Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta caná. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caná. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de enero de 2022

¿Sabes con quién me encontré? Nos dejamos encontrar y lo compartimos con los demás como hizo Felipe primero con Jesús y luego con Natanael

 


¿Sabes con quién me encontré? Nos dejamos encontrar y lo compartimos con los demás como hizo Felipe primero con Jesús y luego con Natanael

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

¿Sabes con quién me encontré? Es la conversación de dos amigos que comparten lo que les sucede en la vida y se lo cuentan todo el uno al otro. Pudo ser algo casual que le haya sucedido, o ha sido un encuentro importante; algo que entra en la comidilla normal de dos amigos que se cuentan sus cosas, o algo que le haya afectado mucho y que quizás le haya hecho ver las cosas de manera distinta; sea lo que fuere los amigos lo comparten todo, se alegran el uno con el otro en las cosas que les sucede, o pueden convertirse en interrogante para el otro interlocutor que le pueda llevar a él también a nuevos planteamientos. Los amigos se pasan el tiempo compartiendo las cosas de su vida.

Algo así sucedió entre Felipe y Natanael. Felipe había tenido un encuentro con Jesús que fue decisivo en su vida. Aunque el evangelio es parco en palabras de cómo fue el encuentro de Felipe con Jesús, luego ya Felipe irá contando a su amigo el gran descubrimiento que ha hecho. ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. No puede callarlo, y tan pronto se encuentra con su amigo Natanael le da la noticia, aunque en esta ocasión Natanael ponga sus pegas y sus dudas. Salen a relucir en su mutua confianza los recelos pueblerinos entre gentes de pueblos cercanos que siempre querrán echar tierra sobre el pueblo que consideran su contrincante. Natanael es de Caná, un pueblo cercano a Nazaret y de ahí esos recelos y el comentario que le hace a Felipe. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’

Ha sido para él tan importante el encuentro que ha tenido con Jesús que no quiere entrar en discusiones con su amigo y se contenta con decirle, ‘ven, y verás’, te vas a convencer por tí mismo. Y Natanael no se resiste, aunque vaya con sus desconfianzas interiores que le hará estar a la defensiva ante el saludo con Jesús y sus palabras.

Y es que Jesús lo cautivará, aunque haya reticencias en su corazón. Las palabras de saludo de Jesús son de alabanza para Natanael, y en su desconfianza le viene a decir de qué me conoces. Pero Jesús le recordará cosas que nadie más sabe y que nosotros en nuestras consideraciones también tantas veces nos hemos hecho muchas cábalas, de manera que Natanael terminará haciendo una hermosa confesión de fe. ‘Rabí- y comienza con un reconocimiento pues lo llama maestro -, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

¡Qué importante es el encuentro! No ha habido milagros ni cosas extraordinarias, solamente un encuentro, y la vida de aquellos dos hombres cambiará para comenzar a seguir a Jesús. Lo veremos en otras ocasiones en el evangelio; son los encuentros profundos y llenos de vida, son los encuentros en un tú a tú sin muchas mediaciones milagrosas. Claro que quien se ha encontrado con Jesús puede ser mediación para que otros se encuentren también con Jesús; como lo fue Felipe para su amigo Natanael, a quien le había comunicado la noticia de su encuentro con Jesús.

Es importante que nos dejemos encontrar. En este caso que estamos comentando al hilo del evangelio, que nos dejemos encontrar por Jesús. Poco más tenemos que hacer que dejarnos sorprender, abrir los ojos para encontrar la luz. Que nos vale también para muchas cosas más en la vida, en nuestro encuentro con los demás; nos cuesta dejarnos sorprender por lo que podemos encontrar en las otras personas; así vamos de encerrados en nosotros mismos tantas veces por la vida.

Pero que nos vale también para que nosotros seamos capaces de ser portadores de buenas nuevas para los demás, porque aquello que vamos viviendo y experimentando seamos capaces de compartirlo con los demás, como hiciera Felipe con Natanael; podemos ser mediación para que haya sorpresa también para los demás y se dejen encontrar por Jesús.

¿Sabes con quien me he encontrado? Podemos nosotros también decirles a nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros compañeros de trabajo, para hablarles de nuestra fe, de nuestro personal encuentro con Jesús.

martes, 24 de agosto de 2021

En lo secreto del corazón también nos habla Dios para transformar esa vieja madera que somos en edificación de un hombre nuevo y un mundo mejor

 


En lo secreto del corazón también nos habla Dios para transformar esa vieja madera que somos en edificación de un hombre nuevo y un mundo mejor

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

¿De dónde dices que es? También nos hacemos nuestras diferencias según de donde sea nuestra procedencia. Serán las rivalidades propias de pueblos vecinos en que siempre unos quieren quedar por encima de los otros o considerarse mejor que el pueblo de al lado, o como fueron entre nuestras islas las discriminaciones que nos hacíamos según se fuera de una isla u otra sobre todo cuando de las islas menores no les quedaba más remedio que marcharse buscando trabajo en otros lugares en momentos bien oscuros de nuestra historia.

Pero hoy seguimos también con nuestros ‘peros’ en la movilidad que tenemos entre mundos y culturas distintas a causa de la pobreza y la inmigración. Todavía hay gente que sigue mirando mal a los que vienen de otros lugares, ya sea por sus costumbres, por el color de su piel o por la desconfianza innata que llevamos dentro de nosotros. ¿Seguirá existiendo un cierto racismo y discriminación entre nosotros? Es nuestra madera que no siempre es la más perfecta aunque ya tendríamos que tener muchas razones para superar muchas cosas.

Bueno, y esa era la madera también de los que seguían a Jesús y de aquellos a los que Jesús llamaba para estar con El y un día convertirlos incluso en apóstoles de su Iglesia. Eran también gente muy humana, con sus limitaciones y defectos, con viejas costumbres arraigadas en sus corazones y también, por qué no, con sus ambiciones. Lo vemos muy palpable en muchos momentos del evangelio. Lo estamos viendo hoy en el episodio del evangelio que se nos ofrece en esta fiesta del Apóstol san Bartolomé.

Entusiasmado Felipe por haberse encontrado con Jesús pronto quiere compartir sus experiencias con sus amigos y vecinos. Se encuentra con Natanael, el de Caná de Galilea, y le habla de Jesús, de Nazaret, expresándole todo lo que siente desde su encuentro con El. Y es la reacción, pueblerina si queremos llamarla así, de Natanael hacia los que son de un pueblo vecino. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ No expresaba sino lo que sentían unos y otros del pueblo de al lado, aunque entre ellos hubiera parientes y hasta amigos. A Caná fue Jesús con María invitado a una boda a pesar de ser de Nazaret.


A Felipe no le queda otra cosa que decirle sino ‘Ven y verás’. Y se lo presentó a Jesús. Y aquí vienen las sorpresas, porque Jesús dirá de él que es un israelita de verdad y un hombre muy veraz y muy leal. Se sorprende Natanael, ‘¿de qué me conoces?’ Y le dirá Jesús ‘antes de que Felipe hablara contigo yo te vi. debajo de la higuera’. Fue suficiente, y ahí están los secretos del espíritu, para que Natanael hiciera una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

Hemos hablado de los secretos del espíritu, de los secretos del corazón. Nadie sabe lo que pasa dentro de la persona. Solo Dios es el que nos conoce por dentro, pero también el que es capaz por la fuerza del Espíritu de transformar nuestros corazones haciéndonos encontrar la luz. Somos de la madera que somos, tal como hemos venido diciendo, nuestra madera está llena de imperfecciones, de muchos nudos o incluso de muchas grietas, por donde hay el peligro de dejar penetrar lo que nos infecta del mal y la podredumbre de nuestro corazón.

Pero es también ahí en lo secreto de nuestro corazón donde nos pueden suceder muchas cosas y donde podemos sentir la voz y la llamada del Señor. Es cierto que muchas veces vamos por la vida llenos de malicias y desconfianzas, tenemos también el peligro y la tentación de querer hacer nuestras diferencias y distinciones en aquellas personas con las que nos encontramos y no siempre sabemos aceptarnos lealmente los unos a los otros. Pero aunque vamos dejándonos arrastrar por esas maldades, sin embargo la voz de nuestra conciencia muchas veces nos habla, nos grita, quiere hacernos despertar.

Momentos de silencio y reflexión, cosas que nos suceden o que contemplamos en nuestro entorno, testimonios de personas que nos dan luz por su compromiso o por su bien hacer, son llamadas que sentimos y nos pueden hacer despertar. Es la acción del Espíritu de Dios en nosotros que quiere mover nuestro corazón. No nos hagamos reticentes, no podemos hacernos oídos sordos, no podemos acallar esa voz y esa llamada, tenemos que estar atentos a esos resplandores de luz que en algún momento nos pueden aparecer, tenemos que dejarnos conducir por lo bueno para llegar a tener esa mirada nueva. La vieja madera se puede transformar por la fuerza del Espíritu en la edificación de un hombre nuevo y de un mundo mejor.

Aquel que no quería saber nada de quien era del pueblo vecino de donde nada bueno podría salir, hizo una hermosa confesión de fe y se convirtió en uno de los que estaban siempre con Jesús, de los amigos de Jesús. ‘A vosotros os llamo amigos’, diría en una ocasión Jesús y a ellos les confió la misión de continuar su anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos sin distinción.

¿Nos querrá decir algo esta fiesta de san Bartolomé para esas reticencias que seguimos teniendo para aceptar a los que nos puedan llegar de otros lugares?

lunes, 23 de marzo de 2020

Necesitamos aprender a confiar para ponernos en camino y comenzar a unir las pequeñas luces que brillan en nuestro entorno para hacer un mundo mejor


Necesitamos aprender a confiar para ponernos en camino y comenzar a unir las pequeñas luces que brillan en nuestro entorno para hacer un mundo mejor

Isaías 65, 17-21; Sal 29; Juan 4, 43-54
Hoy nos habla el evangelio de un hombre que acude a Jesús porque su hijo está muy enfermo y muriéndose. Quiere que Jesús vaya a imponerle las manos y a curarle. Nos da el detalle el evangelista de que Jesús anda por Caná de Galilea; viene desde Jerusalén, ha atravesado Samaria y ahora se encuentra en Galilea. Allí a Caná acude con su angustia aquel hombre insistiendo en que baje pronto porque si no su hijo morirá.
‘Si no veis signos y milagros, no creéis’, es la primera reacción de Jesús. Buscan a Jesús solo desde la angustia de sus problemas y no terminan de abrir sus corazones a la fe, a descubrir qué más nos puede ofrecer Jesús. ¿Nos pasará igual a nosotros?
Seguro que en momentos difíciles – ahora también los estamos pasando – esa es nuestra súplica a Jesús. Queremos el milagro, que todo se solucione milagrosamente. Es normal y justo que tengamos esos deseos porque no queremos el sufrimiento ni para nosotros ni para los demás; buscamos salidas, queremos soluciones, lo queremos pronto y ahora mismo, en cierto modo nos cegamos porque solo vemos una salida que nos parece la más fácil y la más urgente. Como decimos, que Dios ponga su mano.
Pero quizá no llegamos a ver otros signos de salvación que se pueden estar sucediendo al mismo tiempo. Si abriéramos un poco los ojos y prestáramos más atención quizás nos podríamos dar cuenta que en ese mar turbio y oscuro de la problemática que podamos vivir están comenzando a brillar luces de esperanza porque pueden estar comenzando a brillar cosas buenas que llevamos en el corazón y que están empezando a relucir. Pueden parecernos imperceptibles pero tienen su luz y si somos capaces de juntar todas esas pequeñas llamas podemos hacer una hoguera muy grande que dé un nuevo calor a nuestro mundo. No las dejemos pasar desapercibidas.
No son grandes cosas, no son soluciones extraordinarias que ya quisiéramos que resolviesen todos los problemas, pero ahora en esta situación que vivimos aparecen luces de solidaridad, de preocupación por los otros, de valoración de lo que los otros hacen, de responsabilidad para hacer eso pequeño que se nos pide y así se van concatenando muchas cosas que si sabemos aprovecharlas muy bien cuando pase todo esto con actitudes así, con valores así podemos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Quizá sea eso lo que necesitamos. Quizá sea esa la prueba que necesitamos pasar para que abramos los ojos y comencemos a ver lo que verdaderamente es bello en la vida. Y hay muchas cosas bellas a las que habitualmente no les prestamos atención. No busquemos necesariamente cosas grandes, sino prestemos atención y valoremos esas pequeñas luces que comienzan a brillar.
Ante la insistencia de aquel hombre que le pedía la curación de su hijo Jesús le dice que ya está curado. El hombre se fía de la palabra de Jesús y se puso en camino. Al final nos dirá el evangelio que creyó él y toda su casa. Pero ahí está el detalle, se puso en camino porque se fió de la palabra de Jesús. ¿No necesitaremos nosotros también ese fiarnos?
Son tantas las desconfianzas que tenemos en la vida que todo lo metemos en el mismo saco, y desconfiamos también de la palabra de Jesús. Tenemos que escucharle y aprender a confiar. Cuando confiamos nos ponemos en camino porque hay esperanza en nuestro corazón. No nos puede faltar esa esperanza.
Como decíamos antes puede haber oscuridades pero siempre hay una luz que comienza a brillar. Unamos nuestras luces, pongámonos en camino dando pasos, aunque sean pequeños. Un mundo nuevo puede florecer. Que tras todo lo que estamos pasando aprendamos que es posible ese mundo nuevo si somos capaces de unir nuestras pequeñas luces.

sábado, 13 de octubre de 2018

Cantamos cánticos de alabanza a nuestra Madre, María, pero como ella sembramos en la buena tierra de nuestro corazón el Evangelio de Jesús


Cantamos cánticos de alabanza a nuestra Madre, María, pero como ella sembramos en la buena tierra de nuestro corazón el Evangelio de Jesús

Gálatas 3,22-29; Sal 104; Lucas 11,27-28

Estamos viviendo en nuestra isla una experiencia única y maravillosa. En la mañana del día 12 de octubre partía desde su Basílica en Candelaria la imagen de la Virgen de Candelaria nuestra patrona en su visita a las ciudades metropolitanas de nuestra isla Santa Cruz de Tenerife, donde ha llegado cuando ya caían las sombras de la noche, y dentro de una semana la ciudad de La Laguna sede de nuestra Diócesis Nivariense y donde se sitúa la catedral.
Ya salió arropada por una muchedumbre de gentes de su Basílica Santuario en la mañana y en la medida en que iba pasando por las distintas poblaciones multitudes iban saliendo al encuentro de la Virgen y se unían a su cortejo. Por todas partes surgían los vivas a la Virgen, las aclamaciones y los cantos ensalzando a la Virgen nuestra patrona y convirtiéndose todo en un cántico de alabanza al Señor.
Algo semejante sucedió hace unos días en la Isla de La Gomera con la Bajada lustral – como le dicen allí – en procesión marítima de la Virgen de Guadalupe para llegar igualmente a la capital de la Isla, como principio de un recorrido que luego hará por todas las parroquias de la Isla. Mucha gente desde sus pequeños barcos la acompañaron en su trayecto marítimo mientras en la playa de la Villa capital la esperaba una multitud considerable para recibirla entre el sonido de tambores y chácaras que con sus cantos y sus bailes la portaron hasta la Iglesia parroquial.
Me han venido a la mente estos dos hechos acaecidos en esta misma semana en nuestras islas, aunque lo he seguido por televisión en esta ocasión, en otros momentos he participado yo también en esos recibimientos, cuando he escuchado a la mujer que surgió en medio de la multitud para un grito de alabanza a la madre de Jesús. Su entusiasmo era por Jesús por sus enseñanzas y por los signos que realizaba pero las palabras hacían clara referencia a la madre.
‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Dichosa la madre que tiene tal hijo igualmente hemos dicho o escuchado en alguna ocasión en alguna experiencia de nuestra vida donde admiramos la bondad de quien se entrega y se sacrifica por los demás, pero que siempre pensamos en lo orgullosa que tendría que sentirse una madre que tiene un hijo tal.
Pero ya sabemos cual fue la reacción de Jesús. ‘Pero él repuso: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Es lo que yo quiero pensar cuando contemplo este espectáculo de alabanzas a María en sus distintas advocaciones de lo que hemos mencionado de lo acaecido en estos días, pero de la misma manera en tantas fiestas en honor de María que en tantos lugares se celebran. ‘Me llamarán bienaventurada todas las generaciones’, había cantado proféticamente María misma cuando su visita a Isabel, de quien había recibido también la alabanza de su fe. ‘Dichosa tú, que has creído porque lo que se te ha dicho se cumplirá’, que le decía Isabel.
Creo que es María la que nos está recordando estas palabras de Jesús, porque ella ya les decía a los sirvientes de las bodas de Caná. ‘haced lo que El os diga’. Alabanzas, sí, a María, porque es nuestra madre y un buen hijo siempre tiene las mejores alabanzas para su madre. Pero María se sentirá en verdad orgullosa de nosotros, sus hijos, si, como ella, también acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón y la plantamos de verdad en nuestra vida.
Estas visitas que la Virgen en su imagen, ya sea de Candelaria o de Guadalupe que hemos mencionado, está haciendo a nuestra tierra en estos días es una visita misionera. Ella viene a nosotros como la primera misionera en este camino de nueva evangelización que estamos realizando. Ella nos trae la semilla de la Buena Nueva de Jesús, ella nos trae el anuncio del Evangelio que como en buena tierra hemos de sembrar en nuestro corazón. No nos quedemos solo en esos cánticos que es cierto con todo nuestro amor hemos de cantar en honor de María, sino demos ese paso adelante en el crecimiento de nuestra fe. Esa fe en Jesús como nuestro único Salvador que tiene que despertarse en nuestro corazón.
Que esta visita de María no caiga en el saco roto de nuestra poca perseverancia que pronto enfría la fe y el entusiasmo. Que en verdad nos sintamos comprometidos con nuestra madre a hacer crecer más y más nuestra fe que se traduzca luego en las obras de nuestra vida cristiana, en el compromiso del amor por los demás.

domingo, 17 de enero de 2016

Que los signos de nuestra vida de cada día manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús

Que los signos de nuestra vida de cada día manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús

 Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-12
Me atrevería a decir que estos domingos del tiempo ordinario que median hasta que ya pronto este año comencemos la Cuaresma son en cierto modo como una prolongación de las fiestas de la Epifanía que hemos celebrado para concluir la Navidad. La fiesta de la Epifanía fue la manifestación de Jesús por medio de la estrella a los Magos de Oriente como la salvación para todos los hombres; en el pasado domingo escuchábamos la voz del Padre que desde el cielo señalaba a aquel Jesús que salía de las aguas del Jordán como el que está lleno del Espíritu de Dios y en verdad es el Hijo de Dios.
Jesús ahora se nos irá manifestando, dando a conocer para que en verdad crezca más y más nuestra fe en él, como hoy mismo nos dirá el evangelio. Es el Emmanuel, en verdad Dios entre nosotros, que se hace presente, no solo porque se ha encarnado haciéndose hombre, allí donde los hombres están y hacen su vida para descubrirnos así el misterio de Dios escondido desde los siglos y que al manifestarsenos en Jesús vendrá a ser el verdadero sentido y plenitud de la vida del hombre.
Hoy le encontramos, decíamos, allí donde los hombres hacen y viven su vida en las distintas circunstancias de su existencia, y es en este caso en medio de la fiesta de una boda; le contemplaremos en próximos domingos allí donde los judíos se reúnen para escuchar la Palabra y alabar al Creador, o en los distintos momentos de la vida de los hombres con sus sufrimientos o con las inquietudes que anidan en su corazón. Siempre Jesús se nos va a manifestar como esa luz de nuestra vida, aquel en quien vamos a encontrar, como decíamos, sentido y plenitud para nuestra existencia.
Es significativo el evangelio de este domingo, las bodas en Caná de Galilea, no solo para señalarnos con su presencia cómo el amor entre un hombre y una mujer es algo sagrado, que Jesús elevará a la gran categoría de sacramento, de signo del amor que El mismo tiene a su Iglesia, sino que este texto querrá decirnos muchas más cosas.
Vivimos los hombres todo lo que es la belleza de nuestro vivir y más aún cuando se vive en el amor. Es la alegría de la fiesta que se manifiesta en lo que es una boda, signo de lo que ha de ser el sentido que le damos a nuestro caminar, a nuestra vida, valorando toda esa belleza de nuestra existencia. Pero surgen signos y gestos en nuestro relato que pueden ser bien significativos.
Se acabó el vino en medio de la fiesta. Serán los ojos de María los que capten el problema y le necesidad que surge, lo que podría darnos ocasión de muchas más reflexiones. Quedémonos en el hecho. En esa belleza de nuestro caminar por la vida muchas veces nos surgen sombras en los problemas que nos van apareciendo cada día.  Contratiempos en nuestra convivencia que merman la paz de los corazones, carencias que nos afectan en la vivencia de nuestra dignidad de personas - y aquí podemos poner todas las manifestaciones de la pobreza en todos sus aspectos -,  sufrimientos porque aparecen las enfermedades o surgen otras muchas limitaciones que nos pueden hacer perder la estabilidad de nuestra vida, y así podríamos seguir pensando en tantas y tantas sombras que aparecen en la vida de las personas y en la sociedad.
‘No tienen vino’ es la frase de María a Jesús y es la constatación de que la belleza de nuestra vida se nos viene abajo. Pero allí está Jesús, aquí está Jesús que sigue caminando con nosotros en todas las circunstancias de nuestra vida. Siempre decimos Jesús realizó algo extraordinario y asombroso para que no faltara el vino en la fiesta convirtiendo aquellas vasijas llenas de agua en el mejor vino. Pero yo me quedaría en la sencillez del gesto; utiliza Jesús algo tan elemental como es el agua que bebemos cada día y básicamente necesitamos para nuestra subsistencia.
Pero aquella agua se transformó, o mejor aún, transformó la vida de los presentes porque hubo manera de mantener aquella alegría de fiesta del vivir. Es todo un signo sencillo y maravilloso a la vez. Aquel agua se convirtió en un vino mejor. ¿Cómo pudo ser? Allí estaba Jesús. Jesús que viene a darnos ese sentido nuevo de nuestra existencia no pidiéndonos cosas extraordinarias, sino eso que vivimos cada día, pero que seamos capaces de vivirlo en plenitud, pongamos en lo que es nuestra vida la plenitud del amor que es la que dará sentido pleno a todas las cosas. La presencia de Jesús lo transformó todo. Y comenzaron a creer en él a partir de aquel primer signo que Jesús realizó en Galilea, allá en las bodas de aquel pequeño pueblo de Caná.
Es lo que nos está pidiendo Jesús. Vivamos, sigamos viviendo esas cosas normales y sencillas de cada día, donde como decíamos tantas veces van apareciendo tantas sombras, como será nuestra vida familiar, como serán nuestros trabajos, como será todo lo que nuestra convivencia social con nuestros vecinos ahí en la sociedad en la que vivimos. Pero en eso sencillo de cada día tenemos que ser signos, no porque hagamos cosas extraordinarias, vayamos haciendo milagros, sino por el sentido con que vivamos todas esas cosas. Y todas esas sombras se pueden transformar en luz, se transformarán en luz con la presencia de Jesús que nosotros llevamos a nuestro mundo.
Es el sentido que en Jesús encontramos para nuestro vivir que le dará como un lustre nuevo a nuestra vida familiar y a nuestra convivencia con los demás; es el sentido de Jesús que nos hará descubrir ese lugar que nosotros ocupamos en nuestra sociedad a la que hemos de contribuir con nuestro buen hacer, con nuestro compromiso social, con nuestra apertura a los demás. No son cosas extraordinarias, sino las cosas de cada día, como el agua o el vino que bebemos, pero que ahora van a encontrar un nuevo sabor, un nuevo sentido, la sabiduría de Dios que se nos manifiesta en el evangelio.
Sí, sigue siendo en cierto modo Epifanía del Señor, porque el Señor se nos manifiesta como luz, como sentido de nuestra vida, con ese sabor nuevo de la sabiduría del Evangelio. ‘Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él’, terminaba diciéndonos el evangelio hoy. Que los signos de nuestra vida manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús.

lunes, 24 de agosto de 2015

No con reserva sino con profunda reflexión abramos nuestro corazón al mensaje de vida y salvación que llega a nuestra vida

No con reserva sino con profunda reflexión abramos nuestro corazón al mensaje de vida y salvación que llega a nuestra vida

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51
Alguna vez quizá nos vimos forzados a una situación en la que en principio no queríamos vernos involucrados, pero por no querer contradecir a un amigo al final aceptamos; en esos primeros momentos nos ponemos en una actitud como de reserva a ver por donde van las cosas o cómo se resuelven, poniéndonos como en distancia ante las personas con las que nos encontramos o el momento que necesariamente tenemos que vivir. Quizá luego las cosas cambias, hubo algo que nos llamó la atención e hizo que nuestra  actitud y postura fuera otra totalmente distinta.
Algo así es como yo veo a Natanael en aquel su primer encuentro con Jesús. Felipe le había forzado a ir a conocerle, pero en él estaban sus reservas, siendo además como era de Caná, un pueblo vecino a Nazaret y que en esas rivalidades pueblerinas quizá no se llevaban muy bien. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’, había sido la réplica que había hecho ante su invitación, pero al final dejándose llevar por la insistencia de Felipe y de su amistad se había ido a ver a aquel profeta que le anunciaban de Nazaret.
Pronto las cosas cambiaron ante la acogida y la alabanza de Jesús, diciéndole además que lo conocía desde alguna situación que solo Natanael conocía y termina haciendo una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’, había exclamado.
La liturgia nos presenta este texto del evangelio cuando estamos hoy celebrando la fiesta del apóstol san Bartolomé, haciendo coincidir en una misma persona a Bartolomé y a Natanael. Es la fiesta de uno de los apóstoles, aquellos que fueron escogidos por Jesús con una muy especial intención, pues iban a ser como las columnas sobre la que se iba a edificar la Iglesia que Jesús constituía. Hoy el texto del Apocalipsis que hemos escuchado nos hablaba de la Iglesia. ‘La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero’.
Aquellos discípulos que por distintos caminos se habían ido congregando en torno a Jesús - hoy estamos viendo esa manera particular de llegarle noticia de Jesús a Natanael a través de su amigo Felipe - fueron luego escogidos y llamados por su hombre por Jesús para constituirlos sus enviados, sus apóstoles, que con la fuerza del Espíritu habían de llegar a los confines del mundo anunciando el Evangelio. Las tradiciones nos hablan de cómo Bartolomé anunciaría el evangelio por todo oriente medio llegando incluso hasta la India. Nos hablarán también de su martirio, con el que se convirtió en especial testigo - mártir - de Cristo derramando su sangre por el Evangelio que predicaba.
En muchos aspectos podríamos concretar el mensaje que recibimos en esta fiesta. Seamos como Felipe portavoces del conocimiento de Jesús, llevando su anuncio a quienes estén a nuestro lado, aunque no lo entiendan o en los que podamos encontrar rechazo. Rechazo y reserva encontró en Natanael y le vemos luego hacer una hermosa confesión de fe en Jesús tras su encuentro con El.
Pero también pensemos cómo de tantas maneras puede llegar el anuncio del evangelio a nuestra vida. Siempre estamos necesitados de ser evangelizados. Que nuestra actitud no sea la de la reserva o ponernos a la distancia como si ese anuncio no fuera con nosotros. Tengamos apertura de corazón para escuchar la voz del Señor que de tantas maneras llega a nuestra vida. No con reserva, pero sí con profunda reflexión acojamos el mensaje que nos llena de vida.

lunes, 11 de marzo de 2013


El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino

Is. 65, 17-21; Sal. Sal. 29; Jn. 4, 43-54
El profeta anuncia la salvación como una nueva creación. ‘Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva’. Tan sublime y maravillosa que hará olvidarse de la primera. ‘De lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento’. La salvación llena de gozo al pueblo y Dios se goza en él. ‘Habrá gozo y alegría perpetua’.
¿A qué se está refiriendo el profeta? Nos está hablando de los tiempos mesiánicos; nos está hablando de la salvación que nos viene con Jesús. Nos está anunciando el Reino de Dios que en Jesús se instaurará. No habrá llanto, ni luto,  ni dolor. La salvación de Dios viene transformándolo todo. Los signos que Jesús realiza son señal de esa salvación de Dios que llega.
¿Qué hace Jesús? vencer el mal, el dolor, el sufrimiento, la muerte. Con Jesús tendremos vida nueva. En Jesús vemos todo eso se realiza. Ahí están sus milagros como señales. Pero ahí está el camino nuevo que El nos enseña a seguir para hacer que todo eso sea posible. Si hacemos cuanto nos dice Jesús pronto veremos esa transformación, ese mundo nuevo comenzando por nosotros mismos que seremos distintos porque iremos desterrando de nosotros todo mal.
¿Qué es necesario? Que pongamos toda nuestra fe en Jesús. Pero tiene que ser toda nuestra fe, radicalmente. Nos fiamos de Jesús, nos fiamos de su palabra; desde la fe encontraremos esos caminos de transformación de nuestra vida y de nuestro mundo. No podemos andar con titubeos ni dudas. Hemos de ponernos en el camino de la fe.
El evangelio que hemos escuchado es un signo de todo ello. En este texto del evangelio vemos ese proceso de fe que nos llevará a ver la salvación de Dios. Hasta Jesús viene un hombre, un funcionario real nos dice el evangelista, que tiene un hijo enfermo en Cafarnaún. Jesús está lejos pues está en Caná de Galilea, como bien nos recuerda el evangelista Juan donde Jesús realizó el primer signo de convertir el agua en vino en las bodas.
El hombre le pedía a Jesús que bajase a Cafarnaún para curar a su hijo que se estaba muriendo e insiste: ‘Baja antes de que se muera mi niño’. Tiene fe, pero apremia porque duda y tiene miedo. ‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’, le dice Jesús ante su insistencia. Al final Jesús le dirá: ‘Anda, tu hijo está curado’. Y como dice el evangelista ‘el hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’.
Se puso en camino no era solo desandar el camino desde Caná hasta Cafarnaún. Se puso en camino porque creyó, se puso en el camino de la fe confiando en la palabra de Jesús. Aun no lo había visto pero había comenzado a creer, se puso en el camino de la fe. Y las obras de Dios se realizan cuando en verdad nos ponemos en ese camino de la fe. Pronto llegan hasta él para avisarle que efectivamente su hijo estaba curado. La hora coincidía cuando Jesús le dijo que su hijo estaba curado y cuando él se había puesto en camino. Y ahora ‘creyó él y toda su familia’. Se completó el proceso de la fe.
Viene el Señor con su salvación; viene el Señor a hacer un mundo nuevo, un cielo nuevo. De ese cielo nuevo y de ese mundo nuevo nos hablará al final el libro del Apocalipsis como la culminación de la victoria de Cristo sobre el mal. Es la salvación que nosotros vamos acogiendo en nuestra vida; es la salvación que sentimos que nos va transformando y creando una vida nueva en nosotros; es la salvación que aceptamos con fe y que despertará aun más en nosotros la fe; es la salvación que nos hará ir haciendo ese proceso, ese camino de la fe en nuestra vida. Señor, que yo crea, pero aumenta mi fe.

lunes, 21 de enero de 2013


Pronto comienza a notarse la novedad del mensaje de Jesús

Hebreos, 5, 1-10; Sal. 109; Mc. 2, 18-22
Pronto comienza a notarse la novedad del mensaje de Jesús. Y comienzan las dudas y los planteamientos de quienes no terminan de entender las actitudes nuevas que va pidiendo Jesús. El problema que se plantea hoy desde los fariseos y los discípulos de Juan es el de ayunar o no ayunar.
Juan se había presentado en el desierto con una vida muy austera invitando a la penitencia y a la conversión para preparar los caminos del Señor. Era como preparar la venida del novio, según la imagen que ahora Jesús nos irá presentando, pero ya el novio estaba con ellos; llegaba por así decirlo la hora de la boda. Jesús estaba con ellos y es lo que quiere responderles Jesús y comenzaba una vida nueva desde la salvación que El venía a traernos.
También había pedido Jesús conversión cuando había comenzado a predicar, pero la conversión no estaba solo en las cosas externas que se pudieran realizar, sino en la transformación del corazón que quizá muchas veces puede resultar más costosa. Pero estando Jesús todo tenía que ser vida, y alegría, y paz, porque desde Jesús ya el amor tendría que resplandecer en el corazón de los hombres, en sus actitudes y en sus comportamientos.
Seguir a Jesús no era cuestión de poner parches o remiendos, sino de una transformación profunda. Es un vino nuevo el que Jesús nos ofrece; podemos conectar con lo escuchado ayer domingo en el evangelio, en el milagro de las bodas de Caná de Galilea donde Cristo ofrece un vino nuevo y mejor. Y ya hablábamos de vida nueva, de renovación de los corazones, de transformación total de nuestro mundo con la presencia de Jesús. Reflexionábamos muchas cosas en torno a este milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea y muchas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida.
Por eso Jesús nos hablará de que son necesarios unos odres nuevos. ‘Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos’. Por eso es necesario cambiar el corazón, cambiar nuestras actitudes profundas, hacer una renovación profunda de nuestra fe, abrir bien los oídos del alma para escuchar el mensaje de Jesús.
No terminamos muchas veces de entender bien lo que significa ser cristiano, seguir a Jesús, vivir nuestra vida cristiana. No es el cumplimiento de unas devociones o simplemente unas prácticas religiosas. No es cuestión de si ayunamos o no ayunamos, si podemos llegar a comer esto o comer lo otro, que tantos esfuerzos nos hemos gastado innecesariamente midiendo cantidades o buscando cualidades de los alimentos. Ser cristiano y seguir a Jesús es algo mucho más hondo que todo eso que se puede quedar en un cumplimiento ritual y superficial.
No es quedarnos en promesas que hacemos algo así como a cambio de lo que Dios pueda favorecernos. No es realizar unas prácticas en unos momentos determinados, aunque sea de cosas muy buenas, mientras en la vida ordinaria de cada día seguimos con nuestras rutinas, nuestra falta de compromiso, o las superficialidades a las que nos tiene acostumbrado el mundo. No podemos separar de ninguna manera la vida de cada día, nuestras actitudes y comportamientos de lo que nos señala Jesús en el evangelio, de lo que nos pide una vida realmente comprometida con nuestra fe.
Cuando nos contentamos con cositas así es como si estuviéramos poniendo remiendos a nuestra vida que lo que haría es ocultar lo vacío que quizá andamos por dentro. Más pronto o más tarde se van a desenmascarar nuestras falsedades, nuestras vanidades, nuestras hipocresías. Y lo que es necesario es autenticidad en nuestra vida. Que nos decimos y nos llamamos cristianos, eso tiene que ser con todas las consecuencias, con el compromiso total de nuestra vida.
‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice Jesús. Saquémosle todas las consecuencias y en toda su radicalidad a esta sentencia de Jesús.

domingo, 20 de enero de 2013


Habrá un vino nuevo y mejor anticipo del banquete del Reino

Is. 62, 1-5; Sal. 95; 1Cor. 12, 4-11; Jn. 2, 1-11
‘Así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Es el primer milagro que nos dice Juan que realizó Jesús. Lo llama signo. Efectivamente, un signo de la gloria de Dios que se manifestaba; un signo que despertó la fe de sus discípulos, aquel pequeño grupo que ya comenzaba a seguirle; un signo con el que nos habla, más allá del milagro de convertir el agua en vino en aquella boda de Caná de Galilea, de lo que realmente significaba la presencia de Jesús, la vida nueva que Jesús nos viene a ofrecer, y con la que nos quiere alimentar.
Este texto del evangelio nos sirve en muchas ocasiones, en las celebraciones del matrimonio, para reflexionar sobre el sentido del sacramento del matrimonio con la presencia de Jesús en aquella boda de Caná y en el signo nuevo de la gracia, del amor nuevo que Cristo construye en la vida de los esposos con el sacramento. Pero no podemos reducir el mensaje de este evangelio a solo ese aspecto, aunque ya es, por supuesto, de una riqueza inmensa.
Nos habla el evangelio, es cierto, de una fiesta de bodas en la que además están invitados María y Jesús con sus discípulos. Una fiesta en la que los ojos atentos de María - cómo saben las madres estar siempre atentas, siempre con los ojos abiertos para cualquier detalle - se dan cuenta de que no hay vino. Ya hemos escuchado la súplica, el diálogo con Jesús, pero también el consejo a los sirvientes: ‘haced lo que El os diga’.
Habrá un vino nuevo y mejor. En el relato del evangelio contemplamos cómo Jesús realiza el milagro de darnos ese vino nuevo convirtiendo el agua en vino. Una imagen y un signo de lo que Jesús realiza en nosotros con su salvación. Con Jesús todo será nuevo. Con Jesús podemos alcanzar la mayor plenitud. Este signo, aquí casi en el principio del evangelio, donde los otros evangelistas nos ponen la predicación de Jesús invitando a creer en el Evangelio y convertir el corazón a Dios porque llega, está cerca, el Reino de Dios, viene como a expresarnos ese paso del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, de la Antigua Alianza a la Nueva Alianza.
Ya en los sinópticos, en el sermón del monte de Mateo, nos dirá Jesús que no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a dar plenitud. Es lo que de alguna forma nos está indicando también este texto del evangelio con ese vino nuevo y mejor que ofrece Jesús en las bodas de Caná.
Si un buen vino en una boda facilita la alegría y la convivencia, el encuentro y la fiesta de lo que es una comida, ahora cuando en este signo se nos ofrece este vino mejor nos está diciendo el evangelio que con Jesús habremos de caminar por un sentido nuevo de la vida donde para siempre la construyamos en la armonía y desde el amor, donde siempre tiene que haber paz y una autentica fraternidad, donde todos nos vamos a querer de verdad para hacernos felices los unos a los otros y lograr una auténtica comunión. No olvidemos que el mandato, el único mandato que nos dejará Jesús será el del amor.
A lo largo del evangelio veremos repetidas veces que cuando Jesús nos habla del Reino de Dios nos dirá en las parábolas que es como un banquete de bodas al que todos estamos invitados. Hoy, aunque esto no sea una parábola, nos sentimos nosotros invitados a la plenitud de ese banquete de bodas que es el estilo con que Jesús quiere que vivamos nuestra vida. Un sentido de fiesta y de alegría como tiene siempre un banquete de bodas; un sentido de hermandad, de amistad, de cercanía, de compartir y convivir como se siente siempre entre todos los que participan en una misma comida. Es el estilo del Reino de Dios al que Jesús nos llama y que viene a instaurar.
Y es que estando Jesús con nosotros de ninguna manera nos sentiremos abandonados ni solos. En El encontramos nuestra alegría y nuestra fuerza. Son bellas las imágenes que nos ofrece el profeta Isaías en la primera lectura. Nos habla de ese amor de Dios que nunca nos falla, que siempre está con nosotros, es más, se goza con nosotros. Nos llama el Señor con un nombre nuevo y empleando las imágenes de lo que era habitual en las bodas en que la novia era engalanada con coronas y diademas, así nos dice como el Señor nos vestirá con un vestido nuevo y se alegra en nosotros porque nos prefiere y nos pone el ejemplo e imagen ‘como un joven se casa con su novia, la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo’.
Es la vestidura nueva de la gracia. Recordemos que en el Bautismo fuimos revestidos de una vestidura nueva para significarlo invitándonos a salir al encuentro del Señor con esas vestiduras blancas. Vestiduras blanqueadas y purificadas en la Sangre del Cordero como nos dice el libro del Apocalipsis con las que mereceremos entrar a cantar la gloria del Señor en cielo para siempre.
Como le escuchado decir a alguien ‘no nos ama el Señor porque seamos hermosos, sino que su amor nos colma de hermosura’. Y podemos recordar lo que nos dice el evangelio ‘tanto amó Dios al mundo…’ y nos ama aunque seamos pecadores; nos ama y su amor nos baña y purifica, nos embellece y nos recrea, nos hace hombres nuevos. Nos ama porque El es amor y, como diría alguien, no sabe hacer otra cosa. Y nos ama para curarnos, para elevarnos hasta El.
Este vino nuevo que se  nos ofrece en este banquete de bodas es también como tipo y signo del vino nuevo del Banquete del Reino de Dios que Cristo nos ofrece cuando en la Eucaristía nos invita a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. ‘Tomad y comed, nos dice, tomad y bebed esta copa es la Sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados’.
En la Eucaristía la conversión, el milagro es más significativo y radical. En la Eucaristía el vino se convierte en la Sangre de Cristo. Sangre de la vida y del amor más grande; es el amor del que da su vida por aquellos a los que ama. Es un banquete al que Dios nos invita y en el que podemos llegar a comer y a beber a Dios. Un banquete que anuncia y anticipa el banquete misterioso del Reino. Por eso, Cristo quiere ser nuestro alimento y nuestra bebida, porque quiere ser nuestra vida, porque comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre tendremos vida en nosotros, se nos da en prenda la vida futura, la vida que dura para siempre.
‘Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Es grande el signo que estamos contemplando. Es hermosa la vida nueva, la vida de plenitud a la que Cristo  nos llama y nos invita. Es maravilloso el sentido nuevo que en Cristo encontramos para todas las cosas. Grande es la gloria del Señor que se nos manifiesta. Intensa tiene que ser la fe que se despierte en nuestro corazón y con la que queremos responder a tan hermosa invitación de amor que nos hace.

martes, 18 de mayo de 2010

Ha llegado la hora de la glorificación en el sacrificio de la Pascua

Hechos, 20, 17-27;
Sal. 67;
Jn. 17, 1-11

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique… y dé la vida eterna a los que me confiaste...’ Así comienza Jesús su oración sacerdotal (así solemos llamarla) al final de la Última Cena antes de salir para Getsemaní. Oración que hace por los discípulos, por aquellos que creen en El y a los que quiere dar vida eterna. Para eso ha venido y ha llegado su Hora.
Casi al principio del evangelio de Juan, en las Bodas de Caná, ante la petición de su madre por la situación que pasan los novios a los que se les ha acabado el vino de la boda, Jesús le dice: ‘Aún no ha llegado mi hora’. Sin embargo en la medida en que nos acercamos a la Pascua, a su pasión y muerte, ya el evangelista nos va a decir que se acerca su hora.
Cuando Felipe y Andrés les presentan a Jesús a los dos gentiles que quieren conocerle, Jesús responderá anunciando la llegado de su hora, la hora de su glorificación. ‘Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado’. Y añade: ‘Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante’. Un anuncio de hasta donde llega su amor de dar su vida por nosotros a quienes ama.
Y cuando va a comenzar la cena pascual volverá a hablarnos el evangelista de la hora que llega. ‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’. La hora de pasar de este mundo al Padre, la hora del amor y del amor hasta el extremo, la hora de la glorificación.
Ahora en la cena se nos vuelve a hablar de la hora y de la hora de la glorificación. Es la hora del amor, la hora del grano de trigo que muere para dar fruto, la hora en que será glorificado Jesús y será glorificado el Padre en el supremo sacrificio de la Pascua, el supremo amor de quien se entrega hasta morir para que nosotros tengamos vida eterna.
El domingo de la Ascensión contemplábamos a Jesús glorificado subir al cielo y sentado a la derecha del Padre, Dios todopoderoso. Glorificado en la pasión, en la muerte, en la entrega de amor para llegar a la plenitud total junto a Dios. Y en ese momento hace el ofertorio, hace su oración por todos, y por todos aquellos que creyendo en su nombre van a alcanzar la salvación.
‘Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que tenía cerca de ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste en medio del mundo… y han creído que tú me has enviado… te ruego por ellos… en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.
Cristo no nos deja ni se desentiende de nosotros como decíamos el día de la Ascensión. Intercede por nosotros porque quiere darnos su Espíritu. ‘Ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu’, que decimos en el prefacio. Es un consuelo grande tener tal mediador e intercesor. Con cuánta seguridad y confianza hemos de seguir su camino.

lunes, 15 de marzo de 2010

Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva

Is. 65, 17-21;
Sal. 29;
Jn. 4, 43-51

Los primeros versículos del texto del evangelio hoy proclamado vienen a ser como un resumen de las diversas actividades de Jesús narradas en los capítulos precedentes. Jesús llega a Galilea procedente de Samaria donde ha tenido lugar el encuentro con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob; se menciona la presencia de Jesús en Nazaret que es san Lucas el que nos lo ha contado con la reacción negativa de sus convecinos, por eso nos recuerda lo de que ‘un profeta no es estimado en su propia patria’; y hace referencia al milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea para situarnos donde se realiza la escena que hoy nos narra.
Hasta allí ha llegado, por otra parte, la fama de lo que antes Jesús había realizado en Jerusalén. ‘Los galileos lo recibieron bien porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén, durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta’.
Ahora es ‘un funcionario real que tenia un hijo enfermo en Cafarnaún el que, oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, había ido a verle y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’. ¿Tenía fe aquel hombre? Por algo viene a pedirle a Jesús que dé vida a su hijo. Además se fió de Jesús cuando le dijo que su hijo estaba curado. Se puso en camino. Al encontrarse con los criados que vienen a decirle que su hijo está ya curado ‘creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista.
Jesús pide habitualmente fe a los que vienen a él buscando el milagro de la curación. Y porque tienen fe alcanzan lo que piden. ‘Que te sucede conforme a tu fe… tú fe te ha curado…’ son expresiones que escuchamos muchas veces. Ahora el milagro se convierte en un signo que hace crecer más la fe llegando a un compromiso mayor. ‘Creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista. El hombre no se quedó solamente en tener fe en él para obtener de Jesús la curación, sino que ahora esa fe va abarcar a toda la familia.
Algo nuevo se está realizando en la medida en que crece el anuncio del Reino de Dios. Un mundo nuevo se está creando, como lo había anunciado el profeta, según escuchamos en la primera lectura. ‘Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, de lo pasado no habrá recuerdo… sino que habrá gozo y alegría perpetua, por lo que voy a crear’. Esta imagen del cielo nuevo y de la tierra nueva volverá a aparecer en el Apocalipsis cuando ya se nos está presentando la apoteosis final.
Un cielo nuevo y una tierra nueva iremos viviendo en la medida en que va creciendo el Reino de Dios en nuestra vida y entre nosotros. Todo ha de irse transformando, haciéndose nuevo. El dolor y el sufrimiento han de desaparecer, la muerte ya no tendrá la palabra final, y los milagros que va realizando Jesús son signo de ese mundo nuevo. De ahí la alegría que en la esperanza hemos de ir viviendo. ¿Cómo no vivirla y sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos, si nos sentimos renovados en el Señor, si hemos de hacer crecer día a día esa civilización del amor que dé sentido hondo a nuestra vida y a nuestro mundo?
‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’
, hemos repetido una y otra ve en el salmo. Será un salmo que también cantaremos en la noche de Pascua, en la Vigilia Pascual. En el triunfo de Cristo en su resurrección adquiere todo sentido, porque por la muerte y la resurrección de Cristo nos vemos liberados y rescatados de toda tristeza y de todo mal, inundados de gracia, de vida y de paz. ‘Sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre’.
Pero tiene también su hondo sentido que ahora lo recemos, porque estamos viendo las obras del Señor; porque estamos reconociendo también ese actuar de Dios en nuestra vida, porque en la medida que vamos dando pasos en este camino cuaresmal nos vamos sintiendo nuevos, distintos, renovados, y con más ganas cada día de vivir ese camino de santidad al que el Señor nos ha llamado. Que así lo vayamos viviendo con toda hondura.

domingo, 17 de enero de 2010

No les queda vino…

Is. 62, 1-5;
Sal. 95;
1Cor. 12, 4-11;
Jn. 2, 1-11

‘Había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda…’ Así ha comenzado el evangelio de hoy.
Hablar de un banquete de bodas es hablar de alegría y de fiesta, de encuentro y de convivencia armoniosa entre familiares y amigos, de sentimientos compartidos en la familiaridad y en la amistad y necesariamente, siendo una boda, de amor y de felicidad. Ese compartir y comer juntos alrededor de una mesa, esa comunicación espontánea e incluso efusiva entre todos los comensales que manifiestan una comunión hermosa entre todos.
En aquella boda de Caná faltó el vino aunque sólo unos ojos atentos y amorosos como los de María fueran capaces de darse cuenta de aquella fiesta se pusiera en peligro y no acabara bien. Pero allí está María y está también Jesús. Ya hemos escuchado el diálogo entre María y Jesús. ‘No les queda vino… Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora… haced lo que El os diga…’ Está la súplica de la madre que es capaz de adelantar la hora de Jesús y el milagro se realiza de manera que la fiesta pueda llegar a una mayor plenitud en el vino nuevo que Jesús les está ofreciendo.
Es un milagro muy significativo y que nos dice muchas cosas. Un signo lo llama el evangelista Juan. Al final se nos dirá que ‘así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Ya sabemos que los milagros de Jesús son signos del Reino nuevo, del Reino de Dios que El anuncia y viene a instaurar. Con esa lectura hemos de contemplar y meditar este texto del Evangelio, esta Palabra de Dios que hoy nos ha sido proclamada.
En la fiesta de la vida, en la que todos compartimos un mismo mundo y construimos una misma sociedad, ¿nos podría faltar el vino? Ciertamente constatamos que la fiesta, el banquete de bodas de la vida, no es total ni todos participan de la misma manera de ella. Hay dolor y hay sufrimiento; no compartimos en unas mismas condiciones todos el mundo en que vivimos; desigualdades, pobreza y miseria para muchos, injusticia y falta de verdadera comunión entre todos, enfrentamientos y odios, insolidaridad… tantas catástrofes naturales que hacen sufrir a los hombres y mujeres de nuestro mundo, como el reciente terremoto de Haití… ¡cuántas cosas!
Hemos de reconocer que nos falta el vino. El vino que tendría que animar nuestra fiesta para que todos esos sufrimientos se aliviaran o desaparecieran, para que hubiera una auténtica y real comunión entre todos, para que nuestro mundo fuera más justo, para que todos pusiéramos más empeño en hacerlo mejor haciendo felices a los demás, empezando por los que están cada día a nuestro lado. El vino nuevo que no nos deje cruzarnos de brazos ante el sufrimiento de los demás, sean quienes sean.
‘Jesus y los discípulos estaban también invitados a la boda’, nos decía el evangelio. ¿No faltará ese vino necesario para que nuestro mundo sea mejor porque no dejamos que Jesús participe en esa fiesta de la vida de nuestro mundo y/o porque nosotros sus discípulos, los cristianos algunas veces nos desentendamos y no llevemos el vino nuevo de Jesús que le diera más plenitud y felicidad a nuestro mundo?
Falta vino nuevo que dé un mayor sentido y valor a nuestro mundo, porque falta fe y falta amor. Falta fe en una sociedad que quiere arrinconar a Dios, prescindir de Dios y de todo lo sagrado, que quiere desterrar de ella todo sentimiento religioso y también todo signo religioso que nos recuerde la trascendencia, que nos haga elevar nuestros ojos y nuestro espíritu a lo alto. Nos falta fe porque quizá también la hemos dejado enfriar y está en peligro casi de morirse esa planta hermosa de la fe en nuestro corazón, influenciados quizá por la indiferencia o la frialdad que nos rodea.
Y ya hay muchos interesados en que esa luz no brille y se trata de ocultar u obscurecer de la forma que sea, porque quizá pueda molestarles esa luz. A cuántos les interesa más hacer públicos los posibles fallos humanos de los miembros de la Iglesia pero no quieren que se conozca el compromiso serio y valiente de tantos cristianos y tantas obras de la Iglesia.
Un ejemplo que nos puede valer para darnos cuenta de esos turbios intereses. En estos días, a raíz de la terrible catástrofe que ha significado el terremoto de Haití, un medio de comunicación de gran trascendencia a nivel mundial hablaba de las ayudas que de todas partes se están ofreciendo y llevando para remediar tal desastre, y no se le ocurría otra cosa que poner una foto del Papa con el comentario de que algunos ofrecen sólo ayuda espiritual. Hay que tener los ojos cerrados para no ver o no querer dejar ver a los demás la labor de tantos cristianos y de tantas instituciones de la Iglesia, como Cáritas, que se han volcado para remediar tanto sufrimiento allí, como sucede en tantos sitios y en tantas situaciones dolorosas de los hombres y mujeres de nuestro mundo.
Ofrece sí ayuda espiritual – también es necesaria -, pero también es importante la ayuda material y la presencia de tantos cristianos comprometidos y de tantas obras de la Iglesia, como de tantos misioneros que permanecen en su sitio al lado de los que sufren cuando los demás abandonan y/o dan por terminado su trabajo. Eso a algunos no les interesa darlo a conocer.
Y no olvidemos que los discípulos de Jesús, o sea, nosotros los cristianos, los que creemos en Él, estamos invitados a ese banquete y no podemos dejar de asistir para hacer presente esa fe y ese amor con nuestra vida, con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor. Algunas veces los cristianos tenemos miedo y nos ocultamos, no hacemos presente de forma valiente que nosotros tenemos un vino nuevo que ofrecer. No podemos ocultarnos, tenemos que hacer resplandecer esa luz con la que nosotros podemos iluminar nuestro mundo que es Cristo.
Un detalle hermoso son los ojos atentos y observadores de María para darse cuenta de que no tenían vino. Pidamos al Señor, con la intercesión de María, la Madre siempre suplicante e intercesora, que tengamos unos ojos atentos y abiertos como los supo tener la Madre para darnos cuenta de esa falta de vino, pero también, como ella, ponernos en el empeño de que puedan tener ese vino nuevo que pueda dar esa plenitud y esa felicidad a nuestro mundo. María también nos dice a nosotros ‘no les queda vino… pero haced lo que El os diga…’
Mucho vino nuevo de fe y de amor tenemos que llevar a nuestro mundo. Ese mundo en el que tenemos que hacer presente el Reino de Dios, hacer presente a Dios. Sólo con el vino nuevo de Jesús lo podremos transformar. Que nos falte a nosotros la fe, sino que crezca de día en día y se manifieste en el compromiso del amor.

martes, 26 de mayo de 2009

Ha llegado la hora… que te conozcan a Ti y a tu enviado Jesucristo

Hechos, 20, 17-27
Sal. 67
Jn. 17, 1-11


‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que Tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a lo que le confiaste…’
He llegado la hora… Es el comienzo de la llamada oración sacerdotal de Jesús en la última cena. En el evangelio de Juan se repite esta expresión. Cuando María le pide a Jesús su intervención en la bodas de Caná ‘porque no tienen vino’, la respuesta de Jesús fue ‘aún no ha llegado mi hora…’ aunque al final realiza el signo.
Pero cuando se va acercando el momento de su pasión vuelve a aparecer la expresión. Fue ya después de la entrada de Jesús en Jerusalén. Hablaba Jesús a las gentes en el templo. Siente la inminencia de todo lo que va a suceder y casi como un adelanto de lo que sería su agonía en el Huerto de Getsemaní Jesús exclama: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre… Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre’.
Será cuando el evangelista Juan comience el relato de la Última Cena cuando de nuevo volverá a aparecer la expresión. ‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ Es el comienzo de la pasión y de la entrega. Es la hora del amor. Es la hora en que Cristo será glorificado para que también se manifieste la gloria de Dios. La pasión de Cristo en la cruz es la hora de la gloria, aunque para el no creyente pudiera parecer un sin sentido.
Es la hora en que Cristo nos va a dar vida eterna. ‘…dé la vida eterna a los que Tú me diste…’ Y ¿en qué consiste esa vida eterna? ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios Padre y nuestra fe en Jesús. ‘Yo les he comunicado las palabras que Tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me has enviado’.
Es lo que Pablo predica y anuncia, como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pablo va ya de regreso a Jerusalén en su tercer viaje apostólico y desde Mileto llama a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Mileto está cercano al mar en la ruta que hace el barco que le lleva a Jerusalén y era más fácil que vinieran los presbíteros de Éfeso. Esto suena a despedida que escuchamos hoy y completaremos mañana.
Recuerda el apóstol su tarea y su esfuerzo en el que ha puesto toda su vida. ‘Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan y crean en nuestro Señor Jesús’. Su preocupación es ‘completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús, ser testigo del Evangelio que es la gracia de Dios’.
Ahora ‘forzado por el Espíritu va a Jerusalén’, presintiendo lo que le espera, ‘cárceles y luchas’. Pero Pablo se deja conducir por el Espíritu del Señor. Lo que nosotros tenemos que aprender. Es el Espíritu el que nos guía y nos santifica, el que nos habla en el corazón y nos señala los caminos del Señor, el que es nuestra fuerza para nuestras luchas y el fuego divino que nos llevará a ser testigos y dar testimonio de nuestra fe con toda valentía, el que nos hace creer en Jesús y convertirnos de verdad a El, el que nos inunda de vida divina y el que nos hace hijos de Dios.
En esta semana en que nos preparamos para la celebración de Pentecostés tengamos en cuenta lo que hemos pedido hoy en la oración litúrgica. Que el Espíritu Santo ‘haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria’. Recordemos cómo hemos sido ungidos en el Bautismo para hacernos morada de Dios y templos de su Espíritu.