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martes, 28 de diciembre de 2021

Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

 


Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

Hay ocasiones en que aunque nos vaya mal preferimos seguir como estamos antes que el esfuerzo de despertar y levantarnos para tratar de encontrar un camino mejor. Muchas veces vamos de pasivos en la vida, nos da pereza tener que esforzarnos para cambiar y fácilmente caemos en una rutina que nos adormece. Solo los que son capaces de mirar alto distinto y con mayor altura, solo los capaces de esforzarse por levantarse y cambiar podrán lograr algo. Y en muchas cosas de la vida nos pasa; tratamos de hacer nuestros arreglos, nuestros apaños, pero no ponemos toda la voluntad que necesitamos para tratar de ver algo distinto. En cierto modo necesitamos ser soñadores, porque aunque sea en sueños podemos vislumbrar que las cosas pueden ser distintas, que se pueden hacer de otra manera, y seremos capaces de levantarnos para ponernos en camino.

En este día en que la liturgia conmemora a los santos inocentes de Belén, que por otra parte popularmente tratamos de llenar de humor con nuestras inocentadas, a pesar del drama que significa lo que conmemoramos, necesitamos adentrarnos un poco más en el evangelio, que como siempre quiere abrirnos nuevos caminos.

El texto ha partido del episodio de los magos de Oriente que porque fueron capaces de levantar la mirada a lo alto descubrieron una nueva estrella que les iba a conducir a Belén. Fue un levantar la mirada a lo alto y escuchar una voz en su interior que los hacía ponerse en camino porque lo que estaban contemplando tenía un significado hondo aunque ellos quizá en principio no fueran capaces de ver todo su alcance. Pero habían levantado la mirada a lo alto para soñar con algo nuevo y distinto.

Pero el episodio se centrará luego en el sueño de José que le hace levantarse también y marchar con el Niño y su madre a Egipto. ¿Eran sueños? Era algo más que sueños que puedan llenarnos de pesadillas en la noche. En el sueño vislumbraba algo distinto y era capaz de escuchar la voz de Dios que en un ángel se le manifestaba. Alguien podría hablar de supersticiones y fantochadas, pero hay unos hechos que se cumplieron y la vida del Niño pudo salvarse aunque fuera tras un arduo camino de huida a Egipto. José era un hombre creyente y estaba dispuesto a escuchar la voz de Dios aunque llegara a él a través de sueños.

Mucho nos están enseñando estos episodios. ‘Levántate…’ le decía la voz del ángel a José, como un día una voz semejante había hecho levantarse a aquellos magos de Oriente para ponerse en camino.

‘Levántate…’ podemos estar sintiendo que se nos dice también, levántate y sueña con algo distinto, levántate y sé capaz de descubrir nuevos caminos, levántate y descubre el mundo de sombras que puede haber a tu alrededor, levántate y mira la crueldad del sufrimiento de muchos en tu entorno… no podemos quedarnos adormecidos, no podemos quedarnos insensibles ante las violencias de nuestro mundo que sufren niños, que sufren mayores, que sufren las mujeres, no podemos cruzarnos de brazos ante tantas soledades de personas mayores o de tantos que no tienen una voz que los defienda, una mano amiga que les ayude a caminar, un corazón ardiente que les llene de nuevo de ilusión y de esperanza.

Son los santos inocentes del mundo de hoy. Tratemos de descubrirlos porque ahí a nuestro lado están. Nosotros no podemos refugiarnos en la huida, nosotros tenemos que ponernos manos a la obra para que las cosas cambien. Escuchamos el llanto y los gritos ¿y vamos a cerrar nuestros oídos?

domingo, 27 de diciembre de 2020

El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

 


El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los valores que se intenta mantener en todo su esplendor en las fiestas de navidad es que son unas fiestas entrañablemente familiares como una de las cosas que nos ha dolido más en las circunstancias actuales de la celebración de la navidad de este año es precisamente el no poder vivir con la intensidad acostumbrada este sentido familiar de la Navidad. Es cierto que todo tiene sus excesos y en cierto modo limitaciones como todo lo humano y por otra parte el darle tanto valor a la cena familiar haya quizá mermado en cierto modo el sentido religioso de la navidad, pues quizá se restaba la posibilidad de una participación en la celebración litúrgica de la Misa del Gallo o Misa de Nochebuena.

Precisamente en este domingo siguiente al día de la Natividad del Señor la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret donde quiso Dios que se encarnase, naciese y creciese en lo humano el Hijo de Dios que se hizo  hombre. Una mirada a ese Hogar de Nazaret, escuela y semillero del amor más hermoso, como es el amor familiar. Y el niño crecía en edad, sabiduría y gracia en el seno de aquel hogar.

Vino Dios a hacerse uno como nosotros y será como niño en el seno de ese hogar donde aprenderá a hacerse hombre, a crecer en edad y en sabiduría, a crecer y a madurar en lo humano como toda persona que tiene en el hogar y en el seno de la familia ese semillero donde va a aprender y a desarrollar todos esos valores humanos de la persona que le llevarán por caminos de gracia y de plenitud.

La convivencia familiar es esa hermosa escuela donde aprendemos los mejores valores que nos hacen más humanos; es el encuentro y es el diálogo en común, es ese intercambio de experiencias pues lo vivido por unos miembros de la familia servirá de base y de modelo para lo que los otros han de vivir también, es la confianza que nos hace sentirnos mutuamente apoyados, es el caminar juntos afrontando dificultades y problemas que siempre en toda familia van a aparecer pero tratando siempre de sentirnos verdaderamente solidarios para juntos resolverlos y superarlos, es ese abrirme al otro y a lo otro porque nos damos cuenta que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, es el aprender a levantar la mirada para ver horizontes más amplios que los caprichos particulares pero también para sabernos elevar a ideales y metas superiores dándole una mayor trascendencia a la vida, es el darnos cuenta que somos algo más que cuerpo y carne y que hay un espíritu dentro de nosotros que nos eleva y nos hace también trascender todas las cosas en Dios.

Es un camino que día a día vamos desbrozando, en el que tropezamos quizá muchas veces y hasta nos hacemos daño, pero sabemos que en el calor del amor del hogar y de la familia todas esas heridas se curan porque en quienes se aman de verdad siempre hay capacidad de perdón superando y olvidando aquellas cicatrices que nos hayan podido quedar de las luchas de la vida. Es lo que todos con mayor o menor perfección hemos vivido en la vida en el seno de nuestros hogares, que bien sabemos que no son perfectos porque limitados y llenos de debilidades somos cada uno de nosotros. Pero la convivencia nos enseña a amarnos, a comprendernos, a tendernos la mano, a perdonarnos una y otra vez, a saber comenzar de nuevo cuantas veces haga falta.

Es la realidad que hoy contemplamos también en aquel hogar de Nazaret donde nació y creció el Hijo de Dios al hacerse hombre. No faltaron dificultades a aquella familia que queremos llamar sagrada, porque ya el nacimiento del niño fue en extrañas e incómodas circunstancias lejos del hogar de Nazaret y sin tener ni siquiera posada que los acogiera en su obligatoria llegada a Belén. Pero será la huída a Egipto y como destierro huyendo de Herodes que quería atentar contra la vida del Niño y su camino itinerante hasta llegar de nuevo a Nazaret; será la vida de un pobre artesano que no destacaría por sus riquezas y posibilidades, pero que enseñaría muy bien que el Hijo del Hombre no tendrá ni donde reclinar su cabeza.

Pero es la vida de unos creyentes con su esperanza puesta en Dios a los que vemos subir al templo por una parte para cumplir los ritos de la presentación del primogénito al Señor o para la celebración de la Pascua. Como nos dirá más tarde san Lucas ‘como era su costumbre fue a la sinagoga el sábado’, que era el día del encuentro y de la escucha de la ley y los profetas como lo era del culto debido al Señor y ofrecido en la oración de la comunidad.

Fue la escuela del aprendizaje de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Hoy nosotros miramos a aquel hogar y a aquella sagrada Familia de Nazaret porque también queremos que sea escuela de aprendizaje para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias. Hoy miramos a aquella Familia de Nazaret y pensamos en nuestras familias y pedimos por nuestras familias, pero queriendo hacer más amplia nuestra oración tenemos en cuenta y pedimos por las familias en dificultades, por las familias rotas, por las familias donde falta el calor del amor y de la buena convivencia.

Que encontremos un verdadero estímulo para nuestro camino y para el camino de las familias tan importante y esencial para hacer un mundo mejor. Con unas familias sanas tendremos un mundo sano; con unas familias llenas de amor tendremos un mundo mejor.

viernes, 28 de diciembre de 2018

En los santos inocentes martirizados en Belén y en la huida de Jesús a Egipto tenemos que ver cuantas situaciones de sufrimientos inocentes vemos en el mundo de hoy


En los santos inocentes martirizados en Belén y en la huida de Jesús a Egipto tenemos que ver cuantas situaciones de sufrimientos inocentes vemos en el mundo de hoy

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18

Mira que algunas veces nos volvemos crueles. Un hecho que en si mismo es sangriento lo convertimos en un día de bromas, ‘inocentadas’ decimos, que de alguna manera lo hacemos risa y diversión. Costumbres, tradiciones que se nos han metido en alma del pueblo y en este día de los Santos Inocentes, no lo dejamos pasar sin que le gastemos alguna inocentada a un amigo, familiar o compañero.
Pero como decíamos el hecho del evangelio que hoy recordamos tiene mucho de cuento y sangriento cuanto significa la muerte de tantos niños en los alrededores de Belén desde la ambición, el orgullo y la crueldad del rey Herodes que podía ver en peligro su reinado tras el anuncio por parte de aquellos magos venidos de Oriente del nacimiento de un niño que iba a ser rey.
A verse burlado por los Magos que desde Belén no volvieron para indicarle el lugar exacto donde habían encontrado al Niño que venían buscando se desata la ira del rey mandando matar a todos aquellos niños inocentes, de dos años para abajo, que no sabían ni por qué ni por quien morían. Fue el nacimiento de Jesús la causa de la muerte de aquellos niños y es por lo que los llamamos santos, porque los consideramos mártires, primeros testigos en dar la vida por el nombre de Jesús.
Este texto del evangelio es un cruel retrato de las maldades que se nos meten en el corazón de los hombres cuando nos dejamos arrastrar por la ambición del poder, sea cual sea el poder que ansiemos, pero también reflejo de sufrimientos y situaciones duras que podemos contemplar como se siguen sucediendo hoy.
Ya mencionamos esa ambición del corazón de los hombres que son capaces de hacer lo que sea cuando ven en peligro su poder o sus influencias. Cuantas cosas en este sentido siguen sucediendo hoy en las trampas que nos ponemos los unos a los otros, en nuestras luchas porque menos que tribales por mantenernos en el lugar de nuestros sueños, y por no permitir que nos abajen de esos pedestales de poder, prestigio, vanidad en una palabra, en donde nos hemos subido en nuestros afanes de dominio.
Es también la muerte cruel de tantos inocentes desde nuestras violencias humanas, desde nuestras guerras en las que la mayoría de las veces los que mueren son ciudadanos inocentes – y no digamos cuantos niños – que se ven bajo la sombras de esas batallas muchas veces interesadas y planeadas desde lugares de poder.
Son también los niños de la guerra, inocentes convertidos en soldados o en armas de matar de mil maneras, pero son los que sufren los horrores y las violencias de tantas clases nacidas de la pasión de los mayores. Son los inocentes que mueren de inanición porque los que pudiéramos hacer algo por remediar el hambre del mundo, los vemos tan lejos que hemos perdido incluso la sensibilidad.
Como consecuencia de la ambición y crueldad de Herodes la sagrada familia de Jesús, María y José se ven abocados a una situación que nos recuerda también tantas situaciones de las que somos testigos, lo noticieros nos están dando referencias continuamente y vemos que se repite a nuestro alrededor; es el mundo de los emigrantes. Un ángel del Señor avisa en sueños a José y ha de salvar al niño por lo que huyen a Egipto donde se verán salvos. Cruzar aquellos desiertos que separan Egipto de Israel, que un día hicieran en sentido contrario los israelitas buscando la tierra prometida, y con lo medios precarios de la pobreza en que se encontraban para vivir en un país desconocido como era Egipto no seria plato de buen gusto.
Es la imagen que vemos en los que llegan a nuestras costas en pateras o por el medio que sea, atravesando continentes y mares, huyendo de la situación de pobreza o de guerra de sus países de origen, para venir a un lugar que no conocen, donde muchas veces no son socorridos ni atendidos, con dificultades de lenguaje, costumbres e idiomas que está sucediendo hoy a nuestro lado, repito, Pensemos en cuanto sufrimiento se genera con estas situaciones, mucho tendríamos que decir. Es la imagen que vemos en la huida a Egipto de María y José por salvar al Niño.
Claro que todas estas cosas no las queremos pensar. La respuesta que damos muchas veces a todas esas situaciones no suele ser la más apropiada, por decirlo de una manera suave, cuando no somos nosotros los que de alguna manera nos portamos de una forma cruel con tantos inocentes – y pongamos aquí el rostro que queramos -.
No es ya que convirtamos la fiesta de los Santos Inocentes en motivo para nuestras bromas y causa de diversión; eso seria lo de menos, porque nos metemos en el rió de costumbres que no sabemos ni su sentido y su origen y por ahí andamos en la vida.
Es esa otra crueldad de la vida en la que no veamos envueltos, esas ambiciones que nos envenenan el alma de lo que tenemos que ser conscientes y si en esa huida de Jesús a Egipto hemos querido ver a todos esos inocentes maltratados, en ellos veamos la imagen de Jesús en todos ellos y recordemos lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. ‘Lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis...’ ¿Qué le estamos haciendo a Jesús?

viernes, 30 de diciembre de 2016

Miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y queremos aprender de su madurez humana y creyente para afrontar los problemas de hoy de nuestras familias

Miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y queremos aprender de su madurez humana y creyente para afrontar los problemas de hoy de nuestras familias

Ecl. 3,2-6.12-14; Sal 127; Col. 3,12-21; Mt. 2, 13-15. 19-23
En el marco de las fiestas navideñas, normalmente el domingo siguiente a la navidad aunque este año por no haber un domingo intermedio en la octava lo celebramos el viernes, tenemos la solemnidad de la Sagrada Familia. No podemos menos que tener como referencia a aquella familia y aquel hogar de Nazaret para nuestra propia vida de familia.
En el seno de aquel hogar de Nazaret quiso encarnarse Dios para hacerse hombre y compartir toda nuestra realidad humana a la que quería ofrecer su salvación. Hacia ese hogar y esa familia volvemos nuestros ojos en estos días que tienen unas especiales connotaciones para nuestras familias por los encuentros que de manera especial tenemos en estos días, pero no solo en estos días sino que todos los días tendríamos que vernos en ese espejo del hogar de Nazaret.
Dios con su presencia santifica toda nuestra realidad humana y al matrimonio y a la familia le ha dado una gracia especial cuando lo ha hecho sacramento de su amor. El amor verdadero del hombre y la mujer vivido en el matrimonio se convierte así en signo e imagen del amor de Dios, al tiempo que en el amor que Dios nos tiene tenemos el ejemplo y la fuerza para nuestro propio amor matrimonial. San Pablo nos hará la comparación del amor del hombre y la mujer que es como el amor que Jesucristo tiene a su Iglesia.
Un verdadero creyente sabrá ver en todas las circunstancias de su vida la presencia amorosa del Señor. En los momentos dichosos y felices se gozará en ese amor de Dios y sabrá darle gracias, y de la misma manera en los momentos difíciles por los que podamos pasar siempre veremos esa presencia de Dios en nosotros dándonos esa fuerza y esa gracia que necesitamos en toda circunstancia.
Es lo que tenemos que aprender a vivir en el matrimonio y en el seno de nuestras familias y nuestros hogares. Creo que podría ser un aspecto al que nos lleva a reflexionar el texto del evangelio de san Mateo que nos ofrece hoy la liturgia de esta fiesta de la Sagrada familia.
 Y un buen paradigma y ejemplo tenemos en san José. Ya habían comenzado los problemas desde el embarazo de María, momentos en los que escuchando la voz del ángel supo aceptar y comprender para acoger a María en su casa. Siguen las dificultades y problemas en el tener que acudir a Belén para empadronarse conforme a aquel edicto romano que les obligaba; con espíritu humilde, viendo en ese caminar peregrino la voluntad de Dios camina hasta Belén no teniendo ni un lugar propicio para el nacimiento de su hijo, que ha de ser recostado entre las pajas de un pesebre. Y José en silencio sigue diciendo sí a Dios desde su corazón.
Ahora surgen nuevos problemas, y es de lo que nos habla hoy el evangelio, y porque Herodes busca al recién nacido para matarlo tendrá que emprender un camino de huida que le llevará hasta Egipto. Pero José ha escuchado también la voz de Dios que le habla en sueños a través del ángel del Señor. No perdió José la paz de su corazón ni dejó que se desestabilizara su hogar. Serían momentos difíciles como un emigrante, como un refugiado, como un desterrado de su tierra, pero su seguridad la tenia en el Señor en quien tenia puesta su fe.
En nuestros hogares, en nuestras familias, en los matrimonios se pasa en muchas ocasiones por momentos difíciles. Son muchos los problemas que pueden surgir.
Problemas de convivencia y de entendimiento pueden surgir con facilidad; dificultades para afrontar todas las responsabilidades y poder vivir una vida digna son muchos los que las pasan; egoísmos y ambiciones que provocan rupturas, insolidaridad entre sus miembros que crean división y enfrentamiento, vida alocada e irresponsable que nos puede llevar a despilfarros que puedan poner en peligro incluso la subsistencia, desplazamientos originados en ocasiones por las necesidades y los deseos de buscar algo mejor pueden crearnos desestabilización en el encuentro con nuevas realidades y costumbres… son muchos los peligros que pueden acecharnos por un lado y por otro y que nos pueden hacer perder el norte de nuestra vida y debilitar el verdadero amor que ha de haber en el matrimonio y en la familia como base de una autentica convivencia.
Y es aquí donde ha de resplandecer la madurez de la persona y también la madurez de nuestra fe. Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret, con esos múltiples problemas que allí de una forma o de otra también surgían o podrían surgir.
Hoy he querido fijarme de una manera especial en la actitud y en la postura de san José, el padre de familia de aquel hogar – podríamos fijarnos también en la grandeza de alma de María, la Madre del Señor -; supo José mantener el ritmo y el rumbo de aquel hogar porque siempre supo dejarse guiar por el Señor. Nos lo expresan esas imágenes de los diversos sueños de José para indicarnos como sentía la presencia del Señor que le guiaba y en quien se confiaba.
¿Sabremos hacerlo en nuestros hogares? ¿No tiene el evangelio una palabra de luz para nuestros matrimonios en dificultades? ¿No estamos viviendo también en nuestro entorno esos desplazamientos de tantos y tantos que van buscando una vida mejor para los suyos? Muchas más amplias reflexiones podríamos hacernos contemplando aquel sagrado hogar de Nazaret donde se hizo presente el Hijo de Dios encarnado por nuestra salvación.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18
Hoy es el día de los Santos Inocentes. Sin embargo en el sentido de nuestra sociedad, al menos en mi tierra, es sobre todo el día de las inocentadas; un día para la broma, para la picardía de ver cómo caes en una inocentada creyéndote aquello que te cuentan o te dicen de manera que hasta en los medios de comunicación social y hasta en los noticiarios buscan esa aparente noticia extraordinaria con la que hacer caer a todos en la inocentada. Es la picardía que llevamos dentro, el deseo de la broma y de la alegría que quizá quiera hacernos olvidar otras angustias u otros problemas que pudieran afectarnos hasta quitar esa alegría de nuestra vida.
Con la reflexión que ahora me hago y os ofrezco quizá arroje un jarro de agua fría en medio de nuestras alegrías festivas, pero siento dentro de mí la urgencia de ofreceros esas quizá desordenadas líneas de reflexión pero que puedan ayudarnos a pensar en otras cosas.
Pero bien sabemos que celebrar el día de los Santos Inocentes es mucho más que eso, porque realmente estamos celebrando un momento muy dramático en la historia de nuestra salvación en el que por querer quitar de en medio a aquel recién nacido rey de los judíos como decían los Magos venidos de Oriente, el Rey Herodes al verse burlado mandó decapitar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores.
Ya escuchamos en el evangelio cómo el ángel del Señor anuncia a José lo que ha de suceder y cómo ha de salvar la vida del niño huyendo a Egipto. Un rememorar de alguna manera la historia del pueblo de Israel en la que Jesús se ha encarnado, pero que es de alguna manera ver cómo Jesús se encarna en nuestra historia, en nuestra vida, también con los sufrimientos y las angustias que padecemos los hombres.
La liturgia de las Horas nos evoca la matanza de los niños recién nacidos de Egipto cuando el faraón oprimía al pueblo de Dios y mandó arrojar al Nilo a todos los varones recién nacidos. Es la historia que se repite en nuestra humanidad llena de pecado, de odios, de rencores, de envidias, de ambiciones, de violencia. No podemos menos que hacer pasar ante nuestros ojos, aunque sus imágenes sean muy hirientes para nuestras conciencias adormecidas, las muertes de tantos inocentes que también en nuestro tiempo son víctimas de la miseria, del hambre, de la violencia, de las guerras, de las ambiciones de los hombres.
Cuando en la televisión nos ponen imágenes de la guerra, imágenes tan recientes como lo que sucede en Alepo, en Siria, en Irak o en tantos otros lugares azotados en este momento de nuestra historia por la guerra, nos dicen que son imágenes que pueden herir nuestra sensibilidad. No queremos sentirnos quizá interpelados, no queremos quizá escuchar el grito angustioso de tantos que ven destruidas sus casas, o las vidas de sus seres queridos, no queremos inquietarnos por esas cosas que suceden ahí a un tiro de piedra de nuestra cómoda e insensible sociedad.
Es duro que así nos hayamos endurecido las conciencias. Tiene que ser inquietante que sigamos impasibles ante tantos sufrimientos. Es inhumano que quizá nosotros estos días tengamos nuestras mesas repletas de alimentos que al final se desperdiciarán, mientras ahí al lado hay gente en la miseria y muere de hambre.
¿Es así como hacemos un mundo mejor? ¿Es así como nosotros, los cristianos, los que nos decimos seguidores de Jesús vivimos la Buena Nueva que con Jesús quiere llegar a nuestras vidas para que vivamos un compromiso por hacer un mundo mejor?
Es el día de los Santos Inocentes, de aquellos niños que murieron a causa del odio o de la ambición de Herodes, pero es el día en que tenemos que pensar en tantos santos inocentes que mueren en el mundo a causa de nuestra insensibilidad, de nuestra insolidaridad, de nuestros ojos que queremos mantener cerrados, de nuestros despilfarros, de nuestras violencias. Es para pensarlo.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Que la ternura sea el aire de nuestra casa como lo sería en el hogar de Nazaret

Eclo. 2, 6. 12-15; Col. 3, 12-21; Mt. 2, 13-15.19-23
Navidad no se entiende sin familia. Y ya no es solo que nuestras fiestas de navidad son fiestas entrañablemente familiares, ocasión para que las familias se encuentren, convivan, coman juntos todos los miembros de la familia, padres, hijos, hermanos, aunque para muchos en eso se queda toda la celebración de la navidad.
Decimos que Navidad no se entiende sin familia porque cuando estamos celebrando el misterio de la Navidad, de la Encarnación de Dios para hacerse hombre, quiso hacerlo en el seno de una familia, en el seno de un hogar. Escogió aquel hogar de Nazaret, aquella familia de José y María para allí nacer y hacerse presente Dios hecho hombre. Espejo en el que mirarnos y ejemplo de donde aprender también para la vivencia de nuestra realidad familiar.
Pero es que además al invocar al misterio de Dios estamos hablando también de ese misterio de comunión, como en familia podríamos comparar, de las tres divinas personas en el Misterio de la Santísima Trinidad. Por eso nuestra fe cristiana la hemos de vivir también en comunión y amor, y decimos que los que formamos la comunidad cristiana somos como una familia; a la Iglesia la llamamos también la familia de los hijos de Dios.
De ahí surge que en este primer domingo después de la celebración de la Navidad volvamos nuestros ojos hacia aquel hogar de Nazaret y celebramos en consecuencia la fiesta de la sagrada familia de Jesús, José y María. Así nos lo presenta la liturgia de la Iglesia con toda sabiduría.
Hoy el evangelio precisamente nos presenta la imagen de esa sagrada familia con problemas semejantes a los que tantas familias viven hoy día. Nos habla el evangelio de unos desplazados, no solo porque antes se han tenido que venir desde Nazaret a Belén donde nace Jesús en cumplimiento de las Escrituras, sino que ahora les veremos, como tantas emigrantes que por muchos motivos  tienen que dejar sus tierras, camino de Egipto para liberarse de una persecución con las precariedades que les acompañarán en tierra extranjera; y luego a la vuelta yendo desde Judea a Nazaret de nuevo buscando donde establecerse de forma definitiva. ¿No refleja eso lo que le sucede a tantas familias que con tantas precariedades viven su realidad que incluso muchos tienen que dejar su tierra de origen para buscar mejor vida en otros lugares? Cuántos problemas de este tipo seguramente conoceremos cercanos a nosotros.
Celebramos esta fiesta, pues, de la Sagrada Familia conscientes de la importancia de la familia como célula fundamental de nuestra sociedad, pero siendo conscientes también de las dificultades y problemas de todo tipo que afectan a esta realidad de la familia, lo que nos tendría que llevar a una honda reflexión sobre todo ello. Muchas cosas podríamos decir y reflexionar. Hoy queremos sentir el dolor de tantas familias con muchos problemas en la precariedad y pobreza con que tienen que vivir por la situación actual, pero pensamos también en tantas familias rotas, divididas, desestructuradas con la cantidad de problemas sociales que se derivan para padres e hijos y hermanos.
Ese cambio acelerado que se va produciendo en nuestra sociedad algunas veces nos hace perder valores que son importantes, fundamentales tendríamos que decir, que vividos en la familia ayudarían de verdad a sus miembros en ese crecimiento humano y espiritual del que la familia tendría que ser un hermoso caldo de cultivo.
Son cosas que nos pueden parecer enormemente sencillas, pero que nos ayudan a dar esa profundidad a la vida y que nos van a ayudar de verdad a crecer como personas. Alguien ha dicho que ‘la familia es la que vive en la ternura. La ternura es como el aire de la casa’. Efectivamente algo muy sencillo como es sentirse aceptado, querido, valorado porque sencillamente nos queremos, nos manifestamos con esa ternura del cariño.
Si así nos tratamos nos sentiremos en una mayor unión, en esa comunión, comunidad de vida y de amor que tiene que ser una familia. En esa aceptación, en esa ternura que nos hace valorarnos de verdad, creceremos más y más como personas, porque irán surgiendo todas esas posibilidades que vamos teniendo en la vida. Ese amor y esa ternura nos hacen creativos, porque nos hará ir buscando siempre lo mejor de nosotros mismos para ofrecerlo a los demás. En una familia así no habrá rutinas ni surgirán cansancios, porque el amor hará que todo lo que vayamos viviendo en todo momento tenga el sabor de lo nuevo.
Eso nos dará  fuerza para superar dificultades, para ser capaces de hacer sacrificios en bien de los demás, nos hará prevenidos contra el consumismo que tantas veces nos acecha para valorar en todo lo momento lo que de verdad necesitamos y alejarnos de lo superfluo; eso facilitará la convivencia que algunas veces se  nos puede hacer difícil, nos dará alegría y nos hará vivir la vida también son sentido del humor para alegrar la vida de los demás.
Viviendo cosas así tan sencillas, nos hará ser abiertos para los demás, para entrar en relación con los otros y para ser sensibles también a las necesidades de los demás; seremos capaces de superar la tentación de encerrarnos en nosotros mismos y hará también que nuestro hogar sea siempre como un corazón abierto para cuantos se acerquen a él; la familia que pretende encerrarse en sí misma tiene el peligro de destruirse porque está restándole unas cualidades y valores importantes para un amor verdadero, que siempre nos hará estar abiertos a los demás.
Y abiertos, sobre todo a Dios, para ponerlo en el centro de nuestro hogar, como el verdadero motor de todo eso que queremos vivir. A El le daremos gracias por todo ese don de la vida que ha sembrado en nosotros y esa capacidad para el amor, y a El le pediremos su fuerza y su gracia para que en verdad siempre caminemos por esos buenos caminos.
Todo esto lo estamos diciendo de la familia, pero son valores humanos que hemos de vivir en cualquier comunidad, valores humanos que tenemos que cultivar muy bien en todo lo que sea relación y convivencia con los que están a nuestro lado.
Es lo que con otras palabras muy concretas nos decía san Pablo en la carta a los Colosenses. Aunque escuchamos este texto de la Palabra en el ámbito de esta fiesta de la Sagrada Familia, hemos de saber que cuando Pablo le escribía todo eso que hemos escuchado a los cristianos de Colosas, estaba refiriéndose a lo que había de ser y había de vivirse en aquella comunidad. A la comunidad y a la familia, por supuesto, podemos aplicarlo porque son valores humanos muy fundamentales y necesarios en una y en otra, para ese crecimiento como persona y ese crecimiento de nuestra vida familiar.
Se nos habla de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, de comprensión y de perdón como una vestidura de nuestra vida que hemos de ceñir con el amor y la paz. Y se nos habla de cómo ha de estar presente la Palabra de Dios siempre en nuestra vida, en el centro de nuestro hogar, sabiendo dar gracias a Dios, sabiendo invocarlo en todo momento para tenerlo presente y hacer que con toda nuestra vida demos siempre gloria al Señor.

Hoy contemplamos a la Sagrada Familia de Nazaret y la hemos contemplado también en el evangelio en esas dificultades de la vida,  semejantes a las dificultades con que cada día nosotros podemos encontrarnos. Que El Señor nos ilumine. Que el Señor nos regale su gracia. Que siempre amor en nuestros corazones, para que también en esa apertura de la que hablábamos hace un momento estemos siempre abiertos a las necesidades y problemas de los demás para que allí pongamos el bálsamo de nuestro amor y de nuestra solidaridad.