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martes, 31 de octubre de 2023

Nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra

 


Nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

Quieras que no también nosotros admiramos las cosas grandes. Vamos caminando dando un paseo y primero nos fijamos en las grandes montañas que vemos en la lejanía que en un minúsculo sendero que quizás nos conduce a un pequeño arroyo de agua cantarina; observamos un monumento y nos quedamos extasiados ante su grandiosidad, y luego será quizás cuando entramos en los detalles de sus líneas, de sus grabados o de sus pinturas; nos sentimos encandilados cuando vemos a una multitud reunida o manifestándose por cualquier causa y no nos fijamos en los transeúntes que encontramos al paso o los que están allí en la orilla del camino.

Lo podemos aplicar a muchas cosas, a muchos aspectos, a muchas cosas que nos suceden y en las que nos vemos implicados o al menos tendrían que ser un interrogante para nosotros. Cuando escuchamos los relatos del evangelio enseguida nos fijamos en las multitudes que se reunían viviendo de un lado y de otro para escuchar a Jesús, vemos la multitud, pero no nos fijamos en las personas que allá en silencio, en cualquier rincón también están queriendo seguir a Jesús o escuchar su buena noticia.

¿Qué nos está queriendo decir hoy Jesús en el evangelio? Que nos fijemos en lo pequeño, por eso nos habla de la semilla de la mostaza que es bien pequeña y aparentemente insignificante, o en el pequeño puñado de levadura que se mezclará con la gran masa para hacer el pan.

¿Nos querrá decir algo para nuestra vivencia de Iglesia hoy? Algunas veces también quizá añoramos aquellos momentos en que veíamos nuestros templos repletos de personas, le damos mucha importancia y hasta propaganda, por decirlo de alguna manera, a esas manifestaciones religiosas multitudinarias de gentes que se congregan en torno a un santuario o una determinada devoción.

Bajémonos de esos observatorios de altura. Vayamos más a ras del camino de cada día y comencemos a ver lo pequeño, lo que va germinando en el corazón de cada persona, en esas personas sencillas que no hacen ruido ni vociferan desde unos entusiasmos muchas veces estentóreos pero que día a día no solo van sembrando la semilla de la Palabra de Dios en sus corazones, sino que también con sus gestos, con su entrega callada, con sus compromisos con la vida, van siendo esa levadura en medio de nuestro creando de verdad el Reino de Dios.

Hay momentos en que nos sentimos como abrumados y hasta desalentados porque nos parece, frente a tanta algarabía que escuchamos alrededor, que no contamos, que no somos nadie, que la Iglesia va perdiendo influencia en la sociedad, que aumentan los indiferentes o los descreídos. Cuidado que sean ruidos que nos confundan, porque además puede haber quienes estén interesados también en crear esa confusión. No podemos desalentarnos mientras siga permaneciendo viva la llama de la fe en nuestro corazón, y seamos capaces de ver cómo también sigue viva en el corazón de muchos.

Podemos parecer pocos o pequeña semilla, pero no dejemos de sembrar. El Reino de los cielos se parece a la semilla de la mostaza, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Pensemos que ya nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra.

Nos puede parecer insuficiente o insignificante lo que vamos haciendo, pero no dejemos de hacerlo, somos ese puñado de levadura que tiene que hacer fermentar el mundo, y lo hará fermentar. Es válido eso pequeño que hacemos, y que hacen tantos a nuestro alrededor. Aunque nos parezca que no estamos transformando nuestro mundo, aunque por supuesto quisiéramos que fuera con mayor intensidad. Pero valoremos esas pequeñas cosas que se hacen, valoremos a esas personas anónimas que están a nuestro lado queriendo también sembrar su buena semilla.

Creo que estas parábolas que hoy escuchamos nos levantan el ánimo y la esperanza. Es algo que a un cristiano nunca le puede faltar.

lunes, 26 de julio de 2021

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

 


Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

‘Mucho ruido y pocas nueces’, es un refrán que viene a resumir de alguna manera la decepción que podemos llevarnos cuando esperamos algo grandioso, porque quizás así se nos ha anunciado, pero luego aparece algo muy simple y muy sencillo. Claro que entra aquí aquel concepto de que lo complicado es lo más sabio o lo de mayor riqueza; fácilmente desdeñamos las cosas sencillas, nos parecen de menor importancia y en consecuencia quizás no las tenemos en cuenta.

Algo de esto nos puede pasar en referencia al mensaje de Jesús, al anuncio del Reino de Dios que El nos hace, o a las esperanzas que anidaban en el corazón de los judíos sobre lo que iba a significar la presencia del Mesías. El centrar Jesús su mensaje en el anuncio del Reino de Dios, esta palabra reino podría llevarnos a pensar en un reino de poder a la manera de los reinos de este mundo que lo ejercen desde el dominio y desde las grandezas a lo humano; pensar en el reino podía llevar a pensar en todo un engranaje de poderes humanos, de suntuosidades y cosas grandiosas que casi parece que por si mismas nos aturden y nos apabullan.


Lo tremendo sería que nos quedaran aún esos resabios en la Iglesia que también quiera manifestarse desde la suntuosidad y el poder, emparejándose de alguna manera con los estilos del mundo que nos rodea. ¿No hemos llenado nuestros templos de demasiados cortinajes? ¿No hemos adornado nuestras imágenes con demasiadas coronas doradas y demasiados mantos de ricas telas? ¿No nos hemos rodeado en nuestra vestimenta de esas vanidades del mundo haciendo tantas distinciones en ornamentos o en los trajes de nuestros eclesiásticos?

Y Jesús nos dice hoy que el reino de Dios es algo tan sencillo como una semilla de mostaza o como un puñado de levadura. Algo muy normal y aparentemente insignificante que usamos en las cosas corrientes de nuestra vida como pueda ser el sazonar nuestros alimentos o hacer fermentar la masa del pan. Así de sencillo es el Reino de Dios, así de sencillo es vivir el sentido del Reino de Dios. Cuando aceptamos a Dios como el único Señor de nuestra vida todo se vuelve sencillo y todo entra en la normalidad de unas relaciones que tienen que ser verdaderamente humanas y en la que todos colaboramos con el calor de nuestro amor y del gozo de nuestro corazón.

¿Necesitamos manifestaciones de grandezas o signos de poder para amar de verdad a los que están a nuestro lado? Los amamos desde la sencillez de los gestos humanos que cada día nos tenemos los unos a los otros que es con lo que la vida va adquiriendo un nuevo sabor. Es ese pequeño puñado de levadura que metemos en la masa de nuestra humanidad para que en verdad seamos más hermanos y vivamos en mayor armonía y paz.

Nos decía Jesús que una pequeña e insignificante semilla de mostaza puede darnos una planta que en su frondosidad puede dar ocasión hasta para que los pajarillos hagan allí sus nidos. Ese pequeño gesto que tengas con el que está a tu lado, esa mirada amable o esa sonrisa llena de paz, esa mano tendida siempre abierta para ofrecer y para acoger, esa ternura con la que te sientes al lado del que sufre para servirle de apoyo en su momento de dolor, es la señal de que algo nuevo ha comenzado en nosotros, algo nos ha transformado por dentro, sin que necesitemos de suntuosidades ni de grandiosidades.

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece también con palabras humildes y sencillas que son garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida.

martes, 27 de octubre de 2020

Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

 


Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Nos gusta lo espectacular. Como ahora cuando vemos una película con efectos extraordinarios y espectaculares como se pueden obtener con los medios digitales y tecnológicos de los que hoy se dispone. Nos llama la atención el espectáculo cuánto más insólito mejor, nos entretiene, nos lleva quizá en nuestra imaginación por caminos insospechados y vamos de asombro en asombro. Pero aunque no siempre se ha tenido esa posibilidad de crear lo espectacular como lo podemos hacer hoy por ejemplo con el cine, cualquier cosa que se saliera de lo normal en todos los tiempos a la gente le apasionaba, aunque hubiera algo de terror y pudiera producir temores y miedos.

En los tiempos de Jesús cuando les hablaba del Reino de Dios que venía a instaurar, de alguna manera la gente que lo escuchaba también estaban esperando cosas espectaculares; quizás las guerras con toda la destrucción que les acarreaban de alguna manera subirán en la mente de los hombres esas ansiedades y deseos que de alguna manera podían estar latiendo en el corazón; y si no, eran los espectáculos que nos podía ofrecer la naturaleza en medio de una tormenta; es por eso que los profetas utilizaron esas imágenes, pero también ahora se emplearían para hablar del sentido o de la forma del final de la historia; recordemos algunas cosas que nos dirá Jesús y que próximamente en el final del año litúrgico vamos a escuchar de nuevo.

¿Sería algo así como se imaginaban que se iba a realizar el Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús y que estaba en la esperanza de la llegada del Mesías? No olvidemos que en el concepto del pueblo venía algo así como un guerrero al frente de un ejército liberador de aquellas esclavitudes que vivían bajo la dominación de pueblos extranjeros. En ese sentido eran los diversos movimientos que había entre en el pueblo dispuestos a esas guerrillas liberadoras.

En algún momento le preguntarán a Jesús si era ya llegado el momento de la liberación del pueblo como signo de la constitución del Reino de Dios del que El les hablaba. Ya andaban los discípulos cercanos a Jesús preparándose para conseguir los primeros puestos de poder, como tantas veces hemos reflexionado. Pero Jesús propone hoy dos parábolas que rompen todos esos parámetros que se habían construido en sus mentes, porque no habrá nada más espectacular como sencillo que la imagen de una insignificante semilla sembrada y que nos podría dar una gran arbusto capaz hasta de acoger a los pajarillos para que en él hicieran sus nidos; o les habla también de ese pequeño puñado de levadura, algo tan fino que parece como polvo, que sin embargo es capaz de transformar la masa para darnos buen pan. Y nos dice Jesús, así es el Reino de Dios.

Nosotros también soñamos con una iglesia de cristiandad, triunfante sobre todo y sobre todos, acompañada de los sones de los himnos que más bien en algunas ocasiones parecen guerreros y donde todo parece que tendría que someterse a nuestros pies. Algo de eso nos queda de espectacularidad con la herencia de signos grandiosos que con el arte a través de los tiempos nos han levantado grandes edificios a los que hoy quizá contemplamos vacíos porque no se encuentran los verdaderos adoradores del Padre en espíritu y verdad de lo que nos habla Jesús en el evangelio.

Nos ponemos tristes muchas veces porque ya no podemos hacer esas espectaculares procesiones que más bien podrían parecer los desfiles victoriosos de los generales cuando venían de la guerra y en cuyo honor se levantaban arcos de triunfo que han quedado para la posteridad. No toda la gente está hoy por esas espectacularidades o cuando hay quien las promueve tenemos el peligro de que se desvíen de su verdadero sentido y no sea una auténtica expresión religiosa lo que allí estemos manifestando, y por otra parte ya son cada vez menos los que participan en esos desfiles procesionales.

Nos olvidamos quizás – y ya son varias las veces que empleo la palabra olvido – de esa pequeña semilla que tenemos que sembrar y que tenemos que cultivar, quizá de forma callada y silenciosa, pero haciendo que cada día más y mejor llegue el mensaje del evangelio al corazón de las personas. Ese tendría que ser nuestro esfuerzo como cristianos, como iglesia, donde en un tú a tú con las personas, en unos encuentros personales pero también en los pequeños grupos que se formen en nuestras comunidades vayamos de verdad difundiendo la buena nueva del evangelio.

Que en verdad seamos como esa levadura que nos transforme a nosotros y que ayude a transformar a los que están a nuestro lado y que ese bien de la buena nueva de Jesús, esa verdad del evangelio se vaya difundiendo por sí misma y extendiéndose cada vez más como una mancha de aceite que vaya contagiando todos los corazones. Eso es lo grande en lo que tenemos que soñar, eso es lo verdaderamente espectacular del Reino de Dios.

Creer en Jesús y en el evangelio no es simplemente un entretenimiento ni el espectáculo de algo extraordinario que nos va a impresionar con mucho asombro de forma momentánea. Será, tiene que ser, algo que de verdad nos transforme desde lo más hondo de nosotros mismos. Mucho tendríamos que cambiar los cristianos en esas cosas que se nos han metido en la cabeza.

martes, 29 de octubre de 2019

Siembra cada día una pequeña semilla e irás creando un bosque nuevo a tu alrededor donde todos nos sintamos a gusto, donde saboreemos lo que es el Reino de Dios


Siembra cada día una pequeña semilla e irás creando un bosque nuevo a tu alrededor donde todos nos sintamos a gusto, donde saboreemos lo que es el Reino de Dios

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21
Decimos que no queremos ser tacaños y no recogemos unos céntimos que nos sobran de la compra; total, una moneda tan insignificante, tan pequeño valor, y no le damos importancia. Pero lo de menos es la cuestión de los céntimos y me van a llamar tacaño por hacer esas referencias, pero bien puede ser sintomático del poco valor que le damos a las cosas pequeñas, a las cosas que nos pueden parecer insignificante. Son los gestos y las actitudes que tenemos hacia los demás, es la poca valoración que hacemos de alguien porque nos parece quizás humilde, pero es el no darnos cuenta del valor – y no nos queremos referir a lo económico – de las pequeñas cosas de la vida.
Es cierto que solemos decir que las mejores fragancias se llevan en recipientes pequeños, porque solo una pequeña gota de ese perfume, o el simplemente dejarlo abierto, es capaz de llenar de fragancia aquel lugar en que se derrame. Pero en ese desdén por lo pequeño están los detalles o los valores a los que no damos importancia en la vida. Y a lo grande llegamos desde los pequeños granos de arena, o desde las pequeñas semillas que encierran una vida y que si dejamos germinar veremos plantas no solo grandes sino hermosas en su belleza que nos regalan la vista de ellas o que nos pueden producir hermosos frutos.
Cuánto podemos hacer con una pequeña semilla que sembremos cada día. Por algún lado escuché la campaña que se hizo en un determinado lugar pidiendo a la gente que cuando comieran alguna fruta no desecharan la semilla para echarla a la basura, sino que la guardaran y la dejaran madurar y cuando salieran al campo la fueran arrojando en aquellos lugares que podían parecer más inhóspitos y desprovistos de vegetación; con el paso del tiempo, contaban, que comenzaron a germinar aquellas semillas y fueron surgiendo plantas que poco a poco se convirtieron en árboles que crearon hermosos bosques donde antes había poco menos que unos terrenos desérticos e inhóspitos.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la pequeña semilla de la mostaza que sembrada debidamente nos dará un hermoso arbusto, y como dice la parábola capaz de que en él anidaran los pájaros del cielo; o nos habla también de la levadura que no en gran cantidad es mezclada con la masa para hacerla fermentar y nos pueda dar hermosos y sabrosos panes. Y Jesús nos pone estos ejemplos, estas parábolas para hablarnos del Reino de Dios. Una pequeña semilla, un puñado pequeño de levadura que hará fermentar a nuestro mundo, que dará un nuevo y sabroso sabor a la vida y al mundo. Es el Evangelio que nos da sentido nuevo a nuestra vida, es el Reino de Dios que hemos de vivir desde los pequeños detalles, desde los pequeños gestos de todo aquello que hacemos con amor y que dará ese sabor nuevo, ese sentido nuevo a la vida y al mundo.
No nos pide el Señor cosas extraordinarias, sino lo extraordinario de valorar lo pequeño, lo de saber hacer esas cosas de cada día allí donde estemos extraordinariamente bien porque en ellas pongamos amor, porque sepamos hacerlas con la trascendencia de quien sabe que hace cosas grandes porque está creando un mundo mejor.
Una palabra, una frase buena que nos haga pensar, un pequeño gesto de cercanía y de ternura para con aquel que ves débil e indefenso a tu lado, una mirada de aliento, una mano tendida o una sonrisa que da ánimo, cuantas cosas pequeñas podemos hacer cada día que despierte la esperanza, que ponga nueva ilusión en quien está hundido a tu lado porque nadie lo tiene en cuenta. Son las pequeñas semillas del reino que podemos y tener que ir sembrando para crear ese nuevo bosque, para crear ese nuevo mundo.
No lo olvides, trata de sembrar cada día una pequeña semilla y estarás haciendo que nuestro mundo sea mejor, estarás haciendo presente el amor de Dios que lleva a nuestra vida con su amor y con su salvación.

martes, 30 de octubre de 2018

Cuántos pequeños granos o semillas de bondad podemos ir ofreciendo en la vida para ir llenando de una mayor humanidad cada una de las cosas que hacemos



Cuántos pequeños granos o semillas de bondad podemos ir ofreciendo en la vida para ir llenando de una mayor humanidad cada una de las cosas que hacemos

Efesios 5,21-33; Sal 18; Lucas 13,18-21

Hay cosas que porque nos parecen insignificantes no le damos importancia. Pero un edificio  no se levanta sin los pequeños granos de arena con los que se elaborará el forjado que irá dando forma al edificio. Nadie cuando está saboreando un buen pan piensa en los pequeños granos de levadura que se añadieron a la masa para poder elaborarlo con todo su sabor.
No son tan insignificantes esas cosas pequeñas, porque son en cierto modo la base de lo más grande que podamos o tenemos que hacer. Nos pasa en nuestras relaciones personales y humanas; quizá queremos rodearnos de personajes que consideramos importantes, nos llenamos de orgullo cuando tenemos una relación de amistad con alguien que consideramos de relevancia social especial. Y un poco pasamos de largo, o no nos fijamos, en esas personas que nos parecen pequeñas y sencillas, personas comunes que aparentemente no realizan ninguna cosa especial.
Sin embargo quizás muchas veces en esas personas que nos parecen sencillas y pequeños podemos encontrar grandes gestos humanos que le dan sabor no solo a su propia vida, sino que quienes están a su lado se sienten bendecidos por su suerte. Suele ser ahí donde encontramos muchas veces mayor humanidad y ternura, mayor cercanía y una amistad más sincera, en ellos encontraremos generosidad y siempre buenos deseos, pero que, repito, muchas veces no sabemos descubrir encandilados quizás por esas cosas grandes con las que soñamos.
Necesitamos abrir mas los ojos en la vida para descubrir esa grandeza de corazón en su humildad en esas personas que nos parecen pequeñas que están a nuestro lado y quizá nos pasan desapercibidas. Son las que van manteniendo ese calor de humanidad que la vida necesita, que necesitamos todos porque en la carrera de la vida que llevamos tenemos el peligro de perder esa humanidad, insensibilizarnos y convertirnos poco menos que en máquinas automáticas.
Hoy Jesús en el evangelio nos enseña a valorar las cosas pequeñas. Y nos dice que el Reino de Dios que tenemos que realizar hemos de construirlo precisamente desde esas cosas pequeñas. Nos encandilamos incluso los cristianos en cosas que nos parecen grandiosas en la misma Iglesia; nos llenamos de asombro ante momentos de especial espectacularidad o cuando contemplamos muchedumbres que acuden a algunos actos religiosos que podamos realizar.
Por supuesto, para Dios siempre lo mejor y si queremos decirlo así también con la mayor solemnidad, pero pensemos que igual o mayor gloria da a Dios el que con un gesto sencillo muestra su ternura y su compasión con el que está a su lado, acude con generosidad y disponibilidad de espíritu al lado del que sufre para ofrecerle ayuda y consuelo.
Tantas personas que en nuestras comunidades silenciosamente saben acudir junto al vecino o al familiar que está solo para acompañarle, que está enfermo para ayudarle, está necesitado para compartir calladamente con él, o saben tener una sonrisa, una palabra amable, un gesto de ánimo a cualquiera que esté a su lado o con quien se crucen en la vida. Son semillas del Reino de Dios que tenemos que saber apreciar y realizar nosotros también con nuestra vida.
Nos habla el Señor hoy de la pequeña semilla de la mostaza o del grano de levadura que se mezcla con la masa. Cuántos pequeños granos o semillas de bondad podemos ir ofreciendo en la vida para ir llenando de una mayor humanidad cada una de las cosas que hacemos. Nos hemos hecho un mundo excesivamente agrio que tenemos que saber endulzar para llenarlo de más humanidad.

martes, 25 de octubre de 2016

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

 Efesios 5,21-33; Sal 18; Lucas 13,18-21

El evangelio nunca es para adormecernos; no nos podemos quedar en la belleza literaria que en sus páginas podamos encontrar, ni acudimos al evangelio como un entretenimiento más de nuestra vida. El evangelio siempre crea inquietud en el corazón porque siempre el evangelio está abriendo horizontes en nuestra vida, sembrando inquietud en el corazón, despertándonos de nuestras modorras, señalándonos cosas que hemos de purificar y sembrando nueva inquietud de vida en nosotros.
Por eso nunca es repetitivo en nuestra vida ni lo podemos convertir en una rutina; nunca ante el evangelio podemos tener la postura de ‘eso ya me lo sé’ o ‘qué nuevo me va a decir o descubrir’. Siempre el evangelio es novedad, ‘Buena Nueva’, es una buena noticia (y las noticias no pueden ser nunca viejas porque no serían noticia) para nuestra vida.
Se convierte así el evangelio en nosotros en ese grano de mostaza que no solo desde su pequeñez hace nacer un arbusto grande en el que puedan incluso cobijarse muchos animalitos, sino es también ese nuevo sabor - ¿para qué utilizamos la mostaza sino para darle sabor a nuestras comidas? – tanto a nuestra vida como a nuestro mundo.
Es el evangelio esa levadura de la vida; levadura que nos pudiera parecer insignificante, porque nunca es grande la cantidad que se añade a la masa sino en proporción a su volumen, pero que calladamente va haciendo fermentar esa masa, va a ir haciendo fermentar un nuevo sentido, un nuevo sabor primero a nuestra vida y luego también a través nuestro a ese mundo en el que vivimos.
Por eso decíamos el evangelio no nos adormece, sino que hará fermentar en nosotros esas nuevas actitudes, esos nuevos valores, esa nueva forma de actuar en el estilo del Reino de Dios. En esa inquietud, entonces, tenemos que preguntarnos si nosotros estamos dejando actuar esa levadura en nuestra vida, si nos estamos dejando transformar. Nos hace revisarnos continuamente porque queremos mejorar, porque queremos impregnarnos más y más de evangelio y hemos de cuidar entonces aquellas cosas que pudiera haber en nosotros y contrarrestar lo bueno que tendría que producir en nosotros la levadura del evangelio.
Pero en esa inquietud también nos planteamos cómo los creyentes estamos siendo levadura con nuestra presencia en medio del mundo. Nuestra presencia no tendrían que pasar inadvertida, y no porque vayamos haciendo cosas extraordinarias o milagros, sino por los efectos que tendrían que estar produciéndose en los demás. Tendríamos que ser contagio de evangelio allí donde estemos porque desde dentro vayamos impregnando de esos valores del evangelio a los que estén a nuestro lado. Nuestra presencia tiene que influir, pero desgraciadamente más bien nosotros nos dejamos influir por los contravalores que nos pueda presentar el mundo.
Presencia callada y silenciosa quizá la que nosotros tengamos en nuestros ambientes, pero una presencia que se ha de ir haciendo notar por aquello bueno que contagiamos en los demás. No gritamos desde signos externos ni por voces aparatosas, sino que contagiamos con nuestra vida, con nuestro amor esa fe que nosotros vivimos. Quizá quienes estén a nuestro lado tendrían que preguntarse qué hay en nosotros que a ellos les hace cambiar, les hace ver las cosas de forma distinta, les hace actuar también de una forma nueva.

martes, 27 de octubre de 2015

Una esperanza, una ilusión, una fuerza interior que nos hace crecer interiormente y lleva el Reino de Dios a su plenitud

Una esperanza, una ilusión, una fuerza interior que nos hace crecer interiormente y lleva el Reino de Dios a su plenitud

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

Algunas veces parece que nos desesperamos porque no vemos el fruto de aquello que hacemos; nos parece estar trabajando en baldío porque en nuestro deseo quisiéramos ver enseguida el fruto de lo que enseñamos, de lo que trabajamos por los demás, o del esfuerzo que realizamos por superarnos en la vida.
Es lo que muchas veces nos sucede en la familia, los padres se afanan en la educación de sus hijos, enseñan, corrigen, aconsejan, ayudan, apoyan pero parece que no vemos el resultado porque da la impresión que los hijos hacen casi lo contrario de lo que tratamos de imbuirles. Se ha de saber cultivar en uno mismo la virtud de la paciencia, saber esperar y confiar que aquella semilla que sembramos algún día brotará, algún día veremos las flores anuncio de nuevos y buenos frutos.
Nos sucede en el ámbito de nuestra vida religiosa y nuestra vida eclesial. Los pastores de la Iglesia se afanan en cómo mejor servir al pueblo de Dios, se trazan planes pastorales, se trabaja con ahínco por enseñar, por formar a las comunidades y no siempre encontramos el fruto que tanto deseamos.
Es la pequeña semilla que hemos de ir sembrando con la esperanza de que un día brotará; eso en nuestra propia vida en ese desarrollo personal, en esa superación que hemos de ir logrando en nosotros para ser mejores, pero es también en lo que hagamos por los demás. Es la paciencia del agricultor que echa la semilla en la tierra y ha de esperar para un día poder recoger los frutos. Es el proceso que en toda vida se desarrolla que tiene sus pasos y que hemos de saber seguir con paciencia y con esperanza.
Es de lo que nos hablan las pequeñas parábolas que hoy nos propone el evangelio. Nos habla de la pequeña e insignificante semilla de la mostaza que un día brotará y se convertirá en un arbusto grande; o es el puñado de levadura que mezclamos con la masa que parece que se diluye y desaparece pero que hará fermentar toda la masa; y que fermente la masa lleva su tiempo, su proceso.
Tenemos que aprender para la vida en todos sus aspectos. Es la esperanza que nos anima cuando tratamos de hacer el bien aunque no veamos respuesta. Es el ánimo que estimula nuestra vida en la lucha de cada día. Es el esfuerzo constante, sin cansarnos, que hemos de ir realizando en el desarrollo de nuestras responsabilidades y compromisos. Es la ilusión con que unos padres trabajan por el futuro de sus hijos y será el gozo final que tendrán cuando los ven crecer y madurar.
Que no nos falte nunca esa esperanza en ese compromiso con que vivimos nuestra vida. Que sintamos que el Espíritu del Señor está actuando ahí en nuestro interior, en nuestro corazón y es el que nos da fuerza y empuje para esa tarea de cada día. Es la esperanza con que vivimos y construimos el Reino de Dios que sabemos que un día alcanzará su plenitud.


lunes, 27 de julio de 2015

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35
Nos habla el evangelio del grano de mostaza o del puñado de levadura, y lo hace para decirnos como es el Reino de Dios, el Reino de los cielos, en expresión del evangelista Mateo. Algo pequeño e insignificante como una semilla que se hace una planta grande; algo muy sencillo aparentemente que parece que no tiene fuerza en si mismo pero que luego hace fermentar la masa.
Como decíamos nos propone Jesús estas parábolas para hacernos comparación o semejanza de cómo es el Reino de Dios; en nuestro pensamiento pudiéramos verlo como algo ajeno o fuera de nosotros; decimos que así es la Iglesia y quizá podemos pensar en algo así como un ente, al que sí pertenecemos pero que no somos nosotros. A mi me gustaría ver esas parábolas como signos de lo que se realiza en mi. El Reino de Dios no es algo ajeno o distante de mi vida, sino que en mi vida tengo que vivirlo; pero aun más podemos que el Reino de Dios es Jesús, Jesús presente en nuestra vida que nos vivifica, nos llena de vida.
Cuando nosotros hemos aceptado a Jesús nuestra vida tiene otro sentido, otro valor. Creer en Jesús no es solo un acto meramente intelectual, por así decirlo, con el que nuestra fe decimos que creemos en El porque aceptamos su existencia o reconocemos el valor y la riqueza de todo su mensaje. De ahí partimos, sí, pero aceptar a Jesús es mucho más, porque aceptar a Jesús es comenzar a vivir su misma vida; esa riqueza de su mensaje no se queda en unas palabras que guardamos en un libro; ese mensaje de Jesús lo hacemos vida en nuestra vida; desde ese mensaje de Jesús queremos vivir de una forma distinta, tal como El nos enseña; aceptando a Jesús nos dejamos transformar por El para vivir como El.
Es lo maravilloso de nuestra fe; es lo maravilloso de nuestro encuentro con El. No nos deja insensibles; una vez que nos encontramos con El ya nuestra vida no puede ser igual, porque en El nos sentimos vivificados. Es la imagen que nos está proponiendo hoy en la parábola de la levadura que fermenta la masa. Aceptamos a Cristo y nuestra vida se fermenta para ser otra vida, recogiendo la imagen. Todo va a tener otro sabor, otro sentido, otro valor. Ya no podemos vivir igual. Es toda la profundidad de transformación que se realiza en nosotros cuando nos encontramos de verdad con El.
Por eso siempre decimos que no es solo saber cosas de Jesús. Lo importante es el encuentro vivo con El. Un encuentro que es un misterio que se realiza en nosotros. De muchas maneras El nos sale al encuentro, viene a nuestra vida; no todos lo experimentamos igual, pero sí es importante que tengamos esa experiencia viva de un encuentro vivo con Jesús. ¿No es lo que vemos en el Evangelio con aquellos que iban a ser sus discípulos? ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ preguntaban Andrés y Juan y se fueron con Jesús. Estuvieron con Jesús y ya inmediatamente salieron también anunciando la buena nueva de Jesús.
Que esa levadura de Jesús que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida; grande es la tarea porque fermentados en Jesús tenemos que transformar nuestro mundo.

lunes, 28 de julio de 2014

Un corazón humilde será capaz de hacer sitio en él para dejar meter el corazón de los demás

Un corazón humilde será capaz de hacer sitio en él para dejar meter el corazón de los demás

Jer. 13, 1-11; Sal.: Deut. 32, 18-21; Mt. 13, 31-35
Un corazón humilde, un corazón que se hace pequeño y sencillo, será un corazón que pueda llenarse de amor, porque se olvidará de sí mismo para estar siempre abierto a que los demás se puedan acoger en él. Así quiero resumir el mensaje que hoy podemos encontrar en las parábolas que nos propone Jesús en el evangelio.
Las hemos escuchado y meditado recientemente, pero como tantas veces hemos dicho, la riqueza  de la Palabra de Dios es tan grande que siempre que nos acercamos a ella, con verdadera humildad y con deseos de dejarnos iluminar vamos a encontrar un mensaje de vida y de luz que llene las ansias más profundas de nuestra vida.
Nos habla la parábola de la pequeña semilla de la mostaza y del puñado de levadura echado a la masa. Cosas pequeñas y aparentemente insignificantes pero de gran significado como tantas veces hemos meditado. Yo me preguntaría de entrada ¿llegaré a ser en verdad semilla mostaza? ¿en qué medida soy levadura de Dios en medio del mundo que me rodea?
Fijémonos en la parábola de la semilla de la mostaza; pequeña e insignificante pero que hará brotar una planta, como nos explica Jesús en la parábola, que se hará la más grande en medio de las demás hortalizas, de manera que bajo sus ramas llegan a acogerse los pajarillos que anidan en sus ramas.
¿Qué nos puede enseñar? Cuando sabemos ser humildes y sencillos, como decíamos al principio, vamos a tener un corazón capaz de acoger a cuantos nos rodean, pero será un corazón, como decíamos, muy dispuesto para el amor. Y ¿qué es amar al otro? Dejar que se introduzca en nuestro corazón. Cuando decimos que amamos a los demás estaríamos diciendo que vamos poniendo a esas personas en nuestro corazón;  y todo el que se siente amado se siente acogido.
¡Qué a gusto nos sentimos al lado de las personas humildes y sencillas! No encontraremos nunca en ellas ningún signo de superioridad, la vanidad estará lejos de sus vidas, no habrá nunca desplantes ni acritud ni en sus actitudes ni en sus palabras, todo lo que realicen en el trato con nosotros estará lleno de delicadeza y cariño, siempre tendrán para nosotros una palabra amable, nos sentiremos en verdad bien acogidos, nos sentiremos contagiados de su dicha y de la alegría que siempre llevan en el corazón. Como la planta de la mostaza, nacida de una pequeña semilla pero que permitirá que incluso los pajarillos aniden bajo sus ramas.
¿Entendemos ahora la pregunta que nos hacíamos cuando comenzamos a reflexionar sobre la parábola? ¿Seremos en verdad esa semilla de la mostaza o esa planta que sea capaz de acoger siempre a los demás? ¡Qué distintas y qué hermosas por humanas serían nuestras relaciones mutuas! ¡Qué agradable se convertiría nuestra convivencia de cada día!
En un mismo sentido podríamos reflexionar sobre la otra parábola, la de la levadura.  La levadura se mezcla y se hace una con la masa, se amasa para hacerla fermentar. Es lo que es capaz de hacer posible el amor, cuando hay amor verdadero, en nuestras relaciones con los demás. Es el amor el que va a transformar nuestro mundo, transformando antes nuestros corazones. No será sólo a partir de normas o leyes como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor, si nosotros no estamos dispuestos a dejar transformar nuestros corazones. Pongamos esa levadura del amor en nuestra vida, en lo que hacemos, en nuestras relaciones con los demás, en nuestro trato con los otros.

Es la levadura que nos hará amables y generosos, quitará acritud y violencia en nuestro trato, nos dará capacidad para aceptarnos y al mismo tiempo fuerza para arrancar de nosotros actitudes orgullosas que tanto daño harían a los demás. El amor desterrará de nosotros todo lo que sea vanidad, porque actuará de forma callada como sin apenas dejarse notar la levadura se mezcla con la masa para fermentarla. Así iremos fermentando nuestro mundo para hacerlo un mundo lleno de amor donde brillará para siempre la paz y la armonía.

domingo, 20 de julio de 2014

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Sab. 12, 13.16-19; Sal. 85; Rm. 8, 26-27; Mt. 13, 24-43
‘Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, viene a ser la conclusión de estas parábolas que nos propone Jesús y de sus explicaciones. Para mí son palabras de consuelo y de esperanza, porque a pesar de las oscuridades o de las maldades en que nos veamos envueltos en este camino de la vida al final hay una luz, al final podremos brillar con esa luz si hemos sabido mantener la esperanza y hemos tratado de ser fieles.
Muchas veces decimos que estamos aquí en medio de un valle de lágrimas; es lo que expresamos en esa oración a la Virgen en la que la invocamos como madre y reina de misericordia, a quien acudimos para que después de este valle de lágrimas con ella podamos también alcanzar la gloria del cielo. Es cierto que muchas veces la vida se nos hace dura, son muchos los contratiempos o las tentaciones que tenemos que sufrir y aunque quisiéramos que todo fuera bueno sabemos que el mal y el bien se entremezclan en nuestros corazones, pero también es la realidad del mundo en el que vivimos.
Dios creó el mundo bueno; recordemos aquella primera página de la Biblia en que se nos habla de la creación; ‘y vio Dios que todo era bueno’; así salió de las manos del Creador. Como la buena semilla sembrada en el campo de la vida, tal como nos habla hoy la parábola que Jesús nos ha propuesto.
Pero apareció el mal que pervirtió el corazón del hombre, como nos dice la Biblia. En la parábola se nos habla del maligno que sembró la mala semilla, la cizaña donde el propietario había sembrado buena semilla. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿de dónde sale la cizaña?’, se preguntan los criados cuando ven aparecer la cizaña en medio de las buenas espigas. ‘Un enemigo lo ha hecho’, es la respuesta.
La parábola es un buen retrato de nuestra vida y de nuestro mundo. Y digo también un retrato de nuestra vida porque no nos podemos poner como fuera del cuadro, como si fuéramos simplemente espectadores y a nosotros eso no nos tocara porque los malos son los otros. Ese mal se nos mete también en nuestro corazón; y aquí tendríamos que decir aquello de que ‘el que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Tenemos, es cierto, buenos sentimientos y buenos deseos; queremos obrar con rectitud y hacer las cosas bien; pero bien sabemos que no siempre es así, que somos débiles y pecadores y muchas veces hemos dejado meter el mal en nuestro corazón y no todo lo que hacemos es bueno.
Con realismo tenemos que saber leer la parábola y nuestra vida, pero también con la esperanza que el Señor quiere ofrecernos. Aquellos criados querían arrancar la mala cizaña, pero el propietario tiene otra forma de entender las cosas. Las deja crecer juntas, la buena y la mala cimiente, espera hasta el final, donde será el juicio definitivo. Mientras, podríamos decirlo así, está la esperanza del Señor sobre nosotros.
Cuando vemos el mal que nos rodea - y en eso nos es más fácil ver el mal que nos rodea que el propio mal que hay en nosotros - sentimos el impulso de pensar que por qué no se arranca de una vez para siempre ese mal del mundo; si Dios es tan poderoso y tan bueno y justo, pensamos, por qué con su poder no castiga ya todo ese mal que existe fulminando con un rayo que los destruya a todos los que obran el mal. Así pensamos. Pero ¿cuál es el pensamiento de Dios?
La parábola nos está dando pistas porque nos está hablando de la paciencia misericordiosa de Dios que siempre espera nuestro cambio y nuestra conversión. Cuánto nos habla Jesús de la misericordia de Dios a lo largo del evangelio; cómo se manifiesta Jesús siempre misericordioso y compasivo buscando el cambio y la conversión del pecador.
De ello nos hablaba ya el sabio del Antiguo Testamento que escuchamos en la primera lectura. ¿En qué se manifiesta el poder del Señor? ‘Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos… juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia… obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento’. ¡Qué bellas y consoladoras palabras! El Señor nos manifiesta su poder y grandeza no en la fuerza, sino en la misericordia y el perdón. Por eso, teníamos que decir con el salmo, ‘Tú, Señor, eres bueno y clemente’.
Dios nos espera. Su misericordia está siempre presente. Y ese amor y esa misericordia del Señor tiene que movernos a la conversión, a que seamos buena semilla, buena planta que demos buenos frutos. Y de la misma manera que sentimos y experimentamos esa misericordia del Señor sobre nuestra vida, así hemos de mostrarnos nosotros con los demás. ¿Quiénes somos nosotros para condenar? ¿Por qué tenemos que estar siempre mirando que el mal está en los otros y no somos capaces de ver lo malo que hay también muchas veces en nuestro corazón? Por eso, como nos decía el sabio del antiguo testamento ‘enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano’. Podríamos recordar otras parábolas del evangelio.
Nos queda pensar, siguiendo con el evangelio que hoy hemos escuchado, que esa buena semilla que hay en nosotros, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, hemos de plantarla también para que se haga planta grande que llene de vida nuestro mundo. Esas pequeñas semillas de nuestro amor y nuestra bondad, esos buenos deseos que tenemos ahí dentro de nuestro corazón en la búsqueda de lo bueno, de la verdad, de lo que es justo, vayamos sembrándolas en nuestro mundo porque así desde esas pequeñas cosas que hacemos podemos irlo en verdad transformando.
Nos habla también Jesús, en la otra parábola, de la levadura que hace fermentar la masa. Esa fe que tenemos en nuestro corazón, esos valores del evangelio de los que nosotros queremos impregnar nuestra vida, ese sentimiento espiritual que nos hace tender hacia arriba y nos hace buscar cosas grandes tienen que ser granos de levadura que nosotros vayamos metiendo en la masa de nuestro mundo, tantas veces tan materialista, tan afanado por el consumismo, tan deseoso de placeres terrenales que le impiden dar trascendencia a la vida.
Vayamos llevando esa levadura que tenemos en nuestra vida a ese mundo que nos rodea, y aunque nos parezca que poco podemos hacer, sabemos que basta un puñado pequeño de levadura para que haga fermentar toda la masa. Es lo que podemos hacer con lo que tenemos de bueno en nosotros, con nuestra fe y con nuestros sentimientos espirituales; es lo que podemos hacer acompañando a nuestro mundo y sus problemas con nuestra oración y la vivencia de esos valores espirituales y así podremos hacer en verdad que nuestro mundo sea mejor.
Comenzábamos recordando las palabras finales de Jesús a los comentarios que hizo sobre la parábola; ‘entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, y decíamos que esas palabras eran de gran consuelo y esperanza. Pero diría más, son palabras también que nos comprometen; hemos de brillar como el sol en el Reino de nuestro Padre; han de brillas nuestras buenas obras, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, para que todos den gloria al Padre del cielo; hemos de resplandecer porque tenemos que ser buena semilla, levadura que transforme nuestro mundo.
Es el compromiso de nuestra fe que tenemos que vivir de forma concreta ahí en ese terreno de nuestra vida de cada día. Cada día tenemos que hacer un poco mejor el ambiente en el que vivimos, la familia, los amigos de los que nos rodeamos, el lugar de nuestro trabajo, allí donde hacemos nuestra convivencia. Nos quejamos tantas veces que vemos tanto egoísmo, tanto materialismo, tantas maldades. No nos quejemos sino pongamos nosotros bondad, amor, solidaridad, alegría, paz, esperanza, ilusión. Contagiemos, como levadura, de todo eso a los que nos rodean.
Y que nunca, de ninguna manera, nosotros seamos cizaña porque nos domine el egoísmo o la maldad. En eso tenemos que aprender a superarnos cada día. Y lo podemos hacer porque el Espíritu del Señor está en nosotros y El ora en nuestro corazón con gemidos inefables, como nos decía san Pablo, para pedir lo que mas nos conviene; pidamos esa conversión de nuestro corazón para ser siempre buena semilla para los demás, levadura para nuestro mundo.

martes, 29 de octubre de 2013

Un pequeño grano de mostaza y un puñado de levadura harán germinar el Reino de Dios en medio de nuestro mundo

Rom. 8, 18-25; Sal. 125; Lc. 13m 18-21
Hemos escuchado muchas veces en el evangelio por una parte cómo la gente se entusiasmaba cuando contemplaba los milagros que Jesús realizaba pero cómo también en otras ocasiones acudían a Jesús, a pesar de todo lo que contemplaban en su obra y las enseñanzas que le escuchaban, para pedirle nuevos signos, obras maravillosas que vinieran a confirmar su autoridad y lo que les iba enseñando.
De alguna manera es algo que sigue sucediendo hoy como ha sucedido a través de todos los tiempos. También queremos ver milagros; si nos enteramos que allá hay un hecho extraordinario que nos parece maravilloso allí acudimos corriendo porque nos parece que sin esas cosas milagrosas no podemos sostener nuestra fe. Pero ¿ese es el único camino para fortalecer nuestra fe o tendremos que buscar algo más hondo que nos sucede en el corazón con lo que el Señor también quiere hacernos notar su presencia?
Aunque Jesús realice signos prodigiosos y obras milagrosas, aunque nos hable en un determinado momento de lo que sucederá en el final de los tiempos, sin embargo también nos dice que el Reino de Dios no va a aparecer a partir de cosas espectaculares y que no vayamos por ello corriendo de acá para allá. Ahora en el final del tiempo litúrgico ya tendremos ocasión de escucharle en este sentido y reflexionar ampliamente sobre ellos.
Cuando Jesús nos va proponiendo parábolas a lo largo del evangelio para que comprendamos bien lo que es el Reino de Dios y cómo se ha de ir manifestando en nosotros es otra cosa lo que quiere decirnos. Hoy hemos escuchado dos pequeñas parábolas. Jesús se pregunta antes de proponerlas ‘¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Y nos habla de una pequeña semilla - ya en otros momentos lo ha comparado también a la semilla que se siembra - y a un pequeño puñado de levadura que se va a mezclar con la masa para hacerla fermentar y poder con ella hacernos el pan.
¿Se van a ver cosas grandes? Es un pequeño grano de mostaza apenas perceptible. Una pequeña semilla que se entierra y de la que va a brotar una pequeña planta, que luego poco a poco crecerá hasta hacer un hermoso arbusto, que ni siquiera tendrá la categoría de árbol; pero que nos dirá que hasta los pajarillos vendrán a cobijarse bajo sus ramas. Una semilla insignificante que se oculta a nuestros ojos al ser enterrada y en la que se va a producir esa transformación por la que germinará y brotará esa planta nueva.
Lo mismo el puñado de levadura que se mezcla con la masa, que ya no vamos a ver de ninguna manera, pero que hará fermentar aquella masa para con ella hacernos un sabroso pan. Una transformación oculta, callada, pero que va a producir, podríamos decirlo así, sus frutos.
Y así nos dice es el Reino de Dios. Que llegará a nosotros como una gracia de Dios con la Palabra que se planta en nuestro corazón, pero que lo irá transformando por dentro poco a poco para provocar que llegue a dar fruto de una vida nueva. ¿Qué es lo que pasa ahí dentro del corazón del hombre? Con los ojos de la cara no veremos nada, pero la gracia de Dios está ahí actuando, si nosotros la dejamos actuar, y hará que nuestro corazón y nuestra vida se abra a una nueva vida, se abra a Dios y en consecuencia se abra de una forma nueva y distinta a los que están a nuestro lado, a los que ya comenzaremos a ver distintos porque los veremos como hermanos.
Ahí, calladamente en el corazón del hombre está actuando la gracia de Dios, se está haciendo presente de Dios para transformar nuestra vida, para hacerla germinar y fermentar a una nueva vida y a un nuevo y sabroso pan. Ahí se están realizando las maravillas del Señor. No veremos externamente cosas espectaculares, no iremos corriendo de aquí para allá, pero ahí en nuestro corazón se está haciendo presente el Reino de Dios.

El Señor que hizo en mí cosas grandes, como cantaría María en el Magnificat. Esas son las maravillas de Dios que hemos de saber descubrir y por las que tenemos que en verdad dar gracias a Dios. Y si dejamos actuar a Dios así en nuestro corazón nos irá transformando pero al mismo tiempo se irá transformando nuestro mundo porque así se irá haciendo presente el Reino de Dios en medio de nosotros. Muchas otras explicaciones podríamos hacernos para ver en ello una imagen de la Iglesia, pero quedémonos con esta sencilla reflexión.

lunes, 30 de julio de 2012

Que no se enfríe ni estropee la levadura de nuestra fe


Que no se enfríe ni estropee la levadura de nuestra fe


Jer. 13, 1-11; Sal.: Deut. 12, 18-21; Mt. 13, 31-35

Una masa sin levadura que la haga fermentar no es la masa que nosotros desearíamos para la confección de nuestros alimentos y no podrá darnos el sabroso alimento que quisiéramos hacer. Necesitamos mezclarla bien con la harina que nos dé el sabroso pan, pues sin ella pareciera que le faltara cuerpo. La carencia de esa levadura para hacer fermentar la masa sería una señal de pobreza y precariedad, como lo fue para el pueblo de Israel en los momentos de su salida de Egipto y sería recordarían siempre en cada pascua comiendo el pan sin levadura como señal de aquellos momentos duros de la esclavitud y de su camino por el desierto. El pan ázimo sin levadura les recordaba muchas cosas a los judíos.

Se convierte así la levadura en una imagen que Jesús utilizará en sus parábolas para llegarnos a decir por una parte lo que significa su presencia en medio de nosotros, pero también lo que nosotros desde la fe que tenemos en Jesús y la vida nueva que vivimos hemos de ser en medio de nuestro mundo. También nos previene Jesús para que utilicemos buena levadura y no nos dejemos contagiar por la vieja y corrompida levadura de los fariseos.

Es una de las parábolas que hoy escuchamos. Jesús les habla en parábolas a la gente para que a través de las imágenes llegaran a comprender mejor el misterio que quiere revelarnos. Para hablarnos del Reino de Dios nos propone hoy dos parábolas, la del grano de mostaza, que recientemente ya hemos comentado, y la parábola de la levadura a la que estamos haciendo referencia en nuestro comentario. ‘Jesús exponía todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo’.

Es hermoso el mensaje que quiere trasmitirnos con esta parábola. Por una parte nos está diciendo lo que significa Jesús y la fe que tenemos en El para nuestra vida y para nuestro mundo. Con Jesús nos sentimos transformados y llevados a vivir una nueva vida. La fe no es cualquier cosa en nuestra vida; ni es un adorno que podamos poner o quitar, ni es una cosa de poco valor que no va a repercutir para nada en nuestra vida. Todo lo contrario, por la fe en Jesús nos sentimos, como decíamos, transformados.

No es lo mismo tener fe o no tener fe; no es lo mismo vivir conforme al sentido de la fe, como vivir ajeno a ella. Jesús no es indiferente para nosotros. Ante El tenemos que hacer una opción radical, y cuando nos decimos por Jesús nuestra vida, nuestros valores, nuestras actitudes, nuestros comportamientos tienen que ser distintos. Es la levadura que transforma nuestra vida, que la fermenta y le hace vivir la verdadera vida.

Pero eso, además, es lo que quiere que seamos nosotros en medio del mundo. Tenemos que ser levadura para nuestro mundo, que lo transforme, que lo llene de vida y de sabor nuevo, de sentido nuevo. Con nuestra fe en Jesús, con nuestras obras de amor, con el sentido nuevo que adquiere nuestra vida desde que ponemos toda nuestra fe en Jesús, nosotros tenemos que ser la levadura de nuestro mundo para que en verdad sea el Reino de Dios.

Esto tendría que hacernos pensar. Nos llamamos cristianos, estamos bautizados, decimos que tenemos fe en Jesús y no logramos contagiar esa fe a los que nos rodean. Más bien parece a veces que cada vez importa menos la fe, la religión, el cristianismo al mundo que nos rodea. ¿Qué hacemos para atraer a los demás hasta la fe? ¿Qué es lo que ven en nosotros? O podríamos preguntarnos también, ¿qué es lo que no ven? ¿Se nos habrá estropeado nuestra levadura? ¿Se nos habrá enfriado y en consecuencia echado a perder?

Algo que toca la fibra más intima de nuestra conciencia y tendría que hacernos despertar para ser esa buena levadura en medio de la masa de nuestro mundo para atraer a los demás a la fe, hasta Jesús. Es una llamada muy seria la que hoy Jesús nos está haciendo a través de estas parábolas. Que no se enfríe ni estropee la levadura de nuestra fe para fermentar la masa de nuestro mundo.

martes, 25 de octubre de 2011

¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿a qué lo compararé?


Rom. 8, 18-25;

Sal. 125;

Lc. 134, 18-21

Algunas veces cuando tenemos inquietud en el corazón que nos lleva a un compromiso por los demás, por hacer que nuestro mundo sea mejor, por superarnos nosotros mismos vemos que la tarea es grande y nos sentimos sobrecogidos ante todo lo que tenemos que hacer. Quizá pensamos sólo en nuestras fuerzas, nuestras capacidades o el conocimiento que tengamos de lo que realmente tenemos que hacer, pero creo que deberíamos tener un plus de confianza en la gracia del Señor que nos acompaña y fortalece para esa tarea que tenemos que realizar.

Hoy Jesús en el evangelio se pregunta ‘¿a qué se parece el reino de Dios? ¿a qué lo compararé?’ Fijémonos que nos habla de una pequeña semilla, insignificante en su tamaño podríamos decir, y poco más que unos polvillos en el puñado de levadura que la mujer echa en la masa de harina para hacerla fermentar y hacer el pan. Algo tan pequeño como un grano de mostaza, pero que en sí misma encierra toda la vitalidad de una vida que ha de germinar para hacer surgir una planta que crecerá hasta hacerse arbusto donde hasta puedan anidar los pajarillos del cielo.

El Reino de Dios que Jesús vino a instaurar; el Reino de Dios que nosotros hemos de vivir allá desde lo más hondo de nuestro corazón; el Reino de Dios que hemos de ir haciendo crecer en nuestro mundo, contagiando y transformando los corazones.

Ese Reino de Dios que va a partir de pequeñas cosas, de pequeños gestos de amor y de paz que nosotros vayamos poniendo en la vida en nuestra relación con los demás; el Reino de Dios que va germinando en los corazones de los hombres cuando la Palabra se va sembrando y que con la fuerza del Espíritu irá haciendo brotar esas plantas de vida nueva dando verdaderos frutos de amor y de vida.

Es grande la tarea que Jesús nos ha confiado; es grande la tarea que comenzamos por ir realizando en nuestro corazón dejándolo transformar por la gracia de Dios. Pero la fuerza transformadora no está en nosotros, no son nuestras fuerzas o nuestras capacidades, sino que es la gracia del Señor que llena todo de la vitalidad del Espíritu. Mucho tendremos que transformar en nosotros porque quizá nos damos cuenta de lo lejos que estamos pero dejemos que la gracia del Señor vaya penetrando en nuestra vida y vaya actuando, y vaya dándole la vuelta al corazón. El Señor actúa en nosotros si lo dejamos actuar, si nos dejamos conducir.

Grande es la transformación que tenemos que realizar en nuestro mundo para que se impregne del sentido del evangelio y vaya dando pasos a ese Reino de Dios. No nos acobardemos ni nos echemos atrás. Pongamos cada día nuestra semilla, aunque sea pequeña; pongamos nuestro puñado de levadura con nuestro amor, con nuestra paz, con las obras buenas que vayamos haciendo, con nuestros gestos de reconciliación y de comunión.

Aunque nos parezca que nada hacemos, pensemos que la levadura se penetra en la masa y se funde con ella, y desde dentro la va transformando, fermentando para darnos ese pan tierno y gustoso que nos alimente. Así nosotros metidos ahí en el corazón de la vida, en el corazón de nuestro mundo, de ese mundo concreto en el que vivimos y estamos, vayamos contagiando de ese amor, de ese gusto del evangelio los corazones de los que nos rodean.

Es hermoso lo que nos dice Jesús con estas parábolas; es consolador y nos llena de esperanza porque nos damos cuenta de cuánto podemos hacer con la gracia y la fuerza del Señor. No nos sintamos sobrecogidos por la tarea sino pongamos manos a la obra para que cada día sea más realidad en el mundo que vivimos el Reino de Dios del que nos habla Jesús.

martes, 26 de octubre de 2010

Una pequeña semilla y un insignificante puñado de levadura

Ef. 5, 21-33;
Sal. 127;
Lc. 13, 18-21

Para hablarnos del Reino de Dios hoy Jesús lo hace refiriéndose a dos cosas pequeñas y que nos pueden parecer insignificantes, una pequeña semilla que se planta y un puñado de levadura que se echa en la masa. No nos habla de una semilla grande sino tan insignificante como es la mostaza, y en comparación con la masa a la que se echa la levadura ésta es un puñado también realmente pequeño pero que dará su resultado.
Algunas veces nos pudiera parecer que tendríamos que hacer cosas grandes y llamativas cuando sentimos la inquietud en nuestro corazón por la fe y por el evangelio y contemplamos al mismo tiempo la realidad de nuestro mundo que vive tan ajeno o a espaldas del mensaje de Jesús. ¿Qué podríamos hacer para que de una vez por todas todo el mundo se enterase de lo que significa el evangelio de Jesús y para que todos se convirtieran a él? Podíamos sentir incluso el deseo de hacer grandes revoluciones para ello. Pero no es ese el camino de Jesús ni su estilo.
Como nos enseña hoy es sembrar pequeñas semillas, que por supuesto habrá que cuidar, pero que serán las que irán haciendo salir esos brotes renovadores de nuestra propia vida y de la de nuestro mundo. El cambio no lo podemos ver realizado de una forma mágica, sino que será la respuesta que el hombre vaya dando y será entonces cómo pueda ir surgiendo esa vida nueva para nuestro mundo.
Nos enseña Jesús hoy que tenemos que ser como la levadura, en otra ocasión nos ha hablado de la sal que da sabor, o de la luz que tiene que ir iluminando y abriéndose paso en medio de las tinieblas para poco a poco irlas haciendo desaparecer. Hoy nos habla de fermentar la masa, meternos dentro de ella como levadura que transforme, que de vida y sabor a nuestro mundo. No es el camino de la revolución sino el de la transformación. Estos mismos días el papa Benedicto XVI ha hablado de eso. Los cristianos tenemos que estar en medio del mundo como levadura en la masa. Buena levadura que haga fermentar, que haga brotar ese pan nuevo y tierno del Reino de Dios en medio de los hombres.
Por eso como tantas veces decimos son las pequeñas cosas que hacemos cada día y las hacemos con amor; son esos pequeños detalles de amor, de cercanía, de alegría, de esperanza, de luz que tenemos que ir sembrando. Y muy seguros de nuestra fe en Jesús, seguros porque nos apoyamos en el Señor, iremos haciendo que cada día nuestro mundo sea mejor.
Comencemos ahí donde estamos, donde hacemos la convivencia de cada día, en la familia, con la gente con la que trabajamos o con la que nos relacionamos. Que se note en verdad que ahí hay un cristiano, alguien que cree en Jesús y en su nombre va haciendo el bien, va sembrando paz, va haciendo sentir de verdad lo que es el amor. Es nuestro testimonio valiente que así se convierte en misionero. Es nuestra palabra y nuestra vida que hablan de Jesús por nuestras actitudes y comportamientos.
Es la forma nueva y distinta de hacer las cosas, de vivir el matrimonio, la amistad, el trabajo, la relación con los demás que nosotros tenemos porque nos sentimos animados por Jesús, porque nos inspira el evangelio, porque lo hacemos con la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros.
Que el Señor nos inspire cada día esa semilla que hemos de sembrar y como en verdad tenemos que ser esa levadura transformadora de nuestro mundo en el estilo del evangelio y del Reino de Dios. Que el Señor siga ayudándome a mi también para poder sembrar esta semilla de cada día y pueda llegar a muchos corazones que tambien se acerquen mas a Dios cada día.

martes, 27 de octubre de 2009

Unas pequeñas semillas de mostaza y unos granos de levadura

Rom. 6, 18-25
Sal. 125
Lc. 13, 18-21


‘¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿a qué lo compararé?’ Y nos habla Jesús de la mostaza y nos habla de la levadura. Algo pequeño e insignificante que se hace planta grande o que colocada en pequeñas proporciones en medio de la masa la hace fermentar y la transforma.
El Reino de Dios, pequeño e insignificante en los comienzos de la predicación del Evangelio pero que se ha extendido a todas partes y a través de todos los tiempos dando un sentido nuevo al mundo y a la sociedad. Unos discípulos reclutados en principio entre pescadores o discípulos de Juan. Un grupo de doce apóstoles que en los momentos difíciles de la pasión se dispersaron. Un pequeño grupo que no llegaba a un centenar de discípulos que a partir de Pentecostés comienza a crecer y con el paso de los siglos vemos extendida su semilla por el mundo entero. Es la fuerza del Reino de Dios que crece y se extiende por todas partes.
Creo que no podemos perder de vista hoy el sentido de las parábolas que siguen siendo muy válidas en todo tiempo y para nuestro tiempo. Por el Evangelio, el Reino de Dios tiene que seguir siendo el dinamizador y transformador de la sociedad en que vivimos, como transformador desde lo más hondo del corazón del hombre.
Nos pueden parecer tiempos difíciles los que vivimos. Creo que todos los tiempos a través de la historia han tenido sus propias dificultades. Nos puede parece que se haya diluido en nuestra sociedad hoy el mensaje cristiano y del evangelio. Muchas nos pueden parecer las sombras que nos rodean cuando vemos una pérdida de fe en tantos y la aparente desaparición de valores evangélicos y cristianos.
Pero siguen habiendo semillas del Reino de Dios en medio de los hombres. La fe sigue iluminando muchos corazones, y muchos valores nacidos del corazón del evangelio, paz, justicia, verdad, amor… quedan como rescoldos que reavivar en muchos en nuestra sociedad. Serán semillas pequeñas como las de la mostaza, o unos pequeños granos como los de la levadura. Pero tienen el poder de la gracia, tienen la fuerza de Dios. Han de seguir siendo dinamizadores y transformadores de nuestra sociedad.
Por eso mismo digo que el sentido de estas parábolas nos siguen siendo válidos y hemos de saber apoyarnos en ellos para darle fuerza y sentido a nuestra labor y tarea cristiana. Meditar estas parábolas además nos tiene que llenar de esperanza, porque eso quiere despertar el Señor en nuestro corazón para que aprendamos además a confiar en El.
Podremos parecer pocos, un resto, pero tenemos que ser ese puñado de levadura que haga fermentar con los valores del Evangelio nuestra sociedad. No hemos de acobardarnos ni tener miedo a la tarea. Tenemos que creer en la Palabra de Jesús. Y creer que es posible y que se hace realidad en nosotros y en nuestra vida.
Necesitamos orar mucho en la presencia del Señor para sentir la fuerza de su Espíritu que impulsa a la Iglesia a su tarea evangelizadora. Hemos de orar mucho para, en la presencia del Señor, descubrir los caminos que El nos inspira. Es su obra y no nos deja solos; nos asiste con la fuerza y la inspiración del Espíritu.
De ninguna manera podemos decir que ‘no hay nada que hacer’, como hacen muchos derrotistas. Ese no puede ser el sentimiento de un cristiano. Esa pequeña semilla puede darnos una planta grande. Ese pequeño puñado de levadura puede en verdad transformar nuestro corazón primero y transformar nuestro mundo. Repito, confiemos en la Palabra de Jesús.