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martes, 25 de agosto de 2026

De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

 


De nada nos vale un oloroso perfume que nos pongamos externamente si dejamos que nuestro corazón lleva el desagradable olor de la maldad

2 Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Y aun seguimos viviendo en un mundo de apariencias; y no me quiero referir solo a las vanidades de la vida que manifestamos con nuestros lujos por una parte, pensando que nuestros ostentosos vestidos son los que nos dan verdadero prestigio, sino quiero pensar más en la falsedad con que aparentamos una bondad que no tenemos, una rectitud que se queda solo en el cumplimiento de unas normas sino saber encontrar su sentido más hondo, o el ocultamiento de los verdaderos sentimientos que tenemos dentro de nosotros bien lejanos de una bondad y de una auténtica cercanía de amor y amistad.

Es lo que hoy Jesús en el evangelio quiere denunciar de nuestra vida, o mejor, las actitudes nuevas que hemos de vivir con autenticidad y con una vida congruente. Porque decir lo bueno que hay que hacer en cierto modo es fácil y de eso es capaz todo el mundo, pero hacer que esa bondad abunde en nuestro corazón que luego se refleje en unas actitudes y en una manera de actuar es algo bien distinto.

Por eso Jesús los llama hipócritas, esa palabra que nos habla de una doble cara; era la careta que se ponían los actores en el teatro para poder representar a un personaje. Era esa apariencia que el actor tenía que dar para poder caracterizar al personaje. Las caretas con las que ahora nosotros quizás queremos representarnos es la de cumplidores y la de personas buenas, pero ¿dónde está nuestro corazón? ¿Qué es lo que realmente sentimos por dentro? ¿Cuál es, por ejemplo, la malquerencia que ocultamos detrás de una sonrisa? ¿Queda algo profundo dentro de nosotros tras esa religiosidad que vivimos quizás solamente por seguir unas tradiciones o porque queda bonito el que nos presentemos así con esos signos religiosos externos cuando quizás nuestro corazón está muy lejos de Dios?

Como les dice hoy Jesús a los fariseos ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad …!’ Es lo que nos tiene que hacer pensar. Nos es en cierto modo decir que somos muy creyentes y muy cristianos porque quizás aun mantenemos unas costumbres y tradiciones en su origen fruto de una religiosidad profunda, expresión de unos sentimientos cristianos, pero quizás luego nuestros valores, las cosas que marcan el sentido que le hemos dado a nuestra vida están muy lejos de lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

¿Reflejamos de verdad ese amor cristiano, ese amor con el sentido que nos enseña Jesús en lo que hacemos o lo que son nuestras relaciones con los demás? Seguimos discriminando y poniendo distancias con aquellos que no nos caen bien, mantenemos el resentimiento y hasta el odio en el corazón dejándonos de hablar por cualquier cosa por la que nos hayamos sentido heridos, somos incapaces de ser misericordiosos y compasivos con los demás ofreciendo generosamente el perdón, actuamos desde la ambición o desde la envidia para destruir cuanto de bueno puedan hacer los demás. Y esto son cosas que suceden cada día en esta sociedad donde decimos que todos somos cristianos y luego hasta hacemos grandes fiestas al ‘Cristo’ de nuestra devoción, a la Virgen o al patrono de nuestros pueblos. Tras esas fiestas, por ejemplo, ¿donde florecen los valores y las actitudes cristianas?

Porque cuando leemos un evangelio como el de hoy quizás nos preguntamos por qué los fariseos actuaban como actuaban y ya tenemos preparado nuestro juicio de condena. Pero, ¿no nos pareceremos de alguna manera nosotros a ellos porque también vamos actuando con esa doble vida? Es cierto que somos humanos y siempre en nosotros hay debilidades, pero lo humano y valiente es reconocer nuestra debilidad pero querer dejarnos transformar por unas buenas y nuevas actitudes.

Por eso termina hoy pidiéndonos Jesús que limpiemos el corazón por dentro. No dejemos nunca que la maldad, sea la que sea, se enroque dentro de nuestro corazón. Esa apariencia sería como la del que se pone olorosos perfumes, pero su cuerpo sigue sucio y lleno de desagradable sudor. Como nos dirá en otro momento, eso es lo que verdaderamente nos hace impuros.


martes, 26 de agosto de 2025

Olvidáis el derecho, la compasión y la fidelidad…Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo transformará nuestra vida?

 


Olvidáis el derecho, la compasión y la fidelidad…Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo transformará nuestra vida?

1Tesalonicenses 2, 1-8; Salmo 138; Mateo 23, 23-26

La verdad que son geniales las palabras de Jesús, sus imágenes y comparaciones; parábolas y alegorías que nos hacen entender el mensaje; frases lapidarias, podríamos decir, que nos impactan y nos hacen ir más allá de lo que es la literalidad de las palabras en sí mismas. ‘Coláis el mosquito y os tragáis el camello’, les dice hoy a los fariseos y maestros de la ley. Muy preocupados de lo que llamaríamos pijadas pero de las cosas grandes e importantes ni fijarnos en ellas. El mosquito se puede atragantar en tu garganta pero eres capaz de tragarte un camello entero.

Hablábamos de la literalidad de las palabras y no saberlas interpretar, no comprender lo que con ellas se nos quiere decir. muchas veces no es que no entendamos, es que nos resulta más fácil o más cómodo quedarse en esa literalidad que al final poco me compromete, pero no queremos entender, no queremos aceptar aquello que desde lo más hondo nos va a comprometer. Eso significa también el no ser auténticos en la vida, quedarnos en las apariencias, ir por lo más fácil, evitar lo que me pueda comprometer.

Es lo que les está echando en cara Jesús a aquellos dirigentes sociales de su época. Claro que tenemos que apretarnos el cinturón y pensar lo que con eso nos quiere decir hoy Jesús a nosotros, a nuestra sociedad, a nuestro mundo, ese mundo que estamos construyendo. ¿Qué fundamentos le estamos poniendo? ¿Cuáles son los valores que como verdaderos cimientos estamos poniendo en la vida? Cuando las piedras que ponemos en los cimientos no sirven porque pronto pierden la fuerza y la solidez que han de, el edificio se nos puede venir abajo. ¿Nos podrá suceder esto en nuestra sociedad en la superficialidad que estamos dejando introducir en nuestra vida y en nuestras costumbres?

Jesús les denuncia que se queden en esa superficialidad, en esas minucias de pagar impuestos simplemente por esas plantas aromáticas, pero que no sean capaces de comprometerse hacer que la vida de todos sea más digna, que haya más humanidad y más comprensión en las relaciones entre unos y otros, que se tenga un corazón verdaderamente compasivo y lleno de ternura y de misericordia, de darle más autenticidad a la vida siendo fieles a lo que de verdad se tiene que ser fiel, ya sea en nuestra relación con Dios ya sea en nuestras relaciones humanas, en el matrimonio, en las familias, entre los que son cercanos por amistad o por vecindad. ¿Qué será de verdad lo más importante?

Pero como decíamos la denuncia de Jesús no es solo para aquellas gentes sino que nos llega a nosotros. Podemos verlo como un toque de atención para nuestra sociedad en general donde estamos llamados a hacer una proclamación e esa verdad que auténticamente va a traer la salvación del hombre, pero tenemos que verlo como dirigida muy directamente a nosotros, los que nos llamamos sus seguidores, cristianos, que decimos que en Él hemos puesto nuestra fe. ¿Cuáles son esos verdaderos valores sobre los que estamos fundamentando nuestra vida? ¿En qué buscamos la plenitud y felicidad para nuestras vidas?

Podemos andar también con muchas superficialidades, con valores que no son permanentes, podemos seguir pensando en eso de pasárselo bien sea como sea que son cuatro días los que vivimos, podemos estar dejándonos contagiar por esa filosofía del mundo, podemos estar olvidando los verdaderos valores que Jesús nos transmite en su evangelio. ¿Por dónde andamos? ¿Sentiremos como se corroen y se destruyen esos cimientos que hemos puesto bajo nuestros pies y de alguna manera el edificio se nos viene abajo? ¿No será señal de ese vacío en que tantas veces nos encontramos?

‘Olvidais el derecho, la compasión y la fidelidad’, nos dice Jesús. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato mientras por dentro rebosáis de maldad…’ ¿Qué es lo que verdaderamente tenemos que transformar en nuestra vida?


martes, 27 de agosto de 2024

Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

 


Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Las cosas las vemos según las perspectivas que tengamos, o como solemos decir también, las vemos según el color del cristal a través del cual miramos, o tenemos unos criterios según la educación que hayamos recibido o quizás también de las cosas que nos hayan sucedido en la vida que de alguna manera marcan nuestro actuar o nuestra manera de ver las cosas; podemos tener la tendencia de querer liberalizarlo todo de manera que al final todo lo volvemos relativo, o por esas circunstancias que mencionábamos nos hemos endurecido de manera que queremos como ponerle un corsé a las cosas. Nos lleva a una disparidad de criterios, nos puede llevar a enfrentamientos y controversias, nos puede llevar a encasquillarnos en determinadas posturas de las que nos es difícil salirnos.

No pretendo justificar nada, sino de alguna manera respetuosamente constatar esa diversidad, y tratar de comprender también esa variedad de opiniones y criterios que según en qué vamos tomando en la vida; lo que en principio tendría que ser enriquecedor si supiéramos escucharnos y respetar y valorar lo bueno que veamos en los demás, nos lleva muchas veces a un no entendimiento que nos enfrenta. Veamos lo que sucede en nuestra sociedad en donde en lugar de contribuir cada uno desde su lado al bien común, nos conduce a descalificaciones y enemistades.

Es la situación que podemos descubrir a través del evangelio en el pueblo judío que de alguna manera se sentían únicos y distintos en el planteamiento religioso que hacían de su vida y de su historia, que de alguna manera podía llevar a algunos a estar como a la defensiva frente a los pueblos que los circundaban y la cultura que desde el mundo heleno y romano también pretendían imponerle. De alguna manera podemos comprender esa reacción defensiva y en cerrazón de algunos grupos que influían en el pueblo judío de la época. El evangelio nos habla de saduceos y de fariseos, como también estaban los herodianos o aquellos zelotes que luchaban incluso de forma violenta contra la imposición de los romanos que los dominaban políticamente.

Pero entre los dirigentes del pueblo en aquel momento predominaban con fuerza no solo los saduceos sino también los fariseos, que desde un fanatismo religioso de rigorismo pretendían imponer al pueblo una manera de entender las cosas que se alejaban muchas veces del espíritu de la Ley de Moisés que ellos precisamente pretendían defender; los veremos con frecuencia enfrentados a Jesús porque no terminaban de entender su mensaje y porque además Jesús se mostraba muy crítico con ellos. Es lo que estamos escuchando en el evangelio en estos días. Había un exceso de vanidad y de hipocresía, que es lo que Jesús viene denunciándoles porque muchas veces rayaban la superficialidad poniendo el acento en un rigor que le quitaba alma a sus vidas.

‘Pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad’, les dice claramente Jesús como hoy le escuchamos. Rigorismo frente a la verdadera grandeza de corazón que se ha de manifestar en el espíritu de servicio, en la generosidad y en el desprendimiento que nace del amor. Y les habla de cómo quieren mantener las apariencias, mientras el corazón está lleno de podredumbre y de muerte. ‘Limpias el plato o el vaso por fuera, mientras dentro está lleno de suciedad’.

Algunas veces pasamos nosotros por situaciones, por actitudes semejantes, influenciados por muchas circunstancias que nos pueden llevar a un formalismo ritual en aquello que hacemos, pero al mismo tiempo a una sequedad del corazón. O nos volvemos intransigentes o todo nos lo permitimos; o nos quedamos en un inmovilismo que nos paraliza, o queremos estar innovando siempre dejándonos llevar por los vientos de la vida perdiendo el verdadero norte de nuestra existencia; o pensamos que siempre los tiempos pasados fueron mejor, o queremos rechazar la memoria y la tradición de la vida porque siempre la consideramos inservible.

Nos pasa en los caminos de la sociedad; nos pasa en el interior de la Iglesia; nos pasa en nuestro propio interior cuando nos quedamos en la superficialidad; nos pasa en las interpretaciones que nos hacemos donde perdemos el sentido de la ética y de unos profundos criterios morales que hemos de fundamentar en el evangelio.

¿Por donde realmente andaremos? ¿Cuál es la profundidad de sentido que le damos a la vida, a lo que hacemos y vivimos?

 

martes, 25 de agosto de 2020

Autenticidad, sinceridad y verdad es lo que tiene que resplandecer en nosotros para hacer brillar la profunda espiritualidad que anima nuestra vida

 

Autenticidad, sinceridad y verdad es lo que tiene que resplandecer en nosotros para hacer brillar la profunda espiritualidad que anima nuestra vida

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Sal 95; Mateo 23, 23-26

Hoy cuidamos mucho la apariencia. Para eso tenemos hasta asesores de imagen; quien nos va a decir cómo tenemos que ponernos, la sonrisa que llevemos en nuestros labios, el lado mejor de la cara que nos va a dar mejor imagen; cualquier figura pública que se precie tiene a su alrededor esos asesores que le van a decir hasta el más mínimo detalle con el que han de manifestarse si quieren conseguir las metas que se proponen, ya sea un lugar destacado en la sociedad, un cargo o lugar público de influencia en esa sociedad, o el camino del poder que poco menos que los haga amos del mundo.

Pero y detrás de todo eso ¿qué queda? ¿Dónde están las ideas y los pensamientos? ¿Dónde queda la personalidad del individuo? ¿Qué es lo que hay en el fondo que define de verdad a la persona? ¿Todo es fachada y apariencia? Como las tramoyas de cartón piedra que nos querían reflejar el mundo antiguo y los grandes monumentos en las ‘películas de romanos’ que veíamos en otros tiempos. Claro que todo sigue siendo tramoya y escenificación, todo siguen siendo efectos especiales que nos transportan a otro mundo y nos alejan de la realidad.

Pero ni venimos a hablar de películas, ni venimos a hablar de esos personajes públicos que necesitan esos asesores de imagen. Pero nos vale la imagen y la comparación que estamos proponiendo para esa tramoya de falsedad e hipocresía sobre la que construimos muchas veces nuestra vida. Jesús es duro hoy en el evangelio con los fariseos a los que llama hipócritas, pero acaso tenemos que pensar si no seguimos hoy en nuestra vida con esas mismas hipocresías. Nos presentamos con minucias y superficialidades cuando quizá nuestro corazón está vacío. Es en lo que tenemos que pensar seriamente.

No podemos ocultarnos tras unos ropajes con que cubramos nuestra vida de apariencia de cosas buenas cuando seguimos siendo ruines en nuestro corazón. Es cierto que queremos tener buena voluntad, pero muchas veces nos cuesta superar tanto lastre de egoísmo y orgullo que llevamos dentro de nosotros. Somos débiles tenemos que reconocerlo, porque es la manera de comenzar a salir y a vencer esa debilidad.

Pero al mismo tiempo tenemos que cultivar nuestro espíritu, que se construye es cierto desde esas cosas pequeñas de cada día, pero donde tenemos que saber darle profundidad para que eso que realizamos no nos encorsete, sino que nos dé esa libertad de espíritu que nos haga crecer, que nos haga madurar en la vida, que en verdad en lo que hacemos estemos reflejando esa profundidad de nuestro corazón, esa profunda espiritualidad sobre la que construimos nuestra vida.

Y eso nos exige una purificación interior para ir reconduciendo todas esas pasiones que llevamos dentro de nosotros, pero para arrancar esas malas hierbas de esas vanidades, esos orgullos y esas apariencias que tienen el peligro de enraizarse en nuestro corazón. Recordemos aquello que en otro momento nos dirá Jesús de que lo que nos hace impuros son las maldades que salen de dentro de nosotros, que salen del corazón, no las cosas que nos entren de fuera. Son esas malas raíces que tenemos que arrancar de nosotros y así manifestamos con claridad y brillante resplandor toda esa bondad y toda esa generosidad en la que tiene que abundar nuestro corazón.

Jesús es para nosotros mucho más que un asesor de imagen, porque lo que nos está pidiendo esa autenticidad de nuestra vida, esa sinceridad y esa verdad con la que haremos resplandecer nuestro amor.

martes, 23 de agosto de 2011

Veracidad, sinceridad, auténticidad signos de madurez humana y cristiana


1Tes. 2, 1-8;

Sal. 138;

Mt. 23, 23-26

La veracidad y la sinceridad nos dan señales de la autenticidad y madurez de una persona. Quien no es capaz de ser sincero y auténtico en su vida, dejando a un lado dobleces, fingimientos y apariencias, nos está manifestando la pobreza de su vida cuando necesita cubrirse con las apariencias para no dejar ver lo que auténticamente lleva por dentro. Nos manifiestan muchas carencias y nos están señalando la pobreza espiritual de una vida.

Es lo que Jesús denuncia en los fariseos cuando los llama hipócritas porque detrás de las apariencias de cumplimientos extrictos en cosas realmente nimias, luego dejan a un lado lo verdaderamente importante y lo que es más acepto a Dios. Cuando empleamos la palabra hipócrita lo primero que estamos queriendo decir que es una persona de doble cara; una la fachada, lo que quiere manifestar externamente, y otra lo que realmente es por dentro. Esa palabra hace referencia a las máscaras que usaban los actores en el teatro griego poniéndoselas delante de sus rostros para hacer la representación o el mimo. Seguimos usando la careta, y no ya en el teatro espectáculo, sino en el teatro que queremos hacer de nuestra vida cuando no somos auténticos sino que nos ocultamos tras una careta de apariencia que es realmente de falsedad.

En la vida no podemos ir de esa manera, aunque quizá sea un pecado más frecuente quizá de lo que pensamos. En nuestro infantilismo queremos aparentar lo que no somos, porque a la larga nos cuesta reconocer delante de nosotros mismos lo que realmente somos, o las carencias que hay en nuestra vida. Ponemos la fachada, lo externo de bonita apariencia para ocultar la podredumbre que llevamos por dentro.

¿Será porque queremos ser más o mejores que los demás? Que queramos ser mejores no es malo, lo realmente malo y peligroso es que siempre nos estemos comparando con los demás y para tratar de superarlos llenemos nuestra vida de falsedades y mentiras. Porque incluso aquellos que se dan de muy sinceros y pregonan a los cuatro vientos su sinceridad, porque ellos dicen siempre lo que piensan o lo que creen que es su verdad, realmente están parapetándote detrás de esa apariencia de sinceridad para ocultar la mentira de su vida.

Como nos dice Jesús hoy en su denuncia que hace de los fariseos, limpiemos la copa por dentro que es lo más importante, porque si hay pureza y rectitud en nuestro corazón eso se manfestará espontaneamente en nuestro exterior. Al que es sincero de verdad, al que es auténtico en su vida no hace falta que nos haga gala de sus rectitudes porque en sus actitudes y en la manera de hacer las cosas notaremos la pureza de su corazón.

Como les dice Jesús a los fariseos ‘pagáis el diezmo de la menta, del anís y de la hierbabuena, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la compasión y la sinceridad…’ Caminos por caminos de bien y de justicia, seamos verdaderamente misericordiosos y compasivos en nuestro corazón, vivamos con autenticidad nuestra vida y seremos gratos a los ojos de Dios. Maduremos de verdad en nuestra vida y en nuestra fe, para que nos manifestemos verdaderamente como hombres rectos y de bien.

Llenemos nuestro corazón de misericordia, de amor, de generosidad, de compasión, porque ya sabemos que nuestro Padre Dios es compasivo y misericordioso y ya Jesús nos propone que seamos perfectos como nuesro Padre; pero es que además si miramos con sinceridad nuestra vida, nuestra historia personal seremos capaces de comprender cuán misericordioso y generoso en su amor y su perdón ha sido Dios con nosotros, que somos pecadores. No nos vayamos haciendo de justos y buenos, que somos pecadores y el Señor ha derramado su misericordia tantas veces con nosotros. actuemos nosotros en consecuencia siendo misericodiosos, pero con autenticidad, para con los demás.

miércoles, 16 de junio de 2010

No nuestra gloria, sino la gloria del Señor

2Rey. 2, 1.6-14;
Sal. 30;
Mt. 6, 1-6.16-18

Tenemos que dar testimonio con nuestra vida y nuestras obras de nuestra fe y de las maravillas que Dios hace en nosotros, pero lo que tenemos que buscar siempre es la gloria de Dios y no nuestra gloria. Jesús nos manda que seamos luz, lo hemos escuchado estos días, y que la luz tiene que ponerse en alto, en el candelero para que ilumine a todos; pero la luz que tenemos que trasmitir no es la de nuestros orgullos personales por aquello que hagamos, sino siempre la luz del Señor.
Sin embargo sentimos la tentación de querer el halago o la alabanza, buscando nuestra gloria. Cuando actuamos así oscurecemos las obras buenas que podamos realizar, y más bien convertirnos en pantalla que trata de ocultar la verdadera gloria del Señor. Es bueno que nos sintamos valorados, alimentar en cierto modo la autoestima porque veamos que somos capaces de hacer lo bueno. Pero hemos de cuidar evitar el orgullo y la vanidad. No nos puede faltar en la vida una buena dosis de humildad.
De todo esto nos previene Jesús hoy en el evangelio. De entrada nos está diciendo: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’.
Jesús se fija en tres aspectos que eran muy importantes en la espiritualidad y en la práctica religiosa de todo buen judío, y que son también importantes en nuestro camino espiritual: la limosna, la oración y el ayuno.
Pero nos dice y nos repite. ‘No seáis como los hipócritas… como los farsantes…’ las gentes de doble cara, los que se dejan llevar por las apariencias, pues mientras quieren aparecer de una manera su corazón está torcido o lleno de malos deseos. Que no vayamos haciendo sonar la trompeta delante de nosotros cuando vayamos a hacer una cosa buena, a dar limosna o a compartir con los demás. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha’, nos dice.
En tu oración no puedes andar disipado, atendiendo más a la gente que te rodea que a Dios que te habla allá en lo secreto de tu corazón. Hace falta un recogimiento interior, un silencio no sólo en lo externo, sino en lo más interior de nosotros mismos. Sólo así podemos escuchar a Dios y entrar en diálogo de vida y de amor con El.
Y nos habla también del ayuno, que no puede ser sólo una cosa externa y formal. Esa renuncia a lo bueno que hacemos como signo de penitencia tiene que ser algo auténtico, surgido y realizado allá en lo más hondo de nosotros mismos. Como nos dice Jesús, ese ayuno no lo tiene que notar la gente sino que quien tiene que verlo es el Señor. Como nos dice ‘cuando ayunéis no andéis cabizbajos como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan…’ Fijaos en lo que dice ‘perfúmate la cabeza y lávate la cara’, porque no buscas que te alaben porque hagas una cosa buena, sino que lo que quieres es la gloria del Señor.
Que no es cuestión solo de renunciar a unos alimentos, sino de doblar en lo más hondo de nosotros mismos tantas apetencias que muchas veces nos hacen sentirnos inquietos y nos hacen perder la paz. En otro lugar el Señor nos dice que no ayunemos dando golpes y puñetazos, que no es ése el ayuno que el Señor quiere. Decimos que nos sacrificamos, pero no somos quizá de dominar nuestras violencias, decimos que queremos hacer penitencias, pero no tenemos amor en el corazón para con los demás, renunciamos a unos alimentos o a unas cosas, pero luego no sabemos compartir con los otros.
Que sea la auténtica conversión del corazón que se doble ante el Señor para reconocer su soberanía y su amor eterno.

martes, 25 de agosto de 2009

¿Apariencias externas o la solidez el Evangelio?

1Tes. 2, 1-8
Sal. 138
Mt. 23, 23-26


Si tratamos de construir un edificio preocupándonos sólo de los adornos y de la apariencia exterior pero no de su estructura y su cimentación, pronto nos sucedería que se nos vendría abajo. Tenemos que comenzar por una cimentación bien situada y fuerte, una estructura bien organizada, un planteamiento serio de la edificación que queremos construir y a su tiempo vendrán los adornos y toda su apariencia exterior que le den también, ¿por qué no?, belleza al conjunto de la obra.
No estoy queriendo dar lecciones de arquitectura, que de eso sé poco, pero si con los conocimientos elementales pensar lo que en verdad tiene que ser nuestra vida, y de manera concreta cómo fundamentar y estructurar debidamente nuestra vida cristiana, no vayamos a quedarnos en apariencias externas, pero que no tienen un fundamento hondo desde una fe firme en Jesús y su correspondiente conocimiento y vivencia del Evangelio.
Muchas veces nos sucede que nos preocupamos de cosas que no son tan fundamentales y es como si construyéramos la casa por el tejado, y nuestra vida cristiana se puede quedar en apariencia pero con un vacío interior muy profundo. Cuántas energías gastamos, incluso en la vida pastoral de la Iglesia, en cosas que se nos pueden quedar en una apariencia bonita, pero sin llegar en muchos cristianos a una fe honda y comprometida, o, como hemos reflexionado más de una vez, sin ser capaces de dar auténtica razón de nuestra fe y nuestra esperanza.
Es lo que Jesús quería denunciar en la actitud de los letrados y fariseos tal como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Estos días, ayer, hoy y mañana, estamos en nuestra lectura continuada del evangelio de san Mateo precisamente en esas invectivas de Jesús contra los fariseos.
¿Quiénes eran los fariseos? Era un grupo socio-religioso surgido en aquellos tiempos en Israel, que destacaba entre otras cosas por el rigorismo en el cumplimiento de la ley llegando a extremos muy exagerados del cumplir la letra de la ley hasta en los más mínimos detalles. Tenían gran influencia social porque muchos de ellos formaban parte del grupo de los letrados o maestros de la ley y también su posición social era de gran influencia en el pueblo llano. Gustaban de aparecer como cumplidores hasta en los más mínimos detalles y que además la gente los considerara y los tuviera en cuenta en todo lo que era la vida social de entonces. Era más propicios a la apariencia y al recibir reconocimientos y alabanzas por parte de la gente, y en consecuencia les faltaba llegar al verdadero espíritu de la ley.
Es lo que Jesús les echa en cara. Y Jesús emplea con ellos palabras duras, porque los llama hipócritas. Hemos de entender el significado de esta palabra. Hipócrita era el que en el teatro griego y clásico para realizar la representación se ponía una máscara delante de la cara, para con ella representar el personaje que le correspondiera. Jesús les dice hipócritas a los fariseos porque se ponen en la vida una máscara de apariencias, mientras su interior está vacío y sucio.
Los llama guías ciegos. ¿Cómo puede un guía ser ciego? Así están ellos, cegados por sus cosas y apariencias, con lo que como dice Jesús al final los dos caerán en el hoyo. Habla Jesús de quien limpia el plato por fuera, mientras por dentro lo deja lleno de suciedad o del sepulcro que se blanquea con cal a su entrada, sabiendo que en su interior todo será podredumbre y muerte.
¿Qué pide Jesús? Autenticidad, rectitud, justicia, amor pero del verdadero. ‘¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, el anís y el comino, pero descuidáis lo más grave: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello’.
Obrar rectamente y con justicia, consigo mismo y con los demás, aunque seas exigente contigo mismo, llena tu corazón de compasión y de misericordia para con el hermano; muéstrate con autenticidad en la vida, alejando de ti toda apariencia y disimulo. Purifica tu corazón, no tu apariencia; busca en verdad la gloria de Dios no tu propia gloria. Gasta tus esfuerzos en lo que verdaderamente es importante, que lo demás vendrá por añadidura.
Eso en tu vida personal y eso también en tu trato con los demás. Esto en la profundización que has de tener en tu fe y conocimiento de Cristo y su evangelio, y de la misma manera en lo que pastoralmente has de hacer buscando el bien de los demás para atraerlos de verdad al auténtico camino de Jesús.
¡De cuántas cosas habría quizá que despojarse que no son tan fundamentales en nuestra tarea eclesial para ir a lo verdaderamente fundamental, al espíritu del Evangelio! No gastemos tantos esfuerzos en cosas que no son tan esenciales, y preocupémonos cada día más por un conocimiento auténtico de Jesús y de su Evangelio que dé solidez a nuestra vida cristiana.

miércoles, 17 de junio de 2009

No nuestra gloria sino la gloria del Señor

2Cor. 9, 6-11
Sal. 111
Mt. 6, 1-6.16-18


En la sociedad competitiva en la que estamos pareciera que algunos viven una alocada carrera de méritos. No digo que para determinadas competencias no haya que hacerlo, pero ya sabemos cómo en cualquier parte te exigen un currículum vital donde se resalten los merecimientos que cada uno tenga o crea tener en virtud de su preparación, lo que se haya realizado, las capacidades y las cualidades.
A todos nos gusta por otra parte se reconozcan nuestros méritos, lo que somos o lo que hayamos hecho y, como se suele decir a nadie amarga un dulce, queremos vernos reconocidos, aplaudidos y halagados.
Sin embargo, parece que Jesús nos enseña hoy otro estilo de hacer las cosas en la humildad y el silencio y sin la búsqueda de reconocimientos humanos. ¿Dónde hemos de buscar nuestra recompensa? ¿en la alabanza de los hombres? ¿hacemos sólo las cosas para que nos vean buscando la alabanza y el aplauso?
‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’, nos dice Jesús hoy.
Cuando hagas el bien no vayas tocando las trompetas para que todo el mundo se entere de lo bueno que eres… ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha…’ nos viene a decir Jesús.
Habla Jesús de los hipócritas y su fariseísmo que solo hacen las cosas buscando reconocimientos humanos. Nos habla de la limosna, y de la oración, y del ayuno y de cualquier obra buena que hagamos. ‘No seáis como los hipócritas a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea la gente’. Lo importante no es nuestra gloria sino la gloria del Señor.
Que no se nos suba el pavo por aquello bueno que hacemos, que no busquemos esos orgullos y vanaglorias humanas. Nuestro premio y recompensa está en el Señor. ‘Que tu ayuno lo note tu Padre que está en lo escondido; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará’. Pero ¡ojo!, que la recompensa del Señor, El nos la dará a su manera y cuándo y cómo quiera El.
No nos creamos, por otra parte, tan autosuficientes y orgullosos por aquello que hacemos que vayamos reclamándole los premios a Dios, poco menos que haciendo una lista de las cosas buenas que hacemos como si fuera un memorando que presentamos, y por lo que queremos ahora todas las bendiciones de Dios, incluso en lo material. Tentación tenemos de decir cuando nos vienen situaciones difíciles con todo lo bueno que yo he hecho y mira lo que estoy recibiendo.
Pero tampoco con una falsa humildad tapemos tanto lo bueno que hacemos que no sea motivo para que todos demos gloria a Dios por ello. El ejemplo lo tenemos en María. Ella glorifica al Señor porque en ella, en su pequeñez, hizo el Señor cosas grandes. Y también Jesús nos dice que nuestra luz debe alumbrar para que cuando los demás vean nuestras buenas obras glorifiquen al Padre del cielo. No tardaremos mucho en escuchar esto en la lectura continuada del evangelio que estamos haciendo.
Todo siempre para la gloria de Dios.