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lunes, 1 de enero de 2018

María, que nos presenta siempre a Jesús en sus brazos, nos enseña que felicitarnos por un año que comienza ha de significar comprometernos a trabajar por un mundo nuevo de paz

María, que nos presenta siempre a Jesús en sus brazos, nos enseña que felicitarnos por un año que comienza ha de significar comprometernos a trabajar por un mundo nuevo de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7;  Lucas 2, 16-21

‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Alguien ha dicho que esta es la versión o la descripción que nos hace san Pablo del misterio de la Encarnación de Dios y de la Navidad. Ahí está condensado, podríamos decir, todo el misterio salvífico de Dios por el que ha querido hacerse hombre para ser nuestro Salvador. No nos suele hacer san Pablo en sus cartas descripciones de los distintos momentos de la vida de Jesús; eso se  nos trasmite en los evangelios; san Pablo hará una profundización teológica para expresarnos como Cristo nos ha liberado de nuestros pecados y la vida que como hombre nuevo nosotros hemos de vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Cuando estamos en la octava de la celebración de la Navidad bien nos viene escuchar este texto de la carta de san Pablo a los Gálatas. Y ahí estamos contemplando el lugar que Dios ha dado a María en este misterio de salvación. ‘Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…’ nos dice. Es el lugar de María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios que se ha encarnado en sus entrañas para nacer siendo Dios y hombre verdadero. Pero será el lugar que María seguirá ocupando en toda la historia de nuestra salvación, para ser la Madre que nos señale a Jesús, nos enseñe a conocer a Jesús, nos lleve hasta Jesús que hacernos participes de la salvación que en Jesús hemos obtenido.
Por eso la Iglesia hoy quiere confesar y proclamar que María verdaderamente es la Madre de Dios. Los evangelios, en esos breves retazos que nos dan de la infancia de Jesús, siempre nos presentarán a Jesús al lado de María. Es el lugar de la Madre. Es lo que hoy escuchamos cuando se nos describe que los pastores tras el anuncio del ángel corren a la ciudad de David y allí se encontrarán a Jesús envuelto en pañales y al lado de María. De la misma manera, como escucharemos en la Epifanía del Señor dentro de unos días, los Magos de Oriente cuando llegan a Belén así se van a encontrar a Jesús en brazos de María.
María que nos presenta a Jesús, nos ofrece a Jesús. Es la función de la madre. Cuando ya Jesús inicie su vida pública aparecerá María para decirnos en las bodas de Caná que hagamos lo que Jesús nos diga; luego la contemplaremos como un ejemplo para nosotros buscando a Jesús, y El nos dirá de María que es la que ha escuchado la Palabra de Dios y la ha plantado en su corazón, la ha puesto en practica. Como María, la que guardaba en su corazón todo el misterio de Dios que ante sus ojos se realizaba, Jesús nos dirá que nosotros seremos igualmente dichosos, como María, si plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón para hacerla vida en nosotros.
Hoy contemplando el misterio de la Navidad no nos cansamos de contemplar a María. Con ella  nos gozamos y la festejamos, la felicitamos por ser la Madre, la Madre de Dios que va a convertirse también en nuestra Madre. Hoy queremos aprender de María a estar junto a Jesús. En silencio, como lo hizo ella, contemplando todo ese misterio de amor que para nosotros va a ser la salvación. Contemplamos a María y con ella aprendemos a escuchar a Jesús, a llenarnos de Jesús, a vivir la vida de Jesús. Contemplamos a María y con María nosotros también queremos exultar de gozo en nuestro corazón porque a través de ella también quiere realizar en nosotros cosas grandes.
Contemplar a María y sentir su amor de madre en nosotros nos impulsa también a caminos nuevos, a caminos de amor, de servicio, de búsqueda del bien, de construcción de un mundo nuevo en el que brille esa nueva civilización del amor. Y es que la celebración del todo el misterio de Cristo que hacemos en estos días, y hoy en especial de mano de María, nos compromete.
Ya lo hemos reflexionado que si queremos en verdad vivir Navidad en nosotros tiene que comenzar algo nuevo. Hoy es una jornada especial de la paz. Cuando estos días nos estamos deseando tantas cosas buenas, cuando en este principio de año todos nos felicitamos y deseamos lo mejor para el año que comienza, algo que tenemos que desear de verdad es la paz para nuestro mundo. Decimos feliz año nuevo y eso tendrá que significar algo mas palabras formales que nos decimos todos unos a otros. Tenemos que querer un mundo en paz, tenemos que sentirnos comprometidos con la paz.
No es solo desear que se acaben tantas guerras violentas que sigue habiendo en tantas partes del mundo, sino que buscar la paz es querer que todos podamos vivir con dignidad, que entre todos haya entendimiento, que quitemos esos presupuestos que ponemos tantas veces hasta casi sin darnos cuenta que nos llevan al sufrimiento de tantos.
Hoy el Papa en su mensaje nos hace pensar en tantos que por diferentes motivos y en mucho de ellos violentos tienen que dejar su tierra, su casa, sus familias, el lugar donde han habitado siempre para buscarse una vida mejor en otro lugar; emigrantes, desplazados, refugiados, personas que muchas veces tienen que huir de sus lugares a causa de la miseria, la pobreza, el hambre, la guerra, las discriminaciones raciales y tantas y tantas cosas que causan terribles sufrimientos.
No nos podemos cruzar de brazos ante esas situaciones, no podemos mirarlas con cierta suspicacia porque vengan a nuestras tierras con otras costumbres y necesidades y pueda parecer que nos van a quitar lo nuestro, no podemos encerrarnos en nuestros egoísmos y nuestros miedos; en nuestro corazón tenemos que sentir el dolor de tantos que sienten también como su corazón se desgarra cuanto tienen que dejar atrás sus lugares de origen y hasta sus familiares; tenemos que saber hacer nuestras tantas inquietudes e incertidumbres de quien se pone en camino y no sabe a donde va ni lo que va a encontrar.
Hacer nuestros esos sentimientos, esos sufrimientos, comenzar a pensar en ello es también trabajar por la paz, porque no podremos quedarnos insensibles. En el  nombre del amor que guía nuestras vidas y que contemplamos en el misterio del nacimiento de Jesús no podremos cruzarnos de brazos sino que tendremos que poner manos a la obra.
Que el Señor nos ilumine, vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz, como diremos en la bendición; que el Señor vuelva su rostro sobre nuestro mundo y nos inspire cuanto tenemos que hacer. Que María, la Madre de Dios y nuestra Madre, la Reina y Madre de la paz camine a nuestro lado enseñándonos a caminar esos caminos nuevos del amor y de la paz.

sábado, 21 de octubre de 2017

Hace falta hoy en nuestro mundo el testimonio valiente del creyente y que con sinceridad manifestemos ante el mundo la fe que proclamamos y queremos vivir

Hace falta hoy en nuestro mundo el testimonio valiente del creyente y que con sinceridad manifestemos ante el mundo la fe que proclamamos y queremos vivir

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
El que es auténtico y sincero consigo mismo no teme dar la cara por aquello en lo que cree y son sus convicciones más profundas. Nos hace falta más autenticidad en la vida, ser sinceros con nosotros mismos para que también podamos ser sinceros con los demás. No podemos decir que creemos en algo si luego nuestra vida es un contra testimonio contra eso en lo que creemos.
No podemos ocultar o disimular nuestros principios y valores. Tenemos la tendencia o el peligro que por ciertos temores que se nos meten dentro de nosotros podamos ir maquillando lo que son nuestros principios para acomodarnos a los demás. Esto seria una falta de sinceridad en la vida.
Esa falta de sinceridad puede devenir luego en que nuestras relaciones con los demás se deterioran porque fallará la confianza y una amistad verdadera ha de basarse siempre en una confianza mutua. Si por ser sinceros y manifestarnos como somos y pensamos con autenticidad no somos aceptados es señal de que la amistad no ha sido muy profunda, algo habrá fallado
Esto que decimos en todos los aspectos humanos y sociales de la persona tienen también una importancia vital en el valor que le damos a nuestra fe y a lo que en consecuencia ha de ser nuestra vida cristiana. No podemos decir que tenemos fe si luego el camino de nuestra vida va por otros derroteros que no reflejen precisamente esa fe sino todo lo contrario. La fe no puede ser un vestido de quita y pon, en que nos manifestemos muy creyentes y religiosos en unos momentos, pero luego el resto de nuestra vida no ande en consonancia con esa fe.
Por eso hoy Jesús en el evangelio nos previene. No podemos negar nuestra fe, no podemos ocultarla ni disimularla, tiene que reflejarse claramente en nuestra vida, en nuestra manera de pensar y en nuestra manera de vivir. Algunas veces, ciertamente, nos cuesta porque quienes nos rodean quizá no nos entiendan, pero eso no debe llevarnos a acomodarnos y disimular nuestra fe.
Jesús nos garantiza que no nos faltará su fuerza, que con nosotros estará siempre su Espíritu que animará nuestro corazón y nuestra voluntad, como nos dice, pondrá palabras en nuestros labios cuando tengamos que enfrentarnos a quien trate de acallar nuestra fe. Nos habla de Jesús de tribunales y de jueces, pero es en el día a día de nuestra vida, con aquellos que convivimos y hacemos nuestra vida donde tenemos que dar ese testimonio que, como decíamos, no siempre es fácil. ‘Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’, nos enseña Jesús.
Hace falta hoy en nuestro mundo ese testimonio valiente de nuestra fe. Quizá en nuestros ambientes nos habíamos acostumbrado a que todos se decían cristianos y creyentes pero vemos que no es así. No es el espíritu de Jesús, el sentido cristiano el que impera en la vida de quienes nos rodean aunque se digan creyentes y algunos hasta nos puedan decir que son más cristianos que nosotros. Aparte ya vamos viendo en nuestra sociedad cada vez más que son muchos son los que se manifiestan en contra de la Iglesia, de los cristianos, de los que se sienten creyentes.
Solapadamente y otras veces de manera clara son muchos los ataques que se hacen contra la religión, los cristianos y la Iglesia. Y es ahí en ese mundo donde tenemos que saber dar testimonio valiente de nuestra fe, de nuestro ser cristiano. Y tenemos que hacerlo con nuestras palabras, pero sobre todo con el testimonio de nuestra vida, de nuestra entrega, de nuestra lucha por el bien y la justicia, por instaura una verdadera civilización del amor.
También nosotros como creyentes tenemos una palabra para la construcción de nuestra sociedad y también tenemos derecho a manifestarlo y a que se nos escuche, aunque sabemos que es difícil porque muchos querrán hacernos callar. Pero en nosotros tiene que haber ese compromiso porque tampoco podemos dejar que los demás hagan lo que quieran y todo se tenga que hacer según su visión.
Si decimos que vivimos en un mundo diverso, también nuestra opinión, nuestro criterio tiene tanto valor como el de los demás. Pero tenemos que manifestarlo clara y valientemente. No podemos ser eso que llaman ahora la mayoría silenciosa que nunca habla. Hemos de expresar claramente lo que son nuestros planteamientos, nuestra manera de ver como ha de ser la construcción de nuestra sociedad y a ello queremos contribuir.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Quienes quieren construir un nuevo mundo fundamentado en el amor no pueden andar con mezquindades en el corazón sino siempre abiertos a la generosidad del perdón


Quienes quieren construir un nuevo mundo fundamentado en el amor no pueden andar con mezquindades en el corazón sino siempre abiertos a la generosidad del perdón

Eclesiástico 27, 33-28, 9; Sal 102; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35

No es fácil hablar del evangelio de hoy. Bueno, hablar sí es fácil, lo que no es tan fácil es que lo que nos dice el evangelio lo asumamos totalmente y no tengamos la tentación de ponernos a hacer rebajas.
Teóricamente lo podemos ver todo muy claro, pero cuando esas situaciones difíciles nos tocan directamente porque somos nosotros los que tenemos esos desencuentros con los demás, cuando hay algo que nos ha podido hacer daño en la vida, o cuando nos dejamos llevar por el ambiente de violencia que nos rodea no es tan fácil de salirnos de esa espiral y hacer como hace todo el mundo.
Nos es fácil comenzar a hacer rebajas, a poner limites, a hacer distinciones porque lo que me hicieron a mí no se le hace a nadie, porque es muy duro ver la muerte de tantos inocentes en atentados que llenan todo de terror, porque se va creando un ambiente de rechazo a ciertos sectores que ya de entrada discriminamos, separamos, los metemos a todos en el mismo saco y a esas gentes ya no queremos aceptarlas y las rechazamos. Se nos hace cuesta arriba romper esa espiral en la que todos se ven envueltos y nosotros también.
Tenemos que ver seriamente qué mundo es el que queremos construir, bajo qué parámetros, en qué vamos a fundamentar de verdad nuestras relaciones. Porque quizá no queremos hacer muchos cambios en nuestro mundo sino que todo siga igual y que a mi no me toquen mis cosas, mis ideas y planteamientos, aquellas cosas que yo he vivido a mi manera desde siempre. Todo lo que pudiera desestabilizarnos porque tendríamos que cambiar actitudes y posturas, salirnos de nuestras rutinas de siempre, ya lo vemos como un peligro, y aquellas personas a quienes juzgamos que nos vienen a quitar nuestra paz, pues ya de entrada las rechazaremos y pondremos nuestros 'peros'.
¿No nos damos cuenta de que a pesar de todas las cosas bonitas que decimos se está creando en el ambiente un nuevo racismo en que ponemos a un lado, en un aparte, a todos los que, emigrantes o refugiados, llaman a nuestras puertas viniendo de otras culturas y de otros lugares? Cuántas desconfianzas disimuladas o abiertas tenemos hacia esas gentes que cada vez más nos aparecen en nuestro entorno.
Y cuando sucede algún acto violento, como cada vez más está sucediendo, aunque vemos muchas cosas hermosas de solidaridad hacia las víctimas, sin embargo comienzan a rebrotar esas desconfianzas, que provocan rechazos, que van maleando nuestras conciencias y el ambiente que nos rodea, y gritamos muy fácilmente justicia, pero  nos olvidamos de la compasión y de la capacidad del perdón.
Es esa maldad, desconfianza, resentimientos y deseos de venganza que van apareciendo cada vez más en nuestra sociedad, pero que eso realmente no está muy lejos del día a día donde convivimos vecinos, familiares y amigos. Nos encontramos personas que van acumulando en su interior muchos resentimientos, muchos orgullos malheridos que no llegan a sanarse con el perdón, distanciamientos entre quienes antes eran amigos y ya no se consideran tanto ni al menos dignos de nuestra confianza, rupturas en las familias que crean unos distanciamientos que se ahondan cada vez más.
¿Estamos ciertamente queriendo construir la civilización del amor de la que tantas veces hablamos? Quienes se proponen la construcción de esa nueva sociedad fundamentada en el amor no pueden andar con esas mezquindades en el corazón. Cuando decimos que queremos construir ese mundo nuevo y mejor tenemos que poner por delante la carta de la comprensión, de la aceptación mutua, del respeto y valoración de todos porque realmente queremos estar unidos para aunar esfuerzos, pero si mantenemos aquellas posturas mal podremos construir ese mundo mejor.
Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio, o las dudas que le aparecen a Pedro en su conciencia sobre cuántas veces tenemos que perdonar y que se convierten en preguntas a Jesús. En cierto modo no es solo el cuantas veces tenemos que perdonar, como si tuviéramos que llevar un registro de las veces que nos han ofendido y nosotros tan generosamente hemos perdonado, sino en el fondo está también aquello de a quien tengo que perdonar. Recordemos lo que en cierto modo era la tradición judía y la forma de relacionarse que tenían con otros pueblos a los que consideraban enemigos.
Jesús nos responde planteándonos esa actitud de amor que tiene que envolver siempre nuestra vida y con la que ya para siempre tenemos que ver con otros ojos a los demás quienquiera que sea o cual sea la cosa que nos haya podido hacer. Si es el amor, y un amor de verdad, lo que envuelve y empapa nuestra vida, surgirá casi como espontánea esa actitud de comprensión, esa misericordia con que la envolvemos también a los demás, que se transformará en un perdón para que nada ya nos hiera por dentro y nos separe de los demás. Porque bien sabemos que cuando guardamos un rencor en nuestro corazón somos nosotros los primeros heridos y que mientras no lo quitemos será difícil la auténtica curación que nos lleve a sentir paz.

jueves, 18 de mayo de 2017

Vivamos la cadena del amor que nos conduce por caminos de alegría y felicidad, por caminos de plenitud

Vivamos la cadena del amor que nos conduce por caminos de alegría y felicidad, por caminos de plenitud

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11
Una cadena de amor que nos conduce por caminos de alegría y felicidad, por caminos de plenitud. Y es que el amor siempre nos lleva al amor, nos lleva a responder con amor, nos lleva a repartir amor. El amor nos llena de dicha; es un gozo sentirnos amados; pero es un gozo sentirse uno con capacidad para amar, ser capaz de repartir amor.
Es una cadena hermosa que tendríamos que cuidar de no romper nunca. Ahora que nos llegan por las redes sociales tantas cadenas que nos dicen que no rompamos porque nos caerían no se cuantas desgracias. Yo no creo en esas cadenas que mas bien nos atan a sueños improbables que nos dicen que vamos a conseguir no se cuantas cosas sin el mas mínimo esfuerzo por nuestra parte; pero en la cadena del amor que vayamos construyendo en la vida porque sintamos y reconozcamos el amor que nos tiene alguien y nosotros intentemos amar de la misma manera si creo.
Y esa si hemos de esforzarnos en construirla, porque es la que nos va a hacer grandes, porque nos va a hacer que seamos capaces de sacar todo lo bueno que hay en nosotros para desarrollarlo y no ya para riqueza para nosotros mismos, sino por el bien que le hacemos a los otros. Porque amamos no por el interés del bien que recibimos sino por el bien que hacemos al que amamos, y por eso nos damos, nos vaciamos de nosotros mismos en ese amor para llenar a los demás.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor…’ Y es que para nosotros, los que creemos en Jesús y queremos seguirle, es de ahí de donde arranca esa cadena de amor. Es el amor que nos inunda primero a nosotros y del que llenos e inundados queremos compartir con los demás.
Es la raíz y fuente de nuestro amor; es la fuerza con que nosotros nos sentimos capacitados para amar. Si no fuera así, nos podrían vencer las dificultades que vamos encontrando en la vida para vivir ese amor. Nos sentimos tentados muchas veces por las limitaciones y condicionamientos que encontramos; nos cuesta vivir un amor generoso y universal y tenemos el peligro de comenzar a hacer distinciones de a quien amamos y a quien no, quien se merece nuestro amor y quien no se lo merece. Estaríamos rompiendo esa cadena, porque para comenzar somos nosotros los que no somos dignos del amor que Dios nos tiene.
Así nos continua diciendo Jesús: ‘Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. Es así como vamos manifestando ese amor, como vamos regalando ese amor, en ese respeto, en ese buen trato, en esa lealtad y sinceridad con que vivimos nuestras relaciones con los demás, en ese bien que siempre deseamos para los otros y por lo que luchamos, en esa rectitud y dignidad con que vivimos nuestra vida. Eso es lo que nos piden los mandamientos del señor. No los miremos como meras prohibiciones de lo que no podemos hacer, sino como una plantilla de dignidad para nosotros y para los demás.
Por eso nos dice que ese amor nos lleva a la plenitud, nos llena de dicha y de felicidad, ‘vuestra alegría llegue a la plenitud’. Vivamos, pues, ese amor que verdaderamente nos hace felices.

martes, 24 de enero de 2017

Una nueva familia donde todos somos hermanos cuando seguimos y escuchamos de verdad a Jesús

Una nueva familia donde todos somos hermanos cuando seguimos y escuchamos de verdad a Jesús

Hebreos 10,1-10; Sal 39; Marcos 3,31-35
Esta persona es como de mi familia, o más que mi familia, quizá habremos dicho en más de una ocasión refiriéndonos a alguien que sin ser familia por la sangre sin embargo se han establecido unos lazos de amistad muy grande y cuyo afecto sentimos hondamente, porque quizá en momentos en que nos sentíamos solos o en dificultades fue la única persona que permaneció siempre a nuestro lado. Ya en los libros sapienciales del Antiguo Testamento se nos dice algo así refiriéndose a amigos que son más afectos que un hermano.
No quiero mermar ni mucho menos el cariño y el afecto que se tiene o se ha de tener a quienes nos une los lazos de sangre siendo nuestra verdadera familia; tenemos que cuidar mucho nuestras relaciones familiares, nuestros hermanos o los familiares más cercanos. Pero bien sabemos como en la vida puede haber muchas cosas que nos unen y existen esas amistades de las que nunca querríamos desprendernos y a los que queremos como si fueran nuestra verdadera familia.
Será la cercanía física, la convivencia, pero también hoy tenemos medios para sentirnos muy unidos en verdadera amistad con personas que física o geográficamente pueden estar lejos de nosotros, pero con los que nos sentimos en bonita sintonía de amistad. Acabo de ver ahora mismo en las redes sociales una bonita frase en el sentido de lo que estamos reflexionando: ‘Hay personas que están… estén donde estén’. Podríamos decir que eso es también un camino para esa autentica fraternidad que tendríamos que vivir entre todos, puesto que formamos parte de una misma humanidad.
No nos extraña entonces sino que más bien nos lo hace comprender mejor lo que hoy escuchamos en el evangelio. Vienen a decirle a Jesús que fuera están su madre y sus hermanos, sus parientes, esperándolo. Y Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ y continúa  diciéndonos que paseando la mirada en torno a los que le rodeaban dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Nos está hablando Jesús de una nueva familia, los que escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica. La Palabra de Dios que plantamos en nuestro corazón nos enseña a entrar en una nueva relación con los demás, la relación del amor, el sentirnos hermanos, el ser una verdadera familia entre nosotros.
Es ese mundo nuevo que hemos de  construir desde la civilización del amor. Es ese mundo nuevo en que nos sentimos verdaderamente solidarios los unos de los otros desde lo más hondo de nosotros mismos. Es ese mundo nuevo donde buscamos siempre lo mejor para el otro, estamos en verdadera actitud de servicio aprendiendo de María la que siempre iba presurosa al encuentro de los demás para serviles con hizo con Isabel en la montaña, para darse, para estar dispuesta a buscar soluciones en bien del otro como hizo en las bodas de Caná.
Que aprendamos a ser de verdad la familia de Jesús. Que entre todos se creen esos lazos nuevos del amor. 

viernes, 8 de mayo de 2015

Entremos en la espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

Entremos en la espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

Hechos, 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17
‘A vosotros os llamo amigos… No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido…’ Consoladoras palabras de Jesús. Nos llama amigos. Nos está diciendo que somos sus amados. Una amistad incondicional, un amor incondicional que nos ofrece, que nos regala.
La amistad es algo que se nos ofrece, se nos regala. Podemos pensar en que vamos a conquistar la amistad de alguien; pero hemos de reconocer que no se trata de conquista sino de regalo. Tampoco podemos pensar en una exigencia que le hacemos al otro. Simplemente tú ofreces. Quieres la amistad, regala amor, regala amistad, haz esa ofrenda de ti mismo, de tu yo, comparte con el otro ese amor que llevas dentro con todo lo que eres tú. Así haces amistad, porque te das, porque ofreces algo de ti. Cuando hay luego correspondencia se crea luego ese hermoso vínculo de una amistad mutua con toda la dicha que nos traerá en consecuencia.
Es lo que Jesús nos está ofreciendo, de lo que nos está hablando hoy en el evangelio. Nos llama amigos, porque nos ha descubierto los secretos más íntimos de su ser, porque nos ha descubierto lo que es el amor del Padre y así nos ama El también. Quiere Jesús establecer una nueva relación entre los hombres y Dios, entre nosotros y Dios; pero es Dios el que da el primer paso, porque nos ofrece su amor, su amistad. ‘Soy yo quien os he elegido…’ nos dice.
Y cuando nosotros descubrimos cómo somos amados de Dios, porque nos llama amigos, no nos llama siervos, estamos invitados a corresponder. Y nuestra correspondencia es el amor, pero un amor que ofrecemos también a los demás. Es como seguir una cadena. Dios nos ofrece su amor y nosotros tenemos que ofrecer ese amor que llena nuestro corazón a los demás. Por eso nos dice que lo que quiere es que nos amemos los unos a los otros. Así correspondemos a su amistad, así entramos en la orbita de su amor y amistad. Es su voluntad, su mandamiento, nos dice, y así expresaremos esa nueva amistad que nace en nuestro corazón.
Esa ha de ser nuestra correspondencia. ‘Os he destinado para que vayáis y deis fruto’, nos dice, ‘y vuestro fruto dure’. Los frutos son la dicha de esa amistad que nosotros también ofrecemos e iremos compartiendo con los demás. Los frutos son esa órbita nueva en la que entramos y en la que queremos hacer entrar a nuestro mundo contagiándolo de amor y de amistad. ‘La civilización del amor’ que nos decía San Juan Pablo II. La espiral del amor que tenemos que ir creando para romper toda espiral de mal, de egoísmo, de violencia que tantos van creando a nuestro alrededor. Contraponemos nosotros la espiral de la amistad, la espiral del amor.
Entremos, pues, en esa espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

domingo, 5 de octubre de 2014

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filp.4, 6-9; Mt. 21, 33-43
‘La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido’. Podemos decir que por aquí, con estas palabras, comienza a dársenos la clave de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado sobre todo al proponernos la imagen de la viña, ya fuera ‘la viña de mi amigo’ a la que el profeta quiere cantar en nombre de su amigo un canto de amor, ya sea la viña arrendada a unos labradores por aquel propietario que tan bien la había preparado.
Está por una parte lo que significa la figura del amigo que tenía una viña que cuidaba con todo mimo esperando sus frutos, o de aquel propietario que había plantado una viña que había preparado cuidadosamente antes de arrendarla para que la trabajasen aquellos labradores. Está por otro lado lo que significa en sí la imagen de la viña tan primorosamente cuidada para que diera los mejores frutos. Pero están también finalmente por otra parte aquellos a los que se había confiado el trabajo de la viña para obtener sus frutos.
El primer mensaje nos está hablando de esa solicitud paciente y amorosa de Dios que  cuida de su viña como aquel propietario, que así nos cuida y nos regala con su gracia. ‘La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas’, que decía el canto de amor del profeta por la viña de su amigo; que son por otra parte todos los cuidados de aquel propietario preparando el terreno, plantando buenas cepas, construyendo un lagar y la casa del guarda, rodeándola de una cerca. Los que hemos estado relacionados con este mundo de la agricultura y en concreto de la viticultura, bien por razones familiares o por vivir en zonas agrícolas conocemos bien lo que son estos trabajos pero también el amor que ponen los agricultores en estos trabajos del campo y podemos entender bien el sentido de la imagen que se nos ofrece.
‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no lo haya hecho?’ se preguntaba el canto profético. ¿Qué podía hacer Dios por nosotros que continuamente nos regala con su gracia después que nos ha entregado a Jesús para enriquecernos con su salvación? El canto de amor del profeta por la viña de su amigo se convierte en lamentos y congojas ante la respuesta negativa.
Es lo que nos tiene que hacer pensar y es el segundo aspecto del mensaje. ¿Cuáles son los frutos? ‘¿Por qué esperando que diera uvas dio agrazones?’ Dios siempre está esperando pacientemente nuestra respuesta. El profeta nos está hablando de que después de tanto amor que había puesto por su viña y cómo la había cuidado con esmero, los frutos no fueron buenos.
Pero con la parábola contemplamos al tiempo la paciencia de Dios en la imagen del propietario que envía a sus criados una y otra vez, aunque fueran maltratados esperando poder recoger los frutos de aquella viña que tan cuidadosamente había preparado, enviando incluso hasta su propio hijo. Tendría que hacernos pensar, recapacitar para encontrar el camino por el que demos los frutos que el Señor nos pide cuando nos ofrece tanto amor.
Pero está también ese tercer aspecto al que hacíamos referencia al principio y que se nos refleja más en la parábola del evangelio. Aunque se habla de la viña plantada para obtener unos frutos, se incide más en el desarrollo de la parábola en aquellos a los que se confió la viña para que la trabajasen y se pudieran recoger unos frutos. Ya en la motivación de la parábola el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo’.
Jesús en la parábola hace poco menos que un resumen de la historia de la salvación del pueblo de Dios. Una referencia clara a aquellos que en medio del pueblo de Dios tenían la misión de ayudar al pueblo a mantenerse en la fidelidad de la Alianza, en la fidelidad al Señor. Pero no fueron fieles, no rindieron los frutos que esperaba el Señor, muchas veces rechazaron también a los hombres de Dios, los profetas, que el Señor les enviaba, como finalmente terminarían rechazando al Hijo de Dios.
 Claro que cuando ahora nosotros escuchamos y meditamos esta Palabra del Señor no nos vamos a quedar en pensar en los otros, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos. Esa viña del Señor Dios nos la ha puesto en nuestras manos, porque es nuestra propia vida enriquecida con la gracia, y de qué manera como hemos dicho, desde la que tenemos que ofrecer frutos de santidad y de gracia que no siempre damos como es debido. Pero pensamos también - y lo decimos al hilo de la parábola - en la responsabilidad que todos tenemos de cuidar esa viña del Señor.
¿Qué significa ese cuidar la viña del Señor? No somos ni podemos ser unos seres pasivos en medio de la vida de la Iglesia en donde siempre estemos pensando lo que vamos a recibir; todo lo contrario, esa gracia que Dios ha puesto en nosotros nos obliga a preocuparnos de los demás, a tomarnos en serio con toda responsabilidad lo que es la misión de la Iglesia y entonces nuestra misión en medio de nuestro mundo. Así tenemos que asumir nuestros compromisos dentro de la Iglesia y lo que es la vida de la comunidad cristiana. Es el puesto que cada uno tiene dentro de la Iglesia y es todo lo que nosotros podemos y tenemos que aportar para la vida de la Iglesia, para la propagación de la fe.
Hemos de trabajar esa viña del Señor, que es también la responsabilidad que tenemos y hemos de asumir en todas sus consecuencias para hacer que nuestro mundo sea mejor; un mundo del que hemos de desterrar toda maldad y toda violencia; un mundo que tenemos que hacer más solidario y con más corazón; un mundo en el que hemos de trabajar más por la paz y la armonía en la convivencia de todas las personas alejando discriminaciones, desterrando envidias y orgullos, ambiciones materialistas que nos llevan a esa corrupción en todos los aspectos que vemos en nuestra sociedad y que tanto nos duele.
Dios hizo al hombre y al mundo bueno; recordemos las primeras paginas de la Biblia donde vemos ese mundo hermoso y lleno de felicidad cuando se nos habla del jardín del paraíso, y de lo que es imagen esa viña tan bien preparada de la que se nos habla hoy en los dos textos; pero pronto lo hemos llenado de maldad, de violencia, de recelos y resentimientos, de actitudes egoístas e insolidarias, de robos y de injusticias; es lo que nos refleja la parábola con la actitud de aquellos labradores que querían hacerse con la viña de su amo y en lo que estamos viendo como en un espejo todo lo que sucede en el entorno de nuestro mundo donde parece que no hay un día donde no nos despertemos con una nueva noticia de maldades y de corrupciones.
Tenemos que trabajar la viña del Señor que es nuestro mundo, pero de otra manera, desde otra visión y sentido de lo que ha de ser un mundo mejor. Son los frutos de una civilización del amor que será la que ofrezcamos a nuestro mundo desde ese sentido y esos valores del Evangelio. Es la tarea comprometida que tenemos los cristianos con nuestro mundo, desde la fe que tenemos en Cristo y nos hace cristianos comprometidos. Y ¿cómo nos vamos a comprometernos en ese trabajo en la viña de nuestro mundo si consideramos y vemos cuanto es el amor que el Señor nos tiene y cómo nos cuida con su amor que hasta nos ha entregado a su Hijo para nuestra salvación?

lunes, 14 de junio de 2010

No hagáis frente al que os agravia

1Rey. 21, 1-6;
Sal. 5;
Mt. 5, 38-42

‘No hagáis frente al que os agravia…’ Los cinco versículos que hoy hemos leído del sermón de la montaña de Jesús podríamos resumirlo en esta sentencia o principio. Jesús nos está mostrando un estilo nuevo de vivir.
En nuestras lógicas humanas, en nuestras formas habituales de reaccionar desde nuestros orgullos o desde nuestro amor propio pareciera que esa no sería la forma de actuar. Incluso desde las leyes justiciera humanas parece que si alguien nos hace algún daño tendría que pagarlo. Así surgen nuestros sentimientos vengativos – aquello de que quien me lo hace lo tiene que pagar – y la ley del talión vendría simplemente a poner, como decimos hoy entre comillas, orden a la hora de esa reacción justiciera para evitar la las venganzas que se convirtieran en una espiral inacabable.
‘Ojo por ojo y diente por diente’, dice la ley del talión. Pero frente a ello vemos lo que nos dice Jesús: ‘No hagáis frente al que os agravia’. Entramos en una órbita distinta, que es la órbita del amor y del perdón. Al mal no podemos responder sino con bien. Nos dice de presentar la otra mejilla, que es una forma de hablar, una forma de decirnos que no es con mal, actuando de la misma manera como nosotros tenemos que responder. Además, si nos damos cuenta, es una forma de desarmar al que viene con violencia y maldad a nosotros, el responder no con la misma violencia o maldad, sino con amor, generosidad y paz en el espíritu. Algo que no es fácil, pero que es realmente el estilo que Jesús quiere que le demos a nuestra vida.
Abundará más en este tema en versículos que seguiremos escuchando en los próximos días, pero lo que el Señor quiere decirnos es cómo tenemos que entrar en otra órbita, no la espiral de la violencia que responde con violencia, sino en la órbita que lo envuelve todo con el amor. De ese amor nacerá la comprensión y el perdón; de ese amor ha de nacer un corazón lleno de misericordia, porque como nos dirá Jesús en otro momento lo que tenemos que hacer es parecernos al Padre del cielo, que ya escuchábamos en el Antiguo Testamento que es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, como dicen los salmos.
Hoy nos hablará Jesús de esa nueva relación entre unos y otros que no será una relación interesada, sino que se basará siempre en la generosidad y en el amor. ‘A quien te pide dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’. Mira que nos conoce Jesús y sabe bien cuales son nuestras habituales reacciones y la forma interesada que tenemos muchas veces de actuar. Ayudo al que me ayuda, presto al que me presta, soy bueno con el que es bueno conmigo, es la forma como más espontánea y primaria de nuestro reaccionar. Pero Jesús nos está enseñando que no sólo ayudemos al que nos ayuda, o le hagamos el bien al que nos hace el bien, sino que la generosidad de nuestro corazón tiene que ir más allá, pues con todos tenemos que ser generosos y también tenemos que ayudar incluso al que se porte de una forma egoísta con nosotros y nunca nos preste un servicio.
Cosas sencillas nos está pidiendo Jesús, pero reconocemos que no siempre son fáciles, porque, como decíamos antes, parece que nos puede más el orgullo y el amor propio. Pero sí lo podemos hacer, porque para eso Jesús nos da el Espíritu del amor. Que su Espíritu en verdad llene nuestra vida y nos dé esa necesaria fortaleza para comprometernos seriamente en esa nueva civilización del amor por la que tenemos que trabajar.