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jueves, 12 de marzo de 2026

Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

 




Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy. Cuando nos cegamos en nuestras ideas o en nuestra manera de ver las cosas, por eso mismo porque nos cegamos no seremos capaces de ver la luz que hay en los demás. Nos ciegan nuestros fanatismos cuando pensamos que no se pueden hacer las cosas sino como nosotros las hacemos porque nos creemos los únicos buenos y sabios; entonces todo lo que hagan los demás lo vemos desde ese filtro y entonces nada vale de lo que hagan los que no piensan como nosotros. Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social y tenemos que decir también de la vida política.

¿Dónde encontraremos en alguien la sensatez suficiente para reconocer que su adversario hace cosas buenas y cosas que están bien? ¿Dónde están los que siguen construyendo con las mismas piedras buenas de sus adversarios aunque luego las podamos pulir según nuestro gusto? Hay una acritud muy dura en nuestra sociedad, unos orgullos que a nada bueno nos van a conducir.

Es lo que estaba sucediendo en este episodio que hoy se nos ofrece en el evangelio. Jesús curó a un sordomudo. Entendamos bien lo que nos habla el evangelio, porque en aquel momento la enfermedad o todo lo pusiera una limitación a la vida de las personas, ceguera, invalidez, ser sordomudo como en este caso, era considerada como un mal lo que venía a significar una posesión del maligno, por eso los llamaban endemoniados.  Jesús libera de su mal a aquel hombre y comenzó a hablar.

Podríamos pensar en la sorpresa y la admiración que tal hecho podía producir en los que lo contemplaban. Muchas veremos que la gente alaba al Señor que realiza tales maravillas. Pero es donde aparecen los malquerientes, los que no aceptaban a Jesús porque tampoco querían escuchar su mensaje del Reino de Dios. Y cuando estamos enconados con una cosa o con alguien todo lo que haga esa persona nos parece mal; es lo que tratan de decir aquellos opositores a Jesús. No lo está haciendo con el poder de Dios sino con el arte y poder del maligno. Tremenda incongruencia, podríamos decir, que el maligno se expulse a sí mismo de aquellos a los que tiene poseídos. Mira hasta donde somos capaces de llegar cuando estamos enfilados contra alguien.

¿Por qué nos dejamos absorber por tanta maldad? Nos creemos tan seguros que no nos damos cuenta de la debilidad que tenemos debajo de los pies. Nos cegamos, como decíamos antes, y ya no queremos ver los rastros de luz allí donde verdaderamente están. Y lo tremendo es que cuando nos envolvemos de esas malicias y de esos orgullos no nos damos cuenta de que esas actitudes negativas nos están socabando la tierra bajo nuestros pies y un día todo se nos vendrá abajo.

Además con esa negatividad en nuestras vida poco podremos construir que sea de provecho y tenga validez permanente. Es la superficialidad en la que vamos cayendo en la vida. Qué lástima como queremos ser constructores de una nueva sociedad pero lo hacemos desde los rencores y resentimientos, las envidias nos llevaran a querer destruirnos unos a otros, con esas heridas mal curadas en nuestro corazón no podrá aparecer una verdadera alegría y a pesar de las muchas músicas el alma está llena de tristezas, aunque decimos que queremos un mundo mejor no termina de aparecer la paz porque seguimos alimentando esas malquerencias en el corazón.

Jesús nos habla de aquel hombre que se creía fuerte e invencible pero que pronto todo se derrumbará y se le vendrá abajo, porque el maligno seguirá insuflando esos malos sentimientos en su corazón que todo lo destruirá. Qué necesaria esa actitud de vigilancia que hemos de mantener en nuestra vida, esa humildad para reconocer lo débiles que somos, y cómo tenemos que abrir nuestro corazón a la fortaleza del Espíritu para mantener esa rectitud en nuestras vidas, pero también para saber valorar cuanto de bueno hay también en los demás.

Es el sentido que hemos de darle a este camino cuaresmal que estamos haciendo para llegar a la Pascua.


jueves, 10 de julio de 2025

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, siempre la primera palabra y la primera actitud con la que de forma gratuita nos acerquemos a los demás

 El Evangelio Comentado: El envío de los 72 discípulos (Lc 10, 1-12.17-20)

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, siempre la primera palabra y la primera actitud con la que de forma gratuita nos acerquemos a los demás

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Salmo 104; Mateo 10,7-15

¿Qué ganas tú con eso? Habremos escuchado que alguien nos dice cuando nos ve liados en cosas que no son tan de índole personal, sino más bien cosas que hacemos por los demás. Quizás nosotros mismos nos lo hayamos preguntado alguna vez - ¿Qué saco yo con todo esto? -, cuando nos vemos que las cosas se complican, que nos trae quizás problemas aquello que tan desinteresadamente estamos queriendo hacer por los demás.

Y es que no siempre la gente entiende o valora que seamos capaces de hacer algo si no vamos a obtener algún beneficio; para todo queremos retribuciones, los regalos que algunas veces incluso nos hacemos los unos a otros están buscando una contrapartida, como se suele decir ‘hoy por ti, mañana por mí’; no se entiende la gratuidad. Siempre recuerdo estando de capellán en una clínica tenía la costumbre que por navidad y pascua pasaba por todas las habitaciones de los enfermos regalándoles una tarjeta con un mensaje de felicitación, en más de un caso la gente no quería aceptarla porque no tenían dinero que darme a cambio, no entendían que aquello era un regalo.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es el momento en que envía a los apóstoles a hacer el anuncio de la buena noticia del Reino de Dios; les ha pedido desprendimiento total, porque les pide que solo lleven lo imprescindible para hacer el camino, la túnica con su manto, unas sandalias y un bastón para hacer el camino. Simplemente han de sentirse acogidos por la gente de buena voluntad, pero no pueden ir pidiendo nada a cambio. Su anuncio es un regalo, como el que ellos a su vez un día recibieron cuando Jesús los llamó a estar con El.

Su mensaje ha de ser el de la paz. Será su saludo, será lo que irán promoviendo en esos encuentros personales que han de ir realizando; por eso les habla de que permanezcan en la casa donde hayan sido acogidos y esa convivencia han de ser generadores de paz. Como lo estaba siendo Jesús con todos aquellos con los que se iba encontrando; venían a El con sus angustias, sus problemas, sus necesidades, sus dolencias, el mal que les atenazaba el corazón, las dependencias que sentían en su espíritu y en Jesús encontraban la paz, porque en Jesús encontraban el perdón, porque en Jesús encontraban no solo la salud de sus cuerpos sino la salud de sus corazones. Por eso siempre Jesús invita a ir en paz y en esa paz no habrían de volver de nuevo a las mismas esclavitudes y dependencias.

¿Seremos así nosotros también generadores de paz?  Nos preocupa la falta de paz; pronto nos duele el corazón cuando contemplamos guerras, destrucción y muerte en tantos lugares; pero nos duele el corazón cuando contemplamos la acritud con que vivimos la vida, gritos, violencias, insultos, descalificaciones, abismos que vamos cavando que cada vez nos distancian más.

La vida social de nuestro mundo está llena de acritud y violencia; faltan manos tendidas que ofrezcan diálogo, caminos de encuentro, formas de colaboración cada uno desde su posición o desde sus posibilidades. La acritud que contemplamos en las pantallas de nuestra sociedad que son nuestros dirigentes es la que luego en la cercanía de los que nos rodean nosotros copiamos y vivimos también.

¿Cuándo seremos capaces de romper esa espiral de violencia en la que vivimos y que nos lleva a la corrupción de la vida y de la sociedad? ¡Qué difícil se nos hace! Parece como si nos brotara espontánea esa acritud y violencia. Por mucho que digamos que queremos la paz con qué facilidad la vamos rompiendo a cada paso. Confieso que a mí me cuesta.

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, porque tiene que ser siempre la primera palabra y la primera actitud con la que nos acerquemos a los demás. Es el regalo que hemos de hacerle a la vida de forma gratuita.


jueves, 18 de julio de 2024

¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

 


¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Tú no agaches la cabeza, no permitas que nadie esté sobre ti… consejo y recomendación que escuchamos y que no estaría mal si es que queremos salvaguardar nuestra dignidad de personas y nadie es mejor que otro, pero, hemos de reconocer, algo en lo que hemos de tener cuidado porque bien sabemos que junto a unas palabras nobles en su origen pudiera pronto aparecer la acritud que deriva fácilmente en violencia.

Y es que vivimos con mucha acritud en nuestras relaciones entre unos y otros; parece como si no pudiéramos salvaguardar nuestra dignidad o reclamar por nuestros derechos si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Y yo diría que es una lástima que actuemos así porque con esas actitudes perdemos todos nuestros derechos.

Vivimos con excesiva tensión, lo vemos en nuestras relaciones con los más cercanos y queridos a nosotros, pero pareciera que es la pauta o la manera de relacionarnos en general en la sociedad. Y nos vamos contagiando los unos a los otros; es demasiado fuerte la acritud y violencia sobre la que vamos fundamentando todas nuestras relaciones sociales; cualquier discrepancia – y tendríamos que decir que sería normal que existan distintas maneras de ver las cosas – termina en enfrentamiento y al que discrepa con nosotros ya poco menos que lo estamos viendo como un enemigo.

Podemos ser adversarios porque tengamos distintos planteamientos sobre cualquier aspecto de la vida, pero no tenemos que considerarnos unos enemigos irreconciliables donde nos sea difícil entablar un diálogo para llegar a puntos comunes, es más, si podemos destruimos todo lo que nuestro adversario haya podido levantar. Miremos lo que pasa en la política y en la sociedad.

Hoy Jesús en el evangelio nos invita a que no vivamos agobiados; bien sabemos lo que son las consecuencias, no hay quien hable con nosotros cuando estamos en tensión, perdemos la serenidad y la calma, aflora esa violencia de la vida. Y es difícil en nuestro mundo de prisas, todo lo queremos tener al instante, no sabemos esperar, pronto nos ponemos en tensión por cualquier cosa; a la manera de la informática en que estamos acostumbrados a tocar una tecla y automáticamente nos sale todo, así queremos hacer en la vida; hemos de aprender coger el ritmo de la vida que nos haga disfrutar de lo que vivimos, de lo que hacemos, de lo que nos vamos encontrando en los demás, de lo que la vida nos ofrece.

Pero con nuestros agobios y carreras parece que no tenemos tiempo ni paciencia para nada, y de la misma manera que nos ponemos de mal humor un día que nos falla el ordenador, no funciona tan rápido como queremos el móvil, o tenemos problemas con la tablet, surge el malhumor y la tensión, reaparece nuestra acritud con todo el que esté a nuestro lado, nos llenamos de violencias y queremos machacar a todo el que se nos atraviese en el camino.

Y Jesús nos habla de mansedumbre y de humildad, de serenidad para saber encontrar el descanso y de una paz que de alivio a todas nuestras tensiones. El va por delante enseñándonos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¡Qué hermosas palabras que nos llenan de paz el corazón! Tenemos que rumiar y saborear sin prisas estas palabras de Jesús.

¿Para qué agobiarse? ¿Para qué nos volvemos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Muchas veces decimos que tenemos que saber encontrar tiempo para nosotros mismos. Aquí nos lo está diciendo Jesús, que encontremos nuestro descanso. Tenemos que saber dejarnos guiar, que seguro que vamos a encontrar muchos vericuetos que nos llevan a encontrar la paz.

Por eso nos dice Jesús que su yugo es ligero, es liviano; cuando pensamos en un yugo estamos pensando en algo pesado que va a caer sobre nosotros e incluso nos quitará la libertad de movimientos; y es todo lo contrario, porque el yugo nos guía y nos conduce, nos hace evitar malos caminos, nos da seguridad para alcanzar la meta que buscamos, hará que el surco de nuestra vida sea recto y pueda darnos las plantas de los buenos frutos.  Es lo que podemos alcanzar cuando nos dejamos conducir por Jesús, por algo nos dirá en otro momento que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


domingo, 10 de marzo de 2024

No olvidemos nunca que es Dios el que primero nos ha amado y nos ha regalado su gracia y su perdón, correspondamos a tanto amor

 


No olvidemos nunca que es Dios el que primero nos ha amado y nos ha regalado su gracia y su perdón, correspondamos a tanto amor

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Salmo 136;  Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21

Si nosotros nos sentimos en deuda con alguien, ¿hasta donde seríamos capaces de llegar para condonar esa deuda? Lo que en principio estoy considerando es que soy yo el que estoy en deuda, no lo que otros me deban a mí, ¿hasta donde llegamos? Buscaríamos medios, buscaríamos personas que nos ayuden, influencias que podamos obtener quizás de otras personas a las que acudimos para que quizás intercedan por nosotros…

Pero pensemos más, pensemos en que con quien nos sentimos deudores es alguien con quien habíamos tenido una buena relación, pero surgieron los problemas que surgieron, y ahora está por medio esa deuda, sabiendo además que era o es un persona que nos amaba y quería mucho. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos aportar por nuestra parte desde nuestra pobreza y pequeñez?

Pero aquí está lo que es la maravilla del amor. Estábamos comentando que era alguien que nos amaba, que nos quería, que fuimos nosotros con nuestra miseria los que provocamos esa deuda. Y viene el Dios generoso que mantiene su amor para con nosotros, no quiere nuestra muerte aunque lo merezcamos por grande que sea nuestra deuda. Aparece el Dios lleno de misericordia y compasión, que por gracia, o sea gratuitamente, simplemente porque nos ama nos regala el perdón. Es más, para regalarnos ese perdón y esa vida, nos entrega a su Hijo amado y preferido.

Como nos ha dicho hoy el evangelio ‘tanto amó Dios al mundo, tanto nos amó Dios, que nos entregó a su propio Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que obtenga la vida eterna’. Maravilla del amor de Dios. Como alguien ha escrito, ‘amar a alguien es decirle tú no morirás jamás’. Eso nos está diciendo Dios, que nos ama y quiere que tengamos vida, no quiere la muerte. ‘No vino Jesús para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de El’. Nos lo está repitiendo continuamente en el evangelio. Sí, ahí está, Dios nos ama y quiere la vida para nosotros. Por eso ‘todo el que cree en el Hijo de Dios no perece sino que obtiene la vida eterna’.

Ahí está la maravillosa reflexión que nos hace san Pablo en la carta a los Efesios. ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo, estáis salvados por pura gracia’. Por pura gracia; es un don gratuito. No es lo que nosotros hagamos, no son los méritos que vayamos acumulando por otro lado al alcanzar la condenación de la deuda; es un regalo de Dios, por eso decimos gracia.

Es algo que no consideramos lo suficiente.  Por eso luego seguimos siendo tan mezquinos; no lo hemos asimilado bien, nos parece algo tan natural, que nos hemos acostumbrado, y realmente no somos agradecidos lo suficiente. Tendría que ser algo que se nos quedara como grabado a fuego en el alma para no olvidarlo jamás. Pero somos reincidentes en nuestro pecado.

Nosotros seguimos prefiriendo la tiniebla y rehusamos tantas veces la luz; es que la luz nos descubriría la realidad de nuestras obras; nos queremos ocultar, pero es señal de que seguimos en tinieblas y no nos dejamos iluminar. A veces nuestro pecado además puede ser exceso de confianza, porque nos decimos, bueno, el Señor es bueno y siempre nos perdona. Pero estamos jugando con el amor de Dios y no tendríamos que hacerlo.

Es lo que tenemos que vivir y es la vida que tenemos que repartir. Cuando así nos sentimos amados de Dios no podemos menos que nosotros comenzar a amar de la misma manera. Es ahí donde mostramos el amor que le tenemos a Dios, en esa nueva vida que comenzamos a vivir, en esa tarea de amor en la que nos vemos comprometidos para ir sembrando esas semillas de amor en el mundo. 

Nos cuesta muchas veces porque se entremezcla la cizaña en nuestros sentimientos y en nuestras actitudes. Ya nos prevenía Jesús de que eso iba a suceder así, pero nos previene para que no nos dejemos embaucar por el mal que se nos presenta con tantas apariencias engañosas.

Ojalá nosotros de verdad podamos irle diciendo a los que amamos que queremos que vivan, que tengan vida para siempre, que no haya muerte en sus vidas. Pero eso no pueden ser solamente palabras bonitas que les digamos; han de ser las actitudes profundas que nosotros tengamos plantadas en nuestra vida que vayan creando vida allá por donde vamos.

Por eso tenemos que sobresalir en generosidad y desprendimiento por los demás, por eso nuestros gestos y nuestras palabras, cada cosa que hagamos han de estar siempre envueltas en la delicadeza y en la ternura. 

Tenemos de una vez por todas que ir quitando acritud de la manera como tenemos de comportarnos con los demás, una acritud que aparece en palabras violentas y malsonantes, en gestos despectivos, en discriminaciones que aparecen en nuestra manera de tratar según a quien, en desconfianzas que algunas veces camuflamos en sonrisas forzadas, en tantas posturas con las que creamos distanciamientos y ponemos barreras a pesar de nuestra buena cara. Algo hondo tiene que cambiar dentro de nosotros para que afloren siempre esos buenos sentimientos, para que dejemos a nuestro paso siempre el perfume de nuestro amor.

Recordemos siempre, es Dios el que nos ha amado y nos ha regalado su perdón, respondamos con nuestro amor.

miércoles, 23 de febrero de 2022

No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

 


No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

Hemos de reconocer que nos estamos haciendo una sociedad muy llena de acritud. En todo vemos un contrincante, en todo vemos oposición o hacemos oposición. Qué difícil resulta ver a la gente colaborar cuando no son de la misma cuerda; y cuando digo de la misma cuerda me estoy refiriendo a los que sean mis amigos o de mi manera de pensar, a los que tienen un mismo perfil ideológico que el mío o tenemos los mismos ideales sobre la vida o la sociedad.


Nos cuesta aceptar que el que no piensa como yo pueda hacer algo bueno, o algo de lo que hace sea bueno; así vemos a los partidos políticos siempre enfrentados y echándose en cara algunas veces las mismas cosas que hacen, no aceptando que puedan estar en lo cierto en sus planteamientos porque ya de antemano no son mis planteamientos. Y eso lleva como consecuencia palabras duras, actitudes enfrentadas, violencia verbal que fácilmente es un caldo de cultivo de violencias más intensas que las palabras. Tengo ganas de encontrarme con alguien del matiz político que sea que acepte que lo que el otro hace o lo que hizo cuando tenía el poder en sus manos estuvo acertado.

Qué triste que no sepamos colaborar cada uno de sus propios planteamientos uniendo direcciones para hacer que las cosas salgan adelante. Nos creemos en exceso poseedores de la verdad, y la verdad mía parece que es lo único que vale. En el fondo en lo que estoy diciendo sabemos que nos referimos a muchos aspectos de la vida social o política de nuestra sociedad, pero que nos encontramos también en otros ambientes donde parecería que ese no podría ser el sentido del trabajo o de la vida; y ahora me estoy refiriendo también en el ámbito de los grupos cristianos y en muchos aspectos de la vida de la Iglesia, a la que muchas veces estamos politizando en demasía.

Dentro de nuestras parroquias los diferentes grupos en la vida religiosa andan muchas veces a las greñas, hay que reconocerlo, o vemos como en las pequeñas comunidades se crean grupos enfrentados que no logran el entendimiento que tendrían que tener. Con libertad de espíritu tengo que decirlo y reconocerlo, que ojalá esto pueda ayudar a muchos a que abran los ojos con una mirada nueva y con nuevas actitudes, porque algunas veces incluso en nuestros grupos cristianos nos puede faltar ese espíritu verdaderamente evangélico.

A todos nos conviene escuchar lo que hoy nos narra el evangelio. Algo muy sencillo y realizado incluso por algunos de los discípulos con muy buena voluntad y vienen a contárselo a Jesús con toda ingenuidad. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros’. Y vemos cómo Jesús les reprende. ‘No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Los que se creen poseedores únicos de la verdad... Nos puede pasar y con demasiada frecuencia. Hay tantas personas que hacen cosas buenas, que son generosas y comparten, que luchan por la justicia y hacen el bien, que se comprometen dedicando su tiempo y su trabajo a los demás, aunque en su corazón no hay principios religiosos sino meramente humanitarios y de altruismo. ¿Se lo vamos a impedir? ¿Por qué no lo valoramos y cooperamos con ellos también en lo que hacen? Son humanos y viven con humanidad, y esto es lo que el Señor quiere de nosotros también. A nosotros quizás nuestra fe nos pide dar un paso más, demos nosotros ese paso, pero seamos capaces de valorar los pasos buenos que también están dando los demás.

¿Por qué no pensar que esas cosas buenas, realícelas quien las realice, son también semilla del Reino de Dios? Como nos dice hoy Jesús ‘el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. Ellos también dan señales del Reino de Dios en esos gestos humanos que realizan, colaboremos nosotros también con ellos. Quitemos esa acritud en la vida, sepamos valorar lo bueno que hacen los demás, continuemos construyendo a partir de esos buenos cimientos que otros hayan colocado. Así un día podremos ver un mundo mejor.

jueves, 10 de junio de 2021

Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

 


Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

2Corintios 3, 15-4, 1. 3-6; Sal 84; Mateo 5, 20-26

Si uno se pone a pensar un poquito y observa lo que vemos alrededor, pero en lo que caemos nosotros también con tanta facilidad, tenemos que reconocer la certeza de aquel aforismo antiguo, latino, que nos hablaba de que el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre. Es la acritud con que vamos por la vida, reconozco que me pasa muchas veces, la facilidad con que levantamos la voz cuando queremos imponernos, pero son también las expresiones hirientes que empleamos frecuentemente en nuestro trato con los demás.

Hago mención a estos aspectos porque es algo que tenemos muy claramente delante de los ojos, pero reconozcamos también cuántos distanciamientos se producen entre familiares o entre vecinos, cuánto cuesta el entendimiento cuando nos encontramos con opiniones enfrentadas y en nuestro orgullo perdemos la serenidad para el diálogo, y cuántas violencias se provocan en el día a día de nuestras relaciones con los demás.

Desgraciadamente entre los que están ahí como espejos en que mirarnos, en los dirigentes de la sociedad, contemplamos demasiada acritud, con unos partidismos que encierran a cada uno en su castillo y no es poco lo que escuchamos en la manera de tratarse los adversarios con descalificaciones tantas veces insultantes. Por aquello de la libertad de expresión parece que todo está permitido y la verdad tenemos que reconocer que poco contribuye a una educación para la paz en las generaciones más jóvenes.

Muchas veces nos atrevemos a hacer manifestaciones que decimos a favor de la paz pero llenas de violencia y acritud en sus gritos o en las expresiones con las que se trata de descalificar a los que no piensan igual. ¿Ese es el mundo que queremos? ¿Esa es la sociedad que pretendemos construir?

Hoy Jesús en el evangelio nos da la pauta de cómo han de ser nuestras relaciones en ese mundo de fraternidad que pretendemos construir. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y en el que se nos piden unas actitudes nuevas y nuevos gestos de cercanía, fraternidad y amor. Decir Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor y cuando reconocemos que Dios es nuestro único Señor necesariamente hemos de entrar en un estilo de relaciones mutuas donde han de prevalecer esos valores del Reino de Dios.

Dios es el único Señor de nuestra vida, pero es un Dios de amor que se nos manifiesta y se nos presenta como Padre. Así nos lo enseñó a llamar Jesús. Siendo, pues, hijos de Dios entraña que todos hemos de sentirnos hermanos, de ahí entonces esos gestos de amor que hemos de tenernos los unos con los otros porque somos hermanos. Y es lo que nos está señalando hoy Jesús en el evangelio subrayando algunos aspectos.

Un mundo de armonía y de paz manifestado en gestos de cercanía y comprensión y en palabras llenas de ternura y de respeto para con los otros; nunca nuestras palabras pueden herir u ofender al hermano; un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos tal como somos pero buscando siempre el encuentro que rompa las distancias o nos abaje de los pedestales del orgullo. Por eso nos dirá Jesús es tan importante la reconciliación y el perdón de manera que no tendría sentido que quisiéramos hacer ofrenda de amor a Dios mientras estamos distanciados del hermano.

Qué distinto sería nuestro mundo y que hermosas serían las relaciones que tendríamos los unos con los otros. Que la ternura y la delicadeza nos haga más humanos; que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad.

miércoles, 20 de enero de 2021

engamos en cuenta la dignidad de toda vida cualquiera que sea su estado que ha de traducirse también en el respeto que le debemos a toda persona desterrando toda acritud y violencia

 


Tengamos en cuenta la dignidad de toda vida cualquiera que sea su estado que ha de traducirse también en el respeto que le debemos a toda persona desterrando toda acritud y violencia

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6

Como se suele decir hay quien no come, pero tampoco deja comer. Siempre nos encontramos personas quisquillosas que nada hacen, pero que siempre tienen algo que decir de lo que hacen los demás. Por ejemplo los eternos descontentos que nunca estarán de acuerdo con las cosas que se hacen pero sin embargo de parte de ellos no se contempla ninguna iniciativa de cómo mejor se han de hacer las cosas. Pero ahí están los leguleyos, por decirlo de alguna manera, que siempre encontrarán una razón para ir en contra, se apoyarán en las leyes que sean para impedir que se haga lo bueno.

Son cosas con las que nos encontramos todos los días, en quienes se ponen como a la distancia para observar pero nada hacen aunque decir, decir, dicen demasiadas cosas. A todo le ponen pegas, en todos encuentran defectos y no se les considera capaces de hacer nada por los demás. No les importa echar la zancadilla con tal de que prevalezcan sus ideas o quizá sea el vacío que realmente tienen en su interior. Porque eso es lo tremendo, que nos damos cuenta de que estas personas no tienen un pensamiento razonado, no manifiestan que haya algo en su interior con profundidad en sus vidas. Y como aparezca alguien con inquietud e iniciativa para hacer algo por los demás y pone empuje y empeño en conseguirlo, ya se apoyarán en lo que sea con tal de desprestigiarlo y no dejar que haga nada de esas buenas iniciativas.

Creo que cosas así somos conscientes que nos encontramos con demasiada facilidad en la vida. Pero podríamos decir que no es pecado solo de nuestro tiempo sino que es algo que en todos los tiempos ha sucedido. Es la oposición que se encontró Jesús en el anuncio de la llegada del Reino de Dios, es el rechazo que fue encontrando a todas aquellas señales en que se manifestaba ese mundo nuevo del Reino de Dios del que Jesús no solo hablaba, sino que lo iba realizando a través de multitud de signos. Estamos escuchando el principio del evangelio de Marcos y ya vemos como en los primeros capítulos, como es el caso de hoy, aparece esa oposición y rechazo a la obra de Jesús y a los signos del Reino de Dios que se van manifestando.

Jesús llega a la sinagoga un sábado y allí está un hombre con sus limitaciones y discapacidades. Tenía la mano paralizada. Pero ya estaban otros al acecho, a ver qué es lo que hacía Jesús. Ya podían sospechar que Jesús lo curaría, como a tantos como hemos visto en estas primeras páginas del evangelio de Marcos. Son las señales de la llegada del Reino de Dios. Pero no les cabía en la cabeza que Jesús pudiera curarlo un sábado; se rompería del descanso sabático, porque el sanar y curar a aquel hombre podría considerarse como un trabajo que no se podía realizar el sábado. Quieren incluso apoyarse en la ley del Señor para impedir que se pudiera hacer el bien a aquel hombre.

De ahí la pregunta de Jesús. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ No saben qué responder. ¿Qué importancia se le daba a la vida?

Aquí podrían surgir muchas preguntas en nuestro interior. Preguntas que tendrían que inquietarnos quizás porque no siempre consideramos lo suficiente la grandeza y dignidad de toda persona; preguntas sobre el valor de la vida en nuestra sociedad actual donde se juega demasiado con la muerte. Es triste como en el mundo en que vivimos parece que no tiene importancia la vida de un no nacido, pero que es vida que está ahí palpitando en el seno de la madre; ahora por otra parte habrá personas a las que consideramos seres inservibles y que no importa eliminar, y porque son mayores y ya no cuentan, o porque padecen enfermedades terribles y que parecen incurables no nos importa eliminarlos porque hasta algunos dicen que eso es un costo para nuestra sociedad.

No educamos para el respeto de la vida, de tu propia vida, como de la vida de los demás y hasta nos permitimos legislar para que cada uno haga de su vida lo que quiere. Y cuando ya no respetamos ese don precioso de la vida, aunque tenga sus limitaciones, ¿qué podemos esperar de una sociedad así?

Nos extraña y nos sentimos mal con la violencia y con la acritud con que se vive en nuestras relaciones humanas y sociales, pero ¿no será consecuencia de esta falta de respeto a la vida que se traducirá luego en esa falta de respeto a la persona en esa acritud con que vivimos nuestras relaciones y ese enfrentamiento continuo que vemos por todas partes en nuestra sociedad?

jueves, 10 de septiembre de 2020

Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

 


Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

1Corintios 8, 1b-7. 11-13; Sal 138; Lucas 6, 27-38

Todos deseamos la paz y la armonía de la vida. Es una aspiración profunda de todos, una aspiración de la humanidad, reconocemos, no siempre conseguida. Cuando nos ponemos a hablar y razonar con serenidad todos andamos por esos deseos y añoramos que pudiéramos vivir así. Lo intentamos con buena voluntad al menos con aquellos que están más cerca de nosotros, familiares y amigos pero al mismo tiempo nos damos cuenta que vivimos en un mundo donde hay mucha acritud.

Desgraciadamente los dirigentes de nuestra sociedad no nos dan mucho ejemplo cuando solo actúan con visiones muy miopes y muy partidistas de manera que solo es bueno y solo son buenos los que son de su onda. Aquellos lugares donde la palabra y el diálogo tendrían que resplandecer muchas veces son una muestra pública, un escaparate donde solo vemos acritud en las palabras, en los gestos, en las actitudes, y solo sabemos echarnos en cara los unos a los otros si hiciste una cosa o si hiciste otra.

Y esa acritud se trasmite y se contagia de manera que en la vida de cada día estamos muy abocados a actitudes y posturas violentas. Ya no sabemos hacer ningún reclamo ni reivindicación a lo que tendríamos derecho si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Es una pena que vayamos construyendo una sociedad así, porque eso es además lo que estamos enseñando con nuestras actitudes y posturas a las generaciones más jóvenes que vienen detrás y en lugar de ayudarles a que encuentren serenidad en su vida, más bien provocamos esas actitudes violentas. ¿A dónde vamos a parar con una sociedad fundamentada en estas posturas y actitudes?

Todo esto tendría que hacernos pensar. Todo esto tendría que hacer que nosotros los cristianos supiéramos sacar a flote esos valores más profundos que nos enseña el evangelio y que tenemos que reflejar en nuestra vida aunque vayamos a contracorriente del mundo que nos rodea. Es la paradoja que nos ofrece hoy el evangelio. Y digo paradoja porque en verdad una primera lectura de lo que nos dice Jesús nos hace pensar que eso es imposible de realizar, que eso está en contra de lo que todos hacen.

¿Quién perdona a los que le ofenden o hacen daño? Lo normal es que guardemos rencor. ¿Quién es capaz de desprenderse de todo por los demás? Bueno, estaríamos dispuestos a dar hasta cierto punto, pero no a quedarme sin nada. ¿Quién es capaz de poner la otra mejilla? Es que se reirían de mí, pensamos, y pensarán que soy un cobarde. Y así podríamos seguir pensando en todo lo que nos dice hoy Jesús. Pero es el plan que El nos propone, son los parámetros en los que hemos de vivir los que queremos el Reino de Dios. Es la forma que tenemos para construir ese mundo mejor que todos deseamos. Es la forma positiva en que tenemos que enfrentar la vida.

Y Jesús nos dice que seamos misericordiosos. Y misericordia significa no juzgar ni condenar; y misericordia significa ser capaces de ser comprensivos con las debilidades de los demás hasta a llegar a perdonar; y misericordia significa ser capaz de no solo dar sino darme por los demás, porque siento como propio el dolor y el sufrimiento por el que puedan estar pasando los otros en sus necesidades o en sus problemas, y si lo siento como propio, como propio lo asumo y pongo todo de mí para darle solución. Como termina diciéndonos Jesús ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Qué distinta sería la vida, nuestras relaciones, la armonía que pondríamos en todo lo que hiciéramos; qué lejos estarían las violencias y las acritudes; qué paz resplandecería sobre nuestro mundo. Es nuestra tarea, es lo que asumimos cuando decimos que somos cristianos seguidores de Jesús. Emprendamos el camino aunque nos cueste.

 

jueves, 19 de julio de 2018

El corazón de Cristo un corazón siempre abierto que nos reconforta y nos llena de vida y nos pone en camino de lo mejor


El corazón de Cristo un corazón siempre abierto que nos reconforta y nos llena de vida y nos pone en camino de lo mejor

Isaías 26,7-9.12.16-19; Sal. 101; Mateo 11,28-30

Que sensación más agradable se tiene cuando en medio de los agobios y cansancios de la vida encuentra uno la puerta de un amigo abierta para acogerte y poder entrar y sentarte simplemente a su lado. En ocasiones no necesitaremos incluso palabras sino que nos basta la seguridad de esa puerta abierta donde podemos entrar sin llamar, porque sabemos que allí habrá siempre un lugar donde nos podamos sentir a gusto, sentarnos placidamente y saber que allí está la presencia del amigo.
Lo habremos deseado y habremos quizá también tenido esa experiencia. Allí está el amigo que nos acoge y nos escucha; que nos ofrece una copa de amistad y un asiento donde poder sentarnos a su lado. Quizá solo se haya sentido el silencio, pero en el corazón hemos sentido mucho más, porque hemos sentido del calor de la amistad y de la comprensión, en su mirada hemos escuchado esa palabra de animo que necesitamos, y ante él no sentimos la vergüenza de nuestros errores o tropiezos porque sabemos que siempre está esa mano que nos levanta, esos pasos que nos acompañan, ese silencio quizás que nos comprende. Se siente uno renacer.
Esta experiencia humana a la que nos estamos refiriendo que ya en si mismo es una gran experiencia espiritual. No es solo la regeneración de un cuerpo cansado que busca un lugar de descanso. No siempre es el cansancio físico el que mas nos daña, sino esa otra sensación de nuestro espíritu que no encuentra paz, que se siente insatisfecho, que necesita una serenidad para ver las cosas con mejor luminosidad, que está turbado en medio de tantas luchas, esfuerzos, desasosiegos, incomprensiones que nos llevan al desánimo y hasta los deseos de abandono.
Nos parece sentirnos vacíos por dentro y sin una ruta clara en la vida que nos haga tener unas pautas que seguir. Por eso necesitamos ese descanso que no es solo un paran en la actividad física, sino un ser capaces de mirarnos a nosotros mismos cara a cara para encontrarnos a nosotros mismos. Y necesitamos ese alguien que nos acompañe, que nos quite temores, que nos dé seguridad y aplomo en lo que queremos conseguir.
En toda esa turbulencia espiritual en la que nos vemos inmersos desde nuestra fe sabemos que hay alguien que viene a nuestro encuentro, que nos abre las puertas de su corazón, que nos va a dar esa paz que tanto necesitamos y que no sabemos encontrar por otros caminos.
Hoy escuchamos esas palabras tan sencillas pero que tanto ánimo nos dan que nos dice Jesús. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
¿Queremos más? Ahí está el corazón de Cristo con su mansedumbre, su humildad, su amor. Es un corazón siempre abierto. No hay puertas que lo cierren porque el amor no tiene puertas, es un hogar siempre abierto, es la dulzura y la paz que tanto necesitamos. Con seguridad, con certeza podemos ir siempre hasta Jesús. Nos acoge, nos escucha, nos reconforta, nos perdona y nos llena de gracia, nos da nueva vida, nos pone siempre en camino de lo mejor.
Jesús nos dice que aprendamos de El. ¿Aprenderemos a ser también corazón siempre abierto para los demás? En el mundo de agobios y carreras en el que vivimos, en un mundo tan llene de acritud y violencia que nos rodea, ¿por qué no probamos a ser nosotros corazones llenos de mansedumbre y de paz donde los que están cerca de nosotros puedan encontrar también alivio y descanso? Será un camino para llevarlos hasta Jesús.

jueves, 14 de enero de 2016

Seamos capaces de acercarnos a los otros diciéndoles ‘si quieres…’ podríamos colaborar juntos para hacer nuestro mundo mejor

Seamos capaces de acercarnos a los otros diciéndoles ‘si quieres…’ podríamos colaborar juntos para hacer nuestro mundo mejor

1Samuel 4,1-11; Sal 43; Marcos 1,40-45

Escuchando el relato que nos ofrece el evangelio de hoy me surge una pregunta y una reflexión sobre muchas actitudes y posturas con que nos podemos encontrar hoy día. ¿Qué nos pasa a los hombres y mujeres de hoy en que parece que todo son quejas y reclamaciones de derechos pero además hechas con demasiada acritud? Es justo que tenemos unos derechos humanos que hay que salvaguardar siempre pero, ¿por qué esa acritud con que hemos llenado nuestras relaciones y nuestras posibles reclamaciones? Todo se pide con exigencia, se crean tensiones entre unos y otros por los diferentes puntos de vista que podamos tener ante las diversas circunstancias en que vivimos, hay como un amargor (un sabor amargo) en nuestras palabras, nuestros diálogos (que muchas veces parecen de sordos), en nuestras conversaciones que terminan en rupturas, divergencias irreconciliables y no sabiendo colaborar los unos con los otros buscando siempre lo mejor.
Demasiados orgullos, demasiada soberbia y prepotencia, demasiado considerarme yo siempre el mejor y con la única razón verdadera; y ya sabemos eso creará enfrentamiento, desconfianza, división y nos llevará como en una espiral a hacer que las cosas marchen cada vez peor. En muchos aspectos de la vida vemos situaciones así. Es una primera consideración que me hago en este día.
Decía que me venía esta reflexión desde la lectura que se nos ofrece en el evangelio de hoy. Un leproso llega hasta los pies de Jesús, hemos escuchado. Si llega hasta Jesús es probablemente porque haya escuchado que otros enfermos y otros leprosos como él han sido curados por el profeta de Galilea. Pero fijémonos en la actitud de este hombre. Sabe que Jesús tiene poder para curarlo porque así ha curado a otros, pero se acerca con humildad a Jesús. ‘Si quieres…’ le dice. Sé que puedes hacerlo y lo has hecho con otros, aquí vengo yo con mi enfermedad y ahora depende de ti, yo no puedo hacer otra cosa. ‘Si quieres, puedes curarme’
Y Jesús quiso. Y extendió su mano y lo tocó. Algo que sería incomprensible y como una locura en aquel tiempo, porque tocar a un leproso era cometer una impureza legal; tocar a un leproso daba la posibilidad del contagio y por eso quien tocara a un leproso ya se le consideraba impuro y hasta se le apartaba de la vida de la comunidad. Pero Jesús lo tocó, lo limpió de su lepra, lo curó. ‘Quiero, queda limpio’.
Ya reflexionábamos en otro momento sobre la importancia de los gestos. De nuevo contemplamos este gesto de Jesús. A la humildad de aquel hombre que no venía con exigencias ni reclamaciones, ni con malos modos, se enfrenta, por así decirlo, el amor de Jesús que le llena de vida.
Vayamos en la vida tendiendo la mano para establecer esas buenas relaciones; vayamos en la vida acercándonos con sencillez a los otros ofreciendo lo que somos y tenemos, nuestras ideas y nuestra manera de hacer, para buscar como si todos unimos nuestras fuerzas y nuestras ideas podremos lograr muchas cosas hermosas para nuestra sociedad. Seamos capaces de colaborar, de conjuntarnos en nuestros trabajos y en nuestros deseos de hacer cosas buenas para lograr esa sociedad mejor, ese mundo mejor. En la colaboración podremos lograr cosas hermosas. Desterremos de nosotros acritudes, orgullos, autosuficiencias que son cosas que sobran; pongamos mucha humildad y sencillez para acercarnos a los otros, para la parte buena que en los otros hay y logremos esa  buena colaboración.
Muchas más reflexiones podríamos hacernos en este sentido y muchas más consecuencias podríamos sacar. Acerquémonos a los otros y digámosles también ‘si quieres…’ podríamos colaborar juntos para hacer que nuestro mundo sea mejor.