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jueves, 4 de noviembre de 2021

Aprendamos de Jesús que no le importaba que publicanos y mujeres pecadoras le siguieran porque a todos aceptaba y de la misma manera a todos se acercaba

 


Aprendamos de Jesús que no le importaba que publicanos y mujeres pecadoras le siguieran porque a todos aceptaba y de la misma manera a todos se acercaba

Romanos 14, 7- 12; Sal 26;  Lucas 15, 1-10

Mira con quién andas, quizás nos recomendaron cuando éramos muchachos en el buen deseo de que no nos rodeáramos de malas compañías, y quizás pueda ser la recomendación que nosotros hagamos también. Pero el sentido de esta frase puede tener también otras connotaciones, cuando nos señalan o nosotros señalamos a alguien por la gente de la que nos rodeamos o de la que se rodea a quien nosotros ya ponemos en entredicho. Puede tener una carga de discriminación y de desprecio, porque no queremos que nos vean con toda clase de gente, o juzgamos a alguien simplemente muchas veces por las apariencias. Y no es menos cuando prejuzgamos y condenamos a las personas.

Le pasaba a Jesús a quienes muchos andaban prejuzgando porque se rodeaba de toda clase de personas. Siempre habrá algún puritano en la vida que estará queriendo mirar con lupa la vida de los demás y nos estará mirando también según la clase de personas a las que frecuentemos. Y muchas veces también en la vida queremos ir haciendo alardes de personas rectas y respetables y puede ser que no queramos que nos vean con toda clase de personas. Pero eso no es el estilo de Jesús ni puede ser el estilo de quienes nos decimos seguidores de Jesús.

A Jesús se acercaban todos. En Jesús no había ningún tipo de discriminación; no le importaba que entre sus seguidores hubiera publicanos y mujeres pecadoras, y a todos aceptaba y dejaba que se acercaran a El, como de la misma manera El se acercaba a todos. Es a lo que nos hace referencia el evangelio de hoy. ‘Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos…’

Son posturas, gestos, actitudes que veremos repetidamente en el evangelio. Va a hospedarse a casa de Zaqueo el publicano; deja que una mujer pecadora se acerque a sus pies para lavárselos con sus lágrimas y ungirlos con caro perfume; asistirá al banquete que hace Leví cuando Jesús lo llama a seguirle y no le importa que en la mesa se sienten también los publicanos recaudadores de impuestos amigos de Leví; defenderá a la mujer adultera que están condenando a ser apedreada; ahora vemos que son muchos los pecadores, los publicanos, que se acercan a Jesús y motiva el comentario, como en otras ocasiones, de los fariseos contra Jesús. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.

Ya en otro momento había dicho que el médico no es para los sanos sino para los que están enfermos y el Hijo del Hombre, nos viene a decir hoy con sus parábolas, ha venido a buscar la oveja perdida, a rebuscar en la casa hasta encontrar la moneda extraviada. ¿Y no vale más una persona que buscamos para llevar a buen camino que una oveja o una moneda por muy preciosa que sea? Es la alegría del pastor, es el gozo de la mujer que comparten con todos lo que han sentido cuando se han encontrado con lo perdido; es el gozo del cielo por un solo pecador que se convierta.

Es la misión y la tarea de la Iglesia. El anuncio de la buena nueva de Jesús no tiene otro objetivo que hacer comprender al pecador que Dios le ama y que merece la pena la vuelta atrás del camino que estamos haciendo para volver a encontrarnos con el Padre que nos ama y que nos espera con los brazos abiertos. Es lo que cada uno de nosotros tendría que sentir en su interior y es la búsqueda que siempre tendremos que estar haciendo para que todos vayan de nuevo al encuentro con Jesús. ¿En verdad será algo que nos preocupa? Una pregunta que tenemos que tomarnos muy en serio.

Pero han de ser también las actitudes nuevas que nosotros hemos de saber tener para que nunca discriminemos, para que nunca rehuyamos la presencia de nadie a nuestro lado, para que seamos nosotros los que vayamos al encuentro de esos que otros consideran unos perdidos y de los que todos se alejan, para que nunca miremos por encima del hombro a ninguna persona ni la prejuzguemos por su apariencia ni la marquemos con el sambenito que nunca quitamos de sobre su cabeza por lo que haya hecho.

Cuidado que esas malas actitudes de prejuicios, de discriminaciones y de condenas muchas veces se nos pueden meter incluso en cualquier esquina de la Iglesia. ¿Has pensado como se puede sentir esa persona a la que desprecian o a la que no permiten ciertas actividades en la Iglesia por algo que en algún mal momento de su vida haya podido hacer? muchas personas con esas heridas caminan por el mundo y por la Iglesia.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

 


Como el pastor que busca la oveja perdida porque para él tiene su valor e importancia, buscamos y nos preocupamos del valor y de la dignidad de toda vida y toda persona

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Quizás en una civilización más urbana como la que estamos viviendo algunos no terminen de entender toda la hondura que quieren expresar algunas parábolas de Jesús como las que hoy nos propone nacidas más en un contexto rural y agrario, de trashumancia de ganados y del cuidado de aquellos animales que les servían para su sustento, pero que significaban mucho más en sus vidas. Hoy un poco lo vamos sustituyendo en nuestras ciudades y hasta en nuestros campos con las mascotas que adquirimos como animales que nos acompañan y que quienes los tienen saben de la relación entrañable que se puede establecer entre los humanos y sus animales de compañía.

Para algunos escuchar esta parábola que nos habla del pastor que hace lo imposible por encontrar a la oveja perdida quizás les pueda decir poco desde ese sentido urbano del que hemos hablado y una pérdida para alguno pueda significar un daño colateral a otras circunstancias que se puedan vivir y entonces no se le dé importancia. Son cosas que pasan dirán algunos. Pero Jesús nos está diciendo que para aquel pastor sí tiene importancia, como importancia tiene la moneda extraviada en la casa y que la mujer busca con tanto ahínco. ¿Una joya? ¿un recuerdo familiar? ¿el significado de un primer salario? ¿una herencia de antepasados que nos trae recuerdos e historias familiares vividas? Para aquella mujer no era una simple moneda. Tanto uno como otro al encontrar lo perdido o lo extraviado invitarán a sus amigos a unirse a la alegría y a la fiesta por haberlo recuperado.

Jesús ha propuesto la parábola en un entorno concreto; El buscaba a los pecadores y a los publicanos y no le importaba mezclarse con quien fuera con tal de ganar a alguno. Pensamos fácilmente en la salvación que Jesús nos está ofreciendo cuando a todos ofrece su perdón, a todos llama y a ninguno rechaza, cosa que no entenderán los escribas y los fariseos tan preocupados por sus purezas legales. ¿Cómo Jesús iba a sentar a su mesa a aquellos pecadores? ¿Pero Jesús no se había sentado también a la mesa del fariseo cuando tantas veces había denunciado su obstinación y su pecado?


Pero Jesús nos está hablando de algo todavía, podíamos decir, más profundo e importante. Nos está enseñando el valor de toda persona. Será algo que veremos repetido en el evangelio. Da igual la etiqueta de dignidad que nosotros les pongamos a los demás, porque ya sabemos cómo andamos con nuestras discriminaciones, nuestros separatismos, nuestros racismos… Todo ser humano tiene su dignidad y su grandeza, es una persona y en nuestro humanismo y antropología cristiana decimos más, porque decimos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso toda persona merece nuestro respeto, nuestra atención, nuestro cuidado.

Por eso cuidamos la vida, toda vida, aunque algunos hoy que se tienen por muy avanzados nos digan que hay vidas que no merecen existir por sus deficiencias, por sus enfermedades, por sus limitaciones y no sé cuantas cosas más que nos decimos. Importa poco hoy eliminar una vida que se está gestando en el seno de su madre, y lo mismo buscamos la eutanasia para eliminar a aquellos que ya consideramos inservibles para la sociedad. Pueden parecer fuertes estas palabras pero es en realidad lo que se está haciendo o se quiere hacer en nuestra sociedad.

Por eso buscamos, cuidamos, valoramos, nos preocupamos de todo ser humano; no los podemos dejar a su suerte; hemos de preocuparnos de su dignidad y de su grandeza como personas y así hemos de tratarlos; y queremos la mayor dignidad para toda persona, como también nos preocupamos de su salvación, de arrancarlos de esos pozos hondos en los que algunos quieren hundirse destrozando sus vidas y ya sabemos de cuántas maneras hoy nos podemos destrozar la vida.

Tenemos que sentir esa inquietud en el corazón, tenemos que saber poner manos a la obra, ponernos en camino para ir siempre al encuentro del otro al que siempre podemos ofrecerle vida, luz, sentido, valor para su existencia. Está en nuestras manos hacerlo. Nos lo está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. Que sintamos también la alegría cuando ayudamos a recuperar la dignidad de alguien que se encontraba hundido en las miserias de la vida.

 

jueves, 7 de noviembre de 2019

Ojalá supiéramos alegrarnos con las alegrías de los demás, sentir como nuestras las cosas aunque nos parezcan insignificantes que les suceden a los otros


Ojalá supiéramos alegrarnos con las alegrías de los demás, sentir como nuestras las cosas aunque nos parezcan insignificantes que les suceden a los otros

Romanos 14, 7- 12; Sal 26; Lucas 15, 1-10
Cuántas cosas bonitas se suceden continuamente en la vida y a las que quizá parece que no le damos importancia, pero que sin embargo van amasando la amistad, haciendo crecer la confianza y la convivencia, muestran la cercanía con que vivimos los unos con los otros y nos hace caminar con una alegría que no podemos describir pero que todos en esa bonita convivencia llevamos dentro.
Son esos momentos de placidez donde nos ponemos a charlar, a contar nuestras cosas, a compartir aquello bueno que nos va sucediendo, o son esos momentos en que corremos a contarle al vecino o al familiar más cercano aquello que nos ha sucedido y que no nos podemos aguantar dentro de nosotros sin compartirlo con los demás.
Son esos saludos al paso de la calle cuando nos encontramos con el amigo y nos detenemos para charlar, para interesarnos quizá simplemente por nuestra salud o cómo están las nuestros pero que, como decíamos, amasan nuestra amistad y hacen crecer el cariño que nos tenemos unos a otros.
Mirémoslo en positivo, que ya sé que alguien me va a decir que esos momentos son oportunos para la crítica y la murmuración, pero no tenemos que mirarlo siempre desde el lado oscuro, sino descubrir la luz que proyectamos con nuestra cercanía a los demás y con nuestro compartir; compartir no tiene que ser siempre cosas materiales, sino que compartir es esa conversación en la que charlamos de lo que llevamos dentro, de nuestras alegrías o de nuestras preocupaciones.
Me ha dado pie a esta consideración inicial, aunque nos pudiera parecer que no tiene mucho que ver con el evangelio que escuchamos hoy, en ese detalle del pastor que llama a los amigos para contarle lo que le ha sucedido, o la mujer que llama a las vecinas para compartir la alegría de la joya o moneda que se le había extraviado y al final la había encontrado. Compartían con los amigos, compartían con las vecinas sus alegrías, lo que eran los pequeños detalles de la vida. Ojalá supiéramos hacerlo para alegrarnos con las alegrías de los demás, para sentir como nuestras las cosas aunque nos parezcan insignificantes que les suceden a los otros.
Jesús utiliza esa experiencia humana para trascender a algo más grande que es la búsqueda de Dios que viene a nuestro encuentro cuando andamos perdidos y que nos quiere hacer participar de la alegría de su corazón. El gozo de Dios que es la expresión de su amor por nosotros y que buscará siempre que andemos por caminos de bien. Ese gozo de Dios que hemos de ir viviendo y experimentando también en todo lo que por nuestra parte sea un participar en el gozo de los que están a nuestro lado y en esos buenos deseos que siempre nos hemos de tener los unos a los otros.
Menos perdidos andaríamos por los caminos de la vida si supiéramos vivir esa cercanía con el hermano, con el que camina a nuestro lado, esa preocupación por sentir también como algo nuestro lo que le sucede al otro, ese por nuestra parte compartir también con el otro lo que son nuestras preocupaciones y nuestras alegrías; no andaríamos aislado como tantas veces nos sucede y cuando andamos aislados fácilmente podemos caer por muchas barranqueras de la vida y ya nos costará salir, arrancarnos de esas situaciones que nos hunden. Si viviéramos en esa cercanía de los uno con lo otros siempre vamos a encontrar esa mano amiga cuando caemos o siempre podemos ofrecer nuestra mano amiga cuando nos encontramos con algún caído en el camino de la vida.
Y esas actitudes son las alegrías del cielo. Ojalá supiéramos vivir esas actitudes bonitas de amistad y de cercanía con los que están a nuestro lado, que tantas veces olvidamos.

domingo, 15 de septiembre de 2019

El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios




El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Hoy estamos de fiesta. Sí, de fiesta. Y no es porque en mi pueblo se están celebrando estos días las fiestas del Cristo de Tacoronte, como en todos otros lugares en torno a este catorce de septiembre se celebren muchas fiestas. No es ese el camino por donde voy o a lo que queremos referirnos en el comentario al evangelio.
Claro que tendríamos que decir ya por adelantado de lo que vamos a comentar que cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía es eso lo que estamos haciendo. Estamos de fiesta. Es la fiesta de nuestra fe; es la fiesta de nuestro encuentro, del encuentro de los hermanos como una gran familia, de nuestro encuentro con el Señor. ¿No tendríamos que hacerlo siempre con esos sones de fiesta? Si no lo hacemos algo nos está fallando.
Pero fijémonos en la Palabra de Dios que hoy nos propone la liturgia. No habla sino de alegría y de fiesta. Es la alegría y la fiesta del pastor que ha encontrado la oveja que se le había extraviado; es la alegría y la fiesta de aquella mujer que había perdido allí en su propia casa una moneda valiosa y busca y rebusca hasta encontrarla y cuando la encuentra llama a sus amigas para compartir su alegría, hoy diríamos que se tomarían una taza de café juntas celebrando lo perdido y encontrado; es la fiesta del padre que hace un banquete y llama hasta los músicos para hacer una fiesta porque el hijo perdido ha vuelto a la casa, aunque aparezcan los tintes envidiosos del otro  hijo que no se alegra en la vuelta del hermano. Pero todo es fiesta.
Y es a lo que nos está invitando el Señor a que vivamos nuestra fe como una fiesta, con alegría desbordante que nos lleve no solo a celebrarla sino también a compartirla, a llamar a todos para decir cuanto nos ama Dios. Porque esa es la maravilla de la que  nos quiere hablar Jesús. Dios que nos ama y que nos busca aunque andemos perdidos, que nos enviará muchos mensajeros como nos dirá en otra parábola, pero que estará El también buscándonos como el pastor a la oveja perdida, o como padre paciente que esta a la puerta siempre esperando el regreso del hijo pródigo.
El evangelio nos dice que venían a escucharle los publicanos y los pecadores, mientras por allá andaban al acecho y siempre con sus críticas demoledoras los fariseos y los maestros de la ley que no terminaban de entender el mensaje de Jesús. ¿Cómo no iban a venir a escucharle los pobres y los humildes, los que nadie tenia en cuenta o los que eran despreciados por todos, los que estaban atribulados bajo tantos pesos o aquellos que eran discriminados de todos y nadie valoraba sino todo lo contrario, los pecadores, los publicanos?
Cuando escuchaban a Jesús tenían que sentir un gozo grande en el alma. Jesús les estaba hablando de un Dios que se acerca a todos y a nadie discrimina, a nadie quiere condenar como los condenan los demás, que nos tiene en cuenta a pesar de nuestras debilidades y de nuestros fracasos en la vida, que nos mira a los ojos porque quiere llegar a lo hondo del corazón, que no recrimina al pecador que ha sido débil porque no quiere hundirlo sino que a todos tiende su mano como fue en búsqueda del paralítico olvidado y al que nadie ayudaba, que se mezcla con los que son despreciados del mundo de los que se creen más justos o con más dotes de liderazgo. Tenían que sentir alegría en alma, sus corazones tenían que llenarse de esperanza, renacía la fe en sus vidas con deseos de algo nuevo.
Es una experiencia que nosotros también hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos amados de Dios. Dios nos tiene en cuenta, Dios nos ama. El mundo podrá mirarnos con malos ojos, los que se creen justos nos mirarán desde la distancia, pero Dios está a nuestro lado manifestándonos siempre su amor y pondrá muchos signos de su amor quizá en muchos que están a nuestro lado y si nos tienen en cuenta, nos ofrecen su amistad y su cariño que se convierte así en una manifestación de la ternura de Dios.
Tenemos que reconocer por un lado que quizá en la misma iglesia, en muchos cristianos que se creen justos no encontramos ese signo de la ternura de Dios; hay muchos leguleyos intransigentes como aquellos fariseos que todavía no han aprendido a perdonar y amar de verdad. Pero tenemos que reconocer que quizá en gente sencilla encontraremos esa amistad, esa cercanía, esas señales de la ternura de Dios para nuestra vida.
Y tenemos que aprender. Que nuestra comprensión, nuestro corazón compasivo y misericordia, que la sencillez de nuestros gestos y la humildad con que nos acercamos a los demás manifieste esa ternura de Dios. Es el mejor evangelio que podemos anunciar cuando ahora tanto hablamos de nueva evangelización. No nos quedemos en palabras, en gestos pomposos y aparatosos, sino vayamos por lo humilde, lo sencillo, los pequeños gestos y así nos convertiremos de verdad en evangelio de Dios. Así podremos celebrar con alegría esa fiesta a la que nos está invitando a Jesús. Que nuestros gestos y signos la hagan verdadera fiesta.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar


Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar

Fílipenses 3,3-8ª; Sal 104; Lucas 15,1-10

Es muy bucólica la imagen del pastor con la oveja sobre sus hombros al encuentro de nuevo con el rebaño que sabiamente guía acompañado de sus pastores. Es el cordero pequeño, es la oveja malherida, el la que se perdió y hubo que buscarla entre zarzales y barrancos. Pero nos quedamos describiendo un paisaje ensoñador que llevaría nuestra mente por lugares que ya los urbanitas ni nos imaginamos ni conocemos, sino que queremos ahondar en esa imagen que hoy nos presenta Jesús en el Evangelio.
Los fariseos y los escribas habían estado murmurando sobre esa nueva manera de actuar de Jesús. No se queda Jesús solo en los que ya son buenos o se creen buenos, sino que la cercanía de Jesús es a todos, a nadie excluye, y si preferencia tiene es por los pobres y enfermos y por los pecadores. Esto es lo que ahora critican, que se mezcle con la gente pecadora, que se haya hecho amigo también de los publicanos porque incluso come con ellos o los acepta a su mesa. Y eso, para los puritanos fariseos, es inconcebible. Mezclarse con los pecadores que son impuros nos puede llenar a nosotros de impureza, es su manera de ver las cosas desde su puritanismo.
La actitud de Jesús es otra, su manera de actuar es distinta. El es el médico, como nos dirá, que viene a curar a los enfermos, pero  no solo espera a que vengan hasta El en busca de salud, sino que El va a su encuentro.
Llamó a Zaqueo, deteniéndose delante de la higuera en Jericó, para ir a comer en su casa, porque aquel día iba a ser un día de salvación. Invitó a publicano Leví a seguirle para hacerle no solo discípulo sino confiarle incluso el ser del número de los Apóstoles. Aceptó las lágrimas y perfumes de aquella mujer pecadora que se introdujo en la sala del banquete en casa de Simón el fariseo, porque aunque era y se sentía pecadora, Jesús veía en ella el amor de su corazón. Aunque Pedro se considera indigno pecador y quiere apartarse de Jesús cuando lo de la pesca milagrosa, le dirá que va a ser pescador de hombres, confiándole también una misión aunque un día más tarde le negara ante una criada.
Y así podríamos seguir con las páginas del evangelio o con las páginas de la historia. Saulo era perseguidor de Jesús y sus seguidores, y lo convirtió en el Pablo que llevaría el evangelio por toda la cuenca del Mediterráneo. Agustín era un agnóstico y pecador que retrasaba una y otra vez el bautismo, pero llegaría ser el san Agustín padre y maestro por sus enseñanzas no solo en su tiempo sino a lo largo de los siglos. Ignacio se dedicaba a sus batallas, pero un día sintió la llamada del Señor y comenzaría su andadura de ser apóstol y a través de su compañía de Jesús a través de los siglos. Podríamos recordar muchos santos que un día se convirtieron de su vida pecadora porque sintieron que de una forma o de otra Dios llegaba a sus vidas, para ser luego esos testigos de fe que nos estimulan con el ejemplo y testimonio de sus vidas.
Es lo que Jesús nos viene a decir con las dos pequeñas alegorías o parábolas que hoy nos propone en el evangelio. Por una parte la parábola del pastor que busca a la oveja perdida a la que hacíamos referencia al principio de esta reflexión, pero también la de la mujer que busca afanosamente la moneda que se le había perdido, expresándose luego uno y otro con gran alegría por la oveja socorrida o por la moneda extraviada y ahora encontrada.
Es el Señor que sale a nuestro encuentro allá en los barrancos de la vida donde tantas veces nos podemos encontrar. El viene a tendernos su mano, a hacernos escuchar su voz, a mover nuestro corazón, a impulsarnos a nuevos caminos, a que emprendamos de una vez por todas el camino de su seguimiento. Podemos cambiar, podemos transformar nuestras vidas, podemos comenzar un camino nuevo. Jesús nos va a llevar sobre sus hombros.
Como pueden cambiar tantos a nuestro lado de los que quizá tantas veces desconfiamos. Porque de una forma o de otra seguimos con unas actitudes semejantes a las de aquellos fariseos de que nos habla el evangelio que criticaban a Jesús. Quizá pueda ser un buen inicio de cambio en nuestra vida que cambiemos esas actitudes que nos aparecen de tanto en tanto en nuestro interior con desconfianzas y con suspicacias hacia los otros. Jesús viene a nosotros y algo nuevo tiene que comenzar a gestarse en nuestro corazón.

martes, 12 de diciembre de 2017

Aprendamos a tener ese gesto sencillo, esa mano tendida, ese acercamiento sincero para con el otro dando siempre esa segunda oportunidad como el Buen Pastor hace con nosotros

Aprendamos a tener ese gesto sencillo, esa mano tendida, ese acercamiento sincero para con el otro dando siempre esa segunda oportunidad como el Buen Pastor hace con nosotros

Isaías 40,1-11; Sal 95; Mateo 18,12-14

‘¡Qué se le va a hacer! El se lo ha buscado, ha escogido su camino y así anda…’ cosas así pensamos algunas veces cuando vemos a una persona que ha tomado caminos no buenos y negativamente nos quedamos en una pasividad, lamentándonos quizá, pero sin hacer algo positivo por ayudar a aquella persona. Demasiado nos desatendemos unos de otros en la vida. Que cada uno se las arregle como pueda, pensamos, porque ya nosotros tenemos nuestros problemas.
¿Es esto humano? ¿Es justo que dejemos marchar a uno por caminos del mal, sin haber tenido una palabra, un gesto de acercamiento, de tenderle una mano para ayudarle? Decimos que respetamos su libertad, y eso está bien, pero tenemos que saber sentirnos de alguna manera responsables unos de otros, y al menos sentir en nuestro interior la inquietud de lo que podríamos hacer.
Es, si, el que escoge el camino del mal, pero son también tantos los que vamos excluyendo de nuestra vida, y poca preocupación sentimos por los que se sienten solos, por los que vemos quizá atormentados por sufrimientos o por enfermedades, los que se sienten débiles quizá por el paso de los años sin tener a su lado alguien que les anime, les acompañe.
Son tantos también los que se sienten desplazados en la vida porque en su desorientación no han sabido o no han podido encontrar un camino, a los que no hemos sabido dar una segunda oportunidad; lo intentaron quizá, no supieron hacerlo en aquel primer momento, y ya los dimos por perdidos, no creímos en sus posibilidades, no damos una segunda oportunidad.
Tantas veces decimos o pensamos que queremos un mundo mejor y quizás soñamos con grandes realizaciones que se tendrían que hacer para que las cosas marchen mejor, pero quizá muchas veces lo hace falta es un gesto pequeño de atención, una palabra de ánimo, una compañía para una soledad aunque solo fuera en silencio, darles esa segunda oportunidad o tercera o lo que haga falta.
Hoy Jesús nos está enseñando cómo debemos buscar siempre al otro, aunque él por si mismo haya escogido esos caminos de perdición. Nos habla del buen pastor que busca la oveja perdida. Pensamos siempre cuando escuchamos esta pequeña parábola en el pecador a quien Jesús siempre busca. Es cierto. Pero creo que tendríamos que pensar en algo más; tendríamos que pensar en lo que yo hago o en lo que yo podría hacer por los demás, en esa mano siempre tendida que tendría que saber ofrecer al otro una y otra vez para ayudarle, para caminar con él, para hacerle encontrar esa orientación que necesita, esa segunda oportunidad.
De la misma manera que el Señor siempre espera nuestra vuelta desde nuestras negruras y nuestros pecados, así tenemos que aprender a hacer nosotros por los demás. Es toda esa ayuda humana que tenemos que saber ofrecer en todo momento al otro; es ese anuncio nuevo del evangelio que tengo que realizar no solo con mis palabras, sino con mis actitudes, con mis gestos, con mi compromiso por los demás.
No nos valen pasividades; no podemos quedarnos cruzados de brazos; no podemos de ninguna manera llegar a la condena del que haya podido errar en la vida, que nosotros también cometemos muchos errores. Son las actitudes y valores nuevos del evangelio que he de vivir.

domingo, 11 de septiembre de 2016

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

 Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Quien no ha sabido o no ha querido tener la experiencia de la misericordia y la compasión porque en su orgullo se cree tan justo que no necesita nunca pedir perdón será igualmente inmisericorde y duro de compasión para con los demás no siendo capaz nunca de ser compasivo con nadie. Es algo duro, pero es el caparazón con el que seríamos capaces de recubrir nuestro corazón para no tener nunca ningún atisbo de ternura y misericordia.
Y nos puede suceder, porque aunque hayamos experimentado alguna vez esa compasión con nosotros podemos volvernos intransigentes con los demás e incapaces de perdonar a los demás. Muchos en la vida van con esa insensibilidad que incluso les hace expresarse con expresiones duras y hasta son incapaces de sonreír a nadie. Y lo más peligroso y terrible sería que nos podamos parapetar tras esas expresiones de intransigencia, de inmisericordia, de insensibilidad en nombre quizá de un sentido religioso, que por decirlo suavemente, es mal entendido.
Son los cumplidores, los que se creen impecables, los que son capaces de fijarse en la menor minucia para juzgar, para criticar, para condenar a los demás. Son los que van haciendo discriminaciones en la vida desde sus particulares apreciaciones, se quedan en las apariencias, y considerándose poco menos que intocables no se quieren rebajar a mezclarse con nadie; son los que van creando categorías en la vida, para ponerse ellos siempre en un estadio superior.
El evangelio hoy nos cuenta que todos los publicanos y pecadores llegaban hasta Jesús para escucharle. Pero por allá estaban los escribas y los fariseos juzgando y criticando desde sus distancias discriminatorias y puritanas. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. No quieren mezclarse; en su duro corazón está siempre por delante el juicio, la discriminación y la condena. No entienden lo que Jesús está haciendo para mostrarnos el rostro misericordioso de Dios.
Y la respuesta de Jesús es proponer unas parábolas. ¿Es que un pastor va a dar por perdida una oveja que se le ha quedado extraviada en el campo o en las laderas de los barrancos? Aunque solo fuera por el interés de no tener una pérdida, iría a buscarle y movilizaría todo lo necesario para encontrarla. Pero es que además este pastor, no moviliza antes, sino que movilizará luego a sus amigos para decirles que ha encontrado la oveja que se le había perdido.
¿O es que una mujer que se la extraviado en su casa una moneda valiosa la va a dar por perdida? La va a buscar aunque tenga que revolver toda la casa y poner todo patas arriba. Pero es que además cuando la encuentra llamará a sus vecinas y amigas para comunicarles la buena noticia de que encontró aquella moneda preciosa que tenia extraviada y lo hará con gran alegría.
Y nos dirá Jesús que más grande será la alegría del cielo por un solo pecador que se arrepienta, reconozca su pecado y se convierta a la misericordia de Dios. ¿Cómo no va, pues, Jesús a alegrarse cuando los pecadores vienen a escucharle y muestran señales de arrepentimiento y conversión? Claro que hará fiesta y comerá con ellos. Además, si antes para buscar a ese pecador y traerlo al buen camino necesita participar en una de sus comidas o banquetes para El no habrá dificultad porque por encima de todo va a primar la misericordia y la compasión. En el corazón de Cristo nunca cabrá la discriminación ni la condena. Su corazón siempre manifestará la ternura de Dios y estará abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón.
Y como bien sabemos no se acaban aquí las imágenes que Jesús querrá presentarnos de lo que es la misericordia de Dios, que ha de ser la misma misericordia con que nosotros hemos de actuar para con los demás. Será la parábola que todos bien conocemos y tantas veces habremos meditado que nos habla del padre que con una ternura grande en su corazón estará siempre esperando la vuelta del hijo que se ha marchado. Será el padre que espera pero que corre al encuentro; será el padre que hará fiesta con la vuelta del hijo, pero que intentará convencer al otro hermano para que sea capaz también de acoger a quien se consideraba muerto pero que ha vuelto a la vida.
Cargamos muchas veces las tintas fijándonos en maldad del hijo que se ha marchado y lo ha gastado todo viviendo de mala manera, no nos fijamos tanto en el resentimiento del otro hijo que en su orgullo no quiere recibir al hermano, pero tampoco entiende la actitud y la postura del padre, y nos fijamos poco en esa ternura de Dios que se manifiesta en aquel padre paciente, compasivo, misericordioso, que busca siempre nuestro encuentro no solo con El sino que seamos capaces de tenerlo también entre nosotros para que la fiesta sea grande.
Es lo que Jesús está queriendo decirles a aquellos letrados y fariseos que parece que no entendían o no querían entender lo que es la ternura y la misericordia porque en su orgullo habían endurecido demasiado el corazón. Es lo que Jesús está queriendo decirnos a nosotros también para que aprendamos a cambiar muchas actitudes y muchas posturas que muchas veces mantenemos en la vida. Y es que nuestra relación con Dios y su misericordia siempre ha de pasar por nuestra relación con los demás, por nuestra capacidad de encuentro siempre con los otros, con la ternura que brille en nuestro corazón para saber acoger a todos sin ningún tipo de discriminación.
Que nunca en nombre de nuestra fe o de nuestra religión queramos ser tan justicieros que no seamos capaces de mostrar nuestra ternura y capacidad de misericordia con los demás. Que la Iglesia no lo olvide nunca, porque algunas veces se hace demasiado justiciera y se puede contagiar de algunos criterios de nuestro mundo tan lleno de inhumanidad; sería algo triste que sucediera así en nuestra Iglesia. Alguien quizás pueda sentirse dolorido por cosas así en el seno de la Iglesia.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Que sepamos pasar de las actitudes orgullosas del menosprecio a la acogida llena de amor para caminar juntos sintiendo el amor de Dios en nosotros

Que sepamos pasar de las actitudes orgullosas del menosprecio a la acogida llena de amor para caminar juntos sintiendo el amor de Dios en nosotros

Romanos 14, 7- 12; Sal 26; Lucas 15, 1-10

‘Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: Este recibe a los pecadores y come con ellos’. Qué difícil para un corazón lleno de orgullo ser compasivo y misericordioso con los demás. El corazón orgulloso todo se lo sabe y se lo merece; el corazón orgulloso es incapaz de verse a si mismo en el prójimo que está a su lado; el corazón orgulloso se cree un intocable porque cree que todo lo puede manchar sin darse cuenta de la miseria que lleva en su interior.
Qué distinto se nos muestra el corazón de Cristo que a todos acoge, a todos ofrece su compasión y su misericordia, más aún está siempre rondándonos, buscando nuestro corazón dolorido para sanarlo con su amor. Es el corazón de Dios, el Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en perdón, como tantas veces rezamos con los salmos.
Ante la actitud orgullosa y de menosprecio de los fariseos y los escribas que lo único que saben es criticar y juzgar Jesús nos ofrece dos hermosas parábolas. El pastor que va a buscar la oveja perdida allá donde esté para traerla gozoso sobre sus hombros cuando la ha encontrado, para curarla y llevarla de nuevo al redil, y la mujer que busca y rebusca por todas partes buscando la moneda que se le había perdido. Pero Jesús además nos habla de alegría por el reencuentro, alegría en el pastor al encontrar la oveja perdida y alegría en la mujer al encontrar la moneda que se le había extraviado; pero es una alegría expansiva, una alegría que se comunica a los demás para que todos participen de ella.
Mucho nos enseña Jesús con estas parábolas. Primero para nosotros mismos que nos sentimos perdidos, porque nos sentimos pecadores la confianza de que el amor del Señor nunca nos fallará; podremos estar en lo más hondo de nuestras miserias, pero el amor del Señor siempre se estará derramando sobre nosotros y con qué confianza podemos acercarnos humildes a El sabiendo que vamos a encontrar su amor y su perdón.
Pero nos enseña también la nueva mirada que hemos de tener hacia los demás. Tenemos la tentación y el peligro del orgullo que nos acecha; podemos también tener esa misma actitud que nos separa de los demás porque no queremos mezclarnos con todo el mundo, no vayan a verme con esa clase de gentes; podemos hacernos compasivos pero con una compasión llena de orgullo, porque ‘pobrecitos, mira como son’, y nos creemos mejores, nos creemos santos comparados con ellos.
Es la nueva mirada del amor verdadero que nos hace acercarnos a todos, ponernos a su lado y no digo a su altura porque nosotros no estamos en un estadio superior del que nos abajemos sino ponernos a su lado. Es el amor que tiende la mano, que ofrece una sonrisa, que se hace comprensivo, que nos hace mirarnos a nosotros mismos los primeros que también somos pecadores, que nos impulsa a ayudar a los demás para caminar juntos para salir de esos baches de la vida.
Es cuestión de llenar nuestro corazón de amor, de amor verdadero como el de Jesús.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Los acoge, los busca y les invita a hacer fiesta

Ex. 32, 7-11.13-14; Sal. 50; 1Tim. 1, 12-17; Lc. 15, 1-32
‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Es la crítica y la murmuración de los fariseos y de los escribas cuando contemplaban las actitudes y el actuar de Jesús. Podíamos decir que aquí tenemos la clave del mensaje del evangelio de hoy, porque de aquí parte también el sentido de las tres parábolas que propone Jesús a continuación y hoy hemos escuchado.
Sí, podía responderles Jesús ‘los acojo, y no solo los acojo sino que los busco, pero aún más, es que los invito a la mesa, hago fiesta con ellos, los invito a hacer fiesta’. ‘Acoge a los pecadores y come con ellos’; los busca como un día buscaría a Zaqueo entre las ramas de la higuera invitándose a su casa; como acogió a la mujer pecadora e incluso la defendió ante Simón, el fariseo, porque es una pecadora, pero ama mucho y ahora está llorando sus pecados con mucho amor; como acogió y defendió a la mujer adúltera, porque nadie tiene derecho a condenar si primero se mira a mi mismo y ve que tiene también el mismo pecado.
Hoy nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida y hará fiesta con sus amigos porque la ha encontrado; y nos hablará de la mujer que revuelve toda la casa buscando la moneda extraviada y llamará a las amigas con alegría porque encontró lo que creía perdido; y finalmente nos hablará del padre que espera y que acoge, que levanta del suelo y restituye de nuevo en su dignidad al hijo que se había marchado y aun rogará también al hijo que se cree un niño bueno para que sea también acogedor con su hermano, queriendo llevarlo también a la fiesta que ha preparado.
Ha venido Dios a buscarnos y nos llama y nos acoge cuando volvemos a El sea cual sea la situación en que nos encontremos. Porque ahí está presente el amor y el amor verdadero no sabe llevar esas cuentas que recuerdan y echan en cara pasadas situaciones. Ahí está presente el amor que espera siempre porque siempre quiere contar con el amado al que le está ofreciendo siempre su abrazo de amor y de perdón para que reemprenda nueva vida. Es el amor que levanta, el amor que ofrece siempre un abrazo de comprensión, que llena de paz el alma.
Pero es el amor que nos interpela para que vivamos en el mismo amor, para que acojamos con el mismo corazón abierto. Es el amor que nos hace pensar y repensar nuestras anteriores actitudes para que comencemos a actuar con un nuevo espíritu que será siempre de acogida y de alegría, un nuevo espíritu que nos llena de paz y que va creando lazos nuevos de fraternidad con todos porque de todos ya para siempre nos sentiremos hermanos.
Siempre que escuchamos y meditamos este texto de esta parábola nos vemos a nosotros como ese hijo que se ha marchado de la casa del padre y que nos sentimos llamados a volver a él porque nos enseña cuál y cómo es el amor del padre que nos espera y que hará fiesta a nuestra vuelta. Pero creo que un mensaje más podemos deducir de este episodio del evangelio que hemos escuchado y estamos meditando.
Decíamos que una clave importante era esa acogida por parte de Jesús de los pecadores con los que terminaba comiendo y haciendo fiesta. Lo que critican los fariseos y los escribas es esa actitud de acogida por parte de Jesús, pero que era precisamente lo negativo que brillaba en ellos. Jesús acogía a los pecadores, pero ellos en lugar de abrir puertas más lo que querían era cerrarlas para dejar a los que ellos consideraban pecadores siempre por fuera, en una palabra, su ‘no-acogida’.
¿Eso no nos tendría que interpelar a nosotros también? Está bien esa primera interpretación y mensaje que siempre hacemos de la parábola, como hemos venido también mencionando, pero ¿cuál es la actitud que nosotros tenemos ante los demás, ante aquellos que nosotros no consideramos que son de los nuestros o que consideramos que son menos dignos?
Tendríamos que aprender de Jesús porque demasiado estamos con las puertas cerradas en los caminos de la vida. Sí, teóricamente lo sabemos, pero en la práctica de lo que hacemos  ¿cómo acogemos al que nosotros vemos distinto? Y lo vemos distinto por el color de su piel o la distinta raza que intuimos que tiene; y lo vemos distinto porque quizá es un inmigrante que ha dejado su tierra y ahora lo vemos deambular de acá para allá buscando un trabajo o un trozo de pan que llevarse al estómago vacío; y lo vemos distinto porque quizá ha caído en la desgracia de los vicios, el alcohol, la droga o no sé cuantas cosas y lo vemos hecho una piltrafa a nuestro lado que tenemos miedo hasta de darle la mano porque nos puede contagiar; y lo vemos distinto porque lo vemos tirado por la calle porque no tiene donde caerse muerto, o es un okupa o nos parece que procede de esas zonas marginales de nuestra sociedad, en una palabra, un marginado. Y así podríamos pensar en tantos a los que nos cuesta acoger, porque no son de los nuestros, porque nos caen mal, porque han sido un desastre en su vida, por no sé cuantas cosas más.
¿Qué haría Jesús hoy? ¿También nosotros como los fariseos murmuraríamos que ‘acoge a los pecadores y come con ellos’? Ojo, no digamos tan rápido que nosotros no lo hacemos, sino fijémonos en cuales son nuestras actitudes, nuestras posturas ante esas situaciones, y nuestros actos reales en la vida.
Pensemos en una cosa más, ¿qué lugar ocupan en nuestra iglesia, en nuestras comunidades, esas personas del listado que hacíamos antes de los que vemos diferentes? ¿Están sentados con nosotros en nuestras celebraciones? Y no digamos que es que ellos no vienen porque tendríamos que preguntarnos si salimos en su búsqueda como el pastor que fue a buscar la oveja perdida o la mujer que revolvió toda la casa para encontrar la moneda extraviada. ¿No podría ser que nos pareciéramos al hijo mayor que ni siquiera llamó hermano al que regresaba a la casa del padre?
¿No tendría que llegarnos por ahí el mensaje que recibiéramos del Evangelio para que aprendamos a ser acogedores como Jesús?

martes, 14 de agosto de 2012


El que sepa hacerse niño será grande en el Reino de los cielos
Ez. 2, 8-3,4; Sal. 118; Mt. 18, 1-5.10.12-14
‘Abre la boca… y come este volumen que te doy y vete a hablar a la casa de Israel’. Bella imagen que nos ofrece el profeta Ezequiel que nos habla de cómo hemos de hacer vida de nuestra vida la Palabra del Señor para que podamos luego llevarla también a los demás. Igual que asimilamos el alimento que comemos y se hace vida en nosotros, porque ese alimento nos da vida, nos hace vivir, así ha de ser la Palabra del Señor para nuestra vida. Palabra que es siempre una palabra dulce porque es una palabra de amor, como repetíamos en el salmo ‘¡Qué dulce, Señor, es en el paladar tu promesa!’.

Muchas veces hemos reflexionado sobre cómo hemos de acoger la Palabra de Dios, con qué atención la hemos de escuchar, y cómo hemos de plantarla en nuestra vida. Es la actitud de respeto y amor con que siempre hemos de acoger la Palabra del Señor, la atención que le hemos de prestar y, como hemos dicho en otras ocasiones, como buena semilla hemos de plantarla en nuestra vida. Ojalá siempre se haga vida de nuestra vida. 

Interesante la pregunta que le hacen los discípulos a Jesús. Pregunta que siempre estaba de alguna manera como flotando en el aire entre ellos, porque no pocas veces hasta discutían sobre quién iba a ser el primero; los codazos que los humanos nos damos tantas veces por alcanzar los primeros puestos; era en cierto muy normal y muy humano que en el grupo que seguía a Jesús también tuvieran sus ambiciones, porque realmente aún no habían purificado lo suficiente su corazón en el seguimiento y la imitación de Jesús. Aunque la pregunta hace una referencia explícita al Reino de los cielos, sin embargo podemos interpretar que ahí estaban también presentes sus ambiciones humanas.

‘¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?’ La respuesta de Jesús fue poner un niño pequeño en medio de ellos. Y les dice tres cosas: hay que hacerse como niño, hay que saber acoger a un niño, y nunca podemos despreciar a un niño o a quien consideremos pequeño. 

Pero, si lo que estamos preguntando es quien es el más grande, el más importante, ¿cómo es que hay que hacerse pequeño? Podría ser lo que primero rebatiéramos. El niño era imagen de lo pequeño, de lo insignificante, de lo que tenía poco valor. En la sociedad de entonces los niños no eran valorados de ninguna manera. Y es que entonces y ahora también todos queremos ser grandes, nadie quiere ser pequeño ni pasar por insignificante. Los niños estaban para los mandados, por así decirlo, y los niños no podían tomar decisiones importantes. Y equiparados a los niños había mucha gente a la que se consideraba así insignificante, de poco valor. 

En cierto modo, ¿no nos sigue sucediendo algo así que despreciamos y minusvaloramos a tantos porque no saben, porque no son de aquí, porque son de esta condición, porque son de otra raza…? Cuántas discriminaciones seguimos haciendo en la vida. 

Hoy Jesús nos hace aprender la lección. Tenemos que aprender a hacernos pequeños, que no nos importen los trabajos llamados humildes. Porque así tenemos que hacernos pequeños y saber acoger a los pequeños; porque así nunca podremos despreciar a nadie porque seamos pequeños. Y quien sepa hacerlo así ese es el que será grande en el Reino de los cielos.

Y es que el Señor ama a todos y ama a los pequeños, y no quiere que nada ni nadie se pierda. Por eso nos pone la pequeña parábola que nos habla de la oveja que el pastor va a buscar allá donde esté. Así nos busca el Señor; así nos busca y nos ama a todos; así no enseña esas actitudes nuevas para nuestro corazón en que sepamos buscar a todos, amar a todos sin distinción y en nuestro amor sepamos estar al lado de los que son pequeños o nos parezca que son los últimos. Hermosa lección. Tu palabra, Señor, es dulce al paladar.

martes, 6 de diciembre de 2011

No quiere que se pierda ni uno de estos pequeños


Is. 40, 1-11;

Sal. 95;

Mt. 18, 12-14

‘Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños’. Había hablado Jesús de la parábola del pastor que tiene cien ovejas y se le pierde una y va a buscarla hasta que la encuentra. Por una sola de sus ovejas va el pastor en su búsqueda arriesgándose por montañas y barrancos. Por uno solo de nosotros hubiera muerto Jesús porque así es el amor que Dios nos tiene. ‘No quiere que se pierda ni uno de estos pequeños’.

El amor de Dios no es un amor anónimo ni impersonal. Ahí está la maravilla del amor que Dios nos tiene. Como hemos dicho en más de una ocasión, nos conoce por nuestro nombre. Es un amor único e irrepetible, pero es un amor fiel y constante, un amor permanente.

Así tiene que ser nuestra relación con Dios. Es una relación personal. No nos dirigimos a un ente misterioso y desconocido. Nos dirigimos a Dios que nos ama con amor de Padre. Y el amor que tienen los padres a los hijos es un amor personal, porque ama a cada uno en particular y el amor que le tiene a un hijo una madre o un padre es un amor personal, único e irrepetible.

Me encanta la expresión que he escuchado en alguna ocasiones a algunos para referirse a Dios. Es ‘mi diosito’, dicen. Creo que es una expresión muy latinoamericana. Pero es una expresión que entraña y manifiesta esa relación personal con Dios. No quita ni merma el pensamiento o la idea de que Dios es nuestro Padre, es el Padre bueno que nos ama a todos. Pero es que así quiere que entremos nosotros en relación con El.

Así iría nuestra oración personal, en ese tú a tú con Dios, donde nos sentimos amados con ese amor especial, personal y único que el Señor nos tiene, donde le escuchamos lo que El a cada uno nos tiene que decir o que pedir – ahí está esa llamada de Dios en la vocación personal de cada uno -, y nosotros le hablamos a Dios dando nuestra respuesta personal o pidiendo por aquellas cosas concretas que son nuestra vida o los que están cercanos a nosotros.

Claro que estará luego nuestra oración en comunión con los demás, la oración comunitaria, la oración de la Iglesia. Ahí diremos ya ‘Padre nuestro’, como nos enseñó Jesús, porque somos sus hijos, somos los que nos sentimos hermanos que unidos y en comunión los unos con los otros nos dirigimos a Dios. Y en esa comunión le celebramos, le damos gracias o le cantamos la alabanza uniéndonos a toda la creación.

Desde esa oración y desde esa escucha personal de su Palabra, sintiendo lo que el Señor me dice y me pide, también como hermanos unidos y en comunión vamos ahora haciendo nuestro camino de Adviento que nos prepara para recibir al Salvador de nuestra vida. Hemos vuelto a escuchar hoy las palabras de consuelo y esperanza del profeta que ya escuchamos el pasado domingo. Palabras, como decíamos entonces, que también son comprometedoras para nosotros porque nos plantean y exigen esos pasos que hemos de dar, esos caminos que hemos de preparar, esos valles que allanar, eso torcido que hemos de enderezar para que Dios llegue a nuestra vida.

Es tarea personal que cada uno de nosotros hemos de hacer. Es tarea en la que Dios viene a cada uno de nosotros con su Palabra y allá en el corazón nos está señalando a cada uno todo eso que hemos de mejorar en nuestra vida. Cada uno hemos de darnos cuenta de esos valles o montañas de nuestra vida que hemos de aplanar. Ahí en lo más hondo de corazón sentiremos lo que el Señor nos pide y también su gracia que no nos faltará. Siempre el Señor estará buscándonos porque no quiere que nadie se pierda.

martes, 7 de diciembre de 2010

Alza la voz con fuerza, aquí está vuestro Dios

Alza la voz con fuerza, aquí está vuestro Dios

Is. 40, 1-11; Sal. 95; Mt. 18, 12-14

‘Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión; alza con fuerza la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas; dí a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza…’ Hermoso pregón. Hermoso anuncio. ‘Dios, el Señor, llega con fuerza’.

Todos los caminos se han de allanar y preparar; no puede haber obstáculos ni de montañas ni de valles. Hay que ‘preparar en la estepa una calzada para nuestro Dios…’ Son palabras que pronunciaba el profeta al final de la cautividad de Babilonia cuando se le abrían las puertas a Israel para ser un pueblo libre. Son palabras con profundo sentido mesiánico porque llega el que nos ha liberado, nos va a arrancar de la cautividad del mal y de la muerte para hacernos entrar en una vida de gracia y santidad.

‘Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios… gritadle que está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’. Y bien que lo sabemos que nuestro pecado está redimido; que para eso ha venido Cristo, para redimirnos de nuestros pecados y ha pagado con su sangre, con la entrega de su vida. Y porque lo sabemos, cuando nos preparamos para la celebración de su nacimiento, lo hacemos con ese gozo, con esa esperanza y también con ese deseo grande de vivir su salvación.

Son palabras que nosotros escuchamos en nuestro camino de Adviento como anuncio de consuelo y de esperanza pero que son al mismo tiempo una invitación y una exigencia a prepararnos, a abrir caminos al Señor que llega a nuestra vida.

Es el Señor que nos ama y que nos busca, porque somos nosotros los que andamos perdidos tantas veces. ‘Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres’, nos decía el profeta. Palabras que tienen resonancia en la breve parábola que nos propone Jesús en el evangelio. ‘Suponed que un hombre tiene cien ovejas; si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida?’

Es toda la historia del hombre y toda la historia de la salvación. Toda la historia del hombre con su pecado, y toda la historia de la salvación, que es la búqueda de Dios que viene a nuestro encuentro allá donde estamos perdidos para llamarnos con su gracia, para atraernos de nuevo hacia El con lazos de amor.

Toda la historia del hombre que podemos decir está marcada por ese amor de Dios que nos busca, que nos llama, que pone tantas señales de su amor a nuestro lado, que nos envía tantos mensajes de amor y tantos mensajeros que vienen con la misión de llevarnos a Dios. Nosotros podemos ser infieles una y otra vez, pero ‘la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre’, y esa Palabra es una palabra de amor, de vida, de salvación.

Nos queda pues a nosotros vivir con toda intensidad este tiempo del Adviento. Esas imágenes que hemos contemplado hoy de caminos torcidos que se enderezan, de lugares escabrosos que se arreglan, de valles que se levantan y se aplanan, de montes y colinas que se abajan nos están indicando ese camino de purificación que hemos de ir realizando en nuestra vida.

De muchas cosas tenemos que purificarnos: orgullos, egoísmos, envidias, resentimientos, violencias, malos sentimientos, vanidades y mentiras… muchas cosas que tenemos que corregir y que mejorar en nuestra vida. Por eso este tiempo del adviento es un tiempo de superación, de renovación, de conversión al Señor. Es una invitación que escuchamos una y otra vez. Esperamos con alegría la gloria del nacimiento del Señor purificando nuestro corazón y convirtiéndonos de verdad a Dios.