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jueves, 9 de noviembre de 2017

Por nuestra unión con Cristo, verdadero Templo de Dios, somos una cosa con El y en Cristo nos convertimos también en templo de Dios

Por nuestra unión con Cristo, verdadero Templo de Dios, somos una cosa con El y en Cristo nos convertimos también en templo de Dios

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9c-11.16-17; Juan 2,13-22
La liturgia de la Iglesia de Roma celebra hoy la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, que es la catedral del Roma y en consecuencia la sede del Obispo de Roma, es decir, del Papa. Es una fiesta litúrgica que está extendida a toda la Iglesia Católica, porque se considera la Iglesia madre de todas las Iglesias. Es importante para todo católico porque así se manifiesta nuestra comunión con el Obispo de Roma, que es el Vicario de Cristo para toda la Iglesia.
La Dedicación significa la consagración, es decir, el hacer que aquel templo se convierta para nosotros en un lugar sagrado que nos hace presente al Señor, porque en él nos reunimos los cristianos para la escucha de la Palabra y la celebración de nuestra fe en todos y cada uno de los sacramentos. Pero la celebración de esta consagración del templo nos quiere recordar mucho más.
El verdadero templo de Dios en medio de nosotros es Cristo. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se hizo hombre para ser nuestro salvador. Cristo es el templo, el altar y el sacrificio, podemos decir, porque por su entrega se ofreció al Padre, en el cumplimiento de su voluntad, para ser la salvación para toda la humanidad. Es en Cristo donde encontramos certeramente a Dios, porque ‘el que me ve a mi ve al Padre, el que me conoce, conoce al Padre’, que diría en la ultima cena a los discípulos; es Cristo el camino que nos lleva al Padre, como El mismo nos dice en el evangelio, porque ‘yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.
Pero todo esto nos lleva a dar un paso más en nuestra consideración. Por nuestra unión con Cristo, somos una cosa con El, y en Cristo nos convertimos también nosotros en templo de Dios. ‘El que guarda mis mandamiento el Padre lo ama, y vendremos a El y haremos morada en El’, nos dice en el Evangelio. Por eso recordamos como en nuestra consagración bautismal – volvemos a la imagen del principio de la consagración del templo – hemos sido convertidos en morada de Dios y en templos del Espíritu Santo, como bien se expresa en la celebración del Bautismo.
Somos ese sagrario de Dios, ese templo del Espíritu, porque Dios mora en nosotros por la gracia. Por eso podemos ofrecer nuestros cuerpos y nuestra vida toda como ofrenda espiritual y agradable al Padre cuando hacemos su voluntad. Es por donde tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida. Si fuéramos conscientes de esa presencia de Dios en nosotros seguro que con fuerza nos alejaríamos del pecado venciendo toda tentación. El Espíritu divino está en nosotros para ser nuestra fuerza. No olvidemos esa presencia de Dios que mora en nuestros corazones.
Recuerdo siempre la imagen de la que escuché hablar un día, de un hombre que cada mañana iba junto a la cuna de su hijo recién nacido y que ya había sido bautizado y se ponía de rodillas ante él; decía que estaba a adorando a Dios, porque tenia la certeza de la presencia de Dios en el alma pura de aquel niño recién bautizado en el que no podía haber nada de pecado. Así hemos de mantenernos purificados de todo pecado para sentir y gozar de esa presencia maravillosa de lo infinito, esa presencia de Dios en nuestro corazón.
Cuidamos nuestros templos, queremos tenerlos limpios y adornados, los rodeamos de bellas obras de arte y queremos poner lo mejor en ellos, porque decimos que todo eso es para Dios, cuya presencia recordamos en medio de aquellas paredes. ¿No tendríamos que hacer lo mismo en ese templo de Dios que somos nosotros y adornar y embellecer nuestra vida con nuestra santidad, con nuestras virtudes, con nuestro amor más exquisito?
Pero algo más, pensemos en el templo de Dios que son los hermanos que nos rodean, ¿no nos tendría que hacer pensar en el respeto con que hemos de tratar a toda persona y como todo lo mejor que le hagamos a esa persona es como si se lo estuviéramos haciendo a Dios? Ellos también son templo de Dios.
‘Todo lo que hicisteis con uno de estos hermanos conmigo lo hicisteis’, nos dice Jesús.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Purifiquemos nuestro corazón de aquellas cosas que nos impiden dar gloria a Dios y llenémoslo de mansedumbre, humildad, paz y amor

Purifiquemos nuestro corazón de aquellas cosas que nos impiden dar gloria a Dios y llenémoslo de mansedumbre, humildad, paz y amor

Apocalipsis 10,8-11; Sal 118;  Lucas 19,45-48

Hay gestos que contemplamos o en los demás o nosotros mismos realizamos que nos dicen más que muchas palabras. Por eso es importante que no solo vayamos repitiendo buenas palabras o buenos consejos como cosas, por así decirlo, aprendidas de memoria, sino que lo que vivimos lo traduzcamos a los hechos de nuestra vida porque el testimonio de lo que hacemos y vivimos convence más que muchos sermones les podamos predicar a los demás. Con esos gestos expresamos lo que llevamos dentro, lo que verdaderamente sentimos en nuestro corazón, reflejan lo que es el sentido que le damos a nuestra vida.
Por eso de los milagros Jesús decimos que son signos, y es incluso la palabra que emplea uno de los evangelistas. Pero lo que va haciendo Jesús, su cercanía con todos especialmente con los que sufren, los que son menospreciados y discriminados, los que no eran tenidos en cuenta en aquella sociedad se convierten en verdadero signo de lo que es el amor que Dios nos tiene.
Pero en algunos momentos Jesús tiene gestos y signos especiales, como cuando no solo cura al leproso sino que extiende su mano y lo toca, saltándose todas las reglas y normas prescritas para la relación con esos enfermos. Hoy en el evangelio vemos uno de esos gestos o signos de Jesús, cuando expulsa a los vendedores del templo.
Ya nos dice el evangelista que Jesús enseñaba todos los días en el templo y que el pueblo entero estaba pendiente de sus labios. Cuando habla del pueblo entero está hablándonos, es cierto, de toda clase de personas, pero en especial de los humildes y sencillos que son los que más abiertos están a la Palabra de Dios. Pero bien vemos que no todos los que andaban por el templo escuchaban con la misma actitud a Jesús.
‘Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio’. Ya sabemos como andaban al acecho, escuchando a Jesús pero para hacer sus interpretaciones, para ver en qué podían cogerlo para acusarlo. La Palabra de Jesús hería sus corazones llenos de orgullo y de soberbia, y cuando se tienen esas actitudes no se puede escuchar bien.
Pero por otra parte estaban los que andaban a lo suyo, a sus intereses, a sus negocios. Eran los cambistas por una parte, porque las ofrendas al templo habría que hacerlo en el dinero que aceptaba el templo y allá andaban ellos con sus intereses y sus ambiciones de lucro. Pero estaban por todas partes los que hacían las ofertas de sus animales para los sacrificios. Todo era un negocio, aquello era un mercado, lejos estaba de ser lo que verdaderamente había de ser el templo, una casa de oración.
Y ahí contemplamos el gesto de Jesús echando a los vendedores del templo y derribando las mesas de los cambistas. El templo había de ser purificado para que fuera en verdad una casa de oración. No gustará a muchos el gesto de Jesús, pero muchos se sentirán interpelados, algunos descubrirán la necesidad de purificarse desde lo más hondo acogiéndose a la misericordia del Señor para tener unas actitudes.
A nosotros también tiene que interpelarnos. Somos nosotros ese verdadero templo de Dios, porque así hemos sido consagrados desde nuestro bautismo. Pero muchas cosas hemos dejado ir metiendo en nuestro corazón que lo mancha y que nos hace descubrir la necesidad de una verdadera purificación. También se nos meten en nuestro interior ambiciones materialistas que nos ciegan, orgullos que nos atenazan el corazón, violencias interiores que nos hacen perder la paz. No siempre nuestro corazón tiene la suficiente paz y serenidad para escuchar a Dios, para sentir su presencia.
Necesitamos glorificar a Dios con nuestras vidas porque siempre todo en nosotros ha de ser para la mayor gloria de Dios. Quitemos aquellas cosas que nos estorban, arranquemos de nosotros esas pasiones que nos ciegan, llenemos nuestro corazón de mansedumbre, de paz, de humildad, de amor y todo lo que hagamos será siempre para la gloria de Dios.

sábado, 6 de septiembre de 2014

El templo Catedral nos simboliza cómo somos edificio de Dios, templo de Dios y signo de la presencia de Dios en medio del mundo


El templo Catedral nos simboliza cómo somos edificio de Dios, templo de Dios y signo de la presencia de Dios en medio del mundo

1Pd. 2, 4-9; Sal. 121; Lc. 19, 1-10
En nuestra Iglesia Diocesana, en esta fecha del 6 de septiembre,  tenemos una conmoración muy especial y significativa, es el aniversario de la consagración de la Catedral; en este caso 101 años de su consagración por lo que se está celebrando en nuestra diócesis un especial año jubilar. Podría ser una fecha que pasara desapercibida como nos sucede en la mayoría de las ocasiones, pero si consideramos la importancia y el significado que la Iglesia Catedral tiene en la Diócesis por ser la sede del Obispo que nos preside en la fe, como sucesor de los Apóstoles no tendríamos que dejarla pasar por alto.
En el prefacio de Misa de la Dedicación o Consagración de un templo se nos dice algo que viene a ser como un hermoso resumen del significado del templo. “Porque en la casa visible que nos has concedido construir, en este lugar donde proteges sin cesar a la familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros. Porque aquí te vas edificando aquel templo que somos nosotros y haces crecer la Iglesia, extendida por toda la tierra, unida como Cuerpo del Señor, hasta que la lleves a su plenitud, en la Jerusalén del cielo,  visión de paz” .
Un lugar santo y consagrado donde sentimos de manera especial la presencia del Señor que nos protege con su gracia - ‘lugar donde proteges sin cesar a la familia que hacia ti peregrina’, que decimos - y que por ser ese lugar donde la Iglesia se reúne congregada por el Señor estamos manifestando ‘de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Un lugar, pues, que se convierte en signo de comunión.
Si esto lo podemos decir de todo templo, con cuanta mayor razón lo podemos decir de la Catedral; manifiesta el signo de unidad y comunión de toda la comunidad diocesana, precisamente en torno al templo que es la sede del Pastor que nos congrega y reúne en el nombre del Señor. ‘Es signo de unidad de la Iglesia particular, lugar donde acontece el momento más alto de la vida de la diócesis y se cumple también el acto más excelso y sagrado del oficio santificador (munus sanctificandi) del Obispo, que implica juntamente, como la misma liturgia que él preside, la santificación de las personas y el culto y la gloria de Dios’.
El templo material nos recuerda del templo de Dios que somos nosotros consagrados desde el Bautismo; y es en ese templo, en este caso la catedral, es donde al celebrar la liturgia nos santificamos en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración de los sacramentos. Pero en ese templo, sede y cátedra del Obispo, escuchamos su magisterio y enseñanza.
El Obispo es el Pastor, es el Maestro en la fe, como sucesor de los apóstoles, para toda la Iglesia Diocesana que ejerce su ministerio desde la Cátedra donde nos alimenta en la fe, desde donde cuida de toda la Iglesia Diocesana para que caminemos en la verdad, para que caminemos en fidelidad por los caminos del Evangelio desde el magisterio de la Iglesia.
Como  nos decía el Sr. Obispo en la carta pastoral con motivo de la reapertura de la Catedral después de su restauración el pasado enero, ‘podemos afirmar que a partir de la Catedral se va construyendo la historia de fe y salvación de nuestra diócesis. De ella, como si de una fuente se tratara, fluyen los medios de salvación por los que Dios enseña, santifica, guía a los fieles y así, en las distintas comunidades, parroquiales o de otro tipo, se va edificando la Iglesia, como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Todo ello queda especialmente reflejado en las celebraciones que tienen lugar en la Catedral, como la Misa Crismal y la ordenación de los sacerdotes y diáconos que luego han de servir a las parroquias’. 
Por eso la importancia de esta conmemoración que hoy hacemos en este aniversario de la consagración de la Catedral. Nos viene bien recordar todo esto porque eso nos recuerda también cómo formamos parte de la comunidad diocesana. No somos unos cristianos o unas comunidades que vamos por libre, sino que hemos de sentirnos en profunda comunión de Iglesia en nuestro ser comunidad diocesana, pero también necesariamente en comunión con toda la Iglesia universal.
No nos quedamos, por supuesto, en el templo material ni en considerar su belleza o valor arquitectónica. ‘Vemos la figura y contemplamos la realidad: vemos el templo y contemplamos a la Iglesia. Miramos el edificio y penetramos en el misterio. Porque este edificio nos revela, con la belleza de sus símbolos, el misterio de Cristo y de su Iglesia’, como explicaba san Juan Pablo II cuando consagró la catedral de Madrid. Se convierte, pues, en un signo también de la presencia de Dios en medio del mundo.
El templo visible nos tiene que llevar a lo invisible; la comunión que allí vivimos y que allí alimentamos en la sagrada liturgia que celebramos nos ha de hacer profundizar en esa comunión de Iglesia, comunión en la fe y en el amor, que entre todos los creyentes en Jesús hemos de tener, y que de una manera intensa hemos de vivir en lo que es la Iglesia o comunidad diocesana; y la valoración del templo material nos ha de hacer considerar también cómo nosotros somos esos templos del Espíritu Santo velando y procurando esa santidad personal que ha de resplandecer en nuestra vida.

Y termino con palabras del San Juan Pablo II en la misma ocasión: ‘Y mirándonos a nosotros mismos, podremos decir con san Pablo: “Sois edificio de Dios... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1Co 3, 9.17). Éste es el misterio que simboliza el templo catedral». Esto es lo que hoy nosotros también de manera especial queremos celebrar.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Que sea siempre agradable a Dios la ofrenda pura de nuestro amor

1Mac. 4, 36-37.52-59; Sal.: 1Cron.29, 10-12; Lc. 19, 45-48
Llega Jesús a Jerusalén y se dirige al templo. Es lo normal en todo buen judío. Ha subido desde Galilea consciente de lo que significaba esta ascensión hasta Jerusalén. Iba a ser el momento de la entrega y de la Pascua definitiva. Por el camino ha ido preparando a los discípulos más cercanos, mientras no ha dejado de realizar signos y señales de lo había de ser el Reino de Dios que se instauraba. Pero aún se han de realizar más signos.
‘Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores’. Los otros evangelistas son más explícitos en la descripción de lo que Jesús realiza. Es todo un signo profético el que Jesús está realizando. Un signo que es denuncia de un mal pero anuncio de algo nuevo; por eso lo llamamos signo profético. Además recuerda a los profetas.
El templo por las circunstancias de los sacrificios y holocaustos que allí se ofrecían en el buen deseo de tener a mano lo necesario para aquellos sacrificios y ofrendas se había convertido en un mercado; muchos quizá eran también los intereses creados de muchos que allí podían encontrar ganancias y beneficios. Estaban los animales que iban a ser ofrecidos en sacrificio, el necesario cambio monetario para las ofrendas que habían de hacerse al templo que tenía que ser no en cualquier moneda sino en la propia del mismo templo, y todo provocaba que en lugar de ser el lugar del verdadero culto que surgiera de la oración más profunda salida del corazón se pareciera más a un mercado que a una casa de oración. Se explica pero no se justifica porque así estaba perdiendo todo su sentido.
‘Jesús se puso a echar a los vendedores…’ dice sencillamente el evangelista Lucas. Y recordaba a los profetas que habían descrito aquel lugar como el monte santo hacia el que confluirían todas las naciones para rendir culto al Señor. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del  norte y del sur…’ habían dicho los profetas. Así había hablado el profeta Isaías: ‘A los extranjeros que deseen unirse y servir al Señor, que se entregan a su amor y a su servicio… que son fieles a mi santa alianza, los llevaré a mi monte santo, y haré que se alegren en mi casa de oración… mi casa será casa de oración para todos los pueblos…’
Pero ahora no parecía casa de oración. ‘Mi casa es casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’, les dice Jesús. Recordaba lo que había dicho el profeta Jeremías: ‘¿Acaso tomáis a este templo consagrado a mi nombre como una cueva de bandidos?’ Y Malaquías había anunciado: ‘Mirad, yo envío mi mensajero delante de mi y de pronto vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza a quien tanto deseáis… refinará a los hijos de Leví… para que presenten al Señor ofrendas legítimas. Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y Jerusalén como en los tiempos pasados, como en los años remotos’.
Es lo que Jesús quiere realizar como un signo al expulsar a todos aquellos vendedores del templo. Y dice el evangelista que ‘todos los días enseñaba en el templo’. Allí está la Palabra de salvación, la Palabra que llena de luz y de vida, la Palabra que nos purifica el corazón. Todo va a ser como un signo que anuncia lo que va a ser su sangre derramada en la cruz para el perdón de todos los pecados. Todo es una señal de lo que verdaderamente Cristo es, verdadero templo de Dios con el que podemos ofrecer todo honor y toda gloria a Dios para siempre.
Muchas conclusiones podríamos sacar de este hecho para nuestra vida. Lo que en principio nos parece más primario y elemental es pensar en la dignidad y santidad de todo templo consagrado al Señor; como, en consecuencia, hemos de hacer de nuestros templos verdadera casa de oración y nada tendría que perturbar esa paz y ese recogimiento que deben reinar en ellos siempre para vivir con toda intensidad nuestra oración y nuestras celebraciones.

Pero pensamos también ese templo de Dios y morada del Espíritu que somos nosotros; cómo, entonces con una vida santa siempre hemos de estar dando gloria a Dios. Todo siempre para la mayor gloria de Dios. Que el pecado nunca manche nuestro corazón para que seamos en verdad digna morada del Espíritu. Que sea siempre así agradable la ofrenda de nuestro amor que hagamos al Señor.

viernes, 28 de octubre de 2011

Con la predicación de los apóstoles crezcamos en el conocimiento de Dios


Ef. 2, 19-22;

Sal. 18;

Lc. 6, 12-19

‘Ciudadanos del pueblo de Dios, miembros de la familia de Dios, templo consagrado al Señor, morada de Dios por el Espíritu…’ Es la descripción y el proceso que nos hace el apóstol en la carta a los Efesios que se nos ha proclamado en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y San Judas que estamos celebrando.

Descripción y proceso hemos dicho. Nos describe esa pertenencia por la fe al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia en la que somos como una familia por la comunión de amor que hay entre nosotros. Como hijos de Dios por el bautismo y porque queremos plantar la Palabra de Dios en nuestra vida somos esa familia de Dios. Recordamos lo que nos decía Jesús. ‘¿Quienes son mi familia, quienes son mi madre y mis hermanos y mis hermanas? Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.

Esa Palabra de Dios que nos ha llegado por la predicación de los apóstoles. Como decíamos en la oración ‘nos llevaste al conocimiento de Dios por la predicación de los apóstoles’. Ahora nos dice san Pablo que estamos ‘edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’.

Enraizados estamos en la fe de los apóstoles nos llamamos Iglesia e Iglesia apostólica. Y es la fe de los apóstoles la que confesamos porque ellos como primeros testigos de la resurrección del Señor nos han trasmitido la fe por el anuncio del evangelio. Pero no nos quedamos en los apóstoles sino que queremos llegar hasta quien es la piedra angular, queremos llegar hasta Cristo verdadero y único fundamente de nuestra vida y de nuestra salvación.

Nos ha hablado de un ‘edificio para formar un templo consagrado al Señor, integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. No es el edificio material, el templo físico y material en el que nos reunimos, sino que es ese edificio espiritual que formamos todos unidos en una misma fe y unidos a Cristo, para que demos culto espiritual al Padre ofreciendo nuestros cuerpos mortales, ofreciendo toda nuestra vida al Señor.

Cristo es el verdadero y auténtico templo de Dios y nosotros unidos a Cristo formamos parte de ese templo. Por Cristo, en Cristo y con Cristo se glorifica a Dios, se da todo honor y gloria a Dios. ‘Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique, exclamaba Jesús en la oración de la última cena, yo te he glorificado en este mundo, cumpliendo con la obra que me encomendaste…’ Nosotros nos unimos a Cristo para ser ese templo, para también con nuestra vida dar gloria al Señor.

Como nos decía, estamos ‘integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. Es precisamente lo que Jesús promete cuando en la última cena Simón Tadeo le pregunta, ‘¿qué pasa para que te hayas manifestado a nosotros y no al mundo?’, que habla de si le amamos y guardamos su palabra el Padre nos amará y El y el Padre vendrán y harán morada en nosotros.

Son hermosas las consideraciones que nos podemos hacer en las fiestas de los apóstoles. Una celebración que nos ayuda a profundizar en toda la riqueza de nuestra fe y de nuestra pertenencia también a la Iglesia. Algo que tiene que ayudarnos a ir creciendo en ese conocimiento de Dios, como decíamos con la oración, que nos llega precisamente por la predicación de los apóstoles.

Algo que tiene que ayudarnos también a vivir nuestro compromiso de fe y nuestro compromiso con la Iglesia dando gloria al Señor en todo momento con nuestra vida santa. El contemplar a quienes nos anunciaron a Cristo nos impulsa también en ese deseo de anunciar también nosotros a Jesús, trasmitir nuestra fe, contagiar de nuestra vida cristiana a los demás para que todos también den gloria al Señor.

sábado, 24 de julio de 2010

Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos

Jer. 7, 1-11;
Sal. 83;
Mt. 13, 24-30

‘¡Qué deseables con tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Es el responsorio del salmo que hoy hemos recitado. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Es una referencia sólo al templo del Cielo lleno de la inmensidad de la presencia de Dios? ¿Podríamos estarnos refiriendo también a los templos que aquí en la tierra se convierten para nosotros en signos de la presencia de Dios en medio nuestro y donde también en nuestra liturgia cantamos la gloria del Señor, alabamos a Dios?
Una y otra cosa, me atrevo a decir. Es un deseo de Dios. Un deseo de sentirnos en la presencia de Dios, inundados por su gloria, henchidos de su presencia, rebosantes de la alegría de sentirnos en su gloria. La plenitud de esa presencia de Dios, ya sin velos que nos lo oculten, la tendremos en el cielo, donde gocemos en toda plenitud de la gloria de Dios. Es la meta por la que suspiramos, que esperamos alcanzar un día.
Pero, aquí en la tierra, ¿no podemos disfrutar de esa presencia y gloria del Señor? En nuestra fe sabemos que Dios está en todas partes, nada se oculta a su presencia. Pero será sólo con los ojos de nuestra fe con los que podremos vislumbrar y gustar de esa presencia de Dios y siempre aquí en la tierra de manera imperfecta. Ojalá fuera tan grande nuestra fe que nunca dejemos de pensar que estamos en su presencia y que todo lo que hagamos siempre ha de ser para la gloria del Señor.
Sin embargo hay más signos de esa presencia de Dios en medio de nosotros como son nuestros templos y la liturgia que en ellos celebramos con los que anticipadamente de alguna forma queremos participar de la liturgia celestial, nos unimos desde aquí en la tierra a esa liturgia celestial.
Los templos esos lugares que hemos consagrado al Señor para su culto y para que en ellos gustemos de esa presencia especial del Señor. No son nuestros templos un lugar cualquiera como cualquier salón de nuestra casa o cualquier otro edificio que en lo civil hayamos construido. Nuestras templos han sido bendecidos, dedicados o consagrados al culto del Señor y por ello se convierten para nosotros en esos lugares donde podemos gozar de una presencia especial del Señor. Hoy queremos tanto desacralizar todo, que desgraciadamente algunas veces olvidamos ese sentido sagrado que tienen nuestros templos que para eso han sido bendecidos o consagrados.
Y no digamos nada cuando celebramos nuestra liturgia. Con su solemnidad y con su sobriedad y sencillez al mismo tiempo, porque utilizamos elementos y signos humanos porque es lo que tenemos para poder expresar lo que llevamos en el corazón, cuando estamos viviendo una celebración litúrgica, ya sea la Eucaristía o cualquier otro sacramento, ahí estamos pregustando esa gloria del cielo.
Nos unimos a los ángeles y a los santos, nos unimos a todos los coros celestiales, queremos cantar la alabanza y la gloria del Señor. Fijémonos cómo lo vamos expresando en la liturgia con nuestras palabras, nuestros signos y gestos, nuestros ritos, nuestros cantos. Todo nos habla de la gloria de Dios. Todo lo queremos hacer para cantar la gloria del Señor. Todo lo queremos hacer en alabanza y bendición a Dios.
‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo… dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre… vale más un día en tus atrios… prefiero el umbral de la casa de Dios…’ así hemos ido diciendo hoy en el salmo.
Pero nos queda una cosa que reflexionar, uniéndolo a lo que hemos escuchado hoy al profeta. Ese culto que queremos dar a Dios en el templo del Señor tiene que ser con un corazón limpio y puro; no podemos mezclar nuestras malas conductas, nuestros crímenes e injusticias con el culto que le queramos dar a Dios, porque no sería agradable al Señor y no nos lo aceptaría. Es a lo que nos ha invitado el profeta Jeremías hoy y merecería un más amplio comentario. Pero tratemos nosotros de purificar nuestro corazón cuando nos acercamos al Señor para darle culto para que en verdad podamos sentirnos en su presencia y disfrutar de la gloria del Señor.

miércoles, 27 de enero de 2010

Un templo agradable para nuestro Dios

2Sam. 7, 4-17
Sal. 88
Mc. 4, 1-20


‘¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?’ David había mostrado deseos de construir un templo para el Señor. En principio el profeta se lo había aprobado, pero ahora recibe una palabra del Señor para David que le comunica. Será otro, su hijo Salomón, el construya el templo del Señor, pero ahora Dios quiere hacerse presente y habitar de otra manera en medio de su pueblo. El Señor va darles paz en medio de los pueblos vecinos, va a hacer grande el nombre de Israel y va a consolidar el trono de David.
‘Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía… tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu reino durará para siempre…’ son las palabras proféticas y de esperanza del Señor a través del profeta.
En el orden humano la dinastía de David acabará, pero estas palabras tienen un claro anuncio mesiánico. No olvidemos que cuando el ángel del Señor le anuncia a María el nacimiento de Jesús le dice: ‘El será grande, será llamado Hijo del Altísimo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin…’
¿Cuál es el templo que hemos de construirle al Señor? ¿Será un templo material, un edificio terreno o será nuestro corazón y nuestra vida la que tiene que ser un templo agradable al Señor? Podemos recordar por una parte cuando Jesús hablaba del templo de su cuerpo, cuando lo de la expulsión de los vendedores del templo, con lo que venía a decirnos que El es el verdadero templo de Dios, ya que en El se nos está manifestando el mismo Dios. Lo relacionamos con lo anunciado por el profeta que le hablaban de que la casa y el reino de David iban a durar para siempre, en clara referencia a Jesús.
Y podemos recordar que nosotros hemos sido ungidos en nuestro bautismo para ser morada de Dios y templo del Espíritu. Lo que nos está hablando de nuestra dignidad grande que se nos ha concedido por nuestra unión con Jesús. El profeta le decía a David ‘te pondré en paz con todos tus enemigos y te haré grande y te daré una dinastía…’, lo cual ya nos está indicando cómo ha de ser nuestra vida con una santidad en consonancia con esa dignidad de hijos de Dios.
Finalmente si el profeta le anunciaba un reino que duraría para siempre y eso es lo que luego el ángel va a repetir de alguna forma en el anuncio a María del nacimiento de Jesús, hoy hemos escuchado en el Evangelio cómo Jesús con parábolas nos enseña cómo ha de ser ese Reino de Dios y las actitudes que tiene que haber en nuestro corazón para acogerlo.
‘Les enseñó mucho rato en parábolas, como solía enseñar’, nos dice Marcos. Y la primera parábola que nos propone es la parábola del sembrador. ¿Será necesario repetirla ahora? No nos hace daño, sino todo lo contrario, que una y otra vez la leamos, la escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque muchas veces esa actitud en la que damos por sabida ya una Palabra que se nos proclama nos está indicando que piedras o qué abrojos estamos poniendo en la tierra de nuestro corazón y que nos impedirán que podamos dar el fruto que se nos pide.
Esa necesaria actitud positiva, esa apertura de nuestro corazón, ese dejar a un lado todas esas cosas que nos puedan impedir escuchar con atención y sinceridad la Palabra que se nos proclama para que en verdad seamos esa buena tierra en la que caiga la semilla, son posturas y actitudes que hemos de tener en la escucha de la Palabra. Así podremos ir construyendo ese Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente en nuestro mundo. Así seremos ese templo digno y preparado para el Señor y todo nuestra vida sea un culto agradable a Dios.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Templo, lugar y signo de la presencia de Dios

Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3. 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22

La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.

martes, 21 de octubre de 2008

Ciudadanos del nuevo pueblo de Dios y templo consagrado al Señor

Ef. 2, 12-22
Sal. 84
Lc. 12, 35-38

La carta que san Pablo dirige a los cristianos de Efeso que estamos ahora leyendo de forma continuada es una carta en la que habla a unos cristianos provenientes en su mayoría de la gentilidad aunque también los hay procedentes del judaísmo. Lo comprobemos perfectamente en lo que hoy escuchamos. ‘Erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa’.
Y ahí está ahora el mensaje central que nos quiere trasmitir el apóstol. Por la fe en Jesús ahora todos formamos un solo pueblo. La sangre de Cristo nos ha unido ‘derribando con su cuerpo el muro que los separaba’. ¿Qué es lo que los ha unido para formar un solo pueblo, un solo cuerpo? La cruz de Cristo, su sangre derramada.
Ahora nos viene a decir todos los que creen en Jesús son un hombre nuevo. ‘Cristo es nuestra paz’. Cristo nos ha venido a reconciliar, ‘para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio’.
Por supuesto que todo esto que estamos reflexionando con el texto de la Carta a los Efesios nos vale para todos, nos vale para esa vida nueva que todos los que creemos en Jesús tenemos que vivir. Por una parte es un nuevo estilo de vivir el que nosotros hemos de tener. Cristo vino para desterrar el odio de nuestra vida, para llenarnos del amor. No podemos retroceder de nuevo al hombre viejo del odio y del pecado cuando Cristo nos ha redimido y nos ha reconciliado.
Tenemos que ser ya el hombre nuevo del amor. ¿Por qué entonces seguir permitiendo que tantas veces nuestro corazón siga lleno de rencores y de envidias, de orgullos y de violencias? Esto tiene que ya estar desterrado para siempre de nuestra vida. Cristo ‘vino y trajo la noticia de la paz’, la paz para todos.
Pero sigue diciéndonos cosas hermosas el apóstol. Hay una nueva ciudadanía en nosotros, una nueva dignidad, una nueva forma de mirarnos los unos a los otros, una nueva forma de acercarnos al Señor. ‘Unos y otros podemos acercanos al Padre con un mismo Espíritu’, nos dice. ‘Sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Un nuevo pueblo ha nacido con Cristo y somos ciudadanos de ese pueblo. Ya no somos ni extranjeros ni forasteros. No somos unos extraños los unos para los otros porque formamos parte del mismo pueblo, de la misma comunidad.
Una nueva familia se ha formado a partir de la sangre derramada de Cristo a la que entramos a formar parte desde nuestro bautismo. Somos miembros de la familia de Dios. Recordamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos y mi familia?... los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Somos nosotros ya esa familia desde el Bautismo. Escuchemos esa Palabra y llevémosla a la vida.
Pero algo más nos dice. Somos edificio de Dios. Edificio fundamentado ‘en el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Cristo es ya el centro de nuestra vida. Unidos a El formamos todos ese edificio que es templo y que es morada de Dios. ‘Por El todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por El también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu’.
Recordemos nuestro bautismo. Recordemos la unción bautismal que nos ha consagrado para ser esa morada de Dios, para ser ese templo del Espíritu. Con nuestros cuerpos, con toda nuestra vida hemos, pues, de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. Toda nuestra vida se hace ofrenda, se hace sacrificio unido al de Cristo, se hace acción de gracias, se hace alabanza para la gloria del Señor.
Es hermoso el mensaje. ¿Somos conscientes de ello? ¿Lo vivimos?