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sábado, 19 de agosto de 2023

Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

 


Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

No seas un niño, le decimos quizás a alguien, y en cierto modo de manera despectiva, cuando nos parece que se está comportando de una manera muy infantil. ¿Quizás podríamos preguntarnos por que es un niño? ¿Por qué se comporta de una manera inocente y sin malicia? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Es que es necesario ir por la vida siempre con una mirada atravesada, llena de desconfianzas, o con los malos instintos , como solemos decir, de estar echando la zancadilla para ver cómo cae el otro?

¿Será acaso niño porque se deja sorprender por la vida y todo le llama la atención? Sentir curiosidad por lo que no se conoce, sentir deseos de saber y aprender más, tener inquietud en nosotros que no nos deja quietos e imperturbables ante lo que sucede alrededor, estar buscando siempre algo nuevo, algo que hacer, algo que nos haga desarrollarnos y crecer, no creo que sea malo para la persona sino más bien necesario.

Nos hace falta despertar esa inquietud en nuestros corazones porque es la manera como creceremos, como avanzaremos en la vida, cómo vamos haciendo que la vida en verdad sea interesante y creativa. Por eso me atrevo a decir que no es tan malo ser como un niño, porque siempre tenemos esa inquietud en nuestro corazón por algo más, por algo distinto, por algo nuevo, por algo mejor. No nos podemos quedar adormilados en la vida, porque camarón que se duerme se lo lleva la marea, que dice el refrán popular, porque quien vive adormilado no sabrá disfrutar de lo mejor de la vida, no sabrá llenar la vida de grandes sueños y de grandes ideales, y su vida perderá vitalidad.

Me hace pensar en todo esto como plan incluso para darle vitalidad a la vida, lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban’. Quiero ponerle incluso un poco de imaginación al tratar de contemplar este episodio. Jesús quizás sentado en la plaza, sentado a la puerta de su casa, como tantas veces quizás nosotros hemos hecho después de nuestras tareas y trabajos, y los niños que revolotean a su ardedor con sus juegos, sus gritos, su alegría; podemos ver tan a unas madres, como nos dice el evangelio que le traen a sus hijos a Jesús para que se los bendijera.

Pero allí están los de siempre, en este caso eran los discípulos tan celosos del descanso de su maestro. Vaya jaleo con los muchachos, sus carreras, sus juegos, sus gritos, sus preguntas y sus curiosidades. Quiten a esos chiquillos que no hacen sino molestar. Una reacción muy celosa. No sé, pero recuerda alguna escena alguna vez contemplada en nuestros templos con los jaleos que forman los chiquillos. Pero es importante la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Y ahora nos dice que Jesús que ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Entonces tenemos que hacernos niños revoltosos e inquietos? Creo que nos damos cuenta de la inquietud que hemos de tener muy despierta en nuestro corazón. Esas ganas de más y mejor, esa búsqueda continua tan necesaria en la vida, ese dejarnos sorprender por las maravillas de Dios, esa apertura tan necesaria en nuestro corazón. No nos dejemos avejentar, no permitamos que se endurezca el corazón, no es posible que nos acostumbremos de tal manera a las cosas que las convirtamos en una rutina, arranquemos esas costras de pasividad con que nos vamos envolviendo tantas veces, tengamos la inquietud vital de ese niño que parece que se toma la vida como un juego pero que es así como va creciendo, es necesario tener la juventud que busca siempre la novedad para darle más intensidad a la vida y a lo que estamos haciendo.

Por algo nos dirá Jesús en otro momento que es necesario nacer de nuevo. No podemos seguir viviendo anquilosados en el hombre viejo. Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños que nos dejemos sorprender y sepamos hacer nuevas todas las cosas.

sábado, 24 de octubre de 2020

También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

 

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También venimos nosotros y le contamos a Jesús los graves problemas de hoy pero escuchemos su palabra de paz, de serenidad, de esperanza, de invitación a caminos nuevos

Efesios 4, 7-16; Sal 121; Lucas 13, 1-9

‘En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían…’ Era algo que había conmocionado a toda Jerusalén, no digamos nada de cómo estarían los sumos sacerdotes y servidores del templo, el Sanedrín garante de las leyes y costumbre judías y sobre todo aquellos judíos piadosos como los fariseos. Era algo sacrílego lo que había hecho Pilatos.

Como si nosotros ahora venimos y le contamos a Jesús los graves problemas que está pasando nuestra sociedad de los que nos hacemos nuestras lecturas quizá muy particulares y a la vez diversas con el tema de la pandemia del coronavirus que estamos padeciendo con todas sus consecuencias. Profetas calamitosos los ha habido en todos los tiempos y no es raro que aun en la sociedad en que vivimos escuchemos alguna vez la voz de esos profetas de calamidades que nos pueden llegar a hablar de castigos divinos y apocalípticos que más zozobra pueden dejar en nuestro espíritu.

Cuando le hablan a Jesús de lo hecho por Pilatos en el templo Jesús quiere que se detengan un poco a reflexionar y les recuerda también otro hecho calamitoso que no hacia mucho tiempo había sucedido cuando se cayeron algunas arcadas de la piscina de Siloé y murieron algunos judíos. ¿Pensáis que aquellos que murieron en la piscina, o los que ahora ha dado muerte Pilatos en el templo eran más pecadores que los demás por tener una muerte así?  Era una reacción en cierto modo natural cuando no había una respuesta racional a las preguntas que se pudieran hacer ante algo sucedido de manera extraordinaria. Un castigo del cielo, algo habrían hecho que merecieron una muerte así…

Esos acontecimientos algunas veces cruentos que nos suceden ante los que nos pueden quedar muchas dudas y preguntas en nuestro interior hemos de saber hacerles una lectura creyente pero buscando siempre la paz que Dios quiere trasmitirnos en su palabra. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez que sentido tiene la muerte de un inocente, por ejemplo, un niño con un cáncer, una madre joven con muchos hijos afectada por la grave enfermedad, un accidente sin sentido en el que pierden la vida quienes tranquilamente transitaban por aquel lugar…?

La respuesta de Dios, podemos decirlo así, es invitarnos a la paz y a la esperanza, no perder la serenidad de nuestro espíritu para saber encontrar un día respuesta a esas preguntas, mantener la confianza en la sabiduría de Dios que como suele decir el refrán escribe recto en renglones torcidos, escuchar esa llamada en nuestro interior a preguntarnos por nuestra propia vida y qué es lo que estamos haciendo con ella, sentir la invitación a una renovación de nuestra vida y a una auténtica conversión del corazón que todos siempre necesitamos. No es un conformismo ante las situaciones inesperadas sino una apertura de los oídos del alma para escuchar lo que solo en el silencio de nuestro corazón podremos escuchar.

Entre toda esta barahúnda de mensajes que estos días escuchamos con motivo de la pandemia y crisis que estamos viviendo escuchaba sin embargo un mensaje muy positivo de un joven a sus compañeros jóvenes  invitando sí a tomarse en serio la situación, pero también a hacerse preguntas sobre todo para descubrir la riqueza que tenemos en la vida y que no  hemos sabido aprovechar, pero también a mirarse por dentro para descubrir como todo esto tiene que hacernos crecer y madurar, transformar muchas cosas que hemos llenado de muchas rémoras en la vida y comenzar a actuar en positivo para encontrar nuevos caminos.

Es una invitación grande la que podemos escuchar haciendo una buena lectura de cuanto nos sucede, pero que nunca nos falte ni la paz ni la esperanza. Podemos salir, podemos seguir caminando en la vida, tenemos quizá que transformar muchas cosas no solo en estructuras de la sociedad sino principalmente dentro de nosotros mismos que cuando las hagamos tendrán como consecuencia también la mejora de nuestro mundo. Y todo esto lo hacemos no solo con los grandes problemas que podemos ver en la sociedad sino también en esos problemas que cada uno de nosotros tenemos en el camino de la vida y que muchas veces se nos atraviesan en el alma.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18
Hoy es el día de los Santos Inocentes. Sin embargo en el sentido de nuestra sociedad, al menos en mi tierra, es sobre todo el día de las inocentadas; un día para la broma, para la picardía de ver cómo caes en una inocentada creyéndote aquello que te cuentan o te dicen de manera que hasta en los medios de comunicación social y hasta en los noticiarios buscan esa aparente noticia extraordinaria con la que hacer caer a todos en la inocentada. Es la picardía que llevamos dentro, el deseo de la broma y de la alegría que quizá quiera hacernos olvidar otras angustias u otros problemas que pudieran afectarnos hasta quitar esa alegría de nuestra vida.
Con la reflexión que ahora me hago y os ofrezco quizá arroje un jarro de agua fría en medio de nuestras alegrías festivas, pero siento dentro de mí la urgencia de ofreceros esas quizá desordenadas líneas de reflexión pero que puedan ayudarnos a pensar en otras cosas.
Pero bien sabemos que celebrar el día de los Santos Inocentes es mucho más que eso, porque realmente estamos celebrando un momento muy dramático en la historia de nuestra salvación en el que por querer quitar de en medio a aquel recién nacido rey de los judíos como decían los Magos venidos de Oriente, el Rey Herodes al verse burlado mandó decapitar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores.
Ya escuchamos en el evangelio cómo el ángel del Señor anuncia a José lo que ha de suceder y cómo ha de salvar la vida del niño huyendo a Egipto. Un rememorar de alguna manera la historia del pueblo de Israel en la que Jesús se ha encarnado, pero que es de alguna manera ver cómo Jesús se encarna en nuestra historia, en nuestra vida, también con los sufrimientos y las angustias que padecemos los hombres.
La liturgia de las Horas nos evoca la matanza de los niños recién nacidos de Egipto cuando el faraón oprimía al pueblo de Dios y mandó arrojar al Nilo a todos los varones recién nacidos. Es la historia que se repite en nuestra humanidad llena de pecado, de odios, de rencores, de envidias, de ambiciones, de violencia. No podemos menos que hacer pasar ante nuestros ojos, aunque sus imágenes sean muy hirientes para nuestras conciencias adormecidas, las muertes de tantos inocentes que también en nuestro tiempo son víctimas de la miseria, del hambre, de la violencia, de las guerras, de las ambiciones de los hombres.
Cuando en la televisión nos ponen imágenes de la guerra, imágenes tan recientes como lo que sucede en Alepo, en Siria, en Irak o en tantos otros lugares azotados en este momento de nuestra historia por la guerra, nos dicen que son imágenes que pueden herir nuestra sensibilidad. No queremos sentirnos quizá interpelados, no queremos quizá escuchar el grito angustioso de tantos que ven destruidas sus casas, o las vidas de sus seres queridos, no queremos inquietarnos por esas cosas que suceden ahí a un tiro de piedra de nuestra cómoda e insensible sociedad.
Es duro que así nos hayamos endurecido las conciencias. Tiene que ser inquietante que sigamos impasibles ante tantos sufrimientos. Es inhumano que quizá nosotros estos días tengamos nuestras mesas repletas de alimentos que al final se desperdiciarán, mientras ahí al lado hay gente en la miseria y muere de hambre.
¿Es así como hacemos un mundo mejor? ¿Es así como nosotros, los cristianos, los que nos decimos seguidores de Jesús vivimos la Buena Nueva que con Jesús quiere llegar a nuestras vidas para que vivamos un compromiso por hacer un mundo mejor?
Es el día de los Santos Inocentes, de aquellos niños que murieron a causa del odio o de la ambición de Herodes, pero es el día en que tenemos que pensar en tantos santos inocentes que mueren en el mundo a causa de nuestra insensibilidad, de nuestra insolidaridad, de nuestros ojos que queremos mantener cerrados, de nuestros despilfarros, de nuestras violencias. Es para pensarlo.

sábado, 22 de septiembre de 2012


Desde el silencio una ofrenda de amor que es semilla enriquecedora de nueva vida
Sab. 3, 1-9; Sal. 33; Jn. 12, 24-26

Una pregunta dolorosa para muchas personas y a la que les cuesta encontrar respuesta es el por qué del sufrimiento y la muerte de los inocentes, ya sea desde causas naturales como pueden ser las propias enfermedades y limitaciones, o ya sean impuestas duramente desde el exterior de sí mismas como pueden ser los maltratos, persecuciones o violencias externas. ¿Qué valor puede tener la muerte de un inocente o su sufrimiento? 

Una pregunta a la que desde simples razonamientos humanos nos cuesta encontrar respuesta. Es la pregunta de fondo del paciente Job en el texto sagrado, es la pregunta ante las renuncias y sacrificios a los que nos vemos sometidos en la vida, es la pregunta ante el sufrimiento y muerte de Jesús, o es la pregunta ante, por el ejemplo, la muerte de los mártires de todos los tiempos. 

Y es que sólo desde la fe podemos encontrar iluminación total para nuestra vida y cada una de las situaciones que tengamos que vivir. Una iluminación que nosotros queremos recibir hoy, que buscamos con ansias y con fe, cuando estamos celebrando el martirio de las dos hermanitas que en su vida lo único que hicieron fue amar y servir, humilde y calladamente, dándose y gastándose por sus ancianitos en la consagración que de sus vidas habían hecho a Dios.

Por supuesto, que para encontrar esa luz tenemos que mirar a Cristo, el verdaderamente inocente, que se dio y se entregó hasta el final en la más suprema ofrenda de amor. Y aquel sufrimiento de su pasión y su muerte en la cruz que podría parecer inútil e infecundo para que quien no mira sino efectividades humanas, tuvo ese valor infinito de salvación que puso en camino de vida a nueva a la humanidad entera. Alguien pudiera pensar que hubiera sido más efectivo que la vida de Jesús durara más y tratara de imponer aquel estilo de vida nueva para el mundo, pero no son esas las medidas ni los parámetros de Dios. 

Un grano de trigo que se entierra y se pudre bajo la tierra pudiera parecer que no tiene sentido porque el grano de trigo es para hacer la harina con que confeccionamos el pan que nos alimenta. Sin embargo el grano de trigo enterrado y germinado bajo la tierra será engendrador de nuevas semillas de vida que se multiplican y multiplican para hacer alimento para más personas. 

Jesús se compara a sí mismo como el grano de trigo, hemos escuchado en el evangelio. ‘Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Es el valor de la vida de Cristo. Es el valor que hemos de saber dar a nuestra vida, que no hemos de temer perderla, darla, entregarla para alcanzar una vida que dura para siempre. Por eso nos habla Jesús de que seguirle a El es estregarse a servir como El lo hizo.

‘La vida de los justos está en manos de Dios… la gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, su partida de entre nosotros como una destrucción, pero ellos están en paz… ellos esperan de lleno la inmortalidad… probados como oro en el crisol, los recibió como sacrificio de holocausto…’. Así nos decía el libro de la Sabiduría que escuchamos en la primera lectura. Es lo que con fe contemplamos realizado en las Hermanitas mártires, beatas Josefa y María Dolores, que hoy estamos celebrando. 

Calladamente, como es siempre la vida de una hermanita que contempla en silencio a Dios y le sirve en sus hermanos los ancianos, vivieron su vida de entrega a Dios y vivieron su martirio. ¿Por qué ellas y no otros u otras? ‘Dios las puso a prueba y las halló dignas de sí’, como dice el texto sagrado. Pasan casi desapercibidas, pero ahí están como una hermosa ofrenda de la congregación al Señor, ahí están  como esa semilla escondida que un día dará mucho fruto, porque sus vidas estaban llenas de mucho amor; y el amor no hace ruido, el amor nos hace humildes y sencillos y nos llevará siempre al servicio y a la donación de nosotros mismos. Son la riqueza grande y callada de la congregación. Y son para nosotros una luz para nuestra vida y un ejemplo para que sigamos también esos caminos humildes y sencillos del amor.

martes, 28 de diciembre de 2010

Los Santos Inocentes y la brillante multitud de los mártires que alaba al Señor



1Jn. 1, 5-2, 2;

Sal. 123;

Mt. 2, 13-18


‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza la brillante multitud de los mártires…’ Con estas versículos tomados del Tedeum, himno de acción de gracias que rezamos en la liturgia, hemos aclamado hoy al Evangelio que se nos ha proclamado. ‘Te ensalza la brillante multitud de los mártires…’ Inocente multitud de niños que en Belén y sus alrededores murieron masacrados por la crueldad de Herodes, como hemos escuchado en el Evangelio. Celebramos hoy la fiesta de los Santos Inocentes.

Protomártires, en verdad podemos decir, por ser los primeros que mueren por la causa de Jesús. Era Jesús el que era ya perseguido queriéndolo quitar de en medio a causa de la ambición y orgullo de aquel malvado rey. Ya lo hemos escuchado en el evangelio. Es ya como un preanuncio de la Pascua de Jesús que escuchamos y celebramos en medio de este ambiente navideño mientras estamos celebrando su nacimiento en Belén. Contemplar y celebrar a Jesús en cualquiera de los misterios de su vida es contemplar y celebrar siempre su Pascua, su entrega por nuestra salvación. Estos niños inocentes que hoy celebramos en cierta medida se están uniendo a ese misterio pascual de Cristo, a ese misterio de salvación.

Para nosotros siempre el testimonio de los mártires es un estímulo grande para nuestra vida, para nuestra fidelidad y para el testimonio que igualmente nosotros hemos de dar del nombre de Jesús. En ese sentido van las oraciones y todos los textos de la liturgia de este día. Así pedíamos en la oración que si bien los mártires inocentes proclaman la gloria del Señor, no de palabra, sino con su muerte, que el Señor nos conceda a nosotros testimoniar con nuestra vida lo que profesamos de palabra.

Es esa fortaleza de la fe que hemos de testimoniar con nuestra vida. Confesamos la fe, decimos lo que creemos y lo manifestamos a los demás con nuestras palabras, pero el gran testimonio que hemos de dar ha de ser con nuestra vida, con nuestras obras. Hemos recibido el don del Espíritu para hacernos testigos.

Sin querer ser pesimista ni ver las cosas con negrura bien sabemos que no siempre es fácil nuestro testimonio cristiano; y que en el momento que vivimos no siempre es bien recibido quizá ese testimonio que hemos de dar. Pero no podemos callar, tenemos que ser valientes para proclamar con nuestras obras y palabras esa fe que confesamos, manifestarnos como creyentes y como cristianos, dar razón de lo que es nuestra fe y nuestra esperanza con las obras de amor de nuestra vida.

El celebrar esta fiesta de estos mártires inocentes y precisamente en estos días de navidad como la liturgia nos propone, me hace pensar en tantos cristianos que hoy en el mundo están sufriendo persecusión por el nombre de Cristo. Quizá habremos escuchado noticias estos días que en algunos lugares no se pudo celebrar la misa de nochebuena por falta de seguridad, o que incluso en otros lugares estos días fueron heridos muchos cristianos que estaban participando en la misa de medianoche de Navidad.

Hablando desde el balcón central de la fachada de la Basílica de San Pedro, el pontífice deseó "que el amor del 'Dios con nosotros' otorgue perseverancia a todas las comunidades cristianas que sufren discriminación y persecución, e inspire a los líderes políticos y religiosos a comprometerse por el pleno respeto de la libertad religiosa de todos".

Deseó que "el anuncio consolador de la llegada del Emmanuel alivie el dolor y conforte en las pruebas a las queridas comunidades cristianas en Irak y en todo Oriente Medio, dándoles aliento y esperanza para el futuro, y animando a los responsables de las naciones a una solidaridad efectiva para con ellas".

Que al celebrar hoy esta fiesta de los Santos Inocentes, no sólo nos sintamos estimulados, como decíamos con el testimonio de tantos mártires, sino que además nos sintamos solidarios con tantos cristianos que en distintos lugares están sufriendo persecusión a causa de su fe. Oremos por ellos y que el Señor les dé a ellos y nos dé a nosotros también esa fortaleza de la fe, esa fortaleza de la gracia y que con esa brillante multitud de los mártires alabemos al Señor, cantemos la gloria del Señor.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Santos Inocentes, mártires de la fidelidad, testigos de Jesús

1Jn. 1, 5-2, 2
Sal. 123
Mt. 2, 13-18


La cruz del calvario no está lejos de la gruta de Belén. Es el primer pensamiento que se me ocurre cuando hoy estamos celebrando el martirio de los Santos Inocentes en la cercanía de la celebración de la navidad y de la alegría del nacimiento de Jesús. Nos recuerda una vez más que este niño que contemplamos nacido en Belén, que es el Hijo de Dios hecho hombre, es nuestro Salvador y Redentor, el que derramará su sangre para la redención de nuestros pecados. ‘La sangre de su Hijo Jesús nos lavará de nuestros pecados’, nos ha recordado hoy la carta de san Juan.
Hemos escuchado el relato en el evangelio. Herodes había pedido a los Magos llegados de Oriente que volvieran de Belén para darle noticias del recién nacido Rey de los judíos que ellos buscaban, porque él quería también ir a adorarle. Pero los Magos marcharon por otro camino iluminados desde el cielo por el ángel del Señor. Será también el ángel del Señor el que alerte a José para que marche a Egipto ante lo que Herodes pretendía hacer. ‘Un grito se oye en Ramá: llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora a sus hijos, y rehúsa el consuelo porque ya no viven’ es el oráculo del profeta Jeremías que recuerda el evangelista ante la matanza cruenta de tantos inocentes.
En el Apocalipsis cuando se nos habla del ‘cántico nuevo de los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra’, se nos señalará que ‘éstos son los que siguen al Cordero a dondequiera que va, los rescatados de los hombres como los primeros frutos para Dios y para el Cordero…’ Así vemos hoy coronados de gloria a estos niños inocentes, los primeros en derramar su sangre y que forman parte ya de esa brillante multitud de los mártires a los que nosotros queremos unirnos también para alabar al Señor. ‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza la brillante multitud de los mártires’, que proclamamos en el Aleluya de aclamación al Evangelio.
Cuando celebramos hace un par de días el martirio de Esteban queríamos recordar también a los mártires, testigos que siguen dando testimonio hasta derramar su vida a través de todos los tiempos y también nuestros tiempos actuales. Hoy queremos ampliar un poco aquel pensamiento en la contemplación de los Santos Inocentes. Cuántos también de forma inocente van perdiendo su vida desde muertes violentas y siempre innecesarias, o entregando su vida por una fidelidad mantenida hasta la muerte.
Al contemplar la crueldad de Herodes siempre pensamos en tantos Herodes de todos los tiempos, o cuántos Herodes de nuestro tiempo que hacen perder vidas inocentes. El primer pensamiento siempre es el de tantas criaturas a las que se les siega la vida con el aborto, porque ahí en el seno de una madre hay una vida, una vida inocente y que sin embargo es masacrada de una forma tan terrible.
Víctimas inocentes en tantos que pierden su vida de forma violenta, y sea quien sea el que pierde su vida de esta manera, tenemos que decir que es una víctima inocente, porque nadie tiene derecho a quitar la vida de nadie y menos de forma violenta.
Pero, como decíamos, pensamos también en los que pierden su vida como consecuencia de su fidelidad; fidelidad a su fe, fidelidad a la verdad, fidelidad en su trabajo por la justicia y la paz, fidelidad en tantos trabajos nacidos del amor y de la solidaridad que les llevará a entregarse hasta el final. Este es un tema que podría ampliarse con muchos detalles, pero creo que caemos en la cuenta bien de lo que queremos decir.
En ese camino de fidelidad a la fe, a la condición cristiana y al seguimiento de Cristo y pertenencia a la Iglesia, como hemos comentado en alguna ocasión podemos pensar en tantos que en muchos lugares del mundo son perseguidos por ser cristianos. En nombre de fundamentalismos religiosos en muchas partes se les hace la vida imposible a los cristianos, o incluso llegan a perder su vida. Y son cosas que siguen sucediendo hoy en estos mismos días en la India, en Irak, y en otros muchos países.
Que el Señor nos dé valentía y firmeza en nuestra fe. Que seamos capaces de mantener nuestra fidelidad hasta el final. Que aquí donde estamos demos siempre valientemente este testimonio de nuestra fe. Se necesitan testigos.