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domingo, 4 de mayo de 2025

Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

 


Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Salmo 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

Qué reconfortante cuando en el desarrollo de nuestras tareas y responsabilidades no nos sentimos solos; tendremos que realizar nuestras tareas de forma personal y en algunas ocasiones parece que nos tenemos que valer por nosotros mismos, pues en ese momento cada uno está en su tarea, pero cuando en ese camino de la vida nos sentimos queridos y valorados, podemos pensar en nuestra familia, podemos pensar en los amigos, podemos pensar en la valoración que nos hacen de nosotros mismos aquellas personas que nos han confiado esa tarea, interiormente nos sentimos reconfortados, intuimos la presencia de esas personas que nos quieren o nos valoran y sabemos que nos están dando su apoyo. Tener esa experiencia interior nos reconforta y nos da fuerza, nos impulsa y nos hace sentir un gozo interior que no tenemos palabras para expresarlo.

Es cosa de pensar en esto de manera en especial en estos días en que seguimos celebrando la pascua y en el evangelio vemos esas diversas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos, como es el texto que hoy se nos ofrece. Habitualmente empleamos la palabra ‘apariciones’ como si fuera que Jesús está en otra parte y en un momento determinado viene y se nos hace presente. 

Pero la experiencia del resucitado es mucho más que eso, es algo mucho más hondo, porque confesar que Cristo ha resucitado es confesar que Cristo vive, pero vive no en un sitio como etéreo y apartado, sino que sentir que Cristo vive es sentir que Cristo está en nuestra vida, que Cristo está siempre presente en nosotros y con nosotros. Por eso he empleado mejor esa palabra manifestación, El está pero en momentos determinados se nos manifiesta de forma más clara.

Cristo está con nosotros en ese camino de nuestra vida, en cada momento y en cada situación, no siempre quizás sabemos descubrirlo y sentirlo, pero El nos dijo que estaría con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. En aquel irse de pesca el grupo de los apóstoles aquella noche en el lago de Tiberíades estaba Jesús; en la penumbra de la orilla solo parece estar alguien que está interesado por la pesca y si han cogido o no cogido pescado. 

Pero es Jesús que está allí, y cuando se dejan conducir, cuando en verdad escuchan su voz podrán tener una pesca hermosa. Es lo que comienza a reconocer aquel discípulo amado, ‘¡es el Señor!’ le dice a Pedro, y ahora será Pedro el que quiere estar con Jesús, el que va a vivir esa experiencia profunda de su encuentro con Jesús.

Será por los caminos del amor por donde podrán sentir de verdad la presencia de Jesús en sus vidas; primero el discípulo amado, luego Pedro respondiendo a aquella triple pregunta de Jesús de si lo amaba, si había amor en su vida. Y Pedro sentirá de verdad que Jesús está en su vida, a pesar de sus pasadas dudas y de sus negaciones. Jesús sigue contando con El, porque en Pedro hay amor.

¿Será la sintonía que nosotros tenemos que despertar y oír en el corazón? Cuando despertemos a esa sintonía nuestro camino será distinto porque ya nunca nos vamos a sentir solos; pueden venir las dificultades y las tentaciones, pueden aparecer dudas en nuestro corazón porque eso forma parte de nuestra vida, podremos encontrarnos un mundo en contra que no querrá que nosotros proclamemos el nombre de Jesús, podremos sentirnos débiles algunas veces porque nos parece que la tarea es inmensa y no vamos a ser capaces de realizarla, pero por encima de todo eso, más allá de todo eso tenemos la certeza de que Jesús está en nosotros. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’, diremos como los apóstoles ante el Sanedrín. Pero tenemos que dejarnos examinar de amor por Jesús y Jesús se manifestará claramente en nuestra vida.

Quiero pensar y decir también una palabra en este momento que estamos viviendo en la Iglesia con la próxima elección de un nuevo Papa. Me gustaría imaginar que los Cardenales encargados de su elección pudieran estar sintiendo también en su interior este mismo examen de amor, del que nos habla hoy el evangelio. Es inmensa la responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia que tienen en sus manos en estos momentos.

Ellos, no queriendo dejarse influir por ningún tipo de presión que desde todas partes reciben donde cada uno da un perfil del Papa que deben elegir, tendrán que estar diciéndose en su corazón ‘tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Escucharán, es cierto, el gemido del pueblo de Dios, pero al mismo tiempo están escuchando esa Palabra de Jesús y no solo quien en su momento sea el elegido del Señor sino todos para poder dejarse guiar por la acción del Espíritu Santo escucharán en sus corazones ‘¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Porque es una forma de sentir que Cristo resucitado con la fuerza de su Espíritu está en ellos.

Es la actitud de fe y de esperanza que tiene que anidar en nuestros corazones en este momento de la Iglesia y lo que ha de guiar nuestra oración. Es el amor que hemos de poner en nuestra vida para que cual discípulo amado también decir ‘es el Señor’.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

Si escuchamos la palabra ‘catedral’ todos más o menos tenemos una idea a lo que nos estamos refiriendo aunque muchas veces nos quedemos en la idea de esa iglesia grandiosa, quizá monumental por el arte en que ha sido construida y que existe sobre todo en grandes ciudades; más o menos sabemos que tiene como referencia al Obispo porque viene a ser el centro de ese territorio que es la diócesis en la que está; pero algunas veces existe una confusión entre lo que es una catedral y lo que es un monumento como sucede en algún sitio que llaman catedral a una iglesia simplemente por su carácter monumental sin realmente serlo; nos sucede en alguna ciudad de nuestras islas.
Pero si nos fijamos en el sentido de la palabra y su concomitancia con palabras semejantes, como pueda ser catedrático ya vamos entendiendo su sentido porque la referencia o raíz de la palabra está en la cátedra. La cátedra es el lugar desde donde enseña el profesor, el catedrático; es el lugar del maestro, del que enseña y al que acuden los discípulos, los que le siguen, para aprender de su enseñanza.
La catedral es, pues, la sede de la cátedra de nuestro maestro en la fe que es el Obispo. La catedral hace entonces referencia a la Diócesis, esa porción del pueblo de Dios en un territorio determinado que es presidido y guiado por su Obispo, como verdadero sucesor de los apóstoles, y que con su enseñanza es nuestro maestro en la fe. Ya sea monumento o ya sea un sencillo templo por ser la sede del Obispo la catedral es la cátedra que nos congrega para alimentar nuestra fe bajo la guía del Obispo, como pastor en nombre de Cristo de la Diócesis y para celebrar el culto y la gloria del Señor.
¿Por qué me hago todas estas explicaciones? Es que en este día celebramos la fiesta de una catedral importante para toda la Iglesia. Hoy estamos celebrando la Dedicación de la Catedral y Basílica de san Juan de Letrán en Roma. ¿Por qué tiene importancia? Porque es catedral de Roma, es la sede del Obispo de Roma, en consecuencia del Papa, la catedral del Papa.
Estamos acostumbrados a ver al Papa en el Vaticano, en la Basílica de san Pedro y nos puede parecer que esa es la Catedral de Roma, pero no es así. No siempre el Papa vivió en el Vaticano, pues durante siglos vivió en los palacios de Letrán que están junto a la Catedral Basílica de san Juan de Letrán. Por circunstancias de la historia que no nos vamos ahora a detener a explicar se vino al Vaticano, pero la sede del Obispo de Roma sigue siendo siempre san Juan de Letrán. Es algo que muchas veces los cristianos desconocemos y que necesitamos aclarar porque muchas veces incluso los medios de comunicación nos confunden por ignorancia de los que nos trasmiten las noticias.
Es, pues, esta fiesta que hoy celebra la liturgia de la Iglesia algo importante para todos los cristianos y que hemos de vivir con hondo sentido eclesial sintiéndonos en verdadera comunión de iglesia con el Papa como vicario de Cristo en la tierra y pastor también de toda la Iglesia. Creo que puede ser una buena ocasión para que viviendo esa comunión eclesial también nuestra oración se eleve al Señor por toda la Iglesia, por sus pastores, y en este día de manera especial por el Papa.
Es una ocasión, y esto daría para otras más amplias reflexiones, y pensar cómo nosotros somos ese verdadero templo del Espíritu Santo, morada de Dios, porque en el bautismo así fuimos consagrados, y desde lo más hondo de nuestro corazón saber ofrecer un verdadero culto al Señor desde la santidad de nuestra vida y desde nuestras buenas obras cantar la gloria del Señor.

domingo, 29 de junio de 2014

Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia



Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia

Hechos, 12. 1-11; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19
Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’, confiesa Pedro. ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mí Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’.
Ciertamente el momento es solemne y de suma trascendencia. Jesús les pregunta por su fe y es Pedro el que se adelanta a confesarla. ‘No te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’, le dice Jesús. Pero ‘así como mi Padre me ha enviado, así os envío yo’, dirá Jesús en otra ocasión, pero de ahora en adelante Pedro tiene una misión, ha sido enviado, se le confiado la Iglesia, ha de mantenerse firme, porque ha de confirmar para siempre en la fe a sus hermanos.
Desde el principio del evangelio los encuentros de los primeros discípulos, y, si queremos, en especial de Pedro van a ser impactantes y Pedro se va a sentir sobrecogido por lo que el Señor le va revelando y le va confiando. Será su hermano Andrés el que lo lleve a Jesús ‘porque hemos encontrado al Mesías’, pero desde el primer momento ya Jesús lo llama por su nombre, aunque le anunciará que va a ser piedra, una piedra fundamental en la futura Iglesia. ‘Tú eres Simón, el hijo de Jonás; en adelante te llamarás Cefas, (es decir, Pedro)’. El cambio de nombre significa el anuncio o la concesión de una misión especial.
Será junto al lago, cuando estén remendando las redes o limpiando la barca y los llame para seguirle, o será después de la pesca milagrosa en la que ya Pedro adelanta una confesión de confianza en la palabra de Jesús -‘por tu nombre, porque tú me lo dices, aunque yo sé que no hay pesca porque he estado toda la noche bregando, echaré las redes’- cuando Pedro impresionado se siente pecador en la presencia de Jesús al que ya está contemplando como una presencia extraordinaria y maravillosa de Dios, pero Jesús los llamará para ser pescadores de hombres. ‘Apártate de mi, que soy un pecador’, le había dicho Pedro postrándose ante Jesús, pero Jesús les dirá en una y otra ocasión: ‘Venid conmigo que os haré pescadores de hombres’.
Otro momento de sentirse impresionado por la manifestación de la gloria del Señor será en lo alto del Tabor. Grande y maravilloso es el misterio de luz que están contemplando y merece la pena quedarse allí para siempre. ‘Haremos tres chozas, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías’, será el deseo de Pedro. Pero allí se estará confirmando desde el cielo todo el misterio de Dios que se revela en Jesús. ‘Este es mi hijo amado, escuchadlo’, será la voz que se escucha.
Habrán de escuchar a Dios, escuchar a Jesús, pero habrá que volver a la llanura de la vida, y aunque ahora aun no puedan hablar de ello, después de la resurrección de la que es un signo y un anticipo aquella teofanía que habían contemplado, Pedro confesará valientemente con la fuerza del Espíritu ante todos que aquel Jesús que todos habían conocido Dios lo había constituido Señor y Mesías.
Todavía habrían de venir las dudas, las cosas difíciles de comprender y hasta las cobardes negaciones. Aunque cuando Jesús anunciaba su pasión le decía que se quitara eso de la cabeza que eso no podía suceder, sin embargo estaba dispuesto a todo por Jesús hasta dar la vida por El. Habría de pasar por el sueño, la oscuridad y la soledad de Getsemaní, que le debilitaría hasta ceder con su negación ante los criados del Pontífice, pero más tarde su confesión ya sería de amor, y de un amor tan grande que solo Jesús podía saber hasta donde podía llegar. ‘Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’. Y tras esa confesión no solo de fe sino de amor, vendría la confirmación de la misión que él tendría en la Iglesia. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos’.
Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia, habíamos dicho al principio de nuestra reflexión. Y es lo que hoy en esta fiesta de los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo estamos en cierto modo celebrando. Hoy es una fiesta muy eclesial, muy con sentido de Iglesia. Al celebrar a san Pedro estamos celebrando también el día del Papa, sucesor de Pedro,  con la misma misión de Pedro en medio de la comunidad eclesial.
Una buena ocasión para que nosotros también proclamemos con toda intensidad nuestra fe. Nos sentimos sobrecogidos también por la experiencia de nuestra fe, porque no es algo meramente humano lo que vivimos y en lo que creemos. Es algo sobrenatural que a nosotros también nos envuelve, porque en la medida en que vamos siendo conscientes de la fe que confesamos nos vamos viendo envueltos por el misterio de Dios que se nos manifiesta e invade totalmente nuestra vida. Es algo que también a nosotros nos sobrepasa cuando vemos el misterio de Dios tan cerca de nuestra vida, como lo iba sintiendo Pedro. No es algo frió que solo confesemos con nuestras palabras, sino que al ir confesando nuestra fe, desde lo más hondo de nosotros mismos tenemos que irnos abriendo al misterio de Dios.
¿Nos sentiremos pequeños y pecadores, como se sentía Pedro? ¿Nos sentiremos indignos como Isaías cuando contempló en una visión todo el misterio de la gloria de Dios? ¿Nos sentiremos entusiasmados quizá como Pedro en el Tabor y querremos quedarnos allí embelesados sin darnos cuenta que tenemos que bajar de la montaña y volver a la llanura de la vida donde está nuestra tarea de hacer presente a Dios en medio del mundo? ¿Tendremos el entusiasmo de Pedro de decir que estamos dispuestos a todo por seguirle, pero que luego veremos que no es tan fácil dar la cara, que vendrán momentos de dolor y de pasión y eso es duro y que casi preferiríamos rehuirlos y tendremos la tentación de echarnos para detrás?
Toda esa mezcolanza de cosas nos pueden suceder y muchas más. Pero tenemos que saber seguir hasta el final con nuestra confesión de fe y con nuestra confesión y porfía de amor, como Pedro. Y es que ahora nosotros sabemos que no estamos solos, porque sabemos que no nos va a faltar nunca la presencia del Espíritu que nos fortalece y nos hace ver las cosas con mayor claridad.
Pero además nosotros sabemos otra cosa y es que la fuerza del Espíritu del Señor está en su Iglesia y tenemos a Pedro a nuestro lado en la persona del Papa y de los pastores de la Iglesia que nos ayudan y nos animan, que nos iluminan con la luz de la Palabra del Señor; pero sabemos también que en esa tarea de proclamar y anunciar nuestra fe nos sentimos en comunión de Iglesia, que es una tarea de toda  la Iglesia y allí donde yo esté confesando y proclamando mi fe conmigo está la Iglesia, están mis hermanos creyentes formando todos juntos como una piña para hacer ese anuncio misionero.
Como hemos venido diciendo con Pedro también nuestra confesión de fe nos abre el camino de la Iglesia. Es así como nos quiso Jesús. No ha venido Cristo con su salvación para que sigamos encerrados en nuestros egoísmos e individualidades, viviendo la fe cada una por su lado y ajeno a los demás. Cuando Cristo viene a traernos la salvación ya se nos dice que con su sangre vino a traer la reconciliación y la paz. Vino a destruir los muros que nos separaban. Y no es que simplemente nos reconciliemos con Dios y en lo demás sigamos de la misma manera. Nuestra reconciliación y nuestra paz pasa por nuestra vuelta a Dios, es cierto, pero también nuestra vuelta al encuentro con los demás para vivir una nueva comunión y un nuevo amor entre todos nosotros.
Por eso nuestra fe no la vivimos tan individualizada que no nos importen los demás; todo lo contrario nuestra fe en Jesús tiene siempre  un sentido de comunión y en comunión con los demás hermanos hemos de vivirla. Por eso venimos diciendo que la confesión de nuestra fe en Jesús nos abre a los caminos de la Iglesia.

martes, 29 de abril de 2014

La contemplación del misterio de la pasión inflame nuestro corazón de deseos de Dios

La contemplación del misterio de la pasión inflame nuestro corazón de deseos de Dios

1Jn. 1, 5-2, 2; Sal. 148; Mt. 11, 25-30
¿Cómo podemos conocer a Dios? ¿Cómo podemos llegar a toda la hondura y profundidad de su misterio? Ciertamente el hombre en lo más intimo de sí mismo, aunque algunas veces no quiera reconocerlo, siente deseos de Dios, porque siente deseos de plenitud, de perfección, de algo grande, vamos a decirlo así, que sacie su sed más profunda. Pero Dios nos sobrepasa porque ¿quiénes somos nosotros ante la inmensidad de Dios? Pero hemos de reconocer, desde nuestra fe, que esa ansia de Dios, esa sed de Dios que sentimos en lo más hondo de nosotros mismos, es Dios mismo quien la ha puesto en nuestro corazón, quien la ha suscitado en nuestro espíritu.
Pero no podemos acudir a Dios de cualquier manera ni con cualquier actitud.  Primero porque nunca el conocimiento que podamos tener de Dios es cosa de nuestra sabiduría humana, sino que es revelación que Dios quiere hacernos de sí mismo. Es cierto que nos ha dado inteligencia y saber en la dignidad de la que nos ha dotado desde la creación, pero es Dios quien se nos revela para que podamos conocerle; pero conocerle no es como apoderarnos de Dios sino es más bien llenarnos de El, de su vida,  de su Espíritu que El quiere concedernos.
Y luego no podemos acercarnos a Dios desde nuestros orgullos y autosuficiencias, sino siempre con espíritu humilde, de apertura humilde de nuestro corazón para acoger ese misterio que se nos revela y se nos da, porque al revelársenos nos hace participes de su misma vida, de su Espíritu, de su Sabiduría eterna e infinita.
Es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús da gracias al Padre porque se ha revelado y se ha manifestado no a los grandes y poderosos, no a los que se creen sabios y se llenan de orgullo y autosuficiencia, sino a los que humildes y sencillos se acercan con amor a Dios. ‘Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’.
¿Quiénes son los que acogieron y aceptaron a Jesús? Primero serían los pobres pastores de Belén los que van a recibir el anuncio del ángel, y luego a través de todo el evangelio veremos que son los pequeños, los pobres, los humildes los que serán capaces de descubrir las maravillas de Dios que se manifiestan en Jesús. Si alguien que pudiera estar en un estadio de mayores conocimientos se acercara a Jesús lo haría, como lo hizo Nicodemo, que era maestro en Israel, con espíritu humilde y siempre queriendo dejarse sorprender por las maravillas de Dios.
Cuánto nos enseña todo esto para nuestra vida y para nuestros deseos de acercarnos a Dios para conocerle más y para vivirle mejor. Pero nos estamos haciendo esta reflexión a la luz de la Palabra de Dios hoy proclamada en la fiesta de santa Catalina de Siena. ¿Quién fue Catalina de Siena? Alguien que con corazón de pobre y desde la humildad y sencillez, desde la pequeñez de su vida supo abrirse a Dios y así se pudo llenar de Dios. Era una mujer casi analfabeta - muchas de sus cartas y escritos simplemente los dictaba porque pocos eran sus conocimientos en escrituras y ciencias humanas - y sin embargo hoy la consideramos una doctora de la Iglesia. Abrió su corazón a Dios y Dios se le reveló con una altura mística que le hace meterse en el misterio de Dios; se dejó conducir por el amor del Señor y fueron muchas las cosas que hizo a favor de la Iglesia y de la reconciliación de los hombres de su tiempo.
‘Hiciste arde a Santa Catalina de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo’, hemos rezado en la oración. La contemplación de la pasión de Jesús le hizo, sí, arder con ardores místicos su corazón. Desde muy niña se unió a la Orden Tercera de Santo Domingo, y ahí creció en espiritualidad y en amor a Cristo y a la Iglesia.
Esa fue su otra gran pasión, el amor a la Iglesia. Vivió en momentos difíciles para la Iglesia, cuando el Papa no residía en Roma sino en Avignon en Francia, influenciado por poderes humanos y políticos. Luchó fuertemente para que el Papa volviese a Roma buscando la reconciliación y el encentro lleno de paz de los diversos grupos que había entonces en la Iglesia que la hacían andar dividida llegándose entonces al tristemente llamado Cisma de Occidente.
Por ello entregó su vida hasta enfermar, muriendo muy joven, a los treinta y tres años, viendo ciertamente al Papa establecido en Roma, aunque surgía al mismo tiempo el cisma y la división por otros lugares. En ese mismo sentido quiso ser puente de reconciliación entre los diversos pueblos de Italia que andaban también llenos de divisiones y enfrentamientos.

Que crezcan nuestros deseos de conocer más y más el misterio de Dios; pero que sepamos acudir a Dios siempre con corazón humilde y sencillo. Que se inflame más y más nuestro corazón en el amor de Dios contemplando el misterio de su pasión para que crezcamos más en nuestros deseos de santidad y en nuestro espíritu de servicio. Que aprendamos de santa Catalina de Siena a amar cada día más a la Iglesia y con su ejemplo siempre seamos instrumentos de reconciliación y de unidad entre nuestros hermanos.

sábado, 22 de febrero de 2014

AFIANZADOS SOBRE LA ROCA DE LA FE APOSTOLICA... CATEDRA DE SAN PEDRO



Afianzados sobre la roca de la fe apostólica mantengamos íntegra la fe para alcanzar la vida eterna

1Ped. 5, 1-4; Sal. 22; Mt. 16, 13-19
‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’. Así la promete Jesús a Pedro tras la hermosa confesión de fe que había hecho: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Hemos escuchado este texto en su paralelo de san Marcos hace pocos días. Es la piedra, el fundamento de la Iglesia unido a la roca que es Cristo; es el signo de la comunión y de la unidad de toda la Iglesia. Esa Iglesia depositaria de la gracia del Señor y que como administradora, valga la expresión, nos hace llegar a todos los que creemos en Jesús en la proclamación de la Palabra y la celebración de los sacramentos.
Por eso es que hoy estamos celebrando la Cátedra de san Pedro. Si en el 29  de junio celebramos la fiesta de los Apóstoles san Pedro y san Pablo y entonces también celebrábamos el día del Papa, en esta fecha de hoy la Iglesia quiere fijarse de manera especial en esa potestad y ministerio de magisterio y predicación que Cristo quiso confiarle. Por eso hoy hemos escuchado también este texto de san Mateo donde Jesús le hace la promesa a Pedro de ser la piedra de la Iglesia.
Celebramos hoy la fiesta que llamamos de la Cátedra de san Pedro. La cátedra significa el lugar desde donde se enseña y la potestad de enseñar. Es la misión que Pedro ha recibido de Jesús como pastor en nombre de Cristo - por eso lo  llamamos Vicario de Cristo - de  toda la Iglesia. Como el Obispo tiene su sede, su cátedra, en la Catedral, así el Papa, sucesor de Pedro la tiene sobre toda la Iglesia con esa asistencia especial del Espíritu Santo.
‘Yo he rogado por ti, le dice Jesús a Simón Pedro en la última cena cuando incluso le anuncia las negaciones en las que luego va a caer, para que tu fe no decaiga;  y tú, una vez restablecido, confirma en la fe a los hermanos’. Es la misión que Jesús le confía a Pedro y en él a sus sucesores. Por eso vivimos en comunión con el Papa toda la Iglesia Universal. Como un signo de esa comunión cada cierto tiempo los Obispos, como cabeza de cada una de las Iglesias locales, van a Roma en lo que se llama la visita ad limina - que significa la visita a las tumbas de los apóstoles - para expresar esa comunión con el Papa y con toda la Iglesia universal. Precisamente los obispos españoles, y con ellos nuestro Obispo, van a participar en las próximas semanas en esa visita ad limina,  en esa comunión con el sucesor  de Pedro allí donde tiene su cátedra.
Hoy en la liturgia, sobre todo en las oraciones, hay cosas hermosas para resaltar y expresar lo que tiene que significar esta fiesta de la Cátedra de san Pedro. ‘No permitas que seamos perturbados por ningún peligro, tú que nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica’, pedíamos en la primera de las oraciones. Y en este mismo sentido pediremos luego que guardemos, ‘bajo el pastoreo y la doctrina de Pedro, la integridad de la fe y llegar de este modo a la vida eterna’.
Es una afirmación de nuestra fe apostólica afirmada sobre la roca de Pedro lo que queremos expresar en este día. Y será entonces por un lado un compromiso de nuestra parte  en hacer todo lo posible por mantener íntegra nuestra fe; que nada nos perturbe, que nada nos aparte de la fe de la Iglesia; que nada nos aparte en esa fe de nuestra unión con Cristo; pero es al mismo tiempo esta celebración un signo de esa gracia del Señor que nunca nos faltará. Esa gracia que nos llega por la predicación de Pedro, por el Magisterio del Papa y de la Iglesia.
Que este misterio de redención que celebramos, como expresaremos también en la oración final ‘sea para nosotros  sacramento de unidad y de paz’. El concilio llamó a la Iglesia ‘Sacramento de salvación para todos’; que en verdad eso lo vivamos en la comunión con Pedro, con el Papa y con los pastores que en el nombre del Señor nos conducen hasta Jesús. Pero que nos mantengamos en esa unidad para que seamos ese signo de la salvación de Dios para todos los hombres.

miércoles, 1 de enero de 2014

El servicio es el alma de esa fraternidad que edifica la paz

Num. 6, 22-27; Sal. 66; Gál. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21
Vamos  a decirlo así, se agolpan muchas cosas y muchos temas en este día primero del año y casi  no sabe uno por donde comenzar. Hoy todo el mundo se felicita y se desea buenas cosas para el año nuevo que comienza, siempre con los deseos y esperanzas de que el año que comienza sea mejor que el que nos acaba de dejar. Buenos deseos, no está mal, aunque pensándolo bien creo que tendría que ser otra cosa, algo mucho más hondo.
Pero seguimos celebrando la Navidad y aunque nos parezca ya en cierto modo lejana, a ocho días vista, la fecha del nacimiento del Señor, nosotros decimos que tenemos que estar como en el primer día porque la Navidad en su solemnidad y en su vivencia se prolonga en su octava que es como seguir celebrando con la misma intensidad lo que vivíamos en el primer día. Así tan importante considerábamos aquel primer día que no querríamos que se acabase.
Pero hay algo más, pues, hoy se nos invita a celebrar una Jornada de oración por la paz del mundo. ¡Qué mejor deseo para ese primer día del año!, pero quizá se queda ahogada esta jornada en medio de las fiestas y celebraciones de fin y principio de año y serán quizá otras cosas a las que les prestemos más atención.
Y sin poderla arrancar del marco de la Navidad nos aparece la figura de María. Bueno,  ha estado presente desde el primer momento, ya incluso en la preparación de la Navidad, pero hoy la liturgia nos la quiere resaltar de una manera especial cuando queremos proclamar en este día su maternidad divina. María, la madre de Jesús, es la Madre de Dios, que también se convierte en Madre de la Iglesia y nuestra madre. Siempre va a aparecer junto al Niño la presencia de María. Nos dice el evangelio que cuando ‘los pastores fueron corriendo a Belén encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre’.
Maria a quien contemplamos en silencio, observándolo todo, guardándolo en su corazón, como nos dice el evangelista, como hacen siempre las madres nos ayudará a que nos centremos bien en lo que hoy hemos de celebrar y en lo que hemos de seguir viviendo con toda intensidad.
No es un revoltijo de cosas o temas lo que hoy queremos celebrar. Todo es importante  y tiene su lugar y todo lo podemos centrar, lo tenemos que centrar en el mensaje de Jesús; y es que, si estamos celebrando el misterio de la Encarnación de Dios que se hace hombre para ser Emmanuel, para ser Dios con nosotros y estar con nosotros para  ser nuestra salvación, ninguno de esos aspectos humanos que entran dentro de nuestras aspiraciones o nuestros sueños o inquietudes en la vida de cada día, son ajenas a esa salvación que Jesús viene a ofrecernos.
Esos buenos deseos que nos tenemos los unos a los otros en días como estos en que todo el mundo se felicitaba y se desea los mejores parabienes, muchas veces pueden tener detrás  un pozo de desesperanza y hasta de amargura porque sentimos que las cosas en la vida no nos marchan bien, porque los problemas que vive nuestra sociedad son muy graves y producen muchos sufrimientos en el corazón de los hombres.
Es ahí donde tenemos que hacer brillar fuerte la luz de la Navidad, donde tenemos que dejarnos iluminar por esa luz que nos trae Jesús cuando viene con su salvación para transformar el corazón del hombre y hacer que todos nos sintamos comprometidos a hacer un mundo mejor. No es una luz fría o vacía y superficial la que nos trae Jesús y con la que quiere iluminarnos. Es una luz que nos llena de vida y da sentido profundo a la vida del hombre.
Porque Jesús con su luz y con su presencia viene a sanar el corazón del hombre, herido por tantas cosas cuando dejamos meter en él nuestros egoísmos y ambiciones, nuestros orgullos o todo aquello que por su maldad nos destruye mutuamente. No quiere el Señor que vivamos así, no quiere que perdamos la paz o se la hagamos perder a los demás, no quiere que vivamos en esos aislamientos y divisiones que nos hemos creado en nuestras relaciones que terminan haciéndonos insolidarios y egoístas.
Cuando nosotros ahora en la Navidad decimos que nos estamos dejando iluminar por esa luz de Jesús - cuánto hemos hablado de luz en estos días y cuantas luces hemos querido ir  encendiendo - es porque queremos que iluminados por Jesús nos sintamos curados y sanados de todo ese mal, queremos sentir en verdad esa salvación en nuestra vida que nos va a transformar totalmente en hombres nuevos que hagamos de verdad un mundo nuevo. Entonces hay una nueva esperanza en nuestro corazón.
Entonces nuestros buenos deseos y felicitaciones son algo más que palabras porque van a ser un compromiso serio por nuestra parte de querer hacer felices a los demás; entonces arrancaremos de nosotros ese pozo de desilusión y amargura porque tenemos la esperanza cierta de que podemos hacer un mundo mejor y en ellos nos vamos a sentir seriamente comprometidos. No es algo para vivir de una forma superficial. Surge, entonces, esa oración por la paz que en nosotros se convierte además en compromiso.
‘En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, nos dice el Papa Francisco, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer’.
Así comienza el mensaje que el Papa Francisco nos ha dirigido con motivo de esta Jornada insistiendo a lo largo del mensaje en cómo hemos de saber crear una auténtica fraternidad entre todos los hombres con fundamento importante para lograr esa paz. ‘Anhelo indeleble de fraternidad… hermanos a los que acoger y querer’, nos dice. ‘Es fácil comprender que la fraternidad es fundamento y camino para la paz’ nos sintetiza en otro momento.
‘Los cristianos creemos que en la Iglesia somos miembros los unos de los otros, que todos nos necesitamos unos a otros, porque a cada uno de nosotros se nos ha dado una gracia según la medida del don de Cristo, para la utilidad común (cf. Ef 4,7.25; 1 Co 12,7). Cristo ha venido al mundo para traernos la gracia divina, es decir, la posibilidad de participar en su vida. Esto lleva consigo tejer un entramado de relaciones fraternas, basadas en la reciprocidad, en el perdón, en el don total de sí, según la amplitud y la profundidad del amor de Dios, ofrecido a la humanidad por Aquel que, crucificado y resucitado, atrae a todos a sí…’
‘Ésta es la buena noticia que reclama de cada uno de nosotros un paso adelante, un ejercicio perenne de empatía, de escucha del sufrimiento y de la esperanza del otro, también del más alejado de mí, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel amor que se entrega y se gasta gratuitamente por el bien de cada hermano y hermana… El servicio es el alma de esa fraternidad que edifica la paz’.
No podemos extendernos en estos momentos a comentar más ampliamente el mensaje del Papa para esta Jornada, pero sí que se despierte en nosotros esa inquietud por la paz. Recordemos la Bienaventuranza de Jesús ‘dichosos los que trabajan por la paz porque ellos se llamarán hijos de Dios’. Trabajamos por la paz sintiendo la inquietud y el dolor en el alma por la heridas de la paz, por tantos sufrimientos que se engendran en el corazón de los hombres cuando falta la paz, cuando se impone la guerra y la violencia, cuando perdemos la paz del corazón, cuando no vivimos aquella fraternidad de la que nos habla el Papa en su mensaje.
El nacimiento de Jesús ha sido un anuncio de paz para los hombres, porque Dios nos ama. Quienes creemos en Jesús y ahora hemos celebrado su nacimiento tenemos que seguir haciendo ese anuncio de paz, tenemos que ir llevando esa paz a cuantos están a nuestro lado para poner nuestro granito de arena para hacer que nuestro mundo viva en paz, porque en verdad vivamos, como nos decía el Papa, ese espíritu de la fraternidad.
Que María, la Madre del Señor, la Madre de Dios como hoy la invocamos en la mayor de sus prerrogativas y la Reina de la paz nos alcance ese don de parte del Señor.

sábado, 29 de junio de 2013

Con la fe de Pedro nació la Iglesia y en comunión con Pedro vivimos nuestra fe en Jesús

Hechos, 12, 1-11; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19
Con la fe de Pedro nació la Iglesia y en comunión con Pedro vivimos con seguridad y certeza la fe de la Iglesia en Jesús. Casi como un eslogan resumimos así el mensaje que nos trasmite la festividad que hoy estamos celebrando.
Con alegría está toda la Iglesia celebrando hoy la solemnidad de los santos apóstoles san Pedro y san Pablo. ‘Tú nos llenas de santa alegría en la celebración de la fiesta de san Pedro y san Pablo’, hemos expresado en la oración litúrgica. O como diremos en el prefacio expresando nuestra acción de gracias al Señor ‘en los apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a la Iglesia un motivo de alegría’.
Hemos escuchado en el evangelio cómo Pedro confiesa su fe en Jesús. Había preguntado, como ya recientemente hemos meditado también, qué pensaba la gente de Jesús y luego les había trasladado directamente la pregunta a aquellos discípulos más cercanos, a aquellos Doce que había llamado de manera especial para constituirlos apóstoles. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Ya hemos escuchado y meditado muchas veces la respuesta de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. No lo respondía Pedro por sí mismo, aunque mucho hubiera aprendido al estar al lado de Jesús y grande fuera su amor y entusiasmo por El. Esto era revelación de Dios allá en lo más hondo de su corazón. ‘Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’.
Había sentido Pedro en su corazón esa revelación de Dios y se había dejado conducir por el Espíritu que le revelaba en su corazón el misterio de Jesús. Por eso podía hacer tan hermosa confesión de fe. Allí está el Ungido de Dios, el Mesías de Dios, el Hijo del Dios vivo. Con qué seguridad lo podía afirmar Pedro. Cuánto tenemos nosotros que aprender. Si abrimos nuestro corazón a la fe el Señor se nos revelará también allá en lo más hondo de nuestro corazón.
No son sólo nuestros razonamientos aunque Dios nos dio capacidad en nuestra inteligencia y nuestra voluntad para elevar nuestro corazón y nuestro espíritu a Dios, pero pesan como un lastre tantas cosas que nos arrastran hacia abajo y nos nublan los ojos del corazón. Cómo tenemos que aprender a contar con Dios y dejarnos conducir. El Señor va poniendo muchas señales en nuestro camino para que lo encontremos y deja a nuestro lado quienes en su nombre nos ayuden y nos orienten para encontrar ese camino.
Y con la fe de Pedro nació la Iglesia. Claro que tenemos que decir para aclarlo bien que la Iglesia nace del corazón de Cristo que nos convoca y nos llama y en su sangre redentora derriba los muros que nos separan para que podamos llegar a vivir esa necesario comunión de fe y de amor que es la Iglesia. Pero tras esta confesión de fe de Pedro se nos manifiesta claramente lo que es la voluntad de Cristo, lo que quiere para nosotros los que ponemos toda nuestra fe en El.
‘Tú eres piedra - Pedro - y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… y a ti, Pedro, - a tí que eres la piedra - te daré las llaves del Reino de los cielos…’ Cristo nos quiere en Iglesia;      Cristo nos quiere en comunión; Cristo nos quiere una familia, nos quiere hermanos; Cristo quiere que ese amor que nos tengamos nos haga ser un edificio sólido y nos deja un fundamento, un punto de unión, una señal de esa comunión que tiene que haber, de ese ser Iglesia, que es Pedro. Y es en Pedro, la piedra, que pondrá como fundamento de su Iglesia. La piedra angular es Cristo, pero en el cimiento está Pedro que estará unido a Cristo porque ya ha confesado su fe en El.
Tenemos que ser Iglesia. Así nos quiere Jesús. ¿Queremos otro motivo? Su mandamiento del amor. Porque nos amamos, y con un amor nuevo y distinto porque es un amor como el de Jesús, necesariamente tenemos que sentirnos en comunión, necesariamente tiene que haber unión entre todos los que creemos en Jesús, tenemos que ser Iglesia. Y en esa comunión entre nosotros, pero en esa comunión con el que es la piedra y el fundamento tenemos asegurada nuestra fe. El tiene las llaves; él es el que nos trasmite, y lo hace con toda fiabilidad, todos los fundamentos de esa fe en Jesús. Es en la tradición de la Iglesia, en el magisterio de la Iglesia trasmitido a través de los siglos - eso viene a significar lo de la tradición de la Iglesia - donde tenemos la garantía de esa fe en Jesús, de que se nos está trasmitiendo la verdad de Jesús.
Eso tenemos que expresarlo y vivirlo de muchas maneras y en toda circunstancia. En la liturgia lo expresamos claramente cuando confesamos nuestra fe en la Iglesia, una santa, católica y apostólica. Una Iglesia universal, pero una Iglesia enraizada en la fe de los apóstoles; por eso decimos apostólica. ‘Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra, y con el Papa y con nuestro Obispo y con todos los que en ella cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad’, que decimos en la plegaria eucarística.
‘Haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana’, que pedíamos en la oración de esta fiesta. Que crezca nuestra fe y nuestra comunión de Iglesia. Hoy que de manera especial celebramos el día del Papa, porque miramos a Pedro y en Pedro a sus sucesores como Obispos de Roma, pero como pastores de la Iglesia universal según la voluntad de Cristo. Damos gracias a Dios por el Papa, por nuestro Papa actual Francisco en quien tenemos que sentirnos en íntima comunión, pero con corazón agradecido por aquellos Papas que a lo largo de nuestra vida hemos conocido y han ido conduciendo guiados por el Espíritu en los últimos tiempos a la Iglesia de Dios.
Que el Espíritu divino esté en el corazón del Papa en esa misión que tiene para toda la Iglesia y le dé la fortaleza que necesita para conducir el pueblo de Dios en nuestro tiempo. Oremos por el Papa.


jueves, 14 de marzo de 2013


Nuestra adhesión y comunión con el Papa Francisco I

¿Seguimos a Jesús o no seguimos a Jesús? ¿Lo aceptamos o no lo aceptamos por la fe en nuestra vida?
Cuando había escrito estas palabras anteriores para comenzar a preparar la homilía de este día - la preparo siempre en la tarde anterior - en esos momentos comenzó a salir de la Capilla Sixtina la fumata blanca que nos anunciaba que teníamos Papa. Con la sorpresa del momento, aunque era algo esperado y deseado, todo se quedó a un lado en la espera de saber qué regalo nos había hecho el Señor y quien era el que había sido elegido. Finalmente lo conocimos, el nuevo Pontífice de la Iglesia sería Francisco I; había sido elegido el cardenal Bergoglio, de Buenos Aires (Argentina) para ser el sucesor de Benedicto XVI en la sede de Pedro.
Tras la espera su aparición en el balcón de la Basílica de san Pedro, sus primeras palabras, su invitación a rezar, haciéndolo él con nosotros en aquel momento, por Benedicto XVI, y antes de darnos su bendición ese gesto tan humilde y hermoso de rogarnos que le pidiéramos al Señor que le bendijera a él para poder ejercer el ministerio que acaba de recibir en bien de la Iglesia y la gloria del Señor.
¿Qué decir ahora en estos momentos? Creo que una primera cosa es dar gracias a Dios y bendecir al Señor porque siempre y en todo el creyente ha de saber descubrir la mano de Dios. Hemos venido invocando con insistencia en estos días al Espíritu Santo para que se hiciera sentir en los Cardenales que habían de elegir al nuevo Pontífice y sin dejarse influenciar por nada sino solo por la acción del Señor escoger al que considerasen el mejor para el bien de la Iglesia. Este es, pues, el regalo que nos ha hecho el Espíritu Santo y por ello hemos de dar gracias y bendecir al Señor.
De la misma manera que hemos estado orando al Señor con tanta insistencia por la elección del nuevo Pontífice, ahora nos queda por nuestra parte sentirnos en comunión con él y con toda la Iglesia. Es quien en nombre de Jesús con la asistencia del Espíritu Santo guía a la Iglesia de Dios. Es la adhesión a su palabra y a su magisterio, es el dejarnos conducir por los caminos del Señor, es el apoyo que con nuestra oración hemos de seguir teniendo con él, como ya nos pidió en sus primeras palabras desde el balcón de san Pedro. Bendito el que viene en nombre del Señor, hemos de proclamar con nuestras palabras pero también con nuestras actitudes y nuestra vida.
Una de las primeras cosas que se hacen una vez elegido, y eso no lo vemos porque queda aún dentro de los muros de la Capilla Sixtina, es la adhesión que todos y cada uno de los cardenales que han participado en su elección hacen ante el nuevo Pontífice. Momentos antes era un Cardenal más de la santa Iglesia, podemos decir, pero por su elección se convirtió en el Obispo de Roma y Pontífice de la Iglesia universal. De ahí ese signo y gesto de adhesión de todos los Cardenales que es de alguna manera el signo y gesto de adhesión de toda la Iglesia. Es lo que de corazón hemos de hacer, es lo que nos toca hacer.
Con ello estamos expresando nuestra fe y nuestro sentido eclesial. Si cuando comenzaba a preparar esta homilía me preguntaba si seguimos o no seguimos a Jesús y me iba a hacer una reflexión desde el texto del evangelio de este día, ese mismo planteamiento nos vale en estos momentos en medio de la alegría de la elección de un nuevo Pontífice.
¿Estoy o  no estoy con Jesús? A Jesús lo encuentro y lo vivo en el seno de la Iglesia y alimento mi fe en Jesús y la fortalezco en la medida en que me apoyo en la fe de la Iglesia. Y Pedro fue puesto como piedra fundamental de esa Iglesia. ‘Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré a mi Iglesia’, le dijo Jesús. Estamos ante el sucesor de Pedro que tiene esa misma misión en medio de la Iglesia. Como le diría Jesús ‘mantente firme para que confirmes en la fe a tus hermanos’. Es lo que viene a realizar el Papa. Creemos en Jesús, creemos en su Iglesia, creemos quien está puesto para ayudarnos a mantenernos firmes en nuestra fe, a confirmar la fe de la Iglesia.

miércoles, 27 de febrero de 2013


Estamos subiendo a la Jerusalén de la Pascua, ¿podremos beber el cáliz de Jesús?

Jer. 18, 18-20; Sal. 30; Mt. 20, 17-28
No nos tiene que extrañar que ante los acontecimientos que se suceden en la Iglesia la gente tenga diversas reacciones, hagan los más dispares comentarios y nos estén manifestando que en muchas ocasiones no saben ni por donde van las cosas, como sucede en estos días. Para entender debidamente las cosas de Dios, y vamos a llamar cosas de Dios por simplificarlo lo que es la vida de la Iglesia hay que tener una cierta sensibilidad, por supuesto un debido conocimiento de cómo son las cosas pero también solo podremos comprenderlo desde los ojos de la fe. No podemos mirar los asuntos de la Iglesia solo desde una mirada humana haciendo comparaciones con lo que es la vida de la sociedad y sus luchas de poder y cosas por el estilo. En la Iglesia hemos de reconocer que hay un misterio que solo podemos descubrir e interpretar desde los ojos de la fe.
Decía que no nos debe extrañar que sucedan cosas así estos días, porque realmente hemos de reconocer que siempre costó comprender y aceptar todo el misterio de Jesús. Así les costó a los propios apóstoles que estaban al lado de Jesús comprender todo lo que  Jesús les estaba diciendo. Lo vemos hoy en el evangelio. Van subiendo a Jerusalén, se acerca la fiesta de la pascua, y Jesús comienza a anunciar a los doce, a los que ha tomado aparte, todo lo que le va a suceder. Les habla claramente pero por lo que veremos a continuación ellos no lo van a entender.
‘Mirad que estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de El, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará’.
Anuncia Jesús claramente lo que le va a suceder. Pero ya veremos qué es lo que entienden, o  mejor, que no entienden nada. Por allá aparece la madre de los Zebedeos con sus peticiones. ‘Ordena que estos dos hijos míos - mira que son tus parientes, parece que viene a recordarle a Jesús - se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Aquí viene el tráfico de influencias, diríamos hoy día.
¿Qué dice Jesús? ‘No sabéis lo que pedís…’ - ¿no habéis escuchado ahora mismo lo que os he anunciado que va a significar la subida del Hijo del Hombre a Jerusalén? - ‘¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ Allí está respuesta pronta pero no sé si del todo consciente: ‘lo somos’. ¿Sabrán realmente lo que Jesús les está diciendo, y lo que ellos están pidiendo? ‘Beberéis mi cáliz… pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda…’ eso es otra cosa. ‘Es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi padre’.
Pero no serán solo estos dos discípulos lo que anden con sus apetencias. Por detrás comienza a escucharse el murmullo. ‘Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos’. Aquí vienen estos queriendo adelantarse. Y surgen los recelos y las envidias, las desconfianzas que puede provocar la división entre el grupo.
Y Jesús los reúne de nuevo y comienza de nuevo a explicarles lo que tantas veces les había dicho. ‘Los jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que se haga vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por todos’.
Ya lo hemos reflexionado más de una vez y además recientemente. La grandeza está en el servicio, porque la grandeza está en el amor. Es nuestro distintivo, nuestro estilo y nuestra manera de actuar. Es lo que realmente ha de mover nuestra vida. Es lo que tiene que mover también la vida de la Iglesia. No es una lucha de poderes lo que mueve la vida de la Iglesia y los que en ella tienen un ministerio, sino que es la carrera del servicio, de hacerse el último, de amar y entregarse hasta el último límite. En este camino de cuaresma mucho tenemos que reflexionar en este sentido y en concreto en las circunstancias que vivimos en la Iglesia.
Es la clave con que hemos de interpretar muchas cosas. Es la manera de ver lo que es el sentido de la Iglesia. Es lo que queremos hacer y vivir aunque, somos conscientes de ello, muchas veces nos cuesta porque se nos pegan muchas cosas del estilo del mundo, y también tenemos el peligro de que nuestro corazón se pueda dejar arrastrar por ambiciones y luchas que no tienen sentido. Son los ojos con los que tenemos que mirar también los acontecimientos de la Iglesia en este momento histórico; los ojos con los que hemos de mirar y valorar el ministerio del Papa y lo que mueve el corazón de todos los miembros de la Iglesia.
Oremos al Señor para que sepamos escuchar a Jesús, para que sepamos comprender y vivir su evangelio. Oremos al Espíritu para que ilumine nuestros corazones, pero también que ilumine a los que tendrán en los próximos días la misión de elegir al sucesor de Pedro, a quien va a ser el Papa que con la fuerza de ese mismo Espíritu guíe al pueblo de Dios.

viernes, 9 de noviembre de 2012


Comunión entre los que creemos en Jesús para edificar el templo vivo de Dios

Apc. 21, 1-5; Sal. 45; Jn. 2, 13-22
‘Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’.  Con estas palabras tomadas del libro del Apocalipsis, que luego hemos escuchado también en la proclamación de la Palabra, la liturgia quiere iniciar esta fiesta de la Dedicación de la Iglesia de Letrán. Cuando uno se acerca a esta Basílica de El Salvador, o San Juan de Letrán que de una y otra manera es conocida en Roma, al contemplar la belleza de tan hermoso templo estas imágenes descritas en el Apocalipsis de alguna manera se nos hacen presente en nuestra mente en la, repito, grandiosidad y belleza del lugar.
Alguien quizá podría preguntarse y por esta celebración en el calendario litúrgico de la Iglesia universal si en fin de cuentas es una Iglesia situada en Roma. Hay una razón poderosa, es la catedral del Papa, es la catedral del Roma, sede del Obispo de Roma que al mismo tiempo es Pastor de la Iglesia universal. Se trata, pues, de una reafirmación de nuestra fe apostólica, del sentido eclesial de nuestra fe, y de nuestra comunión con el Papa pero también con toda la Iglesia.
No se trata, pues, de un templo cualquiera, sino que tiene un significado muy especial para toda la Iglesia por los motivos que hemos mencionado. Sin dejar de lado este sentido eclesial de nuestra fe y este sentido apostólico de nuestro Credo, al celebrar la Dedicación de un templo también podríamos hacernos hermosas consideraciones para nosotros que hemos sido también ungidos para ser ese templo del Espíritu y esa morada de Dios que quiere venir a habitar en nosotros, como nos enseña Jesús en el Evangelio.
Por ese camino va, además, el sentido de la liturgia de esta fiesta expresado no solo en la Palabra proclamada sino también en los textos propios de esta fiesta como son las diversas oraciones y también el prefacio. Nos sentimos congregados en el templo construido con piedras, podemos decir, para expresar cómo se ha de manifestar de forma admirable el misterio de la comunión de Dios entre nosotros. Congregados quienes hemos sido convocados en Iglesia nos sentimos unidos, nos sentimos en comunión los que confesamos una misma fe, pero no es una comunión entre nosotros solamente lo que queremos expresar sino también nuestra comunión con Dios.
Por eso cuando aquí nos congregamos vamos haciendo crecer nuestra propia fe y nuestra vida, vamos edificando este templo de Dios que somos nosotros en la medida en que acogemos la Palabra de Dios que aquí se nos proclama y alimentamos nuestra vida cristiana, nuestra fe y nuestro amor, en los sacramentos que aquí en comunión celebramos. ‘En este lugar tú vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’, como proclamamos en el prefacio para expresar lo que aquí venimos a celebrar, el sentido de esta fiesta.
Un templo de Dios somos que hemos de cuidar y hacer resplandecer. Así como nuestros templos materiales donde nos reunimos, como hemos expresado más arriba, los queremos tener limpios y adornados, para que por una parte expresen lo que es el culto que queremos tributar a Dios con toda la mayor y profunda dignidad, así nosotros, verdaderos templos de Dios hemos de estar bien adornados por la virtudes y resplandecientes con la santidad de nuestra vida.
Como decía san Cesáreo de Arlés en una homilía en la dedicación de este templo, ‘debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la Iglesia cuando venimos a ella’. Y prosigue ‘¿deseas encontrar limpia la Basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la Basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea en verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta Iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: habitaré y caminaré con ellos’.
Hermosas consideraciones que nos tendrían que hacer reflexionar mucho. Que la celebración de la dedicación de este templo consagrado al Señor sea una llamada que sintamos en el corazón a la más viva comunión entre los que creemos en Jesús, sea una invitación a la vida de la santidad y de la gracia que no desoigamos, sea un punto de apoyo fuerte para nuestra conciencia de Iglesia, de nuestra pertenencia a la Iglesia universal en comunión con el Papa y con todos los Obispos. 

viernes, 3 de agosto de 2012

Las contradicciones a la hora de escuchar y acoger a Jesús en la vida
Jer. 26, 1-9; Sal. 68; Mt. 13, 54-58

La reacción y la postura de las gentes de Nazaret nos pueden parecer muy contradictorias. En los versículos anteriores escuchamos que Jesús después de enseñarles con parábolas partió de allí y se fue a otra parte. Y en concreto el evangelista ahora nos dice que ‘fue a su ciudad y se puso a enseñarles en la sinagoga’, aunque no nos menciona directamente que fuera Nazaret pero lo deducimos fácilmente por lo que continúa diciéndonos.

En un primer momento surge la admiración, aunque veremos que comienzan a hacerse sus consideraciones y le rechazan de manera que ‘no hizo allí ningún milagro por su falta de fe’. Lo contradictorio está en esa primera reacción de admiración por su enseñanza y sus milagros y la posterior reacción. ‘¿De donde saca éste esa sabiduría y esos milagros?’ Luego reconocen su enseñanza y su poder. Pero pronto comenzarán las pegas.

Una pegas, podríamos decir, para rebajar el valor de lo que Jesús hace. Es uno de ellos. Allí están sus parientes. ‘¿De donde saca todo esto? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí sus hermanas?’ No insistimos en la interpretación de las palabras hermano y hermana, que ya lo hemos comentado recientemente. Pero era una manera de rebajar la autoridad y hasta el poder de Jesús. ‘Desconfiaban de Él… sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Es el comentario del evangelista.

No nos extraña porque así se había hecho con los profetas anteriores, y eso se sigue haciendo de parecida manera. Ya escuchamos en la primera lectura cómo rechazan a Jeremías y hasta tratan de matarlo. Así lo hicieron con los profetas, como en alguna ocasión incluso Jesús recordará.

Pero ¿no seguimos haciendo de manera semejante en el mundo moderno? Pensemos cómo se trata de desprestigiar a la Iglesia y su magisterio por cualquier motivo. Se elige a este Papa y se sacan a relucir todos los prejuicios que sean necesarios para quitarle valor y hasta autoridad; indagan incluso en su vida y hasta en su niñez.

Hace unos años la Iglesia quiso celebrar un año sacerdotal y cómo surgió una campaña bien orquestada desde todos los rincones del mundo contra la figura del sacerdocio resaltando los errores o fallos humanos que pudieran haber habido con tal de descalificar de la forma que fuera a todos los sacerdotes. Y así podríamos recordar muchas cosas. De cuántos prejuicios llenamos nuestra mente contra los sacerdotes, contra la acción de la Iglesia, contra los que hacen el bien sean quienes sean.

Con qué facilidad se juzga, se critica a la Iglesia, se la mira con lupa pero desde criterios hasta políticos. Cuando la Iglesia en la voz de su magisterio quiere expresar claramente su doctrina y los planteamientos éticos y morales fundamentados en el evangelio, se le quiere quitar autoridad, se le dice que está fuera de lugar y se le quiere quitar el derecho de poder expresar claramente su pensamiento.

Cualquiera en nombre de la libertad de expresión puede decir lo que quiera, pero a la Iglesia no se le permite esa misma libertad de expresión para poder enseñar los principios del evangelio y hay que buscar la forma de cómo acallarla. Son las contradicciones de la vida y de la historia que se siguen dando ahora como entonces, como hemos escuchado hoy en el evangelio.

Con actitudes y posturas así qué difícil nos es que llegue la salvación de Jesús a nuestra vida y a nuestro mundo. Como sucedió en Nazaret. Dice el evangelista que ‘no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe’. Lo de menos, podríamos decir, es lo de hacer muchos o pocos milagros, pues diríamos que es una forma de expresar cómo así, si nos falta fe y nos llenamos de esos prejuicios, tampoco va a llegar la salvación a nosotros.

Que al menos en nosotros se despierte la fe para acoger a Jesús, su Palabra y su salvación. No cerremos nuestro corazón a la gracia de Dios.

viernes, 29 de junio de 2012


Confesamos nuestra fe y expresamos de forma viva nuestra comunión eclesial
Hechos, 12, 1-11; Sal. 33; 2Tm. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19

‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios… tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…’ Una confesión de fe y el encargo de una misión grandiosa. Parece que están a porfía para ver quién dice cosas más hermosas. 

Es hermosa la confesión de fe que sale del corazón de Pedro. No lo hace por sí mismo porque llegar a ese convencimiento no es cosa meramente humana. Dios siempre nos gana la partida y es El quien llega a nuestro corazón y nos revela cosas grandes. Pero si el Padre ha puesto en el corazón de Simón esa capacidad para llegar a hacer una confesión de fe así, es porque es un elegido por el Señor para misiones grandes. 

Tras la confesión de fe, que viene a ser algo así, por hablar desde un lenguaje y pensamiento muy humano, como el paso de una prueba para ver hasta donde llega la fe, Jesús habla de su Iglesia, la herencia que nos va a dejar una vez que haya consumado su obra redentora. Quienes van a creer en Jesús y aceptar y recibir su salvación van a comenzar a vivir una unión nueva y distinta, que es la comunión de la Iglesia. De la confesión de nuestra fe en Jesús, como la de Pedro, nace la Iglesia, nace nuestra pertenencia a la Iglesia. 

A Pedro Jesús le confía una misión importante, va a ser piedra fundamental de esa Iglesia, nexo de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Jesús le dirá un día que se mantenga firme, porque, cuando pasen todas las pruebas y en los momentos difíciles, él tendrá que confirmar en la fe a los hermanos, ayudar a mantenerse en esa comunión de fe y de amor a toda la Iglesia. 

¡Qué importante la misión de Pedro en medio de la comunidad, en medio de la Iglesia que nace! Tantas veces habían discutido por los primeros puestos y quien había de ser el primero y principal y Jesús le confía una misión de servicio en medio de los hermanos. Porque será grande, será el primero el que se haga el último y el servidor de todos. Y esa es la grandeza y la misión que Jesús confía a Pedro.

‘Siervo de los siervos de Dios’, se llama a sí mismo el sucesor de Pedro en medio de la Iglesia. Muchas veces nos encandilamos con brillos y oropeles cuando miramos la Iglesia, o miramos al Papa y a cuanto lo rodea. Herencia quizá de siglos que habría que purificar para que fuera más auténtica y a la manera como Cristo la quiso. Pero hemos de saber considerar y comprender bien la misión de Pedro y en Pedro de sus sucesores. Es la vida del servicio, de la entrega, del olvidarse de si mismo en esa misión universal de servicio en medio de la Iglesia y en medio del mundo. 

Tenemos que saber abrir los ojos de la fe para comprenderlo y para darlo a conocer de forma auténtica al mundo que nos rodea y no se encandile con falsas imágenes – que quizá muchos con no muy buena intención traten de difundir - que están bien lejos de lo que realmente es la misión del Pastor de la Iglesia. De todas maneras no hemos de temer porque ya Jesús promete que ‘el poder del infierno no la derrotará’. 

Cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de los Santos Apóstoles san Pedro y San Pablo – es la fiesta de ambos apóstoles aunque muchas veces pareciera que sólo es la fiesta de san Pedro – cuando celebramos esta fiesta, digo, hemos de aprender a mirar la misión de los apóstoles en medio de la Iglesia; hemos de saber darle ese profundo sentido eclesial a nuestra fe y hoy de manera especial miramos con fe al Sucesor de Pedro en esa misión que en la Iglesia tiene. 

De alguna manera es el día del Papa al celebrar al primero a quien Cristo confió esa misión de ser piedra fundamental de la Iglesia. Es una fiesta la de este día para sentirnos en comunión con el Papa, porque es sentirnos en comunión con la Iglesia universal. Y es necesario que toda la Iglesia esté apiñada en torno al sucesor de Pedro y sepamos expresar nuestra comunión más sincera y auténtica con el Papa. Comunión que expresamos y sentimos en nuestra celebración – tendríamos que fijarnos como lo expresamos en la liturgia - y que manifestamos también fuertemente con nuestra oración por el Papa. 

Cargar sobre sus hombros todo el peso de los problemas de la humanidad y de manera especial de toda la Iglesia es una tarea grande y dura que solo podrá llevar con la fuerza y la gracia del Señor, con la asistencia del Espíritu Santo que nunca la faltará. Pero es necesario que oremos por el Papa; es necesario que la Iglesia ore por el Papa. Es bella la imagen que nos ofrecía el texto de los Hechos de los Apóstoles de la Iglesia orando mientras Pedro está en la cárcel.

Y expresamos también nuestra comunión eclesial, nuestra comunión con el Papa que expresar nuestra comunión con la Iglesia universal a la que pertenecemos, escuchando la voz del Papa, dejándonos iluminar por su magisterio que tanta luz da a todos los cristianos en el seguimiento de Jesús como Maestro y Pastor de la Iglesia que es. 

‘Haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana’, pedimos en la oración litúrgica. Confesamos nuestra fe y expresemos de manera viva nuestra comunión eclesial que siempre ha de ser una comunión de amor nacida de esa fe.