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domingo, 29 de diciembre de 2024

Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

 


Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

La pertenencia a una familia es algo más que el hecho biológico de nacer de unos padres; la familia es un caldo de cultivo de la germinación de una nueva vida en todos los sentidos, es un semillero que hace germinar, pero también hace crecer y madurar la planta de la vida en una mutua relación con la rodea creando las mejores condiciones para el crecimiento y maduración, es el horno en el que se cuecen los mejores valores para hacerles sacar los mejores sabores a la vida, es la mejor escuela para aprender el sentido de la vida desde todo aquello que se vive en su entorno que nos enseña y transmite la más profunda sabiduría que da sabor y sentido a la existencia, y es hogar para aprender lo que es el amor y la unidad que se hace comunión… así podríamos seguir desgranando imágenes que nos hablen de su sentido y de su valor, de su razón de ser y de la luz para nuestra existencia.

Y ahí quiso nacer Dios hecho hombre; cuando en su amor quiere Dios hacerse presente en la vida humana, el eterno desde toda la eternidad quiere tener un principio y un inicio de vida humana naciendo como hijo en el seno de una familia humana. Es la familia de Nazaret formada por aquel matrimonio de José y María en la que quiso nacer y hacerse hombre, con todo lo que significa no solo el nacimiento sino el hacerse hombre como miembro de aquella familia. Es un misterio de Dios que solo en Dios podemos encontrar y podemos descifrar, porque podríamos decir que no entraría en nuestros razonamientos humanos. Así es el amor, que es la grandeza de Dios, pero que se manifiesta así en la humildad de nuestra carne; quiere necesitar ese caldo de cultivo, ese semillero y ese horno de vida, esa escuela y ese hogar.

Es lo que ahora es este marco de la Navidad nosotros estamos celebrando. No podía ser menos. Cuando contemplamos el misterio de amor de Dios que se hace hombre, no solo miramos a Belén sino miramos lo que fue aquella familia que se refugió en la gruta de Belén, miramos lo que sería luego aquel hogar de Nazaret donde como el mismo evangelio hoy nos dice aquel Niño que nosotros confesamos como Dios hecho hombre ‘iba creciendo en edad, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres’.

Queremos ver en aquel hogar y en aquella familia de Nazaret, que nosotros llamamos Sagrada Familia, reflejadas todas aquellas imágenes que al principio hacíamos desfilar en nuestra mente como reflejo de aquella maravilla humana y podríamos decir también divina en la que creció Jesús, el Hijo de Dios, que vimos nacer en Belén.

En los breves trazos que nos da el evangelio en referencia a la infancia de Jesús podremos contemplar toda esa maravilla que es toda familia humana y que bien se refleja allí en Nazaret, con sus problemas y dificultades que no les faltaron como no faltan en nuestras familias – pensamos en su emigración a Belén para el censo como en su destierro a Egipto huyendo de Herodes, o en su caminar peregrina hasta establecerse de nuevo en Nazaret -, con los valores allí cultivados que hacían también brillar todas las luces del amor, con las expresiones de su religiosidad tanto en la subida al templo de Jerusalén para la fiesta de la pascua como en la costumbre, como luego se reflejará en la vida de Jesús y su presencia en otra ocasión en Nazaret, de la asistencia a la sinagoga en el sábado para la escucha de la ley y los profetas.

Hoy nosotros queremos mirar a la Sagrada Familia desde la realidad de nuestras familias en este mundo concreto en el que vivimos, con sus alegrías y también con sus penas, con nuestras luchas y nuestros esfuerzos de superación, con la trascendencia que le hemos de dar a nuestra vida elevando siempre nuestro espíritu a metas altas y espirituales, con la profundidad y la madurez que le queremos dar a nuestro amor, con el cultivo de esos valores en ese semillero precioso de nuestros hogares caldeando nuestro espíritu en el fuego del Divino espíritu, haciendo crecer nuestra vida y llenándonos también de la Sabiduría del espíritu de Dios.

Fuertes, es cierto, son los vientos que muchas veces soplan en contra y que quieren barrer muchos de esos valores que nosotros consideramos tan necesarios, pero no nos podemos desalentar; contemplamos a la sagrada Familia de Nazaret que también tuvo esos vientos en contra pero que se dejó conducir como vemos en esa imagen tan preciosa de los sueños de José que le hacían descubrir el misterio y la voluntad de Dios para sus vidas.

Dejémonos conducir nosotros también, abramos nuestro corazón al espíritu, no nos dejemos envolver por el materialismo de la vida, busquemos siempre la verdadera sabiduría que nos da esa madurez necesaria para afrontar las dificultades. Que el ejemplo de la Sagrada Familia sea espejo en el que nos miremos. Dejémonos bendecir por Dios.

viernes, 30 de diciembre de 2022

La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

 


La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Si tenemos una buena semilla que queremos que germine adecuadamente y nos de una hermosa planta prometedora de flores y frutos hemos de tener un cuidado semillero donde sembrar esa semilla para obtener de ella lo que deseamos; si queremos tener un buen artesano que nos produzca en el futuro bellas y provechosas obras para nuestra utilización y disfrute necesitamos de un buen taller que sirva de aprendizaje a ese futuro artesano; si queremos tener científicos y pensadores que desarrollen el saber humano, hemos de comenzar por tener buenas escuelas para que desde los rudimentos del saber el hombre vaya avanzado en conocimientos que puedan servir mejor a la humanidad.

Pero yo me atrevo a decir, y no me vuelvo atrás, que si queremos tener buenas personas y mejores ciudadanos con integridad en sus vidas, capaces de desarrollar sus mejores valores y cualidades necesitamos de la escuela de la familia, verdadero semillero donde aprenderemos a crecer como personas y adquiriremos los mejores valores que nos enseñen a vivir con la mayor dignidad como personas.

Verdadera escuela de vida que nos enseña lo que es el amor verdadero, taller de convivencia, de relación y fraternidad en ese trato respetuoso de los valores de cada uno y donde aprendemos de verdad a querernos y a perdonarnos, a darnos la mano para caminar juntos y a estar siempre dispuestos al servicio para el bien de los demás, donde aprendemos lo que es la más honda comunión de vida pero donde siempre nos veremos impulsados a crecer, a desarrollar nuestras capacidades sin pisotear a los demás, y donde estaremos siempre atentos a lo que pueda hacer sufrir a cualquiera de los hermanos.

Me vais a decir que estoy describiendo una familia ideal, y así es también, pero equivocándonos y teniendo errores, viendo carencias y necesidades también aprendemos, por eso la familia, aun con los defectos que somos  humanos podamos tener, sin mantenemos el mínimo espíritu de familia será esa verdadera escuela de vida que tanto necesitamos.

Hay 'saberes' quizás que aprendemos en otros talleres de la vida, o conocimientos que adquirimos en los templos del saber que son nuestras escuelas y universidades, pero lo que nos enseñará a tener la paciencia del aprendizaje del taller, o el espíritu de superación para llegar a esas cumbres de sabiduría, lo habremos mamado allí en aquella escuela sencilla del hogar.

Y Dios cuando se hizo hombre quiso nacer en el seno de una familia y aprender como humano en la escuela de un hogar. Por eso cuando en la navidad celebramos el nacimiento de Dios hecho hombre, como estamos contemplando en estos días en el portal de Belén, celebramos en el domingo siguiente a la navidad el Día de la Sagrada Familia. Este año, por la coincidencia del primer domingo después de la Navidad con la octava del nacimiento, lo adelantamos a celebrarlo en esta fecha del 30 de diciembre. Hoy es, pues, el Día de la Sagrada Familia de Nazaret, la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Hacia ese hogar de Nazaret volvemos hoy nuestra mirada y queremos celebrar y aprender para nuestras familias. Con el deseo de que sean esa verdadera escuela de vida, como veníamos reflexionando, y para ofrecer al mundo en que vivimos el testimonio de esos verdaderos valores de la familia enraizados en el evangelio de Jesús y que vemos reflejados en aquella Sagrada Familia de Nazaret.

En el evangelio encontramos esos verdaderos valores que sean auténtico cimiento de nuestras familias para la mejor construcción de nuestro mundo. De alguna manera fuimos desgranando esos valores cuando pretendíamos contemplar a esa familia ideal para el auténtico aprendizaje de la vida en la escuela de nuestros hogares.

Es ahí donde aprendemos para esa delicadeza y esa comprensión entre unos y otros, para ese respeto mutuo y para ese estímulo que necesitamos recibir los unos de los otros en ese crecimiento y maduración como personas, es ahí donde aprendemos a valorar la dignidad que toda persona tiene por sí misma, pero donde aprenderemos a caminar juntos buscando siempre ese mundo mejor y más justo, es donde se nos caen todas las caretas de nuestras vanidades porque nos conoceremos en nuestra propia realidad pero siempre sin minusvalorar a nadie, siempre estimulando al crecimiento, siempre engrandeciendo a toda persona.

Son valores auténticamente evangélicos que encuentran su raíz y fortaleza en el amor que Dios nos tiene que nos regala la fuerza de su espíritu para poderlo realizar, para poderlo llevar a cabo. Por eso una familia cristiana tendrá por centro a Jesús y a su evangelio, una familia cristiana será el mejor ejemplo de lo que es ese Reino de Dios que queremos construir.

Contemplando hoy la Sagrada Familia de Nazaret pongamos por centro de nuestras familias a Jesús y su evangelio; empapémonos del espíritu de Nazaret para que podamos dar ese testimonio ante el mundo. Que María, la madre de aquel hogar de Nazaret como madre también de nuestros hogares sea en verdad la reina y madre de nuestras vidas que llene de esperanza nueva nuestro corazón.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

 


El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los valores que se intenta mantener en todo su esplendor en las fiestas de navidad es que son unas fiestas entrañablemente familiares como una de las cosas que nos ha dolido más en las circunstancias actuales de la celebración de la navidad de este año es precisamente el no poder vivir con la intensidad acostumbrada este sentido familiar de la Navidad. Es cierto que todo tiene sus excesos y en cierto modo limitaciones como todo lo humano y por otra parte el darle tanto valor a la cena familiar haya quizá mermado en cierto modo el sentido religioso de la navidad, pues quizá se restaba la posibilidad de una participación en la celebración litúrgica de la Misa del Gallo o Misa de Nochebuena.

Precisamente en este domingo siguiente al día de la Natividad del Señor la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret donde quiso Dios que se encarnase, naciese y creciese en lo humano el Hijo de Dios que se hizo  hombre. Una mirada a ese Hogar de Nazaret, escuela y semillero del amor más hermoso, como es el amor familiar. Y el niño crecía en edad, sabiduría y gracia en el seno de aquel hogar.

Vino Dios a hacerse uno como nosotros y será como niño en el seno de ese hogar donde aprenderá a hacerse hombre, a crecer en edad y en sabiduría, a crecer y a madurar en lo humano como toda persona que tiene en el hogar y en el seno de la familia ese semillero donde va a aprender y a desarrollar todos esos valores humanos de la persona que le llevarán por caminos de gracia y de plenitud.

La convivencia familiar es esa hermosa escuela donde aprendemos los mejores valores que nos hacen más humanos; es el encuentro y es el diálogo en común, es ese intercambio de experiencias pues lo vivido por unos miembros de la familia servirá de base y de modelo para lo que los otros han de vivir también, es la confianza que nos hace sentirnos mutuamente apoyados, es el caminar juntos afrontando dificultades y problemas que siempre en toda familia van a aparecer pero tratando siempre de sentirnos verdaderamente solidarios para juntos resolverlos y superarlos, es ese abrirme al otro y a lo otro porque nos damos cuenta que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, es el aprender a levantar la mirada para ver horizontes más amplios que los caprichos particulares pero también para sabernos elevar a ideales y metas superiores dándole una mayor trascendencia a la vida, es el darnos cuenta que somos algo más que cuerpo y carne y que hay un espíritu dentro de nosotros que nos eleva y nos hace también trascender todas las cosas en Dios.

Es un camino que día a día vamos desbrozando, en el que tropezamos quizá muchas veces y hasta nos hacemos daño, pero sabemos que en el calor del amor del hogar y de la familia todas esas heridas se curan porque en quienes se aman de verdad siempre hay capacidad de perdón superando y olvidando aquellas cicatrices que nos hayan podido quedar de las luchas de la vida. Es lo que todos con mayor o menor perfección hemos vivido en la vida en el seno de nuestros hogares, que bien sabemos que no son perfectos porque limitados y llenos de debilidades somos cada uno de nosotros. Pero la convivencia nos enseña a amarnos, a comprendernos, a tendernos la mano, a perdonarnos una y otra vez, a saber comenzar de nuevo cuantas veces haga falta.

Es la realidad que hoy contemplamos también en aquel hogar de Nazaret donde nació y creció el Hijo de Dios al hacerse hombre. No faltaron dificultades a aquella familia que queremos llamar sagrada, porque ya el nacimiento del niño fue en extrañas e incómodas circunstancias lejos del hogar de Nazaret y sin tener ni siquiera posada que los acogiera en su obligatoria llegada a Belén. Pero será la huída a Egipto y como destierro huyendo de Herodes que quería atentar contra la vida del Niño y su camino itinerante hasta llegar de nuevo a Nazaret; será la vida de un pobre artesano que no destacaría por sus riquezas y posibilidades, pero que enseñaría muy bien que el Hijo del Hombre no tendrá ni donde reclinar su cabeza.

Pero es la vida de unos creyentes con su esperanza puesta en Dios a los que vemos subir al templo por una parte para cumplir los ritos de la presentación del primogénito al Señor o para la celebración de la Pascua. Como nos dirá más tarde san Lucas ‘como era su costumbre fue a la sinagoga el sábado’, que era el día del encuentro y de la escucha de la ley y los profetas como lo era del culto debido al Señor y ofrecido en la oración de la comunidad.

Fue la escuela del aprendizaje de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Hoy nosotros miramos a aquel hogar y a aquella sagrada Familia de Nazaret porque también queremos que sea escuela de aprendizaje para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias. Hoy miramos a aquella Familia de Nazaret y pensamos en nuestras familias y pedimos por nuestras familias, pero queriendo hacer más amplia nuestra oración tenemos en cuenta y pedimos por las familias en dificultades, por las familias rotas, por las familias donde falta el calor del amor y de la buena convivencia.

Que encontremos un verdadero estímulo para nuestro camino y para el camino de las familias tan importante y esencial para hacer un mundo mejor. Con unas familias sanas tendremos un mundo sano; con unas familias llenas de amor tendremos un mundo mejor.