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domingo, 15 de septiembre de 2019

El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios




El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Hoy estamos de fiesta. Sí, de fiesta. Y no es porque en mi pueblo se están celebrando estos días las fiestas del Cristo de Tacoronte, como en todos otros lugares en torno a este catorce de septiembre se celebren muchas fiestas. No es ese el camino por donde voy o a lo que queremos referirnos en el comentario al evangelio.
Claro que tendríamos que decir ya por adelantado de lo que vamos a comentar que cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía es eso lo que estamos haciendo. Estamos de fiesta. Es la fiesta de nuestra fe; es la fiesta de nuestro encuentro, del encuentro de los hermanos como una gran familia, de nuestro encuentro con el Señor. ¿No tendríamos que hacerlo siempre con esos sones de fiesta? Si no lo hacemos algo nos está fallando.
Pero fijémonos en la Palabra de Dios que hoy nos propone la liturgia. No habla sino de alegría y de fiesta. Es la alegría y la fiesta del pastor que ha encontrado la oveja que se le había extraviado; es la alegría y la fiesta de aquella mujer que había perdido allí en su propia casa una moneda valiosa y busca y rebusca hasta encontrarla y cuando la encuentra llama a sus amigas para compartir su alegría, hoy diríamos que se tomarían una taza de café juntas celebrando lo perdido y encontrado; es la fiesta del padre que hace un banquete y llama hasta los músicos para hacer una fiesta porque el hijo perdido ha vuelto a la casa, aunque aparezcan los tintes envidiosos del otro  hijo que no se alegra en la vuelta del hermano. Pero todo es fiesta.
Y es a lo que nos está invitando el Señor a que vivamos nuestra fe como una fiesta, con alegría desbordante que nos lleve no solo a celebrarla sino también a compartirla, a llamar a todos para decir cuanto nos ama Dios. Porque esa es la maravilla de la que  nos quiere hablar Jesús. Dios que nos ama y que nos busca aunque andemos perdidos, que nos enviará muchos mensajeros como nos dirá en otra parábola, pero que estará El también buscándonos como el pastor a la oveja perdida, o como padre paciente que esta a la puerta siempre esperando el regreso del hijo pródigo.
El evangelio nos dice que venían a escucharle los publicanos y los pecadores, mientras por allá andaban al acecho y siempre con sus críticas demoledoras los fariseos y los maestros de la ley que no terminaban de entender el mensaje de Jesús. ¿Cómo no iban a venir a escucharle los pobres y los humildes, los que nadie tenia en cuenta o los que eran despreciados por todos, los que estaban atribulados bajo tantos pesos o aquellos que eran discriminados de todos y nadie valoraba sino todo lo contrario, los pecadores, los publicanos?
Cuando escuchaban a Jesús tenían que sentir un gozo grande en el alma. Jesús les estaba hablando de un Dios que se acerca a todos y a nadie discrimina, a nadie quiere condenar como los condenan los demás, que nos tiene en cuenta a pesar de nuestras debilidades y de nuestros fracasos en la vida, que nos mira a los ojos porque quiere llegar a lo hondo del corazón, que no recrimina al pecador que ha sido débil porque no quiere hundirlo sino que a todos tiende su mano como fue en búsqueda del paralítico olvidado y al que nadie ayudaba, que se mezcla con los que son despreciados del mundo de los que se creen más justos o con más dotes de liderazgo. Tenían que sentir alegría en alma, sus corazones tenían que llenarse de esperanza, renacía la fe en sus vidas con deseos de algo nuevo.
Es una experiencia que nosotros también hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos amados de Dios. Dios nos tiene en cuenta, Dios nos ama. El mundo podrá mirarnos con malos ojos, los que se creen justos nos mirarán desde la distancia, pero Dios está a nuestro lado manifestándonos siempre su amor y pondrá muchos signos de su amor quizá en muchos que están a nuestro lado y si nos tienen en cuenta, nos ofrecen su amistad y su cariño que se convierte así en una manifestación de la ternura de Dios.
Tenemos que reconocer por un lado que quizá en la misma iglesia, en muchos cristianos que se creen justos no encontramos ese signo de la ternura de Dios; hay muchos leguleyos intransigentes como aquellos fariseos que todavía no han aprendido a perdonar y amar de verdad. Pero tenemos que reconocer que quizá en gente sencilla encontraremos esa amistad, esa cercanía, esas señales de la ternura de Dios para nuestra vida.
Y tenemos que aprender. Que nuestra comprensión, nuestro corazón compasivo y misericordia, que la sencillez de nuestros gestos y la humildad con que nos acercamos a los demás manifieste esa ternura de Dios. Es el mejor evangelio que podemos anunciar cuando ahora tanto hablamos de nueva evangelización. No nos quedemos en palabras, en gestos pomposos y aparatosos, sino vayamos por lo humilde, lo sencillo, los pequeños gestos y así nos convertiremos de verdad en evangelio de Dios. Así podremos celebrar con alegría esa fiesta a la que nos está invitando a Jesús. Que nuestros gestos y signos la hagan verdadera fiesta.

martes, 30 de julio de 2019

Que el Señor nos ayude a cambiar nuestros corazones para que podamos en verdad comenzar a cambiar el mundo


Que el Señor nos ayude a cambiar nuestros corazones para que podamos en verdad comenzar a cambiar el mundo

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43
Mala cosa es que nos consideremos justos e impecables, porque nosotros sí somos buenos y nunca vamos a tropezar en esas cosas; ese orgullo que se nos mete por dentro nos hace creernos mejores y superiores a los demás y no soportamos de ninguna manera los errores que puedan cometer los demás. Los quitaríamos de en medio, así querríamos arrasar el mal que podemos ver en el mundo porque si quitamos de en medio a esos que vemos actuar con injusticia, con hipocresía y con maldad nos parece que somos tan buenos que el mal no va a volver a aparecer. No nos damos cuenta de nuestra propia debilidad que más pronto de lo que pensamos nos hace caer en esas maldades u otras peores de las que vemos en los otros.
Es lo que viene a enseñarnos la parábola que se nos presenta en el evangelio y que conocemos como la del trigo y la cizaña, que Jesús ante la petición de los discípulos hoy nos da su explicación. Se había sembrado buena semilla pero pronto apareció la cizaña que el maligno había sembrado con malicia en aquel campo. ¿Quieres que la arranquemos? Preguntan las discípulos pero el agricultor les dice que lo dejen hasta el final donde se hará la criba para arrojar al fuego las malas semillas y el buen grano guardarlo en el granero.
Como ya comentamos recientemente es la paciencia de quien sabe que podemos cambiar; es la paciencia misericordiosa de Dios con nosotros que siempre estará esperando las buenas señales de nuestra vida, porque ese campo es el mundo y es la vida, esa buena semilla sembrada en el campo con los ciudadanos del Reino. Pero quiere hacernos caer en la realidad de que también los ciudadanos del Reino un día pueden tropezar y convertirse en mala semilla, en cizaña, cuando dejamos que el mal se meta dentro de nosotros. Ya hablábamos al principio de los que se creen justos y sin pecado que desprecian a los demás; no son tan justos porque ya están dejando meter esa cizaña en sus corazones con sus orgullos y sus desprecios.
¿Tendríamos que ser arrancados nosotros desde que entre en nuestro corazón el orgullo y el pecado? Sin embargo la paciencia de Dios es grande y su misericordia es infinita. Dios nos espera. Dios sigue pidiendo la conversión del corazón. Y podemos cambiar si hacemos surgir en nosotros el arrepentimiento y los deseos de conversión. No nos faltará la gracia del Señor que riegue y haga fecunda nuestra vida.
Mirando esa mala semilla que tantas veces vemos brotar en nuestro corazón creo que tendremos humildad suficiente y claridad de pensamiento para darnos cuenta de la realidad de la vida y de la realidad del mundo que nos rodea. Siempre nos vamos a encontrar en contradicción con el mundo y las obras del mundo que reverdecen continuamente; esa contradicción que encontraremos en todas las situaciones de la vida, esa contradicción que muchas veces podemos encontrar en el seno de la Iglesia y en aquellos que con buena voluntad queremos seguir los caminos del Señor. Pero nos aparece la tentación continuamente y esto nos tiene que llevar a comprender esa situación contradictoria que podemos ver en los demás, contemplar en nuestro mundo y hasta en nuestra Iglesia.
No tenemos que escandalizarnos por eso, no pretendemos tampoco arrancar esa maldad de manera violenta, porque siempre quedarían raíces; tenemos que optar por nuestra propia transformación, el propio cambio que realicemos en nuestra vida para con nuestro testimonio llevar a los demás a sembrar esa buena semilla en sus corazones. Pensemos que quizá los creyentes no estamos dando siempre buen testimonio, buen ejemplo y cuanto daño podemos hacer a los demás por esa contradicción de nuestra vida.
Que el Señor nos ayude a cambiar nuestros corazones para que podamos en verdad comenzar a cambiar el mundo.

sábado, 24 de febrero de 2018

Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor


Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Mi padre decía… mi padre me enseñó… mi padre haría… son como muletillas que decimos cuando tenemos que enfrentarnos a una situación o un problema y recordamos aquello que recibimos en una buena educación. Nuestro padre fue sembrando unos principios en nuestra conciencia que luego nosotros asumiremos y haremos nuestros y marcarán nuestra forma de actuar. Recordamos a nuestro padre y recordamos cuantas enseñanzas recibimos de él en una buena educación que formó nuestras conciencias y nos dio principios para nuestro actuar. Unos buenos lentes para mirar la vida que no deberíamos desechar.
Podríamos decir que seguimos viendo la vida con los ojos de nuestro padre, aunque luego le vayamos haciendo matizaciones o añadiendo convencimientos que vamos adquiriendo en la vida. Es cierto también que tenemos el peligro o la tentación de tirar todo por la borda y no querer aceptar aquellos principios, aquellas normas de vida que de ellos recibimos.
Hoy Jesús en el evangelio nos enseña a mirar la vida con los ojos de Dios. Tenemos que aprender a hacerlo porque bien sabemos que cuando lo hacemos solo con nuestra propia o particular visión fácilmente se nos ponen borrosas esas lentes de nuestra mirada con nuestras ambiciones, nuestros orgullos, nuestros egoísmos, y quizá también a través de las cicatrices que hayan ido quedando marcadas en nuestra vida con aquellas cosas que nos hayan podido hacer sufrir y nos hayan podido malear el corazón.
¿Cuál es la mirada con la que Jesús nos enseña a mirar a los demás? No es otra que la mirada de Dios, y la mirada de Dios es siempre una mirada de amor. ¿Y cómo nos enseña Jesús que es el amor de Dios? Un amor universal, un amor a todos sin distinción. Hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos nos dice.
Ya sabemos que si por nosotros fuera quitaríamos de un plumazo a todos aquellos que no nos caen bien, que nos hayan podido ofender en alguna ocasión, a todos aquellos que no son de los nuestros, a todos los que pudiéramos considerar contrincantes o enemigos. Y es que tenemos la tendencia o la maldad de destruir todo aquello que nos pueda impedir lo que son nuestros deseos o ambiciones.
Pero no es esa la mirada de Dios. Por eso tajantemente nos dirá Jesús que tenemos que amar también a nuestros enemigos. Y para comenzar a amarlos rezar por ellos; y rezar por ellos significará intentar comenzarlos a ver con los ojos de Dios. Y nos dirá que si no somos capaces de hacerlo así ¿en que nos vamos a diferenciar de los que no creen en Dios?
Creer en Dios no es solo un concepto que podamos tener en nuestra cabeza. Decir que queremos creer en Dios es querer decir que queremos vivir su vida, que queremos vivir en su amor, que queremos mirar la vida con los ojos de Dios. Por eso decimos que en Dios encontramos el sentido de nuestra vida. Y es que quien nos creo es el mejor que nos puede decir para qué nos ha creado.
Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios. Aquello que decíamos que habíamos aprendido de nuestro padre y que con su mirada contemplamos la vida y el mundo, desde nuestra fe hagámoslo con Dios. No nos dejemos que se  nos enturbien los ojos, pongámonos el colirio de Dios que es el colirio del amor.

domingo, 20 de julio de 2014

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Sab. 12, 13.16-19; Sal. 85; Rm. 8, 26-27; Mt. 13, 24-43
‘Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, viene a ser la conclusión de estas parábolas que nos propone Jesús y de sus explicaciones. Para mí son palabras de consuelo y de esperanza, porque a pesar de las oscuridades o de las maldades en que nos veamos envueltos en este camino de la vida al final hay una luz, al final podremos brillar con esa luz si hemos sabido mantener la esperanza y hemos tratado de ser fieles.
Muchas veces decimos que estamos aquí en medio de un valle de lágrimas; es lo que expresamos en esa oración a la Virgen en la que la invocamos como madre y reina de misericordia, a quien acudimos para que después de este valle de lágrimas con ella podamos también alcanzar la gloria del cielo. Es cierto que muchas veces la vida se nos hace dura, son muchos los contratiempos o las tentaciones que tenemos que sufrir y aunque quisiéramos que todo fuera bueno sabemos que el mal y el bien se entremezclan en nuestros corazones, pero también es la realidad del mundo en el que vivimos.
Dios creó el mundo bueno; recordemos aquella primera página de la Biblia en que se nos habla de la creación; ‘y vio Dios que todo era bueno’; así salió de las manos del Creador. Como la buena semilla sembrada en el campo de la vida, tal como nos habla hoy la parábola que Jesús nos ha propuesto.
Pero apareció el mal que pervirtió el corazón del hombre, como nos dice la Biblia. En la parábola se nos habla del maligno que sembró la mala semilla, la cizaña donde el propietario había sembrado buena semilla. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿de dónde sale la cizaña?’, se preguntan los criados cuando ven aparecer la cizaña en medio de las buenas espigas. ‘Un enemigo lo ha hecho’, es la respuesta.
La parábola es un buen retrato de nuestra vida y de nuestro mundo. Y digo también un retrato de nuestra vida porque no nos podemos poner como fuera del cuadro, como si fuéramos simplemente espectadores y a nosotros eso no nos tocara porque los malos son los otros. Ese mal se nos mete también en nuestro corazón; y aquí tendríamos que decir aquello de que ‘el que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Tenemos, es cierto, buenos sentimientos y buenos deseos; queremos obrar con rectitud y hacer las cosas bien; pero bien sabemos que no siempre es así, que somos débiles y pecadores y muchas veces hemos dejado meter el mal en nuestro corazón y no todo lo que hacemos es bueno.
Con realismo tenemos que saber leer la parábola y nuestra vida, pero también con la esperanza que el Señor quiere ofrecernos. Aquellos criados querían arrancar la mala cizaña, pero el propietario tiene otra forma de entender las cosas. Las deja crecer juntas, la buena y la mala cimiente, espera hasta el final, donde será el juicio definitivo. Mientras, podríamos decirlo así, está la esperanza del Señor sobre nosotros.
Cuando vemos el mal que nos rodea - y en eso nos es más fácil ver el mal que nos rodea que el propio mal que hay en nosotros - sentimos el impulso de pensar que por qué no se arranca de una vez para siempre ese mal del mundo; si Dios es tan poderoso y tan bueno y justo, pensamos, por qué con su poder no castiga ya todo ese mal que existe fulminando con un rayo que los destruya a todos los que obran el mal. Así pensamos. Pero ¿cuál es el pensamiento de Dios?
La parábola nos está dando pistas porque nos está hablando de la paciencia misericordiosa de Dios que siempre espera nuestro cambio y nuestra conversión. Cuánto nos habla Jesús de la misericordia de Dios a lo largo del evangelio; cómo se manifiesta Jesús siempre misericordioso y compasivo buscando el cambio y la conversión del pecador.
De ello nos hablaba ya el sabio del Antiguo Testamento que escuchamos en la primera lectura. ¿En qué se manifiesta el poder del Señor? ‘Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos… juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia… obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento’. ¡Qué bellas y consoladoras palabras! El Señor nos manifiesta su poder y grandeza no en la fuerza, sino en la misericordia y el perdón. Por eso, teníamos que decir con el salmo, ‘Tú, Señor, eres bueno y clemente’.
Dios nos espera. Su misericordia está siempre presente. Y ese amor y esa misericordia del Señor tiene que movernos a la conversión, a que seamos buena semilla, buena planta que demos buenos frutos. Y de la misma manera que sentimos y experimentamos esa misericordia del Señor sobre nuestra vida, así hemos de mostrarnos nosotros con los demás. ¿Quiénes somos nosotros para condenar? ¿Por qué tenemos que estar siempre mirando que el mal está en los otros y no somos capaces de ver lo malo que hay también muchas veces en nuestro corazón? Por eso, como nos decía el sabio del antiguo testamento ‘enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano’. Podríamos recordar otras parábolas del evangelio.
Nos queda pensar, siguiendo con el evangelio que hoy hemos escuchado, que esa buena semilla que hay en nosotros, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, hemos de plantarla también para que se haga planta grande que llene de vida nuestro mundo. Esas pequeñas semillas de nuestro amor y nuestra bondad, esos buenos deseos que tenemos ahí dentro de nuestro corazón en la búsqueda de lo bueno, de la verdad, de lo que es justo, vayamos sembrándolas en nuestro mundo porque así desde esas pequeñas cosas que hacemos podemos irlo en verdad transformando.
Nos habla también Jesús, en la otra parábola, de la levadura que hace fermentar la masa. Esa fe que tenemos en nuestro corazón, esos valores del evangelio de los que nosotros queremos impregnar nuestra vida, ese sentimiento espiritual que nos hace tender hacia arriba y nos hace buscar cosas grandes tienen que ser granos de levadura que nosotros vayamos metiendo en la masa de nuestro mundo, tantas veces tan materialista, tan afanado por el consumismo, tan deseoso de placeres terrenales que le impiden dar trascendencia a la vida.
Vayamos llevando esa levadura que tenemos en nuestra vida a ese mundo que nos rodea, y aunque nos parezca que poco podemos hacer, sabemos que basta un puñado pequeño de levadura para que haga fermentar toda la masa. Es lo que podemos hacer con lo que tenemos de bueno en nosotros, con nuestra fe y con nuestros sentimientos espirituales; es lo que podemos hacer acompañando a nuestro mundo y sus problemas con nuestra oración y la vivencia de esos valores espirituales y así podremos hacer en verdad que nuestro mundo sea mejor.
Comenzábamos recordando las palabras finales de Jesús a los comentarios que hizo sobre la parábola; ‘entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, y decíamos que esas palabras eran de gran consuelo y esperanza. Pero diría más, son palabras también que nos comprometen; hemos de brillar como el sol en el Reino de nuestro Padre; han de brillas nuestras buenas obras, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, para que todos den gloria al Padre del cielo; hemos de resplandecer porque tenemos que ser buena semilla, levadura que transforme nuestro mundo.
Es el compromiso de nuestra fe que tenemos que vivir de forma concreta ahí en ese terreno de nuestra vida de cada día. Cada día tenemos que hacer un poco mejor el ambiente en el que vivimos, la familia, los amigos de los que nos rodeamos, el lugar de nuestro trabajo, allí donde hacemos nuestra convivencia. Nos quejamos tantas veces que vemos tanto egoísmo, tanto materialismo, tantas maldades. No nos quejemos sino pongamos nosotros bondad, amor, solidaridad, alegría, paz, esperanza, ilusión. Contagiemos, como levadura, de todo eso a los que nos rodean.
Y que nunca, de ninguna manera, nosotros seamos cizaña porque nos domine el egoísmo o la maldad. En eso tenemos que aprender a superarnos cada día. Y lo podemos hacer porque el Espíritu del Señor está en nosotros y El ora en nuestro corazón con gemidos inefables, como nos decía san Pablo, para pedir lo que mas nos conviene; pidamos esa conversión de nuestro corazón para ser siempre buena semilla para los demás, levadura para nuestro mundo.

lunes, 1 de octubre de 2012


Un hombre justo y honrado que teme al Señor y en El pone toda su esperanza

Job, 1, 6-22; Sal. 16; Lc. 9, 46-50
Durante esta semana, salvo los días que tengamos celebraciones especiales, estaremos escuchando en la primera lectura el libro de Job del Antiguo Testamento. Un libro de hondas reflexiones que en el fondo nos plantea el sentido del dolor y sufrimiento del inocente y la respuesta del creyente ante esta situación.
Hoy hemos escuchado la presentación de Job, ‘un hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’, que ha sido bendecido con toda clase de bendiciones en la prosperidad con que vive su vida y su numerosa familia. En el sentido del antiguo testamento muchas veces aparece el pensamiento de una señal de las bendiciones de Dios en la prosperidad y en la larga vida.
Pero ahí comienza a surgir la cuestión. El relato nos presenta ese encuentro de Dios con Satanás que le dice que si Job es un hombre temeroso de Dios es porque ha sido bendecido de manera especial por el Señor, y que si se viera privado de todas esas cosas no sería la misma su fidelidad a Dios. Un pensamiento que algunas veces de alguna manera nos acompaña a nosotros también que cuando nos vemos rodeados de males y de sufrimientos, de carencias y necesidades llegamos a pensar que hemos sido abandonados de la mano de Dios y de alguna manera castigados por algo que hayamos hecho. Es de donde surge la prueba por la que va a pasar el paciente Job.
Dios permite a Satanás que le arrebate todas esas cosas, pero el Señor no le deja tocar su vida. En estos párrafos que hoy hemos escuchado vemos cómo perecen sus hijos, cómo se pierdan todas sus posesiones y riquezas con robos, incendios y otras catástrofes. Es la gran prueba que va a sufrir Job que al final verá su vida atormentada por el sufrimiento de una terrible enfermedad.
En los próximos días iremos escuchando a través de la visita que recibe de sus amigos o de los improperios incluso de su mujer cuáles son las respuestas que nosotros los humanos vamos dando a esas situaciones difíciles y de dolor. Escucharemos incluso a Job en su sufrimiento hacerse sus consideraciones hasta que escuchemos la voz del Señor que viene a iluminar toda la situación.
Hoy escuchamos ya una primera reacción de Job ante lo que le va pasando que pudiera parecernos de simple resignación, pero que en el fondo esconde una fuerte confianza y fe en el Señor, en cuyas manos se pone confiadamente. ‘Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza - son expresiones y señales de dolor muy usuales en aquellos pueblos -, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’.
Aquí se queda el texto que hoy hemos escuchado. ¿Resignación? ¿Paciencia? ¿Esperanza? ¿Confianza total en el Señor para ponerse en sus manos y dejarse hacer por el Señor? Son las primeras reacciones y actitudes que contemplamos. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante el sufrimiento, el dolor, la enfermedad? Y si nos viéramos privados de todas nuestras cosas, ¿cuál sería nuestra reacción? ¿No habrá en nosotros en alguna ocasión desesperanza, desesperación, rechazo, rebeldía?
Creo que la lectura que iremos haciendo estos días, breve e intermitente por las otras celebraciones intermedias, tendría que hacernos reflexionar. Sabemos que como creyentes en Jesús siempre al final tenemos que mirar a Jesús en su pasión y en su cruz. La esperanza no tendría que faltar en nuestra vida, porque sabemos que el misterio pascual de Cristo que es el que ilumina toda nuestra existencia siempre termina en vida y en resurrección. Pero, reflexiones un poquito en todo esto sin temores, con confianza, tratando de encontrar la luz.

martes, 8 de noviembre de 2011

La vida de los justos está en las manos de Dios en una ofrenda de amor


Sab. 2, 23-3,9;

Sal. 33;

Lc. 17, 7-10

‘La vida de los justos está en manos de Dios y no los tocará el tormento…’ decía el sabio del Antiguo testamento en una hermosa reflexión que creo que nos puede ayudar mucho.

En las manos de Dios, en Dios nos confiamos. Como creyentes no sólo afirmamos la existencia de Dios, sino que en Dios ponemos nuestra confianza, porque de Dios nos sentimos amados y ya nada de nuestra vida es ajeno a esa presencia de Dios. Nos ponemos en las manos de Dios que significa también cómo queremos en todo momento buscar su voluntad, realizar lo que es su voluntad, lo que son los planes de Dios para nuestra vida. Y queremos ser fieles, queremos vivir en ese amor de Dios amándole también sobre todas las cosas.

Sin embargo nuestra vida de creyentes muchas veces se ve probada y pueden incluso surgir dudas en nuestro interior que nos hicieran tambalearnos en nuestra fe. Es cuando surgen los problemas en nuestra vida que en ocasiones nos llenan de agobios; o aparece la enfermedad, el dolor, el sufrimiento; un accidente quizá que rompe el ritmo de nuestra vida o nos deja imposibilitados con muchas secuelas; o en la ancianidad nos vemos debilitados en nuestras posibilidades.

Y surgen las preguntas en nuestro interior interrogándonos quizá por el sentido de todo eso; o nos puede parecer como un castigo que decimos que no merecemos cuando nosotros hemos sido buenos. ¿Por qué a mí? Nos preguntamos ¿Qué he hecho para merecer este castigo? Es como un interrogante que nos hace sufrir por dentro. Es la pregunta del por qué el sufrimiento del justo.

Creo que este texto del libro de la Sabiduría nos puede ayudar a reflexionar y a encontrar respuestas orientando nuestro pensamiento y nuestra vida también hacia el sufrimiento y la pasión de Jesús.

‘La gente insensata consideraba su tránsito como una desgracia… pensaban que eran castigados…’ expresa ese pensamiento tan común del castigo y de los interrogantes ante el sufrimiento. Pero ya el mismo sabio va contestando: ‘Pero ellos están en paz… esperaban seguros la inmortalidad… Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí. Los probó como oro en crisol… los que en El se confían conocerán la verdad y permanecerán con El en el amor, porque sus elegidos encontrarán gracia y misericordia…’

El verdadero creyente que se confía en el Señor no pierde la paz, su vida está llena de esperanza; se siente probado pero en su fidelidad en el amor se siente al mismo tiempo seguro porque sabe que el Señor está con El. Es lo que tenemos que saber hacer aunque nos cueste. Es la confianza que ponemos en el Señor. Es el saber ponernos también con nuestro dolor, nuestro sufrimiento junto a la cruz de Jesús, porque nuestro dolor y nuestra cruz tiene que hacernos mirar la cruz de Jesús, contemplarlo a El, junto e inocente, que así se inmola y se entrega por amor.

El cargó sobre sí todos nuestros dolores y sufrimientos y los redimió. Los redimió porque transformó todo el sentido de nuestro dolor desde el amor. La cruz entonces no es castigo sino gracia redentora en virtud del amor. Ahí está todo el amor de Jesús, ahí está todo el amor de Dios. Es lo que nosotros hemos de saber poner en nuestro sufrimiento permaneciendo en esa fidelidad hasta el final y obtendremos la paz para siempre. Ahí en ese sufrimiento cuando nos unimos al sufrimiento de Cristo se va a derramar toda la gracia y toda la misericordia de Dios que transforma nuestra vida.

Qué distinta es nuestra vida cuando sabemos hacer esa ofrenda de amor. Cómo sabremos pasar de manera distinta por esa cruz porque lo hacemos desde el amor como lo hizo Jesús. No perderemos nunca la paz. Todo se convertirá en gracia y bendición para nuestra vida y también para nuestro mundo.

viernes, 8 de abril de 2011

Los buenos resultan incómodos y a Jesús quieren quitarlo de en medio

Sab. 2, 1.12-22;

Sal. 33;

Jn. 7, 1-2.10.25-30

Mientras escuchamos la lectura del libro de la Sabiduría que hoy nos ofrece la liturgia podría parecer que estamos escuchando una descripción de la vida, de la pasión y de la muerte de Jesús en la cruz. En cierto modo con ese sentido nos lo ofrece la liturgia en este viernes de la cuarta semana de cuaresma. Pero es también lo que le sucede a todo hombre recto y justo que busca por encima de todo hacer siempre el bien.

Los buenos nos resultan incómodos, viene a decirnos el texto del sabio del Antiguo Testamento. ‘Es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima’. Le sucedió a Jesús y sigue sucediendo a todos los hombres de bien, que siempre habrá quien quiera poner en duda la rectitud y buena intención de sus obras buenas.

¿No lo hemos escuchado muchas veces? ‘Algo querrá sacar de eso que hace, así por las buenas, por su cara bonita, no lo hace…’ y frases por el estilo. Siempre hay desconfianza. No nos comprometemos nosotros y no creemos que alguien pueda comprometer su vida, dar su tiempo, trabajar buenamente por los demás. Tendríamos que aprender la lección y no andar con tantas desconfianzas, y viendo malas o torcidas intenciones por todas partes.

El evangelio comienza a describirnos el drama de Jesús. Querían quitarlo de en medio. Nos dice el evangelista que ‘Jesús andaba por Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo’. Por eso en principio no sube a Jerusalén a la fiesta de las tiendas cuando suben sus parientes y vecinos, sino que lo hará más tarde.

Una anotación a una expresión que nos aparece en el evangelio de san Juan. Este evangelista habla con la expresión ‘los judíos’ para referirse a aquellos que atentaban contra Jesús y al final le llevan a muerte. Decir ‘los judíos’ podría parecer que se esta refiriendo a todos los judíos o a todo el pueblo, cuando realmente es una referencia a las autoridades judías, sumos sacerdotes, sanedrín, hombres principales sobre todo escribas fariseos y saduceos. En este segundo tomo de la vida de Jesús que ha publicado el Papa, se hace una aclaración en este sentido que ha sido bien recibida incluso por los judíos de nuestros tiempos.

Escuchamos hoy la reacción ante la presencia de Jesús. ‘¿No es éste al que intentan matar?’ Se preguntan incluso si es que ‘los jefes se han convencido de que Jesús es el Mesías esperado’. No está Jesús en huída ante lo que puedan hacer los judíos. Sino que Jesús sigue manifestándose como el que es el enviado de Dios. Intentaban echarle mano, pero no lo podían hacer. Y el evangelista dice que ‘aún no había llegado su hora’.

La hora de Jesús. Aparece repetidamente en el evangelio de Juan. Ya cuando las bodas de Caná le dice a María que no ha llegado su hora. Ahora vuelve a aparecer esta expresión, pero cuando vaya a comenzar la pasión nos dirá el evangelista ‘sabiendo Jesús que habia llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…’ Ya diría en otro momento que a él nadie le arrebata su vida, sino que la entrega libremente. Aunque sea dolorosa su entrega, es una entrega de amor, es una entrega libre que Jesús hace de sí mismo para ser nuestra salvación.

En Getsemaní hablará de la hora de las tinieblas. Hora de tinieblas porque era la hora de la pasión y de la muerte, donde podría parecer que el mal era el que vencía, pero que se convertiría en hora de luz y de vida, por la salvación que Jesús nos está ofreciendo.

Vamos nosotros a seguir paso a paso su entrega, contemplar su amor, disponer nuestro corazón para llenarnos de la vida y de la gracia que quiere ofrecernos. Vamos a estar muy atento al evangelio que escuchemos en estos días y todo el rico mensaje que nos ofrece la palabra de Dios. Queremos llegar a la hora de la luz para salir de esas tinieblas de muerte que nos envuelven con el pecado. Vamos a sentir esa sangre redentora de Cristo que queremos que caiga sobre nosotros para que nos lave y purifique, para que haga fecunda nuestra vida en buenas obras y podamos resplandecer en santidad. Que el Señor nos conceda esa gracia.

sábado, 12 de marzo de 2011

El consuelo de que Jesús es el médico que viene a curarnos y salvarnos


Is. 58, 9-14;

Sal. 85;

Lc. 5, 27-32

‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores…’ Qué consuelo más grande son estas palabras de Jesús. Consuelo y esperanza que nos mueven a más amar, que nos mueven a la conversión.

Cuando uno se siente abrumado por el mal que ha hecho, por sus pecados, quiere alejarse de todo y por supuesto no quiere estar en presencia del que es bueno y justo y su vida puede ser una recriminación para nuestro pecado. Quizá nos habrá pasado en alguna ocasión que cuando nos sentimos turbados por el pecado que hayamos cometido, no sabemos ni qué decirle al Señor y casi lo que quisiéramos es alejarnos y apartarnos de su presencia porque no nos consideramos dignos de estar ante El. ‘Apártate de mí que soy un pecador’, exclamó Pedro cuando sintió el poder y la grandeza del Señor en la pesca milagrosa en el lago, él que había tenido la tentación de no confiar en la Palabra de Jesús que le mandaba echar las redes.

Por eso digo qué consuelo escuchar estas palabras de labios de Jesús porque así nos da la confianza de acercarnos a El sabiendo que en El vamos a tener la salud y la salvación. Es el médico y el Salvador que viene a restaurar nuestra vida.

Sin embargo, qué distinto pensaban los fariseos y los escribas que aparecen por allí. Jesús ha invitado a Leví a seguirle ‘y él dejándolo todo, se levantó y lo siguió’. Pero en su gozo por seguir a Jesús le ofrece un banquete. Allí está Jesús y sus discípulos, pero allí están también los amigos y colegas de profesión de Leví, los publicanos. Pero ya sabemos a todos se les medía con la misma medida y porque eran recaudadores de impuestos ya todos eran pecadores.

‘¿Cómo es que Jesús come con publicanos y pecadores?’ fue la pregunta, el reproche, la queja o hasta la denuncia que los que se creían justos y perfectos hacen a Jesús por comer con los recaudadores amigos de Leví, su nuevo discípulo. Es más, no se lo dicen directamente a Jesús, sino que van a decírselo a los discípulos. ¿Una forma de querer desprestigiar al maestro? Era sembrar la duda.

Pero pronto está la réplica de Jesús que tanto consuelo nos da y que nos llena de esperanza a pesar de que nos consideremos pecadores y no dignos de estar con Jesús. Pero Jesús ha llamado a un publicano para ser de sus discípulos y Jesús se sienta a la mesa del publicano rodeado de todos los recaudores amigos de Leví que por su sola profesión ya eran considerados pecadores.

Cuando sentimos así la compasión y misericordia del Señor en nuestra vida nos sentimos más motivados para ponernos en el camino de Jesús arrepintiéndonos de nuestros pecados, cambiando nuestra vida y nuestro corazón. Por eso en nosotros ha de haber actitudes nuevas. Por eso nuestra vida ahora se va a llenar de luz.

Cuando realices ese cambio de tu vida, esa conversión y haya esas actitudes nuevas, ‘cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, la oscuridad se volverá mediodía’; se volcarán sobre nosotros las bendiciones del Señor, como nos sigue describiendo el profeta.

Es que ‘el Señor es bueno y clemente, rico en misericordia y escucha la voz de mi súplica…’ ¿Qué le vamos a pedir al Señor? Lo que le hemos dicho en el salmo. ‘Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad’. Que aprendamos, sí, los caminos del Señor y los sigamos. ¡Cómo no vamos a seguir a quien tanto nos ama y nos trae la salvación! ‘Mira compasivo nuestra debilidad y extiende sobre nosotros tu mano poderosa’, le pedíamos también en la oración litúrgica.

martes, 10 de noviembre de 2009

La vida de los justos está en manos de Dios

Sap. 2, 23-3, 9
Sal. 33
Lc. 17, 7-10


‘La vida de los justos está en manos de Dios… ellos están en paz… esperaban seguros la inmortalidad… Dios los puso a prueba y los hallo dignos de sí… el día de la cuenta brillarán como chispas en un cañaveral…’
Hermosa reflexión del libro de la Sabiduría, uno de los llamados libros sapienciales del Antiguo Testamento. Son reflexiones muy cercanas, incluso en el tiempo, a la época de Jesús, aunque aún pertenecen al Antiguo Testamento. sin embargo notamos que un cierto sabor a la sabiduría evangélica, porque incluso tienen su resonancia en las bienaventuranzas.
‘La vida de los justos está en manos de Dios y ellos están en paz…’ No podía ser menos. Quien se confía totalmente en Dios se siente seguro y nada le hará temer. ‘El Señor es mi pastor, nada temo’. La confianza en Dios no nos aleja de la muerte, ni de dificultades y problemas que los seguiremos teniendo.
Alguno podrá pensar, como creo en Dios, ya todo me va a salir bien, voy a tener suerte en la vida y no tendré problemas. Creer en Dios y porque en Dios pones tu confianza y esperanza significará que vas a enfrentarte a los problemas y dificultades de distinta manera, no que no los vas a tener. Te sentirás fortalecido en el Señor. No perderás la paz y el equilibrio frente a las cosas que pudieran agobiarte. Desde el Señor y nuestra fe en El me sentiré como con otros recursos y fortaleza para enfrentar las situaciones.
Nos sentiremos probados, habrá momentos difíciles sin saber qué salida tomar, pero no nos faltará la fuerza y la luz del Espíritu que nos dará su Sabiduría divina. Esos momentos los veré como una prueba de la que saldré más fortalecido y purificado. ‘Lo probó como oro en el crisol’. Es a fuego donde se purifica el oro para quitar todas las escorias que lleva adheridas el metal precioso. Sólo cuando se purifique al fuego es cuando brillará en todo su esplendor.
Muchas escorias en nuestra vida, muchas cosas inservibles e inútiles de las que nos tenemos que purificar. No hemos de rehuir el fuego de la prueba, que puede ser una enfermedad, un problema que nos parece insoluble, un mal momento que nos hace sufrir y que llega a nosotros como una crisis en muchos sentidos. Pero todo esto tiene que hacernos ver la verdad de la vida, lo que es verdaderamente importante.
La prueba nunca nos debe separar del Señor, sino que en El tenemos que apoyarnos más fuertemente. Y se verá purificada nuestra fe y más madura. Y arrancaremos apegos del corazón que nos hará sentirnos más libres, esas cosas que como cachivaches vamos metiendo en nuestra vida y que como una rémora no nos dejan avanzar.
En el Señor ponemos nuestra confianza. La vida eterna de dicha sin fin junto a Dios es nuestra esperanza. Así resplandecerá un amor más auténtico y más puro.
‘Los que en El confían conocerán la verdad y los fieles permanecerán con El en el amor, porque sus elegidos encontrarán amor y misericordia’.