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sábado, 2 de mayo de 2026

Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

 


Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Algunas veces cuando nos están explicando algo que nos cuesta entender, que nos resulta engorroso, por ejemplo a resolver un problema complicado que por mucho que nos expliquen parece que no llegan nunca a la solución final, o algo tan sencillo como explicarnos un camino para llegar a una meta o los problemas que vamos a encontrar, en nuestros agobios por acabar antes al final le estamos pidiendo o que nos dé la solución final sin que nosotros tengamos que complicarnos la vida, o que nos lleven a ese lugar o meta sin mayores explicaciones; queremos todo a lo pronto y rápido, sin complicaciones ni compromisos, un mundo en cierto modo en el que queremos que nos den las cosas hechas.

Algo así les estaba sucediendo a los apóstoles cuando escuchaban a Jesús en la última cena; en que por una parte sentían una tristeza que les cortaba los ánimos ante la incertidumbre de lo que estaba por suceder, o también porque Jesús estaba en cierto modo elevando el nivel de sus palabras y revelaciones, el hecho es que se encontraban en que parecía que no entendían nada.

Jesús les había hablado muchas veces del Padre, del que El era el enviado, que el cumplimiento de su voluntad lo era todo para El, ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les había dicho en una ocasión; toda la revelación del Reino de Dios que había venido haciendo Jesús era precisamente querer mostrarles el rostro de un Dios que es Padre y nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo y además quería hacernos sus hijos; pero los apóstoles no comprenden, por eso le piden ‘Muéstranos al Padre y nos basta’, porque asi les parece que ya para siempre se les van a acabar sus dudas.

De ahí la respuesta de Jesús, ‘¿tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis? Quien me ve a Mí, ve al Padre’, termina diciéndoles Jesús. ¿Qué es lo que había hecho Jesús sino manifestarles ese amor del Padre? Aquellos signos que Jesús había ido realizando eran las señales por las que teníamos que reconocer el amor de Dios. El Jesús que se acerca al paralítico de la piscina para darle vida y hacerle caminar, el Jesús que se detiene junto al ciego del camino para devolverle la luz a sus ojos, el Jesús que tiende su mano hasta el leproso para librarle de la lepra, el Jesús que se deja lavar los pies por la mujer pecadora para que en su amor encuentre el amor de Dios, el Jesús que levanta de la camilla al paralítico que han descendido desde el techo hasta sus pies, el Jesús que muestra compasión con la mujer adultera a la que no condena sino que la invita a vivir una vida nueva y distinta, es el Jesús que nos está mostrando el rostro de Dios, el amor de Dios.

Todo en Jesús es amor y es vida, es salud y salvación, es la muestra de la misericordia de Dios y la manifestación de cómo Dios quiere estar a nuestro lado, en nuestro camino, en nuestra vida, en nuestras luchas para ser nuestra fortaleza y en nuestras dudas para ser nuestra luz, en todo lo que haya de muerte en nosotros para darnos vida, en nuestro pecado no solo para ofrecernos su perdón sino incluso para rogar al Padre disculpándonos que no sabíamos lo que hacíamos. Miramos a Jesús y miramos a Dios, contemplamos a Jesús y contemplamos el rostro misericordioso del Padre. ‘Quien me ve a Mi, ve al Padre’, nos está diciendo Jesús.

Pero esto nos está pidiendo algo más. Cuando decimos que creemos en Jesús no son meras palabras con las afirmamos que creemos en lo que nos ha dicho o enseñado Jesús; creer en Jesús significa identificarnos con El para vivir su misma vida, para hacer su mismo camino, para envolvernos en su mismo sabiduría de amor que dé un sentido nuevo a nuestra vida. ¿No significará esto que quien nos ve a nosotros tiene que ver en nosotros las mismas obras de Jesús? ¿Con lo que hacemos, con nuestras actitudes, con el valor que le damos a lo que vivimos seremos imagen de Jesús para que los demás lleguen también a Dios?

jueves, 1 de enero de 2026

Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

 


Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Hoy es un día muy especial, y me vais a hablar de fin de año y de años nuevos, me vais a presentar las imágenes de las fiestas que se hacen por todas partes, me vais a recordar los buenos deseos que en estos días tenemos los unos con los otros y las felicitaciones que cruzan el mundo… todo eso está muy bien, recordamos estos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y esos como rituales que nos imponemos o que nos ayudan a marcar las páginas del calendario de la vida, están bien todos esos buenos deseos y felicitaciones, pero ¿hay algo detrás de todo eso? ¿Serán cosas que no solo marcan el ritmo del tiempo sino que marcan nuestra vida de una forma definitiva? Cuidado que después de todo esto nos quedemos en un vacío que hasta nos produce hastío.

Yo sigo repitiendo que para nosotros los cristianos sí es hoy un día especial aunque algunas veces el ruido de todas las otras cosas atenúen la verdadera luz que tenemos que encontrar en este día. Lo importante incluso nos puede pasar desapercibido y los cristianos tenemos que reivindicar lo que es centro de nuestra vida y no lo podemos ni enmascarar ni olvidar. Nosotros seguimos celebrando la Navidad, hoy es la octava de la celebración del Nacimiento de Jesús en Belén.

Hoy la primera lectura nos ha recordado la fórmula de bendición que desde Moisés se utilizaba en Israel. Es muy hermosa, tenemos que captar todo su sentido porque además nos dará profundo significado a lo que ahora mismo estamos celebrando. ‘El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz’. Y nos insiste Moisés que esta será la fórmula de bendición que deben usar. ¿En qué consiste esa bendición? En que Dios haga brillar su rostro sobre nosotros. Si cuando vamos a encontrarnos con alguien le vemos con el ceño fruncido y un gesto torvo en su rostro, ya estamos sabiendo que aquel encuentro no es nada agradable; una sonrisa en el rostro puede cambiar todas las sensaciones.

Pues Dios vuelve su rostro sobre nosotros, y cuando nos sentimos mirados por Dios nos sentimos llenos de paz, porque con esa mirada de Dios estamos sintiendo cómo Dios nos ama. Somos sus criaturas y nunca somos desagradables para Dios porque Dios siempre nos ama, y por eso nos hace hijos. Es la bendición de Dios sobre nuestra vida. Tenemos que aprender a reconocerla, que es reconocer su amor. Y esto es lo que hoy celebramos, lo que hace este día tan especial, como decíamos desde el principio de nuestra reflexión.

Pues tendríamos que decir que lo que estamos celebrando es esa bendición de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén, se nos manifiesta en Jesús. Y nos sentimos felices porque aunque nosotros nos consideramos indignos porque nos sentimos pecadores tenemos la certeza del amor de Dios, que vuelve su rostro sobre nosotros, rostro de misericordia y de amor. Es Jesús ese rostro de Dios a quien podemos mirar sin temor en su cercanía. Los antiguos decían que no podían mirar a Dios, más aún decían que ver el rostro de Dios era morir. Pero tenemos que decir que Dios sí quiere mostrarnos su rostro y en Jesús podemos conocer el rostro de Dios, porque es la manifestación más sublime de lo que es el amor que Dios nos tiene.

Y hoy tenemos en cuenta dos cosas, por así decirlo, que se derivan de esta mirada de Dios, de esta bendición de Dios. Por una parte necesariamente hoy tenemos que mirar a María. ‘Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer’, que nos decía san Pablo. Aquellos pastores que se sintieron bendecidos de Dios cuando reciben el anuncio del ángel de que en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, siguiendo las señales que les dejó el ángel llegaron a encontrar a aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, junto a su madre.

Queremos nosotros seguir también esas señales y hoy nos encontraremos a Jesús en brazos de María. Por eso la liturgia la celebra este día con el mayor don que Dios le ha concedido, ser la Madre de Dios. De María recibimos a Jesús, porque Dios quiso encarnarse en su seno para nacer entre nosotros y tenemos así la posibilidad de contemplar ese rostro de Dios que se vuelve sobre nosotros con ojos de niño, pero con la mirada amorosa de Dios.

Y la otra derivación es la paz. Hace brillar su rostro sobre nosotros y nos concede la paz. ¿Cómo no vamos a llenarnos de paz desde lo más hondo de nosotros mismos cuando así nos sentimos amados de Dios? La paz que cantaban los Ángeles para todos los hombres que son amados de Dios; esa paz que el mundo necesita, que necesitamos nosotros en lo más hondo de nosotros mismos; esa paz que nos llena de vida y hace posible la vida; esa paz que tiene que hacer de nuestra tierra un hermoso jardín; esa paz que vamos nosotros sembrando con semillas de amor, en múltiples gestos y detalles que tengamos de cercanía y de amistad con los que nos rodean, esa paz que va allanando camino de encuentro haciendo crecer la verdadera amistad, esa paz que tira por tierra los oscuros cortinajes de nuestra intolerancia y de nuestra incapacidad para la comprensión y el perdón.

Mirad, aprendamos a ser bendición para los demás porque sepamos volver también nuestro rostro sobre los que  nos rodean, hagamos que quienes están a nuestro lado se sientan amados para que comience a florecer la paz en sus corazones, seamos siempre verdaderos instrumentos de paz que comienza con una nueva mirada hacia nuestro mundo y cuantos en él habitamos. No son solo bonitas palabras de felicitación lo que tenemos que decirnos hoy, serán nuestros gestos con lo que haremos bendito el año que comienza.

 


jueves, 15 de mayo de 2025

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

 


Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

Hechos 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

Imaginaos que nos llega alguien que viene a traernos noticias de un familiar que tenemos lejos, a quien apreciamos mucho pero del que últimamente teníamos pocas noticias; son sentimientos de alegría lo acogemos por las noticias que nos trae pero también por la relación de amistad que parece tener con nuestro pariente para confiarle ese encargo de visitarnos y traernos noticias suyas; pero en un momento determinado tal mensajero se nos pone insolente y exigente, gloriándose de la amistad que tiene que nuestro familiar, y poco menos que mostrándose dominante con nosotros y reclamándonos una atención mayor de lo que realmente se está haciendo merecedor; nos sentiremos incómodos, surgirán reservas en nuestro interior y aflorará un rechazo por esas posturas orgullosas con las que se nos manifiesta. Son situaciones que de una forma o de otra muchas veces se nos pueden dar en nuestras mutuas relaciones.

Pero he querido partir de este ejemplo o experiencia para hacer una concordancia con lo que Jesús hoy nos dice en el evangelio y que puede tener resonancia no solo en la manera de nosotros acoger ese mensaje que nos llega sino también en la forma como nosotros hemos de trasmitirlo.

Apunta el evangelista que las palabras de Jesús son pronunciadas después del gesto que tuvo al principio de la cena pascual de lavarles los pies a los discípulos. Algo que los dejó en cierto modo descolocados, como hemos expresado recientemente, por la sorpresa del gesto de Jesús. Pero es que Jesús a continuación les dice que es lo que ellos también han de realizar; no es el discípulo mayor que su maestro, y si hemos visto al Maestro y al Señor lavar los pies en esa nueva revolución de las toallas, como alguien la ha llamado, hemos de implicarnos. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, viene a decirles Jesús.

Jesús ha venido como el enviado del Padre como tantas veces nos ha repetido y la forma de mostrarse Jesús es precisamente desde los caminos del amor. ¿Qué es lo que vemos a lo largo de todo el evangelio? ‘Pasó haciendo el bien’, sería la definición que Pedro en uno de sus discursos daría de Jesús. Contemplamos su cercanía, su búsqueda constante del pecador o de todo aquel en quien hay un sufrimiento; se deja hacer y se deja llevar, le tocan la orla del manto o va allá donde lo necesitan, se detiene junto a quien está al borde del camino o se acerca al que es ignorado por todos y nadie tiene compasión de él como el paralítico de la piscina. Es la muestra del amor y de la misericordia porque el médico ha venido para sanar a los enfermos, por eso comerá con publicanos y pecadores o se dejará lavar los pies por una mujer pecadora. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, repito que nos dice Jesús.

Es esa entonces también la sintonía con que nosotros hemos de acoger a Jesús. Siempre nos está mostrando el rostro misericordioso de Dios. Es el maestro, es el Señor, pero nos dirá que ser primero y principal es hacer el último. Es lo que hace Jesús llegando a morir en el más degradante de los tormentos.

¿Será así cómo nosotros llevamos su mensaje a los demás? ¿Será en ese camino de humildad y sencillez como la Iglesia se presenta ante el mundo para anunciar el mensaje del Reino? Tentados nos sentimos a veces de mostrarnos con prepotencia y orgullo, hacer manifestaciones de poder y autosuficiencia, de volvernos exigentes y radicales con los que se muestran diferentes o a los que les cuesta aceptar y llevar a la vida el mensaje del evangelio que tratamos de trasmitir, de volvernos duros e inmisericordes con los que han cometido errores o son pecadores.

No olvidemos que tenemos que ser siempre muestra en nuestras actitudes en nuestra manera de ir a los demás de ese rostro de misericordia de Dios, como lo hizo Jesús. Muchas veces quizás ha sucedido que no ha sido aceptado el mensaje del evangelio porque nosotros los mensajeros íbamos con mucha autosuficiencia y muy engreídos con nuestra verdad y a la larga pudimos hacer odioso el mensaje para aquellos que nos escuchaban. Muchas actitudes nuevas hemos de poner, porque mucho hemos de corregir.

miércoles, 17 de julio de 2024

Podremos llegar a conocer el misterio de Dios, cuando miremos el corazón de los humildes y sencillos, cuando lo descubramos en el rostro de Jesús

 


Podremos llegar a conocer el misterio de Dios, cuando miremos el corazón de los humildes y sencillos, cuando lo descubramos en el rostro de Jesús

Isaías 10, 5-7. 13-16; Salmo 93; Mateo 11, 25-27

Hay ocasiones en que estamos realizando una tarea con gran ilusión y entusiasmo, parece que las cosas van marchando bien, pero de pronto parece que todo se tuerce, los frutos no son los que apetecemos, las cosas parecen que van abocadas al fracaso; nos derrumbamos con facilidad, no sabemos cómo reaccionar, nos dan ganas de tirar la toalla, como suele decirse, y dejar que todo vaya al garete; así puede ser el aburrimiento y depresión en la que caigamos.

Pero también podemos tener otra reacción para no verlo todo perdido; ver que a pesar de todo van surgiendo buenos brotes que en principio nos pueden parecer pequeños e insignificantes pero que al final nos llenan de esperanza de que no está todo perdido. Esos pequeños brotes nos hacen soñar en buenas cosechas en el futuro y por eso  no perdemos el ánimo ni la esperanza; sabemos leer los acontecimientos para sacar las mejores lecciones y de lo que nos parecía que todo iba a ser muerte, vemos cómo renace la vida.

En ese sentido quiere hablarnos hoy el evangelio. Siempre hemos de saber encuadrar los textos que se nos ofrecen con los hechos que antes o después se nos narran en el entorno de dicho texto. Es lo que nos hará comprender en todo su sentido el texto que hoy se nos ofrece.

Recordamos que en su propio pueblo de Nazaret en el fondo no fue bien recibido, pues si bien al principio se mostraban orgullosos con aquel predicador o profeta que se había criado entre ellos, al final nos dirá el evangelista que Jesus no pudo realizar allí ningún milagro por su falta de fe. Y el texto que hemos leídos en días anteriores nos hablaba del desánimo de Jesús, en cierto modo, por la poca respuesta que daban a su mensaje en ciudades donde también había predicado y realizado signos como era en Corozaín y en Betsaida e incluso el propio Cafarnaúm.

No todos quieren acoger el mensaje de Jesús; los entendidos vendrán por allá con muchas pegas y desconfianzas y mucho le darán la espalda a las enseñanzas de Jesus. Andaban al acecho, nos dirá en otro momento el evangelista. Y sabemos cómo le hacían preguntas y más preguntas no porque tuvieran siempre deseos de aprender sino más bien porque querían cogerle con sus propias palabras.

Pero hoy escuchamos en el evangelio un alivio en el corazón de Cristo. Y lo hace en medio de una oración. Da gracias al Padre, porque los pequeños y los pobres, los que podrían aparentar que tienen más encallecido el corazón a causa de sus sufrimientos, son sin embargo los que abren el corazón a Dios.

‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y .entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien’. Es la oración de la confianza que ha puesto Jesús en Dios, su Padre. Los sabios y entendidos no entenderán nada, tendrán cerrado el corazón, pero son los pequeños, los sencillos, los que son humildes de corazón los que escuchan la revelación de Dios, en los que Dios va derramando su corazón, pero va llenándolos de la sabiduría de Dios.

        Y será ahí donde se revela Dios. Es ahí donde sabremos ver el rostro de Dios en Jesús. Es ahí donde estaremos escuchando a Dios cuando escuchamos a Jesús. ‘Los pobres son evangelizados’, escuchamos el texto de Isaías cuando se proclamó por parte de Jesús en la Sinagoga de Nazaret. Es el camino que hemos de recorrer, la sabiduría que tenemos que aprender, el misterio de Dios del que nos hemos de empapar.

lunes, 12 de junio de 2023

Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús

 


Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12

Por la boca rebosa lo que llevamos en el corazón, se suele decir. Aquello que vivimos y experimentamos dentro de nosotros mismos lo reflejamos en nuestras palabras, pero sobre todo lo reflejamos en nuestra forma de vivir. Es cierto que hablamos desde conceptos aprendidos, desde cosas que escuchamos, pero sobre todo lo intentamos hacer desde dentro, desde lo más hondo de nosotros mismos. También es cierto que aquello que expresamos son nuestros deseos, algo a lo que aspiramos o con lo que soñamos aunque aun no lo hayamos alcanzado; expresa ese deseo interior, ese crecimiento que buscamos, esas cosas que quizás queremos transformar en nosotros mismos.

No podemos juzgar con ligereza lo que dicen los demás y tacharlos quizás de incongruentes, porque no sabemos bien los deseos que hay en su corazón, las luchas interiores que puedan estar realizando, el ansia de superación que hay en su vida y que quizás le cuesta mucho dar esos pasos que necesitan. Porque nos pasa a nosotros mismos, porque son nuestras luchas que los demás no conocen y no entienden. Algunas veces son sueños que tenemos en nuestra vida, pero al menos comenzamos por soñar algo distinto, algo nuevo. De ahí arrancarán nuevas metas, desde ahí aparecen los ideales que nos levantan y nos impulsan a caminar aunque el camino algunas veces nos cueste.

Hoy nos encontramos en el evangelio una de sus páginas más hermosas, Jesús nos propone las bienaventuranzas, nos dice cómo lograremos en verdad ser dichosos, ser felices con la felicidad más honda, son todo un resumen del evangelio. Podíamos decir que cuando Jesús nos está desgranando las bienaventuranzas nos está dando los trazos de su rostro, del rostro de Dios, de su corazón lleno de vida y de misericordia. Si antes decíamos que hablamos de lo que llevamos en el corazón, de lo que es nuestra vida, esto tenemos que decir ahora de Jesús.

Hagamos una relectura del texto sagrado y vayamos poniendo al lado el rostro de Jesús. Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús. Aquello que diría más tarde san Pedro, ‘pasó haciendo el bien’. Ahí contemplamos el corazón de Cristo, ahí contemplamos la buena nueva que nos quiere anunciar, ahí contemplamos como en visión adelantado lo que tendría que ser nuestra vida cuando de verdad optamos por el Reino de Dios.

No voy a entrar en este momento en detalle en cada una de las bienaventuranzas sino, como decía, os invito a hacer una relectura, pero pausada, deteniéndonos para ver las distintas páginas del evangelio, deteniéndonos para ver cómo hacemos realidad eso en nuestra propia vida, como vamos copiando el corazón de Cristo en nosotros.

Veremos como van naciendo nuevas actitudes en nosotros, cómo aprenderemos a tener nuevos gestos de humanidad y de amor con los que están a nuestro lado, cómo iremos purificando el corazón, como nos sentiremos impulsados a algo nuevo que nos lleve al encuentro, al amor, a la autenticidad de nuestra vida, a un camino de búsqueda del bien, de lo bueno, de lo justo, como irá apareciendo una nueva ternura en nuestro corazón, como nos sentiremos fuertes frente a las adversidad y contratiempos que nos encontremos en la vida.

jueves, 3 de noviembre de 2022

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

 


En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Se perdió, ¿qué le vamos a hacer? ya volverá, ya buscaremos otra. Nunca escucharemos en esa actitud pasiva a un pastor al que se le extravía una oveja en el campo. La saldrá a buscar, la llamará, irá por todos los sitios donde han ido en el día y se habrá podido perder, removerá hasta las piedras si fuera necesario porque ha de encontrar la oveja perdida; no es una oveja más, no es un número en el conjunto de su rebaño, es su oveja, que conoce, que ama, que hará todo lo posible por encontrarla. Son los sentimientos también de cualquiera que tiene animalitos a su cuidado, no le gusta que se les enfermen, que se les mueran, hará lo posible por no perderlos, es que quieras que no se ha establecido una relación muy bonita y muy especial; llora el pastor por su oveja perdida, llora quien tiene un animalito a su cuidado y lo puede perder.

¿Cómo no iba a utilizar Jesús esa imagen para expresar cómo Dios nos ama y nos busca? El motivo se lo están dando aquellos que lo critican porque anda con pecadores, y se mezcla y come con toda clase de gente, ya sean publicanos, ya sean prostitutas, ya sean pecadores. Como dirá en otra ocasión el médico no es para los que están sanos o se sienten sanos, sino para los enfermos, para los pecadores.

Está hablándonos Jesús del amor de Dios que quiere que todo hombre se salve. Que nos llama y que nos busca como el pastor que busca a la oveja perdida, que nos ofrece su abrazo de perdón y espera como el padre bueno la vuelta del hijo, que manifiesta la alegría de la mujer que ha encontrado la moneda que se le había extraviado y llama a amigas y vecinas para anunciarles que la he encontrado. Por eso nos habla de la alegría del cielo.

Es el amor y la misericordia del Señor, se ha manifestado a través de toda la historia de la salvación que es una historia de infidelidades por parte de su pueblo escogido pero es la historia del amor de Dios que llama a su pueblo de Egipto para liberarlo de la esclavitud, que lo conduce por el desierto ofreciéndole el agua manada de la peña, el maná que cada mañana cae del cielo, pero la guía segura y con mano fuerte de Moisés que los conduce a la tierra prometida. Es la historia de los patriarcas y profetas que como signos de Dios han estado siempre al lado de su pueblo en el camino para que no pierda su rumbo. Pero es la historia que tiene su culminación cuando porque tanto nos ama nos envió a su hijo único para que todos tuviéramos vida y vida en abundancia. Es una historia de amor.

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, un rostro de misericordia y de perdón, una presencia del Dios compasivo y misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores, una muestra suprema de lo que es el amor cuando por nosotros se entrega y da la vida para que nosotros tengamos vida, para hacernos participes de la vida de Dios. Recorramos las páginas del evangelio y no estaremos contemplando otra cosa que lo que es el amor de Dios. Por eso es evangelio, por eso es buena noticia, que hemos de creer, a la que tenemos que convertirnos, de la que tenemos que convertirnos en signos para los demás.

Tenemos que aprender a gozarnos en ese amor, porque experimentamos en nosotros lo que es ese amor y esa misericordia porque nosotros también somos pecadores. Esa alegría del cielo por un pecador que se convierte, hemos de experimentarla y vivirla en el día a día de nuestra vida. Cuidado que perdamos esa sensibilidad, cuidado que ya no demos importancia a los pecadores que vuelven al seno del redil, cuidado nos acostumbremos a muchos actos piadosos y no seamos capaces de saborear la alegría del perdón y del amor renovado.

martes, 3 de mayo de 2022

Y Dios cuenta así con nosotros, con esas limitaciones pero también con esa riqueza de nuestra personalidad, y responde a nuestras dudas e interrogantes

 


Y Dios cuenta así con nosotros, con esas limitaciones pero también con esa riqueza de nuestra personalidad, y responde a nuestras dudas e interrogantes

1Corintios 15, 1-8; Sal 18; Juan 14, 6-14

¿Por qué la gente se aferra tanto a una cosa de manera que por mucho que le expliquen no entra en razón y sigue fijo en su pensamiento anterior? La mente del ser humano no es un simple aparato al que en un momento determinado le dan a un botón, le dan a una tecla, introducen un chip e inmediatamente comienza a actuar de otra manera. Algunas veces queremos comparar nuestra cabeza, nuestra mente con un ordenador en el podamos enchufar un USB y ya automáticamente comienza a actuar de otra manera. Está nuestra libertad, está nuestra capacidad de pensar y de razonar, están nuestras decisiones para aceptar una cosa u otra, no somos una simple máquina, aunque a algunos parece que les gustaría.

¿Por qué no cambiamos cuando sabemos que una cosa no es buena y que actuando de otra manera sería mejor? Porque ahí está toda esa armazón de la mente humana, de nuestros sentimientos o de nuestros apegos, de nuestras maneras de ver las cosas o de las cosas a las que nos sentimos atados, y todo tendrá que ser un proceso donde vaya actuando la persona con su libertad, con sus decisiones, con sus errores también. No somos unos autómatas.

Y Dios cuenta así con nosotros, con esas limitaciones pero también con esa riqueza de nuestra personalidad. Es la paciencia que contemplamos en Jesús con sus discípulos. Estaban siempre con El, a El le escuchaban enseñanzas que quizás otros no oyeran, porque a ellos de manera especial les explicaba, estaba esa presencia cautivadora de Jesús, pero allí seguían ellos con sus dudas, con sus preguntas, con sus pasos adelante y atrás sin saber muchas veces a qué atenerse, con sus miedos e interrogantes.

Era algo nuevo lo que Jesús les estaba trasmitiendo y de lo que ellos poco a poco se irían impregnando pero hay momentos que no entienden, hay momentos en que parece que vuelven para detrás. Jesús ha venido a ser el rostro del Padre, porque su cercanía y su misericordia, su compasión con los pecadores y el amor que a todos mostraba era una forma de acercarnos a Dios, era una forma de que conociéndole a El conocieran a Dios. Pero pesaban muchas cosas en aquellos discípulos. Era una buena nueva, era una nueva noticia, era algo nuevo y distinto lo que Jesús les estaba mostrando de Dios, y a ellos les cuesta entender, les cuesta aceptar, y siguen con sus titubeos.

Jesús les está hablando de que es el Camino y la Verdad y la Vida y que para ir al Padre tienen que ir por El, pero surge la pregunta que parece que después de tanto Jesús hablarles y enseñarles puede parecer imposible. ‘Señor, muéstranos al Padre, y nos basta’, que le dice Felipe. No se han enterado. No han sido capaces aun de ver el rostro del Padre en Jesús.

‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras’.

Vemos a Jesús y estamos viendo a Dios; vemos a Jesús y contemplamos su amor y su misericordia. Si alguna vez Jesús nos ha dicho que seamos compasivos y misericordiosos como el Padre es misericordioso, es que eso lo hemos aprendido con Jesús, lo hemos aprendido contemplando a Jesús. El que se acerca a los pecadores, el que se detiene al pie de la higuera de Jericó para que baje Zaqueo que Jesús quiere hospedarse en su casa; el que va en busca del que nadie quiere ni atiende en la piscina para devolverse el movimientos de sus miembros tullidos; el que se deja besar y abrazar por aquella mujer que es una pecadora, pero que ahora está demostrando mucho amor; el que se detiene para contemplar a Pedro después de la negación y que luego solo le preguntará por su amor… y así podríamos seguir recordando textos del evangelio en que estamos contemplando el amor que Dios nos tiene y que se manifiesta en los gestos de Jesús. ‘El que me ve a mi, ve al Padre’, que le dirá Jesús a Felipe.

Pero quizás ahora nos quede una pregunta que hacernos. ¿Qué imagen estamos dando nosotros de ese Dios en quien decimos que creemos? ¿Quiénes nos contemplan estarán viendo el rostro amoroso del Padre? Nos cuesta dar esos pasos en nuestra vida, pesan muchas cosas en nosotros que no somos unos autómatas, pero vayamos dándolos porque nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús.

sábado, 18 de mayo de 2019

Hemos de tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, creciendo en el conocimiento de Jesús que nos lleve a la madurez de nuestra vida cristiana


Hemos de tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, creciendo en el conocimiento de Jesús que nos lleve a la madurez de nuestra vida cristiana

Hechos 13, 44-52; Sal 97;  Juan 14, 7-14

No nos contentamos con saber las cosas de oídas, o tener un conocimiento elemental o superficial de aquello que nos dicen. Es por un lado la curiosidad innata que hay en toda persona, sobre todo cuando se conserva un espíritu joven, en que todo lo queremos saber, pero es además desde el razonamiento que toda persona realiza y desde su propia madurez, no nos contentamos con algo superficial sino que queremos profundizar más y más el conocimiento que vayamos adquiriendo. No nos quedamos en una intuición sino que queremos un conocimiento mas profundo. Es la madurez con que queremos vivir todas las cosas y todo conocimiento.
Esto que decimos en referencia a cualquier conocimiento humano y también a las relaciones que tenemos las personas unas con otras en que no queremos quedarnos en la superficialidad, lo llevamos también a aspectos mas fundamentales de nuestra existencia, desde la razón y el sentido de nuestro vivir, desde la apertura trascendente que hacemos de nuestra vida, y en el ámbito espiritual a todo aquello que nos lleve a un mayor conocimiento de Dios.
Y es que cuando hablamos del misterio de Dios en él queremos ahondar no quedándonos en una mera intuición que desde ese sentido espiritual de nuestra existencia podamos tener, sino que queremos conocer más y más a Dios. Pero ¿cómo adentrarnos en ese misterio? ¿Cómo llegar a ese conocimiento más auténtico y genuino de Dios? Por nosotros mismos nos parece imposible, sino fuera la revelación que Dios hace de sí mismo. ¿Dónde encontrar el centro de esa revelación de Dios? Tenemos que decir que en Jesús. Miremos a Jesús, conozcamos a Jesús que se nos hace cercanía de Dios, y conoceremos a Dios. Sigamos las huellas de Jesús y estaremos caminando al encuentro más profundo que tengamos de Dios.
‘Muéstranos al Padre y nos basta’, le pedían los discípulos a Jesús. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, responde Jesús. Decimos de Jesús – El mismo se ha definido así – que es la Verdad; es la Sabiduría de Dios. Decimos de Jesús que es la Luz y El nos dice que quien le sigue no camina en tinieblas, y se nos convierte así en la revelación de Dios. Contemplamos a Jesús en su amor eterno por nosotros, que se manifiesta en sus signos pero también en su cercanía, que se manifiesta en la acogida que hace de todos incluso de los pecadores, que se hace misericordia para todos y estaremos descubriendo el amor eterno de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo único hasta la muerte por nosotros. Los rasgos de Jesús, las actitudes de Jesús, las reacciones de Jesús… son los de Dios. Dios es como Jesús. Jesús, que es el Hijo de Dios, es el rostro auténtico de Dios.
Antes decíamos que en la vida no  nos queremos quedar en superficialidades sino que todo conocimiento queremos crecer más y más. Sin embargo hemos de reconocer que eso no lo hacemos siempre en lo que atañe a Dios, a nuestra relación con El, al conocimiento que de El tengamos y a todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. Tendríamos que tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, y para ello crecer en el conocimiento de Jesús que nos lleve a esa madurez de nuestra vida cristiana. Leamos más el evangelio y escuchémoslo en nuestro corazón. Creceremos así en el conocimiento de Jesús y en el conocimiento de Dios.