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lunes, 16 de junio de 2025

¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo y así nos salgan espontáneos esos gestos de paz!

 


¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo y así nos salgan espontáneos esos gestos de paz!

2Corintios 6, 1-10; Salmo 97; Mateo 5, 38-42

¿La guerra la apagamos con la guerra? ¿Para evitar que haya una guerra nosotros la comenzamos? Es de tremenda actualidad en estos momentos la Palabra del Señor que hoy se nos propone en el evangelio. Tremenda actualidad no solo por los tambores de guerra que resuenan una y otra vez estos mismos días, sino porque es algo que está muy presente en el día a día de nuestra vida. La espiral de la violencia solo se romperá si en uno de sus estadios en lugar de una bala ponemos una rosa. Nos cuesta entenderlo porque media siempre nuestro amor propio y nuestro orgullo. Pero aunque nos pueda parecer de locos la mejor manera de parar una violencia es no responder, pero no es quedarse pasivamente aguantando esa violencia que cae sobre nosotros, sino positivamente ponernos a hacer algo bueno que incluso pueda hasta beneficiar al que está siendo violento con nosotros.

Lo desarmamos. Aunque en ese momento parezca que el otro se ensaña porque le parece sentirse ofendido con nuestra actitud pacífica, al final se quedará sin recursos para seguir manteniéndose en su postura negativa.  Ya sé que esto no es fácil, porque nosotros tenemos también nuestro amor propio y por dentro se nos pueden encender muchos cañones para nosotros torpedear también, pero ahí está esa postura madura que nos llena de serenidad en los peores momentos, que hace que no perdamos la paz por muchas sean las cosas que nos digan, porque nosotros no le vamos a darle el gusto de encendernos con su ira. No es su tea encendida la que yo voy a coger en mi mano, sino que voy a ofrecer la paloma de la paz. El mundo no nos entenderá pero en nosotros tiene que haber un criterio firme que nos guíe y nos dé fuerza.

Las palabras de Jesús son claras y tajantes. ‘Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero os digo: no hagáis frente al que os agravia’. Está haciendo Jesús referencia a la llamada ley del talión; quizás nacida con buena voluntad, pero que en fin de cuentas son concesiones a lo que tendría que ser el ideal. Quizás para que la venganza no fuera excesiva a la hora de reclamar por la ofensa o el daño recibido, se concedió que fuera en la misma medida, ni un gramo más, por eso lo del ojo por ojo. No podías ir más allá, excederte de esa medida. Pero en fin de cuentas no es otra cosa que entrar en esa espiral de la violencia, y sabemos muy bien que cuando esa espiral comienza a desarrollarse no hay quien la detenga.

De la misma manera que esas palabras tenían su fuerza, Jesús al proponernos el remedio también nos dice cosas que tienen su fuerza; no significa que materialmente hagamos como dice del que te abofetea un lado de la cara, le ofreces el otro – las cosas no se pueden tomar con esa literalidad -, pero si podemos hacer algo que deje desarmado a quien nos haya ofendido, ofrecer la cara del amor, ofrecer la cara del perdón. Aquello que decíamos antes de poner una rosa en esa cadena de la espiral en lugar de una bala, la rosa no dañará, la rosa más bien nos agradará por su belleza y su perfume.

El fiel seguidor de Jesús siempre ha de ir sembrando buenas semillas y buenas semillas son la humildad y la generosidad del perdón – porque tenemos que reconocer que hay que ser generosos y valientes para ofrecer el perdón a quien nos haya ofendido, no es tarea fácil -, buena semilla puede ser una sonrisa que alivie la tensión de ese momento, buena semilla puede ser una mirada serena que de ninguna manera trasluzca resentimientos ni dolores reprimidos, buena semilla será seguir interesándonos por el bien de esa persona y así manifestárselo en ese momento. Creo que si tenemos el corazón lleno de amor hará germinar en nosotros muchas buenas iniciativas con las que responder o con las que comenzar a buscar de verdad la paz.

Jesús nos está diciendo, de todas maneras, cosas muy concretas que nos pueden estar sucediendo todos los días. ¿No nos sucede que a quien nos debe algo lo rehuimos para no sentirnos comprometidos si de nuevo vuelve a pedirnos? ¿No nos sucede que por algún contratiempo que algún momento hayamos tenido con alguien decimos que con esa persona no nos juntamos más ni a misa queremos ir juntos?

¡Qué importante no solo envolverse exteriormente con algunos gestos de amor sino dejarnos empapar hasta lo más hondo para que así nos puedan salir espontáneos esos gestos de paz!


lunes, 13 de junio de 2022

Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

 


Sepamos encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, nos lleve a disculpar y a perdonar, a tener abiertas las puertas sobre todo nuestro corazón

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Una espiral podríamos decir que su sentido es que sea algo que no tiene fin; no son vueltas cerradas sobre si mismas, sino vueltas abiertas que cada vez se van abriendo más, con lo que la espiral se hace cada vez más grande e interminable.

Es difícil romper el ritmo de una espiral pero creo que todos nos damos cuenta que en la vida hay cosas que algunas veces dejamos crecer como una espiral y de que de alguna manera tenemos que romper su crecimiento. Son, por ejemplo, las espirales de violencia que nos vamos creando y haciendo crecer más y más, porque siempre tendremos una nueva forma de responder a la violencia que antes nos hayan hecho con lo que la espiral se hará interminable y totalmente destructiva para nuestras relaciones y para nuestra convivencia; bien lo contemplamos en la vida diaria en que esas espirales de rencores y resentimientos han dividido familias, han roto relaciones entre vecinos que antes quizás hasta eran amigos, y se convierte como en una herencia familiar, donde actualmente no sabemos por qué estamos familias o estos vecinos se llevan mal, pero desde siempre ha sido así y nunca nadie se ha atrevido a poner solución rompiendo esa espiral.

Es a lo que nos está respondiendo hoy Jesús en el evangelio. Cuando nos ha puesto como norma de nuestra vida el amor ese amor tiene que ser la piedra de toque que sirva para romper esas espirales violentas y de odios que tantas veces nos creamos en la vida. Muchas veces surgidas de la manera más inesperada y cuando no se pensaba con ninguna malicia, pero hubo algo o alguien que la despertó y entonces el cristal de nuestra visión se hizo añicos y todo lo que miraremos a través de ese cristal roto y manchado por la malicia lo veremos lleno de esa maldad que generará más maldad en nuestro corazón.

‘No hagáis frente al que os agravia’, nos dice Jesús y ojalá supiéramos escucharlo. Es la manera de romper el inicio de esa espiral que cada vez se agrandaría más. En la vida tenemos roces, nuestras aristas muchas veces están demasiado afiladas, tenemos la sensibilidad a flor de piel y por cualquier cosa enseguida saltamos con tres piedras en la mano, como se suele decir.

Muchas veces aquello que nosotros recibimos como ofensa quizá ni tuvo esa intención en la persona de la que nos sentimos ofendidos, una mala interpretación, un descuido o un dejarnos llevar por un mal momento que a todos nos puede suceder, pero de la misma manera que para nosotros pediríamos siempre comprensión, así deberíamos de tenerla con los demás, y saber encontrar una disculpa en nuestro juicio tantas veces tan severo, o en la aceptación de la disculpa que el otro nos pueda presentar. Una detenernos en ese primer momento para tener la comprensión que pediríamos para nosotros salvaría muchas disputas y muchas veces que entablamos tantas veces en la vida. Romper, como hemos venido diciendo, esa espiral que tan fácilmente generamos.

Por eso nos hablará Jesús de cosas tan elementales como una bofetada recibida, de una discusión tonta por la posesión o no de alguna cosa, del favor que nos están pidiendo que siempre nos parece mucho, o de ese préstamo generoso que tendríamos que saber hacernos de las cosas que poseemos. ¿Cuál es nuestra respuesta a esas cosas que así de forma tan elemental nos van surgiendo en la vida en nuestra relación con los que están cerca de nosotros, incluso la misma familia?

No es cuestión de hacer el tonto, como algunos piensan, sino de saber encontrar generosidad en nuestro corazón que nos haga comprensivos, que nos lleve a disculpar y a perdonar, que nos lleve a tener abiertas las puertas de nuestra vida, pero sobre todo nuestro corazón. No podemos estar cobrando con la misma moneda lo que nos puedan hacer los demás, es ahí donde aparece la generosidad y la sublimidad del amor verdadero.

sábado, 17 de julio de 2021

No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

 


No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21

Vamos a decirlo así, pero en las rutinas de la vida está el que por cualquier motivo nos hagamos la guerra los unos a los otros. Bueno, es lo que vemos con facilidad en nuestro entorno y acaso nosotros podamos caer en esas espirales de violencia que nos creamos algunas veces por verdaderas minucias.

Una palabra dicha en un mal momento es suficiente para que el otro se lo tome a mal como una gran ofensa y ya comencemos con nuestras rencillas, resentimientos que poco a poco van en crecida y de lo que hacemos luego un mundo de guerras y batallas. Cuántos vecinos andan a la greña los unos con los otros por un mal entendido en un momento determinado que no se supo perdonar, sino que eso motivó que luego el ya ahora contrincante le haga algo peor.

Cuántas veces en reuniones vecinales que tendrían que llevar a la concordia y a querer trabajar juntos en una misma dirección para resolver problemas de la comunidad, como el otro opina distinto a lo que yo opino, porque se tomó en un momento determinado una dirección que no era lo que yo desde mis ideas o mis intereses quería, terminan por hacerse la guerra los unos a los otros terminando por convertir lo que tenía que ser un intercambio de ideas en un campo de batalla.

Claro que también hay gente pacífica, que busca el entendimiento, que quiere dialogar y confrontar ideas pero con el deseo de llegar a un acuerdo, gente que sabe perder en un  momento determinado para que no se pierda la paz, gente que da un paso a un lado para dejar que las ideas de los otros caminen y son capaces de poner todos sus deseos de colaboración. Es cierto. No todo es negativo. No siempre son campos de batalla.

Es el mensaje que hoy se nos quiere transmitir en el evangelio. El anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús había creado malestar en ciertos sectores de los judíos que estaban a la contra. Hoy vemos en el evangelio que ya hay grupos que estaban buscando la manera de quitar de en medio a Jesús. Pero Jesús en estos momentos no entra al trapo, como se suele decir. Da un paso a un lado y se va por otros lugares para seguir haciendo el anuncio del evangelio. Es cierto que aquellos que lo quieren quitar de en medio lo lograrán un día llevándole a la muerte de cruz, aunque bien sabemos, porque es parte de nuestra fe, que la victoria está de parte de Jesús a quien contemplaremos resucitado de entre los muertos.


Ahora el evangelista al hacernos el relato recuerdo textos de los profetas que hablaban del siervo de Yahvé. ‘Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

Es Jesús, es cierto, el elegido de Dios, el amado en quien el Padre se complace, como escucharemos en el relato de la transfiguración. Como el mismo Jesús había recordado en la sinagoga de Nazaret es aquel sobre quien está el Espíritu del Señor que le ha consagrado y enviado para anunciar la liberación y el año de gracia del Señor. Pero será el que fue anunciado en su nacimiento como el Príncipe de la paz; su misión no es gritar desde la violencia, su camino es el del servicio siendo capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Será el que viene a avivar los rescoldos de esperanza y buena voluntad que quedan en los corazones y el que sabe contar con todos aún con aquellos que son los más despreciados de los hombres.

¿Qué es lo que le vemos realizar en el evangelio? Comerá incluso con los publicanos y los pecadores, porque por encima de su posible pecado El será capaz de apreciar el más mínimo rescoldo de amor. Se le perdonan sus muchos pecados porque amó mucho, dirá cuando la mujer pecadora llore a sus pies y derrame perfumes que llenen con su fragancia toda la casa. Cuenta con todos porque aquellas mujeres pecadoras serán las que lo acompañen incluso hasta el pie de la cruz – allí estaba Magdalena – y un publicano o alguno procedente del grupo de los zelotes formarán parte del grupo de los apóstoles por El especialmente llamados.

¿Aprenderemos nosotros a no convertir en campo de batalla el campo que entre todos hemos de saber cultivar? Creo que el mensaje de Jesús está claro. Si nos dejáramos empapar por este espíritu del evangelio qué distintas serían nuestras relaciones, cuánta colaboración seríamos capaces de poner entre todos.

lunes, 14 de junio de 2021

Transformemos la espiral de la violencia en una espiral de amor y de perdón y lograremos un mundo de armonía y de paz donde todos nos sentiremos más felices

 


Transformemos la espiral de la violencia en una espiral de amor y de perdón y lograremos un mundo de armonía y de paz donde todos nos sentiremos más felices

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42

Transformemos la espiral de la violencia en una espiral de amor y de perdón. No es fácil, pero no es imposible. Desterremos el orgullo y el amor propio. Que malos consejeros son, cómo nos incitan a una respuesta cada vez más fuerte. No nos queremos quedar por vencidos cuando entramos en la espiral de la violencia; seamos capaces de quedarnos vencidos por la espiral del amor.

Es algo que tenemos que transformar en la vida. Aunque vayamos a contracorriente; porque quizás no van entender nuestras actitudes y posturas pacíficas que algunos pueden considerar hasta de cobardes. Pero cobarde soy cuando no soy capaz de levantarme para cambiar el chip, para cambiar el ritmo. La valentía no está en la venganza, eso sería dejarme arrastrar para entrar en la misma espiral de violencia. La valentía no está en la fuerza con la que respondamos, la valentía está en la humildad del perdón y en la grandeza que manifestaré cuando haga cambiar la dirección.

Es lo que Jesús nos quiere enseñar en el sermón del monte que venimos escuchando y lo que de una forma muy concreta nos señala hoy. Nos está anunciando el Reino de Dios y cuando reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida las cosas tienen que cambiar. Nos pide un estilo nuevo de vivir, porque tenemos algo que nos dará sentido profundo a nuestra vida, el amor.

Ya nos señalará Jesús en otro momento a que seamos compasivos y misericordiosos como compasivo y misericordioso es el Señor. Quienes le seguimos tenemos que romper moldes porque entramos en la órbita del amor, entramos en una nueva dimisión en la que vamos a sentirnos hermanos de todos. Pero eso es algo más que una palabra, significaran unas actitudes nuevas en nuestro corazón, una nueva manera de actuar en nuestra vida. La venganza no será ya nunca la respuesta que demos a la violencia que podamos encontrar en los demás.

Y esto ha de manifestarse en los pequeños gestos de la vida cotidiana, lo que es la relación de unos y otros en el devenir de cada día. Son esos momentos de los pequeños roces que nos hacen chirriar en nuestra vida. La máquina para que no haya un roce que chirríe necesita de un engrasado especial. Es lo que necesitamos nosotros, empaparnos del sentido del amor. Y entonces estaremos siempre dispuestos a vencer cualquier gesto o actitud de mal o de violencia que recibamos pero con el engranaje del amor.

‘No hagáis frente al que os agravia’, nos dice. Si a aquel que nos ha agraviado respondemos nosotros en el mismo sentido pero con más fuerza porque no nos queremos quedar a menos, iremos provocando esa espiral de violencia que cada vez va a más; son tantas discordias que vemos en la vida y en las que nos vemos envueltos tantas veces; pequeños roces entre familiares o vecinos que por no haber sabido poner por medio a tiempo la palabra y el gesto del perdón, vemos sin embargo que se crecen y hasta se transmiten de generación en generación.

Pero si ha ese agravio respondemos con una actitud distinta, no haciéndole frente sino con la mano tendida del perdón, la otra persona se va a ver descolocada porque no puede seguir en la locura de su violencia y de su orgullo, y es la mejor victoria que podemos obtener rompiendo esa espiral en la que nos veríamos envueltos.

Escuchemos con atención esos pequeños detalles que Jesús nos ofrece y lograremos un mundo de amor y de paz, que tanto necesitamos.

lunes, 18 de junio de 2018

La creatividad del amor realiza la más maravillosa espiral que ha de envolver cada más nuestro mundo para hacerlo mejor y todos seamos más felices



La creatividad del amor realiza la más maravillosa espiral que ha de envolver cada más nuestro mundo para hacerlo mejor y todos seamos más felices

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Da la impresión muchas veces que en la vida actuamos solo movidos por impulsos que no siempre son motivados por una razón serena y equilibrada. Si los impulsos que recibimos son negativos la tendencia es que respondamos con impulsos igualmente negativos generándose así una espiral que no siempre es fácil detener. Es esa espiral de violencia, de rencores, de resentimientos en que tantas veces nos vemos envueltos.
Qué difícil es no responder de la misma manera con la que actúan con nosotros sobre todo cuando nos hacen daño de la forma que sea. La gente suele decir yo soy amigo de mis amigos, hago el bien a los que me hacen bien, y se quedan tan tranquilos; a fuerza de oírlo nos creemos que eso es un principio inmutable y terminamos nosotros actuando de la misma manera; pero ¿eso significa que te encierras en un circulo y no eres capaz de abrirte a nuevas amistades? ¿Es que a quien previamente no te haya hecho algo bueno tú no le vas a ofrecer nada bueno de ti mismo? No creo que eso sea un círculo de amor, más bien es una espiral convergente que se cierra en el punto de mi yo.
Todos sin embargo querríamos un mundo de felicidad, un mundo pacifico, un mundo en que todo fuera bien. Pero entonces tenemos que ver los cauces para esa felicidad, porque si la encierro en que yo sea feliz importándome poco la felicidad de los demás, no es precisamente el camino para hacer un mundo mejor.
Y me atrevo a decir una cosa, no hay más momento en que yo sienta más felicidad y dé más felicidad al otro que el del perdón. Y es que perdonar es empezar por quitar un peso de mi mismo, de mi corazón; quien se ha sentido ofendido o herido en algo siente el dolor en si mismo de su orgullo herido del que luego Irán surgiendo muchos otros sentimientos negativos. Por eso empieza curándote a ti mismo, perdonando, que es quitando ese peso que se te ha metido en el corazón. Y con ese perdón estarás curando el corazón que se siente mal por lo que ha hecho, aunque quizás no muestre exteriormente ningún signo de arrepentimiento, en el fondo es también un corazón herido que con tu perdón le das la posibilidad de curarse. Por eso es felicidad también el sentirse perdonado.
Tengamos pues la valentía de perdonar, porque nos curamos a nosotros mismos y ayudamos a la curación de los demás. Somos humanos y todos cometemos errores y con nuestros fallos y debilidades terminamos hiriendo a los demás. Ofrezcamos esa posibilidad de sanarnos de verdad. Así haremos en verdad que nuestro mundo sea mejor y seamos más felices.
Es lo que hoy nos está enseñando el evangelio. Recientemente el papa Francisco nos ha invitado a la santidad en su exhortación apostólica.  En el número 88, cuando habla de los que luchan por la paz, nos dice: “Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social”.  Y en el número 89: “Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza”.
Es la creatividad del amor que realiza la más maravillosa espiral que envuelve y envuelve cada más nuestro mundo. Es nuestra tarea, es la respuesta que nosotros tenemos que dar con verdadero sentido y como decíamos con gran valentía. Es el impulso más hermoso por el que tenemos que dejarnos envolver. Es lo positivo que tenemos que ir haciendo en la vida para tener la más pacifica influencia sobre nuestro mundo.

lunes, 19 de junio de 2017

Con el perdón desde la fuerza del amor es como seremos capaces de romper esa espiral que con su fuerza nos atrae y nos lleva a un mundo de violencia


Con el perdón desde la fuerza del amor es como seremos capaces de romper esa espiral que con su fuerza nos atrae y nos lleva a un mundo de violencia

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
Cuanto nos cuesta ir por la vida actuando en positivo e intentar alejarnos de la espiral de lo negativo de las cosas que nos rodean y nos atraer para que entremos también en esa espiral que cada vez se irá agrandando mal. ¿Cómo salir? ¿Cómo romper esa espiral? ¿Cómo sustraernos de esa fuerza que nos hace violencia y que nos atrapa?
Ahí está la tarea donde mostremos nuestra madurez humana, donde vamos a manifestar cuales son en verdad nuestros sentimientos, nuestras actitudes, nuestros valores. Mantenerse en la integridad cuando nos envuelve la corrupción y el mal, es una tarea admirable de madurez humana y de verdadera entereza.
Sustraernos de ese mundo de violencia que nos envuelve algunas veces nos puede parecer imposible porque tendemos a responder en la misma línea que nos atacan pero no queremos quedarnos en menos y aumentaremos más y más los grados de violencia. Yo no me voy a quedar por debajo pensamos y buscamos la manera de reaccionar donde contentemos nuestro orgullo y nuestro amor propio y entramos fácilmente en esa espiral. Sobre muchas cosas, muchos aspectos de la vida nos darían pie para hablar desde esta reflexión que nos hacemos.
Y todo esto que lo reflexionamos desde el sentido mas humano que le queramos dar a nuestra vida, se ve iluminado con el mensaje cristiano, con el mensaje de Jesús, los ideales que El nos propone. Es el ideal del amor que nos humaniza, es el sentido del amor fraternal que nos hace mirarnos con ojos distintos, es la meta de la perfección que nos propone en un camino de plenitud.
No podemos ser fieras los unos para con los otros. Hemos de envolver nuestra vida de verdadera humanidad. Y siendo verdaderamente humanos nos damos cuenta, sí de nuestras debilidades, pero por eso mismo nos llenamos de comprensión hacia el otro, porque nos damos cuenta lo que a nosotros nos cuesta superarnos y cuantas veces en nuestra debilidad nosotros también hemos cometido errores y habremos hecho daño a los demás.
Por eso es tan importante la capacidad de perdón que tengamos en la vida, porque nosotros también hemos sido perdonados muchas veces. Con el perdón desde la fuerza del amor es como seremos capaces de romper esa espiral que con su fuerza nos atrae, nos lleva a un mundo de violencia y nos puede llevar a cosas cada vez peores. Es la generosidad de nuestro espíritu que nos hace verdaderamente grandes.
Es el camino que nos lleva a una plenitud de humanidad y nos hace parecernos más al Dios que nos ama y que es siempre compasivo y misericordioso con nosotros. Ayudémonos mutuamente a lograr esa humanidad de nuestro espíritu. Es lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

lunes, 13 de junio de 2016

Rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que verdaderamente nos llenará de paz

Rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que verdaderamente nos llenará de paz

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

¡Qué difícil es romper la espiral de la violencia! Pues nosotros los cristianos tenemos que romperlo. Sí, aunque desgraciadamente sabemos cómo somos y cuánto nos cuesta dominarnos y controlarnos cuando alguien nos hace lo que no nos gusta. Tenemos que ser sinceros y reconocerlo. Aquí tenemos veinte siglos predicándose este evangelio y todavía no terminamos de convencernos y tratamos de seguir haciéndole rebajas, buscando disculpas, queriendo encontrar excepciones, en una palabra que no terminamos de romper esa espiral de la violencia en nuestro mundo.
Tenemos que convencernos que la violencia no arregla las cosas, y la respuesta que demos con violencia a la que nos puedan hacer a nosotros generará más violencia. Es el amor el que dulcifica las amarguras y el que lima las asperezas que nos podamos encontrar en la vida. Es cierto que no siempre estamos en la misma sintonía ni quizá tenemos la misma serenidad en el corazón. Pero hemos de aprender a no perder la paz, a mantener esa serenidad y esa calma frente a los atentados de mal que podamos sufrir.
Es difícil; no nos dice Jesús que eso sea fácil. El lo sufrió en su carne, pero ¿cuál fue su reacción? Lo veremos en la cruz primero que nada perdonando y pidiendo por aquellos que le están crucificando, ‘no saben lo que hacen’, los disculpa; y no estaba pidiendo simplemente por los que tenían el martillo en sus manos para coserlo al madero de la cruz, sino a todos aquellos que con su maldad, sus intrigas y sus orgullos estaban detrás de toda aquella conspiración.
Y aunque grita en su dolor sintiendo la soledad del dolor y de la cruz, sabe ponerse en las manos del Padre, sabe hacer la ofrenda de amor de su vida en aquella muerte violenta que estaba sufriendo para convertirla en redención, en salvación para toda la humanidad.
Sí, en todo esto tendríamos que pensar al vernos envueltos en este mundo de violencias, de resentimientos y de venganzas, de envidias y de malas querencias que cada día podamos sufrir. Miramos a Jesús y aprendemos a responder con amor; miramos a Jesús y llenamos de paz nuestro corazón; miramos a Jesús y aunque sintamos tantas soledades interiores que nos podrían hacer gritar con violencia aprendemos a hacer ofrenda de amor de cuanto sufrimos.
Es lo que tenemos que aprender, es el estilo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, que es un reino de paz y de amor; paz y amor que expresamos en nuestra comprensión, en la capacidad del perdón hasta llegar a disculpar, en la respuesta de amor que damos, en el silencio de nuestro sufrimiento, en la ofrenda que hacemos en cada momento de lo que es nuestra vida.
Quienes vivimos o queremos vivir el Reino de Dios tenemos que ser siempre instrumentos de paz, constructores de la paz; cuando perdonamos y olvidamos cuánta paz sentimos en nuestro corazón y cuanta paz seremos capaces de trasmitir también a los demás, aunque no nos quieran entender, aunque puedan decir de nosotros lo que sea porque no respondemos del mismo modo a como lo hacen los demás.
Simplemente, rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que llenará de paz nuestro corazón y en consecuencia nuestro mundo.

viernes, 8 de mayo de 2015

Entremos en la espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

Entremos en la espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

Hechos, 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17
‘A vosotros os llamo amigos… No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido…’ Consoladoras palabras de Jesús. Nos llama amigos. Nos está diciendo que somos sus amados. Una amistad incondicional, un amor incondicional que nos ofrece, que nos regala.
La amistad es algo que se nos ofrece, se nos regala. Podemos pensar en que vamos a conquistar la amistad de alguien; pero hemos de reconocer que no se trata de conquista sino de regalo. Tampoco podemos pensar en una exigencia que le hacemos al otro. Simplemente tú ofreces. Quieres la amistad, regala amor, regala amistad, haz esa ofrenda de ti mismo, de tu yo, comparte con el otro ese amor que llevas dentro con todo lo que eres tú. Así haces amistad, porque te das, porque ofreces algo de ti. Cuando hay luego correspondencia se crea luego ese hermoso vínculo de una amistad mutua con toda la dicha que nos traerá en consecuencia.
Es lo que Jesús nos está ofreciendo, de lo que nos está hablando hoy en el evangelio. Nos llama amigos, porque nos ha descubierto los secretos más íntimos de su ser, porque nos ha descubierto lo que es el amor del Padre y así nos ama El también. Quiere Jesús establecer una nueva relación entre los hombres y Dios, entre nosotros y Dios; pero es Dios el que da el primer paso, porque nos ofrece su amor, su amistad. ‘Soy yo quien os he elegido…’ nos dice.
Y cuando nosotros descubrimos cómo somos amados de Dios, porque nos llama amigos, no nos llama siervos, estamos invitados a corresponder. Y nuestra correspondencia es el amor, pero un amor que ofrecemos también a los demás. Es como seguir una cadena. Dios nos ofrece su amor y nosotros tenemos que ofrecer ese amor que llena nuestro corazón a los demás. Por eso nos dice que lo que quiere es que nos amemos los unos a los otros. Así correspondemos a su amistad, así entramos en la orbita de su amor y amistad. Es su voluntad, su mandamiento, nos dice, y así expresaremos esa nueva amistad que nace en nuestro corazón.
Esa ha de ser nuestra correspondencia. ‘Os he destinado para que vayáis y deis fruto’, nos dice, ‘y vuestro fruto dure’. Los frutos son la dicha de esa amistad que nosotros también ofrecemos e iremos compartiendo con los demás. Los frutos son esa órbita nueva en la que entramos y en la que queremos hacer entrar a nuestro mundo contagiándolo de amor y de amistad. ‘La civilización del amor’ que nos decía San Juan Pablo II. La espiral del amor que tenemos que ir creando para romper toda espiral de mal, de egoísmo, de violencia que tantos van creando a nuestro alrededor. Contraponemos nosotros la espiral de la amistad, la espiral del amor.
Entremos, pues, en esa espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

1Cor. 8, 1-7.11.13; Sal. 138; Lc. 6, 27-38
Alguien ha escrito que ‘nos encontramos con el trozo más revolucionario del Evangelio’. Quizá nos hemos acostumbrado a escucharlo, pero reconozcamos que aunque lo hemos escuchado y comentado muchas veces es una página que se nos atraviesa y no se nos hace fácil ponerla en práctica.
Como siempre digo, trato de ponerme en la situación de quienes escucharon por primera vez estas palabras directamente de labios de Jesús, que si ya les había sido sorprendente lo que le escuchaban en el principio del sermón del monte con el anuncio de las bienaventuranzas - las escuchábamos ayer -, no sería menos la sorpresa ante lo que les siguió diciendo Jesús y que hoy escuchamos.
Amor a los enemigos, bendiciones para quienes nos maldicen, oraciones por los que nos injurian, responder a la violencia con gestos de mansedumbre y amor, dar a cualquiera que nos pida y prestar sin esperar que se nos devuelva son cosas bien sorprendentes que no caben en los esquemas de actuación que solemos tener en nuestra cabeza y en nuestra manera de hacer o relacionarnos con los demás.
Pero Jesús está anunciando un mundo nuevo al que llamamos Reino de Dios y ya nos pedía desde el principio que para aceptar esa Buena Nueva que El nos venía a proclamar había que cambiar totalmente los esquemas de nuestra vida. Conversión, nos pedía, pero nos acostumbramos a la palabra y ya no le damos el sentido profundo que tiene que sentir. Es dar la vuelta totalmente a nuestra manera de actuar, si en verdad queremos poner a Dios en el centro de nuestra vida. Eso es el Reino de Dios, poner a Dios en el centro, que vendrá a ser entonces toda la motivación de lo que hagamos y todo el sentido de nuestro vivir.
Como tantas veces hemos reflexionado, no se trata de seguir con las mismas cosas o con la misma manera de vivir si en verdad nos convertimos a Dios porque en El hemos encontrado la salvación y el sentido de nuestra vida. Seguir con lo mismo significa que no hemos encontrado aun el sentido del evangelio. Y tras veinte siglos aun seguimos renqueando porque aunque nos llamemos cristianos y todo eso que decimos aun no nos hemos impregnado totalmente del espíritu y del sentido del evangelio. ¿No es señal de eso que nos sintamos sorprendidos con páginas del evangelio como esta que hemos escuchado y que tanto nos cuesta vivir?
Es la revolución del amor la que nos viene a proponer Jesús. Muchas revoluciones y guerras nos hacemos cuando decimos que queremos mejorar nuestro mundo, pero todas nos llevarán al fracaso porque siempre la violencia va a engendrar más violencia y todo va a ser como una espiral que no se acaba sino que se agranda.
La espiral que tenemos que meter en nuestro mundo es la del amor. Y a esto es a lo que nos enseña Jesús hoy cuando nos habla del amor a los enemigos, o nos dice que tenemos que bendecir a los que nos maldicen o rezar por aquellos que nos hacen daño; es lo que nos enseña Jesús cuando nos dice que nunca tenemos que responder con violencia a quien nos injuria o nos hace violencia y como Jesús nos ha dejado una frase bien significativa de poner la otra mejilla, ya no nos lo tomamos en serio y no llegamos a responder con amor a quienes nos odian o nos hacen daño, sea cual sea.
Os digo una cosa, cuando nos vemos insultados o tratados mal seguro que lo pasamos mal y nos surge pronto dentro de nosotros esos deseos de venganza y de respuesta violenta; te digo, intenta, aunque te cueste, rezar no solo para que el Señor te ayude a soportar pacientemente ese mal que te hayan podido hacer, sino a rezar por aquellos que te injurian o hacen daño, y vas a sentir una paz en tu interior que vale más que todos los oros del mundo. No es la venganza la que te dará paz o satisfacción, es esa respuesta de amor hecha oración la que va a producir la paz más hermosa en tu corazón.
Y ¿dónde encontramos el motivo y la fuerza para todo esto?  ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos viene a decir. Nuestro modelo está en el amor de Dios. Un amor que nosotros hemos de vivir en su mismo estilo y en su misma medida. El amor de Dios no tiene fronteras y así ha de ser nuestro amor. Porque si nos decimos amados de Dios, pero luego nosotros amamos con un amor lleno de límites, porque amamos solo a los que nos aman, porque hacemos el bien solo a los que nos hacen el bien, ¿en qué nos estamos diferenciando? Nuestro modelo y nuestro estilo es el amor de Dios.

lunes, 15 de junio de 2009

El ahora de Dios en el ahora del hombre para no echar en saco roto la gracia de Dios

2Cor. 6, 1-10
Sal. 97
Mt. 5. 38-42
‘Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación… os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios…’ Un saco roto no nos vale para nada. Todo lo que echemos en él se perderá.
Y cada día, en cada momento está el ahora de Dios que es también el ahora para el hombre; el ahora de la gracia que Dios nos da; que nos llama; que nos invita; que nos fortalece; que nos previene; que ilumina nuestra vida. Pero ese ahora no lo podemos echar en saco roto, dejarlo para después. Porque la gracia del ahora es irrepetible. Es importante que le demos importancia a este ahora. Que lo aprovechemos.
Y llega a nosotros de muchas maneras. Las gracias actuales de Dios se nos manifiestan de muchas maneras. Puede ser la Palabra proclamada solemnemente en una celebración, o escuchado allá en el silencio de nuestro cuarto en la intimidad del corazón, puede ser esta palabra que ahora por este medio, en esta lectura pudiera llegar a tu vida. Ahí, aquí, ahora puede estar una invitación del Señor, una gracia de Dios.
‘Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero’, se nos decía en la aclamación del aleluya antes del evangelio hoy. Si no tenemos luz y caminamos a oscuras nos estamos exponiendo a muchos tropiezos y peligros. Necesitamos una luz para el camino de nuestra vida. Y esa luz la tenemos en la Palabra de Dios. Por eso cada día nos dejamos iluminar. Y es importante esa luz que recibamos en cada momento de forma concreta. Ese ahora de Dios y ese ahora del hombre, como venimos reflexionando. Y en el evangelio resuena de una forma clara y concreta para las situaciones en que nos vamos encontrando en la vida. Con sinceridad, sin miedos, sin temores, sin complejos tenemos que ir a dejarnos iluminar por esa luz.
El texto del evangelio de hoy nos puede parecer hermoso pero al mismo tiempo utópico, porque ¿quién va a poner realmente la otra mejilla cuando le hayan hecho daño en una? Es lo que primariamente pensamos al escuchar el texto del evangelio.
Escuchémoslo directamente. ‘Sabéis que está mandado: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñalo dos; a quien te pide, da; y al que te pide prestado, no lo rehuyas’.
Si es que él no me saluda ni me habla… si es que él me dijo o me hizo… si es que él me hizo daño… si es que es un pesado y no hay quien lo aguante… si es que… Siempre pensamos que es el otro el que comenzó a obrar mal y cómo no le voy a responder con la misma manera. Siempre esperamos que el otro comience la obra buena, para yo entonces hacer lo mismo…
Jesús lo que nos está enseñando es que rompamos esa espiral de la violencia, del desamor, del responder con acritud, de la pasividad… Ya sabemos lo que es una espiral, comienza por un punto pero a cada vuelta se va agrandando más y alejándose cada vez más de aquel punto central o haciéndose cada vez mayor. Empezamos por un mal gesto de uno de los dos, pero a lo que el otro responde con otro gesto semejante o mayor y así se van agrandando y agrandando las violencias y las discordias, los distanciamientos o los orgullos que han nacido en nuestro corazón.
La única espiral que tendría sentido sería la del amor. Un amor que nos haga ser humildes, que nos haga abajarnos de nuestros orgullos. Un amor que tome la iniciativa para responder bien a lo mal que nos hayan podido hacer. Es el camino que nos enseña el evangelio. Es el camino verdadero del amor cristiano.
Ahora, hoy llega esta luz de la Palabra para iluminar los caminos y senderos de nuestra vida. No echemos en saco roto esta gracia de Dios.

jueves, 11 de septiembre de 2008

La única espiral buena es la del amor

1Cor. 8, 1-7.11-13
Sal. 138
Lc. 6, 27-38

Pareciera que andamos en la vida como en una espiral. Ya sabemos parte de un punto en una curva podíamos llamar ascendente que va haciendo que se arco se vaya haciendo cada vez mayor pero sin solución de vuelta a un punto de partida sino que más y más se aleja en la medida en que crece. O si queremos en sentido inverso de mayor a menor se va cerrando y cerrando cada vez hasta que el arco se consume en sí mismo en un solo punto.
Un camino y otro de la espiral creo que pueden reflejar muchas actitudes y actos de nuestra vida y de nuestra relación con los demás. Violencia que engendra violencia cada vez mayor; relaciones interesadas que cada vez nos van creando como más deuda de los unos con los otros sin visos de solución; egoísmo que nos encierra cada vez más en nosotros mismos llegando a aislarnos de los demás centrándonos todo en nuestro yo egoísta e insolidario.
Porque tú me dijiste, yo te digo, y porque yo te respondí, tú me contestate más fuerte y así se va generando y generando cada vez un enfrentamiento mayor. Porque tú ayudaste, yo te ayudo, pero tú te verás obligado a ayudarme después, y tendré que corresponderte, con lo que la ayuda no es desinteresada sino que más bien pareciera el pago de una deuda continuada. Como él no me hizo aquel favor, por qué tengo yo que prestarle ayuda ahora, y siempre estaremos esperando a que sea el otro el que comience. Y así podríamos pensar en tantas y cosas que hacemos y que simplemente generan una espiral o de violencia, o de deudas mutuas, o de egoísmos que me encierran.
Hay que romper esta espiral que no nos lleva a nada bueno. Aunque pensemos, es que todo el mundo actúa así, no nos podemos mover sólo por el interés, ni podemos estar siempre respondiendo con la misma moneda a lo que los otros puedan hacernos. Es a lo que Jesús nos invita. Es la Buena Nueva que nos trasmite Jesús. ¿Que todo el mundo lo hace así? Jesús viene a realizar un mundo nuevo, a enseñarnos a hacer las cosas de otra manera. ‘Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué meritos tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar ¿qué hacéis de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo’.
Al odio tenemos que responder con amor; a la violencia, con paz y perdón; al interés, con generosidad desinteresada; al mal, con el bien; al juicio y a la condena, con comprensión y perdón. Al enemigo y al que te odia, ámalo; al que te hace mal, hazle bien; al que te maldice, bendícelo; al que te injuria, reza por él; con el egoísta, sé generoso; con el violento, sé pacifico; con el interesado, sé altruista y desinteresado, enséñele lo que es la gratuidad; al que te debe, regálale; no juzgues, ni condenes; al que te ofrende, perdónalo siempre hasta setenta veces siete; que tu medida sea siempre la de la generosidad y el perdón.
‘A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te peque en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, dale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten’. Son las palabras de Jesús.
Y nos propone un modelo y un ideal. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo... dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros’. Si alguna espiral tiene que permanecer es la del amor, para abrirnos siempre a los demás. O como decía san Pablo ‘lo constructivo es el amor mutuo’.