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sábado, 7 de septiembre de 2024

Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

 


Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

1Corintios 4, 6b-15; Salmo 144; Lucas 6, 1-5

No dejamos que el agua corra montaña abajo buscando su propio camino porque todo lo arrasaría a su paso y de nada nos serviría la fuente de la que nace o la lluvia que nos la hace caer de las nubes; tratamos de encauzarla, buscarle cauces, para poder mejor aprovecharla y a todos nos beneficie; es cierto que la naturaleza en su mismo ha ido creando unos cauces, llamémoslos barrancos por las que circulan esos arroyos, o finalmente ríos que van fecundando con su humedad los campos por los que cruzan; luego nuestra inteligencia y nuestro buen hacer han ido creando esos cauces que nos la transporten para nuestro consumo humano y para todos los beneficios que pueda producir en la naturaleza.

Así ha sido también el transcurrir de la humanidad; nuestra convivencia ha ido creando unos cauces también, llamémosla normas de conducta o códigos éticos, que encauzan toda la actividad humana para lograr también entre la humanidad esa armonía de la que nos es ejemplo la propia naturaleza. Nos vamos imponiendo unas normas o unas leyes que vengan a facilitar ese entendimiento y esa buena convivencia queriendo basarnos en el respeto y la valoración de la persona, que será siempre lo importante. No es rigidez que nos imponemos desde el capricho sino desde un mutuo consentimiento buscando siempre por encima de todo el bien de la persona. Ninguna de esas normas que nos impongamos para nuestra mejor convivencia puede ir nunca en contra del bien de la persona.

Sin embargo, sabemos también que muchas veces nos volvemos exigentes y hasta tratamos de imponernos los unos a los otros, no porque pongamos el bien de la persona por encima de todo, sino que da la impresión que la norma es la que está por encima, dándole una sacralidad  que al final nos convierte en esclavos de esa norma o de esa ley. ¿Por qué hay que hacer esto? Quizás nos preguntamos y simplemente respondemos porque lo dice la ley. Pobre razonamiento que nos damos que le hace perder su sentido más genuino.

Y es una tentación que hemos tenido en todos los tiempos, pero que también podemos seguirla sufriendo hoy, cuando incluso tratamos de imponer una forma de ver la vida desde una ideología o desde una forma de pensamiento muy personal, que olvida cual es el verdadero sentido que siempre ha de tener toda norma de convivencia. Cuánto necesitamos suavizar los engranajes de nuestra vida para que no chirríen nuestros encuentros.

Y vemos en el evangelio que le plantean algunas cosas en este sentido. Está por una parte, por ejemplo del ayuno al que se sometían los discípulos de Juan o de los fariseos, mientras Jesús no es eso lo que le está pidiendo a sus discípulos. Pero viene también el otro planteamiento en torno a lo que era el descanso sabático; algo que se había de alguna manera impuesto en la ley de Moisés para que no olvidaran nunca el culto que debían de darle a Yahvé a quien habían de reconocer como el único Dios y Señor de sus vidas, y que también una forma de respetar y valorar la vida de las personas a las que también había de dársele un necesario descanso en medio de sus tareas.

¿Qué tenía que ser lo importante? Por una parte el reconocimiento del Señorío de Dios sobre todas las criaturas, es nuestro Hacedor y Creador, pero también el valor y el respeto de la dignidad de toda persona que merecía y necesitaba también su descanso. Pero aquello, olvidando su sentido más genuino, se había convertido en una norma implacable de extrema rigidez de manera que pareciera que ya no se pudiera ni ayudar a una persona que lo necesitara. Recordamos como los fariseos estaban muy atentos a ver si Jesús curaba en sábado, o como echaban en cara al paralítico que había sido curado un sábado porque cargara su camilla de regreso a su casa.

Jesús viene a recordarles que el bien de la persona estará siempre por encima de todo, y por el cumplimiento escrupuloso y riguroso de la ley no se podía dejar de ayudar a quien lo necesitara o dar de comer al hambriento aunque fueran los panes que estaban sobre el altar como ofrendas al Señor.

¿Buscaremos siempre el bien de la persona, dejando fluir la misericordia y la compasión, como el mejor suavizante que facilite las mutuas relaciones  y haga verdaderamente humano nuestro trato con los demás?

sábado, 3 de septiembre de 2022

El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

 


El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144;  Lucas 6, 1-5

La convivencia entre las personas nos exige tener en cuenta una serie de principios y valores que nos hagan respetarnos mutuamente salvaguardando siempre la libertad y la dignidad de todo ser humano. Por eso al vivir en sociedad nos damos unas normas, unas reglas, unas leyes que lo que tienen que buscar siempre es el bien de la persona; estará siempre en función de la persona, de sus valores, de su libertad, de su felicidad.

Aunque le damos esa fuerza de ley desde el común acuerdo que logramos entre todos, nunca han de servir para destrozar la dignidad de nadie, siempre tienen que buscar el bien de todos pero también de cada uno en particular para lograr esa armonía y es paz que haga que todos nos sintamos felices; malo es cuando las convertimos en imposición y nos podemos valer de ellas para el dominio de unos sobre otros. Es difícil lograr esa armonía, pero siempre tenemos que salvaguardar esa dignidad de toda persona.

Sin embargo, sabemos muy bien que somos muy dados a manipular, porque surgen dentro de nosotros actitudes y posturas egoístas que pretenden convertirse en dominio sobre los demás. Podemos convertir esas normas que han de ser cauces para nuestra convivencia en libertad en imposiciones y en manipulación incluso de las personas. Queremos mantener un control tan férreo de esas normas que se puedan convertir en un sin sentido que hay que cumplir porque sí, lo cual nos convertiría en esclavos de esas normas pensadas para salvaguardar la libertad y dignidad de cada persona.

El pueblo de Israel que vivía un profundo sentido religioso de la vida le daba a esas normas de convivencia un sentido como sagrado y religioso con lo que todo se convertía en ley de Dios. Lo cual hacía esas leyes, por así decirlo, intangibles; nada se podía modificar ni adaptar al momento o circunstancia que vivieran las personas o el mismo pueblo, porque eran la ley de Dios.

Normas de purificación o sobre el descanso que en fin de cuentas lo que pretendían era mantener la higiene y salud de quienes vivían en el desierto como trashumantes y en medio de sus ganados cuidando al mismo tiempo que no vivieran como esclavos del trabajo, se convertían en leyes tan sagradas que venían, poco menos que a definir la identidad del pueblo de Israel. Eran los preceptos del descanso sabático o de los animales que consideraban puros o impuros y podían o no podían comer. Recordemos, por otra parte, la tan controvertida o incomprensible ley hoy que les impedía comer la carne del cerdo.

Hoy le están planteando a Jesús el tema del descanso sabático tan sagrado para ellos, porque los discípulos al caminar entre los campos de cereales cogían algunas espigas para llevarse algunos granos a la boca. Ya se consideraba como un trabajo que no se podía hacer y es lo que vienen a echarle en cara a Jesús y sus discípulos.

Y Jesús les recuerda que los tiempos de las luchas de David contra Saúl llegaron a un lugar sagrado donde no había nada que comer, mientras aquellos hombres guerreros venían extenuados y hambrientos. Solo tenía el sacerdote los panes de las ofrendas que solo podían comer los sacerdotes, pero que al final fueron ofrecidos a aquellos hombres para que saciaran su hambre. ¿No era más importante en aquel momento saciar a aquellos hombres hambrientos que mantener la norma de que solo los sacerdotes podían comer aquellos panes?

Y Jesús termina diciéndoles que ‘el Hijo del hombre es señor del sábado’. ¿Qué es lo que quiere Jesús de nosotros? ¿Qué significa ese Reino de Dios que anuncia y que con su presencia viene a inaugurar? El único Señor es Dios – es el Reino de Dios – pero cuando Dios es el único Señor de nuestra vida, de nada podemos estar esclavizados, porque ese Dios nos ha dado la dignidad de hijos.

No somos siervos, Jesús nos dirá en otro momento que nos llama amigos, pero es como decirnos que nos llama hermanos, porque los amigos y los hermanos son los que se aman. Ahí descubrimos nuestra grandeza, ahí tenemos que descubrir nuestra manera de actuar, ahí reconocemos nuestra gran dignidad. Nada, pues, nos debe esclavizar.

martes, 14 de noviembre de 2017

Somos los hijos que buscamos siempre la gloria del Señor cuando hacemos su voluntad y cuando nuestra vida la convertimos en un servicio para el bien de los demás

Somos los hijos que buscamos siempre la gloria del Señor cuando hacemos su voluntad y cuando nuestra vida la convertimos en un servicio para el bien de los demás

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10
‘Yo soy siempre el tonto, el que siempre tengo que estar pendiente de todo mientras los demás están a la suyas’ Algo así habremos dicho quizá alguna vez o en casa se lo hemos escuchado a la madre cuando en un encuentro, en una reunión familiar allá están todos reunidos, charlando, pasándolo bien, esperando quizás que la comida ya esté lista, mientras nosotros, o como decíamos quizá la madre u otra persona siempre dispuesta al servicio, estamos preocupándonos que todo salga bien, que todo esté a punto.
Creo que entendemos la imagen o el ejemplo que trato de reflejar. Nos sentimos quizá medio de mal humor porque no podemos estar nosotros en la fiesta – digámoslo así, o tenemos la tentación de ello – pero cuando todo termina nos sentimos satisfechos de que todo haya salido bien, que las cosas estén bien preparadas y alguien habrá quizás que nos lo valore o nos lo tenga en cuenta.
En el fondo sentimos la satisfacción del servicio que realizamos, nos lo hemos tomado como una responsabilidad y nos sentimos bien. En nosotros hay con toda seguridad un buen corazón, un buen deseo de ayudar, un espíritu de servicio y lo hacemos por la satisfacción de lo bueno que realizamos y porque nos sentimos felices cuando podemos contribuir a la felicidad de los demás.
¿Por qué hacemos las cosas? ¿esperando quizá una recompensa o una alabanza? Es cierto que nos halaga que nos reconozcan las cosas, pero también en nuestra responsabilidad sabemos ser humildes, para considera que simplemente estamos haciendo lo que teníamos que hacer.
De alguna manera esto es lo que nos quiere decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que nos propone unas imágenes que quizás en nuestro tiempo nos sean más difíciles entenderlas porque al hablar de siervos y de trabajadores habla con el lenguaje y las costumbres de su tiempo. Es cierto también que ante Dios no nos consideramos siervos sino hijos, porque así ha querido El regalarnos con su amor. Somos sus criaturas, porque sabemos que El nos ha creado y la vida la recibimos de El, pero al mismo tiempo sentimos en nosotros la fuerza de su espíritu que nos hace hijos. ‘Mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos, y en verdad lo somos’, que nos decía Juan en sus cartas.
En nuestra humildad nos sentimos pequeños ante Dios, pero en el fondo del corazón sentimos que Dios nos ama y que nos mira no como siervos sino como amigos. Jesús les decía a los discípulos en la última cena que no los llamaba siervos sino amigos, porque les había revelado todo lo que el Padre le había manifestado.
En el fondo de nuestro corazón lo que siempre buscamos es la gloria de Dios. ‘Santificado sea tu nombre’, le decimos cada día cuando rezamos el padrenuestro y eso no es otra cosa que manifestar como queremos siempre la gloria de Dios. ‘Tuyo es el poder y la gloria’, que decimos también en la Eucaristía. Y buscamos la gloria del Señor haciendo su voluntad; y buscamos la gloria del Señor  haciendo que todos puedan conocer su nombre; y buscamos la gloria del Señor cuando buscamos el bien del hombre y nuestra vida se deja conducir siempre por los caminos del amor.