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sábado, 6 de marzo de 2021

Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

 


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

‘Se acercaron a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo… y los fariseos y los escribas lo criticaban: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Esto da pie para que Jesús nos proponga la hermosa parábola de la misericordia.

¿Quién necesitaba aprender a saborear lo que era la misericordia? ¿Lo habremos saboreado nosotros también o acaso nos tenemos por tan justos que nos decimos que no lo necesitamos?

Cumplidores no significa siempre lo mismo que justos; podemos convertir lo de cumplidores en una pantalla que oculte muchas cosas que llevamos en el corazón pero no querríamos que aparecieran en público, que lo supieran los demás. Porque con lo de cumplidor ocultamos con apariencias otras actitudes profundas que hay dentro de nosotros y que no queremos dejar relucir, pero ahí están.

Porque están nuestros juicios y consideraciones, por no decir condenaciones, que nos hacemos de los demás. Sí, como los fariseos que estaban juzgando a Jesús queriendo meterlo todo en el mismo saco como hacemos tantas veces cuanto queremos desprestigiar a los demás. Cómo tan fácilmente marcamos con un ‘sambenito’ a quien un día cometió un error y ya lo tenemos marcado de por vida, no somos capaces de admitir que esa persona pudo tener un momento de debilidad pero puede levantarse de su debilidad y ahora no volver a tropezar en la misma piedra. Sabemos que  el ‘sambenito’ era algo así como un sombrero o un cartel que habían de llevar de por vida quienes fueran condenados por ciertos delitos, porque para ellos parece que no hubiera perdón.

Seguimos marcando, en lugar de tender la mano para levantar, para ayudar a corregir, tender la mano para animar a la persona a que busque ayudas o recursos para rehacer su vida, lo que hacemos con nuestro desprecio hundir más en la miseria. Y esto es algo que sigue sucediendo y hasta en ámbitos que llamaríamos cristianos pero donde se tienen unas actitudes y posturas tan distintas a las del evangelio. Aislamos, separamos, alejamos de nosotros, no queremos mezclarnos, como hizo el hijo mayor de la parábola que no quiso mezclarse con su hermano, ni siquiera lo llamaba hermano,  no fue capaz de acercarse para darle un abrazo lleno de alegría por su vuelta a la casa paterna.

La primera parte de la parábola, es cierto, nos habla de la miseria del hijo menor, que reclamó al padre la parte de su herencia, no quiso vivir en la casa del padre y se marchó a lugares lejanos donde vivió de una manera disoluta envuelto en las miserias del pecado. Pero fue capaz de entrar en sí mismo, recapacitar y ser capaz de volver a la casa del padre, aunque aún le quedaban muchos miedos en su interior. ‘trátame como a uno de tus jornaleros’, intentaba decirle al padre porque no se consideraba digno de ser aceptado y acogido.

Pero si manifiesta la miseria del pecado – y siempre nos hemos detenido mucho en ello a la hora de comentar esta parábola – manifiesta también lo que es la misericordia de Dios expresada en la actitud del padre que le acoge, le trata como a un hijo que siempre fue a pesar de sus infidelidades, y preparó un banquete para la vuelta del hijo pródigo.

Pero el hijo mayor no entendía de estas cosas, no sabía saborear en su corazón lo que es el amor y la misericordia, porque estaba lleno de resentimientos, de cosas guardadas de mala manera en su corazón que ahora incluso le echa en cara al padre. Cumplidor, sí, pero con el corazón endurecido; cumplidor, sí, pero ignorante de lo que es la misericordia y la compasión; cumplidor, sí, pero incapaz de tener amor en sus entrañas.

Siempre decimos nos parecemos al hijo menor, por tantas veces que nos hemos marchado de la casa del padre, pero aun permaneciendo en la casa del padre, aunque solo fuera de una forma aparente, quizás qué lejos hemos estado de ese amor del padre, de esa misericordia divina, de ese sentirnos en verdad hermanos de todos aunque también tengan tantas debilidades como las que nosotros tenemos, si acaso nosotros no tenemos más.


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos. Saborear la misericordia abre nuestro corazón a Dios, pero es la llave que abre también nuestro corazón a los demás para sentirnos en verdad todos hermanos.

domingo, 15 de septiembre de 2019

El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios




El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Hoy estamos de fiesta. Sí, de fiesta. Y no es porque en mi pueblo se están celebrando estos días las fiestas del Cristo de Tacoronte, como en todos otros lugares en torno a este catorce de septiembre se celebren muchas fiestas. No es ese el camino por donde voy o a lo que queremos referirnos en el comentario al evangelio.
Claro que tendríamos que decir ya por adelantado de lo que vamos a comentar que cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía es eso lo que estamos haciendo. Estamos de fiesta. Es la fiesta de nuestra fe; es la fiesta de nuestro encuentro, del encuentro de los hermanos como una gran familia, de nuestro encuentro con el Señor. ¿No tendríamos que hacerlo siempre con esos sones de fiesta? Si no lo hacemos algo nos está fallando.
Pero fijémonos en la Palabra de Dios que hoy nos propone la liturgia. No habla sino de alegría y de fiesta. Es la alegría y la fiesta del pastor que ha encontrado la oveja que se le había extraviado; es la alegría y la fiesta de aquella mujer que había perdido allí en su propia casa una moneda valiosa y busca y rebusca hasta encontrarla y cuando la encuentra llama a sus amigas para compartir su alegría, hoy diríamos que se tomarían una taza de café juntas celebrando lo perdido y encontrado; es la fiesta del padre que hace un banquete y llama hasta los músicos para hacer una fiesta porque el hijo perdido ha vuelto a la casa, aunque aparezcan los tintes envidiosos del otro  hijo que no se alegra en la vuelta del hermano. Pero todo es fiesta.
Y es a lo que nos está invitando el Señor a que vivamos nuestra fe como una fiesta, con alegría desbordante que nos lleve no solo a celebrarla sino también a compartirla, a llamar a todos para decir cuanto nos ama Dios. Porque esa es la maravilla de la que  nos quiere hablar Jesús. Dios que nos ama y que nos busca aunque andemos perdidos, que nos enviará muchos mensajeros como nos dirá en otra parábola, pero que estará El también buscándonos como el pastor a la oveja perdida, o como padre paciente que esta a la puerta siempre esperando el regreso del hijo pródigo.
El evangelio nos dice que venían a escucharle los publicanos y los pecadores, mientras por allá andaban al acecho y siempre con sus críticas demoledoras los fariseos y los maestros de la ley que no terminaban de entender el mensaje de Jesús. ¿Cómo no iban a venir a escucharle los pobres y los humildes, los que nadie tenia en cuenta o los que eran despreciados por todos, los que estaban atribulados bajo tantos pesos o aquellos que eran discriminados de todos y nadie valoraba sino todo lo contrario, los pecadores, los publicanos?
Cuando escuchaban a Jesús tenían que sentir un gozo grande en el alma. Jesús les estaba hablando de un Dios que se acerca a todos y a nadie discrimina, a nadie quiere condenar como los condenan los demás, que nos tiene en cuenta a pesar de nuestras debilidades y de nuestros fracasos en la vida, que nos mira a los ojos porque quiere llegar a lo hondo del corazón, que no recrimina al pecador que ha sido débil porque no quiere hundirlo sino que a todos tiende su mano como fue en búsqueda del paralítico olvidado y al que nadie ayudaba, que se mezcla con los que son despreciados del mundo de los que se creen más justos o con más dotes de liderazgo. Tenían que sentir alegría en alma, sus corazones tenían que llenarse de esperanza, renacía la fe en sus vidas con deseos de algo nuevo.
Es una experiencia que nosotros también hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos amados de Dios. Dios nos tiene en cuenta, Dios nos ama. El mundo podrá mirarnos con malos ojos, los que se creen justos nos mirarán desde la distancia, pero Dios está a nuestro lado manifestándonos siempre su amor y pondrá muchos signos de su amor quizá en muchos que están a nuestro lado y si nos tienen en cuenta, nos ofrecen su amistad y su cariño que se convierte así en una manifestación de la ternura de Dios.
Tenemos que reconocer por un lado que quizá en la misma iglesia, en muchos cristianos que se creen justos no encontramos ese signo de la ternura de Dios; hay muchos leguleyos intransigentes como aquellos fariseos que todavía no han aprendido a perdonar y amar de verdad. Pero tenemos que reconocer que quizá en gente sencilla encontraremos esa amistad, esa cercanía, esas señales de la ternura de Dios para nuestra vida.
Y tenemos que aprender. Que nuestra comprensión, nuestro corazón compasivo y misericordia, que la sencillez de nuestros gestos y la humildad con que nos acercamos a los demás manifieste esa ternura de Dios. Es el mejor evangelio que podemos anunciar cuando ahora tanto hablamos de nueva evangelización. No nos quedemos en palabras, en gestos pomposos y aparatosos, sino vayamos por lo humilde, lo sencillo, los pequeños gestos y así nos convertiremos de verdad en evangelio de Dios. Así podremos celebrar con alegría esa fiesta a la que nos está invitando a Jesús. Que nuestros gestos y signos la hagan verdadera fiesta.

domingo, 31 de marzo de 2019

El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos


El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Dolor de un padre o de una madre es contemplar como un hijo marcha por malos caminos dejándose arrastrar por el vicio o la maldad que terminará hundiéndolo en la más penosa miseria; pero, no sé si decir más aun es el dolor del padre o de la madre que ve como el hijo se marcha lejos del amor y del calor de la casa del padre, o cuando contempla el enfrentamiento de los hermanos que los alejan entre sí y que al mismo tiempo rompen esa unidad y ese calor del hogar. Será el dolor callado en el silencio de las lágrimas amargas y el desgarro angustioso del corazón cuando ve que ya no reina el amor en aquello que tendría que ser un hogar que tendría que ser ese punto de encuentro que caldease los corazones para mantener el fuego del amor entre todos.
Hoy el evangelio nos propone la parábola que habitualmente llamamos del hijo pródigo, como si fuera uno solo de los hijos el que rompiese esa estabilidad del hogar. Siempre en nuestros comentarios nos fijamos en el hijo menor, el que se marchó lejos para gastar de mala manera la herencia del padre, y casi no nos fijamos en aquel que aun permaneciendo físicamente en el seno del hogar su corazón estaba bien lejos y en su orgullo y resentimiento se había también distanciado de lo que tenia que ser aquel amor de hogar.
Dolorosa tenía que haber sido la marcha del hijo menor del que nada sabía de sus andanzas y en eso casi siempre hemos abundado mucho en los comentarios, pero doloroso tenia que ser aquel distanciamiento silencioso lleno de desconfianza y resentimiento de quien tenia a su lado pero cuyo corazón se había alejado.
Pero era un corazón de padre que en su amor siempre estaba esperando el momento oportuno para ir al encuentro del hijo, del que volvía arrepentido, o del que estando allí tan cerca sin embargo no era capaz de sentir la alegría que su padre podía sentir en la vuelta del hermano pródigo.
Cuando el hijo mejor, postrado en la miseria no solo de quien no tiene que comer sino lo que es peor en la desconfianza de lo que podía ser el amor del padre y se atreve a iniciar el camino de regreso para al menos poder estar cerca y ser admitido aunque solo fuera como un jornalero más, es el padre el que acorta el camino del regreso, porque sale lleno de alegría a su encuentro queriendo hacer fiesta para que todos participen de la alegría del regreso del hijo que estaba perdido y fue encontrado, del  hijo que estaba muerto pero que ahora volvía a la vida.
Pero la fiesta no era completa. El hijo cumplidor, el que permanecía en sus tareas aunque solo fuera de una manera formal, aun no participaba de aquella alegría ni quería en ella participar. Cuando oye los alborotos de la música y de la fiesta y le dicen que su hermano ha regresado se niega a entrar y participar. No quería ni considerarlo como un hermano, sino que tal era la distancia que ya lo consideraba como un extraño al que despreciaba por su vida viciosa.
Afloran los viejos resentimientos en su corazón que siguen produciendo una honda división y distanciamiento. No es solo contra el hermano que se había marchado sino que era también contra el padre del que le parecía a él que no le atendía lo suficiente. Ante la insistencia del padre que viene también a su encuentro buscándole para que participe de aquella alegría y de aquella fiesta. No quiere entrar, no quiere participar de aquella alegría, en su orgullo quiere poner distancias y ya no es solo el distanciamiento con su hermano al que desprecia y al que ni siquiera llama así – ese hijo tuyo que se ha gastado todo en malas mujeres, le dice al padre -, sino es la distancia que quiere poner también con su padre.
Un retrato el de estos dos hijos que nos habla y describe bien muchas situaciones que nosotros vivimos en la vida en el desarrollo de nuestra vida personal tan llena de miserias y en nuestra relación con los demás.
Miserias que vivimos cuando queremos escoger nuestro camino a nuestra manera no importándonos tantas veces de las rupturas y de las distancias que ponemos en nuestra relación con los que convivimos cada día; miserias de nuestra vida cuando nos llenamos de desconfianzas y hasta desconfiamos del amor de quienes nos rodean y de la capacidad de comprensión que pueden tener los demás; miserias de nuestra vida en esos resentimientos orgullosos que tantas veces guardamos en el corazón y que van ahondando las distancias entre unos y otros, terminando quizás muchas veces enfrentados los unos con los otros; miserias cuando olvidamos lo que es el amor que Dios nos tiene que nunca nos fallará y siempre está como un padre bueno esperando nuestro regreso, o esperando nuestra decisión de reencontrarnos también con los demás hermanos.
Pero el retrato importante de la parábola es el retrato del padre, es el retrato de Dios. Cuánto podríamos decir. Es el Padre bueno que nos ama, que nos espera y que nos busca, como nos enseñará también Jesús en otras parábolas; el Padre bueno que sale a nuestro encuentro porque siempre tiene los brazos abiertos para la misericordia y para el perdón; el Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos.
Como  nos decía san Pablo hoy en su carta ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados…’ El es quien pone en nuestro corazón el reconocimiento de lo que son nuestros males y el arrepentimiento, es quien mueve nuestro corazón para que volvamos a su encuentro con la esperanza cierta de que en El siempre vamos a encontrar ese abrazo de amor. Pero como seguía diciendo el apóstol ‘nos ha confiado el mensaje de la reconciliación’.
Estamos llamados a seguir anunciando entre los hombres el mensaje de la fiesta de la vida, el mensaje de la reconciliación siendo capaces de llenarnos nosotros también de misericordia para acoger a nuestros hermanos, como nos decía el apóstol, ‘sin pedirle cuenta de sus pecados’. Hemos de saber quitar esas honduras que nos distancian y esas barreras que nos separan. Es lo que no hizo el hermano mayor con su hermano y lo que nos sentimos tentados nosotros de hacer tantas veces con los demás a los que siempre les estaremos recordando  sus errores y pecados.
Quienes nos gozamos en la alegría del perdón, así hemos de llenar de misericordia nuestro corazón.

sábado, 23 de marzo de 2019

Que en nuestra hambre no busquemos saciarnos en las algarrobas que nos ofrece el mundo sino busquemos el pan de la vida y del amor que en plenitud nos ofrece Jesús



Que en nuestra hambre no busquemos saciarnos en las algarrobas que nos ofrece el mundo sino busquemos el pan de la vida y del amor que en plenitud nos ofrece Jesús

 Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
¡Qué triste y doloroso es tener hambre y no tener o no saber con que alimentarse! Este pensamiento nos lleva a la realidad, es cierto, del hambre, de la pobreza, de la miseria que hay en nuestro mundo; pensamos en la comida material, en las necesidades materiales de las personas y tanto sufrimiento y muerte como genera cuando sería un problema que si tuviéramos más solidaridad los que nos decimos humanos podríamos poner solución – porque tenemos que preguntarnos qué clase de humanidad tenemos cuando lo permitimos -. 
Sabemos que es pan, pero sabemos también que necesitamos de otro pan que va más allá del hecho con harina y horneado. Es el hambre de dignidad, es el hambre de conocimiento y de saber, es el hambre que nos impide aspirar a sueños de algo mejor, es el hambre de humanidad y de encuentro, es el hambre que padecemos en tantas soledades con las que tenemos que cargar cuando no nos interesamos los unos por los otros, son tantas las hambres que afligen el corazón del hombre.
Hoy el evangelio, en esta hermosa parábola que nos ofrece, nos decía que al hijo menor ‘le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer’. Tenía hambre. El hambre era la miseria en que había caído; el hambre era el sentirse solo y lejos de su casa; el hambre era la situación de desesperanza en que se encontraba; el hambre era el desconocer que había un amor que le seguía amando pero que en su desesperación pensaba que ya nadie lo amaba; el hambre era el reconocimiento de su infidelidad y su pecado.
Quería salir, no sabia como porque en su oscuridad parecía que todas las puertas estaban cerradas. No se atrevía a dar pasos pensando en el rechazo, quería encontrar fórmulas distintas, porque desconfiaba de la formula del amor que era la única que le podía hacer salir de aquella situación. Soñaba, se comparaba con la situación de otras personas, se daba cuenta de lo que había dejado atrás y pensaba que nunca jamás podría recuperarlo.
¿Nos pasará a nosotros algo así, aunque nos cueste reconocer que también tenemos hambre? Es en lo que tenemos que recapacitar en este tiempo de Cuaresma que estamos recorriendo como una peregrinación. Nosotros sabemos sí que tenemos que mirar a la Pascua hacia la que caminamos y allí encontraremos el amor que nunca nos falla. Nos fallarán los que están a nuestro lado, fallaremos nosotros mismos en nuestra propia desconfianza, nos cuesta en ocasiones encontrar apoyos humanos, pero tenemos que reconocer que el Señor va poniendo señales en nuestro camino y siempre habrá alguien que confía en ti, te tiende una mano, te ayuda a dar los pasos necesarios para ir al encuentro del Padre que nos espera con su amor.
Algunas veces en la parábola nos olvidamos del otro hermano, del que parecía satisfecho, del que no quería reconocer que también tenía hambre en su desconfianza, en la cerrazón en que se había metido también cuando no quería aceptar al hermano, en el orgullo de creerse bueno y cumplidor pero que sin embargo su corazón estaba seco de amor.
Nos puede pasar a nosotros también. Nos creemos buenos y miramos por encima del hombro; nos creemos buenos y nos creemos merecedores de todo; nos creemos buenos y nos volvemos intransigentes, exigentes para con los demás, porque algo estará faltando en nuestro corazón. Que no se nos sequen nuestras raíces, que no se nos meta dentro la insensibilidad, que no miremos a la distancia a los otros porque los creemos pecadores. También hay hambre en nosotros.
Hay algo que nos puede saciar de verdad y es el amor que Dios nos tiene y en el que hemos de envolver nuestra vida. Es lo que saciará de verdad nuestro corazón y que encontraremos en abundancia infinita en el que es el compasivo y misericordioso. Vayamos al encuentro del Señor y dejémonos abrazar por su amor.

sábado, 18 de marzo de 2017

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
Pareciera que la vida se nos va de las manos. Y no me refiero a la temporalidad y que un día se puede acabar todo porque nos llegue el final de los días cuando menos lo esperemos. La vida se nos va de las manos cuando no sabemos controlar, ni controlamos las cosas que nos vienen o que nos suceden, ni nos controlamos a nosotros mismos. Entramos en un mal camino y luego parece que todo es una pendiente donde no podemos detenernos y nos cuesta volver atrás, rehacer lo que hicimos mal, o más peligroso aun, casi no nos damos cuenta que estamos en esa pendiente que adquiere cada vez mayor velocidad.
Es cuando entramos en el camino del mal y nos cuesta reconocerlo, nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a revisar lo que estamos haciendo; nos cuesta reconocer nuestros tropiezos, nuestros errores, nuestras caídas. Muy mal tenemos que vernos  para que intentemos hacer una parada de reflexión. Quizás entonces comparamos como ahora estamos con lo que éramos antes, lo que seria nuestra vida si no hubiéramos caído por esa pendiente.
Pero ahora se nos hace cuesta arriba comenzar a recapitular, intentar comenzar de nuevo; parece que ni creemos en nosotros mismos ni creemos en que podamos ser aceptados por los demás; como también en nuestra cerrazón nos puede suceder que seamos nosotros los que no aceptemos a los demás y encima nos atrevamos a juzgar y a condenar. No queremos ver que al final pueda haber alguien esperándonos, alguien que siga creyendo en nosotros, alguien que, a pesar  de todo lo que hayamos hecho, pueda darnos un abrazo de confianza, que nos llene de paz, que nos haga en verdad comenzar una vida nueva.
Por eso no nos atrevemos a recomenzar el camino; le damos vueltas y vueltas, buscamos algún escape, alguna solución porque no confiamos en que puedan seguir confiando en nosotros; quisiéramos estar cerca de nuevo de aquellos que sabemos que nos amaban y desconfiamos si ahora nos siguen amando. Quizá hayamos tenido tantos fracasos con los que pensábamos que eran amigos y nos dejaron tirados, que ahora nos cueste comenzar a confiar de nuevo. Quizá al final nos atrevamos a dar algún paso y pensamos y repensamos qué es lo que vamos a decir, como nos vamos a disculpar, de qué manera y con qué cara nos atrevemos a pedir perdón.
Quizás al hilo de esta reflexión en voz alta nos estaremos dando cuenta de que es de lo que Jesús nos habla hoy en el evangelio con la parábola. Esa parábola en la que nos creemos que nosotros, o aquel en quien nos retratamos, es el protagonista. Pero el verdadero protagonista es aquel que está allá esperándonos, el que estaba esperando al hijo, porque para él seguía siendo su hijo aunque estuviera perdido, aunque pareciera que estaba muerto, y solo estaba esperando el primer gesto de querer volver para salir a su encuentro.
Somos protagonistas, es cierto, en parte, porque el verdadero protagonista es el Padre que nos está esperando; es el abrazo del amor misericordioso y compasivo de Dios que sigue confiando en nosotros, aunque nos hayamos marchado, aunque guardemos muchas amarguras en el corazón como le sucedía el hijo mayor. Porque hay dos retratos de hijos que en fin de cuentas son un mismo retrato de momentos distintos por los que pasamos en la vida. Pero el gran retrato que siempre hemos de tener en cuenta es el del Padre que nos espera, que nos ama, que nos da el abrazo de la reconciliación y de la paz, que se llena de alegría y nos hace entrar en una nueva orbita de felicidad porque nos ofrece un banquete nuevo de amor.
No dejemos que la vida se nos vaya de las manos y caigamos en esas pendientes; pensemos siempre en el amor de Dios que es siempre fiel en su amor y nos espera y confía en nosotros. Y aprendemos algo más, aprendamos a tener nuevas actitudes con el caído que podamos encontrarnos en el camino; seamos siempre capaces de tender una mano para ayudarlo a levantarse ofreciéndolo siempre la confianza del amor.

sábado, 27 de febrero de 2016

Nos sentimos pecadores porque nuestros orgullos y autosuficiencias nos alejan de los demás y de Dios que siempre es misericordioso y nos busca

Nos sentimos pecadores porque nuestros orgullos y autosuficiencias nos alejan de los demás y de Dios que siempre es misericordioso y nos busca

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Qué distantes estamos los hombres con nuestras posturas y actitudes ante los demás de lo que es el amor misericordioso de Dios. Siempre estamos poniendo nuestras reticencias y desconfianzas, nuestros prejuicios y nuestras condenas ante lo que no nos gusta de los demás. Andamos con nuestras suspicacias, no nos creemos que el otro pueda cambiar de su vida, marcamos para siempre y no le damos la oportunidad de que pueda comenzar de nuevo con una nueva vida. Nos cuesta comprender lo que es la comprensión y la misericordia y autosuficientes nos creemos siempre los mejores y nos cuesta acercarnos a los demás haciendo discriminaciones con nuestros juicios y actitudes. Tenemos que bajarnos de ese caballo del orgullo de creernos los mejores para saber estar siempre a la altura del otro, porque siempre será mi hermano, aunque me cueste reconocerlo.
Es una primera reflexión que me hago ante el episodio que nos cuenta el evangelio y la parábola que Jesús a continuación nos propone. Nos habla el evangelio – y ese es el episodio – de cómo a Jesús se acercan los publicanos y pecadores para escucharle, y como incluso en otras ocasiones veremos a Jesús tan cerca de ellos que con ellos se sienta a la misma mesa a comer. Era algo incomprensible para los fariseos que se creían justos y no querían juntarse con los que ellos llamaban pecadores porque les parecía que su santidad solo por ese contacto ya podría quedar manchada. ‘Murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos’.
Es por lo que Jesús les propone la parábola que llamamos siempre del hijo pródigo fijándonos sobre todo en el hijo que se marchó de casa pero que tendríamos que llamar del ‘padre misericordioso’ porque es el corazón de Dios lo que Jesús nos quiere retratar. Fácilmente olvidamos en nuestros comentarios y reflexiones la postura del hijo mayor, el que no se fue de casa, pero que retrata muy bien la actitud de aquellos fariseos que por sus comentarios motivan esta parábola de Jesús.
Es cierto que nos vemos en el hijo pródigo, en el hijo pecador que tantas veces nos marchamos de la casa del padre con nuestros pecados; es cierto que tenemos que contemplar ese corazón misericordioso de Dios tan bien retratado en aquel padre que acoge y abraza a su hijo a la vuelta a casa haciendo fiesta porque ha recobrado al hijo perdido, al hijo que consideraba ya muerto; pero es cierto también que tenemos que reconocernos en ese hijo mayor, ‘el bueno’, el que se creía bueno, porque retrata también muchas actitudes nuestras, muchas posturas, nuestros orgullos y autosuficiencias, nuestras justificaciones y hasta nuestras exigencias porque nos consideramos bueno y no merecemos que nos puedan pasar cosas malas.
Nos miramos y vemos nuestra realidad. Pero levantamos nuestros ojos y vemos al Padre bueno que nos busca porque se complace en su misericordia, al Buen Pastor que va a buscar a la oveja perdida, que no es solo la que se fue por los barrancos y los zarzales, sino que quizá allí cerca estamos pero con el corazón muy distante de saborear lo que es el amor, la compasión y la misericordia.
‘El Señor es compasivo y misericordioso’. Saboreemos esa compasión y misericordia siéndolo nosotros con los demás.


sábado, 22 de marzo de 2014

Los esquemas de Dios solo se miden desde el amor y por amor



Los esquemas de Dios solo se miden desde el amor y por amor

Miq. 7, 14-15.18-20; Sal. 102; Lc. 15, 1-3. 11-32
Dios rompe todos los moldes; los esquemas y lógicas que nos parecen a nosotros los mejores no valen para Dios. Su ser es el amor y al amor verdadero no le podemos poner barreras.
Es por lo que los fariseos y los maestros de la ley no entienden a Jesús. Ellos tenían sus esquemas, su manera de entender las cosas, la religión, lo que les parecía a ellos lo mejor para el pueblo, quizá para tenerlo bajo su yugo; por eso  no terminan de entender a Jesús. Les parece un hombre bueno, un hombre religioso, pero les desconcierta su manera de actuar, aunque su actuar está en congruencia total con lo que enseña. Pero para ellos siendo un hombre de Dios como les parece que pueda ser dada las cosas que hace, no les cabe en la cabeza ahora que se siente a comer con publicanos y pecadores. ¡Vaya escándalo! ‘Acoge a los pecadores y come con ellos’.
Pero la Buena Noticia que está anunciando Jesús de un Reino nuevo no tiene sino el sentido del amor verdadero. Y así se manifestará Jesús. Así será también lo que nos enseñe. Y ese será el sentido del vivir de sus discípulos.
Y para que lo entendamos todo muy Jesús se nos explica con parábolas. Hoy nos ha hablado de un padre que tiene dos hijos; buenos chicos, podríamos decir, pero los jóvenes tienen sus sueños y sus  deseos de libertad a su manera, aunque son bien diferentes el uno del otro. El mayor parece más cumplidor porque estará para siempre en la casa,  pero habría que estudiarle el corazón. El menor tiene la cabeza en otro lado y quiere marcharse. Ya hemos escuchado el relato de la parábola. Ruega, pide y poco menos que exige al padre la parte de la herencia que un día le habría de corresponder y cuando lo consigue se marcha. Ya vemos por donde va a correr el dinero y su vida y donde acabará. Cuánto se parece a nosotros y a lo que sigue sucediendo en todos los tiempos con nuestras ansias de libertad a nuestra manera que parece que nos vamos a comer el mundo.
Un día recapacitará, pero será cuando se vea hundido del todo y sin salidas. El que un día no quería quedarse en casa de su padre porque aquello le parecía una esclavitud y él ansiaba libertad, ahora añora la casa del padre, pero no sabe cómo puede volver. No conoce a su padre, a pesar de haber pasado mucho tiempo antes cerca de él, pero quizá estaba muy lejos y no había captado las señales del amor. Pero el amor estaba esperando. No se consideraba digno y quería regresar aunque solo fuera por un plato de comida, pero siente miedo en su corazón.
El padre le esperaba sin reproches ni malos gestos. El padre le esperaba con los brazos abiertos y dispuesto a hacer fiesta en su regreso. El padre le esperaba aunque grande había sido la ofensa que el hijo le había inflingido, pero el amor siempre quiere hacer recuperar la dignidad perdida. Es su hijo; tiene que vestir como los hijos; tiene que llevar en su dedo el anillo de los hijos. Así es el amor del padre, así es el amor de Dios.
Porque el padre es el verdadero protagonista; no nos creamos nosotros protagonistas porque volvemos, sino que el protagonista es Dios que nos recibe porque nos ama. Qué grande es el amor y la misericordia de Dios. No pregunta ni reprocha, solo acoge y ama con un amor eterno. Tenemos que aprender a conocer a Dios de verdad y todo lo que es su amor, para que no nos pase como a aquellos hijos; uno porque no se atrevía a volver a la casa de padre porque no se consideraba digno, el otro porque no termina de aprender la lección del padre y siempre está reprochando y rezongando, sin querer aceptar al hermano.
Cargamos todas las tintas negras en el hijo que se marchó pero no nos damos cuenta que quizá nos parecemos al otro hijo porque no queremos aceptar al hermano; ni siquiera lo llamo hermano. Cuántos reproches nos hacemos unos a otros cuando tendríamos que comportarnos como buenos hermanos sabiendo que todos tenemos debilidades y de una forma o de otra todos descarriamos alguna vez. Así andamos por la vida queriendo dar facha de buenos cuando en nuestro interior, si con toda sinceridad lo miramos, nos damos cuentas de cuantas negruras guardamos en relación a los demás. Como aquel hijo que parecía bueno, pero que se quedaba en el formalismo de haberse quedado en casa.
¡Qué distintos son los esquemas de Dios donde el amor no lo podemos encerrar en ningún molde!