el que nos ofrece en el cumplimiento de la misión para la que había sido elegido, pero es el testimonio que con su palabra y su vida dará hasta el límite glorioso del martirio.
La fe que confesamos en ese Niño recién nacido que contemplamos en Belén estos días tiene que llevarnos al testimonio valiente de que sólo en Cristo alcanzamos la vida y la salvación. Testimonio con nuestra palabra, y con nuestras obras. Ese niño que contemplamos en brazos de María o recostado en el pesebre es el Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación. Es el Jesús, Mesías salvador y redentor a quien queremos seguir y de cuya salvación queremos hacernos partícipes recibiendo su gracia salvadora. Es el Jesús que veremos entregarse hasta el final en la prueba más sublime del amor que es dar la vida por nosotros. Es el Jesús que nos anuncia el Reino de Dios y que lo constituye con su sangre derramada en la Cruz. Es el Jesús por el que estaríamos dispuestos a darlo todo, si fuera necesario también nuestra vida.
Es lo que nos está enseñando el martirio de san Esteban en este primer día de Navidad. Queremos seguir a ese Jesús y de El recibimos también la misión del servicio y del amor, la misión del anuncio del Evangelio y del testimonio valiente con toda nuestra vida. Y sabemos que podríamos poner en peligro nuestra vida porque por Jesús la podemos perder pero que eso será ganarla realmente, como el mismo Jesús nos enseñará en el evangelio. ‘El que pierda su vida por mi la ganará para la vida eterna’.
El testimonio del martirio de san Esteban nos está recordando un camino que nosotros hemos de seguir, una entrega que hemos de vivir en nuestra vida, un amor que tenemos que repartir, un mensaje que hemos de trasmitir siendo anunciadores de evangelio, evangelizadores con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida.
Una tarea en la que no estamos solos, porque siempre estaremos asistidos por la fuerza y la presencia del Espíritu Santo. Hoy el texto sagrado nos lo repite continuamente. ‘Esteban, lleno del Espíritu Santo…’ se nos dice. Y Jesús nos había prometido, como escuchamos en el evangelio que ‘cuando os arresten, no os preocupéis por lo que vais a decir o de cómo lo diréis… no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’.
No es contradictorio que celebramos esta fiesta en medio de las celebraciones de navidad, porque nos está recordando ya desde el primer momento que nos encontramos con Jesús cuál de de ser nuestra misión, cuál nuestra tarea, y hasta donde ha de llevarnos el testimonio que demos por Jesús.