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martes, 19 de enero de 2021

No perdamos nunca la alegría y el entusiasmo por lo que hacemos en el cumplimiento de los deberes y obligaciones que hemos asumido con responsabilidad

 


No perdamos nunca la alegría y el entusiasmo por lo que hacemos en el cumplimiento de los deberes y obligaciones que hemos asumido con responsabilidad

Hebreos 6,10-20; Sal 110; Marcos 2,23-28

Es cierto que tenemos deberes y obligaciones que hemos asumido con responsabilidad y a ello tenemos que responder. Cuando has asumido una responsabilidad en la vida, cuando tenemos que desarrollar una función sentimos el deber de lo que tenemos que hacer y en esa asunción de esas responsabilidades nos vemos obligados a cumplir. Pero el cumplimiento de esa responsabilidad no lo podemos mirar como una carga que nos imponen sino que tenemos que saber descubrir su sentido y valor, asumirlo con gozo y alegría conscientes también de lo que puede repercutir en los demás aquello que estoy haciendo, aquella responsabilidad que estoy asumiendo.

Cargar a fuerza con una responsabilidad sin descubrir su sentido, mirándolo como una carga de la que no nos podemos liberar no dará alegría y sentido a la vida. Buscamos, por así decirlo, las raíces que han motivado la realización de esas acciones, el sentido que en si mismo tienen, la contribución que nosotros estamos haciendo por el bien de los demás y todo ello hemos de saberlo vivir con alegría. Eso en todos los aspectos de la vida, en todas las responsabilidades que como personas asumimos pero también como miembros y participes de este mundo y de esta sociedad a la que todos hemos de contribuir.

Hacer las cosas como una obligación impuesta no nos va a ayudar en la realización de nuestra propia vida, puede quitar alegría a nuestro vivir porque lo vemos pesado como una carga, y terminaremos realizándolo, si no es que abandonamos, sin gusto ni sabor. Es la cara de aburrimiento que vemos en algunos, o que nosotros mismos ponemos, cuando tienen o tenemos que hacer las cosas como una obligación o como una imposición. Nos faltará entusiasmo para vivir.

Cuando no tenemos ese entusiasmo, esa alegría en lo que hacemos andaremos quizás a ver cómo nos escaqueamos de esas obligaciones, o como hacemos para dar la apariencia de cumplimiento quedándonos en la apariencia de lo externo, pero nuestro interior está bien lejos de aquello que como una carga quizá no nos queda más remedio que hacer. Profesionales, por ejemplo, que se manifiestan cumplidores con unos horarios, con unas cosas que hacer, pero a los que luego les falta verdadera humanidad en el trato con aquellas personas a las que tienen que atender. Las prisas por salir del paso de lo que tenemos que hacer o esas miradas como desesperadas al reloj a ver si el tiempo pasa para salir de aquella situación, pero al mismo tiempo queriendo quedar con la imagen de persona cumplidora, pero sin embargo tan llena de frialdad.

¿No nos podrá suceder algo de esto, por ejemplo, en nuestras prácticas religiosas? ¿No abundará mucho de este aburrimiento en nuestra manera de vivir nuestra vida cristiana? ¿No será esa falta de entusiasmo y alegría que encontramos tantas veces en nuestras celebraciones litúrgicas? Las llamamos celebraciones y qué poco tienen de fiesta.

Hoy en el evangelio vemos poco menos que el acoso de los fariseos a los discípulos de Jesús, o lo que es lo mismo al propio Jesús, por el caso del cumplimiento o no del descanso sabático; y todo porque los discípulos mientras iban de camino cogieron unas espigas de trigo y las estrujaron con sus manos y era sábado. Comenzamos a poner medidas, reglas, protocolos, tablas de reglamentos y mandatos que al final hacen la vida imposible y faltará la auténtica alegría de quien quiere servir al Señor.

Creo que lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio tendría que llevarnos a revisar muchas actitudes nuestras y la práctica de cómo hacemos las cosas en nuestras responsabilidades. Pero también tendría que llevarnos a preguntarnos donde está, cómo manifestamos la alegría de nuestra fe.

domingo, 4 de octubre de 2020

La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

 


La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

La ingratitud es algo terriblemente duro. El que es ingrato no sabe valorar lo que recibe de los demás, muestra la pobreza de su espíritu mezquino que le hace creerse merecedor de todo y hasta se vuelve exigente incluso con aquel que le está beneficiando.

Cuando llenamos el corazón de orgullo olvidamos pronto el camino que hemos recorrido y nos creemos siempre subidos en pedestales de gloria que al final le encandilan y le engañan, se engaña a si mismo. Es una tentación fácil cuando nos creemos que todo lo tenemos, nos sentimos con derecho a ser poseedores absolutos de todo, quizá estamos ya en una situación de vida más fácil y cómoda, y olvidamos el camino recorrido y, lo que es peor, olvidamos o relegamos a un lado a quienes estuvieron a nuestro lado, a quienes nos echaron una mano, a quienes incluso pusieron su parte para que llegáramos a donde ahora estamos.

Cuando vivíamos caminos duros y en cierto modo nos veíamos obligados a una mayor austeridad éramos más cercanos y solidarios con los que caminaban con nosotros, y ahora que nos creemos ricos y poseedores de todo con esa vida más fácil y cómoda como decíamos antes, nos hacemos ingratos, desagradecidos y mezquinos con los demás. Qué mala es la ingratitud, que nos endiosa a nosotros y hace tantos desaires a los que caminaron con nosotros en los momentos malos.

Nos podemos seguir haciendo muchas reflexiones en este sentido. Claro que podemos quedarnos en mirar a los demás con lupa para ver sus actitudes y no nos miramos a nosotros mismos. Muchas veces nos puede faltar el detalle de esa palabra amable llena de gratitud para quienes nos han prestado un servicio, sea cual sea y en el lugar que sea. Algunas veces nos escudamos en que es obligación del que lo hace y nosotros pagamos por ese servicio pero nos falta esa sonrisa, esa palabra amable, ese gesto de gratitud para quien nos atendía aunque fuera su obligación. Y no digamos nada cuando la gente ha sido generosa con uno sin tener ninguna obligación y nos vamos sin volver la vista atrás para mostrar nuestro agradecimiento.

Son unas primeras consideraciones – quizá me he alargado un poco – que me hago hoy ante la parábola que nos propone Jesús en el evangelio. Una parábola que tiene su eco en el canto de amor de mi amigo a su viña, que nos ofrecía el profeta del Antiguo Testamento. ‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?’ Por algo diremos con el salmo responsorial: ‘La viña del Señor es la casa de Israel’. Y es que tanto ese canto de amor de mi amigo a su viña como la parábola que Jesús nos propone eso está queriendo reflejar. Y lo dice claramente el evangelista.

La descripción de la parábola es el recorrido de la historia de la salvación que culmina en la muerte del hijo. Clara referencia a Jesús. Pero hoy nosotros cuando nos confrontamos a la Palabra de Dios no nos quedamos, por así decirlo, en la historia antigua, sino que tenemos que mirar nuestra historia. Es nuestra historia como pueblo, es nuestra historia también como Iglesia, pero es también nuestra historia personal tan llena de ingratitudes, la que está ahí reflejada. Sí, una historia de ingratitud. Porque nuestra Acción de Gracias a Dios no se puede quedar en unos cantos, como no se queda en unas palabras llenas de cortesía.

La gratitud es mucho más que una cortesía. La gratitud hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que nosotros estamos dando en el compromiso de nuestra vida de cada día. ¿Es que no nos vamos a comprometer con aquel que un día se dio generosamente por nosotros y nos ayudó a salir del bache de nuestra vida?

Ese terreno entrecavado y preparado como nos detalla el desarrollo de la parábola, las buenas cepas plantadas, la cerca que rodeaba la viña para evitar todo tipo de depredadores, el lagar, la bodega y la casa del guarda tan cuidadosamente preparados, nos están señalando todo lo que hemos venido recibiendo a lo largo de la vida; ya es el don de la vida misma y todos los mimos de quienes nos criaron, ya es la educación que nos dieron nuestros padres y de cuantos por una parte y por otra han ido ofreciéndonos una educación humana y cristiana, ya son todos esos medios con que hemos contado para ir haciendo ese camino de la vida que nos ayudaba a madurar, ya es la Iglesia que ha estado a  nuestro lado en el camino del crecimiento de nuestra fe, y así podríamos pensar en tantas cosas que han contribuido al desarrollo de nuestra vida; ¿y cuál es nuestra respuesta? ¿Cuál es la intensidad y madurez con que vivimos nuestra vida cristiana? ¿Dónde están los frutos que se esperan de nosotros y de lo que en nosotros se ha sembrado?

Da para pensar, para reflexionar, para examinar nuestra vida, para ver hasta donde llega nuestro compromiso con la vida misma, con la sociedad en la que vivimos, y como cristianos en esa iglesia a la que pertenecemos. La parábola termina con palabras duras, como dura fue la reacción del amigo ante los pocos frutos que le daba la viña. ‘Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero también es un toque de atención de lo que es la misericordia del Señor, de la espera paciente del Señor para que demos frutos, y una invitación a unas nuevas actitudes en nuestra vida que pasan por una auténtica conversión.

martes, 13 de noviembre de 2018

Somos los trabajadores de la viña del Señor que no buscamos recompensas ni glorias humanas sino que la recompensa nos la da el Señor


Somos los trabajadores de la viña del Señor que no buscamos recompensas ni glorias humanas sino que la recompensa nos la da el Señor

Tito 2,1-8.11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

Pero ¿es que soy yo el que siempre tengo que estar haciendo esto? ¿Por qué me toca siempre a mí? Frases como estas nos surgen muchas veces en nuestro interior en medio del cansancio de nuestras obligaciones y responsabilidades. Quizá observamos a nuestro alrededor gente que vive su vida sin mayores preocupaciones, sin asumir responsabilidades pensando solo en si mismos y nosotros ahí andamos con nuestras obligaciones, con nuestros trabajos, y hasta quizá nos parece que nadie nos valora.
Son quizá como tentaciones que nos surgen y que algunas veces nos desalientan, pero en la madurez de nuestra vida asumimos nuestras responsabilidades y no dejamos de cumplir con nuestros deberes. Somos conscientes de nuestra responsabilidad. Es la responsabilidad de la propia vida, pero es la responsabilidad con que vivimos nuestras obligaciones personales y familiares, la responsabilidad de nuestro trabajo que es mucho más que ganarnos el sustento, porque nos sentimos en débito con la vida misma y también con esa sociedad en la que vivimos y que entre todos hemos de construir.  No podemos sentirnos ajenos a nuestro mundo, vivimos en él y en él hemos de desarrollar todas nuestras capacidades.
Hoy Jesús nos está hablando en el evangelio de la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida; cómo  no tenemos que desalentarnos porque quizá nuestros trabajos no sean reconocidos ni valorados, sino que seamos en verdad conscientes de nuestra responsabilidad personal. Emplea quizá una expresión que ya en nuestro tiempo parezca que no tiene tanta validez, pero hemos de saber interpretarla como una llamada a nuestra responsabilidad y a la conciencia gozosa del deber cumplido.
‘Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’, nos dice. No nos sentimos siervos o esclavos, es verdad, pero sentimos la alegría del bien que podemos hacer a los demás y a nuestro mundo desde el desarrollo de nuestras responsabilidades. Ya nos recuerda Jesús en otros momentos del evangelio que nuestra grandeza no está en la vanidad del aparentar sino en la maravilla de hacernos servidores de los demás. Esto solo lo podemos entender desde el amor, que es el distintivo de nuestra vida.
Y todo esto que nos habla de la madurez de nuestra vida y que para nosotros sabemos muy bien que se deriva del compromiso de nuestra fe, hemos de mirarlo también en el plano de lo que desde esa fe hacemos en el seno de nuestra comunidad cristiana, en el seno de la Iglesia. Somos unos trabajadores de la viña del Señor, como nos recordaba Benedicto XVI en el día de su elección para el pontificado cetrino. Es de lo que tenemos que ser conscientes todos los cristianos, todos los miembros de la Iglesia. Somos los trabajadores de la viña del Señor.
Bien sabemos cuanto tenemos que hacer, cuantas son las necesidades y problemas, como entre todos tenemos que ir construyendo la Iglesia con la ayuda y la fuerza del Señor. Cuanto hacemos, cuando decimos, cuanto trabajamos por la Iglesia y por los demás sea siempre para la gloria del Señor. No olvidemos nuestra responsabilidad. La recompensa nos la da el Señor, no busquemos glorias ni recompensas humanas.

martes, 23 de octubre de 2018

No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo


No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo

Efesios 2,12-22; Sal 84; Lucas 12,35-38

Cuando a una persona se le confía una responsabilidad lo menos que se le puede pedir es que esté atenta a lo que es el desempeño de ese cargo o esa función que se le ha confiado y no abandone su puesto de trabajo mientras desempeñe sus responsabilidades. Es algo que siempre hemos de tener en cuenta y en el desempeño de su responsabilidad podemos admirar la calidad de su persona.
Decimos que hacemos argollas – es una expresión que al menos en otros tiempos se usaba – cuando en el desempeño de su función en lugar de ocuparse de lo que es su responsabilidad, se dedica a hacer otras cosas o que le entretengan o que tenga que ver con sus otros intereses particulares. Bien nos quejamos, por ejemplo, cuando vamos a una oficina o donde tengan que atender nuestros problemas o necesidades cuando vemos que el funcionario en lugar de atender a quien le requiere está en otras distracciones o simplemente charlando y pasándoselo bien con sus compañeros.
Nuestro mundo y nuestra sociedad la podemos mejorar y hacer avanzar si cada uno desempeña fielmente su responsabilidad allí en el lugar que ocupa. Ya nos quejamos y de alguna manera denunciamos cuando quienes tienen que prestar un servicio público a la sociedad, lo que hacen es querer medrar o buscar ganancias para sus intereses desatendiendo lo que es el bien de las personas de la comunidad.
Hoy Jesús quiere hablarnos de esto y llamarnos la atención. Emplea imágenes quizás de servidumbre propias de otra época, pero la imagen bien nos vale para esa llamada de atención del cuidado con que hemos de desempeñar nuestras responsabilidades. Y creo que quienes creemos en Jesús y queremos seguirle tenemos que ser ejemplo de responsabilidad en cada una de nuestras obligaciones, pero también de responsabilidad ante ese mundo, esa sociedad en la que vivimos.
Los cristianos no podemos cruzarnos de brazos para observar insensibles cuanto sucede a nuestro alrededor. El cristiano es un hombre de compromiso, que arranca desde el cumplimiento fiel de sus propias responsabilidades en todos los ámbitos de la vida. Pero el atender a nuestras responsabilidades personales no significa que nos aislemos de cuanto sucede a nuestro alrededor.
Hoy nos habla Jesús de esa atención y vigilancia ante la llegada del Hijo del Hombre. Quizá muchas veces reduzcamos esa venida al momento final de la historia, ya sea nuestra propia muerte o el fin de la historia y del mundo. Por supuesto que hemos de estar preparados para esa venida gloria del Señor, pero el Señor está viniendo cada día a nosotros en esas personas con las que nos cruzamos con sus problemas y sus necesidades, pero que nosotros tan absortos en lo nuestro no tenemos la sensibilidad para verlos en su justa realidad; el Señor viene en esos acontecimientos que acaecen cerca de nosotros o en un nivel más amplio mirando toda nuestra sociedad. A través de esas personas, a través de esos acontecimientos el Señor nos habla, el Señor viene a nosotros, pero tenemos los ojos y los oídos cerrados y ni vemos ni escuchamos.
Eso forma parte de nuestra responsabilidad ante la vida, ante nosotros mismos, ante Dios. Y con lo que hayamos hecho en todos esos ámbitos nos vamos a presentar delante del Señor. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Llevaremos las manos vacías y nos contentaremos con decir es que estábamos en nuestras cosas y no nos dimos cuenta de lo que de verdad pasaba a nuestro alrededor?
Nos pide el Señor que estemos con la luz encendida, con la cintura ceñida dispuestos para el trabajo, con nuestra mirada atenta, con nuestro corazón abierto y lleno de sensibilidad. Es también nuestra tarea y nuestra responsabilidad. No nos entretengamos en otras cosas que tienen menor interés o que solo nos satisfagan a nosotros mismos. No olvidemos que tenemos la obligación de poner nuestro granito de arena.

sábado, 16 de junio de 2018

La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor


La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor

1Reyes 19,19-21; Sal 15; Mateo 5,33-37

‘Lo juro’ escuchamos una y otra vez repetir a muchas personas cuando quieren afirmarnos algo, ante lo que quizás nosotros nos mostremos algo incrédulos. Hay gente que lo tiene como una muletilla, porque les parece que es la única forma de credibilidad que tienen para presentarse, y porque quizá ellos mismos son desconfiados en si mismos, ni confían en lo que le digan los demás ni confían en si mismos.
Pero nos encontramos también que ya incluso en las fórmulas oficiales, por ejemplo, en la toma de posesión de cargos o responsabilidades se va sustituyendo el juramento por la promesa y si en principio el juramento para un creyente es poner a Dios por testigo de la verdad de aquello que afirmamos en la sociedad en que vivimos se sustituye esa invocación de Dios en el propio honor o en el respeto que podamos tener por las obligaciones que asumimos.
En una sociedad en la que ya no prima lo creyente y para una gran mayoría se ha dejado de tener en su vida esa referencia a Dios porque vivan un agnosticismo o un ateismo práctico, no nos extrañe esas sustituciones; como tampoco creo que en el respeto que podamos tener por las otras personas no nos ha de escandalizar que se sustituyan o supriman los elementos o signos religiosos de esas formalidades. Claro que para mí, que soy creyente, siempre será valida y necesaria esa relación con Dios en mi vida y en los actos que realizo. Como creyente, por mucho respeto que tenga a mi propio honor, la última referencia de mi vida siempre será Dios, porque es el que da sentido a mi ser y a mi vivir.
El juramento no solo le da solemnidad al acto que realizamos, sino que realizado responsablemente viene a darle credibilidad a aquello que afirmamos. Y diríamos que por la seriedad que reviste en si mismo se constituye para mi en una obligación que asumo, lo que me hará vivir todo aquello que realizo con responsabilidad y como una exigencia de justicia en si mismo. Por eso sería irresponsable no realizarlo con seriedad; de ahí que no es algo que tenemos que prodigar como una muletilla, como decíamos antes, sino que hemos de reservarlo para aquellos actos que tengan verdadera seriedad.
Hoy Jesús en el evangelio  nos habla de su seriedad y responsabilidad. Pero creo que Jesús quiere ir más al fondo y es que por la responsabilidad de nuestra vida nosotros nos hagamos creíbles siempre sin necesidad de reafirmarnos por medio de juramentos. No es solo ya que sería terrible un juramente en falso, de algo que no es verdad, sino que también hemos de evitar lo innecesario. ‘No juréis en absoluto’, nos viene a decir.  ‘A vosotros os basta decir sí o no’.
Es la autenticidad de nuestra vida; es la congruencia con que vivimos, de manera que nuestras palabras y nuestras obras vayan por el mismo camino. Es importante esa congruencia de nuestra vida. Es necesario que nos hagamos verdaderamente creíbles por las obras que realizamos. Es el testimonio que tenemos que dar de nuestros principios, de nuestros valores, de nuestra fe. Hemos de ser testigos, pero no solo por las palabras que pronunciemos, sino por el testimonio de la vida que vivimos.

domingo, 7 de agosto de 2016

La responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de seguirle, nos tomamos en serio la vida

La responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de seguirle, nos tomamos en serio la vida

Sabiduría 18, 6-9; Sal 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19; Lucas 12, 32-48
En la vida tenemos responsabilidades que tenemos que asumir y en las que no nos podemos dormir; nos hacemos planes, nos trazamos objetivos; el hombre maduro y responsable siempre estará buscando cómo mejorar las cosas, como pueda hacer que las cosas para los suyos, con aquellos que están a su cargo o con los que tiene una especial responsabilidad, ya sea la familia o ya sea aquellos cuyo trabajo pueda depender también de su actuación y su responsabilidad, puedan marchar bien y hacer que puedan tener una vida mejor. Actuando con responsabilidad no hace dejación de sus obligaciones, no se duerme, no espera que otros hagan sino que también será capaz de tener iniciativas o buscar formas de que todo funcione bien.
Las responsabilidades de la vida nos hacen estar vigilantes, atentos. Eso, como decíamos, es parte y es expresión de la madurez de la persona y de la madurez con que afrontamos los problemas de la vida. Es cierto que en esas materias de orden material o donde toque el aspecto económico parece que nos hacen ser más astutos, y quizá en otros aspectos de la vida personal y de la vida espiritual no prestemos tanta atención.
Jesús en el evangelio nos va trazando unas líneas de vida, ayudándonos a descubrir unos valores, queriendo hacer que busquemos lo que es verdaderamente principal e importante en la vida, abriéndonos caminos de vida, descubriéndonos lo que es el sentido del Reino de Dios que nos anuncia y que ha de ser el sentido de nuestra vida.
Cuando lo vamos escuchando, al tiempo que contemplamos su actuar, nos sentimos entusiasmados y nos entran deseos de vivir ese estilo de vida nueva que Jesús nos ofrece, nos hacemos nuestros propósitos y nuestros planes e incluso comenzamos a dar pasos en ese seguimiento de Cristo queriendo vivir tal como Jesús nos ofrece. 
Pero ya sabemos bien lo que nos sucede y que nos aparece enseguida la inconstancia, pronto nos cansamos, tenemos el peligro de olvidar aquello que nos habíamos propuesto y baja la intensidad de lo que ha de ser nuestra vida cristiana. Tenemos, ya sabemos, muchos altibajos en la vida y en este caso en la vida espiritual.
Todos recocemos esa experiencia de nuestra vida; después de una semana santa vivida con fervor nos propusimos muchas cosas, o fueron unos ejercicios espirituales que hicimos de los que salimos con muchos propósitos, o aquel cursillo al que asistimos o aquellas jornadas en las que participamos compartiendo con otras muchas personas que también veíamos cómo querían con entusiasmo vivir su compromiso en la iglesia y en medio del mundo. Salimos con mucho entusiasmo en aquellos momentos, pero luego pronto ‘como era en el principio, ahora y siempre…’
Hoy Jesús nos habla de tener ceñidas las cinturas y encendidas las lámparas. Nos recuerda aquella parábola de las doncellas prudentes y de las doncellas necias, las que llevaron aceite suficiente aparte, y las que llevaron raquíticamente el poquito que podía contener el pequeño depósito de la lámpara. O nos habla del dueño de la casa que no sabe por donde puede atacar el ladrón, pero que estará vigilante y tendrá bien cerradas las puertas para que no se pueda introducir en la casa. O nos habla del administrador fiel y solicito que se le ha confiado la administración de una casa o de una hacienda y que ha de estar atento para que todo funcione bien, porque esa es su responsabilidad.
Podemos reflexionar e interpretar estas palabras en un sentido escatológico pensando en ese momento final de nuestra vida y en el momento en que tengamos que presentarnos ante Dios para dar cuenta de lo que ha sido nuestra vida. Pero creo que de una forma concreta el mensaje que se nos trasmite quiere que pensemos en el día a día de nuestra vida y cómo ahora en este momento estamos dando respuesta a lo que Jesús nos va pidiendo en el evangelio.
Estas palabras de Jesús han surgido tras aquellas consideraciones que se nos hacía para que no nos dejáramos seducir por la codicia de la vida, la codicia y el deseo de la posesión de bienes materiales. En las primeras palabras que hoy hemos escuchado se nos invita a guardar nuestro tesoro donde los ladrones no nos lo puedan robar, diciéndonos que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón. Y ante esa situación que podría parecerle difícil a los discípulos Jesús se expresa con toda su ternura - ‘no temas, pequeño rebaño’, les dice - para que pongamos toda nuestra confianza en el Padre bueno del cielo.
No nos podemos cruzar de brazos ni nos podemos quedar aletargados sin saber qué hacer por mucho que sea la necesidad o el trabajo que se abre ante nosotros; la vigilancia y la espera no son pasivas en el cristiano.
Son los oídos atentos para escuchar la Palabra, pero son los ojos abiertos para mirar la vida y mirar nuestro mundo; son nuestras manos ágiles y siempre dispuestas para trabajar y es nuestro corazón siempre abierto para compartir con generosidad; es esa apertura de nuestra para ver la necesidad y es la disposición para abrir caminos de compromiso; es la sintonía de nuestro espíritu para captar esa voz y esa presencia de Dios, son nuestros pies siempre dispuestos a caminar para sembrar la paz, para hacer el bien, para ir a construir ese mundo nuevo.
Es la responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de su seguimiento, nos tomamos en serio la vida que vivimos en todos sus aspectos.

domingo, 31 de julio de 2016

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
Por aquello de la responsabilidad con que hemos de asumir la vida y todas sus obligaciones tenemos la tentación de vivir muy obsesionados por la consecución de unos bienes materiales con los que podamos afrontar esas necesidades que tenemos y cumplir con nuestras responsabilidades. Enfrentarnos a las responsabilidades de la vida, podíamos decir, es nuestra obligación; lograr una vida digna y lo mejor posible para nosotros y para nuestra familia forma parte del día a día de nuestra existencia. Pero hay una tenue línea roja que nos puede llevar a convertirlo en obsesión y al final en avaricia porque lo que queremos es acaparar y acaparar porque con eso creemos que tenemos nuestras seguridades.
Es cierto, hay que decirlo, que forma parte de las exigencias del evangelio que queremos vivir el desarrollo total de nuestras capacidades y valores, que el talento que tenemos en nuestras manos no lo podemos enterrar porque eso sí que seria dejación e irresponsabilidad, y que en consecuencia hemos de saber hacer fructificar nuestra vida en el desarrollo de esos valores que poseemos. Pero eso nunca debe encerrarnos en nosotros mismos, y ese es un peligro y tentación que tenemos.
El cumplimiento de nuestras responsabilidades y el desarrollo de nuestros valores no deben encerrarnos en el egoísmo y la insolidaridad; tenemos el peligro de la codicia, de la avaricia que nos encierra y nos vuelve duros e inhumanos. Pareciera que todo el objetivo está en la ganancia y la acumulación de bienes y riquezas. Y eso puede traernos muchas connotaciones negativas desde el endurecimiento de nuestro corazón, el aislamiento por desconfianza hacia los que nos pueden hacer mermar nuestras ganancias, la insolidaridad que nos hace pensar primero en nosotros mismos y nos cierra los ojos a las necesidades que puedan estar pasando los demás, a la larga la injusticia porque queremos hacernos dueños absolutos de aquello que Dios ha puesto en nuestras manos no solo para nosotros sino para bien de toda la humanidad.
Es lo que hoy Jesús nos quiere hacer reflexionar en el evangelio.  ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Nuestra vida vale mucho más que unos bienes o riquezas que podamos poseer; la riqueza más grande está en nuestro yo cuando se abre a un nosotros, en esos valores que hay en nosotros que nos hacen desprendidos, generosos, abiertos al compartir, con un corazón compasivo y lleno de misericordia, comprometidos seriamente con lo bueno y con lo justo para bien de todos. El cumplimiento de nuestras responsabilidades no  nos puede encerrar en la codicia, sino abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia con los demás.
Y Jesús nos propone la parábola de aquel hombre rico que le iban muy bien las cosas pero que solo pensaba en agrandar sus graneros para olvidarse de todo y de todos y solo pensar en si mismo viviendo su vida a su manera. Pero eso acumulado un día se acabará más pronto o más tarde, como le sucede al hombre de la parábola de forma inesperada. ¿Qué le queda de su vida cuando solo ha pensado en la posesión de esos bienes materiales? Solo ha sabido cultivar lo material de una forma avariciosa y cuando le faltan esas cosas su vida estará vacía y sin sentido.
Pensemos, sí, qué huella vamos a dejar nosotros en nuestra sociedad a nuestro paso por el mundo. ¿Por qué nos van a recordar? ¿Porque vivimos encerrados en el castillo de nuestro yo aislándonos de los demás y consentidos en el orgullo de esas vanidades que un día se disiparán como humo? Tendrá que ser otra la sombra que proyectemos sobre nuestro mundo, tendrá que ser otro el buen olor que dejemos a nuestro paso si sabemos cultivar los buenos valores; no será con las manos vacías cómo  nos presentemos ante Dios el día en que El nos llame a su presencia.
Hoy termina diciéndonos Jesús ‘así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’. Como nos dirá en otro lugar del evangelio acumulemos ‘tesoros en el cielo donde los ladrones no los roban ni la polilla los corroe’. Por ahí han de caminar las grandes responsabilidades de la vida y es ahí donde encontraremos la verdadera seguridad.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Esa onza de oro puesta en tus manos es todo eso que puedes hacer cada día para que sean más felices los que están a tu lado y el mundo sea mejor

Esa onza de oro puesta en tus manos es todo eso que puedes hacer cada día para que sean más felices los que están a tu lado y el mundo sea mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

‘Estaban cerca de Jerusalén y pensaban que el Reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro…’ No terminaban de entender. Jesús lo iba anunciando constantemente. No terminaban de comprender las señales que se iban manifestando. Ahora Jesús iba anunciando que aquella subida a Jerusalén tenía una trascendencia especial. Hablaba de pascua, de pasión, de muerte y no les cabía en la cabeza. Pero, ¿llegaba o no llegaba el Reino de Dios? ¿Acaso serían momentos de revueltas y de revoluciones para que todo cambiara? Muchas ansias en sus corazones aunque no sabían bien cómo enfocarlas. Muchos interrogantes también que se quedaban sin respuesta.
Y como dice el evangelista esto motivo la parábola que Jesús les propone. Es la parábola paralela a la que nos ofrece Mateo en su evangelio de los talentos. San Lucas nos habla de onzas de oro, pero el significado viene a ser el mismo. Aquel personaje noble se va a buscar el título de rey y es cuando les deja las onzas de oro a sus servidores. Pero está también el detalle de que algunos no querían que aquel personaje obtuviera el título de rey. Y está la misión que Jesús les confía a sus servidores de administrar, negociar, hacer fructificar aquellas onzas de oro, aunque no con igual resultado porque alguno la guardará bien guardada para que no se pierda pero no hace nada con ella.
¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿Qué puede significar aquella onza de oro puesta en las manos de sus servidores? ¿Podrán significar ese Reino que todos buscaban y en el que Jesús en verdad se va a proclamar Rey y Señor? ¿Podría significarnos que no tenemos que buscarlo fuera de nosotros ni en cosas espectaculares sino que lo que tenemos en nuestras manos, porque a nosotros se nos ha confiado el irlo construyendo día a día? ¿Qué hacemos? ¿Qué estamos haciendo por ese Reino de Dios?
miramos la vida, miramos la Iglesia, miramos nuestro mundo y tantas veces lo que hacemos son quejas y lamentos porque el mundo marcha mal, porque hay problemas en la Iglesia, porque en la vida tenemos tantos problemas, porque la gente hace o no hace caso y no vemos que en verdad nuestro mundo vaya cambiando. Muchas veces parece que estamos esperando a lo que hagan otros, que los problemas se resuelvan por si solos, que el mundo encuentre paz porque otros, los gobernantes o los dirigentes, tienen que hacer no sé cuantas cosas. ¿Cuándo en verdad nuestro mundo va a ser ese Reino de Dios en plenitud?
Y quizá no nos damos cuenta de las onzas de oro que Dios ha puesto en nuestras manos, de las posibilidades que nosotros tenemos de comenzar a hacer más presente el Reino de Dios en nuestro mundo, de que en verdad nuestro mundo, nuestra sociedad vaya siendo mejor cada día. Nos olvidamos de que ese Reino de Dios está en nuestras manos, que nosotros hemos de ir poniendo nuestro granito de arena, si solo es eso lo que tenemos, pero que podemos ir haciendo con nuestro amor, con nuestra responsabilidad, con nuestros deseos de paz, con nuestro trabajo por la justicia que el mundo sea mejor cada día. No se transforma nuestro mundo desde grandes decisiones que se tomen y nos impongan, sino de esas pequeñas cosas que cada uno puede ir haciendo cada día. Y tenemos muchas oportunidades, muchas posibilidades.
Piensa, por ejemplo, qué hiciste ayer de bueno desde tu responsabilidad por hacer que las cosas marchen bien. Piensa qué bueno has hecho hoy para hacer  más felices a los que están a tu lado, a tus familiares cercanos, a tus compañeros de trabajo, a tus amigos. Si viviste o estás viviendo encerrado en ti mismo sin sentir ninguna preocupación por los demás eres como aquel que guardó la onza en el pañuelo para que no se le perdiera. Pero piensa cuantas cosas positivas puedes hacer cada día, empezando por vivir con total responsabilidad tus obligaciones y no perdiendo el tiempo tontamente.
En muchas cosas prácticas que hacemos o podemos hacer cada día hemos de traducir esto que estamos reflexionando. Así iremos construyendo un mundo con más paz, un mundo más solidario, un mundo donde nos sintamos amigos y hermanos, un mundo donde brille una felicidad profunda en los corazones; estaremos construyendo el Reino de Dios.