Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta rumiar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rumiar. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de junio de 2026

 


Contemplando el Corazón Inmaculado de María aprendamos de ella a guardar en el corazón para asombrarnos ante las maravillas de Dios

 

Eso no lo olvidaré nunca, lo llevaré siempre guardado  en mi corazón, decimos agradecidos a alguien cuando hemos tenido una experiencia hermosa, esa persona ha hecho algo extraordinario por mi quizás en el momento que más lo necesitaba, más abandonado me sentía, o pasaba por una situación difícil en la vida; no lo olvidaremos, lo llevaremos siempre en el corazón.

Son experiencias cotidianas que podemos vivir por las que nos sentiremos eternamente agradecidos; son, por ejemplo, las experiencias hermosas que las madres guardarán para siempre de sus hijos; aquel detalle que con ella un día tuvieron que pareció insignificante pero donde ellas se sintieron arropadas por el amor del hijo, que podía parecer insignificante pero que tanto significó para ellas; en eso las madres son una expertas, porque igual guardan lágrimas amargas que pasaron quizás en silencio cuando vieron a los suyos en situaciones difíciles en las que quizás poco podían hacer, poco podían ayudar; pero allí estaba la madre detrás en silencio y con lagrimas de amargura en su corazón y eso no lo olvidarán nunca.

¿Por qué me estoy haciendo estas consideraciones? Hoy la liturgia, después de haber celebrado ayer el día del Sagrado corazón de Jesús, nos invita a que miremos al corazón de María. Y precisamente el evangelio de la infancia de Jesús nos deja como unas muletillas ante cuanto iba sucediendo en el entorno de Jesús y que María, con ese asombro ante el misterio pero con una fe confiada y firme, como nos dice el evangelio, ‘todas aquellas cosas las iba guardando en el corazón’.

Hablamos de asombro ante el misterio porque fue cómo ella se vio sorprendida con aquella embajada angélica que le anunciaba que iba a ser la Madre del Señor. Ya nos comenta el evangelista que ante las palabras del ángel María se quedó absorta meditando y rumiando cuanto el ángel del Señor le estaba comunicando. Podrá decir luego que el Señor se había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había realizado obras grandes. ¿Cómo María podía hacerse esa consideración para descubrir las maravillas del Señor en su vida? Porque se dejaba sorprender por el Señor, y rumiaba y meditaba en su corazón cuanto el Señor le iba manifestando.

Será luego en cada acontecimiento, la llegada inesperada de los pastores a la cueva de Belén que contaban por qué habían llegado hasta aquel lugar y las señales del cielo que habían recibido, el cántico de los ángeles que iluminaba el cielo, aquellos magos de oriente que aparecieron venidos de lejos con aquellos regalos del oro, el incienso y la mirra con todo su significado, más tarde cuando Jesús jovencito ya se queda en el templo porque tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, aquel ir creciendo de Jesús no solo en estatura sino en Sabiduría, serán cosas que María irá guardando en su corazón.

Por eso su corazón será tan sensible ante lo que sucede en su entorno; la veremos ir presurosa hasta la montaña, a la casa de Isabel, porque no cayeron en saco roto las palabras del ángel que le hablaban del embarazo de su prima y sabía que allí podía prestar un servicio; María lo guardaba y lo rumiaba en su corazón pero le había ponerse en camino. Es la atención que estará prestando en las bodas de Caná para notar que allí pasaba algo, que allí faltaba el vino para acudir a Jesús, porque allí había que poner un remedio o una solución. ¿No la veremos en silencio al pie de la cruz y cómo guardaría en su corazón cuanto estaba sucediendo?

Comenzábamos comentando cómo ante cosas extraordinarias de las que nos hayamos visto beneficiados decíamos que serían cosas que guardaríamos para siempre en el corazón, pero creo que cuando hoy estamos contemplando el corazón de María convertido en un buzón de amor donde tanto iba guardado algo nos está enseñando para nosotros también aprender a guardar y rumiar en nuestro corazón.

Será ese guardar en el corazón de forma agradecida cuando nos vemos sorprendidos por tantas cosas buenas de las que nos vamos beneficiando en la vida, pero creo que tiene que ser para algo más; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará ver muchas situaciones de una forma distinta, nos tiene que servir para no guardar amarguras pero sí para descubrir caminos de sanación; nos tiene que servir para que se nos abran mas nuestras mentes y nuestro corazón para estar atento a lo que le sucedan a los demás, pero también para encontrar caminos de servicio como hizo María; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará descubrir las maravillas de Dios que se nos manifiestan o que Dios quiere incluso realizar en nuestra vida.

Ese guardar en el corazón significa poner en nuestro corazón a esas personas que queremos, que caminan a nuestro lado, con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida, sean cuales sean las cosas que de ellos recibimos incluso cuando nos sentimos heridos. Como la madre que siempre tendrá en su corazón también al hijo desagradecido pero que una madre siempre llevará en el corazón.

Mucho aprendemos del corazón de Maria. Con ella queremos cantar ese cántico de alabanza y de gratitud a Dios.

jueves, 20 de junio de 2024

Rezar no es cumplir como quien rellena la pagina de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

 


Rezar no es cumplir como quien rellena la página de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Cada vez que me hago una reflexión sobre este texto del evangelio que hoy se nos ofrece me viene a la memoria algo que me contaron en una ocasión. Se trataba de dos personas que andaban enfrentados por problemas de la vida que habían surgido entre ellos y se llevaban muy mal y no había manera de resolverlo. Entonces alguien sabiamente les pidió que si serían capaces de hacer lo que él les iba a decir; ante su respuesta afirmativa les pidió que rezaran juntos, a una voz, pero bien despacio y como comiéndose cada una de sus palabras el padrenuestro. Así, con cierto recelo quizá al principio, comenzaron a hacerlo, pero nos cuentan que antes de terminar con el amen final ambos se estaban dando un abrazo. Se habían ido comiendo y saboreando cada una de las palabras del padrenuestro.

Creo que podemos entender lo primero que nos dice Jesús antes de enseñarnos incluso la pauta del padrenuestro. ‘No uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’ Y es que el padrenuestro no es para utilizarlo como repetición cantarina de muchas palabras. La oración tiene que ser siempre algo que se saborea en lo más profundo de nosotros mismos. No es algo que tenemos que hacer, y cuando digo esto me refiero que no lo tenemos que tomar como una obligación con la que tenemos que cumplir. Cuando simplemente vamos a cumplir, a llenar la página del formulario, no lo saboreamos; quizás queremos terminar lo más pronto posible para salir de ese paso, para salir de ese momento que entonces se nos puede volver agobiante.

Orar tiene que ser saborear en el silencio del corazón la presencia de Dios que es Padre y que nos ama. ¿No es así cómo nos enseñó Jesús que tenía que comenzar nuestra oración? ‘Padre nuestro…’ decimos. Cuando estamos con nuestro padre, y como ejemplo me refiero a nuestro padre de la tierra, nos sentimos a gusto, como niño sentimos la ternura y la seguridad de sus brazos, ya luego nos gozaremos con su presencia constante junto a nosotros que no nos sirve de agobio sino como de estimulo en los caminos de la vida, y quizás de mayores contemplamos una vida junto a nosotros gastándose por nosotros y recordamos sus sabios consejos que se fueron desgranando de sus labios a lo largo de la vida. Y nos gozamos con nuestro padre, y disfrutamos de su ternura, y sentimos su amorosa presencia manifestada en tantas cosas que a lo largo de la vida hizo por nosotros.

‘Padre nuestro…’ le decimos a Dios y cuánto es lo que tenemos que sentir en nuestro corazón. Toda una historia de amor, toda una vida donde nos sentimos regalados con su amor, todo un camino donde Dios siempre está junto a nuestros pasos siendo la luz que ilumina nuestra vida, todo un regalo de amor que experimentamos en su Palabra que siempre nos alienta y nos abre caminos, nos corrige con amor y misericordia pero nos impulsa a seguir yendo más allá porque sentimos que El confía en nosotros y por eso se hace misericordia en nuestra vida.

Y esto no son palabras repetidas a la carrera, esto lo vivimos en el silencio del corazón sintiendo el gozo de su amor de padre. Lo demás que nos pone Jesús como pauta saldrá luego casi como de forma espontánea. Tenemos la seguridad de su presencia, de su gracia, de su perdón y de su paz. Nos sentiremos confiados por el Dios que alimenta a las aves del cielo y hace florecer la flor de nuestros campos, no va a ser el Padre que olvide y abandone a sus hijos. Problemas, luchas, necesidades, esfuerzos en el camino, deseos de superación con el amor de Dios a nuestro lado tenemos la seguridad en nuestro camino de que no nos faltará nunca la gracia, la presencia de Dios.

Saboreemos el gozo de estar en su presencia, el tiempo se volverá eternidad y envueltos en su amor sentiremos la más hondo felicidad en nuestro corazón. Mastiquemos hasta saborearlo en lo más profundo el padrenuestro que nos enseñó Jesús.

jueves, 7 de diciembre de 2023

No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

 


No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Muchas veces tenemos la tentación de disimular en bonitas fachadas o apariencias la debilidad y la inestabilidad que hay en el interior. Muchas veces nos puede suceder, incluso como una reacción a nuestra propia debilidad, a nuestras propias deficiencias; no queremos que nos noten débiles, que lleguen a descubrir donde están nuestros talones de Aquiles, por donde todo se nos podría venir abajo. Y nos rodeamos de oropeles, nos envolvemos de apariencias; queremos aparentar que somos fuertes, mientras en nuestro interior no tenemos la más mínima voluntad para superarnos; nos envolvemos con bonitas palabras que tomamos de aquí o de allá, pero no dejar traslucir nuestra falta de sabiduría y nuestra ignorancia. Un edificio que hacemos muy rocambolesco por fuera, pero que dentro no nos sirve para nada, ni tiene la fortaleza suficiente para mantenerse en pie frente al más mínimo vendaval. Es la inmadurez, la superficialidad en la que muchas veces asentamos la vida.

Y lo malo además sería que estuviéramos construyendo una sociedad que solo sea fachada. Nos preocupamos mucho de cosas que llamen la atención, que encandilen a la gente, que contente a la mayoría haciéndole olvidar quizás otros valores que necesita la sociedad u otras carencias de las que nos queremos ser conscientes. Terrible una sociedad sin fundamentos, sin valores, sin verdadera madurez, porque solo buscamos la superficialidad, el pasarlo bien de la manera más fácil, el mínimo esfuerzo, el que todo nos lo den hecho. Se tambalea nuestra sociedad por la falta de valores; se tambalea nuestra sociedad edificada superficialmente y para contentar a los que rehuyen el esfuerzo y la auténtica responsabilidad.

Y cuidado que los cristianos nos dejemos arrastrar por esos cánticos de sirena, caigamos también en esas redes de superficialidad. Tenemos que dar la talla, mostrar esos verdaderos valores que guían nuestra vida y por lo que estamos dispuestos a darlo todo porque queremos darle profundidad y madurez a nuestra vida. Tenemos que ser ejemplo de responsabilidad, de confianza, creando cauces con nuestro ejemplo y nuestro testimonio de ese rumbo nuevo que tenemos que darle a la vida.

Hoy nos previene Jesús. No quiere que edifiquemos nuestra vida sobre arena, no quiere que nos quedemos en apariencias, quiere que vayamos a lo más hondo, a lo más profundo. Claro que buscar un cimiento que esté bien fundamentado en la roca nos exige esfuerzo, no es ir a lo que salga, sino que tenemos que ahondar, profundizar hasta encontrar esa roca firme sobre la que edificar y poner buenos fundamentos.

Nos habla Jesús de la Palabra de Dios, verdadera sabiduría de nuestra vida. ¿Dónde mejor buscar esa sabiduría sino en el Dios que nos ha creado para poder encontrar ese verdadero sentido de nuestra vida? De ahí la atención con que hemos de escuchar a Dios, profundizar en su Palabra. No basta oírla como palabras que se lleva el viento. Es necesario escuchar y para escuchar hay que prestar atención, abrir los oídos de nuestro interior, masticar en la reflexión esa Palabra que escuchamos para poder traducirla luego en las obras de nuestra vida. Cuidado seamos superficiales en la escucha de la Palabra de Dios. Nos creemos que nos la sabemos y no llegamos a descubrir lo que aquí y ahora, en este momento y en esta situación de mi vida, Dios quiere decirme, Dios quiere revelarme.

No podemos hacer como con tantas cosas en la vida que siempre vamos a la carrera; a la carrera no podemos ir a escuchar la Palabra de Dios, busquemos serenidad en el espíritu, hagamos silencio interior para que nada nos distraiga ni nos disperse, dejemos que cale hondo en nosotros, aunque haya palabras que nos hieran en las fibras más íntimas de nosotros mismos, porque es señal de que hay algo enfermo que tenemos que curar.

sábado, 6 de mayo de 2023

Tenemos que detenernos de nuestras carreras porque a la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón

 


Tenemos que detenernos de nuestras carreras porque a la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón

Hechos 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

¿Conoceremos de verdad a una persona después de mucho tiempo que estemos conviviendo, por ejemplo, con ella? Normalmente nos decimos que conocemos a las personas después de que llevemos un tiempo tratando con ellas, y normalmente muy ufanos solemos presumir del conocimiento que tenemos de los demás. Pero no es tarea fácil, solamente desde lo que vemos externamente no podemos llegar a ese conocimiento hondo, pues dentro de cada cual hay como un misterio de la propia personalidad que intentamos no dejar entrever, que mantenemos en nuestro yo, y solo a quien con confianza tratemos iremos desvelando es yo secreto que todos mantenemos. Claro que nos daremos a conocer en la medida en que vaya creciendo la amistad y la confianza, y en consecuencia vayamos abriendo totalmente el corazón.

Los discípulos que con más cercanía estaban con Jesús, aquel grupo que El había escogido de manera especial, ¿llegarían en verdad a conocer a Jesús? A ellos se les revelaba de manera especial, testigos fueron de muchas cosas de la vida de Jesús que los demás no llegaban a conocer, vemos que en ocasiones se los llevaba a lugares apartados donde estar a solas con ellos, y en los caminos muchas veces a ellos les hablaba con una mayor cercanía. Pero vemos hoy en el evangelio que todavía hacen preguntas que manifiestan que no conocen a Jesús. Por eso les dirá. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conocéis?

Será después de la resurrección cuando nos dirá el evangelista que les dio el don del Espíritu y les abrió la inteligencia para que entendieran las escrituras. Los pasajes que estos días estamos escuchando forman parte de aquella larga e intima conversación de despedida después de la cena pascual, donde Jesús va desnudando más y más su corazón para que realmente le conozcan.

Algunas veces nos atrevemos a pensar qué lentos y cortos de inteligencia eran para no comprender lo que Jesús les iba revelando. Dejemos que la Escritura en algún momento hable así de lo que les costaba entender las palabras de Jesús, no entremos en juicio, porque el primero tendríamos que hacérnoslo a nosotros mismos. ¿En verdad conocemos a Jesús? ¿No tendrá que decirnos Jesús que tanto tiempo con nosotros y aun no le conocemos?

No es cuestión de tirarnos piedras los unos a los otros con nuestras acusaciones si nosotros somos o no más torpes que los discípulos que allí estaban al lado de Jesús y tanto les costaba entenderle, escucharle profundamente, empañarse de lo que era Jesús, porque es cosa que a nosotros nos sigue sucediendo. Necesitamos escuchar de verdad a Jesús, abrir nuestro corazón, dejarnos conducir por su Espíritu.

Y es que muchas veces podemos oír muchas cosas, pero escuchar lo hacemos menos. Tenemos que abrir las sintonías del alma, tenemos que aislarnos de muchos estridencias que nos aturden y nos distraen. Tenemos que saber hacer ese silencio interior cuando vamos a escuchar la Palabra de Dios. Llevamos tantas cosas en la cabeza, tenemos el corazón llenos de tantos ruidos y turbulencias que no dejamos sitio a la Palabra de Dios.

Tenemos que detenernos de nuestras carreras. A la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón. No tengamos prisa cuando estamos escuchando la Palabra, no pasemos inmediatamente a otra cosa, detente, haz silencio, escucha, quédate rumiando aquella Palabra que escuchaste, repásala una y otra vez no solo por tu mente sino por tu corazón, paladéala con amor, no le temas, déjate sorprender, siémbrala en lo más hondo de tu corazón. Conocerás a Jesús, conocerás a Dios y aprenderás también a conocerte a ti mismo.

 

sábado, 8 de octubre de 2022

Una alabanza a María que se convierte en un camino para escuchar, para saborear, y para hacer vida en nosotros la Palabra de Dios

 


Una alabanza a María que se convierte en un camino para escuchar, para saborear, y para hacer vida en nosotros la Palabra de Dios

Gálatas 3, 22-29; Sal 104; Lucas 11, 27-28

El que escucha, saborea; y el que saborea, sabrá sacar no solo todo el sabor sino también todos los nutrientes que hayamos asimilado.

Donde quiera que estemos llegarán multitud de sonidos variados a nuestros oídos, pero habrá que escuchar, habrá que detenerse para distinguir y para saborear esos sonidos; estamos en el campo o en la montaña, una variedad de sonidos nos envuelve aunque nos parezca estar en silencio, lo suave brisa que mece las ramas de los árboles, el sonido que nos llega lejano de cosas que suceden a nuestro alrededor, el trinar de los pajarillos o el volar de un insecto que salta de planta en planta en nuestro entorno; al principio no los distinguiremos, pero si prestamos atención podremos ir escuchando cada uno de esos sonidos y entonces podremos saborearlos, alegrarnos con el trino de los pajarillos, u observar esa abeja que va libando de flor en flor, disfrutaremos de los sonidos, los estamos escuchando, estamos saboreando la belleza de lo que nos rodea que no solo nos entra por los ojos sino por todos los sentidos. Qué bello es escuchar, aunque no siempre prestamos atención, pero cuando lo hacemos estaremos recibiendo una riqueza grande en nuestro interior.

Pero no nos estamos haciendo estas consideraciones para aprender a escuchar la naturaleza, aunque también tendríamos que hacerlo. Hoy se nos habla de escucha, y algunas veces no le damos la importancia suficiente y necesaria a esta palabra. Pasamos de largo por ella sin disfrutarla de verdad.

La ocasión nos la ofrece el que de entre la gente que entusiasmada escucha a Jesús una mujer, de quien no sabemos su nombre, prorrumpe en una alabanza a la madre de Jesús. ¡Dichosa madre!, dice aquella mujer expresando el orgullo que tendría que sentir María, la madre de Jesús, por tal hijo. Lo escuchamos muchas veces en la vida; contemplamos a alguien que vale mucho, que está realizando grandes cosas, y pensamos en la madre, lo orgullosa que tendría que sentirse de su hijo. Por eso aquella mujer grita a pleno pulmón entre la gente. ¡Dichosa la madre que te parió!, dicho con lenguaje cercano y popular saltándonos todos los miramientos. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’.

Pero Jesús tiene una réplica que hacer. No es que no acepte esa alabanza a su madre, pero quiere decirnos algo más, en lo que su madre también es orgullo para nosotros, es para nosotros modelo y ejemplo. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.  Es que alguien también puede ser bienaventurado como Madre, alguien puede ser también dichoso como María. Y será hacer lo que ella hizo.

‘Los que escuchan y cumplen’. No era cuestión solo de oír, muchos estaban también aquel día oyendo las enseñanzas de Jesús, pero El quiere que hagamos algo más, que escuchemos.

Escuchar, prestar atención, saborear. Porque tiene su jugo, porque es algo que nos alimenta, porque es algo del que tenemos que sacarle todos los nutrientes. Tenemos que saborear, porque el que saborea le coge gusto, se llena de su sabor, está asimilando ya desde lo más profundo, está haciéndola vida propia, está plantándola en su corazón, está llevándola a la vida. Es lo que tenemos que hacer, es lo que tenemos que vivir. Así se hará vida en nosotros.

María lo hizo, porque eso será capaz de decir que allí está humilde como una esclava en las manos de su Señor, para que en ella se cumpla lo que es esa Palabra del Señor. Estas palabras de Jesús son también una alabanza a la Madre, una alabanza a María, pero es también señalarnos un camino, una manera de escuchar, de saborear, de hacer vida en nuestra vida la Palabra de Dios.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida



Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27
Es duro y es triste que continuamente estemos oyendo sonidos que llegan a nuestros oídos, pero poco escuchemos y poco entendamos de lo que se nos dice. Es uno de los problemas que van apareciendo en aquellos cuyos oídos van perdiendo la sensibilidad para escuchar. No pueden estar en un ambiente ruidoso porque los sonidos se confunden en sus oídos y en su mente y poco podrán entender de lo que se les dice. Por eso diferenciamos entre oír y escuchar, porque la escucha necesita una mayor atención y una mejor sensibilidad.
Pero si estamos hablando de uno de esos problemas, llamémoslo fisiológicos, que nos van apareciendo en la vida, por el contrario tenemos que reconocer que aunque tengamos los oídos con la sensibilidad suficiente, sin embargo en la vida vamos muchas veces como sordos; vamos a lo nuestro y no prestamos atención, escuchamos aquello que nos interesa, vamos descartando pensamientos e ideas que pudieran ser una interpelación dentro de nosotros para llevarnos a cosas de mayor profundidad. Muchas veces vamos por la vida con mucha superficialidad y nos vamos haciendo un mundo ficticio, irreal, superficial, lleno de sueños y de pocas realidades que centren de verdad nuestra vida.
Nos sucede en nuestras mutuas relaciones en que poco nos escuchamos y quizá demasiado nos enfrentamos sin conocer realmente el pensamiento del que tenemos enfrente o a nuestro lado. Nos dejamos seducir y arrastrar por prejuicios que tengamos nosotros mismos, que nacen la mayoría de las veces de un desconocimiento, o por lo que puedan influir otros en nosotros. Vamos de flor en flor seducidos por colores llamativos pero no buscando aquella flor que nos puede dar un fruto hermoso para la vida.
De eso se vale la publicidad para inducirnos a coger unos productos o para llevarnos según unos intereses determinados, pero también muchas veces dirigentes interesados para hacernos ver sus ideas o su política llena de falacias y de tópicos. Así nos va en la vida, así van los derroteros de nuestra sociedad.
Necesitamos ser más críticos, pero para eso tenemos que darle una mayor profundidad a la vida, para eso tenemos que aprender también a escuchar y escuchar con deseos de aprender pero también con un sentido critico ante lo que se nos pueda ofrecer.
La persona madura ha sabido ir cultivando estos valores en si mismo. La persona madura es reflexiva, sabe escuchar y sabe discernir, tiene la curiosidad de la búsqueda porque siempre aspira a algo más y mejor, pero tiene el valor de ir rumiando todo cuanto va llegando a su mente o a su corazón para encontrar el jugo bueno que puede alimentar bien su vida.
Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra de Dios, que quiere ir sembrando de forma honda en su corazón para que tenga buenas raíces como cimientos de su vida. Un árbol bien enraizado es más difícil que el viento lo arranque o se lo lleve, se verá zarandeado por las tormentas, pero permanece firme y pronto reverdece después de la pérdida de sus hojas o sus ramas. Es lo que necesitamos ser los cristianos que nos vemos sometidos a muchas tormentas en la vida y que no nos queremos quedar en palabras bonitas o palabras de una emoción pasajera que serán flor de un día. Es el cristiano que da frutos y que contagia con su vida a cuantos le rodean porque siempre será un interrogante y una interpelación para los demás.
Hoy nos habla Jesús de edificar la casa sobre roca, no sobre arena. Ya sabemos cómo tenemos que hacer.

lunes, 7 de octubre de 2019

Como el hijo que se coge de la mano de su madre cuando rezamos el rosario nos dejamos llevar por Maria para rumiar todo el misterio de Cristo y su salvación





Como el hijo que se coge de la mano de su madre cuando rezamos el rosario nos dejamos llevar por Maria para rumiar todo el misterio de Cristo y su salvación


Zacarías 2,14-17; Sal. Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38
Aquellas cosas hermosas y bellas que queremos recordar las guardamos en el corazón porque muchas veces queremos traerlas de nuevo al recuerdo para rumiarlas y saborearlas una y otra veas porque eso anima nuestra vida frente a las oscuridades con que nos vamos encontrando. Pero también aquellos sucesos que quizás nos hicieron sufrir, que nos hicieron pasar por momentos amargos, que pudieron suponer un fracaso o una derrota también los guardamos no para mantener resentimientos y amarguras, sino para saber sacar el provecho de una enseñanza, de una lección para nuestra vida o para aprender como el amor pueden vencer lo que nos pueda parecer una derrota.
Es la riqueza maravillosa que atesoramos en nuestro corazón que vale mucho más que las riquezas materiales que se convierten para nosotros en oropeles de fantasía pero que no dan ninguna riqueza a nuestro espíritu. Mucho tendríamos que aprender a valorar y degustar toda esa riqueza espiritual que llevamos dentro de nosotros desde lo que hemos vivido y experimentado.
El evangelio nos repite en varias ocasiones que ante aquellos acontecimientos que se iban sucediendo en torno al nacimiento de Jesús y su infancia Maria guardaba todas aquellas cosas en su corazón. Era el tesoro de su amor y del amor de Dios que ella iba experimentando también en si misma. Guardaba en su corazón y rumiaba una y otra vez porque así admiraba las maravillas que el Señor iba realizando en ella y a través de ella para beneficio y salvación de toda la humanidad.
He querido recordar esto, partiendo también de esa experiencia de nuestra vida de cuantas cosas guardamos en el corazón en esta fiesta de la Virgen del Rosario. Una fiesta muy hermosa de Maria que nos habla del valor de la oración y del triunfo también que podemos obtener en nuestra vida con la oración y con la intercesión de Maria. Una fiesta que nació desde aquella victoria de Lepanto que el pueblo cristiano supo ver como un triunfo de Maria, por cuanto a ella le habían pedido tan intensamente para verse liberados del poder otomano que hubiera cambiado los rumbos de la historia de Europa.
Es el triunfo, podríamos decir, del Rosario, que daría nombre a esa Advocación de María y que nos enseña una hermosa oración que con María podemos realizar y de Maria podemos aprender.
Podríamos decir que rezar el rosario, ese desgranar de cincuenta avemarías de saludo y oración a Maria, es repetir lo que el evangelio nos dice que ella misma hizo. Guardaba todas aquellas cosas en su corazón rumiándolas una y otra vez. Eso es lo que hacemos al rezar el rosario; esos ‘misterios’ son algo más que un título a cada decena del rosario.
Es un ir rumiando en nuestro corazón al unísono con Maria ese misterio de Cristo; es una invitación a que mientras desgranamos esos piropos a Maria que es la oración del Avemaría vayamos meditando ese misterio de Cristo, vayamos rumiando en nuestro interior reviviendo incluso con nuestra imaginación ese momento de la vida de Cristo que recordamos; es un ir rumiando al unísono, repito, con Maria todo ese misterio de nuestra salvación; es un ir empapándonos de evangelio, que es empaparnos de gracia, que es empaparnos de Dios. Es la forma verdadera del rezo del rosario.
Ahí vamos poniendo nuestra vida, con lo mejor de nosotros, con las lecciones aprendidas desde todo lo que nos ha sucedido, pero lo hacemos en un verdadero espíritu de fe dejándonos inundar del misterio de Cristo; y de mano de quien mejor lo podemos hacer que de manos de María, la que estaba empapada de Dios, la llena de gracia, pero la que quería cada día más llenarse de Dios rumiando también cuanto lo había sucedido en orden al misterio de nuestra salvación.
Es una manera de leer, y hacerlo de una manera viva, el evangelio para así llenarnos del mensaje de Jesús, para así empaparnos de sus valores y poder resplandecer con todas las virtudes que han de brillar en la vida de un cristiano. Y lo hacemos de mano de Maria, dejándonos llevar como el hijo que se coge de la mano de su madre y por ella se deja conducir.

lunes, 13 de agosto de 2018

Hay momentos en la vida que tenemos que vivirlos con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para llegar a encontrar su sabor y su sabiduría


Hay momentos en la vida que tenemos que vivirlos con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para llegar a encontrar su sabor y su sabiduría

Ezequiel 1,2-5.24–2,1ª; Sal 148; Mateo 17,22-27

Nos llega la noticia de que alguien a quien nosotros apreciamos mucho las cosas no le van bien, ya porque se haya visto envuelto en problemas y situaciones difíciles, ya porque la enfermedad le está afectando a él o a uno de los suyos, ya fuera cualquier otra cosa desagradable que le pueda suceder y nos sentimos preocupados, desearíamos poder tener más noticias o poner de nuestra parte lo que sea para ayudarle, y cuando nada podemos hacer nuestra preocupación se trastoca en tristeza, en cierta desolación y hasta angustia por lo que le pasa a nuestro amigo o ser querido.
Puede ser la tristeza que sintamos ante la despedida ante una marcha inminente que se nos anuncia; hay traumas que se quedan gravadas en el alma y que son difíciles de superar por esas despedidas que quizá en la niñez sufrimos en nuestros seres queridos; son cosas que vivimos duramente en nuestra tierra, por ejemplo, en aquellos años difíciles en que nuestros padres o nuestros hermanos mayores tenían que emigrar – en nuestra tierra la emigración era a América – con la incertidumbre de lo que se podían encontrar aunque fueran queriendo buscar mejor vida.
¿Qué hacemos? Quisiéramos mostrarle nuestra solidaridad; quisiéramos estar a su lado aunque no tengamos palabras con lo que consolarle, sentiríamos la necesidad de la cercanía y buscar la forma de manifestarle nuestro afecto y hacernos uno con él en su situación. Quizá nos refugiamos en nuestra soledad llorando calladamente nuestra pena porque no siempre tenemos con quien compartirlo y lo pueda comprender. Pero también podríamos preguntarnos qué hacer cuando nos encontramos a alguien que está pasando una situación de tristeza semejante. Puede ser que vayamos pasando por la vida veamos alguien triste a nuestro lado y sigamos nuestro camino como si eso no nos compitiera también a nosotros.
Es la situación que pasan los discípulos cuando Jesús hace los anuncios de la pascua y de la pasión. No comprenden nada, quieren quitarle esas ideas de la cabeza a Jesús porque eso no le puede pasar, se ponen tristes en su incomprensión y su impotencia. Pero era la Pascua que Jesús y la Pascua en la que ellos iban a verse también implicados.
¿No será una manera de pascua aquellas situaciones de las que comenzamos hablando y las que tenemos que asumir en nuestra vida dándole un sentido?
A los discípulos les costó comprender lo que le iba a pasar a Jesús y solo lo comenzaron a comprender después de la resurrección y de la presencia del Espíritu en sus corazones. Encontrar un sentido al dolor y al sufrimiento es algo que nos cuesta mucho. No queremos aceptar el dolor en nuestra vida. Justo es que queramos ser felices y que todo marche bien. Pero también para nuestras limitaciones, nuestro dolor, nuestras impotencias, las debilidades y problemas que tenemos que afrontar en la vida hemos de saber encontrar un sentido.
Solo desde la cruz de Jesús, desde su pascua, podremos encontrarle verdadero sentido. No es un sufrimiento masoquista el que tenemos que soportar y asumir; hemos de saber convertirlo en una ofrenda, pero también es un libro abierto que nos enseña mucho en la vida para que le demos valor a lo que verdaderamente lo tiene. Hemos de entender también aquello que no hace mucho hemos meditado del grano de triga enterrado o triturado para dar una nueva vida. Un nuevo pan o una nueva espiga.
Mucho nos queda que meditar en estos aspectos. Mucho nos queda por hacer también en nuestra relación con los que están en la vida pasando por situaciones así. Hemos de aprender a vivir la vida con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para aprender a saborearlo y llenarnos de verdadera sabiduría.