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domingo, 12 de enero de 2025

Una tarea, una misión, un compromiso desde nuestro bautismo de seguir anudando los lazos del amor y la amistad, de mantener encendida la luz de la vida y la esperanza

 


Una tarea, una misión, un compromiso desde nuestro bautismo de seguir anudando los lazos del amor y la amistad, de mantener encendida la luz de la vida y la esperanza

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos de los Apóstoles 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22

Donde hay un pequeño rescoldo tenemos que avivarlo para que crezca la llama y se encienda una luz, donde hay una pequeña señal de cercanía, de entendimiento o de encuentro tenemos que poner un lazo que una y acerque las partes para que no se produzca un roto mayor que produzca un desgarro, donde aflore tímidamente una sonrisa tenemos que hacer soplar vientos de alegría que haya comenzar el sentido de fiesta, donde comience a sonar aunque sea tímidamente una canción hemos de prestar prontamente nuestras voces y los instrumentos musicales que sean necesarios para provocar un encuentro coral, los rayos de esperanza no los podemos nublar, la suave luz que nos llegue de cualquier horizonte no la hemos de cubrir con oscuras cortinas.

Suenan muy bonitas estas palabras pero ¿será eso realmente lo que vamos haciendo en la vida? Nuestro mundo está roto y parece que nos empeñamos cada vez más en aumentar los abismos que nos dividen y nos separan; contemplemos los rostros de los que encontramos en el camino o incluso de aquellos que nos hablan prometiéndonos mil cosas y nos daremos cuenta que aparece demasiado rápido la crispación y la falsedad de quien tiene intereses ocultos y solo va buscando su lucimiento personal; muchas veces sentimos la tentación del desaliento porque los mejores brotes que puedan hacer florecer la armonía y el entendimiento que nos llevan a una convivencia de paz pareciera que quienes están empeñados en quemarlos y destruirlos. Nos contentamos con luces parpadeantes e ilusorias y no terminamos de dejarnos iluminar por la luz que es verdadera salvación para nuestro mundo.

Claro que no quiero con pesimismo y negatividad ser quien apague ese pequeño rescoldo que aún quede o ese sueño de esperanza que aún permanezca en nuestros corazones. No puede ser nunca esa la manera de actuar del que es seguidor de Jesús. Es la invitación que quiero escuchar, que nos va a ofrecer la celebración de esto domingo, ultimo día de la Navidad, en el Bautismo de Jesús en el Jordán.

Es a lo que nos ha invitado el profeta Isaías en el texto hoy escuchado. ‘Mirad a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará...’

 Contemplaremos en el evangelio a ese elegido de Dios en quien se complace y que viene lleno del Espíritu del Señor. Juan bautizaba en el Jordán, allí estaba él queriendo hacer que aquellas tierras yermas de desierto un día pudieran florecer; preparaba para el Señor que venía un pueblo bien dispuesto, como había sido anunciado; era él ahora la Voz que venía dar paso a la Palabra que plantaría su tienda entre nosotros para hacer de nosotros ese hombre nuevo, ese mundo nuevo.

Y allí a ese desierto, a ese mundo roto y dividido por el pecado que crea los peores abismos en los corazones había llegado también Jesús. Nos podría parecer que Dios tendría que quedarse en lo alto de los cielos para recibir gloria o tras las cortinas de humo de los inciensos de las ofrendas de los templos. Pero el Dios que ha venido a nosotros es Emmanuel, es Dios con nosotros, es Dios que planta su tienda entre nosotros, Dios que camina allí donde está el dolor y el sufrimiento, allí donde están los corazones rotos por los desánimos y desesperanzas, pero allí donde aún atisban unos buenos deseos de algo mejor. Allí está Jesús en la fila de quienes se sienten pecadores y quieren recibir como una señal de algo nuevo aquel bautismo de Juan.

Y estando Jesús en oración allí junto al agua del Jordán el cielo se abrió. Como nos dirá Juan en otro momento, él lo vio, vio bajar al Espíritu de Dios desde el cielo y todos pudieron escuchar aquellas palabras que lo señalaban como el Hijo amado, elegido y preferido del Padre del cielo. Se nos estaba señalando al que venía como alianza de los pueblos, como luz de las naciones, el que venía a tender esos lazos que nos unirían fuertemente en el amor, el que venía a avivar esos rescoldos que aun quedaban en nuestros corazón para encender la luz que iluminará a todas las naciones.

Es lo que nosotros en esta fiesta y celebración del Bautismo del Señor tenemos también que experimentar en nosotros. También percibiremos esa presencia del Espíritu Santo que viene sobre nosotros y escuchamos esa voz del cielo que en el día de nuestro bautismo también a nosotros nos hablo y nos señaló una misión, la misma misión de Jesús, se alianza y ser luz de las naciones y de los pueblos, ser alianza y ser luz allí donde estemos, en la familia, en el trabajo, con los vecinos con los que convivimos, con las demás personas que conformamos esta sociedad en la que estamos. Estamos llamados a ser esos lazos de unión, esa luz encendida para iluminar el camino de los otros, porque somos luz del mundo, porque somos sal de la tierra, como escucharemos a lo largo del evangelio.

No nos vale quejarnos de que el mundo está roto porque estamos llamados a recomponerlo; no podemos dejarnos envolver por la acritud y la violencia porque estamos llamados a ser instrumentos de paz; nos podemos dejarnos ensordecer por los tambores de la violencia y la acritud porque tenemos que hacer sonar la música maravillosa del amor; no podemos seguir arrastrándonos con nuestros desánimos y cansancios porque tenemos el Espíritu de fortaleza que nos impulsa cada día a poner signos de esperanza en nuestro mundo.

Es nuestra tarea, es nuestra misión de la que no podemos desentendernos, es un compromiso de vida nacido de nuestra fe en Jesús.

sábado, 17 de agosto de 2024

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

 


No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Salmo 50; Mateo 19,13-15

¿Por qué la mirada de un niño nos enternece el corazón? Todos sabemos de su encanto, todos lo hemos experimentado, porque para eso los niños de entrada no hacen distinciones; cuando comiencen a hacerlas es porque los mayores le hemos maleado el corazón. A pesar de que el niño pequeño parece que todo lo quiere para él, en ese descubrimiento que va haciendo de las cosas aprender es como cogérselas para sí pero no para encerrarse en sí mismos sino que veremos cómo enseguida comienza a dar, a regalar su ternura, su mirada, su sonrisa, su confianza. Donde siente la sintonía del amor allí lo veremos cantando la más hermosa canción, que no es música que transportemos a los pentagramas musicales, sino que será el encanto de la vida que es como música que suaviza a las fieras, como suele decirse, y por eso nos derrite el corazón.

Hoy vemos en el evangelio a Jesús jugando con los niños. Sus madres los han traído para que Jesús imponga sus manos sobre ellos y los bendiga, pero, como decíamos, cuando los niños captan la sintonía del amor, ya de allí no se querrán separar. Aunque nosotros nos pongamos incordios en muchas ocasiones, como se pusieron los discípulos cercanos a Jesús en un celo desmedido de que nadie molestara al maestro. Quisiera alejar a los niños de la presencia de Jesús. Y es Jesús el que no quiere que los alejen sino que los niños sigan disfrutando de su presencia. Es que además iban a ser un buen signo de lo que es el Reino de Dios.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y siguió bendiciéndolos. Si señales del Reino de Dios va a ser esa nueva cercanía que entre todos los hombres tienen que darse, aquí tenemos palpable una de esas señales, la cercanía de los niños con todo lo que eso significa. Ya en otro momento en que vuelva a poner a los niños como referencia de lo que ha de ser el Reino de Dios nos dirá que ‘de los que son como ellos – como los niños – será el Reino de Dios’.

Han de caerse todos los tabúes, tenemos que hacer desaparecer todo aquello que se interponga entre unos y otros creando barreras o abismos, como tantas veces nos hacemos los unos con los otros, tengamos esa ternura del niño que se deja querer pero que estará siempre ofreciendo un amor incondicional. Seamos capaces de mirarnos los unos a los otros con una mirada como la de los niños, sin cortinas que hagan un filtrado y con la luminosidad de los ojos limpios de malicia que disipan todas las nieblas que difuminan las imágenes. Tengamos la disponibilidad y generosidad del corazón que sabe sintonizar el amor, pero que va repartiendo las músicas que salen de su alma.

Cuanto tendríamos que aprender de los niños, de su ternura y de su disponibilidad generosa, de la alegría que se les escapa del alma en sus ojos límpidos y que despertarán en nosotros los mejores sentimientos.

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios que nos anuncia, pero quiere entonces que sepamos tenerlos entre nosotros y que sean siempre una buena referencia para tantas cosas tiernas que tenemos que dejar escapar de nuestra alma y con lo que sabremos ir de manera nueva al encuentro con los demás.

Nunca más barreras ni cortinas, nunca más nieblas que difuminen o que filtren lo mejor que pueda salir de nuestro corazón, pero también lo mejor que aprenderemos a ver en tantos que nos rodean.

martes, 2 de abril de 2024

Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

 


Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Por qué lloras? Es lo que sale espontáneo de nuestros labios cuando vemos correr rostro abajo unas lágrimas. Sale a flote nuestra sensibilidad. Unas lágrimas son siempre un fuerte despertador para nuestra sensibilidad. Ya sea el llanto de un niño, ya sean las lágrimas de una mujer, ya sea el llanto muchas veces disimulado de un hombre que no sé por qué razones parece que estuviera peleado con su masculinidad, pero los hombres también lloran. Y nos preguntamos ¿por qué esas lágrimas?, y no soportamos quizás el sufrimiento que esconden detrás. Y nos dejan quizás mal sabor en nuestro paladar humano porque nos saben quizás a amargura, nos evocan soledades, nos recuerdan sufrimientos que no siempre sabemos curar.

Hoy en el evangelio estamos contemplando de entrada unas lágrimas que nos pueden traer recuerdos de encontradas emociones y recuerdos, pero que son siempre sintonía de un corazón agradecido y lleno de amor que no quiere separarse del amado. María Magdalena tenía mucho que recordar, porque un día Jesús le había arrancado siete demonios de su alma, como nos recuerda san Juan, podía haber sido aquella mujer pecadora pero que sin embargo un día supo volverse hacia el amor y la misericordia y había sido perdonada por sus muchos pecados. Es la mujer que desde entonces siempre había sido fiel y no se había separado de Jesús en sus andanzas a través de toda Palestina desde Galilea a Jerusalén.

Sabemos que estuvo al pie de la cruz hasta el último momento bebiéndose las últimas palabras y los últimos gestos de Jesús para alimentar más y más su amor. Ahora la contemplamos a la entrada del sepulcro vacío, donde en la tarde del sábado ella había contribuido también a depositar allí el cuerpo de Jesús difunto. Entre las primeras mujeres que al alba habían venido al sepulcro en el deseo de embalsamar a Jesús estaba ella también cuando se encontraron el sepulcro vacío.

Ella participó también seguramente en aquellas carreras matinales por las calles de Jerusalén para llevar la noticia que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, y ahora estaba allí llorosa preguntando a todo el mundo quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde lo habían colocado, porque ella iría a buscarlo y traerlo para darle honrosa sepultura. Primero los ángeles que estaban dentro de la sepultura y luego a quien parecía ser el hortelano encargado de aquel huerto.

¿Por qué lloras? Había sido la pregunta repetida. ¿Cómo no iba a llorar el amor cuando sentía que la soledad le amargaba el alma? ¿Cómo no iba a llorar quien se sintiera tan agradecida por los dones de amor que Dios había derrochado sobre ella? Y sus ojos llorosos estaban encandilados y ahora no podían distinguir al que era la luz de su vida que estaba delante de ella. Será el sonido de unas palabras que pronuncian su nombre el que la hará despertar de aquel letargo en que el dolor la había sumido. No fue necesario nada más para que se despertaran todas las sintonías del amor que escuchar su nombre en los labios de Jesús. Todo se hacía música para ella y comenzó de nuevo a cantar su corazón. Había sido la nota palpitante que la había despertado y todo su amor se desbordaba. Seguramente las lágrimas seguían desparramándose de sus ojos, pero ahora eran de alegría en el amor recobrado.

¿Nos embargarán también a nosotros las lágrimas del amor o las lágrimas que nos hacen sensibles al dolor de los demás? ¿Será acaso que ya no sabemos llorar? Despertemos de nuevo la sensibilidad del corazón. Pero quizás también necesitamos oír una voz, una palabra con nuestro nombre en los labios de Jesús. ¿Qué tendríamos que hacer para escucharla? Miremos cómo vamos a afinar las fibras de nuestro espíritu para que podamos entrar de nuevo en esa sintonía de amor. Hay un paso de Dios por nuestra vida que va a ajustar la música de nuestro corazón, dejémonos encontrar por ese paso de Dios que lleva a esa nuestra vida que muchas veces aun permanece junto a la puerta de una tumba. También nosotros tenemos que resucitar.