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viernes, 10 de marzo de 2023

Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

 


Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Muchas veces nos sucede que no terminamos de comprender cuál es nuestro lugar en la vida, cuál es la función en verdad que hemos de desempeñar con esa vida que tenemos en nuestras manos, y decir esa vida es decir los bienes de este mundo, pero la misma sociedad en la que vivimos y a la que tenemos que servir.

Nos creemos dueños absolutos y queremos hacer de todo según lo que nos parezca o nos convenga, queremos un desarrollo de la sociedad, por ejemplo, cuando en nuestras manos está el ordenamiento de esa sociedad, solo según mis ideas o mi pensamiento y no somos capaces de llegar a un entendimiento con el resto de la sociedad que también se siente responsable de la misma porque en ella vive. Así nos encontramos normas y leyes excesivamente partidistas, cuando se realizan desde una ideología predeterminada o cuando se buscan particulares intereses.

¿Habremos descubierto en verdad que somos administradores y que también tendremos que rendir cuentas de la rectitud con que hemos usado de esas posibilidades que teníamos entre manos? Son cosas que tenemos que tomarnos muy en serio, que nos tienen que hacer reflexionar, que nos tienen que llevar a encuentros y no a dispersión.

¿De qué nos habla hoy Jesús en el evangelio? Conocida es la parábola. El hombre que preparó una viña, con sus lagares y todos los servicios necesarios para hacerla producir y la confió a unos viñadores. En la época de recoger los frutos envió a sus operarios para recibir las rentas y beneficios de aquella viña que había puesto a producir, pero los viñadores se creyeron amos y se negaron a entregar los frutos y rendimientos; incluso mandó a su propio hijo, que fue echado de la viña y al que también dieron muerte como habían hecho con los otros enviados del amo.

Es la historia de lo que hacemos; fue un reflejo en su momento de la historia del pueblo de Israel y un toque de atención a los que en aquellos momentos eran dirigentes del pueblo. Se creían también dueños y que podían hacer de la viña del Señor lo que ellos quisieran. Así se sintieron aludidos los sumos sacerdotes y los dirigentes de la sociedad judía de entonces que ya tramaban también quitar de en medio a Jesús, dando cumplimiento a lo que de una manera también profética se anunciaba en la parábola.

Nosotros tenemos que leerla hoy también haciendo aplicación a nuestra vida. ¿Qué hacemos de los dones que nos ha regalado el Señor? ¿También nos creemos dueños absolutos? Pensemos en la respuesta que damos, pensemos en como nos dejamos conducir por la palabra de Dios, pensemos en lo que hacemos de la misma Palabra del Señor que cada día tenemos la oportunidad de escuchar. ¿Cuál es la respuesta que damos con nuestra vida?

Pero la parábola también nos hace mirar a nuestra sociedad. Puede ser también un grito profético para los dirigentes de nuestra sociedad de hoy si supieran y quisieran escuchar. Pero es también un grito profético para nuestra vida, la de cada uno de nosotros, que tenemos que descubrir cuál es nuestro lugar y nuestra función en la sociedad. No es en muchas ocasiones en los cristianos que nos sintamos dueños, pero su puede ser la inacción con que vivimos, el poco compromiso que sentimos por esa sociedad que está en nuestras manos, las pocas iniciativas que somos capaces de tener para poner por obra todo eso bueno que podemos y tenemos que hacer por nuestro mundo.

¿Dónde andamos los cristianos en la construcción de nuestra sociedad? ¿No nos estaremos quedando en la retaguardia, pero sobre todo por nuestra inacción y nuestra falta de compromiso, por miedo a asumir el papel tan importante que tendríamos que tener en la construcción de nuestro mundo?

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Descubramos nuestro lugar dentro de la Iglesia donde el Señor quiere contar con nosotros, con lo que somos y con lo que es nuestra vida

 


Descubramos nuestro lugar dentro de la Iglesia donde el Señor quiere contar con nosotros, con lo que somos y con lo que es nuestra vida

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

No todos en la vida somos lo mismo, hacemos lo mismo, y por así decirlo también no nos gustan las mismas cosas. Y es que en la tareas de la vida cada uno desempeñamos nuestra función; son muchas las cosas que marcan nuestras inclinaciones y nuestros gustos, de ahí que cada uno desempeñe un rol diferente en la vida; no todos podemos ser carpinteros, ni todos abogados; distintas circunstancias van marcando nuestros gustos y nuestros deseos, las diversas capacidades de las personas harán que unas nos desarrollemos por un camino, mientras otros realizarán cosas distintas.

Ese variopinto conjunto irá creando una unidad, porque todos cada uno desde su lugar contribuirá al bien común. Aunque obtengamos unos beneficios personales de aquellas tareas que realicemos que contribuirán a nuestra propio desarrollo pero también al mantenimiento de los suyos y sus cosas, la contribución maravillosa, tenemos que decirlo así, es lo que hacemos que beneficia a la comunidad, a la sociedad, al mundo en que vivimos.

Cada uno parte de su propio ser, de su propia realidad, con las luces o con las sombras que pudiera haber en su vida, con sus valores y sus capacidades, con su fortaleza y también contando con su propia debilidad. Nadie será ajeno a esa tarea, y lo que tenemos que saber descubrir es el respeto y valoración que tengamos por cada persona en lo que en sí mismo es. Por eso, por otra parte, cada uno ha de descubrir su propia vocación, que es algo mucho más hermoso que un destino que se nos marque, porque será aquello que construyamos en nosotros mismos y que está al servicio del bien común.

Es de lo que tiene que ser también nuestra tarea de Iglesia, que constituimos todos los que tenemos una misma fe en Jesús; esa fe nos une, como esa fe ha sido una llamada y una respuesta, esa fe que nos hará descubrir también nuestro lugar y esa contribución que vamos a aportar desde lo que uno es en si mismo, pero también desde los dones recibidos. Es lo que también llamamos vocación desde un sentido cristiano. Vocación porque hay una llamada a la que tenemos que responder, vocación porque hay unos dones que hemos recibido que no podemos guardarnos para nosotros mismos sino que hemos de aportarnos también al bien de la Iglesia.

Hoy que estamos celebrando la fiesta del apóstol san Mateo es lo que contemplamos tanto en el evangelio como en la lectura de la carta del apóstol. Jesús quiere contar con nosotros, aunque algunos no nos consideren dignos, porque lo que nos va a dignificar es esa llamada que recibimos y la gracia que Dios deposita en nosotros.

Podría pensarse que era Leví el último en quien podríamos tener en cuenta para que fuera llamado a ser uno de los apóstoles del Señor. Era un publicano, un recaudador de impuestos, y ya solo por esa tarea que desempañaba en la vida era mal considerado en aquella sociedad judía; se les consideraba unos ladrones, eran unos colaboracionistas, por la función que desempeñaban, de poder opresor, porque aquellos impuestos irían destinados a quien ejercía el poder dominante, por eso los llamaban publicanos.

Pero Jesús quiso contar con Leví, nuestro san Mateo que hoy celebramos, que luego nos trasmitiría el evangelio de Jesús. Destaca la prontitud de la respuesta, la disponibilidad de una vida, la generosidad de su corazón para desprenderse de todo para seguir a Jesús, ese corazón abierto en el que seguían cabiendo aquellos que con él habían convivido y ejercido conjuntamente la misma profesión. Es el banquete que le vemos celebrar, como nos cuenta el evangelio.

Es así cómo el Señor quiere contar con nosotros, con lo que somos y con lo que es nuestra vida, con lo que son nuestras capacidades y nuestros valores, con aquellas personas que están a nuestro lado y ese mundo nuevo también al que nos abrimos. Ahí y desde ahí también tenemos una tarea que realizar. Es lo que tenemos que aprender a descubrir, saber encontrar ese lugar que hemos de ocupar en medio del pueblo de Dios desde lo que es nuestra vida. ¿Has pensado cuál es tu lugar dentro de la Iglesia?

viernes, 18 de marzo de 2022

Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

 


Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Malo es sentirse dueño de algo de lo que solo soy un administrador. Quien administra algo que se le ha confiado ha de saber actuar con responsabilidad en su función, pero siempre conciente de cual es su papel, del que un día le han de pedir cuentas, pues solo es un servicio que presta – es cierto con su remuneración y sus beneficios – en ese encargo que le han confiado. Mal podríamos pensar de un administrador que se cree dueño para hacer y para deshacer, para buscar solo sus propios beneficios y no ser consciente de la función que allí desempeña. No podemos apoderarnos cual presas de rapiña de aquello que no es nuestro, aunque en nuestras manos esté, pero de lo que solo somos unos administradores que hemos de conseguir los mejores beneficios para quien en verdad es el propietario.

Con este sentido nos propone Jesús algunas parábolas, como la de aquel administrador injusto, aunque fuera muy sagaz en sus manejos. Hoy nos propone Jesús esta parábola de la viña y los viñadores que no rinden cuentas, sino lo que es peor tratarán de apoderarse de aquella viña.

Es cierto que en una primera lectura de la parábola y dada la situación en la que Jesús la propuso está haciendo como un repaso a la historia de Israel. Son el pueblo de Dios, la viña preferida del Señor, como ya aparece incluso en los profetas del Antiguo Testamento. Ahí está toda la historia del amor de Dios por su pueblo, al que había elegido en Abrahán y al que un día liberará de la esclavitud de Egipto conduciéndolo en medio de obras portentosas a través del desierto hasta la tierra que les había prometido.

Aquello que Moisés en el Deuteronomio les había advertido pronto lo olvidaron. Cuando lleguen a aquella tierra que Dios les va a dar y comiencen a comer del fruto de aquella tierra, que no olviden al Señor su Dios que un día los había liberado de Egipto, les había hecho cruzar el mar Roja y los había llevado a la tierra prometida. No te olvides del Señor, tu Dios, les había advertido Moisés. Pero bien sabemos la historia de altos y bajos que fueron recorriendo, olvidándose de la Alianza que habían hecho en el Sinaí y no dando los frutos que Dios esperaba de ellos.

Nos lo refleja la parábola, como el final o el momento culminante de aquella historia cuando Dios les envía a su propio Hijo. ¿Qué estaban haciendo ahora con Jesús? ¿Merecían ellos aquellos dones de Dios dada la respuesta que estaban dando? ¿Habían sido buenos administradores de los dones de Dios?

Pero hoy que nosotros estamos escuchando esta Palabra de Dios no nos quedamos en recordar historias antiguas, o la referencia a la respuesta o no que otros hayan dado, sino que tenemos que ver nuestra propia historia, nuestra propia vida. ¿Cómo respondemos a los dones de Dios?

Pensamos en el don de la vida que Dios nos ha regalado, ¿somos capaces cada día de dar gracias a Dios por ese don tan maravilloso que es nuestra propia vida? Somos administradores de ese don de Dios en nosotros. Hay quien puede pensar que puede hacer de su vida lo que quiere porque es su propia vida, pero un creyente no puede pensar de esa manera. esa riqueza que hay en nosotros, en nuestra vida con sus dones y cualidades, no es solo para nosotros mismos sino que vivimos en un mundo en el que tenemos que ser buena semilla que alegre con las flores de sus valores al mundo que le rodea pero que también dé sus frutos.

Pensamos en la vida, pero pensamos en la riqueza de nuestra fe, semilla que Dios ha plantado en nuestro corazón. Con ella hemos de saber perfumar nuestro mundo porque con ella descubrimos un nuevo sentido, un nuevo valor a cuanto hacemos y cuanto vivimos. No nos la podemos guardar para nosotros mismos; es algo de lo que hemos de saber contagiar a los que nos rodean, con ella hemos de saber ser luz para los demás, con ella tenemos que ser sal para nuestra tierra.

Como el perfume que se expande embriagando a cuantos lo reciben, como la luz que con sus resplandores ilumina cuanto hay en su entorno, como la sal que da buen sabor a aquello que es nuestro alimento despertando el apetito de lo mejor, así tenemos que ser en medio de nuestro mundo. No nos podemos guardar los frutos de esa viña para nosotros solos porque se nos han confiado para que beneficiemos a los demás haciendo un mundo nuevo. ¿Sabremos ser buenos administradores de esos dones que Dios nos ha confiado?

martes, 21 de septiembre de 2021

Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

 


Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

No todos en la vida son albañiles, ni todos son maestros, unos serán arquitectos y otros serán agricultores, cada uno tiene su función, cada uno tiene su lugar, no podemos desempeñar todos el mismo oficio o función, porque habrían cosas que no se podrían realizar, somos como un mosaico, cada piedra con su color y su lugar, cada pieza con su función y con su valor, pero todas son importantes para podernos ofrecer la belleza del mosaico con sus variados colores, con sus múltiples dibujos, con la riqueza de sus imágenes.

Podemos pensar en las cualidades y valores de cada uno, sus capacidades y su técnica; podemos pensar en la conjunción que entre todos se ha de realizar para el desarrollo de la propia humanidad, de la propia sociedad, y podemos pensar en la vocación de cada uno. Cada uno según sus capacidades, según también lo que ha ido recibiendo descubre su lugar, su función, su vocación, aquello a lo que está llamado, aquello que puede realizar mejor. Y como una hermosa orquesta compuesta de tan variados instrumentos podrán ofrecernos la belleza y armonía de su música. Tenemos que descubrir cual es el instrumento que nos corresponde tocar en esa orquesta de la vida.

Es lo que dentro de la familia de la Iglesia también tenemos que descubrir y realizar. De ello nos ha hablado el apóstol en estas lecturas que se nos ofrecen hoy en la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo que hoy celebramos. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo…’ Y es aquí donde tenemos que descubrir cual es nuestra función dentro de la comunidad eclesial.

Mateo era recaudador de impuestos. Aunque menospreciado por los judíos que a todos los metían en el saco de los usureros y ladrones, allí desempeñaba su función en la vida. Tendríamos que pensar en la dignidad de cada trabajo y de cada función; nos podrán resultar más o menos agradables y somos muy propensos a poner nuestras marcas, marcar nuestras diferencias, pero hemos de saber tener respeto por el trabajo que realiza cualquier persona; todos tienen su dignidad, todos tienen su función, necesaria en el desarrollo de la propia vida de la comunidad. Creo que podría ser una consecuencia también que dedujéramos para nuestra vida.

Pero un día Jesús al pasar lo invitó a seguirle. Vemos la prontitud con que lo deja todo con alegría para seguir a Jesús. ¿Son golpes de gracia repentinos? No podemos negar que la presencia del Señor impacta y nos llama, aunque no podemos descartar por otra parte que ya Mateo aunque quizás desde lejos quisiera ser discípulo de Jesús y en alguna ocasión le habría escuchado planteándole muchos interrogantes en su corazón. Hoy le vemos dar la respuesta con generosidad y con prontitud.

Tal es la alegría que hará un banquete en el que participarán los que hasta entonces han sido sus colegas en su trabajo, pero donde estaba también invitado Jesús y el resto de los discípulos. Es aquí donde descubrimos también otro mensaje para nuestra vida. por allá andaban recelosos los puritanos de su tiempo – también ahora hay sus puritanos que están siempre al tanto de donde puedan hacer su juicio y su condena si las cosas no son como a ellos les apetece – los fariseos y los escribas que critican que Jesús coma con publicanos y pecadores.

Jesús que oye la crítica que están haciendo les replica: ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores’. ¿A qué ha venido Jesús? ¿Qué nos pide de nuestro corazón? ¿Habremos aprendido de verdad lo de ‘misericordia quiero y no sacrificios’?

Hagamos una Iglesia que sea en verdad hogar de misericordia. Quitemos de una vez por todas esas lupas con que andamos mirando la vida de los demás para ver donde está el desliz, donde puedan aparecer esos motivos que justifiquen nuestros juicios y nuestras intransigencias. ¿Se nos habrá ocurrido pensar que por nuestras intransigencias podemos estar haciendo sufrir a muchos y muchos no darán el paso adelante en su camino de conversión porque no encuentran esa acogida llena de misericordia en nosotros?

 

viernes, 22 de enero de 2021

No podemos dar testimonio del evangelio de Jesús ante el mundo si antes no hemos estado con El, es lo que nos hace signos y testigos

 


No podemos dar testimonio del evangelio de Jesús ante el mundo si antes no hemos estado con El, es lo que nos hace signos y testigos

Hebreos 8,6-13; Sal 84; Marcos 3,13-19

Cuando queremos emprender una tarea en la que necesitamos colaboradores ya nos preocupamos de buscar a aquellos que mejor nos valgan para lo que vamos a realizar. Ahora se dice nos trazamos un perfil y conforme a ese perfil buscamos lo que necesitamos, los más capaces, con mejores cualidades, con la mejor preparación, con sus valores humanos y responsabilidad para poder llevar a término aquello que nos hemos propuesto. Queremos ser muy cuidadosos en este aspecto para evitar fracasar en las metas y objetivos que nos hayamos trazado. Quizá buscamos consejo en alguien experimentado que nos pueda ayudar a encontrar a esos colaboradores que necesitamos. Es lo que hacemos en nuestros trabajos y en nuestras responsabilidades en lo humano.

Es lo que vemos realizar hoy a Jesús en el evangelio. Nos dice escuetamente Marcos que ‘Jesus subió al monte, llamó a los que El quiso y se fueron con El’. Y añade a continuación ‘instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios’.

Muchos discípulos se le iban agregando, les escuchaban y querían seguirle. En un momento determinado el evangelista hablará del envió de setenta y dos a anunciar el Reino. Ahora nos habla solo de doce. ‘Llamó a los que El quiso’, nos dice, ‘para que estuvieran con El’, pero solamente un grupo de doce. Otros evangelistas al narrarnos este mismo episodio nos dice que los constituyó Apóstoles. Va a ser importante este número, que tiene sus resonancias bíblicas. A continuación nos da la relación de sus nombres. Algunos ya los hemos ido conociendo por esas llamadas que Jesús ha ido haciendo a seguirle y a ser pescadores de hombres o aparecerán en algún otro momento del evangelio. ¿Por qué estos y no otros de entre todos sus discípulos? ‘Llamó a los que El quiso’.

Con nuestros criterios de hoy, con aquello que decíamos de los perfiles no sé a quienes hubiéramos llamado nosotros. Cuando hoy la Iglesia trata de encontrar personas para ejercer alguna función dentro de la Iglesia, para determinadas misiones o funciones pastorales también se busca según algunos criterios, o van surgiendo personas con una inquietud en su corazón que ofrecen sus servicios para el trabajo en la comunidad. Personas con vocación, decimos, porque quien realice cualquier función pastoral en medio de la Iglesia no lo va a ser según sus propios criterios, sino porque en su interior siente una llamada y de ahí surgirá ese ofrecimiento con generosidad.

¿Por qué unas personas sí y otras personas quizá no se deciden a dar ese paso y hacer ese ofrecimiento? Detrás de todo eso decimos está el misterio de Dios que es quien llama y el misterio de la persona que da respuesta. Está ese don de la vocación, donde sentimos que es una llamada de Dios a la que tenemos que dar una respuesta y hacerlo con generosidad.

Pero creo que el evangelio de hoy nos está diciendo una cosa que considero que es importante. Jesús instituye aquel grupo ‘para que estuvieran con El’. Esto es importante. ¿Cómo podemos decir que vamos a hacer una función pastoral, que en fin de cuentas es anuncio del Evangelio, si no hemos estado antes con El?

Es a Jesús a quien vamos a anunciar, luego será necesario que nos hayamos impregnado, por decirlo de alguna manera, totalmente de Jesús, nos hemos dejado inundar por Jesús, por su vida, por su palabra, por su gracia. Es a Jesús a quien vamos a anunciar como salvación para nuestro mundo, sin conocerlo y sin vivirlo no podremos realizar esa misión.

Tenemos que crecer en la vida de Jesús, tenemos que empaparnos de Jesús y de su Evangelio, porque solo así podremos ser testigos, podremos ser signos de salvación para los demás. Esa es nuestra verdadera capacitación, ese es el verdadero perfil que hemos de tener, esos son los valores en los que tenemos que brillar. Están bien las capacitaciones humanas que podamos tener pero lo importante es que hayamos estado con Jesús y nos hayamos llenado de El.