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jueves, 1 de septiembre de 2022

Hemos de dejarnos conducir, hemos de confiar para echar la red cuando se nos pida aunque nos parezca que allí nada podemos hacer, quien actúa es el Señor

 


Hemos de dejarnos conducir, hemos de confiar para echar la red cuando se nos pida aunque nos parezca que allí nada podemos hacer, quien actúa es el Señor

1Corintios 3, 18-23; Sal 23; Lucas 5, 1-11

Vamos a dar una vuelta, vamos a dar un paseo, quizás le hayamos dicho al amigo o a alguien con quien queríamos hablar, y en ese paseo quizás nos alejamos de la barahúnda de la gente, tenemos más tranquilidad para hablar y las circunstancias nos hacen hablar con más confianza.

Vamos a dar una vuelta, ‘remad mar adentro’, les dice Jesús a aquellos que ya más cerca de él estaban, aprovechando que se había subido en la barca de Simón para hablar y enseñar a la multitud que se había congregado en torno a él en la playa aquella mañana, podemos pensar.

¿Había venido la gente a la orilla del lago porque llegaban los pescadores a ver si habían cogido algo? Para colmo aquella noche no habían cogido nada. ¿O habían venido porque querían escuchar al Maestro, a aquel nuevo Profeta que había surgido entre ellos, así ya comenzaban a considerarlo algunos? La multitud era grande, se apretujaban en la orilla para escuchar a Jesús, y por eso se había subido a la barca que separada un poco de tierra servía como buen altavoz para enseñarles.

Ahora les había dicho a Simón y a los otros pescadores que remara mar adentro. ¿Quería estar con ellos más a solas porque a ellos quería confiarles algo más que todo aquello que ahora les había estado enseñando a la multitud? Ciertamente algo sorprendente iba a suceder. Porque les había dicho que echaran las redes para pescar. Si no habían cogido nada después de estar bregando toda la noche. ¿Qué podía entender alguien que era de tierra adentro, de Nazaret y con oficio de artesano como su padre José, de pescas y de redes y donde encontrar mejor redada? Pero Simón que ya se estaba enredando con Jesús, porque por El comenzaba a sentir admiración le cree y está dispuesto a echar la red, quizá ante el asombro de sus compañeros. ‘Por tu palabra echaré la red’, había dicho y se había puesto manos a la obra.

Y la redada de peces fue grande, donde la noche anterior no habían podido coger nada. Y Simón Pedro se siente pequeño ante aquello maravilloso que está sucediendo, y en medio de los trabajos de sacar las redes, que han tenido que llamar a compañeros de otras barcas, se postra ante Jesús para pedirle que se aparte de El porque sabe que El es Santo mientras a si mismo se considera un pecador. Algo sorprendente está sucediendo. ‘No temas, le dice Jesús, de ahora en adelante serás pescador de hombres’.

Para algo los había llevado Jesús a dar aquella vuelta, a remar de nuevo mar adentro. Se iban a manifestar las maravillas de Dios, pero iba a haber un momento importante para aquellos pescadores. No sería pescadores de un lago o un mar cualquiera, sino que habría un día de lanzarse por el mundo para ser pescadores de hombres, para llevar un mensaje, una buena nueva, un evangelio que anunciaba salvación para todos. Se sentían pequeños e indignos, pero Dios quiere contar con ellos. ¿Habría sido una prueba de fe lo que Jesús les estaba pidiendo cuando les decía que lanzaran la red? Si había sido prueba la habían superado con buena nota, porque Jesús les estaba confiando una misión. Por eso quizás Jesús había dejado a la multitud en la orilla y se había ido con ellos solos mar adentro.

Mar adentro tenemos que dejarnos conducir también nosotros muchas veces, para encontrar esa soledad, pero no para estar solos. Como Jesús que se llevaba a lugares apartados en ocasiones a los discípulos para estar a solas con ellos, habrá momentos de silencio o de soledad que quizás no entendamos o a veces nos resulten incómodos, pero sepamos descubrir que si Jesús nos está llevando en esas circunstancias a ese momento apartado, algo querrá decirnos, algo querrá confiarnos, una muestra de su amor seguro que se va a manifestar en nosotros.

Pero hemos de dejarnos conducir, hemos de confiar para echar la red cuando se nos pida aunque nos parezca que allí nada podemos hacer. No es nuestro ardid, no son nuestras fuerzas, no es nuestro saber hacer las cosas, lo que nos hará obrar maravillas, es la obra y la gracia del Señor.

viernes, 19 de agosto de 2022

Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

 


Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106;  Mateo 22, 34-40

Una pregunta para ponerlo para ponerlo a prueba; una pregunta, además, de lo más elemental; parecería absurdo para un judío hacerla y más aun para un maestro de la ley. Era lo básico que enseñaban, lo que todo judío desde la más tierna infancia se sabía de memoria, pues había de repetirlo al salir de casa o al entrar a casa, al levantarse o al ir a comer, al emprender un viaje, o como oración de la noche. Así está prescrito, y todo judío había de repetir. Pero es la pregunta que le hacen a Jesús.

Yo me pregunto si acaso muchos también no nos estarán preguntando a los cristianos, a ti y a mi, esa misma pregunta. También nos quieren poner a prueba, pero no nos van a pedir palabras. Aunque aparentemente vemos mucho rechazo o mucha indiferencia, en ocasiones cargando las tintas contra la Iglesia o contra los cristianos, porque está de moda, porque es fácil querer echar en cara, porque siempre se están viendo las cosas con inquina, y parece que siempre están con deseos de revancha, aunque no sabemos por qué esa revancha, ese dedo que nos apunta tantas veces y que algunas veces nos duele, es también esa pregunta que nos hacen a nosotros los cristianos, que nos hacen a la Iglesia y hasta muchas veces de parte de gente que es también miembro de esa misma Iglesia.

¿Cuál es el mandamiento principal? Pero no se buscan respuesta de catecismo aprendidas de memoria; nos están preguntando por nuestro estilo de vida, por nuestra congruencia, por la sinceridad de nuestra fe, por el testimonio que damos. Siguen preguntándonos por qué tienen que creer lo que nosotros decimos, por qué tienen que creer a la Iglesia. Quizá aunque lo tengan delante claramente no quieren ver, no quieren escuchar la respuesta, no quieren abrir los ojos.

Nosotros respondemos es cierto, tal como nos dice hoy el evangelio, con el amor a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la vida, con todo nuestro ser, pero también completamos la respuesta tal como lo hizo Jesús, ‘y al prójimo como a nosotros mismos’.

Pero tenemos que decirlo claramente, sin tapujos, con el testimonio de las obras de la Iglesia, con el testimonio de tantos cristianos entregados, con la lista interminable por ejemplo de ancianos acogidos en centros de la Iglesia o de instituciones de la Iglesia; con las puertas abiertas de tantos y tantos centros y obras de cáritas en nuestras parroquias para acoger a los necesitados y a los pobres, que quizá muchas veces nos vienen rebotados de los centros de las instituciones eclesiales porque dicen que no tienen recursos; con los enfermos, la gente sin hogar, los ancianos que viven solos, los emigrantes abandonados a su suerte, los discapacitados que muchas veces la sociedad hace más discapacitados, los enfermos de sida que nadie quiere y que son acompañados en sus sufrimientos y soledades por todo un ejército de voluntarios que dedican su tiempo para estar a su lado ofreciendo el cariño y la atención que algunos no reciben ni de sus familiares…

He querido mencionar solo algunas cosas, aunque la lista se haría muy larga, de esa respuesta que damos a esa pregunta que también nos hacen en nuestro mundo de hoy, dicen, para ponernos a prueba. Aunque Jesús nos dice que lo que hace tu mano derecha no lo sepa la izquierda, sin buscar puntos de méritos y recompensas, creo que los cristianos tenemos que responder claramente, no ofreciendo palabras, sino ofreciendo lo que son las obras de nuestro amor, que manifiestan claramente la fe que llevamos por dentro, el amor que en verdad mueve nuestra vida. Ahí está la prueba de nuestra fe.

viernes, 3 de junio de 2022

Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

 


Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Qué distintas son nuestras maneras de actuar. Cuando alguien ha perdido la confianza, porque hizo algo que no nos agradaba, porque se saltó los protocolos de la vida, eso que llamamos tantas veces lo de políticamente correcto, porque en un momento determinado se atrevió a pensar de manera distinta, difícil será que lo aceptemos, que recupere la confianza, que sigamos contando con él para los proyectos que quizás hasta juntos habíamos soñado. Y lo vemos como lo más natural del mundo. O algo muy grande le exigiremos para comenzar de nuevo a confiar en esa persona, de lo contrario será ya para nosotros como un maldito con quien no queremos contar para nada. Claro, decimos, es lo que todo el mundo hace.

Todo el mundo menos Jesús. Había confiado en Pedro desde el primer momento, porque hasta le había cambiado el nombre para significar lo nuevo que iba a ser. Con él había tenido especiales deferencias haciéndolo testigo de cosas en la que el resto del grupo no participaba, por ejemplo la subida al Tabor; le había alabado incluso en alguna ocasión porque había sido capaz de expresar con palabras hermosas lo que era su fe, porque además, como le decía, el Padre era quien se lo había revelado en su corazón. Había tenido sus más y sus menos con él, sobre todo cuando quería convencerle de que no tenía que subir a Jerusalén, y lo había apartado como si fuera una tentación de Satanás.

Pero conocía de sus impulsos, y como toda persona impulsiva habría sus momentos de fervor, pero también podría aflojarse un poco, por eso le había dicho que cuando se recuperara tenía que ser quien mantuviera la fe de los hermanos. Pero a pesar de los anuncios de Jesús se había metido en la boca del lobo, y había llegado el momento de la cobardía y de la negación, quien decía por otra parte que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús. ¿Dónde estuvo en todo el resto del tiempo de la pasión? Refugiado con el resto de los discípulos en el Cenáculo, con las puertas bien cerradas, no fuera que a ellos les pasara lo mismo.

Ahora están de nuevo en Galilea, donde los había convocado, y porque en un primer momento Jesús no había aparecido se habían ido a pescar a pesar de pasar una noche bregando sin coger nada, como en otros tiempos. En el amanecer parece que comienza a llegar la luz y las cosas comienzan a cambiar. Ante las indicaciones de que echaran la red por el otro lado de la barca habían cogido de nuevo una buena redada, pero fue Juan el que le sugirió que el que estaba en la orilla era Jesús. Allá se había lanzado al agua para llegar primero desentendiéndose de las redes y de la barca, que los otros la arrastraran a tierra.

Y es cuando surge el diálogo entre Jesús y Pedro. ‘¿Me amas, me amas más que estos?’ Por tres veces había surgido la pregunta sin más reproches sino solo preguntando por su amor, aquel amor que decía que era tan grande capaz de dar la vida por su maestro, a pesar de que luego lo había negado. Pero no hay reproches, no hay desconfianzas, solo es un examen de amor. Y Jesús sigue confiando. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’ le repetirá Jesús. Le anuncia de nuevo que un día otro lo ceñirá, como comentará el evangelista haciendo referencia quizás a la forma de la muerte de Pedro, pero Jesús solo le dirá, ‘Tú, sígueme’.

¿Será también lo que nos está diciendo Jesús ahora cuando estamos ya concluyendo este camino de pascua? ‘Tú, sígueme’. Jesús que sigue confiando en nosotros a pesar de que también tenemos muchas veces nuestros más y menos. No siempre mantenemos el mismo entusiasmo, muchas veces nos aparecen los cansancios, nos sentimos tentados a volver atrás, quizás también habrá habido momentos de debilidad con sus negaciones, o con sus anti-testimonios, nuestra vida sigue envuelta en la debilidad, pero Jesús sigue confiando en nosotros. Nos pide fe y nos pide amor, todo lo demás brotará casi como espontáneo, pero tenemos que mantener muy viva nuestra fe, muy vivo nuestro amor.

El nos ha prometido que estará con nosotros, para eso nos deja su Espíritu. A ese paso sí podemos caminar, nos sentiremos seguros, queremos hacer honor a la confianza que Dios sigue teniendo en nosotros, queremos seguirle. ¿Aprenderemos a seguir confiando en los demás?

viernes, 23 de agosto de 2019

Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo


Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40
Me atrevería a decir que es algo que surge como espontáneo, y que me corrijan los sicólogos, pero cuando sentimos un amor grande por alguien, no solo lo valoramos y admiramos en las cualidades y cosas bellas que vemos en ella, sino que de alguna manera queremos como parecernos a esa persona y lo intentamos imitar en sus virtudes. El amor verdadero lleva a esa comunión profunda con el amado que de alguna manera nos quiere hacer uno con el, por eso queremos hacer las cosas como él y amar lo que él ama.
Por eso cuando entramos en la órbita del amor de Dios, consideramos la inmensidad de su amor, al sentirnos así amados por Dios queremos amarle de la misma manera, con ese mismo amor a pesar de nuestra limitación e imperfección. Un amor que nos hace sentir que El es el único Dios y Señor de nuestra vida, el centro y sentido de nuestra existencia, queriendo nosotros amarle como El nos ama y su amor es infinito y queriendo también nosotros amar todo lo que Dios ama.
Ese primero y principal mandamiento surge entonces desde el mismo reconocimiento de quien es Dios para mi vida cuando tanto nos ama y tendría que surgir casi como espontánea esa respuesta de amor por nuestra parte, un amor sobre todas las cosas, un amor con toda el alma y con todo el corazón, un amor con todo mi ser y con toda mi vida.
Moisés nos lo quiso dejar reflejado en un mandato por la dureza de nuestro corazón que hace que pronto olvidemos tantas veces el amor que recibimos. Así somos débiles y duros de corazón; así se nos tiene que recordar que Dios nos ama y con un amor semejante en lo que humanamente seamos capaces ya que no somos infinitos hemos de amar nosotros a Dios. Claro que el amor de Dios es infinito y nosotros somos seres limitados e imperfectos, pero en cuanto somos capaces queremos poner toda nuestra vida en el amor que hemos de tenerle a Dios.
Es lo que  hoy hemos escuchado en el evangelio. Viene un letrado queriendo poner a prueba a Jesús. La malicia que llena el corazón de los hombres y que les hace desconfiado de todo y de todos. Jesús se está manifestando con un Maestro en Israel al que todos escuchan, aunque no saben donde ha aprendido esas cosas, como un día dijeran sus convecinos de Nazaret. Pero ahora es un letrado, que parece como si sintiera que Jesús está ocupando su puesto. Hay que ponerlo a prueba. Y qué mejor que plantearle y preguntarle por lo principal, el primero de los mandamientos.
Pero Jesús responde, podíamos decir que al pie de la letra, con lo que está enseñado en la ley de Moisés y que todo buen judío aprende desde su niñez y repetirá muchas veces cada día. Pero Jesús añadirá algo más, que también está en la ley de Moisés, pero que ahora equipara al primer mandamiento.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’.
 Quien ama a Dios ama también lo que Dios ama. Quien ama a Dios necesariamente tendrá que amar también al prójimo, aunque tantas veces nos cueste descubrir bien quien es nuestro prójimo. Por eso no podremos nunca separar el amor al prójimo del amor a Dios. Como decíamos al principio cuando amamos con un amor verdadero queremos parecernos con aquel a quien amamos y que sabemos cuanto nos ama. En esto tenemos que parecernos a Dios en nuestro amor a los demás, a quienes miraremos siempre como hermanos.
¿Por qué nos costará tanto? ¿Será acaso que no es tan grande el amor que le tenemos a Dios? Es fuerte este planteamiento, pero tenemos que revisarnos bien ese amor que decimos le tenemos a Dios viendo cómo es el amor que le tenemos al hermano.

jueves, 2 de julio de 2015

Aprendamos a leer los acontecimientos nuestra vida con la mirada de la fe descubriendo lo que es el plan de Dios para nosotros

Aprendamos a leer los acontecimientos nuestra vida con la mirada de la fe descubriendo lo que es el plan de Dios para nosotros

Génesis 22, 1-9; Sal 114; Mateo 9,1-8
Algunas veces parece que la vida nos pide cosas que sobrepasan lo que parece que uno sería capaz hacer; decisiones que se convierten en algo cruento en nuestro corazón, caminos nuevos que hemos de tomar en la vida, renuncia a algo que queremos o anhelamos mucho pero de lo que nos vemos obligados a desprendernos, cosas y momentos duros que quizá nos hieren por dentro porque no quisiéramos hacerlo, pero que por otra parte quizás nos vemos obligados por determinadas circunstancias a realizar.
¿Qué hacer? ¿Qué es lo que realmente haremos? ¿Hasta donde seríamos capaces de llegar? Son pruebas duras de la vida, que nos pueden destrozar o que nos pueden ayudar a crecer y a madurar dependiendo de cómo nos lo tomemos y la auténtica profundidad que tengamos en nuestra vida. Nos pudiera parecer demasiado teórico esto que estamos planteando, pero quienes han tenido que pasar por pruebas así, o quienes saber leer los acontecimientos de su vida con profundidad me darán la razón.
Es lo que se le plantea a Abrahán en la lectura del Génesis de este día. En este caso el siente que Dios le está pidiendo el sacrificio de su hijo; no es una renuncia cualquiera la que tiene que hacer Abraham como quien se despida de su hijo porque marche a otra parte. Se le está pidiendo la vida de su hijo. Nos puede parecer cruento; en la antigüedad estos sacrificios rituales en ciertas culturas eran muy habituales. Quizá en medio de la historia de la salvación que es todo el relato bíblico se nos está enseñando cómo ese tipo de sacrificio no es querido por Dios. Pero sí puede ser un buen signo o una buena imagen de esas situaciones de las que hablábamos al principio de nuestra reflexión.
Abrahán responde desde la fe a la petición que siente que le hace Dios. Por su fe quiere ser obediente a Dios por encima de todo, enseñándonos el valor de la fe y la radicalidad con que hemos de vivirla, pero enseñándonos a tener también una mirada de fe a nuestra vida de cada día, en todo momento y circunstancia, pero donde tenemos que hacer resaltar ese espíritu de fe precisamente en los momentos duros y en los momentos de prueba.
Una certeza sí hemos de tener desde esa fe que hemos puesto en el Señor y en su Palabra. Dios no nos abandona en esos momentos difíciles que hemos de vivir en nuestra vida, en esos momentos de prueba por los que hemos de pasar. Siempre estará el ángel del Señor a nuestro lado, como en el caso de Abrahán para hacernos ver lo que es la verdadera voluntad de Dios y también para hacernos sentir su fuerza y su gracia en esas decisiones que quizá hemos de tomar o en esos momentos duros y de prueba por los que hemos de pasar.
No es tan importante el sacrificio externo que nosotros podamos hacer o que podamos presentar al Señor, como ese sacrificio de nuestro yo, de nuestra voluntad para agachar nuestros orgullos, para descubrir lo que verdaderamente quiere el Señor de nosotros y podamos hacerle con todo nuestro amor esa ofrenda de nuestra vida.
¿No decimos, con los mandamientos que nos hemos aprendido de memoria, que amamos a Dios sobre todas las cosas? Si es sobre todas las cosas nada, ni nuestro yo tampoco, puede estar por encima de Dios. El es el único Señor de nuestra vida; pero el Señor de nuestra vida que nos ama y quiere vida para nosotros. Le respondemos con nuestra adoración, con nuestro reconocimiento por la fe, con nuestro amor tratando de corresponder a su amor.
Aprendamos a leer esos acontecimientos nuestra vida, incluso aquellos que vivimos con mayor dolor, con la mirada de la fe, con ojos de la fe, descubriendo así siempre lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida. No siempre es fácil pero la fuerza del Espíritu del Señor nos dará esa sabiduría para saborear los caminos del Señor.

martes, 21 de mayo de 2013


Como el oro en el crisol nuestra vida se purifica en la prueba del dolor

Eclesiástico, 2, 1-13; Sal. 36; Mc. 9, 29-36
A todos nos gusta que la vida nos brille siempre de dicha y felicidad; ojalá no tuviéramos problemas ni sombras que enturbien nuestra vida, sino que todo discurriera como por una senda bien llena de color y de luz. Pero ya sabemos cuál es la realidad de nuestra vida, pero también tendríamos que tener la sabiduría y la fortaleza para que nada de todo eso que nos sucede enturbie nuestra felicidad ni nos haga mermar la intensidad con que vivimos nuestra vida.
Pero fijémonos por ejemplo en un hermoso diamante que brilla en todas sus estrías y nos parece lleno de perfección; o si queremos en un bello objeto de oro que ha sido modelo para hacernos una hermosa figura y que resplandece también con su dorado color. Pero, ¿cómo han llegado a esos resplandores y a esos brillos?
Creo que todo sabemos que el diamante cuando sale en bruto de las entrañas de la tierra no tiene esos resplandores ni esas formas tan bellas; además realmente el diamante es un carbón que ha pasado por altísimas temperaturas que han logrado que se convierta en eso, en un brillante diamante y que ha tenido también que ser artísticamente tallado para lograr esos primores.
Lo mismo el oro; la pepita que se encontró en el cauce del río o donde se había excavado para encontrarla tampoco tenía esos brillos ni esas figuras que ahora vemos resplandecer; primero tuvo que pasar por el fuego del crisol que le purifique de todas las escorias adheridas al bello metal y luego trabajado por el artista en el taller para darle esa bella forma que ahora admiramos en hermoso y artístico resplandor.
Transportemos esas imágenes a lo que es nuestra vida. Somos por naturaleza más valiosos que el brillante diamante o el resplandeciente metal del oro. Pero también necesitamos pasar por la prueba que nos purifique, para que puedan resaltar las cualidades más bellas que puedan adornar nuestra vida. De eso nos ha hablado el sabio del antiguo Testamento en un hermoso mensaje.
‘Cuando te acerques al temor del Señor, comenzaba diciéndonos, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes en el momento de la prueba’. Somos como el oro que ha de pasar por el fuego del crisol; serán los problemas, las debilidades de la vida, la enfermedad quizá, la pobreza y las carencias que tenemos en la vida los que nos irán purificando y madurando en la vida. Pero si sabemos encontrarle un sentido y un valor a todo cuanto pasamos todo eso nos purificará, todo eso nos hará cada día más grandes, todo eso nos hará descubrir las cosas que son verdaderamente importantes.
Todas esas pruebas nos harán madurar más y más como personas, y si en ellas vemos también la mano del Señor seguro que nuestra fe crecerá, madurará, hará que nos sintamos cada día más fuertes en el Señor. ‘Confía en el Señor que El te ayudará; espera en El y te allanará el camino… el Señor es clemente y misericordioso, perdona el pecado y salva del peligro’.
Los malos momentos por los que pasamos en la vida no tienen por qué apartarnos de los caminos del Señor. Serán momentos dolorosos, pero con como el tallista que hace relucir los resplandores y brillos del diamante, porque nos ayudarán a sacar lo mejor de nosotros mismos y nos enseñarán a poner toda nuestra confianza en el Señor. La persona madura no se rebela contra la prueba sino que sabrá aprovechar cuanto le sucede para purificar y mejorar su vida. Siempre hay algo bueno que podemos sacar; siempre hay una lección para la vida que podemos aprender. Y por la fe que tenemos en el Señor encontramos también la gracia que nos fortalece, la gracia que nos ilumina, la gracia que nos ayuda a caminar, porque sabemos que el Señor siempre está a nuestro lado.
Nosotros además, mirando a Jesús, aprendemos también a darle un sentido y un valor a nuestros sufrimientos si sabemos unirnos al dolor y al sufrimiento de Cristo en su pasión convirtiéndolos en una ofrenda de amor. ‘Pégate al Señor, nos decía el sabio del antiguo testamento, no lo abandones, y al final serás enaltecido’.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Job, hombre justo y honrado que teme a Dios y se aparta del mal


Job, 1, 6-22;
Sal. 16;
Lc. 9, 46-50

Como una alegoría o una gran parábola comenzamos a leer el libro de Job, ‘hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’. Así nos describe el autor sagrado a este personaje del Antiguo Testamento de cuya historia podemos sacar hermosas lecciones para nuestra vida.
¿Seremos fieles a Dios solamente en los momentos de dicha y bienestar y las cosas nos marchan bien o seremos capaces de mantener esa fidelidad también en los momentos difíciles, en la desgracia o cuando nos apremie el sufrimiento, la enfermedad o la muerte? Podíamos decir que es el interrogante que ya desde un principio se nos plantea. ¿Seremos capaces en la prueba y en la tentación de mantener esa fidelidad?
Con unas imágenes muy antropomórficas (a la manera de unos diálogos entre humanos) nos presenta ese diálogo de Dios y Satanás que dará pie a todo lo que luego va a suceder. Dios se regocija de la bondad y honradez de Job, pero el diablo le dice que eso es porque Job ha sido bendecido con toda clase de bienes. Si pasa por la prueba de que se le arrebaten todas esas cosas ¿seguirá siendo fiel?
Dios permite la tentación y que Job se vea desposeído de todo: ganados, posesiones, incluso sus hijos van a perecer y Job se verá sin nada. El autor sagrado en breves pinceladas describe cómo todo se le arrebata por ladrones, o por catástrofes naturales. ¿Cuál será su reacción de Job?
‘Entonces Job se levantó, se rasgó el manto – era la señal de dolor y de duelo -, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y comenta el autor sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’. Más que protestas lo que vemos son bendiciones. ‘Bendito sea el nombre del Señor’.
A través de todo el texto se irán sucediendo las explicaciones humanas que los hombres nos hacemos de lo que nos sucede o del por qué de las desgracias. Como escucharemos tres amigos vendrán a consolar a Job en su infortunio y en un hermoso diálogo se sucederán esas explicaciones, manteniéndose siempre la fidelidad de Job, pero escuchando también el auténtico mensaje del cielo para comprender todo ese misterio del mal.
Ya lo iremos escuchando y haciendo algún comentario. Hoy nos queda el contemplar este primer momento y esta primera reacción del paciente Job que le lleva por encima de todo a bendecir al Señor. En la vida nos suceden también males, nos aparece la desgracia o se nos echa encima, por decirlo de alguna manera, el dolor y el sufrimiento. Quizá el vernos debilitados por los años y los achaques de la enfermedad nos pudiera hacer pensar muchas veces en lo que era nuestra vida y lo que ahora podemos ser en nuestra debilidad. Cuántas explicaciones queremos darnos muchas veces.
Puede surgir también en nuestro interior la desesperación, la impotencia, la angustia, el agobio al sentirnos débiles, al tener que afrontar problemas y sufrimientos. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿Por qué a mí? Decimos muchas veces y pensamos en castigos o en sentirnos culpables de alguna manera. No vamos a intentar buscar razonamientos o respuestas fáciles.
Con la misma fe y esperanza que nos manifiesta Job cuando llega a bendecir a Dios en medio de su desgracia, y teniendo nosotros muchas más motivaciones cuando contemplamos a Jesús, el Justo y el Inocente, cargando con su cruz y nuestra cruz en su pasión, vamos a pedir que el Espíritu del Señor nos ilumine; que la Palabra del Señor que iremos escuchando vaya ayudándonos a descubrir el sentido de todo y su valor; que nos llenemos en el fondo de corazón siempre de paz y con serenidad afrontemos esos momentos difíciles que podamos pasar en la vida.
Que también como el salmista podamos llegar nosotros a decir: ‘aunque me pruebes a fuego, no encontrarás malicia en mí’. Seguro que en Jesús vamos a encontrar esa luz que necesitamos y esa fortaleza para nuestra vida.

martes, 10 de noviembre de 2009

La vida de los justos está en manos de Dios

Sap. 2, 23-3, 9
Sal. 33
Lc. 17, 7-10


‘La vida de los justos está en manos de Dios… ellos están en paz… esperaban seguros la inmortalidad… Dios los puso a prueba y los hallo dignos de sí… el día de la cuenta brillarán como chispas en un cañaveral…’
Hermosa reflexión del libro de la Sabiduría, uno de los llamados libros sapienciales del Antiguo Testamento. Son reflexiones muy cercanas, incluso en el tiempo, a la época de Jesús, aunque aún pertenecen al Antiguo Testamento. sin embargo notamos que un cierto sabor a la sabiduría evangélica, porque incluso tienen su resonancia en las bienaventuranzas.
‘La vida de los justos está en manos de Dios y ellos están en paz…’ No podía ser menos. Quien se confía totalmente en Dios se siente seguro y nada le hará temer. ‘El Señor es mi pastor, nada temo’. La confianza en Dios no nos aleja de la muerte, ni de dificultades y problemas que los seguiremos teniendo.
Alguno podrá pensar, como creo en Dios, ya todo me va a salir bien, voy a tener suerte en la vida y no tendré problemas. Creer en Dios y porque en Dios pones tu confianza y esperanza significará que vas a enfrentarte a los problemas y dificultades de distinta manera, no que no los vas a tener. Te sentirás fortalecido en el Señor. No perderás la paz y el equilibrio frente a las cosas que pudieran agobiarte. Desde el Señor y nuestra fe en El me sentiré como con otros recursos y fortaleza para enfrentar las situaciones.
Nos sentiremos probados, habrá momentos difíciles sin saber qué salida tomar, pero no nos faltará la fuerza y la luz del Espíritu que nos dará su Sabiduría divina. Esos momentos los veré como una prueba de la que saldré más fortalecido y purificado. ‘Lo probó como oro en el crisol’. Es a fuego donde se purifica el oro para quitar todas las escorias que lleva adheridas el metal precioso. Sólo cuando se purifique al fuego es cuando brillará en todo su esplendor.
Muchas escorias en nuestra vida, muchas cosas inservibles e inútiles de las que nos tenemos que purificar. No hemos de rehuir el fuego de la prueba, que puede ser una enfermedad, un problema que nos parece insoluble, un mal momento que nos hace sufrir y que llega a nosotros como una crisis en muchos sentidos. Pero todo esto tiene que hacernos ver la verdad de la vida, lo que es verdaderamente importante.
La prueba nunca nos debe separar del Señor, sino que en El tenemos que apoyarnos más fuertemente. Y se verá purificada nuestra fe y más madura. Y arrancaremos apegos del corazón que nos hará sentirnos más libres, esas cosas que como cachivaches vamos metiendo en nuestra vida y que como una rémora no nos dejan avanzar.
En el Señor ponemos nuestra confianza. La vida eterna de dicha sin fin junto a Dios es nuestra esperanza. Así resplandecerá un amor más auténtico y más puro.
‘Los que en El confían conocerán la verdad y los fieles permanecerán con El en el amor, porque sus elegidos encontrarán amor y misericordia’.

martes, 22 de septiembre de 2009

El martirio, una ofrenda de amor realizada cada día

Beatas Josefa Ruano y Mª Dolores Puis, mártires
Hermanitas Ancianos Desamparados
Sap. 3, 1-9
Sal. 33
Jn. 12, 24-26


‘Dichoso el hombre que soporta la prueba porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’.
No es agradable pasar por una prueba. Nos gustaría que todo fuera fácil, no tuviéramos problemas, no surgieran las enfermedades, todos y siempre fuéramos inmensamente felices sin ninguna sombra que empañara esa felicidad, no encontráramos oposición por ningún lado. Pero sabemos que la vida no es así. Todas esas cosas y muchas más de una forma o de otra van surgiendo en la vida, haciéndonos más maduros, haciéndonos adquirir una riqueza grande en la vida que no se queda reducida a lo material o pecuniario y, ¿por qué no? en el orden de la fe haciéndonos tener una fe más madura y más firme.
En la frase que nos ha servido de principio a nuestra reflexión se emplea la palabra aquilatar y nos dice ‘una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’. Esa palabra, aquilatar, viene del método que se emplea para purificar el oro, que se hace a fuego y una vez pasado por el crisol y purificado con el fuego de toda escoria, adquiere más quilates, más valor. Una vez aquilatada nuestra vida en el fuego de la prueba, tenemos que decir, nos haremos dignos de la corona de la vida.
Entonces esas dificultades de la vida, todo eso que podemos encontrar como oposición a nuestra vida cristiana, tiene que aquilatarnos; es la prueba que nos purifica y nos hace madurar de verdad. Así en verdad nos veremos fortalecidos en nuestra vida cristiana, en nuestro seguimiento de Jesús.
De eso nos hablaba el libro de la Sabiduría. ‘La gente insensata pensaba que morían… era una desgracia su tránsito y una destrucción su partida… los probó como oro en el crisol… los recibió como sacrificio de holocausto…’ El sufrimiento y la muerte de los justos pudiera parecer injusto, innecesario y un sin sentido desde la óptica de los que no tienen fe.
Estamos escuchando esta Palabra de Dios y reflexionando sobre ella en la memoria que hacemos hoy de las dos beatas mártires de la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Sor Josefa y Sor María Dolores, en tiempos de la persecución religiosa en España en el siglo XX. ‘Resplandecen como chispas que prenden en el cañaveral’, seguía diciendo el libro de la Sabiduría. Es el resplandor de los mártires que para un no creyente pudiera ser considera una muerte inútil, pero, como sigue diciendo el texto sagrado, ‘el Señor reinará sobre ellas eternamente’; ellas han entrado a tomar posesión del Reino que Dios les tiene reservado porque para siempre Dios será su único Rey y Señor.
Ellas son ese ‘grano de trigo que cae en tierra y muere pero que da mucho fruto para siempre’, del que nos habla Jesús en el Evangelio. Dos Hermanitas que supieron hacer oblación de su vida calladamente día a día en su servicio y atención a los ancianos. No fueron mujeres de obras extraordinarias. No busquemos en su vida cosas maravillosas y extraordinarias sino que lo maravilloso es lo extraordinariamente bien que vivieron su amor cada día. No nos pide Dios normalmente cosas extraordinarias para santificarnos, sino que hagamos extraordinariamente bien las cosas ordinarias de cada día.
Es lo que hicieron las Hermanitas, en silencio, como grano de trigo enterrado bajo la tierra. De esa oblación silenciosa de cada día surgirá un día que lleguen a la culminación de su oblación y sacrificio en el martirio. Es la prueba suprema del amor a que fueron sometidas, pero pudieron alcanzar la corona de la vida. En ese momento Dios les pedirá lo extraordinario pero estaban preparadas para esa ofrenda desde esa oblación que cada día habían hecho de su vida en el amor. Y así fue como lo vivieron; habían vivido la prueba de cada día en su entrega silencio, ahora podían pasar la prueba suprema en la hora del martirio.
La Iglesia les reconoce el martirio de esa hora de la muerte en forma tan extraordinaria pero que yo diría sólo viene a confirmar ese martirio, esa ofrenda de amor que cada día hacían de su vida en la atención a los ancianos como lo hacen y siguen haciendo las Hermanitas cada día.
Tomemos el testigo que ponen en nuestras manos. Para vivir nuestra santidad así calladamente pero haciendo cada día esa oblación de amor al Señor.

martes, 24 de febrero de 2009

El oro se acrisola en el fuego

Eclesiástico, 2, 1-13

Sal. 36

Mc. 9, 20-36

‘Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mi y yo para Cristo’. Esta aclamación que hemos hecho al evangelio está tomada de la carta de san Pablo a los Gálatas. Y en verdad que nos gloriamos en la Cruz de Cristo porque en ella está nuestra salvación. Pero nos gusta mirar a la Cruz cuando la lleva Cristo, pero ¿y cuando nos toca llevarla a nosotros? ¿La aceptamos de igual manera o nos rebelamos contra ella?

Efectivamente cuando aparece el dolor y el sufrimiento en nuestra vida, ya sea por la enfermedad, porque nos veamos llenos de incapacidades y debilidades, o porque los problemas nos acosan, bien que nos rebelamos, tratamos de quitarnos la cruz de encima, o nos preguntamos por qué ese castigo, qué hemos hecho para merecerlo.

La palabra hoy proclamada puede ayudarnos. Ayer comenzamos a leer unos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, el Eclesiástico, que ya mañana no seguiremos escuchando porque iniciamos la cuaresma con su ritmo propio de lecturas. Ayer se nos hablaba de la Sabiduría de Dios manifestada sobre todo en la Creación. Pero en lo que hoy hemos escuchado nos da luz para lo que nos planteábamos al principio.

Nos habla del oro que se purifica en el crisol. Efectivamente el oro cuando lo sacamos de la mina donde haya sido encontrado está lleno de escorias que sólo al fuego se pueden eliminar. Ha de pasar por el crisol del fuego que lo purifique y lo abrillante. Pues así nos dice de nosotros. ‘Porque el oro se acrisola en el fuego, y el hombre que Dios ama en el horno de la pobreza…’

Ese dolor, ese sufrimiento, esos problemas a los que nos tenemos que enfrentar tendrían que servirnos para purificar nuestra vida, para madurar. ‘No te asustes en el momento de la prueba… acepta cuando te suceda, aguanta enfermedad y pobreza…’ nos decía el libro del eclesiástico.

Pero, ¿dónde encontrar la fuerza para ello? ‘Confía en Dios que El te ayudará, espera en El y te allanará el camino…’ En el Señor vamos a encontrar nuestra fuerza y nuestra sabiduría. El Señor premia a los que confían en El a pesar de las pruebas y dificultades. Por eso hay que saber perseverar. Perseverar en la humildad y en la paciencia. ‘Fijate en las generaciones pretéritas: ¿quién confió en el Señor y quedó defraudado? ¿quién esperó en El y quedó abandonado? ¿quién gritó a El y no fue escuchado? Porque el Señor es clemente y misericordioso…’

Y del evangelio escuchado tres palabras clave: humildad, servicio y acogida. Es lo que contemplamos en Jesús antes de que El nos lo pida a nosotros. Anuncia hoy su entrega hasta la cruz y hasta la muerte. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado… lo matarán, y después de muerto a los tres días resucitará’. Es el que llevó el amor hasta el final, hasta el sacrifico, hasta la muerte.

Servicio. Después de este anuncio de Jesús que los discípulos no acaban de entender como siempre que nos sucede cuando se nos habla de sufrimiento y de entrega, todavía andaban discutiendo sobre quién iba a ser el mayor y más importante. Por eso cuando llega a casa, les dirá ‘que quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos’. Pero nos lo dice quien se hizo esclavo y lo contemplamos por ejemplo con el oficio de los esclavos lavándoles los pies a los discípulos en la última cena.

Acogida. Como Jesús acoge a todos, hasta el más pequeño o el más pecador. Es algo repetido en el evangelio. Y nos dice hoy: ‘El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.

¿Seremos así nosotros acogedores para los demás? ¿terminaremos de entender el valor que le damos a nuestra vida cuando la llenamos de amor?

sábado, 9 de agosto de 2008

Una vez aquilatado recibirá la corona de gloria

Eclesiástico, 51, 1-8
Sal. 30
Mt. 10, 28-33

‘Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’. Es la aclamación al evangelio hoy proclamado, tomada de la carta del apóstol Santiago.
Quizá no nos gusten demasiado las pruebas y las dificultades. Nos sentimos mal mientras somos probados. Pero la dificultad nos pone a prueba, nos purifica, aquilata nuestra fe y nuestra vida cristiana. Como el oro que es purificado a fuego en el crisol, es aquilatado, para eliminar todas las escorias, todas las impurezas, todos los defectos y pueda resplandecer con todo su brillo.
Nos es dura la prueba. Pasar por el fuego tiene que dolernos. Pero es un fuego purificador. O si queremos otros ejemplo, cuando tenemos que limpiar algo en lo que está incrustada fuertemente la suciedad, tenemos que emplearnos con fuerza, raspar con fuerza a la vez que delicadamente para poder arrancar aquella suciedad. Le duele a aquel objeto, si pudiera quejarse, de ser así raspado, pulido, para poder purificarlo bien. Nos duelen las pruebas, pero nos purifican, nos aquilatan, nos hace que resplandezca más la luz de nuestra fe o de nuestra vida cristiana.
No temamos ese pequeño sufrimiento en comparación del suplicio eterno de la condenación. Por eso nos dice Jesús en el evangelio: ‘No temáis a los que puedan matar el cuerpo, pero no pueden arrancarte la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno’. Bien lo entendieron los mártires. No temieron perder la vida terrena con tal de mantenerse en la fidelidad y alcanzar la vida eterna. ‘Aquel que quiere ganar su vida, la perderá, nos dice el Señor; pero el que la pierda por mí alcanzará la vida eterna’. Y hoy nos dice también: ‘Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo me declararé a su favor delante de mi Padre celestial’.
Además, hay una cosa. No estamos solos en nuestra lucha contra el mal. Tenemos la certeza de la asistencia de su Espíritu. El es nuestra fortaleza y el que nos mantendrá en la vida. ‘Se pone de nuestra parte...’ Está con nosotros.
Pero todo esto tiene que llevarnos a un paso más. A saber ser agradecidos por esa presencia el Señor y su Espíritu en nuestra vida, que es nuestra fortaleza. Por eso como nos decía el libro del Eclesiástico: ‘Te doy gracias, Rey y Señor, a ti te alabo, oh Dios Salvador mío, doy gracias a tu nombre’.
¡Cuántas veces olvidamos el dar gracias! En los momentos de dificultad, de tentación o de prueba pedimos al Señor que nos ayude, que esté con nosotros, pero cuando pasa ese momento y todo marcha ya normalidad fácilmente olvidamos a quien ha sido nuestra fortaleza y nuestro auxilio. ‘Fuiste protector y apoyo para mí y libraste mi cuerpo de la muerte... frente a los que me cercaban, fuiste mi apoyo y me libraste, por tu gran misericordia y por tu nombre... Entonces me acordé, Señor, de tu misericordia y de tus obras desde siempre, de qué tú libras a los que en ti esperan...’
Que sepamos volver a dar gracias al Señor. ¡Cuántos motivos tenemos para darle gracias! Todos tenemos la experiencia de tantas veces que nos hemos visto probados en la vida y el Señor ha estado con nosotros para librarnos y darnos vida.